Recomendación musical: Of monsters and men –Crystals.
Capítulo 8: El verdadero enemigo de la revolución.
Era más de medianoche y Van Fanel seguía cómodamente sentado en uno de los sillones de la sala que McMardigan había dispuesto para ellos en la posada "El Gato Negro". Hacía rato que April se había marchado a dormir. Aunque ella había insistido en que él hiciera lo mismo, Van prefirió quedarse frente al calor de la chimenea. Y es que habían sucedido tantas cosas en los últimos días que el ryujin sabía que le resultaría imposible dormir por mucho que lo intentara. Tenía demasiadas cosas en las que pensar, demasiadas opciones que valorar.
Fuera, la nieve continuaba cayendo sin descanso y se amontonaba en las calles y en los tejados de las casas, como un manto blanco que lo cubría todo. Pero los ojos del rey estaban fijos en el hipnótico vaivén de las llamas.
Le dolían los puntos de la mano pero no le importaba lo más mínimo. Porque hacía mucho tiempo que no se sentía tan cansado y a la vez tan vivo. Desde el momento en que Hitomi regresó a la Luna Fantasma su vida se había sumido en la rutina de reconstruir su patria, intentando hacer realidad el sueño de una Fanelia en paz que una vez tuvo su hermano. Pero, por el camino, se había olvidado de vivir. Y Folken no había entregado la vida para que él se paseara por Fanelia comportándose como un zombi. ¿Cuántos errores más había cometido en los últimos años? ¿A cuántas personas había hecho daño con su actitud sin ser consciente de ello siquiera?
De pronto, el sonido de la puerta que daba a la habitación al abrirse sacó a Van de sus cavilaciones. April apareció en el umbral con su cabello rojo, como el fuego que ardía en la chimenea, alborotado alrededor de su rostro y el conjunto de ropa más extraño que el ryujin había visto en toda su vida. Llevaba vaqueros y un suéter negro que era demasiado grande para ella, tanto que se le caía continuamente dejando su hombro derecho al descubierto. Comparar esa indumentaria con la ropa que Van llevaba en esos momentos (botas de montar, pantalones negros y camisa blanca de manga larga; su capa descansaba sobre una de las sillas de la habitación) ponía de manifiesto el hecho de que ella procedía de un mundo lejano y raro.
Como si su aspecto fuera el más normal del mundo, April se dejó caer con pesadez en la butaca que había junto a Van. Él parpadeó un par de veces, asombrado por su vestimenta.
– Pero, ¿qué llevas puesto?– preguntó incapaz de contenerse.
Ella ladeó la cabeza dejando caer la cascada de su pelo hacia atrás y echó un rápido vistazo a su ropa antes de responder.
– ¿Qué tiene de malo mi ropa?– cuestionó indignada.
– Es sólo que… – el rey parecía incapaz de encontrar las palabras adecuadas para expresar lo que pensaba sin ofenderla de nuevo.
– Discúlpeme su majestad– dijo April sarcásticamente–. Pensaba salir con el camisón blanco que me prestó Merle, pero es demasiado revelador y no tenemos tanta confianza.
Van se echó a reír ante su comentario. Nadie, en toda su vida, se había atrevido a hablarle de ese modo. Todos los que le rodeaban respetaban su autoridad como rey, pocas personas se atrevían a contradecirle o desafiarle. Excepto ella. A April le daba exactamente igual que fuera el hombre más poderoso de toda Fanelia, que hubiera combatido contra el Imperio Zaibach y salido victorioso. Para ella, él sólo era un hombre. Un hombre como cualquier otro.
Aquello era inaudito y sorprendente. Distinto.
– Genial. Ahora no sé si te estás riendo conmigo o de mí– dijo April sin dejar de mirarle con el ceño fruncido.
Van volvió a sonreír sin poder evitarlo.
– ¿Qué diferencia hay? – preguntó. Era la primera vez en su vida que alguien no le respondía lo que él quería escuchar y eso disparaba su curiosidad.
Pero ella no contestó, se limitó a sonreír. Luego subió los pies a la butaca y recogió las rodillas sobre el asiento. Van notó que estaba descalza y observó atentamente sus movimientos mientras se recogía el pelo en un moño bajo, a la altura de la nuca.
– ¿Tú tampoco puedes dormir?– quiso saber el ryujin.
April negó con la cabeza. El movimiento permitió a Van apreciar la extensión de piel que el suéter dejaba al descubierto. Y se dio cuenta de que sus hombros estaban cubiertos de pecas. "Qué curioso", pensó para sí mismo. También pudo comprobar como se empezaban a formar, por toda la superficie de la pálida piel del cuello, grandes cardenales de color púrpura. Van había estado a punto de llegar tarde. Aquella reflexión le provocó al ryujin un escalofrío.
– ¿Demasiada adrenalina?– volvió a preguntar Van para detener el curso de sus pensamientos, al comprobar que ella guardaba silencio.
