Recomendación musical: Raing – Empire of our own.
Este capítulo está íntegramente dedicado a MacrossLive, por sus puntuales reviews, por estar siempre pendiente de este fic y por sus valiosos consejos que me han sacado de más de un bloqueo.
Gracias por todo.
Ela.
Capítulo 15: La locura de los dioses.
— ¿Respuestas?— preguntó April en un susurro. Confundida, miraba al anciano monje como si se hubiera vuelto loco—. No recuerdo haber hecho ninguna pregunta.
El sacerdote sonrió con suficiencia, como si supiera algo que ella desconocía.
— ¿Por qué si no ibais a deambular por los corredores a estas horas de la noche?
"Me ha descubierto", pensó April para sí. Aquel hombre era inteligente, pero ella no tenía intenciones de contarle sus problemas a un completo desconocido.
— Me temo que no es asunto vuestro— concluyó tajante. Decidida a continuar con su solitario paseo, echó a andar en dirección contraria para alejarse de él.
Sin embargo, el monje no pensaba rendirse tan fácilmente. Hizo todo lo posible por seguir los pasos de April, a pesar de que le dolía hasta el último de los huesos del cuerpo. La pelirroja suspiró y maldijo a su conciencia, que le repetía una y otra vez que no era decente permitir que un anciano la siguiera, desesperado, por todo el palacio cuando parecía evidente que tenía dificultades para caminar.
Bufando indignada, se dio la vuelta para encararle.
— ¿Puedo saber por qué me perseguís?— gruño molesta. Aquel hombre estaba empezando a cansarla.
— Sólo quiero hablar con vos, mi señora— contestó el sacerdote, jadeando por el esfuerzo—. Llevo todo el día queriendo hacerlo.
— Pero si ni siquiera sé quién sois— protestó April con vehemencia. Aquello era ridículo y no estaba de humor para aguantar tonterías.
El monje se inclinó respetuosamente ante ella, en señal de disculpa.
— Es cierto y os pido mil perdones. Ha sido muy desconsiderado por mi parte— se excusó con sinceridad—. Mi nombre es Ciro y soy sacerdote en el Templo de Fortuna.
Las últimas palabras despertaron algo en la memoria de April. Había oído ese nombre antes, en las historias de su madre. Según Hitomi, era el templo más antiguo del ducado. Entre sus paredes los monjes custodiaban el secreto de Freid, el legado de Atlantis.
— Muy bien Ciro, sacerdote del Templo de Fortuna— repitió April, intentando conservar la paciencia—. Contadme de una vez, ¿qué es lo que queréis de mí?
— Ya os lo he dicho antes, deseo ayudaros a encontrar respuestas.
"Eso lo aclara todo", pensó April para sí. Estaba empezando a hartarse y quería terminar con aquella conversación lo antes posible.
— Y yo os he dicho que no he hecho ninguna pregunta— replicó ella, malhumorada—. Si eso es todo lo que tenéis que decirme, me temo que debo irme.
April echó a andar con decisión por el corredor y esta vez, Ciro no la siguió. Ella suspiró de alivio al pensar que aquella ridícula conversación sin sentido había concluido.
Entonces, la voz del sacerdote interrumpió el curso de sus pensamientos.
— Anoche visteis algo, mi señora. Un sueño que no podéis explicar. Por eso no sois capaz de dormir, por eso estáis aquí— dijo Ciro. Su voz sonaba anhelante, como si hubiera llegado al punto que más deseoso estaba por discutir, la razón por la que se había pasado el día entero buscándola a ella a pesar de lo cansadas que tenía las piernas—. Y apostaría todo lo que tengo a que no ha sido la primera vez, ¿verdad?
Las palabras de Ciro provocaron que April se detuviera en mitad del pasillo. Se dio la vuelta lentamente y sus ojos verdes brillaron al enfocar la encorvada figura del monje.
— ¿Qué es lo que habéis dicho?— preguntó April en un susurro.
— Os preocupan las pesadillas, ¿no es cierto?
April guardó silencio, incapaz de contestar. ¿Cómo podía saber aquel hombre todas esas cosas? Ciro se acercó a ella a paso lento, cojeando ligeramente, hasta cogerla de la mano. April notó que su piel era tan áspera al tacto como el pergamino, gastada por el tiempo y el uso.
— Tenéis miedo. Tenéis miedo de que vuestros sueños sean reales— continuó el monje, ante el mutismo de la joven frente a él.
Aquellas palabras provocaron que April, finalmente, reaccionara.
— ¿Quién le ha hablado de mis pesadillas?— cuestionó enfadada, soltándose bruscamente del agarre de Ciro.
Estaba atónita y confundida. ¿Cómo podía saber aquel hombre lo de sus pesadillas? Ella no se lo había contado a nadie, ni siquiera a Van o Merle, las personas en quien más confiaba. ¿Cómo lo había averiguado Ciro?
— Nadie. Lo sé sólo con mirar vuestros ojos. Puedo ver los fantasmas que os perturban.
April no podía creer nada de lo que oía. Estaba cansada de aquel hombre y de aquella conversación. Sólo quería estar sola.
— No sé con quién habéis estado hablando de mí, pero os ruego que a partir de ahora os mantengáis alejado de mi vida personal.
Se apartó de Ciro, intentando recuperar el control y la normalidad. Pero el sacerdote volvió a interrumpirla. Se arrodilló sobre las duras y frías piedras del suelo, agarrándose a la chaqueta de April como si fuera su tabla de salvación.
— Por favor, mi señora. Tenéis que escucharme— suplicó con vehemencia—. Sé cómo ayudaros, he visto estos síntomas antes: la fiebre, los temblores, la incapacidad para controlar el cuerpo… es la locura de los dioses, estoy completamente seguro.
April le lanzó una dura mirada, antes de hablar.
— ¿Intentáis decirme que estoy mal de la cabeza?— preguntó ofendida. Aquello ya era el colmo.
— Por supuesto que no— negó Ciro impetuosamente mientras seguía agarrado a la chaqueta de April—. Tan sólo intento explicaros lo que ha sucedido. Episodios como éste se repiten cada vez que los dioses intentan comunicarse con los humanos— April miró a Ciro como si temiera por su salud mental. Sin embargo, el sacerdote continuó, haciendo caso omiso de las miradas de su interlocutora—. Los dioses son poderosos pero nuestra mente es demasiado frágil y en ocasiones, se satura. De ahí procede el dolor y la fiebre… de la incapacidad de la mente para entender lo que está viendo. Creedme os lo ruego, ya lo he visto antes.
