Capítulo 2: El despertar.
Los primeros rayos del sol de la mañana se colaban por los grandes ventanales de la habitación, golpeando el rostro de la mujer pelirroja que descansaba sobre la cama.
April Ryan se removió incómoda entre las sábanas, buscando una nueva y más cómoda posición para seguir durmiendo, pero algo se lo impidió. Su cerebro, aletargado por el sueño, empezaba a despertar sólo para recordarle que era hora de ponerse en marcha. Somnolienta, se estiro perezosamente bajo las sábanas. Nunca le había gustado demasiado madrugar. Por lo general, no empezaba a comportarse como una persona normal hasta no haberse tomado su dosis diaria de cafeína. Pero aquella mañana se sentía más cansada de lo habitual. Quizás debía empezar a hacerle caso a su jefe y marcharse a casa a una hora razonable, para variar.
Entre bostezos y bufidos se incorporó en la cama, sintiendo sus párpados pesados por el sueño.
Entonces fue consciente de que algo no iba del todo bien. No recordaba que su cama tuviera doseles o que sus sábanas estuvieran hechas de seda blanca. En realidad, ahora que miraba atentamente, ni aquella era su cama, ni esas sus sábanas. Terminó de despertarse con un sobresalto cuando un pensamiento se abrió paso dentro de su mente.
Esta no es mi habitación, pensó April con inquietud, al comprobar que aquellos muebles oscuros de aspecto distinguido y antiguo no eran los familiares muebles prefabricados que decoraban su dormitorio. Pero antes de que pudiera analizar la situación en la que se encontraba, los recuerdos de la noche anterior invadieron su cerebro con la potencia de un ciclón.
Recordaba el incidente con aquellos matones frente a su apartamento, la luz que la envolvió cuando estaban a punto de atacarla. Su mente rememoró para ella cada instante al detalle, la sensación de pánico que se apoderó de su cuerpo cuando caía en el vacío, la lluvia entre los árboles y el frío y embarrado suelo del bosque con el que se había dado de bruces. Incluso recordó los rostros de la chica gato y de aquel hombre que la acompañaba, Merle y Van.
Pero, por encima de todo, recordó que ya no estaba en la Tierra, sino en Gaia, en Fanelia, para ser exactos.
Queriendo confirmar por sí misma lo que su mente le mostraba, pateó desesperadamente las sábanas que la envolvían y salió rápidamente de la cálida y mullida cama. El frío del amanecer abrazó su cuerpo y April se estremeció por la diferencia de temperatura. Ignorando la frialdad del ambiente, recorrió en segundos la distancia que la separaba de las grandes ventanas de la habitación. Se colocó frente a ellas y, cogiendo aire para armarse de valor, se atrevió a mirar.
Fanelia despertaba ante la luz del sol naciente y ofrecía una vista espectacular de las montañas y los bosques que rodeaban la ciudad.
– ¡Ay dios mío! – exclamó April entre dientes, antes de agarrarse con fuerza al tocador junto a la ventana para intentar mantenerse en pie.
Respiró hondo unas cuantas veces para calmar su pulso y también sus nervios. Entonces, algo en su cuerpo consiguió captar su atención. Ahora entendía el frío que había sentido al salir de la cama, llevaba puesto un camisón blanco de seda hasta las rodillas, ¡un camisón!
Tan sumida estaba en sus miserias que no se había acordado de que la noche anterior, cuando apareció en mitad de los bosques de Fanelia, eligió un barrizal para aterrizar. Como consecuencia, toda su ropa quedó salpicada de manchas de barro y April, que sólo llevaba consigo su mochila del trabajo, no tenía nada más que ponerse. Afortunadamente, Merle se había apiadado de ella. Cerró los ojos y dejó que los recuerdos de la noche pasada revivieran en su mente.
