Muchas gracias a la agradable recepción que le dieron al primer capítulo. Les dejo el segundo.

Agradecimientos especiales a Sylar Díaz, J0nas Nagera, WOKELAND, El Maestro, Kennedy G. Barnsfield, Luis Carlos, Deadly Ice 88, nahuelvera2, Ant y Luna Plataz.


Capítulo 2:
Charla de chicas.

—Oh por Dios… ¡¿Qué he hecho?!

Las palabras que reverberaban en las frías paredes del callejón pertenecían a Wild Card Willy, pero durante aquellos confusos y desgarradores momentos, creí que se habían escapado de mi boca. Por supuesto, debería haber sabido que eso era imposible, porque mi garganta estaba cerrada, seca, y no hubiera sido posible que ningún sonido escapara de ella. Mis ojos tenían visión túnel, y mis sentidos dejaron de funcionar correctamente. Ya no olía la basura, ya no sentía mi frío sudor, el callejón y el suelo de concreto se veían borrosos, y lo único que podía percibir con claridad era el cuerpo de Ace Savvy, caído boca abajo justo delante de mí.

—No —murmuró Wild Card, aunque su voz me llegaba como un distante eco—. No, no, no, no, ¡no!

Debería haber estado asustado. Wild Card podría haberme disparado a mí también. Si lo hubiera hecho, aquel habría sido el final de mi historia. "Hola, mi nombre es Lincoln McBride. Un día estaba jugando Calabozos y Dragones, luego vi una persecución, hice que le dispararan a Ace Savvy y morí. Genial, ¿no?". Tendría que haber intentado escapar de allí, o haber gritado por piedad. Y sin embargo, lo único que atiné a hacer fue ponerme de rodillas y quedarme en silencio, tratando de entender lo que acababa de ocurrir.

Sentí un vuelco en el estómago, como si estuviera a punto de vomitar los Doritos que había comido durante la partida en mi sótano. Mis oídos parecieron taparse, y comencé a oír mi respiración y los latidos de mi corazón como si alguien los estuviera amplificando. Wild Card gritaba, pero no entendí lo que decía. Apenas volteé cuando escuché un impacto, viendo una de sus armas en el suelo. Eran raras, no parecían pistolas comunes. Eran de un metal plateado muy brillante, casi blanco, con algunos detalles en rojo o verde. Una de ellas, la verde, tenía una voluta de humo escapando del cañón.

Wild Card huyó. Las pistolas y el saco de arpillera lleno de objetos robados quedaron olvidados en el frío suelo, y me dejó solo junto al cuerpo de Ace Savvy.

¿Cuerpo… o cadáver?

—Ace… ¡ACE!

Volví a controlar mis articulaciones. Me acerqué a Ace, y coloqué mis manos sobre uno de sus hombros. Sus músculos eran como piedras, y cuando traté de voltearlo boca arriba, fue como tratar de dar vuelta un lavarropas. Mis brazos débiles y sin entrenar tuvieron que esforzarse al máximo para conseguirlo, pero lo hicieron, y pronto pude ver su rostro.

El aire que había estado conteniendo dentro de mis pulmones escapó aliviado cuando vi que sus ojos se abrían por detrás de su máscara.

— ¡Estás vivo! —Dije, sintiendo que un gran peso se desprendía de mis hombros.

Desafortunadamente, el peso volvió a instalarse, diez veces más pesado, cuando noté un pequeño hilo de sangre cayendo por un lado de su boca. Y cuando mis ojos descendieron hasta su pecho, donde una marca negra lo cubría casi por completo, con una parte de su traje roto dejando ver sus pectorales, de los cuales brotaba sangre.

Ace tosió, y movió sus brazos ligeramente, colocando uno sobre sus heridas.

—Niño, ¿estás bien? —Preguntó con suavidad.

— ¡Estás herido!

— ¿Lo estás tú? —Insistió— ¿Te lastimaste?

—N-No…

Suspiró suavemente, y sus labios se curvaron en una sonrisa.

—Eso es bueno. Muy bueno —volvió a toser, y su labio inferior se manchó de más sangre que salía de su boca—. Willy… pobre Willy.

—N-No te preocupes, llamaré una ambulancia —me apresuré en decir, mi mano internándose en los bolsillos de mis pantalones para tomar mi teléfono.

Estaba a punto de sacarlo, pero la mano libre de Ace se cerró suavemente alrededor de mi muñeca.

—No hace falta —me dijo, haciendo su mejor esfuerzo por sonreír—. El arma que le dieron no es normal. Sea quien sea… quería acabar conmigo.

— ¡Y no v-vamos a dejar que eso pase! —Le aseguré, encerrado su inmensa mano con las dos mías, mucho más pequeñas.

Lo miré intensamente, y apreté sus dedos tan fuerte como pude. Él se quedó mirándome, clavando sus ojos verdes en mí.

— ¿Cómo te llamas, niño?

—S-Soy Lincoln, señor. Soy su fan número uno —admití, tratando de mantenerlo conmigo.

—Lincoln. Ok, Lincoln, necesito que me prestes mucha atención, ¿de acuerdo? Tengo una misión para ti.

Su voz comenzaba a sonar cansada, como si pronunciar cada palabra le costase horrores. No supe a qué se refería, pero acerqué mi rostro a él. Podría haberme pedido lo que fuera, y yo lo haría. Cualquier cosa por él.

Le aseguré que tenía mi total atención.

—Necesito que tomes el símbolo de mi cinturón. Tómalo y ve a la dirección que tiene escrito del otro lado. Es una llave de mi casa. Entra sin que nadie te vea, y busca la biblioteca en la planta baja. ¿Me sigues?

Asentí, aunque honestamente todos mis pensamientos se confundían en la nebulosa de mi cabeza. Ace dejó escapar un quejido de dolor, y por un instante su rostro se ensombreció, pero en seguida volvió a sonreír.

—Esto que voy a pedirte es muy peligroso, así que ten mucho, mucho cuidado. Hay un kit de emergencia en una pequeña vitrina, junto a un extintor de fuego. Toma una botella de alcohol, tira todo lo que puedas sobre la alfombra grande que cubre la biblioteca… y préndela fuego. No te arriesgues. Sólo enciende una parte de la alfombra, y huye tan rápido como puedas. La alfombra es muy inflamable. Una pequeña llama hará que todo se incendie. Vete, y asegúrate que nadie te vea. Deja que la casa se incendie.

