Recomendación musical: Tribe Society - Kings.
Capítulo 9: Pandora.
El tenso silencio que siguió a las palabras de April fue roto por los hombres que se sentaban entorno a la mesa del Consejo de Fanelia, cuando comenzaron a hablar todos al mismo tiempo. La sorpresa se reflejaba en sus expresiones mientras la incredulidad teñía los murmullos que recorrían la sala.
Van estuvo a punto de echarse a reír. Aunque viviera cien mil años jamás podría olvidar las caras de sus consejeros. El ryujin intercambió una mirada de asombro con Harold, que sentado a la derecha del rey, observaba con admiración a la mujer de la Luna Fantasma. Pero no podía evitarlo pues, en toda su larga vida, Harold nunca había visto a alguien plantarle cara a Aro de ese modo. Todos en Fanelia le respetaban por ser el miembro más longevo del Consejo y también el portavoz. Nadie se atrevía a contradecirle, aunque sus planteamientos y sugerencias fueran incorrectos, porque temían el poder que Aro ostentaba. Pero April no tenía miedo de decirle que se equivocaba.
"Esta chica tiene agallas", pensó Harold para sí mismo y sonrió internamente. Quizás April era la chispa que necesitaba Fanelia para dejar atrás los días oscuros y empezar de nuevo en tiempos de paz. Tal vez ella podía ayudarles a olvidar las limitaciones que la tradición imponía y mirar hacia el futuro.
Pero no todos los miembros del Consejo pensaban como él. Aro, que seguía de pie, miraba a April como si no pudiera creer lo que estaba escuchando, como si considerara una ofensa el mero hecho de que ella se atreviera a dirigirle la palabra.
– ¡Eso es imposible!– exclamó indignado.
April sonrió con ironía. Le hacía gracia que aquel hombre la creyera incapaz de hacer algo así. Iba a demostrarle que la estaba subestimando.
– ¿Me estáis llamando mentirosa?– preguntó cínicamente, escogiendo con cuidado sus palabras.
Los murmullos se detuvieron en ese instante. Todos fueron conscientes de que ella había elegido las mismas palabras que Aro había pronunciado minutos atrás. Van y Harold la miraron sorprendidos. No le hacía falta gritar para defender su postura, le bastaba utilizar su ingenio para dejar en ridículo los argumentos de Aro, uno a uno. El rey notó que muchos consejeros empezaban a mirarla con interés.
– Ninguna mujer puede llevar a cabo un logro como ese– dijo Aro con un tono altivo y arrogante, cuando fue capaz de recuperarse del golpe que acababa de recibir.
April lo miró con repugnancia. Le hubiera gustado poder decirle que era un imbécil y un machista, pero imaginaba que aquel hombre era un respetable miembro del Consejo y no le apetecía ser acusada de desobediencia. Prefería ser diplomática y patearle el trasero en su propio terreno.
– Desconozco lo que las mujeres de Fanelia pueden o no pueden hacer. Pero allí de dónde vengo, las mujeres hacemos cosas como ésta continuamente– contestó con tranquilidad, sin dejarse intimidar. Quería demostrarle a aquel hombre que ella no era una de esas mujeres sin cerebro que se pasaban el día admirando su belleza ante un espejo. Ella trabajaba durante horas cada día para salir adelante por sí misma. Y no pensaba permitir que nadie la insultara de ese modo.
– Si sigue así, majestad– dijo Harold acercándose todo lo posible al rey, para que nadie más escuchara sus palabras–. Tendréis que traerla a todas las reuniones del Consejo.
Van sonrió con ganas. Estaba de acuerdo. April era brillante y no temía decir lo que pensaba.
– De hecho– continuó Aro haciendo caso omiso de las palabras de la pelirroja–. Ni siquiera deberíais estar en esta sala. Sólo el rey y los consejeros están autorizados a presenciar una reunión del Consejo de Fanelia y ya que no sois ni lo uno ni lo otro os sugiero que os marchéis.
Ella abrió la boca para contestar pero fue interrumpida por la autoritaria voz de Van, que salió en su defensa haciendo uso de su potestad como rey.
– ¡Basta Aro!– dijo y consiguió que todos se callaran inmediatamente–. Permitidme que os recuerde que la señorita Ryan es mi invitada, agradecería que fuera tratada como tal por este consejo.
La pelirroja miró al ryujin a los ojos y se sonrojó un poco cuando él le sonrió para infundirle ánimo. Suspiró de alivio internamente al comprobar que no parecía enfadado por su intervención. Aro, por su parte, asintió lentamente, como si le resultara completamente ofensivo que alguien le pidiera que mostrara más respeto ante una mujer tan insolente, y se sentó de nuevo en su butaca con cara de sentirse completamente deshonrado. El resto de consejeros bajó la cabeza, ante las palabras de Van.
– Además– continuó el rey–. No deberíais desconfiar de sus palabras. Yo mismo he visto sus progresos. Os está diciendo la verdad, ella ha sido la única que ha podido poner en marcha la tecnología de Zaibach.
