Recomendación musical: Really Slow Motion — Pandemic.
Capítulo 17: Miedo a lo desconocido.
Sentada en mitad de aquella sala rodeada de objetos extraños y de personas extrañas, April luchaba por hacer frente al deseo que sentía de salir corriendo sin mirar atrás. Pero la responsabilidad de mantener a Van con vida pesaba como una losa sobre sus hombros, anclándola de pies y manos a la silla.
— No te preocupes April. Estaremos esperándote aquí— dijo Ciro para intentar tranquilizarla, al percibir sus miedos—. Todo saldrá bien.
— Te prometo que te traeré de vuelta— le aseguró Marcus solemnemente, con la voz serena y firme. April vio en sus ojos grises que no mentía y decidió confiar en él.
Incapaz de pronunciar palabra por culpa del nudo que le cerraba la garganta, se limitó a asentir. Estaba asustada. Más asustada que en ningún otro momento de su vida. Nada la había preparado para lo que iba a vivir esa noche. Pero no pensaba echarse atrás. Si la fuerza para detener todo aquello residía en su interior, no podía permitir que Van muriera sin hacer nada por evitarlo.
— Debo estar loca para hacer esto— murmuró a nadie en particular. Cuando rodeó el extraño tazón de madera con las manos sintió que sus dedos temblaban levemente e hizo un esfuerzo por controlarlos. Inconscientemente, los apretó tan fuerte alrededor de la madera que las runas del grabado se le clavaron dolorosamente en los dedos. Pero no le importó, el dolor le permitió mantener el contacto con la realidad. Entonces, echó un vistazo al tazón. El líquido que se arremolinaba dentro poseía la consistencia del petróleo y olía de un modo similar. Intentando no pensar en cómo sería su sabor, acercó el tazón hasta sus labios y bebió hasta la última gota.
Aquel brebaje era la cosa más asquerosa que April había probado en toda su vida. Al pasar le abrasaba la boca y la garganta, haciéndola toser y resoplar. Su estómago protestó cuando el repulsivo líquido lo alcanzó y ella tuvo que esforzarse para no vomitar. Sin poder evitarlo, su cara se contrajo en una mueca de repugnancia.
— La primera vez siempre es desagradable— comentó Marcus, como quien habla del tiempo. Parecían resultarle divertidos los gestos de repulsión de April.
Ella le lanzó una dura mirada cargada de indignación. Abrió la boca para reprocharle que no la hubiera avisado antes de lo que le esperaba pero la voz de Marcus la interrumpió.
— Escúchame atentamente. Tenemos poco tiempo hasta que la pócima haga efecto y es vital que entiendas lo que voy a explicarte ahora— dijo, y en su voz April pudo percibir la urgencia que escondían sus palabras—. Te llevaré hasta el limbo y te ayudaré a entrar. Pero una vez dentro, estarás sola. Sólo tú podrás ver lo que te espera al otro lado— explicó Marcus. Su rostro, impasible, no mostraba ninguna emoción—. Sobre todo, y esto es muy importante, hagas lo que hagas no te entretengas persiguiendo recuerdos. Sólo son recuerdos, no te aferres a ellos o serás incapaz de encontrar la salida.
April clavó sus ojos verdes en el rostro de Marcus con una mirada intranquila y preocupada.
— Tú limítate a seguirme y todo irá bien— añadió para tranquilizarla—. He hecho esto miles de veces, puedes confiar en mí.
Marcus extendió los brazos por encima de la mesa, de nuevo, y tomó las manos de April entre las suyas. La pelirroja se aferró a las manos de aquel extraño anciano para controlar sus nervios y la sensación de malestar que se iba extendiendo sin gobierno por todo su cuerpo.
— Allá vamos— anunció Marcus con un suspiro impaciente.
Justo antes de que todo empezara, April sostuvo la mirada de esos misteriosos ojos grises cargados de sabiduría y creyó ver en ellos un conocido matiz plateado. Pero todos sus pensamientos fueron relegados al olvido cuando, súbitamente, un destello cegador iluminó la sala y April se vio obligada a cerrar los ojos. La cabeza comenzó a darle vueltas y todo pareció girar a su alrededor, haciendo que su estómago protestara. Y, entonces, la luz desapareció. Cayó a un profundo foso donde la oscuridad era un ente con vida que la ahogaba, impidiéndole respirar y haciendo que le escocieran los ojos. No podía ver nada. La oscuridad se extendió sobre ella como una fortaleza inexpugnable que cubría todo su ser con un peso aplastante.
"¿Dónde está Marcus?", se preguntó internamente sin poder evitarlo. Se suponía que iba a guiarla. Ese pensamiento le permitió encontrarse a sí misma en mitad de aquella negrura. Deseó con todas sus fuerzas que Marcus apareciera para ayudarla. Y en cuanto su deseo tomó forma, la voz de Marcus llegó hasta ella, amortiguada por la asfixiante oscuridad que la envolvía.
— Sígueme y no te quedes atrás— le dijo. Invisible, inalcanzable—. Y recuerda, no permitas que el pasado se apodere de ti. Deja que se vaya o no podrás salir de aquí.
En cuanto Marcus pronunció aquellas palabras, la oscuridad estalló alrededor de April como una bomba nuclear. De repente, comenzaron a desfilar ante sus ojos verdes las memorias de toda su vida como una película y con cada imagen, ella se hundía más y más en la niebla que inundaba su cerebro.
Vio a su padre escuchando a Frank Sinatra en el viejo tocadiscos de su despacho, a su madre llegando a casa del trabajo con la bata blanca de médico sobresaliendo de su maletín, a los tres desayunando juntos cada mañana, a su padre llevándola de la mano por los pasillos del Museo Británico para admirar los bajo relieves del Partenón…
Los recuerdos de un pasado feliz le hicieron daño. El dolor de la pérdida de todas las cosas que una vez quiso le perforó el corazón. Sin embargo, a pesar de la agonía, se habría quedado allí para siempre. De hecho, quería hacerlo. Poder contemplar eternamente los rostros de sus padres le parecía un plan perfecto. No quería dejarlos marchar, no quería despertarse una mañana y descubrir que había olvidado alguno de aquellos momentos especiales.
Pero entonces, recordó las palabras de Ciro. Tenía que dejar ir el pasado para continuar.