— ¿Q-Quieres que incendie tu casa? —Pregunté, asustado, confundido y preocupado.

—Hay algunas cosas que no puedo confiarle a nadie.

—P-P-Pero ¡tú vives ahí! ¡Vas a salir de esta! ¡Tú siempre sales adelante!

Apretó un poco mis manos, y aunque no dijo lo que pensaba, lo pude ver en sus ojos.

—Todo estará bien, Lincoln.

— ¡N-No! ¡Ace, tienes que levantarte! —Le rogué. — ¡Te necesitamos! ¡Eres… eres nuestro último héroe!

—Las ciudades no necesitan superhéroes, niño. Sólo personas comunes dispuestas a ayudar a los demás. Cuidar de sus familias y amigos. Cualquiera puede ser un héroe… lo único que necesitan es contar la esperanza de que las cosas pueden estar mejor, y la voluntad para hacer lo correcto.

Quizás, en cualquier otro contexto, habría encontrado sus palabras inspiradoras. Si fuera un discurso en un acto escolar, me habría puesto de pie para aplaudirlo y vitorear tan tierno mensaje. Era un poco complicado, sin embargo, sentirme esperanzado mientras sostenía en mis brazos el cuerpo moribundo de mi ídolo y mi más grande inspiración. Su rostro estaba cada vez más pálido, y el agarre que tenía sobre mis manos se debilitaba con cada segundo que pasaba.

Ace Savvy estaba muriendo, y no había nada que pudiera hacer al respecto. No sólo eso… sino que era todo mi culpa.

No sé si las lágrimas ya habían comenzado a caer antes, pero fue en ese momento cuando las noté, resbalando por mi rostro y dejando pequeños círculos mojados sobre el suelo. Me costaba respirar. Quería despertar de la pesadilla que estaba viviendo, pero no hubo caso, el escenario del callejón no cambiaba.

—Lo siento… Lo siento —le dije, cerrando los ojos y bajando mi cabeza.

—Lincoln… —la mano que le quedaba libre encontró su camino hacia uno de mis hombros, cerrándose sobre él como si de un padre se tratara— Siempre supe que no iba a llegar a retirarme y disfrutar de la vida en una casa de ancianos. Y sabes… siempre esperé que el día que tuviera que irme, fuera salvando a alguien. Es… es un lindo consuelo saber que tú estarás bien.

—Es mi culpa… ¡es mi culpa!

—Espero que realmente no creas eso… y si lo haces, e-espero que algún día comprendas que fui y-yo quien tomó la decisión…

—A-Ace…

El sepulcral silencio de aquella trágica noche se quebró con incipientes sirenas de policía que parecían crecer en intensidad con cada instante que pasaba.

—Alguien debe haber llamado por los disparos —dijo Ace, tosiendo a la máxima capacidad de sus pulmones—. Lincoln, toma la insignia de mi cinto. No hay mucho tiempo. No necesitas que la policía te interrogue…

Levanté mi rostro surcado por lágrimas y lo miré. Incluso alguien tan poderoso, sabio y valiente como Ace Savvy se veía igual de vulnerable que cualquiera de nosotros en las puertas de la muerte. Refregué mis ojos con la manga de mi sudadera y dirigí mis manos hacia su cinturón de utilidades.

La insignia se encontraba incrustada en el centro. Mis dedos se cerraron sobre ella y jalé, pero no parecía querer despegarse. Tuve que usar ambas manos para girarla y tratar de desencajarla hasta que finalmente se separó. Era un metal negro, bastante liviano, trabajado en forma de pica. Entraba perfectamente en la palma de mi mano, y me quedé observándolo hasta que el sonido de las sirenas comenzó a volverse insoportable.

Dirigí una mirada a mi héroe caído. Sus ojos se cruzaron con los míos, y me dedicó una última sonrisa.

—Confío en ti, Lincoln. Ve.

Los vidrios de las tiendas de la acera de enfrente comenzaron a iluminarse con destellos rojos y azules. No sé si estaba justificado, pero por algún motivo me aterraba pensar que la policía pudiera llegar a interrogarme. Quizás temía que me arrestaran por ser cómplice del asesinato de Ace Savvy.

Sea como fuere, tan sólo atiné a correr. Corrí camino a mi casa. Corrí sin preocuparme por el cansancio. Mis pulmones luchaban por mantener el aliento, mis músculos ardían con el ácido láctico que los envolvía, y la palma de mi mano se cerraba tan fuertemente sobre la insignia de Ace Savvy que creí que me cortaría con la punta. La policía no me vio, pero si hubieran estado interesados en encontrarme, podrían haber seguido el rastro de lágrimas que dejé, como un deprimido Hansel. Para cuando llegué a mi casa, mi cuerpo estaba listo para caer desmayado.

Vi la camioneta de mis papás estacionada en la acera. Abrí la puerta de entrada y corrí hacia el baño. Mis papás estaban en la cocina, y Clyde en nuestra habitación. Nadie me vio mientras me encerraba allí, encendía el extractor de vapor para que hubiera ruido, y me sentaba en el suelo contra la puerta.

Todos los músculos de mi cuerpo me dolían. Mis ojos ardían por las angustiosas lágrimas que brotaban de ellos. La insignia de mi héroe resbaló de mis manos hacia el suelo, y tiré de mi cabello hasta que el dolor pudo más que mi odio hacia mí mismo. Estaba angustiado, aterrorizado, me sentía culpable, sucio. El hedor de mi transpiración me molestaba, y casi en modo automático, me quité mi ropa y encendí la ducha, dejando que el agua caliente cayera sobre mis hombros y espalda, esperando que el agua pudiera arrastrar todo lo malo fuera de mí.

Me duché por veinte minutos, hasta que el agua comenzó a enfriarse y mis ojos ya no podían llorar más. Me sequé como pude, me envolví en una toalla, dejé mis ropas sucias en el canasto para lavar, y escondí la insignia de Ace Savvy. Para mi sorpresa, Clyde ya no estaba en nuestra habitación cuando entré a ella. Me dio tiempo a cambiarme y tratar de poner un rostro sereno y tranquilo sin nadie que me interrumpiera.

Salí de mi habitación y fui hacia la sala de estar, pensando en cómo podía hablar de esto con mis padres o con Clyde. ¿Podía decirles lo que había pasado? ¿Sería seguro confiarlo? No iba a poder esconder el hecho de que Ace había caído por mi culpa, la verdad se sabría pronto. Debía ser directo.

