En este cap las cosas ya empiezan a entrar en movimiento. Me divertí mucho escribiéndolo lol
Me pone muy contento que vean hacia dónde va la historia. La idea es que sea una historia de superhéroes, y como tal, hay muchos "tropes" que no quiero evitar. El hecho de que los detecten para mí no significa que mi historia sea predecible en un mal sentido, sino que todos estamos en el mismo entendimiento de que esta es una historia de superhéroes que cuenta con los elementos clásicos de una.
Muchas gracias también por las palabras de aliento, me pone muy feliz eso también :D
Agradecimientos especiales a Luna PlataZ, Kennedy G. Barnsfield, El Maestro, Luis Carlos, J0nas Nagera, nahuelvera2 y Deadly Ice 88.
Capítulo 3:
La pubertad es extraña.
Entré al jardín, cerrando las rejas detrás de mí, y corrí hacia la entrada. Mientras menos tiempo pasara allí fuera, menores eran las posibilidades de que alguien me viera. La charla con Katherine Mulligan me había puesto ligeramente nervioso, pero ahora que me estaba acercando a esta especie de mansión para entrar e incendiarla, los nervios me pesaban como una mochila de plomo. Me moví rápido y tratando de silenciar mis pasos en los escalones de piedra. No sabía si serviría de algo, pero aún así quería realizar esta misión en Modo Sigilo. O bueno, tan sigiloso como un incendio pudiera ser. La verdad no lo sabía; nunca había iniciado uno.
Llegué rápidamente a la entrada, y fue allí donde el primer obstáculo se presentó ante mí.
—Rayos. ¿Con qué abriré la puerta?
Decidí tratar mi suerte y simplemente empujar. Quizás estaría abierta. No hubo suerte. Me detuve a pensar durante unos segundos. Volví a tomar el picaporte, y esta vez tiré en lugar de empujar. Sin movimiento alguno. Hubiera sido genial.
Ok, Ace Savvy no me enviaría a su casa si no hubiera una forma de entrar, ¿no? Revisé la insignia que me había dado. No parecía tener forma de llave ni mucho menos. Por las dudas, presioné el botón, pero nada ocurrió.
¿Y si se había olvidado de proporcionarme una forma de acceder a su hogar? Estaba moribundo, y probablemente no estaría cargando un llavero en su cinturón de utilidad. ¿Cómo podría entrar a la casa?
Bueno… podría romper una ventana. Él quería que quemase su casa, una ventana rota para conseguirlo habría sido la menor de sus preocupaciones. Comencé a estudiar mis alrededores en busca de la mejor ventana para destruir, cuando mis ojos se posaron en una maceta circular debajo de una de las ventanas que daban, presuntamente, al recibidor de la casa. Flores amarillas, muy bellas y bien cuidadas. Lo que no estaba cuidado parecía ser el suelo de madera, pues se veían algunas marcas de arrastre por debajo de la maceta. Como si fuera pivoteada frecuentemente…
— ¿En serio, Ace? —Dije, incrédulo.
Me acerqué y, en efecto, al arrastrar la maceta me encontré con una llave debajo de la misma. Superhéroe o no, aún era humano, evidentemente. Coloqué la llave en la cerradura, y tras dos vueltas, la gran puerta se abrió. Entré rápidamente para que nadie me viera, pero una vez dentro, tuve que deternerme y dejar escapar un silbido de admiración.
Mis papás ganaban mucho dinero con su trabajo. Algunos de sus clientes eran muy exigentes y de clase alta, por lo que sus trabajos de diseñadores tenían aranceles muy elevados, y sin ganas de presumir ni nada de eso, puedo decir con tranquilidad que vivíamos en una excelente situación económica. Esta mansión, sin embargo, estaba más allá de cualquier aspiración económica que mi familia pudiera tener. Los pisos de madera pulcra, las paredes con elegantes tapices, cuadros que parecían salidos del Renacimiento o el Barroco. No me hubiera sorprendido que, al entrar, un tocadiscos del siglo pasado estuviera inundando el lugar con música clásica.
Cerca de la entrada había un mueble de madera barnizada, seguramente para dejar las compras o donde guardaría algunas cosas básicas. Hacia la derecha, lo que parecía ser una pequeña puerta que daba a un tocador. Hacia el frente, sin embargo, la casa se abría hacia una sala en doble altura, rodeada por la escalera hacia el primer piso y con grandes ventanales en todas las direcciones. No quiero sonar exagerado, pero una casa "normal" podría haber entrado en ese espacio principal, que a su vez parecía estar dividido en dos áreas gracias a los muebles. Había algunos sillones que parecían formar un pequeño estar, con un mueble con televisión y una consola de videojuegos (¿quién diría que Ace Savvy era un gamer?). Y al otro lado, un diván reposaba junto a una chimenea, con las tres paredes que lo rodeaban llenas de estantes de libros.
—La biblioteca —reconocí de inmediato. En efecto, todo el suelo de aquel lugar estaba cubierto con una alfombra gigante.
Me acerqué a inspeccionarla, y la verdad no podía imaginarme cuánto costaría algo tan extenso. Era de color bordó, con intrincados diseños geométricos de color dorado. La pisé, y me sorprendió lo mullida que era. Esto definitivamente encendería fuego muy rápido.
Pensar en mi misión me entristeció. Eché una mirada melancólica a todo lo que había a mi alrededor. ¡Cientos de libros! Artículos personales. Recuerdos. ¿En serio quería que lo incendiara? ¿Que destruyera todo? Me daba pena, mucha pena.
Noté que había algunos cuadros y fotografías sobre la chimenea. Con curiosidad, me acerqué a revisarlos. Lo primero que llamó mi atención fue un cuadro bastante grande que enmarcan una especie de diploma.
"NIFTY SPADE - DOCTORADO EN ARQUEOLOGÍA".
Arqueólogo. Ciertamente no era la profesión que esperaba de un vigilante nocturno, pero en parte explicaba por qué siempre hablaba con mucha clase y elocuencia en sus entrevistas y actos públicos. Un doctorado seguramente requeriría cierto nivel de conocimiento, ¿no? Lo segundo que había allí sobre la chimenea eran algunas fotos de Ace Savvy, sin su máscara y con ropas casuales en un sitio de excavación. En todas sostenía diversos objetos antiguos, como vasijas o puntas de flecha.
Ver a mi héroe en tan casuales situaciones era… bizarro, por así decirlo. Era increíble pensar que el héroe más importante de la historia de nuestra ciudad tuviera tenido una vida paralela alejada del crimen y la justicia, en algo tan desprovisto de acción como la arqueología, de todas las cosas. Katherine Mulligan tenía razón; era triste pensar que poca gente sabría de esta faceta de nuestro héroe.
Sacudí mi cabeza, alejando esos pensamientos. Tenía que concentrarme. No podía permitirme distracciones como esta. Busqué con la mirada, localizando rápidamente el extintor de incendios y la caja de cristal. Me acerqué y tomé la botella de alcohol que allí dentro se encontraba. Sólo debía echar eso sobre la alfombra y encenderla con una pequeña llama. Pronto se extendería a las estanterías llenas de libros y a las paredes y suelos de madera. Qué pena, pensé. Todos esos libros siendo quemados…
Me acerqué a la estantería más cercana. Parecían colecciones de varios volúmenes, con largas hileras de libros con el mismo diseño plano y, francamente, aburrido. Si hubiera tenido que adivinar, diría que eran de psicología o derecho.
