Recomendación musical: Sia – Breathe me.
Capítulo 14: Las sombras del caos.
Hotel Four Season, Manhattan, Ciudad de Nueva York.
02.46 a.m.
La suite Ty Warner Penthouse, del Four Seasons de Nueva York, era una auténtica obra de arte de 400 m2. Su privilegiada posición en la última de las 52 plantas del edificio ofrecía unas vistas privilegiadas de Manhattan gracias a sus balcones de cristal voladizo, que permitían sumergirse a fondo en la ciudad. Desde el resplandor de las luces de neón al icónico alumbrado del emblemático Empire State Building.
La joya de la corona del último hotel de lujo de Manhattan, la suite más alta del mundo estaba ocupada en aquel momento por dos misteriosos hombres rubios de ojos negros.
Aquel a quien sus compañeros llamaban Hans, se incorporó rápidamente cuando el sonido de la puerta al abrirse interrumpió el silencio que reinaba en la estancia.
— ¿Y bien Axel? — preguntó Hans ferozmente al hombre que acababa de entrar en la habitación del hotel.
Nanuel, el otro hombre rubio que se alojaba en la suite, levantó la vista de la revista que estaba leyendo al escuchar la voz de su compañero. Hans llevaba un buen rato sentado frente a él en el sofá de la suite del hotel, a la espera de alguna noticia. Vestido con pantalones de cuero negro y un jersey gris, se había dedicado a cambiar los canales de televisión de forma incansable desde que Axel se marchara, logrando que Nanuel hirviera en deseos de arrancarle el mando a distancia de la mano para estamparlo contra el cristal de la mesita de café.
Sin embargo, solo un estúpido se atrevería a quitarle el mando a distancia a Hans. Siempre estaba rodeado por un aura diabólica y malévola; pero claro, teniendo en cuenta que se consideraba a sí mismo como una especie de dios de la guerra, no era de extrañar.
A Nanuel no le apetecía que lo torturaran sin piedad. Por ello, se había limitado a morderse la lengua y a ignorar a Hans en la medida de lo posible mientras esperaban el regreso de Axel.
Éste se detuvo en cuanto cruzó la puerta. Se desprendió del largo abrigo de cachemir que llevaba puesto con un simple movimiento de hombros y a continuación se quitó los guantes de piel negra. Con una altura de más de dos metros, Axel resultaba intimidante para la mayoría de los humanos que posaban los ojos en él. No obstante, para Nanuel, no resultaba intimidante en lo más mínimo.
Axel llevaba una chaqueta de tweed, un jersey de cuello vuelto de color azul marino y unos pantalones de pinzas. Tenía todo el aspecto de un magnate multimillonario y, de hecho, dirigía una multinacional que le proporcionaba el deleite de aplastar a sus competidores y llevar a cabo otro tipo de negocios… más lucrativos.
Aunque a Nanuel jamás le había interesado el dinero.
Puesto que todos ellos estaban condenados al exilio, pasaban la mayor parte de su tiempo en la Luna Fantasma, donde la magia era sólo un cuento para niños y el anonimato constituía su mejor arma.
Un mundo que odiaban casi tanto como a sus insípidos habitantes.
—Contéstame, Axel —exigió Hans, furioso —. No soy uno de esos humanos que se acojonan ante tu mera presencia. Quiero una respuesta ya.
La ira brilló en los ojos de Axel, endureciendo sus rasgos.
—Será mejor que utilices un tono más considerado conmigo, Hans. Yo no soy uno de esos estúpidos soldados a los que diriges que se echan a temblar por miedo a desatar tu furia. Si quieres pelea, no te cortes.
Hans se puso en pie de un salto. Su temperamento fuera de control, de nuevo.
—Vamos, vamos, esperad un segundo —intervino Nanuel con la intención de calmarlos—. Dejemos las peleas para cuando hayamos terminado, ¿vale?
Ambos hombres lo miraron como si se hubiera vuelto loco por tratar de interponerse entre ellos. Sin duda así era. Pero si se mataban el uno al otro, no conseguirían jamás llevar a cabo sus planes. Y Nanuel no podía permitir tal cosa.
Hans lanzó una mirada furibunda a Axel.
—Nanuel tiene razón —le dijo—. Pero en cuanto todo esto acabe, tú y yo vamos a tener una charla…
El brillo que apareció en los ojos de Axel decía a las claras que él también lo estaba deseando.
Nanuel respiró hondo. Lo más difícil de su trabajo no era bucear entre siglos de historia en busca de respuestas, sino mantener el ego de sus compañeros bajo control.
— ¿Has localizado a la chica? —le preguntó a Axel intentando centrarse en el asunto que les había traído hasta allí.
El hombre esbozó una sonrisa cínica y calculadora.
— Está en Godashim, asistiendo al aniversario de la coronación del pequeño duque—contestó Axel con la repulsión pintada en el rostro—. Pero tenemos un pequeño problema. Desde lo sucedido en Vaedran, el dragón no se despega de ella. Incluso le ha puesto protección… nos resultará imposible hacernos con la chica sin levantar sospechas.
Nanuel y Hans se miraron. Aquello era una mala noticia. Terrible.
— No podemos permitir que el dragón intervenga— dijo Nanuel con vehemencia—. Si lo hiciera, si descubriera nuestros planes antes de que todo esté listo…
Nanuel no quería ni pensar en esa posibilidad.
— Dijiste que lo neutralizarías, prometiste encargarte de ese maldito hijo de perra— le reprochó Hans a Axel, acercándose a él peligrosamente.
Axel empujó a Hans para alejarlo de sí mismo.
— Yo no prometí que lo neutralizaría. Dije que lo mantendría fuera de juego.