Los consejeros empezaron a murmurar, esta vez con admiración. April, aún de pie, intentó no parecer demasiado orgullosa de sí misma. Le ocurría lo mismo cada vez que uno de sus proyectos triunfaba, no podía evitar sentirse incómoda ante la atención que recibía. Su trabajo era esforzarse por desarrollar tecnología que dejara boquiabiertos a los jefazos del Pentágono, pero odiaba las alabanzas vacías de quienes no movían un solo dedo a menos que hubiera un periodista para inmortalizar el momento.
– Eh… ¿Señorita Ryan? – preguntó tímidamente uno de los consejeros, sentado casi al final de la mesa. Tenía el pelo negro, largo hasta los hombros y parecía el más joven de toda la sala, sin contar al rey–. Antes habéis dicho que existe un modo de obtener mayores beneficios con la tecnología de Zaibach que venderla a otro país. ¿Cuál… sería ese método?
April miró a Van, pidiéndole permiso para contestar. Creía que ya se había saltado bastante las reglas, no le convenía tentar más a la suerte. Pero el ryujin asintió, con una sonrisa torcida, como si le hiciera gracia que necesitara su consentimiento para algo. Ella giró el rostro y enfocó su mirada en el consejero que le había preguntado, meditando su respuesta.
– Es cierto que si decidís vender ahora podríais obtener una gran cantidad de dinero–respondió con sinceridad. Aro sonrió con satisfacción, ella decidió ignorarlo– Sin embargo, no estaríais pensando a largo plazo. Desaprovecharíais la oportunidad de ser la única potencia que controle, produzca y distribuya la tecnología de Zaibach– Los consejeros intercambiaron miradas de fascinación. Harold y Van la observaban fijamente, con interés. April estaba nerviosa, como cada vez que defendía un proyecto ante los jefazos de Washington, respiró hondo para calmarse y continuó–. Pero si decidís no vender, podréis estudiar y analizar la tecnología de Zaibach a fondo. Eso os permitiría conocerla, desarrollarla y producirla en serie. Después, podréis venderla a las demás naciones pero sólo Fanelia sabría cómo funciona y cómo ponerla en marcha. Cada vez que un país quisiera comprar la tecnología de Zaibach tendría que acudir a Fanelia, cada vez que una máquina se estropee tendrían que acudir a un ingeniero de Fanelia para que la repare o adquirir una nueva. Todo el dinero se quedaría aquí, ganaríais una fortuna.
– Como la Tribu de Hispano– susurró Van con la voz teñida de asombro.
April asintió y, después, recorrió la mesa con la mirada, salvo Aro, todos los consejeros parecían haber sido seducidos por las ventajas de su plan. La pelirroja decidió asestarles el golpe final.
– Y no sólo eso. Imaginad cuántas familias podrían trabajar en este proyecto. Traeríais riqueza y progreso a vuestro país. Y un legado del que podrán vivir las generaciones venideras.
Lo había hecho. Había expuesto su idea y sembrado la semilla de la duda entre los miembros del Consejo. Ahora les tocaba a ellos tomar la decisión final. April se sentó despacio, con el corazón latiéndole acelerado por los nervios. Aunque se le daba bastante bien, odiaba hablar en público. Harold extendió la mano disimuladamente y le apretó el brazo de forma cariñosa, como si quisiera transmitirle su apoyo, como si quisiera decirle que lo había hecho muy bien. Ella quiso creer que había conseguido convencerles con sus palabras. La pelirroja sabía que el suyo era el mejor plan disponible, pero también intuía el peso que la opinión de Aro tenía sobre los demás consejeros.
Aro se levantó de nuevo y, mirando a la pelirroja con aversión, soltó un larguísimo y aburridísimo discurso sobre los problemas que les traería el plan de April si lo llevaban a cabo. Para él acarreaba demasiado trabajo, demasiado esfuerzo. En su opinión, era mejor vender en ese momento, ahorrarse todo aquello y embolsarse la enorme cantidad de dinero que otros países estarían dispuestos a pagar por la tecnología de Zaibach. La pelirroja luchó para no bostezar. Cuando hubo terminado, Aro tomó asiento de nuevo y apoyó las manos en el regazo despreocupadamente. April supo, por su cara de satisfacción, que estaba completamente seguro de que ganaría aquella batalla. Después de todo, tenía al Consejo bajo control.
El silencio se extendió por la estancia como una plaga contagiosa. Los ojos de todos los presentes se dirigieron entonces hacia Van. El rey tenía la última palabra en aquella cuestión.
El ryujin apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó las manos frente al rostro. Estaba gratamente sorprendido. Sin la intervención de April habría tenido que batallar durante horas para convencer al Consejo. Sin embargo, gracias a ella, los tenía exactamente donde quería. Porque él no deseaba vender, aquella tecnología era el último regalo de su hermano y Van pretendía convertirla en el buque insignia de Fanelia. Antes, no podía ni siquiera plantearse esa posibilidad. Pero April había cambiado aquella triste realidad poniendo en marcha, inexplicablemente, la tecnología de Zaibach. Y ahora le servía en bandeja un proyecto extraordinario. En realidad, pensaba Van, la pelirroja no había hecho más que darle satisfacciones desde que apareció cubierta de barro en mitad del bosque. Estaba en deuda con ella.
