Recomendación musical: The Dark Knight Rises — Main theme (Rise).

(Escuchar de la mitad del capítulo hacia delante)


Capítulo 19: Revelaciones.

"Salva al dragón pues si el dragón cae, toda Gaia caerá con él".

April se despertó al amanecer con el eco de aquellas palabras reverberando en su cabeza. Se incorporó lentamente entre las sábanas, pasándose las manos por la cara para ahuyentar el sueño y le sorprendió notar cómo los rayos del sol llenaban la habitación con su etérea luz y su delicioso calor al colarse por las vaporosas cortinas que cubrían las ventanas.

La tormenta había pasado y la ciudad de Godashim despertaba a un nuevo y soleado día.

La advertencia de Fortuna continuaba repitiéndose una y otra vez en la mente de la pelirroja. Tenía que averiguar quién demonios era el dichoso dragón cuanto antes, pero no sabía por dónde empezar. ¿Debía buscar a una persona real? ¿Cómo se suponía que iba a salvar al dragón si no tenía ni idea de quién era? La diosa podría haber sido un poco más específica. Sin embargo, en el fondo de su mente, April tenía la sensación de conocer la respuesta.

Con un suspiro frustrado, se sentó sobre las revueltas sábanas de su cama, apoyando la espalda en la madera del cabecero y abrazándose las rodillas. Y en ese preciso momento, April fue plenamente consciente de dos cosas. Primera, Fortuna parecía haber decidido que había captado el mensaje, porque aquella era la primera noche en mucho tiempo que conseguía dormir sin horribles pesadillas de por medio. Y segundo… por mucho que lo intentara no podía dejar de pensar en Van.

El recuerdo de sus voraces ojos oscuros y de su abrasadora mirada era suficiente para que April sintiera que sus pulmones no bombeaban el suficiente oxígeno a su cerebro. ¿Qué demonios le pasaba? Ella era una mujer analítica y racional a la que hacía mucho tiempo que ningún hombre era capaz de despertar el más mínimo interés.

Y así estaba bien para April.

No estaba preparada psicológicamente para aguantar que un hombre se pasara el día detrás de ella controlando cada aspecto de su vida. No estaba preparada para someterse a la voluntad de un hombre que la subestimara continuamente, que no la valorara, que pretendiera cambiarla o hacerla renunciar a su modo de ganarse la vida. No, definitivamente no. Ya había tenido suficiente de eso. Cada vez que había cometido el error de interesarse por alguien, lo había pagado con creces. El mundo era cruel y el matrimonio una mala inversión para las mujeres que siempre tenían que sacrificarse por amor, renunciar a todo por los hombres. April no estaba hecha para ser una esposa sumisa, una mujer florero. Y dado que todos los hombres que había conocido tenían la misma mentalidad, ella había decidido tiempo atrás que no necesitaba a nadie para estar completa.

El trabajo era el amor de su vida. Su única familia eran sus obligaciones. Los proyectos que realizaba, su corazón.

Aquello nunca antes le había importado. Hasta ahora.

Los recuerdos de la noche anterior infectaron su cerebro y, por un segundo, volvió a sentir los dedos de Van deslizándose lentamente por sus labios. El estómago le dio una sacudida cuando rememoró el momento. ¡Cuánto había deseado que la besara! Podía jurar que jamás en toda su vida había sentido esas ganas desquiciantes y desesperadas de besar a alguien.

— ¡Para! — espetó, dirigiéndose tanto a su confundida y acalorada mente como a sí misma; se negaba a perder el control. La cordura gobernaría la situación, no las hormonas. Ya había cometido ese error una vez, y no estaba dispuesta a repetirlo.

Y, desde todos los puntos de vista, interesarse en Van era mala idea. Una muy mala idea si lo pensaba detenidamente. Lo último que April necesitaba era complicarse la vida intentando conseguir que el rey de Fanelia le prestara atención con la cantidad de problemas que tenía encima en ese momento.

Además, siendo honesta consigo misma, April debía admitir que no tenía ni la más mínima posibilidad de resultarle atractiva a alguien como Van. Él era la persona más poderosa de Fanelia, el legendario piloto del Guymelef de Hispano, un héroe de guerra y el hombre más atractivo que ella había visto en toda su vida. En realidad, era demasiado atractivo para su propio bien, pues April había observado como las mujeres desviaban la mirada para comérselo con los ojos cuando caminaba despreocupadamente con aquel andar arrogante y letal. ¿Y ella? Ella era una rata de biblioteca, una empollona devora libros, una friki de la informática, una adicta al trabajo…

Definitivamente todo en ella parecía raro. No era una belleza escultural, no tenía nada de especial. ¿Qué hombre se fijaría en alguien como ella teniendo alrededor a decenas de mujeres perfectas, preciosas, femeninas y delicadas? ¿Por qué iba nadie a esforzarse en conocerla a ella cuando podía tener a una rubia sin cerebro diferente cada fin de semana?

"Las mujeres sin cerebro son las mejores", repetían sin cesar algunos de sus compañeros de trabajo. Y quizás tuvieran razón. Pero aunque April había intentado con todas sus fuerzas ser una chica perfecta en una ocasión, aún a riesgo de perder su identidad por el camino, no había podido hacerlo. Simplemente no estaba en su naturaleza. Ella tenía opiniones, una vida, un trabajo que le apasionaba y sueños que deseaba cumplir. Y April había averiguado tiempo atrás que aquello era demasiado complicado de soportar para un hombre.

Así que, ¿por qué iba Van a ser distinto? Seguro que él también prefería la compañía de mujeres sensuales y preciosas que le amenizaran las noches y le calentaran la cama. Al fin y al cabo era sólo un hombre. Un hombre como cualquier otro. Y ella jamás podría ser ese tipo de mujer.

"No te deprimas, tienes el mejor trabajo del mundo para llenar tu vida y, al menos, tu trabajo no se despertará una mañana y te dirá que ya no te quiere", se dijo a sí misma para infundirse algo de ánimo.

Decidida a actuar como si la noche anterior no hubiera existido, como si Van no fuera el primer hombre que conocía en su vida que podía atraerla de un modo tan desquiciante y provocarle todas aquellas vertiginosas sensaciones, se encaminó hacia el baño con un nudo en la garganta, una opresiva sensación en el estómago y la autoestima por los suelos.

Pero tal vez, aquella mañana April Ryan se habría sentido mejor si hubiera sabido que, al otro lado de la Villa Imperial, el rey de Fanelia, tumbado sobre las frescas sábanas de su cama, estaba soñando despierto con ella. Otra vez.

Dos días después de aquella lluviosa y tormentosa noche que April se esforzaba en no recordar, las celebraciones por la coronación del Duque Chid habían llegado a su fin y la delegación de Fanelia estaba lista para volver a casa.

