Gordes, Provenza Francesa.
Acostumbrado al clima y al paisaje de Reino Unido, James estaba maravillado con La Provenza, con sus montes, campos y pequeños pueblos antiguos. También había visto el Mediterráneo por primera vez, nada que ver con el arisco Atlántico. La luz allí era tan diferente a la de Londres que podía entender la añoranza de Scorpius por su hogar.
La casa de los Malfoy no era para nada lo que esperaba, al menos por fuera. Era una casita de campo, con enredaderas de flores moradas en la fachada y aspecto de ser muy antigua, rodeada de un cuidado jardín. Soltó la mano de Scorpius por tercera vez para secársela. Estaba nervioso, muy nervioso.
La idea de conocer a los padres de su chique, con la historia que además tenía el señor Malfoy con su padre... Temía decir o hacer algo indebido. Todos los sangrepura que había conocido, quitando a sus abuelos y a los Lovegood, tenían un palo en el culo. Y a él, en el fondo, le intimidaba ese tipo de gente.
Scorpius le miró de refilón, antes de abrazarle por la cintura y ponerse de puntillas para besarle en la mejilla.
— Relájate, Jamie. A mis padres les vas a gustar, ya verás.
James respiró hondo y soltó el aire lentamente.
— ¿Me prometes no dejarme solo?
Recibió otro beso en la mejilla y un apretón en la cintura.
— Líbreme Merlín de dejarte solo a merced de mi malvado padre o mi madre comepelirrojos.
El pelirrojo no pudo evitar una carcajada, justo en el momento en el que la puerta de la calle se abrió y apareció la versión madura de Scorpius. Intentando acallar la carcajada, James comenzó a toser y, evidentemente, a ponerse muy rojo. Scorpius trataba de ayudarle dándole pequeñas palmadas en la espalda, mientras el señor Malfoy los observaba a los dos con gesto divertido. Finalmente, se apiadó de James e hizo venir de la cocina un vaso de agua. Se lo tendió y esperó a que su respiración se acompasara de nuevo.
— Sería terrible que murieras antes de que nos pudieran presentar, hijo.
Scorpius soltó una risita y volvió a tomar la mano de James.
— Papá, te presento a James Potter. James, mi padre, Draco Malfoy.
Draco le tendió la mano, que James consiguió estrechar con bastante firmeza.
— Es un placer, James. Pasad.
— Gracias — dijo James con voz ronca, entrando en el pequeño recibidor, aún con el vaso en la mano.
— Estoy acabando el almuerzo, podéis pasar si queréis conmigo a la cocina o instalaros en el salón.
— ¿Dónde está mamá?
Una mirada de Draco, que caminaba ya pasillo abajo hacia la cocina, bastó para que Scorpius entendiera.
— ¿Te enseño la casa? asi te tranquilizas —bromeó Scorpius—. Es la primera vez que veo a alguien estar al borde de la muerte por una carcajada.
— Terriblemente graciose tu. Enseñame tu mansión, peque.
Tras la visita, breve, porque realmente era una casa pequeña para un Malfoy, se dirigieron a la cocina. El señor Malfoy estaba poniendo la mesa para cuatro personas.
— Huele estupendamente, papá —halagó Scorpius.
— James, siéntate, por favor, mientras mi hije te ofrece un refresco y pone sobre la mesa los aperitivos que estoy preparando —dijo sin darse la vuelta, concentrado en revisar el asado en el horno.
— Es cierto que huele bien, señor. Al nivel de la cocina de mi abuela Molly. Puede preguntarle a Scorpius.
Draco no pudo evitar mirar sorprendido a su hija, desconocía aquello.
— Fuimos con Lily, que decidió que la casa de sus abuelos era terreno neutral para las vacaciones. James quería presentármelos sin más familia por medio. Fueron muy acogedores.
James sonrió. Realmente había sido así, sus abuelos eran los únicos que se estaban manteniendo neutrales en el divorcio de sus padres y seguramente también eran los únicos que no sabían que Ginny culpaba al padre de Scorpius del fracaso de su matrimonio.
La chimenea sonó y en unos segundos Astoria Malfoy estaba entrando por la puerta de la cocina. La primera impresión de James al verla en persona fue de una persona llena de energía. Entró con un periódico en la mano y el ceño ligeramente fruncido, que sustituyó rápidamente por una gran sonrisa al ver a su hije.
— ¡Mamá!
En dos pasos, ambos se encontraron en el centro de la cocina fundides en un gran abrazo.
— Mírate, estás guapísime. Me encanta el pelo así —le dijo con orgulloso tono maternal Astoria al romper el abrazo, sujetando una de sus manos mientras con la otra peinaba su cabello recién cortado.
— Mamá, déjame que te presente a James. —Llevó de la mano a su madre hasta la mesa, mientras James se ponía en pie para saludarla con una ligera inclinación antes de tenderle la mano— James, mi madre, la sanadora Astoria Malfoy.
— Es un gran placer conocerte por fin, James —respondió ella con calidez, estrechando su mano con la misma mezcla de fuerza y delicadeza que lo había hecho Scorpius el día que se conocieron.
— El placer es mío, sanadora Malfoy.
— Me temo que en septiembre seré profesora Malfoy para ti. Pero de momento podemos dejarlo en Astoria si te parece —le dijo con un guiño y una sonrisa cómplice—. Hola cariño —saludó a su esposo, acercándose a besarle brevemente y entregándole el periódico cuidadosamente, ocultando el titular de la vista de los chiques.
Ambos jóvenes vieron a Draco palidecer levemente al ver la portada del periódico. Astoria posó una mano sobre su hombro y apretó con cariño.
— ¿Tomamos ese aperitivo? —preguntó Scorpius, rompiendo la tensión.
Charlaron mientras comían, sobre todo de medimagia. A la hora del postre, Astoria propuso tomarlo en el jardín, protegidos por hechizos refrescantes. Mientras salían, Scorpius tomó el periódico, que su padre había dejado apartado en el mostrador de la cocina. Abrió muchísimo los ojos al leer los titulares. Entendió porqué su padre lo había dejado fuera de la vista de James.