Van supo entonces que si ella había podido hacer realidad lo que todos creían imposible, también sería capaz de poner en marcha el plan que había propuesto. April le estaba haciendo un regalo de incalculable valor y él pensaba aprovecharlo. Ya se había equivocado en una ocasión y no iba a cometer el mismo error dos veces. Esta vez confiaría en ella.
Intercambió una mirada con Harold y el ryujin comprendió que su consejero había llegado a la misma conclusión. Se levantó con lentitud de la butaca en la que había permanecido sentado desde que puso un pie en la sala del Consejo y se dirigió a sus consejeros con calma y autoridad.
– Os agradezco a todos vuestras palabras. Sé que veláis por el interés de Fanelia, tanto como yo– dijo–. Mi deseo ha sido siempre reconstruir Fanelia y empujarla a crecer convertida en la gran nación que sabemos que es. Por ello, solicito ante el Consejo llevar a cabo el plan propuesto por la señorita April.
Muchas cosas sucedieron al mismo tiempo. Harold sonrió satisfecho, April suspiró de alivio, algunos consejeros aplaudieron o alabaron la petición del rey. Sin embargo, la cara de Aro era un poema. Si la indignación y la ira pudieran medirse, las de Aro se saldrían de la órbita del planeta.
– Pido al Consejo que exprese su veredicto sobre esta cuestión– reclamó Van sentándose de nuevo. Aunque el rey tenía la última palabra en un Consejo, el ryujin había intentado, desde que se convirtió en rey, hacer partícipes a los consejeros de todas sus decisiones.
Todos a una, los consejeros levantaron la mano. Todos, excepto Aro, que permaneció en su butaca con las manos en el regazo. El odio que destilaba su mirada parecía solidificarse en la oscuridad que desprendían sus ojos al mirar a April. Pero a la pelirroja no le importaba, en absoluto. El corazón le latía nervioso y acelerado dentro del pecho, porque el Consejo había tomado la mejor decisión posible y no porque ella hubiera sugerido aquella idea. No estaba defendiendo su orgullo sino el interés de Fanelia.
– Está decidido, entonces– confirmó Van con un leve asentimiento de cabeza. Nunca le había costado tan poco convencer al Consejo. Estaba eufórico y estupefacto, todo al mismo tiempo.
– Si eso es todo, majestad– dijo Harold–. Creo que podemos poner punto y final a la reunión. Se está haciendo tarde.
El ryujin dio su permiso para dar por finalizado el Consejo. Sus miembros se pusieron en pie y se inclinaron ante el rey de Fanelia. Luego, comenzaron a salir ordenadamente, comentado entre ellos las novedades de aquella tertulia tan inesperada. Parecían encantados con el resultado de la reunión.
Sólo Van, Harold y April permanecieron en sus asientos. Cuando el último de los consejeros abandonó la estancia, cerrando la puerta tras de sí, la pelirroja se permitió soltar el aire que había estado conteniendo en los pulmones debido a los nervios. Se sentía bien por haber conseguido devolverle a Fanelia una parte de lo que Van y Merle le habían dado a ella.
Harold, se giró hacia la pelirroja desde su posición a la derecha del rey, con una sonrisa afectuosa adornándole el rostro.
– Felicidades– elogió el consejero–. Habéis conseguido lo que parecía imposible, señorita Ryan, vencer a Aro usando sus propias armas.
Ella sonrió en respuesta a sus palabras. Aunque en el fondo, se alegraba de haberle pateado el trasero a alguien tan misógino, déspota y narcisista. Luego, April dirigió su mirada hacia la cabecera de la mesa, hacia el rey de Fanelia. Sabía que la suya era la única opinión que importaba y esperaba, de corazón, no haberle molestado o enfadado. Ella le observó atentamente. Van aparentaba estar relajado y tranquilo mientras se apoyaba en el respaldo de su asiento con actitud despreocupada. No parecía enfadado, pero acababan de empezar a llevarse bien y la pelirroja no quería volver al punto de partida.
– Siento si te he causado problemas con mi intervención– dijo afligida, a modo de disculpa–. A veces no sé cuándo callarme.
Van la miró confundido. No entendía por qué se estaba disculpando si había conseguido, en menos de dos horas, meterse al Consejo en el bolsillo. No había conocido a alguien tan extraño en su vida.
– No tenéis de que disculparos, señorita April– contestó Harold por los dos–. No echéis a perder el regalo tan extraordinario que nos habéis entregado por sentiros culpable.
Ella sonrió tímidamente, un poco más animada. Era una mujer de ciencia a la que no le gustaba demasiado la política. Se sentía cómoda rodeada de máquinas, en su laboratorio. Una reunión del Consejo de Fanelia no era su terrero, estaba jugando lejos de su zona de confort. Además, tampoco conocía las costumbres de Fanelia. Tenía miedo de causar problemas en lugar de solucionarlos.
Van se levantó de su asiento y los demás lo imitaron. Se dirigieron juntos hacia la salida y antes de llegar a la puerta, el ryujin se detuvo. Se giró lentamente para observar a April.
