— ¡Albus! Oh Merlín, ¿qué haces aquí?

Albus levantó sus grandes ojos verdes y observó a su tío Neville.

— Me perdí, tío. Alice y yo estamos jugando a adivinar en qué mano está el caramelo.

Neville se sentó con cuidado en la cama junto a su ahijado y su madre, tratando de no enojarse. No con el niño, Albus parecía estar perfectamente tranquilo, y su madre también, sino con el personal.

Cada vez que herían a Harry en una misión, San Mungo se volvía loco, sobre todo las sanadoras más jóvenes. Él mismo había entrado en la planta de psiquiatría sin que nadie le parara. No quiso ni pensar lo que le podría haber pasado al pequeño si, en lugar de toparse con su dulce madre, se topa con otro enfermo más violento.

— Hola Alice —saludó a su madre con voz suave y cariñosa—. Te he traído caramelos.

Los ojos castaños, ya arrugados en los bordes, le miraron con ilusión. Extendió una mano con el mismo gesto que hacían sus sobrinos cuando les llevaba dulces. Enseguida estuvo distraída desenvolviendo un caramelo, olvidando la presencia de Albus.

El niño hizo un puchero. Un grito agudo y el sonido de cosas cayendo en otra parte de la planta le asustaron y corrió a los brazos de Neville. Sin decir nada, se levantó con él aún abrazado y salió de allí, tomando nota mental de volver más tarde a quejarse al jefe de planta.

— Tío, ¿donde tiene Alice la pupa?

Neville miró brevemente al pequeño que apoyaba la mejilla en su hombro.

— A veces la pupa no está donde la vemos, Albus.

— El tio Ron dijo que papá estaba herido y todos vinimos por la chimenea. Lily tosió, ¿sabes? Yo no, porque soy mayor.

Neville sonrió, empezando a entender. Albus era el mediano. Su hermano mayor era 100% Weasley, travieso y temerario. Y Lily la pequeñita. Su ahijado era un niño bueno y tranquilo, extremadamente inteligente, al que su abuelo Arthur había enseñado a leer con apenas cuatro años.

— Papá se pondrá bien, Al.

— ¿Tú has venido porque tienes pupa también?

Negó con la cabeza.

— No, cariño. Alice es mi mamá, vengo a verla todas las semanas.

El pequeño frunció el ceño.

— No le diste un beso a tu mamá. La abuela dice que siempre hay que darle un beso a mamá cuando vienes de la calle.

Neville suspiró. Albus era terriblemente observador.

— Mis papás fueron heridos hace muchos años, cuando yo era más pequeño que tú —acarició la redondeada mejilla morena—. Su pupa está dentro de su cabeza —golpeó suavemente la frente de su ahijado con el índice—, y hace que ellos no me conozcan.

— ¿Pero por qué no les curan? A mi papá y al tío Ron los curan siempre.

— Hay pupas que no se pueden curar, cariño.

Albus abrazó más fuerte el cuello de su padrino, porque estaba triste y su papá decía que los abrazos hacían sentir menos triste.

— Cuando sea mayor estudiaré mucho. Y los curaré y tú podrás darle besos a tu mamá.

Neville sonrió levemente por el tono seguro del niño y enfiló el pasillo de urgencias. La pequeña había tenido problemas para respirar, así que cuando llegó, el revuelo era tal que nadie se había dado cuenta de que Albus llevaba media hora desaparecido. Hablaron en susurros y decidieron que aquello sería su secreto.


La cena para celebrar que Lily había vuelto del colegio se había convertido en un campo de batalla. En silencio, Albus observaba a su madre y su hermano discutir. Su padre permanecía también en silencio, pero la vena en su sien latía de una manera que no hacía presagiar nada bueno.

— De todas las tonterías que podías hacer, James, esta es la más estúpida. ¡Un Malfoy! Ese chico es hijo y nieto de mortifagos, por Merlín. ¿Y desde cuando sales con chicos? Seguro que te ha hechizado como…

— ¡Basta, Ginny! —explotó Harry, golpeando la mesa con la mano abierta.

Su madre se giró hacia su padre, roja de rabia.

— Ni se te ocurra hacerme callar, Harry Potter. Todo esto es culpa tuya. Tú metiste a esa serpiente en nuestras vidas. Tú y tu maldita nobleza, ¡debería haber muerto en Azkaban!

Por un momento se hizo un silencio.

— Chicos, dejadnos solos por favor.

Los tres se levantaron al unísono, deseando alejarse de la tensión.

— Déjalos Harry, ya son mayores. Y parece que siguen tu desviado camino, déjalos que escuchen la verdad.

Albus miró sorprendido a su madre. Jamás la había oído hablar así.

