El mundo se fue al carajo demasiado pronto lol. Estos últimos meses he tenido que reorganizar mi vida. Entre problemas de salud de mi familia y un gran impacto que he sufrido debido a todo lo relacionado con el coronavirus, básicamente mi vida se detuvo durante largas semanas. Y todavía está bastante paralizada, pero al menos he encontrado cierto consuelo en la escritura para distraerme de todo el caos que me rodea.

Agradecimientos especiales a la referenciosa Luna PlataZ, al siempre presente nahuelvera2, al excelentísimo J0nas Nagera, al que me pone en cuatro El que te pone en 4, al muy atento Kennedy G. Barnsfield, al genial Luis Carlos y al instintivo Deadly Ice 88


Capítulo 4:
Hora de repartir justicia.

¿Alguno de ustedes es bueno en algo? Cualquier cosa. Puede ser jugar un deporte, tocar un instrumento, o algún talento del que están particularmente orgullosos. En general, yo no tengo nada en lo que me destaque demasiado, aunque puedo decir que soy muy competente con videojuegos, especial si son de pelea. He jugado incontables veces a Super Dragon: Budokai Tenkaichi 3, y es uno de esos juegos donde siento que puedo ganarle a quien sea. Tengo una gran habilidad para hacer combos, movimientos especiales, bloqueos, y salir de situaciones difíciles.

Lo curioso de ser muy bueno en algo es que llega un punto en que haces las cosas sin pensar. Cuando juego contra Clyde o cualquiera de mis amigos, no tengo que detenerme a pensar en todas las combinaciones de botones que tengo que presionar en el momento justo para detener un ataque y contrarrestar con un increíble combo. Lo tengo incorporado y no lo siento como la gran cosa. Sólo me detengo a pensar en lo mucho que he progresado y mejorado cuando alguien más lo menciona. Es ahí cuando pienso "Huh, es cierto, esto que estoy haciendo es bastante increíble, de hecho". Si no me lo dijeran, no lo notaría.

Pues bien, quizás nunca me hubiera dado cuenta de mi absurda demostración de destreza en la clase de gimnasia si el resto de mis amigos no se hubieran vuelto locos tratando de averiguar cómo lo había hecho.

— ¡Eso fue INCREÍBLE!

— ¡Jamás había visto a alguien esquivando tan bien!

— ¡Parecía de película!

— ¿Cómo lo hiciste?

—Yo… sólo lo hice.

Era cierto. Mis acciones habían sido simples en mi mente: muévete, esquiva, salta, gira, lanza. Había atrapado y lanzado aquel balón en el aire porque no quería que lastimaran a Jordan. No me había detenido a pensar en una pirueta impresionante ni nada de eso. Para mí había sido una decisión muy directa: "¿Cómo puedo interceptar ese pase? Oh, claro, así."

Recién ahora, tras las duchas y mientras nos dirigíamos hacia el salón de clases para nuestra última lección antes del almuerzo, con todos mis amigos mencionando lo que había hecho, es que caía en cuenta de que algo no andaba bien. Jamás en mi vida había sido bueno en quemados. Siempre pasaba vergüenza y era de los primeros eliminados. Con suerte, de vez en cuando, lograba eliminar a alguien igual de malo que yo, pero nunca había tenido ninguna muestra de agilidad o destreza como la que había propinado en aquel momento.

Es decir, vamos, ni siquiera podía saltar la soga más de cinco veces seguidas. ¿Cómo era posible que hubiera realizado esas acrobacias? ¿Por qué de repente todo se me había hecho tan sencillo? No sólo eso. ¿Por qué las lecciones me resultaban tan fáciles? No era un mal alumno, pero tampoco era un genio como para que todas las respuestas vinieran a mí, como si tuviera una memoria privilegiada y una capacidad de entendimiento tan grande. ¿Estaba esto relacionado con mis cambios físicos? Todo esto estaba ocurriendo demasiado rápido, y no estaba seguro de poder lidiar con ello. Mi vida, en general, parecía estar escapando de mi control. Tan sólo el día anterior había tenido que acudir al funeral de Ace Savvy, y luego me dirigí a su casa, donde—

La respuesta me golpeó más fuerte de lo que ningún balón de quemados lo había hecho jamás. Sentí que mi estómago se revolvía, mientras mi nueva y ágil mente comenzaba a atar cabos.

El cubo. Sea lo que sea que ese cubo fuera, al tocarlo había desencadenado una reacción en mi cuerpo. Recordé las fotos de Ace Savvy, con dos cuerpos distintos, uno mucho más desarrollado y atlético que el otro. Observé vistazos en mi memoria de las carpetas junto al cubo. Además de mitología e historia, mencionaba excavaciones. Él era un arqueólogo...

La narrativa no estaba completa en mi mente, pero creía tener una sólida hipótesis: Nifty Spades había participado en una excavación donde había hallado aquel cubo, y tras activarlo como yo lo había hecho, se había convertido en Ace Savvy.

Eso era tan loco y descomunalmente extraño… que incluso tenía sentido. ¿Sería por ello que él nunca había sufrido la maldición de Royal Woods? Quizás no había desaparecido porque, a diferencia del resto, él no era un metahumano de nacimiento. Esa idea despertó otra memoria en mí. Ace solía decir que cualquiera podía ser un héroe.

Nacer con poderes, bueno, eso no se puede controlar o elegir. Pero ser un héroe es más que nacer o no como un metahumano: ser un héroe significa tomar la decisión correcta cuando se nos presenta.

De repente, sus declaraciones a lo largo de los años comenzaban a tener más sentido. Él no había nacido como un metahumano, se había convertido en un héroe mucho más tarde en su vida. Y ahora yo había adquirido ese mismo don.

Yo tenía mis propios superpoderes.

¿Eran superpoderes, sin embargo? Hasta donde yo había notado, sólo eran buenos reflejos y agilidad. ¿Era eso suficiente para ser un héroe? No lo parecía. Quizás sólo había despertado una especie de ultra instinto en mí. Quizás sólo había desbloqueado algún potencial secreto. No lo sabía, pero por el resto de la clase, no pude concentrarme en nada. Sólo pensaba en lo que esto significaba para mí.

A veces… a veces me había sentido celoso de la gente que nace con superpoderes. ¿Quién no? ¿Quién no desearía poder tener alguna habilidad secreta que lo diferenciara de todos los demás? ¿Quién no querría contar con superpoderes para ayudar al resto de la humanidad? De vez en cuando me preguntaba por qué era una simple persona, sin nada especial salvo mi cabello blanco. Y ahora… ahora finalmente había descubierto algo sensacional.

Como casi siempre, fue Clyde quien me sacó de mi trance.

— ¿Juntos como siempre? —Me preguntó desde el pupitre de mi derecha, tocando mi codo con su lápiz.

— ¿Eh? ¿De qué hablas?

—El proyecto —me dijo, señalando al pizarrón. Fue recién entonces que noté que, aparentemente, la profesora había explicado un proyecto en parejas sobre ciencias naturales. —Es un proyecto que va a durar unos meses, así que vamos a tener mucha ventaja viviendo juntos.

—Oh. Oh, sí, claro, yo…

—De hecho, —dijo Stella, volteando desde su asiento justo delante mío, mirándonos a los dos McBrides con una graciosa mirada, como si supiera el remate de una broma que todavía no nos había contado—, iba a preguntarles si no les molestaría que Clyde lo haga conmigo.

— ¿Qué? —Dijimos ambos.

Desde primer grado que Clyde y yo hacíamos todos los trabajos en parejas juntos. Era nuestra tradición.