– Espero que después de todo lo que has dicho, tengas un plan– dijo, intentando parecer severo, pero fracasando estrepitosamente. Después de todo, la reunión había ido muy bien.
April miró al ryujin intensamente. El fuego que ardía de nuevo en las profundidades de sus ojos verdes entibió el ambiente entre ambos, más rápido que la mejor de las chimeneas.
– Podéis estar tranquilo majestad– contestó con la sombra de una sonrisa bailando en sus labios–. Yo siempre tengo un plan.
– Entonces nos reuniremos de nuevo, mañana a primera hora en mi despacho. Y podremos conocer los detalles de tu plan… April– contestó Van. Era la primera vez que pronunciaba su nombre, con aquella voz tan profunda y autoritaria. Y, a juicio de April, sonaba bastante bien.
…
Después de cenar, April se fue directa a su habitación. Necesitaba estar a solas para pensar en cómo poner en marcha el plan que se le había ocurrido durante la reunión del Consejo de Fanelia. Van y Harold habían confiado en ella y, en ese momento, la pelirroja sentía sobre sus hombros el peso de la responsabilidad.
Aquel era, probablemente, el trabajo más importante de su vida y debía hacerlo bien. Siempre se exigía el ciento veinte por ciento en cada proyecto, pero esta vez debía pedirse a sí misma un esfuerzo aún mayor. No sólo el rey estaría pendiente de sus progresos sino también Aro. Fracasar no era una opción. Rendirse tampoco. Ese era su trabajo y podía hacerlo mejor que nadie. Sólo tenía que ponerse en marcha y todo iría bien.
Se quitó los vaqueros, las botas y el jersey en un par de minutos y los cambió por aquel camisón blanco que Merle le había prestado la primera noche que pasó en Fanelia. A pesar de que tenía aversión por los vestidos, se había acostumbrado a aquel pijama tan especial y no se lo había devuelto. Era un poco provocador para su gusto pero tampoco pensaba llevarlo puesto delante de testigos, así que tampoco importaba demasiado.
Cuando hubo terminado, se sentó frente al tocador de madera maciza que adornaba su habitación. A través de los grandes ventanales pudo ver las luces de la ciudad y más allá, sobre las copas de los árboles y las cimas nevadas de los Montes del Teleno, la Luna Fantasma brillaba intensamente en el cielo estrellado. La vista le arrancó un suspiro y se entristeció al pensar que si estuviera en Manhattan tendría un equipo de ingenieros a su disposición para llevar a cabo un proyecto de tal envergadura. Pero en Fanelia no había una sola persona que pudiera ayudarla con el plan que estaba a punto de poner en marcha. Tendría que hacerlo sola y eso iba a retrasarla y a añadir dificultad a la ya de por si complicada tarea que tenía entre manos.
Entonces se le ocurrió. Si los ingenieros fanelianos no estaban acostumbrados a la tecnología moderna, ella les ayudaría a entrar de lleno en el siglo XXI. Abrió el cajón del tocador y sacó papel, tinta y pluma. Una de aquellas ideas descabelladas que se le ocurrían cuando estaba en problemas acababa de tomar forma en su cerebro. Tenía que aprovechar aquel momento de inspiración.
Cogió la pluma y empezó a escribir mucho más animada. Anotaba y trazaba líneas y dibujos sobre el papel a toda velocidad. Normalmente, mostraba el primer informe de un proyecto a través de presentaciones visuales, generalmente en una sala de juntas. Pero dudaba mucho que en Fanelia alguien, además de ella, supiese lo que era un PowerPoint.
No se detuvo ni se levantó en toda la noche. Tampoco pudo dormir. Permaneció sentada frente al tocador, dando forma a su nuevo proyecto hora tras hora, papel tras papel, mientras las llamas que caldeaban la habitación se extinguían en la chimenea.
La luz del amanecer dio paso a una pálida y fría mañana invernal. Lentamente, los débiles rayos del sol se abrieron paso por la fachada del castillo hasta entrar por las ventanas de la habitación. April siguió sentada en la misma posición, ocupada en su tarea, incluso cuando Merle llamó a su puerta para ir juntas a desayunar. La pelirroja apenas fue consciente de su presencia, absorta en su pequeña montaña de papeles. Masculló unas cuantas palabras de disculpa y le pidió que la esperara en el comedor. Merle obedeció, sin dejar de quejarse y pensando que su pelirroja amiga se había vuelto completamente loca.
Cuarenta y cinco minutos después, April soltó la pluma sobre el tocador. Por fin había terminado. Estiró, lentamente, los brazos sobre la cabeza para aliviar la rigidez de sus músculos y se puso de pie. Con tranquilidad, se acercó a la ventana para observar los destellos que provocaban los primeros rayos del sol sobre las cumbres nevadas. Acababa de vaciar completamente su cuerpo y su alma en los papeles que descansaban sobre el tocador, línea a línea. Abrió la ventana para dejar pasar la brisa del amanecer que le despeinó el pelo con un helado soplo de viento. Se sentía en paz consigo misma y con el mundo.
Entonces, se dio cuenta de la hora que era y su tranquilidad se esfumó. Iba a llegar tarde. Salió corriendo en dirección al cuarto de baño, forcejeando con el camisón de seda. Acabó quitándoselo por la cabeza debido a las prisas y lo arrojó sobre la cama sin miramientos.