Sin embargo, April no le creyó. Y no sólo eso, aquel hombre acababa de agotarle la paciencia.
— Se acabó, no tengo por qué seguir escuchándoos— explotó la pelirroja, no quería oír ni una palabra más.
Ciro, que fue consciente de que ella no le confiaba en él, la soltó y se apoyó en la pared de piedra del corredor para incorporarse entre quejidos.
— Perdonadme, no pretendía ofenderos— se disculpó, haciendo gestos de dolor. Sabía bien que no conseguiría convencerla esa noche de que decía la verdad. Era testaruda y muy escéptica—. ¿Podremos hablar de nuevo más adelante?, ¿tal vez cuando estéis lista para escuchar la verdad?
— No, no lo creo…
Ella podía jurar que no tenía intenciones de volver a hablar con aquel monje en toda su vida.
— ¿Lo pensaréis al menos?
April no contestó, echó a andar por el corredor a toda prisa. Como si tuviera miedo de que el sacerdote quisiera volver a detenerla con sus absurdas locuras.
Ciro suspiró en cuanto perdió de vista su pelo rojo como el fuego en el recodo del pasillo. Las cosas no habían ido tan bien como esperaba. Sólo había conseguido ofenderla y que terminara pensando que era un lunático. Había desperdiciado la oportunidad de hacerla entender, de explicarle lo importantes que eran sus sueños.
Volvió a suspirar, frustrado. Tenía que pensar en otra táctica que le permitiera acercarse a April y contarle la verdad sin que ella pensara que se había vuelto completamente loco. Se encaminó lentamente, con todos sus huesos protestando por la actividad de las últimas veinticuatro horas, hacia la capilla de la Villa Imperial.
Tal vez rezar un poco le ayudara a obtener el beneplácito de los dioses.
…
Merle caminaba tranquilamente por las calles de Godashim. Era tan feliz que apenas podía contener su alegría.
Por primera vez en mucho tiempo tenía junto a ella todo aquello que siempre había deseado. En primer lugar Van, que ya no se comportaba como un adicto al trabajo y se permitía el lujo de acompañarla al mercado de la Ciudad de Piedra, algo que no había sucedido en los últimos años. Cada vez que viajaban a Freid, el ryujin solía encerrarse en la habitación que el Duque Chid preparaba para él en la Villa Imperial y tan sólo abandonaba la estancia para asistir a los banquetes y ceremonias indispensables.
Pero ahora, todo era diferente.
Porque Van caminaba a su lado, con una sonrisa en los labios, pendiente de los puestos del mercado, de las conversaciones… de Merle. No es que antes la ignorara, ni mucho menos, pero siempre se mostraba abstraído y pensativo. Aunque, en ese momento, los tiempos del resentimiento y la tristeza parecían haber quedado atrás.
Y por si todo eso fuera poco, Merle había encontrado a April. Desde aquella noche de tormenta en la que llegó a Fanelia, la pelirroja se había convertido en su mejor amiga. De hecho, pasaban juntas casi todo el día. April le hacía compañía, le hacía reír…
Todo había cambiado desde que ella había entrado en sus vidas.
Sin embargo, Merle no podía atribuirse en exclusiva el mérito de aquellos cambios. De hecho, creía que cierta mujer pelirroja de ojos verdes era la verdadera causante de la transformación que se había producido en Van en los últimos meses.
Merle había visto evolucionar la relación entre los dos a lo largo de los días. Van la trataba fríamente al principio, luego cortésmente y, ahora... se había creado entre ellos una conexión que cualquiera podía apreciar. Si mirabas atentamente, podías notar lo mucho que Van se preocupaba por April, aunque jamás dijera una palabra al respecto. Sus ojos oscuros siempre estaban pendientes de ella, rastreando la multitud hasta localizarla cada vez que la perdía de vista.
Como ahora. Merle podía ser muchas cosas, pero no era tonta. Había pillado a su medio hermano mirando a April de reojo unas cuantas veces a lo largo del día. Y cuando la pelirroja se reía, Van lo hacía también. De forma automática e involuntaria, como si la alegría que ella desprendía fuera contagiosa.
Merle no dejaba de pensar en lo caprichoso que era el destino. Había traído hasta ellos a April con un propósito desconocido. Desde entonces ella se había comportado como una luz que alejaba la tristeza y la soledad de sus vidas. Tal vez, y sólo tal vez, había llegado el momento de que Van dejara atrás el pasado y empezara de nuevo. Y quizás, sólo quizás, April podría ayudarle a hacerlo.
La voz de su amiga interrumpió el curso de sus pensamientos.
— Merle , ¿te apetece comer algo?
Los tres caminaban por una de las grandes avenidas de Godashim, admirando los puestos del mercado y disfrutando de la agradable brisa que soplaba desde hacía horas. Esta vez, Millerna, Dryden y Allen habían decidido permanecer en la Villa Imperial. Puesto que ya habían recorrido cientos de veces aquel mercado, debía de parecerles aburrido.
— Claro que sí, me muero de hambre— contestó la chica gato, frotándose el estómago con deseo.
April no pudo evitar reírse al verla.
— Eres insaciable, ¿lo sabías?
Van escogió aquel momento para intervenir.
— Será mejor que busquemos un buen lugar para saciar su apetito antes de que decida comernos a alguno de nosotros— Merle le observó sonreír de nuevo y sintió como su corazón se hinchaba de felicidad.
April los miró, alternativamente, con la alegría bailando en sus ojos.
— Ni siquiera lo intentes, te provocaría una indigestión.
Los tres se echaron a reír y, juntos, se encaminaron a uno de los puestos del mercado de Godashim donde servían una carne deliciosa.
Quince minutos más tarde, Merle atacaba su plato sin piedad ante la mirada estupefacta de April que jamás en su vida había visto a alguien comer tan rápido y del dueño del puesto, que la miraba con la boca abierta.
Van observó a April reír mientras contemplaba como su medio hermana se abalanzaba sobre una segunda ración de carne. La pelirroja parecía completamente recuperada del episodio de fiebres que había vivido el día anterior. No tenía aspecto de convaleciente, salvo por la sombra púrpura que las ojeras formaban bajo sus ojos verdes. Parecía cansada.