— ¿Y cuál es la diferencia? — preguntó Nanuel, intentando separarlos de nuevo.
Axel sonrió con aquella sonrisa suya tan perversa, capaz de helar la sangre en las venas.
— Ese maldito hijo de perra, como tú le llamas, es el único que puede desbaratar nuestros planes. Sin embargo, los sueños de paz que ha estado construyendo últimamente le impiden ver más allá de sus narices— explicó Axel, de forma misteriosa mientras paseaba de un lado a otro por la habitación—. Intenta, desesperadamente, controlar a la chica y mantenerla a salvo. Pero no sabe quién es, no sabe lo que ella representa, no conoce su naturaleza.
— ¿Y eso qué demonios significa?— quiso saber Hans, perdiendo la paciencia. Estaba harto de aburridos discursos. Necesitaba ponerse en movimiento, volver a tener la sensación de hacer algo útil.
Axel le dirigió una mirada cargada de desprecio. Cogió aire antes de contestar.
— Significa que ella escapará de su lado, sin importar lo que el dragón haga. No soportará vivir en la prisión dorada que el pobre desgraciado está construyendo para protegerla. Esa es su naturaleza, no podrá retenerla a su lado— Axel hizo una pausa de efecto antes de continuar—. Lo único que nos queda por hacer es asegurarnos de estar allí para atraparla en cuanto se aleje de la poderosa protección que el dragón le brinda.
Hans y Nanuel sonrieron malévolamente al unísono. Cuando la chica estuviera en su poder, el plan se habría completado. Y aquello que habían deseado desde hacía siglos se convertiría en realidad.
— Y esta vez Hans…— advirtió Axel antes de apresurarse a recoger sus cosas y abandonar de nuevo la habitación—… procura que tus hombres cumplan con su trabajo.
Hans apretó la mandíbula con fuerza para contener el deseo que sentía de arrancarle la cabeza al imbécil que tenía delante.
— No permitiré que esa zorra escape otra vez— aseguró con fiereza—. Antes la despellejaré viva.
Hans se estremeció de placer imaginando la escena. Los gritos eran todo un afrodisíaco para él, que estaba deseando hacer experimentar a aquella mujer pelirroja todos los grados de su particular escala del dolor.
— Tan sólo recuerda que la necesitamos viva para completar el ritual— le previno Axel, adivinando el curso de los pensamientos de Hans, mientras se dirigía hacia la puerta—. Cuando terminemos podrás hacer lo que quieras con ella.
— No me preocupa… lo bueno se hace esperar.
Axel abandonó la habitación satisfecho. Hans se pondría en marcha esa misma noche y, con un poco de suerte, tendrían a la chica en un par de días. Todo estaba saliendo según sus planes.
Muy pronto, el portal entre Gaia y Kallösis, la prisión de los dioses, podría abrirse para liberar al Exterminador de su cautiverio. Habían pasado tres mil años desde la última vez que tuvo lugar semejante acontecimiento y Axel no pensaba desperdiciar la oportunidad que se le presentaba.
En aquel entonces, no pudieron llevar a cabo sus planes por no haber encontrado a tiempo al portador de la semilla. Pero ahora sí habían conseguido localizarla.
Aunque aún no fuera plenamente consciente de ello, April Ryan los conduciría de nuevo a la gloria.
Había sido tan difícil dar con ella. Sus protectores habían hecho tan bien su trabajo que Axel casi no lo logra. Pero, al final, cometieron un error, un diminuto y pequeño error que les condujo hasta ella.
Sólo unas semanas más y todo acabaría. Los antiguos poderes volverían a regir el mundo y él… Él sería al fin libre.
Axel emitió un suspiro ilusionado.
Su única preocupación en aquel momento era el rey de Fanelia. Si el dragón llegaba a descubrir lo que estaba sucediendo, todo se iría a pique. Tan solo él podía arruinar sus planes. Sin embargo, Axel estaba preparado. Libraría la batalla contra él y en esa ocasión… acabaría lo que había comenzado once mil años atrás.
Cuando todo terminara el mundo, ambos mundos, serían totalmente diferentes.
Axel esbozó una sonrisa. Sólo unas cuantas semanas más.
...
Villa Imperial, Godashim, Ducado de Freid.
02: 46 a.m.
April Ryan había regresado de su paseo nocturno por el jardín de la Villa Imperial hacía pocos minutos con sus dos nuevas y preciadas posesiones: una rosa roja y una pluma blanca. Después de colocarlas delicadamente sobre la mesita de noche, se había metido en la cama y, casi inmediatamente, se había quedado dormida.
Y ahora estaba soñando de nuevo.
Soñaba que había regresado a su apartamento del Upper West Side. Sobre la ropa interior sólo llevaba puesta su camiseta de los Knicks y bailaba al compás de la música que salía del portátil que descansaba sobre la mesa, mientras intentaba que no se le quemaran las tostadas del desayuno.
Tatareaba el estribillo de la canción cuando sintió unos brazos rodeando su cuerpo. April se escuchó a sí misma gemir al sentir como una mano masculina, cálida y fuerte, se deslizaba bajo la camiseta, sobre su vientre desnudo, en dirección a la cadera. Se estremeció, anhelante, al recibir un ardiente beso sobre la sensible piel del cuello. El cálido aliento de su acompañante le erizó el vello de la nuca. De forma instintiva, se giró hacia aquellas tentadoras caricias con el cuerpo en llamas. Necesitaba ver el rostro del hombre que la estaba haciendo sentir viva, por primera vez en su vida.
Pero entonces el sueño cambió…
Era noche cerrada y April recorría a la carrera una calle abarrotada de gente que, asustada, huía en dirección contraria a la suya. La muchedumbre la empujaba por todas partes y la arrastraba en sentido opuesto mientras ella se debatía intentando encontrar un hueco, un camino entre los cuerpos fuertemente apretujados del gentío.
