El Draco del pasado seguramente había pensado que él siempre tenía razón, en un tono petulante hasta para ser un pensamiento. El Draco del presente se dijo a sí mismo que ojalá se hubiera equivocado cuando predijo lo que iba a ocurrir.
El viaje de Michelle y Astoria se alargó más de lo previsto. Mientras, Draco aprovechó para viajar con Harry y mostrarle las maravillas que esconde Francia, sobre todo la zona en la que vivían. Quizá ese fue el problema, que se relajó. Cayó en la tentación de aprovechar a tenerle esos días, sin plantearse el futuro, sin querer pensar a cada paso en lo que pasaría cuando volvieran a casa y Harry tuviera que convivir con Astoria. Se puso una venda en los ojos, seguramente porque en su fuero interno sabía que aquello no iba a salir bien.
El detonante fue un beso. Algo sencillo, cotidiano, el beso de bienvenida de Draco a Astoria. No reparó en que a Harry le pasaba algo hasta el día siguiente, porque fue una explosión que se coció a fuego lento. La cena, los cuatro juntos, había sido tranquila y cordial, llena de anécdotas por parte de Michelle sobre el viaje. Sí que había notado a Astoria más callada de lo normal, observando con poco disimulo las reacciones de Harry, pero no vio nada de extraño en él.
Hubo un inevitable momento de tensión cuando llegó la hora de dormir. Draco entendía que, en virtud de su acuerdo, y por respeto a Astoria sobre todo, debía dormir con ella. Con suavidad, se lo explicó a Harry. Siguió sin notar nada extraño en su gesto cuando se despidió de él con un beso suave y un hasta mañana en la puerta de la habitación de invitados.
Lo que Draco no supo fue que Harry no durmió. En tensión, pasó la noche con todos sus sentidos agudizados, sin poder evitar que los celos le consumieran y que cada minúsulo crujido de la casa le pareciera el sonido de la cama de Draco y Astoria. Los imaginaba haciendo el amor, con la pasión propia de una pareja que no se ha visto en dos semanas, revolcándose y sudando en la noche de agosto.
¿Se enrojecería igual el rostro y el pecho de Draco al estar a punto de llegar al orgasmo, cuando lo hacía con ella? ¿Sería fuerte y rápido o suave y amoroso? ¿Le susurraría las mismas palabras de amor al oido? ¿Sería mejor con ella, que lo conocía y sabía donde tocar, como besar, lamer o morder? Las dudas estaban haciéndolo sentir terriblemente inexperto, incluso preguntarse si había estado a la altura las noches que habían pasado juntos.
El alba encontró a Harry sentado en su cama, con la cabeza entre las manos, inmerso en un mar de inseguridades. Dos toques en la puerta le sobresaltaron, pero no tuvo tiempo a reaccionar antes de que Draco se asomara.
— Buenos días.
Tuvo que aclararse la garganta para poder contestarle.
— Buenos días.
El tono plano y el hecho de que Harry no le mirara a la cara, que no hiciera mención de levantarse y acercarse a él, avisaron a Draco de que algo iba muy mal. Entró en la habitación y se sentó junto a él.
— ¿Qué ocurre, Harry?
El instinto del moreno era apoyar la cabeza en su hombro, e inició el gesto, pero a mitad de camino fue como si de repente fuera consciente de lo que estaba haciendo y se levantó de la cama como un resorte, yendo directo a abrir el armario. Abrió la maleta y comenzó a llenarla con la varita sin prestar atención a cómo quedara la ropa.
Draco sintió un sudor frío y a su yo del pasado diciendo "Te lo dije". Alargó la mano para detener a Harry, pero él se soltó con un gesto, sin querer darle la cara.
— Harry, por favor, no hagas esto, no así, habla conmigo —suplicó.
— No puedo hacerlo—respondió con voz estrangulada, sin mirarle.
— ¿El qué no puedes hacer?
— No puedo compartirte.
"Te lo dije, Draco, te lo dije".
— No soy de tu propiedad, Harry —contestó también con la voz rota—. ¿Ni siquiera vas a intentarlo?
— Lo sé. El problema soy yo, no vosotros. No debí venir. No debí hacer esto ni tratar de encajar en algo que no soy.
— ¿Y ya está? ¿Te vas? —preguntó, perdiendo los nervios, tratando de sujetarle para que al menos se girara y le mirara a la cara.