La última mañana que April, Merle y Van pasaron en Freid comenzó muy temprano en el comedor de la Villa Imperial, con un espléndido desayuno a cargo del anfitrión y la compañía del propio Duque Chid, la princesa Millerna, Dryden y el Caballero Caeli. Lo cierto es que April había disfrutado cada minuto que había pasado en Godashim pero debía reconocer que echaba de menos Fanelia. La capital era el lugar más hermoso que había visto en la vida y, aunque no pensaba compartir sus pensamientos con nadie, extrañaba pasear por sus calles empedradas y perderse entre el gentío que siempre abarrotaba el mercado, extrañaba concentrarse en su trabajo en el hangar, extrañaba la habitación de invitados en la que había dormido desde que llegó a Gaia y la brisa de las montañas que mecía los árboles casi con pereza, incluso extrañaba participar en las reuniones del Consejo en las que generalmente acababa discutiendo con Aro.

Tal vez fuera por lo ocupada que había estado con su trabajo para Pandora la razón por la que April se sorprendió al comprobar que ya llevaba varios meses lejos de la Luna Fantasma. Fanelia era mucho más su hogar de lo que nunca lo había sido Manhattan. Y aquel pensamiento la incomodaba un poco, pues era consciente de lo mucho que le iba a costar regresar a la monotonía de su vida en la ciudad de los rascacielos cuando todo terminara.

Apartando esos funestos pensamientos de su mente, April se concentró en disfrutar de la última mañana que iba a pasar el Godashim y en la conversación que mantenía con Merle y Millerna en ese momento.

El delicioso aroma de la comida y el murmullo de las conversaciones llenaban el comedor. Al otro lado de la mesa, Van estaba enfrascado en una animada charla con Dryden, Allen y el Duque Chid acerca de los nuevos planes de comercio que llevaban meses desarrollando conjuntamente Freid, Asturia y Fanelia. Pero, de forma inconsciente, sus ojos se desviaban cada pocos minutos hacia la figura de April. Sentada a unos metros de él, desayunaba tranquilamente mientras hablaba con Merle y Millerna.

Mientras la observaba disimuladamente, intentando mantener la atención en su conversación, ella ladeó el rostro dejando caer la cascada de su pelo hacia un lado antes de llevarse el tenedor a la boca. El movimiento distrajo al ryujin que durante unos segundos fue incapaz de prestar atención a nada que no fuera ella. Muy a su pesar, debía reconocer que realmente le gustaba mirarla.

En ese instante, Merle estaba contando algo divertido y el sonido de la risa de April llegó hasta él como una cálida caricia. Atormentándole. ¿Cómo podía algo tan simple como una mera sonrisa causar semejantes estragos en su cuerpo? Cómo desearía que April no le hubiera sonreído jamás. Van empezaba a creer que nunca podría olvidar la sonrisa tan natural y sincera de la que ella hacía gala.

"Tengo que dejar de hacer estupideces", se dijo por enésima vez. Y eso que hacer estupideces parecía haberse vuelto su pasatiempo favorito últimamente. Sólo habían pasado dos días desde la noche en la que tuvo que contenerse con todas sus fuerzas para no besarla hasta dejarla sin aliento, pero afortunadamente ninguno de los dos había vuelto a tocar el tema. Tampoco es que hubieran tenido oportunidad de estar a solas en las últimas cuarenta y ocho horas, pues Millerna parecía empeñada en pasar todo el tiempo posible con April antes de que tuvieran que regresar a Fanelia.

La voz de la razón le repetía sin cesar que debería sentirse agradecido por el hecho de que Millerna distrajera a April y le evitara tener que afrontar esa conversación, en lugar de decepcionado. Porque, si finalmente se atreviera a hablar con ella sobre lo que había ocurrido dos noches atrás, ¿qué demonios iba a decirle?

"Siento mucho molestarte April pero creo que me gustas. De hecho, me gustas demasiado para tu propio bien. Oh, y ya que estamos sincerándonos, la otra noche tuve que contenerme para no lanzarme sobre ti y devorarte como un animal".

Sí, aquello no podía terminar bien de ninguna manera. Seguro que ella acabaría pensando que había perdido completamente la cabeza. Sacudiéndose mentalmente la necesidad que sentía en su interior, apartó la mirada de ella y luchó por centrarse de nuevo en su conversación con Dryden, Allen y Chid. Pero entonces sus ojos oscuros se cruzaron con la mirada inteligente del esposo de Millerna y por la forma en la que éste sonreía, Van tuvo el horrible presentimiento de que Dryden sabía exactamente lo que estaba pensando en ese momento.

Un espeluznante estremecimiento recorrió la espalda del ryujin al imaginar lo que haría Dryden si llegara a descubrir hasta donde llegaba en realidad su encaprichamiento con April. Debía aprender a ser más discreto o el esposo de Millerna no dejaría nunca de atormentarle.

Cuando el desayuno terminó se encaminaron todos juntos hacia el puerto de Godashim donde la nave que los había traído hasta Freid esperaba en el hangar preparada para llevarles de vuelta a Fanelia. La rampa de acceso al interior estaba desplegada para permitirles subir a bordo y los soldados de la guardia real, ataviados con sus distintivos uniformes y distribuidos siguiendo el estricto protocolo militar, habían colocado la bandera faneliana y extendido la alfombra carmesí para darles la bienvenida. O más bien para recibir a su rey.

A April nunca le habían gustado las despedidas. Y la de aquella mañana menos que ninguna pues no sabía si tendría una nueva oportunidad de volver a ver a los amigos de su madre. Había pasado tantos años escuchando hablar de ellos, creyendo que eran solamente los protagonistas de un cuento de hadas que escuchaba cada noche, que conocerles en persona había sido una de las mejores experiencias de su vida.

Iba a echar de menos la inteligencia de Dryden, la amabilidad de Chid, la compañía de Millerna y la caballerosidad de Allen. Millerna pareció entender cómo se sentía April porque se acercó a ella visible emocionada y la estrechó en un abrazo estrangulador.

— Cuídate mucho, por favor— pidió la mujer de ojos violetas con la mirada vidriosa, tenía la sensación de que aquella sería la última vez que vería a April y no podía evitar pensar en lo mucho que iba a extrañar su aversión a los rituales protocolarios, sus caras de terror cuando la obligaba a ponerse un elegante vestido y su contagiosa vitalidad—. Y vuelve a visitarnos cuando quieras.

— Me encantaría volver, gracias por todo.

Millerna apretó cariñosamente la mano sana de April entre las suyas y, finalmente, la soltó para permitir que los demás también pudieran despedirse de ella.

— Ha sido un placer conocerte, April— dijo el duque Chid alegremente, inclinándose en una respetuosa reverencia ante su invitada.

