Recomendación musical: Lorde - Yellow Flicker Beat.


Capítulo 10: Amigos y enemigos.

Cuando April abrió los ojos, la luz del sol la cegó durante unos segundos hasta que pudo acostumbrarse a la claridad del ambiente. Estaba tumbada en mitad de lo que parecía ser un prado. Un pequeño círculo perfecto cubierto de hierba y flores silvestres meciéndose al compás de la suave brisa que se colaba entre los grandes árboles que protegían el claro. En algún lugar cercano, las aguas de un arroyo fluían llenando el silencio con su melodioso burbujeo. El sol brillaba en lo alto, iluminando la escena y acariciando las partes del cuerpo de April que el ligero y vaporoso vestido blanco que llevaba puesto dejaba al descubierto.

Se incorporó lentamente, observando el insólito paisaje que se extendía a su alrededor. La suave brisa enredaba su cabello rojo como el fuego y alborotaba la hierba que se mecía entorno a su inmóvil figura. El diáfano vestido mostraba cada curva y cada rincón de su cuerpo, pero no le importó. Estaba sola y hacía calor, ¿qué más daba?

Echó a andar por la mullida hierba que le hacía cosquillas en sus pies descalzos a cada paso. El aire olía a flores y a madera. April aspiró con fuerza para inundar su sistema de la suave fragancia que flotaba con el viento. Nunca había estado en un lugar tan hermoso en toda su vida. Por eso, estaba completa y absolutamente segura de que aquello era un sueño. Llevaba varias semanas teniendo sueños extraños y muy vívidos que hacían que se despertara gritando en mitad de la noche, asustada y empapada en su propio y frio sudor.

Sin embargo, el sueño de aquella noche era radicalmente distinto. Normalmente sus pesadillas transcurrían en lugares oscuros y siniestros, llenos de hombres rubios de ojos negros que la perseguían mientras ella intentaba escapar, inútilmente. Pero aquel prado era completamente diferente, parecía despedir paz y serenidad. No había nada que temer.

El sonido de un trueno en la lejanía quebró la quietud que reinaba en el ambiente, cortando el curso de sus pensamientos. En el cielo, antes despejado, se empezaban a amontonar grandes nubes negras que presagiaban tormenta. Pronto empezaría a llover.

– Hasta el tiempo es un asco en mis sueños– dijo desanimada porque no le apetecía mojarse.

De repente, la suave brisa que caldeaba el prado se detuvo y el viento cambió de dirección. Empezó a soplar desde el norte; gélido, seco y violento, hiriendo su piel como un cuchillo helado. Las nubes oscurecieron el sol en minutos y April supo que necesitaba encontrar un refugio donde resguardarse de la tormenta que se avecinaba. Inspeccionó de nuevo el claro mientras giraba sobre sí misma. No podía ver más allá de la densa sombra que proyectaba el techo de ramas que rodeaba el prado, la oscuridad manaba del corazón del bosque y le provocó un escalofrío. Un presentimiento, salido de quién sabe dónde, le repetía una y otra vez que no debía acercarse al límite del claro. Pero ella no era ninguna cobarde.

– Esto es ridículo– dijo para ahuyentar sus temores–. Yo no tengo miedo de la oscuridad.

Echó a andar con la intención de buscar refugio bajo los árboles del bosque. Sin embargo, algo se lo impidió.

– Deberías tener cuidado con la oscuridad, April Ryan… pues muchos peligros habitan en ella– dijo una voz femenina desde algún lugar a su espalda.

April se sobresaltó tanto que creyó que sufriría un infarto de un momento a otro. Se dio la vuelta a toda velocidad en busca de la dueña de aquella voz. Finalmente, la localizó, inmóvil, en el mismo centro del claro.

Era la mujer más hermosa que April había visto en toda su vida. Su piel parecía brillar bajo la tenue luz del sol con un resplandor plateado mientras su cabello rojo como el fuego caía en largos mechones que sujetaba una fina diadema dorada. Aquella mujer vestía una especie de toga blanca, larga hasta los pies, ceñida bajo el pecho por unos cordones dorados. April la miró con cautela y descubrió asombrada que sus contornos se veían borrosos, como si la estuviera mirando a través de un cristal empañado.

– ¿Quién eres tú?– se atrevió a preguntar April con un hilo de voz. Tenía la sensación de estar contemplando la imagen de algo sagrado.

Aquella extraña mujer sonrió y extendió los brazos.

– Yo soy la madre de todas las cosas que fueron, las que son y las que serán– su voz sonaba distorsionada y lejana, como si llegara hasta April desde un lugar remoto.

"Eso lo explica todo", pensó April con sarcasmo.

– No he entendido nada– dijo.

– No esperamos que lo hagas, April Ryan– contestó la mujer con una sonrisa–. A fin de cuentas eres humana.

Aquello ya era el colmo, se colaba en su sueño y encima la insultaba.

– Y tú un producto de mi imaginación– replicó April empezando a enfadarse–. No sé cómo funciona, pero este es mi sueño y quiero que te marches.

– No puedo marcharme– contestó la mujer–. Me he tomado muchas molestias para traerte hasta aquí.

April abrió los ojos debido al asombro. ¿Aquella mujer la había traído a ese prado en mitad de un sueño?

– ¿Por qué has hecho eso?– preguntó, muerta de curiosidad.

