James Potter estudiaba medimagia. No era lo que su familia esperaba de él cuando acabó la escuela. El eterno gamberro despreocupado, parecía que iba para jugador profesional de Quidditch o incluso para auror como su padre. Pero debajo de la chulería, heredada sin duda del primer James Potter, y el espíritu inquieto de los Weasley, James era un buen estudiante. Ya dio la sorpresa en su casa cuando, de nuevo al igual que su abuelo, fue nombrado Premio Anual. Pero que le aceptaran en la facultad de medimagia provocó una sonrisa de orgullo en su padre, la más grande que él había causado nunca.
En el segundo trimestre de su tercer curso, comenzó una rotación de prácticas en los quirófanos. Como en los hospitales muggles, los quirófanos eran lugares asépticos, en los que, además de evitar infecciones en los pacientes, había que controlar muy bien la magia, para evitar accidentes por sobrecarga. Instruían sobre este tema detenidamente a los alumnos de prácticas, pero aún así, sus primeras rotaciones eran como meros observadores, así que estaban obligados a llevar pulseras restrictoras de magia. Y mascarillas y gorros, claro.
Aquella primera mañana, James se unió ligeramente tarde al grupo que esperaba en la puerta del quirófano. Suspiró, aliviado porque el profesor no había llegado todavía, y saludó a sus compañeros, con la expectación de la novedad burbujeando en el estómago. Al hacer la ronda de caras casi cubiertas, se topó con una que no conocía. En el otro lado del pasillo, una compañera hablaba rápidamente en francés con otra persona.
— Buenos días Julia —saludó, con esa sonrisa torcida que su padre decía que le recordaba a su padrino.
La aludida le saludó a su vez, ligeramente ruborizada. El efecto James, lo llamaba su hermano Albus con cierta envidia.
— Hola James. ¿Se te han pegado las sábanas?
James se recolocó el gorro de quirófano, que contenía como podía su rebelde cabello pelirrojo.
— Me desvelé acabando el trabajo de Encantamientos y pociones adormecedoras. ¿No nos presentas a tu amiga?
Percibió un sutil cambio de expresión en los ojos grises, que le miraban curiosos.
— ¡Ay perdón! Scorpius Malfoy, él es James Potter. Scorpius es estudiante de intercambio, viene de Francia. Va a alojarse con mi familia estos meses, su madre y la mía son amigas desde Hogwarts.
James extendió la mano, aún libre de guante. Una mano muy blanca estrechó la suya con cortesía y, por las arrugas alrededor de sus ojos, creyó entender que la chica nueva sonreía.
— Encantada —dijo con voz suave.
Julia soltó una risilla y James no supo porqué.
Un rato más tarde, después de que el profesor explicara la intervención que iban a ver y les recordara la importancia de estar quietos y atentos a las explicaciones del cirujano, James se distrajo en el quirófano observando a la chica nueva. Había algo, no sabía definir qué, que no cuadraba.
No era muy alta, quizá 1,65. Parecía esbelta, aunque algo ancha de espaldas. Sus ojos grises permanecían muy clavados en las manos del cirujano, que en ese momento hablaba de las diferentes opciones para una cirugía reconstructiva como la que iba a afrontar.
Entre los magos, la cirugía era fundamentalmente para recomponer tras daños por hechizos y pociones. Las enfermedades que los muggles operaban, como la apendicitis, ellos las curaban sin apenas intervención, gracias a los hechizos que permitían hacer temporalmente transparente la piel y otros tejidos. Cuando se trataba de heridas profundas o quemaduras, trabajaban para reconstruir tejidos y eso, muchas veces, implicaba cirugía para eliminar tejidos muertos. Se trataba de cirugías poco comunes, así que James, contra su voluntad, se esforzó en volver su atención al profesor.
Pasaron nueve mañanas en el quirófano. Vieron mordeduras de distintos animales, quemaduras, piel derretida por pociones corrosivas que se usaban para limpieza y un par de maldiciones bastante feas que impedían que las heridas se cerraran por métodos convencionales. Todo ese tiempo, James observaba intrigado por el rabillo del ojo a la estudiante de intercambio. No habían coincidido en más clases, Julia le explicó que los cursos en La Sorbona eran diferentes y Scorpius tomaba aquí asignaturas de primer, segundo y tercer curso.
Lo descubrió cenando con sus padres un viernes. Su madre le preguntó, interesada, por las clases de cirugía. El hizo entusiastas descripciones de las cosas que había visto esa semana, porque sabía que a su madre le encantarían, aunque su hermano parecía estar poniéndose verde por momentos. Y así, de pasada, lo comentó.