—Sí, bueno, es que creo que es saludable variar nuestros compañeros y salir de nuestra zona de confort de vez en cuando —dijo ella, sonando casi como si hubiera preparado un discurso.

—Bueno… la Doctora López siempre dice eso —mencionó Clyde—, pero no lo sé, ¿quién de nosotros lo haría contigo?

—Esperen, ¿qué? —Dijo entonces Jordan, quien se sentaba, como siempre, delante de Clyde y a la derecha de Stella, a quien miró confundida— ¿No vas a ser mi compañera? ¿Y con quién se supone que vaya a hacerlo?

Clyde y Stella se miraron, y por algún motivo, mi hermano sonrió.

— ¿Sabes qué? Creo que tienes razón, cambiar es muy saludable. ¡Hagámoslo juntos!

— ¡Genial, McBride! —Celebró Stella, chocando los cinco con mi hermano.

—Espera, espera, ¿y qué hago yo? —Pregunté, confundido.

Mi amiga rió por lo bajo.

—Supongo que tendrás que buscar a alguien que esté libre. Oye, Jordan, tú estás libre, ¿no?

Mi corazón comenzó a correr dentro de mi pecho como un toro enfurecido. Apreté tan fuerte mi lápiz que lo sentí quebrarse a la mitad dentro de mi puño. Curioso, eso nunca había pasado antes. No me importó, sin embargo, pues mis ojos se fijaron en Jordan, en su preciosa trenza dorada, en su blusa amarilla, en sus ojos esmeralda. Con poderes o no, ella todavía era mi kryptonita.

Sus ojos se entrecerraron hasta que sólo quedó una pequeña rendija por la cual parecía estar estudiando a Stella y Clyde. Tras unos segundos de intensa evaluación, rodó los ojos y me sonrió.

—Supongo que somos un equipo ahora, Lincoln.

—Sí. Supongo que sí —dije, esforzándome por mantener una cara neutral como si estuviera en la mano final de un circuito de poker.

Sólo quedaban unos veinte minutos de clase, y hasta que el timbre sonó para liberarnos, mi agudizada mente se la pasó inventando escenarios donde Jordan y yo la pasábamos muy bien juntos, estudiando y enamorándonos mutuamente.

Cuando salimos, Rusty, Zach y Liam se nos unieron a las chicas, Clyde y a mí, y Stella aprovechó la ocasión para organizar una reunión de juegos mientras nos alejábamos del edificio.

—Estaba pensando, ya que mañana es Día de la Identidad Secreta, ¿qué les parece si nos reunimos a la mañana a continuar la campaña?

—No puedo a la mañana —dijo Clyde—, mis papás aprovechan que no hay escuela para llevarme a controlar mis gafas.

— ¿Y qué tal a la tarde? —Sugirió Liam.

—Sí, a la tarde sería mucho mejor para mí.

—Eso nos daría tiempo a reunirnos para elegir sobre qué queremos hacer nuestro proyecto —agregó Zach, mirando a Rusty con entusiasmo—. Estaba pensando en estudiar la presencia de vida extraterrestre y cómo se relaciona con la aparición de los metahumanos.

—Aw, yo quería aprovechar la mañana para dormir —admitió Rusty a regañadientes.

Jordan, quien caminaba en el otro extremo de la línea que todos formábamos, se inclinó hacia delante para que yo la viera.

— ¿Tú tienes planes, Lincoln?

Estuve a punto de decir que no incluso antes de que terminara de preguntarlo, pero recordé los consejos de Rusty sobre psicología femenina, y decidí hacerme el difícil.

— ¿Yo? Pues… No lo sé, tengo algunas cosas que hacer. Ya sabes… cosas, uh, difíciles. Complicadas. Cosas de hombre. ¿Por qué preguntas?

Acompañé mi intento de engaño llevando mis brazos detrás de mi cabeza, como si estuviera relajado, pero era incómodo, así que los crucé delante de mi pecho, pero eso parecía muy cerrado, así que traté de poner las manos en los bolsillos de mi sudadera, pero para ese entonces ya había quedado como un gran idiota. Chequeo de engaño, fallido.

—Bueno —dijo, ahogando una risita—, si tus cosas de hombre no te llevan mucho tiempo podríamos juntarnos a definir nuestro proyecto, también.

— ¿Sabes? Creo que puedo hacer un espacio en mi agenda para reunirnos.

—Me siento halagada.

— ¿En dónde quieres reunirte? —Pregunté. Estaba comenzando a ponerme ansioso pensando en todo lo que podía salir bien, y todo lo que podía salir mal.

— ¿Qué te parece la biblioteca? —Sugirió con una sonrisa.

Mi reacción no fue tan positiva.

— ¿La biblioteca? Eso suena un poco… aburrido. ¿No sería mejor en una de nuestras casas?

Si tenía suerte, quizás me invitaría a su casa, y finalmente conocería su hogar. Sabíamos que era una casa en un barrio bastante lujoso, pero hasta donde yo sabía, Stella era la única que había estado allí.

Su rostro, sin embargo, adoptó una mueca de preocupación, y se enderezó en su caminar, quedando oculta de mí con el resto de nuestros amigos en medio.

—Yo, eh, no creo que podamos en mi casa, y no quisiera molestar en la tuya…

—Jordan, tú nunca serías una molestia —dijo Clyde—. Estoy seguro que a nuestros papás les encantará, te prepararán algo súper genial para el almuerzo.

—Sí, y seguro te agradecerán que le des una excusa a Lincoln para ordenar su cuarto —bromeó Stella, haciendo que todos rieran excepto yo.

—Bueno, muy bien. En tu casa entonces —concedió Jordan.

Pronto llegamos al estacionamiento. Los padres de Rusty, Stella y Zach estaban esperándolos. Jordan volvía a su casa en el autobús escolar, y Liam había dejado a su caballo pastando el jardín de una casa frente a la escuela. El dueño le pagaba cinco dólares para que el caballo le cortará el césped, pero era responsabilidad de Liam recoger el excremento.

Clyde y yo no vivíamos demasiado lejos de la escuela, y como nuestros papás trabajaban a esas horas, nos tomábamos la libertad de volver caminando. Y cuando digo "libertad", lo digo en serio. Nuestros papás son los mejores del mundo, sin duda alguna, pero se preocupan demasiado por nosotros, y rara vez podemos hacer algo sin su directa supervisión. Incluso cuando estamos solos en casa, normalmente tenemos muchísimas tareas del hogar que realizar y decenas de restricciones sobre lo que podemos o no hacer. Contar con tiempo para nosotros, sin preocuparnos por nuestras responsabilidades o deberes, era siempre bienvenido.

Todo era paz y tranquilidad a medida que avanzábamos en las calles rumbo a nuestro hogar, hasta que nos encontramos cara a cara con el lado más oscuro y peligroso de la ciudad.

— ¡NOOO, POR FAVOR!

El agudo grito de desesperación de una mujer llegó a nuestros oídos, congelándonos en el acto. A unos sesenta metros por delante de nosotros, dos hombres habían rodeado a una mujer, quien parecía desesperada por colocarse entre ellos y una niña pequeña que se aferraba aterrada a las piernas de quien, asumí, era su madre. Estaban intercambiando gritos, con la mujer suplicando que las dejaran en paz y los hombres insistiendo agresivamente en… algo. No podía escucharlos desde esta distancia. Estaba perplejo, aterrado. Paralizado como una liebre frente a las luces de un auto.

