Si alguien tomara la lluvia como referencia se podría decir que hay al menos tres maneras de interpretarla. La lluvia es melancolía para la parte sensible con que se percibe el mundo, es tristeza. Es una precipitación, el ciclo del agua si se toma la parte lógica. Es una bendición o un castigo si se interpreta mediante esa parte abstracta que todo ser humano alguna vez manifiesta.Puede ser que las religiones sean algo construído por la humanidad pero la fe es algo primordialmente primitivo e inherente. Se repiten mantras, se suplica o se maldice con la esperanza de ver una justicia externa ejecutar los deseos más profundos, un consuelo en los momentos más agrios y desesperanzadores o un premio por la buena conducta. Las primeras religiones tenían el mismo tiempo que los primeros seres humanos erguidos y era algo asentado en la antropología, no en las creencias populares por lo que podría llamarse fidedigno. Cada gajo del planeta tenía su propia interpretación de la realidad, sus costumbres y obviamente sus propias religiones pero casi todas coincidían en lo mismo; Algo más allá de lo humano. Por supuesto que de nación a nación las divergencias se volvían más profundas pero al menos todas las abrahámicas eran casi idénticas.
Por decir algo, en todas existían los ángeles.
No era una tarea fácil hablar de cada significado y representación de éstos, difícilmente una persona pudiera atesorar tal cantidad de información y un ojo entrenado para diferenciar pero sin duda era sencillo comprender que dentro de la religión islámica los ángeles se dividían según sus funciones y jerarquía. Son seres de virtud creados por Alá alejados del cansancio o hambre, incapaz de sentir rabia aunque no necesariamente alejados del pecado. Los ángeles errantes eran un triste recordatorio de lo que ocurre cuando un ser creado por y para la bondad es manchado por su propia debilidad. Muchas fuentes coinciden en que al principio no eran adolescentes rubios con primorosas alas blancas pero un capricho de la estética los fijó así por el resto de los tiempos y probablemente así era mejor. Los ángeles podían llegar a ser atemorizantes en sus primeras formas o en las más abstractas. Azrael era el encargado de recibir las almas de quienes perecían y aunque era hermoso su solo nombre ponía a temblar a más de una criatura porque difícilmente algún alma se sentía realmente preparada para ser cosechada. Tenía su propio coro porque la muerte no era una tarea fácil y todos tenían un deber específico. Yumeno pertenecía a los encargados de cazar las almas de los demonios para destruirlas. Tenía un don natural para encontrarles y otro mayor para aniquilarles. La inocencia también es el desconocimiento del dolor y éste despertaba la curiosidad del ángel. No era maligno por intención ni deliberadamente buscaba torturar a sus víctimas pero sí los límites del dolor. Los ángeles eran seres creados de luz así que desconocían cualquiere tipo de dolor o alegría que no fuera la producida por la alabanza, pero los demonios eran un asunto aparte. Se alejaron de la adoración que todos los seres vivos le deben a un Dios e incluso renegaron, así que fueron condenados. Conocían el dolor, habían sido rotos hasta la última parte de su ser. No era un título futil el de " El ángel torturador" que Azrael mismo le había dado. Azrael constantemente se tambaleaba entre ser un ángel y un demonio por lo que su juicio podía ponerse muchas veces en duda. Sí, había rescatado miles de almas del infierno, mantenía a los demonios en su sitio, pero había pasado tanto tiempo lejos de su sitio en uno de los cielos que era lógico que se manchara aunque fuera un poco. Dejó que Yumeno siguiera aterrorizando a los demonios, incluso algunas veces le permitía tomar almas de humanos aunque no era su deber. Nunca le advirtió que tuviera cuidado porque realmente Azrael sabía que todos sus ángeles eran desechables y dejó que su pequeño ángel llegara demasiado lejos cuando presintió que se le estaba yendo de las manos. Al final también era un estratega y debía tomar decisiones. Lo mandó a cazar el alma de ese demonio que anteriormente fue un dios pagano, demasiado poderoso para ser aniquilidado o convertido, demasiado herido para hacer más que vagar por el desierto.