Traté de sacar uno de los libros para ver si tenía alguna portada, pero el libro no se movía.
— ¿Huh?
Intenté con el de al lado. Ni un pequeño movimiento. Era como si estuvieran pegados a los estantes. Continúe tratando de mover los libros, pero extrañamente, todos estaban quietos y duros como estatuas. Era como si un héroe de alto nivel los hubiera sellado con Barras Inamovibles, un objeto raro que permite-
Oh, sí, lo siento. Es que me gusta mucho Calabozos y Dragones.
Estaba llegando a la conclusión de que eran todos una mera decoración para impresionar a sus visitantes, pero enseguida entendí la funcionalidad de aquella fachada. Traté de tomar un libro grande y rojo del tercer estante en la repisa del centro, y a diferencia de los otros, ese pivoteó cuarenta y cinco grados antes de detenerse y realizar un ruido metálico, como de encaje.
Inmediatamente, toda la sala comenzó a temblar. Dejé escapar un chillido muy agudo y para nada varonil mientras retrocedía y caía sobre mis gluteus maximus. Parpadeé incrédulo ante el espectáculo que mis ojos presenciaban. Placas del suelo parecían abrirse, y a través del hueco, las estanterías llenas de libros y la chimenea descendían por plataformas hasta desaparecer. El resto de los muros de madera que iban desde la estantería hasta el techo comenzaron a plegarse en un complejo juego de origami arquitectónico hasta esconderse detrás de las paredes.
Mis ojos no sabían dónde enfocarse con todas las rápidas transformaciones que la sala sufría. En tan sólo cuestión de segundos, el estar/biblioteca había desaparecido junto con una de las paredes, dejando a la vista una sala mucho más amplia, con pedestales, mesas metálicas, computadoras gigantes como nunca había visto, y una colección de artefactos que ni los mejores museos del mundo contaban en sus bóvedas.
Normalmente soy bastante lento en entender algunas cosas, pero reconocí de inmediato lo que acababa de suceder.
— ¡La guarida secreta! —Dije, poniéndome de pie de un salto. Bueno, no de un salto, eso implicaría destreza. Más bien rodé hacia delante hasta que mis rodillas chocaron con el suelo y pude levantarme.
No podía creer que acababa de descubrir el acceso secreto a la guarida de Ace Savvy. Todas las teorías apuntaban a una cueva en el bosque Evergreen, en las afueras de la ciudad. Eso quizás explicaría las leyendas acerca de un lugar encantado al que nunca nadie lograba acercarse. Pero ahora sabía que ninguna de esas teorías era cierta. ¡Había puesto su guarida secreta en su propia casa! Arriesgado, pero evidentemente efectivo.
Sintiéndome como un niño pequeño en Disneylandia, comencé a inspeccionar todos estos nuevos elementos que se encontraban ahora a mi disposición. No me centré en los grandes teclados y consolas llenas de botones de colores porque, honestamente, la tecnología nunca fue lo mío. Tampoco me puse a analizar un gigantesco mapa de la ciudad que ocupaba toda la superficie de una alargada y fina mesa metálica. Había también una estantería llena de biblioratos negros con rótulos en los dorsos.
Probablemente aquellos biblioratos contenían secretos políticos, redes de crimen organizado, jugosos datos e inteligencia que Ace Savvy había recopilado a lo largo de las décadas. Una persona inteligente habría ido allí primero, tratando de obtener información prohibida que nadie más en la ciudad contaba.
Yo, en cambio, fui corriendo hacia las cosas puntiagudas.
— ¡Los Aces! —Grité, observando con admiración una vitrina sobre la cual se hallaban colocados decenas de lo que parecían ser mazos de cartas con la insignia de Ace Savvy.
Tras tantas partidas de Calabozos y Dragones, mi primer instinto debería haber sido el revisar por trampas, pero yo era un Paladín, no un Pícaro, así que impulsivamente tomé el primer mazo sobre el que conseguí colocar mis manos. ¡Era bastante pesado! Tenía una hebilla, así que rápidamente la coloqué sobre mi cinturón. Me sentía el Rey del Mundo. Podía ver decenas de pequeñas láminas de acero dentro del mazo sin tapa. Traté de tomar una, pero estaban demasiado apretadas como para sacarlas. Recordando la llave con la que había logrado entrar a la casa, se me ocurrió presionar el símbolo de picas al frente del mazo. Efectivamente, en cuando lo hice, la primera carta salió disparada como por un resorte hacia mi palma. Dejé escapar una risa bastante tonta. Volvió a presionar el símbolo, y una segunda carta saltó hacia mi mano. Tomé estas dos y las examiné. Los bordes no eran filosos, pero Ace podía usarlas como pequeños proyectiles que él mismo lanzaba con sus manos. ¿Alguna vez vieron videos de personas lanzando cartas, clavándolas en frutas y otros objetos sólidos? Imaginen lo que un superhéroe podía hacer con cartas que eran en verdad pequeñas láminas de un acero relativamente liviano.
Sólo para probarlo, volteé rápidamente y lancé las dos cartas por el aire. Voló de la misma forma que un helicóptero piloteado por un chimpancé ebrio lo habría hecho. Cayeron en el suelo a tan sólo unos metros de mí.
—Ok, lanzamiento de naipes no es lo mío —admití sin pudor. ¡No me importaba no saber lanzarlas, tan sólo el haberlas tenido en mis manos había sido la mejor experiencia de mi vida!
Dejé el mazo junto al resto, no sin antes notar que no todos los mazos eran blancos y negros. Algunos tenían bordes rojos, otros bordes azules, otros verdes. Cartas explosivas, eléctricas, y de humo. El arsenal completo de Ace Savvy. A esas sí que no me atreví a acercarme.
Continué recorriendo la sala, y estoy casi seguro de que un poco de baba cayó de mi boca cuando comprendí qué era toda esa colección de pedestales con extraños objetos sobre ellos.
— ¡Una sala de trofeos!
Me acerqué corriendo al primer pedestal, sobre el cual descansaba lo que para cualquier ignorante hubiera sido un simple y sencillo desatascador de baño. Pero para gente culta en la historia de la galería de villanos de Royal Woods, ese banal desatascador no era sino la principal arma de combate cuerpo a cuerpo del Excusador, un villano con fascinación por los baños.
Más allá, un puñado de bloques pixelados que imitaban texturas de madera, piedra, mármol, e incluso un pico en ocho bits con puntas de diamante. Reconocí de inmediato a qué villano pertenecían estos objetos.
—El Niño Rata —susurré, temblando al recordar las historias de aquel joven villano de tan sólo trece años que había aterrado a la población durante tanto tiempo antes de ser encerrado en la cárcel de juveniles.