El viento que soplaba con fuerza traía consigo el eco de miles de voces que gritaban aterradas en la oscuridad de la noche.
La ciudad ardía en llamas hasta donde alcanzaba la vista y el humo se elevaba por encima de los tejados de las casas, formando una inmensa nube negra que podía verse a kilómetros de distancia. Los ojos de April contemplaron con horror el infierno que se había desatado a su alrededor.
Pero no podía detenerse, no tenía tiempo para dejarse dominar por el miedo. Debía seguir adelante aunque no entendiera por qué.
Utilizó los codos para abrirse paso entre la gente sin dejar de correr. Una calle tras otra. Sin descansar siquiera para recuperar el aliento.
Varias casas se habían derrumbado, el polvo flotaba por todas partes y el fragor de una batalla se oía delante de ella, cada vez más cerca. Pero, incluso mientras trataba de averiguar quién luchaba contra quién, supo que debía darse prisa. Sentía, en la sangre que corría acelerada por sus venas, el impulso de ir más rápido. La necesidad de seguir adelante.
Había decenas de cuerpos en el suelo. April no sabía si de amigos o de enemigos, tampoco sabía si estaban vivos o muertos. Pero no tenía tiempo de comprobarlo. Con el estómago revuelto a causa del hedor a muerte que impregnaba el aire, siguió corriendo, intentando no tropezar en las irregulares piedras del suelo.
El callejón que recorría desembocaba en una gran plaza de piedra. April patinó hasta detenerse en la oscura entrada del callejón.
Había demasiada gente, demasiados soldados, demasiados Guymelefs.
¿Cómo demonios iba a encontrar lo que estaba buscando en mitad de aquel caos de fuego y destrucción?
Un ruido a su derecha cortó el curso de sus pensamientos. El corazón de April dejó de latir porque, al fin, podía dejar de buscar. Le había encontrado.
Van estaba allí. Enfrascado en el combate, como había hecho cientos de veces antes. Intentando enfrentarse al caos, intentando proteger a los demás aunque eso significara exponerse al peligro. April no se sorprendió de encontrarle en mitad de la batalla, era de esperar siendo quién era, el rey de Fanelia, el piloto del legendario Escaflowne.
Las llamas los rodeaban, tiñendo la oscuridad de la noche de un rojo escarlata. Pero a él no parecía importarle. A pesar del horror que se desataba a su alrededor, April no pudo dejar de mirarle y de admirar su capacidad para seguir luchando, aun cuando todo estaba perdido.
Siempre era tan fuerte. Tan valiente.
De repente, una sombra salida del mismo corazón de las llamas se cernió sobre el rey de Fanelia. April supo lo que iba a suceder antes de que ocurriera.
Como también supo que era demasiado tarde. Que esta vez, no iba a poder salvarle.
Aun así, tenía que intentarlo.
Se internó en la plaza y echó a correr hacia él lo más rápido que le permitieron las piernas, esquivando combatientes con los ojos fijos en la figura del ryujin.
La sombra esgrimió una daga tras la espalda de Van y April supo que no iba a llegar a tiempo.
— ¡Van!— gritó, a sabiendas de que era inútil. Apenas le quedaba aliento debido al esfuerzo y su voz se perdió en el rugido de la batalla.
Aquel monstruo hizo descender la daga con un movimiento brusco, rasgando el aire, y todo se detuvo alrededor de April. Quiso cerrar los ojos para no verle morir, pero no pudo hacerlo.
Cuando el metal se hundió en la carne de Van, ella sintió que un dolor insoportable la atravesaba por dentro. Luchó con todas sus fuerzas por llegar hasta él, pero estaba demasiado lejos. Todo se movía a un ritmo excesivamente lento.
Escuchó a Van gemir de dolor y luego, vio cómo se tambaleaba herido de muerte. Su sangre manchaba las piedras del suelo…
April gritó. Un grito agónico que resonó en la negra noche.
— ¡APRIL! ¡APRIL!— abrió los ojos. Estaba empapada de pies a cabeza en un sudor frío y pegajoso. Notaba un intenso dolor en todo el cuerpo, la cabeza parecía querer estallarle en cualquier momento—. ¡April!
Merle estaba a los pies de su cama y la miraba muy asustada. April se sujetó la cabeza con ambas manos en un intento por hacer frente al tormento que sufría. Pero el dolor la cegaba. Giró hacia un lado, intentando salir de la cama. Merle se lo impidió.
— ¡No te muevas!— exclamó la chica gato—. Estás demasiado débil para caminar.
La pelirroja apartó a su amiga de un empujón y corrió hacia el baño. Se arrodilló sobre el frío suelo de piedra, inclinándose sobre el inodoro y vomitó como si su cuerpo quisiera deshacerse de la horrible sensación que recorría sus entrañas.
— ¡Por todos los dioses! Estás enferma— observó Merle aterrada—. Iré a pedir ayuda.
April escuchó pasos que salían de la habitación, aunque a su cerebro le costaba hilar dos pensamientos. Sudaba y temblaba como si estuviera aquejada de una grave enfermedad. Una voz desconocida y distorsionada gritó en su cabeza.
"Si escucharas nuestras palabras esto no estaría ocurriendo"
Volvió a vomitar mientras la invadían imágenes del sueño. No supo si había transcurrido un minuto o diez, continuó arrodillada sobre el frío suelo del baño incapaz de recuperar el control de su cuerpo, hasta que escuchó de nuevo pasos que se precipitaban en el dormitorio a toda prisa.
