BEGIN AGAIN
Capítulo 1: Fanelia.
Van Slanzar de Fanel, rey de Fanelia. Dicho así sonaba espectacular. Sin embargó, en esos instantes aquel pomposo título perdía todo su atractivo porque el susodicho monarca se había pasado las últimas cinco horas atrapado en una interminable reunión del Consejo. Era irónico que siendo el rey no pudiera librarse de aquellas juntas tan molestas. El día ya había resultado lo suficientemente duro para Van sin necesidad de añadirle los cotorreos incesantes de sus consejeros, que no parecían tener interés en callarse nunca.
Sin embargo, en la última hora sólo había tenido que prestar atención al sermón de uno de ellos, Aro Vialis, el consejero inconformista, como le llamaba Van en su fuero interno. Aquel hombre disfrutaba parloteando durante horas sobre cualquier minucia y su mayor pasión era quejarse. La soltería del rey, los impuestos, la soltería del rey, la reconstrucción de la ciudad y la soltería del rey eran algunos de sus temas favoritos. Aquella tarde, que Van empezaba a creer no acabaría nunca, le tocó a la tecnología que el rey había heredado de su hermano, Folken Lakur de Fanel, tras la guerra contra Zaibach. Al parecer, ninguno de los ingenieros del reino era capaz de ponerla en marcha, por lo que Aro planteaba la posibilidad, mil veces debatida en ese mismo consejo, de venderla al mejor postor entre las demás naciones de Gaia.
Los minutos transcurrían con pereza mientras el monólogo de su consejero continuaba inalterable, para desesperación de Van, que se mordía la lengua con la intención de contener las ganas que tenía de detener un discurso trillado. Repitió mentalmente, varias veces, que cualquier interrupción sería considerada como una falta de respeto por aquellos antediluvianos amantes de la tradición. Comenzaba a dolerle la cabeza. Se removió incómodo en su asiento y su movimiento atrajo la atención del único hombre de aquella sala que no parecía empeñado en elevar sus pulsaciones, Harold Arsäl, su mejor consejero. No era el más longevo del Consejo, pero sí el más sabio y Van lo sabía muy bien. Por eso solía acudir a aquel hombre de nariz aguileña y cabello entrecano cuando algún asunto le atormentaba la mente. La mirada del rey se cruzó por un instante con la de su consejero. Debía saber exactamente cómo se sentía el rey, porque le sonrió en señal de apoyo.
Al otro lado de los amplios ventanales empezaba a oscurecer. Justo en el momento en el que dos mozos de la servidumbre de palacio prendieron las lámparas que colgaban de las paredes de la sala del Consejo, Aro dio por finalizado su alegato. Intentando disimular el alivio que sentía todo lo posible, Van se enderezó en su lugar y trató de explicar, por enésima vez, su postura respecto a ese tema. Habían mantenido tantas veces la misma conversación, que no entendía qué parte de su negativa a vender era la que les resultaba tan difícil de entender a los miembros del Consejo. El pueblo de Fanelia no se había pasado los últimos ocho años tratando de reconstruir las ruinas que dejó la guerra, para que él los traicionara entregando a otros países lo único que podía hacer avanzar su patria. En realidad, era un argumento muy sencillo, pensó Van con irritación.
El crepúsculo dio paso lentamente a la noche en la capital de Fanelia. Los consejeros abandonaron uno a uno la sala en cuanto la reunión finalizó. Todos, excepto uno. Harold. Desde la posición que ocupaba, a la derecha del rey, palmeó la espalda del monarca suavemente como muestra de apoyo. Sabía bien lo mucho que turbaban a Van aquellas sesiones con el Consejo.
- ¿Cuántas veces crees que tendré que repetirle a Aro que no venderemos para que lo comprenda?–. Preguntó Van al hombre situado junto a él, tras unos minutos de silencio.
Harold sonrió.
- No puedo saberlo, majestad – contestó–. Pero, ¿no dicen por ahí que a la trigésimo quinta vez va la vencida?
Van empezaba a sospechar que necesitaría muchas más. Se pasó la mano por el pelo, desordenándolo, en señal de frustración.
- Majestad, no dejéis que os atormenten sus palabras – dijo Harold con suavidad–. Aro se comporta como un viejo cascarrabias la mitad del tiempo.
- ¿Y la otra mitad? – se atrevió a preguntar Van con una sonrisa torcida.