En cuanto regresaron del bosque (lo que, considerando su tamaño, llevó un tiempo muy corto) el rey mandó llamar a una mujer bajita y de aspecto amable, miembro del servicio supuso April, y ordenó que le asignara una habitación en el área de invitados del inmenso palacio. Después, se marchó sin dirigirle a nadie una sola palabra. April no podía culparle, le había obligado a despertar a media Fanelia para atenderla. Ella no quería causarle molestias a nadie.
"Sigo siendo un completo desastre aunque esté en otro mundo", reflexionó de mal humor.
En silencio, fue conducida por aquella mujer entre largos e interminables pasillos en dirección a la parte más septentrional del castillo, siempre acompañada por Merle, que parecía desear que April la contratara como guardaespaldas porque no se despegó de ella en ningún momento desde que se encontraron en el bosque. Mientras avanzaban, April trató de recordar el camino, izquierda, derecha, derecha de nuevo. Dos minutos después, admitió la derrota y consideró la posibilidad de pedirles un mapa a alguna de aquellas mujeres, pero tal vez lo consideraran ofensivo. Se rió de su propio chiste y consiguió que las dos la miraran como si se hubiera vuelto loca.
"Genial– pensó April–. Ahora creerán que estoy mal de la cabeza".
La doncella, que llevaba puesto un vestido con unos extraños diseños, se detuvo ante una puerta de madera robusta al final de uno de los pasillos. La mujer entró en primer lugar y, mientras se movía por toda la habitación, encendió las lámparas de las paredes y del techo. La luz iluminó la estancia y April lo interpretó como una señal de que podía entrar. La primera idea que se le pasó por la cabeza cuando cruzó el umbral fue que en Manhattan había visto apartamentos más pequeños que aquella habitación. Una enorme cama adoselada, grandes ventanales en una de las paredes, muebles de madera de aspecto antiguo. Cada detalle había sido elegido cuidadosamente y hablaba de riqueza y elegancia, de distinción sin opulencias.
April permaneció en el centro de la estancia, agarrando fuertemente su mochila, por temor a ponerlo todo perdido, le parecía que aquel no era el lugar idóneo para ella. Al menos deberían haber permitido que se quitara de encima el barro. La mujer terminó de acomodar la habitación y salió, sin hacer apenas hacer ruido, cerrando la puerta tras de sí. April se quedó a solas con Merle, pero no se atrevió a mirarla.
– Deberías darte un baño – le dijo Merle con una sonrisa mientras señalaba la puerta que estaba frente a la cama–. Tienes barro hasta en la cara.
Al menos alguien estaba disfrutando de su situación, pensó April. Dejó caer su mochila con cuidado cerca de la cama y se dirigió hacia el otro extremo de la estancia. Cuando abrió la puerta, la blancura del mármol le dio la bienvenida. El baño también era lujoso y elegante, como todo lo demás. Estaba suavemente iluminado por una magnífica lámpara que colgaba del techo, y todo era de mármol blanco, incluyendo la enorme bañera situada en la esquina más alejada de la puerta. De las ventanas colgaban largas cortinas de una tela liviana de color gris oscuro y de las paredes pendían varios cuadros que representaban escenas de una playa durante el crepúsculo.
April cerró la puerta con cuidado, mientras le lanzaba una última mirada a Merle, que se había acomodado a los pies de la cama. Primero se quitó el gorro que llevaba para protegerse del frío y dejó caer su larga mata pelirroja sobre la espalda. Luego, se quitó las botas y el resto de la ropa en menos de un minuto. Se estaba preguntando donde podría dejar su ropa sin ponerlo todo perdido cuando Merle la interrumpió.
– Deja tu ropa dentro de la cesta de mimbre – su voz llegó hasta April amortiguada a través de la puerta.
April arrojó toda su ropa donde Merle le había indicado y, desnuda, se acercó hasta el borde de la bañera. Se arrodilló y abrió los grifos de color plateado, el mármol del suelo estaba frío, pero no le importó. Mientras llenaba la bañera decidió explorar el resto del baño. La encimera estaba situada en la pared opuesta y debajo de ella se apilaban en estanterías las mullidas toallas y los demás productos de baño. La zona del aseo estaba a la derecha de la puerta. No había más muebles en la habitación.