— Salid chicos, por favor —volvió a pedir su padre, con la mandíbula apretada—. Hablaremos más tarde.

Salieron apresurados del comedor. Sintieron perfectamente la magia de su padre cerrando la puerta y silenciando la habitación.

Sin ponerse de acuerdo, los tres hermanos se encaminaron a su antiguo cuarto de jugar. La habitación se mantenía aún con las muñecas de Lily y los libros de colorear de Albus.

— ¿Qué mierda ha sido eso? —preguntó Lily nada más cerrar la puerta—. ¿Qué ha pasado desde que vine en Navidad?

James se sentó en el viejo sofá, con la cabeza entre las manos. Albus se sentó junto a él y le apoyó una mano en el hombro.

— James conoció a un estudiante de intercambio, que resultó ser el hijo de un enemigo de la escuela de papá. Y ahora salen juntos.

Lily se sentó en el suelo frente a sus hermanos.

— Como resumen está bien, pero lo que ha pasado hace un momento sigue sin tener sentido. ¿Desde cuando mamá es homófoba?

— Creo que desde siempre, Lils —respondió James, mirando al suelo todavía—. ¿Te has fijado en que el tío Charlie y ella apenas hablan cuando se juntan? Y la abuela dice que de pequeña era su hermano favorito. Pero vamos, el problema es más profundo que eso.

Albus sintió su estómago retorcerse por ese pensamiento.

— ¿Qué sabes tú y nosotros no? —preguntó Lily con suavidad a su hermano mayor, tratando de encontrar sus ojos.

— Creo que es mejor que papá os lo cuente.

Permanecieron un momento en silencio.

— Nunca nos habías dicho que te gustaban los chicos.

En la voz de Lily no había juicio, solo un ligero reproche.

— Scorpius es… bueno, no había pasado antes.

Lily miró a Albus, a ver si este le explicaba.

— Scorpius es no binarie.

Lily se limitó a asentir, lo que hizo que sus hermanos la miraran extrañados.

— ¿Qué? —les preguntó—. Una de mis compañeras de habitación es de género fluido, todos tuvimos que participar en una charla sobre ese tema.

— Me habría gustado ver a McGonagall lidiar con eso —exclamó James, ligeramente divertido.

— De todas formas, ese no es el drama aquí —intervino Albus, serio—. Papá y mamá están peor que nunca desde que Scorpius apareció. Ya sé que no es culpa suya —se adelantó a la protesta de su hermano—. Por lo que sea, traer a su familia a la conversación ha sacado lo peor de mamá.

En ese momento se oyeron en la casa una serie de portazos que hicieron que los tres guardaran silencio y se miraran, tensos de nuevo.

Los hermanos Potter habían sido conscientes desde siempre de que la relación de sus padres era inestable. Tenían la sensación de que su padre cedía en todo y a la par trataba de evitar pasar más tiempo de lo necesario en casa. Conforme se hacían mayores, ese tiempo se había reducido. Y sabían que, desde que Lily fue al colegio, su padre dormía muchas noches en su despacho del ministerio.

La casa se quedó totalmente en silencio. Con los nervios un poco de punta, los tres chicos salieron de la habitación, preocupados por lo que pudieran encontrar.

Su padre estaba en su despacho, solo. Un rápido hechizo de Albus reveló que su madre no estaba en la casa.

— ¿Papá? —preguntó Lily cautelosa.

Harry levantó la mirada hacia sus tres hijos, que le observaban desde el marco de la puerta con incertidumbre. Les hizo una seña para que entraran y se sentaran en el viejo sofá de cuero.

— Creo que mamá tiene razón cuando dice que sois mayores y os merecéis entender lo que está pasando.

— ¿Dónde ha ido mamá?

Como siempre, Lily puso en palabras el pensamiento general.

— No lo sé. Imagino que a La Madriguera.

James movió la cabeza negativamente y contestó con voz ronca.

— Habrá ido a donde pueda seguir escupiendo basura. Seguramente con el tío Ron.

Harry miró a su hijo mayor, entristecido por el tono de rencor.

— James, tú madre no sentía realmente…

— Papá, no soy un crío, no necesitas justificarla. Sabes que lo dice en serio.

— ¿Nos ilumináis a los demás? —interrumpió Albus en un tono sorprendentemente molesto en él.

Harry se pasó la mano por el pelo, tratando de ordenar sus ideas.

— Para entender esto, tenéis que entender cómo eran las cosas cuando fuimos a la escuela…

La voz de Harry desgranó durante muchos minutos detalles de su niñez y juventud, explicando la importancia de la presencia de la familia Weasley en su vida y resumiendo cómo se había desarrollado su relación en secreto con el hijo de un mortifago.