Millerna fue la primera en llegar, con Merle pisándole los talones. La mujer de ojos violetas, que se estaba poniendo una bata de seda sobre el ligero pijama, jadeó cuando sus ojos se posaron sobre la temblorosa figura de April.
— ¡April! ¿Qué te ocurre?— preguntó preocupada, intentando acercarse a la pelirroja para examinarla. Le apartó delicadamente el pelo de la cara para tomarle la temperatura y, entonces, abrió los ojos sorprendida—. ¡Por Jichia! Estás ardiendo en fiebre.
April no dejaba de temblar de forma incontrolada, de la cabeza a los pies. Sentía que algo oscuro y terrible se cernía sobre ella, aplastándola, amenazando con asfixiarla. Sus pulmones eran incapaces de enviar el oxígeno suficiente al resto de su cuerpo. Le pitaban los oídos y no podía respirar.
La habitación empezó a dar vueltas a su alrededor.
Asustada, Millerna se dirigió a Merle, que había permanecido en un segundo plano desde que regresó a la habitación.
— ¡Deprisa, Merle! Llena la bañera de agua tibia— ordenó—. Tenemos que bajarle la fiebre como sea.
Entre ambas despojaron a April de la camiseta de los Knicks que había usado como pijama, dejándola en ropa interior, y la ayudaron a sumergirse en la bañera. El agua se agitaba en torno a su figura por culpa de los temblores que le recorrían el cuerpo.
Millerna creyó que el baño permitiría bajar la temperatura de April, sin embargo se había equivocado. Una hora más tarde tuvo que rendirse y admitir la derrota. Sosteniendo el peso de la pelirroja entre Merle y ella misma, consiguieron sacarla de la bañera y le pusieron ropa seca. Cuidadosamente, la tumbaron sobre la cama y la cubrieron con las sábanas.
Tampoco sirvió de mucho. A los pocos minutos, cada centímetro del cuerpo de April estaba cubierto de sudor. Se aferraba a las sábanas como si la recorriera un dolor insoportable, por lo que tenía los músculos de los brazos totalmente tensos y apenas era capaz de hablar. Millerna cogió varias toallas de la encimera del baño y las mojó intentando utilizar la humedad del tejido para refrescar la ardiente piel de April, pero tan pronto como acercaba la toalla a su piel se calentaba tanto que apenas era capaz de tocarla después.
La pelirroja ardía en fiebre como si estuviese sobre un lecho de brasas.
Hora tras hora, su estado se deterioraba para desesperación de la mujer de ojos violetas que, incapaz de encontrar un modo efectivo de ayudarla, continuó refrescándola. Pero todos sus esfuerzos eran inútiles.
Al amanecer, April deliraba por culpa de la fiebre.
Millerna y Merle observaron impotentes como se debatía y se agitaba entre las sábanas como si un ser invisible estuviera torturándola. Millerna nunca había visto algo así en toda su vida. Aquello no era natural, no podía serlo. Profundamente preocupada decidió que había llegado el momento de tomar medidas drásticas.
— Merle— dijo Millerna para llamar la atención de la chica gato que, de pie junto a la cama de April, contemplaba con lágrimas en los ojos a su amiga—. Ve a buscar a Van inmediatamente.
...
Van despertó en el momento en que se abrió la puerta de su habitación.
Adormilado, notó como Merle se precipitaba en el interior como una exhalación. No pudo evitar preguntarse por qué entraría en su habitación sin llamar antes a la puerta. Nunca lo había hecho con anterioridad.
Se dio la vuelta hasta quedar de espaldas sobre el colchón.
— Merle, ¿qué estás…? — su voz se desvaneció en cuanto contempló el semblante de su medio hermana gatuna. En ese instante supo que algo malo había sucedido.
— Tienes que venir. Es April.
Van notó que el miedo le provocaba un nudo en el estómago.
Cuando, minutos después, cruzó a toda velocidad y en compañía de Merle el umbral de la habitación que ésta compartía con April, el ryujin sintió como se le encogía el corazón. Se quedó paralizado al verla sobre la cama, presa de continuas convulsiones y estremecimientos.
Se acercó hasta Millerna en busca de respuestas.
— ¿Qué le está pasando?— quiso saber, ansioso y preocupado, sin quitarle los ojos de encima a su temblorosa figura.
— Nada que yo conozca o que haya visto antes— contestó la mujer de ojos violetas con sinceridad—. No sé lo que es, ni lo que le está haciendo, ni por qué.
Van se pasó la mano por el pelo, en señal de frustración. Hacía sólo unas horas había visto a April recoger la rosa que dejó preparada para ella sobre la fría y dura piedra del banco. El ryujin había notado como brillaban sus ojos verdes cuando descubrió las rosas en el puesto de flores del mercado. Y, dejándose llevar por un loco impulso que tiraba de él como si se tratara de un adolescente incapaz de controlarse, decidió regalarle una.
La pluma, sin embargo, no entraba en sus planes. Había sido un accidente, la cálida brisa de la noche le había jugado una mala pasada. Pero Van no podía negar lo mucho que le había gustado el modo en el que la pelirroja había acariciado aquella pequeña parte de un secreto, de su secreto, que sólo Merle y algunos íntimos amigos conocían. Casi había esperado que ella atara cabos rápidamente y le encontrara, apoyado sobre las torres que rodeaban el jardín. Estaba deseando ver la reacción de April cuando contemplara sus alas blancas. Pero, o Hitomi no le había contado esa parte de la historia o April la había olvidado tiempo atrás, porque sus ojos barrieron el jardín pero no las alturas.
Aunque la decepción que experimentó no le había impedido contemplarla hasta que ella decidió irse a la cama.
