Kyouka era mucho más apegada a Kouyou así que por la mañana siempre la encontraba acomodada en su pecho. Era una deidad menor que al igual que él pasó tanto tiempo perdida y vagando entre los humanos que era difícil recordar que sus costumbres eran ajenas. No necesitaban dormir ni comer, por ejemplo, pero a la niña le encantaba llenarse la boca con cualquier postre que encontraran y acurrucarse cuando el fuego de la fogata se apagaba. Él también dormía porque había encontrado la manera de soñar. Quizá le estaba robando recuerdos a otras personas y los proyectaba en su cerebro como si fueran sueños pero era de las pocas cosas en las que encontraba un verdadero alivio. Había sido creado ya como adolescente y aunque realmente en su especie el tiempo y el crecimiento no son asuntos de relevancia, veía la infancia como algo que le hubiera gustado vivir. Kouyou era protectora de los infantes, sobre todo de los abandonados así que podía ser que se hubiera mimetizado con esa dulzura suya y esa imagen maternal también se hubiera creado en él. Por ejemplo en ese momento con Yumeno durmiendo entre sus brazos, sujetándose a su cuello mientras caminaba buscando agua sentía que todo estaba perdonado. Comenzó a cantarle contra el oído, apoyándole más contra sí, envolviéndolo con su túnica para que la arena no le molestara. Era innecesario porque nada en este mundo se atrevería a dañar a un ángel de la muerte, ni siquiera el aire, pero Chuuya se comprometía con su papel de cuidador. Besó su frente y le escuchó balbucear bostezando.

— ¿Ya amaneció?

— Sí, no quería despertarte así que te traje conmigo a buscar agua.

— Qué bueno, me gusta ir al pueblo con Chuuya— lo abrazó, asomando su cara por la túnica para besar su mejilla.

El genio le devolvió el beso con dulzura, preguntándose si acaso todos los lazos de verdadero amor se deben forjar con esa soledad y tristeza. Su pequeño panteón apenas incluía a unos cuantos gules que habían dejado de alimentarse, Kouyou, Kyouka, Yumeno y a él por lo que conocía la historia de cada quien y se sentía con el derecho de llamarles familia. Lloraban y reían juntos. Maldecían por haber sido olvidados por la misma humanidad que les dio la vida pero no un final. Cuando alguien preguntase por qué es necesario el final en los cuentos, Chuuya estaría allí para gritarle su verdad. El olvido es un abismo dolorosamente frío, insoportable condena. Pero tenía a su familia. El ángel bostezó, acunándose él mismo en su pecho de nuevo. Los humanos tenían hilos de los cuáles podían presumir si así lo deseaban, pero sin duda ninguno podría hablar del alivio que produce una eternidad compartida. Si el mundo entero los había condenado al abandono, su venganza era la ternura, el cariño. Siguió cantando suavemente mientras daba pasos más lentos aunque bien podía chasquear los dedos y aparecer donde le placiera pero Yumeno parecía con deseos de seguir durmiendo. Tampoco necesitaban agua para nada y si así fuera seguro que Kouyou podría mover un poco sus incluencias para garantizarles una buena llovizna. Chuuya solía salir mucho, no guardaba la costumbre de quedarse en un mismo sitio demasiado tiempo porque éste se le iba haciendo demasiado largo y debía ocuparse siempre en alguna tarea probablemente tonta e inútil pero que le quitara el tiempo suficiente para hacerlo llevadero. El sol le seguía a cuestas, quemando el camino pero Chuuya era un ser de fuego, totalmente inmune aunque los rayos dorados dadores de vida en cierta frecuencia resultaran mortales en otra. Llegó al pueblo cuando parecía ser la tarde, debió caminar más de tres horas y el mercado local estaba en su hora más álgida, toda la gente comprando y vendiendo se confundía en una ola de gritos, de risas, voces bajando el precio, otras mendigando, un par de comentarios subidos de tono, los ancianos bebiendo café en la puerta de sus casas ajenos al comercio pero no a sus rituales. Chuuya se sentía en su elemento allí, entre la gente, en medio de la vida que continuaba frenética y latente, en sus rincones más comunes como esa estampa. A veces deseaba seguir ignorante de su verdadera naturaleza y seguirse creyendo humano, uno perdido en medio de la multitud. Pero era un ser invisible cargando a un adorable pero mortal engendro. Yumeno se mostraba medianamente neutral con los humanos pero bastaba apenas un pequeño roce para que les dejara malditos así que debía irse con cuidado para no crear un revuelo aunque parecía no haber despertado todavía. Había guardado un par de monedas para cambiarlas por alguna fruta o postre, quizá compraría algo de té.

Un imperceptible movimiento para el ojo humano, apenas una ráfaga pasó a su lado pero él la notó enseguida, los ojos azules fijos en la pequeña mano que tentaba entre la pila de manzanas que él estaba por comprar en ese local una vez que se hubiera vuelto visible. Lo siguió con la mirada sinceramente sorprendido por lo veloz que había sido, ligeramente decepcionado cuando el dueño lo notó, dando la voz para que alguien detuviera al pequeño ladrón. El niño no debía tener más de diez años y estaba mal envuelto en harapos, descalzo pero sus ojos grises no lucían absolutamente nada asustados sino incluso desafiante, con la manzana mal oculta tras su espalda.

