El calor de las calderas se fue adhiriendo a su piel hasta arrancarle los tonos azulados y la incapacidad de concentrarse. Apoyó sus palmas en el hierro caliente suspirando ante lo enrojecidas que las dejó. Se acomodó la túnica, el turbante y el sable contemplando sus opciones. Podía aparecerse en cada sitio que conocía así que si chasqueaba los dedos estaría de vuelta en el campamento en un segundo pero le inquietaba la posibilidad de que aquella criatura lo siguiera. El kitsune había cumplido su misión y por lo que sentía se había marchado hacía unas horas. Estuvo luchando por no congelarse bastante tiempo, aunque la habitación ardía como la tarde en su interior afuera notaba la luna ya comenzar a asomarse. Podía robar alguno de los múltiples tapetes que cubrían la mansión y escaparse bajo la noche hasta perderse, podía robar la cantidad suficiente de lo que fuera que usaran en ese sitio como moneda de cambio para tomar un vuelo de vuelta. Primero necesitaba saber dónde estaba, tomar una mínima consciencia de la distancia. Quizá podía desaparecer a medio del vuelo. Sin notarlo estaba abrazado a una de las calderas, la mejilla apoyada contra ésta mientras sus labios se movían murmurando.
— Pareces más avispado ahora que te has calentado los huesos.
Saltó lejos de su fuente de calor, la mano ya había desenvainado el sable su punta rozando con el cuello de Fyodor quien lejos de mostrarse amedrentado ostentaba una sonrisa hueca, de muñeco descompuesto.
— ¿Para qué necesita un ser de fuego como tú algo tan inútil como un arma humana? Puedes chasquear los dedos y reducir a cenizas mi palacio conmigo incluido ¿No es verdad? ¿O estás demasiado débil para intentarlo?
— Antes de mandarte a rendir cuentas a Munkar y Nakir debes responderme a mí ¿Por qué pagaste para que torturaran a Yumeno? ¿Eres amigo de Azrael?
— No tenía idea de que los ángeles utilizaran nombres. Azrael...Nosotros no tenemos algo como eso en nuestro panteón.
— ¿Ustedes?
— Mi cultura, quiero decir. Yumeno es un nombre muy suave para quien se encargaba de atormentar a los demonios— Chuuya rozó la piel del cuello del hombre, la presión precisa para hacerlo sonreír un poco más con burla—. Estoy dispuesto a responder tus preguntas, no tienes por qué mostrarte tan ansioso. Los ángeles de la muerte son famosos por sus maldiciones, enloquecen a quien la recibe al grado de ejercer violencia contra su persona o alguien amado sin siquiera respirar pero también son capaces de brindar bendiciones. Ambas dejan una marca en el alma de la persona, si un ángel de la muerte maldice a un ser vivo la marca quedará para siempre en su alma y no importa si toda su vida fue intachable, las puertas del Cielo se cierran para siempre. Lo mismo con sus bendiciones, aunque haya sido el ser más vil y despreciable sobre la faz todo queda perdonado. Creo que es fácil comprender por qué estoy interesado en poseer una criatura así.
— Los ángeles en general sólo sirven a Dios y al encargado de su coro, en el caso de Yumeno sólo puede obedecer las órdenes de Dios o de Azrael. Es capaz de tomar decisiones pero no de recibir órdenes más allá de ellos. Aunque lograras capturarlo no hubieras podido obligarlo a nada.
— No tenía intención de obligarlo a nada, quería convencerlo de quedarse de mi lado— Chuuya frunció el ceño y bajó apenas un milímetro el sable—. Ustedes viven entre los pueblos nómadas en el corazón del desierto y no conviven más que con espectros de otros tiempos, no tienen contacto con ninguna especie fuera de su círculo por lo que no me sorprende que no sepas esto pero hace un tiempo que las cosas comenzaron a salirse de sus ejes y entre diversos grupos de seres se están gestando revoluciones. Ha habido batallas entre diversas deidades por la supremacía, aquí mismo te puedo contar cómo Lada arrojó a Dioniso al otro lado del mar.Con la apertura de nuevas rutas no sólo los humanos han podido conocer a sus pares, también otro tipo de criaturas pero contrario a lo que uno esperaría no hay un sentimiento de compañerismo al ser todos seres lejos de lo humano, por el contrario todos los egos comenzaron a calentarse, cada cual asumiéndose como " la verdadera dedidad de" que volvió el presenteun campo de batalla. Si me preguntas a mí es una estupidez que no se estén cuestionando cuál es el verdadero enemigo en esto. Quizá tú lo comprendas, tu especie exisitía mucho antes que los humanos y fueron obligados a reconocerlos como una creación " superior" sólo por la vanidad de los humanos. Me resulta repugnante.