— Volveré a Londres, a mi trabajo y a mi vida. Gracias por estos días, por acogerme. Ahora tengo que irme.
Tomó la maleta a medio cerrar y salió corriendo escaleras abajo, en dirección a la chimenea del salón. Draco salió corriendo tras el.
— ¡Harry!
Pero solo le respondió el sonido del flú al activarse.
— ¿Papá?
— Hola cariño.
— Estás horrible, ¿qué ha pasado? ¿cuándo has vuelto?
Harry volvió a mirar la pila de trabajo sobre su escritorio. Había conseguido que el ministro le permitiera trabajar lo que quedaba de verano desde casa, desde Grimmauld Place. Trabajar como un loco, todas sus horas del día, era lo único que impedía que hiciera de nuevo la maleta y volviera a Provenza.
— Hace una semana. ¿Qué tal los abuelos?
Lily cruzó los brazos sobre el pecho y miró a su padre con el ceño muy fruncido. Harry no podía mirarla, era un gesto que Ginny hacía exactamente igual cuando él la cagaba en cualquier situación.
— Los abuelos están bien, preocupados por ti, como yo. Albus me ha llamado, dice que os habéis peleado.
Los ojos enrojecidos y cansados de su padre le miraron brevemente desde una cara que empezaba a demacrarse. Su hermano tenía razón, su padre estaba perdido y lo escondía detrás de una pila interminable de trabajo.
— No es nada, se le pasará.
— Papá, por favor, puedes dejar de escribir y mirarme.
Soltó la pluma con un suspiro molesto.
— ¿Por qué te has peleado con Albus?
— ¿Sabías lo que estaba haciendo tu hermano todo el verano?
Lily enrojeció ligeramente, pero no agachó la mirada, su barbilla aún se elevó más desafiante.
— Es mi hermano. Y es feliz.
— ¡Con un hombre de mi edad! ¿Pero qué le está pasando a esta familia?
— Suenas como mamá.
Le dolió, la comparación le dolió muy dentro. Y le devolvió a la culpabilidad de haber desconectado de sus obligaciones como padre; mientras su hijo se embarcaba en la conquista ni más ni menos que de su mejor amigo, él estaba perdiendo la cabeza de nuevo reenamorándose de un hombre casado.
Harry cortó el hilo de pensamiento poniéndose de pie para salir de la habitación e ir a la cocina.
— Papá por favor, habla conmigo. ¿Qué te ha pasado en Francia?
Puso la tetera a calentar.
— Déjalo, Lily –le respondió cansado.
— Creo que todos queremos saber qué ha pasado en Francia.
Eso no se lo esperaba. Se giró bruscamente y ahí estaban, sus tres hijos, en su cocina. Y Scorpius. El dolor de verle le dejó un momento sin aire y tuvo que agarrarse al borde del fregadero, echándose inconscientemente la mano al pecho. Todos dieron un salto en sus sillas, pero fue Lily, que había entrado detrás de él en la cocina y estaba a un par de pasos, la que se abalanzó a sujetarlo.
— Estoy bien, estoy bien —dijo con voz estrangulada, evitando el abrazo de su hija—. ¿Qué haceis todos aquí?
— Estamos preocupados por ti —contestó James.
Harry miró a Albus. Era como verse en un espejo, ese gesto que intentaba ser duro, pero dejaba entrever que estaba sufriendo.
— Al...
Albus negó con la cabeza, las manos en el regazo.
— Harry. No estás bien. Él tampoco. ¿De qué sirve entonces renunciar?
Albus y Lily miraron alternativamente de Scorpius a Harry, sin entender. Entonce supo que solo James y él estaban al tanto de lo que había hecho. Su hija lo tomó del brazo y lo condujo a la mesa, donde Albus lo hizo sentar en la silla de la cabecera, mientras James se ocupaba de servir té para todos y Scorpius simplemente lo miraba, con gesto entre triste y decepcionado.
— No pude, Scorpius. No sé hacer las cosas como ellos, yo...
— El tío Michelle tuvo que parar a mamá, ¿sabes? ella quería venir y maldecirte. Yo en algún momento también lo he pensado.
— ¿Hola? —Lily golpeó la madera de la mesa con los nudillos— ¿Alguien puede explicarnos a los demás lo que ha pasado?
Scorpius y Harry se miraron, pero al final fue James el que habló.
