Dazai daba vueltas sobre el húmedo césped con el sol en el rostro, a medias dormido pero con la suficiente consciencia para recordar el encargo de Mori y que estaba retrasando quizá a propósito. Había investigado acerca de ángeles de la muerte y más le parecía un desperdicio de dinero. Eran bonitos, claro, pero totalmente inútiles porque eran incapaces de ser tomados como sirvientes ya que su único propósito era servir a Dios y a Azrael, quien una vez que las nuevas creencias de la gente comenzaron a señalar como un ser oscuro o incluso negando su existencia comenzó a perder fuerza, regresando al tercer cielo dejando atrás a su coro completo. Le parecía cobarde que desertara de su misión y abandonara a las criaturas lejos de su consuelo, de esa visión de la muerte como algo pacífico e incluso dichoso porque la carne sufre pero el alma no con la muerte. Lo culpaba a él directamente del miedo natural de la gente ( y otras criaturas) a morir porque él dejó de brindar su alivio a las almas. Sentía lástima por los ángeles, algunos habían sido tomados por Raziel y llevados al lado judío y otros dejaron que Satanás tomara su destino, quedando el título de "ángeles de la muerte" casi extinto. Sabía que debía ir al desierto si quería encontrar uno original puesto que allí las religiones estaban tardando más tiempo en mutar pero la sola idea de la inmensidad del sitio, de la arena en la cara y el sol, la sed, lo desanimaban terriblemente. Odiaba el dolor y salir de la comodidad. Además le parecía una verdadera ridiculez capturar una criatura así, los ángeles no suelen ser muy inteligentes ni divertidos, mucho menos protectores.

Pero Mori no cobraba por dar opiniones.

Había jurado que era su último trabajo y Dazai estaba decidido a hacerlo cumplir o simplemente abandonarlo, buscando por su propio pie alguna muerte indolora y definitiva.

¿Qué tan difícil podía ser?

Se levantó, sacudiéndose los restos de césped, concentrándose para tomar una forma completamente humana, ideando una manera de colarse en algún vuelo o barco para llegar a su destino. De preferencia en primera clase.

—x—

Ryuunosuke era el hermano mayor de Gin, el primer hijo de los Akutagawa y era todo lo que sabía sobre sí mismo. Desde que tenía memoria había vagado con su hermana entre las calles, a expensas de la caridad ajena que nunca alcanzaba para llenar sus estómagos y por el contrario lo había convertido una persona sumamente visceral y llena de rabia, siempre a la defensiva. Prefería ser tratado con desprecio por ser un ladrón que con condescendencia por ser un huérfano y así comenzó a pedirle a Gin que aguardara en algún callejón mientras él se buscaba la suerte entre las bolsas y locales de cualquier mercado de cualquier pueblo. Siempre estaban caminando, durmiendo donde pudieran. Era una vida, cortaba ante cualquier otro calificativo autoimpuesto. No debía sentir lástima por su destino, debía concentrarse en asegurar que su hermana no se quedara con hambre así él mismo se quedara sin nada. El sacrificio suele ser visto como una especie de redención y él internamente esperaba que alguien viera su esfuerzo y lo reconociera, le brindara una segunda oportunidad.

Al final era tan sólo un niño y no dejaba de ser inocente aunque el mundo le hubiera mostrado su cara más amarga.

