Recomendación musical: "Waiting between worlds – Zack Hemsey".
Capítulo 6: El día de la marmota.
Cuando el significado de la carta de April consiguió penetrar en su aletargado cerebro, Van Fanel salió corriendo de su despacho. Necesitaba comprobar por sí mismo que lo que le decían aquella carta y Merle era verdad.
Recorrió los pasillos de palacio a toda velocidad, con Harold, Erik y Merle pisándole los talones, en dirección al área de invitados. Abrió la puerta de la habitación de April de un tirón y entonces, se quedó paralizado en el umbral.
La puerta del balcón estaba abierta de par en par, permitiendo que el aire frío de la mañana se colara en la estancia y meciera las cortinas con suavidad. Los rescoldos del fuego ardían tímidamente en la chimenea, incapaces de hacer frente a la helada brisa que entraba a raudales. Sobre la cama aún hecha, señal de que nadie había dormido allí esa noche, el contenido de los cajones y de los armarios había sido esparcido, sin orden ni concierto. Y aunque la ropa se amontonaba sobre las mantas de forma descuidada, parecía evidente que faltaban varias prendas, su inseparable mochila negra y sus aparatos electrónicos.
Era cierto. April se había ido. Se había marchado de verdad. Y todo por su culpa.
Van apretó los puños con fuerza, haciéndose daño en la herida que se había provocado unas horas antes. La mano comenzó a sangrar otra vez, tiñendo de nuevo el pañuelo de un color escarlata.
Merle agarró su brazo y lo zarandeó, sacándolo de sus miserias.
– No entiendo por qué se ha marchado– dijo Merle. Las lágrimas seguían saliendo de sus ojos azules mientras contemplaba tristemente la ropa esparcida sobre la cama– Creía que se sentía bien con nosotros, que se quedaría aquí hasta que pudiera regresar a la Luna Fantasma.
Van ya no podía sentirse peor. ¿Cómo iba a contarle a Merle que April no se había ido por voluntad propia sino empujada por su estupidez? ¿Cómo iba a decirle que la culpa de que April se hubiera marchado era suya y de nadie más?
– ¿Qué ha pasado Van? April ha sido muy buena conmigo. No se ha quejado ni una vez por estar sola, tan lejos de su hogar– continuó Merle sin dejar de sollozar–. Seguro que ha sido por algo que he hecho o que he dicho porque…
– No te permito que digas eso, Merle. Tú no has hecho nada malo– la interrumpió Van. Sentía la tristeza de Merle como suya propia–. El único culpable de todo esto soy yo.
Merle miró al rey como si no pudiera creer lo que decía. La sola idea le parecía ridícula.
– ¿Qué podías haber hecho tú para que April se marchara?– preguntó con cara de incredulidad.
Van intercambió una mirada con Harold y Erik. Les suplicó, silenciosamente, ayuda para poder explicarle a Merle todo lo que había sucedido durante aquella larga noche. Ellos se encogieron de hombros en respuesta, parecía que tampoco tenían ni idea de cómo hacerlo. El rey suspiró, tenía el presentimiento de que Merle no iba a tomárselo muy bien.
– Anoche sorprendí a April en el hangar donde guardamos la tecnología de Zaibach– empezó Van, pero fue interrumpido por un jadeo de la chica gato.
– ¡Oh, no!– exclamó, sobresaltando a todos los presentes– Yo tenía razón, todo ha sido culpa mía – se movía de un lado a otro de la habitación, presa de los nervios y la angustia–. April vio el hangar cuando paseábamos por el distrito industrial y sintió curiosidad. Y yo le expliqué lo que guardábamos dentro. Lo siento muchísimo Van, no debería haberlo hecho.
– Cálmate Merle, tú no has hecho nada malo– le contestó Van, tratando de reconfortarla–. Yo he sido el que se ha comportado como un imbécil, me he enfadado tanto al descubrir que April estaba en el hangar que le he gritado que se largara y que no volviera.
Un silencio insoportable siguió a sus palabras. Hasta que los acompañantes del rey decidieron romperlo, todos a la vez.
– ¿QUÉ?– preguntaron al unísono Merle, Harold y Erik.
– ¿POR QUÉ HAS HECHO SEMEJANTE ESTUPIDEZ?– gritó Merle abriendo los ojos como platos.
