Suspiró por enésima vez, preguntándose si el ave estaría cómoda, si no le resultaría muy fría la zona de mascotas. Debía usar su magia para mantenerla oculta y bien podía estar viajando cómodamente en su regazo sin que nadie le viera pero lucía desilusionada. No la culpaba, a él también le parecía deshonroso lo que estaba haciendo pero al final órdenes son órdenes. Apoyó su cabeza contra el respaldo, mirando a ningún punto en específico. Bien pudo pedirle al zmey que había capturado y domesticado que los llevara, el dragón se había vuelto muy amigable con él. Fyodor decía que era por su afinidad al ser ambos de fuego. De cualquier modo se le ordenó montarse en el avión y aprender todo lo que necesitaba sobre cómo viajar de esa manera. Chuuya se sentía herido en el orgullo, no necesitaba de esos medios humanos para viajar pero Fyodor había ordenado. Apretó los labios, girándose para notar que el asiento junto a él ya estaba siendo ocupado. Una mujer joven, con un bebé en brazos. Sus enormes ojos negros le miraron con curiosidad y Chuuya sonrió.

— Lamento que deba compartir asiento conmigo, será un vuelo largo y probablemente se ponga huraño— comenzó atropelladamente la mujer en un ruso muy pobre, inclinándose en disculpa—. Espero que pueda dormir aunque sea un poco.

— No se disculpe por algo así, por favor— Chuuya estiró su mano, acariciando la manta que cubría el rostro del bebé—. Eres un buen niño ¿Verdad?

El bebé sonrió entre balbuceos, estirando sus brazos para acariciar el rostro del genio haciéndole reír.

— No suele ser tan confiado con los extraños, lo lamento.

— ¿Por qué se disculpa tanto? — Chuuya miró a la mujer con una ceja levantada y cara de fastidio—. Es sólo un bebé, es normal que se ponga inquieto o curioso.

— Lo lamento, en el vuelo de venida mi compañera de asiento no fue tan comprensiva y me hicieron cambiar de asiento cuatro veces porque se la pasó llorando casi todo el vuelo.

— No comprendo a los adultos que olvidan que también vivieron una infancia, es lógico que se sintiera incómodo en un vuelo largo, además seguro que la mujer que viajaba con usted no dejaba de hacerle caras de desagrado, los bebés son muy sensibles a esas cosas. No comprenden muchas cosas porque están aprendiendo pero eso no significa que no les afecten de una u otra manera. No sé, me preocupa que las personas no tengan empatía y tacto con los seres en desarrollo.

— Habla de una forma muy amable y comprensiva. Debe tener hermanos menores.

— Sé que luzco joven pero en realidad tengo tres hijos— sonrió con tristeza, acariciando su cintura donde solía estar el sable pero debió dejar en el palacio porque era imposible viajar con armas—. Los extraño mucho.

— ¿Tres hijos y no tienes ni una sola arruga? Yo con uno ya siento que perdí toda mi lozanía.

— Es un poco triste pero por lo que he aprendido en su raza la maternidad es algo que se condena en lugar de celebrarse. Comprendo totalmente que la descendencia no sea el destino de todas las personas del universo y es algo muy respetable pero también lo es el elegir tenerla. En lugar de eso he visto mucho rechazo y burla, sobre todo con las madres. No se les da el apoyo que necesita la crianza, menos la empatía. Una vez en un parque vi a un par de mujeres y una le estaba diciendo que estaba tan cansada por cuidar del bebé que a veces tenía desmayos y la otra le dijo que era lo que había buscado al tener hijos, que lo hubiera pensado antes. Me pareció algo terrible, culparla por ser un ser humano que se cansa y necesita ayuda como cualquier otro sólo por tener un bebé, como si fuera algo malo. Les exigen que críen descendencia óptima para la sociedad en que se desarrollan pero no les brindan ninguna ayuda y encima les reprochan si no lucen un cutis limpio y un cuerpo delgado. La maternidad solía ser un motivo de alegría, no algo por lo cual podía condenarse.