Durante largos minutos, continué observando los trofeos y recuerdos que Ace Savvy había obtenido de sus batallas. Con cada nuevo villano que reconocía, una parte de mi corazón se entusiasmaba mientras que otra se entumecía. Me alegraba ver tantos momentos e historias que había estudiado y leído durante mis años de fan, pero también me deprimía el pensar que ningún nuevo recuerdo sería jamás agregado a este museo. La apoteosis de estos sentimientos fue cuando llegué al final de la sala, donde una gran vitrina iluminaba un maniquí desnudo. Era allí donde guardaba su traje. De allí lo había sacado la noche anterior, pero nunca más sería devuelto a su lugar de descanso.
Recordé mi misión. No estaba allí para disfrutar de un espectáculo o de hacer turismo. Había sido encargado con la tarea de incendiar aquel lugar hasta dejar nada más que cenizas. Todos los recuerdos, todos los aparatos, todas las computadoras, todo acabaría destruido y perdido para siempre en las páginas no leídas de la historia.
Supuse que mientras más que quedase allí, más difícil sería para mí tener que destruir aquella guarida secreta, así que en seguida di media vuelta y me dirigí hacia la sala por la que había accedido, donde la alfombra esperaba ser incendiada.
A estas alturas, quizás hayan detectado uno de mis defectos fatales: soy muy curioso. No puedo evitarlo. Cuando algo llama mi atención, tengo que investigarlo, no puedo sencillamente dejarlo pasar. Soy muy malo enfocándome en una cosa, es como si mi mente estuviera constantemente tratando de buscar más cosas en las que concentrarse, o distraerse mejor dicho. Así que era inevitable que en lugar de ir a prender fuego la alfombra, me detuviera a examinar el cubo.
Ni siquiera debería haberlo notado, pues estaba en el otro extremo de la habitación, con su pequeña plataforma rodeada por libros, mapas y más de esos biblioratos negros, pero aún así, el brillo rojo del cubo captó la atención de mis ojos. Me acerqué a inspeccionarlo, ligeramente confundido. ¿Era este otro recuerdo de un villano? No podía pensar en quién habría usado algo similar. En mis años como entusiasta de la historia de superhéroes de mi ciudad, jamás había visto algo similar. Era un cubo perfecto, de unos diez centímetros de lado. No tenía ni idea de con qué material estaba construido, pero parecía una especie de cristal. Una hermosa caja de cristal que, sin embargo, parecía contener una nebulosa roja en su interior. Era difícil de explicar, como una especie de humo brillante que se movía lentamente.
— ¿De dónde sacaste esto, Ace? —Pregunté en voz baja.
No había ninguna inscripción o placa que pudiera darme una pista de qué clase de objeto era este. Miré a los biblioratos cercanos, leyendo las etiquetas en sus dorsos. "Expedientes Arqueológicos". "Mitología Egipcia". "Referencias culturales varias". "Geometría avanzada: La cuarta dimensión". "Reportes médicos".
Nunca me había gustado la matemática, así que la geometría avanzada no iba a ser algo en qué fijarme. Asumí también que lo relacionado con la mitología y culturas antiguas serían cuestiones de su trabajo. "Reportes médicos", sin embargo… Sólo por curiosidad, decidí tomar la carpeta y examinar su contenido. Pasé hoja tras hoja, sin entender realmente la mayoría de los papeles con estudios y diagnósticos.
Lo que sí llamó mi atención fueron las fotografías. Enganchadas con clips a distintas páginas, me encontré con muchas fotografías de quien era, indudablemente, Nifty Spade A.K.A Ace Savvy. Digo indudablemente porque su cabello y rostro no había cambiado… pero había una serie de fotografías que parecían sacadas a dos personas totalmente distintas. En las primeras, tomadas hace mucho tiempo, se veía a una versión más joven de Ace Savvy, quizás en los últimos años de la adolescencia, pequeño y flacucho. Parecía un miembro del club de ajedrez con gripe. Y sin embargo, las fotografías siguientes mostraban a la misma persona, casi con el mismo rostro, pero casi treinta centímetros más alta, con hombros anchos, pectorales del tamaño de una almohada y unas piernas casi más anchas que todo mi cuerpo. Había montones de anotaciones en fibras rojas y negras, resaltando las diferencias en altura (de 1,59m a 1,85m), peso (de 68kg a 115kg) y otros datos que no supe entender.
— ¿Qué significa esto? ¿Cómo…?
Mi cabeza comenzaba a doler mientras procesaba tanta información. No me hubiera extrañado ver humo saliendo de mis orejas. ¿Ace era en verdad dos personas? ¿Cómo es que había cambiado tanto? Dejé la carpeta a un lado. No sabía qué hacer con esta nueva información ni cómo interpretarla.
Volví a mirar el cubo, y… ¿Alguna vez sintieron el deseo de hacer algo que sabían que no debían hacer? No lo sé, ir caminando por la calle, ver un cesto de basura, y sentir un extraño impulso para patearlo. Sabes que no deberías hacerlo, e incluso si no hay nadie a tu alrededor que te lo impida, tu consciencia está frenándote para que no lo hagas. Y ni siquiera sabes por qué quieres patearlo. Sólo sientes un impulso por hacerlo. Pues así me sentía yo. Aquel extraño cubo parecía estar llamándome, susurrando a mi mente que lo tomara. Mi conciencia trató de detenerme, pero era una batalla perdida.
Sólo tocarlo por un instante, ¿qué podría salir mal?
Me acerqué lentamente, levanté mi mano, y cerré mis dedos sobre la superficie cristalina. Era extremadamente suave, un vidrio totalmente pulido. Lo levanté, y mientras lo giraba noté que se sentía cálido, como si aquel extraño elemento que se encontraba dentro del cristal estuviera emitiendo-
¡ZAP!
— ¡AAAAAAAAAAAH!
Un chispazo enceguecedor salió emitido del cubo, como si un interruptor hubiera estallado por una sobrecarga. El ruido y la potente luz hicieron que gritara y soltara el cubo, dejándolo caer al suelo.
Retrocedí tan rápido que caí hacia atrás. Mis ojos tardaron unos largos segundos en recuperarse del destello, pero para mi absoluto terror, no volví a la normalidad. No me dolía nada, pero me sentía mareado. Estaba temblando, sintiendo un cosquilleo eléctrico que se expandía desde mi mano hacia el resto de los músculos de mi cuerpo. Traté de ponerme de pie, pero mis piernas parecían de gelatina, y tan sólo ponerme de pie fue casi tan dificultoso como una clase entera de educación física. Tambaleé hasta llegar a la larga mesa con el mapa de Royal Woods, sobre el cual me apoyé para tratar de recuperar el control de mi cuerpo. Los latidos de mi corazón retumbaban en mi cabeza como un balón de básquetbol en un gimnasio cerrado.
No voy a mentirles: creí que iba a morir.
Me asusté. Incendiar la casa se convirtió de repente en la última de mis preocupaciones. Ni siquiera recordé que para eso había ido allí. Lo único que quería era sobrevivir.
Corrí hacia la entrada, chocándome con varias sillas y muebles. Apenas noté que, cuando abandoné la biblioteca, las paredes volvieron a acomodarse, volviendo a adquirir la apariencia de una casa común y corriente. Poco me importó. Abrí la puerta y corrí hacia la reja de entrada.
