Recomendación musical: James Vicent McMorrow — Wicked Game.


Este capítulo jamás habría sido escrito sin la colaboración de una gran amiga, MacrossLive. La escena final de este capítulo ha sido idea suya, además ella es la editora y la beta reader de este capítulo. Por ello, espero que los demás podáis perdonarme si se lo dedico a ella.

Así que, amiga mía, este capítulo está íntegramente dedicado a ti.

Gracias por todo, Ela.


Capítulo 20: El último hijo de Atlantis.

Van no podía despegar la mirada de April que, arrodillada sobre el suelo, parecía incapaz de hablar mientras las lágrimas trazaban sendas por la piel pálida de sus mejillas. Tenía los ojos muy abiertos y por aquellas profundidades verdes, Van vio desfilar decenas de emociones. Aunque no consiguió reunir el valor suficiente para leerlas. Tenía miedo de ver aparecer en sus ojos el rechazo que tantas veces había sentido en otras personas.

Quiso esconder sus alas pero no lo hizo. ¿Para qué molestarse? April ya había tenido tiempo suficiente de verlas. Ella había descubierto al fin su secreto y, por primera vez en su vida, Van temió su reacción. Excepto Merle y sus amigos más íntimos, la mayoría de la gente, al descubrir su procedencia, pensaba que era un monstruo. Él era descendiente de una raza marcada y maldita, el último hijo de Atlantis. Un ryujin. Un demonio alado.

Y aquella noche de primavera, el rey de Fanelia se avergonzó de sí mismo como nunca antes lo había hecho. Deseó con todas sus fuerzas ser sólo un hombre, un hombre normal. Alguien que no llevara en la espalda el peso de una herencia que no podía cambiar para que ella pudiera mirarle con respeto y admiración.

El prolongado silencio de April sólo contribuyó a empeorar la situación. Pero, a pesar de todo, Van no se arrepentía de haber expuesto su secreto de ese modo ante ella. Había actuado sin pensar para salvarla, precipitándose al vacío en pos de ella cuando la vio caer. No podía permitir que April muriera y, mucho menos, si él tenía en sus manos la posibilidad de evitarlo. Había prometido protegerla y él siempre cumplía sus promesas. Aunque eso significara que April se alejaría de él para siempre.

Con el cuerpo rígido por la angustia, decidió alejarse de April antes de que ella se repusiera de la conmoción de descubrir que era un ryujin y le pidiera que no se acercara a ella nunca más, o le gritara que era un híbrido maldito. Van supo en aquel momento que no sería capaz de soportar que April le rechazara. Por eso le dio la espalda y echó a andar con la intención de alejarse lo máximo posible.

April reaccionó en cuanto contempló como Van se apartaba de ella, profundamente triste y mortificado. Se incorporó lentamente del suelo, donde había permanecido durante los últimos minutos. No podía permitir que él se marchara, no de ese modo.

— No te vayas— le pidió y sus palabras reverberaron en el silencio de la noche como una súplica que salió entrecortada de sus labios por los nervios y las lágrimas.

Van se detuvo cuando escuchó su voz pero no se giró a mirarla, no quería ver temor o lástima en sus ojos. April se acercó hacia él con cautela, la tensión emanaba en oleadas del cuerpo masculino y ella no pretendía incomodarle. Parecía avergonzado y no entendía por qué. Él era asombroso, increíble. Jamás había visto nada tan hermoso. Su madre le había hablado tantas veces de aquellas alas pero ella siempre creyó que eran un cuento. Ahora, sin embargo, había podido comprobar que no había nada en los cuentos de su madre que no fuera cierto.

Se detuvo a unos centímetros de su espalda y sus ojos verdes vagaron hasta perderse en el hombre que tenía ante sí. Van tenía los hombros anchos y, quizás por todo el duro entrenamiento militar, los músculos de su cuerpo estaban muy bien definidos y hablaban de fuerza, rapidez y agilidad. Pero ella sólo tenía ojos para las alas blancas que nacían de su espalda.

— ¿Puedo?— preguntó con la voz entrecortada, pidiéndole permiso para ir más allá, para tocar sus alas.

Él giró el rostro para mirarla fijamente, confuso, nadie había querido tocar sus alas antes, ¿qué era lo que pretendía esa mujer? Sin embargo, se limitó a asentir casi sin aliento. April levantó la mano derecha con deliberada lentitud, para que Van pudiera acostumbrarse a su cercanía y la detuviera cuando le resultara demasiado incómodo. El rey de Fanelia contuvo la respiración cuando ella paseó las yemas de los dedos por la piel que se extendía entre el nacimiento de sus alas, trazando una senda de fuego que hizo que el cuerpo de Van de pronto estallara en llamas. Nadie le había tocado de ese modo antes.

