Chuuya conocía su cuerpo no sólo en las partes fuertes que ostentaba y explotaba sino en las que debía proteger. No había una parte que no controlara, sabía exactamente cómo moverse y cuándo detenerse.

No tenía mucho más por decir sobre él, acataba órdenes y ,aunque explotaba con facilidad, no solía poner en peligro las misiones, respondía con facilidad a sus provocaciones infantiles, su voz se volvía insoportablemente chillona cuando respondía. Esa información no era del interés de Mori, puntualmente cuestionando el desempeño de su nueva adquisición. Parecía satisfecho con los resultados y en realidad no era para menos, Fyodor no había mentido al asegurar el increíble cazador que resultaría para ellos. Mori incluso pensó que intercambiar a un tengu por aquella criatura era injusto.

Sospechaba, fue la excusa que utilizó para deshacerse de quien se volvió una molestia. Los mitos retrataban a los genios como excesivamente necesitados de atención casi igual a las hadas, podía comprender si Fyodor se había cansado, por otro lado, Chuuya lucía más bien amable y tranquilo. Pasadas las primeras impresiones, Elise y él encontraron un punto en común que les llevó a mantener una relación amistosa, fácilmente la veía sentada dejándose cepillar el cabello o a él quieto mientras ella pasaba las brochas por su rostro para maquillarlo, algunas veces ambos armaban una réplica de safari en el jardín. Chuuya creaba animales con fuego y Elise les disparaba con pistolas de agua, llenando la casa de risas. A él le trataba con respeto y salvo las peleas con Dazai no causaba problemas. Mori era un hombre de negocios y en términos de estricta economía, el trueque había sido un excelente acierto.

Dazai lo juzgaba constantemente y mantenía su mente elaborando frases para sacarlo de sus casillas, le gastaba bromas usando su habilidad de ilusionista estallando en carcajadas cuando gritaba su nombre en esa voz chillona que hacía temblar los vidrios. A pesar de esta actitud infantil, el kitsune también guardaba la seriedad que requería el oficio, mostrando sus habilidades para trazar planes infalibles. A ojos externos no había cosa más clara, Dazai era el estratega y Chuuya quien ejecutaba manteniendo un equilibrio inconsciente y totalmente efectivo. Mori ya tenía cierta fama gracias al kitsune, sin embargo notaba la necesidad de algo que lo retara, encontrar cierto catalizador y el genio fue la respuesta.

Podían vivir en constante competencia si querían, a él no le interesaba mientras mantuvieran sus resultados.

No le interesaba, se repetía para no aclararse la garganta y traer de vuelta la atención de Dazai cuando se detenía algo más de lo debido en la ola que hacía el cabello de Chuuya hacia su hombro, o intentaba no reírse si las orejas del kitsune se erguían al escuchar los adornos de oro en la ropa del genio al acercarse. De culpa ahí todos tenían una cuenta, los genios eran igual de naturalmente seductores que las veelas, advirtió Fyodor antes de cerrar el trato y aunque al principio Mori no lo tomó tan en serio como debía, tras un par de veces descubriéndose a punto de pasar sus dedos por el brazo de Chuuya en lugar de sólo darle una palmada por su buen trabajo, se obligó a no subestimar las palabras dichas. Él se había percatado, en cambio Dazai no y Mori todavía no decidía si era buena idea señalar la atracción que esa criatura ejercía sobre el resto. No por burlarse, si le dijera todas las ofertas hechas por diversos compradores atraídos no precisamente por la destreza de Chuuya podría ser que sintiera algo de alivio o lo tomara como una afrenta, tratándose de Dazai no había nada seguro.

Era más conveniente así, decidió tras una noche en específico que obligó a Elise pidiera a su amigo bailar para ellos. Al principio parecía cohibido intentando negarse, no obstante las súplicas de la yokai en ese tono infantil terminaron por quebrar su renuencia. Elise dispuso una larga manta en el piso a modo de asiento y extendió un platón con cerezas cortadas y una rama de espino de fuego para la mascota del genio quien reposaba en el delicado hombro de ella mientras su dueño encendía una fogata, inseguro de qué espectáculo ofrecer.

— Entiendo que Chuuya sea un bufón pero no comprendo tu necesidad de hacerlo bailar para nosotros, Mori.

El hombre se rió cuidando no dejar que el jugo de la cereza escapara por sus labios, sabiendo la falsedad en esa aparente molestia del kitsune. Podía tener el mentón apoyado en su palma arrastrando las palabras y resoplando, sin embargo sus orejas estaban en posición de caza y el color ladrillo de sus ojos, el cual solía mostrar únicamente al engullir sus preciadas glándulas pineales, demostraban la teoría en un terreno más certero.

Chuuya hacía que Dazai fuera incapaz de mantenerse humano, veía en sus colmillos, inútilmente camuflados en el interior de su boca colmada de saliva , el deseo imperante de desgarrar el cuello del genio y si evitaba cruzarse con él más tiempo del necesario no era por la rivalidad que supuso. El encanto del genio tenía un efecto muy diferente en el kitsune, le llamaba desde una eternidad muy diferente. Dazai era una criatura torturada por la soledad de lo que no perece, por los siglos que debía soportar a pesar de estar en medio de la vida, de la naturaleza mientras que Chuuya era una criatura del desierto. Había civilizaciones que ostentaban ser los dueños de todo al no poseer absolutamente nada más que la arena y Mori pudo comprender que aquello era una analogía al tiempo. Chuuya llevaba existiendo probablemente a la par de Dazai, sin embargo al haberse forjado a fuerza de tormentas y de nada había desarrollado una humildad de la cual Dazai carecía y exhibía a sus ojos hiriéndolo más profundamente de lo que notaba.

Dazai quería destrozarlo porque Chuuya poseía algo que necesitaba sin comprenderlo.

Y Mori era un hombre de negocios, acostumbrado a traducir todo en oportunidades y beneficios o pérdidas, en tácticas.

— ¿Alguna vez escuchaste sobre el Batallón Sagrado de Tebas, Dazai?

Las orejas del kitsune estaban erguidas mas cerradas al sonido, luchando por mantener su saliva en el interior de su garganta. La piel de Chuuya lucía húmeda y ambarina entre las llamaradas y la noche, paseándose todavía decidiendo qué debía bailar para su público. Un dedo entre sus labios, los dientes apretando apenas la punta de su uña con los ojos azules fijos en el fuego que crepitaba, el reflejo de las llamas lo acariciaban mientras se soltaba el cabello, amarrándose el fajín de oro que su hospedero amablemente le había obsequiado.

— No me interesa ser parte de este circo, voy a dormirme.

El kitsune se irguió caminando de vuelta al interior de la casa y Chuuya hizo un puchero desairado, tragándose el reclamo por llamar circo a su danza. Chasqueó la lengua, cruzándose de brazos antes de suspirar y dejarlo ir, sonriendo al resto.

— ¿Qué decía del Batallón, señor?

— Te explicaré cuando termines, Elise estaba muy emocionada por verte bailar.

— Mentiroso— murmuró ella sólo para el ave que mantenía su atención en el camino que había tomado el kitsune.

Mori no era el único que había notado lo que ocurría, al parecer.