Y sólo unas horas después, April deliraba sobre las blancas sábanas. Aquejada de un sufrimiento para el que ni siquiera Millerna tenía explicación.
— Van, esto no es natural y escapa a mi comprensión— afirmó Millerna tajante—. Debemos recurrir a los sacerdotes.
El rey de Fanelia se arrodilló junto a la cama de April y la cogió de la mano, apretándola entre las suyas. Su piel ardía como si estuviera en llamas.
— Aguanta un poco April. Te prometo que te pondrás bien.
...
April luchaba con todas sus fuerzas por hacer frente a la oscuridad que amenazaba con devorarla. Las imágenes de las decenas de pesadillas que había tenido cada noche durante los últimos meses se repetían en su cabeza, haciéndole daño. Muerte, destrucción, sufrimiento… ella sólo quería que aquella tortura se detuviera.
"Deja de resistirte, no luches contra nosotros". Aquella voz de nuevo. Acompañada de nuevas aleadas de tormento.
Podía oír las voces de Millerna y Merle que llegaban hasta ella como susurros en la neblina que la envolvía. Pero era incapaz de sentir nada que no fuera dolor. Su cuerpo intentaba rechazar el suplicio, y la absorbía una y otra vez hacia la oscuridad que le evitaba segundos o incluso minutos enteros de agonía, haciendo que fuera aún más difícil mantener el contacto con la realidad.
Perdida en el interior de su propio cuerpo, April buscó desesperada dentro de sí misma hasta encontrar el epicentro del dolor. Su cuerpo parecía haberse escindido en dos mitades, cada una de las cuales tiraba de ella en una dirección.
Desgarrándola.
Entonces, en mitad de aquella terrible oscuridad que lo absorbía todo, April notó algo diferente. Una presión sobre la mano izquierda. Había alguien junto a ella, April podía sentir la frialdad de unos dedos que apretaban los suyos. Pero no era capaz de reconocer a esa persona. ¿Sería Merle?, ¿o tal vez Millerna?
— Aguanta un poco April. Te prometo que te pondrás bien.
Reconoció la voz profunda y grave de Van al instante. La preocupación teñía sus palabras.
April se aferró a la suave presión que sentía sobre su mano para resistir el dolor que la recorría, para enfrentarse a la pesada oscuridad que amenazaba con asfixiarla. Pero no estuvo sola, Van se mantuvo a su lado todo el tiempo, susurrándole palabras de aliento. El ryujin le pedía que resistiera cada vez que se debatía entre las sábanas presa de la agonía, incapaz de controlar su cuerpo.
Y su voz le daba fuerzas para soportar la terrible lucha sin cuartel que libraban las dos mitades de su cuerpo.
Sin embargo, aunque las manos del rey de Fanelia nunca se separaron de ella, otra voz surgida de la nada, se alzó sobre la de Van y la sustituyó. Aquella voz, anciana y plagada de sabiduría hablaba en un idioma extraño que April no lograba entender completamente. Era como si ya hubiera oído antes esas palabras pero fuera incapaz de recordar dónde.
La voz se elevó por encima del dolor, como un cántico que canalizaba el desequilibrio que se había creado dentro de April. La electricidad circuló por cada célula de su cuerpo, expulsando la oscuridad.
El olor del incienso fue lo primero que April pudo percibir cuando comenzó a recuperar el control de sí misma. Dejó de temblar mientras la neblina que la cubría se disipaba lentamente.
Abrió los ojos de golpe y se incorporó en la cama agitada, como un resorte. Jadeaba como si acabara de correr una maratón y estaba empapada en sudor.
Merle y Millerna estaban a los pies de la cama, mirándola atentamente con aspecto cansado y preocupado. Sobre ella se inclinaba un hombre de aspecto anciano y completamente calvo que llevaba una túnica naranja de sacerdote. Agarraba fuertemente una ristra de oscuras cuentas y agitaba sobre la cabeza de la pelirroja una extraña mezcla de hierbas aromáticas.
Aunque April apenas era consciente de su presencia. Todos ellos debían esperar. Porque en ese momento sólo podía distinguir el rostro de Van que, arrodillado junto a la cabecera de la cama, sostenía aún su mano fuertemente. El ryujin tenía el cabello alborotado, como si se hubiera pasado los dedos muchas veces entre los mechones llevado por la desesperación, y una sonrisa le adornaba el rostro. Pero fueron sus ojos los que captaron la atención de April. Brillaban alegres y, al contemplarlos, fue como si volviera a verle morir en aquella plaza.
April ahogó un gemido mientras se perdía en la oscura mirada del rey de Fanelia, sintiendo que se deshacía el nudo que mantenía las lágrimas a raya. Tenía miedo. Necesitaba que alguien le dijera que aquello sólo había sido un mal sueño, una pesadilla ridícula sin sentido. Sin embargo, dentro de su pecho latía la sensación de que no había sido un sueño. Se encogió sobre sí misma, la horrible posibilidad de que todo hubiera sido real la aterrorizaba.
— ¿Cómo te sientes?— preguntó Van, mirándola atentamente.
Asustada, muerta de miedo, quiso contestar ella. Pero no pudo. Van tenía sus propias preocupaciones, la responsabilidad de ser rey y los recuerdos del pasado eran una carga demasiado pesada para él. April no quería añadir una preocupación más a sus sobrecargados hombros. Así que se tragó sus temores como si estuvieran hechos de trozos de afilado cristal.
Guiada por un impulso que no podía explicar se acercó al ryujin y lo abrazó. Después de lo que acababa de vivir, sentirle tan cerca era un gran alivio. Suspiró sobre la piel de su cuello cuando aspiró el aroma que lo caracterizaba. Antes de ser consciente de lo que hacía, comenzó a llorar como si algo se hubiera roto en su interior, aferrándose a él como si fuera la única luz en mitad de la tormenta.
