Las leyendas hablan de héroes o villanos, de cómo el bien suele triunfar sobre el mal y el justo castigo de quienes manchan o rompen los corazones puros, de la recompensa que siempre recibe la paciencia y la amabilidad o de cómo las almas valientes erigen ciudades enteras sólo con la fuerza de su temple. Las leyendas se cuentan a mitad de una tarde en familia con té caliente y golosinas en la mesa, a susurros en la noche o en la inmensidad de un teatro porque los humanos se fascinaban con ese mundo que rozaban mil veces sin ser capaces de tocar pero se morían recreando o mejor dicho idealizando. Porque las hadas no eran primorosas flores con alas sino desagradables bichejos encargados de arruinar la buena fortuna de otros seres, o por ejemplo su especie misma podía ser el héroe o el villano según su humor amaneciera porque más que innatos mentirosos o mártires eran pedazos de madera sin tallar.
No podía decir que le resultara divertido escuchar al ángel llamar a gritos un par de nombres con una voz tan rota que si fuera cualquier otro ser sentiría algo de pena, pero tampoco le nacía el impulso de liberarlo o siquiera ofrecerle algún consuelo. Tan sólo apretó la hoja con la que lo cubría, amortiguando los ruidos, viéndolo arrancarse las uñas de las manos intentando arrancarla de su cara antes de que fuera guardada con el resto de los equipajes. En algún momento del vuelo se durmió soñando con un rayo alcanzándolos o una turbina incendiada llevándolos al fondo del océano.En lugar de eso despertó tras el aterrizaje, cumplió el protocolo, tomándose un momento para parar en la cafetería del aeropuerto para comprar una de esas caras e insípidas comidas, murmurando que la comida de dudosa calidad que había comido en las calles de Arabia era un millón de veces mejor y más barata. Terminó el último bocado y se dignó a recoger su equipaje, la aparente jaula vacía a ojos humanos se había quedado en silencio, el ángel acurrucado, sujetando la hoja como si fuera una manta. Tomó su equipaje y solicitó un taxi, acurrucándose en los asientos traseros, la jaula a su lado, una sonrisa cuando el conductor con un poco de pena le preguntó qué tipo de loción utilizaba, porque el intenso aroma a agua de rosas le resultaba casi angelical.
No quería escuchar a Mori halagarlo mientras Elise balanceaba sus rodillas, sentada en sus piernas y un desagrado indisimulable le pintaba una mueca en el rostro, arrojando la jaula al escritorio mientras se cruzaba de brazos, dejando que la fachada humana cayera, las largas y majestuosas colas rodeándolo como los rayos de una representación solar, sus orejas asomaban también, atentas y sobrenaturales mientras Mori continuaba enlistando todo el trabajo que le había ahorrado sin que Dazai hiciera más que señalarle el reloj, exigiéndole que cortara su discurso. El hombre pestañeó confundido, preguntándole si en verdad pensaba que su misión terminaba al dejárselo a él y no al cliente. Dazai suspiró con un profundo aburrimiento, diciéndole que se ocuparía de terminar el trabajo por la mañana. Mientras estuviera en la jaula no necesitaba preocuparse por ninguna maldición, lo sabía, y Mori no tuvo más remedio que ceder al pedimento del kitsune, acariciando el cabello rubio de Elise mientras veía la jaula vacía, preguntándose qué aspecto tendría el ángel, si el cliente al ser humano no se sentiría estafado si no lograba ver nada dentro. Por eso necesitaba que Dazai se lo entregara, ya que él podía usar sus trucos para obligar a las criaturas a mostrar su verdadera forma o hacerse visibles.
Además que un vuelo a Rusia en esa época del año no le parecía nada apetecible.
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Curó las heridas de Ryuunosuke escuchando con el corazón en los labios lo que había ocurrido, intentando convencer tanto al muchacho como a sí mismo que no había sido su culpa, que realmente nadie esperaba que algo así pasara. Después las lágrimas de Gin al pedirles que se quedaran con Kouyou y Kyouka le arderían en el alma, sabiendo que era posible que no volviera, pero en ese momento se mostró decidido a ir si era necesario a buscar a Azrael, sabiendo que aunque había huído al Tercer Cielo hacía mucho todavía tenía control absoluto sobre cada paso que daban los integrantes de su coro. No sería el primer genio que amenaza a un ángel, había una historia muy vieja sobre eso pero Chuuya no quería verse envuelto en ningún escándalo de ese tipo aunque tampoco estaba asustado de medirse la cara con quien fuera por recuperar a Yumeno y arrancarle los ojos a quien se hubiera atrevido a dañar a sus niños.
No hizo falta.
