Recomendación musical: Flightless Bird, American Mouth – Iron and Wine.
Capítulo 13: La pluma y la rosa.
La luz del sol entraba a raudales por la ventana abierta de la habitación mientras la cálida brisa zarandeaba las cortinas con pereza. Las blancas sábanas de la enorme cama estaban revueltas y heladas, señal de que la persona que había dormido en ellas hacía rato que había decidido levantarse.
La puerta que llevaba al baño estaba abierta y, a través de ella, podía oírse el sonido del agua golpeando rítmicamente y reverberando en el mármol que recubría cada rincón de la estancia. Había un hombre en la bañera dorada, aunque su figura se veía borrosa por culpa de los vapores que desprendía el agua. Estaba tumbado despreocupadamente, con los brazos apoyados a ambos lados de la bañera. Tenía los ojos cerrados y respiraba lenta y acompasadamente, parecía dormir en aquella postura tan cómoda.
Pero Van Fanel no estaba dormido. Tan sólo estaba pensando. En ella. Otra vez.
La noche anterior, después de regalarle a April el colgante de Hitomi, el ryujin había decidido acompañarla hasta su habitación. No le gustaba nada la idea de que recorriera sola los oscuros pasillos de la Villa Imperial, aún recordaba lo cerca que había estado en Vaedran de llegar demasiado tarde. O eso era lo que se había dicho a sí mismo para acallar aquella parte de su cerebro que le gritaba que, en realidad, lo había hecho para prolongar el tiempo que podía pasar con ella.
April era un bálsamo para la responsabilidad y la tensión que siempre soportaba sobre sus hombros. Sentado junto a ella sobre la verde hierba hablando de todo y de nada, Van se sintió libre, vivo. Por unas horas dejó de ser el rey de Fanelia, el hombre que había visto arder su país en los fuegos de la guerra. Le encantaba la maravillosa sensación de ser sólo un hombre que experimentaba a su lado. Por eso, cuando April anunció que se retiraba a dormir el ryujin decidió acompañarla. Quería prolongar esa sensación todo lo posible.
Suspiró. Ni siquiera con los ojos cerrados podía dejar de verla. La mente de Van conjuró para el ryujin la imagen más reciente que tenía de ella. El cabello rojo como el fuego cayendo sobre su espalda, la sonrisa sincera adornando su rostro, las lágrimas escapando de aquellos ojos verdes poblados de secretos… con su incapacidad para dejar ir el pasado Van le había hecho daño de nuevo. ¿Cuántas veces tendría April que sufrir por los errores que él cometiera?
Desde que se conocieron Van la había ignorado, tratado fríamente, gritado, despreciado, pedido que se marchara… había pagado con April todas sus frustraciones, todo el dolor que había almacenado durante ocho años en su interior. Sin embargo, ella le había perdonado. Siempre le perdonaba, por mucho que el ryujin se equivocara.
"Intentaré pasar el mayor tiempo posible lejos de ti, tal vez eso te ayude" había dicho ella la noche anterior. April no quería recordarle aquello que había perdido, no quería hacerle daño. Pero estar lejos de ella no iba a ayudar a Van. El ryujin debía aprender a vivir en el presente y dejar ir el pasado. Y eso es lo que pensaba hacer.
Abrió los ojos decidido y se puso en pie con calma. El agua que continuaba cayendo se llevó consigo la espuma, la indecisión y todas las dudas. Salió de la bañera minutos después, empapado de pies a cabeza y completamente desnudo. Las gotitas de agua se escurrían lentamente desde su pelo y se deslizaban de forma tentadora por su cuerpo, siguiendo el contorno de sus músculos y trazando sendas por su piel.
Salió del baño con una toalla enrollada alrededor de las caderas. La luz del sol arrancó destellos a la piel mojada de su torso mientras terminaba de secarse y se vestía. Cuando terminó, se miró al espejo. El hombre que le devolvía la mirada desde el otro lado sonreía. Entonces pensó en Hitomi, la chica de la Luna Fantasma que le había ayudado a ganar una guerra, que le había enseñado que un corazón que creía muerto, obsesionado con el combate y la lucha podía aprender a amar sin limitaciones.
– Te he esperado mucho tiempo, Hitomi– le dijo a su reflejo–. Ahora voy a empezar a vivir.
Sintiendo como la carga que había llevado consigo durante ocho años cedía y se soltaba, Van abrió la puerta de su habitación de un tirón y salió al amplio corredor de piedra.
…
Unos insistentes golpes en la puerta de la habitación sacaron súbitamente a April del maravilloso mundo de los sueños en el que estaba sumida. Confusa, se incorporó en la cama y tuvo que parpadear varias veces para acostumbrarse a la deslumbrante luz del sol que se filtraba a través de las vaporosas cortinas que cubrían las ventanas. Dirigió la mirada hacia Merle, tan enredada en las sábanas de su cama que parecía llevar puesta una gigantesca camisa de fuerza. April no pudo evitar sonreír al contemplar a su amiga gatuna.
Entonces, el sonido de alguien que llamaba a la puerta de forma persistente devolvió a April al presente. Se levantó, tropezando con sus propios pies y pasándose las manos por la cara para ahuyentar el sueño. Volvieron a llamar.
– Está bien– refunfuñó April–. Ya voy.
