Recomendación musical: Florence and the machine – Howl.
Capítulo 11: A través del espejo.
April se despertó justo antes del amanecer con un grito atascado en la garganta. Temblaba de pies a cabeza y su piel estaba empapada en un sudor frío que se le pegaba a la ropa, la misma ropa que no se había quitado antes de quedarse dormida sobre la cama sin molestarse en deshacerla.
Respiró profundamente para calmar la sensación de inquietud que invadía su cuerpo y luego, intentó recordar su sueño. Sus pesadillas harían las delicias de un psiquiatra por lo aterradoras y extrañas que eran. Se pasó una mano temblorosa por la cara. Había sido tan raro e inquietante… sentía como si algo hubiera conseguido penetrar en su cerebro mientras dormía, como si se hubiera fundido con otra mente. Una mente inhumana, llena de energía. Una energía aletargada, pero a punto de despertar. April tenía la sensación de que esa energía iba a desatarse de forma devastadora.
Tratando de contener el torrente de imágenes que inundaba su mente, se dirigió hacia el cuarto de baño quitándose la ropa a tirones, dejando un reguero de prendas por el camino. Estaba empapada en sudor y notaba su piel pegajosa al tacto, necesitaba un buen baño.
Llenó la bañera y se metió dentro, sumergiéndose completamente en el agua caliente. Cuando emergió, la inquietud y la preocupación parecían haberse hundido hasta el fondo. Se reclinó contra el respaldo de la bañera suspirando de alivio. Apoyó los brazos sobre la bañera y cerró los ojos. Aquello estaba mucho mejor, un bálsamo para su estresado cuerpo.
Pero su mente no tenía intenciones de apagarse y permitirle descansar. Continuó reviviendo para ella sus últimos sueños. Bufando porque ni siquiera despierta podía deshacerse de sus pesadillas, terminó de ducharse y salió de la bañera completamente desnuda. Las pequeñas gotitas de agua se deslizaron lentamente por su cuerpo, arrancándole destellos a su piel mientras caminaba en busca de una toalla. Antes de envolver su cuerpo en el mullido tejido observó su reflejo, que le devolvía la mirada a través del espejo del baño. Las heridas y las marcas de golpes que sufrió en Vaedran habían desaparecido y su piel volvía a ser un lienzo terso y pálido. Un lienzo sobre el que April había grabado a los dieciocho un único dibujo. Un dragón blanco abrazaba su cadera derecha, extendiéndose desde la espalda hasta el bajo vientre. El símbolo perpetuo de su infancia.
Un recuerdo llegó hasta ella con la potencia de un ciclón y se vio transportada atrás en el tiempo.
De pronto, volvía a tener 5 años y estaba tumbada en la cama de su pequeña habitación infantil, rodeada de peluches y tapada hasta la barbilla para hacer frente al frío invierno japonés. Una mujer de ojos verdes y largo cabello castaño se sentaba a los pies de su cama y, como cada noche, le contaba a April historias de un mundo lejano y fantástico: Gaia.
– Escaflowne… el legendario Guymelef de Hispano, era el más poderoso de todos. Medía más de ocho metros y su arma era una espada larga y afilada– decía su madre en aquella ocasión, con esa voz suya tan tranquila y calmada–. Desde que fue construido su misión ha sido proteger el país de Fanelia de los ataques de sus enemigos, pues, según cuenta la leyenda, el único que puede pilotar el legendario Guymelef es el legítimo rey de esa tierra. En tiempos de guerra, el soberano llevará a cabo un pacto de sangre con Escaflowne para salvar a su pueblo y así es como la historia se repite, generación tras generación.
April, que por aquel entonces sólo tenía cinco años, escuchaba a su madre con devoción. Casi podía imaginarse un gran robot blanco pilotado desde dentro por un valiente rey.
– Pero Escaflowne podía volar, ¿verdad mami?– preguntó con su vocecilla infantil desde las almohadas.
Hitomi sonrió y acarició con cariño los rizos pelirrojos de su pequeña hija.
– Cuando surcaba los cielos, su forma se parecía tanto a un dragón que en la batalla final contra Zaibach todos los que posaron sus ojos en él creyeron que lo era– contestó con una sonrisa nostálgica, sin duda recordando las veces que ella misma había volado a lomos de Escaflowne.
– Pero mami, ¿cómo puede Escaflowne ser un dragón si es un Gu…– la palabra Guymelef parecía demasiado complicada para una niña de cinco años–… un robot tan grande?
– Escaflowne podía cambiar de forma, cariño.
April asintió, aunque seguía sin poder imaginarse cómo eran posibles todas aquellas maravillas. Su madre, tal vez adivinando el curso de sus pensamientos, se levantó de la cama y se acercó a los materiales para colorear que su hija tenía esparcidos por la pequeña mesa de su dormitorio.
– ¿Le prestas a mami tus lápices de colores un momento?– preguntó Hitomi
– Si– contestó la pequeña sentándose sobre la cama para no perder de vista los movimientos de su madre.
Hitomi se sentó sobre la silla del escritorio y empezó a dibujar líneas sobre una hoja de papel de las que su hija utilizaba para practicar caligrafía. Al cabo de unos minutos, volvió a sentarse sobre la cama y le mostró a April el fruto de su trabajo. La pequeña pelirroja inspeccionó el dibujo con emoción. El cuerpo central de Escaflowne era blanco, salvo las alas que eran negras y la cámara que contenía el energist que era roja. Casi parecía que Escaflowne iba a salir volando de la página de un momento a otro.
– Es un dragón de verdad, mami– reconoció asombrada.