April supo que sería mucho más fácil rendirse, dejar que el pasado la absorbiera hasta que no hubiera vuelta atrás. Porque en aquel lugar, en medio de ninguna parte, no había dolor, ni preocupación, ni miedo. Si hubiera sido únicamente por ella, jamás habría podido hacerlo. Pero no sólo era su vida la que estaba en juego. Su madre, que ya había perdido a su padre, no soportaría perderla también a ella. De igual forma sufriría Merle si no lo conseguía, pues se querían como si fueran hermanas. April se mataría antes de hacerle daño a alguna de las dos.
Y luego estaba Van. Por él estaba allí. El ryujin era importante para ella. Pero hasta esa noche no había descubierto cuánto. En el instante en que aquel pensamiento cruzó su mente, las imágenes de su infancia se desvanecieron y fueron sustituidas por otras nuevas. Recuerdos de un pasado muy diferente, uno que no dolía recordar y que tenía un denominador común: el rey de Fanelia. Los momentos que habían compartido juntos en los últimos meses la inundaron y sintió en el corazón una calidez que nunca antes había experimentado. April se aferró a esos recuerdos desesperadamente y se valió de ellos para seguir luchando. Fueron sus ojos oscuros, el aroma que desprendía su piel, el calor de su cuerpo y las sonrisas torcidas del rey de Fanelia las que consiguieron que dejara de perseguir el pasado y se concentrara en encontrar la voz de Marcus en aquel recóndito lugar.
— Sólo tienes que seguirme— oyó que Marcus le decía, aún invisible—. Sígueme y todo irá bien.
Ella lo hizo. Y la oscuridad volvió a condensarse a su alrededor, pero no le importó. Sabía lo que tenía que hacer. Utilizó la voz de Marcus como si se tratara de una brújula para encontrar la salida. Y cuando alcanzó la superficie, supo que lo había conseguido.
— Has alcanzado el limbo. Ahora te quedas sola— le dijo Marcus con aquella voz tan serena y poderosa—. Buena suerte, April Ryan.
Ella sonrió, agradecida por la ayuda que le había prestado y se concentró en explorar el lugar en el que se encontraba. La oscuridad se disipaba, permitiéndole apreciar la desolación que se extendía a su alrededor. Un mundo oscuro y siniestro en el que todo era negro: la tierra arrasada que se extendía a su alrededor, la niebla que la rodeaba y las nubes que surcaban el cielo.
¿De verdad era aquello el limbo?, se preguntó inevitablemente.
— Por fin has venido. Temía que no lo consiguieras.
April giró sobre sí misma para encarar aquella voz misteriosa. Y cuando lo hizo, se quedó helada.
— Tú.
…
Van Fanel sintió que el alma se le escapaba del cuerpo cuando fue consciente de lo que significaban las palabras de Erik. April le había desobedecido, había salido de la Villa Imperial sola, sin escolta y sin decirle a nadie dónde iba. Y ninguno de sus soldados sabía dónde estaba.
Los recuerdos de lo ocurrido en Vaedran inundaron la mente del ryujin. Por un segundo fue como si volviera a estar allí, bajo la tormenta de nieve, viendo como aquel cerdo marcaba con su daga la piel de April. El miedo se apoderó de su cuerpo en cuestión de segundos, empañando la rabia inicial que había sentido al descubrir que April le había desobedecido. Luchó contra sus emociones con todas sus fuerzas, para mantenerlas a raya, necesitaba conservar la mente fría y despejada para encontrarla. Porque tenía que encontrarla. No podía permitir que nada malo le sucediera.
¡A ella no!, gritó internamente mientras la furia teñía sus pensamientos de un rojo carmesí. Tuvo entonces la certeza de que sería capaz de matar a cualquiera que intentara hacerle daño, a cualquiera que le pusiera la mano encima.
— Dividíos y rastread cada palmo de la ciudad— ordenó con la voz tan dura como el acero—. ¡Encontradla!
Erik asintió, mortalmente serio, fue consciente en ese momento de la importancia de aquella orden. No podía fallarle a su rey ni tampoco a April. Luego, dedicó una educada reverencia a todos los presentes y abandonó rápidamente el salón para movilizar a todos los hombres disponibles.
Van quiso unirse a ellos pero Allen se lo impidió. Agarró al ryujin del hombro y tiró de él hasta quedar frente a frente.
— Espera un momento, ¿dónde crees que vas?— quiso saber el Caballero Caeli—. Sé que ha sucedido algo y no te irás de aquí hasta que nos expliques qué demonios está ocurriendo.
El rey de Fanelia maldijo internamente. Aquello iba a retrasarle y no podía permitirse perder el tiempo. No sabía cuánto tiempo llevaba April fuera de la protección que brindaban los muros de la Villa Imperial. Tenía que apresurarse. Así que decidió resumir la situación lo máximo posible.
— April ha desaparecido y nadie sabe dónde está— contestó con simpleza, aunque sentía que el miedo le asfixiaba por dentro. Sus palabras provocaron que sus acompañantes jadearan mitad sorprendidos, mitad asustados—. Suéltame Allen, necesito ir en su busca inmediatamente.
El Caballero Caeli aflojó la presión que ejercía sobre el hombro del ryujin pero no le soltó completamente.
— Entiendo lo que planeas y no te detendré— le dijo finalmente, sosteniendo la oscura mirada del rey de Fanelia—. Pero mis hombres y yo iremos contigo. Cuantos más seamos antes daremos con ella.
Van quiso protestar, pero la voz de Dryden le interrumpió.
— No nos dejes al margen de esto— repuso enfadado el esposo de Millerna—. No eres el único que se preocupa por ella.
— Allen y Dryden tienen razón, escúchales por favor Van— coincidió la mujer de ojos violetas—. Movilizaremos a la guardia si es necesario, no dejaremos que nada malo le suceda.
Observando la sincera preocupación en los ojos de sus amigos, Van supo que tenían razón. La delegación de Fanelia viajaba con pocos hombres que tardarían horas en rastrear Godashim. Necesitaba ayuda para encontrar a April y ellos podían brindársela. No era momento de dejarse llevar por el orgullo.
— De acuerdo— aceptó el ryujin, rindiéndose a la evidencia—. Pero debemos darnos prisa.
Allen palmeó suavemente la espalda del joven rey de Fanelia y sonrió para intentar tranquilizarle.