— Saluda a tu madre de nuestra parte cuando vuelvas a verla— agregó Dryden sin dejar de sonreír astutamente mientras le ofrecía un apretón de manos en señal de despedida—. Dile que ha hecho un buen trabajo contigo.

April se sonrojó sin poder evitarlo y para desviar la atención sobre sí misma añadió:

— Lo haré— prometió—. Sé que ella se alegrará de tener noticias vuestras.

Dryden, Millerna y el Duque Chid sonrieron encantados con sus palabras. En ese instante, Allen se adelantó para despedirse también.

— Gracias por acudir en mi rescate la otra noche— se apresuró a decir April, clavando sus ojos verdes en la figura del Caballero Caeli.

Allen la miró intensamente durante unos segundos que parecieron eternos antes de contestar.

— El placer ha sido mío, de eso puedes estar segura— su voz sonó fuerte y tranquila. A pesar del tiempo que había transcurrido, Allen no había perdido su toque con las mujeres. Y debía admitir que percibía algo en April que le resultaba extremadamente atrayente.

Ella no se inmutó ante sus palabras, se limitó a sostenerle la mirada. Ninguno de los dos fue consciente del modo en que los demás les observaban, especialmente Van. El rey de Fanelia acababa de averiguar que detestaba en modo en que los ojos de Allen recorrían a placer el cuerpo de April. Afortunadamente, antes de que pudiera cometer una locura de la que más tarde se arrepentiría con toda seguridad, Erik se acercó hasta él para comunicarle que estaban listos para partir.

— Es hora de volver a casa— informó Van en voz alta, rompiendo la conexión que se había creado entre April y Allen.

Las palabras del ryujin reverberaron en la mente de April y ella asintió antes de darse cuenta de que aquella oración no la había hecho pensar en su hogar de la Luna Fantasma sino en Fanelia. Dirigió sus ojos hacia Merle y Van que, a unos pasos de ella, se preparaban para subir a la nave. Como si hubieran podido sentir la intensa mirada de April sobre ellos, ambos se giraron a mirarla y le sonrieron al unísono. Antes de ser consciente de lo que hacía, como si se tratara de una orden automática que su cerebro ni siquiera tuviera que procesar, April se despidió de los demás y se encaminó en su dirección. Cuando llegó junto a ellos, Merle la cogió de la mano sana para darle un apretón cariñoso mientras Van se limitaba a contemplarlas con una sonrisa en los labios.

Instantáneamente, April se sintió en casa.

Caminaron juntos hasta el inicio de la alfombra carmesí. Entonces, Van se colocó al frente de la delegación de Fanelia para recibir la formal despedida de las autoridades de Freid. April y Merle se quedaron atrás durante toda la ceremonia, tal y como Van les había enseñado. El ryujin las miró durante un instante a través de la marea de gente que le rodeaba y deseó poder saltarse el protocolo para mantenerlas junto a él todo el tiempo que fuera posible.

Tras la ceremonia protocolaria sólo Dryden, Millerna, Allen y el Duque Chid permanecieron en el hangar para decirles adiós.

— Espero que podáis visitarnos cuando celebremos el baile de primavera en Palas— le dijo Millerna a Van de repente—. Sé que a April le encantaría la ciudad y el baile es un acontecimiento maravilloso que no puede perderse.

Ante aquellas palabras, April no pudo evitar componer una mueca de disgusto. Odiaba los bailes desde el desastre de su primer baile de instituto. Tanto era así que se había negado tajantemente a asistir a su baile de promoción. A pesar de ello, se mordió la lengua para no disgustar a Millerna, aunque en realidad deseaba decir que jamás asistiría a ningún baile. De repente, April notó que los ojos de Van se clavaban disimuladamente en su rostro y, por la sonrisa que insinuaban los labios del rey, supo que él intuía lo que ella estaba pensando.

— Lo intentaremos— respondió el ryujin, centrando su atención de nuevo en Millerna—. Aunque después de tantos días lejos del despacho tendré tanto trabajo esperándome que será realmente difícil.

Sus amigos suspiraron ante la declaración del rey de Fanelia. Él siempre estaba ocupado, él nunca tenía tiempo de relajarse. Siempre serio, formal, perfeccionista, incansable, disciplinado, eternamente consagrado a las responsabilidades que tenía con su pueblo.

— Me gustaría que al menos lo intentaras— insistió Millerna sin perder la sonrisa, buscando un nuevo punto de ataque—. Será un acontecimiento muy especial y seguro que April estaría encantada de visitar Palas. ¿Dejarás que ella pierda esa oportunidad?

Inconscientemente Van dirigió de nuevo su oscura mirada hacia April. Por supuesto que no quería que ella se perdiera ninguna experiencia, en realidad deseaba que disfrutara de cada segundo que pasara en Gaia antes de que tuviera que regresar a la Luna Fantasma. El ryujin ni siquiera podía pensar en impedirle nada. Y Millerna lo sabía, como también sabía qué palabras debía pronunciar para hacer reaccionar al imperturbable rey de Fanelia.

Van asintió secamente y la princesa de Asturia sonrió. Acababa de encontrar el punto débil del ryujin y pensaba aprovecharlo a su favor todo lo posible. Pero lamentablemente había llegado el momento de la despedida. Tenían que separarse, al menos por el momento.

Mientras los hombres se estrechaban las manos, Millerna los abrazó de nuevo.

— Buen viaje, April— dijo antes de apartarse definitivamente.

— Y cuida bien de este terco— le comentó Dryden a la pelirroja, señalando a Van—. Siempre he pensado que es demasiado serio para ser tan joven.

April volvió a sonrojarse en contra de su voluntad ante la astuta mirada de Dryden que no perdió detalle de su reacción. Pero ella se repuso rápidamente y recurrió, como siempre, al sarcasmo.

— Ya estoy trabajando en ello.

Todos se echaron a reír, incluso Van que clavó sus ojos en la figura de April. Por la mente del rey desfiló el fugaz pensamiento de que sus amigos no tenían de qué preocuparse, ella había conseguido cambiarle en los pocos meses que llevaba en Fanelia. Entre risas, se encaminaron todos juntos hacia la nave que los llevaría de vuelta a Fanelia. Mientras Van, Erik, Merle y April comenzaban a ascender hacia el interior, sus anfitriones permanecieron a los pies de la nave sonriendo y saludándoles con la mano.

Antes de adentrarse en el pulcro interior de la nave, April echó un último vistazo a los viejos amigos de su madre que permanecían en el hangar para verles partir y, en ese instante, le vio.

La figura encorvada de Ciro permanecía unos metros por detrás de Millerna y los demás, como si no deseara inmiscuirse, como si deseara permanecer en un discreto segundo plano. Llevaba su ceremonial traje naranja con un hombro al aire y se ayudaba de un bastón para caminar pues sus piernas parecían no haberse repuesto del esfuerzo realizado dos noches atrás.