Y entonces, uno de los hombres tomó un paso hacia atrás y en seguida lanzó un puñetazo que golpeó de lleno en el rostro a la pobre mujer. No estoy seguro de que el sonido del impacto seco haya realmente llegado a mis oídos, pero mi mente lo recreó a la perfección. La mujer se desplomó al suelo, cayendo casi desmayada, y la niña pequeña comenzó a gritar. Sin importarles en lo más mínimo, uno de los hombres tomó la cartera de la mujer, y el otro colocó una mano en la cabeza de la niña.

Como en un sueño, todo a mi alrededor se detuvo. Entré en un estado de adrenalina al ver a aquel hombre que acababa de derribar a una mujer acercarse a la pequeña. Todos mis músculos se tensaron, listos para hacer algo. Mi cuerpo estaba preparado para actuar, para gritar, para salir en defensa de aquella inocente criatura… pero mi mente no lo estaba. Sentí un impulso de ayudarla, como si una cuerda estuviera atada al centro de mi pecho y alguien tirara lentamente de ella en dirección al crimen que estaba presenciando. Intentando llevarme hacia allí, conduciéndome directamente hacia aquella persona que necesitaba mi ayuda. El impulso era poderoso, pero el miedo pudo más. Me quedé de pie, sencillamente observando cómo el hombre le quitaba algo a la niña, quien ni siquiera pudo oponer resistencia mientras lloraba viendo a su madre en el suelo.

— ¡OIGAN! ¡ALTO AHÍ!

Un hombre salió de un negocio en la esquina, gritándole a los dos rufianes quienes, como los cobardes que eran, comenzaron a correr.

Desafortunadamente, se dirigían hacia donde mi hermano y yo nos encontrábamos.

— ¡Corre! —Me gritó Clyde, quien de inmediato cruzó la calle hacia la vereda de enfrente, sin preocuparse por mirar a los costados.

Me quedé en mi lugar por unos segundos, viendo cómo los dos hombres se acercaban. Ambos eran grandes y fornidos. No sabía cuánto era por músculo y cuánto de un ligero sobrepeso, pero eran dos locomotoras acercándose a toda velocidad hacia mi posición. Los dos vestían de forma similar, con pantalones de jean gastados y sudaderas con capuchas pese a que no hacía tanto calor. Uno era calvo, con la sudadera gris, y el otro llevaba un gorro de lana y sudadera, ambas prendas negras. Desde donde estaba, era como ver un rinoceronte y un toro cargando contra mí.

Mi reacción de lucha o huída finalmente se activó, decantándose por la segunda. Corrí tan rápido como pude hacia atrás, y giré en el primer callejón que encontré. Había un contenedor de basura, pero habiendo aprendido mi lección acerca de esconderme detrás ellos, busqué rápidamente una alternativa. A mi derecha había un pequeño edificio de cuatro pisos, con su escalera de emergencias lista para ser utilizada. Desafortunadamente, el último tramo no estaba colocado, por lo que no se podía acceder desde la calle. Sin embargo, pensando rápido, noté que el contenedor estaba relativamente cerca. Normalmente esto no hubiera sido posible, pero recordé mis acrobacias en la clase de gimnasia, y decidí arriesgarme.

Corrí hacia el contenedor, saltando a último momento. Increíblemente, logré llegar sin problemas a la parte superior del mismo, y a partir de allí, corrí cerca de la pared hacia la escalera. Salté desde el borde del contenedor, con mis hombros casi rozando los ladrillos de la pared, y al estirar mi mano, logré cerrarla sobre una de las barras de acero de la escalera metálica. Con tan sólo una mano logré impulsarme hacia arriba lo suficiente como para poder acceder al descanso del primer piso. Tan sólo por si acaso, trepé hasta el segundo piso, e inmediatamente me recosté boca abajo, esperando que las barras de metal y los descansos me ocultaran.

Recé que mis cálculos fueran correctos y me encontrase realmente fuera de peligro, especialmente porque tan sólo unos segundos más tarde los matones entraron al callejón. Contuve mi respiración, no queriendo ni siquiera moverme mientras los dos se detenían justo debajo de mí.

—Demonios, eso me dolió —dijo el calvo, sacudiendo su muñeca—. Pero no tanto como a ella, ja.

Podía verlos a través de las pequeñas rendijas de la malla metálica. Una gota de sudor comenzó a bajar desde mi frente hacia mi nariz. Tuve que cruzar los ojos para verla cuando llegó a la punta, y de repente me desesperé, temiendo que mi sudor cayera sobre el hombre calvo, alertándolos de mi presencia.

Mientras ellos continuaron hablando, yo intenté estirar mi lengua para atrapar el sudor si es que caía.

—Ese tipo va a llamar a la policía, tenemos que irnos.

—No van a atraparnos, la policía está totalmente colapsada.

— ¿Y si esas perras Nova y Eclipse vienen?

—Ellas… Vamos, ¿cuántas son las chances de que…?

—Escucha, no puedo arriesgarme a ir a prisión nuevamente —dijo el ladrón con el gorro negro—. Tú vete hacia la avenida, yo iré hacia el estadio. Pasa desapercibido.

— ¿Dónde nos encontramos?

—El puente del parque, a las once. Nos dividiremos las cosas allí.

—De acuerdo, yo-

—Ni se te ocurra gastar el dinero de la cartera, ¿me oyes?

—Oye, tranquilo viejo. ¿Por quién me tomas?

—Sólo me aseguro. Bien, vamos.

Y tan sólo unos segundos luego de haber entrado al callejón, los dos se alejaron, girando en direcciones opuestas al llegar al otro lado de la calle.

En cuanto se fueron, finalmente volví a respirar. Fue como si el alma me volviera al cuerpo. Toda la tensión desapareció de mis músculos. Eso había sido aterrador, sobre todo porque una parte de mi mente no podía evitar comparar aquella situación con-

Una música comenzó a sonar a mi lado, espantándome. Estuve a punto de golpear al aire cuando reaccioné y me di cuenta que se trataba de mi teléfono. Clyde me estaba llamando.

—Clyde, ¿qué pasa? —Pregunté al atender.

¡Lincoln! ¡¿Dónde estás?! ¡¿Estás bien?! ¡Cuando me di vuelta ya no estabas en ninguna parte!

—Yo… sí, lo siento, estoy bien.

Suspiró aliviado.

¿Dónde estás?

Miré a mi alrededor.

—Escondido —dije, simplemente.

Aparentemente, era lo único que sabía hacer.


Al llegar a casa, lo primero que hicimos fue revisar nuestra lista de tareas del hogar. Como siempre, nos dividimos. Clyde lavaría la ropa, y yo pasaría la aspiradora por la alfombra de la sala de estar. La casa debía estar en perfecto orden para que nuestros papás no sufrieran un ataque de pánico. Mientras encendía la aspiradora, decidí dejar la televisión en un canal de música, para que hubiera ruido de fondo y me fuera más amena la limpieza. Durante varios minutos, recorrí sistemáticamente cada centímetro cuadrado de la alfombra, tratando de dejarla impecable. La música era entretenida, con mucho pop y temas de moda, hasta que comenzaron a pasar trap. No había nada de malo con el trap, pero a nuestros papás no les gustaba que escucháramos esas letras.

Comencé a cambiar de canal, buscando algo interesante. Y si han estado prestando atención a mi historia, seguramente saben qué fue lo que hizo que me detuviera. ¿Lo saben? Pues sí, en efecto: el canal de noticias local.

Katherine Mulligan se encontraba en las afueras de una clínica, entrevistando a una mujer de unos treinta y tantos, rubia, cabello fino y largo, vestida casualmente. Lo más destacado era que cargaba una niña de unos seis años, también rubia pero de cabello más corto que su madre, acurrucada contra su cuello, como si quisiera esconderse de las cámaras.