— Mis hombres y yo no te fallaremos.
…
April observó sorprendida a la mujer que permanecía de pie frente a ella. A pesar de que ya la había visto antes, en un sueño, no pudo evitar maravillarse ante su majestuosa belleza. Con su toga blanca, su largo cabello pelirrojo y sus ojos plateados era tan hermosa que dolía mirarla.
— Eres real… todo este tiempo has sido real— consiguió articular cuando fue capaz de hacer frente a la confusión y el estupor inicial. Estaba en el limbo, un lugar entre la vida y la muerte, con una mujer que hasta hacía escasos minutos creía un producto de su alocada imaginación.
Aquella extraña mujer sonrió, como si pudiera saber lo que April estaba pensando.
— Me alegra que por fin lo entiendas— comentó como si tal cosa—. Empezaba a pensar que tu escepticismo te impediría ver la verdad.
April pasó por alto aquella afirmación. En cambio, decidió resolver una duda que le taladraba el cerebro hasta resultar tremendamente incómodo.
— ¿Quién eres?— inquirió sin despegar la vista de aquellos extraños ojos que emitían destellos del color de la plata fundida.
Ella se limitó a encogerse de hombros, como si la pregunta no tuviera la menor importancia.
— En tu mundo he tenido muchos nombres: Ea, Atenea, Minerva… Cada cultura me ha llamado de una forma distinta. A los otros también los han llamado de muchas formas— explicó la extraña mujer con una sonrisa nostálgica, como si echara de menos aquellos tiempos—. Mi auténtico nombre, si en verdad quieres saberlo, es Mera. Así me llamaban mis hijos. Aunque en Gaia todo el mundo me conoce como Fortuna.
Ante aquellas palabras, April contuvo bruscamente el aliento.
— ¿Eres la diosa Fortuna?— preguntó sintiendo que le temblaban la voz, las piernas y hasta los pensamientos. ¿Era aquello posible? Aunque pensándolo bien, estaba en un planeta próximo a la Tierra que no se veía desde la Luna Fantasma, rodeada de gente extraña que combatía con Guymelefs y se desplazaba en naves voladoras. ¿Había algo que siguiera siendo un mito en su vida?
— Eso me temo— respondió con simpleza, acercándose a April un poco más—. Cuando caminábamos por el mundo tu especie intentaba comprender nuestra existencia. Siempre hemos sido un misterio para vosotros. Aunque ahora nos hayamos convertido en meras leyendas.
La mujer clavó sus extraños ojos plateados en April que hizo todo lo posible por no retroceder por culpa de la impresión que le provocaban. Aquellos ojos se volvieron tristes de repente antes de que Fortuna hablara de nuevo.
— Siento mucho el sufrimiento que te he causado estos meses— se disculpó, y la sinceridad teñía sus palabras con un matiz que resultaba doloroso y desgarrador—. En mi defensa diré que necesitábamos hacerte llegar nuestro aviso. Alterar tus sueños fue lo único que se me ocurrió.
April puso cara de pocos amigos.
— ¿Has sido tú?— preguntó con un hilo de voz, tan indignada que se le olvidó el miedo que sentía—. ¿Tú me has mostrado todas esas horribles imágenes?
— Imágenes no— corrigió Fortuna, como si estuviera hablando con un niño pequeño—. Destellos del futuro que está por venir si no lo detenemos antes.
— ¿Por qué lo has hecho?— inquirió enfadada. Por fin tenía alguien a quien culpar por lo mal que lo había pasado cada noche de los últimos meses.
Fortuna se irguió en toda su estatura, irritada con la actitud desafiante de la humana que le sostenía la mirada. El aire que las rodeaba se agitó violentamente cuando la ira emanó en oleadas del cuerpo de la diosa. April tomó consciencia de lo pequeña e insignificante que era en comparación y supo que Fortuna podría destrozarla en menos de un segundo si seguía presionándola.
— Porque no querías escucharme— replicó molesta la diosa, intentando calmarse—. Noche tras noche, entraba en tus sueños y te avisaba del horror que se avecina. Y noche tras noche tú me ignorabas. Creías que eran meras pesadillas y te olvidabas de todo al despertar.
— ¿Y qué querías que hiciera?— protestó April con vehemencia al tiempo que enderezaba la espalda, no pensaba dejarse intimidar por esa diosa—. En mi mundo, los sueños son sólo sueños.
Fortuna enfocó sus plateados ojos en el rostro de April, que le sostuvo la mirada. El semblante de la diosa se relajó visiblemente y el aire dejó de ondear a su alrededor.
— Lamento el dolor que te he causado pero tenía que hacerte entender. Sin embargo, pasaron los días y tú seguías sin escucharme, así que decidí cambiar de estrategia. Pensé que, tal vez no me escuchabas porque creías que esas visiones no te perjudicarían a ti. Pero, quizás, si te mostraba cómo podía afectar tu inacción al futuro de las personas que más te importan empezarías a colaborar— Fortuna dirigió sus ojos, de nuevo tristes, hacia April—. Entendí muy tarde que aquello era demasiado para ti. Lo siento. Hacerte sufrir era lo último que pretendía, créeme.
Sus palabras sonaban sinceras y April decidió creerlas.
— No importa— le dijo—. Si querías traerme hasta aquí, qué más da el método que hayas empleado para conseguirlo.
Fortuna observó atentamente a la humana que le devolvía la mirada. Entonces, la joven gritó de dolor y se llevó las manos a la cabeza como si la atormentara un sufrimiento insoportable.
— ¿Qué me está pasando?— preguntó asustada mientras la recorría otro ramalazo de dolor.
— Las almas son entes delicadas. No pueden sobrevivir separadas de su contenedor físico mucho tiempo— explicó la diosa—. Debemos darnos prisa antes de que te veas obligada a regresar a tu cuerpo.
Cuando el dolor se disipó, April supo que Fortuna tenía razón. No había hecho todo aquello para quedarse sin respuestas al final. Y la primera pregunta era fácil y lógica.
— ¿Qué es lo que quieres de mí?
La más grande de la tríada de Atlantis sonrió con suficiencia, como si estuviera encantada con aquella pregunta.
