La noche era su mejor refugio. Una buena fortuna o una pésima desgracia están escritas en el cielo, en la luna bajo la cual se ha nacido. Todos alaban al sol y sus bondades, porque claro que de él vienen las cosechas, la vida misma pero la luna es algo más sutil pero no menos necesario. La luna cuida del camino de los viajeros, protege a los amantes, consuela a los descarriados. Está del lado de los de su especie, también. De los olvidados, de los proscritos. La arena le golpeaba suavemente el rostro mientras caminaba así que acomodó mejor su túnica aunque sabía que todavía no empezarían las tormentas. Kouyou había dicho la fortuna para él por la mañana y él confiaba en ella ciegamente. Era la encargada de dictar el movimiento de las contelaciones, no había nadie más confiable que quien se encarga de algo así. Avanzó sin temor, oculto en su túnica pero sobre todo en los mantos de la noche y su propia condición. Si no quería ser visto no lo sería, pero si había decidido personificarse ante aquél grupo de ladrones era por algo. Ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón, alguna vez escuchó a un forastero español decirle aquello y le hizo estallar en carcajadas. En realidad él no necesitaba perdón de nadie, al contrario, exigía una disculpa. No había nacido sino aparecido, fue creado por la ambición de alguien sin nombre ni rostro ahora, pero su falta de espina lo hizo abandonarle una vez que descubrió que las leyendas eran ciertas y un poco de fuego sin humo ardido en un pueblo desaparecido era suficiente para darle aliento. Lo dejó abandonado allí, en la interminable noche del desierto sin explicarle nada sobre su existencia, su apariencia ni propósito y Chuuya se vio vagando como un mendigo más años de los que podía contar. Se vio enredado entre los humanos y se pensó humano al mimetizarse, pensando que aquella ceguera que la gente le demostraba era porque así es como reacciona la sociedad con los pobres y alienados. Pensó que era el mejor de los ladrones porque nunca nadie le había descubierto robando comida que comía a pesar de nunca haber experimentado realmente hambre. Encontró a Kouyou en una hoguera bajo un árbol de prosopsis cineraria y le invitó a acercarse. Fue la primera vez que algún ser vivo parecía notarlo y a pesar de su naturaleza arisca fue a su mano con una mansedumbre irremediable. Ella lo acogió bajo su protección al ser una Diosa. Ahora menor, ahora olvidada, pero una Diosa al final, que a veces vagaba por los desiertos porque la soledad de las constelaciones era apabullante. Ya nadie le ofrecía sacrificios y habían pasado tantos años y civilizaciones que habían olvidado su rostro o lo habían reemplazado con nuevos ídolos, pero su misión seguía siendo una y por eso no habñia desaparecido. Chuuya no comprendía muy bien las explicaciones de Kouyou pero amaba escucharla hablar mientras cepillaba su cabello.
Aspiró el aroma de la madera quemada y sus pies fueron más veloces. Incluso sin verlo Chuuya podía controlar el fuego, apagarlo o encenderlo a voluntad, alimentarlo hasta volverlo un mar o hacerlo tan débil como el latido de un agonizante así que rápidamente les quitó a los ladrones su única iluminación más por diversión que por necesidad. Nadie iba a verlo si él no lo deseaba, al menos eso podía hacer. No poseía la facultad de cambiar su apariencia a voluntad porque nunca la desarrolló pero no la necesitaba. Caminó tranquilo entre los hombres ocultos bajo sus túnicas negras, confundidos intentando volver a encender la fogata mientras maldecían a la arena sin notar que dos de los cuatro sacos llenos de monedas y joyas se perdían en la nada, bajo la gracia de la luna. Chuuya no era completamente malvado, no les dejaría sin nada. Sonrió ante el peso en su pantalón, retomando su camino, acortándolo en un chasquido porque estaba aburrido de su papel de ladronzuelo.
Apareció en medio de otra hoguera, una mucho más apartada, en esos lugares perdidos del desierto donde las brújulas enloquecen.El fuego que ardía era de un oxidado verde, sin humo pero incapaz de engendrar nada porque tan sólo era fatuo. Bajo sus pies debía haber más cadáveres que los habitantes del pueblo cercano. No importaban los muertos, esos ya sólo sirven para fertilizar las tierras. Sonrió mostrando su motín a todas las figuras de su pequeño panteón olvidado al cual llamaba familia.
— Estaba comenzando a preocuparme
Tenía la apariencia de una mujer en sus veintes, largo y lacio cabello de azafrán, la piel de jazmín y unos profundos ojos cereza. La gracia y elegancia de una gacela que la volvían una criatura más allá de la belleza, con la calidez y el tono comprensivo de una madre. Chuuya se arrodilló ante ella, abriendo las bolsas para dejar caer su contenido a sus pies. Joyas, monedas e incluso un frasco con miel formó una ofrenda para Kouyou produciéndole una risa halagada.
— ¿Robaste esto para mí?
— Cuando pasamos junto a lo que solía ser un altar tuyo te pusiste muy triste porque fue derrumbado pero no los necesitas. No mientras yo esté vivo.
— Eres un genio, Chuuya— la mujer tomó su mentón haciendo que la mirara—. Los genios no pueden jurar lealtad a nadie que no sea quien le creó.
— Fui abandonado, además tú has dicho que los genios tenemos libre albedrío ¿No es verdad? Puedo servir a Dios o al Diablo si lo deseo. Entonces decido servirle a mi Diosa.
— Adulador.
Ambos se giraron ante la voz cauta e infantil de una figura tras las dunas que no habían notado pero no les alarmó. Una niña pequeña y delgada pero erguida y segura, la personificación de la luna. Sostenía de la mano a una criatura más infantil que ella, mirando a todas direcciones con sus ojos de estrellas y sonriendo suavemente. Su pequeño ángel de la muerte. Kouyou también les había encontrado vagando sin rumbo una vez que fueron derrumbados sus templos mayores y ya nadie les adoraba, incapaces de morir, incapaces de volverse humanos. El ángel se soltó de la niña y corrió a los brazos de la mujer quien no dudó en cubrirle de besos. Chuuya entonces se incorporó con una sonrisa tranquila hacia la niña, esperando a que se les uniera junto al fuego.