Oh, y también el gran e hinchado ojo morado a la derecha de su rostro.

¿...de quienes la atacaron? —Preguntaba la periodista.

La mujer negó suavemente con la cabeza.

Todo lo que puedo recordar y lo que vi se lo dije a la policía, ya sólo me queda esperar que la justicia haga su trabajo.

¿Qué fue lo que estos hombres le robaron?

Mi cartera, donde tenía un poco de dinero, mi teléfono celular y algunos papeles del trabajo, pero lo que más me duele es que se llevaron el audífono de mi hija —dijo la madre, al borde de las lágrimas, aferrándose a la niña—. Ella es sorda, y necesita ese aparato para poder oír. Es muy costoso y no puedo comprarle otro. Por favor, si alguien lo encuentra, o si esos hombres están viendo esto, no me interesa lo que me robaron a mí, pero el audífono no les sirve de nada, devuélvanlo para que mi hija pueda escucharme. ¡Por favor, se los ruego!

Katherine Mulligan le preguntó a qué dirección podría alguien devolver el audífono si es que lo encontraban, y la mujer respondió. Yo no podía dejar de mirar a la niña. Se aferraba a su madre, totalmente vulnerable, aterrada, desprotegida.

¿Siente usted que hoy en día la inseguridad reina las calles de Royal Woods?

La mujer suspiró, dedicándole una mirada llena de resignación a su entrevistadora.

Pues ya no tenemos a Ace Savvy para protegernos. Ya no hay esperanza para nosotros los ciudadanos comunes.

Katherine Mulligan le agradeció a la mujer por su tiempo, le deseó una pronta recuperación, y continuó con una pequeña editorial acerca del incremento de los crímenes en muy pocos días. Sabía que era en gran parte una exageración para generar sensacionalismo… pero lo cierto es que aún así cada palabra que oía pesaba como una tonelada sobre mis hombros.

Si Ace estuviera vivo, quizás los ladrones no se hubieran atrevido a asaltar a una mujer en plena tarde. Si Ace estuviera vivo, quizás habría estado allí para detenerlos. Quizás no, quizás no hubiera podido evitarlo, pero tal vez sí, y era mi culpa que esa esperanza le hubiera sido arrebatada a la ciudad entera.

La imagen de aquella niña deprimida sin su audífono me acompañaría por el resto de la tarde mientras hacía mis deberes y tareas del hogar. Seguía en mi mente cuando mis papás llegaron, y por más que lo intentaba, era en todo lo que podía pensar.

Un pesado sentimiento de culpa se apoderó de mí, y sólo logré apaciguarlo cuando tomé una decisión tan loca y arriesgada que todo en lo que pude concentrarme fue en planear la logística para llevarlo a cabo.


En mi casa, siempre cenábamos temprano y nos íbamos a dormir alrededor de las ocho u ocho y media de la noche. Durante la cena, intencionalmente mencioné lo cansado que me encontraba, y fingí estar de acuerdo cuando mis papás me sugirieron que seguramente necesitaba descansar. Tras lavar los platos, me dirigí a mi habitación, me cambié a mi pijama, y me acosté. Clyde siguió mis pasos unos minutos más tarde, y una vez que apagamos las luces, fue sólo cuestión de permanecer con los ojos cerrados y fingir que dormía.

Tras unos quince o veinte minutos (el tiempo se mueve más lento cuando lo único que haces es esperar), la respiración de mi hermano me hizo saber que se hallaba durmiendo. Él era de sueño bastante ligero, así que con mucho cuidado me levanté de mi cama, colocando una almohada debajo de mis sábanas como señuelo.

Activando mi modo sigiloso, me escabullí fuera de mi habitación, pasando por el pasillo tan silencioso como un fantasma, hasta que llegué al armario de limpieza donde se encontraba también la entrada al ático. Mi familia era extremadamente ordenada, y cada lugar de nuestro hogar se encontraba en impecables condiciones, aunque gran parte de ello se debía a que casi todo lo que no utilizábamos cotidianamente era enviado al ático. Era una especie de cementerio de decoraciones y objetos que alguna vez fueron útiles pero que ahora no eran más que receptáculos de polvo en un rincón oculto. El caos que allí dentro se vivía contrarrestaba el orden y la perfección del resto de la casa. Era tan desordenado como solitario.

Lo cual lo volvía, naturalmente, el lugar perfecto para esconder asuntos privados.

—Sólo espero que a nadie se le ocurra buscar viejas decoraciones ni nada por el estilo —murmuré para mí mismo.

Subí por la pequeña escalera a paso de tortuga, tratando de evitar que ninguna plancha de madera rechinara y delatara mis intenciones. Una vez dentro, encendí la linterna de mi teléfono celular para asegurarme de que no golpeara ninguna lámpara vieja o caja llena de revistas que nunca volverían a ser leídas.

Olvídense de la Sala de los Menesteres, si querían esconder un Horrocrux, háganlo en mi ático.

Tras un par de minutos, llegué a la pequeña mesa cubierta con una sábana al final del ático. Encendí una lámpara de pie que había colocado allí, y con cuidado destapé la mesa, descubriendo mi atelier privado. No era la gran cosa; sencillamente una mesa común y corriente con cajones para guardar las viejas herramientas de sastrería de mis papás, pero para un niño aficionado a la confección de cosplay como yo, era más que perfecto. Allí había hecho todos los disfraces de mis amigos para nuestras partidas de Calabozos y Dragones, y era también donde trabajaba en mi proyecto secreto, tan bien guardado que ni siquiera Clyde estaba al tanto de él.

Todos los años, en la Comic Con local que realizamos en Royal Woods, se realizan concursos de Cosplay. El año anterior había intentado participar, pero mi atuendo de Goku Ultra Instinto no había convencido. Incluso escuché gente comentando que mi tintura blanca no era para nada realista. ¡No me creyeron cuando les dije que era mi color de cabello natural! Sé que es extraño y que mis doctores jamás encontraron una explicación para él… pero aún así fue muy rudo que me llamaran mentiroso en mi cara.

Fue por eso que había pasado la mayor parte de los últimos cinco meses trabajando en mi más ambicioso proyecto hasta el momento. Había invertido muchísimas mesadas y ahorrado en secreto para poder comprar los materiales. Había calculado mis medidas múltiples veces, y me había pinchado los dedos con alfileres más veces de las que me siento cómodo admitiendo. Había pasado largas horas encerrado allí en el ático, escondiéndome de mi hermano y mis papás y aprovechando cada momento en el que la casa quedaba libre para mí trabajando en esto. Y ahora… finalmente era hora de utilizarlo.

Todas las piezas estaban allí, extendidas en la mesa: las botas y bracaletes de un bordó oscuro. El traje de una pieza de spándex, rojo mate con un parche triangular bordó que nacía en los hombros y acababa en punta en el esternón. El cinturón de goma amarillo. La capa de género azul marino.

En definitiva, un traje hyperrealista y funcional de Ace Savvy hecho a mi medida.

Originalmente, este traje me ayudaría a ganar el concurso de cosplay, pero en aquel momento su misión sería una muy distinta. Lo había pensado durante toda la tarde, y parecía ser la única opción correcta que me llevara por el camino de la redención.

Mi descuido había acabado con la vida de Ace Savvy, arrebatándole a la ciudad entera de su mayor protector y vigilante. Era por mi culpa que casi todos habían perdido la esperanza. Y por azares del destino, mi impulsiva personalidad me había llevado también a tocar un cubo resplandeciente y adquirir lo que parecían ser superpoderes o capacidades casi comparables con las de un metahumano. Los mismos poderes que Ace Savvy había conseguido. Si mi teoría era correcta, él era como yo, una persona común y corriente que había obtenido un regalo. Y como él siempre decía, lo que lo volvió un héroe fue el haber tomado la decisión de usar sus dones para el bien. De arriesgarse en el día a día para ayudar al prójimo y tratar de que su ciudad estuviera un poco mejor, una buena acción a la vez.