Pero algunas veces la suerte le sonríe a quien apuesta en los dados y esa ocasión fue su turno. Chuuya fue la respuesta a sus más íntimos rezos, a sus súplicas más fervientes que abrazaba noche tras noche sin que Gin siquiera lo intuyera. Parecía tan fuerte y valiente todo el tiempo que no se lo imaginaba rogando por ser apartado de esa vida, soñando con cosas tan tontas como un dolor de estómago por exceso de comida y no por falta. No era nadie para cuestionar los caminos de la suerte, podía ser que no esperara que un genio los tomara bajo su protección y los arropara en medio del desierto donde las inclemencias del clima parecen imposibilitar toda forma de vida, pero allí estaban ellos, corriendo entre las dunas, durmiendo al calor de una hoguera. Chuuya era el que más contacto había tenido con humanos, por lo que fue quien se encargó de instruirlos, les enseñó a leer y a escribir, a hacer sumas y restas y les habló de lo que había escuchado de los extranjeros sobre el mundo. Besó sus rodillas raspadas, robó ropajes de una princesa de cierto palacio para Gin y para él obtuvo un sable cuando cumplieron su primer año con ellos, tomándolo como su día de nacimiento porque ninguno de los dos sabía la fecha exacta. Kouou dictaminó que ese sería su nuevo día y ambos lo tomaron con orgullo. Tenían todo el tiempo del mundo para jugar con Kyouka y Yumeno aunque éste los miraba con celos al principio, culpándolos por no tener al genio exclusivamente para él, después incluso se colaba entre ambos para dormir entre sus brazos.

Chuuya les había confiado el secreto de que Yumeno en realidad no dormía pero lo imitaba a él o lo tomaba como un teatro para pasar más tiempo siendo abrazado y los hermanos lo acogían contra su pecho, sintiendo la calidez de los astros en su piel, mucho menos tibia que la suya pero tan dulce que era reconfortante. Chuuya también buscaba dormir con ellos a su lado, tímidamente confesando que amaba el calor que su sangre brindaba. Si hubiera sido posible, Ryuunosuke se hubiera dejado beber entero por él regalándole cada gota de sangre pero ante la sola mención Chuuya palideció, suplicando que no volviera a decir algo así nunca. Eran sus hijos, sus preciosos regalos del cielo y no había nada que deseara más en el mundo que alargar su vida aún si debiera ofrecer la suya propia a cambio. Ryuunosuke se guardaba sus pensamientos entonces, tan sólo reposando su cabeza en el regazo del genio, dejando que le cantara para dormirlo, pero sin dejarse olvidar que debía encontrar una manera de agradecerle propiamente por todo cuanto les había sido ofrecido.

Entonces Chuuya le contó sobre las esposas. Con un poco de pena confesó que su especie fue creada sólo para obedecer, que a pesar de tener libre albedrío este no va más allá de lo que sus amos sean. Si son creados por dioses, demonios o humanos se apegan a su naturaleza y toman el bando de sus creadores. Ningún genio puede desobedecer a su amo y no porque sea un mandamiento sino que es imposible. Las esposas son una evidencia física de lo mucho que dependen los genios de su amo, brindándoles cierto orgullo al poder demostrar que están atados a alguien y que su vínculo es visible para el resto del mundo. Mientras posean esposas es complicado que los genios cambien de forma, por lo que suelen ser puestas hasta que los amos deciden afianzar una unión específica. Si van a ser tomados como consortes o como esclavos, si serán relegados a ciertas tareas ilegales o puestos estratégicamente en algún cargo.

Cuando le preguntó sobre su amo, Chuuya le dijo que no estaba seguro quién lo había creado porque había sido abandonado, pero se había mimetizado muy bien con Kouyou y Ryuunosuke se lo confirmó con una risa taimada, diciéndole que era lógico que fuera ella, una diosa que representaba la maternidad y el refugio, la que le hubiera brindado su personalidad y él lejos de ofenderse le besó la frente y las manos.Chuuya se regodeaba en proveer lo que sus niños necesitaran, robando tantos sacos de oro como fueran necesarios para llevarlos cada tanto al pueblo para no separarlos demasiado de su humanidad, dejándoles que tomaran todo cuanto desearan, siempre vigilando que nadie fijara sus ojos con malas intenciones en ninguno de sus dos jazmines. Gin estaba creciendo con una belleza y gracia que facilmente podía ser codiciada, mientras que Ryuunosuke se estaba convirtiendo en una estampa de caballero que también llamaba la atención, haciéndolo lucir a él más infantil que ellos dos, con su rostro redondo y su cuerpo atrapado en una edad muy específica, logrando que la gente viera con una ceja levantada cuando los hermanos llamaban "padre" a esa figura de adolescente espigado, siempre cargando a un niño pequeño como una especie de Virgen Inmaculada.