– Porque necesitas entender, April Ryan, es vital que entiendas. Se nos está acabando el tiempo.

April cada vez estaba más confusa.

– ¿Entender qué? – volvió a preguntar mitad desorientada, mitad perpleja.

– Por favor, acércate– dijo aquella mujer–. Te lo mostraré.

Pensando que no tenía nada que perder, hizo lo que la mujer le pedía y echó a andar hacia el centro del claro. Justo cuando llegó frente a ella, April pudo contemplar sus ojos con claridad. Y se quedó boquiabierta. ¡Lanzaban destellos! No se podía describir de otra forma. Sus ojos parecían estar hechos de plata fundida que refulgía en aquellas profundidades con un matiz plateado.

– Nuestros ojos son distintos de los de tu especie– explicó, clavando su misteriosa mirada en April–. Pueden llegar a ser desconcertante para vosotros.

April se limitó a asentir con la cabeza, no se sentía capaz de decir nada al respecto. Como si pudiera saber lo que estaba pensando, aquella mujer sonrió sin despegar los labios. Luego, extrajo una esfera de cristal de entre los pliegues de su ropa.

De repente, la esfera empezó a brillar y el claro se desvaneció alrededor de ellas. Una oscuridad, pesada y asfixiante se cernió sobre April, impidiéndole respirar. Cuando el peso de aquellas tinieblas empezaba a ser demasiado grande para que ella pudiera soportarlo, sus ojos captaron una luz. Un resplandor que se hacía cada vez más y más grande. Entonces, sin previo aviso, la oscuridad explotó a su alrededor y la onda expansiva la empujó lejos. Era como una corriente que la arrastraba sin control y ella no tenía suficiente fuerza para hacerle frente.

– Por favor, detente– suplicó cuando fue incapaz de resistirlo más.

La voz distorsionada de aquella mujer llegó hasta April a través de las tinieblas que la rodeaban.

– No tengas miedo, April Ryan– dijo–. Estoy a tu lado aunque tus ojos no puedan verme.

No supo por qué, pero esas palabras lograron tranquilizarla. Cuando consiguió calmarse lo suficiente, una nueva luz surgió entre las tinieblas. Pero esta vez la luz no se extinguió, sino que siguió expandiéndose durante un tiempo infinito. Alrededor de April, la materia se movía y se condensaba, mientras las tinieblas y el vacío retrocedían.

– ¿Qué es lo que me estás mostrando?– preguntó.

– Mis recuerdos– contestó la mujer, invisible a ojos de April–. Contempla, April Ryan, el gran estallido… el origen del Universo.

Las imágenes empezaron a pasar más rápido, como si estuviera viendo un video acelerado de la formación del cosmos. Los átomos chocaban, la materia se condensaba… se formaron las galaxias, las constelaciones, las estrellas y los planetas. Y en un pequeño sistema planetario de la Vía Láctea, surgió la Tierra. La imagen se centró entonces en el planeta azul, al principio sólo un conglomerado de lava y rocas fundidas en el que se estrellaban continuamente miles de asteroides. April vió formarse la corteza terrestre y la atmósfera, vio caer las primeras lluvias sobre el planeta y cómo aparecían los ríos, los mares y las montañas. Vió separarse los continentes y surgir la vida: plantas, peces, reptiles, aves, mamíferos… el hombre.

Entonces, aquella mujer se materializó junto a April y su voz rompió el silencio.

– Desde los albores del tiempo… la oscuridad ha acechado al mundo, intentando extinguir la luz y sumir a la humanidad en las tinieblas.

April la miró directamente a los ojos. Seguía sin entender por qué le mostraba todo aquello.

– Pero, ¿qué tiene que ver esto conmigo?

– Porque todo comienza aquí… contigo, como siempre ha sido.

April sacudió la cabeza, confusa y aturdida.

– No entiendo nada…– repitió.

– Tu destino estaba escrito en las estrellas mucho antes de que nacieras, April Ryan– continuó la mujer–. Debes ser la luz que permita detener al Caos.

Aquello era surrealista. A April empezaba a dolerle la cabeza.

– Este es el sueño más raro que he tenido en toda mi vida– confesó con un suspiro. Y eso que había tenido unos cuantos peculiares últimamente.

La mujer negó, con sus ojos plateados brillando en la inmensidad del espacio.

– Esto no es un sueño ni tampoco una pesadilla. Es real. Como tú y como yo– contradijo–. Necesitamos que lo entiendas, April Ryan.

– ¿Por qué es tan importante que te crea? – preguntó April.

– Porque si no conseguimos derrotar al Caos… el mundo, los dos mundos, perecerán. Y la humanidad no sobrevivirá para ver el amanecer de un nuevo día.

– Esto no puede estar pasando– April estaba convencida de que todo aquello era una alucinación producto de su imaginación–. En cualquier momento me despertaré y todo volverá a ser normal.

La mujer sonrió con tristeza. Encerró la esfera de cristal entre sus manos y la luz se apagó de nuevo. Cuando la oscuridad se retiró, April descubrió que estaban de nuevo en el prado. Las nubes negras cubrían el cielo por completo y había comenzado a llover. El vestido de April se empapó en cuestión de segundos, pero aquella mujer permaneció imperturbable e inmune a la lluvia. La mujer la miró con sus ojos plateados y entonces, en la cabeza de April, estallaron como fuegos artificiales imágenes de guerra, destrucción y… muerte.