— Lo que estoy comprendiendo es que hay una guerra entre dioses y ¿Están tomando a las criaturas que se les han sido adjudicadas como aliados?
— Eres muy inteligente, lo has captado a la primera.
— Pero en ese caso tú deberías tener tus propios subordinados al ser un ¿Dios?
— Me halaga que me des ese título pero desafortunadamente no lo soy. Soy un humano.
— Eso no tiene ningún sentido, te estás contradiciendo.
— ¿Por qué? Pertenecer a una raza no me hace ciego a sus pecados, por el contrario. Conozco sus vicios, sus peores y más repugnantes sitios oscuros y lo único que merece es extinguirse. Sin la soberbia de creernos superiores podremos ser limpios de nuevo, mereceremos estar en la tierra.
— Es soberbio lo que estás diciendo. No puedes dar un juicio tan duro para quienes son tus iguales.
— No tengo iguales, no poseo interés en mezclarme con la raza humana. No soy un dios pero sé que soy el más indicado para liderar una revolución efectiva. Le ofrezco a las criaturas que no tienen dioses o demonios como dueños, criaturas como ustedes la oportunidad de estar del lado ganador.
— Alaba solo a Dios, critícate solo a ti mismo.
— ¿Me estás acusando de arrogante?
— Puede que estés diciendo la verdad respecto a esto pero más primordialmente lo has dicho al principio. Mi familia y yo existimos en medio del desierto. Los asuntos de los hombres y del resto no son cosas que nos puedan afectar en lo absoluto.
—Tú eres un genio. Los genios no pueden ofrecerle lealtad a nadie más que a su creador pero fuiste abandonado así que esto no lo sabes pero tu creador está tomando partido en esta guerra y no tardará en volver a buscarte. Eres esclavo de tu naturaleza, si él comanda tú no tendrás de otra más que obedecer, lo mismo que Yumeno ¿Qué destino les aguardará a Kouyou y Kyouka siendo diosas menores? Más aún en tu panteón hay un par de huérfanos humanos. Cuando los amos se pelean, sus sirvientes están crujiendo.
— ¿Cómo sabes de mis hijos?
— Me enternece el sentido maternal que has adquirido a pesar de no ser propiamente un sirviente de Kouyou. Odiaría que debiera ser tu misma mano la que...
— Yo juré lealtad a mi diosa y a ella me debo únicamente. No importa quién carajos se me plante enfrente, no voy a ir en contra de quien me dio refugio y salvó mi vida.
— Eres un genio, Chuuya. Estás diseñado para ser un sirviente. Fuiste creado incapaz de ir en contra. Comprendo que quieras cambiar las cosas pero eres lo que eres. Y tu dueño ha demolido ya bastantes cultos por sí mismo. Si supieras el destino de Manat...
— ¿Manat? Pero ella es una de las diosas más antiguas. Incluso Kouyou agacha la cabeza al escuchar su nombre.
— Era una de las diosas más antiguas. Tu dueño es un demonio,no te abandonó por temor sino porque pensó que un genio le resultaría más problemático que beneficioso y se fue a cazar otras criaturas. Si llega a reclamarte como su creación deberás tomar el bando que él escoja y servirás a los demonios. Yo puedo ofrecerte protección para ti y para tu panteón, incluyendo a los huérfanos.
— No está a discusión que te entregue a Yumeno.
— Es un elemento que nos sería muy útil pero comprendo que tu instinto te haga protegerlo. No tengo intención de formar un ejército por la violencia, prefiero las negociaciones. Te puedo ofrecer un encantamiento que te permita servir a otro dueño, proteger a tu familia.