Por suerte para mí, no necesité confesar nada. Al entrar a la sala, vi que mi familia adoptiva se encontraba de pie frente a la televisión, y llegué justo a tiempo para escuchar la voz del conductor de un programa de noticias.

...hospital regional, nuestra confiable y activa reportera Katherine Mulligan tiene noticias de último momento. Katherine, te escuchamos.

Me acerqué para ver mejor la televisión. Tras una breve transición, el estudio de televisión dio paso a una escenografía con el hospital regional de nuestra ciudad en el fondo. Se podía ver a un grupo importante de periodistas, con muchos llegando apresurados en autos y siendo detenidos por la policía mientras trataban de entrar al edificio. Katherine Mulligan estaba allí, con su cabello recogido en una coleta y adornado con una banda amarilla, haciendo juego con su saco y falda del mismo color radiante, que la hacían destacar como una musa de la información. Su usualmente bello rostro, sin embargo, se encontraba ahora transmutado en una máscara de angustia, con el maquillaje negro cayendo de sus ojos y sus labios luchando por mantenerse serenos.

El gráfico debajo de ella leía: ACE SAVVY FUE TRASLADADO DE URGENCIAS AL HOSPITAL.

Esta es Katherine Mulligan, reportando en vivo desde el Hospital de Royal Woods —dijo, y su voz quebrada fue todo lo que necesitaba para confirmar mis peores temores—. Y es con mucho dolor y desazón que debo informarles a nuestros oyentes que las peores noticias han sido confirmadas por el cuerpo médico. Hace tan sólo unos minutos… A-Ace Savvy falleció por un paro cardiorrespiratorio producto de heridas no confirmadas.

Mi corazón sufrió un vuelco, y mis rodillas casi ceden ante el peso de mi cuerpo. Mis padres jadearon, y mi hermano Clyde dejó escapar un grito de horror. Detrás mío, la ventana que daba hacia la calle estaba ligeramente abierta, dejando entrar una suave brisa nocturna. Junto con la brisa, sin embargo, comenzó a llegar a nuestra casa los gritos de nuestros vecinos. Hombres, mujeres y niños maldiciendo a los cielos, llorando a viva voz, tratando de comprender lo que estaba ocurriendo.

Katherine debía ser muy buena en su trabajo, o quizás estaba demasiado afectada como para continuar de inmediato, pero dejó una pausa lo suficientemente larga como para que todos en nuestras casas pudiéramos reaccionar antes de seguir informando.

La causa de su muerte es aún desconocida, y hasta donde hemos podido averiguar, no ha habido testigos. Esperamos obtener más información en las próximas horas… pero… pero la verdad, en este momento, no es más que un dato anecdótico. Sea lo que sea que haya pasado, la única certeza que nos queda es que hemos perdido a nuestro héroe, y este día será por siempre recordado como la página más negra de la historia de Royal Woods. Mañana será un nuevo día, y será nuestra responsabilidad seguir adelante y salir de este pozo que a priori parece no tener fondo. Mañana será un día para comenzar a reconstruir y demostrar que nuestros lazos como comunidad pueden superar la más terrible de las tragedias. Mañana el Sol saldrá una vez más. Pero creo que hasta entonces, esta noche estaremos todos de luto. Recordemos y atesoremos todos los momentos que pasamos junto a Ace Savvy, e incluso con el dolor inmensurable que nos consume por dentro, guardemos un atisbo de esperanza y felicidad, pues estoy segura de que así es como Ace hubiera querido que lo recordáramos. Katherine Mulligan, despidiéndose de nuestra audiencia, y deseándoles a todos fuerzas en estos terribles momentos.

El canal volvió a transicionar hacia el estudio, donde el conductor se había quitado sus lentes y cubría su rostro con una mano mientras lloraba sobre su escritorio, las lágrimas cayendo visiblemente hasta perderse detrás del nuevo título: ACE SAVVY HA MUERTO.

El resto de la noche pasó sin que yo lo comprendiera del todo. Lloré junto a Clyde y mis padres. En algún momento, supongo, cenamos. Me acosté en mi cama, Clyde en la suya, pero en algún momento uno de los dos se acercó al otro, y acabamos durmiendo sobre el mismo colchón, buscando algún consuelo. Incluso con mi cansancio, el sueño tardó en apoderarse de mis sentidos. Supongo que me habré dormido cerca de las dos de la mañana, y hasta que me desperté a la mañana siguiente, mi mente estuvo ocupada con horribles pesadillas. Wild Card Willy riéndose frente a mí, disparándole a Jordan mientras yo sólo podía quedarme de pie observando lo que ocurría, con Ace Savvy susurrándome al oído cómo todo era mi culpa, y repentinos flashes de luz verde acompañados por el grito de una mujer.

No hace falta decir que fue la peor noche de mi vida.


Un millón de cosas pasaron durante la noche y las primeras horas de la mañana hasta que Clyde y yo nos despertamos. En algún punto de la madrugada, Wild Card Willy se había entregado voluntariamente a la justicia, declarándose culpable de la muerte de Ace Savvy y aceptando una condena inmediata. Al parecer, el fiscal no le había creído al principio.

— ¡No hay forma de que tú lo hayas hecho, Willy! ¡Te encerró en la cárcel más de diez veces! —Le había dicho, supuestamente.

Pero, al parecer, Wild Card le había otorgado suficientes datos como para que tuvieran que aceptar que él había sido el culpable de esta tragedia. Estaba ya encerrado en una celda, a la espera de que le dictaran su sentencia. Ningún policía llegó a mi casa pidiendo interrogarme, y mi cara no apareció en la televisión como el responsable de la muerte del mayor héroe de la historia de nuestra ciudad, así que asumí que, por ahora, mi participación en el accidente se mantenía en secreto. Y para ser honestos… no estaba seguro de querer cambiar eso realmente. Siempre he sido un chico un tanto tímido y que pasaba desapercibido en la escuela, pero por más que quisiera ser famoso, no quería serlo si eso significaba ser la cara de una tragedia.

El segundo gran anuncio que oí al despertar y dirigirme al desayunador fue el hecho de que un funeral público iba a llevarse a cabo en el cementerio, y toda la ciudad estaba invitada a él.

—Quiero ir —le dije a mis papás, quienes estaban sentados junto a mí en la barra desayunadora.