– ¡BASTA!– April no podía aguantar más el horror de aquellas imágenes. Deseaba que el sueño terminara, deseaba despertar–. ¿Por qué me muestras esto? ¿Qué es lo que quieres de mí?

Las imágenes se detuvieron. Bajo la lluvia que empapaba su cuerpo, April esperó la respuesta a su pregunta.

– Cuando éramos carne y hueso y nuestro hogar estaba intacto luchamos por salvar el mundo del Caos– explicó la mujer con aquella voz suya distante y distorsionada–. Incontables vidas se perdieron entonces, cuando fracasamos. El mundo ardió y sólo quedaron las cenizas– April tembló al escuchar el dolor que escondían sus palabras–. En ese momento todo debió terminar, sin embargo, os creamos para sobrevivir y eso fue lo que hicisteis. Así, la vida volvió al mundo. Desde entonces, hemos procurado que esta tragedia no se repita– suspiró con pesar antes de continuar–. Pero ahora nos estamos muriendo, el tiempo juega en nuestra contra. La verdad se ha convertido en mito, el mito en leyenda. No podemos hacerlo solos, necesitamos la ayuda de aquel que nació de la luz para evitar la aniquilación del mundo.

– No te creo. Es imposible. Yo sólo soy una informática, una analista de sistemas. No creo en cuentos de hadas.

Aquella extraña mujer sonrió con tristeza.

– El escepticismo siempre ha sido la maldición de la ciencia, es el riesgo que se corre con la lógica y el orden– dijo–. Sin embargo... si no escuchas nuestras palabras, tus pesadillas continuaran. Dentro de poco, aparecerán incluso cuando estés despierta.

– ¡Eso no es posible!– exclamó April, nada de aquello tenía sentido–. Me niego a creer una sola palabra de lo que has dicho. Quiero despertar, deseo despertar ya.

La mujer se alejó de April y empezó a desvanecerse en el aire, con aspecto triste y derrotado.

– Te dejo ahora, April Ryan. Pero volveré cuando tus ojos estén listos para ver la verdad– antes de marcharse, lanzó un aviso–. Mientras tanto, protégete contra el Caos pues son muchos los que le sirven y no se detendrán ante nada para conseguir su objetivo.

Luego desapareció, llevándose consigo la lluvia. Y April se quedó completamente sola.

"Eso está mejor", se dijo interiormente pensando que todo había acabado. Suspirando de alivio, se escurrió el agua del pelo.

Entonces un ruido hizo temblar la tierra y estremeció los árboles. Parecía un trueno, pero mucho más potente. Mientras se preguntaba que nuevas sorpresas le depararía aquel sueño, un remolino de fuego estalló en la distancia y el bosque empezó a arder. El aire se llenó de fuego y humo.

Luego, una sombra oscura rasgo el cielo. El terrible ruido volvió a oírse pero aquella vez, April supo que no era un trueno sino un rugido. El rugido de un dragón negro, tan negro como las tinieblas más profundas. Desplegó sus enormes alas quemando todo a su paso y se dirigió hacia el claro. Al abrir sus fauces, su boca escupió fuego sobre el prado y las llamas quemaron los árboles, las flores y la hierba.

El dragón se detuvo ante April que fue capaz de percibir el calor que emanaba de él. En ese momento el dragón se fijó en ella, sus ojos eran negros, tan oscuros como el fondo de un abismo impenetrable. Y April tuvo miedo.

Sonriendo tal y como haría un humano y con la maldad brillando en sus ojos, aquel dragón negro abrió de nuevo las fauces y el fuego salió de ellas a toda velocidad hasta llegar a April. Sintió el abrasador calor de las llamas sobre la piel y gritó, presa de la agonía y el sufrimiento. Se estaba quemando: el pelo, la ropa, la piel, los huesos. Dolía, como no le había dolido nada antes en la vida. Quiso correr, escapar del fuego, pero todo lo que pudo ver a su alrededor fueron llamas. El dragón rugió de nuevo y se abalanzó sobre ella…

April despertó con un grito, alarmada al sentir el dolor que le atravesaba todo el cuerpo. Temblando y empapada en un sudor frío que se le pegaba a la piel, se sentó en la cama y respiró profundamente para calmarse, repitiendo mentalmente que todo había sido un sueño. Retiró las sábanas y examinó su cuerpo a la luz de la Luna Fantasma que entraba a raudales por los grandes ventanales. No había ninguna herida ni quemadura pero… el sueño había sido tan real, el dolor había sido tan real.

Se levantó de la cama y salió al balcón. Necesitaba un poco de aire. La brisa fresca de la noche alivió la sensación de quemazón que sentía en todo el cuerpo. La primavera había llegado a Fanelia y el verde de los campos refulgía bajo la luz de las dos lunas.

– ¿Qué demonios me está pasando?– le preguntó al viento pasándose las manos por la cara. Desde hacía semanas era incapaz de dormir con normalidad. Se pasaba el día trabajando y cuando, agotada, se metía en la cama tampoco podía descansar. Se sentía exhausta todo el tiempo, a pesar de que tiempo era lo que menos tenía.

Las pesadillas habían empezado el día que se hizo cargo del proyecto Pandora, dos meses atrás. April imaginaba que el estrés le estaba pasando factura. Aunque había tenido proyectos de gran responsabilidad y envergadura antes, jamás había sufrido tantos contratiempos y problemas.