Durante un rato, se divirtió añadiendo algunos de los geles y sales que había encontrado. Cuando termino de llenar la bañera, cerró los grifos y se metió en el agua. El olor a flores invadió sus sentidos al tiempo que el agua caliente relajaba su cuerpo. Gimió de alivio antes de sumergirse completamente en la espuma.
Cuando, veinticinco minutos después, salió del baño envuelta en la toalla más grande que pudo encontrar, no había ni rastro de Merle. Tal vez se había aburrido de esperar, pensó April. Atravesó la habitación, pero un destello la hizo detenerse frente al enorme espejo del tocador.
Se aproximó lentamente y observó cómo su reflejo le devolvía la mirada. La blancura de su piel contrastaba con el color oscuro de la toalla que cubría la mayor parte de su cuerpo. Su pelo rojo, oscurecido ahora por el agua del baño, empapaba su espalda y la tela. Mientras observaba el espejo, pudo comprender por qué Van y Merle la habían confundido con su madre en cuanto la vieron. Era prácticamente una fotocopia de su madre, incluso compartían los mismos ojos verdes y, aunque April era un poco más bajita que Hitomi a su edad, ambas tenían una complexión muy parecida. Cuando April se tapaba el pelo, el único rasgo que había heredado de su padre, eran prácticamente idénticas. Normal que las confundieran. Imaginó, por un momento, lo que diría su madre si se enterara de que estaba en Fanelia y sonrió. Tal vez, pensó April, debería haberle dicho que todos esas historias que le contaba antes de dormir eran algo más que meras fantasías. Así, su hija no habría estado a punto de sufrir un ataque cuando se vió transportada a Gaia.
Un poco más animada, se dirigió hacia la cama completamente descalza y entonces comprendió, con horror, que no tenía nada que ponerse. Toda su ropa estaba embarrada y no podía meterse con ella en la cama. Cuando ya empezaba a creer que tendría que dormir con la toalla puesta, la puerta del dormitorio se abrió silenciosamente. Del susto, April casi dejó caer la toalla. Pero, afortunadamente, se trataba sólo de Merle. La chica gato traía consigo varias prendas de ropa que dejó con cuidado sobre la cama.
April se acercó al montón de ropa con recelo. Camisones para dormir y varias prendas de ropa interior que parecían sacadas de las estanterías de un museo. Aquello era completamente ridículo, pensó April, ¿tenía que ponerse esas cosas en serio?
– He venido a salvarte– dijo Merle señalando las prendas de ropa–. He notado que tus pertenencias son escasas.
April decidió sacar fuerzas de flaqueza ya que, a pesar de todo, las intenciones de Merle eran buenas.
– No lo sabes tú bien– le contestó con una sonrisa–. Pero, verás, es que no tuve tiempo de hacer la maleta.
Ambas se miraron y comenzaron a reír descontroladamente. April sintió, por primera vez en aquella larga noche, que no estaba tan fuera de lugar. Cuando consiguieron calmarse, Merle la dejó sola y se fue a dormir, no sin antes recoger la ropa de April y asegurarle que se la devolvería como nueva por la mañana.
Cuando estuvo a solas, April se pasó 15 minutos discutiendo consigo misma sobre las ventajas e inconvenientes de dormir con la toalla puesta. Finalmente, decidió cambiarla por algo un poco más decente. La ropa no iba a morderla, ¿verdad? Escogió aquella prenda del montón que le pareció más sencilla y, aun así, tuvo que pelearse durante un rato con algunos cordones hasta conseguir ponerlo todo en su sitio. La tela del camisón que había elegido, se amoldaba a su cuerpo como un guante y, a la luz de las lámparas, insinuaba su figura más de lo que a ella le habría gustado.