— Hay una chica de intercambio este año en clase. Sus padres son ingleses, o al menos su madre estudió en Hogwarts. Se llama Scorpius Malfoy.
La mirada que cruzaron sus padres le sorprendió, allí había algo.
— Su madre es de mi año, sí. Y su padre del de papá.
La cara de su padre había perdido algo de color al oir el apellido de la chica nueva.
— ¿Qué pasa? —intervino Albus— Te has puesto pálido, papá.
— Nada, nada. —Harry carraspeó y tomó la copa para dar un sorbo de vino — Draco Malfoy es un viejo enemigo de la escuela, nada más. Es sobrino de Andrómeda.
Los chicos se sorprendieron, pensaban que su "tía" Andrómeda no tenía familia.
— Los Malfoy fueron obligados a exiliarse del país tras la guerra. —El tono de Ginny fue sospechosamente neutro y seguía mirando raro a su marido.
— ¿Entonces Scorpius es prima de Teddy? se lo comentaré cuando la vea en la facultad.
Su padre sonrió un poquito antes de tomar de nuevo su copa. Tras dar un sorbo, replicó.
— Son primos, sí, aunque no se conocen. Y James, juraría que Scorpius Malfoy es un chico.
La siguiente vez que James se encontró a Scorpius Malfoy no pudo evitar acercarse a hablar con él. Supuso que necesitaba disculparse por su error y de paso contarle que tenían conocidos comunes. Lo pilló en la puerta de los vestuarios cuando ambos entraban por la mañana, justo de tiempo como siempre, pero aún así lo paró.
— Buenos días.
— Hola James.
Al mirarlo, se dio cuenta que eso era lo que le había despistado. No había visto a Scorpius sin gorro ni mascarilla en todos esos días. Aunque no fuera terriblemente masculino, había algo sutil en la forma de su mandíbula que cuadraba con los demás detalles que había percibido los días anteriores.
— ¿Tienes un momento? —atinó a decir mientras lo veía cambiarse a toda prisa y ponerse el gorro y la mascarilla.
Scorpius lo miró con el ceño levemente fruncido.
— Llegamos tarde.
— ¿Después entonces? podría invitarte a un café.
Scorpius sonrió confundido, pero aún así afirmó con la cabeza antes de salir apresurado del vestuario.
A media mañana la cafetería de la facultad estaba relativamente tranquila. Encontraron una mesa cerca del amplio ventanal que daba al jardín central del edificio. La luz hacía resaltar la blancura de la piel sin mácula y el pelo asombrosamente claro de Scorpius. Una vez que tuvieron cada uno un café delante, charlaron sobre las clases. James entendió, escuchando la suave voz y observando las blancas manos gesticular, porqué le había resultado tan difícil darse cuenta de que era un chico. Todo en Scorpius era suavidad y ambigüedad.
— ¿James? —preguntó Scorpius, llamando su atención cuando se distrajo observando el movimiento de sus labios al hablar.
James dio un respingo y volvió su atención a la conversación.
— Disculpa, me he distraído. ¿Puedo preguntarte una cosa personal? —Decidió sacar el arrojo Potter.
Scorpius se sonrojó levemente, pero asintió, mordiéndose el rosado labio.
— ¿Soy el primero que te confunde con una chica? Quería disculparme si te ofendí.
El rubio soltó una pequeña carcajada a la par que negaba con la cabeza.
— No eres el primero. Me gusta la ambigüedad. ¿Puedo preguntarte yo algo?
— Claro —respondió con una de sus radiantes sonrisas, más relajado.
— ¿Tu padre te ha hablado del mío?
Eso le pilló por sorpresa.
— Comenté el otro día cenando que estabas en mi clase. Me dijo que fueron al mismo año en Hogwarts.
Se calló que había algo más en esa historia que no le habían dicho, con la esperanza de que Scorpius supiera más que él.
— Mi padre sí me habló del famoso Harry Potter .—James frunció el ceño, no le gustaba que hablaran de su padre en esos términos —Tranquilo, todo lo que me dijo fue bueno. Creo que tenemos familia en común.
James asintió, de nuevo relajado.
— El ahijado de mi padre es hijo de una prima de tu padre que murió en la guerra.
— He oído hablar a mi abuela de su hermana perdida. ¿Sabes que mi familia fue obligada a exiliarse?
— Mi madre me lo dijo. Lo siento.
Scorpius esbozó una sonrisa tranquila.
— Hasta mi abuelo reconoce que fue lo mejor que pudo pasarles. Y fue gracias a tu padre.
James le miró, sorprendido.