No tenía ni idea de por qué se esforzaba tanto en mantener viva la conversación. Tal vez sólo quería compensar lo mal que lo había hecho dos noches antes. Algo así debía pensar ella porque lo miró con sus grandes ojos verdes llenos de interés.
– Vivo en Manhattan, creo que podemos considerar que me gustan las emociones fuertes– contestó April con tranquilidad–. Pero es cierto que nunca habían intentado matarme. Tal vez por eso, ahora, cada vez que cierro los ojos veo las caras de esos tipos. Estoy cansada de dar vueltas en la cama, intentando dormir. Así que he decidido salir.
Van la observó detenidamente durante unos instantes. A pesar de sus palabras, no parecía asustada. Tal vez, su capacidad de hacer frente a ese tipo de situaciones era algo normal en las mujeres de la Luna Fantasma, porque ella hablaba de su mundo como si fuera un entorno peligroso. Él sólo había conocido a un habitante de ese lugar extraño. Y aunque ambas se parecían físicamente, el ryujin creía que sus semejanzas terminaban allí. Hitomi nunca manifestó interés por la tecnología, era mucho más espiritual, y jamás le habló de un modo tan sarcástico. ¿Habría heredado aquellas cualidades de su padre o eran algo innato en ella?
De repente, una duda asaltó al rey.
– No te lo he preguntado antes… –dijo–. ¿Conocías a esos hombres? ¿Llegaron a decirte que querían?
– Bueno… no hablaron mucho– contestó April sin dejar de mirar a Van a los ojos–. Pero sí que los he visto antes.
– ¿Aquí en Fanelia?– preguntó el ryujin perplejo.
April sacudió la cabeza en señal de negación.
– En la Luna Fantasma.
– Eso es imposible, nada puede cruzar la brecha dimensional que separa tu mundo del nuestro.
– ¿Y cómo he llegado yo aquí entonces? ¿Con un golpe de viento?– preguntó con la voz empapada en sarcasmo.
– Eso es diferente. Tú atravesaste la brecha a través de un portal– explicó Van.
– El haz de luz…– susurró April pensativa.
– Los portales son el único modo de atravesar la brecha. Y te aseguro que si alguien, además de ti, hubiera cruzado hacia nuestro lado… lo sabríamos.
La pelirroja asintió, por fin entendía cómo había ido a parar a Fanelia. Aunque no porqué. Ambos guardaron silencio durante unos minutos, hasta que April decidió romperlo.
– La noche que vine a Fanelia… estuve trabajando todo el día y perdí la noción del tiempo– Van la miró con ojos interrogantes y ella añadió– Sí, me ocurre a menudo– El rey rió y ella agitó las manos para que se concentrara– Mi obsesión con el trabajo no es lo importante. El caso es que era muy tarde. Nevaba y hacía mucho frío, sólo pensaba en llegar a casa– Van pudo imaginar la escena mientras ella hablaba–. Cuando estaba a unos metros de mi edificio tres hombres se abalanzaron sobre mí. Altos, rubios y con esos ojos negros tan oscuros. Eran ellos, estoy completamente segura. Estaban a punto de atacarme cuando esa luz lo envolvió todo y lo siguiente que recuerdo es que estaba tumbada en mitad de un bosque de Fanelia.
Van se concentró de nuevo en las llamas. Si April tenía razón aquellos hombres habían encontrado otro modo de atravesar la brecha. Y eso era preocupante. ¿Cuántos más habrían cruzado desde la Luna Fantasma sin que nadie fuera consciente de ello? El rey tenía mucho de qué hablar con el capitán de la guardia en cuanto regresara a la capital. Debían empezar a extremar las precauciones.
April se levantó repentinamente de la butaca en la que estaba sentada, sobresaltando al ryujin, y se acercó a los amplios ventanales de la sala. Abrió las pesadas cortinas bajo la atenta mirada de Van y observó el blanco paisaje a través de la ventana.
– Tengo que reconocerte algo. Fanelia es increíble– dijo ella mientras contemplaba la nieve caer al otro lado.
– Lo sé– fue toda su respuesta.
…
Al amanecer, Van despertó con el cuerpo dolorido por haber pasado la noche en la butaca de la sala. Aunque era un sillón bastante cómodo, el hecho de haber permanecido durante horas incómodamente inclinado hacia un lado no le ayudaba mucho.
La tormenta había pasado, por fin, y la luz del sol entraba a raudales por la ventana cuyas cortinas April había dejado abiertas la noche anterior. Los rescoldos del fuego aún ardían en la chimenea pero ya no hacía tanto frío.
Van se quedó muy sorprendido al comprobar que había dormido sin sobresaltos por primera vez en mucho tiempo. De hecho, no recordaba el momento en que April se marchó de nuevo a la habitación, ni tampoco haberse quedado dormido. Más animado que ninguna otra mañana que pudiera recordar, se levantó de la butaca en la que había permanecido sentado durante horas y una mullida manta de lana cayó a sus pies con un ruido sordo. Tampoco recordaba haberse tapado antes de caer en brazos del sueño. "¿Lo habría hecho April antes de marcharse a dormir ella también?", pensó Van para sí mismo.
