Recomendación musical: Florence and the machine — Seven devils.
Capítulo 18: Negación.
Van estaba intranquilo. Los hombres de Allen, junto con el Caballero Caeli, y sus propios hombres se habían dividido para rastrear cada palmo de la ciudad. Pero, tras más de dos horas de búsqueda, no había ni rastro de April. El miedo y la desesperación hacían presa en él y le revolvían las entrañas. No podía dejar de imaginar en su mente distintas escenas de April en peligro, muerta o herida, a cada cual más horrible.
Empezó a llover con fuerza sobre Godashim. En cuestión de segundos, la lluvia le había calado hasta los huesos, empapándole el pelo y resbalándole por la cara. Llovía con tanta fuerza que le costaba ver con claridad, pero no pensaba parar de buscarla. Las horas se escurrieron cruelmente mientras la angustia le cerraba la garganta al saber que cada minuto que pasaba estaba más lejos de encontrarla sana y salva. Muerto de miedo y preocupación, se dirigió en compañía de sus hombres hacia el centro de la ciudad para volver a empezar de cero cuando oyó una voz desconocida que le gritaba en la cabeza.
"Ve hacia el río, sálvala".
Hacía mucho que Van había aprendido una valiosa lección. En el mundo existían un montón de fuerzas que desconocía pero de las que no podía negar su existencia. Y, desesperado como estaba, no tenía intenciones de contradecir aquella voz. Corrió como alma que lleva el diablo hacia el río, con Erik y sus hombres pisándoles los talones, suplicándole al rey a voces que los esperara. Pero él no tenía tiempo que perder.
Como si un demonio lo hubiera poseído, recorrió en un tiempo récord un resbaladizo y estrecho callejón que desembocaba en la ribera. Lo primero que pudo ver fue el Nayame que bajaba con fuerza después de varias horas de lluvia torrencial. Casi no se distinguía la orilla en mitad de aquel diluvio. Van ordenó a sus hombres que se dispersaran por los alrededores mientras el corazón le martilleaba dolorosamente las costillas. Necesitaba encontrarla. Tenía que encontrarla.
"Por favor, que esté bien", suplicó por enésima vez esa noche. "Dioses, os lo ruego… no permitáis que le hagan daño".
La voz de Erik llegó hasta él amortiguada por la lluvia que continuaba cayendo sin descanso.
— ¡MAJESTAD!
El ryujin corrió, patinando sobre el barro de la orilla, hasta detenerse junto al capitán de su guardia que señalaba un punto en el horizonte, a unos cien metros de ellos. Cuando Van consiguió enfocar la vista, la escena que se desarrollaba ante sus ojos le detuvo el corazón en mitad de un latido.
Una mujer pelirroja se enfrentaba sola a dos tipos altos, rubios y de aspecto temible. Uno de aquellos hombres fue directo a por la espalda de la mujer. Ella lo lanzó sobre su hombro y en un elegante movimiento lo desarmó y lo golpeó en el pecho con su propia arma, una daga larga y negra. El tipo cayó al suelo para no volver a levantarse. Van quedó hipnotizado por la macabra belleza de la batalla. Por la forma de moverse de aquella mujer.
Jamás había visto nada igual.
Entonces, ella giró mientras se levantaba para enfrentar al otro. Se cambió la daga de una mano a la otra y la sostuvo como si estuviera acostumbrada a utilizar ese tipo de armas todos los días. El hombre se abalanzó sobre ella y Van no pudo soportarlo más. Corrió en la oscuridad, seguido de cerca por los hombres de su guardia, enfocado únicamente en aquella mujer que parecía no temer a la muerte, rezando para no llegar demasiado tarde.
Y mientras corría vio con horror como el hombre intentaba asestar una nueva cuchillada mortal contra el frágil cuerpo femenino. Pero ella, sin perder la calma, detuvo el golpe y lo desvió. No la mató por unos cuantos centímetros. Luego, giró alrededor de aquel cerdo para descargar todo el peso de su menudo cuerpo en una brutal patada directa a la parte baja de la espalda.
Él se dobló hacia delante por culpa del dolor. Ella lo cogió por el cuello y apretó. Unos segundos después, Van contempló como levantaba la daga y la clavaba en la cara de aquel hombre para posteriormente patearle de nuevo la espalda. El tipo quedó tirado sobre el fango que inundaba la orilla del Nayame. Cuando aquel cerdo consiguió levantarse, Van ya estaba lo suficientemente cerca como para escuchar las palabras amenazantes que le dedicó a la mujer.
— Voy a disfrutar mucho doblegándote hasta que me supliques piedad.
Pero el rey de Fanelia no pensaba permitir que nadie le pusiera una sola mano encima a April Ryan. De repente, le embargó una rabia tan poderosa y volátil que, por un segundo, pudo paladearla. Ella era su responsabilidad y nadie iba a hacerle daño mientras a él le quedara un hálito de vida en el cuerpo.
— Tócala y estás muerto— sus palabras reverberaron como un trueno en mitad de la tormenta. Pronunció cada sílaba lentamente, saboreando las ganas que sentía de matar a ese tío. Y, por primera vez en toda su existencia, arrebatar una vida no le provocaría ningún tipo de remordimiento.