April sintió el impulso de retroceder y acercarse a él, estaba segura de que Ciro no estaría allí sin una buena razón. Antes de poder detenerse, echó a correr hacia el monje esquivando a Merle y Van que estaban junto a ella en aquel instante.

— Pero April, ¿dónde vas?— preguntó la chica gato perpleja.

La pelirroja no contestó, se limitó a recorrer a la carrera el trecho de rampa que había ascendido sin perder de vista a Ciro que, adivinando sus intenciones, echó a andar acompasadamente hasta los pies de la nave con la intención de esperarla. April se detuvo ante él sonriendo.

— Empezaba a pensar que no vendríais a despediros de mí— murmuró un poco dolida. Ciro no había intentado buscarla desde la noche en la que visitaron a Marcus.

El sacerdote rio divertido ante sus palabras y sus ojos se desviaron a las figuras de Van, Merle, Millerna, Dryden, Chid y Allen, que se habían acercado hasta ellos para saber qué quería el monje de April.

— ¿Cómo podría hacer eso?— le reprochó con una sonrisa, haciendo caso omiso de la concurrida audiencia que parecía estar pendiente de cada sílaba de Ciro—. Si no he venido antes es porque mis rodillas aún necesitan descanso, parece que ya no son capaces de soportar actividades intensas.

— Y me imagino que sobrevivir a un intento de asesinato entra en la categoría de actividades intensas— aventuró April sacando a relucir su peculiar sentido del humor.

La sonrisa de Ciro se hizo más pronunciada. Admiraba la entereza de aquella joven. La energía, la vitalidad y la alegría que transmitía resultaban contagiosas.

— Suponéis bien, mi señora— le dijo el monje sin dejar de mirarla—. Aunque, en realidad, no he venido aquí para hablar de nuestro cercano encuentro con la muerte sino a entregaros algo. ¿Seríais tan amable de extender la mano?

April obedeció, estirando la mano derecha dado que el cabestrillo le impedía mover la izquierda con normalidad, mientras fruncía los labios en una mueca confundida y ansiosa al mismo tiempo. Le encantaban las sorpresas. Tomándose su tiempo, como si estuviera deleitándose con la anticipación, Ciro introdujo la mano en el bolsillo de su túnica y dejó caer sobre la palma abierta de April una pulsera de cuentas negras y azules, trenzadas de un modo tan intrincado que daban la sensación de ser una única hebra negra.

Sobrecogida por la belleza del regalo, April jugueteó con las cuentas entre los dedos observando el diseño más de cerca.

— Es… preciosa— aseguró con sinceridad—. ¿La habéis hecho para mí?

Ciro se limitó a asentir, un poco incómodo de repente.

— Es una habilidad que adquirí hace mucho— contestó ligeramente cohibido—. Quería regalaros algo que os recordara a Freid cuando estéis lejos y, como noté que ya teníais un collar, me he permitido la libertad de regalaros una pulsera. Trae suerte a quien la lleva puesta…— Ciro la miró intentado averiguar si su regalo había sido bien recibido. Ante el mutismo de la joven se apresuró a añadir—. Sé que no es gran cosa, los monjes del Templo de Fortuna hacemos votos de pobreza y…

La voz de Ciro se desvaneció y fue incapaz de continuar pues April se acercó hasta él y le abrazó. El pobre monje, abrumado por semejante demostración de afecto, correspondió como pudo el abrazo con la única mano libre que tenía, la que no sostenía su viejo bastón. Cuando se separaron, ella parecía tan feliz que la sonrisa que adornaba sus labios iluminaba incluso sus ojos verdes haciéndolos resplandecer en la penumbra del hangar.

— ¿Seríais tan amable de ayudarme a ponérmela?— preguntó April amablemente. Luego ofreció su muñeca derecha para que Ciro le colocara la pulsera.

El anciano sacerdote quiso hacerlo pero sólo disponía de una mano y necesitaba el bastón para sostener sus maltrechas rodillas. En ese instante, la voz de Van interrumpió la conversación que mantenían. El rey parecía ser consciente de que Ciro no podría llevar a cabo aquella tarea por lo que se ofreció a hacerlo por él.

— Permitidme— dijo, tomando delicadamente la pulsera entre sus ágiles dedos. Sus grandes y cálidas manos acariciaron la piel de April mientras colocaba la pulsera y abrochaba el cierre, erizándolo todo a su paso. Ella siguió atentamente sus movimientos con el corazón desbocado por las sensaciones que Van le provocaba con aquel simple y sutil roce. Cuando terminó de ponerle la pulsera, el ryujin se alejó de ella sin mirarla.

April desvió la mirada hacia el regalo de Ciro, que ahora descansaba sobre su muñeca, y sonrió tristemente.

— Muchas gracias, de verdad— murmuró, sintiéndose afligida de pronto—. Pero yo no tengo nada que regalaros.

"¡Cómo si lo necesitara!", pensó el sacerdote para sí.

— No os preocupéis por eso— contradijo Ciro—. Vos ya me habéis hecho un regalo mucho mejor que el mío.

Ella sonrió afectuosamente, recuperando la alegría perdida momentos atrás.

— Majestad, ¡es hora de irnos!— gritó de repente Erik a lo lejos, sobresaltándolos a todos.

Van asintió lentamente al capitán de su guardia. Luego, se giró hacia April que continuaba contemplando su nueva pulsera como si se tratara de una exquisita pieza de carísima joyería.

— April— la llamó con voz suave pero firme. No necesitó decir nada más, ella le miró e instantáneamente comprendió que tenían que ponerse en marcha.

— Ha sido un placer conoceros— dijo dirigiéndose no sólo a Ciro, sino a todos los presentes.

— Contactaré con vos si descubro algo interesante— susurró Ciro para que nadie más escuchara las palabras que le dirigió a April—. Prometedme que haréis lo mismo.

Ella asintió con una sonrisa en respuesta y echó a andar de nuevo hacia la nave en compañía de Merle y Van. Salvaron el desnivel de la rampa en unos cuantos segundos y antes de que ésta se cerrara, aislándolos del exterior, pudieron ver a Millerna, Dryden, Allen Ciro y Chid saludándoles alegremente.

Merle estaba sentada junto a April frente a las enormes ventanas de la sala acondicionada para el rey, en un costado de la nave. En aquellos instantes, el sol comenzaba a ocultarse tras las numerosas montañas que poblaban Freid, no faltaba mucho para que finalmente abandonaran el territorio del Ducado. Si todo iba bien llegarían a Fanelia antes de medianoche.