No tuvo reparos en tomar un saco de monedas y esconderlo en su ropa, aprovechando que todos dormían para salir rumbo al pueblo al dar forma en su cabeza a la manera de agradecerles, siendo detenido por la mano de Yumeno en su pantalón, cuestionándolo y a cambio de su silencio debió llevarlo consigo al pueblo. Él no lo tomaba en brazos pero sí lo dejaba que se pegara a sus piernas, contándole cosas que difícilmente comprendía pero cuidando no lucir desinteresado porque Chuuya sabía contenerlo pero había visto de primera mano lo que su maldición podía lograr.

Todavía se reía al recordar la manera en que ese hombre que intentó besar a su hermana a la fuerza se había cortado dedo por dedo sin siquiera pestañear en medio de la plaza. Era lo menos que se merecía.

— Un zorro.

Señaló Yumeno a un punto y Ryuunosuke lo ignoró, acariciando su cabeza para que continuara caminando pero él se plantó en la arena, alargando su mano y señalándole de nuevo.

— Debe ser un montón de arena, en esta parte no hay zorros.

— ¡Mira, Ryuu! ¡El zorro está saltando!

El muchacho suspiró y volteó su atención a donde señalaba, quedándose en blanco al ver que en efecto ahí había un pequeño zorro rojizo, no color crema ni con las orejas puntiagudas y alargadas. Era un zorro, pero no lucía como los que habitaban ese sitio y era imposible que fuera un perro o un gato extraviado. Algo allí no le daba buena espina así que intentó pegar al ángel conta sus piernas para comenzar a caminar más rápido y lejos . Pero Yumeno se escabulló entre sus manos, corriendo hacia el animal con una sonrisa divertida.

Ryuunosuke dio dos, tres pasos deteniéndose al sentir que la arena comenzaba a moverse bajos su pies, succionándolo con una fuerza estremecedora. Las arenas movedizas se causan por humedad, recordó, no podían existir en el desierto. Pero su cuerpo estaba siendo tragado, lo sentía, amenazando con desaparecerlo así que comenzó a arañar la arena, buscando algo a qué asirse para salir, pero la arena que palmeaba iba directo a su rostro, cegándolo e hiriéndolo. Intentó gritar el nombre del ángel pero esa misma arena cerró su garganta en una repentina e inexplicable tormenta. El muchacho palmoteaba, pataleaba y se enredaba en la arena y sus propias ropas, sin notar que fuera de sus ojos no había absolutamente nada.

— Eres tan bonito— Yumeno se arrodilló, embelesado con el animalillo que continuaba con sus piruetas, arrancándole una carcajada y un par de aplausos—. Y tan gracioso, ojalá Gin pudiera verlo también ¿Verdad,Ryuu?

Giró la cabeza pero una enorme hoja le cubrió los ojos y la boca, volviéndolo invisible sin él mismo provocarlo.

— No imaginé que un humano pudiera convivir con los de tu especie.

Murmuró viendo divertido cómo aquél adolescente lanzaba puñetazos y patadas hacia el aire, decidiendo que no iba a deshacer las visiones que le había provocado todavía. Que peleara un rato más contra el aire, acomodó al ángel en la jaula que Mori le había dado especialmente para esa misión ya que estaba hecha con madera de las puertas del Infierno. Podía escuchar al ángel gritar ante el tacto incluso tras la venda de la hoja. Era una verdadera lástima que los ángeles no fueran humanos porque si lo fuera podría desmayarse simplemente del dolor, en cambio le esperaba todo un vuelo de doce horas más trasbordos hasta que fuera a salir de la jaula.