Cuando April escuchó la voz de Van le pareció el sonido más hermoso sobre la faz del planeta. Sus ojos se posaron, inconscientemente, sobre la figura del rey de Fanelia y sintió que el aliento se le escapaba entre los dientes cuando él le sostuvo la mirada. La lluvia que continuaba cayendo sin control se escurría desde su pelo oscuro, mojándole el rostro que parecía haber sido cincelado en piedra por el mejor de los artistas. Vestido con un formal uniforme negro que se pegaba a cada músculo de aquel cuerpo duro como el acero, estaba tan imponente que quitaba el hipo.
Definitivamente, era el hombre más guapo que había visto en la vida. Punto.
Van cortó el contacto visual con ella para enfrentarse al cerdo que se había atrevido a amenazarla, interponiéndose instintivamente entre ella y el peligro, cubriéndola con su cuerpo. El corte que April le había hecho en la mejilla derecha a aquel cerdo era profundo y sangraba abundantemente. El ryujin sonrió y sintió una oleada de orgullo hacia ella. Le había devuelto con creces a aquel cabrón lo que hizo en Vaedran. Mientras corría para ayudarla, la había contemplado pelear por su vida como si fuera una poderosa amazona bailando sin miedo con la muerte. Y debía reconocer que había estado aterrado, pero al mismo tiempo fascinado, por su valentía para defenderse incluso cuando la superaban en número.
El curso de los pensamientos del ryujin fue interrumpido cuando el tipo al que April había noqueado minutos antes comenzó a incorporarse lentamente del barrizal en el que se había convertido la orilla del río. A Van no le importó. Podría haber dejado que sus hombres se encargaran de esos tipos, pero necesitaba descargar la frustración, el miedo y la angustia que había experimentado en las últimas horas sobre alguien. ¿Y quién mejor que aquel cerdo? Tenía muchas cuentas que saldar con ese cabrón de pelo rubio.
— El alto es mío— la orden del ryujin sonó alta y clara a pesar del furioso sonido del caudal del río.
Los soldados de la guardia de Fanelia rodearon a su rey, adoptando una posición defensiva y, en menos de un segundo, cargaron todos al mismo tiempo. April permaneció en un segundo plano, conteniendo el aliento mientras contemplaba la lucha que tenía lugar a pocos metros de ella. Tuvo que reconocer que los soldados de Fanelia eran increíbles. Pero el más asombroso de todos ellos era, sin duda alguna, su rey. April había podido comprobar de primera mano las habilidades de Van para el combate. Sin embargo, aquella noche parecía poseído por el afán de acabar con el más alto de aquellos hombres. Se encaminó hacia él, directamente, desenvainando la espada con deliberada lentitud. Su adversario se abalanzó sobre el ryujin sin avisar pero tampoco importó mucho, pues Van se movía tan rápido que resultaba complicado seguir sus movimientos.
La superioridad de los hombres de Fanelia era absoluta, estaban ganando. Habían conseguido doblegar al cerdo al que April había desarmado lanzándolo sobre su hombro y ahora, se dirigían a ayudar a su rey a acabar con la última amenaza que quedaba en pie. La guardia real de Fanelia le rodeó como una manada de lobos, dispuestos a cumplir las órdenes de su líder hasta el final. Los ojos oscuros de aquel hombre rubio se clavaron anhelantes en la figura de April, debatiéndose entre su deseo de matar y el instinto de supervivencia.
— Jamás la tocarás— prometió Van al notar el deseo en su mirada.
El hombre se limitó a sonreír. En este instante, cuando April creía que todo había terminado, que el peligro había pasado, los tres hombres rubios que se habían quedado peleando con Allen mientras ella huía, aparecieron de repente en la orilla del río y se unieron a la contienda.
Los soldados de Fanelia se plegaron alrededor de su rey y volvieron al combate. El sonido del acero reverberaba bajo la tormenta cada vez que las espadas entrechocaban. April quería ayudar, odiaba quedarse al margen mientras otros peleaban por ella. Pero era consciente que dominar unas cuantas técnicas de artes marciales no la capacitaba para enfrentarse a unos tipos que iban armados hasta los dientes.
Un ruido a su espalda la sobresaltó. Aferrando con fuerza la daga negra que aún llevaba en la mano derecha, giró sobre sí misma y la colocó en la yugular del hombre que se le acercaba sigilosamente por detrás. Éste levantó las manos en señal de rendición cuando sintió la frialdad del acero sobre la garganta.
— Baja la daga, April.
Los ojos azules de Allen Schezar la miraban fijamente, intentando tranquilizarla para que dejara de apuntarle con el arma. April le reconoció y, al saberse fuera de peligro, apartó la daga de la garganta del Caballero Caeli.
— Me has dado un susto de muerte— reconoció, a pesar de sí misma. Aún podía escuchar el acelerado latido de su corazón.
Allen se echó a reír.
— Creo que soy yo quien debería estar asustado. Me has puesto una daga en el cuello— la contradijo sin dejar de sonreír—. Eres rápida y tienes buenos reflejos. ¿Quién te ha enseñado a empuñar una espada?
April se encogió de hombros, restándole importancia al asunto. Le parecía que no era el mejor momento para contarle por qué había acabado en el club de artes marciales y no en el de atletismo cuando iba al instituto. Primero necesitaba saber cómo estaban los demás. Sobre todo, necesitaba saber si Van estaba bien. Pero, cuando dirigió su mirada de nuevo hacia la pelea, los hombres de Fanelia habían dado cuenta de tres enemigos. Los dos que se mantenía en pie, a duras penas, debieron pensar que habían tenido suficiente y salieron huyendo.
— Cobardes— masculló Erik, mientras envainaba su larga espada de nuevo.