El ryujin la buscó en la habitación y en el baño, pero no había ni rastro de la pelirroja. Imaginó que se había levantado antes que él y que estaría en la planta baja de la posada. Así que decidió asearse antes de bajar a buscarla. Deseaba ponerse en marcha lo más rápido posible.
Cuando hubo terminado se colocó la capa sobre los hombros y salió de la habitación, recorrió el pasillo superior y bajó las escaleras. Los huéspedes del Gato Negro estaban reunidos en el salón común de la posada. Sobre las sillas y los bancos de la sala había todo tipo de personas: gentes de Vaedran, viajeros que sólo estaban de paso, comerciantes que iban a vender sus productos a otras ciudades y miembros de las tribus de hombres-bestias que poblaban la región de Arzas.
La numerosa concurrencia comía, charlaba, fumaba y bebía animadamente. Tan pronto como Van entró en el salón, se alzó un coro de voces para ofrecerle una cálida bienvenida. Las gentes que abarrotaban el Gato Negro no perdieron la oportunidad que se les presentaba de saludar al rey y éste tuvo que estrechar numerosas manos durante varios minutos, algunos incluso repitieron el saludo. Cuando la multitud se dispersó, Van descubrió que April estaba sentada en una pequeña mesa junto a la chimenea. Había cambiado el enorme y horrible suéter de la noche anterior por un jersey de lana azul y llevaba su capa de viaje negra abrochada el cuello, tapando las heridas que marcaban su piel. Miraba a Van con una sonrisa bailando en los labios y diversión en sus ojos verdes, como si le hiciera gracia la atención que el ryujin estaba recibiendo. Levantó la mano derecha y lo saludó desde el otro lado del salón. Van interpretó aquello como una señal de que podía acompañarla.
Él se acercó hasta ella y se sentó en la única silla libre que había en la mesa.
– Buenos días majestad– saludó April con una sonrisa.
– Buenos días a ti también– contestó Van un poco confuso, no podía entender por qué ella parecía tan alegre. Así que se lo preguntó–. ¿Por qué estás tan contenta esta mañana?
– ¿No te parece motivo suficiente el hecho de que los dos seguimos con vida?– contestó April mientras daba un nuevo sorbo al líquido caliente de su tazón– Además, acabo de descubrir que en el Gato Negro tienen café– informó mientras sonreía aún más y levantaba la taza.
Van la miró mitad desconcertado, mitad divertido por su contagiosa alegría. Luego levantó la mano para llamar la atención del posadero, que iba de un lado a otro de la sala atendiendo a los huéspedes. Pero no tuvo que esforzarse mucho, McMardigan apareció segundos después, llevando a duras penas una enorme bandeja llena de platos que dejó con cuidado sobre la mesa, justo delante del ryujin.
– Buenos días majestad– saludó McMardigan con una profunda reverencia–. Espero que hayáis dormido bien esta noche.
– De maravilla, muchas gracias por vuestra hospitalidad– contestó Van. A espaldas del posadero, April hacía verdaderos esfuerzos por contener la risa. El ryujin tuvo que dejar de mirarla para poder concentrarse.
McMardigan, ajeno a todo aquello y concentrado en atender al rey, señaló la bandeja.
– Como no sabíamos que os gustaría, he traído un poco de todo.
Van le dio las gracias y, tratando de no parecer demasiado satisfecho de sí mismo, el posadero se alejó para permitirles desayunar con tranquilidad. El ryujin agarró los cubiertos con delicadeza y estaba a punto de empezar a comer cuando la voz de April le distrajo.
– Aún me sorprende el modo en que todos te tratan, como si fueras un héroe de guerra o algo así.
Van se encogió de hombros, un poco avergonzado. Empezó a comer para no tener que contestar esa afirmación. Nunca se había considerado a sí mismo como alguien más importante que las personas que le rodeaban. De hecho, siendo honesto consigo mismo, ni siquiera tendría que haberse convertido en rey. Pero el destino era caprichoso y allí estaba él, intentando llevar lo mejor posible el peso de la corona de Fanelia. Algo que nunca pidió pero que finalmente le fue concedido. Parece curioso que quizás los que son más apropiados para el poder son aquellos a quienes se les impone el liderazgo, que toman el control sólo porque es su deber, y se sorprenden al descubrir que lo llevan bien.
Algo así le había sucedido a Van. Pero había aceptado su destino mucho tiempo atrás.
Después de aquello, siguieron desayunando en completo silencio. El ryujin se sorprendió al notar que April le permitía comer con tranquilidad, sin agobiarle con aburridas preguntas o conversaciones superficiales e insípidas. Ella parecía disfrutar del silencio tanto como él.
Tan pronto como terminaron de comer, volvieron a la habitación para recoger sus cosas y marcharse lo más rápido posible. Cuando regresaron al salón común del Gato Negro, McMardigan les estaba esperando junto a la puerta.
– Vuestro caballo majestad– empezó el posadero– ha estado a buen cuidado en el establo toda la noche. Lo hemos ensillado y está listo para el camino– informó sin dejar de sonreír.