De repente, April se inclinó ligeramente sobre su asiento, acercándose a Van todo lo posible para que nadie la escuchara susurrar:
— Supongo que Merle no es la típica adolescente a la que debes chantajear con el postre para que se termine la cena.
A Van le costó un poco concentrarse, pero nadie podía culparle por eso. Estando tan cerca de ella, el olor que April desprendía embriagó sus sentidos durante unos segundos y, cuando ella habló, el aliento que empujaba sus palabras le provocó un escalofrío en todo el cuerpo. Se aclaró la garganta y mirándola a los ojos respondió.
— Nunca me ha hecho falta, la verdad— reconoció—. En realidad, Merle era capaz de terminarse hasta mi plato si no me daba prisa.
Los dos se echaron a reír, ganándose una mirada indignada de Merle. Pero la chica gato sólo fingía estar enfadada. Porque sentada allí, en aquella vieja mesa del puesto de comida y rodeada de las personas que más le importaban en el mundo, Merle se sintió como en casa. Como si, por fin, hubiera recuperado algo que le habían arrebatado cuando era pequeña: su familia.
…
— ¡Esperad!— gritó Van.
Estaba atardeciendo y el ryujin corría por la orilla del río Nayame, que en el idioma de la antigua Atlantis significa lirio. Los primeros habitantes de Godashim le dieron este nombre por los miles de lirios blancos que crecían en sus orillas. El río serpenteaba rodeando la ciudad de Godashim y Van, esquivando viandantes, seguía su curso tratando de alcanzar a April y Merle que iban unos pasos por delante de él.
Los márgenes del río estaban llenos de vegetación y de gente que se había acercado hasta el Nayame para contemplar la calurosa puesta de sol.
Van esquivó a los cuatro integrantes de una pequeña familia que se estaba refrescando junto a la orilla y, por fin, dio alcance a sus escurridizas acompañantes. Merle se estaba quitando los zapatos, para huir de la sofocante humedad que impregnaba el aire dándose un buen baño. La medio hermana del rey recorrió en segundos la distancia que la separaba del río y se zambulló de cabeza en las templadas y tranquilas aguas del Nayame. Cuando estuvo completamente empapada, llamó a gritos a Van y April para que la acompañaran.
— ¡Ni hablar!— exclamó April, mirando a Merle chapotear en el agua tal y como lo haría una niña pequeña—. Si me acercara a la orilla acabaría calada hasta los huesos en cuestión de segundos.
— Sería lo más probable— Van le dio la razón, ganándose una sonrisa por parte de April.
Como a ninguno de los dos le apetecía meterse en el agua, se sentaron juntos sobre la hierba que adornaba la ribera del río. Disfrutaron en silencio de la puesta de sol mientras, dentro del agua, Merle había empezado a jugar con otros niños.
Van apoyó el brazo en la rodilla derecha, que tenía levantada, y paseó su oscura mirada por la ribera del río. A medida que caía la noche, ésta se fue llenando de familias que festejaban el final de aquel caluroso día dándose un chapuzón. A pesar de que estaba anocheciendo, hacía calor y la humedad cargaba el aire, aumentando la sensación de bochorno. April se quitó la chaqueta y la dejó junto a ella, quedándose con la sencilla blusa que llevaba sobre los vaqueros negros.
Van siguió, atenta y disimuladamente, todos sus movimientos. Pero no podía evitarlo. April le atraía como no recordaba que nada le hubiera atraído en la vida. Sentado junto a ella, en la ribera del río, Van era consciente de cada nervio y de cada célula de su cuerpo. Se sentía vivo, libre.
"¿Qué demonios me está pasando?", se preguntó internamente. Jamás había experimentado nada semejante. ¿Qué tenía April que él anhelaba tanto?, tal vez su independencia, su valentía o la inteligencia que demostraba poseer. Al ryujin le hubiera gustado poder ser como ella, aunque sólo fuera un momento. Atreverse a vivir con tanta intensidad debía ser maravilloso. Volvió a posar los ojos en la figura femenina. ¿Qué tenía esa mujer que le resultaba imposible dejar de mirarla?, tal vez eran sus misteriosos ojos verdes o la franqueza con que siempre le hablaba. A April no le importaba si era el rey de Fanelia o un simple soldado, le daban exactamente igual los títulos y el linaje. Cuando miraba a los ojos de la gente, ella sólo veía personas. El resto no le interesaba lo más mínimo.
Como si quisiera torturarle aún más, April se recogió el pelo a la altura de la nuca, en uno de sus típicos moños bajos. Los ojos de Van se detuvieron en la franja de piel que la blusa dejaba al descubierto. Era pálida y suave y estaba cubierta de pecas que se amontonaban formando un patrón sobre la piel de los hombros. Aquel pequeño detalle de su cuerpo resultaba fascinante y sugerente.
April respiró profundamente, mientras intentaba no perderse las locuras de Merle. El aire húmedo llenó sus pulmones y cuando alzó la mirada hacia el cielo, descubrió miles de estrellas brillando sobre su cabeza. La noche caía sobre Godashim y la vista era inmejorable. Se sentía en paz con el mundo mientras contemplaba como se recortaban las dos lunas contra el cielo infinito.
Entonces, notó la profunda mirada de Van clavada en ella. Giró en su dirección y aquellos orbes oscuros la dejaron hipnotizada, nunca había visto unos ojos tan bonitos. April sintió como el ryujin la abrasaba con la intensidad de su mirada. En contra de su voluntad, experimentó una cálida sensación en el bajo vientre y no pudo evitar sonreír.
El rey de Fanelia desvió la mirada y en ese instante, la pelirroja recordó la pluma blanca y la rosa roja que descansaban cuidadosamente sobre la mesita de noche de su habitación. Con todo lo que había ocurrido en las últimas horas, April no había tenido ocasión de estar a solas con Van el tiempo suficiente como para agradecerle los regalos que el ryujin le había entregado dos noches atrás. Pero es que tampoco estaba completamente segura de que Van hubiera tenido verdadera intención de hacerle un regalo. Quizás, él sólo había dejado abandonada la rosa en el banco y ella la había encontrado por casualidad. Quizás, la pluma ni siquiera pertenecía a Van y ella estaba dándole vueltas al tema estúpidamente.