Desafortunadamente, en mi estado de confusión y aturdimiento, olvidé por completo la presencia de escalones de piedra. Fallé en plantar mi pie con firmeza en el primer escalón, y caí hacia delante. Fue como si el tiempo se ralentizara. Observé en cámara lenta cómo el suelo se acercaba cada vez más peligrosamente a mi bello rostro con pecas, preparado para romperme la nariz o sencillamente arruinar mi día. El impacto parecía inevitable.
Pero reaccioné.
Mientras caía, noté que el peso de mi cuerpo se desbalanceaba hacia delante. No quería golpearme, así que instintivamente… lo evité. Agaché mi cabeza para aumentar el momento de mi caída, estiré mi mano derecha para apoyarla en el suelo, y aproveché el impulso para dar una voltereta y caer sobre mis pies un par de escalones más abajo.
De no haber estado tan confundido, mareado y desorientado, me habría impresionado o detenido a pensar cómo es que había hecho algo que jamás en mi vida hubiera sido capaz de hacer. Pero ni siquiera me di cuenta de lo que había logrado. Tan sólo atiné a abrir la puerta de entrada con la llave que Ace me había dado y salir a la calle.
Parpadeé un par de veces. El suelo dejó de girar a mi alrededor, pero todo mi cuerpo todavía estaba temblando. Caminé como un ebrio hacia la esquina, y miré hacia el horizonte, dándome cuenta de repente de la cantidad de calles que faltaban hasta mi casa.
—Rayos.
Es con mucho placer que les informo que, a medida que las calles iban pasando, mi estado físico y mental continuó mejorando. Mis músculos se calmaron, mi mente pensaba con claridad, mi corazón volvía a latir sin amenazar con salirse de mi pecho al estilo Alien. Para cuando llegué a mi casa, ya me sentía mucho mejor, y sin contar una leve jaqueca, la única secuela visible de aquel pequeño incidente era el miedo que todavía recorría mis venas. ¿Qué demonios había sido eso? ¿Había estado realmente al borde de la muerte?
Cuando entré a la casa, Clyde estaba pasando la aspiradora por la alfombra. Se detuvo para saludarme, y su rostro se llenó de preocupación al verme.
—Te ves terrible —me dijo, acercándose.
—Gracias.
—Tienes suerte que nuestros papás no estén. Les daría un ataque si te ven así.
— ¿A dónde fueron? —Pregunté mientras me dirigía a la cocina. Necesitaba beber agua.
—La heredera de Yates Enterprise los llamó de urgencia; tiene que atender a un evento y necesita un vestido más bonito que el de la hija de Sweetwater.
—Esa chica siempre parece estar necesitando algo —mencioné, llenando un vaso con agua fría y un par de cubos de hielo.
—Sí, bueno, gracias a ella tenemos lo que tenemos.
—Heh, cierto.
Terminé de beber el líquido y debo decir que me ayudó muchísimo. Mi garganta dejó de estar tan seca, y parte del molesto dolor que sentía en mis sienes se calmó. Aún así, todavía me sentía bastante impactado. Y confundido, principalmente. Muy confundido.
—Oye, ¿por qué no te sientas y ves algo de televisión? —Me sugirió Clyde, colocando una mano en mis hombros— Prepararé unas chocolatadas para los dos.
—Sí, yo… Sí, haré eso. Gracias.
Me sonrió, y me sentí agradecido con el universo por haberme dejado formar parte de la familia de Clyde. Era mi hermano, mi mejor amigo, la persona con la que siempre podía contar. Haciéndole caso, no tardé en sentarme en el sofá y encender la televisión. Mi intención era poner inmediatamente Disney+ y ver un poco de esa nueva serie de ciencia ficción de la que todo el mundo hablaba. Pero al encender la televisión, un canal de noticias estaba al aire, y me sentí atraído como una polilla a una lámpara de luz.
Era un medio de noticias locales, y al parecer, el conductor se encontraba entrevistando a un invitado. Conocía al conductor, por supuesto, pero era la primera vez que veía al invitado. Se trataba de un hombre de no menos de cincuenta años con la anatomía exacta de un muñeco de nieve: un torso grande y redondo y una cabeza que parecía ser 80% gordura, 10% rostro y 10% calvicie disimulada a través de las patillas. Sus ojos pequeños parecían estar escondidos detrás de una voluptuosa nariz de la cual brotaba un bigote blanco como el resto de su cabello. Su mentón era apenas visible por encima de una doble papada.
Era bastante desagradable para todos los estándares de belleza posibles, pero por lo menos estaba bien vestido. Tenía un traje ejecutivo de color azul oscuro, un pañuelo sobresaliendo de un bolsillo a la altura de su corazón, y un fular rojo en el pecho. Sobre su cabeza posaba un fino y alto sombrero de gala, casi caricaturesco en relación al tamaño de su cabeza.
No tenía ni idea de quién era este extraño hombre, pero el título de la entrevista estaba diseñado para que gente como yo se quedara a ver: "LA SEGURIDAD DE ROYAL WOODS SIN ACE SAVVY".
—...violencia, con las fuentes policiales admitiendo que hoy mismo se han registrado ya más de trece llamadas de emergencia por denuncias de robo —se encontraba explicando el entrevistador—. Sin Ace Savvy patrullando las calles, ¿cree que la policía y los organismos estatales de seguridad están lo suficientemente preparados como para mantener el orden en nuestra ciudad?
El Hombre Michelin suspiró, pareciendo visiblemente triste y afectado.
—Creo que la respuesta es definitivamente "no", David. Me duele decirlo, en especial por mis lazos de amistad con el actual alcalde, pero la realidad es innegable. Los datos están allí, son irrefutables: Royal Woods no está preparada para responder al crimen de forma eficiente y segura. Ace Savvy, que en paz descanse, era lo único que nos mantenía protegidos del caos absoluto. Ahora que él se ha ido, ¿en quién debemos confiar? ¿Eclipse? ¿Nova? Son niñas, David, niñas. No están preparadas para proteger a una ciudad. A mí no me generan ninguna confianza.
— ¿Diría usted entonces que es momento de entregarse al pánico?
El hombre rió.
—No, no, ciertamente no. Creo que las desgracias del destino nos han puesto en una situación donde ya no podemos resignarnos a lo que tenemos, y debemos comenzar a pensar en el futuro y en cómo mejorar nuestra situación. La era de los héroes ya ha quedado atrás. Sus actos de heroísmo han inspirado a millones, pero aquí en Royal Woods, no podemos seguir poniendo nuestra seguridad en manos de un pequeño grupo de metahumanos. ¿Por qué la población ha aceptado que nuestra seguridad depende exclusivamente de la voluntad de seres con poderes que muchas veces no saben controlar? ¿Por qué hemos aceptado que nuestras fuerzas de seguridad han de estar poco preparadas e indefensas ante los metahumanos? Entiendo que la fe en la humanidad y en que el bien siempre triunfará sobre el mal es un pensamiento reconfortante, pero yo soy un visionario, David. Un futurista. Y en mi visión, la humanidad no dependerá de la moral de los metahumanos para mantenerse a salvo, sino en sí misma, y en las capacidades que todos nosotros tenemos de protegernos.
—Respeto tu visión como futurista, pero yo soy más un "presentista". Habiendo admitido hace unos instantes que nuestra policía no está preparada para preservar nuestra seguridad, ¿qué motivos tiene la población en general para sentirse segura hoy en día sin nuestro protector?
