El tiempo transcurría de manera muy diferente para los seres como él. Podía apreciar los fenómenos del cielo y así decir que el sol significa día y la luna noche, pero no que ambas caras representan un periodo de tiempo específico y establecido. Entendía la primavera, el verano, otoño e invierno porque cada ser tenía destinada una festividad y por ende una tarea específica. Por ejemplo comprendía que si el fin de un año llegaba era preciso tener arroz nuevo en las casas y no había qué olvidarlo nunca o la fortuna no les daría su favor. Entendía pero simplemente no le interesaba en lo más mínimo. No sabía si toda la humanidad se regía bajo los mismos laxos códigos, pero el ser un espectro en un país de dioses le había quitado cierto aprecio por su naturaleza. Los seres humanos eran supersticiosos pero en su visión tan sólo lo eran por su incapacidad de afrontar sus propias equivocaciones y pecados. Era más fácil culpar a un ser intangible por haber tropezado en una zanja que reprenderse por no prestar atención al camino. Si lo pensaba desde ese punto neutro donde no era ni dios ni humano llegaba a la conclusión que la mayoría de los primeros nacían para ser condenados por los segundos en una suerte de expiación de culpas. Reconocía el ingenio y la imaginación para semejante nutrido grupo pero realmente no podía sentir nada más al respecto, así como no podía sentir el paso del tiempo. Se vio a sí mismo pasar de una sola y pequeña cola que lo hermanaba a su naturaleza más bruta, más cercana, para ir creciendo hasta llegar a nueve. Eran vistosas, claro, majestuosas y a ojos expertos incluso intimidantes aunque nueve era un número que no correspondía con nada. Esas nueve insulsas colas venían de un milenio completo donde se balanceaba entre ser un yako perezoso y desinteresado, traicionero y peligroso para los humanos y otras criaturas también, otras veces era el zenko más entregado a cuidar su bosque, a rendirle homenaje a su diosa del arroz y la prosperidad. Aceptaba ofrendas para cuidar hogares como si pudiera sentir alguna calidez ante las oraciones agradecidas de la gente que protegía.
Pero con tanto tiempo a cuestas Dazai no sólo perdió la capacidad de sentir el paso del tiempo, sino de experimentar cualquier clase de emoción. Los humanos se equivocaban, los dioses y espectros como él necesariamente sentían. De qué otra manera podría comprender qué hilos mover para enloquecerlos, qué tanto debía alterar la realidad para terminar quebrando sus frágiles corazones. Si su especie requería una doble naturaleza no era un capricho estético únicamente. Conoce a tu enemigo, era la máxima carta de triunfo y así como la evolución dotaba de garras o colmillos, a su especie les dio la oportunidad de transformarse. Habitaban la piel y la imagen humana para comprender sus miedos, sus deseos y lo que más podían atesorar. Si se sentía con ánimos de jugar al espíritu bueno sabía que lo primero por cuidar era a la gente amada de su protegido. Si quería derrumbar alguna voluntad, sabía exactamente qué huesillo sostenía la estructura completa. Dazai había estado allí cuando el bosque que le fue asignado tan sólo era tierra yerma y se quedó para verlo cubrirse de árboles y flores, de animales y de una vida que no le conmovía en ningún sitio porque estaba harto de ella. Era un capricho del tiempo, una aberración en el guión como todo lo sobrenatural. Existía desde mucho antes que la mayoría de civilizaciones a las cuales por cierto también vio florecer, devastarse y reconstruirse, estaría cuando esas que parecían más sólidas que las columnas del Cielo también se derrumbaran como simple barro.
Dazai no odiaba su naturaleza de animal fantástico, adoraba su propio pelaje, su capacidad de escuchar sonidos a la distancia y trepar escarpados. Pero sentía su conciencia como una maldición porque desde el primer segundo que se le permitió,no, se le exigió tomar forma humana las verdades de lo efímero y lo eterno se le clavaron en la carne como un hierro indeleble. Lo que crece no puede volver a la inocencia de la ignorancia, eso era lo que significaban para Dazai sus nueve colas. Su condena a ver la vida como un ser inmortal.
Porque ahí estaba otra triste, amarga bofetada de quien fuera que decidió ponerlo en el plano de la existencia: No podía morir. Lo había intentado todo, ahorcarse, ahogarse, desangrarse, y aunque su miedo al dolor lo alejó de las técnicas más aparatosas, todas las otras que no eran pocas, fueron infructíferas. Todos los demás morían con simples puñaladas en el corazón, incapaces de regenerarse, pero él simplemente no moría.
La vida era su cadena más pesada, atándolo por siempre y para siempre contra la tierra.