— ¿Deberíamos decírselo? —preguntó la voz de su madre a su espalda— . Su familia no puede contactar con él.
— ¿No será incómodo para papá? — preguntó a su vez, ojeando el artículo.
— Quizá prefiera saber qué es cierto y qué no entre ese montón de basura.
Suspiró, cerrando el periódico y siguiendo a su madre por la puerta trasera al jardín.
Se sentó junto a James, que en ese momento estaba hablando con su padre sobre el seminario que Draco daría ese otoño en la facultad de Medimagia.
— Jamie, creo que deberías ver esto —le dijo, tendiéndole el periódico.
El Profeta, en su edición francesa, había hecho de aquella noticia una portada a todo color y dos páginas en el interior. El titular bastó para saber que se había desatado la tormenta en Reino Unido. "El Elegido abandona a su mujer. Ginebra Potter, destrozada. Los Weasley claman venganza". La mierda seguía y seguía, con claras alusiones a infidelidad y a todas las cosas supuestamente malas y abyectas que había hecho Harry en su vida.
— Pobre papá —se lamentó James, dejando el periódico sobre la mesa—. Mi madre está fuera de sí. No hay otra persona, al menos no la hay ahora.
Los tres Malfoy lo miraron intentando entender. James se dio cuenta de que había hablado de más y se revolvió incómodo, tomando el platillo con la tarta de la mesa.
— No vamos a juzgar a tu padre, James —le consoló Scorpius, poniendo la mano sobre su rodilla.
James negó con la cabeza.
— La única otra persona con la que mi padre ha estado en su vida ha sido usted, señor Malfoy —dijo mirándole directamente a los ojos—. Y mi madre ha utilizado eso todo este tiempo para mantenerlo atado a base de culpabilidad.
Draco dejó de respirar por un momento. Aquello cambiaba las cosas.
— Disculpadme un momento —dijo con la garganta apretada, levantándose y entrando en la casa.
James se sintió muy mal al ver el gesto descompuesto de su anfitrión al irse. La mano de Scorpius buscó la suya y la apretó.
— Jamie.
No consiguió que le mirara.
— James, mírame por favor.
El pelirrojo levantó los ojos. Se dio cuenta de que la señora Malfoy tampoco estaba y miró a Scorpius lleno de remordimiento.
— Lo siento Scorp, he sido insensible. Quizá será mejor que me marche.
Pero su chique no le dejó levantarse siquiera.
— James, déjame explicarte.
— Yo no...
— Está conmovido porque aún lo quiere.
James le miró con los ojos muy abiertos.
— ¿Pero y tu madre?
— Ella lo sabe, ¿recuerdas? No te preocupes. ¿Quieres que llamemos esta noche a tu padre?
La puerta sonó una tarde de principio de agosto. Draco dejó sobre el fogón la tetera que acababa de coger para servirse un té. Caminó hacia la puerta, usando su varita para que la mirilla mágica le dijera quién estaba al otro lado. "Harry James Potter", se escribió en letras grandes y rojas en el aire ante él. Se quedó parado, sorprendido.
No pudo evitar mirarse en el espejo que había en el recibidor. La camisa blanca estaba remangada, dejando ver sus antebrazos, tatuados los dos. Hizo un pequeño glamour para disimularlo sin necesidad de bajarse las mangas. Los pantalones color caqui eran cómodos y frescos y su pelo estaba aceptablemente bien peinado.
Hizo una profunda respiración antes de abrir la puerta.
— Hola Draco.
El estómago se le hizo un nudo. Era su Harry. Más maduro, con algunas canas y unas ojeras muy marcadas. Pero esa sonrisa nerviosa era la misma que había tenido cuando, en cuarto curso, le había pedido que bailara con él en el Baile del Torneo.
— Harry... Oh Morgana, no puedo creer que...ven aquí.
Abrió los brazos y el abrazo fue largo, apretado y muy cálido. Cerró la puerta con un gesto y ahí, en el pasillo de su casa de La Provenza, se permitió abrazar a Harry con todo lo que tenía después de 27 años. Y parecía que no había pasado el tiempo, que se estaban despidiendo en la puerta de Malfoy Manor, justo antes de que los aurores vinieran a buscarlos para acompañarlos a los trasladores que los llevarían al exilio a Francia.
Estaba emocionado, no podía evitarlo. A pesar de que los dos tomaron en ese momento la decisión que les pareció más correcta, en nombre de sus familias, había tenido tiempo de sobra para reflexionar. No se arrepentía, había tenido una buena vida, pero no pensaba desaprovechar la oportunidad que el destino, y la idiota de Ginebra, le habian puesto delante. No quería soltarlo, no quería romper ese abrazo. Y entonces lo sintió, la humedad en su hombro, donde Harry escondía la cara,los pequeños estremecimientos en su pecho. Y sus propios ojos se llenaron de lágrimas.
No había visto llorar a Harry desde que le tuvo que consolar tras la muerte de su padrino. Aquella noche lloraron mucho los dos, Harry por Sirius y él por su padre encarcelado y las consecuencias que sabía iba a haber. Ya en aquel momento Draco tuvo que asumir que no tendría la vida que había soñado en silencio, sino que debería agachar la cabeza y asumir los planes que su familia tuviera para él.
Cuando lo notó más calmado, deshizo el abrazo. Harry parecía avergonzado, con la nariz enrojecida y los ojos hinchados, mirando al suelo. Con una sonrisa, lo abrazó por el hombro y lo llevó a la cocina, donde lo sentó ante una taza de té.
— Siento haberme presentado así.
— No pasa nada —le respondió, sentándose frente a él con otra taza de té—. Aun sigo sin creer que estás aquí— le susurró, conteniendo las ganas de estirar una mano y ofrecérsela, para volver a entrelazar sus dedos.