— No tengo tiempo de explicarte ahora cómo le dimos forma a la humanidad o qué fue lo que provocó la primera extinción. Pero lo que sí puedo contarte es que, tanto antes como después del fin, quisimos salvar el mundo— narró la diosa con su poderosa voz, hablando ahora más deprisa—. Era nuestro deber. Nosotros lo creamos y nos sentíamos responsables de su suerte. No puedes imaginar cuanto dolía ver nuestra más preciada creación arrasada, sucumbiendo en manos del caos— los ojos de la diosa se contrajeron como si quisieran llorar, aunque finalmente no lo hizo—. Pero fracasamos y el mundo tocó a su fin. La tierra tembló durante días, las llamas ardieron durante semanas. Cuando la ceniza se asentó quedaban menos de diez mil de tu especie.
April jadeó, horrorizada, y abrió los ojos como platos. Ahora entendía por qué Fortuna había utilizado la palabra "extinción". La desaparición, de un plumazo, de la mayor parte de la población humana era una tragedia sin igual.
— Pero seguimos adelante, juntos, para reconstruir todo— el semblante de Fortuna se volvió duro como el acero—. Nos dimos cuenta, demasiado tarde, de que no podíamos coexistir con vosotros. Por eso, cuando el mundo floreció de nuevo, nos alejamos de nuestra creación para protegerla. Era más seguro para vosotros no involucraos con el poder de los dioses. Borramos las huellas y las pruebas de nuestra existencia y así, nos convertimos en meros mitos y leyendas— los plateados ojos de la diosa reflejaban un sufrimiento más allá de la imaginación de un simple humano—. Pero no estuvimos ociosos todo ese tiempo. Nos dedicamos a proteger a la humanidad desde la distancia. Intentando impedir que la tragedia volviera a golpear el mundo— la mirada de Fortuna brilló con el dolor que transmitían sus palabras cuando continuó—. Nuestro primer deseo fue viajar al pasado para poder cambiarlo. No encontramos cómo hacerlo. Pero al futuro… podíamos mirar al futuro. Y así, buscamos ver más allá de nosotros mismos y saber qué iba a suceder— la diosa cogió aire ruidosamente e hizo una pequeña pausa, como si le costara continuar—. Pero no importaba cuánto miráramos, vimos que la tragedia volvería a repetirse. Hicimos todo lo posible por evitarlo y volvimos a explorar el futuro para saber si nuestras obras darían sus frutos. Pero la respuesta siempre fue la misma.
Fortuna guardó silencio y April no supo que decirle para reconfortarla. El sufrimiento que transmitían sus palabras era tan grande que April podía sentirlo en el aire que las rodeaba. La diosa se acercó a ella lentamente y colocó las manos en el humano rostro de April, como si quisiera vislumbrarle el alma a través de sus ojos verdes. La mirada de aquellos orbes plateados era tan intensa que April sintió que se quedaba sin aliento y que el corazón se le detenía.
— Estábamos cansados de mirar, habíamos perdido toda esperanza— continuó la diosa, quemando a April con los destellos que lanzaban sus ojos—. Hasta que te encontramos a ti, April Ryan. Entonces, todo cambió. Vimos en ti un camino alternativo, el resultado de nuestro esfuerzo.
Cuando fue capaz de respirar, April se las arregló para decir:
— Te equivocas— contradijo—. Yo no soy nadie. Nadie.
La diosa Fortuna sonrió y la soltó, liberando a April del poderoso embrujo de sus ojos.
— La semilla es fuerte en ti y tienes un corazón puro. Puede que esto funcione.
Ese comentario asustó a April más que cualquier otra cosa de las que había dicho antes. Su tono de voz dejaba bien claro que lo que estaba pensando implicaba el mayor de los riesgos.
— Perdona, ¿qué es lo que dices que podría funcionar?
Fortuna no contestó inmediatamente, se entretuvo unos instantes contemplando a April como si intentara decirle algo. Luego, sacudió la cabeza como si negara algo para sí misma y, a continuación, dijo:
— Se aproxima un nuevo mundo, frío y oscuro, que os consumirá. Pues sois carne y la carne es frágil— advirtió con la voz dura y agitada—. Ahora sabes cómo lo intentamos, cómo fracasamos, cómo perdimos nuestras esperanzas. Salvo una.
Se acercó hasta April para cogerla de la mano y añadió con la voz rota:
— Con tu toque, una chispa. Una chispa para salvar ambos mundos.
April cogió aire ruidosamente al comprender lo que la diosa le estaba pidiendo.
— ¿Qué tengo que hacer?— preguntó, sorprendida porque su voz sonara segura en un momento como aquel.
— Por ahora, debes comenzar aprendiendo nuestra historia. Necesitas saber cómo os creamos y qué fue lo que desencadenó la primera extinción para poder detener la amenaza que se cierne sobre todos nosotros.
— ¿Y cómo voy a hacer eso si dices que borrasteis todas las huellas que quedaban de vuestra existencia?— preguntó April preocupada por la imposibilidad de llevar acabo aquella tarea.
— En la Luna Fantasma sí— corroboró Fortuna—. Pero no en Gaia. En este planeta aún hay lugares que guardan recuerdos de nuestra presencia.
Una nueva oleada de dolor recorrió a April y la oscuridad volvió a cernirse sobre ella, impidiéndole respirar.
"Es hora de regresar", le susurró interiormente la voz de Marcus.
— Se nos ha acabado el tiempo— anunció Fortuna, cuando fue consciente del dolor que atravesaba a April otra vez— Sólo me queda tiempo para una última petición. ¿Puedes prometerme algo?
— Lo que sea— respondió April, firme y serena.
Fortuna sonrió al escuchar sus palabras. Definitivamente había elegido bien, le gustaba aquella humana y el valor que demostraba.
— No permitas que el dragón muera— le dijo, mortalmente seria de repente—. Si el dragón cae, Gaia caerá con él.
— ¿Cómo sabré quién demonios es el dragón?— preguntó April. Pero no hubo respuesta. La oscuridad lo envolvió todo, como una niebla asfixiante que le impidió respirar y se llevó a la diosa consigo. April ya no podía verla, pero aún podía escuchar su voz.
— El futuro continúa cambiando. Ignoro como va a terminar. Ahora todo depende de ti— la voz sonaba compungida y suplicante, como si la poderosa diosa estuviera llorando—. Te protegeré tanto como pueda. Te lo prometo, April Ryan.