Uno de los gules que transitaban ocasionalmente su campamento le dijo que hacía un par de días había visto un kitsune. Era una especie de zorro japonés, le explicó a cambio de una gruesa manta de muselina, suelen engañar a los humanos porque poseen el control de la mente, pero era la primera vez que veía a uno en el desierto. Los kitsunes son originarios de Japón, son espíritus del bosque. No tenía ningún sentido que hubiera uno de su especie en un sitio así, mucho menos que se metiera con Yumeno. Suelen ser territoriales pero amistosos con otras especies. Chuuya le agradeció y el gul le ofreció preguntarle a las sirenas del puerto si sabían algo sobre un kitsune a cambio claro de otra túnica más gruesa. A Chuuya le hubiera dado risa ver al gul temblar de frío ( o miedo) estando a medio sol en pleno desierto. Accedió, rebuscando en el cofre donde guardaban todas sus pertenencias, cediéndole la de la tela más gruesa y abrigadora, esperando a que volviera con la información. Ryuunosuke no atinaba a verlo a los ojos, disculpándose por haber fallado, por haber sido débil pero Chuuya le dijo que necesitaba mantenerse ecuánime o sus hermanas y Kouyou sentirían su pena y les haría más amargo el momento. El gul volvió con la luna, diciendo que las sirenas no sabían nada pero un ababil que una de ellas tenía como mascota contó haber visto a un kitsune disfrazado de humano montarse a un avión. No conocía el destino pero a cambio de carne fresca podía seguir el rastro y llevarlo en sus alas. Chuuya aceptó, tomando prestado el sable de Ryuunosuke y besando la frente y las manos de todos, prometiendo que volvería con Yumeno.
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El tiempo no tiene un significado para quienes no envejecen, para quienes no tienen su existencia pendiendo de un grano de arena en el reloj. Chuuya no sabría entonces con exactitud cuántos días pasó vagando en ese país extranjero, encontrando el rastro del kitsune minutos antes de que tomara otro avión y el ababil se excusara con que su trato sólo era hasta allí. El genio no lo culpaba, por el contrario le agradeció por el viaje, diciéndole que si volvía al campamento le dijera a sus niños que no tardaría. El ave silbó, pensando que el par de cadáveres que le habían dado antes de comenzar el viaje eran un pago más que suficiente. Su dueña sólo le daba menudencias de animales y el sabor fresco de la sangre todavía le embriagaba el apetito. Se ofreció a acompañarlo al menos hasta la mitad del camino.
Chuuya debía meditar su próximo paso pero no demasiado porque el vuelo estaba por salir. Si el gul no se equivocaba debía andar con cuidado porque los kitsunes son capaces de ver criaturas ajenas a lo humano incluso si están invisibles y no sabía en qué condiciones estaba Yumeno. Había criaturas capaces de borrar a otras, incluso a los ángeles y no se iba a arriesgar a que aquél maldito zorro le hiciera algo al ángel. No tenía idea de qué rayos pretendía hacer con él. No era posible que Azrael hubiera comandado alguna clase de exterminio o en todo caso no lo imaginaba negociando con criaturas externas. Chasqueó la lengua, maldiciendo no haberse llevado un par de sacos de oro con él aunque ese sitio parecía funcionar con una moneda muy diferente. Apretó los puños, suspirando antes de por fin colarse en el aeropuerto. Apenas para ver al kitsune, con su apariencia armada de ser humano, subirse y acomodarse, dejando la jaula donde alcanzaba a ver a Yumeno junto al resto del equipaje. Si se escurría por la parte trasera podía llegar sin ser visto. Le hizo unas señas al ave para pedirle que volara pegada al avión, que no le tomaría más de un par de minutos. Arrancó las coyunturas de la puerta de la jaula, ahogando un grito de rabia al ver la piel de Yumeno completamente herida.
— Por favor— sollozó, envolviéndose en su cuerpo para huir de las manos que querían tomarlo—. No sé qué es lo que hice pero lo lamento.
— Mi bebé, ya, aquí estoy, lo siento tanto— tomó al ángel en brazos, usando un poco de fuego para incinerar la hoja que cubría su rostro—. Te juro que voy a arrancarle el alma a mordidas a quien sea que te haya hecho esto.
— Duele mucho, Chuuya. Quiero ir a casa, por favor.
— Claro, cariño— besó su frente, sus mejillas, quitándose el velo azul para cubrirlo, sabiendo que sus heridas podían tardar un tiempo en sanar—. Necesito que seas valiente ¿Está bien? Allí afuera hay un ababil, te llevará a casa con Kouyou y tus hermanos y hermanas. Yo me voy a quedar aquí para arreglar cuentas con ese maldito zorro.
— No me dejes solo, por favor,
— No lo haré, te prometo que estaré de vuelta enseguida, iremos con Gin y Ryuu al pueblo a comer kunafa, haremos una competencia de quién puede comer más ¿Qué te parece?
— Me parece que eso es trampa. Tú y yo no tenemos hambre así que no sentimos saciedad. Pero no les diré a ellos si me dejas jugar de tu lado.
— Lo que pida mi bebé— Chuuya sonrió, besando su mejilla antes de asomar medio cuerpo fuera del avión, acomodando a Yumeno entre las alas del ave, pidiéndole que lo llevara de vuelta.
A cambio el ave pidió otro cadáver fresco y Chuuya le aseguró que cualquiera de sus hijos se lo daría. No tenía por qué desconfiar y sobre todo agradecía mantenerse lejos. Aunque los genios no solían ser bélicos muchas leyendas hablaban de su capacidad de borrar pueblos enteros por cobrarse una afrenta. Y podía ver en la mirada azul de Chuuya que estaba determinado a quemar medio continente si era preciso por vengarse.