Conocía a ese Harry, al Harry avergonzado de sus emociones, parecía que los años no habían hecho sino empeorarlo, así que le dio su espacio, como hacía de niños.
— No he podido evitarlo, ¿sabes? Le pedí a James la dirección.
Los ojos verdes, enrojecidos, se levantaron por fin a mirarle. Draco había cambiado mucho más que él. Su cabello ahora era largo, recogido en una trenza. Su cara ya no era afilada, con los años sus rasgos se habían suavizado, transmitiendo esa bondad de la que su hijo hablaba continuamente.
— Te ves bien. Feliz.
Draco sonrió. Hasta su sonrisa había cambiado, era más cálida, más segura. Y Harry quería volver a sus brazos y olvidar, olvidar lo que había dejado atrás en Inglaterra.
— Me gustaría decirte lo mismo. ¿Cuánto hace que no duermes en condiciones?
— ¿Cuánto hace que no duermo contigo?
— Oh, Harry.
No pudo aguantar más y se levantó para sentarse en la silla más cercana y, al menos, poder posar su mano en su antebrazo para confortarlo. Harry puso la mano sobre la suya y apoyó la cabeza en su hombro.
Entonces se oyó abrirse la puerta de la calle y la voz de Astoria.
— ¿Cariño? espero... oh.
Astoria acababa de entrar por la puerta de la cocina, donde siempre encontraba a su marido a esas horas tomando el té. Un Harry Potter con aspecto de sentirse muy culpable se separó rápidamente de Draco. Los ojos grises le transmitieron muchas cosas al mirarla.
Astoria dio media vuelta y le hizo una seña con la mano mientras vocalizaba un "salón" mudo. Draco murmuró algo al oído de Potter, que parecía terriblemente avergonzado, y se levantó rápido para hablar con su mujer.
— Ha aparecido por sorpresa —Se justificó Draco.
Astoria no dijo nada, solo le abrazó. Sabía, ella sabía todo lo que significaba esa visita. Y estaba feliz por Draco.
— Déjame que coja algunas cosas y me iré unos días a casa de Michelle.
—¿No te importa? ¿qué se quede en casa?
— Para nada. Te llamaré mañana. Habla con él, explícale.
Draco volvió a abrazar a su esposa y agradeció a la vida la inmensa suerte que había tenido cruzándose con ella en su exilio.
Al volver a la cocina, Harry estaba mirando fijamente el fondo de su taza vacía.
— ¿Quieres más té? —preguntó, acercándose a la hornilla a coger la tetera.
— Siento haberte puesto en esa situación. Debería marcharme — le contestó, haciendo amago de levantarse de la silla.
Draco fue más rápido y llegó junto a él. Le puso una mano en el hombro mientras le obligaba a volver a sentarse y le rellenaba la taza. Después, se sentó junto a él.
— Astoria no está enfadada, Harry. Los dos sabíamos que, con lo que te está pasando, esta visita era una posibilidad. Ella se va a marchar unos días a casa de un amigo.
Harry lo miró muy confundido.
— Harry —Draco le acarició de nuevo el antebrazo sobre la ropa—, todo está bien, de verdad.
El sonido del flú se escuchó muy claro desde la cocina, Astoria se había marchado.
— Vayamos al salón, estaremos más cómodos.
Caminó junto a él , sin tocarle de nuevo. El pasillo estaba lleno de fotografías de los tres, de sus viajes, reuniones familiares, cumpleaños y navidades. También reconoció a Daphne, la hermana de Astoria, con su marido y sus hijos. Se detuvo ante una que le dejó perplejo: en el centro, Scorpius con la túnica del colegio, bajo la que se distinguía claramente la falda gris del uniforme y los calcetines hasta las rodillas. Junto a elle, sus padres y otras dos personas, cuyo lenguaje corporal delataba cercanía. Uno de los hombres, de cabello castaño y barba, tomaba sutilmente a Astoria por la cintura.
— Es el día de la entrega de diplomas de Scorpius, al acabar la escuela.
Harry asintió, en la mano de Scorpius se distinguía el diploma. Era una foto mágica, con la otra mano Scorpius se retiraba la larga melena de la cara.
— Ahora entiendo cuando James hablaba de ambigüedad —comentó en voz baja.
— No fue fácil, pero nunca estuvo sole.
Harry no se movió. El Draco de la foto sonreía de esa manera nueva que había descubierto.
— Él es Michelle. —Señaló con el índice al hombre que sujetaba a Astoria por la cintura— Y ella Silvia.
Siguieron caminando hacia el pequeño salón, mientras Harry se preguntaba por la importancia de esas dos personas. En esa pared no había visto a los padres de Draco.
Se sentaron en el sofá, Draco dándole de nuevo espacio.
— ¿Qué haces aquí, Harry? —preguntó Draco por fin.
— Pensaba que Scorpius o tu madre te lo habrían dicho. He venido con Andrómeda.
— Mi madre y yo no hablamos mucho últimamente —respondió en un tono más bajo.
— Tu tía y ella han debido de estar carteandose estos meses desde que Scorpius y Andy se conocieron. Así que decidió alquilar una casa para el verano cerca de tus padres y ver qué pasaba con su hermana.
— ¿Y necesita que la escolte el jefe de aurores?
Harry negó con la cabeza, seguía sin mirarle directamente.
— Yo necesitaba salir de Inglaterra.
Draco se echó hacia delante, intentando encontrar la mirada verde.
— Cuéntame.
Y Harry habló, todo lo que tenía dentro y no había podido hablar en 27 años. Cuando se hizo de noche, Draco encendió las lámparas y llevó la conversación a la cocina.
Eran las once de la noche cuando, agotado, Harry dio por terminado su desahogo. Estaban en el jardín, cada uno sentado en una cómoda hamaca y con un chocolate caliente en la mano.
— Me pareció que James apoyaba tu decisión de separarte.
El auror dejó de contemplar el cielo estrellado para girarse hacia Draco.
— Ellos tres me dieron el impulso que necesitaba. Son estupendos.