En los dos meses de vida de Pandora habían sufrido intentos de robo en el laboratorio que habían obligado a Van a aumentar la seguridad del hangar, destrozos en las instalaciones que les habían costado tiempo y dinero, sabotajes que retrasaban las obras… un complot en toda regla con el objetivo de impedirles cumplir los plazos y llevar a cabo el proyecto. April estaba segura de que Aro estaba detrás de aquella maniobra, pero no podía demostrarlo porque aquel hombre era lo suficientemente inteligente para actuar sin dejar pruebas.

El consejero no se había tomado muy bien el hecho de que el rey le diera vía libre para poner en marcha Pandora. Y le había sentado aún peor que, desde entonces, Van requiriera su presencia en todas las reuniones del Consejo de Fanelia. El ryujin sabía que April no era ninguna estúpida y solía llamarla para que asistiera, junto a él y Harold, a todas las asambleas. La mayoría de consejeros la trataban amablemente y la habían recibido bastante bien. No así la facción del Consejo liderada por Aro que consideraba un insulto el hecho de que una mujer extranjera se sentara con ellos en presencia del rey, como una igual.

Pero no había forma de demostrar que Aro estaba detrás de todo aquello y lo único que April podía hacer era echar horas extra para reparar los daños causados y evitar más retrasos. La sobrecarga de trabajo y el esfuerzo de las últimas semanas estaban empezando a pasarle factura a su cuerpo y, a juzgar por las pesadillas, también a su mente.

Se apoyó en la barandilla del balcón disfrutando de la fría brisa que soplaba en aquel momento. Estaba física y psicológicamente agotada pero sabía que no iba a poder volver a dormir esa noche. Y eso que, en cuanto amaneciera, su agenda estaría tan abarrotada como siempre. Eso si no se encontraba a su llegada con algún problema inesperado que hubiera que solucionar.

"En realidad, no tengo motivos para estresarme", pensó irónicamente mientras se encaminaba al cuarto de aseo para sumergirse en un buen baño de agua caliente.

Aunque su día había empezado fatal, con una pesadilla que la despertó en mitad de la noche y le impidió volver a dormir, había mejorado bastante desde el desayuno. La media hora que cada mañana April pasaba con Merle y Van siempre conseguía levantarle el ánimo. El rey ya no se mostraba tan serio como antes, mantenía con ella conversaciones civilizadas y normales. Cuando terminó de desayunar se marchó al laboratorio y como no se encontró nada inesperado al llegar, trabajó hasta la hora de la comida con mucho más entusiasmo que en los últimos días.

Sin embargo, todo se había estropeado después del almuerzo. Merle fue a verla al hangar para llevarle algo de comer, como hacía cada día. April estaba tan cómoda riendo y charlando con su amiga gatuna, rodeada de aparatos electrónicos y de buena comida, que se olvidó de que trabajaba con un horario apretado. Cuando quiso darse cuenta, llegaba tarde a la supervisión de las obras de las fábricas en las que iban a producir la tecnología de Zaibach. Se despidió de Merle apresuradamente y recorrió a la carrera (ir corriendo a todos lados se estaba convirtiendo en una constante en su vida) el distrito industrial. Pero cuando llegó a la zona en la que estaban levantando las nuevas fábricas, descubrió con horror que no había nada que supervisar. No había nadie en todo el recinto, nadie estaba trabajando. La única persona que la esperaba era Erik.

April se dirigió hacia él a toda prisa.

– ¿Qué haces aquí?– preguntó sin aliento cuándo llegó a su lado–. ¿Les has dado a todos el día libre?

El capitán de la guardia real parecía enfadado, a juzgar por su ceño fruncido y su rígida postura aunque ella no sabía por qué.

– El rey me ha enviado a comunicarte las buenas nuevas– contestó simplemente, al ver la cara de desconcierto de April añadió–. Ninguno de los operarios se ha presentado esta mañana.

La pelirroja frunció el ceño, totalmente confundida.

– ¿Es que hay una epidemia de la que no me has informado?– preguntó de nuevo, aunque sabía que una enfermedad no era la causa de que ninguno de los trabajadores se hubiera presentado.

Erik negó airadamente.

– Esta mañana le han comunicado al rey que no piensan volver a sus puestos.

– ¡¿QUÉEEE?!– April estaba segura de que su grito lo habían oído hasta en la Luna Fantasma, pero no podía evitarlo–. ¡¿POR QUÉ?!

– No lo han dicho– respondió Erik enfadado, golpeando con la bota una de las cajas de material que les rodeaban. Luego, miró a April apenado, suspiró y añadió–.Todo lo que sé es que no volverán mientras seáis vos quién dirija el proyecto.

Esta vez April se contuvo y evitó gritar. La rabia ardía en su sistema como un veneno. Aquello no era causal. Que todos los obreros se negaran a trabajar única y exclusivamente por ella, cuando llevaban dos meses haciéndolo sin problemas no podía ser fruto del azar. April deseaba gritar hasta hacerse daño, quería romper cosas, desahogarse… lo que fuera.

Pero se tragó, como pudo, la ira y la indignación y decidió guardar silencio porque no confiaba en lo que pudiera decir si hablaba.