Sus hijos pudieron encajar en sus mentes pequeños detalles que habían visto mientras crecían. Entendieron que su padre se había aferrado a los Weasley como su única familia. Y que eso le había acarreado una deuda de gratitud cuando le perdonaron por tener una relación con Draco, al que culpaban de ser parte del bando responsable de, entre otras muchas cosas, la muerte de Fred. Su padre había tenido que elegir entre su familia y la persona a la que quería y Ginny había utilizado esa decisión para controlarle durante más de veinte años de relación.

— ¿En serio mamá piensa que el señor Malfoy te hechizó? —preguntó incrédulo Albus.

Harry asintió con una diminuta sonrisa.

— Me obligaron a ir a San Mungo a que me hicieran pruebas de detección de hechizos y pociones. Eso fue después del funeral de Dumbledore, yo estaba tan aturdido por todo lo que había ocurrido que me deje hacer. Obviamente no salió nada, pero ellos siempre han dudado aún así.

— ¿Ellos son mamá, la tía Hermione y el tío Ron?

Harry asintió.

— ¿Nadie más lo sabe? —inquirió Lily.

— En teoría no, es parte del acuerdo al que llegamos después de los juicios.

Lily se levantó y se agachó frente a la silla de su padre, abrazándolo. Harry cerró los ojos y la abrazó a su vez, reconfortado.

— Papá… te das cuenta de que no les debes nada? —le dijo su hija, antes de romper el abrazo—. Cualquier deuda que creyeras tener, está pagada más que de sobras. Es momento de hacer tu vida.

Harry miró a sus otros dos hijos y vio en sus caras que las palabras de Lily expresaban un pensamiento común.

— Os agradezco esto, hijos. Aún así me gustaría que le concedierais a vuestra madre la oportunidad de que os cuente su versión de la historia, es lo justo.

Los tres chicos se miraron entre sí y asintieron a su padre, porque no podían negarle nada a aquel hombre que lo había entregado todo por tener una familia, a ratos hasta su dignidad.

Harry se echó hacia atrás en su silla y los contempló a los tres, sintiéndose muy orgulloso de ellos. Decidido a cambiar de tema, exclamó, con un intento de entusiasmo.

— Ahora hablemos de vosotros. James, ¿qué planes tienes? El permiso de estancia de Scorpius acaba en menos de dos semanas. No ha hecho solicitud para que se alargue.

James hizo el mismo gesto de desordenarse el cabello que había hecho su padre.

— Porque no quiere quedarse. Echa de menos a su familia. Y el mundo mágico aquí no es precisamente acogedor con elle.

— ¿Entonces? —interrogó Harry, imaginando la respuesta.

James miró a sus hermanos y su padre antes de contestar.

— He pedido un año de intercambio a La Sorbona. Estoy gestionando el alojamiento.

Harry asintió, era lógico.

— Vas a tener que aprender francés, hermano —sonrió Albus, abrazando a su hermano por los hombros para levantarle el ánimo.

— Yo tengo claro ya lo que voy a estudiar al acabar el colegio —exclamó Lily, con su típico tono alegre.

Su padre la miró expectante, Lily cambiaba cada año de idea respecto a su futura carrera.

— Voy a estudiar para pocionista. Seré la primera de la familia.

Harry no pudo evitar reír. Sus hijos tenían la capacidad de seguir sorprendiéndolo.

— Mi abuelo era pocionista, Lily. Creó algunas pociones que se comercializan aún —replicó Harry, risueño.

— El padre de Scorpius es maestro pocionista —apostilló James con orgullo.

Los ojos de los tres Potter se clavaron en Albus, esperando a ver si había una noticia también.

— Soy gay. Y estoy seguro de que no me ha hechizado nadie.

Por un momento se hizo un silencio.

— Bueno, yo soy entonces la minoría hetero de la familia. ¿Podemos hablar de chicos? Creo que me gustan los gemelos y no consigo decidir con cual me quedaría — replicó Lily, siempre rompiendo los momentos de tensión.

Una carcajada destenso el ambiente.


Una semana después, la primera de julio, Albus tenía su última práctica clínica. Por lo general, las prácticas consistían en acompañar a un psicomago en su ronda por la planta. Para Albus siempre era un momento difícil cuando pasaba por la zona donde vivían los Longbottom.

Cada vez que se cruzaba con ellos, recordaba la promesa que le había hecho a su padrino con cinco años. Desde aquel día, cada vez que habían tenido que ir a San Mungo, se las había arreglado para colarse en la habitación de Alice y dejar sobre su cama un caramelo.

Ya de estudiante, había tenido la oportunidad de hablar con alguno de sus profesores sobre aquel triste caso. Cuanto más sabía, más cercano se sentía a Neville. Lo cual era un problema, porque Albus había crecido admirando a su padrino, admiración que en la adolescencia se convirtió en un enamoramiento y, en el momento actual en adoración.