Siempre le pasaba lo mismo, pensó enfadada consigo misma mientras cogía el peine y lo pasaba a toda velocidad por su larga cabellera pelirroja, era incapaz de parar una vez que se obsesionaba con algo. No le importaba la hora, no le importaba comer o dormir. Y en ese momento, supo que no llegaría a tiempo a la reunión que tenía a primera hora de la mañana a menos que se saltara el desayuno. Hacer esperar al mismísimo rey de Fanelia no era, precisamente, la mejor forma de empezar el día.
Quizás, y sólo quizás, deberías dejar de comportarte como una adicta al trabajo por una vez en tu vida, susurró una voz desde lo más profundo de su cerebro. Pero April la ignoró, como siempre. Y siguió cepillándose el pelo…
Cuando terminó de asearse, metió las piernas en unos vaqueros limpios y se pasó un jersey de cuello alto (para ocultar sus heridas lo máximo posible) por la cabeza. Resoplando para apartarse el pelo de la cara se puso las botas, metió los papeles en su mochila negra, se la colgó al hombro y salió corriendo de la habitación.
Atravesó los corredores de palacio lo más rápido que le permitieron las piernas. Si su madre pudiera verla, llevando unos vaqueros a los que Hitomi les prendería fuego y corriendo como alma que lleva el diablo, habría sufrido un colapso. Con la de veces que habían discutido cuando April se negó a entrar en el club de atletismo durante el instituto. Sonriendo, al recordar su infancia en Japón, siguió corriendo en dirección al despacho del rey.
Recorrió a la carrera el interminable laberinto de pasillos del castillo hasta llegar al corredor principal del ala este. Una vez allí patinó hasta detenerse frente a las puertas de madera que daban acceso a las estancias reales. Vaciló, con la mano extendida para agarrar el pomo, pero no se atrevió a entrar.
Nunca había puesto un pie en el área del palacio reservada a la Familia Real. Sabía que la habitación de Merle estaba en aquella zona y también el despacho y los aposentos del rey. Pero jamás había traspasado aquellas puertas. Tenía la sensación de que no debía estar allí. Ella sólo era una analista del gobierno que trabajaba desarrollando tecnología con una rutina tranquila y pacífica, ¿en qué momento había pasado de estar rodeada de máquinas a codearse con reyes y consejeros?, ¿cuándo había perdido el control de su vida de ese modo?
Aquel pensamiento le provocó un ramalazo de pánico. ¿Y si lo hacía todo mal? ¿Y si Van confiaba en ella y no era capaz de conseguirlo? A pesar de que llegaba tarde, se alejó de la puerta. Le temblaban las manos y sabía que debía tranquilizarse antes de poder seguir adelante. La responsabilidad y el deber pesaban sobre ella como una losa que no se sentía capaz de sostener en aquel momento. Nunca había estado tan nerviosa antes de presentar un proyecto.
Echó un vistazo a su alrededor, a fin de calmarse. La luz de la mañana entraba a raudales por las ventanas que adornaban el corredor, a través de ellas April pudo ver la ciudad extenderse en todas direcciones ante sus ojos. Imaginó que cientos de personas abarrotarían las calles a esas horas del día, dirigiéndose a sus quehaceres. ¿Cuántas de aquellas personas habrían quedado marcadas por el horror de la guerra? ¿Cuántas viudas o huérfanos habría en Fanelia desde entonces? ¿Cuántos habrían perdido una madre, un padre, un hermano o un hijo?
Fanelia y su gente habían luchado duramente para renacer de sus cenizas. Personas sin rostro que habían dado su vida por salir adelante en esa historia interminable que es el destino. Y ella estaba allí plantada. Asustada y cabizbaja. Preocupada por si sus planes no tenían éxito. Se avergonzaba internamente del momento de debilidad que sufría. Jamás imaginó que algo así pudiera pasarle a ella.
Sacudió con furia la cabeza, se estaba comportando como una estúpida. No pensaba rendirse antes de empezar. Ella sabía que su plan era bueno y que iba a funcionar. Su proyecto traería prosperidad y permitiría ayudar a mucha gente. Ese era su trabajo, lo que más le gustaba hacer en el mundo. No había motivos para tener miedo. O tal vez sí. Pero no tenía intenciones de quedarse en mitad de un pasillo hasta que sus problemas desaparecieran por arte de magia.
Respiró profundamente un par de veces para calmar sus nervios. Hacía cosas como esa continuamente en la Luna Fantasma. No es malo tener miedo, lo malo es permitir que el miedo domine tu vida, se recordó. Y ella debía enfrentarse a sus miedos y sobreponerse. Si su madre y las gentes de Fanelia pudieron sobrevivir a una guerra, ella podría llevar a cabo su proyecto. Debía ser fuerte y trabajar duro, no podía darse por vencida tan fácilmente. Honraría el legado de su madre y le devolvería a Van el favor de haberla acogido y salvado cuando más lo necesitaba. Aquella debía ser su misión y, tal vez, si la completaba podría volver a Manhattan.