- Me temo majestad que la otra mitad la invierte en encontrar una esposa adecuada para vos. De hecho, recientemente ha tropezado con dos buenas candidatas para el puesto. Tal vez deberíais dejar que os las presentara – respondió Harold con ironía, mientras se levantaba despacio del asiento que había ocupado durante las últimas horas.
El rey gruñó en respuesta a sus palabras y todo rastro de sonrisa desapareció de su cara. Aquel también era un tema espinoso.
- Os aconsejo descansar, mi señor – le sugirió Harold mientras caminaba hacia la puerta–. Mañana también será un día largo.
A Van no le cabía ninguna duda. Suspirando de cansancio, abandonó la sala del Consejo.
...
Las estancias reales estaban situadas en el ala este del palacio y poseían una vista inmejorable de la ciudad y de los bosques circundantes. Cuando el rey de Fanelia llegó a sus aposentos aquella noche estaba cansado, demasiado cansado. Pero sabía que no podría dormir hasta que, exhausto, el sueño le venciera bien entrada la madrugada. Sus solitarios pasos resonaron por el corredor que conducía al dormitorio principal mientras lo recorría silenciosamente. La calidez de la gran chimenea le dio la bienvenida en cuanto abrió la puerta, seguía haciendo frío a esas alturas del año a pesar de que lo más crudo del invierno ya había pasado. Se despojó de la capa negra que siempre le acompañaba cuando trataba asuntos burocráticos y la dejó caer con cuidado sobre el mullido diván junto a la gran cama que presidía la habitación. Suspirando de alivio recorrió la alcoba hasta detenerse junto a las enormes puertas acristaladas que marcaban el final de la habitación y el principio del balcón con las mejores vistas de todo el palacio. Cuando las abrió, el viento zarandeó las vaporosas cortinas que rodeaban la cama.
Por primera vez en todo el día, Van Fanel se sintió relajado y en paz mientras disfrutaba de la brisa que le alborotaba el cabello. Respiró profundamente. El aire olía a tierra mojada, señal de que había comenzado a llover en los alrededores de la ciudad. Nada podía mejorar el momento.
O eso es lo que pensaba, hasta que un haz de luz cruzó el cielo estrellado, procedente de la Luna Fantasma, y se posó sobre los bosques que rodeaban la ciudadela.
El corazón del rey se detuvo durante un instante. Y cuando retomó su marcha lo hizo a un ritmo desbocado. Ni siquiera se detuvo a cerrar las puertas que daban al balcón. Salió precipitadamente de sus aposentos y recorrió las estancias reales en un tiempo récord. Cada paso resonaba en sus oídos con fuerza. Debía darse prisa.
Mientras, en el exterior había comenzado a llover.
…
Merle nunca había visto al rey tan agitado. Después de entrar como una exhalación en sus habitaciones en mitad de la noche, la había sacado casi a rastras de la cama sin ningún tipo de explicación. Las nubes negras oscurecían el cielo descargando sobre la capital de Fanelia un auténtico aguacero. Pero a su majestad no pareció importarle cuando la apremió para que dejara atrás la seguridad del palacio y saliera a la intemperie.
En un primer momento, Merle no se había atrevido a preguntarle a Van qué era aquello que estaban persiguiendo con tanto ímpetu. Sin embargo, mientras corrían, calados hasta los huesos, por las calles de la ciudad como alma que lleva el diablo, tuvo tiempo suficiente de cavilar las posibles opciones, sin que ninguna explicara el comportamiento del rey.
Dejaron atrás la muralla de la ciudadela y justo antes de internarse en el bosque, Merle supo exactamente qué era tan importante como para que Van la sacara de la cama en plena noche, para que la arrastrara por las calles de Fanelia en mitad de una tormenta. Un haz de luz, procedente de la Luna Fantasma, se posaba en el corazón del bosque.
Redobló sus esfuerzos. Ahora ella también tenía prisa. El destello disminuyó lentamente hasta desaparecer en cuanto cruzaron los árboles que marcaban la linde del bosque, pero a Merle no le preocupaba. Estaba segura de que Van encontraría el camino. Sonrió en mitad de la oscuridad. Ocho años eran demasiado tiempo.
Después de una carrera vertiginosa en la espesura, llegaron al lugar donde su majestad creía que había caído el haz de luz. Merle admiraba la capacidad de Van para distinguir algo en aquella oscuridad sofocante, que hacía parecer todos los árboles exactamente iguales. Le dolía un costado por el esfuerzo de los últimos minutos, sin embargo, logró reponerse y ayudó a su majestad a registrar la zona. Pero no había nada, para su desesperación. Van empezó a moverse frenéticamente de un lado a otro. Si estuvieran en una situación menos delicada habría resultado algo cómico.