— Mi abuelo fue muy cercano a Voldemort, pero mi abuela y mi padre intercedieron en algún momento para ayudar a tu padre a derrotarlo. A cambio, él intervino para que no los mandaran a Azkaban. Empezar una nueva vida en un país que ya era como su segunda casa no parece tan mala alternativa, ¿verdad?
— La verdad es que no. Mi padre no habla de esa época. Nadie de mi familia lo hace, la verdad. Yo no había escuchado nombrar a tu familia hasta el otro día.
Permanecieron un rato en silencio, cada uno con sus pensamientos. Los ojos de Scorpius se perdieron en el jardín exterior. James admiró su perfil, cada vez más cómodo con el chico.
— Me gustaría conocerlos — dijo Scorpius, sin dejar de mirar al exuberante jardín.
— ¿A Andrómeda y Teddy?
— Y a tu padre. Me gustaría darle las gracias.
James suspiró. Seguramente lo primero sería más fácil que lo segundo. Su padre sentía un rechazo total a todo lo que le recordara su época del colegio. Los ojos de Scorpius eran tan suplicantes que al menos tuvo que decirle que vería lo que podía hacer.
Decidió pasarse por el despacho de su padre al salir de la facultad, tenía la sensación de que era una conversación para tener a solas con él, vista la reacción de su madre durante la cena. Y después, porque los había escuchado discutir desde su habitación, aunque no había llegado a distinguir lo que decían.
La secretaria de su padre le dejó pasar con una sonrisa, sin anunciarle. Tocó levemente con los nudillos antes de entrar. Cuando asomó medio cuerpo para saludar a su padre antes de entrar, lo vio recoger algo en el cajón. De nuevo tenía ese gesto descompuesto que le había visto al nombrar por primera vez el apellido Malfoy.
— ¿Es buen momento?
— Claro, hijo, pasa, pasa —le dijo, haciéndole señas con el brazo desde el otro lado de la mesa—. ¿No tienes clase esta tarde?
— Esta semana no, el profesor de Lesiones deportivas está lesionado —explicó con socarronería—. Se cayó de la escoba jugando a Quidditch.
Se sentó en la silla que tenía su padre frente a su escritorio para las visitas. Lo observó con ojos clínicos. Tenía bolsas bajo los ojos y no se había afeitado bien esa mañana. Incluso su habitual bronceado tenía un tono más amarillo.
— Tienes mala cara, papá —dijo, con tono profesional—. ¿No estarás trabajando demasiado?
La mesa del jefe de aurores estaba a rebosar de carpetas, algunas apiladas hasta casi alcanzar la altura de una persona.
— Como siempre, no te preocupes. ¿Querías algo o es que me echabas de menos?
Sonrió ante el tono juguetón de su padre. Desde que Albus y él habían comenzado la facultad, veían muy poco a sus padres. En lugar de desplazarse todos los días desde Godric's Hollow, ellos estaban viviendo con Andrómeda y Teddy en la antigua casa Black. Bueno, también tenía que ver con que habían vivido en un internado siete años, la idea de la gran ciudad y su ocio nocturno podía haber pesado en la decisión.
— Siempre echo de menos tu mal genio por las mañanas, papá. Pero sí, quería algo. Hoy me he tomado un café con Scorpius Malfoy.
Allí estaba, un sutil endurecimiento en la mandíbula de su padre.
— ¿Te has disculpado por pensar que era una chica?
Su padre era seguramente la persona que mejor leía a otras personas de entre todas las que conocía. No sabía si era un hábito de auror o una capacidad innata.
— Sí. Y hemos hablado de su familia. Me ha contado lo que hiciste por ellos.
Harry agitó la mano, quitándole importancia.
— Era de justicia. Lucius Malfoy hizo muchas cosas malas, pero su mujer y su hijo eran inocentes. Sé que les ha ido bastante bien en Francia.
A James no le sorprendió que su padre estuviera al tanto de esas cosas.
— Me gustaría invitarle el domingo al almuerzo en la casa de los abuelos.
Harry esta vez sí apretó la mandíbula con fuerza. Y movió la cabeza negativamente.
— No es buena idea James. Si lo haces porque Scorpius quiere conocer a Andrómeda y Teddy, es mejor que le invites a Grimmauld Place. Puede incluso resultarle interesante, es la casa de sus antepasados. Su nombre sale en el tapiz.
— También quiere conocerte a ti.
Harry suspiró profundamente. A continuación lanzó un muffliato a la puerta. Abrió el cajón y sacó lo que había guardado hacía un rato. Era una fotografía. Se la tendió a su hijo. En la foto, un chico con uniforme de Slytherin, muy parecido a Scorpius, abrazaba a su padre, tendrían unos quince años.
