La nieve no seguía un patrón al caer. Copos delgados o pedazos de hielo resbalando de las copas de los árboles, motas de polvo que naturalmente lleva el aire. Chuuya lo miraba todo para intentar distraerse, buscando en el monocromático blanco cualquier cosa que le brindara un consuelo o calor antes que la noche siguiera avanzando. No temía a la oscuridad pero el frío se volvía insoportable y el pequeño resguardo de su abrigo se vería superado por las temperaturas. Ahora estaba tan cansado de llorar que no tenía fuerzas para hacer una hoguera para él. Y sobre todo temía la reacción de Fyodor si percibía el humo.

¿Qué pensaría de sí mismo si se estuviera viendo con la gargantilla puesta?

¿Se tendría lástima o piedad?

No podía pensar, un ruido chirriante, gritando el nombre de Fyodor en su cerebro no le dejaba pensar, no le permitía sentir nada más que el miedo de enfadarlo, desilusionarlo. Si era reemplazado, si era abandonado. El corazón le latía de una manera tan dolorosa que era imposible que Fyodor no sintiera su inquietud. A menos que el lazo que los unía sólo estuviera atado de su lado. Un sudor frío le corría por la frente, le partía la capacidad de razonar, de consolarse a sí mismo y el miedo otra vez le castañeaba en los dientes. El aire no lo calmaba y aunque podía prescindir de él se había mimetizado demasiado con la manía humana de respirar. Fyodor era humano, estaba unido a su naturaleza. Jadeó con angustia, abrazando sus rodillas contra su pecho, cerrando los ojos cuando el último pincelazo de sol se marchó y la promesa de más frío le caló hasta los huesos.

Un candil destellaba a través de sus párpados cerrados, obligándole a mirar delante suyo, a la figura enjuta de Fyodor, sin una sola expresión en su rostro. Los ojos de Chuuya se fijaban en el púrpura apagado que le indicaba que podía seguirle de vuelta al palacio y entonces el frío de la noche dejó de ser importante, una capa que se va dejando mientras iba tras él, la sonrisa brillando más amplia, cerraba los ojos y sabía qué pasos estaba dando el hombre delante de él porque lo sentía caminar. Era su lazo, era su unión. Todas las bestias y deidades estaban acomodadas en su sitio del palacio como costosos adornos,mirando de reojo y susurrando ante la manera tan mansa en que el genio que les había capturado, esa criatura increíblemente inteligente y poderosa que los había capturado, iba caminando ( casi gateando) tras la sombra borrosa de lo que todos podían ver claramente era un demonio.

Todos menos el genio, al parecer.

Cuando llegaron a la amplia habitación de Fyodor, Chuuya por fin pudo volver a respirar, encargándose de cerrar la puerta, recargándose contra ésta tan sólo mirando al hombre recorrer el espacio, dejando su ushanka en el escritorio repleto de papeles y libros abiertos, unas cuantas flores secas que él había cortado para regarle y llenaron su alma al ver que las conservaba todavía, después el abrigo en la silla, la manera en que se movía era casi ingenua ante el lujo, el espacio y el fuego que Chuuya hizo crepitar en la chimenea de la habitación cuando Fyodor pasó junto a ella, dejando las botas para que se sacaran de la nieve derretida. La camisa en el suelo y para el genio era como ver un árbol olvidarse de sus hojas, temblaba, la fina pócima del deseo comenzaba a perfumar el sitio cuando el azul se perdía en el blanco de su pecho, en la delicadeza con que asomaban sus huesos por la piel, más evidentes cuando se estiraba y Chuuya se preguntaba cómo haría para mantener su temperatura sin una capa de grasa que le protegiera, el cabello negro deslucido le caía por los hombros angulosos y se agitaba mientras seguía caminando, el candil se había quedado en un lugar incierto pero Fyodor todavía parecía sostener algo entre las manos.

Chuuya quería creer que era su corazón.

Entrecerró los ojos, recargándose un poco más contra la puerta, sintiendo la miel llenarle los pulmones, el cerebro, preguntándose si estaba sintiendo el reflejo del deseo de su amo o era sólo el propio latiendo, porque incluso unas gotas de sudor le corrían por la nuca, los labios resecos y la respiración agitada mientras Fyodor se sentaba en la cama, quitándose el pantalón, mirándolo hasta entonces.

— Gracias por dejarme entrar.

Susurró, avergonzado por lo tembloroso que sonaba. El hombre se recargó en la cama, una mirada apreciativa que le hizo salivar, prepararse.

— Quítate la ropa.

— ¿Quieres que...?

— No te dije que hablaras.

Chuuya agachó la cabeza, deshaciéndose del abrigo sin mirarlo, la camisa, las manos temblaban como dudando qué tanto debía desnudarse, si sería castigado o recompensado. Fyodor era un enigma constante pero la mayoría de sus sorpresas resultaban en algo doloroso, al menos para él. No podía pensar en su suerte, ésta ya había sido echada desde que se decidió su naturaleza y ahora sólo le quedaba apegarse a lo que se esperaba de él porque sino ¿Qué le daría sentido a su sufrimiento? La última vez que Fyodor le permitió ver a su familia en el espejo descubrió que poco a poco pero habían continuado su vida. Si debía sacrificarse para que nada les dañara, se entregaría con gusto a lo que fuera y era todo lo que debía recordar. Otra vez el sonido chirriante le hizo jadear, mirar alrededor para calmarse al ver a Fyodor todavía allí, la gargantilla asomando por el bolsillo de su pantalón. Sería fácil tomarla y volver a pensar claramente pero no podía desobedecer. El pantalón en el suelo, las manos y las piernas cruzadas por delante para no sentir tanto frío, la cabeza en una flexión de respeto.