Hitomi volvió a sonreír. Le encantaba contarle la historia de sus aventuras en Gaia a su pequeña hija y ver sus grandes ojos verdes brillar de emoción.
– Veo que aún estás despierta– dijo una voz masculina.
Madre e hija dirigieron sus ojos hacia la puerta de la habitación al mismo tiempo. En el umbral estaba el padre de April, con su inseparable chaqueta de tweed y unos ojos azules iluminando su rostro amable.
– Papi, mami me ha dibujado a Escaflowne, ¿quieres verlo?– preguntó la pequeña pelirroja saliendo de la cálida cama y corriendo hasta su padre para enseñarle el dibujo. El hombre se puso de rodillas y cogió a su hija en brazos. April había heredado de su progenitor el cabello pelirrojo.
– Es muy bonito cariño– reconoció mientras depositaba un beso sobre la frente de su hija–. Pero es tarde… va siendo hora de que mi pequeña aventurera se vaya a dormir.
April hizo un puchero con los labios. Su padre no lo entendía, ella quería montar en Escaflowne no irse a la cama.
– Pero yo no quiero dormir, papi– dijo con cara de pena para intentar convencerle–. Quiero escuchar más historias de mami.
Su padre rió, con esa risa suya tan contagiosa. Era el mejor padre del mundo pero, a veces, tenía que ponerse serio.
– Mañana tienes que ir al colegio– replicó tajante desbaratando los planes de su hija de trasnochar–. No querrás quedarte dormida y que Uchida sensei te regañe por llegar tarde, ¿verdad?
La sola mención de su profesor bastó para que April reconsiderara sus opciones. Al final admitió, a regañadientes, la derrota.
– Está bien papi– cedió echándole los brazos al cuello y escondiendo la cara en su hombro.
Su padre sonrió ante la inocencia y la ternura que la niña desprendía y la llevó hasta la cama. La tumbó suavemente sobre el colchón y volvió a taparla con las mantas para que no cogiera frío, con cuidado de no dañar el dibujo que April sostenía entre sus pequeñas manos. Luego, se sentó junto a ella en el lado derecho de la cama para darle su beso de buenas noches.
– Que descanses mi pequeña aventurera– dijo depositando otro beso sobre sus rizos pelirrojos.
Hitomi imitó a su marido y se sentó también, al otro lado de la cama.
– No te preocupes cariño– dijo para consolarla–. Mañana continuaremos donde lo hemos dejado hoy.
Hitomi intentó que su hija soltara el dibujo para colocarlo sobre la mesita de noche. Pero April negó con la cabeza mientras observaba de nuevo la blanca silueta del Guymelef sobre la hoja. Entonces le preguntó a su madre algo que llevaba atormentándola durante un rato.
– Mami, si Escaflowne protege a la gente, ¿puede protegerme de los monstruos malos?
Hitomi miró a su marido unos segundos antes de responder. Éste se encogió de hombros, como queriendo decir que le tocaba a ella responder esa pregunta, dado que era la experta en historias extraordinarias.
– Por supuesto que sí, sólo tienes que mantenerlo cerca– contestó Hitomi finalmente y al comprobar que su hija no despegaba la vista del dibujo añadió– Es hora de dormir cariño– April colocó a Escaflowne sobre la mesita con un suspiro de alivio, luego se removió entre las mantas y, al fin, dijo:
– Buenas noches mami, buenas noches papi.
– Buenas noches tesoro– contestaron los adultos al unísono. Después, se levantaron de la cama, dirigiéndose hacia la puerta.
Antes de abandonar la habitación, sus padres fueron testigos de cómo April se sentaba de nuevo en la cama para coger otra vez el dibujo de la mesita. Doblándolo cuidadosamente, lo metió bajo la almohada con una sonrisilla en los labios. A continuación, como si no hubiera pasado nada, volvió a tumbarse, cerró los ojos y se dejó arrastrar al mundo de los sueños.
De vuelta al presente, April no pudo evitar sonreír. Había dormido sobre aquel dibujo toda su infancia y, cuando se hizo demasiado mayor para temer la oscuridad, lo había colocado en un lugar privilegiado de su habitación como un recordatorio de las historias que su madre le contaba.
El año que cumplió dieciocho, aquel dragón blanco de alas negras pasó de proteger su dormitorio a proteger su cuerpo. Cinco años después seguía allí, sobre su cadera derecha, cuidando de ella como un talismán que siempre le daba fuerzas y que le recordaba todas aquellas cosas que no quería olvidar: los cuentos de su madre, sus abrazos y sus "cuídate cariño" cada vez que salía de casa, el aroma del desayuno recién hecho subiendo por las escaleras, el olor a café y pergamino de su padre, su sonrisa, sus consejos y lo mal que se llevaba con la tecnología moderna, los tres paseando descalzos por la playa en verano…
Dieciocho años condensados en un tatuaje, para que pudiera recordar cada vez que lo mirara. Sonriendo por todo lo que significaba para ella, acarició cariñosamente las líneas del Guymelef con las yemas de los dedos.
Una imagen estalló de repente en su cabeza. Era de noche y un hombre surcaba los cielos a lomos de Escaflowne. Las siluetas del dragón y su piloto se recortaban contra la luz que proyectaban las dos lunas, haciendo brillar la blanca armadura de Escaflowne y dejando el rostro del hombre oculto entre las sombras. Él extendió una mano hacia ella y entonces… la imagen se esfumó.