Van la recibió con los brazos abiertos y una sonrisa torcida. Aspiró el dulce aroma de su pelo y se sintió inmensamente culpable por encontrarse cómodo en aquel abrazo. April necesitaba que la consolara y él tenía que dejar de pensar tonterías. Entonces, ella comenzó a llorar y a él se le hizo un nudo en el estómago. Parecía una niña pequeña, con la cara oculta en su cuello.
La envolvió con sus fuertes brazos y trató de reconfortarla.
— Tranquila… todo va bien— dijo, estrechándola firmemente contra él y acariciando su larga cabellera pelirroja—. Ya ha pasado, no te preocupes.
Y April, aunque estaba aterrorizada por lo que acababa de vivir, sintió la calma que Van desprendía atravesar su piel y colarse hasta el último rincón de su alma.
...
Ciro había nacido en el seno del Clan Zeku, un linaje de monjes tan antiguo como Godashim, la Ciudad de Piedra. El único propósito de su existencia había sido convertirse en sacerdote en el Templo de Fortuna y para ello se había preparado durante toda su vida.
A lo largo de los años había aprendido la importancia del trabajo que realizaban los sacerdotes del templo. Sus ancestros llevaban siglos protegiendo el tesoro de Freid, el legado de Atlantis, de manos codiciosas que pudieran despertar el poder que custodiaban. Aunque la tarea de los monjes no terminaba allí. Entre las antiguas paredes del santuario se conservaban registros de todas las edades de los hombres, la sabiduría del mundo antiguo condensada en un solo lugar.
Había pasado la mayor parte de sus noventa y tres años de vida entre las paredes del Templo de Fortuna. No se arrepentía de ello pues era la única vida que conocía. Además, ser un sacerdote tenía sus ventajas. A través de sus numerosos estudios había alcanzado un amplio conocimiento en medicina, ciencia, historia… se había convertido en todo un erudito y muchas personas recorrían decenas de millas en busca de su ayuda.
Ahora, tan sólo era un anciano gruñón que tenía problemas de huesos. Se sentía mayor y cansado. Frágil y torpe. Los años no pasaban en balde, tal y como se recordaba cada mañana al despertar. Sabía que no le quedaba mucho tiempo en este mundo, antes de pasar a formar parte de la tierra, pero quería aprovechar los años que le quedaran al máximo. Deseaba morir sabiendo que habían conseguido restaurar aquello que la guerra contra Zaibach casi había aniquilado: el legado de Atlantis.
Por ello, odiaba tener que salir del templo. De hecho, a lo largo de su vida se había ausentado de sus tareas como monje sólo unas cuantas veces, en su mayoría para acudir a actos institucionales de gran repercusión y envergadura. En la vejez, había prescindido de las salidas casi completamente.
Sin embargo, en aquella ocasión le habían obligado a abandonar la comodidad de su retiro para acudir al aniversario de la coronación del Duque Chid, en representación del clan de sacerdotes del templo. Una pérdida de tiempo en su opinión, aunque no podía negarse de ningún modo.
Pero, en contra de sus pesimistas pensamientos, esta vez iba a presenciar algo que no esperaba.
Poco después del amanecer, la princesa de Asturia y el rey de Fanelia habían hecho llamar a los sacerdotes para atender a uno de los invitados que, aparentemente, estaba enfermo. Como Ciro era el sacerdote de más rango y el de mayor antigüedad, sus compañeros lo habían elegido a él para que se encargara del ilustre huésped.
Por eso, una de las doncellas de palacio lo había interrumpido en pleno rezo matinal y lo había escoltado a toda velocidad hasta una de las habitaciones del último piso de la Villa Imperial. El monje jadeaba, molesto por la interrupción, intentando seguir el ritmo de su acompañante mientras sus articulaciones protestaban por el esfuerzo al que las estaba sometiendo esa mañana. A pesar de ello, consiguió a duras penas llegar hasta la estancia. Aunque le dolía hasta el último de los huesos de su cuerpo.
Cuando Ciro traspasó el umbral de la habitación se quedó paralizado. Sobre las blancas sábanas de la cama, una mujer joven se retorcía presa del dolor. Deliraba por culpa la fiebre y temblaba como si no pudiera controlar su cuerpo.
El rey de Fanelia sostenía su mano y le pedía que resistiera sólo un poco más, mientras la medio hermana del rey y la princesa Millerna contemplaban la escena, desde un segundo plano, con la preocupación brillando en sus ojos.
Ciro se acercó a la cama lo más rápido que le permitieron sus viejas piernas y, conteniendo un gesto de dolor, se arrodillo junto a ella. El calor que emanaba su cuerpo era perceptible incluso en la distancia. La pobre estaba ardiendo en fiebre y tenía empapado en sudor hasta el pelo rojo como el fuego.
Pero había algo más, oculto a simple vista. Ciro podía percibirlo. Reunió todo el valor que pudo encontrar en sí mismo para tocar la ardiente y pálida piel de su frente. Entonces sintió un dolor inmenso lacerándole las entrañas, el mismo dolor que ella estaba experimentando. Encontró el origen del problema casi al instante, el cuerpo de aquella mujer parecía haberse escindido en dos mitades, cada una de las cuales tiraba en una dirección diferente.
Jadeando, se apartó de ella y la estudió con atención. La agonía que estaba sufriendo deformaba los bellos rasgos de su rostro. El anciano monje la contempló durante unos segundos y, casi al instante, supo lo que debía hacer.
Porque Ciro había visto esos síntomas antes. Parecía que habían transcurrido mil vidas desde entonces. Pero estaba completamente seguro de ello, lo sentía hasta en sus viejos y cansados huesos.