"Todo va a salir bien", se dijo para infundirse valor.
Giró sobre sus talones y abrió la puerta con el corazón latiéndole dolorosamente contra las costillas. Llegaba tarde y la estaban esperando.
…
Erik, de pie junto a la puerta, custodiaba aquella mañana el despacho del rey de Fanelia. Le sonrió afectuosamente cuando la escuchó aproximarse.
– Buenos días mi señora– saludó, vestido con el uniforme rojo y negro que llevaban todos los soldados de Fanelia y la capa dorada de la guardia real–. Te están esperando.
Ella asintió, con un nudo en el estómago y utilizó los nudillos para llamar a la puerta. La voz de Van le llegó desde el otro lado, fuerte y clara.
– Adelante.
April dejó de lado sus nervios y sus dudas al abrir la puerta. Entonces, el despacho del rey le dio la bienvenida con su calidez. Era una estancia enorme, de altos techos, y un descomunal ventanal justo detrás del gran escritorio de caoba que presidía la estancia, con dos butacas frente a él para los invitados. Las cortinas de color carmesí, estaban corridas para dejar pasar la luz y hacían juego con la alfombra que adornaba la zona de reunión. Los suelos eran de madera pulida y de las paredes pendían varios cuadros que representaban paisajes de la capital y sus alrededores. Había una zona de descanso, a la izquierda de la entrada, con una mesa de café y varios sillones mullidos. La bandera roja y dorada de Fanelia dominaba la habitación desde su lugar en un rincón.
Van estaba sentado tras el escritorio, con las manos apoyadas en la mesa, y Harold en una de las butacas frente a él. Ambos interrumpieron la conversación que mantenían para mirarla en cuanto atravesó el umbral.
– Bienvenida señorita April– dijo Harold de un modo afectuoso–. Tome asiento por favor.
April intentó devolverle la sonrisa pero no pudo. Sentía los músculos de la cara congelados, como si fueran incapaces de recordar como sonreír.
– Siento el retraso– se disculpó contrariada–. Estaba terminando unos documentos y he perdido la noción del tiempo.
Van, recordando su conversación en el Gato Negro sobre la obsesión de April con el trabajo, se echó a reír aligerando la opresión que la pelirroja sentía en el estómago.
– Lo imaginaba– dijo el ryujin con una sonrisa torcida y los ojos brillantes. April nunca lo había visto de tan buen humor y no pudo evitar sonreír a su vez. Aunque notaba su rostro tenso y la sonrisa forzada.
Harold los miró sin entender de qué se reían.
– ¿Me he perdido algo?– preguntó a medio camino entre la sorpresa y el entusiasmo. Él tampoco había visto al rey tan contento en ocho años.
– No es nada– dijo Van, haciendo un gesto con la mano restándole importancia al asunto–. Sólo una pequeña broma personal.
– A mi costa, por supuesto– aclaró la pelirroja un poco más animada, mientras se quitaba la mochila y se acomodaba en la butaca, al lado del consejero del rey.
– No sabía que erais un bromista, majestad– dijo Harold sorprendido–. Pero centrémonos de una vez en el asunto que nos ha reunido aquí, no hagamos perder el tiempo a la señorita April.
La pelirroja respiró hondo, había llegado el momento. Cogió la mochila y sacó con cuidado los papeles en los que había trabajado toda la noche. Se levantó y los dejó sobre la mesa respetuosamente, como si fueran el objeto más valioso del mundo. Luego, volvió a sentarse, permitiendo que Van y Harold se aproximaran para verlos más de cerca. April contuvo el aliento mientras los dos hombres leían detenidamente su trabajo, esperando superar aquella prueba de fuego.
Por su parte, el rey y su consejero observaban, asombrados, los dibujos y descripciones del proyecto. Cada fase estaba minuciosamente pensada y analizada. April no se había dejado nada en el tintero. Aquello era increíble, ninguno de los dos había visto algo así antes.
Nadie hablaba y April empezó a preguntarse si estarían entendiendo sus anotaciones. Decidió intervenir para aclarar un poco las cosas.
– Como podéis ver– dijo, haciendo todo lo posible por controlar sus nervios–, mi idea es dividir el proyecto en tres grandes fases. La primera, lógicamente, es analizar minuciosamente la tecnología de Zaibach porque hay muchísimos aparatos en ese hangar que ni siquiera están montados. Necesitaríamos tiempo para averiguar qué hace y cómo funciona cada uno de ellos. Ese es el primer paso y podemos hacerlo en el propio hangar, instalando allí una especie de laboratorio– explicó–. El segundo paso, claro está, es empezar a pensar en métodos para producir la tecnología una vez que la hayamos estudiado al detalle. Lo mejor sería instalar una cadena de fabricación y montaje para las piezas. Os he incluido bocetos básicos de la maquinaria necesaria para llevar a cabo esta fase– aclaró, señalando los dibujos–. Aunque es imposible que podamos meter todo eso, además de los operarios, en el hangar. Así que tendríamos que construir o buscar un lugar más amplio y espacioso para ello– se detuvo para coger aire y continuó–. Y por último, aunque no menos importante, debemos formar a los ingenieros de Fanelia para que conozcan la tecnología que vais a exportar después. Nada de esto serviría si vuestros ingenieros desconocen los equipos y procedimientos que van a tener que utilizar. He pensado que, tal vez, lo mejor sería acondicionar una especie de universidad en la que se puedan formar todos aquellos que deseen convertirse en ingenieros. Porque no podéis permitir que vuestros técnicos tengan que marcharse a estudiar a otros países.