— Los padres de Scorpius tienen una relación abierta. Draco invitó a papá a quedarse con él y comenzar algo, bajo esa premisa. Pero papá entró en crisis cuando se dio cuenta de que tenía que compartir a Draco con Astoria y se largó sin más. ¿Es así o no, papá?
El tono de James era claramente decepcionado.
— No te atrevas a juzgarme, no os atrevais ninguno —dijo Harry entre dientes, con los ojos clavados en la mesa.
— Ayer me reprochaste que quiera estar con la persona que amo, en base a su edad. Tú me juzgaste, me acusaste de estar bajo el influjo de mi admiración por mi padrino —Albus habló, dolido, tratando de mantener la voz sin quebrar—. ¿Pero sabes qué, papá? Yo voy a luchar todos los días por estar con él, porque él merece la pena.
— Papá, te animamos a vivir tu vida, a que seas feliz de una vez, te habríamos apoyado en esto sin ninguna duda. —Lily trató de ser conciliadora— Y francamente, no veo que estar de vuelta te esté haciendo feliz.
Harry no podía hablar, solo negar con la cabeza. Estaba llegando a su punto de quiebre y no quería que fuera delante de sus hijos. Se levantó y salió de la cocina, directo a su dormitorio, pero Scorpius le alcanzó antes de llegar.
— Harry, por favor, solo escúchame un momento, ¿vale?
No pudo decirle que no, se quedó allí, con la mano ya en el pomo, la vista clavada en la puerta, un pie delante de otro.
— Yo he crecido así. Para mí, es normal que mi madre quiera y sea querida por tres personas. Y también he crecido sabiendo que mi padre tenía un hueco, un vacío que nadie podía llenar, ni siquiera mi madre o yo. Sé que le quieres y que lo has pasado mal estos años, pero de verdad no puedes hacerte a la idea de lo devastado que está. Se siente mal, por ti, por no poder ofrecerte lo que necesitas.
— Yo tampoco puedo.
— Habéis esperado más de veinticinco años, ¿y de verdad no puedes darle la oportunidad a una relación con él? ¿Por qué no es convencional? Siento decirte que nosotros tampoco lo somos, ni James y yo, ni Albus y Neville. Y apostamos aún así por ser felices con nuestras elecciones.
No pudo aguantar más, entró a la habitación y en cuestión de segundos la oscuridad le absorbió.
Escuchó las voces antes de abrir los ojos.
— ¿Está mejor? —preguntaba una voz ansiosa.
— Su cuerpo se está reponiendo. Hay que tener paciencia.
— Tres días sin comer ni beber. Astoria, ni siquiera un mago puede vivir así.
A Harry le dió un vuelco el corazón. Intentó abrir los ojos, pero no le respondían. Draco estaba allí, lo oía, Y él no podía estar ahí, lo iban a detener por su culpa. Malditos ojos que no colaboraban, maldita boca que no decía lo que él quería. Escuchó movimiento a su lado y sintió una corriente de magia sanadora ayudándole a calmarse.
— Escúchame, Harry —le dijo una voz suave, una voz que conocía—. Necesitas calmarte, respira conmigo. Toma aire, despacio, vamos.
Se calmó lo suficiente como para dejar de tener la sensación de que el corazón se le iba a salir por la boca. Consiguió que su boca colaborara para murmurar.
— Draco no puede estar aquí, le detendrán. No le dejes.
Hubo un silencio. Las manos de la sanadora recorrieron su rostro. Masajearon los músculos tensos, sobre todo los de los párpados.
— Abre los ojos Harry. Draco no está aquí, él está a salvo en Gordes. Abre los ojos, venga.
Despacio, porque le pesaban como si tuviera un saco de arena encima, pestañeó hasta abrir los párpados. Sobre él encontró el rostro de una mujer de su edad, con cabello oscuro y ojos verdes. Era familiar.
— Astoria... —murmuró.
— Céntrate en mi cara, Harry, ¿vale? — Harry parpadeó, intentando asentir— Ahora voy a alejarme, tómame de punto de partida para observar la habitación.
La voz de Astoria era sedosa y relajante. Le hizo caso y pudo ver que, efectivamente, la habitación estaba vacía.
— Lo que has escuchado es a Draco a través del ordenador, ¿lo ves aquí? —Le señaló el ordenador portátil sobre el viejo escritorio de Sirius.
Volvió a pestañear en respuesta y cerró los ojos, fatigado. Sintió la magia de la sanadora revisándolo. Se sentía completamente perdido y desubicado.