—¿ A cambio de?
— Me servirías como subordinado. Te permitiré que elijas servir a tu diosa pero yo te tomaré como tu dueño. Estarás atado a mi voluntad y pelearás de mi lado. Eres capaz de entrar a sitios sagrados o malditos sin sufrir daño alguno y por tu naturaleza sobrenatural me servirías como mediador para atraer a más aliados. Respetaré la vida de tus hijos y protegidos a menos que me traiciones.
— No parece un trato justo— suspiró, mordiéndose los labios—. Puede que me estés mintiendo y no exista ninguna guerra.
— No cerremos el trato todavía si no lo deseas. Quédate un mes en mi palacio para que compruebes por ti mismo lo que te estoy diciendo, si al transcurso de ese tiempo no te has convencido te dejaré marchar, sólo deberás devolverme el dinero que pagué por la captura del ángel.
— Un mes. Ni un segundo más.
— Trato. Puedes vivir aquí entre las calderas o puedo acondicionarte una habitación en la parte de arriba.
— Prefiero estar lo más alejado de ti que sea posible. No me das buena espina.
Chuuya se guardó el sable en el cinturón, tornándose invisible, queriendo no mirar la sonrisa hueca y falsa de aquél hombre.
—x—
Era estúpido pero el sol se sentía más frío en su piel, tirando abajo sus intenciones de calentarse un poco al salir al jardín ya que por fin había dejado de nevar. Llevaba una semana entera oculto entre las calderas y su paciencia se estaba acabando. Nunca fue alguien pasivo, recorría el desierto o jugaba con los niños, se ocupaba de su comida y cargar el agua para bañarlos aunque los últimos años Ryuunosuke comenzaba a protestar porque ya no era un niño. Gin todavía se reía como un gorgojeo cuando le lavaba el largo y hermoso cabello negro, pero su hermano se enrojecía hasta preferir rechazar el baño que dejar que Chuuya lo viera desnudo. Quería comprender su pudor pero le dolía el rechazo. Eran sus bebés, los vio crecer y en sus ojos sólo había amor para ellos.
Si lo que decía Fyodor era cierto...
Negó con la cabeza, envolviéndose más en la enorme manta que su captor le había ofrecido cierta noche y aunque la tomó de mala manera no la soltaba bajo ninguna circunstancia. Se sentó en el jardín, los ojos perdidos en el mar de rosas azules. Para el poco calor que recibían estaban radiantes, ni siquiera una mancha marrón en alguna hoja. El aroma le resultaba embriagante aunque no estaba acostumbrado. Era suave, como a malaquita. Chuuya prefería el sándalo, la canela, las cosas más especiadas pero no le desagradaba. Se irguió de nuevo, valiente al no escuchar ruidos. Fyodor había salido temprano por la mañana y hasta ese momento no había detectado ninguna otra presencia. El palacio desde fuera lucía más imponente, de colores vivos y figuras espirales. El jardín que lo rodeaba estaba compuesto únicamente por rosas azules y aunque eran hermosas era aburrido lo monotemático. Rodeó el palacio hasta llegar a la parte trasera.
Algo brillaba en el suelo, era como un rayo de sol pero materializado. Roja, ámbar, amarillo, su fulgor le podía dañar los ojos si fuera humano y eso que era tan pequeña como una pluma. La recogió y en efecto era una pluma. No conocía mucho de aves, había tenido experiencias algo desagradables con los cuervos y buitres, pero estaba casi seguro que aquella maravilla no podía ser algo natural. La guardó en su camisa, riéndose al ver el brillo multicolor abrazarlo. Miró arriba, nada volaba, a los costados pero no había árboles. Sólo un pequeño cobertizo que brillaba como si estuviera incendiándose. Chuuya no temía, estaba hecho de fuego, así que avanzó por la duda, abriendo la pequeña puerta.
Hecha un lío, las alas abiertas intentando tomar el vuelo pero una flecha clavada en su pecho, luchando con el alma para no morir, estaba un ave del tamaño de un pavo real, pero con las alas llenas de fuego. No como un fénix, tan sólo los colores del fuego.