Erik y Van estaban sentados a la mesa, sumergidos en una intensa conversación de la que Merle no deseaba formar parte. Seguramente estarían tratando temas importantes del gobierno de Fanelia y aquellas cuestiones siempre conseguían aburrirla. Por eso había decidido acercarse a April para disfrutar un rato de su compañía. La chica gato se había pasado la tarde contando anécdotas de Fanelia, de su infancia y de su vida junto a Van. Pero ahora, estaba muy interesada en conocer más cosas sobre April.

— ¿Cómo era tu vida en la Luna Fantasma?— preguntó Merle, consciente de que su conversación se había vuelto, de repente, interesante para Erik y Van que habían dejado de hablar y las miraban con intensidad.

April no contestó inmediatamente, continuó mirando a través de los cristales durante unos segundos antes de desviar la mirada hacia Merle, como si le costara un esfuerzo sobrehumano dejar de contemplar el paisaje que se extendía ante sus ojos.

— No hay mucho que contar— respondió al final, encogiéndose de hombros—. Mi vida era monótona y aburrida.

Merle se echó a reír, incrédula.

— Dudo mucho que tú puedas llegar a ser aburrida.

— Pero es verdad— la contradijo April, riendo también—. Cada mañana me levantaba temprano, me pasaba el día trabajando y cuando llegaba a casa por la noche pedía algo de cenar y me derrumbaba de cansancio sobre el sofá.

— ¿En serio?

— En serio, trabajaba, comía y dormía. Normalmente en ese orden.

Tras aquellas palabras, ambas guardaron silencio durante unos minutos. Luego, Merle retomó su sesión de preguntas donde la había dejado.

— ¿Y tus padres qué opinan de tu adicción al trabajo?

De repente, Merle supo que había metido la pata. La expresión de April se endureció hasta convertirse en piedra, sus ojos se volvieron fríos y distantes y apretó la mandíbula con fuerza como si la recorriera un dolor insoportable.

— Nunca se lo he preguntado— contestó en un tono impersonal, como si estuviera respondiendo una pregunta sobre el tiempo.

Merle la miró intentando comprender el motivo de su cambio de actitud. Parecía que el de sus padres era un tema espinoso que April prefería no tocar. Tendría que ser un poquito más sutil en su interrogatorio.

— Pero me imagino que cuando te vean regresar a casa cada noche te regañarán por trabajar tanto.

April recordó las veces en que su madre había entrado en su habitación para llevarle un chocolate caliente y un trozo de pastel los días en los que apenas se levantaba del escritorio por culpa de las pilas interminables de apuntes que tenía que estudiar o las noches previas a los exámenes en las que su padre, perdiendo la paciencia, la obligaba a meterse en la cama para que descansara insistiendo en que para aprobar debía dormir primera. De repente, el agujero de su pecho se retorció con saña, haciéndole daño. El inesperado latigazo de dolor la desgarró por dentro. No quería pensar en su padre, en todo lo que había perdido, no quería recordar el pasado.

— Yo vivo… sola— respondió al final, con voz monocorde, deseando zanjar ese tema, esperando que Merle no quisiera indagar más en ese aspecto de su vida.

Van y Erik, a unos metros de ellas, intercambiaron una elocuente mirada. El ryujin se estremeció ante el dolor que desprendían las palabras de April. Hacía tiempo que presentía que algo estaba mal, que, por algún motivo que desconocía, a aquella mujer tan sorprendentemente valiente le aterraba hablar de su familia. Pero ahora sus sospechas estaban siendo confirmadas. Van la observaba intentando descifrar la mirada triste que April poseía en esos momentos. Nunca, en toda su vida, había visto unos ojos tan tristes; y esa tristeza los hacía ver aún más hermosos.

No pudo evitar preguntarse qué habría ocurrido. A pesar de que la curiosidad le quemaba por dentro en el fondo sabía que April no estaba preparada para hablar de ello a juzgar por su conducta. Y lo último que deseaba era presionarla. Pero Merle no parecía haber notado el modo en que sus preguntas parecían incomodar y entristecer a April. La medio hermana del rey abrió la boca, Van imaginó que para continuar su interrogatorio, y decidió intervenir.

— Merle, ¿te importaría bajar al puente para preguntarle al capitán cuánto tiempo nos queda para llegar a la capital?

Formuló su petición como una pregunta, sin embargo imprimió en cada sílaba toda su autoridad, haciéndola parecer una orden. Merle quiso protestar pero no lo hizo. Sabía que cuando Van utilizaba aquel tono no admitía réplica.

— Si, majestad— contestó antes de apresurarse a abandonar la estancia a grandes zancadas.

April suspiró aliviada y agradeció en su fuero interno a Van por haber elegido ese momento para intervenir. Si Merle hubiera continuado haciéndole preguntas, estaba completamente segura de que su imperturbable fachada se habría venido abajo como un castillo de naipes. Pero en el fondo no era culpa de Merle sino suya. April no se había dado tiempo a sí misma para llorar a su padre, para cerrar la herida y superar la pérdida. Había preferido encerrar el dolor bajo llave en el rincón más oculto de su mente y sumergirse en el trabajo para no recordar, pensando que así resultaría más sencillo seguir adelante.

— Discúlpala, por favor. Merle no ha querido hacerte daño— la voz de Van devolvió a April al presente con rapidez. El ryujin se había levantado de la mesa para acercarse lentamente hasta ella y sentarse en la silla que la chica gato había ocupado hasta hacía unos instantes, Mientras tanto Erik, había tenido el suficiente tacto como para sentarse lo más alejado de ellos y fingir que les ignoraba—. Puede parecer una adulta, pero en el fondo no es más que una niña que no percibe el mundo como nosotros.

"¿Así que tu intervención no ha sido casual?", pensó April para sí mirándole con intensidad, "te has dado cuenta de cuanto me duele y le has dado una orden absurda a Merle para que se marchara".

— Lo sé— fue toda su respuesta. Pero para su sorpresa, se descubrió a sí misma sonriéndole tímidamente al hombre que se sentaba de forma despreocupada a su lado.

Sin poder evitarlo, Van le sonrió de vuelta. Ella se giró para observar de nuevo el paisaje y Van aprovechó la oportunidad para contemplarla a placer. El sol del ocaso arrancaba destellos rojizos a los largos mechones de su pelo y hacía resplandecer sus ojos verdes.

Estando tan cerca de April, el ryujin podía percibir el calor que desprendía y el olor que la envolvía. Le resultaba muy duro sentarse junto a ella y fingir que no le alteraba lo más mínimo, ya no soportaba estar cerca de April sin tocarla. Recordaba demasiado bien lo bien que se sintió mientras acariciaba sus labios con los dedos. Pero estaba acostumbrado al control.

De improviso, una fuerte sacudida zarandeó con violencia la nave. Los muebles chirriaron al moverse bruscamente, las lámparas tintinearon, varios objetos cayeron al suelo y a los tres les resultó difícil mantener el equilibrio.