– Sabía que habíais discutido con la señorita April majestad, pero ¿cómo podéis haber sido tan desconsiderado?– cuestionó por su parte Harold, censurándole con la mirada.
– Mi señor, April sólo intentaba ayudar– añadió Erik con vehemencia, mientras se pasaba las manos por el pelo, en señal de frustración.
– Lo sé, lo sé. No hace falta que me lo recordéis– los interrumpió Van poniendo mala cara. Ya se sentía lo suficientemente culpable sin ayuda de nadie.
El silencio volvió a extenderse entre ellos como una sombra densa y pesada. Hasta que Merle no pudo soportarlo más.
– No entiendo nada de lo que estáis diciendo y tengo la sensación de que me he perdido algo– intervino a su vez. Mitad confusa, mitad estupefacta–. ¿Alguien sería tan amable de explicarme lo que ha pasado aquí?
Van se armó de valor y les contó a los demás, apresuradamente, lo sucedido dentro del hangar. Las miradas que los tres le dedicaron bastaron para hacerle sentir aún peor.
Erik suspiró, al fin entendía por qué April estaba tan triste cuando se separaron en las puertas de palacio. De haber sabido lo que había ocurrido cuando la dejó a solas con el rey habría podido detenerla. Pero el pasado no puede cambiarse, debían centrarse en los problemas del presente.
– Majestad, la señorita April es nuestro huésped y la única que puede resolver el gran problema que nos inquieta desde hace meses– expuso Harold con calma–. Con el debido respeto, vuestro comportamiento ha sido completamente irresponsable.
Van abrió la boca para recordarle que todo lo que pudieran decirle, ya lo sabía. Pero Merle los interrumpió, dando una fuerte patada al suelo.
– Parad de una vez. Tendréis tiempo de discutir más tarde– exclamó airadamente–. Lo importante ahora es ir a buscar a April. Ella no conoce los peligros que acechan en los caminos y está completamente sola. Podría pasarle algo horrible.
Merle tenía toda la razón. Debían concentrar sus energías en encontrar a April. Ella nunca antes había estado en Fanelia y los pasos que cruzaban las montañas eran traicioneros. Podría perderse y ser incapaz de regresar a la capital. O encontrarse con algún indeseable transitando por los caminos. Van sufrió un estremecimiento de culpabilidad.
Erik concentró su mirada en los ojos del rey durante unos segundos (parecían estar pensando exactamente lo mismo) y, después el capitán de la guardia asintió con la cabeza.
– Yo iré a buscarla majestad y la traeré de vuelta al castillo– sugirió con convicción.
– Eso no nos ayudará, Erik– lo contradijo Harold sabiamente–. No sabemos la dirección que la señorita April puede haber tomado. Hay demasiado terreno por cubrir para un solo hombre.
– Entonces yo iré con él– dijo Van. Él era quien había provocado todo aquel desastre. Ya era hora de que hiciera algo para solucionarlo– Llevaremos con nosotros un par de hombres y nos dividiremos.
– Sólo nos lleva un par de horas de ventaja. Si se ha alejado a pie de la capital, la encontraremos antes de mediodía– apuntó Erik con entusiasmo.
Van, con un asentimiento, dio a entender que estaba completamente de acuerdo con sus conjeturas. A mediodía podría haber puesto fin al tremendo error que había cometido.
– En ese caso– dijo Harold, sonriendo por primera vez desde que Erik lo sacara de la cama horas atrás– No perdamos más tiempo.
Los tres hombres abandonaron la habitación, mientras daban forma al plan. Merle se quedó atrás para cerrar la puerta y lo hizo con un nudo en la garganta. Las lágrimas volvieron a asomarse a sus ojos. Sólo quería que April regresara.
Desde que la guerra contra Zaibach había terminado, su única compañía habían sido las paredes del palacio porque Van se había dedicado, en cuerpo y alma, a levantar Fanelia de sus cenizas. Se sentía muy sola hasta que April llegó. Recorrer las calles de Fanelia junto a la pelirroja era muy divertido. Ella le hacía reír, le hacía compañía. Y quería que volviera, sana y salva.
Van se pasó los siguientes veinte minutos dando órdenes y convocando a los mejores soldados de su guardia. En total, seis hombres iban a acompañar al rey y a Erik en la búsqueda de April. Los seis soldados, junto a Van, Merle, Erik y Harold, se habían reunido en la entrada a las caballerizas de palacio, esperando de las instrucciones del rey.