…
Jadeando y cubierta de un sudor frío que se le pegaba a la ropa, April abrió sus ojos verdes y descubrió que estaba de nuevo en la extraña salita de la casa de Marcus. Le dolía todo el cuerpo como si le hubiera pasado por encima una apisonadora, pero el dolor más insoportable estaba en su cabeza. Cada latido de su corazón suponía una tortura indescriptible para su maltratado cerebro que intentaba, a duras penas, asimilar lo ocurrido.
— ¿Cómo te encuentras?— preguntó Marcus, seriamente preocupado—. La primera salida siempre es dura y difícil.
April quiso decirle que aquello era quedarse corto pero no pudo hacerlo, pues la recorrió una nueva oleada de dolor y el estómago se le retorció dolorosamente. Las arcadas le convulsionaron todo el cuerpo. Su estómago se contrajo a causa de las náuseas que le provocó el pánico, pero no había probado bocado desde el mediodía y no tenía nada que vomitar.
— ¡April!, ¿qué te ocurre?— Ciro se inclinó sobre ella. Le apartó delicadamente el pelo de la cara con las manos y le tocó la frente, empapada en sudor—. Por todos los dioses, ¡está helada!
— Tranquilízate Ciro— le dijo Marcus—. La primera salida siempre causa estragos en el cuerpo. Necesita un minuto para recuperarse.
April necesitó mucho más que un minuto para recuperar el control. Pero cuando lo consiguió se sintió orgullosa de sí misma. Contra todo pronóstico, había sobrevivido a su descabellado viaje al limbo, había obtenido respuestas para algunas de sus preguntas y ahora tenía trabajo que hacer.
Se incorporó lentamente con manos temblorosas. El tazón de madera seguía en su sitio, frente a ella, pero ahora no contenía aquel asqueroso brebaje sino agua; limpia, fresca y clara.
— La necesitarás para recuperar las fuerzas— le informó Marcus.
Y ella decidió obedecer. Volvió a llevarse el tazón a los labios y bebió para calmar la sed que le quemaba la garganta. Casi inmediatamente, se sintió mejor.
— ¿Cómo te ha ido allí dentro?— quiso saber Marcus mientras Ciro los observaba en silencio, visiblemente inquieto.
— Lo he visto, Marcus. ¡He visto el limbo!— exclamó April con la voz entrecortada, intentando asimilar las últimas horas de su vida—. Tú tenías razón. Ella me estaba esperando. Ha sido…
Pero ninguna de las palabras que April conocía podía explicar lo que había sucedido. Aunque, en realidad, no hizo ninguna falta pues Marcus sonrió como si supiera exactamente cómo se sentía en ese momento.
— ¿Ella? ¿Quién es ella?— quiso saber Ciro, conmocionado e intrigado a partes iguales.
— Fortuna— contestó April, como si aún le costara creérselo.
A Ciro la sorpresa le hizo abrir los ojos como platos.
— ¿Estás diciendo que Fortuna es quién te ha convocado al limbo?— demandó, realmente impresionado
— Eso es exactamente lo que estoy diciendo— respondió April y ante la estupefacción del monje decidió detallarles lo que había ocurrido después de que aquel extraño brebaje hiciera efecto. El silencio cayó sobre la estancia en cuanto April terminó su relato. Sólo podía oírse el chisporroteo de las llamas en la chimenea y la cadenciosa respiración de las tres personas que rodeaban la mesa.
— Entonces, deduzco que tu primera salida ha sido todo un éxito— murmuró Marcus al cabo de unos minutos, sonriendo de nuevo.
April hizo una mueca, dejando claro que no estaba de acuerdo con Marcus.
— No estoy segura de que la palabra éxito sea la más adecuada. Todo mi mundo está patas arriba— dijo, suspirando como si fuera incapaz de asimilar que acababa de charlar tranquilamente con una diosa atlante—. Nada de esto tiene sentido para mí. Yo no creo en cuentos de hadas.
— El sol no necesita que creas en él para salir cada mañana— repuso Marcus sabiamente—. Tú has visto la verdad con tus propios ojos. Ya no puedo hacer nada por convencerte, ahora depende de ti.
— ¿Tengo elección?— preguntó ella con ironía. No le quedaban muchas alternativas. Quedarse de brazos cruzados significaba ver el mundo arder en los fuegos del apocalipsis. Arriesgarse a formar parte de aquella locura, al menos, le permitiría tener una posibilidad, por mínima que fuera, de salvar a las personas que más le importaban.
— Siempre hay elección, no lo olvides April— la contradijo Ciro, que había permanecido en silencio durante los últimos minutos—. Están aquellos dispuestos a luchar y los que no lo están. La decisión es tuya.
— Ciro tiene razón, April— corroboró Marcus—. Las profecías nunca pueden determinar la voluntad del individuo. Tú eres sólo uno de los posibles caminos. Lamentablemente, parece que la mayor parte de los caminos alternativos se han visto bloqueados.
April supo, antes incluso de escuchar aquellas palabras, que no tenía elección. No permitiría que las personas que más quería sufrieran, no dejaría que otros perdieran a sus seres queridos como ella había perdido a su padre. Y, sobre todo, no podía permitir que Van muriera. Pero no quería entrar a valorar aquellos sentimientos en concreto. Tenía demasiadas cosas en las que pensar en ese momento.
— Deberíamos regresar a la Villa Imperial, April— anunció Ciro, de repente—. Ha pasado mucho tiempo desde que nos marchamos y deben estar preocupados.
Ella se encogió interiormente al imaginar la reprimenda que iba a echarle Van cuando descubriera que le había desobedecido. Intentando no pensar en ello, se levantó de la silla. Marcus y Ciro la imitaron.
— Muchas gracias por todo, Marcus— dijo April, estrechándole la mano en señal de gratitud.
Marcus sonrió y la palmeó la espalda con dulzura.
— Gracias a ti por venir a mi casa. Has hecho feliz a este anciano. Me has traído desesperación al saber lo que se avecina pero también esperanza— repuso él con alegría. Clavó sus grises ojos en las verdes profundidades de April antes de proseguir—. Eres como una ola y me alegro de haber tenido el privilegio de conocerte.
— ¿Qué soy qué?— preguntó April confusa.