— ¿Se supone que es normal que la nave haga eso?— preguntó April cuando se recuperó del sobresalto.

Van iba a contestar que no cuando desde el intercomunicador situado justo en el centro de la mesa la voz del capitán resonó con fuerza y urgencia.

— Majestad, le necesitamos en el puente.

Cuando las puertas dobles de metal que daban acceso al puente se abrieron ante ellos, Erik, Van y April fueron conscientes de que se enfrentaban a una situación delicada. Las caras de la tripulación mostraban preocupación mientras se afanaban sobre sus puestos. Descendieron las escaleras a toda prisa y una nueva y brutal sacudida los obligó a agarrarse a la barandilla de metal para mantenerse en pie.

Cuando al fin alcanzaron el piso inferior, se encontraron con Merle y el capitán Muller que, con gesto extremadamente serio, les pidió que se acercaran.

— ¿Qué está ocurriendo capitán?— preguntó Van, volviendo a colocarse la fría máscara del deber.

— Para ser sincero majestad, no lo sé— respondió el capitán Muller—. Hace unos minutos nuestros sistemas detectaron una nave sin pabellón conocido, que se aproximaba hacia nuestra posición a toda velocidad. Han abierto fuego contra nosotros sin mediar provocación y no hay respuesta a nuestros intentos de comunicación.

Las terribles noticias cayeron como un jarro de agua fría sobre los presentes.

— ¿Nos están atacando?

Antes de que el capitán pudiera responder a la pregunta del rey, Erik se adelantó.

— Eso es imposible, nadie puede atacar la nave de una delegación diplomática.

Una nueva sacudida hizo vibrar los cimientos de la nave como si quisiera desmentir las palabras del soldado. April se tambaleó y Erik tuvo que apresurarse para sostenerla del brazo sano.

— Impacto en la zona de la bodega de carga— informó uno de los soldados que trabajaban en el puente—. El motor número tres está en llamas.

— Estupendo Erik, cuando nos maten podremos usar esa frase como epitafio— dijo April sarcásticamente. Un instante después, su mente analítica empezó a trabajar a toda prisa—. ¿No tenéis armas o sistemas de defensa que sirvan para repeler un ataque?

El capitán Muller la miró fijamente y unos segundos después asintió.

— ¿Y por qué no los estáis utilizando?— preguntó con un deje de irritación en la voz.

— Porque no funcionan. Nada funciona— respondió el capitán—. Ni el sistema de navegación, ni el de defensa ni tampoco las armas. Desde que esa nave apareció en nuestras pantallas hemos perdido completamente el control.

— Capitán— intervino Van, de pronto—. ¿Crees que el fallo de nuestros sistemas es obra de la nave que nos ataca?

Pero April no alcanzó a oír la respuesta de Muller. Ya no estaba escuchando, se había desconectado de su entorno mientras una horrible posibilidad se abría paso en su mente. Era imposible y, sin embargo, ella había visto esa estrategia militar antes. Incapacitar al enemigo antes de atacar.

— Van— le llamó y el tono férreo de su voz obligó al rey a prestarle atención inmediatamente. Entonces April anunció—. Voy a hacer una estupidez.

El ryujin la contempló estupefacto.

— ¿Tiene que ser precisamente ahora?

— Prometí que te avisaría y tú que no me detendrías— argumentó ella con una sonrisa—. Vas a tener que confiar en mí.

April se dirigió a toda prisa, con los demás siguiéndola de cerca, hacia la consola del primer oficial y colocó la mano ilesa sobre el respaldo del asiento.

— Levantaos— ordenó con vehemencia al hombre vestido de rojo que atendía aquel puesto.

— Lo siento, mi señora, pero no puedo abandonar mi puesto bajo ninguna circunstancia— replicó el soldado.

Una nueva sacudida, más fuerte que las anteriores.

— Daños en la cubierta cinco, capitán.

Los ojos de April lanzaron destellos. Acababa de perder la paciencia.

— No era una sugerencia. Levantaos, ¡AHORA!

Su voz sonó dura y enérgica. El soldado la observó asustado. Ninguna mujer se había atrevido a ordenarle nada en toda su vida. Dirigió la mirada hacia su capitán, sin saber muy bien cómo proceder.

— Obedece soldado— la voz del rey rompió el silencio llena de autoridad y poder. Finalmente, había decidido intervenir pues April tenía razón. Jamás le había fallado, debía confiar en ella.

El soldado se levantó velozmente ante la orden de su rey y dejó el sitio libre para que April lo ocupara. Ella se sentó rápidamente, quitándose el cabestrillo por el camino.

— ¡No puedes hacer eso!— la detuvo Merle—. Tu muñeca aún no está curada.

— No importa, Merle. Voy a necesitar las dos manos.

April cogió su mochila y sacó su portátil, lo conectó al puesto del primer oficial y, durante un segundo, se permitió olvidarse de todo mientras acariciaba las teclas con cariño.

— Vamos amigo— le dijo a su inseparable portátil, ante las caras de asombro de los demás—. No me falles ahora.

Luego, comenzó a trabajar para acceder al control principal del sistema central. Si estaba en lo cierto, tenía poco tiempo para neutralizar el problema antes de que se extendieran sin control por el sistema y fuera irreversible. Pasaba de una pantalla a otra con rapidez, saltándose todos los protocolos de seguridad que los ingenieros hubieran implementado, que eran pocos e ineficaces. Resopló frustrada por aquella falta total de protección.

— ¿Qué estáis haciendo?— quiso saber el capitán Muller, acercándose un poco más al monitor que mostraba en aquel momento una serie de códigos que él era incapaz de descifrar.

— Tenemos un intruso— le explicó ella, sin despegar la vista de las dos pantallas que atendía—. Alguien ha entrado en el sistema de control de la nave y lo ha inutilizado para que no pudiéramos repeler el ataque.

— ¿Cómo sabes eso?— preguntó Merle, trasformando en palabras la perplejidad que sentían los demás.

April apretó los dientes, enfadada, mientras se agarraba con fuerza al puesto para resistir una nueva sacudida.

— Porque yo diseñé el programa que hace esto en mi tercer año de universidad. El ejército americano lo utiliza desde entonces para neutralizar las defensas del enemigo antes de realizar un ataque masivo— informó sin dejar de introducir complejos códigos en la consola para encontrar el origen de la infección—. Quien sea que esté haciendo esto, intenta usar mis invenciones contra mí.

— ¿Puedes arreglarlo?— inquirió Van, acercándose a ella también.

— Es rápido, pero yo soy mejor— le respondió April. Sus palabras sonaron como una declaración de intenciones y Van se sorprendió al contemplarla. El ryujin acababa de descubrir que existían campos de batalla sobre los que no sabía nada pero en los que ella parecía desenvolverse con soltura. Experimentó un nuevo sentimiento hacia la mujer que tenía delante. Admiración.