– Buscamos a una mujer joven, pelirroja y vestida con ropas extrañas a nuestros ojos– dijo Van a sus soldados, que ataviados con uniformes de montar y capas de viaje negras con el escudo dorado de Fanelia, esperaban sus órdenes en silencio–. No dejéis camino sin recorrer ni posada sin registrar. Encontradla.
Todos asintieron en respuesta a aquellas palabras y se encaramaron a sus respectivos caballos, cuyas monturas habían sido preparadas por los mozos de palacio minutos atrás. Van fue el último en subir. Antes de hacerlo, acarició con cariño la crin de su corcel, tan oscura como su propio pelo.
Cuando estuvo a lomos de su caballo, Merle se acercó a él con decisión. Había dejado de llorar y lo miraba con toda la intensidad que era capaz de almacenar en sus ojos celestes.
– No me importa lo que tengas que hacer. Ve y tráela de vuelta– le dijo rompiendo el silencio que se extendía entre ellos– Y no te atrevas a regresar sin ella, ¿me oyes?
Van sonrió. Al final, Merle le había cogido cariño a la pelirroja. Pero él no necesitaba que le amenazara, no tenía intenciones de regresar a Fanelia sin April.
– La encontraré, Merle. Te lo prometo.
Ella asintió y, sin pronunciar palabra, se apartó del caballo para que el rey pudiera partir sin más demora. Van espoleó su montura y los soldados de la guardia le siguieron a galope. Merle se quedó, junto a Harold, en la puerta de las caballerizas mientras Van y sus caballeros atravesaban la muralla de la ciudad y se perdían en la distancia.
Van encontraría a April y la traería de vuelta a Fanelia. Merle estaba completamente segura de ello.
…
Nada más cruzar las murallas la ciudad, April se encontró con el primer obstáculo en su huida. No tenía ni la más remota idea de qué camino tomar. La capital de Fanelia estaba rodeada de cadenas montañosas y Merle le había contado en una ocasión que en función del lugar de destino se debía cruzar un paso distinto, de entre todos los que atravesaban las montañas.
¿Cómo iba a saber qué camino escoger si no sabía hacia donde se dirigía? La idea de caminar sin rumbo y acabar perdida en mitad de las montañas no la atraía demasiado. Tenía que idear un plan un poco más prometedor.
De repente, un ruido de cascos la sobresaltó y tuvo que apartarse del camino para no darse de bruces con lo que parecía una caravana de mercaderes que se dirigían a vender sus mercancías a otras ciudades.
El cerebro de April se iluminó como una bombilla. Estaba completamente segura de que aquellos comerciantes podrían indicarle qué camino tomar para alejarse de la capital lo más rápido posible y llegar a cualquier otro lugar habitado.
Así que, armándose de valor, detuvo a uno de aquellos hombres.
– Discúlpeme– dijo para llamar la atención de quien parecía ser el jefe de aquella extraña expedición.
El hombre, alto y moreno como casi todos los fanelianos, detuvo su carruaje y la miró por encima de sus gafas con forma de media luna durante unos segundos interminables. Luego sonrió, lo que permitió que April se relajara considerablemente.
– ¿En qué puedo ayudaros mi señora?– preguntó aquel hombre con amabilidad.
April también sonrió y decidió empezar por el principio.
– Siento molestarle pero, ¿podría decirme qué camino debo tomar para salir de la capital?
– Eso depende mucho de cuál sea vuestro destino.
Aquella no era la respuesta que April necesitaba. Pero, afortunadamente, el hombre no se detuvo.
– Si quiere ir hacia el norte debe cruzar el paso de Eyón. Si desea ir al sur, el paso de Iso. Y si lo que quiere es visitar las tierras que están al oeste debe dirigirse al paso de Tasos. Nosotros nos dirigimos al sureste, a la feria comercial de Irini. Cruzaremos las montañas por el paso que tenéis justo en frente– comentó señalando un punto en el horizonte–. Es el mismo que se debe cruzar si se quiere llegar a la frontera con Asturia.
Asturia. Aquello despertó algo en la memoria de April. Había oído ese nombre antes, en las historias de su madre. Hitomi contaba que la capital del país era un puerto próspero, lleno de canales y comerciantes.
"Perfecto", pensó April.
– Me dirijo a Asturia– le dijo al mercader con una convicción renovada.