— Una ola. Alguien que impulsa a las personas y los acontecimientos hacia el cambio, hacia el futuro— aclaró Marcus, sumamente sereno—. Quedan ondas a tu paso que se extienden en la lejanía. Esas ondas no morirán jamás. Soy un privilegiado por haber podido contemplar el inicio de un viaje que cambiará ambos mundos.
…
Llovía a cántaros cuando April y Ciro abandonaron la casa de Marcus. La brisa cálida de la tarde había traído consigo grandes nubes que descargaban sin piedad sobre la ciudad de Godashim a esa hora de la noche. Ciro se revolvió, incómodo, bajo el persistente aguacero. Pero April agradeció enormemente a la perenne humedad que emanaba del cielo por llevarse consigo el sudor pegajoso que se le pegaba a la piel y aliviar el sofocante calor que sentía.
Levantó el rostro hacia la lluvia, cerrando los ojos, para disfrutar de la sensación y, casi inmediatamente, se sintió mejor. Lejos de la tenue luz y del perfume agobiante que impregnaba el salón de Marcus, era más difícil aterrorizarse por el oscuro futuro que se extendía ante ella.
— ¿Cuál crees que debería ser nuestro próximo paso?— la voz de Ciro interrumpió el curso de los pensamientos de April, obligándola a regresar al presente.
— ¿Nuestro?— preguntó April, echándose a reír—. ¿Es que acaso quieres ayudarme?
— Por supuesto que sí. No pensarás que te voy a dejar hacer esto tú sola.
No había contado con que Ciro quisiera ayudarla y se sintió sinceramente agradecida con aquel anciano. Despertaba en ella sentimientos de ternura y afecto que le recordaban a su padre.
— De acuerdo. Si estás tan loco como para apoyarme en esto, ¿quién soy yo para cuestionarte?— aceptó April contagiando al sacerdote con su buen humor.
— Entonces, ¿por dónde empezamos?— quiso saber el sacerdote.
— Si quieres mi opinión, creo que deberíamos empezar por algo sencillo. Buscar información sobre la primera extinción. Fortuna me explicó que era sumamente importante para detener lo que sea que esté por venir.
Ciro cabeceó para darle a entender que había captado el mensaje.
— Me parece bien y creo que voy a poder serte útil por una vez. Volveré al Templo de Fortuna en unos días— informó mientras caminaban bajo la lluvia y sus pasos reverberaban en las solitarias callejuelas de la ciudad—. Los monjes conservan escritos muy antiguos entre sus paredes, tal vez allí encuentre algo que nos ayude,
— Eso sería estupendo— reconoció April con una sonrisa satisfecha—. Yo volveré a Fanelia dentro de dos días. Si Van no me mata esta noche por haberme escapado de la Villa Imperial, tal vez podría pedirle que me ayude a buscar información sobre la primera extinción.
Ciro la miró con el asombro pintado en el rostro.
— ¿El rey de Fanelia? ¿El piloto de Escaflowne?— inquirió perplejo—. ¿Qué podría saber él de los dioses?
— Bueno… conoce Gaia mucho mejor que yo— dijo April, no pensaba contarle a Ciro que Van era uno de los últimos descendientes de Atlantis y que, como tal, conocía las historias del pueblo de su madre mejor que nadie—. Tal vez pueda decirnos si existe algún lugar que guarde relación con los dioses atlantes.
Ciro se lo pensó durante unos minutos antes de contestar.
— No perdemos nada por intentarlo— observó finalmente—. Aunque creo que, por el momento, no deberíamos hacer público lo que te han mostrado los dioses. Cundiría el pánico y no ganaríamos nada con eso. Además, ¿cuántas personas nos creerían?
Después de tan sabio argumento, a April no le quedó más remedio que darle la razón al sacerdote. Continuaron caminando en silencio, de vuelta a la Villa Imperial, bajo el persistente aguacero que les calaba los huesos. Estaban empapados y Ciro, poco acostumbrado a las bajas temperaturas, tiritaba de frío. No así April, pese a que la ropa humedecida se le pegaba a la piel, había sufrido en sus carnes los crudos inviernos de Nueva York. Aquello no era nada comparado con el impasible clima de la ciudad de los rascacielos.
Pero lo último que deseaba era que el sacerdote se resfriara por acompañarla a aquella salida no autorizada. Aunque tampoco podían acelerar el ritmo. Al pobre ya le costaba seguir el paso, a pesar de que caminaban lento. April dirigió su verde mirada hacia él. Sólo llevaba puesto su ceremonial hábito naranja, que era bastante ligero y dejaba sus brazos expuesto al frío viento que soplaba sobre la ciudad. Con cuidado, la pelirroja se desprendió de su inseparable chaqueta de cuero y se la ofreció a Ciro con una sonrisa. Al sacerdote le costó un poco aceptar el amable gesto de April pero, finalmente, cedió ante la insistencia de la joven que le acompañaba. Se sentía un poco ridículo, pues la chaqueta le quedaba pequeña, pero la tela era cálida y suave, y le ayudó a entrar en calor rápidamente.
— Eres una mujer extraña, April Ryan— susurró minutos después, sin dejar de mirarla.
Ella rio y el sonido llegó hasta Ciro como un viento cálido que se llevó el frío.
— Me lo dicen a menudo.
Dejaron atrás el barrio más humilde de Godashim y se internaron en la zona rica de la ciudad. En la distancia, la Villa Imperial se alzaba sobre la colina, imponente y grandiosa, a pesar de estar desdibujada por la lluvia que continuaba cayendo a raudales. April y Ciro giraron a la derecha para enfilar la avenida principal cuando se dieron de bruces con un grupo de hombres que caminaba bajo la lluvia. El golpe fue tan fuerte que la pelirroja habría caído al suelo si no fuera porque unos brazos fuertes y musculosos la sujetaron a un cuerpo duro y caliente.
— ¡Por Jichia!— exclamó la potente voz de Allen Schezar muy cerca del oído de April—. Muchachos, la hemos encontrado.
Atrapada como estaba en la presa que formaban los brazos de Allen, April se vio obligada a mirar hacia arriba para poder enfocar el rostro del Caballero Caeli en la oscuridad de la noche.
— Allen, ¿qué estás haciendo aquí?— preguntó. Mitad perpleja, mitad aturdida.
Él le lanzó una dura mirada antes de responder y sus ojos azules brillaron, destilando preocupación.