La pelirroja abrió la puerta y descubrió a Millerna en el umbral. Tan hermosa como siempre, la hija del rey Aston de Asturia llevaba un hermoso vestido que hacía juego con el violeta de sus ojos.
– Buenos días April– fue todo lo que dijo antes de apresurarse a entrar en la habitación, seguida de un pequeño séquito de doncellas.
– ¿Qué está pasando?– se atrevió a preguntar April, totalmente confundida.
Millerna no contestó, se limitó a sonreír mientras su mirada registraba la habitación. Sus ojos se detuvieron con desaprobación en la ropa de April que descansaba formando un caótico montón sobre el diván. La mujer rubia se acercó recelosa a la ropa y cogió la blusa azul que April había llevado el día anterior entre los dedos, intentando tocarla lo menos posible. Luego, dirigió su violeta mirada llena de censura hacia la pelirroja que rió divertida por el comportamiento de Millerna.
– ¿Pensabas ir vestida con esto?– preguntó Millerna haciendo énfasis en la última palabra, como si le resultara inverosímil que alguien pudiera llevar puesta una prenda semejante.
– No lo sé– respondió April con sinceridad–. Acabo de despertarme, no he tenido tiempo de pensarlo.
Millerna la miró con la incredulidad pintada en el rostro. ¿Cómo podía April darle tan poca importancia a su aspecto? Iba a pasar el día acompañando a los miembros de las casas reales más respetadas de toda Gaia, todo el mundo se fijaría en ella, no podía ponerse cualquier cosa.
– Necesitará más ayuda de la que creía– dijo Millerna, girando sobre sus talones para dirigir sus palabras a las doncellas que la acompañaban.
Súbitamente, una alarma se encendió en el cerebro de April.
– ¿Ayuda con qué?– quiso saber intranquila.
Ninguno de los presentes se dignó a responder su pregunta. Las doncellas comenzaron a moverse de forma coordinada por toda la habitación y April tuvo que apartarse para esquivarlas. Varias empezaron a recoger la cama y la habitación mientras dos de las mujeres se apresuraban a preparar el baño. Una de ellas recogió velozmente la ropa que descansaba sobre el diván.
– ¡Eh! ¡Espere!– exclamó April tratando en vano de detenerla–. Eso es mío.
Pero nadie prestó atención a sus palabras. La pelirroja bufó indignada. ¿La habían sacado a rastras de la cama para criticar su vestuario? Millerna, mientras tanto, se acercó a la cama en la que Merle continuaba durmiendo despreocupadamente.
La mujer rubia zarandeó a la chica gato de forma suave. No sirvió de nada. Merle gimió y se removió entre las sábanas con la intención de seguir durmiendo. Sin embargo, Millerna no tenía tiempo para ser condescendiente.
– ¡ES HORA DE LEVANTARSE MERLE!– gritó con tranquilidad en una de sus puntiagudas orejas. Merle se despertó tan sobresaltada que olvidó lo enredada que estaba en las sábanas de su cama tras una noche de sueño. Como consecuencia, tropezó cuando intentó incorporarse y acabó cayendo de bruces de forma dolorosa sobre el suelo, desde donde inició una lucha sin cuartel contra las sábanas para liberarse. Pero, al tener los brazos atrapados bajo el cuerpo le resultaba imposible.
Intentando controlar el ataque de risa que sufría, April se apresuró a ayudar a Merle a salir de la prisión de las sábanas. Sin embargo, su amiga se retorcía tanto que le dificultaba el trabajo.
– ¿Quieres dejar de comportarte como una lunática para que pueda sacarte de ahí?– le pidió April sin dejar de reír.
Merle obedeció en el acto y April pudo, por fin, liberarla de su improvisada camisa de fuerza.
– No entiendo cómo puedes moverte tanto mientras duermes. Es un milagro que no te caigas de la cama en plena noche– dijo April mientras se sentaba despreocupadamente en la cama que minutos antes había ocupado Merle.
La chica gato le sacó la lengua pero se detuvo cuando comprobó que no estaban solas.
– ¿Qué está haciendo toda esta gente aquí?– preguntó desconcertada mientras observaba con recelo el vaivén de los sirvientes por la habitación.
– Eso quisiera saber yo– repuso April encogiéndose de hombros.
De repente, Millerna interrumpió la conversación que ambas estaban manteniendo.
– Están aquí para ayudar a que hoy April luzca maravillosa– contestó con una sonrisa en el rostro.
A la pelirroja se le heló la sangre en las venas cuando Millerna extendió sobre la cama recién hecha una enorme colección de vestidos de distintos colores. Merle y April se miraron estupefactas.
"Tiene que estar bromeando" pensó April internamente, sin dar crédito a lo que oía. Sin embargo, a pesar de los escalofríos de terror que recorrían su cuerpo no quería ser descortés.
– Te lo agradezco mucho Millerna, pero no tienes que molestarte– dijo la pelirroja, intentando que su voz sonara sinceramente agradecida. Aunque las palabras que de verdad deseaba decir fueran mucho menos agradables–. Esto no es necesario, he traído mi propia ropa.
Millerna arqueó sus perfectas cejas doradas en señal de escepticismo.
– Con el tiempo he aprendido a aceptar que en la Luna Fantasma las mujeres visten de una forma…– hizo una pausa buscando un calificativo que no sonara demasiado ofensivo–… diferente. Pero nadie en su sano juicio llamaría a esto ropa, querida– respondió señalando con sus manos la cesta de mimbre en la que las doncellas habían depositado la ropa que April había usado el día anterior.