Intentando no mirarse en ninguno de los espejos del dormitorio, porque si lo hacía estaba segura de que dormiría con la toalla, echó las sábanas hacia atrás y entró en la cama con un movimiento rápido. Se quedó dormida en cuestión de minutos.
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Unos golpes insistentes en la puerta interrumpieron el hilo de sus pensamientos.
– Adelante– contestó rápidamente para no hacer esperar a su visita, quienquiera que fuera.
La puerta se abrió dejando paso a Merle que, muy metida en el papel de anfitriona, le traía toda su ropa completamente limpia y cuidadosamente doblada.
– Perdón por molestarte tan temprano– se excusó, mientras dejaba la ropa en el diván junto a la cama y las botas en el suelo a su lado–. Pero pensé que querrías ponerte algo más familiar para bajar a desayunar.
April le sonrió en señal de agradecimiento. Lo cierto es que estaba deseando quitarse aquel dichoso camisón.
– Te lo agradezco, porque no termino de entender cómo va todo esto– dijo señalando la ropa que llevaba puesta en ese momento.
Merle rió mientras se sentaba a los pies de la cama. Con su pelo rosa chicle y sus ojos azules, la chica gato no parecía mucho más joven que April, pero no podía estar segura debido a su comportamiento infantil.
– Si te sirve de consuelo, a mí también me ha costado lo mío entender tu ropa– comentó Merle tratando de reconfortarla un poco.
– ¿De verdad?– preguntó April con curiosidad–. No creo que mi ropa sea tan complicada. Son sólo unos pantalones y un jersey.
– Verás, en Fanelia las mujeres suelen llevar vestidos no pantalones– explicó Merle tranquilamente–. Y esa ropa interior es lo más extraño que he visto en la vida. No cubre casi nada.
April asintió con la cabeza. Si las mujeres fanelianas se ponían aquellos camisones para dormir era lógico que usaran ropa tradicional también durante el día. Merle, que aquella mañana llevaba su típico vestido naranja, debía de haber sufrido un infarto con sólo mirar su sujetador de encaje negro. Y eso que no era de esas mujeres que usaban lencería cara y extravagante.
Se acercó al diván y acarició su chaqueta de cuero negro. De repente un pensamiento la asaltó.
– Merle, no habéis lavado con agua esta chaqueta, ¿verdad?
– No te preocupes. En Fanelia somos expertos en tratar el cuero. Tu chaqueta y tus botas están a salvo en nuestras manos– la tranquilizó Merle–. Pero deberías tener más cuidado con donde aterrizas la próxima vez.
April suspiró de alivio. Aquella chaqueta era un regalo de su padre, tenía un gran valor sentimental para ella. Luego le sacó la lengua.
– No me dejaron elegir, ¿sabes? – espetó con ironía.
Merle rió y la contempló mientras desdoblaba la ropa limpia.
– Por cierto, ¿tienes hambre? – le preguntó al cabo de unos minutos de silencio.
Como respuesta, April asintió con la cabeza. Y su estómago gimió, dando a entender que estaba deseando que aparcara sus miserias para atender otras necesidades un poco más básicas.
– Entonces, vístete– dijo Merle incorporándose de la cama rápidamente–. Y bajaremos a desayunar. Te aseguro que te va a encantar.
…
Cuando April entró por primera vez en el comedor principal del palacio, no tuvo más remedio que darle la razón a Merle. La estancia era tan hermosa como el dormitorio en el que había pasado la noche. Las ventanas situadas frente a la puerta (April empezó a pensar que en Fanelia estaban obsesionados con las ventanas) eran tan altas que casi tocaban los altos techos de madera pulida y de ellas colgaban cortinas de color bronce, a juego con las enormes lámparas del techo. En aquel momento estaban recogidas para dejar pasar la luz. La gran chimenea de granito calentaba el comedor desde su lugar en la pared derecha de la sala y una larga mesa de madera, rodeada de altas sillas, presidía la estancia.