April jadeó y tuvo que apoyarse sobre la repisa del baño para recuperar el aliento. Cuando logró tranquilizarse no pudo evitar reírse de sí misma. Llevaba tanto tiempo pensando en Escaflowne que ya hasta se imaginaba volando sobre él. Meneando la cabeza y burlándose de sus propias ocurrencias, se envolvió con la toalla y fue a vestirse. Estaba amaneciendo y tenía muchas cosas que hacer aquella mañana.
Pero April nunca supo que, mientras ella tenía aquella extraña visión, el colgante atlante que reposaba sobre el pecho del rey de Fanelia había vuelto a brillar, sacando al ryujin del mundo de los sueños con su luz. Y, aunque nadie pudo verlo, en las profundidades del templo del dios dragón Escaflowne también brilló.
La rueda del destino se había puesto en marcha.
…
Aquella mañana April se saltó el desayuno porque no se sentía capaz de ingerir nada después del desastre del día anterior. Aro le había asestado el golpe final provocando que los obreros se negaran a trabajar con ella y April se había visto obligada a abandonar Pandora, el proyecto en el que llevaba dos meses trabajando sin parar.
Pero no le quedaban más salidas. Pandora debía continuar sin ella. Y así se lo hizo saber a Van, Harold y Erik en cuanto consiguió reunirles a todos en el despacho del rey. Merle no había exagerado ni un ápice cuando dijo que el ryujin no lo permitiría, Van puso el grito en el cielo y se negó en redondo a aceptar su renuncia. La pelirroja tuvo que mostrarse tajante e inflexible para que aquellos tres hombres comprendieran su postura. Le resultó muy duro enfrentarse a las personas que más habían confiado en ella y desligarse del proyecto, porque a April le gustaba su trabajo y abandonar Pandora era lo último que le apetecía hacer. Pero sabía que los problemas no acabarían hasta que ella se marchara.
Merle, que ya estaba al tanto de la decisión que April había tomado la noche anterior, permaneció junto a ella, cogiendo su mano todo el tiempo. La chica gato comprendía lo difícil que era para April hacer lo que estaba haciendo, admiraba a su amiga por el valor y la entereza que demostraba a pesar de lo mal que lo debía estar pasando. Ella se habría echado a llorar en un rincón por lo injusto de la situación, sin embargo la pelirroja era capaz de anteponer el interés general a sus propios deseos.
Cuando logró convencer al rey de que aquella era la única alternativa viable que les quedaba, April dijo que necesitaba ir al laboratorio para despedirse de los ingenieros y recoger sus cosas. Merle quiso acompañarla, pero al mirar a su amiga a los ojos comprendió que lo que la pelirroja le estaba pidiendo en realidad eran unos minutos para estar a solas consigo misma. Así que la dejó ir y se limitó a sentarse en el despacho del rey. Harold y Erik contenían a duras penas la ira y la frustración, Van, en cambio, golpeó la robusta mesa de madera con el puño para descargar su furia. Todos los presentes guardaron silencio, con la sensación de que habían perdido una batalla que ninguno de ellos era consciente de haber comenzado a librar.
April recorrió en silencio los pasillos del palacio real y después las calles de la capital de Fanelia. Le gustaba pasear disfrutando de las gentes que abarrotaban las calles. Aquella mañana que estaba resultando realmente dura para ella, los olores del mercado, las risas de los niños y el ajetreo de la ciudad consiguieron lo que parecía imposible, transmitirle calma y tranquilidad.
Los guardias que custodiaban el laboratorio la saludaron al pasar, como cada día, y ella se entristeció al pensar que sería la última mañana que haría aquel recorrido hasta el hangar. Los ingenieros ya estaban trabajando dentro, en la tecnología de Zaibach, cuando April entró.
Sus "compañeros" de laboratorio recibieron su renuncia tal mal como Van. Protestaron, se quejaron e, incluso, llegaron a amenazar con dejar de trabajar ellos también en el proyecto. April, con un nudo en la garganta, tuvo que esforzarse para convencerles de que aquello era lo mejor que podían hacer. Cuando, horas más tarde, los ingenieros se marcharon a almorzar, algunos protestando todavía, la pelirroja se quedó sola en el hangar y dirigió sus pasos lentamente hacia el que había sido su despacho hasta ese mismo día. Abrió la puerta y se sentó en su silla disfrutando del silencio. Sólo podía oír el traqueteo de las máquinas que la rodeaban. Aquel era un sonido que siempre lograba ponerla de buen humor, tranquilizador y estimulante al mismo tiempo. Iba a extrañar estar allí. Al menos, la resistencia que todos mostraban a que ella abandonara el proyecto significaba que había hecho bien su trabajo durante ese tiempo. Podía consolarse con ello.
"Y un cuerno consolarme", pensó April para sí. Se sentiría mucho más animada si pudiera patearle el trasero al imbécil de Aro hasta que no pudiera volver a sentarse con normalidad en una silla. Desgraciadamente aquella posibilidad estaba fuera de su alcance.
Armándose de valor, aunque tenía la sensación de que le faltaban piezas para ello, empezó a recoger sus cosas, metiéndolas delicadamente en su mochila negra, que se había quedado en el laboratorio la noche anterior. No podía dejar de preguntarse en qué demonios iba a invertir todo su tiempo libre a partir de ahora si lo único que sabía hacer era trabajar. Trabajar y hackear cosas, pero no estaba segura de sí podría darle uso a esas habilidades en Fanelia. Estaba considerando que, tal vez, había llegado el momento de buscarse un hobbie nuevo cuando una voz interrumpió sus pensamientos.
– Si yo fuera tú, dejaría todo eso en su sitio.
April giró tan rápido el cuello hacia la persona que había pronunciado aquellas palabras que creyó que se lo rompería.