April abrió la boca para contestar pero Millerna la interrumpió.
– No puedes pasearte por Godashim vestida como uno de los soldados de Freid durante los festejos por el aniversario de la coronación del Duque Chid– concluyó Millerna tajantemente–. Hoy es un día importante y tienes que estar perfecta. Las doncellas te ayudarán a prepararte quieras o no.
A la pelirroja aquel arrebato de Millerna le recordó tanto a las reprimendas que recibía de su madre cuando hacía alguna travesura que fue incapaz de contestar. Sabiendo que toda resistencia era inútil, se dejó arrastrar por dos mujeres de uniformes blancos hasta el cuarto de baño. Cuando las doncellas cerraron la puerta, April tuvo el presentimiento de que estaba prisionera en una mazmorra de tortura. Allí, entre protestas y tirones, la despojaron del camisón que utilizaba para dormir dejándola desnuda sobre el frío suelo de mármol. April, que no estaba acostumbrada a que nadie la viera sin ropa, intentó cubrirse como pudo.
– No te preocupes por ellas April, la primera vez siempre cuesta un poco– comentó Millerna a través de la puerta mientras se sentaba sobre la cama con las piernas cruzadas–. Están aquí para ayudarte, sólo tienes que relajarte.
Aquello era más fácil de decir que de hacer en opinión de April. Nunca había expuesto su cuerpo delante de alguien y se sentía tremendamente insegura e incómoda. Mientras la pelirroja luchaba por controlar las ganas que tenía de huir de aquel lugar sin mirar atrás, las doncellas se dedicaron a añadir jabones, esencias y aceites al agua caliente de la bañera, provocando que grandes nubes de vapor perfumado inundaran el cuarto de baño hasta el punto en que April creyó que moriría intoxicada entre tantos olores. Millerna por su parte, ajena al sufrimiento de la pelirroja, volvió a levantarse para examinar la colección de vestidos que descansaba sobre la cama.
– Creo que el azul o el verde quedarían perfectos con tu tono de piel– explicó a nadie en particular, su voz llegó hasta el baño amortiguada–. El rosa, se vería horrible con tu cabello.
April quiso contestar que ni le entusiasmaban los vestidos ni tenía la más remota idea de que colores combinaban mejor con su pelo. Pero no pudo hacerlo. Dos de aquellas implacables mujeres la empujaron hacia atrás y la instaron a meterse en la bañera a la fuerza. El agua estaba ardiendo y su piel gritó en protesta, igual que sus pulmones que recibieron el impacto directo del vapor que desprendía el agua perfumada. Sin embargo, su tortura no terminó allí, las doncellas la obligaron a sumergirse por completo en la bañera. Cuando la pelirroja emergió del agua, tosía espuma de colores. Pero ni su incapacidad para respirar con normalidad le permitió librarse de la sesión de lavado profundo al que sometieron a su larga melena.
– ¡Ay!– exclamó April cuando una de aquellas mujeres empezó a frotar su cuerpo con una especie de esponja exfoliante. Su piel, hipersensible por culpa de la temperatura del agua, enrojecía dolorida cada vez que pasaban la esponja.
Aquello, sin duda alguna, era lo más parecido al infierno que April había experimentado en su vida. Incapaz de defenderse del ataque combinado de las doncellas de Millerna, April se limitó a rezar para que su suplicio terminara pronto.
– Merle querida, puedes marcharte si quieres. Esto nos llevará un rato– dijo Millerna de repente, dirigiéndose a la chica gato, que miraba preocupada la puerta del baño– Y si ves a los demás, diles que April y yo nos reuniremos con ellos en la sala del trono, justo antes de la ceremonia.
Y Merle, tal vez temiendo ser la siguiente, traicionó a April dejándola sola ante el peligro y se marchó de la habitación cerrando la puerta tras de sí.
…
La sala del trono había sido engalanada a conciencia para la ocasión. La bandera del ducado colgaba de cada una de las altas columnas diseminadas por la estancia, habían pulido los suelos hasta hacerlos brillar como un espejo y habían añadido asientos para los cientos de invitados que iban a acudir al evento. El aniversario de la coronación del Duque Chid era todo un acontecimiento para el pequeño país de Freid, un día de júbilo y alegría para sus ciudadanos. Hasta Godashim no sólo habían acudido habitantes de todos los rincones de Freid sino también personalidades importantes de otros países. A la delegación de Fanelia y de Asturia, se habían unido aquella misma mañana las de Basram, Chezario, Daedalus, Egzardia y otras muchas naciones.
Pero April Ryan era incapaz de disfrutar del ambiente festivo. Cuando las doncellas de Millerna se cansaron de restregarle por el cuerpo aquella esponja que más bien parecía una lija, la sacaron de la bañera e impregnaron su enrojecida piel en aceites aromáticos. Después peinaron su larga melena pelirroja, trenzando entre los mechones decenas de flores doradas.
Cuando terminaron de arreglarla, April no consiguió reunir el valor suficiente para mirarse en el espejo. Prefería enfrentarse al mundo sin ser plenamente consciente de su aspecto, tenía miedo de no reconocerse a sí misma tras la sesión de belleza a la que la habían sometido.