Miró a su padre sorprendido. Estaba levemente sonrojado.
— Tu madre y tú tío Ron odian a muerte a Draco. Ahora ya sabes por qué y espero que me guardes este secreto.
— Papá...
Harry extendió la mano para recuperar la foto y guardarla en el cajón bajo un hechizo anti fisgones.
— Fue hace mucho tiempo, James. Pero las heridas de esa época están abiertas aún, la guerra nos hizo tomar decisiones muy difíciles. —La voz de Harry era más ronca de lo habitual— Si aprecias a ese chico, no lo cruces con los Weasley.
James asintió, un poco conmocionado. Su padre quitó el hechizo de la puerta y le pidió a su secretaria que les trajera té. Permanecieron en silencio hasta que ella se retiró y Harry volvió a poner el hechizo.
— ¿Por eso no hablas de la guerra? ¿Por él? —preguntó con suavidad.
Su padre dio un par de sorbos a su taza antes de contestar.
— Es una de las razones, aunque no la única. Las decisiones que tomamos entonces siguen teniendo repercusiones.
Vio que su hijo no entendía.
— Te pondré un ejemplo. En sexto curso, Voldemort obligó a Draco a organizar la entrada de mortifagos en el colegio. Lo amenazó con matar a su madre si no lo hacía. En aquella escaramuza fue cuando un hombre lobo atacó a tu tío Bill.
James asintió con la cabeza mientras tomaba una galleta, sabía que su tío había sido atacado pero no en qué circunstancias.
— Yo defendí la inocencia de Draco en todo momento y eso casi me cuesta a los Weasley. Tú madre aún no me perdona que intercediera por ellos ante el tribunal.
El jefe de autores hizo una pausa para beber más té y tomar un sándwich.
— Cuando estaba en primer año, tu madre fue poseída por un artilugio oscuro. Estuvo a punto de morir y Lucius Malfoy fue el responsable de aquello, aunque salió impune. —Tomó aire y dio otro bocado, sin apartar los ojos del rostro de su hijo— Y lo que te he contado es una muestra, hay mucho más. Mucha gente cree que, sin el apoyo de los Malfoy, Voldemort no habría regresado. Me sorprende que sus padres hayan permitido a Scorpius venir a estudiar aquí, aún es peligroso.
James no pudo evitar estremecerse por el lúgubre cuadro que pintaba su padre.
— ¿Aún así crees que Andrómeda querrá conocerlo?
— Ella me lo dijo. —Harry se inclinó ligeramente hacia su hijo— Yo ya sabía que Scorpius estaba en el país, James. Hubo que tramitar un permiso y le puse una escolta. Pensé que Andy merecía saberlo para decidir si quería conocer al muchacho.
El chico respiró más tranquilo, al menos su padre se aseguraría de que Scorpius estuviera seguro. Dio un último sorbo y se puso en pie, limpiando las migas de galleta de su túnica con la varita. Sin decir nada, rodeó el escritorio de su padre y espero a que se levantara para abrazarle. Se sintió reconfortado y un poco más cerca de él.
Andrómeda y Teddy estuvieron encantados de tener la posibilidad de conocer a Scorpius. Aquella noche, después de despedirse de ellos, sus pasos le llevaron al salón donde estaba el tapiz.
De pequeños, era gracioso ver los extraños nombres de los antepasados Black. Incluso habían encontrado antepasados Potter y Weasley. Un poco más crecidos, se dieron cuenta de que ese salón estaba siempre cerrado porque a la tía Andy le ponía triste, y dejaron de interesarse por el tapiz.
Entró al salón con la varita por delante. En aquella vieja casa nunca había que bajar la guardia si entrabas a zonas que no se habitaban normalmente. Dos veces siendo niños habían encontrado boggarts cuando entraban a jugar en alguna habitación del último piso, que no se usaba y estaba fuera de sus límites. El susto que se había llevado cuando el boggart se hizo pasar por sus hermanos muertos, y lo malo que se puso cuando una bandada de doxys le mordió, le habían enseñado a entrar con la varita preparada.
En esta ocasión, solo le recibió polvo y oscuridad. El viejo elfo cada vez llegaba a menos tareas y limpiar el polvo de una habitación cerrada no era una de ellas. Encendió con su varita las lámparas de aceite y se plantó ante el tapiz.
Sus ojos se fueron directamente a los retratos más nuevos. Vio las quemaduras donde debían estar las caras de Sirius y de Andromeda. Teddy directamente no salía, su rama moría en su abuela. Otra hermana Black había fallecido en la batalla. La más pequeña de las tres era Narcisa Malfoy. Bajo ella, el retrato de un joven Draco, unido al de una mujer de melena oscura y ojos verdes. Astoria Greengrass, leyó. Y a continuación el último Black, Scorpius.