Era un espíritu siempre retratado como juguetón, bondadoso e inteligente, algunas veces embaucador, protector o veleidoso, pero invariablemente alegre. En todas las representaciones que había visto de su especie, en cada templo, en cada lienzo, jamás había visto ni a un sólo kitsune intentando quitarse la vida y aunque podía encontrarlo hilarante, tan sólo acrecentaba la dolorosa soledad que le hacían sentirse eternamente incomprendido y alejado del resto. Juzgaba a los dioses a quienes debía considerar sus iguales, aborrecía a todos los yokais de cada bosque y les desairaba siempre que tenía la oportunidad.
Entonces no era una sorpresa que nadie le hubiera advertido que anduviera con cuidado por el pueblo, porque recientemente un traficante de criaturas se había asomado en los linderos del bosque. Dazai había notado que varias criaturas habían desaparecido pero no le tomaba atención, más bien centrado en disfrutar su nueva paz.
¿Fue una sorpresa que lo capturara? No, considerando su vena suicida. Pero sí lo fue que aquél hombre que más parecía un demonio de otra cultura, una más dual y sin grises, le ofreciera un trato. Los rumores del kitsune que anhelaba la muerte se habían extendido hasta él, un afilado comerciante, que meditando sus opciones decidió que era justo lo que necesitaba para que su negocio floreciera. Los de su especie son expertos en encontrar a otras criaturas, incluso las que usaban los encantamientos más poderosos para enmascarse y al poder tomar forma humana o de zorro no despertaría ninguna alarma si se acercaba. Dazai le servía más como subordinado que como mercancía, le explicó en medio de esa tranquila conversación que estaban manteniendo como si Dazai no estuviera ligeramente drogado por el olor de la glándula pineal que Mori estaba meneando ante sus ojos.
Si accedía a ayudarle, él le daría el secreto de una muerte pacífica.
Dazai aceptó y en retrospectiva podía decir que era más por la desesperación de engullir aquella glándula que por creer en las palabras del hombre pero tampoco era como si le interesara mucho haber sido tomado como mascota. Subordinado, dijo él, y fue su primera mentira.
Era cierto que llevaba mucho tiempo como traficante, primero comenzó con animales ¿Un cuerno de rinoceronte blanco? Mori lo conseguiría al doble de precio pero en la mitad de tiempo. Su fama se extendió por todos los rincones del planeta y aunque la primera vez que cierto empresario rubio y engreído se sentó frente a él ofreciéndole una cantidad ridícula por llevarle un hada viva pensó que estaba loco, no dudó en tomar el dinero. Mori no era un hombre escrupuloso, le daba lo mismo lo que sus clientes pidieran siempre y cuando pudieran pagarlo. De alguna manera y aunque el kitsune nunca lo reconocería, ambos guardaban parecido en su desdén por la existencia.
— Anda, Elise, déjame ponerte este vestido.
Si Dazai no llevara ya un tiempo conviviendo con ellos, sin duda al menos un escalofrío le hubiera recorrido al ver al hombre sostener ese delicado vestido frente a la aún más frágil figura de lo que aparentaba ser una niña rubia de escasos doce años. Si era humana o no, era algo que él realmente no necesitaba saber.
— Yo no vi nada— se adelantó a la expresión del hombre, permitiéndole adecuar de nuevo la oficina como si nada estuviera ocurriendo, sentándose de una manera más o menos digna en su escritorio, la niña en camisón pintando en una hoja, tirada en el suelo—. La Yuki-Onna que estábamos siguiendo ya está en el cuarto de calderas, sino te apuras se va a derretir.
— ¿Tan pronto? Vaya— la sonrisa torcida de Mori le provocaba un profundo desagrado sin llegar sin embargo a los escalofríos—. Por eso eres mi favorito.
— Como sea, si eso es todo...
— En realidad tengo un pedido muy especial. Un cliente extranjero me ha ofrecido una cantidad extremadamente jugosa por conseguirle un ángel de la muerte árabe. Varios templos han sido demolidos y se cree que están extintos pero sé de buena fuente que tan sólo se mudaron al corazón del desierto.
— ¿Pretendes llevarme a mí? Soy un ser de bosque— cortó sus palabras, meditando mejor—. Puede que muera por un golpe de calor estando en un clima tan diferente.
— Siempre sabes encontrar lo positivo de las situaciones. Si no te mata el desierto te aseguro que lo hará la maldición del ángel. Son seres vengativos y terribles, no sé para qué alguien querría capturar uno pero yo no hago preguntas, sólo hago dinero.
— Espero que no mientas esta vez. Prometiste que la Yuki-Onna sería mi último trabajo.
— Te lo aseguro, nadie sobrevive a un ángel de la muerte. Tu única tarea es encontrarlo y atraparlo y después podrás morir pacíficamente.
— Más te vale.