– ¿Realmente es necesario todo esto?– preguntó April a Millerna por enésima vez, balanceándose al borde de un ataque de nervios mientras recorrían un largo pasillo de piedra que las llevaría hasta la sala del trono–. En cualquier caso voy a parecer insignificante a tu lado, no importa lo que hagas.
Millerna detuvo su avance y giró grácilmente sobre sí misma para clavar su mirada violeta en el rostro de April.
– Nadie se fijará hoy en mí, de eso puedes estar segura– respondió con su voz dulce y delicada y una sonrisa bailando en sus labios.
April negó con la cabeza. En el fondo de su ser sabía que lo suyo siempre sería el cerebro, no la belleza. Era feliz con aquellas cosas que la vida le había regalado, pero jamás podría competir con la hermosura incomparable de la que Millerna hacía gala de forma tan natural.
Siguió caminando mientras la tela del vestido que Millerna había elegido para ella se mecía a su alrededor con cada movimiento. Era suave y ligera. Aunque la pelirroja había decidido, en cuanto se lo pusieron, no mirar mucho hacia abajo para mantener el pánico a raya. Giraron a la izquierda al final del corredor y las escaleras del vestíbulo principal de la Villa Imperial se abrieron ante ellas. Decenas de personas se arremolinaban bajo los altos techos de piedra esperando su turno para tomar asiento en el salón del trono, cuya entrada se encontraba al otro lado del vestíbulo.
Al pie de las escaleras esperaban al completo las delegaciones de Fanelia y Asturia. La chica gato fue la primera en vislumbrar a April.
– April, ¡aquí!– gritó Merle, agitando las manos enérgicamente sobre las cabezas de la multitud para llamar la atención de la pelirroja, que sonrió en la distancia al reconocer a su amiga.
El grito de Merle llamó la atención de las personas que estaban a su alrededor, que se giraron a mirar en la dirección que la chica gato señalaba. A Van, por ejemplo, que conversaba animadamente con Dryden sobre los nuevos planes de comercio, las palabras de Merle le distrajeron de su conversación el tiempo suficiente para echar un rápido vistazo a la escalera del vestíbulo. Y, entonces, algo le obligó a volver a mirar. O más bien alguien.
Había dos mujeres en lo más alto de la escalinata de piedra que llevaba a los pisos superiores de la Villa Imperial. La de la derecha, con su cabellera rubia y sus ojos violetas, no era otra que Millerna. Pero la mujer de la izquierda, no podía ser April. Por mucho que compartieran rasgos como los ojos o el pelo, aquella mujer no podía ser la misma con la que Van había estado charlando sobre la hierba la noche anterior. Porque esa mujer parecía una diosa con aquel vestido dorado que flotaba a su alrededor resaltando su silueta. Los ojos del rey de Fanelia se quedaron fijos en su inmóvil figura, incapaces de prestar atención a nada que no fuera ella. Cuando April le sostuvo la mirada y le sonrió, con aquella sonrisa suya tan natural y sincera, fue como si se hubieran extinguido todas las voces del vestíbulo, como si hubieran desaparecido las personas que había a su alrededor.
– Cuando lleguemos abajo, no te separes de Van– aconsejó Millerna a su neófita acompañante, obligándola a romper el contacto visual que ésta había creado con el ryujin–. Él te dirá que hacer en todo momento.
April asintió a duras penas, con un nudo en el estómago. Definitivamente, odiaba los vestidos, las fiestas y todo lo que tuviera que ver con el protocolo. Millerna comenzó a descender los escalones y April (concentrando hasta la última neurona en coordinar sus pasos para no tropezar con los pliegues del vestido) la imitó, a unos metros de distancia.
El ryujin, por su parte, siguió atentamente todos los movimientos de April. Cada escalón que ella descendía, le permitía apreciarla más detalladamente. El maquillaje que hacía resaltar sus ojos verdes, sus labios rojos, las flores que habían trenzado en su pelo, las pecas de sus hombros que el corte del vestido dejaba al descubierto, el colgante que él le había regalado la noche anterior reposando delicadamente sobre su pecho…
Cuando April salvó el último escalón traicionero, alzó la mirada y Van dejó de respirar. Incapaz de articular palabra se limitó a contemplarla como si se tratara de una visión que desaparecería en cuanto se atreviera a parpadear.
– ¡Qué guapa estás!– exclamó Merle que no salía de su asombro mientras se acercaba a ella.
La pelirroja se sonrojó visiblemente, bajo la atenta mirada y los elogios de sus amigos.
– Merle está en lo cierto, April– dijo Dryden con una pícara sonrisa adornando su rostro, pues había visto el modo en que Van la miraba–. Hoy estás increíblemente hermosa.
Allen, que tampoco había podido quitarle los ojos de encima a la hija de Hitomi, se acercó a April lentamente y, tras inclinarse respetuosamente ante ella, tomó su mano derecha y rozó con los labios la suave piel del dorso.
– Honras el recuerdo de Hitomi con tu sola presencia– dijo el caballero celeste.
April, que odiaba los elogios, no podía estar más incómoda por lo que intentó salir del paso distrayendo la atención sobre sí misma.
– Dadle las gracias a Millerna– contestó ruborizada, señalando a la culpable de tanto alboroto–. Es todo obra suya.