Los retratos le permitían ver que en realidad el pequeño de los Malfoy se parecía también a su madre, parecía que de ella había sacado la complexión pequeña y la cara más redondeada.
Observando de nuevo el retrato de Scorpius, se dio cuenta de que había una anomalía en el árbol. Con el ceño fruncido, observó a otros miembros de la familia. Acercó los dedos para tocar el bordado que había alrededor de cada retrato. En los hombres, el bordado era plateado y azul. En las mujeres plateado y verde. El de Scorpius no tenía relleno, solo el hilo plateado.
— ¿Curioso verdad?
La voz de Teddy a su espalda le sobresaltó. Su primo entró en el salón, ya en pijama, el pelo azul oscuro ligeramente húmedo de la ducha.
— Creía que nunca entrabas aquí.
— Y no lo hago. —Teddy se sentó con cuidado en el sillón frente al tapiz, tras hacerle un Tergeo— Vine hace unas semanas, cuando la abuela me contó que Scorpius venía a la ciudad. Tenía curiosidad.
James se sentó junto a él.
— Su retrato es el único sin relleno en el bordado.
Teddy asintió, mientras hacía aparecer su bata y se la ponía.
— Le pregunté a la abuela. Ella dice que el tapiz es autónomo, pero que quizá con los años se ha estropeado. ¿Cómo es él?
La curiosidad era algo innato en Teddy, igual que la bondad. Su padre decía que era Huflepuff hasta la médula. Incluso ahora que era auror, tenía esa aura de tranquilidad y una sonrisa perpetua.
— Aún no lo he tratado mucho, pero a mí me parece una persona muy agradable. —James se mordió el labio, pensativo, mirando el pequeño retrato— Hay algo en él... ese retrato no le hace justicia.
Teddy soltó una risita a su lado. Cuando se giró a mirarlo se encontró con una ceja arqueada, un gesto que había copiado de su abuela y que debía de ser muy Black, porque también se lo había visto hacer a Scorpius.
— Diría que te gusta.
James se pasó la mano por el pelo, alborotando los rizos cobrizos.
— Más bien me intriga. Cuando lo conozcas me dices si no tiene algo... no sé explicarte el qué.
— Entonces quizá no sepa lo que tengo que descubrir —le replicó el auror, dándole un pequeño codazo.
— Ya me contarás —replicó James, levantándose del sofá para salir del salón.ç
Los ojos de Scorpius brillaban de emoción al entrar a la vieja casa. James no podía dejar de mirarlo mientras le acompañaba por el pasillo hasta la cocina.
Al entrar a la cocina, encontraron a Andrómeda preparando sobre la mesa la bandeja para el té. James supo al momento que estaba a punto de ser reprendido.
— ¡James Sirius Potter! ¿Por qué nuestra visita está en la cocina? —preguntó escandalizada, mientras con un gesto mandaba la bandeja al salón del primer piso.
— Fue culpa mía, señora Tonks, me pudo la emoción por explorar —le defendió Scorpius con su voz suave; extendió su mano y saludó con una pequeña inclinación de cabeza—. Scorpius Malfoy, es un placer conocerla.
Andrómeda no pudo evitar una sonrisa antes de tender la mano para estrechar la de su sobrino nieto.
— El placer es mío, Scorpius. Pero por favor, tutéame.
Se instalaron en el salón mientras conversaban sobre los estudios de ambos, Andrómeda muy interesada en su programa de intercambio y si estaba sintiéndose cómodo en Inglaterra. James los observaba a los dos en silencio. Ella era como otra abuela para él, le hacía feliz verla tan radiante por la visita de Scorpius. Un rato después, cuando atacaba su segunda taza de té, apareció Teddy. La tarde siguió fluyendo mientras los tres Black charlaban. Andrómeda preguntó por la salud de Narcisa y Scorpius le entretuvo contándole detalles de la vida de su hermana en Francia. Teddy se interesó por la universidad mágica de la Sorbona.
Cuando llegó Albus, Andrómeda estaba enseñándole la casa a Scorpius, acompañada de Teddy. Su hermano se disculpó por el retraso, por lo general llegaba a media tarde.
— He tenido mi primera práctica clínica. Ha sido duro —le explicó, dejándose caer junto a él en el sofá y tomando una galleta del plato, aprovechando que no estaba Andrómeda para renegarle por comer antes de cenar.