— Ojalá mi esposo pensara un poco parecido. A veces piensa que atender a un bebé es como si me la pasara acostada todo el día y no tuviera derecho a frustrarme y quejarme. Incluso se enoja si empieza a llorar por las noches y me culpa como si pudiera controlar todo lo que hace nuestro hijo.

— Si valora tan poco lo que haces por proteger y criar a su futuro no deberías estar con él. Eres joven y atractiva, ya conseguirás otro y si no, de todas maneras no lo necesitas.

La mujer se rió contra la palma de su mano, acomodándose contra el asiento para intentar arrullar al bebé que comenzó a sollozar cuando se anunció el comienzo del vuelo y las turbulencias características del motor comenzaron. Miró de soslayo a la figura adolescente junto a ella, sus ojos azules y el cabello cobrizo le decían que debía ser un extranjero y quizá por eso decía cosas como "raza" pero le resultaba tan confiable la manera en que sonreía que quería creer que podía tener un vuelo medianamente tranquilo. Logró que el bebé se calmara y mientras las azafatas volvían a sus sitios, retomó la conversación con el muchacho. Hacía mucho que no tenía contacto con nadie y aunque ese vuelo fue para visitar a un familiar enfermo casi no había tenido tiempo para socializar con nadie. El muchacho tenía razón, la habían llamado a ella para cuidar de su familiar porque era la única que no tenía un "trabajo" y seguro tenía tiempo libre. Chuuya la escuchaba comprensivo, dejándola desahogarse en paz, acariciando su cabello con dulzura.

Resopló cuando el niño se despertó, mirando a los lados como si no reconociera y en un segundo el llanto agudo comenzó a llenar el sitio. La mujer lo mecía nerviosa, suplicándole que se calmara, agachándose al escuchar los murmullos de desaprobación e incluso sintiendo un par de miradas enfadadas.

— ¿Quieres que lo arrulle por ti? Necesitas descansar un poco.

— No, no te molestes, es mi responsabilidad.

Chuuya sonrió ampliamente, besando su mejilla.

— Mi responsabilidad también es velar por las maternidades, déjame ayudarte, por favor.

La mujer pestañeó confundida pero no desconfiada y Chuuya podía ser un tramposo al estar usando su encanto, pero ella realmente lucía cansada. Vio a una de las azafatas acercarse y estiró los brazos, dejando que el bebé se acomodara en su pecho mientras se incorporaba.

— Disculpe— comenzó la azafata con timidez—. Es un vuelo largo y...

— Sí, lo sé ¿Serías tan amable de darle algo de beber? Y carne. Todavía debes estar amamantando y necesitas recuperar fuerzas, come un poco y bebe un trago, leí que en los vuelos dan pequeñas botellas de vodka. Yo iré a atender a este manojito de narcisos, para él el vuelo también es muy molesto.

Chuuya besó la frente de la mujer antes de caminar hacia el pasillo, susurrándole una canción de cuna al bebé en sus brazos, tomando sin preguntar la maleta de mano donde intuía estaban los pañales y el biberón. Nadie lo estaba mirando cuando los tornó invisibles a ambos para colarse en el espacio de las mascotas, besando la frente del niño que no dejaba de llorar todavía.

— ¿Ahora también robarás humanos?

El ave se posó en una jaula cerca, sus ojos escarlata fijos en el bulto en el pecho de Chuuya.

— No me defenderé por esto, sé que merezco ser juzgado por lo que estoy haciendo y aún así no he mentido. Sabes que soy cercano a una diosa de la maternidad y soy débil a las madres. Sólo estoy cuidando de él mientras ella descansa un poco.

— Los humanos son muy estúpidos, olvidan fácilmente las etapas que ya vivieron.

— Es lo mismo que yo pienso— sonrió, meciendo al bebé mientras caminaba en círculos por el espacio. Los animales permanecían dormidos por el canto del ave, así que el llanto no les molestaría—. ¿Puedes ayudarme un poco? Creo que necesito cambiar su pañal pero nunca había visto uno de este tipo. En donde vivía usaban de tela.