– Lo siento muchísimo– dijo Erik–. Sé lo mucho que has trabajado en esto y lo duro que ha sido hacer frente a todos los obstáculos que han surgido en el camino.

– ¿Qué han surgido o que me han puesto?– quiso saber ella. Sentía que había una conspiración en su contra y que había sido derrotada en su propio terreno.

– Sé lo que piensas– contestó el soldado–. Yo también creo que Aro está detrás de todo esto, pero no podemos demostrarlo. Su majestad está haciendo todo lo posible por solucionar este problema.

April suspiró, cansada y vencida, y se sentó en una de las cajas de materiales que había esparcidas por la construcción.

– No lo conseguirá– dijo agotada–. Aro los habrá amenazado o les habrá dado dinero a cambio de que se nieguen a trabajar conmigo. No creo que sea posible convencerles sin declararle la guerra a todos y cada uno de los trabajadores.

– No os desaniméis mi señora. Todo se arreglará pronto… ya lo veréis– Erik le palmeó la espalda como muestra de apoyo–. Confiad en el rey. Su majestad lo arreglará.

April se pasó el resto del día distraída y sumida en sus pensamientos. Se encontraba frustrada y desilusionada. Aro le había ganado la partida. Estaba cansada de luchar contra los muros que aquel hombre construía en su contra. Se sentía perseguida y acosada, ¿cuándo iba a cansarse aquel consejero de poner piedras en su camino?

Regresó al laboratorio en cuanto abandonó la obra, a pesar de que Erik le había aconsejado que se marchara a descansar a palacio. Pero ella se negó, necesitaba tener las manos y la mente ocupada y sabía que si se quedaba sola en su habitación no pararía de darle vueltas a sus problemas hasta que le estallara la cabeza. Así que, estuvo trabajando en el hangar y luego se marchó a dar clase a los ingenieros.

Cuando quiso darse cuenta llegaba tarde a cenar. April pensó que Merle debía estar preocupada, si no se daba prisa su amiga gatuna era capaz de enviar a alguien a buscarla. Por ello, recogió sus cosas y echó a correr en dirección al castillo mientras una fina lluvia empezaba a caer procedente de las nubes de color plomizo que adornaban el cielo de la capital a última hora de aquella tarde.

Suspiró aliviada al llegar a palacio. El aroma de la comida que se extendía por toda la planta baja, provocó que su estómago gimiera de deseo. April se consoló al pensar que, al menos, la excelente gastronomía faneliana le ayudaría a olvidar sus preocupaciones durante un rato.

Sonriendo por el curso de sus pensamientos, atravesó el largo pasillo que conducía al comedor. Estaba a punto de cruzar el umbral cuando escuchó voces procedentes del interior.

– He estado reunido con el capataz de los obreros toda la tarde, como me pedisteis majestad– la voz de Aro llegaba hasta April alta y clara, a pesar de la distancia.

La pelirroja se quedó dónde estaba, escuchando atentamente las palabras del consejero. Pensó, por un momento, en entrar al comedor pero algo le impidió interrumpir la conversación.

– ¿Has conseguido averiguar algo?– preguntó Van a su vez.

El consejero se apresuró a responder la pregunta del rey.

– Al parecer, alguien les ha informado que la señorita April es sólo una extranjera ambiciosa… una arpía sin escrúpulos que desea aprovecharse de la cercanía y la confianza que tiene con vos, majestad, para sus propios intereses– explicó Harold, con cada palabra la pelirroja sentía la ira acumularse en su cuerpo– Creen que ella es una mujer calculadora y mezquina que utilizará todos los medios a su alcance para sacarle el mayor partido posible a la tecnología de Zaibach– añadió el consejero–. Dicen que no van a permitirlo… por eso se niegan a trabajar con ella.

El silencio cayó sobre la sala. Fuera, en el corredor, April sintió que aquella respuesta se clavaba en alguna zona de su cuerpo cercana al pecho, penetrando dolorosamente hasta llegar a sus entrañas. Dentro del comedor, alguien golpeó con furia la mesa de madera. Aunque la pelirroja no supo quién.

– ¿Quién ha podido contarles tantas mentiras sobre April?– preguntó Merle enfadada, al cabo de unos segundos–. Amo Van, ¿no puedes obligarles a que vuelvan a trabajar?

La pelirroja ya había oído bastante. No deseaba escuchar la respuesta de Van. En realidad no deseaba oír absolutamente nada. Tenía una ligera idea de quien había contado aquellas cosas tan horribles sobre ella a los operarios. Estaba segura de que había sido Aro y no entendía su comportamiento. Sólo intentaba ayudar, aportar su granito de arena para hacer de Fanelia un lugar mejor. ¿Por qué la castigaba de aquel modo?, ¿por qué no podía dejarla en paz?

April hervía por dentro, nunca había estado tan enfadada en toda su vida. Intentaba contener, a duras penas, la ira que inundaba su cuerpo porque lo que más deseaba en ese momento era ir a buscar a Aro y estrangularle con sus propias manos. Pero como aquella táctica implicaba cometer asesinato, estaba descartada de antemano. Los nervios, el estrés y la tensión que había experimentado en las últimas semanas la desbordaron. Necesitaba despejarse para evitar cometer una estupidez. Recorrió los pasillos del palacio con impaciencia, rezando para no encontrarse con nadie porque no tenía paciencia en ese momento para ser sociable.