¿Y si se le daba las gracias y acababa haciendo el ridículo?, ¿y si, en cambio, se quedaba callada y Van terminaba pensando que no había valorado su gesto?
"Ryan, eres jodidamente bipolar", se reprendió a sí misma. Dirigió la mirada hacia las estrellas que poblaban el firmamento y se golpeó mentalmente por su indecisión. ¿Desde cuándo se había convertido en una cobarde?, es más, ¿desde cuándo dejaba de hacer algo sólo por lo que los demás pudieran pensar de ella?
Estuvo a punto de echarse a reír por su estupidez. Tal vez no volvería a tener una oportunidad como esa de estar a solas con Van sin que nadie pudiera oír sus palabras. Armándose de valor, April decidió darle las gracias antes de que fuera demasiado tarde. Y si él no había pretendido hacerle un regalo, al menos podría salir de dudas de una vez por todas.
— Escucha, Van…— dijo para llamar su atención. Y lo consiguió, el ryujin levantó la mirada al oír su nombre y clavó de nuevo sus ojos en ella, esperando averiguar que quería de él—. Hace un par de días que quería hablar contigo. Pero con todo lo que pasó ayer, no he podido encontrar el momento.
Van frunció el ceño, confundido y preocupado. ¿Por qué tenía tanto interés April en hablar con él?
— ¿Sobre qué?— quiso saber, ansioso. Pero no pudo evitarlo. ¿Desde cuándo las palabras "tenemos que hablar" presagiaban algo bueno?
April no contestó inmediatamente, se detuvo unos segundos con la mirada perdida en el firmamento, tratando de encontrar las palabras adecuadas. Pero sólo consiguió que Van empezara a ponerse nervioso. El ryujin estaba a punto de repetir su pregunta cuando la voz de April interrumpió sus pensamientos.
— Quería…— empezó ella algo insegura—… darte las gracias.
Decir que Van estaba desconcertado era quedarse corto. No entendía por qué April le daba las gracias en aquella ocasión. Intentó rememorar en su mente las últimas horas, en busca de cualquier cosa que hubiera podido hacer por la que ella sintiera que debía estar agradecida. Pero no encontró nada. Totalmente perdido, acabó por rendirse. April, simplemente, no tenía sentido. Jamás había conocido a una mujer como ella.
La pelirroja clavó su mirada en el rostro de Van. Vio desfilar por sus ojos oscuros la confusión que le habían provocado sus palabras, así que decidió ser un poco más específica.
— Por la rosa y la pluma— aclaró mientras notaba como el corazón se le aceleraba bajo las costillas.
Lo había dicho y no había vuelta atrás. April concentró su mirada de nuevo en Van, atenta a sus reacciones. Pero el rostro masculino se había endurecido hasta convertirse en piedra. Incapaz de soportar el silencio que se había instaurado entre ellos, decidió romperlo para aclarar las cosas.
— No sé si las dejaste expresamente para mí o fue mera casualidad que yo las encontrara— dijo, sin dejar de estudiar los rasgos de Van, intentado averiguar qué estaba pensando el ryujin. No consiguió sacar nada en claro, por eso continuó hablando como si nada—. Pero si lo hiciste, fue un regalo precioso. Así que… gracias.
"¿Lo ves?, no ha sido tan difícil", dijo para sus adentros, tratando de infundirse a sí misma algo de ánimo mientras esperaba la respuesta del rey.
Sin embargo, Van guardó silencio. Por fuera, parecía impasible e indiferente. Por dentro, ardía avergonzado. Se aclaró la garganta al sentir que se ruborizaba. Aquello era increíble. No se había sonrojado desde que era un inexperto adolescente, muchos años atrás.
Regalarle esa rosa había sido un error. Nunca debió haberlo hecho. No deseaba que April malinterpretara sus acciones. Después de todo era la hija de Hitomi, estaba cuidando de ella sólo por eso. Cuando regresaran a Fanelia, averiguaría el modo de llevarla de regreso a su hogar y April recuperaría su vida sin volver la vista atrás. Mientras tanto, tenía que volver a poner distancia entre ambos, no podía implicarse con alguien que desaparecería de su vida en poco tiempo.
"Hazle ver que no significó nada para ti", le aconsejó la voz de la conciencia.
— Sólo fue un detalle sin importancia— masculló malhumorado, en un tono frío y cortante que sorprendió a April.
Hacía semanas que Van y ella tenían una relación más o menos cordial. De hecho, en los últimos días, habían ido un paso más allá. Disfrutaban de la mutua compañía, como cuando trasnocharon por quedarse hablando durante horas en los jardines de la Villa Imperial.
Pero ahora… su mirada era glacial y la hostilidad de la que hacía gala consiguió intimidar a April. Parecía que sus palabras le hubieran ofendido, aunque ella no entendía por qué. Al menos, April había conseguido que el ryujin admitiera que, en realidad, sí había tenido intenciones de hacerle un regalo. "Algo es algo", se dijo internamente.
— Aun así, gracias— insistió ella, sintiendo como la burbuja de felicidad en la que había estado sumergida todo el día se desinflaba—. Nunca me habían regalado flores.
Van se encogió de hombros, restándole importancia al asunto.
El silencio cayó sobre ellos de nuevo, April dirigió su mirada hacia las personas que se bañaban en las tranquilas aguas del río, deseando deshacerse de la sensación de incomodidad que le estrujaba el estómago. Se abrazó las rodillas con los brazos, suspirando tristemente. Su única intención había sido la de agradecerle a Van el detalle que había tenido con ella. Pero sólo había conseguido ofenderle. No se trataba de que estuviera enfadado por su comentario, no. Ella sabía que había vuelto a alzar las barreras. Quería mantenerla alejada.
Captando la indirecta, April asintió. Pero una duda estalló en su cerebro, acallando cualquier otro pensamiento.
"La pluma", se dijo, "no le has preguntado por la pluma".
— Tengo una pregunta— se atrevió a decir, inquieta por su reacción.
— ¿Sólo una?— gruñó Van molesto. Ella siempre tenía miles de preguntas, parecía que nada podía saciar sus inmensas ansias de conocimiento.