- Majestad – se atrevió a preguntar Merle al cabo de un rato–. ¿Estáis completamente seguro de que éste es el lugar correcto?
Van se detuvo un instante para mirarla con cara de pocos amigos.
- Por supuesto que lo estoy – le contestó irritado mientras señalaba la espesura–. Es justo aquí.
- Quizás deberíamos llamarla majestad – sugirió Merle–. Tal vez pueda oírnos.
El rey volvió a mirarla, esta vez con impaciencia.
- Tienes toda la razón – y segundos más tarde empezó a gritar a pleno pulmón-. ¡HITOMI! ¡HITOMI!
Merle se unió a Van poco después. Pero, mientras continuaban rastreando el bosque, sus afinados oídos captaron un movimiento detrás de los arbustos que rodeaban un gran roble. No quiso perturbar a Van por si se trataba de algún animalito, por lo que se movió silenciosamente hasta adentrarse en lo más profundo de aquellos setos. Y, entonces, la vio. Una mujer se escondía tras los matorrales. Era ella. ¡Por fin!
- ¡Te encontré! – exclamó, sobresaltando en el proceso a la joven, que saltó hacia atrás. Y después añadió para poner a Van sobre aviso–. Está aquí, majestad. La he encontrado.
Merle contempló a aquella mujer atentamente bajo la escasa luz del bosque. Su ropa estaba salpicada de barro, como si se hubiera caído al suelo y tenía una graciosa mancha en la mejilla izquierda. Parecía Hitomi, pero había algo raro en ella, quizás fuera fruto de los años transcurridos desde la última vez que la vio, pero Merle recordaba a su amiga algo más alta, e incluso su indumentaria era más extraña de lo normal, llevaba una especie de capucha en la cabeza que le tapaba el pelo. No sólo eso, aquella mujer la miraba con los ojos abiertos, como si no pudiera creer lo que veía, como si no la reconociera. La incredulidad y el miedo que Merle vio bailando en sus grandes ojos verdes, hicieron que no pudiera correr hacia ella para darle la bienvenida, a la vez que aplacaban su alegría.
Van apareció entonces a su lado. Los ojos del rey recorrían con avidez el rostro de aquella mujer.
- ¿Hitomi? ¿Hitomi Kanzaki? – preguntó suavemente. Él también debía haber notado algo extraño porque no se acercó a ella sino que permaneció junto a Merle, aunque extendió una mano hacia la joven.
Aquella muchacha temblaba como una hoja, apretó los puños y respiró profundamente como si quisiera calmarse. Luego, dijo con voz fuerte y clara:
- No. Yo no soy Hitomi Kanzaki, soy April Ryan.
Merle sintió a Van tensarse como la cuerda de un arco a su lado. Intercambiaron una mirada de desconcierto y volvieron a mirar a la joven que se encontraba frente a ellos. Si no era Hitomi, ¿quién diablos era y por qué había acabado en Fanelia? Si no era Hitomi, ¿por qué se parecía tanto a ella? Durante unos interminables segundos sólo se oyó el ruido de la lluvia al caer. Pero lo peor llegó instantes después, cuando aquella mujer pronunció unas palabras que impactaron sobre Van y Merle con la potencia de una bola de demolición.
- ¿Quiénes sois? – preguntó mientras cogía aire para continuar–. ¿Y cómo es que conocéis a mi madre?
Merle jadeó. Esa chica decía ser la hija de Hitomi. Su mente parecía desconectada del resto de su cuerpo. Era incapaz de articular palabra o de hilar dos pensamientos coherentes. Las preguntas se arremolinaban en su cerebro.
¿Cómo podía ser aquella joven la hija de Hitomi? Sólo habían transcurrido ocho años desde que su amiga regresó a la Luna Fantasma, desgraciadamente llevaba la cuenta. Ocho años no era tiempo suficiente, porque aquella mujer parecía rondar la veintena. Debía existir otra explicación.
Merle decidió, entonces, acercarse a ella muy despacio para no asustarla. April se tensó en respuesta a su cercanía y Merle sintió que el corazón se le encogía al ver su reacción. Ella tenía… miedo, esa era la palabra. Hitomi nunca habría considerado su presencia como una amenaza, no podía ser ella. Además, pensó tristemente, después de tantos años sin verse su amiga habría corrido a abrazarla nada más reencontrase.