– Sois muy amable– dijo Van–. No olvidaremos todo lo que habéis hecho por nosotros.
El rey sacó de entre sus ropas una bolsita de cuero llena hasta el borde, que tintineaba al moverse, y la dejó caer sobre las manos del posadero. April pensó que aquella bolsita debía estar repleta de monedas porque McMardigan los precedió hasta el establo sin dejar de hacer reverencias y sonriendo como si fuera el mejor día de su vida. El establo estaba situado en un patio adyacente al edificio de piedra que formaba la posada y que también daba a las cocinas, era una construcción de piedra con tejas granates y cercado de madera. En cada cobertizo había un caballo distinto. El del rey esperaba ya ensillado en el patio.
Los tres cruzaron el arco de piedra que formaba la entrada al patio y Van se dirigió a su caballo para acariciarlo con cariño.
– Si necesitáis otra montura para la señorita, podemos proporcionaros una majestad– dijo McMardigan.
El rey estaba a punto de contestarle que su caballo era perfectamente capaz de llevarles a los dos hasta la capital sin problemas cuando April habló.
– Eso no será necesario porque yo iré a pie.
El ryujin la miró sin comprender por qué se negaba a montar a caballo.
– No puedes ir andando hasta la capital– la contradijo con una sonrisa, como si le pareciera una idea completamente ridícula–. Te cansarías muy pronto y me harías avanzar más despacio.
– Pues ve tú delante y espérame en palacio– contestó April–. Pero no voy a montar en algo que es más grande que yo.
El caballo del rey giró la cabeza y miró a la pelirroja como si le hubieran molestado sus palabras.
– No te ofendas caballito– añadió ella mirándolo con recelo.
Y entonces Van se dio cuenta de lo que ocurría. April tenía miedo.
– Te asustan los caballos, ¿no es así?– le preguntó con una sonrisilla de suficiencia.
– No, me gustan mucho los caballos– respondió mientras se acercaba para dar unas palmaditas en el lomo al enorme animal, queriendo demostrar que no le acobardaba lo más mínimo– Lo que me asusta es la posibilidad de caerme de la silla y abrirme la cabeza contra el suelo.
Van lo intentó, pero no pudo evitar reírse. Sabía que se estaba comportando de un modo grosero, sin embargo le resultaba muy divertido que ella tuviera miedo de montar a caballo y no de enfrentarse a tres hombres armados hasta los dientes.
– Tienes que subir al caballo… no vas a ir andando– dijo el ryujin para zanjar el tema.
April cruzó los brazos sobre el pecho y lo miró con el ceño fruncido.
– No puedes obligarme.
– ¿Eso crees?– preguntó Van, sonriendo de un modo tan malévolo que le provocó a April un estremecimiento.
Se acercó a ella con rapidez para que no tuviera tiempo de percatarse de sus intenciones. La cogió de la cintura, por encima de la ropa, sorprendido por la tibieza de su cuerpo y la subió al caballo con delicadeza.
– ¿Te he dicho alguna vez que estás completamente loco?– dijo April con fingida indignación cuando estuvo sobre el caballo. Se acomodó con sumo cuidado y cara de pánico en la silla.
– No tengas miedo– intentó tranquilizarla Van–. Yo iré delante y llevaré las riendas. No te pasará nada.
– Querrás decir que no me pasará nada bueno– corrigió ella–. Dios mío, apártame de este loco antes de que me mate.
Van soltó una carcajada, se puso los guantes y montó delante de April. Se despidió de McMardigan, espoleó la montura con firmeza y tiró de las riendas para empezar a avanzar. La pelirroja se aferró a su espalda con temor.
– Si aprecias en algo mi cordura, te suplico que no hagas correr a este pobre animal– le susurró April. El ryujin sonrió por su comentario.
La mayor parte de los habitantes de Vaedran se habían apretujado a lo largo del camino para verles partir. Los otros huéspedes de la posada estaban en las puertas o se asomaban a las ventanas del Gato Negro. Partieron bajo las miradas de la multitud que se inclinaba y saludaba al rey al pasar, seguidos de cerca por una escolta de alegres niños. Tomaron el camino principal para salir de la aldea y los niños quedaron atrás.
Siguieron avanzando por el camino cubierto de nieve, que torcía a la derecha rodeando la loma de la aldea y cruzaba el puente de piedra sobre el río Adra, llamado por los lugareños Lenrhün, y atravesaba la fértil llanura de Vaedran hasta morir en la encrucijada que unía el camino que les devolvería a la capital y la Gran Calzada que cruzaba Fanelia de Norte a Sur.
El sol se alzó frente a ellos, sobre las montañas, cuando tomaron el camino hacia el oeste. Dejaron atrás las llanuras bañadas por el río Adra y se internaron en el valle del Belagua. Mientras la niebla que se elevaba desde las tierras bajas comenzaba a disiparse, April pudo observar los bosques que crecían en lo más profundo del valle, junto a la ribera del río. Tuvo que reconocer que aquella era una vista maravillosa, nunca había estado en un sitio igual. Le iba a resultar muy difícil acostumbrarse de nuevo al paisaje urbano de Manhattan cuando regresara a la Luna Fantasma.