Van le dio la razón en su fuero interno. Abandonar un combate era una deshonra para un soldado faneliano. La muerte antes que el deshonor eran las primeras palabras que aprendían todos los cadetes que ingresaban en el ejército para defender Fanelia. Sin embargo, el ryujin apartó rápidamente aquellos pensamientos de su mente. Tenía cosas más importantes en las que pensar.
"April", le susurró la conciencia. Mientras la buscaba entre sus hombres Van notó que su corazón se detenía, exigiéndole que averiguara inmediatamente cómo se encontraba ella. La localizó rápidamente, junto a Allen.
Sin detenerse a pensar en lo que hacía, envainó la espada y echó a correr hacia ella. Cuando llegó a su lado se quitó los guantes a tirones, arrojándolos al suelo y le tomó el rostro con las manos. La intensa mirada de aquellos ardientes ojos verdes dejó al rey de Fanelia anclado en el suelo. Por un momento, sintió que todo lo que había a su alrededor dejaba de existir. Sólo le importaba ella.
— ¿Estás bien?, ¿estás herida?— preguntó ansioso, necesitaba saber que no había llegado demasiado tarde.
El corazón de April martilleó al sentir la abrasadora mirada de Van y la calidez de sus manos en el rostro. Le cubrió las manos con las suyas y le ofreció una sonrisa.
— Sobreviviré— fue toda su respuesta.
El tiempo se detuvo sin que ninguno de los dos desviara la mirada. Antes de ser consciente de lo que hacía, Van tiró de ella para abrazarla con tanta fuerza que April protestó. Pero no podía evitarlo. El alivio que había sentido al verla sana y salva era demasiado intenso. Se hundió en su pelo rojo como el fuego y aspiró el dulce aroma que desprendía. Olía como la brisa que anuncia que se ha acabado el invierno.
April le echó los brazos al cuello y correspondió su abrazo, provocando que Van la estrechara aún más contra él. Era la primera vez que abrazaba a una mujer de un modo tan íntimo. Había abrazado a su madre y a Merle, incluso había abrazado a Hitomi cuando era mucho más joven. Pero nada de lo que había vivido podía compararse con la sensación de tener a April entre sus brazos. En aquel instante, era demasiado consciente del calor del suave cuerpo femenino, presionado contra el suyo. Y no quería apartarse. Pero debía hacerlo. Todo el mundo les estaría mirando.
Separarse de ella fue lo más duro y difícil que Van había tenido que hacer en toda su vida. Cuando lo logró, el ryujin se dedicó a explorar el cuerpo de April en busca de heridas que debieran preocuparle. Su mirada se detuvo en los cortes de sus brazos que continuaban sangrando y se permitió suspirar aliviado. Parecía estar entera.
— Quédate aquí— le ordenó con voz dura—. Y esta vez, no te atrevas a desobedecerme.
April no contestó. Estaba claro que no le gustaba que le dieran órdenes pero comprendía que Van llevaba razón y que se había metido en un buen lío. Así que prefirió guardar silencio mientras contemplaba como el ryujin se alejaba de ella para dirigirse, en compañía de Erik, hacia los cuerpos de los tres hombres rubios que habían caído en combate.
Van y Erik registraron palmo a palmo los cadáveres. Sin embargo, además de las armas, no encontraron nada que les permitiera identificarlos. Decepcionado, el ryujin decidió regresar junto a April y llevarla de vuelta a la Villa Imperial para que Millerna la examinara con detenimiento.
Se acercaba a ella lentamente cuando se fijó por primera vez en el atuendo de la pelirroja. Llevaba sus botas y unos gastados vaqueros negros que se ceñían a su figura. Pero lo peor para Van aguardaba más arriba. La blusa blanca sin mangas que vestía estaba tan sumamente mojada que el tejido se transparentaba dejando al descubierto las curvas del cuerpo femenino que sólo había podido intuir aquella vez cuando fue a verla a su habitación.
Al rey de Fanelia se le secó la boca cuando paseó la mirada por la extensión de piel que tenía ante él. Por primera vez en toda su existencia, le recorrió un ramalazo de deseo que le hizo estallar en llamas. En un segundo, todo su cuerpo ardió por ella.
Y, para su desgracia, no era el único que había notado aquel detalle. Hirviendo de ira, lanzó una gélida mirada hacia sus soldados que, inmediatamente, apartaron los ojos de April. Luego, se acercó a ella, quitándose la chaqueta de su uniforme, y se la tendió.
— Ponte esto— casi le ladró. Van era consciente de que se estaba comportando de un modo descortés con ella. Pero el abanico de emociones que había experimentado en las últimas horas era demasiado para él. Levantar de nuevo las barreras le parecía la única forma de defenderse de aquel implacable asalto. Además, no podía permitir que sus hombres se la comieran con los ojos de ese modo.
— Pero voy a mancharte la chaqueta, estoy sangrando.
El ryujin clavó los ojos en ella, malhumorado.
— Por una vez en tu vida, obedéceme y no discutas— ordenó con la voz fría como el hielo. Para ella parecía una cuestión de principios romper las reglas, estar en desacuerdo con todo el mundo, desobedecerle.
April hizo un gracioso mohín con los labios, como si fuera una niña pequeña a la que hubieran pillado cometiendo una travesura, mientras pasaba los brazos por la chaqueta del rey. Le quedaba enorme, pues Van era mucho más alto que ella. Pero decidió no discutir en cuanto capturó la esencia del ryujin en la prenda. No se trataba de olor a perfume, no. Era el olor de Van. Limpio, fresco y masculino.