Permanecieron un rato más en silencio, escuchando los sonidos del campo.
— ¿Qué vas a hacer ahora?
Harry se incorporó, dejando la taza con cuidado en el suelo, y se sentó de lado en la hamaca, mirando hacia el rubio.
— No tengo un plan más allá de firmar el divorcio y buscar un lugar tranquilo para mi. Solo quiero paz.
Draco se incorporó para quedar frente a su invitado. Le sonrió y estiró la mano para quitarle el flequillo de la cara como cuando eran adolescentes.
— ¿Y qué esperas de esta visita?
— Conocerte —respondió con seguridad Harry—. Tu hije me insistió en que has cambiado mucho, y veo que tiene razón.
Sonrió un poco más.
— Podrías quedarte unos días.
— ¿Aquí? ¿En tu casa?
— Astoria se ha marchado para dejarnos tiempo a solas. No me mires así —le dijo, tomando la taza del suelo—. No hay nada sucio en mi propuesta, puedes dormir en el cuarto de invitados si lo prefieres.
— Sigo sin entender nada de esto.
Draco se levantó y le tendió la mano para ayudarle a levantar. Harry la tomó con cuidado.
— Si Astoria tuviera un problema con que estuvieras aquí te habría maldecido nada más entrar, créeme.
Harry despertó al día siguiente desubicado. Parpadeo varias veces intentando aclarar su visión y reconocer la habitación en la que estaba. Al ver los árboles del jardín por la ventana recordó de golpe. Estaba en casa de Draco. Oh Merlín, ¡había pasado la noche en casa de Draco! ¿Que clase de universo paralelo era aquel?
Se quedó un rato boca arriba, mirando el techo, mientras repasaba el día anterior. Había sido tan fácil, tan cómodo. El Draco que estaba viendo era incluso mejor que el de sus recuerdos. Pero toda esta situación con Astoria... Sabía que ahí había algo.
Tomó su varita para hacer un tempus. Salió de un salto de la cama al darse cuenta de que eran más de las diez y media. Que pésimo invitado. Al pasar por delante de la ventana, lo vio en el jardín. No pudo evitar detenerse un poco más a mirarlo.
Estaba sentado en la mesa que tenían en el jardín, con una camisa azul remangada de nuevo hasta los codos y un pantalón de color gris. Esta vez llevaba el pelo suelto cayendo sobre los hombros y unas gafas de montura metálica rectangular. Tenía el periódico en una mano y una taza en la otra. Y sobre la mesa esperaba un desayuno completo.
Tardó cinco minutos en asearse y ponerse la ropa del día anterior, después de hacerle un rápido tergeo. Cuando salió al jardín, Draco había terminado el café y seguía enfrascado en la lectura.
— Buenos días —saludó desde la puerta.
Su anfitrión levantó la mirada y le recibió con esa sonrisa que empezaba a gustarle tantísimo.
— Buenos días. ¿Has descansado?
— Mucho —respondió, sentándose ante el servicio de desayuno dispuesto para él—. Casi demasiado, siento no haberte acompañado para el desayuno.
Draco hizo un gesto elegante con la mano, descartando sus palabras.
— Estoy acostumbrado a madrugar, estaba en pie a las siete.
Harry lo recordaba del colegio, siempre despertaba antes que él, las pocas veces que consiguieron dormir juntos en quinto curso.
— ¿Qué te gustaría hacer hoy?
— ¿No trabajas? —cuestionó entre un bocado de huevos revueltos y un sorbo de zumo de naranja.
— En verano tengo más tiempo libre, no tengo clases que preparar.
— No sé a qué te dedicas, James solo dijo que eres maestro pocionista.
Draco sonrió levemente mientras le servía el café a Harry, sin necesidad de preguntar por la leche y el azúcar.
— Trabajo en casa, investigo sobre todo para la red de hospitales franceses. Y doy seminarios en La Sorbona a varias carreras, y en Beuxbatons a los de cursos superiores.
— Puedo imaginarte dando clases. ¿Y Astoria?
— Es sanadora. Da clases también un par de días a la semana en la Sorbona y el resto tiene una consulta particular en Marsella.
Siguió comiendo en silencio, sin apartar la mirada de la taza de café preparada exactamente a su gusto.
— Había pensado dar un paseo por el campo. Si te apetece, esta zona es muy bonita. Incluso el pueblo tiene mucho encanto.
Harry asintió, alargando la mano para tomar la taza.
Estaban paseando por el casco histórico de Gordes, entre turistas muggles, cuando por fin se atrevió a preguntar.
— Draco, ¿por qué Astoria nos ha dejado a solas?
— Para que podamos ponernos al día.
— Si hubieras aparecido en mi casa así de repente, lo mínimo que habría hecho Ginny es cruciarte.
El rubio se sujetó la melena en la nuca con una goma elástica, parado en la calle, los ojos grises protegidos por unas gafas de sol. Harry no podía leer su expresión.
— La diferencia es que Ginebra temía perderte por mi, Astoria no tiene esa preocupación.
Trató de entender aquella afirmación, hecha en un tono muy neutro.
— No entiendo.
Dracos suspiró, sentándose en un banco. Estaban en un mirador de piedra desde el que se veía todo el valle a sus pies
— En realidad es más sencillo de lo que crees. Astoria y yo tenemos una relación abierta.
La cara de Harry expresó su total desconocimiento y confusión. Draco se quitó las gafas de sol y las colgó en el cuello de su camisa.
— Las personas no tenemos un solo amigo, tenemos varios y son relaciones que nos aportan y a las que aportamos cosas diferentes. ¿Sí?
Harry cabeceó.
— Pues en las relaciones amorosas ocurre lo mismo. De niños nos enseñan a esperar la media naranja, la pareja perfecta, que nos complemente y aguante para toda la vida. Pero de adultos descubrimos que no existe y nos encontramos casados y sintiéndonos mal por pensar en otras personas de un modo romántico. O sexual.