Cuando alcanzaron las faldas de los Montes del Teleno, el viento arreció y tuvieron que echarse las capuchas de las capas sobre la cabeza para hacer frente al frío. Pero el sol brillaba en el cielo despejado y les resultó sencillo atravesar las montañas y cruzar el paso de Cilicia. Aquella noche, durmieron al raso, protegidos por las paredes escarpadas de las montañas y abrigados con las frazadas que McMardigan les había prestado. Van encendió un fuego y se sentaron alrededor hasta que se quedaron dormidos bajo el cielo estrellado.
La mañana siguiente descubrió un cielo despejado y azul. El viento ya no soplaba y, después de una ardua negociación, April reconoció que cabalgar con Van no era tan peligroso como parecía al principio por lo que accedió, a regañadientes, a ir más deprisa. Eso les permitió cruzar lo que les quedaba de Montes del Teleno antes del mediodía.
Caía la tarde cuando atravesaron las murallas de la capital de Fanelia. Van estaba contento de haber regresado a casa con April sana y salva. Ella, aunque no lo dijo en voz alta, también estaba feliz de volver. Pero no quería detenerse a pensar mucho en ello. Cruzaron la ciudad en dirección al palacio y, al cabo de unos minutos, se internaron en la fortaleza a toda velocidad ante la atónita mirada de los soldados que custodiaban el patio interior. Van hizo que el caballo se detuviera junto a las caballerizas de palacio y bajó de un salto de la montura. Luego, ayudó a April a desmontar también, cogiéndola de la cintura y dejándola suavemente en el suelo.
Van le quitó la montura a su caballo y lo acomodó en las caballerizas. Luego saludó a los mozos y a los soldados apostados en el exterior de la fortaleza. Juntos, Van y April se encaminaron hacia las grandes puertas de palacio a paso lento, disfrutando de la brisa del atardecer que hacía ondear los estandartes con el escudo de Fanelia en las almenas de la muralla. Acaban de traspasar el umbral cuando la comitiva de bienvenida les cortó el paso. Harold, Erik y Merle llegaban a la carrera por las escaleras que conducían a los pisos superiores. Alguno de los sirvientes debía de haberles informado sobre el regreso de Van y se apresuraban a darles alcance.
Jadeando, el consejero del rey y el capitán de su guardia se detuvieron a pocos pasos de ellos sin dejar de sonreír aliviados. Merle, sin embargo, se abalanzó sobre Van gritando su nombre.
– Yo también me alegro de verte Merle– dijo el ryujin, atrapado en el estrangulador abrazo de su medio hermana.
– Nos alegramos mucho de que hayáis regresado. Estábamos muy preocupados, majestad– dijo Harold.
– Todos los demás soldados regresaron cuando comenzó la nevada pero no teníamos noticias de vos– corroboró Erik.
– ¡Eso!– exclamó Merle, soltándole por fin–. ¿Dónde has estado? Nos tenías muy preocupados.
– Lo siento mucho, Merle– se disculpó el rey, mirando a April que se había mantenido todo ese tiempo en un discreto segundo plano–. Pero la tormenta nos sorprendió y tuvimos que detenernos hasta que dejó de nevar.
Todos los presentes dirigieron, entonces, sus ojos hacia April que enrojeció bajo el intenso escrutinio. Las miradas de Erik, Harold y Merle se detuvieron en la herida de su mejilla, preguntando silenciosamente qué había sucedido. Van ya estaba pensando en cómo contarles lo ocurrido cuando Merle se separó de él para dirigirse hacia April. La pelirroja miró directamente a los ojos de la chica gato. Suponía que Merle estaría enfadada por haberse marchado de palacio de un modo tan repentino, así que se preparó mentalmente para la reprimenda que iba a recibir. Pero estaba completamente equivocada.
Merle se abalanzó sobre ella y le echó los brazos al cuello mientras empezaba a sollozar como una histérica. Incapaz de reaccionar ante el arrebato emocional de su amiga, April se limitó a corresponder su abrazo.
– No vuelvas a hacerme esto jamás en tu vida– dijo Merle cuando fue capaz de calmarse un poco.
April se sintió inmensamente culpable por el estado de preocupación en el que había dejado a su amiga al huir de forma precipitada de la capital y se prometió a sí misma no volver a hacerle pasar nada parecido.
– No sabes cómo lo siento Merle. No volveré a hacerlo, te lo prometo.
La chica gato se separó de ella para mirarla a intensamente a los ojos. Las lágrimas que descendían por sus mejillas hirieron a April más que la daga de aquellos hombres de ojos oscuros.
– Más te vale– dijo Merle algo enfadada.
Sin embargo, se abalanzó otra vez sobre April para abrazarla de nuevo con una intensidad renovada. Van las contempló sin pronunciar palabra. Después de muchos días de angustia y culpabilidad había conseguido arreglar el lío que había formado noches atrás. Se sentía contento y aliviado, por primera vez en mucho tiempo.