— Ha saltado a otra zona del sistema— informó otro de los oficiales desde su puesto, a unos cuantos metros de ellos.

— Lo sé— fue todo lo que respondió ella. El diseño de April estaba programado para huir por el sistema cuando era descubierto para evitar ser acorralado y eliminado. Pero aquella era su creación y nadie la conocía mejor que ella.

— Ya te tengo desgraciado hijo de perra— exclamó al fin. Todos los aparatos del puente se apagaron de pronto y cuando volvieron a la vida unos segundos después, estaban listos para cumplir sus funciones.

— Hemos recuperado el control de los sistemas de abordo— dijo el segundo al mando.

El capitán Muller suspiró aliviado y después se concentró en cumplir con su obligación.

— Preparen las armas— ordenó a sus hombres—. Devolvámosles a esos desgraciados sus atenciones.

April estiró los brazos sobre la cabeza con una sonrisa bailando en sus labios.

— ¡Bien hecho!— la felicitó Merle palmeándole la espalda con fuerza. April desconectó su portátil y lo guardó en su mochila, se levantó del puesto para dejar trabajar al oficial, que le ofreció una pequeña sonrisa de agradecimiento, y se echó la mochila al hombro.

— Ha sido un placer.

El mundo explotó a su alrededor en aquel instante. Habían estado agrupados todos juntos, Van, April, Merle y Erik; y en esa fracción de segundo, cuando el peligro parecía estar bajo control, todo se vino abajo. April sintió que salía despedida a través del aire, y todo lo que pudo hacer fue agarrarse a la única cosa que podía sentir a su junto a ella, su mochila negra. Escuchó gritos a su alrededor pero no pudo identificar las voces.

Y entonces el mundo pareció girar en torno a ella. Intentó desesperadamente encontrar algo a lo que aferrarse pero las luces se habían apagado y no podía ver nada. De pronto, sintió un fuerte golpe en el estómago que le cortó la respiración, obligándola a jadear fuertemente en busca de aire. No sabía con qué se había golpeado pero, ignorando el dolor, intentó agarrarse al duro objeto que palpaba bajo su cuerpo. Sin embargo, no tuvo tiempo de hacerlo. El mundo continuó girando a su alrededor y su propio peso unido al peso de la mochila que sostenía la empujaron inexorablemente hacia delante.

Cayó con una potencia demoledora sobre una superficie sólida y fría. Algo caliente y pegajoso en su mejilla le indicó que estaba sangrando abundantemente. Respirando de forma entrecortada intentó encontrar algo a su alrededor que la ayudara a orientarse, pero no había nada. Absolutamente nada.

De pronto, las luces titilaron hasta encenderse y el puente de mando apareció ante sus ojos de nuevo. Pero no en la posición que ella esperaba. El suelo estaba en el techo y el techo en el suelo. La nave parecía haber girado sobre sí misma hasta invertir su posición. Y ella estaba tumbada sobre el frágil cristal de la bóveda que protegía el puente.

Paralizada por el miedo, observó con horror como el cristal comenzaba a agrietarse a su alrededor, cediendo bajo su peso como demostraban las finas líneas que habían empezado a formarse alrededor de su cuerpo. April soltó un gemido ahogado, sin atreverse casi a respirar por miedo a empeorar la situación. El corazón le latía desbocado bajo las costillas y su mente trabajaba contra reloj intentando sacarla de aquella peligrosa situación. Bajo ella, las selvas de Freid se extendían en todas direcciones a miles de metros por debajo.

— Dios mío— gimió presa del pánico y un crujido del cristal acompañó su voz.

Muchos metros más arriba, Erik y Van habían conseguido sujetarse a la plataforma de metal que daba acceso al puente. Ambos agarraban a Merle por los brazos, tratando de colocarla al otro lado de la barandilla para mantenerla a salvo. Cuando lo consiguieron, rastrearon los alrededores intentando encontrar a April que parecía haber desaparecido sin dejar rastro. En torno a ellos los oficiales del puente se esforzaban por recuperar la estabilidad de la nave, pero el ataque enemigo parecía haber dañado los sistemas de gravitación y estabilidad dificultando su tarea.

— ¿Dónde está April?— preguntó el ryujin que no había cesado en su intento de localizarla.

Los segundos se hicieron interminables en mitad de la confusión y el caos que reinaba en el puente. Hasta que escucharon a Merle jadear asustada.

— Allí abajo— gritó la chica gato con desesperación, señalando un punto bajo sus pies.

El corazón del rey de Fanelia estuvo a punto de detenerse cuando sus ojos encontraron la figura de April sobre el cristal que formaba el techo del puente. El alivio que sintió al saberla viva le duró poco pues, ante sus ojos oscuros, el cristal que la protegía de una caída de miles de metros se estaba agrietando.

— April no te muevas— le suplicó Van, muchos metros por encima de ella.

April reaccionó al sonido de su voz elevando el rostro hacia él. Cuando sus miradas se encontraron, Van pudo ver en sus ojos verdes el terror más absoluto.

— Distribuye el peso para aliviar la presión— le ordenó Erik mientras él y Van comenzaban a descender hacia ella, serpenteando entre máquinas y tripulación en el invertido puente de mando.

Temblando como nunca en su vida, April intentó obedecer moviéndose para aliviar la presión sobre el cristal pero un horrible crujido le detuvo el corazón en mitad de un latido. La superficie volvió a agrietarse y las nuevas estrías se fusionaron con las anteriores formando un complejo y aterrador intrincado de fisuras. Sentía que se ahogaba y que era incapaz de llenar los pulmones en toda su capacidad por miedo a respirar de forma demasiado profunda. Antes de ser consciente de ello, las lágrimas escaparon del dique que formaban sus ojos, deslizándose por sus mejillas cayendo desde su barbilla hasta el cristal, pero ni siquiera se atrevió a mover las manos para limpiárselas. El miedo la había paralizado por completo.

— ¡Maldita sea!— exclamó Van, con el corazón acelerado. Tenía que salvarla o jamás podría perdonárselo.

Descendió hacia April tan rápido como le fue posible, tan asustado como ella. Utilizando como punto de apoyo la barandilla de metal que recorría la pared, Erik y el Van se quitaron los cinturones, fabricando una cuerda improvisada y mientras el capitán de la guardia real la sostenía, el ryujin se descolgó por la pared vertical hacia ella.

April le observó descender casi sin atreverse a respirar. Sus propias lágrimas convirtieron a Van en una figura borrosa que se acercaba con lentitud. Pero internamente se alegró al saber que, de nuevo, él estaba allí para salvarla del peligro. Cuando la improvisada cuerda no dio más de sí, Van extendió el brazo hacia ella rápidamente.