Neville había dedicado su vida a la enseñanza en Hogwarts. Tenía pasión por la Herbología y por la enseñanza, así que para él su carrera era lo más cercano a un amor que había tenido.

Al pasar aquel día por la zona en la que estaban los Longbottom, Albus dejó sobre la cama el acostumbrado caramelo. Y un cromo. Tenía un pequeño e inconfesable vicio con las ranas de chocolate. Siempre que abría una, tenía la esperanza de que el cromo fuera de Neville. Conservó el primero, conseguido años atrás. Los demás se los dejaba a Alice. Era su manera de recordarle que ese era su hijo, ese héroe que había contribuido a finalizar una guerra y ahora había sido olvidado por todos.

Cuando salía, lo vio. Caminaba como siempre, ligeramente encorvado y con las manos en los bolsillos de la túnica. El pelo rubio oscuro corto y ondulado, perfectamente peinado. El mismo profesor bondadoso y entusiasta que había visto durante siete años en la escuela.

— Hola Al —le saludó, con un breve abrazo—. ¿Ya terminas?

Albus le dedicó una de sus raras sonrisas. Aquel hombre despistado seguramente no había notado nunca que su ahijado prácticamente solo le sonreía a él.

— Nos queda ahora una reunión, una hora más —respondió, queriendo transmitirle seguridad y profesionalidad, aunque en realidad lo que tenía era una clase bastante estúpida sobre comportamiento y etiqueta hospitalaria.

— ¿Quieres tomar el té cuando acabes?

A Albus le sorprendió, desde que había terminado el colegio, Neville parecía más reticente a pasar tiempo con él.

— Claro —contestó, más entusiasmado de lo que quería demostrar.

— Nos vemos en mi casa entonces —se despidió su padrino, dirigiéndose apresurado hacia el psicomago de su madre, que en ese momento salía por la puerta del ascensor.

Hora y media después, tomaban el té en el salón del pequeño piso de Neville. A pesar de que durante el curso vivía en el colegio, había mantenido el apartamento que su abuela le había regalado cuando acabó la escuela y comenzó sus estudios de Herbología. Era un sitio acogedor, lleno de libros y plantas, en el que Albus había pasado mucho tiempo cuando era pequeño.

— ¿Cómo estás? —le preguntó Neville con suavidad, en cuanto estuvieron sentados y con un té en la mano.

— ¿Has hablado con papá?

El rubio asintió, sin dejar de mirarle con preocupación. Con los años y el deterioro de su relación con Hermione y Ron, Neville se había convertido en el mejor amigo de Harry. Otro motivo para desalentar cualquier intento de acercamiento de Albus, que se preguntó si su padre se había limitado a contarle sus problemas matrimoniales.

— Por lo que he oído después de hablar con tu padre, tu madre ha estado muy ocupada despotricando de él con sus conocidos. La cosa aún va a ponerse más fea, Al. No me sorprendería que lo viéramos en la prensa en unos días.

Albus se frotó la cara con la mano libre. Su madre se había tomado peor que mal la noticia de que su hermano se iba a Francia y la insinuación de que su padre quería separarse. Lo suyo aún no lo sabía, y no tenía intención de decírselo a corto plazo.

— Estoy preocupado por mi padre. Y un poco asustado, Nev, ya no reconozco a mi madre.

Desde que ya no era su alumno, había dejado de llamarlo "tío" o "padrino" y usaba directamente el diminutivo que usaba su padre. Disfrutaba del pequeño sobresalto que sufría Neville cada vez que lo hacía.

— Te entiendo —Neville le puso una mano en la rodilla y Albus hizo todo lo posible por no tensarse ante el contacto.

— ¿Lo sabías? ¿La historia de mi padre con el señor Malfoy?

Neville suspiró.

— Sabía que tu madre tenía algo guardado. Era como el dueño de un animal que tiraba de la correa. Pero tu padre nunca me contó, hasta hace unos días. No puedo decir que me sorprenda.

Albus lo miró sorprendido.

— ¿No?

— Había detalles, esa tensión entre ellos. Parecían orbitar uno alrededor del otro.

Conozco la sensación, pensó.

— Tu padre me dijo que Andrómeda va a pasar un tiempo en Francia también.

— Teddy se independiza y Andy va a aprovechar para darle una oportunidad a un acercamiento con su hermana, la verdad es que me alegro por ella.

— ¿Qué harás tú?

Se encogió de hombros.

— Tal cual está la situación, la verdad es que no lo sé. Mi padre seguramente se mude a la casa Black provisionalmente, así que imagino que me quedaré allí con él.

Neville lo miró fijamente mientras daba un largo trago de té.