Incapaz de apartar los ojos de April, observó como ella se detenía en el punto exacto en el que las alas blancas se unían a la piel bronceada. Luego, levantó la mirada hacia él y sus ojos le pidieron silenciosamente permiso para continuar con su implacable y delicioso avance. Incapaz de negarle nada, Van volvió a asentir, completamente hechizado, y entonces sintió las manos femeninas posarse sobre las alas que le marcaban como el último hijo de Atlantis y acariciarlas con devoción, casi como si temiera hacerle daño. El roce envió descargas eléctricas a través de su columna y no pudo evitar cerrar los ojos ante las placenteras caricias que ella le estaba prodigando. Aquello se sentía tan malditamente bien que no quería que se detuviera jamás. Nunca había sentido nada parecido en la vida.

April sonrió complacida cuando observó el rostro relajado del rey de Fanelia. Sus alas eran tan suaves como la seda y acariciarlas le provocaba un cosquilleo placentero en todo el cuerpo que no había esperado. Aprovechando que él había cerrado los ojos, confiado, y que no podía verla, ella se acercó un poco más y depositó un tímido beso sobre el ala derecha. No tenía ni idea de por qué lo hacía, sólo sabía que necesitaba sentirle desesperadamente. Quería que él comprendiera que no tenía que esconder su naturaleza delante de ella.

A Van se le escapó involuntariamente un jadeo cuando sintió que April posaba los labios sobre sus plumas blancas. El cálido aliento femenino chocó contra su piel provocando que el corazón le latiera desbocado bajo las costillas. Abrió los ojos conmocionado y los clavó en ella, que le devolvía la mirada mientras sonreía dulcemente. En ese instante, Van se atrevió por fin a leer las emociones que mostraban sus ojos y no encontró ni rastro del temor y el rechazo que esperaba. En aquellas profundidades verdes sólo pudo ver admiración.

— ¿Por qué haces esto?— le preguntó con la voz rota mientras bajaba la mirada, avergonzado de sí mismo y de lo que era.

— Porque me has salvado la vida… varias veces de hecho. Y porque no deberías avergonzarte de lo que eres— le respondió ella con una sonrisa, sin dejar de acariciarle. Luego, para aligerar la tensión, añadió en tono bromista—. Además, tus alas son muy hermosas. ¿Sabes dónde puedo conseguir unas iguales?

Van no pudo evitar reír ante esa nueva muestra de su extraño humor, aunque apenas era capaz de respirar por las emociones que luchaban dentro de él. Sus pensamientos se congelaron durante un segundo cuando comprendió que a April no le importaba que fuera un monstruo, un bicho raro. Giró para quedar frente a ella, sorprendiendo a la pelirroja que se quedó estática mientras observaba atentamente las reacciones de aquel hombre. Él apartó la vista un segundo, desviándola hacia el cielo infinito. Cuando su mirada regresó a ella la quemó. Sus ojos, y el dolor que había en ellos, le llegaron al alma.

¿Cuántas personas le habrían rechazado en su vida por culpa de algo que no podía cambiar, que no dependía de él? April acabó con la distancia que los separaba para abrazarle con fuerza, echándole los brazos al cuello. Van se quedó muy quieto durante unos segundos, simplemente disfrutando del contacto con la suave piel femenina, del maravilloso olor que desprendía su pelo, del calor que emanaba su cuerpo y del placer que le provocaba sentir su abrasador aliento en la sensible piel del cuello, antes de cerrar los ojos y rendirse a las sensaciones que April le provocaba, correspondiendo su abrazo. Entonces siseó de dolor.

— ¿Qué ocurre?— preguntó preocupada mientras se separaba de él a toda prisa, temerosa de haberle hecho daño. Examinó su cuerpo rápidamente y horrorizada vio que el brazo derecho de Van sangraba profusamente y que la herida estaba repleta de esquirlas de cristal.

— ¡Maldita sea!— exclamó el ryujin y automáticamente sus alas desaparecieron. Había estado tan preocupado por salvarla primero y luego por su reacción y sus maravillosas caricias que ni siquiera se había dado cuenta de la profunda herida que los cristales del puente le habían provocado en el brazo.

April le lanzó una mirada enfadada, como si le reprochara el poco interés que tenía en sus heridas o el hecho de que hubiera escondido aquellas alas que tanto le gustaban, y luego echó a andar con decisión arrastrándole del brazo sano hasta su mochila negra, que había quedado abandonada a unos metros de allí, cuando April se había levantado del suelo para impedir que Van se alejara de ella.