Una niña se había quedado sorda frente a mis ojos, y en lugar de tratar de detener a los ladrones, tan sólo atiné a correr y esconderme. Ya no más. Mi cobardía había causado demasiado dolor para todos, y estaba dispuesto a rectificar mi error.

—No te preocupes, niña —dije, como si ella pudiera oírme—, recuperaré lo que te quitaron.

Sabía dónde esos brabucones se reunirían, y estaba en mis manos detenerlos. En rigor, no necesitaba el traje, pero necesitaba alguna manera de proteger mi identidad si es que algo malo sucedía, o si alguna cámara de seguridad me registraba.

Y hablando de proteger mi identidad, había un último elemento que me vendría de maravilla. Como todos los fans del cosplay saben, el cabello es uno de los elementos más importantes a tener en cuenta, y desafortunadamente, mi cabello blanco era un gran delator que solía arruinar mis trajes. Ace Savvy llevaba un antifaz negro que dejaba ver su cabello rubio, claramente muy diferente al blanco del mío. Algunos jueces hubieran sido tan malvados como para descalificarme automáticamente si es que me presentaba así a una competencia de cosplay, pero yo había encontrado una solución: no basaría mi diseño en el traje actual (o bueno, el último traje) de Ace, sino en su diseño original de los años noventa, el cual era prácticamente igual, pero en lugar de un antifaz usaba una máscara que cubría toda su cabeza excepto por un cuadrado que iba desde por debajo de su nariz hasta su mentón, dejando al descubierto su boca. Era perfecto porque no sólo ocultaría mi cabello, sino que se diferenciaría de los muchos otros cosplays de Ace Savvy que sin dudas habría. Ir por el estilo retro ayudaría a verme más original y distanciarme del resto.

Y ahora sería una última medida para proteger mi identidad.

Con cuidado, me desvestí hasta quedar en ropa interior, y en seguida comencé a colocarme, por primera vez, mi traje de Ace Savvy.

—Ugh… Estos nuevos músculos no son del todo útiles ahora que lo pienso bien...

Era un poco más ajustado de lo que pretendía en mis hombros y piernas, pero por suerte el material elástico y resistente era de primera calidad, y se adaptaba perfectamente a mi nuevo estado físico. Estiré mis brazos y piernas, notando la facilidad con la que podía moverme. Luego me coloqué mis brazaletes y botas, el cinto, y todos los accesorios que encajaron a la perfección. Para terminar, aseguré los pequeños clips metálicos de mi capa a las hebillas que había colocado a la altura de mis hombros.

Me coloqué frente al espejo de cuerpo completo y admiré el resultado de mi obra. La imagen que me miraba desde el reflejo no era la de un niño indefenso, asustado y confundido. Lo que tenía frente a mí era un superhéroe, preparado para rectificar sus errores, redimirse de sus pecados, y devolverle algo a una niña inocente.

—Hora de repartir justicia —dije, colocándome en lo que me pareció que sería una pose heroica antes de girar rápidamente para que mi capa flameara en el aire.

El ático tenía una pequeña ventana que daba al techo y al patio trasero. Nunca habría intentado salir por allí, pero confiaba en mi nueva agilidad. Eran poco más de las nueve, por lo que tenía dos horas hasta la hora en la que los ladrones habían acordado reunirse.

Estaba bien, porque de todas formas tenía una parada logística que debía hacer antes de la confrontación.


Conocer la ciudad me ayudaba a evitar las zonas transitadas y moverme, en la medida de lo posible, en las sombras. Buscaba calles sin buena iluminación, lugares con muchos árboles para moverme entre ellos, incluso me atreví a atravesar los patios traseros de las casas del vecindario. Técnicamente estaba invadiendo sus propiedades al pasar por encima de las cercas y correr a través de sus patios, así que mientras más rápido llegara a mi destino, mejor. Incluso tuve que escapar de dos perros guardianes, lo cual fue una excelente motivación para correr tan rápido como pudiera.

Todavía estaba en una etapa completamente experimental de mis nuevas aptitudes físicas, por lo que tomé ese tiempo para descubrirme a mí mismo. Lo primero que noté fue que correr a altas velocidades no parecía cansarme o agitarme demasiado. No sentía que podría hacerlo por siempre, pero me resultó increíble no percibir ningún síntoma de fatiga.

Decidí poner a prueba mi destreza tratando de descubrir qué tan alto podía saltar. Alerta de spoiler: podía saltar muy alto. A altas velocidades, era capaz de saltar lo suficientemente alto como para poder apoyar mi mano en la parte superior de las cercas e impulsarme ligeramente hacia delante. En una ocasión incluso intenté dar una vuelta mortal hacia delante, y me encantó la sensación de aprovechar el momento de mi salto y la velocidad a la que me movía para acelerar mi impulso.

Jamás me había sentido tan feliz con mi estado físico.

Un nuevo sentimiento de adrenalina comenzaba a recorrer mis venas, haciéndome acelerar el ritmo, saltar más alto y moverme como una sombra. No era la emoción de sentirme un héroe, o los nervios de dirigirme a detener mi primer crimen. Lo que guiaba mis pasos y encendía una chispa en mi interior era el sentido de propósito de mis acciones. Sentía que era mi responsabilidad recuperar aquel audífono. No de la policía, no de Nova y Eclipse. Exclusivamente mía. Y estaba dispuesto a lograrlo sin importar el costo.

Más rápido de lo que creía posible lograr siendo que me movía a pie, llegué finalmente a mi destino: la Mansión Spade. En lugar de acceder por la entrada, lo hice a través del jardín trasero. Me escabullí hacia la puerta. En mi expeditiva huída el día anterior, ni siquiera había cerrado con llave. Entré a la biblioteca, moví el libro rojo, y su guarida secreta se abrió una vez más para mí.

Había muchísimas cosas para revisar, pero el tiempo no estaba de mi lado. Me dirigí rápidamente hacia la vitrina donde los distintos mazos de cartas se encontraban desplegados. Tomé uno de cada: regulares, de humo, eléctricas y explosivas. Las hebillas se ajustaron perfectamente a mi cinturón, aunque no puedo negar que era bastante incómodo cargar con todas ellas.

—Es sólo cuestión de acostumbrarse.

Teniendo ahora proyectiles a distancia a mi disposición, me sentía ligeramente más seguro para ir a enfrentar a dos adultos y exigirles que devolvieran lo que habían robado. En un caso ideal, no tendría que pelear con ellos, pero si llegaba a eso, prefería tener algo con qué defenderme. No tenía pensado tomar nada más, pero mientras me alejaba, no pude evitar notar un particular instrumento en otra estantería.

A simple vista parecía una pistola, pero podía verse la punta del gancho, similar en su forma a un As de Picas. Este hombre estaba muy comprometido con su imagen comercial. Un tanto molesto, pero consistente en su branding. Era parte fundamental de su repertorio de accesorios, gracias al cual podía escalar edificios y superar obstáculos.

No tenía idea de cómo funcionaba, pero me vendría genial para llegar más rápido al parque, y podría además ayudarme a esconderme. Era mucho más seguro y podía saltar de azotea en azotea y a través de las calles en lugar de moverme por la acera. Decidí tomarlo, examinándolo. Descubrí el seguro, el gatillo por supuesto, y dos botones, uno verde y uno rojo. El verde tenía un dibujo que parecía el de una mira sobre él.