Albus estudiaba Psicomagia. En su caso, sí que era la carrera que todos sabían que estudiaría, le interesaba todo lo relacionado con la mente desde que era pequeño, aunque nunca había explicado el motivo.
Los hermanos Potter tenían una relación fuerte, los tres. Lily estaba en aquel momento en su sexto año en Hogwarts. Era una fuerza de la naturaleza, como su madre. Nunca había permitido que sus hermanos o sus primos la ignoraran por ser más pequeña. Albus era el más tranquilo y contenido de los tres. Había sido sorteado en Ravenclaw y dado sobradas muestras del porqué a lo largo de la escuela.
Albus mantenía una relación difícil con su padre. Seguramente porque el gran parecido físico entre ellos había puesto sobre él más presión que sobre los otros dos, allá donde fuera él era el hijo del Salvador.
James tenía la teoría de que su hermano tenía un amor secreto y trágico, como su padre, y que por eso era el más callado y retraído de los tres. Claro que jamás se le había ocurrido preguntar, valoraba su integridad física.
— ¿La visita? —preguntó mientras mordisqueaba la galleta.
— De tour de retratos y reliquias. ¿Estás bien? —preguntó preocupado, su hermano tenía un aire aún más triste de lo normal.
Albus afirmó con la cabeza, metiendose el resto de la galleta en la boca al escuchar la voz de Andrómeda en el pasillo.
— Esperamos verte en más ocasiones, querido —Le iba diciendo a Scorpius—. Siéntete en tu casa.
— Literalmente, primo —intervino risueño Teddy—. Ha sido un placer conocerte, estoy seguro de que nos veremos a menudo —le dijo, tendiéndole la mano mientras lanzaba una mirada pícara a James.
Scorpius tomó su mano con firmeza y besó el dorso de la de Andrómeda como un caballero.
— El placer ha sido mío. Yo también espero que nos veamos pronto. Muchísimas gracias por todo.
James carraspeó levemente, haciendo que Scorpius se girara a mirarle.
— Antes de que te vayas, déjame presentarte a mi hermano. Albus, —El aludido se puso de pie y tendió la mano— te presento a Scorpius Malfoy.
James no pudo evitar darse cuenta de que Scorpius miraba con sorpresa y un poco de rubor a Albus. Y tampoco pudo evitar sentirse ligeramente celoso por eso.
— Un placer, Scorpius.
— Igualmente —contestó soltando su mano y sonriendo con suavidad—. Lamento no poder quedarme más, pero me esperan a cenar.
Hizo mención de salir de la habitación y tres pares de ojos se giraron a James, con miradas de "pero qué haces ahí pasmado hombre, acompáñale".
— Espera, te acompaño.
Bajaron juntos las escaleras. Al llegar al vestíbulo, tomó su capa del perchero y le ayudó a ponérsela, en un gesto tan automático que no se dio cuenta de lo extraño que era.
— ¿Cómo vas a ir? ¿Flú? ¿Aparición?
Scorpius le miró, risueño.
— Taxi muggle. La familia que me acoge vive en una casa no mágica, no tienen flú. Y yo no tengo licencia de aparición en este país.
— Vaya —dijo James desconcertado—. Te acompañaré entonces a coger un taxi. Aunque no he cogido nunca uno, no sé si seré de mucha ayuda.
La risa musical de Scorpius le llegó adentro como una llamita. Y lo supo. Estaba jodido, su madre le iba a matar y a su padre le daría un infarto. Teddy tenía razón, le gustaba. Y mucho.
Comenzó a pasar tiempo con Scorpius. Fue algo gradual, un café después de clase, otra visita a Andrómeda. Poco a poco se convirtió de algo ocasional a una vez a la semana, luego dos y después tres. Con el buen tiempo, salieron también a pasear o hacer pequeñas excursiones en grupo con otros compañeros, pero siempre evitando el mundo mágico más allá de la facultad.
Una tarde de final de abril, sentados en el jardín trasero de la casa Black, Scorpius volvió a sacar el tema.
— Me gustaría conocer a tu padre.
James lo miró de refilón, intentando que su rostro no le delatara.
— ¿Por qué tanto interés?
Scorpius se mordisqueó una uña. Algo en su gesto, en su postura, le indicó a James que estaba al tanto del secreto de sus padres.
— ¿Cómo es tu padre? —le preguntó a bocajarro, cambiando de tema.
Otra de esas sonrisas deslumbrantes le llenó la cara.
— Mi padre es estupendo. Los dos lo son. Mis abuelos son más difíciles, más rígidos, pero mis padres se adaptaron a su nueva vida. Creo que mi padre ya no se parece en nada a la persona que conoció tu padre.