Una sonrisa se dibujó en el rostro del hombre.
—Esa es la pregunta del millón, David. ¿En quién hay que poner nuestra fe? Pues bien, es por eso que estoy aquí. Empresas Tetherby ha pasado la mayor parte de dos décadas desarrollando armamentos y logística de última generación en el ámbito de la seguridad privada, y desde hace algunos años, hemos también sido elegidos por prisiones de metahumanos a lo largo y ancho del Estado de Michigan para proporcionar seguridad a las cárceles. Nuestros números son infalibles: somos objetivamente la empresa de seguridad privada más confiable y segura que existe en estos momentos. Ya no tenemos héroes que nos protejan. Debemos armar y preparar a nuestros oficiales de seguridad para que puedan responder a las amenazas.
— ¿Está sugiriendo acaso que pretende armar a la policía con tecnología de último momento?
—No sólo armarlos, sino capacitarlos y entrenarlos para que sean más eficientes que las mismísimas Fuerzas Armadas.
— ¿Está Empresas Tetherby preparada para semejante tarea?
—Somos la única empresa preparada para hacerlo.
El hombre gordo se veía confiado y orgulloso. Su pecho inflado parecía un globo aerostático, empujando su segunda papada hacia arriba. Aparentemente era un empresario, pero a decir verdad, parecía una especie de rey. Un rey caricaturesco: bien vestido, rechoncho, mirando al resto de sus súbditos con arrogancia y hablando como si sus palabras fueran santas. Incluso siendo el entrevistado, parecía tener control sobre la situación. Se lo notaba muy seguro y confiado.
—Entiendo —dijo el entrevistador, acomodando unos papeles sobre su escritorio—. Muy bien, estamos en línea con nuestra confiable periodista Katherine Mulligan. Katherine, estamos aquí en el estudio con Lord Tetherby de Empresas Tetherby.
—Buenas tardes, David —saludó la voz de la periodista con quien me había encontrado algunas horas atrás. Sonaba alerta, tensa —. Señor Tetherby…
—Lord Tetherby, de hecho —la interrumpió el hombre.
—Señor Tetherby —insistió—, entiendo que defienda los intereses económicos de su propia empresa, pero ¿no le parece que debería al menos mencionarle a la población acerca de los contratos millonarios que Empresas Tetherby ha firmado con las prisiones le cuesta al estado un alto porcentaje de recursos que están siendo desviados en lugar de obra pública?
El rostro confiado de Tetherby se tensó. Su sonrisa creció, pero parecía mucho más forzada que antes.
—Creo que la población entiende que su seguridad es una prioridad en estos tiempos de peligro. ¿Qué no quieren las madres asegurarse de que los villanos y metahumanos peligrosos se encuentran bajo control?
—Seguramente, pero también les interesará mantener sus empleos.
Tetherby y el entrevistador intercambiaron una mirada confundida.
— ¿Estás diciendo que hay una relación entre la seguridad privada de Empresas Tetherby y el empleo? —Preguntó el entrevistador.
—Estoy diciendo que, quizás, Empresas Tetherby está desarrollando ciertas tecnologías destinadas a reemplazar a los trabajadores humanos. Y, quizás, Royal Woods es la única ciudad que no ha rechazado su propuesta de negocios. Imagino que ser amigo del alcalde no le lastima en ese aspecto. ¿No es así?
No entendía lo que estaba sucediendo, pero de repente me senté al borde del sofá. Sonaba muy seria, pero su voz tenía un cierto tono jocoso, como si supiera algo que el resto no. Sea lo que fuere, parecía ser algo que Tetherby reconoció, pues sus ojos se entrecerraron, y sus dedos formaron un puño sobre la mesa.
—No sé de qué está hablando, señorita, pero estoy seguro de que cualquier cosa que esté dispuesta a decir está respaldada por información fehaciente. De otro modo, se estaría exponiendo a una grave demanda. Imagino que no está dispuesta a meterse en problemas.
Hubo un incómodo silencio que se estiró durante algunos segundos. Estaba tan concentrado en la tensión que parecía estar gestándose en el estudio que mi corazón casi se sale de mi pecho cuando Clyde apareció a mi lado con una chocolatada en mano.
—Aquí tienes —dijo con una sonrisa, sentándose en el sofá a mi derecha—. ¿Algo interesante en la televisión?
Miré al hombre gordo, quien había comenzado a hablar por encima de Katherine Mulligan, con el entrevistador tratando de calmarlo.
Tomé el control remoto y enseguida cambié de canal.
—Sólo noticias aburridas.
Me acosté temprano esa noche. Después de cenar, el cansancio volvió a apoderarse de mi cuerpo, como una pesada mano invisible tratando de empujarme hacia el suelo. Mis párpados apenas podían mantenerse abiertos. Me puse mi pijama, y creo que en cuanto apoyé mi cabeza sobre la almohada, fui arrastrado al reino de los sueños. Al menos eso imagino. Lo cierto es que no pude recordar haber soñado nada cuando la estúpida alarma me despertó cerca de las seis de la mañana. Siempre era difícil levantarse los lunes.
— ¡Clyde, Lincoln, levántense! —Dijo la voz de uno de nuestros papás desde fuera de nuestra habitación, mientras golpeaban suavemente la puerta. Los dos dejamos salir algunos gruñidos para demostrar que estábamos vivos y despiertos.
Froté mis ojos y me senté. Un segundo más tarde, mis ojos se habían abierto y todo mi cuerpo parecía estar activo. Parpadeé y moví mis piernas, sorprendido por no sentir los músculos cansados.
—Vaya —dije en voz alta—, me siento… despierto.
—Uhhhhhhh… —dijo Clyde, todavía escapando del mundo de los sueños, cubriendo su rostro con la sábana.
Normalmente, yo también habría estado así. Casi siempre me tardaba unos diez minutos en despertarme del todo. Esta vez, sin embargo, fue como si al abrir los ojos todo el cansancio hubiera abandonado mi cuerpo. Lo atribuí a una noche de buen sueño. Para no perder tiempo, tomé mis ropas para ir a la escuela, una toalla, y me dirigí al baño.
Una vez dentro, encendí la ducha, y mientras el agua se calentaba, lavé mis dientes. Terminado eso, y con el vapor del agua de ducha comenzando a escaparse por encima de la cortina, decidí quitarme el pijama. En cuanto iba a desabrochar la parte de arriba, sin embargo, noté que sentía los hombros y el pecho tirantes. Era como si mi pijama se hubiera encogido un poco durante la noche. Oh, bueno, quizás mis papás se habían pasado al dejarlo en el lavarropa. Les pediría uno nuevo si se volvía incómodo. Me quité la parte de arriba de mi pijama, e iba a doblarlo y dejarlo a un lado cuando noté mis brazos y mi pecho.
Casi grité.
Verán, la cierto es que yo siempre fui lo que muchos consideran un nerd. Con todo lo que estereotípicamente se le atribuye a los nerds. Me gusta la ciencia ficción, leer, me va bien en el colegio, juego Calabozos y Dragones, videojuegos, y nunca fui precisamente atlético. Era parte de los enclenques, de los poco atléticos, de los flacuchos que eran elegidos a lo último en las clases de gimnasia.