— Será mejor que nos ocupemos de esa herida antes de que se infecte— masculló irritada, sin dejar de tirar de él.

Van sonrió y se dejó arrastrar a donde aquella mujer pelirroja quisiera llevarle.

Erik estaba en el puente de mando de la nave, intentando analizar la difícil situación en la que se encontraban. Los oficiales del puente habían tenido que esforzarse para recuperar el control de la nave para, acto seguido, repeler el ataque enemigo con toda la potencia que fueron capaces de reunir.

Al menos habían conseguido hacer huir al enemigo pero a un gran coste. Los daños en la nave eran cuantiosos, se habían visto obligados incluso a realizar un aterrizaje de emergencia ante el riesgo que suponía seguir en el aire sin conocer el verdadero alcance de los daños, y, lo que es peor, ninguno de ellos sabía dónde estaba el rey de Fanelia. Se suponía que Erik era el encargado de velar por la seguridad del rey y ahora estaba allí, en el puente, sin saber muy bien cómo proceder.

Su majestad se había lanzado al vacío para salvar a April de una caída mortal de cientos de metros. Erik estaba convencido de que ambos habían sobrevivido pero no tenía forma de asegurarse de ello. La nave estaba varada en un claro de las inmensas junglas que crecían en Freid y no podrían alzar el vuelo de nuevo hasta que los mecánicos repararan los daños que se habían producido durante el ataque. Aquello podría retrasarles horas o incluso días. Y mientras tanto, su majestad y April estarían perdidos, sin comida ni agua ni posibilidad de pedir ayuda, en mitad de ninguna parte. Sin protección, sin escolta.

Erik sentía que tenía las manos atadas. Su instinto más básico le exigía rastrear la selva hasta dar con ellos pero la delegación de Fanelia no viajaba con los hombres suficientes como para realizar aquella monumental tarea. Tal vez su majestad podría encontrar un modo de llegar hasta ellos, pero ¿y si algunos de los dos estaba herido y no podían moverse con libertad a través del laberinto sin salida que formaba la jungla?

No. Definitivamente no. Como capitán de la guardia real de Fanelia no podía permitir que algo malo le sucediera a su rey. Había jurado protegerle y no rompería su promesa. Desde que se unió a la guardia jamás había faltado su juramento y no pensaba empezar esa noche. Salió del puente y reunió a sus hombres, tenía intenciones de llegar hasta el punto en el que más o menos ambos deberían haber caído y rastrear la zona hasta encontrarles.

No le importaba el asfixiante calor ni la opresiva humedad que reinaba en el ambiente, ni lo cansado que estaba ni los cientos de millas que tendría que recorrer para dar con ellos. Porque había algo más grande que impulsaba a todos los soldados de Fanelia para seguir adelante y no rendirse nunca en el cumplimiento del deber. Proteger a su rey. Proteger su hogar.

April acababa de abrir su mochila bajo la atenta y divertida mirada de Van y ahora parecía empeñada en vaciar y dispersar todo el contenido sobre el suelo en busca de vete tú a saber qué cosa. El ryujin la miraba fascinado porque cada objeto que sacaba de las profundidades de aquella mochila le permitía averiguar más cosas sobre ella. De pronto, April se detuvo y compuso una expresión que él fue incapaz de descifrar. Deseando averiguar qué había captado su interés esta vez, Van se acercó más a ella. Entonces pudo ver un gastado libro sobre su regazo y la curiosidad le quemó por la necesidad de saber qué tenía de especial aquel ejemplar para ella.

— Creo que acabo de resolver el enigma de la pluma— dijo April con una sonrisa divertida, mientras le acercaba el libro a Van para que lo viera. El ryujin fue incapaz de entender la escritura que poblaba el papel, pues la obra estaba escrita en una lengua desconocida para él, pero sí pudo apreciar la rosa roja y la pluma blanca que descansaban entre las páginas centrales. Y por un instante, se quedó sin habla. April había conservado los insignificantes detalles que él le había regalado noches atrás pero no entendía por qué lo había hecho. Ni siquiera eran regalos propiamente dichos, no tenían ningún valor.

— Me regalaste una pluma de tus alas, ¿verdad?— inquirió ella, sacándolo de sus cavilaciones mientras seguía registrando las profundidades de su mochila alegremente—. Es una lástima que no recordara esa parte de las historias de mi madre antes, me habría ahorrado más de un dolor de cabeza pensando de donde la habías sacado.