Oh, cierto, creo que no los introduje a mis papás. Harold y Howard, el de cabello negro y el pelirrojo respectivamente. Uno más bajo y rechoncho, el otro flaco y alto. Los dos trabajan como diseñadores de moda, creando vestidos, trajes y todo tipo de vestimenta para algunos de los empresarios y celebridades más importantes de Royal Woods. Ellos me enseñaron todo lo que sé acerca de costura y confección de ropa. Así es como fui capaz de hacer mi disfraz y los de mis amigos para jugar Calabozos y Dragones.

Los dos oyeron mi pedido, y tras intercambiar una mirada, Harold fue quien habló primero.

—Lincoln… sabemos lo mucho que Ace Savvy significaba para ti…

—Y para ti, Clyde —dijo mi otro papá, mirando con tristeza a mi hermano.

—…pero no estamos seguros de que ir a un funeral sea saludable para ustedes.

—Sí, los funerales son tristes, y no es un lugar para niños de su edad.

— ¡Papá! —Se quejó Clyde, colocándose a mi lado— ¡Es Ace! ¡No podemos no estar!

— ¡Todo el mundo va a estar allí! —Añadí— ¡Se merece que lo despidamos!

Mi hermano y yo pusimos nuestras caras más tristes, y por primera vez en nuestros años de tratar de manipular a nuestros padres, no necesitamos fingir. Nuestras emociones eran reales, y el dolor que me producía la idea de perderme el funeral de la persona a quien le había causado la muerte me aterraba.

No pudieron negarse. Un par de horas más tarde, luego del almuerzo y cuando el Sol había alcanzado el punto más alto en el cielo, nos pidieron que nos vistamos de negro. En la televisión no habían dicho nada acerca de un código de vestimenta, pero en las películas todo el mundo siempre iba vestido de negro, así que no me pareció raro en absoluto. Me vestí con una simple camisa de polo y unos pantalones de jean negro. Clyde hizo lo suyo, y más que nunca, los dos realmente nos veíamos como hermanos.

Nos subimos a la camioneta, y tras unos silenciosos veinte minutos, llegamos a las afueras del cementerio, en la periferia de la ciudad. Nunca había entrado, pero de inmediato el lugar me dio escalofríos. Había grandes paredes de concreto, con portones de rejas que se alzaban como filas y filas de peligrosas lanzas negras apuntando al cielo. Una parte de mí estaba ligeramente asustada. ¿Por qué cerrar con tanto empeño un lugar de descanso? ¿Es que acaso temían que los zombies se alzaran e invadieran la ciudad?

Oh rayos, ¿era eso algo que podía pasar?

Mis miedos desaparecieron rápidamente sin embargo cuando reparé en la inmensa cantidad de gente que se encontraba peregrinando hacia el interior del cementerio. Una marea de personas. La mayoría estaba vestida completamente de negro, aunque había un importante número de personas que parecían nunca haber visto una película con un funeral, vistiendo ropa de colores.

Mi familia y yo entramos, y debo admitir que una vez pasado el umbral del exterior, el cementerio se veía completamente diferente por dentro. Era, sin lugar a dudas, el parque más hermoso y maravilloso que jamás había visto. Grandes superficies de verde césped se extendían en todas las direcciones, llenos de árboles y canteros de flores de todos los tipos y colores. Casi daban ganas de tomar un frisbee y jugar con Clyde, pero luego comencé a reparar en la inmensa cantidad de lápidas que se parecían brotar de la tierra, como pequeños monolitos de un mármol pulcro y magnífico. Caí en cuenta también del hermoso día soleado que hacía, y de lo mucho que eso me molestaba. ¿Qué no entendía el clima que estábamos de luto?

Era imposible perdernos. Sólo tuvimos que seguir a la multitud que guiaba el camino en sacra procesión. Para cuando llegamos al límite de la multitud, no podíamos ver la tumba. Pregunté a mis papás qué es lo que veían, y Howard respondió que había un pequeño escenario elevado, con gente importante como el alcalde y otros políticos locales, todos sentados. Había un micrófono y parlantes.

Llegada la hora acordada, el alcalde se acercó al micrófono y comenzó a hablar. Les soy honestos, no voy a repetirles todo lo que dijo porque me causa rabia el cómo pasó gran parte de su discurso hablando de su amistad con Ace y cómo su gestión había colaborado enormemente con la tarea de nuestro héroe caído.

Adelantaré solamente a la parte de su discurso que verdaderamente me afectó.

Ace Savvy creía en que la posibilidad de hacer el bien era el gran superpoder que todos, metahumanos o no, llevamos dentro. Que nuestras acciones y voluntades son lo que nos definen, por encima de nuestras capacidades. Él creía que incluso el más regular de nosotros podría marcar una diferencia llegado el momento de tomar una decisión, y que si elegíamos con sabiduría y bondad, los resultados serían siempre buenos.

Si nuestras acciones nos definían, entonces yo era la peor escoria en pisar la superficie del planeta Tierra. Tendría guardado un lugar en el infierno junto a Hitler y Roman Reigns. Mis acciones habían causado la muerte de Ace Savvy. En ese momento fui consciente de que toda la ciudad estaba allí reunida por mi culpa. Una ciudad entera de luto, con hombres, mujeres y niños llorando debido a mi estupidez. Por querer haber presenciado un crimen, por haber querido escapar en lugar de confiar en mi héroe, lo había arruinado para todos.

Me sentí enfermo, con ganas de vomitar. Me excusé de mis padres, y cuando ellos y Clyde se ofrecieron a acompañarme o irnos todos a casa, les dije que no, que sólo necesitaba tomar un poco de aire. No les mentí, por si acaso. Realmente sentí que me estaba asfixiando. Y estar rodeado de una multitud en un día soleado me hacía sentir al borde de la insolación. Además, el olor corporal estaba comenzando a afectarme.

Me alejé de la muchedumbre, caminando por el verde césped, buscando algún lugar donde detenerme. Todo a mi alrededor parecía estar cubierto de tumbas, sin embargo, y debo admitir que me ponía nervioso pensar que si me distraía podía acabar pisando la tierra bajo la cual un esqueleto descansaba para toda la eternidad. Miré por encima de mi hombro, y la congregación de gente en luto se veía como una relativamente homogénea masa de tristeza y desconsolación.

Todo por mi culpa.