Los dos guardaron silencio un par de minutos.
— ¿Habías visto a mi padre en foto antes de conocer a Albus?
Scorpius se giró, extrañado por la pregunta.
— Estudié a tu padre en el colegio. Aún en Francia es famoso. Pero si lo que me preguntas es si he visto una foto suya con mi padre en el colegio, la he visto. Está en el escritorio de mi padre, en un marco. ¿Qué tiene que ver con tu hermano?
— Mucha gente reacciona raro al conocer a Albus porque dicen que se parece mucho a mi padre.
Scorpius se acarició el mentón, reflexivo, antes de contestar.
— Sí que se parecen. ¿No te sorprende lo de la foto?
— Claro que sí. Mi padre guarda la suya bajo varios encantamientos en su despacho. Yo no la había visto nunca hasta que fui a hablarle de tí. Por lo visto la familia de mi madre odia a tu padre, por eso mi padre me recomendó mantenerte lejos de ellos. ¿A tu madre no le molesta?
— Mi madre es la persona más buena que conozco, James. Ella adora a mi padre y mi padre a ella, pero siempre ha sabido lo que pasó entre ellos y lo respeta. Si tu padre apareciera mañana en la casa de mis padres, estoy seguro de que mi madre no le cerraría la puerta.
— Wow —exclamó, recostándose hacia atrás en el banco—. Ahora soy yo el que querría conocer a tus padres.
Scorpius soltó una de sus carcajadas cantarinas.
— Estoy segure de que te caerían bien.
James lo dejó pasar, pensando que era un error de idioma sin más.
— Hablé con ellos hace un par de días. Por teléfono.
Las cejas cobrizas treparon casi hasta la frente.
— Me sorprende que mis padres estén más en contacto con cosas muggles que los tuyos — rió Scorpius, disfrutando de su sorpresa—. El caso es que estuve contándole a mi padre la anomalía del tapiz.
—¿Tú también lo has notado? Andrómeda cree que el hechizo que lo mantiene actualizado está fallando.
— Mi padre y yo tenemos otra teoría. ¿Quieres escucharla?
James asintió, intrigado.
— Necesito que mantengas la mente abierta, ¿vale? —la voz de Scorpius sonaba un poco nerviosa e insegura—.
— Dispara.
El rubio tomó aire y se miró fijamente las manos. En su mano izquierda lucía un anillo que no le había visto antes.
— Cuando era niñe, mis padres y yo descubrimos que me gustaba indistintamente la ropa "femenina" —Hizo comillas con los dedos— y la "masculina". Quería llevar el pelo largo como mi padre, pero porque me gustaban las trenzas. Era todo muy confuso, porque de primeras me decían que tenía que elegir, era un niño o una niña. Y estoy segure que si hubiera llegado a la conclusión de que me sentía niña, aunque mi cuerpo pareciera decir lo contrario, habría sido una niña, mis padres estaban dispuestos a hacer lo que fuera por hacerme feliz. Mi tía Daphne, que aunque no te lo creas, está casada con un muggle, fue quien lo planteó la primera, cuando tenía siete años. No me sentía niño, ni niña. Se llama género no binario, James.
James guardó silencio unos momentos, tratando de pensar antes de hablar por una vez.
— ¿Crees que eso es lo que le pasa al tapiz? ¿Que no sabe clasificarte y por eso te ha dejado sin colorear?
— Es la teoría de mi padre, sí.
James se giró a mirarle y, por primera vez desde que se conocían, vio algo parecido al miedo en los ojos de Scorpius.
— ¿Esto te ha causado problemas en el pasado? ¿en la escuela?
Scorpius afirmó con la cabeza, lentamente, sin dejar de escanear el rostro de James.
— Beauxbatons es una escuela más abierta que otras, por lo que me han dicho, pero aún así no fue fácil. Por lo general, tengo que explicar muchas cosas y aún así a la gente le cuesta entenderlo.
— Por eso el lenguaje... es posible que me cueste un poco habituarme a hablar con la e. Si se me escapa algo, no me lo tengas en cuenta ¿vale?
La sonrisa de Scorpius fue de nuevo la cegadora, la que le dejaba bobo un buen rato.
— ¿Otra vez vas a salir con Scorpius? —preguntó Albus una tarde de mayo, al encontrar a su hermano arreglándose frente al espejo.
— Sí. Vamos a cenar y a bailar.
Albus no dijo nada. Apoyado en la pared, con los brazos cruzados sobre el pecho y una mirada inquisitiva, era la viva imagen de su padre en modo auror.
— ¿Te gusta?