— Puedes quedarte aquí si quieres.

Albus levantó las cejas con muda sorpresa.

— Bueno, no sé si te veo conviviendo con tu padre, los dos solos, tal como sois. Si necesitas espacio, mi casa es tu casa, ya lo sabes.

Era terriblemente tentador, y por ello terriblemente imprudente.

— No creo que quieras a nadie invadiendo tu intimidad los dos meses que estás libre al año.

— Si me preocupara eso, no te estaría invitando.

Albus lo miró fijamente, tratando de entender.

— No tengo nada que ocultar, ninguna intimidad, Al.

La voz de Neville le transmitía derrota, soledad. Se le encogió un poco el corazón.

— De todas formas —prosiguió su padrino, cambiando de tema—, yo no descartaría que tu padre también se vaya a Francia en algún momento.

Albus lo miró, sorprendido de nuevo.

— ¿Tu crees? Por lo que cuenta Scorpius, sus padres siguen felizmente casados. No veo a mi padre interponiéndose en un matrimonio. Y ni siquiera sabemos si el señor Malfoy sigue interesado en él.

Neville se encogió de hombros.

— Mi chimenea está abierta para ti y tu habitación preparada. Solo piénsalo, ¿vale?


Neville tenía razón al decir que las cosas se iban a poner peor. Para cuando llegó el quince de julio, la separación de sus padres estaba en la prensa. Aunque su madre, por suerte, y seguramente por iniciativa de la tía Hermione, se abstuvo de dar nombres, no tuvo problemas en insinuar que había una tercera persona y ella era la víctima.

El ministro en persona fue a reunirse con Harry y a sugerirle unas vacaciones, para dar tiempo a que todo se enfriara. Al principio, se encerró en casa, pero la prensa se instaló en Godric's Hollow. Después se mudó a Grimmauld Place, pero los periodistas y las lechuzas de amables personas opinando sobre su vida personal le siguieron hasta allí.

De nuevo, Neville tenía razón al decir que Harry se marcharía a Francia, aunque fuera con la excusa de ayudar a Andrómeda a instalarse. Albus se vio solo en aquella siniestra casa, con su hermana en casa de sus abuelos y James de viaje con Scorpius.

Dos días después de la marcha de su padre y Andrómeda, mandó una lechuza a su padrino preguntando si aún estaba a tiempo de mudarse con él durante el verano, dando por hecho que su padre al menos estaría de vuelta en poco tiempo.

Convivir con Neville era, en principio, sencillo. Pasaba las mañanas en Hogwarts, cuidando de los invernaderos, y las tardes normalmente leyendo, cuidando de sus plantas o en el hospital. Para Albus, aquella paz doméstica era casi peor que la guerra soterrada entre sus padres, porque se sentía relajado y cómodo viviendo con su padrino.

La primera mañana que Neville entró a la cocina y se sonrojó al verlo sentado a la mesa en calzoncillos leyendo el periódico, pensó que quizá era momento de exhibirse un poco más. Como su padre, no era excesivamente alto, pero estaba bien proporcionado. Mientras que James había sacado la complexión larguirucha de los gemelos, Albus era como su padre o su tío Charlie, de torso musculoso y piernas y brazos fuertes.

Durante una semana, con la excusa del calor, se paseó ligero de ropa por toda la casa, a cualquier hora. La paciencia de Neville parecía infinita, hasta que, una tarde de domingo, entró a la cocina y se encontró con un primer plano de su trastero enfundado en bóxers negros ajustadisimos. Realmente no fue planeado, estaba rebuscando en la nevera un refresco de los que su padrino compraba para él.

Neville no era de piedra. Podía parecer una persona distraída, pero tenía ojos en la cara y necesidades, tener a un veinteañero paseándose en calzoncillos durante una semana estaba rozando la tortura.

— ¿Te importaría ponerte ropa, Albus? —trató de no sonar molesto.

Albus se giró, tratando de parecer inocente, con el refresco en la mano.

— Disculpa, Nev. Es este calor.

Neville le miró, incrédulo.

— Eres un mago, haz el favor de vestirte y usar un hechizo refrescante como todos.

Y salió de la cocina, aún con la cara sonrojada. Albus sonrió triunfante.


Había pocas personas que intimidaran a Albus Potter, pero sin duda una de ellas estaba sentada frente a él. Era la tarde del 7 de agosto, celebraban el cumpleaños de Neville y el de Dean Thomas. Hacía un par días que había notado a su tío más esquivo y apagado, temía haberse pasado de la ralla con su exhibicionismo y que estuviera molesto con él y fuera a mandarlo con sus abuelos.