Imaginen mi sorpresa cuando me despierto y me encuentro con pectorales y abdominales marcados y unos brazos que, si bien no eran mucho más grandes que los que tenía, contaban definitivamente con más músculo que la noche anterior. Toqué mis abdominales con la punta de mis dedos, y me sorprendí al ver lo sólidos que eran. Pasé toda mi mano por encima de mi torso. Ya no era una superficie lisa y blanda. Era un terreno lleno de accidentes geográficos, como un valle atravesado por sierras.
— ¿Qué está pasando? —Dije, examinándome. Mi rostro se veía también un poco más flaco. Mis hombros y mi espalda parecían más marcados. Y a la altura de mi cintura, podía ver claramente el inicio de la V abdominal que siempre notaba en los modelos y actores de Hollywood. Toqué mis cuadriceps y los noté también más musculosos que la noche anterior. Lo mismo con mis pantorrillas.
¿Y qué tal…? La curiosidad pudo más. Bajé mis pantalones.
—Santo Cielo…
Una lamparita se iluminó en mi cabeza. Ahora lo entendía todo.
— ¡Es la pubertad!
Sólo tenía once años, pero era la única explicación lógica a esta serie de… grandes cambios. Siempre había escuchado que era un proceso repentino y chocante, y ahora entendía por qué. No sabía cómo debería contarle a mis papás o a Clyde acerca de esto, pero se suponía que tendría que tener una charla con ellos o algo así, ¿no?
Traté de no pensar en ello mientras me duchaba. Cuando salí del baño, vestido ya con mi remera roja, pantalones de jean y zapatillas blancas, me sentía como si tuviera el mundo en la palma de mi mano. Era difícil de explicar. Me sentía de buen humor, con energía como para hacer lo que quisiera. La remera parecía ajustarse un poco más a la altura de mis hombros y pecho, pero no era para nada incómodo. Acentuaba un poco mi nuevo cuerpo atravesado por la pubertad, pero nada para preocuparse. Y cuando coloqué mi campera naranja con mangas negras, era casi imposible darse cuenta de que había algo distinto en mí. Camino a la cocina me crucé con Clyde, quien apenas se había levantado y estaba yendo camino al baño.
—B-Buenos días… Lincoln —dijo, bostezando.
— ¡Buen día Cadete Clyde!
Mis papás y Clyde parecían sorprendidos durante el desayuno de mi energía. Charlamos alegremente hasta que ellos nos llevaron a la escuela. Mientras estaba en el auto, pensé en el hecho de que no había quemado la casa de Ace Savvy como él me lo había pedido. Quizás lo haría más tarde. O a la noche. Estaba pensando en ello hasta que Clyde me trajo de nuevo a la realidad.
—Oye, ¿estás bien? —Me preguntó en un susurro, tratando de que nuestros papás no lo oyeran mientras discutían acerca del tráfico en la parte de adelante del auto.
— ¿Yo? Sí, estoy bien. ¿Por qué lo preguntas?
—Es que… bueno, ayer te veías muy afectado —comentó, luciendo preocupado—. Casi parecías enfermo. Y ahora… Te ves bien, pero también te noto pensativo.
Como siempre, él lo entendía todo.
—Lamento haberte preocupado. La verdad es que… sí, todavía estoy afectado por lo que pasó. Pero… hoy desperté diferente. Muy distinto.
—Te entiendo —dijo, poniendo una mano sobre mi hombro—. Sigues triste, pero sabes que no puedes vivir con pensamientos negativos y tienes que poner una sonrisa para tratar de hacerle frente a la realidad y superarla.
Me quedé con la boca abierta. Había estado a punto de decirle que había comenzado la pubertad y que me sentía con mucha energía, pero su explicación era demasiado buena como para rechazarla.
—Exacto —le dije, asintiendo como si yo fuera capaz de tener reflexiones tan profundas—. Me alegra saber que alguien más me entiende.
—Siempre, hermano. Siempre —lo dos sonreímos, y en seguida él sacó su teléfono para mostrarme algunos videos graciosos hasta que llegamos a la escuela. Me quedé mirándolo por algunos segundos.
Seguramente le diría la verdad más tarde.
Las primeras horas de la escuela fueron raras. La Señorita Johnson se pasó las primeras dos horas de la clase llorando por la muerte de Ace Savvy, lo cual nos deprimió a todos. Apenas si nos pasó algunos problemas de matemática que, curiosamente, resolví casi de inmediato, incluso antes que Stella. Mis amigos parecían sumamente sorprendidos.
—Eran súper complicados —me dijo Zach—. ¿Cómo los hiciste tan rápidos?
—No lo sé. Sólo hice lo que parecía lógico.
No les mentía. Sólo con leer los enunciados había entendido las relaciones y los procedimientos que tenía que realizar. Era como si mi mente se moviera más rápido que de costumbre.
Tras nuestras horas de matemática, la siguiente asignatura era gimnasia, lo cual no me traía ningún alivio o buenos augurios. Siempre era una clase donde la pasaba mal, y donde estaba destinado a recibir al menos cuatro pelotazos a la cara.
La buena noticia fue que yo siempre había sido muy pudoroso, y sólo me cambiaba detrás de los cubículos con cortinas. Así, nadie me vio mientras me desvestía, por lo que los no-tan-pequeños cambios que mi cuerpo había sufrido durante la noche permanecían secretos.
Cuando salimos, no pude evitar quedarme embobado con lo bonita que Jordan se veía con sus ropas de gimnasia. Era realmente la niña más bonita del mundo.
—Trata de no babear —me susurró Clyde con una sonrisa sabionda en su rostro. Por las dudas, toqué mi barbilla. No había baba, sólo era una broma.
El entrenador esperó a que toda la clase estuviera presente antes de pitar su silbato a todo volumen sólo para molestarnos.
—Muy bien chicos, Ace Savvy está muerto y nuestras vidas se han ido al carajo por ello. Algunos como yo vamos a poder mudarnos lejos de esta ciudad olvidada por Dios, pero la mayoría de ustedes va a tener que aprender a sobrevivir. Así que a partir de ahora, está clase no será más gimnasia, sino supervivencia. Entraremos en calor con un trote de quince minutos, y si necesitan motivación para correr, imaginen que un ladrón los está persiguiendo, y sólo depende de ustedes escapar con vida. ¡Corran!
Con una motivación como esa, era difícil no tomarse la entrada en calor en serio. Comencé a correr, manteniendo el ritmo de Clyde, Rusty, Zach y Liam. Jordan y Stella corrían siempre a su ritmo, más rápido que el nuestro. Stella por tener las piernas más largas, y Jordan por ser una de las chicas más atléticas de la clase.
— ¿No les… parece un poco… injusto que todos… subestimen tanto… a Nova y Eclipse? —Comentó Zach, con dificultades para correr y mantener el aliento al mismo tiempo.
—Si… Yo creo que… ellas podrán protegernos… Quizás no tanto como Ace, pero… mientras ellas sigan aquí las cosas no están… perdidas —dijo Clyde, igual de cansado.
—No es que no confíe en ellas… pero la verdad es que son muy jóvenes… y además es sólo cuestión de tiempo… hasta que ellas desaparezcan también —opinó Liam.