Se abrochó la chaqueta y dejó que la fragancia la inundara mientras Van, Allen y los soldados de Fanelia la escoltaban de vuelta a la Villa Imperial.
Sólo habían recorrido un par de calles cuando los hombres de Allen los alcanzaron. El tipo moreno al que el Caballero Caeli había llamado Gaddes sostenía, a duras penas, el anciano cuerpo de Ciro que incapaz de dar un paso más cayó sobre las duras piedras del suelo soltando un lastimero gemido de dolor. April quiso echar a correr para ayudar al pobre monje pero Van la detuvo, sujetándola del brazo.
— Tú no vas a ninguna parte— le dijo malhumorado, tirando de ella para evitar que se alejara de él.
— Por favor Van— suplicó, clavando sus ojos verdes en el rostro del ryujin—. Te prometo que después podrás gritarme todo lo que quieras por haberte desobedecido. Pero esto es importante, déjame ir.
El rey de Fanelia le sostuvo la mirada mientras la lluvia caía sobre ellos sin piedad. April le sonrió y sus ojos verdes se iluminaron durante un segundo. Van sintió que el estómago le daba una sacudida. Aflojó los dedos entorno a su brazo y la liberó para que pudiera alejarse.
Sintiéndose miserable, siguió atentamente todos sus movimientos mientras ella echaba a correr y se arrodillaba junto a Ciro.
— ¡Señorita Ryan, estáis bien!— exclamó aliviado el anciano en cuanto la reconoció—. Por un momento temí que esos hombres os hubieran dado alcance.
— En realidad le dieron alcance— intervino Erik, que se había acercado hasta ellos, sin poder ocultar la sonrisa—. Pero no tiene de qué preocuparse, buen hombre. Jamás había visto a una mujer pelear de ese modo.
Todos los congregados eran de la misma opinión. April se removió incómoda bajo la atenta mirada de los hombres que la rodeaban. Odiaba ser el centro de atención.
— Me gustaría saber quién os ha enseñado a pelear de esa forma— musitó Erik sin dejar de mirarla.
April le lanzó una mirada exasperada antes de contestar.
— Es una larga historia— fue todo lo que dijo. Luego, se concentró en ayudar a Ciro a incorporarse dejando la conversación inconclusa.
Van la observó atentamente, sintiendo como la curiosidad le quemaba por dentro. Totalmente intrigado por el enigma que suponía aquella mujer pelirroja, la miró deseando poder conocer la historia que escondían sus palabras.
April ignoró todo lo que había a su alrededor mientras tiraba de Ciro con la mano sana para que se incorporara. Gaddes corrió en su ayuda y entre los dos consiguieron ponerle en pie. El sacerdote emitió otro quejido de dolor cuando el peso de su cuerpo recayó sobre sus maltrechas rodillas.
La pelirroja se sintió culpable por el estado de Ciro. Intentando aliviar su sufrimiento, le agarró del brazo y se lo pasó por los hombros para sostener el peso de aquel anciano cuerpo sobre ella. Gaddes, al percatarse de sus intenciones la imitó para ayudar al sacerdote a caminar de vuelta a la Villa Imperial.
— Sois muy amable, señorita Ryan— agradecido, Ciro era incapaz de respirar—. Pero no soy más que un viejo, no os toméis tantas molestias por mí.
April le lanzó una mirada fiera antes de echar a andar cuesta arriba.
— Si seguís diciendo tonterías os dejaré aquí— le advirtió molesta.
Ciro sonrió, asombrado por la amabilidad de la mujer que le acompañaba. Y se dejó arrastrar sin pronunciar una sola palabra. Todo iba bien hasta que, unos minutos después, las rodillas del sacerdote se negaron a soportar su peso y se inclinó hacia delante. Olvidando su mano herida, April tiró de él hacia arriba para sostenerle. El dolor recorrió su brazo como un ramalazo de agonía que le llegó hasta el hombro. No pudo evitar componer una mueca de dolor mientras se obligaba a sí misma a seguir andando bajo la lluvia.
— Erik, sustituye a April— ordenó Van de repente, con voz inexpresiva.
— Puedo hacerlo yo perfectamente.
Van no podía creerse que le estuviera desafiando de nuevo. Pero, ¿es que aquella mujer nunca iba a ceder?
— Obedece. Ahora.
Su voz, cortante y fría, le hizo saber a la pelirroja lo enfadado que estaba. Con un bufido indignado, April hizo lo que le pedía y se apartó para que Erik ocupara su lugar. Luego, le dirigió al ryujin una mirada cargada de ira y, sin pronunciar una sola palabra, echó a andar calle arriba.
El hombre más poderoso de Fanelia permaneció estático bajo la tormenta. La rabia por la continua rebeldía de April hervía en su sangre como un veneno. Sin embargo, a pesar del torrente de emociones que le embargaba no pudo evitar que un fugaz y traicionero pensamiento acudiera a su mente.
Estaba muy guapa cuando se enfadaba.
…
Allen, Dryden, Van, Ciro, Erik y el príncipe Chid se habían reunido en el área clínica de la Villa Imperial para que la princesa de Asturia pudiera examinar las heridas de la pelirroja con tranquilidad. Al principio, el rey de Fanelia se había negado a permitir que Millerna alejara a April de él, ni siquiera para atender sus heridas. Pero, al final, había terminado cediendo.