—Supongo que no tiene nada de malo probarlo una vez.

Me dirigí a la sala de estar, y me fijé en el pasillo del segundo piso que balconeaba hacia la sala. Decidí apuntar hacia la balaustrada y presioné el botón verde mientras lo hacía. Como lo había supuesto, un pequeño láser se activó, ayudándome a apuntar.

—Por favor no explotes, por favor no explotes, por favor no explotes…

Presioné el gatillo, y de no haber estado extremadamente tenso, el retroceso del disparo me habría derribado. El gancho salió disparado, permaneciendo conectado a la pistola a través de un muy fino cable metálico. Pasó por encima de la balaustrada pero, antes de caer, se enganchó en el suelo.

—Muy bien, supongo que ahora sólo tengo que presionar el botón rojo y- ¡AAAAAAH, MADRE DE DIOS!

En cuanto presioné el botón, fue como si intentaran arrancarme el brazo. No entendía cómo funcionaba aquel aparato del todo, pero una increíble fuerza de tracción me impulsó a toda velocidad hacia donde el gancho se hallaba. Volé por los aires, y entre el susto de sentir que aquella fuerza trataba de descolocar mi hombro y la desorientación de haber perdido apoyo, tardé un segundo en reaccionar. El viejo Lincoln se habría estrellado de cara contra la pared, pero mis nuevos dones me permitieron analizar la situación y, casi instintivamente, acomodé mi cuerpo en la posición correcta para que mis pies se apoyaran y frenaran mi caída en el segundo piso de la casa.

—Huh… De acuerdo, creo que sólo necesito un poco de práctica —dije, moviendo mi hombro para desentumecerlo—. Por lo menos el spandex soportó la elasticidad. Sabía que la fábrica de mis papás tenía buenos materiales.

Sin necesidad de perder más tiempo, me aventuré fuera de la mansión y camino a mi cita con el destino.


Escondido en la voluptuosa copa de un árbol, esperé en silencio y sin moverme, como una gárgola de piedra resguardando las alturas de una catedral gótica. Llegar hasta allí no había sido fácil, pues incluso ahora de noche, algunas zonas del parque estaban bien iluminadas. Tan sólo a unos cuarenta metros había un campo de deportes, donde varios adolescentes y jóvenes adultos se encontraban jugando al baloncesto. Evitarlos no había sido fácil, pero me sentía invisible mientras me movía de arbusto en arbusto, esperando los momentos justos para dar mi siguiente paso.

Chequeo de sigilo: un veinte natural. El mejor pícaro de la historia de Calabozos y Dragones.

Entre todos los interesantes accesorios, sin embargo, lo que me faltaba era un reloj. La espera se me hizo eterna y un tanto desesperante, pero no me quedaba otra opción que esperar. Habían dicho que se encontrarían en el puente del parque, y tan sólo había un puente que cruzaba justo por encima del arroyo que desembocaba en el mini lago del Parque Justicia. Sólo podía confiar en que los ladrones mantuvieran su palabra y fueran lo suficientemente organizados como para llegar a la hora que habían acordado. No es como que tuviera nada que hacer si es que no se presentaban. No sabía quiénes eran, ni dónde vivían, ni cómo ubicarlos. Sólo podía esperar y permanecer allí para tratar de recuperar los audífonos de la niña.

Pasó un largo rato, y en alguna oportunidad me puse tenso al ver que alguna figura se acercaba, pero no eran los hombres que había visto. Llegado un punto, comencé a dudar que aparecieran en absoluto, pero la paciencia rindió sus frutos, y dos figuras se acercaron por ambos extremos del puente.

Ni siquiera se habían cambiado las ropas. El hombre calvo de sudadera gris y el de gorro y sudadera negra se encontraron a mitad del puente, entre dos lámparas. Miraron a ambos lados, asegurándose que nadie se acercaba, y en seguida comenzaron a susurrar y a sacar unas mochilas que cargaban con ellos.

Era el momento de la verdad. Todos los músculos de mi cuerpo temblaban, pero ya no había posibilidad de retroceder. Pensé en Ace Savvy. Él habría continuado, él habría hecho lo correcto. Me hallaba frente a una encrucijada del destino, y el camino que tomara me definiría como persona. ¿Sería un cobarde una vez más?

¿O me convertiría en un héroe?

A veces, todo lo que se necesita para serlo es un salto de confianza, y por ello mismo salté desde la rama donde me encontraba posado.

Amortigüé perfectamente el golpe, y mi capa cayó detrás de mí con una fluidez que hubiera deseado poder grabar. Mis manos todavía temblaban y estaba comenzando a sudar debajo de mi máscara, pero controlé mi temor mientras me acercaba a pasos nerviosos al puente. Me detuve a unos quince metros de los ladrones, quienes no parecían percatarse de mi presencia aún.

Cerré mis puños y los coloqué en posición de jarra sobre mi cintura. Abrí un poco mis piernas, levanté el mentón y saqué pecho.

Ronda de sorpresa.

— ¡O-Oigan, ustedes! —Dije, totalmente avergonzado de haber titubeado.

Los dos hombres se sobresaltaron, volteando en seguida hacia mí. Sus pequeños ojos parecieron aterrorizados por un momento al ver mi traje, pero no tardaron en adoptar una expresión de muy pocos amigos.

— ¿Qué rayos haces aquí, niño?

— ¿Qué no te enteraste? Halloween terminó hace meses, mocoso.

—Ya lárgate y deja a los adultos en paz.

Bien, no habían sacado una pistola para dispararme automáticamente. El peor escenario que mi mente había pensado no había ocurrido aún.

Al voltear, podía ver ahora sus manos, y noté que uno de ellos tenía ahora la cartera que le habían robado a la mujer. Era toda la confirmación que necesitaba.

— ¡Estoy aquí para pedirles amablemente que devuelvan lo que se llevaron! —Les dije, tratando de sonar decidido.

Uno de ellos, el que parecía un toro gordo, bufó.

—No sé de lo que estás hablando. Ya vete antes de que me hagas enfadar, pendejo.

Su insulto no me hizo ninguna gracia.

—Oh, ¿entonces esa cartera de mujer es tuya? —Dije, señalando el objeto rosado que llevaba en sus manos. Trató de ocultarlo de nuevo en la mochila, pero el daño ya estaba hecho. Me sentí un poco más confiado— Qué bonita. ¿Quién te la compró, tu marido?

Señalé con un dedo al otro tipo, el rinoceronte calvo. Los dos fruncieron el ceño, y aunque gran parte de mí estaba comenzando a asustarse, una pequeña parte de mí también se sintió satisfecha por mi improvisado insulto.

— ¡¿Es que quieres meterte en problemas?! —Dijo el calvo, comenzando a acercarse a paso ligero. Todo mi cuerpo se preparó— ¡Vete ya mismo antes de que te arranque los dientes!

Me planté en mi lugar. Parte de mi plan era reaccionar más que actuar. No estaba seguro de saber cómo atacar a alguien, pero los hechos del día me habían convencido de que mi capacidad de reacción era muy buena. Con suerte, lo suficientemente buena.

—Golpearon a una mujer, robaron su cartera, y se llevaron los audífonos de una niña sorda —les dije, alzando mi voz y tratando de sonar grave—. Devuélvanmelos para que pueda llevarles sus pertenencias a quienes le pertenecen.

— ¡¿Y qué vas a hacer si nos rehusamos?! —Dijo el otro tipo, quien también comenzó a acercarse hacia mí.

Tirada de iniciativa.