El silencio cayó sobre ellos y Van lo agradeció internamente porque la situación comenzaba a despertar en él sentimientos extraños que no sabía muy bien cómo definir.

— ¡Lo encontré!— exclamó April al fin, unos minutos después, sacando una pequeña caja blanca del interior de la mochila.

El ryujin la miró con desconfianza, examinando su contenido.

— ¿Siempre llevas material médico en la mochila?— quiso saber, mortificado de nuevo por la curiosidad. Definitivamente, April era la mujer más extraña que había conocido en toda su vida.

Ella encogió los hombros con indiferencia, ignorando su pregunta, y le pidió que se acercara para comenzar a trabajar en su brazo. Ambos se sentaron en el suelo, muy cerca el uno del otro. De la caja blanca April sacó el material necesario para curarle y con unas pinzas de metal fue extrayendo, uno a uno, los cristales de la herida. Van apretó los dientes y tensó la espalda para hacer frente al dolor que le causaban los trozos afilados de cristal en la carne.

Cuando el ryujin ya pensaba que April no iba a contestarle, ella volvió a sorprenderle.

— Es una vieja costumbre que heredé de mi padre— le dijo sin despegar la mirada de su herida—. Él era arqueólogo y en ocasiones le destinaban a excavaciones en las que había riesgo de derrumbe o de inundaciones. Por eso, cuando me dejaba acompañarle durante mis vacaciones, siempre me pedía que llevara un kit de primeros auxilios para estar preparada por si ocurría algún accidente.

Van contempló como el semblante femenino cambiaba en cuestión de segundos y sus ojos se apagaron, ahogados por la tristeza. Entonces todas sus dudas se disiparon y supo la verdad.

— ¿Cuánto hace que murió tu padre?— preguntó, temiendo estar en lo cierto.

Ella se detuvo y clavó sus ojos verdes en los oscuros de él.

— ¿Cómo lo sabes?

El tono seco y frío de su voz la delató y Van tuvo la certeza de que había acertado.

— Siempre hablas de él en pasado y… cuando le mencionas pareces tan… triste.

April regresó su atención a la herida del rey y volvió a quedarse callada durante unos segundos. Continuó sacando esquirlas de cristal de la piel del ryujin mientras luchaba por mantener el pasado a raya. Pero sus esfuerzos resultaron inútiles. Recordó el funeral, lluvioso y frío, el día en que había perdido todo lo que una vez consideró importante. La casa se llenó de hombres con trajes grises que estrecharon su mano con excesiva fuerza mientras alababan el trabajo de su padre. Lo único que ella deseó entonces fue que se marcharan, que la dejaran sola.

— Hace cinco años— contestó al fin—. Tuvo un accidente cuando volvía a casa del trabajo.

Van, que había esperado pacientemente su respuesta, se encogió internamente por el dolor que transmitían sus palabras. Y se sintió inmensamente culpable por hacerla recordar momentos tan dolorosos

— April yo…— quiso disculparse, pero seguía sin saber bien cómo hacerlo.

— No te preocupes.

Ella levantó el rostro y le sonrió tristemente, apiadándose de él y de sus pobres disculpas. Luego, volvió a trabajar en la herida de Van sin pronunciar una sola palabra.

— Así que, ¿vives sola?— preguntó él con la intención de cambiar de tema y de hacerla olvidar sus dolorosos recuerdos.

April asintió sin mirarle.

— ¿No estás casada o… prometida?— insistió, fingiendo una indiferencia que estaba lejos de sentir pues llevaba semanas preguntándose si April tendría a alguien esperando su regreso en la Luna Fantasma.

Ella se echó a reír con ganas como respuesta.

— ¿Tan malo sería?— quiso saber. No supo por qué aquella reacción le había molestado. ¿Tanta aversión sentía ante la idea de compartir su vida con alguien?

"Aun así no debe importarte, ella nunca te elegiría a ti de todos modos", le dijo la conciencia y aquel pensamiento le dolió más que los cristales que laceraban la piel de su brazo.

— No— dijo April riendo—. Es sólo que no creo que exista alguien en el mundo que quiera casarse conmigo.

Van la miró confuso, alzando las cejas. No se había esperado aquella respuesta. Una vez más, ella lo había sorprendido. Junto a April todo era nuevo y le resultaba imposible acostumbrarse.