Entonces, los hombres dirigieron sus miradas y alabanzas hacia la hija del Rey de Asturia, lo que permitió a April relajarse por fin. Suspirando de alivio se acercó hasta Merle, luchando por no echar a correr, y se atrevió a preguntarle.
– Después de todo lo que me han hecho, ¿sigo siendo yo?
Merle se echó a reír al ver su cara de angustia e intentó tranquilizarla a su manera.
– ¿Es que no te has mirado al espejo?– preguntó a su vez la chica gato–. Sigues pareciendo tú, sólo eres una versión mejorada– respondió divertida, sin parar de desternillarse.
April le sacó la lengua a su gatuna compañera y se dedicó a buscar a Van con la mirada. El ryujin se había mantenido en un discreto segundo plano todo ese tiempo, observando irritado a Dryden y Allen por haber mirado embobados a April. Ella le buscó entre los rostros de los cientos de invitados que les rodeaban. Cuando por fin le localizó y sus miradas se encontraron, April sintió un repentino escalofrío recorriendo su espalda. Los ojos del rey brillaban tan intensamente que parecía haberse derretido el material del que estaban hechos. Van llevaba puesto un uniforme militar negro y rojo y colgando de sus hombros, la capa que le designaba como la persona más poderosa de toda Fanelia. April sintió como su corazón se aceleraba cuando por su mente desfiló el fugaz pensamiento de que estaba muy guapo con aquella sonrisa torcida que adornaba su rostro y el pelo revuelto cayendo despreocupadamente sobre sus ojos. Por desgracia, la conexión que se había creado entre ellos no duró demasiado, pues uno de los invitados se acercó hacia el ryujin para susurrarle al oído unas extrañas palabras.
Dryden Fassa, el comerciante más importante de Asturia, era una de las personas más inteligentes de toda Gaia. Se enorgullecía al pensar que muy pocas cosas escapaban a su entendimiento.
– Te aconsejo que no la pierdas de vista– dijo Dryden misteriosamente a un desconcertado Van, que no podía entender a qué se refería el esposo de Millerna. Ante el silencio del rey de Fanelia, Dryden decidió añadir–. No eres el único que no le quita los ojos de encima a April.
La mirada de Van barrió el vestíbulo y constató que, efectivamente, Dryden tenía razón. Varios hombres seguían atentamente los movimientos de April, unos la miraban con el deseo pintado en el rostro y otros, los más audaces luchaban para abrirse camino hasta ella y dirigirle unas palabras o tal vez algunos elogios. Pero Van no tenía intenciones de permitir tal cosa.
Echó a andar con decisión hasta Merle y April, sosteniendo de nuevo la verde mirada de ésta última. Cuando llegó hasta ellas, la delegación de Fanelia se congregó en torno a su rey para entrar en el salón del trono. Merle, que no deseaba formar parte de la ceremonia se despidió apresuradamente de los demás y se escabulló entre los invitados que pululaban por el vestíbulo.
Mientras la delegación ocupaba sus posiciones, April, ahora sola, recordó el consejo que Van le había dado el día anterior. "Yo iré delante y vosotras me seguiréis a una distancia prudencial". Esas habían sido sus palabras. Así que April, dejando de lado sus nervios, se colocó unos pasos por detrás del rey de Fanelia, cumpliendo escrupulosamente el protocolo, a la espera de que los demás se pusieran en marcha.
Pero Van no estaba dispuesto a permitir que ella se alejara tanto. Tenía que mantenerla junto a él para protegerla de los deseos insatisfechos de todos aquellos hombres. O esa fue la mejor excusa que pudo encontrar para acercarse a su cuerpo y, ante la mirada sorprendida de sus ojos verdes, tomarla de la mano y colocarla a su lado, a su derecha, en el centro de la delegación, en la posición que ocuparía la reina si Fanelia tuviera una.
La electricidad circuló entre ellos en cuanto volvieron a tocarse.
– Pero Van…– protestó April, intentando resistirse a su agarre–… este no es mi lugar.
El ryujin sonrió para tranquilizarla, sujetándola aún más cerca. Los hombres del vestíbulo, que no habían dejado de observar a April, mascullaron decepcionados cuando comprendieron que estaba con el rey de Fanelia.
– Eres mi acompañante, tu lugar está a mi lado– fue todo lo que dijo, sin dejar de sonreír satisfecho. April miraba al ryujin como si se hubiera vuelto loco de repente. Al no poder entender su comportamiento, la pelirroja se encogió de hombros y se dejó llevar.
"Suéltala, aléjate de ella", le repetía a Van sin cesar la voz de la conciencia. Él sabía que tenía que poner distancia entre ambos antes de entrar al salón. De lo contrario, al cabo de unas horas tendría que enfrentarse a las especulaciones de todos los presentes acerca de la acompañante del rey de Fanelia. Siempre había acudido solo a cualquier acontecimiento, aquello llenaría los cotilleos de la corte durante días.
Pero, aunque Van sabía que como rey debía anteponer eternamente el deber a sus deseos, no pudo hacerlo. La piel de April era tan cálida y su sonrisa transmitía tanta serenidad que la sostuvo junto a él mientras la delegación de su país accedía al salón. Tampoco la soltó mientras recorrían el pasillo en dirección a los asientos que habían preparado para ellos, ni cuando se acomodaron en las elegantes butacas de suave tela satinada.