La madrina de su hermana había sido durante su niñez una presencia muy constante, igual que su padrino. En algún momento, durante su primer año en Hogwarts, su madre y ella se dejaron de hablar. Con la información que tenía ahora, había llegado a la conclusión de que Luna, que era una de sus mejores amigas, había querido defender a su padre. Neville le había explicado que eso era lo que le había pasado a él, lo que le había vuelto persona non grata entre los Weasley.

Lily adoraba a su madrina, y a los hijos de su madrina. Su padre se había asegurado a pesar de todo de que tanto ella como Albus siguieran en contacto con sus padrinos. Ahora esa mujer rubia y de mirada soñadora estaba sentada tomando el té en casa de su padrino, junto a Lily y a algunos compañeros más de Hogwarts. Y le miraba de esa manera que había llegado a temer.

Seguramente Albus era la única persona en el mundo que temía a Luna Scamander, porque era la única persona que podía leerle como un libro abierto. Todo el mundo decía que era como su padre, contenido y reservado, pero ella sabía exactamente, en cada ocasión que se encontraban, qué cosas le agobiaban. No era un buen momento para enfrentarse a ella.

La vio mirar alternativamente de Neville a él, ignorando las conversaciones a su alrededor. Trato de no mirarla, de hablar con su hermana o con los demás invitados. Los conocía a todos, habían sido amigos de sus padres también. Aquella reunión le hizo ver que su madre se había aislado de sus amigos, lo cual le parecía muy triste.

Observó a su padrino, charlando animadamente con Dean, auror como su padre. Vio a Seamus acercarse a ellos y pasarle el brazo por el hombro a su pareja. No los conocía mucho, su madre no les tenía mucha estima, y podía imaginar porqué. Vio la sombra de un gesto de añoranza pasar por la cara de Neville al percatarse del gesto de cariño entre ellos.

— No es por uno de ellos —dijo una voz a su lado—. Es por lo que tienen.

Albus no tuvo que girarse para saber que Luna se había sentado junto a él.

— ¿Tan bien lo conoces?

— Como a un hermano —contestó su tía con tono cariñoso—. Y a ti Albus, a ti también te conozco. Él no lo ve porque no quiere verlo.

Se giró a contemplar la suave sonrisa de Luna, que miraba a Neville con evidente cariño.

— Tía, yo…

La rubia le apoyó la mano en el brazo, para que no siguiera hablando.

— Él también te observa cuando estás distraído. Tu presencia le ha alterado, le ha generado preguntas. Eso es bueno. Pero no es suficiente.

—¿Qué?

— No es suficiente tentarle con tu cuerpo, Albus, eso es efímero. Y no es eso lo que quieres.

Albus negó sutilmente con la cabeza, la mirada fija en Neville, ahora sentado entre Seamus y Dean.

— Merece más, sobrino. Un compañero, ser mimado y cuidado. Merece ser el centro de alguien.

En ese momento, como si las palabras de Luna lo hubieran convocado, Neville lo miró. Fue algo rápido, pero lo que sea que vio en Albus lo hizo sonrojarse y sonreír tímidamente.


Albus nunca había salido con nadie, apenas había dado tres besos en el colegio. Y sus padres no le parecían un ejemplo. Así que leyó. Igual que su hermano para poder hacerlo bien con Scorpius, Albus se hizo con libros de todo tipo, muggles y mágicos. Al cabo de diez días su mente era un batiburrillo de cosas poco útiles.

Sentado en el salón, con Romeo y Julieta entre las manos, veía a Neville moviéndose por la casa canturreando. No podía ser tan difícil querer bien al alguien, se dijo, asqueado por la tragedia de Shakespeare, cerrando el libro y dejándolo sobre el sofá.

Le quedaba menos de una semana para que su padrino se trasladara a Hogwarts para empezar a preparar el curso. Era joven, pero no ingenuo, era muy poco tiempo para hacer las cosas bien.

— ¿Te apetece salir a cenar?

Albus le miró sorprendido. No era habitual salir juntos.

— Claro.

El restaurante era un sitio tranquilo, cerca de Hyde Park. Muggle, nunca había visto a su tío fuera de un ambiente mágico. Y le pareció que el traje le sentaba mejor que la túnica.

— ¿Sabes algo de tu padre?

Movió negativamente la cabeza.

— No desde su cumpleaños.

Neville miró a Albus fijamente antes de volver su atención a su pescado.

— Parece que Francia es interesante en esta época del año —bromeó—. Imagino que con tu madre si has hablado.

El joven hizo un gesto entre aburrimiento y desaliento.

— Está enfadada con nosotros tres. Y con los abuelos por no apoyarla. A este ritmo, el mes de septiembre va a ser entretenido.

— ¿Has pensado qué vas a hacer? —preguntó Neville, dando un sorbo a su copa de vino.