Van estaba allí, apoyado despreocupadamente sobre el marco de la puerta y con los brazos cruzados encima del pecho. Mirándola intensamente con el amago de una sonrisa bailando en su cara. April tenía que reconocer, aunque no tenía intenciones de compartir sus pensamientos con nadie, que estaba muy guapo cuando sonreía. Era una lástima que no lo hiciera más a menudo.
Dándose una bofetada mental por las cosas que se le pasaban por la cabeza, April decidió volver a poner los pies en el suelo.
– Me has asustado– dijo sosteniendo la mirada de los oscuros ojos del rey–. No te he oído llegar.
– Puedo ser muy silencioso cuando quiero– fue toda su respuesta. La sonrisa del ryujin se hizo más marcada.
Ella también sonrió ante sus palabras. Hacía tiempo que no se sentía incómoda en presencia del rey. April le tuteaba y le hablaba siempre con franqueza porque era el único modo de hacer las cosas que conocía. Van se limitaba a disfrutar de la novedad.
– ¿Qué estás haciendo aquí?– preguntó la pelirroja mientras seguía recogiendo sus cosas tranquilamente.
– Necesito que me acompañes a ver a alguien.
Ella dejó lo que estaba haciendo y lo miró durante unos segundos, frunciendo el ceño. No entendía absolutamente nada.
– ¿Tiene que ser justo ahora?– quiso saber April–. ¿No puede esperar?
Van se separó de la puerta y caminó hacia ella, despreocupado y tranquilo, con las manos en los bolsillos de su pantalón oscuro. Cuando llegó al lado de April se sentó sobre la mesa con un único y fluido movimiento. La pelirroja volvió a fijar la mirada en él con los ojos entrecerrados. Desde que el rey la rescató en Vaedran su relación había mejorado notablemente, pero siempre enviaba a alguien a buscarla cuando la necesitaba. Jamás se había dejado ver en el laboratorio. Debía ser algo importante.
– Me temo que no– contestó el ryujin.
April lo miró con curiosidad. ¿A qué venía todo aquello? Van no dejaba de sonreír como si supiera algo que ella desconocía. Algo sumamente gracioso, al parecer.
– ¿Qué es lo que te traes entre manos?– preguntó April sin poder evitarlo porque la curiosidad la estaba matando. Se levantó de la silla, acercándose a la zona de la mesa que él ocupaba. Al estar tan cerca del rey, ella notó que sus ojos brillaban con una chispa de diversión.
Van se encogió de hombros y sonrió aún más. Luego, bajó de la mesa y se acercó a April.
– Si quieres saberlo…– dijo con aquella voz suya tan ronca, clavando los ojos en ella. Su cálido aliento le hizo cosquillas a April en la cara debido a lo cerca que estaban el uno del otro–… tendrás que acompañarme.
Y sin decir una sola palabra más, echó a andar hacia la salida. April se lo pensó un poco, exactamente tres segundos y medio, y después se apresuró para dar alcance al rey de Fanelia.
…
Van guió a April, que estaba a punto de explotar de la curiosidad, hasta la zona de la ciudad donde se levantaban las obras del proyecto Pandora. Entraron en el recinto sin pronunciar palabra, el rey caminando delante de ella. La pelirroja frunció el ceño al comprobar que el lugar estaba desierto. Aquello significaba que ni siquiera su renuncia había conseguido hacer regresar a los obreros a sus puestos.
April no pudo evitar entristecerse ante el panorama que se desplegaba ante sus ojos. Ahora ya se imaginaba lo que Van quería que viera.
– A pesar de todo… no han regresado– dijo la pelirroja afligida.
Sus palabras provocaron que Van dejara de andar y se girara para mirarla a los ojos. Para sorpresa de April, estaba sonriendo.
– No te precipites– fue todo lo que dijo. Luego, la cogió de la mano apremiándola para que caminara más deprisa.
– ¡Eh!– exclamó ella, tratando de resistirse–. Espera un segundo.
Pero el ryujin la ignoró. Tropezando y resoplando tras él, April no podía evitar de preguntarse qué demonios le pasaba al rey. ¿Estaría sufriendo un episodio de locura transitoria? Porque nunca lo había visto comportarse de ese modo. Van, sin dejar de tirar de ella, la condujo hacia la garita del capataz.
Alguien estaba sentado junto a la puerta. Había apoyado sus enormes botas negras en una mesa y se reclinaba sobre la silla con sus casi dos metros de altura mientras examinaba uno de los planos de la construcción.
Eduard Hanley alzó los ojos hacia ellos en cuanto los escuchó acercarse. April, por su parte, se sorprendió tanto de encontrarle allí que se olvidó de resistirse, permitiendo que Van la arrastrara hasta el capataz.
– Majestad, señorita Ryan– saludó Hanley sin hacer siquiera el intento de cambiar de posición, cuando ambos estuvieron lo suficientemente cerca. Apretaba tan fuerte los planos que sostenía que los nudillos se le habían puesto blancos.
– Señor Hanley– respondió April educadamente, aunque lo que deseaba de verdad era darle una patada con todas sus fuerzas a la silla y que aquel idiota diera con sus huesos en el suelo. Ese habría sido un buen pago por las cosas que Hanley había dicho e insinuado de ella la noche anterior.
– Bien señor Hanley… la señorita Ryan está aquí– dijo Van–. Podemos continuar donde lo hemos dejado antes.
Hanley carraspeó, como si le molestara tener que estar allí manteniendo esa conversación.
– Su majestad y yo hemos estado hablando…– empezó sin dejar de mirar los planos, sus nudillos seguían blancos–… vamos a volver al trabajo.