— Pobrecilla.
Chuuya se deshizo de la manta para envolver al ave en ella, sin un gesto ante el picotazo en su mano. Tomó la flecha, tirando de ella hasta sacarla, poniendo sus dedos en la herida para detener el sangrado.
— Sé que duele pero no te preocupes, no vas a morir. Vamos al palacio, debe haber algo que sirva para la hemorragia.
— Fuego— susurró el ave de manera apagada, suplicante—. Soy de fuego.
— Qué coincidencia— Chuuya sonrió, abriendo la manta para posar sus labios en la herida. El calor pronto detuvo la sangre, sintiendo el pulso del pájaro más vivo—. ¿Quieres que te lleve afuera? ¿Te estaban cazando?
— No eres humano, deberías saberlo. Nos están cazando a todos. A menos que seas un dios o un demonio poderoso, alguien debe estar tras de ti también.
— Pensé que era una mentira.
— Yo también y mírame— exclamó con tristeza, su largo cuello como de cisne se acunó en su pecho—. ¿Puedes hacer un poco más de fuego?
— Claro— Chuuya besó el pico del ave, formando una pequeña llama que el ave se apuró a tragar,dejando salir un trino de gozo—. Eres tan bonita ¿Quién querría lastimarte?
— La belleza no sirve para ganar una guerra, pregúntale a Afrodita. Cayó hace unos días ante otra deidad, nadie ha sabido quién fue.
— ¿Por qué empezó la guerra?
— Te contaré la historia si me das un poco más de fuego y me permites descansar. Volé casi dos kilómetros con la flecha en mi pecho.
— Lo siento, claro. Debió ser una odisea para ti, pequeña.
— Lo fue, pero este es de los pocos sitios neutrales que quedan en el continente. Escuché de una vila que el dueño de este palacio es un hombre extraño pero quizá se refería a que eres muy generoso.
— Yo no soy el dueño pero no te preocupes. Te aseguro que estarás a salvo. Descansa, vamos al interior. Te recostaré junto a las calderas y te alimentaré hasta que sanes.
— Ojalá pudiera quedarme aquí. Mi nido fue destruído y no tengo a dónde ir.
Chuuya volvió a besar al ave, abrazándola contra su pecho mientras salía del cobertizo, corriendo al interior de la casa al notar que le nieve estaba volviendo a caer.
—x—
Fyodor no volvió sino hasta tres días después que Chuuya encontrara al pájaro de fuego que aunque lentamente había comenzado a sanar, incluso por la mañana había cantado un poco para él, llenando todo el palacio con unas notas tan dulces y amables que le fue imposible no recordar su hogar. Por las palabras del ave lo dicho por el hombre era cierto y los bandos habían comenzado a polarizarse, ganando unos más poder que otros y aunque no sabía nada sobre las cosas en Arabia, esa declaración fue suficiente para ponerlo en alerta. Kouyou y Kyoka eran diosas menores, podían esconderse quizá en las bóvedas celestes pero Yumeno era un ángel y si Azrael también participaba todo sería un caos. Sus niños, murmuraba, qué sería de sus niños si los dejaban a los Akutagawa a si suerte en medio del desierto. Analizó todas las opciones, meditó largamente. Si Fyodor no mentía su naturaleza también le jugaría en contra próximamente y bajo ninguna circunstancia deseaba servir a los demonios. Dejó un fuego bien nutrido para que el ave hiciera un nido en medio y no bien sintió la presencia del hombre abandonó la invisibilidad, envuelto en la manta que arrastraba como un velo por el suelo hacia él.
— Había olvidado lo que era ser recibido por alguien.
— Encontré un pájaro de fuego herido en el patio y me ha confirmado tus palabras.
— ¿Lo tomaste como mascota? Son criaturas muy codiciadas por su plumaje, dicen que su canto...
— No me ignores— levantó un poco la voz, haciendo arder una de las lámparas del recibidor hasta explotarla—. No me mentiste. Si tu oferta sigue en pie estoy dispuesto a hacer un trato contigo.