Culpaba a Kouyou por hacerlo tan susceptible a esas situaciones porque antes que el dueño pudiera siquiera abrir la boca él ya se había materializado, carraspeando.

— Lo siento, le dije que tomara lo que quisiera pero no esperaba que saliera corriendo como un ladrón, es un niño maleducado.

Estaba haciendo trampa al usar un poco de su encanto para suavizar la expresión del dueño, no iba a negarlo, pero no podía arriesgarse. El hombre aflojó el agarre y Chuuya le hizo un gesto al niño para que se pegara a su costado. Obedeció porque estaba bajo su hechizo, no porque realmente lo deseara.

— Los niños sólo aprenden con mano dura, uno debe ser firme si no quiere criar delincuentes.

— Es usted un hombre muy sabio— Chuuya le dedicó una mirada un poco más larga, las pestañas aleteando en una coquetería que le hizo sonrojar—. Aparte de la manzana que mi pequeño ha tomado ¿Puede darme un par más?

— Nectarinas— le susurró la vocecita adormilada de Yumeno—. Le prometiste a Kyouka llevar algunas.

— Cierto, también llevaremos nectarinas ¿Quieres algo más, cariño?

Chuuya pasó sus dedos con dulzura por los sucios cabellos negros del niño que lo miraba más desconcertado que enfadado. Estaba bajo su encanto, el niño notaba que algo lo estaba controlando y buscaba algún hilo, algún aroma diferente. Era admirable, pocos humanos eran lo suficientes sensibles para notar algo así.

— No seas tímido, puedes pedir lo que quieras.

— Dátiles. Para Gin y para mí.

— Claro.

Chuuya volteó a sonreír al dependiente quien ya había apilado el pedido frente a él. Sonreía de una farma falsa, lasciva. Sacó unas monedas de su bolsa, extendiéndoselas y el hombre detuvo su mano entre sus dedos. La túnica de Chuuya se abrió, mostrando los ojos de estrellas que miraban fijamente la mano sobre la de Chuuya, acariciando sus dedos.

Una sola mirada, era todo lo que necesitaba.

Chuuya se acomodó la túnica para dejar que Yumeno se volviera a enroscar como una serpiente en su pecho, tomando la fruta y la mano del otro niño mientras se alejaban entre la gente.

Algunos miraban con curiosidad la extraña mano pintada en el rostro del dependiente de aquél comercio.

Caminaron un par de calles y Chuuya por fin decidió devolverle la autonomía al niño, quien enseguida al notar su movilidad echó a correr a un callejón probablemente sin notar que él iba tras suyo. De alguna manera no le sorprendió encontrar a esa otra pequeña niña mirando con algo de desilusión las manos vacías del niño.

— Tú debes ser Gin— Chuuya dejó a Yumeno en el piso, dejando que fuera tras sus piernas al ver a los desconocidos que también les miraban con recelo—. Me dijo un rumor que tenías ganas de comer dátiles.

Los ojos negros de la niña resplandecieron al ver la cajita con los frutos apilados, relamiéndose los labios. El niño enseguida se interpuso entre ambos, protegiendo a la niña.

— Tú no eres humano.

— Por supuesto que no lo soy. Es precisamente por eso que no debes preocuparte.

Su sonrisa se ensanchó al ponerse de rodillas, quedando a su altura, sin amedrentarse por la manera en que le estaba mostrando los colmillos.

— No tengo interés en herir a un par de niños indefensos, te lo aseguro.

— Entonces ¿Qué quieres de nosotros?

— Es normal que pienses que un poco de amabilidad es dada sólo si se espera algo a cambio, pero como has descubierto no soy un humano y no pienso como ustedes. Además que mi Diosa nunca me perdonaría si supiera que los dejé aquí a su suerte. Al menos deja que los lleve a su casa.

— Esta es nuestra casa— dijo el niño con burla, cruzándose de brazos.

— Entonces son huérfanos.

— ¿Y qué si lo somos?

— ¡Eso es muy bueno!— Yumeno brincó de las piernas del genio para quedar delante de los hermanos—. ¡Significa que pueden venir con nosotros! ¡Tenemos un campamento en el corazón del desierto, pueden jugar conmigo y con Kyouka!

— Ellos son humanos, no creo que sea buena idea.

— Estoy harta de los humanos.

Todos los ojos se centraron en la frágil figura de Gin, su cabello igual de sucio que su hermano, su ropa igual de rota. Sus puños seguían cerrados, pero había algo en esa postura que delataba súplica, un pedimento tan sutil que era sólo un lenguaje que ellos dos podían comprender.

La mirada negra del menor no necesitaba ser explicada, Chuuya comprendió, extendiéndole la caja con dátiles, asegurándose de que los tres niños estuvieran lo suficiente cerca a él cuando chasqueó los dedos, de vuelta al campamento.