— No creo que exista en el mundo alguien capaz de soportarme y menos toda la vida. Soy difícil y complicada. Hablo demasiado, pienso demasiado, trabajo demasiado, no soy una persona a la que le guste obedecer órdenes ni depender de nadie. Tampoco me gusta que me controlen, que me subestimen por ser mujer o que intenten cambiarme— explicó ella, como si se hubiera aprendido de memoria todos sus defectos—. Mi problema es justamente ese, que soy demasiado en demasiados aspectos. Los hombres prefieren cosas más sencillas y equilibradas. Mujeres con las que no tengan que esforzarse tanto y definitivamente yo no soy así.

— Además, las mujeres como yo no atraemos a los hombres— continuó como si nada y ante la mirada incrédula del ryujin añadió—. Ha sido así desde el instituto, te aseguro que ser una friki de la informática no ayuda a que se fijen en ti. No tengo el tipo de cuerpo que hace que los hombres pierdan la cabeza.

A Van empezaban a preocuparle seriamente los hombres de la Luna Fantasma. Todos parecían ser unos imbéciles. April, ajena a los pensamientos del ryujin, terminó de limpiar la herida y se dispuso a suturarla con cuidado.

— Lo siento, no tengo nada para anestesiar el dolor— le informó intentando disculparse—. Lo vas a sentir todo pero es necesario cerrarte la herida.

— Adelante— le dijo Van con una tranquilidad que la dejó pasmada.

Asombrada, comenzó a coser y, casi instantáneamente, los músculos del cuello masculino se marcaron por lo tensa que tenía la mandíbula mientras apretaba los puños en un intento por aliviar el dolor que padecía. A ella el estómago se le encogió al pensar en lo mucho que debía dolerle.

— ¿Te duele mucho?— preguntó sinceramente preocupada mientras le daba una tregua.

Él se limitó a mirarla y le sonrió con aquella sonrisa torcida y burlona.

— La Tribu de Hispano reparó a Escaflowne cuando yo estaba vinculado a él, April— le dijo Van para tranquilizarla—. Créeme, esto no es nada.

April continuó donde lo había dejado hasta que la voz de Van volvió a interrumpirla.

— ¿Qué crees que habría sucedido si nos hubiéramos conocido cuando sólo eras una adolescente?

— Nada— respondió April con sinceridad mientras continuaba cosiendo su herida—. Entonces era una chica desgarbada y los chicos del instituto no se acercaban a mí, a menos que quisieran burlarse un rato.

— ¿Por qué iban a querer burlarse de ti?

— Porque tenía el pelo rojo, orejas de soplillo, un montón de pecas y estaba obsesionada con la tecnología— explicó April con indiferencia. Ella siempre había sido la empollona devora libros a la que nadie presta atención, los chicos preferían a las animadoras o a las divas del club de teatro—. Nadie se fijaba en mí en aquella época.

En su mente, Van pudo imaginársela unos años más joven. Con sus grandes ojos verdes, yendo a clase cada día, deseosa de aprender para saciar su curiosidad, dejando atrás la sonrisa aniñada y los rasgos infantiles para empezar a darle paso a la mujer que tenía delante en ese momento.

— Yo sí me habría fijado en ti— confesó antes de poder contenerse. Y cuando las palabras abandonaron sus labios supo que eran ciertas. Se habría fijado en ella sin importar cómo, dónde o cuándo la hubiera conocido.

April levantó el rostro hacia él, sorprendida por su inesperada declaración. Enrojeció y sus mejillas ardieron bajo la intensa mirada del rey de Fanelia.

— Sólo dices eso porque estoy cosiéndote la herida y no te conviene llevarme la contraria— repuso ella, sosteniéndole la mirada a duras penas, intentando fingir que aquellas palabras no habían provocado que su corazón comenzara a latir extasiado.

— Entonces pregúntamelo otra vez cuando hayas terminado.

"Pero, ¡por qué demonios le he dicho eso!, pensó Van deseando poder patearse internamente por su estupidez, "¿qué está mal conmigo? El silencio cayó de nuevo sobre ellos, sumiéndolos a ambos en sus propios pensamientos. La tensión entre los dos era tan grande que podía palparse en el aire. Pero lucharon por ignorarla pues el juego de fingir indiferencia siempre les había funcionado bien.

— ¿Qué vamos a hacer ahora?— quiso saber April cuando terminó de coserle la herida, colocándole una venda para protegerla del calor y la humedad.

Cuando ella finalizó, Van movió el brazo y dejó escapar un débil siseo, el único indicio de que le dolía la herida.

— Tenemos que regresar a la nave. Seguro que Erik ha ordenado al capitán Muller aterrizar y ya nos está buscando pero si nos movemos en la dirección que ellos han seguido podrán dar con nosotros mucho antes.