— Supongo que volver a Grimmauld Place —contestó Albus, encogiéndose de hombros con fingida la indiferencia.

— Puedes quedarte en mi casa.

El moreno dejó sus cubiertos sobre el plato y apoyó los codos en la mesa y el mentón en sus manos unidas.

— ¿Por qué?

— ¿Como que por qué?

— Por qué tanto interés en que me quede en tu casa.

Neville le miró un poco dolido, el tono de Albus era brusco.

— Necesitas un lugar.

Albus echó el cuerpo hacia atrás, quitando los codos de la mesa y dejando sus manos en su regazo.

— Es tu casa.

— Y tú mi ahijado. Todo lo mío será tuyo algún día.

El joven abrió mucho los ojos.

— ¿Disculpa?

— Soy el último Longbottom. Tú eres mi heredero, como tu padre lo fue de Sirius. Así que literalmente mi casa es la tuya.

— Aún puedes casarte y tener hijos.

— No es…

— ¿Por qué no? —le interrumpió su ahijado—. Eres joven y guapo, ¿por qué eliges estar solo?

La cara de Neville enrojeció violentamente.

— Tengo cuarenta y cinco años, Albus. No soy joven y no he sido guapo ni a tu edad. Algunas personas simplemente estamos destinadas a estar solas.

Albus frunció el ceño y cruzó los brazos sobre el pecho, como hacía cuando era niño y lo regañaba.

— No estoy de acuerdo. Podría nombrarte al menos a cuatro compañeros de clase que suspiraban por ti.

— Los niños confundís admiración con otras cosas.

Aquello sí le molestó, se sintió completamente aludido. Decidido a no seguir con esa conversación, murmuró una disculpa y se levantó para ir al lavabo.

Volvieron a casa en silencio. Al entrar por la puerta, Neville fue directo a la cocina a prepararse un té. Albus siguió de largo, dispuesto a encerrarse en su habitación.

— ¿Te tomas un té conmigo?

Hizo un gesto negativo con la cabeza, y se giró para seguir por el pasillo, pero Neville le alcanzó y le tomó del codo para que se girara, preocupado. se encontró con algo muy poco común: en los ojos verdes de su ahijado había lágrimas y apretaba con fuerza la mandíbula.

— Habla conmigo, Al.

Albus se soltó con brusquedad.

— Para ti siempre seré un niño, ¿verdad? Da igual lo que haga por acercarme a ti.

Neville se echó hacia atrás, impactado. Envalentonado, Albus dio un paso hacia él, y sin dejar de mirarle a los ojos, le agarró por la nuca y le besó.

Al separarse, no se paró a esperar, no podía aguantar un rechazo más directo que el hecho de que su beso no había sido correspondido. Sin decir nada más, se giró, y con toda la dignidad que pudo, se dirigió a su habitación y cerró la puerta con cuidado.


Iba por el tercer té, dos horas después, cuando la chimenea dio aviso de que alguien llegaba por flú. Se levantó y caminó pesadamente hasta la puerta del salón para encontrarse con Luna , envuelta en una estrambótica bata iridiscente bajo la que asomaban las perneras de un pijama adornado con pequeños corazones.

— ¿Has visto qué hora es, Luna?

— ¿Has visto tú que Albus se ha ido?

Neville se puso pálido y se giró para ir hasta la habitación de su ahijado. Tocó la puerta y entró sin esperar respuesta. Efectivamente, la habitación estaba recogida, el armario vacío.

— Está en La Madriguera. Lily me lo ha dicho hace un momento, se ha presentado sin dar explicaciones.

Apoyó la frente en el marco de la puerta y cerró los ojos, deseando que las últimas horas fueran un sueño.

— Voy a hacerte una infusión que no sea té o no dormirás en una semana.

La siguió dócilmente hasta la cocina y se sentó a la misma silla donde había estado desde que las piernas le habían fallado después de que…

— Albus me ha besado.

Luna no paró de moverse por la cocina, sacando las galletas y haciendo una infusión que seguramente solo ella bebería.

— ¿Por qué no pareces sorprendida?

— Vamos, Nev —le contestó sentándose frente a él con dos tazas en la mano—, sabías que esto podía pasar desde que lo invitaste a vivir aquí.

— Nooooo —respondió indignado.

— Si. Estuviste evitándolo desde que salió del colegio y de repente llegas y lo invitas a vivir contigo.

Neville apoyó los codos en la mesa y se sujetó la cabeza con las manos.

— Le llamé niño.

— Ohhh Nev —la mano de Luna se extendió a través de la mesa para acariciar una de las suyas.

— Es tan joven, Luna…

—Es Albus, siempre ha sido un alma vieja. ¿Por qué le ofreciste realmente que viviera aquí? Piénsalo.