— Nunca me había parado a verlo así. ¿Eso os pasó a vosotros?— preguntó Harry, interesado, echándose un poco hacia delante.
— Más o menos. Michelle es amigo de Astoria desde el colegio, ella estudió en Beuxbatons los últimos tres cursos. Sus padres siempre pensaron que se casaría con él.
— Pero llegaste tú.
Draco sonrió.
— Nos reencontramos en la Sorbona. Los sanadores y los pocionistas compartimos edificio. Surgió. Pero al principio Michelle y yo nos odiábamos, éramos como dos ciervos peleando por la hembra. Una vez llegamos a las manos y todo. Entonces conocimos a Silvia.
Harry estaba fascinado por todo aquello. Y no podía evitar un resquicio de esperanza.
— Daphne y Silvia son muy conocidas en la vida nocturna mágica parisina. Se hicieron amigas y después familia, Daphne se casó con el hermano de Silvia. Unas vacaciones, poco antes de casarnos, Daphne alquiló una casa en la costa azul y nos juntó a los seis, decidió que sería el último verano de soltería y había que celebrarlo.
Hizo una pausa y contempló el familiar paisaje ante él, tratando de elegir las palabras.
— Silvia vio la química. Una noche, después de cenar con mucho vino, nos dijo que éramos tontos, estábamos frustrados por algo que era muy sencillo: la monogamia no es para todo el mundo. Al principio fue extraño pensar en ello, ¿sabes? Pero en el fondo yo sabía que si bien quiero a Astoria, siempre voy a llevar conmigo a otra persona. Y aprendí que no había nada de malo en eso, porque no me hace quererla menos y lo que afecta a nuestra relación de pareja es sentirnos frustrados y la sensación de culpabilidad por el engaño.
— Entonces, ¿cómo es? ¿Todos con todos?
Draco rió y meneó la cabeza negativamente, un poco más relajado por la reacción de Harry.
— No, no, ya te veo pensando en una orgía romana. No. Michelle y Silvia son vínculos de Astoria. Cuando Astoria va a dar clases a París, vive con Silvia. El resto del tiempo se reparte entre nuestra casa y la de Michelle. Esto funciona con acuerdos y diálogo, ya son muchos años y ahora es sencillo.
— ¿Y tú?
— Yo he tenido relaciones esporádicas, pero no han llegado a más, tampoco lo he buscado.
— ¿Y no es injusto para ti? –preguntó Harry con el ceño ligeramente fruncido.
— No. ¿Era injusto para Astoria casarse conmigo cuando yo quería también a otra persona? Lo habría sido si no lo hubiéramos hablado, era su decisión estar conmigo bajo esas condiciones. La sinceridad es la base de una relación como la nuestra.
— ¿Y esa persona? —preguntó Harry con la voz un poco estrangulada.
Draco lo miró fijamente, los ojos grises muy brillantes y una sonrisa emocionada. Le tendió la mano, que Harry no dudó en tomar.
— Tú, Harry, tú eres esa persona. O lo eras entonces, los años han pasado y nosotros hemos cambiado, pero para mi sigue existiendo ese espacio para ti en mi vida.
Harry parpadeó sorprendido. Aquello aclaraba muchas cosas. Soltó la mano de Draco y se acercó al parapeto del mirador.
— ¿Harry? —preguntó Draco, sin atreverse a acercarse—. ¿Demasiado que asumir?
— Vine hasta aquí esperando sufrir, Draco, porque sabía que estabas felizmente casado, pero necesitaba verte, porque no puede ser casual que tu hijo y el mío se hayan encontrado. Y me encuentro con una puerta abierta. ¿Por qué es eso lo que me ofreces?
Se acercó hasta situarse detrás y le abrazó por la cintura tentativamente. Se relajó al sentir a Harry apoyar su espalda contra su pecho y posar las manos sobre las suyas
— Lo es. ¿Te quedas unos días entonces? —dijo quedito cerca de su oído.
— Tendré que volver a casa de Andrómeda y hacer una maleta. ¿Hablarás con Astoria mientras?
— ¿Te quedarías más tranquilo hablando tú directamente con ella? —ofreció, sabiendo que Astoria no tendría problema al respecto.
— Creo que es pronto para eso. Por una vez voy a ser egoísta y a querer tenerte tres dias para mi solo, ¿está bien?
— Me parece justo.
— Cuéntame entonces cómo funciona todo esto.
Draco liberó el abrazo y le ofreció la mano para seguir paseando.
Aprovechó el viaje por flú de Harry para llamar a Astoria por teléfono.
— ¿Tres días? ¿Solo?
— Tori, pareces más interesada en esto tú que yo.
— 27 años de espera, lo que no sé es cómo no estás tú explotando de impaciencia.
— A Harry le preocupa molestarte
— Y tú le has dicho que yo estoy bien con esto
— Claro. Pero es mucho que asumir. Tiene que ir viéndolo para entenderlo. Si acepta.
— ¿De verdad crees que va a renunciar ahora que puede estar contigo? Sería muy estúpido.
— Con Harry nunca se sabe, si siente que tiene que poner a otra persona por delante de su felicidad, es probable que lo haga.
— Eso quiere decir que no os habéis acostado.
— No.
— Con él no me importaría cambiar nuestro acuerdo respecto a nuestra casa.
— ¿Por qué harías eso?
— Si Harry no hubiera renunciado a ti, no habrías llegado a mi y no tendríamos la vida que tenemos ni a Scorpius. Creo que merecéis tiempo y espacio y no me importa dároslo.
— No me parece justo para ti. Unos días quizá, más no. Harry necesita entender cómo funcionan las cosas con nosotros, Tori. No sé si está preparado.
— Veamos cómo van las cosas. Tres días de momento y por mi parte levantó la restricción sobre nuestra casa, lo dejo a tu criterio. Te quiero, Draco.
— Y yo a ti. Hablamos en tres días. Saluda a Michelle de mi parte.