— De acuerdo, pero antes tienes que ponerte algo encima. No puedes andar por ahí medio desnudo.

April, que ya estaba teniendo bastantes problemas para mantener la vista alejada de su torso desnudo mientras le curaba, no quería ni imaginarse la tortura que supondría para ella pasearse por la jungla junto a un Van ligero de ropa.

"No, gracias", pensó. Aquello era lo último que necesitaba.

— Por si no te has dado cuenta, tuve que deshacerme del resto de mi ropa cuando me lancé a por ti— le recordó él con una sonrisa burlona. No entendía por qué ella se sentía tan incómoda con su desnudez de pronto—. No tengo nada que ponerme.

— No te preocupes. Creo que tengo algo por aquí…

Volvió a registrar las profundidades de su mochila hasta toparse con su vieja y enorme camiseta de los Knicks de Nueva York y se la tendió. Por la forma en la que Van reaccionó cualquiera habría pensado que le estaba dando un vestido lleno de volantes.

— No pienso ponerme esa cosa— concluyó tajante, cruzando los brazos sobre su torso perfecto y definido. April tuvo que desviar la mirada para poder concentrarse.

— Un poco de respeto— le recriminó—. Esa camiseta tiene más años que tú. Es una reliquia familiar y mi mejor pijama.

Cuando Van se la imaginó entre las sábanas blancas cubierta únicamente por aquella camiseta, se le olvidó respirar y la prenda comenzó a parecerle atractiva de repente. Sin pronunciar palabra, se la metió por la cabeza y pasó los brazos por las mangas. Le quedaba estrecha a la altura de los hombros y del pecho pero cuando inhaló disimuladamente el perfume que emanaba de la tela, el deseo prendió fuego a su sangre.

"¡Contrólate, maldita sea!", le gritó la conciencia. No podía dejarse llevar de ese modo. Él era el rey de Fanelia, un soldado acostumbrado a mantener el control, las apariencias y las emociones a raya. April era la hija de Hitomi y estaba completamente fuera de su alcance. Había cientos de mujeres entre las que podía elegir para satisfacer el deseo que últimamente castigaba su cuerpo, pero April no era una de ellas. Aquella verdad desvaneció los rescoldos de su deseo insatisfecho de un plumazo. Le dio la espalda en silencio y echó a andar en la dirección en la que había perdido el rastro de la nave de Fanelia.

April se quedó estática en su lugar. No entendía cómo, pero había provocado que Van volviera a alzar la barrera de hielo contra ella. Y a juzgar por su semblante frío y enfadado dudaba mucho que volviera a la normalidad a corto plazo. Suspirando frustrada y sin dejar de preguntarse qué demonios habría hecho esta vez, se internó tras él en la espesura bajo un calor y una humedad asfixiantes.

Van sintió que el agua abrazaba su cuerpo como una caricia. Era fantástica la sensación que le envolvía en ese momento. Caminar durante dos días bajo las altas temperaturas y con una humedad que hacia el aire irrespirable no era la mejor forma de avanzar entre la jungla. Y eso que April no se había quejado ni una sola vez del calor, de los insectos que saturaban el ambiente o de lo difícil que resultaba caminar a través de la espesura sin senderos para abrirse paso.

El ryujin había intentado avanzar a un ritmo más lento al principio para no incomodarla o avergonzarla. Pero sus precauciones no habían sido necesarias. April caminaba con soltura entre el follaje, avanzando a su paso sin retrasarle en ningún momento. Aunque en cuanto caía la noche y se detenían a descansar, ella se desplomaba junto a la hoguera que Van encendía para asar lo que conseguía cazar para los dos y sólo se incorporaba para llevarse algo de comida al estómago.

No parecía acostumbrada a soportar tales esfuerzos pero era demasiado orgullosa como para suplicarle que descansaran más o que caminaran más despacio. Aunque, tal vez, no intentara mantener su ritmo por una cuestión de orgullo sino porque durante los dos últimos días él se había vuelto a comportar como un imbécil con ella. Apenas la había mirado un par de veces y sólo le dirigía la palabra cuando era estrictamente necesario. Era un milagro que April aún no lo hubiera mandado al infierno y que continuara soportando su indiferencia y su frialdad sin una queja.

Definitivamente era una mujer increíble. Y ahora estaban juntos en mitad de la nada. Solos. Él y ella. Sin nadie en kilómetros a la redonda. Por eso, aquella noche, Van había decidido ir a darse un baño refrescante en cuanto se habían detenido a pasar la noche. Cada minuto al lado de April suponía para él una auténtica tortura. No podía estar cerca de ella sin desear tocarla. Y aquello no podía ser correcto.