— Soy un hombre de palabra— Chuuya intentó no ponerse a temblar pero la mirada púrpura, esa sonrisa sin duda no le dejaban sentirse tranquilo. Fyodor elevó la mano, ofreciéndola—. ¿Tú también eres alguien de palabra?
— Mientras respetes las condiciones que ya fijamos, prometo que no claudicaré.
Chuuya también extendió la mano, sintiendo un ardor inexplicable, insoportable escalarle por le brazo en forma de rojizas serpientes, enroscarse en su pecho y hasta su rostro, abajo a sus piernas. El color azul de noche en el desierto borrado por completo en un abismo blanco de pura esclerótica.
—x—
Eres esclavo de tu naturaleza.
Esas palabras resonaban como hierro contra su cerebro día tras días sin diluirse aunque cada vez perdían más significado. Las marcas en su piel desaparecieron y el color de sus ojos volvió un momento después pero algo en su interior nunca volvió a ser el mismo después que cerrara el trato con Fyodor. Lo había tomado como amo, le había lanzado un hechizo pero Chuuya no lograba comprender cómo un simple humano había conseguido algo así. Se fue a dormir, dejando que su amiga se anidara en su pecho para dormir y por primera vez no hubo sueños mientras dormía. Se despertó todavía inquieto pero Fyodor llamó a la puerta, ostentando un espejo usado por ciertas brujas para mostrarle a su familia. Se veían cabizbajos e inquietos, seguro porque llevaban tanto tiempo sin saber de su suerte. Una lágrima le partió el rostro al ver a Gin intentando calmar el llanto de Yumeno. Pero lejos de la tristeza lucían a salvo y Chuuya se convenció que eso sería lo mejor. Debía protegerlos a cualquier costo y era lo único que importaba. Aceptó que Fyodor lo tomara como sirviente y se ocupaba de preparle la comida, resignándose a llevar las sobras que compartía con su amiga en las calderas porque el hombre veía como un desperdicio alimentar a un ser que no necesita comer. Preparaba sus trajes y encendía las luces. Estaba totalmente desapegado de cualquier tipo de tecnología así que mientras lo instruía al respecto le perdonó ese tipo de labores. Primero debía educarlo, le informó, después le llevaría al mundo exterior para comenzar a conseguir aliados.
Al principio había cierta hostilidad en su trato, pero al final Chuuya sólo era un genio y estaba hecho para servir a un amo. Comenzó a desenvolverse con mayor diligencia, quedándose un par de minutos más cada día junto a Fyodor, escalando hasta el punto que el hombre acondicionó una habitación al lado de la suya, incluso armando una primorosa jaula para el ave. Le llenó de ropa abrigadora, le permitía comer en la misma mesa y alguna vez le dio permiso de bañarlo. Chuuya temblaba sin notarlo, sintiéndose explotar en euforia por poder tocar la piel de su amo.
— No comprendo por qué conservas eso.
Chuuya estaba sentado al lado de Fyodor, su cabeza acomodada en sus rodillas mientras el hombre terminaba de leer un libro sentado en su amplio sillón estilo trono, con adornos de oro y tapizado de cuero. El genio lo miró curioso, recibiendo un dedo señalando el sable que conservaba en su cintura.
— Me hace sentir seguro además me recuerda que mis hijos están a salvo y creciendo.
— Cuando logremos un par más de aliados podrán venir al palacio, estarán a salvo. Pero me molesta que portes un arma humana cuando no la necesitas.
— Bueno, en mi cultura los sables no sólo sirven como arma, también se puede bailar con ellos como ornamento.
— ¿Bailes con sable? Pensé que los bailes árabes estaban más enfocados a la fertilidad y a esa clase de cosas.
— Oh, lo está. El hecho de bailar con el vientre desnudo no es un capricho, es para que los rayos del sol penetren en una alusión a la fertilidad además que todos los movimientos tienen una repercusión específica en la anatomía femenina. Pero el hecho de añadir el sable brinda un poco más de sensualidad agregando un elemento que se considera masculino en un baile femenino.
— La mayoría de los bailes en mi cultura son para ensalzar el valor y la resistencia, contrario a los tuyos la mayoría son bailes donde las mujeres no acostumbran participar. Nunca he visto a nadie bailando algo relacionado con la fertilidad.