April notó como se deshacía el nudo que había tenido en el estómago durante los últimos minutos. No pudo evitar que una sonrisa genuina se extendiera como un tsunami por toda su cara.
– No sabéis cuanto me alegro de oírlo– dijo ella. Estaba tan contenta que, por primera vez en todo el día, dejó de importarle haberse quedado fuera del proyecto–. No os arrepentiréis.
April se acercó a Hanley y, para asombro de Van, palmeó con fuerza la espalda del capataz que casi se cayó de la silla debido a la impresión. Ambos la miraban desconcertados pero ella estaba tan feliz que no le importó.
– Entonces… su majestad podrá designar otro ingeniero como director de proyecto hoy mismo y las obras podrían volver a ponerse en marcha mañana– expuso sabiamente la pelirroja. Lo había conseguido, su sacrificio había dado sus frutos. Todo volvería a la normalidad muy pronto. Y sólo habían perdido dos días de trabajo.
Van, asombrado, era incapaz de hablar. Hanley se encontraba sumido en un estupor similar. Ambos se miraban sin saber bien que decir. Esperaban otro tipo de reacción en April.
– ¿Qué pasa?– preguntó ella cuando fue consciente de la forma en la que ambos la miraban.
– Creo que no lo ha entendido– le dijo, estupefacto, Hanley al rey quien asintió a su vez para mostrar que estaba de acuerdo. El ryujin se giró hacia ella intentando explicarse.
– April… no vamos a elegir a nadie más.
La pelirroja miró al rey sin comprender.
– Eso es una locura, no se puede llevar a cabo un proyecto así sin supervisión– contradijo ella.
– No me has entendido– se apresuró a añadir Van, antes de que April volviera a hablar–. Quería decir que no vamos a designar a otro porque estamos conformes con nuestro actual director de proyecto.
April miró a ambos hombres totalmente confusa durante unos segundos, el tiempo que tardó su aletargado cerebro en procesar las palabras del rey. Cuando consiguió captar el significado de aquella oración, abrió los ojos desmesuradamente, incrédula. Dirigió su mirada hacia Van, que se limitó a asentir lentamente, como si intentara dar validez con sus gestos a la conclusión que April había alcanzado por sí misma.
– No puedes hablar en serio– dijo insegura, como si una parte de ella se negara a creer la posibilidad que se le presentaba.
– Si alguien tiene que hacerlo… mejor que seáis vos– explicó Hanley con la frente colorada y regresando la vista a los planos que sostenía, como si quisiera dejar claro que él no tenía nada que ver con todo aquello–. Además, sois la única que parece saber lo que hace.
– Dejadme pensar majestad– dijo April con una apatía totalmente falsa–. No lo sé… lo cierto es que odio el tabaco de pipa y Hanley se pasa el día fumando y soltando improperios. ¿Creéis que podré soportarlo?
Hanley se levantó de su silla colérico, arrojando los planos sobre la mesa. Aquellas palabras eran demasiado humillantes para él, mucho más si salían de la boca de una mujer.
– ¡¿CÓMO OS ATREVÉIS?!– bramó enfurecido. Van tuvo que interponerse entre los dos para evitar que la sangre llegara al río. El ryujin estaba preocupado por April, pero ella no necesitaba su ayuda.
La pelirroja se limitó a soltar una carcajada.
– Sólo era una broma– aclaró con una sonrisa contagiosa–. Estoy deseando volver a trabajar con vos.
El capataz de los obreros torció el gesto, atónito, incapaz de lidiar con el comportamiento de April. Jamás en su vida se había encontrado con una mujer tan extraña. Van, por su parte, la miraba como si temiera que se hubiera vuelto loca.
– April…– la llamó el ryujin para atraer su atención–… Hanley y yo hemos estado hablando detenidamente antes de que tú llegaras y estamos de acuerdo en que, debido a los últimos acontecimientos, lo mejor para todos sería que se encargara de las obras uno de sus hombres en lugar de él.
April se limitó a sonreír. Imaginaba que el capataz se sentiría incómodo trabajando con ella después de lo ocurrido en "El Bardo" la noche anterior. Buscó a Hanley con la mirada pero éste rehuía sus ojos. La pelirroja sabía que era un hombre orgulloso y, aunque a una parte (malvada) de su cerebro le habría encantado pagarle a aquel tipo con la misma moneda, un simple vistazo a los cansados ojos del rey le bastó para comprender que no podía hacerlo. Pandora era algo mucho más grande que ella misma.
– Os he observado todo este tiempo, señor Hanley– replicó April–. A pesar de lo que ha pasado, sigo pensando que sois la persona indicada para sacar todo esto adelante.
Ambos hombres la miraron boquiabiertos.
– Pero, ¿qué pasa con lo que sucedió ayer?– preguntó Hanley, dejando de lado la indiferencia que había fingido durante toda la conversación y mostrándose, por primera vez, asustado. Temía lo que pudiera hacer el rey si se enteraba lo que había ocurrido en el reservado de "El Bardo" la noche anterior. No podía creerse que aquella extraña mujer estuviera dispuesta a dejarlo pasar.
April sabía que el capataz se refería a su discusión en la taberna y no al hecho de haber abandonado el trabajo. Pero se limitó a encogerse de hombros.
– No ganamos nada aferrándonos al pasado, ¿no creéis señor Hanley?– contestó ella sabiamente, sonriéndole para transmitirle tranquilidad.