Y ahora estaba allí, caminando de un lado a otro por el corredor de piedra como si fuera un león enjaulado, esperando que Millerna cruzara la puerta que daba acceso al hospital y le dijera que April no había sufrido graves daños. O eso creía él hasta que un grito de dolor resonó en el pasillo sobresaltándolos a todos. Van se quedó congelado en su posición, debatiéndose entre entrar o esperar en el corredor a que llegaran noticias. Había reconocido la voz de April y no podía evitar sentirse culpable. La había examinado rápidamente cuando, por fin, la encontraron junto al río y no había descubierto graves heridas en su cuerpo. Pero parecía haberse equivocado.
Unos minutos después, la puerta se abrió y la princesa Millerna salió al pasillo. Los hombres la rodearon en menos de un segundo.
— ¿Cómo está?— Dryden fue el primero en preguntar y los demás concentraron su atención en la mujer de ojos violetas.
— Dice que mientras huía de sus atacantes cayó al suelo— informó Millerna sin perder los nervios ante las ansiosas caras de su concurrida audiencia—. Tiene unos cuantos rasguños en los brazos y la muñeca dislocada. He tenido que colocársela en su sitio— Millerna hizo un gesto de dolor—. No ha sido divertido para ella, ya la habéis oído gritar. Pero, por lo demás, se encuentra perfectamente.
Van suspiró aliviado al saber que sus heridas no eran graves. De repente, la puerta volvió a abrirse y April apareció al otro lado. El pelo mojado le caía por la espalda y se le pegaba a la cara, se había quitado la chaqueta del ryujin y llevaba el brazo izquierdo en cabestrillo. Se acercó hasta ellos lentamente.
— Gracias— dijo mientras le entregaba la chaqueta del uniforme a su dueño.
Van asintió y no dijo nada, se limitó a hacerse a un lado mientras los demás se acercaban a ella.
— Lamento tanto todo lo que ha ocurrido— se disculpó Ciro por enésima vez—. Jamás deberíais haberme acompañado. Me siento culpable por vuestras heridas, mi señora.
April sonrió para tranquilizarle.
— No os preocupéis tanto— levantó la mano vendada y se rio—. No es la primera vez que me pasa, al menos hoy no me la he roto.
— Te recuerdo que esa mano debe guardar reposo un par de días— le dijo Millerna con cara de pocos amigos—. Y nada de quitarte el cabestrillo.
April bufó.
— Sí, mamá.
Todos rieron por su broma y el calor de las risas inundó el corredor. Mientras los demás rodeaban a April, Millerna se acercó sigilosa hasta Van y en voz baja murmuró.
— Llévala a su habitación y oblígala a darse un baño caliente antes de acostarse— el ryujin asintió, dándole a entender que se ocuparía de hacerlo—. Y Van…
Los ojos violetas de Millerna se cruzaron con los oscuros orbes del rey de Fanelia.
— No seas muy duro con ella.
…
Van esperaba sentado sobre la cama de April a que terminara de bañarse. Merle había tenido que entrar con ella para ayudarla a desvestirse y asearse pues la pelirroja era incapaz de hacerlo con el brazo izquierdo en cabestrillo. Hasta él llegaba el eco de las risas y las conversaciones de ambas dentro del baño.
Los minutos se escurrían lentamente mientras el ryujin se esforzaba por no pensar en nada y por vaciar su mente de toda emoción. Pero le resultaba imposible. Estaba tan enfadado con April. Ella le había desobedecido y casi conseguido que la mataran.
¿Es que aquella mujer no tenía ni el más mínimo interés en su seguridad?
Si no hubiera ordenado que Erik le pusiera protección jamás habrían llegado a tiempo. Y por si todo eso fuera poco, ella había decidido enfrentarse a aquellos cerdos, sola y desarmada. En lugar de actuar como lo haría cualquier mujer (es decir, correr y gritar pidiendo ayuda) ella se había defendido de los ataques en un acto de flagrante suicido.
¿Por qué April era tan distinta? ¿Por qué siempre se empeñaba en hacer las cosas a su manera? ¿Por qué no reaccionaba como todas las mujeres que Van había conocido a lo largo de su vida? ¿Por qué demonios no podía sacársela de cabeza? ¿Por qué no podía dejar de pensar en ella?
La puerta que daba acceso al baño se abrió de repente, sobresaltando al ryujin. April y Merle entraron en la habitación riéndose a carcajadas. La pelirroja llevaba puesta una bata de seda blanca para ocultar el camisón con el que dormía. El recuerdo de sus curvas transparentándose bajo la blusa mojada atormentó al rey de Fanelia hasta el punto de resultarle doloroso.
Maldijo el traicionero rumbo de sus pensamientos y luchó para concentrarse en otra cosa. Como, por ejemplo, hacerle entender a aquella testaruda mujer que no podía desobedecer sus órdenes.
— Merle, ¿te importaría dejarnos solos un momento?— le pidió a su medio hermana con voz tranquila y serena.
Merle intercambió una mirada de inquietud con April. La pelirroja se limitó a sonreír para hacerle saber a su amiga que todo iba bien.
— Sólo será un momento— volvió a insistir Van, ante la reticencia de la chica gato a abandonar la habitación. Sabía que el ryujin estaba enfadado y no quería que volviera a descargar su mal humor en April.
— No te preocupes, Merle— dijo la pelirroja para tranquilizarla—. Estaré contigo en sólo un minuto.