Tenía la sensación de que si se quedaba junto a ella más tiempo del necesario acabaría cometiendo una locura y no podía permitirlo. Porque April no le pertenecía, no era nada suyo. Debía recordarse unas cien veces al día que ella era la hija de Hitomi y que no tenía derecho a posar los ojos en ella, a anhelar su contacto, a soñar que ella lo miraba con el deseo bailando en sus ojos verdes.

Ningún derecho.

Por eso, en cuanto se habían detenido a descansar, nada más caer la noche, Van le había pedido a April que se encargara del fuego y, con la excusa de buscar algo de comer, había huido como un cobarde de su lado. Y ahora estaba allí, dejando que el agua que se precipitaba desde la gran catarata que había descubierto hacía unos minutos se deslizara por su cuerpo y le ayudara a combatir el calor y el deseo insatisfecho que laceraba sus entrañas.

April estaba harta de intentar encender el fuego. Había provocado un estropicio y casi se había quedado sin dedos intentando imitar el movimiento que había empleado Van la noche anterior para prender la leña. Pero aunque el ryujin hacía que pareciese sencillo, ella era incapaz de conseguir algo que no fueran chispas. Chispas y casi quedarse sin dedos. Y ahora, encima, le dolía la muñeca izquierda.

Bufando indignada, se levantó del lugar en el que había permanecido arrodillada y se preguntó dónde demonios estaba Van cuando lo necesitaba. Si ella era una inútil para el trabajo de campo, ¿para qué le encargaba estas cosas? Bueno, tal vez la culpa era suya por no habérselo comentado cuando él le pidió que se encargara del fuego. Pero tenía una buena excusa. El ryujin llevaba dos días tratándola de forma áspera y fría, apenas le hablaba y cuando lo hacía era tan cortante y brusco con ella que April casi prefería que se mantuviera en silencio. Se sentía como cuando llegó a Fanelia y Van se comportaba como si ella no existiese. Pero en aquel entonces, al menos Merle le había hecho compañía.

Además, a lo anterior se unía el hecho de que estaba harta de aquel condenado lugar. Ella adoraba el frío y los días lluviosos y allí, en mitad de la jungla, sólo había una cosa que abundaba: enjambres de bichos asquerosos.

Se paseó durante unos minutos por el minúsculo claro que el ryujin había elegido para que pasaran la noche y volvió a preguntarse dónde se habría metido. Hacía más de media hora que se había marchado y normalmente no tardaba tanto en regresar. ¿Le habría ocurrido algo? Casi sin pensarlo, echó a andar en la dirección en la que Van se había desvanecido entre los árboles.

Caminó lentamente a través de la espesura que la rodeaba y le impedía contemplar las estrellas que, a esa hora de la noche, estarían iluminando el cielo nocturno. A su alrededor, los sonidos de la naturaleza reverberaban en la oscuridad como un eco procedente del corazón del bosque. Pero a April no le importó. Se sentía extrañamente tranquila. Sabía que nada malo podía sucederle. Van no estaría lejos y siempre acudía en su ayuda cuando se metía en problemas, es decir, todo el tiempo. Era un auténtico milagro que no la hubiera abandonado a su suerte a esas alturas.

A pesar de que April se había pasado la vida luchando para valerse por sí misma, debía reconocer que resultaba agradable contar con alguien que se preocupara por ella de ese modo. Aunque, a juzgar por su comportamiento durante los dos últimos días, tal vez ya estaba harto de tener que cuidar de ella.

Sumida en sus pensamientos escuchó de pronto el murmullo del agua precipitándose desde gran altura. Una cascada, imaginó. Sin saber por qué, sus pasos la guiaron en la dirección del sonido. Durante unos minutos lo único que pudo percibir fue la opresiva oscuridad que la envolvía. Sin embargo, unos metros más adelante los árboles comenzaron a escasear y April se encontró ante una pequeña laguna rodeaba de vegetación y de rocas por todas partes, alimentada por una catarata que se precipitaba en el vacío. Desde el lugar en el que el agua de la catarata chocaba violentamente con la que reposaba en la laguna, se elevaban grandes nubes de vapor que le otorgaban a la escena un aire etéreo y misterioso.

Pero no fue nada de aquello lo que provocó que April sintiera que se le detenía el corazón. Sino el hombre que, en ese momento, se bañaba completamente desnudo en el agua, ajeno a la hambrienta mirada femenina. Estaba de pie sobre las rocas, dejando que el agua de la catarata le acariciara la piel.