Eduard Hanley era incapaz de asimilar lo que estaba ocurriendo. Unos días atrás Aro, el portavoz del Consejo de Fanelia, había pedido hablar con él urgentemente para tratar un asunto importante. El capataz nunca pudo imaginar las cosas que oyó minutos después. Aquella mujer extranjera había embrujado al rey y planeaba apoderarse de todo aprovechándose de su posición privilegiada. Hanley nunca había desconfiado de April y su relación con ella había sido cordial pese a que, al principio, le sorprendió bastante que una mujer dirigiera Pandora. Sin embargo, había logrado sobreponerse a la sorpresa inicial y trabajar con ella en armonía. Pero no podía permitir que una mujer hiciera negocio con el esfuerzo que los fanelianos habían invertido en reconstruir su país. Había creído que actuaba legítimamente, movido por el patriotismo, aceptando las palabras del consejero como ciertas, ya que no tenía motivos para desconfiar de él.
Pero se había equivocado estrepitosamente con aquella mujer. Ahora lo sabía. Nunca debió dejarse envenenar por Aro.
– Señorita Ryan… yo…– empezó Hanley, tenía la intención de disculparse aunque no le resultaba fácil dejar de lado su orgullo.
April lo miró con una sonrisilla bailando en sus labios. Empezaba a pensar que las dificultades para disculparse eran algo innato en todos los fanelianos.
– No os preocupéis por mí, señor Hanley. Me conformo con que mañana estéis aquí a primera hora– cortó la pelirroja, deseando zanjar el tema de una vez por todas.
– Tenéis mi palabra– contestó el capataz mortalmente serio.
…
Van y April estaban sentados en la mesa del comedor. El rey había enviado a buscar a Merle, Harold y Erik para comunicarles las nuevas noticias. En el exterior, la noche había comenzado a extender su manto sobre la ciudad y la primaveral brisa de la tarde impregnaba el aire con olores de madera y flores.
April estaba tan feliz que podía haberse puesto a bailar encima de la mesa. Pero se contuvo. La medio hermana del rey llegó pocos minutos después, acompañada de Harold y Erik. Los tres se miraban entre sí, confusos, porque no tenían ni idea de lo que el rey quería contarles. Ocuparon sus lugares en la mesa, impacientes pero en completo silencio.
Bastaron unos segundos para que la confusión diera paso a la alegría cuando Van comunicó que todos los obreros volverían al trabajo al día siguiente y que April seguiría dirigiendo Pandora.
– Pero, ¿cómo lo habéis conseguido majestad?– preguntó Harold asombrado.
Van, con los codos sobre la mesa y la barbilla apoyada en sus manos, miró a April intentando contener la risa.
– Pues veréis… lo cierto es que me he pasado el día intentando convencer a Hanley– explicó el rey, para después añadir– Sigue tan terco como siempre, os podéis imaginar lo que me ha costado arrancarle un compromiso de mínimos– Van suspiró cansado– Al final hemos conseguido llegar a un acuerdo, los obreros volverían y April seguiría al frente de Pandora. Pero él se negaba a regresar, estaba empeñado en que April no querría volver a trabajar con él después de lo que ocurrió ayer. Como no podía persuadirle, he ido a buscarla y…– Van guardó silencio, divertido, intercambiando una elocuente mirada con April.
– ¿Y…?– apremió Merle para que continuara.
– No sé cómo lo ha hecho…– dijo Van echándose a reír sin poder evitarlo–… pero Hanley estará mañana dirigiendo a sus hombres en las obras.
Todos sonrieron ante sus palabras, menos April que se puso tan colorada como su pelo.
– Agradece que no soy una mujer rencorosa– replicó ella, contagiándose un poco de la alegría que inundaba la habitación.
– Eso ya lo he oído antes– contestó Van al tiempo que recordaba esas palabras dirigidas a él mismo en un contexto muy distinto: la habitación de "El Gato Negro" en la que habían pasado la noche, dos meses atrás.
Una hora más tarde, la larga mesa del comedor crujía bajo el peso de un sinfín de platos que contenían una excelente representación de la gastronomía Faneliana. Harold había insistido en celebrar las buenas noticias con un banquete por todo lo alto y ninguno de los presentes había encontrado motivos para oponerse. Así Merle, Van, Erik, Harold y April tomaron asiento para cenar bajo la luz de las enormes lámparas que pendían del techo. Para alguien que se había pasado el día sin probar bocado, aquello era un paraíso, y al principio April escuchó más que habló mientras se servía carne asada, patatas cocidas, verduras y puré; y lo rociaba todo con grandes cantidades de salsa.
El ruido de los cubiertos entrechocando y el sonido de las conversaciones llenaba el comedor. Merle, sentada frente a April, había empezado a contarles a los demás el mal rato que pasó la pelirroja cuando visitaron la sastrería de Filippo.
Van, en la cabecera, intentaba en vano contener la sonrisa. Mientras April lloraba de la risa al evocar el momento. Aquel día había pasado muchísima vergüenza pero no podía evitar reírse, ahora que lo contemplaba en perspectiva.
– Estuvo a punto de desmayarse, ¿te acuerdas?– dijo Merle desternillándose de la risa.
– Estoy completamente seguro de que Filippo jamás podrá olvidar el momento en que vosotras dos entrasteis en su sastrería– opinó Erik. Las carcajadas inundaron la estancia, llenándola de un sentimiento cálido que hacía mucho que ninguno de los presentes experimentaba. Por primera vez en cinco años, April se sintió como en casa.
Van, por su parte, pensaba en cuantas anécdotas más como esa se habría perdido durante aquellas semanas en las que hizo todo lo posible por ignorar a su invitada. Mientras contemplaba a April y Merle inundar el comedor con el sonido de sus risas, se prometió a sí mismo no volver a cometer los errores del pasado.