No era una enfermedad ni una infección. Aquella mujer había visto algo que escapaba a su comprensión, que era más fuerte que ella. Algo a lo que no podía enfrentarse. Esa visión había destruido el equilibrio de su mente y las dos mitades resultantes intentaban hacerse con el control del cuerpo.
Ella volvió a retorcerse entre las sábanas como si la estuvieran torturando, Ciro debía apresurarse. Se levantó como pudo, apoyándose en el colchón, y se encaminó con su pequeño maletín hacia la mesa que presidía el centro de la habitación. Abrió el maletín y encendió inciensos y velas aromáticas que caldearon la habitación con su olor.
Entonces, agarró firmemente su viejo collar de cuentas y se acercó de nuevo hacia aquella mujer. En la mano derecha sostenía un manojo de hierbas especiales que sólo crecían en las laderas del Templo de Fortuna. Esperaba de corazón poder ayudarla.
Se inclinó sobre ella y empezó a cantar.
Una canción tan antigua como el mundo, que había aprendido durante su juventud. Su cántico provocó que el silencio cayera sobre la habitación. Ciro cerró los ojos, concentrado en canalizar a través de su canto el desequilibrio que se había producido en el cuerpo de la joven.
Supo que había funcionado cuando notó que ella dejaba de temblar y recuperaba, poco a poco, el control sobre sí misma. Empezó a respirar con normalidad y todos los presentes se relajaron visiblemente.
Sin embargo, cuando aquella mujer abrió los ojos, el verde de su mirada irradiaba tanta luz que Ciro se quedó sin palabras.
...
En años venideros, April nunca pudo recordar cómo se las había arreglado para fingir que sólo había estado aquejada de unas graves fiebres, cuando una parte de ella esperaba que su mentira se desmoronara como un castillo de naipes en cualquier momento. Sin embargo, las horas pasaban y no había dudas de que los demás habían creído su historia sin desconfiar en ningún momento.
A pesar de ello, April tenía problemas más acuciantes de los que preocuparse. Como, por ejemplo, el miedo que tenía a quedarse dormida de nuevo. Estaba segura de que si cerraba los ojos y se dejaba arrastrar hasta el mundo de los sueños, las pesadillas volverían a cernirse sobre ella sin piedad.
Y si de algo estaba segura era de que no quería volver a soñar en toda su vida.
Pero el cuerpo humano sólo puede pasar unos cuantos días sin dormir, no había forma de que pudiera aguantar mucho más tiempo, tarde o temprano tendría que dejarse vencer por el sueño. ¿Y qué ocurriría entonces? ¿Quién sería el próximo al que vería morir sin poder hacer nada para evitarlo?
Suspiró completamente frustrada. Tendría que enfrentarse a ese dilema cuanto antes. Pero, ¿qué podía hacer ella?
Caminaba lentamente y sin rumbo por los oscuros pasillos de la Villa Imperial. Era más de medianoche, Merle hacía horas que se había quedado dormida. No obstante, April había decidido que quedarse tumbada en la cama no iba a contribuir a su propósito de permanecer despierta.
Por eso había salido a caminar. Mantenerse en movimiento, tal vez, la ayudaría a luchar contra el sueño. Y a pensar en una solución para lo que le estaba ocurriendo. Fuera lo que fuese.
Tenía que haber una explicación lógica y racional para todo aquello. April era una mujer analítica, sólo tenía que usar el cerebro para encontrar una respuesta a sus preguntas.
Oh tal vez no…
— No encontraréis en estos solitarios pasillos lo que estáis buscando, April Ryan.
April se asustó tanto que creyó notar como su corazón se detenía. Giró sobre sí misma, buscando el origen de aquella voz, sintiendo que se le congelaban las entrañas. Rastreó las sombras del oscuro pasillo, iluminado únicamente por unas cuantas antorchas colgadas de la pared, hasta descubrir al monje que la había ayudado esa mañana a unos metros de distancia.
Seguía llevando puesto aquel ceremonial traje naranja que le designaba como un sacerdote y que dejaba al aire uno de sus hombros. Aunque su cuerpo se encorvaba ya por el peso de la edad, la voz seguía siendo sabia y poderosa. A April le provocó un profundo escalofrió en la nuca.
— Si lo que pretendíais era provocarme un infarto creo que lo habéis conseguido— dijo April, intentando que su corazón volviera a latir con normalidad—. ¿Qué estáis haciendo aquí a estas horas?
Estrechando su fija mirada en ella, el sacerdote cruzó los brazos sobre el pecho en una postura relajada. April notó que aferraba con fuerza su extraño collar de oscuras cuentas.
— No era mi intención— se disculpó sin dejar de observarla como si esperara que de un momento a otro fuera a surgirle una segunda cabeza—. Tan sólo pretendía ayudaros, mi señora.
"Ayudarme a sufrir un infarto, por supuesto", pensó April sarcásticamente. A pesar del mal día que había tenido, del miedo que tenía a quedarse dormida, de la cantidad de preguntas que le rondaban por la cabeza… no podía olvidar que ese hombre la había ayudado a salir del terrible estado en el que la habían dejado sus pesadillas. Aunque lo único que quería era estar sola, se obligó a sí misma a ser amable.
— ¿Ayudarme a qué exactamente?— preguntó ella, cordialmente.
El monje no tuvo que pensar mucho su respuesta.
— A encontrar lo que estáis buscando— contestó con simpleza.
April parpadeó confusa durante unos instantes. El monje se comportaba de un modo insólito, le sostenía la mirada con intensidad como si quisiera ver a través de sus ojos verdes.