La noche los encontró de nuevo en las hamacas del jardín. Parecía que había un infinito de anécdotas y vivencias que compartir, que ponerse al día. Tras un momento de silencio, Harry planteó.
— Entonces, Michelle y Silvia son parte de la familia.
— ¿Te resulta extraño? Llevan con Astoria casi tanto tiempo como yo. Para Scorpius han sido una constante en su vida, más que mis padres.
El tema de la relación de Draco con sus padres se había asomado en algún momento, pero no lo habían hablado directamente. Según había comprobado al volver a casa de Andrómeda esa tarde, las cosas entre ambas hermanas iban lentas, pero iban. Pero Andy no había nombrado a su cuñado en ningún momento.
— Bueno, entiendo que las amistades cercanas se convierten en familia, en nuestro caso Neville y Luna, aunque Ginny peleó con ellos hace años y trató de que los niños dejaran de verlos. Neville es el padrino de Albus y Luna la de Lily, me aseguré de que tuvieran tiempo con ellos y no me arrepiento de mi decisión.
— Daphne es la madrina de Scorpius. Ella es fantástica con elle. Nos gusta pensar que cuantas más personas quieren y cuidan a un niño, más feliz crece. Y a Scorpius le hizo falta muchas veces ese apoyo.
— ¿Qué pasa con tus padres? ¿están al tanto de vuestra...relación?
— Mis padres son de otra generación.
— ¿No aceptan a Scorpius?
La cara de Draco se contrajo en una sonrisa amarga.
— Ya no aceptaron que yo me pusiera a estudiar una carrera en lugar de hacerme cargo de lo que quedaba del negocio familiar. Luego vino Astoria.
— Creía que los Greengrass eran sangre pura también, ¿no era un buen partido?
— Mis suegros se marcharon del país en cuanto se corrió la voz de que Voldemort había vuelto. Mi suegra es de Marsella, se instalaron aquí y siguieron su vida. La mayoría de lo que queda de los Sagrados Veintiocho los rechazó desde entonces.
— Casi mejor para ellos, ¿no? Los mantuvo lejos de los problemas.
— Para mi fue la mejor decisión que pudieron tomar, ojalá mi padre hubiera hecho algo así. Pero cuando le dije a mi padre que quería casarme con Astoria, me amenazó con desheredarme.
Harry tendió una mano de hamaca a hamaca, que Draco tomó, entrelazando sus dedos.
— Mis padres desaprueban muchas cosas, para ellos Astoria es demasiado independiente y yo le tolero demasiada libertad. Imagínate si supieran todo lo demás.
Harry dio un pequeño apretón para hacerle llegar que le entendía.
— Toleramos muchas cosas, hasta que llegó Scorpius. Empezamos discutiendo porque teníamos puntos de vista diferentes respecto a su educación. Mi padre quería tener opinión en todo, porque era el heredero. Evidentemente ninguno de los dos quería para él la educación que yo había recibido, así que comenzamos a tomar distancia. Y luego vino la crisis del género, como la llamó Michelle.
— Asumo que tus padres lo llevaron mal.
— Peor, decidieron ignorarlo. Scorpius decidió con ocho años cómo se sentía. Ocho años, Harry, así de madure era. ¿Qué hicieron mis padres? Ignorarle. Cuando le ven, es como si no existiera esa decisión para ellos. Y le hacen daño. Por eso apenas nos vemos.
Draco sintió una pequeña corriente de magia atravesar de la mano de Harry a la suya. Se giró a mirarlo y vió que tenía la mandíbula apretada.
— Ginny llamó a James desviado cuando supo que salían juntos. Albus ni siquiera se ha atrevido a decirle a su madre que es gay. No puedo entender eso, ¿sabes?. No puedo perdonarle que ataque a sus hijos por algo como eso. Sus hijos.
Draco guardó silencio unos minutos, acariciando el brazo de Harry por encima de sus manos entrelazadas.
— Daphne fue la que nos trajo la información. Su marido, Enric, es muggle.
— Creía que era hermano de Silvia.
— Tu madre y tu tía también eran hermanas. La magia tiene sus cosas. Pero Enric es fantástico. Es orientador en un instituto muggle.
— ¿Qué es eso?
— Un psicólogo, algo parecido a nuestros psicomagos. Ayudan a los chavales con sus problemas. El mundo mágico lleva mucha desventaja al muggle en estos temas. Él fue quien pudo ayudar a Scorpius a entenderse a si misme, nosotros no entendíamos nada entonces.
— James leyó un montón de libros —apuntó Harry, bastante orgulloso de su hijo.
— Lo sé, Scorpius me lo contó. Me gusta mucho tu hijo, Harry, como yerno.
Harry no pudo evitar una pequeña carcajada.
— Se hace querer.
— Michelle escribió uno de esos libros.
Harry le miró sorprendido.
— Es historiador. Quería que Scorpius supiera que no era un bicho raro, así que investigó y escribió ese libro sobre figuras de la historia muggle y mágica. Creo que el término que usa es "genero no conforme".
— Wow. Eso es amor, sin duda.
— Él es así. —Draco se encogió de hombros con una sonrisa— Estoy seguro de que te caería bien, tiene un gran sentido del humor y es un contador de historias fantástico.
— ¿Y Silvia? ¿A qué se dedica?
— Silvia es abogada. Es muy parisina, tiene todos los tópicos, le gusta la moda, salir y vivir en el centro en un ático muy lujoso. Ella le regaló a Scorpius un guardarropa completo de prendas "femeninas" . —Hizo comillas con los dedos— Les encanta ir juntes de compras. Si no tienes abogado para el divorcio, te la recomiendo, es una fiera.
— ¿Cómo es tu relación con ellos? Quiero decir, ¿sois amigos? ¿O solo os juntáis en momentos especiales?
— Veo más a Michelle porque vive aquí cerca y los dos tenemos ritmos de vida parecidos. No sabría definir la relación. Hace veinte años lo habría llamado amigo, ahora está más cercano a hermano.