April retrocedió por la hostilidad de sus palabras. Pero estaba decidida a no dejarse intimidar por aquel tono tan hosco, pues la curiosidad eclipsaba cualquier otro sentimiento que pudiera experimentar.
— Sé que compraste la rosa en el puesto del mercado, pero… ¿y la pluma? ¿De dónde la sacaste?
Van le sostuvo la mirada. Aquellas profundidades verdes reflejaban las estrellas y, a la luz de las dos lunas, el rey de Fanelia sintió como le envolvía el hechizo de sus misteriosos ojos. April le perturbaba, April le tentaba como nada antes lo había hecho.
"Es un poco tarde para mantener las distancias", reconoció para sus adentros, enfadado consigo mismo.
Con un suspiro, el poderoso rey de Fanelia admitió su derrota. Pero si lo que April buscaba era saciar su enorme curiosidad, Van no pensaba ponérselo fácil. Quería que se sintiera tan atraída por el enigma de la pluma como él lo estaba por los misterios que escondían sus ojos.
— Me temo, señorita Ryan, que eso es un secreto— respondió finalmente, arrastrando las palabras lentamente sin dejar de mirarla.
Pronunció aquellas palabras con una voz tan grave y dura que el corazón de April se saltó un latido. Pero bajo la dureza había algo más, ella podía percibirlo. Era como si la estuviera retando a resolver el acertijo.
¡Y vaya si quería hacerlo!
Van Slanzar de Fanel era un enigma en sí mismo. Un instante se comportaba como si quisiera mantenerla alejada y al siguiente la retaba a que se sumergiera aún más en los secretos que él le ofrecía. Van era un misterio en el que April deseaba zambullirse y que se moría por descifrar.
Antes de que ella pudiera contestar a su irresistible invitación, Merle salió corriendo del río y empezó a sacudirse el agua del cuerpo, salpicándola a ella y al ryujin en el proceso.
— ¡Cuidado, Merle!— exclamó la pelirroja divertida, intentando cubrirse.
Mientras April se limpiaba la cara, sin dejar de reírse, un destello en el agua llamó su atención. Parpadeo un par de veces intentando enfocar la vista y, cuando lo hizo, jadeó.
Había una mujer sobre la superficie del río. Su piel parecía brillar bajo la luz de las estrellas con un resplandor plateado, mientras la brisa zarandeaba su pelo rojo como el fuego. Aquella extraña mujer sonrió y una voz estalló, de repente, en la cabeza de April.
"Te estoy esperando, April Ryan".
— ¿Pasa algo, April?— preguntó Merle, mirándola con el ceño fruncido.
La voz de Merle distrajo a la pelirroja durante unos segundos. Cuando volvió a dirigir su mirada hacia el agua la mujer había desaparecido.
April meneó la cabeza, incrédula, mientras se frotaba los ojos.
— Nada— contestó finalmente y regresó la atención a la conversación que estaban manteniendo sus amigos.
Pero en el fondo de su ser, April sabía que no había sido un sueño ni una alucinación. Esta vez había visto a la mujer estando despierta. Estaba completamente segura de ello.
Sintió como el miedo le congelaba las entrañas.
…
Cuando, horas más tarde, April se quedó sola en la habitación que compartía con Merle en la Villa Imperial, estaba tan confundida y desorientada que le llevó dos minutos darse cuenta de que estaba intentando quitarse los vaqueros sin antes deshacerse de la botas. Cuando se hubo desnudado como era debido, se metió en la bañera para darse una buena ducha.
Salió del baño unos minutos después, completamente vestida y con el pelo empapado, y se tumbó sobre las frescas sábanas de seda de su habitación.
"Finalmente, me he vuelto loca", pensó. Sabía que a la larga las pesadillas acabarían por derretirle el cerebro. Lo que nunca pudo imaginarse fue que acabaría sufriendo alucinaciones incluso estando despierta. Pero ahí estaba, tan claro como la luz del día. Había visto a esa extraña mujer en el río, incluso pudo oír su característica voz distorsionada en la cabeza.
"April, amiga mía, lo que has visto hoy no es exactamente el producto de una mente sana. Uno no ve cosas así a menos que esté completamente colocado o como un cencerro".
Sin embargo, la voz de esa mujer resonaba como un mantra en la cabeza de la pelirroja: "Si no escuchas nuestras palabras, tus pesadillas continuaran. Dentro de poco, aparecerán incluso cuando estés despierta".
April no había dado importancia a aquella extraña promesa. Pero el augurio se había cumplido, ahora tenía pesadillas hasta cuando estaba despierta.
¿Qué significaba aquello?, y lo más importante ¿por qué le sucedía todo eso a ella?
Entonces, recordó al monje que la había interceptado en los pasillos de la Villa Imperial la noche anterior: "Os preocupan las pesadillas… tenéis miedo de que vuestros sueños sean reales…sé cómo ayudaros, lo he visto antes…es la locura de los dioses, estoy seguro."
En un primer momento, April había creído que Ciro no era más que un lunático que pretendía asustarla. Pero ya no. ¿Y si él tenía razón? Quizás, y odiaba tener que decir eso, debía hablar con Ciro. ¿Qué otra cosa podía hacer? Estaba desesperada y necesitaba respuestas. Tal vez aquel sacerdote estaba como un cencerro, pero era la única persona con la que podía hablar de ello.
En ese momento, unos golpes en la puerta de la habitación la distrajeron de sus funestos pensamientos.
— Adelante— dijo para dejar pasar a la persona que esperaba al otro lado, mientras se incorporaba lentamente sobre las sábanas de seda.
Van se adentró en la habitación. Había cambiado los pantalones negros y la camisa roja que había llevado todo el día por un uniforme negro y dorado, llevaba la capa ondeando sobre los hombros.
El ryujin paseó su oscura mirada por el rostro de April y supo, casi al instante, que algo le sucedía.
— ¿Te encuentras bien?— inquirió preocupado.
April obligó a los músculos de su cara a contraerse en un intento de sonrisa.
— Sí, es sólo que…— suspiró. Deseaba contarle la verdad, pero no pudo. Aquellos cansados ojos oscuros eran testigos de las muchas preocupaciones que descansaban sobre el rey de Fanelia. April no podía añadir otra más. Odiaba mentirle a una de las personas que más la había ayudado, pero esta vez tendría que enfrentar sola sus problemas—… creo que aún no me he recuperado del todo de las fiebres que sufrí ayer. Me siento algo débil.