— Puedes tocarme si quieres.

La frase salió con un aburrimiento terrible, casi en un bostezo pero fue suficiente para que Chuuya sintiera toda la vida renovarse en su interior, caminando con cautela hasta la cama, el corazón en los labios, tomando el rostro de Fyodor y cerrando los ojos para comenzar a besarlo. Temblaba, su piel siempre estaba fría pero no lo notaba contra el calor de la propia, acariciaba sus mejillas con los dedos, sus labios con los suyos mientras lo inclinaba con su cuerpo contra la cama, suave. Era un ritual de adoración. Sus labios bajaron por su cuello, por su pecho, las manos haciendo círculos en su cintura, en sus caderas, acariciando su costado, sus brazos para infundirle calor mientras su boca seguía un recorrido por su pecho, por su abdomen, el pubis. Le preocupaba que Fyodor hubiera mantenido el pantalón como una señal de " No pasar" pero no era como si necesitara bajar más para nada. Las partes de él que quisiera compartirle eran suficientes. Volvió a subir su boca pero Fyodor lo empujó de vuelta abajo, haciendo que sus dedos desataran torpemente el cinturón, tocando la honda V que hacían sus caderas, besando su pubis antes de bajarle la ropa interior. Abrió los labios pero Fyodor lo jaló del cabello hacia arriba, alejándolo.

— Tienes los labios partidos por el frío, hazlo sólo con tu mano.

— Lo siento.

Los dedos de Fyodor jalaron más su cabello. Dolía.

— No te dije que hablaras todavía.

Chuuya sintió deseos de parar, de disculparse de nuevo y salir corriendo, de tomar la gargantilla y pensar claramente porque notaba que algo no estaba bien allí pero no alcanzaba a escucharse a sí mismo entre los chirridos de su cerebro. Metió la mano entre sus cuerpos, cerrando sus dedos en torno al pene de Fyodor, un poco más tranquilo al sentirlo duro. Eso debía significar algo. Ocultó su rostro en el hombro de Fyodor, levantando un hombro, esperando ser abrazado pero el otro mantenía sus brazos a los costados, indiferente. Apenas moviéndose. Chuuya levantó el rostro para verlo, notando que el rostro de Fyodor estaba girado hacia el lado contrario. No lo estaba rechazando abiertamente y era la confusión lo que más dolía. Se mordió los labios, volviendo a acomodar su rostro entre su cuello y su hombro, soltando su pene para abrazarlo, sintiendo la mano de Fyodor llevarlo de vuelta abajo. Su mano libre se enredó en los cabellos de Fyodor, besaba su mejilla, intentando alcanzar sus labios pero un beso le hubiera resultado más doloroso en esa situación así que continuó. Fyodor no se contraía, apenas respiraba, sin una sola consideración a lo que estaba ocurriendo. Dolía, no podía decir dónde, pero presionaba sus nervios, le hizo erguirse y rebuscar en la mesa de noche el frasco de lubricante. Había sido un poco vergonzoso que Fyodor le hubiera enseñado tantas cosas cuando se suponía que Chuuya era un ser asociado con el sexo pero realmente no pensaba que pudiera ser juzgado tan duramente considerando sus circunstancias. Vertió una línea en dos dedos, tentando en medio para abrirse paso, recibiendo por fin el rostro inexpresivo hacia él. Apenas lo escuchó soltar un suspiro.

— Odio cuando tomas la iniciativa, no me gustan los sirvientes que se guían solos. Pero ya que esto es una compensación por dejarte tanto tiempo en la nieve haz lo que quieras.

— Si puedo hacer lo que quiera entonces quiero detenerme.

Pidió, recibiendo como respuesta la mirada vacía. Podía leer tanto allí que le asustaba.

— Como quieras pero no te quejes más adelante. Probablemente esta es la última noche que pasaremos juntos en un largo tiempo.

— ¿Volverás a irte a buscar otra casa?

— Esta vez quien se va eres tú. Pensé que sería bueno expandirnos y ya que amasamos una fortuna con los tesoros que le quitamos a un par de dioses podemos pagar para ahorrarnos trabajo. Hablé con el traficante de Japón para proponerle un negocio, tú serás quien vaya a consolidarlo.

— ¿Negocios con un traficante? No estarás pensando en pagar por capturar aliados.

— ¿Por qué no? Todos los recursos son válidos.

— No puedo estar de acuerdo, Fyodor. Sé que ninguna guerra es limpia pero al menos así podemos darles la oportunidad de pelear o negociar, pagar para obligarles a luchar de nuestro lado me parece cobarde.

— Te lo pasaré por alto sólo esta vez porque quizá ha sido mi culpa que te pienses con alguna clase de derechos. Si te he permitido que estés aquí ahora es porque no se supone que los genios cuestionen a sus amos.

— No te estoy cuestionando. Lo siento.

— Eso pensé. Irás en avión, el vuelo sale mañana en la tarde, alista lo que necesites. Puedes llevarte a tu mascota si quieres, te puede ser útil con el idioma. Ahora puedes continuar o irte a dormir, decide rápido que me estoy fastidiando.

Chuuya sentía todas las luces dentro apagarse una a una, cada nervio antes excitado cerrándose de vuelta en un capullo y aún así sabía que no era opción vestirse y marcharse. Inspiró profundamente, volviendo a mojar sus dedos ya secos y palpando de nuevo en busca del interior de Fyodor, tratando de encontrar el otro extremo del hilo, algo que le hiciera sentir menos solo, menos rechazado.

Pero Fyodor mantenía su vista en la pared como si sólo estuvierando esperando que amaneciera.