Atardecía cuando abandonó la seguridad del castillo y se internó bajo la lluvia, recorriendo en silencio y sin rumbo las calles de la capital. No tenía un destino en mente, no sabía dónde ir, tan sólo deseaba alejarse de todo… desahogarse, olvidar las cosas que había oído.

Al cabo de unos minutos, estaba completamente empapada. La ropa se le pegaba al cuerpo y el pelo a la cara, pero no le importó. Sus pasos la guiaron al lugar en el que solía pasar la mayor parte del tiempo. Se detuvo frente a la puerta del hangar, convertido ahora en su laboratorio. Los guardias de la entrada la observaron atentamente, como si no pudieran creerse que una dama caminara bajo la lluvia como si tal cosa. April estaba empezando a hartarse de aquel tipo de comportamiento, ella no era ninguna damisela en apuros. Había sobrevivido a muchas cosas sin ayuda. Le gustaban su independencia y su libertad. Lo suyo nunca sería depender de la ayuda de un caballero de brillante armadura. Además, siempre había creído que el problema con las armaduras es que suelen perder el brillo con bastante rapidez. April lo sabía bien, pues ninguna de sus relaciones había funcionado. Todos los hombres que habían pasado por su vida se habían sentido intimidados por su trabajo, ofendidos porque ganaba más que ellos… al final, todos y cada uno, habían intentado cambiarla y convertirla en una mujer florero.

Dejando de lado su desastrosa vida amorosa, April accedió al recinto y encendió las luces que habían instalado pocas semanas antes. Dejó la chaqueta y la mochila sobre la mesa, con cuidado de no mojar nada y se sentó en la silla, con los codos apoyados en la mesa.

A su alrededor parpadeaban las luces de decenas de aparatos. Se sentía bien en aquel lugar, de hecho, le encantaba estar allí. Era el trabajo de su vida, lo que más le gustaba hacer en el mundo. Y ahora iba a perder la oportunidad de trabajar con aquella tecnología tan fascinante por culpa de Aro.

April no quería darse por vencida, ese no era su estilo. Pandora era un gran proyecto y había trabajado mucho en él, pero ¿qué otras opciones le quedaban? No podía convencer a los obreros para que volvieran al trabajo porque jamás la creerían. Tampoco podía permitir que Van interviniera obligándoles a regresar al trabajo, eso sólo generaría más conflictos. Ni siquiera podía pensar en contratar a otros obreros porque estaba segura de que Aro utilizaría la misma estrategia y no serviría de nada.

– ¿Qué voy a hacer ahora?– se preguntó en voz alta, afligida y triste.

Entonces, reaccionó. ¿De dónde salía toda esa negatividad? Estaba pecando de orgullo y arrogancia, dando por hecho que sólo ella podía llevar a cabo Pandora. Pero aquello no era cierto. April había diseñado el proyecto pero, siguiendo sus indicaciones, cualquiera de los ingenieros podría hacerlo tan bien como ella.

El proyecto Pandora debía seguir adelante, con o sin April. Ese era el mejor modo de devolverle el golpe a Aro. Terminar lo que había empezado, aunque no fuera ella quien llegara hasta el final. Y su cerebro, acababa de darle una idea genial para conseguirlo.

Se levantó de la silla sonriendo, como no lo había hecho en todo el día, se puso su chaqueta de cuero y salió del hangar, internándose de nuevo bajo la lluvia en las calles de la capital.

Era noche cerrada, la lluvia seguía cayendo sobre la capital de Fanelia y Merle estaba preocupada, muy preocupada. Después de que Van y Harold se marcharan hacia el despacho del rey para intentar solucionar el problema de las obras, la chica gato se había pasado más de una hora esperando a que April apareciera para cenar. Al principio, pensó que a su amiga se le había vuelto a olvidar la hora. Pero cuando fue a buscarla al hangar sólo encontró su inseparable mochila negra.

Extrañada, regresó al castillo y la buscó en su habitación. Tampoco estaba allí y Merle empezó a preocuparse. ¿Le habría ocurrido algo a su amiga? O ¿simplemente le había surgido otro imprevisto? Recorrió el palacio, planta por planta, pero no había rastro de April en ninguna parte.

"¿Dónde podrá estar?", se preguntó Merle, que acababa de registrar, sin éxito, todo el palacio. Desesperada por saber dónde estaba la pelirroja, salió al exterior y, bajo la lluvia, se internó en las calles de la capital buscando a April. Después de unos minutos, estaba calada hasta los huesos, preocupada y de mal humor. Inspeccionó todos los lugares en los que pensó que su amiga pelirroja podía estar: el hangar, las obras, la universidad…; pero no la encontró.

Empezaba a pensar que, tal vez, debería regresar al castillo y avisar a Van de la situación cuando, por fin, la vio. April estaba frente a la entrada de "El Bardo", una de las tabernas más grandes de la capital.

– ¡April!– gritó Merle, mientras corría para acercarse a ella.

La pelirroja giró sobre sus talones, a tiempo de recibir el impacto de Merle y su enérgico abrazo. La chica gato se le echó encima con tanto ímpetu que ambas cayeron al suelo cuando April, que no se lo esperaba, fue incapaz de sostenerla.

– ¡Ay! – exclamó la pelirroja–. Ten cuidado Merle o nos mataremos las dos.