Y tal vez por el frío que hacía o porque temía que pudiera sucederle algo a una mujer que viajaba sola por los caminos, aquel hombre le ofreció un sitio en su carruaje y le permitió acompañarles hasta cruzar las montañas.
Profundamente agradecida y suspirando de alivio, April se sentó en el pescante, junto al jefe de la caravana de comerciantes. Y mientras éste llevaba las riendas, le contó historias y costumbres de Fanelia y leyendas de su Dios Dragón. Le dijo que se dirigían a la feria anual de Irini a vender los mejores productos de Fanelia y que cada año realizaban el mismo trayecto porque las naves comerciales eran demasiado caras para un viaje tan corto. Si conseguía regresar a la Tierra, iba a escribir un libro con todo lo que estaba aprendiendo en aquel lugar tan extraño. Eso si no la encerraban antes en un manicomio, pensaba April para sí misma.
Dejaron atrás rápidamente la muralla de la capital y las tierras de cultivo de los campesinos. April deseó tener un par de ojos más. Movía la cabeza de un lado a otro, intentando absorber y grabar en su memoria cada detalle del paisaje que contemplaba.
– Parece que nunca hayáis salido de la capital, mi señora– dijo el comerciante sin poder contener la sonrisa ante el asombro de April.
– No lo sabéis bien– contestó April sonriendo a su vez. Aún no se acostumbraba al lenguaje tan formal que los fanelianos utilizaban con los desconocidos.
– En ese caso, permitidme que os oriente– anunció el mercader mientras sacudía las riendas. Y se puso a explicarle a April los nombres de los ríos, bosques y montañas que dejaban atrás.
Poco a poco, los pastos fueron sustituidos por frondosos árboles mientras se acercaban a los bosques que crecían en la ribera del río Esla. Se cruzaron con multitud de campesinos y artesanos que iban a exponer sus productos en el mercado de la capital. Cuanto más se alejaban de la ciudad, más agreste se hacía el paisaje porque el camino que seguían bordeaba el pico del monte Eyre, el más alto de los Montes del Teleno que rodeaban la capital de Fanelia.
A mediodía, mientras se adentraban en las montañas, el viento arreció y Ren (así se llamaba aquel comerciante tan amable) le regaló una gruesa capa negra para ayudarla a mantener el calor corporal. April se echó la capucha por la cabeza, tapándose el pelo a fin de evitar perder las orejas por culpa de la hipotermia. A medida que el tiempo se hacía más frío, se encontraron cada vez con menos personas transitando por los caminos. Sólo un par de jinetes, con capas negras de escudos dorados, que los pasaron a toda velocidad.
April debía reconocer que las gentes de Fanelia eran mucho más amables que las de Manhattan. Aunque se hubiera pasado horas haciendo autostop en una acera de la gran manzana, ningún conductor se habría detenido para llevarla, excepto quizás un par de taxis. Sin embargo, aquel comerciante la estaba ayudando a cruzar las montañas e, incluso compartió con ella su comida.
A pesar de lo que pudiera parecer, la caravana de comerciantes no se detuvo en ningún momento porque los mercaderes hacían turnos para llevar las riendas, lo que permitía a los demás comer, descansar y dormir (April lo hizo en el carruaje de Ren, arropada por su nueva capa y el suave traqueteo de las ruedas). Sólo detenían la marcha cuando rotaban los caballos para que no se extenuaran las monturas. De este modo, consiguieron alcanzar el escarpado paso de Cilicia en una sola jornada. Y al día siguiente, comenzaron a descender a buen ritmo en dirección a las llanuras que se extendían al otro lado de las montañas.
El amanecer ofreció a April una vista que tardaría años en olvidar. Las fértiles tierras de Fanelia se extendían hasta donde alcanzaba la vista, entre bosques y riachuelos, bañadas por los débiles rayos del sol invernal, y rodeadas de nubes de bruma que ascendían por las faldas de las montañas desde los arroyos y praderas profundas.
A primera hora de la tarde, durante la segunda jornada de viaje, las nubes oscurecieron el cielo. Para cuando dejaron atrás las montañas había empezado a nevar. Los copos caían del cielo sin cesar y se amontonaban en la vereda del camino, mientras los carruajes continuaban el descenso en medio de un suave traqueteo.