— ¿Quieres que te muestre? Aunque sean bailes pensados para mujeres yo estuve al cuidado de una diosa maternal. Me enseñó a danzar para rendirle tributo.
Fyodor recargó su mentón en su mano cerrando el libro, agitando la mano para que Chuuya se incorporara, dejando caer el pesado abrigo en el suelo, encendiendo un fuego tras de sí para no sentir el frío. La camisa negra que llevaba dejaba al descubierto su vientre, se deshizo del turbante agitando su cabello de azafrán que le caía por el hombro. Pasó las manos por sus caderas creando un cinturón de fuego mientras desenvainaba el sable y lo colocaba sobre su cabeza, girándose para darle la espalda al espectador.
Los brazos extendidos y las rodillas ligeramente flexionadas para mantener el equilibrio. Los brazos hacían olas, moviéndose suavemente al ritmo de sus caderas elevándose, bajando, haciendo que el cinturón de fuego se agitara creando más movimientos con las sombras. Girándose lentamente sin perder el equilibrio, las caderas subían y bajaban, los brazos, un pie al frente para dar un golpe conla cadera y después la otra sin que el sable en ningún movimiento se moviera, el filo brillando mientras sus brazos se cerraban, se abrían, haciendo curvas de arriba a abajo y Fyodor en algún momento había comenzado a dejar la apatía, la manera en que se inclinaba para ondular su vientre hasta su pecho, tomó el sable y lo acomodó en la orilla de su cadera, los brazos se movían de una manera que embrujaba mientras giraba, apresando el sable con su cintura, el vientre ondulaba y el libro de Fyodor tirado en el suelo, Chuuya tomó el sable entre las manos y comenzó a girar, acomodándolo después entre sus labios, doblándose sobre su espalda hasta quedar con ésta en el suelo y las piernas dobladas, los brazos extendidos y el vientre en esas olas que eran imposibles, irguiendo las piernas, la cintura, el tronco y el rostro mientras volvía a tomar el sable, poniéndolo de nuevo sobre su cabeza, de nuevo en la posición inicial.
Apagó el cinturón de fuego, girándose. Ni un sólo ápice de cansancio era visible en su rostro y por el contrario una luminosa sonrisa irradiaba mientras volvía a guardar el sable.
— ¿Te gustó?
— Entiendo por qué son bailes para la reproducción.
Chuuya pestañeó confundido hasta ques sus ojos se fijaron en la erección de Fyodor. Entreabrió los labios, sintiendo el aire entrar. Pasó mucho tiempo entre humanos además que su diosa también estaba vinculada con la fertilidad humana. Comprendía ciertos aspectos de la sexualidad humana pero era la primera vez que veía a alguien expresar deseo por él. Lo podía oler en el aire como un perfume de almizcle y oud.
No había sangre en sus venas pero sus mecanismos se mimetizaban con su amo. Si era un ser capaz de sentir deseo él también lo haría. La saliva era fuego en su boca, los ojos azules pegados a la manera bruta con que Fyodor se masajeaba por encima de la ropa, con un gesto como de molestia por tener qué pedir algo que se suponía Chuuya debía comprender. Se arrodilló, gateando hasta su regazo, apartando las manos del hombre para suplantarlas con las suyas. Fyodor acarició su rostro, presionando su pulgar entre los labios de Chuuya, repasando la forma y la temperatura.
— Los genios son seres sexuales, me sorprende un poco que estés tan nervioso.
— Antes de llegar con Kouyou solía vagar entre los humanos pero nunca me prestaron atención. No había experimentado el deseo, ni provocarlo ni sentirlo.
— ¿Prefieres que vayamos a dormir?
— Quiero complacer a mi amo— jadeó hondamente, los ojos nublados, completamente mimetizado con su urgencia, dejando que Fyodor se deslizara el pantalón por las piernas, atrayando su boca hacia su pubis.
Eres esclavo de tu naturaleza.
Chuuya no podía escuchar su sentencia entre los gemidos de Fyodor y los propios ahogados por el crepitar de la hoguera que había encendido antes.
