Su nombre comenzó a ser dicho entre susurros con algo de temor y respeto. Chuuya era una mina que sólo necesitaba una chispa para explotar y Fyodor le indicaba sus movimientos para colocarlo siempre en el sitio preciso para que esa explosión se extendiera lo más posible. Chuuya tenía un poder de seducción natural y su facilidad de palabra le permitió conseguir incluso a Zoria y Danica, quienes se ocultaban en un edificio abandonado y no se habían enterado del conflicto pero accedieron con alivio a cambio de protección. Fyodor consideró como una señal de buena suerte que las primeras deidades que Chuuya obtuviera fueran precisamente las que representaban la dualidad de Luz y Oscuridad. El genio llevaba diversas criaturas, espíritus, vampiros, incluso deidades extranjeras que estaban allí en caza de otras. Chuuya normalmente conseguía tratos pero no dudaba en usar su control sobre el fuego como recurso. Algunas veces la violencia de sus contricantes lo vencía y volvía con la cara roja por la vergüenza. Esas noches Fyodor no le permitía dormir en la misma cama que él y para Chuuya esa clase de castigo era suficiente para esforzarse más al día siguiente, tejiendo planes más elaborados, duplicando su poder o buscando alianzas.

En algún punto las criaturas y deidades fueron tantas que Fyodor debió viajar a una ciudad cercana en búsqueda de una casa sólo para darles cabida y Chuuya estuvo más que de acuerdo con eso porque sinceramente no le gustaba tener tantos seres interponiéndose en su intimidad. Los genios podían llegar a ser posesivos y no fue agradable descubrirlo pero estaba aprendiendo a controlarse.

Esa semana la pasó casi completamente fuera, perdido en el bosque por el engaño de un leshi pero al final consiguío encontrarlo y ante la amenaza de quemar su bosque completo lo convenció de ir con él bajo el disfraz de un aldeano ya que por su enorme estatura no cabría. Lo dejó en el jardín junto a otras criaturas del bosque que se resistían a permanecer entre cuatro paredes. Al menos gracias a éstas el jardín lucía más colorido y era agradable. Dejó el abrigo blanco en la cama al entrar a su habitación, notando al ave dormida en ella. La había sacado de la jaula casi desde el primer día porque le dijo que no le gustaba estar encerrada y nunca dejaba la ventana cerrada para que saliera cuando deseara. Tomó su cuello con suavidad para reposarlo en sus piernas, acariciando sus plumas.

— Ya casi nunca estás en casa— la voz de hoguera del ave le hizo sonreír apenado por haberla despertado—. Aunque hay muchísimas criaturas aquí me haces sentir sola.

— Lo siento mucho, sabes que estamos en medio de una guerra.

— Y tú tomaste un bando. Pensé que serías neutral.

— Yo también lo hubiera deseado pero mi amo tenía sus planes elaborados.

El ave suspiró y soltó una palabra en un idioma desconocido para el genio. Era curioso cuando lo pensaba, aunque por su contacto con extranjeros comprendía que había otras lenguas no razonó por qué el kitsune, Fyodor y el ave lo habían entendido a pesar de no manejar el mismo lenguaje. Fyodor le dijo que dominaba perfectamente diversos idiomas y por lo que sabía también el kitsune. El ave poseía la habilidad de comprender y hablar todos los lenguajes del mundo. Pero el resto de las criaturas no y fue sólo gracias a que su amiga le ayudó a aprender su idioma que consiguió comunicarse porque al parecer Fyodor no estaba muy interesado en enseñarle.

— Hay demasiado ruido ahora.

— No te quejabas cuando Apolo estaba aquí— Chuuya sonrió de lado, haciendo espirales entre sus plumas—. Nunca te había visto posarte en el hombro de nadie más, pensé que le sacarías los ojos pero sólo querías que besara tu pico, eres una desvergonzada.

— Apolo es un dios solar, no me puedes culpar. Además no hay nada que puedas decirme al respecto, debiste huir con él cuando te lo propuso.

— No bromees con eso, nunca podría abandonar a Fyodor.

— Fyodor apenas tiene carne en los huesos, pero Apolo...

— Estás siendo muy obscena— Chuuya se levantó de la cama cargando al ave, besando su cresta mientras se posaba en su hombro, escondiendo su cara entre los cabellos del genio, mordisqueando cariñosamente su oreja—. ¿Quieres un poco de fuego mientras paseamos por los alrededores del palacio?