– Bien Merle… ¿por qué no llevas a April a su habitación para que pueda descansar un poco? – dijo el ryujin. La chica gato se volvió hacia él sin querer soltar a la pelirroja–. Ha sido un viaje muy largo.
– ¿Y qué vas a hacer tú?– preguntó Merle.
– Tengo asuntos muy urgentes que tratar con Harold y Erik.
Merle asintió y, sonriendo como si lo sucedido durante los últimos días fuera sólo un mal recuerdo, acompañó a April escaleras arriba hasta su habitación. Cuando las chicas se perdieron por el corredor superior, Van se giró hacia sus hombres de confianza.
– Tenemos mucho de qué hablar– dijo simplemente, ganándose una mirada de desconcierto por parte de sus acompañantes que no dejaban de preguntarse qué era eso tan importante que quería contarles el rey.
…
Cuando, minutos más tarde, Van, Harold y Erik estuvieron cómodamente sentados en el despacho del rey, el consejero fue el primero en romper el silencio que reinaba en la sala.
– ¿Qué es eso tan importante que queríais tratar con nosotros majestad? – preguntó.
Van les contó apresuradamente lo que había sucedido desde que Erik y él se separaron en las planicies al sur del paso de Iso. Les explicó cómo había dado con April y cómo estuvo a punto de no llegar a tiempo de salvarla de aquellos hombres tan extraños. Cuando explicó que April estaba segura de haber visto antes a sus agresores en la Luna Fantasma Erik le interrumpió.
–Pero eso es imposible majestad, nada salvo un portal puede cruzar la brecha interdimensional.
– Y podemos estar seguros de que el portal que trajo aquí a la señorita April es el único que ha atravesado la brecha últimamente– corroboró Harold.
Van negó con la cabeza.
– April afirma que esos hombres la atacaron en su casa de la Luna Fantasma la noche que vino a Fanelia– comentó, acomodándose en su butaca–. La habrían matado en ese mismo momento de no ser porque el portal se abrió y la trajo hasta aquí.
Erik y Harold intercambiaron una mirada de desconcierto y preocupación.
– Pero, majestad– empezó Harold–. Si eso es cierto…
–Significa que han debido de encontrar otro modo de atravesar la brecha– concluyó el rey.
Los tres se mantuvieron en silencio unos instantes hasta que Erik volvió a hablar.
– ¿Averiguasteis lo que querían majestad? – preguntó.
– Es evidente que la querían a ella– contestó Van. Se levantó de su asiento y se dirigió hacia los ventanales que adornaban una de las paredes de su despacho–. Aunque no puedo comprender por qué.
– Entonces, hasta que averigüemos que es lo que quieren esos hombres de la señorita April permitidme sugerir, majestad, que le pongamos una protección especial a nuestra invitada– dijo Harold–. No podemos permitir que la señorita April vuelva a exponerse a un riesgo semejante.
El rey y su consejero miraron atentamente al capitán de la guardia.
– Os garantizo, majestad, que la señorita April no estará sola en ningún momento– aseguró con rapidez.
– Lo dejaremos en tus manos entonces Erik– dijo Van, el soldado se limitó a asentir con vigor.
El rey se dirigió entonces a su consejero. Se había pasado los últimos días dándole vueltas a un plan en su cabeza y había llegado el momento de ponerlo en marcha.
– Hay algo que deseo tratar con el consejo, Harold– informó–. ¿Cuándo crees que podrías organizar una reunión?
El consejero sonrió.
–Dadme media hora.
…
April se había duchado y cambiado de ropa y en esos momentos se encontraba sobre las mantas de su cama, con Merle, poniéndola al día de los últimos acontecimientos. Su amiga era una gran espectadora, jadeaba y contenía la respiración en el momento correcto del relato. Cuando la pelirroja terminó de contarle sus andanzas desde que salió de la capital, Merle le explicó el enorme operativo de búsqueda que Van había puesto en marcha para encontrarla y como ella misma se había encargado de recoger de nuevo toda su ropa para que cuando regresara no se encontrase la habitación revuelta.
Profundamente agradecida, April estaba a punto de volver a pedirle perdón por su comportamiento. Pero unos golpes en la puerta la interrumpieron. Ambas se quedaron calladas unos instantes.
– ¿Esperas a alguien?– quiso saber Merle, desconcertada.
La pelirroja negó con la cabeza y se levantó a abril la puerta de la habitación. Al otro lado del umbral había un soldado, vestido con el uniforme rojo, negro y dorado de los caballeros de Fanelia.
– ¿La señorita April Ryan?– preguntó.
– Soy yo, ¿qué desea?– respondió April.
– El rey me envía a buscarla– dijo simplemente–. Quiere verla inmediatamente.
April le dirigió a Merle una mirada confundida. La chica gato se encogió de hombros, al parecer sabía tan poco como la pelirroja del tema.
– Será mejor que vayas– opinó Merle–. Debe ser algo urgente.