Harry levantó las cejas sorprendido.
— Entiendo que es difícil de creer, que en tu cabeza está sonando algo así —imitó la voz engolada de su padre— ¿Cómo puedes llevarte bien con el amante de tu mujer? —Ambos rieron por la acertada imitación— Bueno, eso sería simplificar las cosas, no es el amante de mi mujer, ninguno de los dos lo es. Pensamos que la monogamia es buena porque abrir nuestras parejas implica más riesgo de ser abandonado por otra persona, y es al revés. Yo no veo a Michelle y a Silvia como competencia por el amor de Astoria, los veo como otras dos personas dispuestas a darle amor y cuidarla, ¿entiendes el matiz?
Harry asintió, dando de nuevo un pequeño apretón a la mano de Draco.
— Michelle y ella viajan juntos a conocer lugares históricos, excavaciones y esas cosas. Él siempre está interesado en información sobre la sanación en los pueblos mágicos antiguos, porque sabe que a ella le interesa. Con Silvia hace vida parisina, moda, lujos y salir. Y alternar con otros profesionales e intelectuales, París es una gran capital cultural, tanto muggle como mágica. Nosotros elegimos una vida más tranquila, por Scorpius. Nos gusta viajar, pero sobre todo con elle. Vamos al teatro o a exposiciones también, a veces solos, a veces con alguno de ellos. Ella tiene una vida más rica gracias a lo que le aportamos. Y Scorpius ha crecido con eso, rodeade de amor.
— Sé que todo esto es complicado de entender, Harry, y que tienes tus propios problemas ahora— susurró Draco, un rato después, al notar una ligera tensión en Harry, que miraba muy concentrado el cielo estrellado sobre ellos—. Solo me gustaría que no te cierres a vivirlo estos días, a verlo con tus propios ojos.
Harry se giró en su hamaca para mirarle mejor. Sonreía. Draco estiró la mano libre para acariciarle el lateral de la cara.
— Quiero besarte —confesó muy bajito el moreno, reteniendo esa mano contra su cara.
— Hazlo —contestó en el mismo tono.
— Si te beso creo que querré más y no quiero que rompas tu pacto con Astoria.
El ceño de Harry se había fruncido ligeramente, Draco alisó las arrugas con su pulgar.
— Hablé con ella sobre eso. Considera que tú eres tú, tenemos permiso para saltarnos la norma de no sexo con terceros en casa.
— Tu mujer es extraordinaria, Draco —aseveró Harry con una brillante sonrisa.
— ¿Me vas a besar entonces?
Le besó. En el jardín. En la cocina. En las escaleras. En la puerta del dormitorio de invitados. Contra la pared junto a la ventana. Sobre la cama. Sobre Draco. Bajo Draco. Ambos de lado. Le besó hasta que dejó de sentir los labios.
— Draco.
Draco abrió los ojos. Tenía la cabeza apoyada sobre el pecho de Harry, que estaba relajado también, pasándole los dedos entre los largos mechones rubios.
— No he vuelto a estar con un hombre.
Apoyó la barbilla sobre su pecho, los ojos verdes estaban tan cerca que podía contar las oscuras pestañas.
— No tiene porqué ocurrir ya, yo estaría bien con dormir contigo esta noche. Con menos ropa, a ser posible.
Harry sonrió y se incorporó con cuidado para quitarse la camiseta y los vaqueros, quedándose solo en calzoncillos. Draco admiró sin recato el cuidado cuerpo del auror, todo fibra y músculo. Admiró el pecho tatuado, pasando el dedo sobre el ciervo. Al paso de su tacto, el tatuaje cobró vida y se movió, dejando ver otro dibujo debajo. No le costó reconocerlo, era su constelación, el dragón.
— Hasta ahora el ciervo nunca se había movido más que con mi tacto —murmuró Harry maravillado, reteniendo y besando esos dedos.
Draco se quitó la camisa y eliminó el glamour que ocultaba sus antebrazos. En el brazo izquierdo, la marca tenebrosa aún era reconocible. En el derecho, había un rayo, abrazado por una enredadera de hojas en forma de corazón, del color exacto de los ojos de Harry. Sobre su pecho, una S y una A hermosamente entrelazadas.
Harry trazó con los dedos las cicatrices del sectumsempra.
— Aquel día fue seguramente uno de los peores de mi vida. Lo que sentí después de casi matarte creo que solo puedo compararlo a la impotencia que sentí al saber que era responsable de la muerte de Sirius.
Esta vez fue Draco el que tomó la mano que le acariciaba y besó los dedos que temblaban. Se tumbó junto a él, tras quitarse los pantalones, y enredó las piernas como lo hacían cuando dormían juntos.
— Fue un año horrible. Quería odiarte, para poder ocultarte en el fondo de mi mente y que ninguno de los que intentaban hurgar en mi cerebro te encontrara. Y entonces te pusiste a salir con Ginebra... no puedo decirte lo traicionado que me sentí. Aquel día en ese triste baño quise cruciarte porque solo el verte y saber que ya no podía estar contigo estaba consumiéndome por dentro, más aún que las amenazas de Voldemort.
Harry le abrazó. Sexto año había sido un infierno para él, sin saber por qué había sido abandonado y golpeado en el tren, pero Draco se había llevado la peor parte sin duda. Le había costado muchos meses, hasta que los carroñeros le habían llevado a Malfoy Manor, entender que todo lo que había hecho había sido para proteger a su familia y a él a la vez.
Draco apoyó de nuevo la mejilla en su pecho, acariciando con la punta de los dedos su abdomen, mientras Harry le acariciaba la espalda y pasaba de vez en cuando los dedos por su pelo.
Despertó al día siguiente todavía abrazado a Harry. La nariz llena de su olor y la mano morena todavía entre su pelo. Cerró los ojos un momento para disfrutar el momento, el calor del cuerpo pegado al suyo.
Acarició el pecho ligeramente velludo con la punta de la nariz. Era algo que le gustaba hacer en el pasado, un gesto que no había vuelto a hacer, y la mejor manera de despertar a Harry.