El ave silbó en aprobación, enredándose en su cuello con cuidado de no rozar la gargantilla con una media luna colgando. Un regalo de Fyodor para que Chuuya pudiera permanecer lejos de él sin sentir que enloquecía, porque los hechizos que había lanzado contra él lo mantenían atado a su presencia a menos que usara esa joya. El ave había preferido no inmiscuirse demasiado en eso por temor al destino de su amigo si evidenciaba que Fyodor realmente no era humano.

Las serpientes rojas en su piel y la falta de visión debían darle al menos una pista de su verdadera naturaleza y bajo qué signo había sido marcado.

— ¿Existe la primavera en este sitio? Nunca hay ni siquiera un rayo de sol.

— Si me hubieras hecho caso con Apolo...

— ¿Apolo?

Chuuya y el ave voltearon su atención a la voz tras ellos, encontrando a Fyodor siguiendo sus pasos en la nieve. Apenas habían salido del palacio, debieron notarlo. Pero dos reaccione contradictorias se desencadenaron: El ave desenrrollándose del cuello de Chuuya para salir volando de vuelta al interior del palacio sin mirarle, mientras que el genio corrió a abrazarlo, sintiendo la piel quemarle.

— Prometiste que estarías aquí cuando volviera— reclamó Chuuya, tirando de la gargantilla para quitarla—. Prometiste que no te irías más de dos días esta vez.

— Necesitas calmarte, si te arrancas la gargantilla deberé mandar a construir otra y no es tan sencillo. Además fuiste tú quien demoró más de lo debido cazando a ese leshi.

— Me engañó y terminé vagando en el bosque hasta que empecé a quemarlo y se develó ante mí.

— Me avergûenza que te hayas dejado engañar, Chuuya, eres un genio.

— No pensé que...

— Tu deber no es pensar— Fyodor tomó su mentón para que lo mirara—. Tu deber es obedecerme y si hubieras hecho exclusivamente lo que te dije no habrías caído en una estúpida trampa pero supongo que estoy esperando demasiado de ti. Un genio que ni siquiera puede cambiar de forma no sirve para nada.

— No tienes derecho a ser cruel. Me he encargado de atraer tantas deidades y criaturas como has pedido, estás armando un ejército poderoso y no puedes menospreciar mi ayuda. No soy capaz de cambiar de forma pero no por eso soy menos útil.

Fyodor sonreía de esa forma hueca que era capaz de exasperar a cualquiera y que llevaba a cada criatura a aceptar cualquier trato siempre que Chuuya fuera el mediador. El genio agachó la mirada, los puños apretados, con todavía una serie de respuestas que quería darle, con una extraña sensación de rebeldía que desaparecía al chocar contra la superficie de su garganta. Los dedos de Fyodor bajaron de su mentón a su cuello, desatando por fin la gargantilla que nunca alcanzó a tocar el suelo, enredada entre sus dedos.

Serpientes rojas y esclerótica pura.

Podía que no fuera la imagen más erótica dentro de lo estético pero para Fyodor esa forma era la que más apreciaba. Era la declaración de que esa criatura le pertenecía por completo, le seguiría ciegamente sin cuestionar nada. Fyodor apreciaba la obediencia como si fuera un sentimiento que todo ser vivo le debiera, una ofrenda que se acepta como algo obligatorio, sin placer ni sorpresa y más bien con vanidad.

Los sentidos del genio se disolvían en un zumbido mientras se recuperaba, un interruptor en su cerebro que le recordaba lo que era. No había consciencia en el instinto. Sus ojos volvieron al tono azul, la piel recuperándose sin que lo notara, el anhelo bordeando cada sitio en su cerebro, rodeando el cuello de Fyodor para besarlo.

Recibiendo a cambio una bofetada más fría que la nieve.

— No puedes estar esperando en serio que bese la misma boca que has usado para faltarme al respeto.

— Yo nunca haría algo así, yo...

— ¿Ahora me estás llamando mentiroso? — apretó la gargantilla entre sus dedos con el rostro totalmente indiferente al gesto herido del genio por el rechazo—. Esta noche te quedarás en el jardín, no soporto ni siquiera verte.

— Lo siento, amo, por favor.

— Sabes que desprecio las súplicas, Chuuya. No me hagas enfadar más. Te quedarás aquí hasta que yo lo decida y es una orden.

Fyodor se giró sin la más mínima piedad a las lágrimas de fuego del genio, abrazado a sí mismo en medio de la nieve.

Sin la gargantilla en su cuello la distancia resultaba insoportable y era algo que Fyodor había hecho a propósito, asegurando su obediencia mediante el dolor.