— Abre los ojos un momento Harry, necesitas beber agua y tomar una poción, por favor.
Con esfuerzo, volvió a abrir los ojos y se centró en la figura menuda de la sanadora moviéndose por la habitación.
— ¿Qué ha pasado? ¿Qué haces aquí? —consiguió preguntar.
Astoria se acercó con un vaso de agua con una pajita muggle.
— Bebe —ordenó, acercándola a sus labios—. Te desmayaste. James y Scorpius se asustaron. Hicieron un gran trabajo revisándote y haciendo los cuidados básicos. Te golpeaste la cabeza al caer. Y estabas desnutrido y deshidratado. Decidieron que era mejor llamarme a mi que arriesgarse a que la prensa lo supiera llamando a un sanador de San Mungo.
— Gracias.
Astoria le acarició el pelo. Se veía seria y preocupada.
— No voy a echarte el discurso de tienes que cuidarte, eres un hombre adulto. Pero de verdad, Harry, me costó muchísimo convencer a Draco de que no viniera. No nos des otro susto como este o conseguirás que te maldiga. Ahora, —Tomó una poción de la mesilla— tómate esto. Te dará sueño, es poción reconstituyente.
Se durmió con el recuerdo de la voz preocupada de Draco.
Pasó otra semana más en la cama, vigilado de cerca por Astoria. La casa estaba tranquila, Lily había partido, a regañadientes, a Hogwarts al día siguiente de su desmayo. James y Scorpius estaban instalados en París, comenzando también el curso en la Sorbona. Y Albus se había mantenido en su intención de quedarse a vivir en casa de Neville, aunque solía pasar por las tardes a verle después de clase.
— Mañana podrás comenzar a levantarte y hacer vida normal. Con moderación. Comiendo bien y descansando —le dijo aquel sábado por la tarde—. Necesito el nombre de un sanador de confianza para que haga el seguimiento.
— ¿Te marchas?
Astoria levantó la vista del pergamino en el que llevaba el registro de la evolución de Harry.
— Tengo pacientes esperándome y clases que dar. Y personas esperándome.
— Astoria, yo...
La sanadora levantó la mano para parar el previsible discurso de lo siento y gracias.
— Somos familia, Harry. Si bien no como yo esperaba. No lo he hecho por ti, lo he hecho por los chiques y por Draco. Y ahora, si me disculpas, tengo que ir a hacer la maleta, tengo un traslador mañana por la mañana. Necesitaré el nombre de tu sanador.
La vió salir, evidentemente molesta. Suspiró fuertemente y tomó de su mesilla uno de los libros que le había pedido a Albus que le trajera. Estaba concentrado en la lectura cuando unos nudillos sonaron en el marco de la puerta, seguidos por la serena cara de su mejor amigo asomándose.
— ¿Puedo pasar?
Nunca había esperado escuchar ese tono de incertidumbre en Neville, al menos hablando con él.
— Claro —trató de que su tono sonara amable.
Acercó una butaca a la cama y se sentó.
— No vengo a pelear contigo. Creeme que entiendo que estés furioso conmigo. Pero quería verte y saber cómo estás.
Harry lo miró fijamente. A pesar de su tono, su amigo tenía buen aspecto, se veía incluso radiante. Claro, acababa de llegar a casa para pasar el fin de semana después de la primera semana de curso y tenía a Albus esperándole. No supo si lo que sentía era enfado o un poco de envidia.
— Físicamente, estoy mejor, creo que me han dado el alta hace un rato.
— ¿Crees?
— A Astoria le he ido cayendo peor conforme mejoraba mi salud. Se ha despedido hace un rato y no ha sido nada amable.
La cara de Neville fue un "¿Y te sorprende?".
— ¿Mi hijo ha venido contigo? —contraatacó Harry.
Hubo un pequeño silencio.
— No. De hecho no sabe que he venido.
— ¿No quiere que te diga lo que pienso?
— Creeme que sé lo que piensas, Albus me lo ha transmitido.
— Y aún así estás aquí.
— Estoy preocupado por ti.
Harry se frotó la cara con la mano. Aquello era absurdo.
— Háblame de lo tuyo con Albus.
Neville no contestó inmediatamente. Se levantó y paseó por la habitación.
— Mira —le dijo, deteniéndose a los pies de la cama—, es sencillo. Él me hace sentir bien.
— Es un crío.