Anochecía cuando se detuvieron junto a la aldea de Vaedran, bañada por las aguas del río Adra, que descendía desde los Montes del Teleno y serpenteaba entre las fértiles llanuras. La aldea estaba situada junto a una encrucijada en la que confluía el camino que llevaba a la capital de Fanelia, la gran calzada que cruzaba el país de norte a sur (desde las costas meridionales hasta las tierras altas septentrionales) y el camino del este (que llevaba a Asturia).
– Me temo que aquí se separa nuestra ruta– informó Ren, señalando con la cabeza la encrucijada–. Nosotros debemos continuar un poco más, hacia el sur.
Para April, fue una suerte haber dado con aquellos comerciantes. Nunca hubiera conseguido cruzar las montañas por sí misma. Y así se lo hizo saber a Ren antes de bajar del carruaje.
– No sé cómo daros las gracias. No habría llegado tan lejos sin vuestra ayuda. Además me habéis regalado la capa, sois muy amable– le dijo mientras la nieve seguía cayendo sobre ellos.
– No me deis las gracias mi señora– la miró intensamente durante unos segundos antes de atreverse a preguntar–. ¿Seguro que no queréis acompañarnos hasta Irini? Tal vez allí podríamos encontrar un transporte que os llevara directamente a Palas.
Ren parecía preocupado por su seguridad, a juzgar por el modo en el que la observaba. Debía pensar que estaba loca por atreverse a ir sola a pie hasta la capital de Asturia. Pero April negó con la cabeza. Quería ver Palas, con todas sus fuerzas.
El mercader suspiró apesadumbrado cuando fue consciente de que no podía hacerla cambiar de opinión.
– De acuerdo– dijo con calma. Pero después se puso súbitamente muy serio–. Tan sólo prometedme que no saldréis de Vaedran hasta que amanezca. Los caminos son peligrosos de noche.
– Os lo prometo– contestó April rápidamente.
El comerciante suspiró aliviado.
– Me quedo más tranquilo– después señaló la aldea con la mano y continuó– En Vaedran hay una posada para los viajeros. La reconoceréis por el cartel de la entrada, no tiene pérdida. Podréis descansar allí toda la noche– Ren hizo una pausa antes de seguir dándole indicaciones–. Por la mañana, sólo debéis seguir el camino que va hacia el este, hacia la frontera con Asturia que forman las Montañas Floresta. La senda os llevará directamente a Fuerte Castelo, que está a tres días de aquí. Allí podréis encontrar un transporte que os lleve a salvo hasta Palas– volvió a ponerse serio para añadir–. Tan sólo recordad que no debéis viajar de noche, deteneos en cualquiera de las posadas que encontrareis a lo largo del camino antes de que el sol se ponga.
April asintió con la cabeza y sonrió como muestra de agradecimiento.
– Muchas gracias, por todo– dijo mientras se bajaba del carruaje.
– El placer ha sido mío– contestó el mercader cortésmente–. Apresuraos mi señora, la nieve cae cada vez con más fuerza. Pronto se convertirá en una gran nevada, la última del invierno, y es mejor que os encuentre a cubierto.
Ella volvió a darle las gracias. Ren, por su parte, sacudió las riendas en señal de despedida y los caballos continuaron su marcha. April esperó, cubierta con la capa, hasta que la caravana se perdió en la distancia. Entonces, giró sobre sus talones y echó a andar en dirección a la aldea. Tenía hambre y algo de dinero que Merle le había dado para emergencias esperando en la mochila. Pues bien, aquello era una emergencia. Pero debía recordar que sus fondos eran escasos y que aún le quedaban tres días de viaje hasta Fuerte Castelo. No podía gastarlo todo la primera noche o no llegaría muy lejos.
Vaedran estaba formada por centenares de casas de piedra, diseminadas sobre la loma que se alzaba junto a la ribera del río Adra. La aldea estaba protegida por una muralla, también de piedra, cuyas puertas se cerraban cuando caía la noche. En aquellos momentos, Vaedran era como una postal de navidad con sus casitas cubiertas de una fina capa de nieve, las luces titilando en las ventanas y el humo saliendo a borbotones de las numerosas chimeneas.
April se apresuró a cruzar las puertas de la aldea, bajo la atenta mirada del guardia que las custodiaba. No dejaba de nevar y, aunque llevaba el jersey, la chaqueta, los guantes y la capa puestos, cada vez hacía más frío. Ascendió por la loma, intentando no resbalar con la nieve recién caída, y se detuvo ante las puertas de la posada. April tuvo que darle la razón a Ren en su fuero interno, no tenía perdida. A menos que uno fuera ciego.