– De acuerdo– dijo April mirando de nuevo al soldado.
– Si sois tan amable de seguirme, mi señora.
April acompañó al soldado faneliano por los pasillos del palacio, hasta llegar a un amplio corredor del ala oeste que sólo tenía una gran puerta de doble hoja en una de las paredes, de la otra pendían cuadros de lo que April imaginó que serían antiguos reyes de Fanelia.
El hombre se detuvo frente a las puertas de madera maciza y oscura.
– El rey os está esperando dentro– fue todo lo que dijo.
Confundida, April agarró el dorado tirador y abrió. Entonces se quedó paralizada en el umbral. Porque aquello no era ni un despacho ni una habitación sino la sala más grande que April había visto en toda su vida. La madera pulida brillaba en los suelos y el techo como si fuera un espejo, reflejando las luces de la capital que entraban a raudales por las enormes cristaleras situadas en la pared que daba al exterior. Los candelabros dorados que reposaban en las paredes y las lámparas de cristal del techo iluminaban a la veintena de hombres que se encontraban sentados en las enormes butacas rojas alrededor de la alargada mesa que había en el centro de la estancia. El rey estaba sentado en una butaca de incrustaciones doradas con forma de trono en la cabecera de la mesa. A su derecha, Harold sonreía tímidamente en su dirección desde el otro lado de la estancia.
"Estoy en la cámara del Consejo", pensó April para sus adentros. Aquello tenía que ser un error, ¿para qué demonios la habían traído a ella a una reunión del Consejo?
– ¡Estupendo!– exclamó Harold– Ya podemos empezar, tome asiento señorita April– dijo señalando la butaca vacía que tenía a su lado.
Completamente desconcertada la pelirroja cerró la puerta y se encaminó hacia el asiento que Harold le había indicado. Avanzó por el amplio espacio entre las enormes cristaleras y las butacas del Consejo. Le pareció un camino larguísimo. La sala no se acababa nunca, por mucho que ella caminaba hacia la cabecera de la mesa. Notaba los ojos de los miembros del Consejo fijos en ella, pero hizo todo lo posible por ignorarlo. Se sintió incómoda y nerviosa bajo el intenso escrutinio de las personas más poderosas de Fanelia. Pero ella era fuerte y valiente, 48 horas antes un loco había intentado cortarle la cara. Sentarse en una silla no era nada comparado con aquello. Así que alzó la cabeza y cruzó lo que le quedaba de sala con seguridad y paso firme.
Cuando alcanzó la cabecera de la mesa, se sentó junto a Harold en completo silencio. Todo el mundo continuaba mirándola, pero no por mucho tiempo.
Van se puso entonces de pie y todos los ojos se clavaron en él. Después comenzó a hablar y, cuando lo hizo, April supo que ya no era el hombre con el que ella había estado bromeando por la mañana acerca de la velocidad a la que debían cabalgar. En ese momento era el rey de Fanelia y estaba cumpliendo con su deber.
– Me gustaría pediros disculpas a todos por haber convocado esta sesión del Consejo con tan poca antelación– dijo con su voz cargada de autoridad–. Pero tengo que tratar un asunto muy importante con todos vosotros.
Todos guardaron silencio, esperando que el rey continuara. April sólo podía preguntarse qué demonios estaba haciendo allí.
– He de anunciar a este Consejo que, contra todo pronóstico, hemos conseguido poner en marcha la tecnología de Zaibach.
Aquellas palabras sacudieron la sala con la potencia de un ciclón y desencadenaron una oleada de murmullos entre los consejeros. Todos comenzaron a hablar al mismo tiempo mientras el asombro y la incredulidad recorrían el Consejo, hasta que uno de aquellos hombres se levantó de su asiento y pidió la palabra. Se apoyaba en un bastón para mantener el equilibrio y llevaba una túnica roja con el emblema de Fanelia colgando del pecho (como todos los demás miembros del Consejo), su rostro lo surcaban las arrugas y su cabello, veteado por las canas, era ya más blanco que negro.
– Adelante Aro– dijo el rey y volvió a sentarse.
Aquel consejero parecía el portavoz, el hombre más anciano de todos los de la sala, a quien los demás escuchaban. April tuvo el presentimiento, nada más fijarse en él, de que no iba a caerle bien. Entonces habló y ella pudo confirmar sus sospechas.
– El Consejo os felicita majestad– su voz grave y autoritaria llenó la estancia. Parecía muy orgulloso de sí mismo, aunque no hubiera hecho absolutamente nada, pensó la pelirroja–. Estamos en una posición inmejorable para vender la tecnología de Zaibach a otras naciones ahora que podemos hacerla funcionar.
Los murmullos comenzaron de nuevo. Van suspiró pesadamente y sus ojos se encontraron con los de Harold. Ambos pensaron lo mismo, otra vez la idea de vender sobre la mesa. Por su parte, April no podía creerse lo que estaba ocurriendo, ¿cómo iban a vender algo tan valioso cuando acaban de empezar a analizar esa tecnología? Se acercó todo lo que pudo a Harold y le susurró sus dudas.