Sobre la mesa reposaban decenas de platos diferentes que April nunca había visto en su vida. Aquello parecía el bufet de un hotel. Merle se rió de su cara de asombro, pero no podía evitarlo.
– ¿Qué te parece? – le preguntó señalando la mesa con la mano.
– Es maravilloso– contestó April con sinceridad, girando sobre sí misma para apreciar todos los detalles–. Creo que el Ritz es menos lujoso.
– ¿Qué es el Ritz? – preguntó Merle.
– Olvídalo– contestó April rápidamente–. ¿Siempre preparáis banquetes como este para desayunar o es que celebramos algo esta mañana?
– Como no has estado en Fanelia antes– dijo Merle esquivando su mirada–… He pensado que tal vez te gustaría probar de todo un poco. Ya sabes.
April le sonrió cariñosamente. Nunca nadie se había preocupado de que se sintiera a gusto en un lugar tanto como ella.
– No tendrías que haberte tomado tantas molestias por mí.
Merle hizo un gesto como si quisiera restarle importancia al asunto. Después tomó la mano de April y la arrastró sonriendo hasta la mesa. Sólo había tres cubiertos montados sobre el mantel bordado, el de la cabecera y los dos más próximos a éste, uno a cada lado de la mesa. Merle se sentó en el asiento que daba la espalda a la puerta y April en el de enfrente.
Acaban de acomodarse cuando unos pasos las alertaron de que ya no estaban solas. Van Fanel, como él mismo se había presentado horas atrás, acababa de entrar en la estancia acompañado de un hombre que a todas luces era uno de sus soldados. La noche anterior, la oscuridad del bosque y la magnitud de su conmoción por estar en otro planeta impidieron a April contemplar con detenimiento al rey de Fanelia. Pero aquella mañana, con el sol bañando suavemente el comedor, pudo analizarle sin problemas. Alto y moreno, vestía una especie de uniforme compuesto por pantalones y botas oscuras y una camisa sin mangas roja. Se había quitado los guantes y la espada, pero sus ojos marrones poseían un aura de poder y autoridad que le provocaron un escalofrío. Van era uno de esos hombres a los que no se debía molestar, al menos si querías seguir conservando las dos manos en su sitio, pensó April.
Merle se levantó rápidamente de su asiento y se abalanzó sobre el rey con ímpetu.
– Buenos días majestad– exclamó con voz chillona ante la atónita mirada de April, que se habría echado a reír si no fuera porque aquel hombre poseía la misma alegría que los dolientes de un funeral.
– Merle, ya te he dicho que no hagas eso– la interrumpió él suavemente– Además– continuó mirando a April por primera vez–. Tenemos visita.
Ella desvió la mirada para no toparse con los ojos de ese hombre que le ponía la piel de gallina. Merle soltó por fin a Van y ambos se dirigieron a sus lugares en la mesa, él hacia la silla que presidía el comedor y ella al asiento a su izquierda. El soldado se quedó inmóvil junto a la puerta. Sin mirar a nadie y sin dirigirles la palabra a ninguna de las dos, el rey agarró un par de platos y comenzó a comer, haciendo gala de unos modales exquisitos eso sí. Estupefacta, April pensó, para sus adentros, que tal vez si eras el rey podías darte el lujo de ignorar a todas las personas a tu alrededor sin que pareciera grosero.
– ¿A qué estás esperando April?– preguntó Merle devolviéndola a la realidad–. No te quedes ahí plantada. ¡Coge lo que quieras!
La joven pelirroja decidió centrarse en problemas más acuciantes que la frialdad de Van. Por ejemplo, en las costumbres culinarias de Fanelia.
– Tendrás que echarme una mano porque no sé por dónde empezar– reconoció con una sonrisa observando el mar de platos a su alrededor.