Merle asintió y le lanzó a su medio hermano una mirada de advertencia antes de apresurarse a abandonar la habitación. Cuando la puerta se cerró y se quedaron solos, April se dio la vuelta para encarar con un suspiro al rey de Fanelia y se preparó mentalmente para la monumental bronca que le esperaba. Pero no podía quejarse, se había ganado a pulso todo lo que Van quisiera decirle.
El ryujin se levantó lentamente de la cama de April, en la que había permanecido sentado durante los últimos minutos, y se acercó hasta quedar a unos pocos pasos de ella.
— Sabes April, jamás había conocido a alguien que apreciara tan poco su vida como tú— comentó para llamar su atención—. ¿No hay nada que pueda decirte para que comprendas lo peligroso que puede llegar a ser desobedecerme?
Ella no contestó, se limitó a sostenerle la mirada, sus ojos brillaban como si le desafiaran. Van estuvo a punto de echarse a reír. Aquella mujer no iba a detenerse hasta volverlo loco.
— ¿Crees que a mí me gusta tener que obligarte a permanecer encerrada?— le recriminó enfadado—. Me siento como si fuera un carcelero y tú mi prisionera. Nunca te he pedido nada, nunca te he negado nada— se llevó las manos al pelo, desordenándoselo por culpa de la frustración—. Cada vez que me desobedeces te expones al peligro. No pareces ser consciente de que hago todo esto para protegerte.
April continuó callada. El temperamento del rey volvió a estallar, saliéndose de control.
— Dime, ¿qué cojones puedo hacer para que lo entiendas?— April apartó la mirada del rostro del ryujin pero él no pensaba permitir tal cosa. Se acercó a ella y la sujetó del brazo sano— MALDITA SEA, ¡MÍRAME!— ordenó frustrado—. Mírame y dime que tengo que hacer para mantenerte a salvo porque estoy cansado de ser siempre el malo de los dos.
La pelirroja clavó sus misteriosos ojos verdes en los oscuros de Van. Hasta el aire pareció detenerse en torno a ellos mientras se sostenían la mirada el uno al otro. Por un momento, al ryujin se le olvidaron las razones por las que estaba tan enfadado. A ella se le olvidó todo lo que pensaba decir en su defensa.
Van esperó su respuesta pacientemente mientras los minutos transcurrían casi con pereza. Pero April no podía hablar. Indefensa ante la mirada del rey de Fanelia sólo podía pensar en el estúpido deseo que sentía de que él la abrazara de nuevo.
"Deja de comportarte como una imbécil, Ryan", se dijo a sí misma, "Van sólo está preocupado por ti. No le interesas lo más mínimo. Y era cierto. Él estaba enamorado de su madre. Jamás se fijaría en alguien como ella.
Aquel último pensamiento se le clavó con saña en el corazón como un afilado trozo de cristal. Tenía que poner los pies en la tierra.
"Sólo eres una friki de la informática que se ha casado con su trabajo. No hay nada en ti que pueda interesar a un hombre de verdad". Las últimas palabras que le había dedicado su ex antes de dejarla por la rubia despampanante que presentaba las noticias en el Canal 5 la hicieron temblar. Y seguían siendo ciertas a pesar del tiempo que había transcurrido desde entonces. Nada había cambiado.
Con una sacudida se liberó del agarre de Van sobre su brazo. Le dio la espalda, alejándose de él e imponiendo una sana distancia entre ambos, se dirigió a la ventana desde donde contempló la lluvia caer a través de los cristales.
Su silencio y su actitud sorprendieron al rey de Fanelia. Parecía… derrotada. Y, definitivamente, aquello no era normal en April. Y eso que Van podía jurar que había intentado controlarse para no descargar sobre ella las horas de miedo y angustia que había vivido.
— ¿Desde cuándo te quedas callada sin contradecir cada palabra que digo?— inquirió. La curiosidad le quemaba de nuevo. Necesitaba saber qué le ocurría ahora.
— Desde que sé que tienes razón— le contestó April con voz inexpresiva.
Van se echó a reír a pesar de la situación.
— No me has dado la razón ni una sola vez desde que nos conocimos.
Sin molestarse en mirarle, ella respondió:
— Siempre hay una primera vez para todo.
Ah, un poco de sarcasmo al menos. Eso estaba mejor. Van guardó silencio, clavando su oscura mirada en la figura femenina que le daba la espalda. Deseaba con todas sus fuerzas acabar con la distancia que los separaba y estrecharla de nuevo contra él hasta que la esencia que ella desprendía se le quedara grabada en la piel.
Suspiró frustrado por culpa de su inapropiada fantasía y el sonido de su suspiro provocó que April se diera la vuelta, por fin.
— Perdóname— dijo ella, para sorpresa de Van—. No pretendía preocuparte y que tuvieras que movilizar a la guardia para buscarme por toda la ciudad bajo un temporal. Ciro me pidió que le acompañara y no pensé que podría resultar peligroso— se aferró a esa mentira para mantener las distancias. No podía permitirse involucrarse más con aquel hombre. Tenía que resolver sus problemas sola—. Lo siento mucho, no volveré a hacerlo.
Van clavó su mirada en ella, notando la tristeza que emanaba de sus ojos verdes. Y entonces lo comprendió. April vivía cada día intensamente. Su curiosidad y su necesidad de ayudar a otras personas no conocían límites. Pedirle que se comportara de un modo diferente o que cambiara su forma de vivir la vida no serviría de nada. Van podía encerrarla en la fortaleza más inexpugnable del mundo y ella acabaría encontrando un modo de salir. Si con la excusa de protegerla la despojaba de su libertad, la haría infeliz y desdichada. Y eso era lo último que quería.