El calvo estaba ahora a tan sólo unos tres metros de mí, y mis ojos leyeron a la perfección su lenguaje corporal. Noté sus puños tensos, su mandíbula apretada, la forma en la que su torso parecía girar ligeramente hacia la derecha.

Cuando finalmente estiró su mano tratando de tomarme por el pecho, yo ya estaba preparado. Con un rápido movimiento golpeé su muñeca, desviando por completo su brazo. Aprovechando el segundo de confusión que le generó mi acción, salté ligeramente para ganar altura, y con mi otra mano tomé la capucha de su sudadera, bajándola por completo para cubrir su rostro y dejándome caer para que el peso y mi agarre lo derribara también. Pensando en las tantas películas de artes marciales que había visto, estando con la espalda en el suelo moví mis piernas y di una especie de patada doble al aire, usando aquel impulso y arqueando mi columna para ponerme de cuclillas, listo para enfrentar al otro hombre mientras el calvo se recuperaba.

— ¡Tú…! ¡Eres un maldito! —Gritó el de sudadera negra, cargando contra mí.

Como un experto torero español, esperé hasta el último instante para deslizarme hacia un costado. Trató de golpearme, pero el ángulo desvió su centro de gravedad, y aprovechando ello, tomé una vez más su puño, lo desvié para que siguiera de largo sin golpearme, y al mismo tiempo pateé su pierna de apoyo.

Se desplomó por delante de mí, arrastrándose casi hasta la posición de su compañero, quien apenas si se estaba poniendo de pie nuevamente.

— ¡Devuelvan lo que se llevaron y entréguense a la policía! —Les exigí, poniéndome de costado con mis brazos en guardia.

Ya no me veían como un niño estúpido. Lo noté en sus miradas. El calvo, a quien había derribado primero, pareció querer volver a acercarse a mí, buscando esta vez golpearme, probablemente, pero su compañero lo tomó por el brazo.

— ¡Déjalo, vámonos!

— ¡¿De qué estás hablando, es sólo un...?!

— ¡Es un metahumano, estúpido! ¡Vamos!

Apremiado por aquella revelación, los dos me dedicaron una última mirada llena de odio antes de comenzar a correr en dirección contraria. En todos los escenarios que me había imaginado, las cosas acababan o con una pelea en el peor de los casos, o con ellos entregándome los objetos robados en el mejor de los casos. No supuse que intentarían correr como su primera opción.

No podía dejar que eso sucediera. Salí tras ellos, pero pese a su corpulencia, se movían rápido. No parecía estar achicando la distancia entre ellos y yo. Se dirigían directo hacia el playón deportivo, donde todavía había gente jugando al baloncesto. En un mundo ideal, ninguna otra persona debería verme, pero tampoco podía permitir que quedaran en medio de una persecución, o peor aún, que aquellos delincuentes los hirieran.

El camino hacia allí estaba lleno de árboles. Pensando rápido, tomé la pistola de gancho de mi cinturón, apunté, y disparé. Tras haber practicado en mi camino hacia el parque, estaba ya preparado para el impulso. Pasé a gran velocidad por sobre los hombres en fuga, y me coloqué en una ventajosa posición en altura. Si me vieron, no lo sé, pero continuaron corriendo hacia la cancha de baloncesto, pasando justo por debajo de mí.

Presioné el botón exterior del mazo de cartas verdes, atrapando la carta que salió disparada hacia mi mano. Tras un rápido cálculo mental, la lancé con todas mis fuerzas. A diferencia del día anterior, mi nuevo cuerpo consiguió que el proyectil volara por los aires hasta impactar el suelo justo por delante de los ladrones. La carta se rompió, liberando de inmediato una gran nube de humo. Escuché un par de gritos de sorpresa por parte de los chicos jugando al baloncesto, y a los delincuentes tosiendo.

Sin esperar más, salté desde el árbol y me dirigí directamente hacia la nube de humo con intenciones de derribarlos. Mientras entraba, escuché con claridad a alguien gritando.

— ¡¿Ace Savvy?!

Tuve que cerrar los ojos para que el humo no los irritara, y prácticamente a ciegas, lancé una patada hacia delante. Por suerte, logré impactar en alguien, y a juzgar por los ruidos de la caída, había hecho que ambos tropezaran.

La pantalla de humo había servido para ganar tiempo y emboscarlos, pero ahora comenzaba a jugarme una mala pasada a mí también. Cubriéndome el rostro con mi capa, rodé en diagonal, escapando de la cortina de humo. Una vez de pie allí, volteé, justo a tiempo para ver a los dos tipos tosiendo y arrastrándose hacia el aire fresco. Vi la mochila con la cartera y, presuntamente, el audífono, y me acerqué corriendo a ella. Me agaché para tomarla, pero una gran y peluda mano se cerró sobre ella al mismo tiempo. Intenté tirar para arrebatársela, pero desde el suelo, el hombre me pateó justo en la tibia.

Tuve que morderme el labio para no gritar del agudo dolor que sentí. Mi pierna retrocedió, y caí de rodillas. Nunca había tenido una gran tolerancia al dolor, y en aquel momento casi pude ver estrellas danzando alrededor de mi cabeza. Mi debilidad fue la oportunidad que ellos esperaban, y en seguida el otro tipo se puso de pie y me pateó en las costillas. Se me escapó el aire y rodé hacia un costado, tosiendo y tratando de recuperarme.

Debieron haber creído que ya me tenían controlado, pues se acercaron con intenciones de continuar atacándome en el suelo, pero fui más veloz. Rodé hacia atrás justo a tiempo para esquivar una nueva patada y me puse de pie. Aún con mi pierna y el pecho doliendo, me coloqué en posición para recibirlos. El tipo calvo me lanzó un puñetazo, pero moví la cabeza a un costado, evitándolo. Por la diferencia de altura, esto me dejó prácticamente debajo de su torso descubierto, al que aproveché para golpear tan fuerte como pude a la altura de la boca del estómago. Oí que se le escapaba el aire a él también, pero tuve que empujarlo hacia la izquierda para que se interpusiera entre mí y su compañero, quien planeaba golpearme mientras estaba ocupado. Se quitó de encima al de sudadera gris y rápidamente trató de golpearme con su mano izquierda. Detener un puño de una persona tan grande parecía suicidio, así que simplemente lo golpeé con el dorso de mi mano para desviarlo lejos de mí. Lanzó un golpe más, y esta vez sólo me quedó cruzar los brazos y recibirlo. Mi antebrazo se resintió del golpe y tuve que retroceder un poco.

Volvió a lanzarme un puñetazo con el mismo puño, y esta vez no me sentía listo para recibirlo. En cambio, me deslicé al suelo y, en un rápido movimiento que había visto realizar a Ace en incontables ocasiones, estiré mi pierna izquierda para patearlo justo en la rodilla. Gritó y cayó al suelo, tomándose la articulación que acababa de golpearle, y aprovechando que ahora estaba a mi altura, le atiné un derechazo en la mandíbula.

Pude sentir las vibraciones de su cráneo al impactarlo con mi puño, e incluso me resentí ligeramente en mi muñeca mientras lo veía desplomarse, totalmente aturdido. Escuché, también, varios gritos de admiración por parte de mi audiencia, los chicos que habían estado jugando al baloncesto.

No tenía que distraerme, sin embargo, pues ahora el calvo acababa de sacar una navaja de uno de sus bolsillos. La desplegó, y la hoja del arma blanca se presentó ante mí como una latente amenaza. No podía dejar que me asestara una puñalada, pues ese podría ser el fin de mi corta vida. Una parte de mí comenzó a desesperarse, pero no podía dejar que esa desesperación me controlase.