Quizás no debería haberme escondido detrás del contenedor de basura. Quizás debería haber tratado de escapar. Quizás Wild Card no me habría disparado. Quizás sí lo hubiera hecho, y yo hubiera muerto allí mismo en el callejón. ¿No hubiera sido eso mejor para todos? ¿No hubiera sido objetivamente preferible que yo muriera y Ace Savvy continuase vivo para detener el crimen? Estaba convencido de que si fuera este mi funeral, no habría habido más de treinta personas tristes por mi muerte.

Cerré mis puños hasta que las uñas se clavaron en la palma de mi mano. Las lágrimas amenazaron con escapar nuevamente de mis ojos. Si tan sólo hubiera sido más inteligente. Si tan sólo no hubiera sido más curioso… si tan sólo hubiera sido yo quien recibiera el disparo en lugar de él…

—Estuviste ahí, ¿no?

La voz me sobresaltó. Por un pequeño instante, creí que se trataba de Jordan, aunque no sonaba como ella. Volteé tratando de verla, pero no encontré a nadie. No de inmediato, al menos. Parecía estar solo, sin nadie a mi alrededor, pero entonces noté una mancha oscura en el suelo. Una sombra. Levanté la mirada, y me quedé sin aliento.

Una chica estaba flotando en el aire, descendiendo lenta y suavemente en mi dirección. Tenía las manos ligeramente estiradas hacia los costados, como si estuviese haciendo equilibrio en una cuerda floja o un monociclo. Su cabello rubio y largo parecía ser lo único en ella atado a la gravedad, aunque aún así algunos mechones se curlaban en el aire como si tuvieran vida propia. Vestía unas botas largas y verdes, un traje blanco que cubría casi todo su cuerpo de los hombros hacia abajo, con detalles en el mismo verdeagua en sus antebrazos y como un bañador. Su antifaz era muy similar al de Ace Savvy, pero verde también. A la altura de su cadera contaba con una especie de cinturón dorado con una bonita piedra rosada incrustada en él. Y en el centro de su pecho, el símbolo plateado de una luna en cuarto creciente.

Retrocedí un paso, y mis ojos se abrieron tanto que temí desgarrarme los párpados.

—Eclipse —dije en voz alta, sintiéndome un tonto de inmediato. Por supuesto que era Eclipse, ¿qué otra heroína con traje verde y la capacidad de mover cosas con su mente teníamos en Royal Woods?

Ella descendió hasta colocarse a tan sólo unos pasos de mí. Por supuesto, la había visto a ella y a su compañera Nova en televisión, o en los videos caseros que la gente subía a internet cuando podían grabarlas combatiendo el crimen, pero creo que esta era la primera vez que tenía la posibilidad de realmente observarla. Me sorprendió lo joven que era. Sabía que era probablemente una adolescente, pero parecía ser apenas unos años mayor que yo. Se veía realmente como una niña, y me costó imaginarme a esta persona luchando contra ladrones y esquivando balas como si nada.

—Sí, esa soy yo —dijo con una sonrisa, acercándose y estirando su mano hacia mí—. ¿Y tú cómo te llamas?

Wow. Una superheroína estaba ofreciéndome un apretón de manos. Anonadado y sin saber cómo responder, estiré mi mano también y la estreché con ella. Su piel era suave, cálida, reconfortante. Esperé que la mía no estuviera sudando.

—Lincoln. M-Me llamo Lincoln.

De pronto fui consciente de que esta era la segunda vez en menos de veinticuatro horas que le confiaba mi nombre a un superhéroe.

La amable sonrisa de Eclipse flanqueó ligeramente.

—Oh… entonces estuviste allí cuando Ace murió —dijo, sonando extrañamente preocupada.

Esas palabras me sacaron abruptamente del momento fanboy en el que me encontraba. Como cuando estás haciendo mucho ruido en el asiento trasero junto a tu hermano y tus papás deciden pisar los frenos un poco para que la inercia te haga golpearte con el asiento delantero. Un recordatorio de la realidad que te saca de tu diversión y te pone alerta.

Así me sentí. Una heroína acababa de decir con mucha certeza, como si supiera, que yo había estado allí cuando Ace murió. ¿Cómo lo sabía? ¿Me había visto mientras corría? ¿Habría estado allí buscándome para interrogarme o meterme tras las rejas?

Su rostro volvió a cambiar, mostrándose apenada y, quizás, un poco asustada.

—Oh, no, no —dijo levantando y sacudiendo las manos como si quisiera tranquilizarme—, no te asustes, no voy a hacerte nada. Lo siento, no era mi intención que te sintiera así.

¿Cómo supo eso? ¡No dije nada! Tan sólo lo…

—Un momento… ¿puedes leer la mente? —Pregunté en voz alta. Otro momento de estupidez. Podría haberlo pensado muy fuerte para saber mi respuesta.

—No es así como funciona —dijo, visiblemente más relajada, parándose derecha y con sus manos detrás de la espalda—. No es como que pueda ver tus pensamientos ni nada de eso.

— ¿Y entonces cómo…?

Ella me sonrió cálidamente.

—Además de la telekinesis, mis poderes me permiten sentir lo que los demás sienten. Puedo percibir su confusión, su enojo, su miedo… su tristeza —completó, dirigiendo la mirada al suelo.

Se la notaba muy triste, de hecho. Y en seguida comprendí por qué.

—Estabas alejándote de la multitud —aventuré—. Podías sentir toda la tristeza de miles de personas… y eso te afectó.

Pude ver en su genuina sonrisa que había dado en el clavo.

— ¡Wow! ¿Eres un detective, o también tienes un superpoder de conexiones para-empáticas?

Sonaba a una broma… pero tuve el presentimiento de que estaba haciendo una pregunta sería.

—Ninguno de los dos —le respondí.

—Hmm. Entonces eres muy listo. Pero sí, eso es lo que pasó. Estaba comenzando a afectarme, así que decidí alejarme un poco. Y justo cuando pasaba por aquí… percibí una emoción muy distinta. Culpa. Remordimiento. Y ahí fue cuando te encontré. No quería asustarte, lo siento mucho. Sólo quería hab…

— ¡Eclipse!

Un fuerte resplandor se acercó a nosotros desde el cielo, como si una estrella fugaz hubiese estado pasando por Royal Woods y hubiera decidido estrellarse (ja, ¿entienden?) en mi cara. Era totalmente posible, teniendo en cuenta mi suerte.