La pelirroja terminó su discurso y los observó ansiosamente, esperando el veredicto final. Pero ninguno de aquellos hombres parecía dispuesto a hablar y ella estaba comenzando a desesperarse.
– Señorita April… Esto es…– Harold habló, al cabo de unos minutos interminables. Era incapaz de encontrar las palabras que pudieran expresar lo que pensaba en ese momento.
– ¿Increíble?, ¿asombroso?– completó Van por él, atónito. Sabía que April podía hacer cosas increíbles, pero jamás imaginó hasta qué punto.
Harold asintió y la pelirroja se relajó visiblemente al darse cuenta de que parecían contentos con su trabajo. Suspiró de alivio y dejó salir el aire que había estado conteniendo.
– ¿Cómo has hecho todo esto en tan poco tiempo?– quiso saber el ryujin, aún estupefacto.
– Bueno… me dedicaba a hacer cosas así en la Luna Fantasma– explicó ella–. Este era mi trabajo.
El rey y su consejero intercambiaron una mirada de asombro.
– Pues permitidme que os diga, mi señora, que habéis hecho un trabajo fantástico– alabó Harold con una sonrisa–. Nunca he visto nada igual.
April se sonrojó sin poder evitarlo. No le gustaban ni los elogios ni la adulación cuando los dirigían hacia su persona porque la hacían sentir increíblemente incómoda.
– Os lo agradezco– dijo ella–. Ha sido un placer.
– El placer es nuestro, mi señora– contradijo Harold–. Aún no puedo creer que hayamos tenido tanta suerte.
Van asintió, dándole la razón a su consejero, y la pelirroja volvió a sonrojarse.
– Por favor– pidió el ryujin–. Cuéntame más.
April respiró hondo y empezó a hablar. Habló durante horas, mientras Van y Harold la escuchaban absortos y en silencio, sin perderse una sola palabra. Explicó cada idea y cada diseño, cada dibujo que había plasmado sobre el papel. Ellos la interrumpían de vez en cuando para que repitiera algo que no había quedado del todo claro o para que les resolviera las dudas. Así que April, con la voz ronca de tanto hablar, aclaró cada detalle de su plan.
Ni siquiera pararon a comer a mediodía. Para Van y Harold, el proyecto de April era más importante que cualquier otra necesidad. "Y luego la adicta al trabajo soy yo", pensó la pelirroja, mientras explicaba un complicado diagrama a su entregado público.
Por fin, a primera hora de la tarde, April terminó su explicación con un suspiro de alivio. Y menos mal porque se estaba quedando sin voz, tenía hambre y sed, y notaba la garganta seca. Dudaba entre irse a su habitación a tomar un baño caliente o averiguar dónde estaban las cocinas y asaltar la despensa en cuanto acabara la reunión.
– Agradecemos las molestias que se ha tomado por este proyecto señorita April– dijo Harold en cuanto ella terminó de hablar–. Este trabajo es increíble.
Van la miró intensamente durante unos segundos antes de preguntar:
– ¿Cuándo crees que podrías empezar?
April abrió sus grandes ojos verdes por la sorpresa. Después, miró a Van y luego a Harold y supo que, realmente, estaban pidiéndole que ella llevara a cabo el proyecto.
– ¿Queréis que yo dirija el proyecto?– quiso saber, atónita y estupefacta.
– Por supuesto– dijo el ryujin–. ¿Quién mejor que tú?
La pelirroja estuvo a punto de echarse a reír, presa de los nervios y la incredulidad. Generalmente, ella diseñaba los proyectos que, después, los ingenieros llevaban a cabo. Nunca antes había dirigido a un equipo. Y así se lo hizo saber a Van.
– Eso no importa– contestó el rey–. Aun así eres la persona más preparada para llevar a cabo este plan y dado que ha sido idea tuya, es justo que seas tú quien lo ponga en marcha, ¿no crees?
April supo, casi inmediatamente, que Van tenía razón. Después de todo, aquel proyecto era suyo. Pocas personas en la Luna Fantasma entenderían sus diseños e ideas, así que ¿qué posibilidades había de encontrar a alguien en toda Fanelia que lo hiciera por ella?
La responsabilidad volvió a posarse sobre sus hombros como una losa. Pero, esta vez, April estaba preparada para sostener la carga.
– De acuerdo– contestó al fin–. Lo haré.
...
Poco después de terminar de explicar cada detalle de su proyecto, Harold anunció que tenía asuntos urgentes que atender y se marchó, dejando solos a April y Van en el despacho del rey. Ella creyó que aquello significaba que era libre para poder marcharse. Pero el rey permaneció sentado, ni la despidió ni le hizo ninguna señal para que se fuera, y la pelirroja se quedó dónde estaba.