Liberó la cara de las manos para mirar a su amiga.

— Porque no me gustó la idea de que se quedara solo en esa vieja casa.

Luna le miró sin decir nada, con un "y qué más" escrito en la cara.

— No lo sé, Luna —gimió lastimeramente, volviendo a esconder el rostro entre las manos—. Estoy confundido.

— Hay una diferencia entre querer ser su padre y querer cuidar de él, Nev.

— Mierda, Harry me va a matar.

— Hay más probabilidades de que sea Ginny la que te maldiga. Pero antes de preocuparte por eso, necesitas aclararte. ¿Te gustó el beso?

Aún con la cara entre las manos, Neville enrojeció furiosamente.

— ¿Quieres dejar esto correr y marcharte al colegio?

— Le ofrecí que viviera aquí mientras estoy en Hogwarts. Y no puedo marcharme si hablar con él de lo que ha pasado.

En la cara de Luna se dibujó una sonrisa triunfal.

— ¿Te das cuenta de que lo que quieres es que esté aquí cuando vuelvas a casa?

Neville se pasó las manos de la cara hasta la nuca, sin levantar la mirada de la mesa.

— Nev, hermano —Luna se levantó para sentarse junto a él y abrazarlo, Neville apoyó su frente en el hombro de la bata iridiscente—. El amor es una cosa cambiante. Puedes haberlo querido todos estos años como el niño del que te sentías responsable y ahora quererlo de otra manera, eso no te hace mala persona. No hay nada sucio en desear al hombre que es, porque nunca le habrías mirado con esos ojos siendo un niño.


Albus estaba sentado en la vieja cama de su tío Charlie. Habían pasado 24 horas desde su lamentable numerito y fuga de casa de Neville y se seguía sintiendo como la mierda. Un toque en la puerta lo sacó de sus meditaciones. Lo que le pilló desprevenido fue que el mismísimo objeto de sus pensamientos entrara por la puerta.

— Hola Albus —le saludó tímido.

Por segunda vez en un día, Albus hizo algo inesperado: se sonrojó y balbuceó, incapaz de hablar. Con una sonrisa nerviosa, Neville se sentó junto a él en la cama.

— Me gustaría que volvieras conmigo a casa.

Albus negó con la cabeza. Neville le ofreció una mano, que el moreno miró con duda. Con un suspiro, la retiró y se giró para verle mejor.

— Lo siento, Al. Por favor, habla conmigo.

— Me siento muy estupido, Neville. Creo que necesito un tiempo aquí para poder volver a mirarte a la cara.

El tono dolido de Albus fue demasiado para su padrino. Extendió la mano y, despacio, le acarició la mejilla. El joven cerró los ojos y disfrutó de la inesperada caricia.

— Vuelve a casa conmigo, por favor. Déjame arreglar este estropicio. No quiero irme al colegio dejándote así.

Albus le miró por fin a los ojos. Sus preciosos ojos verdes estaban enrojecidos e hinchados. No pudo evitar volver a levantar la mano y pasar los dedos por debajo.

— No soy un niño, Neville. Sé lo que siento y necesito que lo respetes si quieres que vuelva.

— Me parece justo —le contestó con una sonrisa, levantándose y tendiéndole la mano.

— Me voy a quedar un par de días más con los abuelos, este verano les he hecho muy poco caso. ¿Te parece?

Neville asintió. Entonces sí que Albus tomó su mano y se dejó levantar de la cama. El impulso les dejó muy pegados. Tanto que, si entraba alguien en aquel momento, no cabría duda de que había tensión no resuelta.

— Nev… —murmuró Albus sobre sus labios.

— Eres mi perdición, Al —refunfuñó echando un paso atrás—. Vamos, tu abuela nos espera para tomar el té. Y creo que necesito hacerle mucho la pelota a Molly de cara a lo que venga.

La risa de Albus al salir de la habitación, aún aferrado a su mano, le sonó maravillosamente


En el próximo capítulo...

El Profeta, en su edición francesa, había hecho de aquella noticia una portada a todo color y dos páginas en el interior. El titular bastó para saber que se había desatado la tormenta en Reino Unido. "El Elegido abandona a su mujer. Ginebra Potter, destrozada. Los Weasley claman venganza". La mierda seguía y seguía, con claras alusiones a infidelidad y a todas las cosas supuestamente malas y abyectas que había hecho Harry en su vida.

La puerta sonó una tarde de principio de agosto. Draco dejó sobre el fogón la tetera que acababa de coger para servirse un té. Caminó hacia la puerta, usando su varita para que la mirilla mágica le dijera quién estaba al otro lado. "Harry James Potter", se escribió en letras grandes y rojas en el aire ante él. Se quedó parado, sorprendido.