— No lo hago por ti, lo hago por él.

— No seas tan dura conmigo, por favor— susurró, acomodando la maleta en el suelo, buscando el talco y lo necesario—. Creo que necesitaré ir al baño para limpiarlo pero no parece un sitio muy cómodo.

— Mejor hazlo aquí, si te tardas mucho en el baño comenzarán a tocar la puerta.

— Humanos tontos— murmuró Chuuya, notando que los brillantes ojos negros lo miraban con detenimiento, dejando de llorar por un momento—. Tú no serás un humano tonto ¿Verdad? Tú serás un niño bueno siempre— sonrió, besando sus mejillas y su frente, haciéndole reír.

— Debes extrañar mucho a tus hijos ahora.

— Todos los días, amiga. Pero si te soy sincero justo ahora agradezco no tener qué mirarlos a los ojos después de todo lo que he hecho.

— Ellos comprenderían que es tu naturaleza, Chuuya. Deja de castigarte por lo que no puede ser cambiado y enfócate en lo que sí, como ese pañal sucio. Huele peor que la jaula del zmey.

Chuuya se echó a reír, dejando su abrigo en el suelo para acomodar al bebé.

Cuando volvió a los asientos la mujer ya estaba dormida plácidamente, casi desparramada en el asiento y Chuuya no tuvo corazón de despertarla, sentándose en silencio y con cuidado con el bebé también dormido en sus brazos.

Por la ventana del avión todo lucía azul de agua.

—x—

Las bocinas anunciaban el final del vuelo y por fin los ojos oscuros de su compañera de viaje comenzaron a abrirse entre bostezos, disculpándose enormemente por haberlo dejado cuidar de su hijo casi todo el viaje pero Chuuya ni se inmutó, asegurando que no había sido nada. Descendieron juntos todavía hablando y recogieron su equipaje a la par, ambos dirigiéndose a la zona de llegada. El ave volaba a su costado sin que los humanos pudieran verlo, disfrutando en secreto ver que una parte bondadosa de Chuuya seguía sin mácula.

— Mi esposo no debe tardar en llegar, muchas gracias por todo, has sido en verdad una bendición.

— La bendición ha sido para mí, aliviaste un poco la añoranza que tengo por mi familia y soy yo quien lo agradece.

Chuuya sonrió, besando las manitas del bebé a modo de despedida, riéndose por la forma en que rodeó su cuello, pidiéndole ser cargado de nuevo. Sus risas se detuvieron de golpe al detectar una esencia acercarse, poniéndose delante de la mujer y el niño en un instinto.

Los ojos cafés relucían con burla mientras se acercaba a ellos con un paso aparentemente desgarbado, doblando el cartel con su nombre, fijando su mirada en la mujer que lucía confundida.

— Qué manos tan suaves— Dazai se deslizó al costado de Chuuya, tomando la mano de la mujer con una sonrisa coqueta—. Adecuadas para acariciar.

— Espero que tu esposo recapacite sobre el trato que te da, te deseo una hermosa vida— Chuuya gruñó por lo rápido que debió despedirse, esperando a que el ave se posara en su hombro y que el kitsune le siguiera el paso.

— Tienes un gusto muy fino, no pensé que fueras un seductor.

— No vengo a hacer tratos contigo ni tengo motivo alguno para ser amable, cuenta bien tus cartas antes que decida cobrarme lo que todavía me debes.

— Para haber viajado al lado de una belleza como esa tienes un humor terrible.

— Cómo odio a los de tu especie.

Masculló, apretando su equipaje, dejando al aire si se refería a los seductores o a los kitsunes.

— Te ves mejor ¿Lograste acostumbrarte al frío? Siendo de Arabia debió ser una odisea lograrlo.

El ave en el hombro de Chuuya abrió sus alas en toda su envergadura, advirtiéndole al kitsune que no se acercara ni dijera una palabra más a él. Dazai sonrió, rodando los ojos, siguiéndoles a un paso prudente para llevarlos con Mori.