Merle empujó una bandeja de lo que parecían bizcochos rellenos hacia ella.
– Empieza por esto. No te arrepentirás– dijo guiñándole un ojo.
April ni siquiera se atrevió a preguntar de qué estaban hechos por temor a sonar descortés. Armándose de valor, permitió que Merle dejara caer varios trozos de aquel extraño alimento sobre su plato y, rezando porque el sabor fuera mejor que el aspecto, cortó un trocito y se lo llevó a la boca. Cuando el chocolate del bizcocho se fundió en su boca, April abrió los ojos asombrada.
– Te lo dije– murmuró la chica gato con suficiencia mientras se reía.
– Recuérdame que siempre te haga caso. En lo que se refiere a la comida al menos.
Ambas se rieron tan fuerte que hasta el soldado que aguardaba junto a la puerta se sobresaltó. Van las miró desconcertado durante un fugaz segundo antes de volver a ignorarlas. April anotó mentalmente que en aquel palacio estaban muy acostumbrados a la buena comida pero no a las muestras de alegría en la mesa.
Pasaron un buen rato probando los distintos platos. Frutas, dulces, bebidas. Merle se esforzaba para que April los degustara todos, incluso un par de ellos de aspecto repugnante que, en realidad, estaban deliciosos.
– No puedo más– dijo April cuando notó que la cinturilla de sus vaqueros comenzaba a apretar.
– No te preocupes. Tenemos días de sobra para que los pruebes todos– contestó Merle.
Al principio, April se rió y no prestó atención a sus palabras. Pero cuando el significado de lo que acababa de escuchar penetró en su mente, la despreocupación de los últimos minutos se esfumó.
– ¿Qué has querido decir con eso? – preguntó con nerviosismo.
– Bueno, ya sabes– contestó Merle encogiendo los hombros–… Hasta que regreses a tu hogar tienes tiempo de probarlo todo.
Las implicaciones, sobre todo temporales, de esa frase le provocaron a April un nudo en el estómago.
– ¿Cuánto tiempo dices que tenemos exactamente? – quiso saber.
– No puedo saberlo– contestó Merle sin inmutarse, como si estuvieran hablando de algo tan trivial como el clima–. Lo cierto es…
– Todo depende del tiempo que tardes en cumplir lo que sea que hayas venido a hacer aquí– la interrumpió Van con rudeza mientras miraba a su invitada directamente a los ojos.
April parpadeó un par de veces, sosteniendo la fría mirada de sus ojos oscuros, mientras trataba de asimilar sus palabras. Tenía que ser una broma. Aquello no podía ser real.
– Entonces, ¿significa eso que estoy atrapada aquí, durante sabe dios cuánto tiempo?– preguntó casi sin voz.
Merle asintió lentamente con cara de pena y sin dejar de mirarla, esperando su reacción. Menos mal que las noticias la habían pillado sentada, porque del susto las piernas no la habrían sostenido. En cuestión de minutos April experimentó todas las fases del miedo y, durante aquellos instantes interminables, creyó que sufriría un ataque de pánico. Sin embargo, se las arregló para calmarse respirando profundamente varias veces, mientras se repetía mentalmente que el pánico no la ayudaría a salir de la situación en la que se encontraba. Se concentró en buscar una salida.
– Pero debe existir algún modo de volver, ¿verdad?
Merle y Van intercambiaron una mirada por encima de la mesa. Parecían tener dificultades para encontrar las palabras que pudieran expresar lo delicado de su situación.
– Cuando hayas terminado tu misión, la misma luz que te trajo te devolverá a tu hogar– contestó Merle–. Eso fue exactamente lo que le ocurrió a Hitomi, quiero decir, a tu madre.
El corazón de April se detuvo. Estaba atrapada en un planeta a miles de kilómetros de casa. Sin amigos, sin familia y hasta sin ropa.
– ¡Esto no es justo!– exclamó con irritación–. Yo no he pedido venir aquí, ¿por qué me está pasando esto a mí?