Van era consciente del modo en el que la gente los miraba al pasar pero, por primera vez en mucho tiempo, la presencia de April le hizo olvidar todo lo que los demás pudieran pensar. Mantuvo sus manos entrelazadas durante la ceremonia en la que el Duque Chid honró a sus predecesores, recordó a los soldados que habían dado la vida durante la guerra contra Zaibach y volvió a colocarse la corona real sobre los rizos rubios.
April hizo todo lo posible por concentrarse en el discurso del joven duque. Sin embargo, con cada minuto que pasaba le resultaba más difícil. Las grandes manos del rey de Fanelia rodeaban la suya y ella no podía evitar sentirse bien estando así, a su lado. Van ni siquiera necesitaba acariciarla porque aquel simple roce enviaba descargas a través de la columna de April, que era incapaz de prestar atención a otra cosa que no fuera él. Estaban tan cerca el uno del otro que el calor que desprendía el cuerpo masculino la atontaba y la despistaba. Se le aceleró el corazón al percibir el aroma fresco y limpio de su piel. Intentando mantener el control, respiró hondo y clavó sus ojos en la figura de Chid, a fin de concentrarse. Se prometió a sí misma no mirarle de nuevo. Sin embargo, hizo trampa unas cuantas veces. No pudo evitar contemplarle de soslayo mientras transcurría la ceremonia. Pero es que los aristocráticos rasgos de su perfil no se lo estaban poniendo fácil. Van poseía esa extraña clase de belleza masculina que sólo un puñado de mujeres afortunadas tenía la suerte de ver en carne y hueso alguna vez en la vida. Maldiciendo el traicionero rumbo de sus pensamientos, April luchó para que las palabras de Chid consiguieran penetrar en su aletargado cerebro. El final de la ceremonia la pilló desprevenida.
Cuando todo terminó, los aplausos inundaron el salón del trono y Van se vio obligado a soltar la mano de April para ovacionar a Chid. Pero no permitió que ella se alejara demasiado. Le colocó una mano en la espalda, maravillado como siempre por la tibieza de su piel, y la escoltó atentamente hasta la salida del salón, donde se reunieron con Allen, Millerna y Dryden.
– ¿Qué te ha parecido April?– preguntó la mujer de ojos violetas, ansiosamente.
– Ha sido maravilloso– respondió, sintiéndose culpable por haber sido incapaz de prestar atención al discurso de Chid.
Pero Millerna sonrió, complacida con la respuesta.
– En ese caso, ¿por qué no vamos juntos a recorrer el mercado de la ciudad?– sugirió radiante y satisfecha–. No puedes perdértelo, te encantará.
…
Millerna había dicho la verdad. El mercado que los habitantes de Godashim instalaban como parte de los festivales del aniversario de coronación de Chid era lo más espectacular que April había visto en toda su vida.
Las calles estaban abarrotadas de gente y de cientos de puestos: carnes, pescados, frutas y dulces, joyas, telas, perfumes y cerámica, sedas, estatuas, piezas de fundición, réplicas de las paredes del Templo de Fortuna… La enorme Ciudad de Piedra, como llamaban a Godashim los lugareños, con sus misteriosos callejones, sus atestados comercios y el conglomerado de casas de distintos tamaños construidas en roca viva con sus ventanas llenas de celosías y las ricas puertas de madera labrada, contaba una historia lejana. Una historia tan antigua como la misma Gaia.
Las calles de la ciudad rebosaban vida y en ellas resonaban los gritos de la muchedumbre y la mezcla de razas y aromas estallaba en un festival de colores y de olores, inalterable al paso del tiempo.
Merle arrastró a April a cada puesto que encontraron en su camino al corazón de la capital de Freid. Van las seguía de cerca, divertido. Tras el ryujin caminaban tranquilamente Millerna, Dryden y Allen, conversando animadamente.
Van tenía que reconocer que le encantaba deambular sin rumbo por las calles de Godashim, la ciudad era tan distinta a su Fanelia natal que el contraste entre ambas resultaba estimulante. Sin embargo aquel día, con los rayos del sol acariciando a los viandantes y la brisa de la mañana meciéndose perezosa entre los árboles, Van encontró algo mucho más atrayente que la antigua Ciudad de Piedra.
April caminaba de la mano de Merle, unos metros por delante de él, y Van no podía apartar los ojos de ella. Lo había intentado, podía jurar que lo había intentado con todas sus fuerzas. Pero aquella mujer tenía algo a lo que era incapaz de resistirse, por mucho que luchara contra ello. Van no sabía si serían las flores que habían trenzado en su pelo rojo como el fuego, el tacto de su piel, el aroma que desprendía o aquel vestido traicionero que parecía flotar a su alrededor como si quisiera acariciarla.
En aquel momento Merle y April se habían detenido en dos puestos diferentes: Merle en uno de joyas y April en otro de flores. Mientras la primera contemplaba fascinada un brazalete dorado que le había llamado poderosamente la atención, la pelirroja admiraba unas rosas rojas que había descubierto en el puesto. Las rosas rojas eran las favoritas de su madre, su padre le regalaba un gran ramo cada año por su aniversario de bodas.
Sonrió cuando los recuerdos invadieron su mente. Pensaba comprar una de aquellas rosas tan hermosas cuando, de pronto, Merle la llamó desde el puesto de enfrente. La chica gato necesitaba la ayuda de April para decidirse entre dos brazaletes que le habían llamado la atención.