April era como el viento. Y nadie puede gobernar el viento.
— Sí que lo harás. Porque ese es el único modo de hacer las cosas que tú conoces— la contradijo él, con una melancólica sonrisa adornándole el rostro. Ya no parecía tan enfadado—. No podías entrar en el hangar que custodiaba la tecnología de Zaibach y lo hiciste. No podías salir de la capital de Fanelia y casi llegas a la frontera con Asturia. Te dije que no abandonaras la Villa Imperial y me has desobedecido— con cada afirmación, April se hundía más y más bajo el peso de la culpa—. Ni te gusta que te den órdenes, ni está en tu naturaleza respetar las reglas. Imprudente, cabezota, temeraria, impredecible… Así es como eres, ¿verdad?
April bajó la cabeza, avergonzada. Se estremeció internamente al escuchar los defectos que la habían atormentado toda una vida en boca de Van. Sabía que estaba lejos de ser perfecta. La mayoría de la gente pensaba que era una friki, adicta al trabajo, rara, excéntrica y testaruda, cuya personalidad era tan arrolladora como un tren de mercancías. Ella no sabía cómo vivir a medias.
Van se acercó lentamente y deteniéndose al llegar frente a ella, le alzó la barbilla para que lo mirara a los ojos. April sintió que esos ojos le taladraban el alma. Cuando él habló de nuevo, su aliento cálido y el olor de su piel llegaron hasta ella como una caricia.
— Hagamos un trato— le dijo— yo prometo olvidar todo lo que ha pasado esta noche si tú me prometes algo a cambio— ella le sostuvo la mirada, esperando que continuara—. La próxima vez que quieras hacer una estupidez, como por ejemplo salir de palacio sola y sin decirle a nadie donde vas o enfadarte conmigo e intentar desertar a otro país…— April rio al escuchar aquellas palabras. Era curiosa la facilidad que tenía el ryujin para hacerla reír incluso cuando estaba triste—… vendrás a buscarme y me dirás: "Van, voy a hacer una estupidez". Si no puedo evitar que cometas estupideces, al menos déjame estar a tu lado para protegerte.
— Trato hecho— respondió ella con una débil sonrisa—. Creo que eso puedo hacerlo.
April pensó que Van se alejaría después de sellar aquel extraño acuerdo, pero para su sorpresa, él alzó la mano y le recorrió el mentón con las yemas de los dedos, erizándole la piel con el suave roce. La joven creyó leer en sus ojos oscuros que deseaba besarla (aunque aquello era completamente imposible, ¿para qué iba a querer Van besarla a ella?) y se sorprendió al comprender lo mucho que deseaba que lo hiciera.
Pero Van no la besó. Se limitó a observarla con esos voraces ojos oscuros. Acto seguido, deslizó el pulgar por los labios de April y ella reprimió a duras penas el gemido que despertaba semejante caricia. El aire que los separaba estaba cargado de tensión. De anhelo. El ryujin clavó su mirada en aquellos labios rojos como la sangre. Deseaba inclinarse sobre ellos hasta que tocaran los suyos. Deseaba comprobar si April sabía tan bien como olía.
"Márchate", se dijo. Porque si no lo hacía, acabaría sucumbiendo a la exigente necesidad que sentía en su interior.
Y cuando ninguno de los dos creía poder soportarlo más, Van se apartó de ella.
— Buenas noches, April— dijo como despedida, obligándose a abandonar la habitación.
Con el corazón desbocado, ella lo observó mientras se alejaba.
…
Van se maldijo a sí mismo con cada paso que lo acercaba a su dormitorio, alejándolo de April. Debería haberla besado. Debería…
No. Había hecho lo correcto. Jamás podría haber algo entre ellos dos. April era la hija de Hitomi, se recordó firmemente. La hija de Hitomi. Ella nunca se fijaría en alguien que una vez estuvo enamorado de su madre. Y por si todo eso no fuera suficiente, todavía quedaba el hecho de que ni siquiera procedían del mismo planeta. Él era el rey de Fanelia y ella había nacido en la Luna Fantasma. ¿Podía ser todo más difícil?
April estaba completamente fuera de su alcance.
Van odiaba esos sentimientos que albergaba en su interior. Odiaba la necesidad que April despertaba en él. Hacía mucho tiempo que había desterrado todas sus emociones y prefería vivir de ese modo, protegido por un escudo de hielo y acero que le mantenía a salvo de cualquier tipo de confusión.
— Tengo que sacármela de la cabeza.
Entró en su dormitorio, cerrando la puerta tras de sí, y se dirigió hacia la cama donde depositó la chaqueta de su uniforme. Acto seguido, echó a andar hacia el baño y se sumergió en el agua caliente en un intento de relajarse y olvidar.
Salió del baño minutos después, descalzo y con el pecho al descubierto, sólo llevaba puestos unos sencillos pantalones de dormir. Se acercó lentamente a la mesita de café que había en una esquina de la habitación y sobre la que descansaban un sinfín de botellas de vivos colores. En un vaso de fino cristal vertió el contenido de una de aquellas botellas hasta llegar al borde y de un largo y profundo trago dio cuenta de él. Rellenó el vaso y cuando estaba a punto de repetir la operación, algo sobre su cama llamó su atención.