Pero no era una estrella: era una súper estrella. Una chica, cerca de la edad de Eclipse, volando a través del aire siendo rodeada por una estela de energía azul que se movía incontrolable como el fuego. Aterrizó a gran velocidad, impactando el suelo con su rodilla y un puño, en una pose heroica que me hizo sentir como si estuviera en presencia de un Paladín nivel 18. Vestía un traje muy similar al de Eclipse, con casi todo su cuerpo cubierto por spandex. Parecía ser una base blanca, como Eclipse, pero los acentos de color no eran verdes, sino distintas tonalidades de azul. Su torso tenía un tono azul claro, que se encontraba luego con una especie de triángulo más oscuro que caía desde sus hombros hasta su pecho. Vestía guantes y botas con terminaciones angulares, y una máscara que tan sólo dejaba visible sus ojos y el espacio desde su nariz a su mentón. En el centro de su pecho, un símbolo como una línea angular muy pronunciada. Una V.

Nova. Me encontraba ahora en presencia de Nova y Eclipse, el dúo de heroínas. Las únicas nuevas heroínas que habían decidido alzarse contra el crimen en Royal Woods a pesar de la reputación de nuestra ciudad. Y desde anoche, los últimos dos destellos de esperanza en esta condenada ciudad.

— ¿Dónde estabas? —Le preguntó a Eclipse, sonando ligeramente molesta. —Te busqué literalmente por todo el lugar.

—Oh, lo siento Nova. Es que me encontré con este chico —le dijo, señalándome con un dedo—. Se llama Lincoln. Lincoln, ella es mi hermana, Nova.

¡Así que sí eran hermanas! Las especulaciones siempre habían estado, pero ahora ya tenía una confirmación. Nova notó también ese dato.

— ¡Eclipse! ¡Sabes que no puedes revelar nuestros datos privados! ¡Es literalmente nuestra regla número uno!

—Pero si no dije nada.

—Ugh… olvídalo. Hablaremos de esto más tarde —dijo, antes de dirigir sus poco impresionados ojos hacia mí—. Un gusto conocerte, Lincoln. ¿Querías un autógrafo o algo?

¿Alguna vez entregaste una tarea que sabías que estaba mal, y la maestra te sonríe mientras te explica tus errores, y sientes que está siendo amable pero por dentro piensa " No puedo creer que este idiota votará en unos años"? Esa fue la sensación que Nova me transmitió. Y sí, la verdad es que me encantaría pedirles una foto. Clyde está enamorado de Nova, se volvería loco si se la mostrase. Pero ahora que ella lo había dicho así… pues se me fueron las ganas.

—Él no me llamó —explicó Eclipse—. Me acerqué porque se sentía culpable.

La máscara de Nova no dejaba ver sus cejas, pero por la forma en la que ladeó la cabeza, intuí que estaba levantando una.

— ¿Culpable?

—Él estuvo ahí cuando Ace murió. Siente que fue su culpa.

El lenguaje corporal de Nova cambió radicalmente. Sus hombros se relajaron, ya no mantuvo sus puños apretados, y por la forma en la que arqueó su columna, me di cuenta que había estado forzando una postura derecha. No lo había notado al principio, pero de pronto comprendí que gran parte del respeto que Nova imponía era una actuación.

Interesante.

Ella suspiró, y con una mirada mucho más comprensiva, se acercó a mí, agachándose para estar a mi altura.

—Escucha, niño. Este trabajo… Quien sea que se ponga un traje y salga todos los días y todas las noches a luchar por la paz y el orden sabe las posibles consecuencias. Sobre todo en esta ciudad. Ser un superhéroe significa arriesgarse constantemente, y quien quiera dedicarse a esto tiene que entenderlo. Ace lo sabía. Mejor que nadie más, probablemente. No sé qué fue lo que ocurrió anoche, pero créeme cuando te digo que nada de lo que ocurrió fue tu culpa. Es parte de la vida del héroe. No te mortifiques.

Ace Savvy había tratado de decirme lo mismo. Que no era mi culpa, que todo estaba bien, que lo que había ocurrido había sido un terrible accidente. Pero, ¿no es eso lo que un héroe estaba obligado a decirle a un niño tonto y perdido como yo? Por supuesto que me harían sentir bien y me dirían que no en preocupase. Así de buenos eran los héroes. Y por eso mismo me costaba creerles.

Mis emociones al respecto eran muy claras.

—Sé que cuesta creerlo ahora, justo después de que algo horrible nos haya pasado —dijo Eclipse con ternura, entendiéndome mejor que nadie gracias a sus poderes—, pero lo decimos en serio. No podrías haberlo salvado. Sólo eres un niño, Lincoln, no un héroe.

Ellas no sabían. Ellas creían que me sentía culpable por no haber podido salvarlo. Era cierto, por supuesto, pero sólo era parte de la verdad. Lo que más me afectaba era haber sido la causa directa de que recibiera un disparo al pecho.

Tenían razón. Yo sólo era un niño. Un niño bobo, un iluso que no sabía lo que hacía.

—Supongo —les dije, sin muchos ánimos. Ni siquiera estar en presencia de superheroínas lograba levantarme el ánimo.

Las dos se miraron, y Nova se puso de pie, sacudiendo el polvo de su rodilla.

—Muy bien. Tenemos que irnos y patrullar la ciudad. Los criminales estarán ansiosos por atacar ahora que… En fin. Nos vemos, niño.

Sin más preámbulo, el cuerpo de Nova se rodeó de energía, como si alguien acabara de encender una hoguera con ella en el centro. Sus ojos se iluminaron con un resplandor azulado, y una leve brisa comenzó a arremolinarse a su alrededor. No estaba seguro de cuál era la fuente de su poder, pero no había dudas de que era una de las heroínas más poderosas que se habían asentado en Royal Woods. Podía volar a increíbles velocidades, disparar rayos de energía, y de alguna forma tenía también una súper fuerza que le permitía atravesar paredes o levantar autos con sus propias manos. Elevándose lentamente frente a mí, con el viento que movía su voluminoso cabello y las llamas azuladas rodeándola, parecía una tormenta personificada.

En un instante, aceleró, dirigiéndose hacia arriba y perdiéndose en el firmamento. Eclipse también se elevó en los aires. Antes de irse, volteó a verme. Su rostro triste me indicó que sabía cómo me estaba sintiendo. Me apuntó con la palma de una de sus manos, y de repente el cuello de mi camisa se acomodó por sí mismo. Me dedicó una triste y apagada sonrisa, y enseguida se alejó, volando a reunirse con su hermana.

Volví a quedarme solo en aquel cementerio lleno de gente. Eventualmente, regresé con mi familiar. Para entonces, las lágrimas ya estaban secas, y ya me había decidido.