Destrozó el alma de Yumeno en un parpadeo, dejándolo solo y confundido ante el dolor. Ningún ángel fue a socorrerlo y por más que rezaba y suplicaba nadie le extendió ningún consuelo. Juntó sus fuerzas para refugiarse en uno de los antiguos templos de Azrael, ellos eran ángeles menores, no merecían alabanzas ni gratitud por lo que no tenía nigún templo propio. Pasó tantos años encerrado ahí, abrazado a una estatua de quien le tornó la espalda cuando dejó de serle útil sin que pudiera comprenderlo porque los ángeles no son capaces de sentir rabia. Sólo se abrazaba a su estatua, llorando lágrimas de agua de rosas que perfumaban todo el templo. Pudieron ser siglos, Yumeno no tenía concepción del tiempo, hasta que una noche de improviso un grupo de hombres armados encontró su refugio y comenzaron a demolerlo.Yumeno era invisible para los ojos humanos, había pasado tanto tiempo sólo llorando que su capacidad de convertirse estaba adormecida, por lo que apenas logró volverse en la forma de un niño a medias. El cabello de una mitad castaño y rizado pero la otra no fue capaz de perder su prístina blancura. Sus ojos no dejaron de ser luminosas estrellas doradas, rodeadas de un tierno café que suavizaba lo sobrenatural de su mirada. Los soldados quisieron llevárselo, intuyéndolo un huérfano cualquiera, pero Yumeno se abrazaba a la estatua, suplicando. Lo dejaron allí, olvidado también, a la inclemencia del desierto porque todo el templo quedó completamente derrumbado.
Otros años pasaron hasta que Kyouka lo encontró en el mismo sitio, sin decir una palabra, ni siquiera una mirada se sentó a su lado, abrazando sus rodillas, mirando la arena y el viento. La niña no hablaba pero su percepción le decía que tampoco era humana aunque tampoco era un ángel. Se quedaron en silencio muchas lunas, con un extraño confort al no estar solos al menos. Un día Kyouka se sintió con deseos de hablar por fin y comenzó su relato, era una deidad menor, una representación de la luna. Vivía en un templo junto a su padre y madre, recibiendo las ofrendas del pueblo al que habían otorgado incontables favores, pero una noche un coro entró a deshacer su templo. Los acusaron de paganos, de atentar contra la religión verdadera y ellos realmente no comprendían a lo que se referían, pero sí supieron del temor cuando el mismo Azrael tomó el alma de su padre y después de su madre porque no aceptaron una " segunda oportunidad" para renacer como humanos. Su madre la escondió con ayuda de un encantamiento que le robó lo último de sus fuerzas y aunque estaba viva, no se sentía agradecida. Yumeno hizo un puchero, algo que debían ser dientes apretados pero su naturaleza impedía. Sin embargo, esa noche, después de lo que pudieron ser siglos por fin soltó la estatua, incluso pateándola lejos de ellos dos.
Kouyou los encontró no mucho después de esto y al final su papel de diosa protectora los terminó de sanar, les hizo sentir aceptados, menos heridos. Tantos años entumieron ciertas habilidades y Yumeno era incapaz de cambiar de nuevo de forma, Kyouka no podía siquiera leer las estrellas, pero con Kouyou eso era innecesario. Estaban a salvo mientras su diosa los cuidara, bajo el manto de su amor incondicional no había nada qué temer. Se encargaron de llevar a un par de gules perdidos a su panteón privado también, actuando siempre de la solidaria manera que su diosa les había enseñado.
Cuando Chuuya llegó, sólo parecía confundido, no desconfiado. Era un genio, no un muchacho y parecía incapaz de procesar la información. Yumeno le dijo que era maravilloso que no fuera humano, porque los humanos son débiles, mentirosos y apestaban a pecado, que los genios son mucho más interesantes. Chuuya no tenía nada por decir, sólo pestañeaba y a Yumeno le gustaba ver el azul de sus ojos, mucho más parecido a la noche cuando va a desaparecer, esas noches que tantas veces pasó en el desierto a solas, pero con la promesa que pronto amanecería. Quizá era su instinto de guardián, pero Yumeno nunca se apartó de Chuuya y poco a poco su relación se fue haciendo mucho más profunda, un hilo de dos seres abandonados, creados sin un propósito claro, confundidos, incapaces de volver a su primera naturaleza. Kouyou también tenía influencia sobre Chuuya, la naturaleza de los genios es obedecer, mimetizarse con sus dueños y él respondía al caracter de ella. Si ella era maternal y amorosa él también lo era, por lo que no fue extraño que Yumeno se volviera una especie de hijo para él. Lo cuidaba, jugaba con él, besaba su rostro y le inventaba noche tras noche cuentos para dormirlo, aunque es bien sabido que los ángeles no duermen. Se acurrucaba junto a él, velando porque el genio sí lo hacía y de una forma tan plácida que Yumeno muchas veces sintió envidia.