"El Gato Negro", leyó en el envejecido cartel que colgaba de la entrada. La posada era un enorme edificio de piedra de dos pisos de altura. Sobre la puerta había un farol y en las ventanas de la planta baja se veía luz tras las espesas cortinas. A pesar de que nevaba con ganas, no paraba de entrar y salir gente (en diversos grados de embriaguez), los cánticos, las voces y las risas se oían a varias calles de distancia. Aquello parecía una discoteca de Manhattan en plena madrugada.
"Si estos hombres supieran de la existencia de la tele por cable, al Gato Negro se le acababa el negocio", pensó la pelirroja tratando de no reírse.
Subió rápidamente los escalones y al abrir la puerta casi se asfixió por culpa de la densa nube de humo que salía del local. El aire de la sala era sofocante y provocó que sus ojos lagrimearan hasta que pudo acostumbrarse. El Gato Negro tenía una enorme chimenea en el muro norte, donde se asaban las carnes sobre el fuego de la leña y decenas de mesas y sillas diseminadas por toda la estancia. Encima de la larga barra de madera había una enorme hacha con la hoja mellada y el mango muy gastado en la que podía leerse "rebanadora". April no pudo evitar fruncir el ceño al leer el nombre. Un hombre robusto, de cabello y barba pelirroja, que parecía ser el posadero, iba de un lado para otro atendiendo a los huéspedes. Todos lo llamaban McMardigan.
La pelirroja se dirigió a la parte trasera del local, donde quedaba libre una mesa pequeña, entre la ventana y la chimenea. Se quitó los guantes y disfrutó del calor de las llamas sobre su helada piel. Suspirando de alivio, esperó pacientemente a que el posadero la atendiera.
– ¿Qué puedo serviros mi señora?– preguntó McMardigan con su enorme barriga apunto de hacer estallar los botones de la chaqueta que usaba.
April se lo pensó bien. Nunca le habían gustado mucho la cerveza o el vino. Pero necesitaba algo caliente que le permitiera aliviar el frío que sentía.
– Algo para entrar en calor– dijo, convencida de que el posadero elegiría mejor que ella.
– Hidromiel entonces para la señorita– respondió McMardigan sin dejar de sonreír y palmeándose sonoramente la barriga.
El posadero dejó una jarra de metal sobre su mesa. Dentro, se arremolinaba un líquido dorado. Pensando que no tenía nada que perder, April le dio un sorbo y casi se ahogó. Lo que se dice calentar, aquella bebida calentaba. Pero estaba tan fuerte que le resultó difícil tragar. Necesitó un par de sorbos más para acostumbrarse al sabor.
April estaba a punto de preguntarle al posadero si tenía algún sitio en el que ella pudiera pasar la noche, cuando una repentina corriente de aire helado le dio en pleno rostro. Se había vuelto a abrir la puerta del Gato Negro y tres hombres enormes acaban de traspasar el umbral, acompañados de una ráfaga de copos de nieve. Pero no fue su altura lo que le puso a April el vello de punta, sino sus ojos. Negros como una noche sin luna ni estrellas. Tanto que no parecían humanos.
Su cerebro emitió una señal de alarma, pero April no la necesitaba. Sabía perfectamente quiénes eran aquellos hombres. Le habría resultado imposible olvidar sus rostros aunque no hubieran intentado atacarla a las puertas de su apartamento en Manhattan.
Se le hizo un nudo en el estómago. ¿Qué estaban haciendo aquellos hombres en Vaedran? ¿Estaban buscándola a ella? Y si era así, ¿cómo la habían encontrado? La última vez que los había visto estaban en la Tierra, ¿cómo habían conseguido llegar a Fanelia?
Se encogió sobre sí misma, intentando que su capa la tapara por completo. Contempló a aquellos hombres bajo los pliegues de la capucha, sin perder detalle de sus movimientos. Ninguno de los huéspedes de la posada parecía haber detectado indicios de peligro, pues seguían riendo, bebiendo y fumando. Pero a ella, la tensión le estaba provocando un nudo en el estómago. Tenía que salir de allí sin que se percataran de su presencia.