— Si te sentías mal, no deberías haber salido de la cama— dijo Van, reprochándole con la mirada lo poco que cuidaba de su salud—. ¿Quieres que llame a Millerna?
April negó rápidamente. Aquello era lo último que quería.
— No es necesario, sólo necesito descansar un poco.
Van la estudió durante unos segundos. Luego, se acercó hasta ella para colocar una mano sobre su frente y comprobar su temperatura. Mientras lo hacía notó que April tenía el pelo húmedo y que su esencia impregnaba toda la habitación. El ryujin aspiró con fuerza la fragancia que ella desprendía, olía como la brisa de las montañas que transporta el inconfundible olor a primavera, cuando la nieve se derrite, los campos florecen y los días se alargan. Aquel olor despertó en Van recuerdos de su hogar en Fanelia y tuvo que recurrir a todos sus años de autocontrol para evitar sumergirse aún más en su pelo.
Por su parte April tenía otras preocupaciones. El simple e inocente roce bastó para hacerla temblar de los pies a la cabeza. Cuando él la tocó, se sonrojó hasta la raíz del pelo sin poder evitarlo. Y cuando Van habló de nuevo, estaban tan cerca el uno del otro que April pudo sentir el calor del aliento del rey en la piel.
— No parece que tengas fiebre— observó el ryujin, soltándola finalmente—. Aunque estás muy colorada, ¿seguro que te encuentras bien?
— Sí, sí…seguro— atinó a contestar April a duras penas.
"Maldita sea Ryan, concéntrate", se dijo, enfadada consigo misma. Respiró hondo un par de veces. Ella solía ser una mujer racional y segura de sí misma, no entendía por qué estar cerca de Van la ponía tan nerviosa. Cuando consiguió calmarse, intento cambiar radicalmente de tema.
— ¿Has venido a verme por alguna razón?— le preguntó.
— Lo cierto es que sí… Millerna me ha pedido que te pregunte si quieres asistir al banquete que celebra esta noche el Duque Chid. Es el banquete que cierra las celebraciones por su coronación — informó Van—. Aunque si estás enferma, tal vez debería decirle que no.
— Me harías un gran favor— respondió April. Lo último que le apetecía en ese momento era meterse en un ajustado y complicado vestido y asistir a una fiesta, por maravillosa que ésta fuera.
Van sonrió al contemplar su rostro alarmado.
— No puedo creer que tengas miedo de Millerna.
April bufó irritada.
— ¿Nunca te han dicho que eres muy gracioso?— protestó April sarcásticamente, mientras dejaba caer su cansado cuerpo sobre las almohadas de la cama.
El rey de Fanelia se encogió de hombros y se encaminó, con una sonrisa torcida, hacia la salida de la habitación. Justo cuando iba a abrir la puerta, giró sobre sí mismo para preguntar.
— Merle volverá en un par de horas, ¿seguro que puedes quedarte sola hasta que regrese?
April sonrió para tranquilizarle.
— No te preocupes, estaré bien— dijo simplemente—. Sólo serán un par de horas.
Van la miró intensamente unos segundos. Estaba tumbada sobre la cama, con las manos cruzadas sobre el estómago, y su pelo húmedo extendido de forma desordenada por la almohada. El ryujin se sintió extraño al contemplarla. Dentro de él se debatían la preocupación y el anhelo. Una profunda sensación que no sabía muy bien cómo definir.
Era un nuevo tipo de desesperación para la que no tenía nombre.
No podía seguir negando que le encantaba la forma en la que April le hacía sentir, como si una parte de la energía que ella desprendía se uniera a él, ayudándole a soportar el peso que cargaba sobre sus hombros. Pero no podía permitirse depender de April de ese modo. Antes o después ella se marcharía y él… Él volvería a quedarse solo.
"Es la hija de Hitomi", se recordó, "tu deber es protegerla hasta que pueda volver a casa".
Van sacudió la cabeza, asqueado consigo mismo por sus funestos pensamientos, y abrió la puerta con decisión. Estaba a punto de salir de la habitación cuando lanzó una última advertencia.
— No salgáis de la Villa Imperial hasta mañana, ¿de acuerdo?
April le lanzó una rápida mirada. El tono duro y severo de su voz indicaba que no era una broma. Van hablaba en serio, tenían completamente prohibido poner un pie fuera de los muros de piedra del palacio hasta que saliera el sol.
Ella se limitó a asentir. De todas formas, no pensaba desobedecer aquella orden. Van no tenía de qué preocuparse.
Cuando volvió a quedarse a solas, April suspiró apesadumbrada. No podía dejar de preguntarse, una y otra vez, si lo que había visto en sueños era o no eral.
A veces, pensaba que todo aquello era una locura. La parte racional de su cerebro no podía aceptar que sus sueños fueran algo más que pura fantasía. Sin embargo, una pequeña voz, oculta en el rincón más profundo de su mente, le susurraba continuamente que había otra explicación para sus pesadillas.
Entonces, April pensó en su madre. Hitomi se vio transportada a un mundo extraño y allí había tenido que afrontar el hecho de que podía ver cosas antes de que sucedieran, cosas que los demás no podían ver. ¿Cómo había podido su madre aceptar sus visiones sin volverse loca en el proceso? La pelirroja deseó con todas sus fuerzas tener la oportunidad de hablar con su madre de nuevo.
¿Y si le estaba sucediendo algo similar a ella?
Tres segundos después se echó a reír de sus ridículos pensamientos. Era una mujer de ciencia que no creía en toda esa basura sobrenatural. Se había obsesionado con sus pesadillas y estaba empezando a imaginarse cosas, eso era todo.
De repente, como si quisieran contradecirla, las imágenes de su último sueño desfilaron ante sus ojos como si de una película se tratase, provocándole un nudo en el estómago.
Van herido de muerte. Su agónico gemido de dolor. Su sangre manchando el suelo.
April se incorporó sobre las sábanas con el corazón acelerado. La horrible posibilidad de que todo lo que había visto fuera cierto planeaba sobre ella como una oscura nube de tormenta.
¿Eran o no reales sus sueños?
"Me temo que la única persona que puede responder a esa pregunta es Ciro", reconoció para sí.