Echando un último vistazo a las flores y sonriendo por las ocurrencias de su amiga, April se encaminó al puesto de joyas para sacar a Merle del dilema en el que estaba sumergida. De todas formas, pensó internamente, ¿para qué iba a gastarse el dinero en una flor? Las flores no se compran, se regalan. Como sus padres, para recordar ocasiones especiales. O eso le habían dicho miles de veces desde que era una niña.
Dejó atrás el puesto y no volvió a pensar en las rosas.
…
Unas horas más tarde, después de cenar, April suspiró al abrir la puerta de la habitación que compartía con Merle en la Villa Imperial. Mientras se quitaba los zapatos a tirones, se sacó el "fabuloso" vestido dorado que Millerna le había prestado por la cabeza, sin miramientos, y lo dejó caer de cualquier manera sobre el diván.
Se encaminó descalza y en ropa interior hacia el baño, acercándose a los espejos que colgaban sobre la larga encimera de mármol. Se deshizo lentamente de las trenzas y de las diminutas flores doradas que adornaban su pelo, dejándolas caer lentamente sobre la encimera. La última trenza que sujetaba su melena cayó con pereza, liberando su pelo de la prisión que lo contenía, permitiéndole descender por su espalda desnuda.
Utilizó el cepillo que descansaba sobre la encimera para peinar su larga cabellera y deshacer los nudos que las trenzas habías provocado. Luego, decidió eliminar hasta la última gota de maquillaje que las doncellas de Millerna habían colocado sobre la piel de su rostro. Cuando terminó, pudo mirarse al espejo de nuevo.
Era ella otra vez, sin artificios. Sólo April.
Regresó a la habitación para colocarse algo decente sobre la ropa interior. Pero hacía demasiado calor para un pijama, incluso para el camisón de seda blanco que solía usar para dormir. Necesitaba algo más ligero. Registró en las profundidades de su mochila negra hasta encontrar una camiseta de los Knicks de Nueva York que siempre llevaba oculta en el doble fondo de la bolsa, para hacer frente a cualquier imprevisto. Terminó de colocarse la camiseta, que era enorme y le llegaba por los muslos, en el mismo momento en que Merle abría la puerta de la habitación y se precipitaba en el interior con una sonrisa de oreja a oreja. La chica gato se quedó mirando con ojo crítico el nuevo pijama de April pero se metió en la cama sin hacer ningún comentario. Después de todo, pensó Merle, las mujeres de la Luna Fantasma vestían de un modo muy extraño.
Tras el ajetreo de un día tan largo, ambas estaban físicamente agotadas y se quedaron dormidas pocos minutos después de haberse metido entre las frescas sábanas.
April se despertó a medianoche por culpa de las pesadillas que desde hacía meses dominaban todos sus sueños. Cada vez más reales, cada vez más aterradoras. Se incorporó en la cama, con el corazón martilleando dolorosamente sus costillas, tratando de acostumbrarse a la penumbra que reinaba en la habitación. La luz de la Luna Fantasma la ayudó a orientarse, pues se colaba desde el balcón por las vaporosas y largas cortinas que zarandeaba la brisa.
Deseosa de deshacerse de las horribles sensaciones que sus pesadillas dejaban tras de sí, la pelirroja pateó las sábanas que la envolvían y salió descalza a la terraza. Cuando cruzó el umbral, el viento le meció el pelo y acarició la piel de su cuerpo que la camiseta que llevaba puesta dejaba al descubierto. La sensación era maravillosa y le permitió aliviar el sofocante calor que sentía.
Apoyó las manos sobre la barandilla que marcaba el final de la terraza con un suspiro. A sus pies, el magnífico jardín de la Villa Imperial relucía a la luz de las dos lunas. April inspiró con fuerza. El aire, impregnado de perfumes exóticos y humedad, inundó su sistema permitiendo que cada terminación de su cuerpo se relaja. Se sentía tan bien que se permitió el lujo de cerrar los ojos. La brisa volvió a acariciarla, ella volvió a suspirar, olvidándose de los malos sueños, de las pesadillas.
De pronto, la incómoda sensación de que alguien la observaba obligó a April a abrir los ojos. Rastreó aquel oasis verde en busca de algún intruso. Entonces, le vio. Estaba sentado despreocupadamente en uno de los bancos de piedra que decoraban el enorme jardín de la Villa Imperial, con la pierna derecha apoyada en la dura roca y el peso del cuerpo descansado en los brazos que había colocado entrelazados sobre la rodilla que tenía levantada. Miraba directamente hacia la terraza, hacia ella, mientras la misma brisa que abrazaba a April alborotaba sus negros cabellos.
Pero no fue aquello lo que provocó que el corazón de April comenzara a latir acelerado, sino sus ojos. Aquellas profundidades oscuras estaban fijas en ella y, a pesar de la distancia, pudo sentir el poderoso embrujo de la mirada del rey de Fanelia. Se le hizo un nudo en el estómago bajo el escrutinio de sus ojos, pero no un nudo de tensión o de miedo. Era algo distinto. Jamás en su vida, la mirada de un hombre le había provocado esa extraña y vertiginosa sensación en la boca del estómago.
"Ve con él", le gritó a April una voz salida del rincón más oculto de su mente. Y ella decidió obedecer. Echó a correr hacia la habitación como alma que lleva el diablo. Intentando hacer el menor ruido posible para no despertar a Merle, se vistió a toda prisa, con las manos temblorosas, y salió al amplio corredor de piedra tan rápido como pudo.