James dejó de mirarse al espejo mientras intentaba domar sus rizos.
La mirada de su hermano decía que la pregunta era en serio, así que decidió ser sincero.
— Sí.
— ¿Pero?
— ¿Por qué crees que hay un pero?
— Porque le miras con cara de perrito apaleado. Y conozco tu cara de noche de revolcón. Hace mucho que no la veo.
James bufó y volvió su mirada al espejo sin ver que la puerta de su habitación estaba entornada y alguien en el pasillo estaba a punto de llamar con los nudillos.
— Me gusta mucho. Y no sé qué hacer con eso. Asumimos que, por su forma de ser, le gustaban también los chicos, pero todos los libros que me has hecho leer dicen que la identidad no va ligada a la orientación.
— Te has convertido en un experto —le interrumpió la suave voz de Scorpius desde el marco de la puerta.
Albus le lanzó una mirada de disculpa a su hermano antes de salir y cerrar la puerta tras él.
James se quedó mirando al rubio sin saber qué decir. Desde que habían hablado de cómo se sentía, Scorpius se había soltado poco a poco con los habitantes de Grimmauld Place. Bajo las formales túnicas que usaba para ir a clase, llevaba ropa de todo tipo.
Había días que le apetecía llevar pantalón y camisa y otros que llevaba vestido y medias. Porque el hábito no hace al género y las personas de género no binario no tenían la obligación de identificarse con ningún rol establecido. Y sabía que disfrutaba de la ambigüedad, de que la gente dudara acerca de su género. La mitad de la gente de su clase seguía pensando que era una chica vestida de chico.
Aquel día, era la primera vez que James le veía maquillade. Sus ojos delineados parecían más grandes y sus labios eran de un tono más oscuro de lo habitual. Llevaba un mono oscuro con dibujos blancos y tela muy suelta que le recordó a un kimono.
— ¿James?
El pelirrojo parpadeó, intentando quitar la cara de bobo que se le había quedado al verle.
— Perdona. Estas muy guape.
Scorpius soltó una risita.
— Estás avanzando con el lenguaje.
— Lo intento.
— ¿Leíste libros por mí? —le preguntó, sentándose en el borde de la cama.
— No quería hacer nada que te molestara. Y necesitaba entender.
— Podrías haberme preguntado directamente.
— Me parece que no estás obligade a enseñar a los demás. Mereces que hagamos un esfuerzo
— Es que no debería ser un esfuerzo
— Ojalá. Pero estoy seguro de que tus padres hicieron lo mismo cuando quisieron ayudarte a crecer feliz
— Te estás comparando con mis padres
— Sí. Mierda, no. A ver, cuando no conozco algo, busco entenderlo. En mi oficio para curarlo. En tu caso, para normalizarlo y seguir adelante.
Scorpius le miró, con una bonita sonrisa y los ojos un poco llorosos.
— Mucho trabajo por un familiar lejano, ¿no?
James negó con la cabeza.
— ¿Te gusto, James? ¿O son mis rarezas las que te atraen?
— Me atraes tode tú, Scorpius. Eres especial, pero por tu manera de ser, de moverte, de hablar. Es el conjunto el que me gusta. La rareza, como tú lo llamas, ni me suma ni me resta.
Se sentía completamente sonrojado, la cara ardiendo. Frente a él, la persona más perfecta que había conocido jamás. Y él allí, plantado como un pasmarote, después de la declaración más desastrosa de la historia. Dio un paso al frente, observando la reacción de Scorpius.
— Di algo, Scorp, porque estoy a diez segundos de besarte y no quiero llevarme una maldición.
Scorpius dijo rápidamente una frase en francés.
James estuvo ágil haciendo un hechizo traductor. "Llevo esperando a que lo hagas desde que te vi en la puerta del quirófano". Cuando las palabras se escribieron ante él, sonrió y cerró la distancia hasta elle de una larga zancada. No preguntó otra vez, directamente apoyó sus manos en la estrecha cintura y se inclinó. La forma en la que Scorpius cerró los ojos y levantó el mentón esperando al beso le pareció lo más sexy que había visto en su vida.
¡Nunca había escrito capítulos tan largos! ¿Qué os parece?
Os dejo un pequeño avance del próximo , sin spoiler.
"Envalentonado, Albus dio un paso hacia él, y sin dejar de mirarle a los ojos, le agarró por la nuca y le besó.
Al separarse, no se paró a esperar, no podía aguantar un rechazo más directo que el hecho de que su beso no había sido correspondido. Sin decir nada más, se giró, y con toda la dignidad que pudo, se dirigió a su habitación y cerró la puerta con cuidado."