— Sabes perfectamente que estoy haciendo aquí. Buscarte a ti. Se suponía que tenías que quedarte en la Villa Imperial. ¿Por qué les gustará tanto el peligro a las mujeres de tu familia?— lanzó al aire un nostálgico suspiro y el vaho de su respiración se elevó hacia la lluvia—. No te imaginas lo preocupados que nos tenías a todos. Llevamos horas rastreando la ciudad en tu busca… Van va a volverse loco de la angustia de no saber dónde estás o si estás bien.
Un ramalazo de culpabilidad recorrió a April de la cabeza a los pies. Lo último que deseaba era preocupar a nadie y obligar a Van a buscarla bajo la lluvia. Mil excusas para justificar su huida de la Villa Imperial desfilaron por su mente. Pero no pudo utilizar ninguna.
La voz de Ciro se alzó desde las sombras.
— Mi señor, si hay alguien que debe disculparse ese soy yo. Le pedí a la señorita Ryan que me acompañara a ver a un paciente. Soy demasiado viejo y no confiaba en poder hacerlo yo solo.
April intentó no parecer sorprendida. Los ojos de Ciro le suplicaron que guardara silencio, aunque ella no estaba de acuerdo en dejar que un anciano sacerdote cargara con la culpa.
— Aun así, te has metido en un buen lío— dijo Allen mientras clavaba su mirada en los ojos verdes de April y una sonrisa seductora adornaba su rostro—. Deberías habérnoslo dicho, cualquiera de nosotros te habría acompañado.
April gimió internamente al imaginar lo enfadado que debía estar Van. Iba a caerle la que probablemente sería la peor bronca de su vida en pocos minutos.
— Gaddes— llamó Allen a uno de sus oficiales. El hombre era alto y moreno y llevaba un uniforme militar y la espada a la cadera—. Yo la escoltaré hasta la Villa Imperial, ocupaos de comunicar a los demás que la hemos encontrado.
Los hombres de Allen se dispersaron rápidamente y el Caballero Caeli se quedó a solas con April y Ciro.
— Será mejor que nos pongamos en marcha. Deben de estar muy preocupados.
April se limitó a asentir y los tres echaron a andar colina arriba hacia la Villa Imperial. En aquel instante, bajo la tormenta que continuaba descargando sin piedad sobre Godashim, sintió un extraño cosquilleo en la columna y el colgante que llevaba al cuello se encendió durante unos segundos. Giró sobre si misma justo a tiempo de contemplar cómo un hombre rubio de ojos negros surgía prácticamente de las sombras que proyectaban los edificios de piedra.
El hombre clavó sus ojos oscuros y malvados en April y ella le reconoció inmediatamente. La diabólica sonrisa que exhibía se lo confirmó. Era el mismo tío que quiso estrangularla hasta la muerte en Vaedran. Y había vuelto a por ella, estaba completamente segura de ello.
El hombre ladeó el rostro como si estuviera paladeando el sufrimiento que pensaba causarle en cuanto le pusiera las manos encima. Horrorizada, April fue consciente de que ninguno de sus dos acompañantes había notado el peligro que se cernía sobre ellos. Sin embargo, no tuvo tiempo de avisarles. Una imagen le estalló en la cabeza con la potencia de un cohete y supo lo que iba a suceder antes de que ocurriera.
¡Aquel tío planeaba matar a Ciro y Allen antes de ir a por ella!
La visión vino sólo medio segundo antes que la realidad, pero fue suficiente. April giró de nuevo y se abalanzó sobre la espalda de Allen y Ciro para arrojarlos al suelo. Los tres rodaron cuesta abajo unos cuantos metros, en un confuso montón. Las duras piedras del suelo arañaron los desprotegidos brazos de April, que comenzó a sangrar antes incluso de poder incorporarse.
— ¿Qué demonios estás haciendo?— se quejó Allen, cubierto de barro, mientras intentaba levantarse.
— ¡Cuidado!— le advirtió April desde el suelo, cuando comprendió que aquel hombre de ojos negros no pensaba rendirse. A pesar de haber errado el primer golpe ya se preparaba para un segundo.
Allen fue consciente de la delicada situación en la que se encontraban y se dio la vuelta para encarar a aquel salvaje, desenvainando su espada con calma.
— Me alegra que hayas enviado a tus amiguitos a casa, perro— dijo aquel hombre, con la voz áspera y cortante—. Así será todo más fácil.
— Quedaos detrás de mí— ordenó con voz rígida el Caballero Caeli. No pensaba permitir que nadie le hiciera daño a April. Le había dado su palabra a Van y no tenía intenciones de defraudar la confianza que su amigo había depositado en él.
Ella se limitó a asentir. Pero aquello era mucho más fácil de decir que de hacer. Pronto fueron conscientes de que aquel hombre no estaba solo. Cuatro más surgieron de entre las sombras que cubrían las callejuelas colindantes. Todos tenían el mismo pelo, los mismos ojos y la misma sonrisa malvada en el rostro. Decidida a obedecer a Allen, se arrastró por el suelo de dura roca hasta llegar a Ciro para comprobar cómo se encontraba el anciano monje.
— ¿Estás bien?— inquirió preocupada, mientras palpaba por encima de su ropa en busca de heridas o cortes. No encontró nada y aquello le permitió suspirar aliviada.
— Eso creo— contestó Ciro—. ¿Qué está pasando?
Eso quería saber April. De espaldas a ellos, Allen Schezar combatía solo contra cinco monstruos armados hasta los dientes que parecían empeñados en descuartizarlos a los tres. April se encogió internamente cuando Allen recibió un golpe en las costillas que le hizo tambalearse. Y entonces, ella tuvo la certeza de que no iban a salir vivos de aquello. Como también supo que no podía permitir que hirieran a nadie por su culpa. Esos hombres la buscaban a ella. Lo único en lo que podía pensar era en alejarlos de Allen y Ciro el tiempo suficiente para que pudieran buscar ayuda.
Se levantó del suelo, empapada de agua y de barro.
— ¡Eh, cabrones!— gritó para llamar su atención y lo consiguió. Todos se giraron instintivamente hacia ella, incluido el Caballero Caeli, que aprovechó la distracción para desarmar a uno de ellos—. Si habéis venido a buscarme, ¿por qué no jugáis conmigo?
Y echó a correr a toda velocidad en dirección contraria.