Pero era completamente imposible. Aquello chocaba frontalmente con su mundo racional y analítico, con todo en lo que había creído en su vida. Dentro de su mente, la incredulidad y la duda libraban una duda batalla. Dos sentimientos imposibles de conciliar.
"¿Cuánto va a costarle al rey de Fanelia tu terquedad y tu indecisión?", le preguntó a April la voz de la conciencia, logrando que se estremeciera de pánico.
Van había arriesgado la vida por salvar la suya, la había acogido dándole un lugar donde vivir cuando no tenía por qué hacerlo, la había protegido, había depositado su confianza en ella… Aunque las posibilidades de que aquel sueño se hiciera realidad fueran ínfimas, ¿cómo iba a quedarse de brazos cruzados mientras existiera la más mínima posibilidad de que él estuviera en peligro? Si, por alguna razón que no podía comprender, sus pesadillas eran reales y ella no hacía nada, ¿cómo podría seguir viviendo? Si, pudiendo ayudar a Van, se negara a hacerlo por pura cabezonería y él resultara herido o algo peor (April ni siquiera quería pensar en ello), jamás podría perdonarse a sí misma.
April se levantó de la cama como un resorte, el fuego de la determinación le ardía en las venas. Tenía que encontrar a ese condenado monje y conseguir que le explicara qué demonios estaba pasando.
Tenía que hacerlo por él. Por Van.
…
April llevaba más de una hora rastreando palmo a palmo la Villa Imperial en busca de Ciro, sin embargo aquel extraño sacerdote parecía haber desaparecido sin dejar rastro. Cansada, frustrada y de mal humor se detuvo al pie de las escaleras del vestíbulo para pensar en su próximo paso. Ciro debía estar en alguna parte pero, ¿dónde?
Tenía que haber algún lugar en el que ella aún no hubiera mirado. Entonces se le ocurrió. Y estuvo a punto de golpearse por su estupidez. ¿Qué podría estar haciendo un sacerdote a esa hora de la noche sino rezar?
Echó a correr, tan rápido como le permitieron las piernas, en dirección a la zona más apartada de la Villa Imperial. Lejos de las áreas de invitados, en pleno corazón del palacio del Duque de Freid había un pequeño templo, destinado a los monjes que vivían en la corte y a la familia real. Millerna y el Duque Chid le habían hablado de él, decían que era un lugar ideal para meditar y apartarse del mundanal ruido.
El templo estaba situado en el jardín principal de los aposentos reales, resguardado por los muros de piedra del palacio. Allí, entre fuentes, flores y palmeras, los antecesores del Duque Chid habían construido un edificio de madera y piedra de varios cientos de metros de longitud. Estaba preciosamente decorado y su espectacular techo dorado, sostenido por columnas de color escarlata, contrastaba con la verdosa tonalidad del jardín.
April se detuvo junto a las pesadas puerta de doble hoja, que daban acceso al recinto, y de las que colgaban unas curiosas y enormes argollas doradas. Quiso entrar pero finalmente no lo hizo. Ella no era una persona creyente y sus padres tampoco lo eran, por eso no había entrado en muchos lugares sagrados a lo largo de su vida. ¿Qué iba a hacer dentro de un templo, ponerse a rezar? Además, si se atrevía a entrar, ¿no estaría profanando la santidad del lugar?
Se sobresaltó, sin poder evitarlo, cuando una voz interrumpió el silencio que reinaba en el ambiente.
— No tenéis idea de lo que me complace encontraros aquí.
April miró hacia atrás y descubrió a Ciro que se acercaba hasta ella a través del jardín, con una sonrisa en los labios.
La pelirroja le lanzó una mirada airada antes de contestar.
— Concededme un minuto para que vuelva a latirme el corazón— El pulso parecía habérsele detenido en mitad de un latido. Si aquel sacerdote continuaba acercándose a ella con tanto sigilo, April tendría que atarle un cascabel al cuello si no quería sufrir un infarto antes de los treinta—. ¿Os importaría mucho dejar de aparecer como por arte de magia?— le preguntó enfadada.
Ciro se limitó a sonreír, encantado. Había pasado el día ayunando, rezando y sumergido en el recogimiento. Pero cada segundo había merecido la pena. Porque ella estaba allí. Por fin una buena noticia.
Se acercó a April y ella le obsequió con una mirada gélida e indignada.
— No tiene ni idea de lo que me ha costado encontrarle, en primer lugar…
Pero Ciro la interrumpió, impidiéndole continuar descargando su frustración.
— ¿Os gustaría acompañarme para dedicar una plegaria a los dioses?
April parpadeó, muda de asombro.
— No estoy segura de hasta qué punto va a ayudarme rezar— respondió finalmente. La incredulidad y el recelo teñían su voz y no pasaron desapercibidos para el sacerdote.
Ciro estudió concienzudamente los rasgos de la mujer frente a él. La piel pálida, el pelo rojo como el fuego, la extraña indumentaria que vestía… pero eran sus ojos lo que más le interesaba al anciano monje. Resultaban abrasadores de tan intensos y reflejaban inteligencia, determinación... valor. Aquellas profundidades verdes poseían un brillo penetrante y especial.
La luz de los dioses. No cabía duda. Ciro ya había visto aquel resplandor antes, en otros ojos. Estaba completamente seguro de que la Fortuna había elegido a aquella muchacha por alguna razón y estaba decidido a averiguarla.
— Cuando todo parece perdido rezar es lo único que nos queda, ¿no os parece señorita Ryan?
La pelirroja miró a Ciro fijamente durante unos segundos. Parecía tan seguro de su credo y de sus ideales que April no se atrevió a contradecirle. Aunque tampoco tenía intenciones de iniciarse en ninguna clase de culto. Por eso, quiso rechazar cortésmente la invitación a participar en las plegarias del monje.
— No se me da muy bien depositar mi confianza en instancias más poderosas que yo.
La devoción y la fe eran palabras extrañas y absurdas para April, que sólo creía en aquello que podía ver.
— Veo que sois una auténtica escéptica, mi señora— constató Ciro sin dejar de mirarla—. Pero está bien. Nosotros los devotos creyentes necesitamos de vosotros, los realistas empedernidos, para mantener el equilibrio. Así es como funciona la naturaleza: la luz y la oscuridad, el orden y el caos, el bien y el mal. Cada fuerza de este mundo tiene su opuesto y no puede existir sin ese antagonista. La dualidad permite equilibrar el universo.