Lo esperé mientras se acercaba, y en cuanto comenzó a asestar golpes al aire con intención de herirme, tan sólo atiné a retroceder y esquivar. Ninguno de nosotros dos era un experto en peleas o artes marciales, por lo que mi deducción era que si me dedicaba a esperar, pronto encontraría una apertura para contraatacar. Era más pequeño, veloz y ágil, por lo que ganar tiempo y esperar el momento justo parecía ser la mejor opción.

Continuó lanzando sus brutas estocadas, y yo sólo las evitaba saltando de aquí a allá. En alguna oportunidad me pareció ver una apertura para golpearlo, pero temía arruinarla y acabar muerto por un mal cálculo. El otro tipo estaba apenas comenzando a levantarse, y pude ver por el rabillo de mi ojo que no estaba para nada bien, cayendo una y otra vez de regreso al suelo y acariciándose la barbilla.

De repente, el sonido de una sirena de policía sonando por un segundo nos detuvo a mí y a mi contrincante. Los dos volteamos justo a tiempo para ver dos oficiales de policía bajándose de un auto a unos cien metros, en la calle.

—Oh, ¡mierda! —Dijo, mirando a los oficiales con terror.

Esa distracción inesperada fue justo lo que necesitaba. Bastó una patada circular asestada con precisión a su muñeca para que la navaja se le escapara de las manos, dejándolo ahora sí indefenso. Sabiendo que le costaría unos segundos recuperarse, lo golpeé primero en el estómago para quitarle el aire, luego en los riñones para que se encorvara, y finalmente un poderoso golpe en su nariz para que cayera completamente desmayado hacia atrás.

Quizás el día anterior mis golpes no le habrían ni causado cosquillas a un adulto tan fornido como él, pero pude sentir con cada impacto que la fuerza que desprendía de mis brazos no era la de un niño. Eran potentes golpes que debían de doler como un ladrillo seco.

Con uno menos, ya sólo quedaba el hombre de prendas negras. Volteé hacia él. Estaba de rodillas todavía, pero ahora estaba mirando con horror hacia los oficiales de policía que se acercaban. Sus ojos se fijaron en mí, y la mirada de desesperación que noté en él me dijo que estaba a punto de hacer algo muy desesperado o muy tonto.

Llevó una de sus manos hacia atrás, y cuando comenzó a traerla de regreso, llevaba consigo una pistola negra y pequeña. Parecía casi de plástico, pero estaba convencido de que no lo era. Comenzó a mover su brazo para apuntarme, pero yo de inmediato corrí en círculo, alejándome de su rango de puntería. Presioné el botón del mazo de cartas regular, y tan rápido como pude lancé una carta directamente hacia la mano derecha del delincuente.

De haber fallado en mi disparo, estoy casi seguro que podría haber matado a aquel hombre. Por suerte, mi lanzamiento había sido perfecto, y la fina hoja de metal golpeó exactamente en el centro del cañón de la pistola, y el impacto fue tan fuerte que él se vio obligado a soltarla.

Sabiendo que aquel tipo estaba dispuesto a dispararle a niños con tal de salirse con la suya, me quité cualquier tipo de reservas que pudiera haber tenido aún. Corrí directo hacia él, salté estando a un metro de distancia, y dejé que mi rodilla conectara con su rostro. Escuché un desagradable sonido, como cuando tomas un papel de burbujas y en lugar de apretarlas una por una lo enrollas y aprietas de golpe. Mi rodilla incluso me quedó doliendo, aunque supuse que no era nada comparado con lo que aquel tipo sentía, rodando en el suelo. Sus manos no parecían ser suficientes para detener la catarata de sangre que brotaba de allí como un manantial escarlata.

— ¡Woooo! ¡Eso fue genial!

Volteé un segundo hacia los chicos que habían estado jugando al baloncesto. Por supuesto, el deporte había quedado olvidado, y ahora todos estaban rodeando a una prudente distancia la pelea que había tenido lugar. Para mi desesperación, casi todos tenían sus teléfonos celulares en la mano, y las luces encendidas me indicaban que estaban filmando.

Me sentí aterrado. No quería que nadie se enterara de lo que había hecho. Lo último que quería es que por algún descuido de mi parte, alguna pista guiara a las autoridades hacia mí. Además, si me habían filmado, tendrían evidencia de que contaba con los mazos de proyectiles de Ace Savvy, y claramente no quería que me involucraran en eso.

Los policías todavía estaban lejos, por lo que rápidamente tomé la mochila de los delincuentes. Estaba a punto de irme a la fuga, pero si me iba así nomás, creerían que estaba robándoles.

Volteando, miré a las cámaras de los chicos.

—Estos hombres asaltaron a una mujer y su hija esta tarde —expliqué rápidamente, sacando la cartera de dentro de la mochila—. Sólo voy a devolverles lo que les pertenece.

Sin esperar más, tomé una vez más mi pistola de gancho y disparé hacia el árbol más lejano que encontré. Era una excelente forma de escapar.

Mientras me elevaba en el aire a toda velocidad, pude escuchar a los chicos celebrando. Tenía memorizada la dirección que la mujer había proporcionado en los medios de comunicación, así que una vez más, me escabullí por toda la ciudad para poder llegar hasta allí.

Mi mente trabajaba a toda velocidad, procesando todo lo que había ocurrido. ¡Me había enfrentado a dos bravucones! ¡Dos delincuentes peligrosos a quienes había logrado reducir, dejándoselos servidos a la policía! No voy a mentirles, ahora que la adrenalina comenzaba a desaparecer de mi sistema, estaba comenzando a sentir todo el miedo que había suprimido durante la pelea. ¿Y si algo me hubiera salido mal? ¿Y si me hubieran golpeado en la cara y no hubiera podido reaccionar? ¿Y si alguna de esas estocadas con la navaja me asestaban? ¿Y si el tipo no hubiera estado aturdido y disparaba en el acto? Podría haber muerto en aquella confrontación. Ese podría haber sido mi fin, ¿y quién le hubiera explicado la situación a mis padres? El miedo estaba comenzando a apoderarse de mí, y tuve que sacudir mi cabeza para que esos malos pensamientos abandonaran mi mente.

—Ya está, terminó. Sobreviví. Ahora tengo que entregar esto.

Tardé un rato, pero finalmente llegué a la dirección. Todas las luces estaban apagadas, así que simplemente tomé la cartera, el audífono que se encontraba en otro bolsillo, los coloqué encima de la mochila, y usando una pluma y unos papeles en blanco que había en la cartera, escribí una pequeña nota.

"Creo que esto les pertenece." Sólo para sonar críptico, dibujé un pequeño símbolo de un As de Picas como firma. Toqué timbre, y me alejé a toda velocidad. Cuando estaba llegando a la esquina, escuché el sonido de una puerta abriéndose, y así fue como regresé a mi casa con una sonrisa en el rostro.

Escabullirme por la ventana del ático que había dejado abierta no fue tan fácil como pensaba, pero lo conseguí. Me cambié a mis pijamas una vez más, y escondí el traje de Ace Savvy junto con los mazos de cartas y la pistola de gancho. Mi idea original era devolverlos a la Mansión Spade esa misma noche, pero lo cierto es que estaba increíblemente cansado. Mis piernas, antebrazos y pecho dolían bastante, y no me sentía con ganas de continuar alargando mi paseo por la ciudad. Era prácticamente la medianoche para cuando logré silenciosamente regresar a mi cama.

Todo mi cuerpo me pedía a gritos que descansara, y cuando apoyé mi cabeza sobre la almohada, lo único en lo que llegué a pensar antes de caer presa del sueño fue en que había hecho lo correcto.