Ahora que miraba más de cerca, Merle constató que efectivamente ella era más bajita y menos delgada que su amiga. Y allí, debajo del gran parecido que guardaba con Hitomi, se adivinaban otros rasgos que a Merle no le resultaban familiares. Unos ojos más grandes, una nariz menos afilada. Bajo aquella extraña capucha se insinuaba una mata de cabello pelirrojo.
Suspiró apesadumbrada. Aquella extraña mujer decía la verdad. No era Hitomi, sino su hija.
Merle desanduvo lo andado y se situó junto a Van, que no había dejado de mirarla desde que afirmó ser la hija de Hitomi. La tristeza encogió aún más el corazón de Merle al imaginar lo que el rey debía estar pasando. Acababa de descubrir que la mujer que amaba, no sólo no había regresado para estar junto a él, sino que había rehecho su vida en la Luna Fantasma e, incluso, había tenido una hija.
Hablando de su hija, la pobre no había movido un solo músculo desde que pronunciara sus últimas y demoledoras palabras. Pero era evidente que esperaba ansiosa una respuesta a sus preguntas. ¿Qué se suponía que tenían que decirle?
Mientras Merle se devanaba los sesos en busca de una solución, notó la mirada de aquella chica posarse varias veces sobre su cola. Una horrible posibilidad de consecuencias descomunales se abrió paso en el cerebro de Merle. ¿Y si Hitomi nunca le había hablado de ellos a su hija? Eso explicaría el hecho de que estuviera alucinando con su aspecto gatuno.
Estaba a punto de empezar a hablar cuando la voz de Van se elevó fuerte y clara en el silencio de la noche.
- Mi nombre es Van Slanzar de Fanel, rey de Fanelia – dijo. Merle pensó que como forma de romper el hielo no estaba mal pero podría haberse ahorrado mencionar los títulos–. Y ésta de aquí es Merle.
La chica abrió los ojos desmesuradamente y extendió el brazo derecho hacia ellos de forma acusadora.
- Si esto es una broma no tiene ninguna gracia – gritó enfadada.
¿Broma? Merle no entendía nada. Antes de que pudiera pronunciar palabra, Van volvió a tomar la delantera.
- Me temo que no sé de qué estás hablando – contestó de forma fría–. Nadie está bromeando.
El sonido de la risa de April se extendió entre ellos como una cálida brisa, a pesar del frío.
- Quieres decir que tú eres Van Fanel – expresó con sorna. Hizo una pausa para coger aire de forma ruidosa–. Piloto de Escaflowne, el legendario Guymelef de Hispano y que ella es tu eterna compañera de aventuras, la chica gato llamada Merle.
Merle lo intentó pero no pudo contenerse.
- ¿Cómo sabes todo eso? – preguntó con un jadeo.
April maldijo en voz baja y dio una patada al suelo.
- No juegues conmigo, ya te he dicho que no tiene gracia– replicó con ira. Los ojos de April vagaron entre el rostro de Van y el de Merle. Ambos la miraban fijamente, como si tuviera dos cabezas en lugar de una. ¿Qué era todo aquello?, ¿aquellas personas creían de verdad ser los protagonistas de esas historias fantásticas que su madre relataba sin parar? Menuda noche llevaba. Suspiró de cansancio–. De acuerdo, sólo conozco un modo de hacer esto aún más ridículo. Sí, se quiénes son Van Fanel y su inseparable Merle porque mi madre me contaba sus aventuras cuando era niña – respondió al fin–. ¿Contenta?
Van y Merle intercambiaron una rápida mirada. Aquella mujer había oído hablar de ellos, Hitomi le había relatado sus aventuras en Gaia a su hija. Pero ella creía que formaban parte de una especie de cuento infantil, pura fantasía y no una historia real. ¿Cómo iban a convencerla de que estaba equivocada?
April, por su parte, los miraba como si no pudiera creer que continuaran con una broma tan pesada, estaba comenzando a enfadarse de verdad. Pero, mientras aquellos dos intercambiaban miradas de desconcierto, April se percató de algo. A excepción de sus padres, nadie conocía las historias que su madre le obsequiaba cada noche antes de dormir. Ella no se lo había contado a ninguna otra persona. Como un estremecimiento, que barrió todo su ser, la horrible posibilidad de que aquello fuera cierto se abrió paso en su aletargado cerebro, paralizándole el cuerpo. ¡NO ERA POSIBLE! Ella era una mujer de ciencia, analítica y meticulosa, que no creía en toda esa basura sobrenatural.