— Y, ¿qué se supone que estoy buscando?— quiso saber. Aquel hombre era muy extraño y estaba empezando a desconcertarla con tanto misterio.
El sacerdote se acercó hacia ella, que no retrocedió ante su cercanía. Entonces, susurró una palabra, una sola palabra que consiguió que April dejara de respirar durante un instante:
— Respuestas.
Hola de nuevo!
Aquí me tenéis otra vez, con el capítulo de esta semana. Os ofrezco algunas respuestas para las muchas preguntas que me habéis hecho sobre los malos de este fic y también más preguntas, para mantener la intriga. Porque ¿qué sería de la vida sin algo de misterio?
Espero que os guste tanto como a mí y que disfrutéis al leerlo tanto como yo al escribirlo.
Quiero decir que estoy emocionada por la cantidad de RR que recibió el anterior capítulo. Sois los mejores lectores del mundo, cómo me animan vuestras palabras. Miles de besos y abrazos virtuales para vosotros: Paulina, MacrossLive, Alice Cullen, Annima90, Elisabeth, Arsenico, Filippa, Luin Fanel, Manuel, 7, Nancy, Geraldine y Heliseo. Y, por supuesto, miles de gracias por hacerme tan feliz.
Gracias también a todos los que me leen en las sombras y a los que siguen cada semana esta historia. A vosotros también os quiero aunque no os dejéis ver.
Por último me gustaría contestar los RR del capítulo anterior.
Paulina: Me alegro mucho de que te haya gustado el capítulo y espero que el siguiente no te decepcione tampoco. Anoto tu petición de la aparición de Hitomi, sólo te pido paciencia. Muchos besos.
Alice Cullen: No me des las gracias, gracias a ti por leerme. Me alegra que la escena de Van te haya gustado tanto, ya sabes, no pude resistirme. Me gusta tanto, tanto, tanto Van... Espero que el siguiente te guste tanto como el anterior. Miles de gracias por estar ahí siempre.
Elisabeth: Hola guapa y bienvenida a esta locura llamada fic jajaj... me alegra que te guste, yo estoy disfrutando mucho escribiendo para vosotros. Lo cierto es que quería darle un toque diferente a una historia de amor. En la vida real, el amor nunca es tan sencillo ni tan perfecto como en los cuentos de hadas, yo quería realismo, quiero que los personajes lleguen al límite y, sobre todo, quiero una historia perfectamente imperfecta en la que todos nos sintamos identificados. Nada de damiselas en apuros, las mujeres podemos ofrecer algo más que belleza, ¿no te parece?. Miles de besos virtuales.
Filippa: Bienvenida a Begin Again bonita. Me alegra que estés aquí y haber conseguido atraparte con esta historia me hace muy feliz. La verdad es que quería darle realismo al fic, no quería contar otra absurda y perfecta historia de amor. Quiero contar algo más real (que salvo lo de estar en otro planeta), pueda pasarte a ti o a mí. No puedo hacerte spoilers del final del fic, pero prometo que no decepcionará a nadie. Miles de gracias y de besos de mi parte por estar ahí.
Manuel: Gracias por ese RR tan bonito que me has dejado, me ha emocionado un poquito (vale, lo reconozco, me ha emocionado mucho). Me alegra tanto que te guste esta historia y espero, de corazón, que lo que va a venir te guste tanto como lo que ya has leído. Y tú no te preocupes, que yo también he tenido experiencias horribles y, al final, todo pasa. Lo que no te mata, te hace más resistente. Ese es mi lema. Espero que en esta historia descubras más razones para creer en el amor. Miles de besos y gracias por estar ahí.
7: Ay mi 7. Algún día me tienes que decir tu nombre porque parezco una auténtica loca cuando pienso "7 me ha dejado un RR" jajaja. Me encanta que te encante esta historia, ya lo sabes porque llevas aquí desde el minuto 1 y me haces super feliz con tus palabras. La primera escena ha sido un pequeño regalo de navidad para todas aquellas que nos morimos por Van. Vendrán más regalos, lo prometo. Miles de besos y gracias por estar ahí.
Nancy: Hola Nancy y bienvenida a este fic. No conozco mayor honor que un lector te diga que le gustaría que adaptaran un fic al anime porque lo considera muy bueno, o que te digan que el último capítulo les has dejado el corazón en un hilo. Me haces muy feliz, yo si que me emociono con tus palabras. Espero que el siguiente capítulo te guste tanto como los anteriores y que los disfrutes tanto como yo. Miles de besos y gracias por estar ahí.
Geraldine: Bienvenida Geraldine a este fic. ¿Te has leído todos los capítulos en un día? Te mereces un premio por el esfuerzo, muchas gracias por tus bonitas palabras. Me animan a seguir escribiendo porque sé que a alguien por ahí le gustan, que alguien está esperando ver qué sigue. Gracias, gracias y mil gracias. Me apunto tu petición y sólo te pido un poco de paciencia. No te decepcionaré. Gracias de corazón.
Heliseo: ¡Qué palabras tan bonitas! No sé si tengo un don innato pero lo que sí tengo son los mejores lectores del mundo =) Espero que el siguiente capítulo también consiga transportarte. Eso es lo que quiero, que los minutos que tardes en leer esta historia te sumerjas y te olvides del mundo por un instante. Si lo he conseguido, aunque sólo sea un segundo, me doy por satisfecha. Gracias por tus palabras y por estar ahí. Y bienvenido al fic.
En fin, eso es todo lo que quería decir.
Para sugerencias, peticiones, tartazos, besos, abrazos, tomatazos y demás... ya sabéis que hacer.
Yo me despido, prometiendo que nos veremos en el siguiente capítulo.
Con todo el amor del mundo, Ela.