– Me temo que tenemos tanto control sobre eso como tú– respondió Van en un tono tan cortante que la hizo resoplar. ¿Cómo podía comportarse de un modo tan desconsiderado cuando ella estaba sufriendo una auténtica crisis? ¿Cómo podía tomárselo con tanta calma? April se recordó a sí misma que no era buena idea gritarle a quién le había dado asilo y menos cuando éste, además de ser el rey, tenía a un guardaespaldas armado a unos cuantos metros.
– ¿Y qué voy a hacer hasta que pueda marcharme?– preguntó April con ansiedad a sus compañeros de mesa–. No tengo adonde ir, no conozco a nadie en este planeta y mi dinero no sirve aquí.
Resopló de nuevo. Estaba bien jodida, pensó para sus adentros, pero no expresó en voz alta sus pensamientos por si las palabrotas estaban mal vistas delante del rey.
– Por eso no debes preocuparte– contestó Merle con una sonrisa. Estaba mucho más dispuesta a conversar ahora que parecía que a April no iba a darle un ataque de histeria–. Te quedarás aquí con nosotros.
April puso cara de circunstancias. Dudaba mucho que Van estuviera de acuerdo. Seguro que le había permitido quedarse en el castillo sólo porque la encontraron a altas horas de la noche, desorientada y cubierta de barro en mitad del bosque. Pero estaba claro que no le gustaban las visitas y no iba a permitir que ella se quedara en su palacio hasta que encontrara un modo de volver a casa.
– No quiero abusar de vuestra hospitalidad. Después de todo, ya me acogisteis anoche muy amablemente.
Pero entonces el rey habló y lo hizo con el tono más autoritario que April había oído jamás.
– Tu madre fue– hizo una pausa–… Una gran amiga nuestra – dijo aquello como si le costara un gran esfuerzo–. Con su ayuda conseguimos ganar la guerra contra Zaibach, es lo menos que puedo hacer. Te quedarás aquí hasta que puedas regresar a tu hogar en la Luna Fantasma.
Y, después, se levantó de su asiento con calma, dejando claro que el asunto había quedado zanjado para él. Dentro de April se debatían dos sentimientos bien distintos. La gratitud porque le permitieran quedarse (cuando pusiera los pies de nuevo en la tierra tenía que llamar a su madre y darle las gracias) y la ira por la forma insensible con la que Van la había tratado (también tendría que preguntarle a su madre cómo había conseguido soportar a un tío tan imbécil)
El rey se dirigió hacia la puerta con paso despreocupado. Estaba a punto de cruzar el umbral cuando April le detuvo con una última pregunta que llevaba unos minutos carcomiendo su cerebro desde dentro.
– ¿Y cómo sabré que es exactamente lo que tengo que hacer aquí?
El rey se giró para mirarla y con una mueca llena de desdén contestó:
– En eso no puedo ayudarte.
Y abandonó el comedor.
Hola de nuevo!
Siento haber tardado tanto en subir este capítulo. En mi defensa diré que se volvió loco durante varios días y me ha sido imposible subir documentos hasta ahora. Espero que la espera haya valido la pena y que os guste el nuevo capítulo, aunque ya sé que no pasan grandes cosas, pero es necesario. Quiero resaltar la actitud de Van, no es que se haya vuelto horriblemente imbécil con los años (no os preocupéis), es sólo que está decepcionado y enfadado, a partes iguales.
En segundo lugar, quiero dar las gracias a todas las personas que me han dejado un comentario en la historia. Vuestros Reviews me hacen muy feliz y, todos, son bien recibidos. Mención especial para mis queridas Anima, Alice Cullen, 7, MacrossLive y a todos y cada uno de los anónimos.
También quiero mandar un beso especial a todas las que me leéis entre las sombras.
Nos vemos en el siguiente.
Love, Ela.
PS: intentaré actualizar lo más pronto posible =)