– No pueden hacer eso, ¿verdad?– preguntó con un hilo de voz, para que nadie más escuchara sus palabras–. No cuando la tecnología está aún en fase de desarrollo.
Harold la miró con cara de amargura.
– Aro lleva años presionando al rey para vender. Su majestad ha retrasado el momento todo lo posible, pero no creo que esta vez pueda hacer mucho.
April bufó indignada. Aquello era la mayor estupidez que había oído en su vida. ¿A qué imbécil se le podía ocurrir entregar a otro país una tecnología como esa? Aquello sería la gallina de los huevos de oro en la Luna Fantasma, pensó la pelirroja con tristeza. Había creído que tendría más tiempo para analizar al detalle la tecnología de Folken y que podría, con un poco de ayuda, empezar a reproducirla. Pero esa idea acababa de esfumarse ante las ansias de riqueza de aquel hombre. Tan sólo podría contemplar impotente como el Consejo cometía un descomunal error sin poder hacer nada para evitarlo.
Todos los consejeros, excepto Harold, comenzaron a trazar un plan de comercio con las naciones que pudieran estar más interesadas en la tecnología de Zaibach.
– Si vendemos ahora– continuó Aro–. Obtendremos un mayor beneficio ya que conocemos el modo de hacerla funcionar, majestad. El momento ha llegado. No hay ningún otro modo de asegurar más ganancias para Fanelia que vender ahora.
April se revolvía impotente en su asiento y cuando escuchó las palabras de Aro, no pudo contenerse más tiempo.
– Eso no es cierto–. Su voz se extendió por la estancia y todos se giraron para mirarla. Aunque a ella no le importó.
Sabía que no tenía voto en aquella cuestión, sabía que debía permanecer en silencio mientras esos hombres tomaban las decisiones importantes. Pero no podía permitir que aquel idiota le hiciera creer a todo el mundo que el suyo era el único plan viable. No iba a quedarse de brazos cruzados porque ese no era su estilo. Durante un segundo, discutió consigo misma. Una parte de su cerebro le pedía que continuara, la otra no dejaba de repetirle que el rey se iba a enfadar mucho por lo que estaba haciendo. Calmó su conciencia pensando que si Van quería que se mantuviera al margen no debería haberla llamado. La voz del consejero detuvo el curso de sus pensamientos.
– Me temo que no la comprendo, mi señora– contestó Aro en cuando logró sobreponerse a la sorpresa que le había causado su intervención.
– Es muy sencillo– dijo April, pronunciando cada palabra con calma–. He dicho que no es cierto.
Aro la miró con el desprecio pintado en la cara. No podía creerse que una mujer se atreviera a hablarle de ese modo al miembro más antiguo del Consejo de Fanelia.
– ¿Me estáis llamando mentiroso?– la ira impregnaba sus palabras y los murmullos se extendieron de nuevo entre los presentes. April pensó que no debía estar acostumbrado a que le llevaran la contraria, y menos una mujer. Pero aquello no consiguió alterarla en lo más mínimo. Se había enfrentado muchas veces a idiotas machistas que se creían mejores que ella por el mero hecho de ser hombres.
– Por supuesto que no, mi señor– contestó ella cínicamente–. Tan sólo he dicho que estáis equivocado.
Aro golpeó la mesa de madera con la palma de la mano. El impacto resonó en la estancia y todos los murmullos se detuvieron de golpe.
– ¿Y quién sois vos para opinar ante el Consejo de Fanelia?– preguntó Aro. Ya no se esforzaba en ocultar el desprecio que sentía hacia ella.
April se levantó de su asiento, sin dejar de mirar al consejero. Firme, serena, imperturbable. El fuego ardía en sus ojos verdes como ocurría cada vez que defendía algo que le apasionaba. Cuando habló de nuevo, segura y sin miedo, su voz rompió el silencio.
– La persona que ha conseguido poner en marcha la tecnología de Zaibach.
¡Hola de nuevo Escafans!
Aquí os traigo el capítulo de esta semana, le estoy cogiendo el gusto a escribir capítulos más largos cada vez. Pero no me quejo, mientras la inspiración continúe por mi no hay problema.
En fin, la cosa se pone interesante como os prometí. Ya veis que Aro es el gran enemigo del progreso en el Consejo de Fanelia y que April va a tener que pelear mucho con él para poder salvar la tecnología de Folken de sus garras. Ya veremos si lo consigue al final.
Espero que el capítulo os haya gustado. Se que quiero dedicar especialmente a mis lectores mexicanos por lo mal que lo han pasado en la última semana con el tiempo. Espero que todos estén bien y que nos sigamos leyendo cada semana.
No me quiero despedir sin antes mencionar a mis chicas: Alice Cullen, 7, Annima90, MacrossLive, Ana, Diana y todos los anónimos. Gracias por gastar vuestro tiempo en dejarme un review, vuestro apoyo es muy importante para mi. Gracias por estar ahí.
Miles de gracias por leerme cada semana.
Nos vemos en el siguiente.
Love, Ela.