Era cierto. Por más fe que yo les tuviera, lo cierto era que apenas habían iniciado su carrera como superhéroes un año atrás. Eran novatas y no había ningún motivo para creer que ellas podrían escapar de la rara maldición que afectaba a Royal Woods. Eso era quizás el principal motivo por el que Ace Savvy significaba tanto para nosotros. Era el único héroe que había logrado sobrevivir. El único con el que podíamos contar, la única persona que creímos que siempre estaría aquí para nosotros.
—No sé si ellas podrán continuar con el legado de Ace —dije—, pero son lo suficientemente valientes como para utilizar sus poderes para el bien, y están dispuestas a arriesgar sus vidas cada día con tal de mantener la ciudad a salvo. Pelean por la justicia, y creo que mientras haya gente como ellas que no se rinda, no todo está perdido.
Noté con curiosidad el hecho de que no me costaba en absoluto hablar y mantener la respiración para continuar corriendo. De hecho, mis músculos no me dolían en absoluto. Estaba corriendo, y sin embargo sentía que podría haberlo hecho por horas sin problema.
—Lincoln… tiene razón… Tenemos… T-Tenemos… que confiar… en Eclip- ¡AAAAH! ¡CALAMBRE!
Rusty cayó al suelo, tomándose el muslo derecho. Nadie se detuvo a ayudarlo.
— ¡Spokes! —Gritó el entrenador, sonando su silbato una vez más— ¡El villano te atrapó porque no podrías ganarle una carrera ni a una babosa lisiada en un campo de sal! ¡Te caes más rápido que la economía argentina! ¡La vida no es uno de tus tontos videojuegos, aquí no tienes otra oportunidad! ¡Estás muerto, chico!
—N-Necesito ayuda…
— ¡Lo que necesitas es levantarte y correr por tu vida, muchacho!
Todos comenzamos a reírnos. Rusty siempre se tropezaba o sufría calambres en las clases de gimnasia. No es que no nos preocupáramos por su salud, pero ya estábamos acostumbrados. Mientras reía, no me di cuenta de que el resto de mis amigos estaban desacelerando su ritmo. A diferencia de ellos, el reír en voz alta no parecía afectar mi respiración o mi capacidad para correr. Inconscientemente aceleré un poco, lo suficiente como para que cuando abrí mis ojos, estaba casi alcanzando a Stella y Jordan, quienes mantenían una agradable conversación.
La primera pareció sentir mi ki, pues se dio vuelta y me miró. Me dedicó una sonrisa, desvió la mirada un segundo hacia Jordan, y ahora luciendo una sonrisa pícara, me hizo un gesto con la mano para que me acercase. Me puse un poco nervioso, pero de inmediato aumenté mi ritmo lo suficiente como para alcanzarlas, colocándome en medio de ellas.
—Hola, Lincoln —me saludó—. Justo estábamos hablando de ti.
Mis mejillas deben haberse puesto tan rojas como nuestras ropas de gimnasia.
— ¡Stella! —Se quejó Jordan, y podría haber jurado que ella también parecía ligeramente avergonzada.
—Yo, eh… espero que no haya sido nada malo —atiné a decir.
—No, claro que no —se apresuró a decir Jordan, dedicándole una mirada asesina a Stella antes de volver a posar sus ojos en mí—. Es sólo… bueno, nos estábamos preguntando si has estado haciendo ejercicio o algo.
— ¿Yo? Uh, ¿por qué?
—No sé, quizás estamos locas, pero nos pareció notar tus hombros un poco más anchos —admitió Stella.
En un gesto tan atrevido que me quitó el aliento más que correr, estiró una de sus manos y apretó mis bíceps. Inmediatamente tensé mi brazo, completamente anonadado, y ella silbó como el lobo feroz.
— ¡Vaya! ¡Jordan, inténtalo!
—Estás loca.
— ¡Tienes que sentir esto!
— ¿Por qué no le pides al entrenador que Lincoln te acompañe a la enfermería y se encierran en un closet si tanto lo quieres tocar? —Dijo Jordan, rodando los ojos, haciendo todo lo posible para no vernos, y sonando ligeramente molesta.
Yo me sentía al borde del desmayo. Stella era una gran amiga, e incluso a veces bromeaba con nosotros con tintes románticos. Pero una cosa era que ella bromeara, y otra muy distinta era que Jordan, la chica que me gustaba, hiciera un chiste acerca de mí y otra chica encerrados en un closet.
Stella no pareció afectada en absoluto.
—Vaaaaamos, sabes que quieres~.
—Ugh.
Jordan comenzó a correr más rápido, alejándose de nosotros. La vi alejarse como si un ser querido se subiera a un avión. Su cabello recogido en una trenza se movía de lado a lado con cada uno de sus pasos, como un precioso péndulo rubio. No pude evitar sentirme un poco triste. ¿Debería haber dicho algo? ¿Era mi culpa?
Stella chasqueó su lengua, y cuando volteé a verla, ella también estaba mirando a Jordan alejándose, sólo que con una sonrisa.
—Ella fue la que me comentó que te veías distinto —me dijo, acercando su cabeza a mi oído, susurrando para que nadie más la oyera.
—Uh… uh… uh…
Ella rió por lo bajo.
—Ya, lo siento, lo siento, no quería avergonzarte. En fin, hablemos de Calabozos y Dragones. No quiero spoilear nada, pero digamos que todavía hay una chance de que Hojaplateada sobreviva. No es seguro, sin embargo. Tomaste un riesgo muy grande y tienes que pagar con las consecuencias. Así que voy a necesitar que, por si acaso, crees un nuevo personaje para la próxima sesión. Quizás se convierta en tu nuevo héroe, o quizás no tengas que usarlo en absoluto, los dados dirán. ¿Hay algún tipo de personaje en particular que te gustaría jugar?
Por el resto de la entrada en calor, discutimos acerca de la creación de un nuevo personaje, aunque mi mente estaba ocupada, en segundo plano, pensando en el hecho de que Jordan había notado que me veía distinto.
Para cuando el entrenador sonó su silbato nuevamente, el concepto de Syaoran Fang, un monje shaolin que podía utilizar su ki para controlar los elementos, estaba casi terminado.
—Muy bien chicos, ahora que ya han entrado en calor están listos para su siguiente lección de supervivencia. A veces se verán acorralados por villanos o ladrones y no les quedará otra opción más que tratar de evitar cualquier cosa que les lancen. ¡Así que prepárense para el juego más extremo de quemados de sus vidas!
Quemados. Genial. Dos equipos de diez, cinco balones, sólo un sobreviviente. Yo solía ser uno de los primeros eliminados. No me gustaba demasiado.
Nos dividimos como siempre. Mis amigos y yo junto a algunas otras personas, contra el resto de la clase. Observé a los chicos del otro lado. Collin, Dylan, Mitch, Cody, Geoff, Aly, Valerie, y otros chicos atléticos. Las únicas esperanzas en nuestro equipo eran Jordan y Stella.
— ¿Formación de escorpión? —Sugirió Stella.
—Hecho —dijimos todos.
El entrenador sonó su silbato, y todos nos lanzamos hacia los balones colocados en el centro de la cancha.