Se puso los guantes a toda prisa y esperó a que los tres se sentaran en los taburetes de la barra, de espaldas a la puerta, para salir del Gato Negro. No volvió a respirar con normalidad hasta que estuvo fuera de la posada, bajo la persistente nieve que continuaba cayendo. Si tenía que elegir entre el frío y esos tres tipos, prefería congelarse en mitad de la nevada.
Era noche cerrada cuando echó a andar calle abajo. Le había prometido a Ren que no saldría de la posada hasta que amaneciera, pero no tenía más remedio que incumplir su palabra. No podía arriesgarse a que la descubrieran e intentaran atacarla de nuevo. Pero tampoco podía quedarse a la intemperie. Así que, decidió dirigirse hacia la entrada de la aldea, quizás el guardia pudiera indicarle algún otro sitio en el que pasar la noche.
La nieve que se amontonaba en las calles le hacía ir más despacio, sus botas se hundían en la nieve a cada paso. Cuando estaba a unos metros de la puerta que flanqueaba la muralla se dio cuenta de que algo iba mal. Ren le había dicho que las gentes de Vaedran cerraban las puertas de la aldea cuando caía la noche. ¿Entonces por qué estaban abiertas de par en par? ¿Y dónde se había metido el guardia?
Se acercó cuidadosamente a la garita de vigilancia, pero no le hizo falta entrar para comprender que había ocurrido algo horrible. El farol que colgaba sobre la puerta alumbró el cuerpo del guardia que estaba tendido bocarriba sobre el camino. Tenía los ojos abiertos y una expresión de terror en la cara. La sangre que salía de las numerosas heridas de su cuerpo manchaba la nieve. Aquella visión hizo que se le revolviera el estómago. Jadeando como si hubiese corrido una maratón, se apartó del cadáver del guardia, mientras intentaba controlar el pánico que nublaba su cerebro.
¿Quién podría haber hecho algo tan horrible?
No tuvo que esperar mucho tiempo para obtener la respuesta a su pregunta. Unas pisadas a su espalda quebraron el silencio que reinaba en el ambiente. Y le detuvieron el corazón en mitad de un latido. Aquellos tres hombres estaban allí y sonreían de un modo que consiguió helarle la sangre en las venas.
Entonces, April se dio cuenta que había cometido un tremendo error, un error que iba a costarle la vida. Esos hombres no podían atacarla en un lugar abarrotado de gente, como el Gato Negro, sin provocar un altercado. Pero sí podían lanzarse sobre ella ahora. Porque estaba sola, en mitad de una nevada. Y la única persona en muchos metros a la redonda, yacía sin vida sobre la nieve.
Uno de aquellos hombres se movió, lentamente hacia ella. No iba a permitir que se acercaran más. Echó a correr, antes de que la acorralaran, hacia el camino que salía de Vaedran. Pero su carrera no duró mucho, la alcanzaron justo cuando dejaba atrás la muralla de piedra. Uno de ellos, April no supo cual, la golpeó con fuerza en la parte baja de la espalda. Con un grito de dolor cayó bocabajo sobre la nieve. La capucha se le escurrió y su pelo rojo se extendió en todas direcciones, tapándole el rostro.
A pesar de ello, intentó levantarse lo más rápido posible. Pero no se lo permitieron. La agarraron del pelo y la obligaron a ponerse de pie.
– La zorra es escurridiza, ¿no creéis?– dijo con aquella voz fría que April recordaba tan bien. Los otros se rieron de su chiste–. ¿Adónde crees que vas? Esta vez no irás a ninguna parte.
April forcejeó con todas sus fuerzas para soltarse, pero sólo consiguió hacerse más daño. El hombre que la tenía sujeta por el pelo, la cogió del cuello con ira y la zarandeó.
– Ahora vas a portarte bien o me obligarás a hacerte daño, ¿lo has entendido?– amenazó.
Ella, en un arranque de estúpida valentía, le escupió en la cara. Se hizo el silencio mientras el tipo la soltaba para limpiarse con la manga de su chaqueta negra. Sus labios formaron una mueca desagradable justo antes de abofetearla con toda la fuerza que fue capaz de concentrar en un solo golpe.
April cayó al suelo de nuevo. Gimió de dolor mientras la sangre se escurría de su labio inferior, se lo había partido. Aquel monstruo volvió a tirar de su pelo para que se incorporara. Le hizo tanto daño que ella gritó. Luego, la cogió de nuevo del cuello y apretó. Tanto que April creyó que se lo partiría, arañó sus putrefactas manos e intentó golpearlo. Pero no consiguió soltarse. Él era demasiado grande y demasiado fuerte.