No tenía ni idea de hacia dónde se dirigía. La única certeza que tenía era la de ser más rápida que aquellos hombres. Aunque estaba a un paso de la muerte, su excéntrico sentido del humor hizo acto de presencia para recordarle que tal vez debería haber escuchado a su madre cuando estaba en el instituto. El club de atletismo le habría venido bien como entrenamiento para momentos como aquel.
Por lo visto, su plan había funcionado. Dos de aquellos hombres la persiguieron entre los callejones de Godashim con la locura bailando en sus ojos oscuros. Siguió corriendo sin volver la vista atrás, ni siquiera cuando el barro hizo patinar sus botas y perdió el equilibrio. Extendió las manos hacia delante para detener la caída, pero el callejón por el que corría era una pendiente empinada que descendía hacia la ribera del río.
El insoportable dolor que sintió en la mano izquierda le indicó que acababa de dislocarse la muñeca. Incapaz de reducir la velocidad de su caída, se encogió sobre sí misma y rodó sin control sobre las duras piedras del suelo que lastimaron, aún más si cabe, la piel expuesta de sus brazos. Rodó unos ocho metros, hasta alcanzar el final de la pendiente y allí, sufrió un fuerte impacto con el embarrado suelo que le cortó la respiración.
Pero no tenía tiempo de detenerse. Podía oír los pasos de aquellos hombres descendiendo el callejón que ella acababa de recorrer de un modo poco ortodoxo. Si quería vivir tenía que correr. Y eso fue lo que hizo. Correr como alma que lleva el diablo.
El caudal del río se había desbordado en los márgenes debido a la lluvia, convirtiendo la orilla en un barrizal. April se abrió camino, a duras penas, entre el fango. Pero las botas se le atascaban en el barro dificultándole el avance. Cayó de rodillas unos metros después, incapaz de dar un paso más. No tenía fuerzas para seguir huyendo.
Por tanto, sólo le quedaba una salida. Se levantó bajo la lluvia, empapada y exhausta. No le importó. Estaba decidida a enfrentarse a ellos aunque sabía que aquello era una temeraria estupidez y un acto de flagrante suicidio. Pero huir nunca se le había dado bien.
La rodearon en cuestión de segundos como un par de chacales hambrientos. Uno de ellos era el cerdo que le había clavado su larga daga en Vaedran. Pero esta vez, April no pensaba ponérselo tan fácil. Si iban a matarla, tenía intenciones de joderles un poco la fiesta antes de que lo consiguieran.
Se abalanzaron sobre ella tan rápido que ni siquiera los vio venir. Sin embargo, el instinto de supervivencia tomó el control de su cuerpo y le dijo qué hacer. Uno de ellos intentó apuñalarla por la espalda, April utilizó la mano sana y la fuerza bruta de su adversario para lanzarlo sobre su hombro. Lo desarmó en cuestión de segundos para después golpearlo en el pecho con su propia arma y con toda la potencia que fue capaz de reunir. El tipo dio con sus huesos en el suelo, gruñendo de dolor.
April rezó internamente para que tuviera un par de costillas rotas.
El otro, al ver a su compañero caído, se detuvo y clavó sus oscuros ojos en ella. April pudo percibir el deseo que emanaba de ellos en oleadas. Aquel hombre paseó la mirada sin censura y sin pudor por el cuerpo femenino y se relamió los labios.
— Me pones realmente caliente para ser una simple humana.
April se limitó a poner cara de asco ante su sexual insinuación. Un segundo después, el aire se agitó cuando arremetió contra ella con la fuerza de un ciclón. April sujetó la daga con la mano izquierda y utilizó la derecha para protegerse. Plantó los pies en el suelo y empujó para desequilibrarlo pero el tipo pesaba demasiado y, en lugar de lanzarlo al suelo, sólo consiguió que errara el golpe de su daga. April no perdió la calma. Girando sobre sí misma, le asestó una patada en la parte baja de la espalda con todas sus fuerzas.
El hombre se dobló de dolor, quedando a merced de April que, cambiándose la daga de mano, lo agarró desde atrás aplicándole una llave estranguladora en el cuello. En esa posición, apretó hasta que lo oyó jadear en busca de aire. Sin dejar de comprimirle la tráquea, con la mano ilesa, levantó la daga y se la hundió en la piel de la mejilla.
Él gritó de dolor. Ella se acercó a su oído para susurrar.
— Te he devuelto el favor. Ahora estamos en paz cerdo— le soltó y le pateó de nuevo la parte baja de la espalda.
Él quedó tendido sobre el barro como un muñeco roto pero hizo lo que pudo para levantarse lo más rápido posible. El deseo y el odio se mezclaban en sus ojos oscuros. Se tocó la herida y abrió los ojos como platos cuando contempló cómo la sangre manchaba sus dedos. Escupió la rabia y la vergüenza de haber sido golpeado de ese modo por una mujer antes de amenazarla.
— Voy a disfrutar mucho doblegándote hasta que me supliques piedad.
April quiso contestar que no tenía miedo. Pero no pudo hacerlo.
— Tócala y estás muerto— la voz dura y grave de Van retumbó en la noche mientras pronunciaba cada palabra lentamente.
Hola de nuevo!
Aquí estoy con el capítulo de esta semana recién salido del horno. Espero que disfrutéis al leerlo tanto como yo al escribirlo.
Quiero dar las gracias a todas las personas que leen y siguen este fic cada semana. Especialmente a: Annima90, MacrossLive, 7 y Alice Cullen por sus puntuales reviews que nunca fallan y que me animan a seguir con esta historia. Os quiero chicas, sin vosotras esto no sería lo mismo.
Además quiero contestar los rr anónimos que recibió el capítulo anterior:
7: Verdad que son dos cabezotas? Necesitas un momento romántico y te prometo que no tardará, sólo te pido un poco de paciencia cariño. Gracias por los ánimos y por tus palabras. Disfruta de este nuevo capítulo. Besos.
Alice Cullen: Estoy planeando cosas interesantes de aquí en adelante y espero que disfrutes tanto como hasta ahora guapa =) Gracias por los ánimos y por estar siempre ahí apoyándome, desde el primer día. Miles de besos virtuales.
Eso es todo lo que quería decir.
Nos vemos en el siguiente.
Love, Ela.
PD: si me dejas un review, me harás muy feliz.