Una fina lluvia comenzó a caer en el exterior mientras los comensales atacaban los postres. Cuando terminaron de cenar se había convertido en una auténtica tormenta pero a ninguno de los presentes les importó demasiado. April, que tenía que madrugar al día siguiente para ponerse al día con el trabajo, anunció que necesitaba dormir y Merle decidió imitarla. Las chicas se marcharon poco después, llevándose con ellas la calidez de sus risas.
El silencio cayó sobre los tres hombres que, saciados y satisfechos, se acomodaron placenteramente en sus amplios sillones. Una de las doncellas de palacio dejó sobre la mesa una hermosa bandeja de porcelana sobre la que reposaban botellas de diversos licores. La mujer comenzó a servir al rey y sus comensales pero éste la detuvo con un gesto de la mano y la doncella abandonó la estancia con una profunda reverencia.
– Me alegro de que todo se haya resuelto tan bien– la voz de Harold rompió el silencio.
Van dirigió la mirada hacia su fiel consejero mientras se servía un licor de color ámbar en su copa y le daba un sorbo.
– Nunca podría haberlo hecho sin ella– contestó el ryujin, refiriéndose a April.
Harold sonrió casi sin querer.
– Por eso creo que deberíamos considerar la posibilidad de recompensar a la señorita April de algún modo, majestad– sugirió el consejero–. Y se nos acaba de presentar la ocasión perfecta.
– ¿Qué propones?– cuestionó el ryujin muerto de curiosidad.
Harold extrajo una carta de aspecto oficial del bolsillo interior de su túnica de consejero y se la pasó al rey para que pudiera leerla. El lacrado del sello se había partido al abrir el sobre, pero aún era reconocible.
– ¿Una carta de Freid?– preguntó Van al identificar el característico emblema del ducado.
– Ha llegado esta misma tarde– explicó el consejero mientras el ryujin extraía la carta y comenzaba a leer las elaboradas líneas que recorrían el papel.
– Dentro de dos días se celebrará en Godashim el aniversario de la coronación del Duque Chid Zar Freid– dijo cuando llegó al final de la misiva–. Desean que la delegación de Fanelia asista.
El consejero asintió escuetamente.
– Exacto majestad. Y sin duda Fanelia debe asistir a la celebración por las buenas relaciones que mantenemos con el ducado. Sin embargo, me parece una oportunidad única para compensar a la señorita April por todo lo que se ha esforzado en los últimos meses.
– ¿Creéis que ella querrá acompañarnos?– preguntó Van a sus acompañantes.
– Por supuesto majestad– contestó Erik–. Ella ha crecido escuchando hablar de Freid, seguro que le emociona la idea de contemplar esas tierras con sus propios ojos.
Van se lo pensó durante unos segundos y después respondió:
– Decidido entonces– dijo con una sonrisa sincera que le adornaba el rostro.
Erik y Harold sonrieron al rey con alegría. Nunca lo habían visto tan contento.
– En ese caso, majestad, será mejor que comuniquéis cuanto antes vuestros planes a la señorita April– aconsejó Harold sabiamente–. Preparar este tipo de cosas llevan su tiempo majestad.
– ¿Es que quieres que vaya a buscarla ahora?– preguntó Van irónicamente ante la persistencia de Harold.
– No sería mala idea– contestó Erik sin poder evitar reírse ante la cara de estupefacción del rey.
…
"¿Cómo me he dejado convencer para hacer esto?", se preguntó Van a sí mismo por enésima vez en veinte minutos. Harold y Erik habían insistido tanto que, al final, el ryujin se había rendido.
Y ahora se encontraba recorriendo el corredor del último piso del ala norte del castillo, la parte del palacio reservada a los invitados y las delegaciones extranjeras que visitaban Fanelia. Se detuvo frente a una puerta de madera robusta, al final del pasillo, y levantó la mano para llamar. Pero volvió a bajarla antes de hacerlo.
Aquello era una locura, April se había retirado a su habitación mucho antes. Ya debía de estar dormida, si llamaba a la puerta seguro que la despertaría. Estaba a punto de marcharse cuando lo oyó:
– ¡JODER!– la voz de April llegó hasta él amortiguada por la madera de la puerta.
"¿Qué le habrá pasado?", se preguntó Van a sí mismo, "¿necesitará ayuda?". Sumido en las dudas, levantó la mano para volver a llamar pero tampoco en aquella ocasión pudo hacerlo. Desde el otro lado, April gritó de dolor.
La imagen de aquel hombre rubio de ojos oscuros hundiendo su extraño puñal en la mejilla de April inundó el cerebro de Van, cortándole la respiración y acelerando su pulso. Sin detenerse a pensar en que ni siquiera iba armado, agarró el pomo y abrió la puerta de un tirón, precipitándose dentro de la habitación como una exhalación.
Una ráfaga de aire helado le golpeó con fuerza el rostro nada más entrar. Las puertas del balcón estaban abiertas de par en par y el viento que entraba por ellas zarandeaba con furia las cortinas. Decenas de papeles volaban sin control por la habitación, como si hubiesen salido disparados por culpa del viento. Van rastreó la habitación desesperadamente buscándola a ella. La encontró junto a las puertas acristaladas, tratando de cerrarlas. Pero el viento soplaba con tanta fuerza que le resultaba imposible.
Aliviado al comprobar que ella no se encontraba en serio peligro, el ryujin corrió a ayudarla. Entre los dos consiguieron cerrar los grandes ventanales y colocar el seguro. April suspiró de alivio mientras se recolocaba el pelo y la ropa, revueltos por culpa del viento.