– Lo siento– respondió Merle con cara de remordimiento desde la protección que le brindaban los brazos de April–. Llevo varias horas buscándote y me tenías preocupada.

April se levantó como pudo, con el trasero dolorido. Una ardua tarea considerando que Merle se negaba a romper el abrazo. Cuando al fin lo consiguió, descubrió que sus vaqueros estaban llenos de manchas de barro, al igual que la ropa de la chica gato.

– ¡Mira como nos hemos puesto!– exclamó indignada, sacudiendo con furia las machas de sus pantalones.

– Eso ahora no importa– dijo Merle, haciendo un gesto con la mano como para descartar ese inconveniente–. ¿Qué estás haciendo aquí? Ya es de noche y está lloviendo.

– Tenía algo importante que hacer– contestó April–. Siento haberte preocupado.

Merle parpadeó confusa.

– ¿Y qué es eso tan importante que tienes que hacer en "El Bardo" que no puede esperar a mañana?

April sopesó su respuesta durante unos segundos. Llevaba unas horas recorriendo las tabernas de la capital en busca del capataz de los obreros. En la última posada, le habían comentado que los trabajadores solían reunirse en "El Bardo" cuando terminaban su jornada. Así que allí estaba ella.

Cuando April le contó su plan, Merle puso el grito en el cielo.

– ¡NI SE TE PASE POR LA CABEZA!– gritó y varios transeúntes se giraron a mirarlas–. El amo Van ya se está encargando de esto. Olvida ese plan tan ridículo y volvamos al castillo.

La pelirroja ignoró las protestas de Merle y se dirigió hacia el edificio que tenía justo en frente. "El Bardo" era una gran taberna del centro de la capital construida con maderas oscuras y ladrillos rojos. Tenía dos plantas, reservados para los clientes en el piso superior y dos grandes salones en el inferior. En la entrada colgaba un enorme cartel de metal con el nombre de la taberna.

– Por favor April… volvamos al castillo antes de que nos metamos en un lio. Merodear de noche por tabernas como esta no es muy aconsejable– suplicó Merle mientras tiraba de la ropa de la pelirroja.

Con una sacudida, April consiguió librarse del agarre de Merle. Se paró en mitad de la calle, con las manos en las caderas, mirando fijamente a su gatuna amiga.

– Esto es algo que tengo que hacer… si tienes miedo puedes quedarte fuera o regresar tú sola al castillo. Pero pienso entrar ahí, contigo o sin ti.

Al comprobar que no podía hacerla cambiar de opinión, Merle decidió acompañarla.

Ambas se encaminaron a la puerta de "El Bardo", que era de madera robusta y crujió estruendosamente cuando April la empujó. Una vez dentro, la pelirroja, que iba delante, tuvo que hacer uso de los codos para abrirse camino entre lugareños en diverso estado de embriaguez hasta alcanzar la barra. Allí varios camareros atendían a los clientes de la atestada taberna.

– ¡Perdone!– April tuvo que gritar para llamar la atención de uno de los camareros y hacerse oír por encima del estruendoso ruido que reinaba en el lugar–. ¡PERDONE!

– ¿En qué puedo ayudarla mi señora?– preguntó el atractivo camarero moreno de la barra que observaba a April con mucho más interés del que a ella le habría gustado.

Acostumbrado a servir a hombres ebrios, atender a una mujer joven debía ser toda una novedad para él, pensó April para sí. La pelirroja no se acobardó ante la lujuria que desprendía su mirada, a pesar de que Merle le agarraba el brazo derecho con desesperación.

– Busco a Eduard Hanley, me han dicho que podría encontrarlo aquí– dijo April.

El camarero sonrió diabólicamente en su dirección. Merle le apretó aún más el brazo.

– Lo siento, mi señora. No puedo ayudaros– contestó el camarero fingiendo sentirse fatal por no poder ayudarla. Pero estaba mintiendo, la pelirroja estaba segura de que Hanley estaba en "El Bardo". Aquel tipo quería jugar y April lo sabía.

"Situaciones desesperadas exigen medidas desesperadas" se dijo para infundirse ánimo. Sonrió al camarero como si fuera el hombre más guapo sobre la faz de la tierra.

– Por favor…– suplicó con voz dulce y delicada, mirándolo directamente a los ojos–. Es muy importante para mí.

Cinco minutos después, los intentos de seducción de April habían dado sus frutos. El camarero las escoltó hasta uno de los reservados de la primera planta sin dejar de mirar a la pelirroja como si fuera un exótico caramelo que estuviera deseando llevarse a la boca.

– Ya me lo agradecerás luego… preciosa– dijo el joven moreno.

Aguantándose el asco que aquel baboso le provocaba, ella le dio las gracias y tocó la puerta. Desde el otro lado, una voz grave y profunda les permitió pasar.

Eduard Hanley con sus más de dos metros de altura, su poblada barba negra y su uniforme de trabajo impoluto; estaba allí. Sentado en una cómoda butaca frente a la chimenea. Sus ojos oscuros se dirigieron primero hacia Merle y luego hacia April. Su boca formó una mueca de desdén en cuanto la reconoció.

– Vaya, vaya, pero ¿qué tenemos aquí?– preguntó Hanley con desprecio, levantándose de su butaca para imponer su altura en aquella conversación–. ¿Tan desesperada estáis porque regresemos al trabajo que venís hasta aquí a suplicarme que vuelva?