— Yo cometí el error de decir lo mismo. No lo es. Y no es una discusión que quiera tener contigo. He venido a hablar de ti.
— Lástima, estoy cansado de hablar de mi.
— Harry por favor. Estamos preocupados por ti. Creo que no eres consciente de lo mal que estabas cuando Astoria llegó. Yo también me asusté.
— ¿Estabas aquí?
— Albus me llamó. Y a Luna. Yo fui quien te cambió y acomodó cuando Astoria decidió que estabas estabilizado. Estaba presente cuando discutió con Draco por el ordenador porque quería venir. Tuvo que llamar a otro hombre para que fuera a su casa a controlarlo.
— A Michelle —murmuró Harry—. Supongo que entonces ya lo sabes todo.
Neville asintió.
— ¿También crees que soy un cobarde? —preguntó retador.
— No. Te conozco, Harry. Aunque no hayas entrado en detalles nunca, sé cómo fue tu infancia, puedo entenderte mejor de lo que crees. Yo al menos tuve a mi abuela.
Harry le miró confuso.
— El psicomago es Albus, no yo, pero diría que quieres querer y que te quieran, tener por una vez algo para ti, ser egoísta y ponerte en primer lugar. Y con Draco eso no es posible porque está Astoria.
Pasó de la confusión a la sorpresa.
— No me mires así, ya te he dicho que te conozco mejor de lo que crees. Así que voy a darte un consejo que creo que aún no te han dado. Ponte primero, sé egoísta, pero no de esta manera. Busca un terapeuta que te ayude a desenredar lo que tienes dentro, amigo, porque si no te entiendes y te quieres a ti mismo, difícilmente vas a poder avanzar, sea solo, con Draco o con otra persona.
Los meses pasaron. Draco siguió con su vida, al principio triste. Luego enfadado. En aquel momento, mientras veía nevar por la ventana del ático de Silvia en París, trataba de no pensar en el hueco que seguía sintiendo dentro.
— Es Nochebuena, Dragón — saludó Michelle, colocándose junto a él y ofreciéndole una copa de tinto.
— Suerte que te tengo para recordármelo, Mich —contestó con suavidad antes de dar un largo sorbo a su copa.
— Tu familia está contigo y aún así sientes que te falta algo.
Draco se giró con una ceja en alto a mirar a su casi hermano.
— En estos meses me he dado cuenta de que, cuando piensas en él, te echas la mano al pecho.
Maldito hombre perspicaz.
— Papá, ¿tienes un momento?
La voz de Scorpius le hizo girarse. No pudo evitar sonreír al verle. Llevaba un vestido en verde y rojo y se había hecho crecer el pelo para recogérselo entrelazado con acebo. Su hije era la persona más navideña que conocía.
— Estás preciose —le dijo Michelle, abrazándole al pasar, dejándolos solos.
— ¿Qué tal James? —preguntó con cuidada neutralidad, sentándose junto a elle en el sofá.
Scorpius había conseguido enseñar a James a usar el portátil para poder hablar por videollamada durante las vacaciones.
— Él está bien, pero le espera una cena bastante incómoda. Su madre se va a enterar esta noche en casa de sus abuelos de lo de Albus y Neville. En vivo y en directo.
Draco quiso reír al imaginar la cara de aquella horrible mujer. Pero no le salió más que una mueca.
— Papá. —Scorpius llamó su atención poniendo una mano sobre su antebrazo, sobre el tatuaje del rayo que ahora no podía ni mirar— James me ha dicho que Harry va a pasar la Nochebuena solo.
— Scorpius, por favor. No...
— Déjame terminar, por favor. Va a pasarla solo porque no está en Reino Unido. La prensa anunciará mañana que ha dimitido de su cargo y desaparecido sin dejar rastro.
Draco se giró a mirar a su hije, sacudido.
— ¿Qué más te ha dicho James? ¿Qué ha ocurrido?
— Un cambio de aires, recomendación de mi terapeuta —contestó una voz a su espalda.
Draco se levantó tan rápido del sofá que casi se cae. Scorpius se apresuró a salir de la habitación, haciendo una parada junto a la puerta para abrazar brevemente a Harry y decirle algo al oído antes de cerrar la puerta tras elle.