Cuando estábamos a mitad de camino hacia nuestra casa, le pedí a mis padres si podían detener la camioneta. Aparcaron en el primer lugar vacío que encontraron.

— ¿Qué ocurre, hijo? ¿Te sientes bien?

— ¿Tienes náuseas? Tengo unas pastillas que pueden ayudarte.

— Si quieres vomitar tengo bolsas plásticas de repuesto y goma de mascar de menta para ayudar con el aliento.

— ¡Vayamos al hospital directamente y que te revisen!

— ¡Sí! Llamaré a ese amigo de la Doctora López. ¿Cómo se llamaba ese doctor amargado con el bastón?

—Papás —los interrumpí, sonriendo y levantando las palmas de mi mano—, tranquilos, estoy bien. No me duele nada.

Los dos suspiraron aliviados.

— ¿Y qué ocurre entonces? —Preguntó Howard, secándose el sudor de la frente con un pañuelo.

—Bueno, yo…

Miré disimuladamente hacia la ventana.

—Me gustaría bajarme aquí y caminar un poco.

Clyde, sentado a mi lado, giró el torso para enfrentarme.

— ¿Estás bien?

—Sí, lo estoy. Sólo quiero… despejarme un poco.

— ¿Necesitas que te acompañe?

Le sonreí, jugueteando nerviosamente con mis dedos.

—En serio, estoy bien. Sólo necesito un tiempo a solas. Necesito… pensar, supongo.

Clyde se quedó mirándome, y noté en sus labios apretados y su ceño fruncido que entendía que no me encontraba bien. No debería haberme sorprendido que pudiera leerme como un libro abierto. Era mi mejor amigo, mi hermano, me conocía mejor que nadie. Mejor que yo mismo, si la situación con Jordan significaba algo. Querer engañar o mantener algo secreto de Clyde era una batalla perdida. Yo era un muy mal mentiroso, y él era muy perspicaz.

Nuestra familiaridad con el otro era un arma de doble filo, sin embargo, y así como él me conocía, yo lo conocía a él. Y en sus ojos aumentados por sus gafas pude ver preocupación. Me encontraba a mí mismo difícilmente pudiendo escapar de él y tener un tiempo a solas para hacer lo que quería hacer.

Por supuesto, había subestimado lo buen hermano que Clyde era.

Miró a nuestros padres y colocó una mano sobre mi hombro.

—Creo que necesita un poco de espacio —dijo con suavidad—. La doctora López dijo que a veces es importante que tengamos nuestro momento a solas para reflexionar y pensar bien las cosas.

La apelación a la autoridad de Clyde fue brillante. Mis papás intercambiaron una mirada.

—Si la doctora López lo dice…

—Sí. Sí, de acuerdo. Está bien, Lincoln, puedes bajarte.

— ¡Pero no vayas por caminos peligrosos!

— ¡Mira bien por dónde caminas!

— ¡Ni se te ocurra tener tu teléfono apagado o en silencio!

— ¡Si un extraño te ofrece caramelos en una camioneta blanca, dile que se los puede meter en…!

— ¡Howard! ¡Cálmate!

— ¿Qué? Iba a decir en la guantera del auto.

Mientras nuestros papás discutían ligeramente acerca de mi seguridad y qué frases eran o no apropiadas para niños de mi edad, me tomé unos silenciosos momentos para agradecer a Clyde.

—Y escucha, lo siento si…

—Está bien, Lincoln —me interrumpió él, sonriéndome—. Haz lo que tengas que hacer. Sabes que si me necesitas, estaré aquí para ti.

—Eres el mejor, lo sabes, ¿no?

—No, tú.

Tras una breve despedida, me bajé de la camioneta, la cual en seguida continuó camino a casa. Suspiré. De repente el cuello de mi camisa de polo se sintió muy apretado, como si me asfixiara, así que desabroché un botón. La sensación seguía allí.

Caminé lentamente hacia la esquina contraria de donde me habían dejado. Mientras lo hacía, eché furtivas miradas a mis alrededores. No había nadie que pudiera verme.

Fue así como llegué a la calle que necesitaba, al 1900. Me encontraba en la vereda par, así que crucé a la acera de enfrente. Continué caminando hasta llegar a mi destino. Sólo para estar seguro, volteé una vez más, y al no notar a nadie, metí rápidamente mi mano en el bolsillo y saqué el objeto que había estado cargando toda la mañana.

La insignia de Ace Savvy. Mis dedos temblaban mientras la daba vuelta y leía las palabras allí escritas.

—Avenida Wayne, 1939.

Mirando hacia delante, confirmé que me encontraba en mi destino. Unas grandes y estilizadas rejas negras separaban la acera del jardín delantero de la que sin lugar a dudas era la casa más impresionante del vecindario. Una casa antigua, que se parecía más a un castillo que a una vivienda. Había una escalinata curva que atravesaba el jardín, rodeando flores y arbustos exóticos y muy bien cuidados. El edificio contaba con un pórtico cubierto flanqueado por bow-windows. La casa era de piedra gris y labrada, con tres pisos de altura y un sin fin de techos en ángulos raros que se cruzaban unos con otros. Estaba también lleno de ventanas y balcones, y mientras trataba de analizarla, me pregunté si era realmente necesario tener una casa tan grande.

Ese cuestionamiento me llevó a pensar en Ace Savvy. Si quería que quemara su casa, sólo me quedaba pensar que vivía solo. ¿Tendría familia? Nadie sabía su identidad secreta, por supuesto, y él nunca había mencionado un hijo o una esposa. ¿Qué tal sus padres? ¿Sabrían que su hijo había muerto? ¿Estarían vivos ellos? Debía de tener algún tipo de lazos con alguien. Y por mi culpa, aquellas personas, quien quiera que fueren, acababan de sufrir una gran pérdida.

No debería haberme quedado tanto tiempo allí de frente a la casa, mirando con tristeza y los ojos caídos a lo que pronto debía convertir en ruinas. Debería haber entrado cuanto antes, sigilosamente. No lo hice, sin embargo, y tan distraído estaba que no escuché a alguien acercándose a mí.

—Vaya... creí que era la única que conocía su identidad —dijo una voz bastante familiar.

Volteé y, en efecto, la portadora de aquella inconfundible voz era nada más y nada menos que Katherine Mulligan. Se hallaba de pie a algunos metros de mí, vistiendo unas ropas similares a las que usaba en los noticieros, sólo que negras en lugar de amarillas. Su semblante era tan deprimido y desgarrador como uno podía esperar.