Pero a April no le daban miedo ni la altura ni su tono arrogante. Se tragó el orgullo y las ganas que tenía de partirle la cara a él, a Aro y al asqueroso camarero.

– Siento mucho decepcionaros… pero no– contestó tranquila y calmada. Hanley la miró confuso–. He venido para informaros de que renuncio a dirigir el proyecto.

El silencio cayó sobre el reservado.

– No puedes hacer eso April– dijo Merle, tirándole del brazo para que le prestara atención–. El amo Van no lo permitirá.

– Exacto. Sois vos o nosotros– corroboró Hanley–. No sé qué le habéis hecho al rey pero os felicito, lo tenéis embrujado.

Merle jadeó y April intentó morderse la lengua para contenerse, pero no pudo evitar contestar.

– No soy la puta del rey… si es eso lo que estáis insinuando– replicó enfadada– Pero tal vez, lo que mi señor sugiere es que su majestad es lo bastante estúpido como para dejarse influenciar tan fácilmente por una mujer.

A Hanley le cambió la cara. Aquello podía ser considerado como una ofensa contra el rey y él lo sabía.

– Si lo que intentáis es amenazarme para que obligue a mis hombres a volver al trabajo, os aviso que no funcionará.

April negó.

– Ya os lo he dicho, sólo he venido a informaros de que renuncio a dirigir Pandora– repitió– Mañana a primera hora le comunicaré mi decisión al rey– continuó–. Imagino que su majestad designará a otro ingeniero que se haga cargo del proyecto lo antes posible.

– ¿Y por qué habríais de hacer eso?– preguntó Hanley–. Tengo entendido que el proyecto es vuestro.

– El proyecto es del rey– contradijo April–. Es cierto, yo lo diseñé, pero no gano nada con esto. Todo lo que he hecho hasta ahora ha sido por Fanelia, para construir un legado del que las siguientes generaciones puedan vivir.

– Hermosas palabras– opinó Hanley, incrédulo y receloso.

– No he venido hasta aquí para convencerte de nada– dijo April con un tono seco y despectivo– Sólo quiero que comprendáis la importancia de Pandora. Sois un pueblo agrícola, ¿queréis que vuestros hijos sigan trabajando de sol a sol en los campos cobrando una miseria?, ¿queréis que los países vecinos os sigan tratando como si fuerais desechos?– Hanley la miró a los ojos con renovado interés–. Eduard, habéis trabajado conmigo, codo con codo, desde el primer día. Sabéis tan bien como yo la importancia de este proyecto– April suspiró antes de continuar– No os dejéis llevar por detalles insignificantes que no llevan a ninguna parte. Si el problema soy yo, si tan difícil os resulta trabajar conmigo… renuncio. Prefiero marcharme antes de que Pandora sea abandonado en un cajón y quede relegado al olvido. Yo no soy imprescindible pero este proyecto sí lo es– insistió la pelirroja, mirando intensamente a su interlocutor–. Os lo suplico. Si no lo hacéis por vos, hacedlo por vuestros hijos, hacedlo por el rey que tanto ha luchado por levantar Fanelia.

Hanley no contestó, se limitó a sentarse de nuevo frente al fuego y encendió una larga pipa de tabaco, dándoles la espalda a April y Merle. Al cabo de unos minutos, la pelirroja admitió la derrota. Había dicho todo lo que tenía que decir y aun así no había dado resultado.

Suspiró de nuevo, sabiendo que ya no podía hacer nada más.

Tomó la mano de Merle, que la miraba entristecida y juntas echaron a andar hacia la puerta. Antes de salir, April se dio la vuelta y miró a Hanley.

– Podéis regresar al trabajo con tranquilidad– dijo–. Mañana… yo no estaré allí.

Luego, cerró la puerta tras de sí, aunque le temblaban las manos la pelirroja no supo si de ira o por los nervios. April y Merle, atravesaron la taberna y salieron al exterior.

– Has sido muy valiente– reconoció Merle en cuanto estuvieron de nuevo al aire libre.

April le sonrió, su amiga gatuna parecía tan frágil y pequeña bajo la persistente lluvia que no pudo evitar abrazarla. Y así, juntas, regresaron lentamente a palacio. Se despidieron, empapadas, frente a las escaleras principales del castillo, Merle se dirigió a las estancias reales y April hacia su dormitorio. La pelirroja estaba tan cansada que, nada más abrir la puerta de su habitación, se tumbó sobre la cama con la ropa puesta. Y se quedó dormida en cuestión de segundos.

Aquella fue la primera noche que soñó con un dragón de alas blancas.


Hola a tod s!

Aquí os traigo el siguiente capítulo de esta historia.

Ejem, se que me he retrasado un poco y os pido mil perdones. Pero me ha sido imposible tenerlo listo antes de hoy.

En fin, me ha encantado este capítulo. Sé que plantea más preguntas de las que responde, peeeero... todo tiene su explicación. No os preocupeis.

Quiero mandar un beso virtual a todos los que me leen y también a quienes gastan su tiempo dejándome un review: Annima90, MacrossLive, 7, Alice Cullen y Malina. Vuestros mensajes son mi alegría para seguir con esta historia. Mil gracias.

Eso es todo lo que quería decir.

Nos vemos en el siguiente.

Love, Ela.

PS: si te gustó el capítulo házmelo saber con tus review. Me harás muy feliz.