Traté de moverme a toda velocidad, y me sorprendí a mí mismo al llegar mucho antes que todos los demás. Tomé el primer balón que encontré y lo lancé hacia la persona más cercana a mí.
— ¡Estás fuera, Cody! —Gritó el entrenador.
Todavía tenía tiempo para moverme al segundo balón y acercárselo a Jordan, quien lo tomó y eliminó a alguien. Por desgracia para nuestro equipo, los otros tres balones fueron para el otro lado, y dos de nuestros compañeros fueron también eliminados de inmediato.
Retrocedimos a la formación de escorpión, y por unos minutos, las cosas salieron bien. Evitábamos los disparos, dejábamos que Jordan y Stella recibieran los balones, y ellas se encargaban de eliminar a los contrarios. Noté, sin embargo, que mis amigos parecían reaccionar muy lento. Las indicaciones de Stella tardaban en llegar, y muchas veces me encontré a mí mismo moviéndome mucho antes de que ella lo ordenara, por lo que lo que para mí eran disparos extremadamente sencillos de evitar se convertía en peligrosas situaciones para mis amigos.
Cuando un balón atacó por sorpresa desde la derecha, lo vi mucho antes que nadie.
— ¡Clyde, abajo! —Le advertí.
— ¿Eh?
¡BLAM!
Ni siquiera pudo reaccionar.
— ¡Derecha! —Grité, tomando a Liam por la camisa y moviéndolo justo a tiempo para que no recibiera un disparo. Desafortunadamente, Zach no comprendió mi advertencia hasta que fue demasiado tarde.
Con algunos jugadores menos, el otro equipo comenzó a abusar de nosotros. Estábamos tan ocupados evitando balones que no teníamos tiempo para contrarrestar. O al menos Stella y Jordan no podían hacerlo. Yo sentí que en varias oportunidades podría haber atrapado balones y atacado por mi cuenta para eliminar a alguien, pero nuestra estrategia siempre había consistido en todos nosotros evitando, Stella atrapando, y Jordan atacando. Pero Stella no podía atrapar, y Jordan no estaba recibiendo los suficientes balones como para atacar.
Logró eliminar a algunos, pero pronto éramos nosotros tres contra seis chicos, y la situación no estaba a nuestro favor.
— ¡Stella, tienes que atrapar alguna bola si queremos ganar! —Le dijo Jordan, siempre tan competitiva.
— ¡No es que no quiera! ¡Pero son demasiadas, no puedo detenerme a…!
— ¡Cuidado!
Tres balones se lanzaron hacia nosotros. Yo salté hacia un costado, Jordan se tiró al suelo, pero Stella era un blanco demasiado grande como para poder evitarlo.
— ¡Stella, afuera! —Anunció el entrenador, y nuestra amiga salió del campo de juego frotándose el estómago, justo donde había recibido el balón.
—Muy bien, Lincoln, somos tú y yo —dijo Jordan, luciendo claramente nerviosa—. ¿Alguna idea?
—Sí. No dejes que te eliminen.
—Eres todo un estratega, Loud.
Lo cierto es que no había mucho que hacer. Sin Stella, no teníamos a nadie que atrapase los balones. Supuse que quizás sería mi turno de tomar ese rol.
Cuando una nueva ronda de balones fue lanzada hacia nosotros, presté atención a la dirección y fuerza con la que venían. No me pregunten cómo, pero tuve tiempo de calcular la intersección de los cinco balones, e instintivamente supe que debía saltar hacia la derecha (colocándome casi delante de Jordan), lo que me dejaría en la posición perfecta para tomar al menos un balón.
¿Uno? De hecho, había dos que venían muy cerca uno del otro. ¿Podía atrapar uno con cada mano? Algo en mi interior me dijo que sí.
Todo esto transcurrió en mi cabeza en el intervalo de un segundo, por cierto. No es como que lo hubiera pensado conscientemente, sino que mi cuerpo pareció realizar toda esta toma de decisiones en piloto automático.
Jordan dejó salir un pequeño sonido de sorpresa cuando me coloqué delante de ella.
— ¡Lincoln, cuidado!
Los dos balones volaron hacia mí, y casi sin esforzarme, los detuve con mis propias manos.
Todos en el gimnasio jadearon cuando vieron lo que había hecho, e incluso le tomó unos segundos al entrenador para que pitara.
—Uh, Dylan, Aly, los dos están eliminados. ¡Fuera de la cancha!
—Rápido, a Geoff —le dije a Jordan, dejándole uno de los balones mientras yo tomaba un paso y lanzaba mi primer disparo en meses.
Quizás debería haberlo hecho más seguido, porque mi balón trazó una trayectoria perfecta desde mi mano hasta el pecho de Collin, derribándolo en el proceso.
— ¡Estás fuera!
Jordan lanzó su balón, y un estupefacto Geoff no logró evitarlo.
— ¡Fuera! ¡Están dos contra dos!
Sólo Mitch y Valerie del otro lado. Las cosas estaban ahora a nuestro favor. Sólo necesitaba que Jordan estuviera libre para que ella pudiera eliminarlos. No teníamos balones de nuestro lado, así que si nos atacaban, estábamos indefensos.
—Yo los distraigo —le dije a mi amiga, y enseguida me fui corriendo hacia el otro extremo de nuestro lado del campo— ¡Oigan, por aquí!
Comencé a mover mis brazos, tratando de que se concentraran en mí. Los dos tomaron los primeros balones que encontraron, y sin dudarlo, Mitch me lanzó uno. Val también comenzó a mover su brazo, y pude ver en mi mente la trayectoria que su balón tendría. Decidiendo que mi mejor opción era saltar para evitar ambos balones (el de Val parecía que se dirigiría a mis pies), tomé impulso y salté, comenzando a girar en el aire para posicionarme mejor para mi caída.
Sin embargo, Val pareció cambiar de planes y a último momento se detuvo, giró, y lanzó un balón hacia Jordan, quien desafortunadamente estaba demasiado distraída viéndome saltar. El balón parecía estar dirigiéndose a su cara.
¡No podía dejar que golpearan a Jordan en la cara! No quería que le doliera, o que quedase eliminada. Así que en mitad de mi giro estiré una de mis manos. Intercepté el balón que se dirigía a mí (eliminando a Mitch), y aprovechando el momento de mi impulso, giré mi brazo y lo lancé a toda velocidad directo hacia la dirección de Jordan.
El balón voló y voló hasta que, a tan sólo un metro de ella, chocó con el balón que Val le había lanzado. Pareció asustarse por el sonido de dos balones chocando en el aire frente a ella, pero en seguida se recompuso, tomó mi balón que había quedado rebotando cerca de ella (no puedo decir que eso haya sido intencional, aunque parte de mi mente había considerado la posibilidad), y lo lanzó con total experticia, eliminando a la última contrincante.
El gimnasio entero se quedó en silencio. El entrenador ni siquiera pitó las últimas dos eliminaciones o el fin del juego. Todos, incluso Jordan, parecían demasiado ocupados mirándome como si me hubiera crecido un tercer brazo por la espalda.
—Uh… —comencé, frotando mi cuello, repentinamente avergonzado—, ¿hice algo mal?