— No te enfades con Scorp, a James y a mi nos costó convencerle —pidió Harry, acercándose despacio, con las manos en los bolsillos de una bonita túnica en negro y verde—. Y si me vas a maldecir, te aviso de que Astoria ya lo ha hecho en tu nombre. Y Silvia. Y Daphne. Las mujeres de esta familia son definitivamente temibles y es posible que no pueda sentarme a cenar si no consigo una poción contra las quemaduras en el trasero.
Draco no podía articular palabra. Aquel era Harry, su Harry, pero con un aire muy diferente al derrotado que vió huir por su chimenea cuatro meses atrás. Lo vio caminar hasta estar apenas a dos metros. Entonces consiguió salir de su estupefacción y reaccionar.
— ¿Qué haces aquí, Harry? —preguntó con voz ronca, haciéndole un gesto con la mano para que se mantuviera lejos de él.
— Me he mudado a Francia.
— ¿Espera, qué? ¿cuándo? ¿cómo?
Harry aún tuvo el descaro de reír brevemente por su sorpresa.
— ¿Te sientas conmigo y te explico?
Draco asintió, pero se sentó lo más lejos posible. Harry tomó asiento y le miró intensamente detrás de unas gafas nuevas.
— Astoria me salvó la vida, sé que lo sabes. Pero no sabes que le pedí, antes de que se marchara, el nombre de un psicomago de confianza. Un hombre muy sabio, que parece que además de mi mejor amigo, puede llegar a ser mi yerno, si sobrevive a esta noche, me hizo ver que el problema no era vuestra relación, sino la mía conmigo mismo. —Harry dobló rodilla sobre rodilla, buscando una postura más cómoda para su trasero dolorido — He pasado estos meses trabajando casi a diario con mi terapeuta y hace tres semanas, al hacer examen del trabajo realizado, me dijo que estaba preparado para tomar decisiones sobre mi futuro. Y eso hice, me preparé para un nuevo futuro, cerca de ti si puedes perdonarme y darme otra oportunidad.
Draco respiró hondo y tomó de la mesita la copa de vino a medio beber.
— ¿Dónde vas a vivir?
— Encontré una casa cerca de la vuestra. Es pequeña y está un poco destartalada. Eso me mantendrá ocupado mientras busco un trabajo.
— Mi situación es exactamente la misma que la que no pudiste asumir este verano. ¿Por qué voy a arriesgarme de nuevo a que huyas? Estos meses ya han sido suficientemente difíciles, no quiero volver a pasar por eso.
Harry se pasó la mano por el cabello, que se notaba había hecho un esfuerzo en peinar para estar presentable.
— Entiendo que no confíes en mí. Draco, —Se levantó para sentarse junto a él y conseguir tomar su mano antes de que el rubio pudiera apartarla— cuando me marché pensaba que era porque te quería para mi solo. En este tiempo he descubierto que realmente lo que me daba miedo era hacer algo mal y dejar de ser la persona que habías estado esperando. No estar a la altura de lo que necesitabas. He aprendido. No puedo asegurarte que no me entren miedos, pero los hablaré contigo. No más huidas. No volveré a hacer nada que te aleje de mi. Te quiero. Y me gustaría ser parte de tu familia y llenar ese hueco que me guardas.
Draco acabó la copa y la dejó sobre la mesa. Miró a Harry larga e intensamente. Después, abrió los brazos, el mismo gesto que había hecho cuando le abrió la puerta de su casa a Harry cuatro meses antes. Sin ninguna duda, Harry se echó sobre él y se refugió en sus brazos.
— Te he echado de menos —confesó en su oído—. Quise volver en el mismo momento en que mis pies tocaron suelo en la casa Black.
Draco no le contestó, se limitó a abrazarle más fuerte antes de besarle.
En el próximo capítulo (y último)...
Conforme avanzaban los platos, la tensión empezó a sentirse en el ambiente. Ginny, cada vez más roja, bebía más de lo que comía, sin dejar de observar por el rabillo del ojo a su hija. Entonces, mientras comían el pescado, vió un movimiento un poco más allá de Lily que le dejó helada. Neville, el padrino de su hijo, ese hombre con pinta de respetable profesor, acababa de tomar su servilleta para limpiar una mancha de salsa de la cara de Albus. Y no era un gesto fraternal. Era un gesto íntimo.
Dejó caer su tenedor con tanto ruido sobre su plato que un silencio se hizo rápidamente en la mesa y todo el mundo se giró a mirarla. Señaló a Neville con el dedo antes de decir, con voz estridente.
— Neville Longbotomm, ¿te estás follando a mi hijo?