Un viento frío arrastró lentamente las nubes tormentosas hacia el norte y la lluvia remitió poco a poco. La luz de la Luna Fantasma comenzó a colarse entre las ramas de los árboles, iluminando la extraña escena. Aquello le dio a Merle una idea fabulosa. Si no podía convencerla de que todo era real se lo mostraría.
Con sumo cuidado, para evitar asustarla con sus movimientos, se dirigió hacia April bajo la atenta mirada de Van. La chica gato y la joven se miraron a los ojos unos segundos. Azul y verde. Entonces Merle extendió su mano derecha lentamente hacia April, que frunció el ceño con recelo.
- Tranquila. No vamos a hacerte daño – informó Merle a la mujer frente a ella– Sólo quiero demostrarte que estamos diciendo la verdad – volvió a mover su mano de forma insistente– ¡Vamos! ¡Vamos! – la apremió.
Pensando que no tenía nada que perder y temblando como nunca en su vida, April estiró el brazo izquierdo hasta tomar la mano que Merle le ofrecía. Era cálida. Y estaba llena de pelo mullido. Por el amor de Dios, pensó April, aquello no era un disfraz de Halloween. No podía procesar todo aquello.
Merle la arrastró hasta el hueco que la caída de un árbol cercano había producido en el techo de ramas y la instó a mirar arriba. Cuando lo hizo, se quedó paralizada.
Sobre las copas de los árboles, April pudo observar una panorámica de la Tierra, junto a la Luna, digna de la NASA. El planeta azul se recortaba contra la inmensidad del cielo en la noche estrellada. Mientras contemplaba la estampa, con la mano libre, April se pellizcó fuertemente por encima de la ropa. Le dolió mucho, lo que significaba que no estaba soñando. Y si no estaba soñando, entonces, aquello que veían sus ojos no podía ser otra cosa que la realidad.
El mundo racional y analítico que April había estado construyendo toda su vida se hizo añicos en cuestión de segundos. Al sentir que las piernas no la sostenían, soltó la mano de Merle y se dejó caer al húmedo suelo. Encogió las piernas y se las abrazó temblando.
- Es verdad – susurró con horror a nadie en particular–. Estoy en Gaia.
Merle, que no había despegado la vista de April a la espera de su reacción, se alejó de ella y se colocó junto a Van, quien continuaba mirando fijamente a la hija de Hitomi.
- Majestad – dijo Merle con una risita–. Creo que va a necesitar un par de minutos para asimilarlo.
Tachán... aquí vuelvo con el primer capítulo de Begin Again!
En primer lugar, quería daros las gracias por la acogida. No ha sido fácil para mí atreverme a poner por escrito una idea loca que se me pasó por la cabeza. Es cierto que he escrito mucho a lo largo de mi vida, pero nunca lo había expuesto para que alguien pudiera verlo y ha sido muy emocionante.
Lo más importante de todo, espero que os haya gustado el capítulo y que no se os haya hecho aburrido. Sé que los primeros compases de una historia son introductorios y a veces pesados, espero que me disculpéis. En este capítulo, he querido mostrar la reacción lógica que cualquier persona corriente tendría si fuera transportada de repente a otro planeta. Además, para April ha sido el doble de duro, porque sólo cree en la tecnología y rechaza la "basura sobrenatural" como ella misma la llama.
Así que nos encontramos a 3 personas alucinando en mitad de los bosques de Fanelia. April porque no puede creerse estar en Gaia y a Van y Merle que no pueden creerse que quien ha regresado a Fanelia no es Hitomi, sino su hija.
Por último, pero no menos importante, quiero agradecer a todas las personas que se tomaron un momento para dejarme un review (os juro que salto de mi ordenador cada vez que recibo uno =) FanFiction debería avisar de lo feliz que te hacen) porque me encanta saber lo que opináis y, sobre todo, que estáis ahí. Doscientos millones de gracias a las que me escribís y también a las que estáis, aunque no os dejéis "ver".
En especial a: Annima, MacrossLive, Alice Cullen y a todos y cada uno de los reviews anónimos. Mil gracias por vuestros ánimos y vuestras palabras.
Nos vemos en el siguiente.
Love, Ela.