Su cerebro le gritó que necesitaba aire, se asfixiaba. El hombre empleó la mano que no estaba utilizando para estrangularla y sacó de su bolsillo un puñal, largo y lleno de extrañas incrustaciones. April expulsó el poco aire que le quedaba en los pulmones cuando sintió la daga cortando la tierna piel de su mejilla. El dolor le nubló la vista. Antes de caer en la inconsciencia, su mente recreó para ella la imagen de su madre. Le gustaría haberle dicho, al menos una última vez, que la quería.
Fueron los ojos verdes de Hitomi lo último que vio antes de que todo se volviera negro.
Hola de nuevo!
Aquí estoy otra vez. Iba a subir el capítulo mañana, porque en el viejo continente es muy tarde, pero os quiero tanto que he trasnochado para que lo tengáis disponible cuanto antes. Y eso que mañana madrugo. (Risa diabólica)
En resumen, este capítulo es el más largo que he escrito hasta la fecha. Y quiero deciros que necesitaba describir un poco como es Fanelia. En el anime se centran sobre todo en Asturia (Astria en el doblaje en mi país, aunque yo he utilizado Asturia porque es la traducción más extendida del nombre y quería que todo el mundo lo entendiera) y a mi me apetecía hablar de la tierra de Fanelia. He tenido que inventarme algunos nombres de ríos, montañas y ciudades (aunque otros los he tomado de la serie), pero es que había tan poco con lo que trabajar que tenía que hacerlo para que quedara bien. Espero que a nadie le moleste y que os guste mi extraña mezcla. Y sobre todo que no os hayan aburrido mis descripciones. Odiaría ser pesada con eso.
Puede que parezca que no pasa gran cosa en este capítulo pero no podía incluir más porque quedaba demasiado excesivo. Os pido mil perdones... poco a poco llegamos a lo interesante. Palabra de honor.
En fin, no puedo despedirme sin antes dar las gracias a todos los que me leen y a quienes han gastado un poquito de su tiempo en dejarme un review, especialmente: Anima90, MacrossLive, 7, Alice Cullen, Isabell, Diana y todos los anónimos. Me dais la vida y me empujáis a seguir escribiendo porque sé que me estáis esperando y me siento muy feliz de enseñaros cada semana un poquito más de esta historia tan loca que me surgió. Mil gracias y millones de besos virtuales.
En cuanto a la música que he elegido para el capítulo, la canción de Zack Hemsey tiene una parte lenta y otra más épica, como el capítulo. Así que me pareció perfecta. Ya dije en una ocasión que mis gustos no son muy convencionales y que me encanta la música de bandas sonoras. Esperad muchas de este estilo en la recomendación de los siguientes capítulos.
Por último, como la página no me deja escribir dos reviews de respuesta, contestaré a mi querida Diana en estas notas de autor:
Me alegro de que te haya gustado, me animan muchísimo vuestros reviews. Gracias por tomarte un tiempo para escribirme. Espero que el nuevo capítulo te guste tanto como los anteriores. Eres bienvenida en esta historia todo el tiempo que quieras quedarte. Considera que ésta es tu casa bonita. También me alegra que te haya convencido con mi explicación sobre el desfase de años, quería que mi historia fuera convincente. Me gusta haberlo conseguido. No puedo adelantarte mucho de lo que vendrá, para no hacer spoilers de la trama. Sólo puedo decirte que si yo perdiera a mi marido tan joven como Hitomi perdió al suyo también me deprimiría muchísimo. Eso no significa que Hitomi estuvo para siempre deprimida, sólo que pasó por una mala racha y eso provocó que April se alejara de su madre. No creo que fuera por nada malo, ambas se quieren muchísimo, sólo que April necesitaba tiempo y centrar su mente en otras cosas (estudios, trabajo) para superar la muerte de su padre. Y simplemente, Hitomi también necesitó tiempo. Por eso April dice que su mundo se vino abajo con la muerte de su padre, porque todo cambió para ella a partir de ese día. Espero haberme explicado bien. Gracias de nuevo por tus palabras de aliento y nos vemos en el siguiente capítulo.
Eso es todo lo que quería decir.
Muchísimas gracias, de nuevo, por leer.
Nos vemos en el siguiente.
Love, Ela.