– ¿Estás bien?– preguntó Van, cuyo pulso había regresado a niveles normales de nuevo.
– Sí, muchas gracias– dijo April con una sonrisa y se dispuso a recoger los papeles que el viento había diseminado por la habitación– Estaba en la cama cuando un golpe de viento ha abierto los ventanales, llevándose por delante todos los papeles que tenía en el tocador. Ahora tendré que ordenarlos de nuevo– explicó, sobándose el codo derecho–. Siento haberte asustado con mis gritos, es que me he golpeado con la maldita puerta mientras intentaba cerrarla.
Van rió imaginándose la cómica escena. Entonces, se sentó en la cama y la contempló con tranquilidad mientras caminaba descalza por la habitación. Se había recogido el largo cabello pelirrojo en un moño despeinado bajo la nuca del que escapaban varios mechos, debido tal vez al viento. Además, para consternación del ryujin, llevaba puesto un camisón de seda blanco hasta las rodillas que se ataba bajo el pecho con un intrincado diseño de cordones. La tela se amoldaba a su cuerpo como si fuese una segunda piel y a la luz que proyectaban las lámparas, permitió a Van apreciar las suaves curvas de su femenina anatomía. Paralizado por una sensación que no podía identificar, el ryujin apartó los ojos de ella rápidamente.
"Por todos los dioses", pensó para sí, "está prácticamente desnuda". Ni siquiera podía moverse. Haciendo todo lo posible por no volver a mirarla, Van carraspeó para llamar su atención.
– April, ¿crees que podrías ponerte algo encima de…eso?
La pelirroja miró su cuerpo sin comprender a qué se refería el rey. Un segundo después se sonrojó hasta la raíz del pelo.
– ¡Oh Señor!– exclamó mientras corría hacia el armario y rebuscaba desesperadamente en su interior hasta encontrar una bata con la que cubrirse.
Cuando estuvo totalmente tapada se volvió hacia Van, que suspiró de alivio, completamente sonrojada.
– Lo siento mucho– trató de disculparse mientras se moría de la vergüenza, el rey de Fanelia acababa de verla en paños menores–. No me he dado cuenta.
Van, que estaba demasiado impresionado para hablar, movió secamente la cabeza. Esperaba que April comprendiera que ese gesto significaba que no lo que acababa de pasar no tenía importancia. El ryujin se pasó una mano por el pelo, despeinándoselo aún más si eso era posible. Ardía por dentro y no sabía por qué.
– De verdad que lo siento– insistió ella, que incapaz de mirar a Van a los ojos decidió seguir recogiendo papeles en un intento desesperado por mantener las manos ocupadas.
Al cabo de unos minutos de absoluto silencio, Van se había tranquilizado lo suficiente como para intentar articular palabras de nuevo. Decidido a actuar como si nada hubiera pasado, se apresuró a cambiar de tema.
– Dentro de dos días se celebra en Freid un festival para conmemorar la coronación del Duque Chid– explicó Van algo más calmado, April dirigió sus ojos hacia él en cuanto escuchó su voz–. ¿Te suena de algo?
– Por supuesto que sí– contestó ella con una sonrisa en su rostro, claro que le sonaba. ¿Cuántas veces le había hablado su madre del país de Freid?
Van asintió. Erik había acertado al pensar que ella se ilusionaría con la perspectiva de conocer Freid. Así que decidió continuar.
– Una delegación de Fanelia, conmigo a la cabeza, asistirá a la celebración– dijo el ryujin.
April se entristeció tanto que se lo olvidó lo avergonzada que estaba. Su madre hablaba maravillas de aquel exótico país, le habría encantado poder ir. Pero ella no pertenecía a la corte, su lugar estaba en el hangar con los ingenieros, no en banquetes de reyes y duques.
– Y… ¿cuándo os marcháis?– preguntó intentando sobreponerse y aparentar algo de interés.
– Mañana, a primera hora– contestó Van confuso, no podía entender por qué ella parecía de repente tan triste. Tal vez no le apetecía ir a Freid pero no quería negarse porque se lo estaba pidiendo el rey. Entonces, volvió a analizar las palabras de la pelirroja y lo comprendió. Ella había preguntado "¿cuándo os vais?". Creía que no estaba invitada y se había entristecido por ello. Mucho más animado añadió–. Tendrás que encontrar alguien que te sustituya mientras estemos fuera.
La pelirroja abrió los ojos desmesuradamente por culpa de la sorpresa. No podía creérselo. No quería creérselo.
– ¿Yo también puedo ir?– quiso saber incrédula, clavando sus ojos verdes en Van.
– ¿Por qué si no iba a estar molestándote a estas horas?– preguntó irónicamente el ryujin–. ¿Querrás acompañarnos entonces?
– Será un placer, majestad– contestó ella con toda sinceridad.
Y, sin poder evitarlo, Van sonrió.
Tachán...
Perdón por el retraso, pero aún sigo con gripe y escribo con la misma velocidad que las tortugas.
No tengo mucho que decir de este capítulo, salvo que es el que más me ha gustado escribir hasta la fecha. Es muy largo pero me parecía tan interesante que no podía cortar en ninguna parte. Lo siento.
Quiero darle las gracias, como siempre, a todos los que me leen y a quienes dejan un review para animarme a seguir: MarcrossLive, 7, Alice Cullen, Diana y Annima90. Gracias por vuestras palabras de aliento, por los ánimos y por estar siempre ahí.
Nos vemos en el siguiente.
Love, Ela.