Yumeno adoraba a Chuuya, era algo asentado en todas las historias, por lo que era lógico que se desatara un campo de batalla cuando los hermanos Akutagawa llegaron. Fueron recibidos con un poco de recelo al principio al ser humanos, incluso Kouyou llegó a mostrarse fría con ellos, recordando lo que su especie hacía con las deidades. Pero Chuuya los cuidaba, les procuraba alimento y vestido, un resguardo del sol y de la arena, del frío de la noche y siempre se mostraba enérgico, dispuesto a cargarlos en sus hombros o correr con ellos en las dunas. Yumeno lloraba cuando Chuuya lo dejaba solo por irse con ellos, aunque el genio se deshacía explicándole que eran humanos, que requerían cuidados más delicados que los suyos porque no eran tan fuertes. El ángel no comprendía, estallaba en rabietas que hacían dudar si iría a maldecirlos pero era incapaz de dañar lo que fuera que Chuuya amara. Después se tranquilizó uniéndose a los niños para jugar también, dejando que su corazón abriera un espacio más también para ambos. Los hermanos amaban a su nueva familia y al final incluso Kouyou los cubría de besos y de estrellas que llegó a robar del cielo sólo por ver su rostro extasiado ante las formas doradas e irregulares bañándolos.
La sangre pesa, claro, pero hay lazos que se forjan con materiales mucho más resistentes como el consuelo y la ternura. Si a los Akutagawa no les hubieran tendido esa mano, sin duda estarían perdidos y no había día que no inventaran rezos de gratitud por sus diosas, su ángel y su genio porque su destino estaba cálidamente escrito con tinta indeleble en el corazón de cada uno de ellos, donde sería siempre protegido y bendecido.
Ninguno hablaba al respecto, pero cuando los niños llegaron a la adolescencia en un parpadeo las diferencias más evidentes se hicieron presentes. Ellos envejecían, estaban atados a un destino y a un reloj mientras que Yumeno, Chuuya y los demás sólo veían los atardeceres como una estampa sobrepuesta. No morirían pronto, probablemente el mundo explotara y se reiniciara y ellos seguirían allí, pero los hermanos Akutagawa no.
La idea de morir no les asustaba pero sí la culpa de dejarlos solos, tristes.
— Me estás apretando muy fuerte, cariño.
Chuuya le daba vueltas a su asado en la caldera mientras besaba las manos de Gin en sus hombros. Había crecido para ser incluso más altaque él.
— Tengo miedo que desaparezcas si te suelto— confesó la adolescente con su vocecita de campanilla—. No quiero que desaparezcas nunca.
— Mi niña, no podría dar un paso sin mi corazón y mi corazón está repartido entre ustedes así que no albergues temores sin fundamento. Mejor ayúdame a servir los platos que cuando vengan tu hermano y Yumeno del pueblo llegarán con hambre. Todavía no sé a qué fueron que no pudieron llevarme.
— ¿Estás celoso de que hagan cosas sin ti?
— Claro que no pero me preocupo.
— Chu-Chu siempre cuida de nosotros— Gin hundió su cara entre su hombro y su cuello, abrazándolo más, dejando que se girara para besar su frente, reconfortarla—. Kouyou me dijo que los sueños...— negó con la cabeza, irguiéndose de nuevo, tomando los platos y llenándolos del estofado—. Creo que estoy desvariando por el hambre.
— ¿Soñaste algo?
— Sí. Pero Kouyou me ha dicho que si no cuentas tus sueños es más probable que no se cumplan, así que lo guardaré para mí.
— ¿Así como guardarás para ti por qué mis propios hijos me guardan secretos?
— ¡Lo sabía! ¡Estás celoso!
— Quizá un poco...Anda, Gin, dime ¿Por qué Ryuunosuke quería ir al pueblo a solas con Yumeno?
— No lo escuchaste de mí pero mi hermano estaba planeando comprar madera para construirles un altar a Kouyou y Kyouka, además de un poco de oro para hacerte a ti un par de pulseras. Nos dijiste que los genios son atados a sus dueños por esposas de oro de templos derrumbados. No queremos que pienses que te estamos atando o algo así, pero queremos mostrar que el vínculo que tenemos es así de fuerte.
— Cariño, son mis hijos— suspiró, sujetándola contra su pecho, lleno de un orgullo y cariño que difícilmente podría esconder—. No necesitamos ninguna ofrenda ni templo, míranos.
— Han hecho tanto por nosotros, nos han cuidado desde que éramos unos niños. La gratitud no es suficiente para pagar todo lo que nos han dado, por favor, permítenos devolver aunque sea con algo tan tonto y cursi el amor que les tenemos.
— Mi pequeña florecita de jazmín— sonrió mientras tomaba su rostro con delicadeza, besando su frente—. Verlos crecer y convertirse en personas tan nobles y valientes es suficiente pago. Pero no me rehusaré a un par de pulseras de oro, es decir...
Gin se rió por el gesto de Chuuya.
Gesto que cambió a una palidez mortífera cuando alcanzó a vislumbrar la figura gateando y sangrando de Ryuunosuke.