— ¿Lo conocías personalmente? —Me preguntó, reduciendo la distancia entre ambos.

Uh oh. ¡Hora de mentir!

—No sé de qué me está hablando, señora.

Su rostro triste frunció el ceño.

—No me digas "señora". Y tengo mucha práctica entrevistando gente que quiere ocultar la verdad, pequeño. No puedes mentirle a Katherine Mulligan.

Incluso si hablaba en tercera persona, Katherine Mul… Digo, ella tenía razón. Huh. Su nombre sí que era muy pegajoso.

—Yo… Este…

Katherine Mulligan me sonrió.

—Eso me dice todo lo que necesitaba saber —dijo, cerrando los ojos y asintiendo lentamente—. Veo que estás tratando de proteger la identidad secreta de Ace Savvy. No te preocupes, he mantenido el secreto durante muchos años. De hecho, Spade siempre me dijo que yo era la única que lo sabía.

Spade… ¿Era ese su nombre? Eché una rápida mirada al buzón. "S. Nifty". Al parecer, me acababa de convertir en la segunda persona en conocer el verdadero nombre de Ace Savvy. Y Katherine era la primera.

—Yo… no lo conocí tan bien —admití—. Él me salvó una vez.

—Seguramente por eso le caíste bien. Ya debía estar cansado de salvarme a mí.

Alguna vez había leído acerca del humor como mecanismo de defensa ante el dolor y la angustia. Saber eso volvió su broma bastante triste.

—Lo siento —dijo tras unos instantes de silencio—. No quiero molestarte. Sólo… es un poco reconfortante saber que alguien más conoce al hombre detrás de la máscara. Todo el mundo llora por el héroe, pero… creí que sería la única en llorar a Spade.

La forma en la que se refería a él… la forma en la que frotaba el dorso de su mano izquierda…

No me gustaba mentir o suponer, pero sentí que ella lo necesitaba.

—Estoy seguro que él también te amaba —le dije, tratando de sonar seguro, como si en verdad lo supiera.

Pareció realmente sorprendida por mis palabras, y le tomó un segundo recuperarse y dejar escapar una traicionera lágrima.

—Tuvimos nuestra pequeña aventura en su momento -me admitió, mirando hacia la casa—, pero su sentido del deber y la justicia ocupaba demasiado lugar en su vida como para que el romance fuera también parte de ella. No lo culpo, por supuesto. La vida de los héroes es muy solitaria, después de todo.

No sabía muy bien qué decirle a una celebridad local que acababa de confesarme que estaba enamorada del superhéroe más famoso de la ciudad, quien había muerto la noche anterior. Por mi culpa, dicho sea de paso. Afortunadamente, ella pareció darse cuenta de cuánto estaba compartiendo con un niño que no conocía. Se ruborizó y miró lejos de mí, visiblemente avergonzada.

—Lo siento, yo… Supongo que necesitaba compartir con alguien que también lo conocía.

—Descuide, no hay problema. Pero ya le dije, no es como que fuéramos amigos ni nada de eso.

—Pero te confió su identidad secreta.

—...si.

—Eso significa que vio algo en ti. Supo que eras especial, en algún sentido que ni siquiera voy a tratar de interpretar.

—Creo que me está dando mucho crédito.

—Tal vez. No lo sé. Sólo sé que Spades era un hombre muy listo, y podía ver la belleza y las cualidades de las personas. Incluso… y especialmente, cuando ellas no lo ven en sí mismas.

Sus ojos volvieron a desviarse a la mansión, y me dio la sensación de que por unos instantes ya no me hablaba a mí.

Una idea se gestó en mi mente. ¿Y si le daba la llave a ella? Ella era una adulta. Ella lo conocía personalmente. Era, definitivamente una mejor candidata. Podría decirle que Ace Savvy me había dado la llave de su casa un tiempo atrás (lo cual era técnicamente cierto) con las instrucciones de quemarla en caso de que muriera (lo cual no había dicho exactamente, pero lo había implicado). Ya si ella decidía seguir adelante con la última voluntad de Ace Savvy o no, era responsabilidad de ella. Yo no tendría por qué involucrarme más de lo necesario en este complicado asunto.

Y sin embargo… Ace me lo había pedido. Me había encargado esta misión. Y sí, sí, lo sé, me lo había pedido a mí porque yo era la única persona presente en el callejón. Pero aún así, era una misión que mi héroe me había otorgado. Era mi responsabilidad.

—En fin —dijo Katherine Mulligan, trayéndome de nuevo a la realidad—. Lamento haberte interrumpido. Sólo… sólo quería venir a ver la casa y… reflexionar, supongo.

—Sí… si, yo también.

—Fue un gusto conocerte. Eres muy agradable —dijo, sonriéndome—. ¿Cómo te llamas?

Ok, ¿realmente iba a darle mi nombre a otra persona ultra famosa y de alta influencia? Mis papás siempre me decían que no hablara con extraños, y sin embargo tres superhéroes habían aprendido mi nombre en las últimas 24 horas, y ahora una periodista me preguntaba por él una vez más. No señor, no iba a cometer ningún paso en falso.

—Rusty —le dije.

Ella rió.

—Una vez conocí a un Rusty. Fue a mi oficina tratando de convencerme de que tenía un superpoder para comer flores y absorber su energía vital para vivir por siempre. Pobre niño. No sabe que su acné es una reacción alérgica a comer plantas.

Mientras aguantaba las ganas de rodar en el suelo y llorar de la risa, decidí que atesoraría esa información por el resto de mi vida.

—En fin. Esta es Katherine Mulligan, despidiéndose y deseándote la mejor de las suertes en estos duros tiempos que corren. Y no te pierdas mis informes todos los días de nueve a diez, de trece a catorce, de diecisiete a dieciocho, y de veintiuna a veintidós. Adiós, Rusty.

Me despedí de ella, y fingí volver a concentrarme en la casa frente a mí. Lo cierto es que esperé a que se alejara, y disimuladamente miré a mi alrededor hasta estar absolutamente convencido de que no había moros en la costa.

Una vez libre, volví a tomar la insignia de Ace en mis manos. La determinación corría por mis venas como un fuego líquido.

—No te fallaré, Ace.

Presioné el centro de la insignia, y tras un metálico "¡Click!", las rejas de abrieron.