April guardó silencio, sin saber bien qué decir. Ciro se dirigió entonces hacia la puerta del templo y la empujó con decisión hasta que consiguió abrirla. Antes de entrar, se volvió hacia ella.
— Aun así, me gustaría mucho que me acompañarais.
La pelirroja contempló a Ciro mientras se adentraba entre las sombras del interior. April, algo insegura e incómoda, decidió seguir los pasos del sacerdote. Necesitaba hablar urgentemente con él, ¿qué más daba que fuera dentro de un templo?
El interior era fresco y estaba revestido de mármol negro. Excepto los altos techos, de madera pulida, que brillaban a la luz de los candelabros esparcidos por las paredes. La sección central del templo, delimitada por enormes columnas doradas y una larga alfombra carmesí, llevaba directamente al altar mayor. Más allá, en las paredes laterales, se sucedían alternativamente pequeñas ventanas rectangulares, que dejaban pasar la luz, y artísticos murales de lo que April supuso sería una representación de los dioses y creencias de Freid.
El recinto estaba vacío cuando ellos entraron y el silencio reverberaba en las paredes de mármol como los acordes de una canción tan antigua como el mundo. Ciro se encaminó despacio hacia el fondo de la nave y se arrodilló con cuidado ante los escalones que separaban el altar mayor del resto de la estancia. Dichos escalones estaban llenos de flores y velas, ofrendas que los monjes se encargaban de preservar.
La pelirroja no tenía ni idea de lo que se suponía que tenía hacer. ¿Debía arrodillarse también o esperar junto a la puerta a que Ciro acabase lo que fuera que quisiese hacer? Sin embargo, el sacerdote clavó sus profundos y ancianos ojos en ella y la instó a acercarse hasta él con un gesto de la mano.
April decidió acompañarle. Total, no tenía nada que perder. Cuando llegó junto a Ciro, éste la cogió de la mano y le pidió que se arrodillara sobre la alfombra carmesí. La pelirroja lo hizo y entonces, su mirada se dirigió inconscientemente hacia el altar. Allí, sobre el mármol negro, descansaba una enorme estatua labrada en piedra. A April le recordó a las famosas efigies de Buda, pero era evidente que se trataba de una mujer. Estaba de pie y era tan grande que tuvo que estirar el cuello para apreciarla en su totalidad. Una diadema sujetaba su pelo, largo y suelto, y vestía una especie de toga que llegaba hasta el suelo. Apoyaba la mano derecha junto a la cara, mientras con la izquierda sujetaba un enorme cayado que terminaba en una perfecta media luna en la parte superior.
Aunque sus enormes ojos miraban sin ver, había algo en aquella extraña figura que consiguió que a April se le pusiera de punta el vello de la nuca.
— Ella es Fortuna— explicó el monje, al notar que la pelirroja miraba embelesada la escultura—. La madre de todas las cosas, la más grande de la tríada de Atlantis.
— ¿La tríada de Atlantis?— quiso saber April, totalmente confundida ya que Hitomi nunca le había hablado de aquello.
— Los tres dioses que un día rigieron Atlantis.
April dirigió la mirada de nuevo hacia el altar. ¿Así que esa mujer era una diosa de los antiguos atlantes? No sabía por qué, pero no podía dejar de mirarla. Había algo místico y espiritual en sus perfectos rasgos cincelados. A su lado, Ciro había tomado un instrumento para quemar incienso y el olor de la resina consiguió que April apartara finalmente los ojos de la mujer de piedra.
— ¿Os gustaría acompañarme en una pequeña plegaria?— le preguntó Ciro con una sonrisa sincera adornando su anciano rostro.
— ¿Y a quién se supone que le estamos rezando?
Ciro volvió a sonreír y cogió delicadamente las manos de April entre las suyas.
— Al Universo. A la roca que forma este suelo, al aire que nos rodea…— dijo, y su voz sabia y poderosa reverberó en las paredes del templo—… a ti.
Hola de nuevo!
Aquí estoy con un nuevo capítulo recién salido del horno. Es más largo que los anteriores y lo hago como una pequeña compensación porque tardaré un poco más de lo normal en volver a actualizar (estoy de exámenes, ya saben)
Espero que el capítulo os guste y os deje un buen sabor de boca porque a mí, personalmente, me ha encantado escribirlo.
Por otra parte, quiero agradecer como siempre los reviews que me dejan en cada capítulo y que me hacen escribir más feliz cada capítulo. Miles de gracias a: MacrossLive, Annima90, Alice Cullen, Mara, 7 y Paulina. Sin vosotros no sería lo mismo, muchas gracias por todo.
También quiero agradecer a las decenas de personas que leen cada semana este fic aunque estén en las sombras. Gracias por estar ahí, de corazón.
Y por último, me gustaría contestar los reviews anónimos que recibió el capítulo anterior:
Alice Cullen: Muchas gracias Alice por tus palabras. Sé que te gusta Van tanto como a mí y no sabes cuanto me alegro de que te guste esta historia tanto como dices. Espero que este nuevo capítulo también te atrape como los anteriores. Muchas gracias por estar siempre ahí y miles de besos.
Mara: Bienvenida al fic Mara. Es un placer para mí que te haya gustado esta historia. Espero que disfrutes de los capítulos que van a llegar tanto como has disfrutado con los anteriores. Y tienes razón, por supuesto. Este fic es más que una historia de amor. Pero ya lo verás. Miles de gracias por tus palabras y por estar ahí. Besos.
7: jajajajaj, vale. Dejemos el misterio en el aire por el momento. Así que te ha gustado el capítulo? No sabes cuanto me alegro, de verdad. Esos 3 van a causarle a April muchos problemas, ya lo verás en su momento. Miles de gracias y de besos por estar ahí desde el primer día. Saludos =)
Paulina: Hola de nuevo Paulina! =) estás intrigada? A lo mejor soy un poco mala, pero me alegro de que el capítulo anterior te atrapara. Esperemos que el nuevo también cumpla con tus expectativas. Muchísimas gracias por tus palabras y por leerme y dejarme review en cada capítulo. Lo aprecio mucho. Miles de besos.
Eso es todo lo que quería decir.
Nos vemos en el siguiente.
Ela.