La chaqueta negra de su uniforme de etiqueta estaba allí. Dejó el vaso sobre la mesita y se encaminó lentamente hacia la cama. Por un momento, contempló la prenda como si ésta le hubiera ofendido gravemente. Luego, decidió que ya había hecho el imbécil bastante por una noche. Cogió la prenda con ambas manos con la intención de dejarla en la cesta de la ropa sucia que había en el baño.
Pero no pudo hacerlo. Cuando sus sentidos captaron el perfume de su chaqueta se quedó anclado al suelo. Reconocería ese olor en cualquier parte. Era el aroma de April. Cálido, penetrante, sensual.
Un torrente de fuego comenzó a palpitar en sus venas.
Apretando la mandíbula, intentó alejar esos pensamientos de su mente. Pero era inútil. April seguía con él, era su rostro el que veía si cerraba los ojos. Era su olor el que impregnaba sus sentidos. Era el fuego que parecía residir dentro de ella el que lo entibiaba. Un fuego que lo atraía contra su voluntad.
— ¡Maldita sea!— gruñó cuando tomó consciencia de la realidad.
Le gustaba April. Le gustaba de verdad. Seguir negándolo era inútil y no cambiaría la realidad. ¡Por los dioses! De todas las mujeres que vivían en el mundo, en ambos mundos, él tenía que fijarse en la única que le estaba totalmente prohibida. ¡Maldito fuera el destino! ¿Por qué ella? ¿Por qué él? ¿Por qué ahora?
Soltó la prenda sobre la cama como si le quemara y regresó junto a la mesita. Si no podía dejar de pensar en ella, tal vez la solución era emborracharse hasta que no pudiera pensar en nada. Vació el contenido del vaso de un trago y se sirvió otro mientras un trueno estallaba en el horizonte.
Maldijo de nuevo al destino y luego se maldijo a sí mismo por atreverse a poner los ojos en ella. Pero, ¿quién podía culparle por haberse fijado en April? Ella era ardiente, fuerte, apasionada, honesta, indomable… preciosa. Jamás había conocido a alguien tan valiente. Además, había estado solo tanto tiempo. Y April… llenaba algún tipo de vacío interno que él había olvidado que tenía.
"Ella no es para ti", le susurró con desprecio la conciencia, riéndose de él.
La furia invadió su cuerpo cuando aquel pensamiento cruzó su mente y perdió el control. Estrelló la copa que sostenía contra la pared. El cristal se hizo añicos y el alcohol se dispersó en todas direcciones. Derrotado, se acercó a la cama y se dejó caer vestido, bocarriba, sobre las blancas sábanas. Se pasó las manos por la cara, sintiéndose inmensamente culpable por desear que ella estuviera allí para hacerle olvidar toda la mierda que había en su vida.
Pero lo que quería estaba más allá de su alcance.
En el exterior continuaba diluviando sin control mientras los truenos retumbaban en las calles de Godashim. El fragor de la tormenta aumentaba por momentos. Sin saber por qué, Van se sintió enfermo. Aquello era extraño pues el rey de Fanelia nunca había temido a las tormentas. Ni siquiera cuando era niño. Hastiado, se levantó de la cama y se acercó a la ventana para cerrar las pesadas cortinas y acallar los ruidos del exterior.
Cuando lo hizo y el silencio cayó sobre la habitación, experimentó una rara sensación. Era como si las nubes, la lluvia y los relámpagos se hubieran concentrado en su cabeza.
En ese instante, fue consciente de que la verdadera tormenta estaba en su interior.
HOLA ESCAFANS!
Ya estoy aquí de nuevo. Un poco cansada, la verdad, pero muy feliz de traerles este capítulo.
Quiero dar las gracias a esas personitas fabulosas que siempre están pendientes de este fic y que pierden su tiempo en dejarme un review para hacerme feliz. Especialmente: MacrossLive, Annima90, 7, Alice Cullen, Luin Fanel y Dianeli. Ojalá fuera capaz de expresar lo mucho que os agradezco cada palabra que me regaláis. Este capítulo es mi regalo para vosotros. Gracias.
Me gustaría contestar los rr anónimos que recibió el capítulo anterior:
7: Que vivan las mujeres en general! jajajaja muchas gracias por tus palabras, siempre me animan. Espero que este capítulo sacie tu curiosidad. Miles de gracias y de besos por estar siempre ahí.
Alice Cullen: me he dado toda la prisa que he podido, te lo prometo jajaja espero que este nuevo capítulo te deje satisfecha o al menos intrigada =) gracias por estar ahí siempre. Se agradecen tus palabras.
Dianeli: Hola Dianeli y bienvenida. Gracias por tus palabras, me alegra mucho que te guste esta historia. Espero que te quedes en esta locura mucho tiempo. Por cierto, yo también me enamoro cada día un poco más de Van, es el hombre perfecto estoy de acuerdo contigo. Deberían fabricarlo en serie y así todas tendríamos uno, ¿no crees que sería buena idea? jajaja y no te preocupes que he anotado tus sugerencias y trataré a Van con cariño porque si no más de una y más de dos me buscarían para matarme jajajaj. Miles de gracias y de besos virtuales para tí.
Eso es todo lo que quería decir.
Para comentarios, peticiones, sugerencias, tartazos, consejos, abrazos y besos ya sabéis que hacer. Vuestros reviews me hacen muy feliz a mi y a mis musas.
Nos vemos en el siguiente.
Love, Ela.