No era capaz de explicar por qué corría desesperadamente hacia el jardín en plena madrugada, sólo sabía que quería verle a él, que necesitaba ver a Van. No podía ser casualidad haber despertado de una pesadilla en el mismo momento en que el ryujin había decidido dar un paseo nocturno bajo su ventana. April no creía en las casualidades. Nunca lo había hecho. Por eso siguió corriendo hacia el jardín, sin detenerse.
Sin embargo, cuando minutos después alcanzó el banco de piedra, Van había desaparecido. April le buscó ansiosamente entre los árboles pero no había ni rastro de él.
De repente, algo en el banco captó su atención. Sobre la dura y fría piedra descansaba una rosa de un profundo color carmesí, el único punto de color en la oscuridad de la noche. El mismo tipo de flor que había despertado el interés de April en el mercado.
Con el corazón encogido, ella se sentó en el mismo lugar que minutos antes había ocupado Van, el característico olor del ryujin aún flotaba en el aire. April suspiró y extendió la mano para recoger la flor que el rey de Fanelia había dejado tras de sí antes de marcharse. La alzó lentamente, rozando los pétalos con las yemas de los dedos, y aspiró la dulce esencia que desprendía.
Las preguntas explotaban en su mente una tras otra, como si se tratara de fuegos artificiales. ¿Cómo sabía Van que le habían gustado esas flores cuando las había descubierto en el puesto del mercado?, ¿había estado observando sus reacciones y la había comprado sin que nadie se diera cuenta?, ¿la había dejado allí para que la encontrara?, ¿era acaso un regalo para ella?
Sumida en un mar de dudas, April se sobresaltó al ver caer una pluma blanca del cielo. Sorprendida, la observó descender siguiendo atentamente los movimientos que describía en el aire. La pluma se posó con delicadeza sobre su regazo y, tras pensarlo durante un instante, ella se atrevió a tocarla con los dedos de la mano libre. Era cálida y suave.
Entonces, una imagen estalló en la cabeza de April y la voz de su madre le inundó la mente, haciéndola volver al pasado.
Hitomi estaba sentada de nuevo a los pies de la cama de su hija y volvía a contarle sus aventuras en Gaia como un cuento antes de dormir.
"Van Fanel era un hombre de pocas palabras– estaba diciendo esa noche– Tenía verdaderos problemas para exponer sus sentimientos o para pedir disculpas– explicó con una mirada nostálgica– Llevaba el deber en la sangre y en el alma la idea de que un gesto vale más que mil palabras. Pero son los detalles que nacen de esas personas los que merecen la pena, cariño– hizo una pausa para acariciar los rizos pelirrojos de su pequeña–. Porque cada gesto es sincero, procede de lo más hondo del corazón y vale su peso en oro".
April jadeó al volver al presente. La pluma seguía sobre su regazo y brillaba reflejando la luz de las dos lunas. Las palabras de su madre reverberaban en su mente, repitiéndose una y otra vez. Como si Hitomi intentara decirle que ahora le tocaba a ella averiguar el significado de aquel gesto.
Sostuvo la pluma y la rosa cerca de su cuerpo y las observó. Tenía el presentimiento de que Van había dejado ambas cosas en aquel lugar a propósito, algo le decía que él quería que ella las encontrara. Pero, mientras la presencia de la rosa era fácil de explicar (el ryujin simplemente había visto a April en el puesto y había decidido regalarle una de aquellas flores), la blanca y larga pluma la desconcertaba por completo. ¿Qué significaba aquel objeto?, ¿por qué estaba allí?, ¿o era sólo una enorme coincidencia y ella estaba totalmente confundida?
Tal vez, si April hubiera recordado mejor las historias de su madre habría sabido al instante el significado de aquella pluma y no habría tenido que hacerse tantas preguntas. Entonces no habría buscado a Van entre los árboles que la rodeaban sino, quizás, en las alturas.
Porque el ryujin no se había marchado. Seguía allí, observándola en silencio, atento a cada gesto, a cada reacción de April. Estaba apoyado en la cima de una de las torres que rodeaban el enorme jardín, con el torso al descubierto y aquellas maravillosas alas blancas desplegadas tras su espalda.
Pero si esa noche los ojos de April hubieran contemplado al rey de Fanelia, tal vez no le habrían reconocido. Quizás ella le hubiera confundido con un ángel. Un ángel de alas blancas.
Hola de nuevo!
Aquí os traigo mi regalo de Navidad para todos vosotros, el siguiente capítulo. Espero que os guste y lo disfrutéis tanto como yo al escribirlo =)
Quería dar mil gracias a todas las personas que han leído este fic, que lo siguen cada semana, que lo han incluido entre sus favoritos, que están pendientes de cada actualización y, por supuesto, a todas las maravillosas personas que me dejan un fic para darme su opinión. En especial a: Luin Fanel, MacrossLive, 7, Annima90, Arovi, Adeline, Alice Cullen y Paulina. Gracias de corazón, porque cada palabra me hace sentarme a escribir. Sin vosotras esto no sería posible.
Sin más que añadir. Excepto, tal vez, FELIZ AÑO NUEVO.
Nos vemos en el siguiente.
Love, Ela.