— Vamos April, coge mi mano— le pidió con el corazón en la garganta.

Ella intentó hacerlo, pero al levantar el brazo tuvo que apoyar el peso de su cuerpo en el cristal y un sonoro crujido la detuvo cuando estaba a sólo unos centímetros del ryujin. Ese último crujido se prolongó durante unos segundos que parecieron interminables, paralizándolos a los dos. April sólo tuvo tiempo de dirigir su mirada hacia los ojos asustados de Van antes de que el cristal estallara a su alrededor y el vació la acogiera.

Mientras la noche engullía su cuerpo y descendía como un cohete sintió el inexorable tirón de la gravedad en caída libre. Cuanto más rápido caía, más brutal parecía el tirón de la tierra. El viento le azotaba con violencia, con una fuerza demoledora. Supo entonces que no iba a sobrevivir. En aquellos segundos que parecieron querer extenderse por siempre April no pensó en rezar, ni en gritar o lamentarse por la horrible muerte que le esperaba miles de metros más abajo. Se aferró con más fuerza a su mochila negra y cerró los ojos, para no ver el suelo acercándose a vertiginosa velocidad.

A punto de morir, su mente analítica acudió de nuevo en su ayuda y no pudo evitar preguntarse si la fuerza con la que la gravedad la atraía inexorablemente hacia la tierra sería idéntica a la de la Luna Fantasma. Llevaba meses en Fanelia y nunca había intentado averiguarlo. En realidad había tantas cosas que no había hecho y que ya no tendría tiempo de hacer. Pensó en su madre, en su padre y también en Van y Merle. Y, al menos su corazón, tuvo tiempo de despedirse de ellos antes de que llegara el final.

El impacto contra el suelo se produjo antes de lo que pensaba y fue más suave de lo que esperaba. Había pensado que morir de ese modo resultaría muy doloroso. Pero allí no había dolor. O no más del que sentía por los golpes y los cortes que se había hecho. ¿Era aquello normal?

Con los ojos aún cerrados, notó como unos brazos fuertes y musculosos la cubrieron mientras el viento continuaba azotando su cuerpo. Pero ya no sentía el tirón inexorable de la gravedad. Se aferró al cuerpo que la envolvía y hasta ella llegó un aroma fresco y masculino que conocía muy bien.

El de Van.

Definitivamente estaba muerta. Pero si aquello era morirse no resultaba tan horrible como había imaginado. Poco a poco la fuerza del viento amainó y los brazos que la envolvían la posaron en el suelo con deliberada lentitud y delicadeza. Entonces, April decidió averiguar si de verdad estaba muerta. Se concentró en su propio cuerpo y pudo notar el ritmo acelerado de su corazón, su respiración errática, el dolor que palpitaba en sus heridas, el viento que le acariciaba el pelo... No. No estaba muerta. Pero si estaba viva, ¿cómo demonios había sobrevivido a semejante caída? Abrió los ojos cuando aquella revelación se abrió paso en su mente.

Y entonces, el mundo se detuvo a su alrededor.

April supo que, aunque viviera cien mil años, jamás sería capaz de olvidar la imagen que sus ojos estaban contemplando. Nada en su vida la había preparado para la imagen que tenía ante sí.

El rey de Fanelia estaba allí, vestido sólo con los oscuros pantalones de su uniforme y sus botas, el perfecto torso al descubierto y unas hermosas alas blancas extendidas tras su espalda. Tan blancas como la luz de la Luna Fantasma que se colaba entre los árboles recortando su figura, confiriéndole un aura poderosa y hechizante.

Incapaz de asumir lo que veía o de articular palabra, April cayó de rodillas sobre el suelo. Se llevó las manos a la boca cuando se le escapó un jadeo mientras las lágrimas volvían a surcar sus mejillas. Pero esta vez no eran producto del miedo sino de la fascinación. Nunca había visto, ni vería jamás, nada más hermoso. Estaba segura de ello.

Entonces, mirando directamente a aquellos voraces ojos oscuros que parecían arder en la penumbra de la noche, April Ryan supo que había encontrado al dragón. Como también supo que estaba total y absolutamente perdida.


Hola guapos y guapas!

Aquí estoy de nuevo. Perdón por el retraso, he tenido mucho trabajo. Espero que la espera merezca la pena y que el capítulo os guste porque he sudado tinta para escribirlo. Puedo decir que ha sido el capítulo más complicado de escribir hasta ahora.

En fin, no me quiero extender mucho que el capítulo es lo suficientemente largo como para aburrir a todo el mundo y que me quede sin lectores así que me voy a limitar a agradecer, como siempre, cada lectura, cada visita, cada mensaje y cada comentario que me dejáis. Especialmente a mis queridas: MacrossLive, Annima90, 7, Alice Cullen, Dianeli (x2) y Mara. Ya sabéis de sobra que sin vosotras no me sentaría a escribir cada semana con esta sonrisa en la cara. Sois las mejores.

7: Así que quieres beso ya? no puedes esperar más? seguro? jajajaja no me mates, te prometo que el momento será tan especial que valdrá la pena. Espero que este capítulo te guste aunque no haya beso. Abrazos virtuales.

Alice Cullen: tú tampoco puedes aguantar las ganas de que se besen? jajajja vale, vale... os daré lo que me pedís que para eso estoy. Muy pronto, te doy mi palabra de girl scout jajjaa. Espero que este capítulo también te guste cariño. Miles de gracias.

Dianeli: no me des las gracias, vuestros comentarios son tan importantes para mí... me hace tan feliz y tanta ilusión recibirlos jajaja te entiendo, yo llevo enamorada de Van desde que vi Escaflowne por primera vez y aquí sigo jajjaa ¿así que quieres que Van enseñe a April a pelear cuerpo a cuerpo? Bueno, no lo había pensado. Anoto tu propuesta y veré que puedo hacer con ello, seguro que podemos encontrar la manera de que lo haga en algún punto. Gracias por querer acompañarme cada capítulo y por decirme que consigo transportarte a otro mundo (carita super feliz), ahh y por desearme suerte con mis estudios. Estoy en el último año de facultad y es realmente duro. Vivo en un bucle de estrés jajaja AHHH y te prometo que Escaflowne aparecerá y entrará en acción. Muchas gracias y miles de besos. Quédate cuanto gustes =)

Mara: lo siento, lo siento, lo siento... entre las miles de cosas que he tenido últimamente y que este capítulo me ha costado mucho sacarlo adelante me he retrasado. Espero que me perdones con este capítulo. Besos y abrazos.

Bueno, eso es todo lo que quería decir. Para consejos, comentarios, críticas, tartazos, tomatazos, besos, abrazos... ya sabéis qué hacer. Si me dejas un review me harás muy feliz.

Nos vemos en el siguiente.

Ela.