—Mmm, buenos días —murmuró con voz pastosa, girándose hacia él y abrazándolo más pegado todavía.
— Buenos días —contestó como pudo, tenía la cara pegada al musculoso torso.
Aguantó unos minutos más, con los ojos cerrados, sabiendo que no volvería a dormirse. Cuando empezó a sentirse un poco agobiado, intentó liberarse. Los fuertes brazos lo ciñeron más fuerte.
— Harry, necesito que aflojes un poco.
Nada.
— Harry, por favor, un poco de aire estaría bien.
Nada.
Se removió intentando ganar algo de espacio. Nada de nuevo. Así que... le mordió.
Harry lo soltó de golpe. Y en el mismo impulso, se cayó de la cama. Draco no pudo evitar romper a reír, a carcajadas. Se asomó por el borde de la cama, aún riendo, y lo vio tirado boca arriba, haciendo esfuerzos para no reírse también.
— ¿Estás bien? —consiguió preguntar.
Los ojos verdes se entrecerraron, intentando enfocarle. Levantó una mano, a la par que hacía un accio no verbal, y sus gafas volaban desde la mesilla. Se las puso y observó la cara sonriente, con el largo pelo alborotado, que asomaba por encima de la cama.
— Estoy bien, pero igual tienes que bajar aquí a verificarlo.
Draco sonrió más ampliamente antes de desaparecer y volver a aparecer, rodeando la cama. Se agachó junto a él y le apuntó con su varita.
— ¿Me vas a hacer un examen físico?
Negó con la cabeza antes de hacerle un hechizo que le dejó un sabor mentolado en la boca. Y por supuesto, le besó. Mucho.
— El examen físico sin varita mejor —le respondió mientras volvía a subirse a la cama.
Harry lanzó una carcajada antes de incorporarse y abalanzarse sobre él.
— ¿Has dormido bien? —le dijo, besando el largo cuello pálido.
— Muy bien —Draco enredó los dedos en su pelo—. ¿Tú?
Un sonido de campanilleo interrumpió a Harry cuando iba a contestar. Miró perplejo a Draco.
— ¿Eso es un teléfono?
Draco suspiró y se desenredó de Harry. Caminó hacia su estudio peinándose con los dedos.
— Llamar antes del desayuno no es educado.
— Querido, en tu vida normal a estas horas estás trabajando, son las nueve —le contestó una voz masculina—. Buenos días, Dragón.
— Buenos días, Michelle. ¿Que puedo hacer por ti?
— Quería avisarte de que voy a sorprender a Tori con un viaje.
Draco alzó las cejas y se cambió el teléfono de mano mientras se sentaba en la silla tras el escritorio.
— ¿Así? ¿Sin más?
— Llevaba tiempo buscando una entrevista con ese sanador yaqui, acaban de avisarme de que está dispuesto a hablar con nosotros.
— Mich... —suspiró Draco—, no es necesario ni creo que sea buena idea.
— Dragón, nos vamos a México. Y te juro por mi varita que es una casualidad.
Draco guardó silencio.
— Astoria se va a enterar esta tarde al venir de la consulta.
— ¿Cuánto tiempo?
— Una semana.
— Ok, vale —suspiró—. Pero luego os necesito aquí, necesito que vea la realidad.
— Estaremos ahí para lo que necesites.
— Disfruta de Mexico.
— Vuelve a la cama, Draco, y disfruta un poco.
Michelle le colgó, riendo, antes de que pudiera contestarle una de las habituales pullas entre ellos.
Se encontró con Harry en el pasillo al salir de su despacho.
— ¿Va todo bien? Sonabas molesto.
Draco asintió, pero pasó de largo y se metió al baño. Desde el otro lado de la puerta, le llegó la voz preocupada de su invitado.
— ¿Seguro que estás bien?
Encendió la ducha. Y abrió la puerta como invitación.
— Michelle y Astoria se van una semana a México, a visitar a un sanador que querían conocer hace tiempo.
Harry dejó de frotarse la cabeza con la toalla y le miró fijamente.
— ¿Esa era la llamada?
— Sí.
— ¿Y qué es lo que te tiene tan molesto?
Se debatió por un momento entre ser sincero o disfrutar de la oportunidad. Al mirar a Harry de nuevo el ver su gesto de incertidumbre, decidió ser sincero.
— Creo que lo hacen para dejarnos solos más tiempo.
El moreno dejó de secarse para mirarle un momento, ahora con cara de no entender. Draco suspiró y se acercó a Harry hasta abrazarlo por la cintura.
— Quisiera ser egoísta y tenerte para mi la mayor cantidad de tiempo posible, Harry —explicó, pasando los dedos por la espalda desnuda—. Pero soy realista. Y creo que antes de pasar más tiempo juntos, necesitas entender como es mi vida cotidiana.
— ¿Te preocupa que no pueda asumir compartirte?
Suspiró de nuevo, apoyando la frente en el hombro desnudo.
— Me preocupa enamorarme de ti y que cuando veas la realidad salgas huyendo.
En el próximo capítulo...
— No puedo compartirte.
"Te lo dije, Draco, te lo dije".
— No soy de tu propiedad, Harry —contestó también con la voz rota—. ¿Ni siquiera vas a intentarlo?
Escuchó las voces antes de abrir los ojos.
— ¿Está mejor? —preguntaba una voz ansiosa.
— Su cuerpo se está reponiendo. Hay que tener paciencia.
— Tres días sin comer ni beber. Astoria, ni siquiera un mago puede vivir así.
A Harry le dió un vuelco el corazón. Intentó abrir los ojos, pero no le respondían. Draco estaba allí, lo oía, Y él no podía estar ahí, lo iban a detener por su culpa. Malditos ojos que no colaboraban, maldita boca que no decía lo que él quería. Escuchó movimiento a su lado y sintió una corriente de magia sanadora ayudándole a calmarse.