Como ocurría cada vez que estaban solos, el ryujin notó la intensa mirada de April fija sobre él. Pero, a diferencia de todas las veces anteriores, le sostuvo la mirada en aquella ocasión. Y aunque estaban separados por la mesa, sintió el calor del fuego que desprendían sus ojos a través de la distancia. El ryujin quería agradecerle de algún modo el magnífico trabajo que había hecho en tan poco tiempo y la pelirroja quería darle las gracias por la confianza que habían depositado en sus ideas. Pero ninguno encontró las palabras correctas para hacer saber al otro lo que pensaba y ambos decidieron guardar silencio.
Ni ella ni él quisieron cortar el contacto visual y permanecieron así, mirándose y sin hablar hasta que tocaron a la puerta.
– Adelante– contestó Van, sin dejar de mirarla.
Un mozo de palacio entró en la despacho llevando un carrito lleno de comida. Inclinándose respetuosamente ante el rey, dejó el carrito junto a la mesa del café y volvió a salir, casi sin hacer ruido. El aroma de la comida se expandió por la habitación y llegó hasta April, que en ese momento recordó que llevaba todo el día sin comer.
– Harold debe de haber ordenado que nos traigan algo de comer. ¿Tienes hambre?– preguntó el ryujin. Ella sonrió en respuesta, al notar como gemía su estómago–. Supongo que sí porque no has bajado a desayunar esta mañana y tampoco has comido nada a mediodía.
Van se levantó y fue hasta el carrito. Sacó los platos, la bebida y dos juegos de cubiertos plateados y lo colocó todo, con ágiles movimientos, sobre la mesa del café, bajo la atenta mirada de April. Tomó asiento en uno de los mullidos sillones que rodeaban la mesa, mientras que con la mano la invitaba a acercarse.
La pelirroja se sentó junto a él, en otro sillón. El rey cogió un cuenco de lo que parecía sopa caliente y vertió una abundante cantidad en su plato. Luego, le pasó el cuenco a April para que ella también pudiera probarla. La pelirroja cogió el cuenco con cara de circunstancias. A pesar del hambre que tenía, olisqueó la sopa, arrugando la nariz de una forma graciosa, porque el líquido marrón que se arremolinaba dentro no le inspiraba mucha confianza.
Al ver aquello, Van se echó a reír sin poder evitarlo.
– No va a morderte, ¿sabes? Sólo es sopa de cebolla– informó burlón–. Viene muy bien para entrar en calor durante el invierno.
– ¡Qué gracioso!– exclamó ella, mirándole con los ojos entrecerrados–. Si alguna vez viajas a la Luna Fantasma me vengaré de ti.
El ryujin sonrió mientras April se servía sopa y la probaba.
– No está mal– fue todo lo que ella dijo cuándo dio el primer sorbo.
– Eso es todo ¿no está mal?– preguntó frunciendo el ceño–. No tienes criterio.
Ella rió y después de aquello, pasaron varios minutos comiendo y sin hablar. Ambos tenían hambre y disfrutaban del silencio, por lo que no tenían la necesidad de llenar el ambiente con conversaciones banales.
Cuando hubieron terminado, lo que considerando la cantidad de comida disponible les llevó poco tiempo, se acomodaron relajados y saciados en sus sillones. Entonces, en mitad de la tranquilidad que reinaba en el ambiente, Van rompió el silencio.
– Hay algo que no entiendo en tu proyecto– dijo, ganándose una mirada interrogante de April–. Eres tú quien lo ha diseñado y quien va a dirigirlo, debería llevar tu nombre o tu apellido. Algo así como Proyecto April o Proyecto Ryan. ¿Por qué Pandora?
April se incorporó en su asiento y lo miró fijamente durante unos segundos.
– Pandora era el nombre del primer proyecto de defensa que diseñé para el gobierno federal– explicó con una sonrisa nostálgica–. Y también será el nombre del regalo que os entregaré a ti y a Merle. Así cuando me marche, una parte de mí se quedará en Fanelia. Y será como si no me hubiera ido del todo.
Al oír aquellas palabras, algo se rompió dentro de Van. Y supo que nada volvería a ser como antes cuando ella regresara a su mundo.
Hola de nuevo!
Aquí les traigo el capítulo de esta semana. Me ha encantado escribirlo, de verdad. Y espero que os guste y no se os haga largo o pesado.
No tengo mucho que decir de este capítulo. Sólo que la relación de Van y April está empezando a cambiar de la hostilidad inicial que él tenía hacia otro términos, al menos de confianza. Y a mi me encanta ir avanzando en esta historia que tanto me gusta. A quienes me han preguntado si van a salir los demás personajes del anime en esta historia, la respuesta es... SI Y ADEMÁS MUY PRONTO (risa malvada)
Quiero dedicarle el capítulo a mis incondicionales: MacrossLive, Annima90, Alice Cullen, Arsénico, 7 y todos los anónimos. Vuestros reviews son maravillosos y me hacen escribir con un subidón de alegría cada capítulo.
Gracias por leer y por gastar tiempo en dejarme un review. Me hacéis muy feliz.
Eso es todo.
Nos vemos en el siguiente.
Love, Ela.