April jadeó en busca de aire cuando paseó la mirada por aquel maravilloso cuerpo masculino. Siempre había sabido que Van estaba buenísimo, pero sus ojos eran incapaces de procesar semejante espectáculo.

En contra de su buen juicio, se dio un festín contemplando sus anchos hombros, su piel bronceada, la profunda hendidura que separaba sus duros pectorales, sus abdominales perfectamente definidos, sus estrechas caderas y los músculos que se contraían con el más mínimo movimiento. Entonces su mirada continuó descendiendo hacia el sur de aquel maravilloso cuerpo y… se le secó la boca cuando sus ojos se detuvieron en aquella parte de la anatomía masculina en concreto.

"Por el amor de Dios", pensó mordiéndose los labios sin poder evitarlo. El deseo convirtió su sangre en lava ardiente que amenazaba con incendiar todo a su paso. Y maldijo su suerte. Ningún hombre debería verse tan atractivo desnudo. Ninguna mujer debería estar delante de alguien tan impresionante sin una bombona de oxígeno.

April quiso huir y olvidar lo que había visto antes de que Van la descubriera babeando por él en la orilla como una pervertida. Pero sus pies estaban anclados al suelo y su cuerpo se había amotinado y se negaba a obedecer las furiosas órdenes que le daba su cerebro. Y mientras luchaba consigo misma y contra la marea de sensaciones que la asolaban, sucedió. La mirada de Van rastreó la orilla, como si hubiera podido sentir la intensidad de la mirada de April, y sus ojos oscuros se cruzaron con los de ella.

Van la contempló durante unos largos segundos. Al principio se sintió cohibido porque estaba completamente desnudo y no había un solo centímetro de su cuerpo que no estuviera expuesto ante ella. Su primer impulso fue el de sumergirse en el agua para cubrirse. Pero ese impulso se esfumó en cuanto fue consciente del modo en que April le estaba mirando. Sus ojos verdes brillaban como alimentados por los misterios del universo y allí en el fondo, había deseo. Un deseo tan ávido y desquiciante como el que él mismo experimentaba cada vez que estaban juntos. El ryujin sintió en sus carnes el interés que despertaba en ella la visión de su cuerpo y entonces no pudo luchar más contra todo aquello que April le provocaba.

Se rindió y decidió que si iba a ir al infierno, se aseguraría de que el castigo mereciera la pena. En ese instante no había ni miedo ni culpa ni remordimientos. Sabiendo que había perdido aquella batalla contra sí mismo, ya no había una sola razón para resistirse a lo que realmente quería: a ella.

Para sorpresa de April, que aún estaba paralizada en la orilla, en el rostro de Van se dibujó lentamente una diabólica sonrisa que lo hizo parecer aún más atractivo. Si es que eso era posible. Luego, bajó de las rocas y se sumergió hasta la cintura en el agua, encaminándose lentamente hasta la orilla.

Van no sabía qué iba a pasar, sólo sabía que estaba deseando que pasara.

April era incapaz de hilar dos pensamientos, atrapada como estaba en la mirada del rey de Fanelia. Él se detuvo a un metro de su posición, poniendo especial cuidado para que el agua no volviera a revelar su anatomía. Ella parecía nerviosa y lo último que él quería es que saliera corriendo cuando había decidido descubrir si April sentía lo mismo cuando estaban juntos.

— ¿Te apetece acompañarme?— le preguntó directamente, olvidados el pudor y la vergüenza.

April parpadeó y luego se sonrojó violentamente. Sus mejillas se tiñeron de un rojo carmesí y Van sonrió abiertamente. Acaba de descubrir que le gustaba jugar con ella, provocarla y ponerla nerviosa con su presencia. Tener esa clase de poder sobre aquella mujer indomable, saber que podía alterarla de ese modo le excitaba.

— Debería encender… intentar ir a… el fuego— fue todo lo que pudo decir ella, su cerebro parecía incapaz de elaborar una respuesta coherente—. Yo debería… irme.

Se dio la vuelta mientras la cara le ardía por la vergüenza de la situación, quería marcharse cuanto antes de aquel lugar pero la voz de Van la detuvo.

— ¡Vaya!— exclamó, fingiendo estar sorprendido y decepcionado—. No sabía que eras una cobarde.

April se detuvo en seco. ¿Cómo se atrevía a retarla de ese modo cuando se había pasado los dos últimos días ignorándola por completo? ¿Qué era lo que pretendía aquel hombre? ¿Volverla loca con su trastorno de bipolaridad?

— Yo no soy ninguna cobarde— le reprochó furiosa. La ira hizo resplandecer sus ojos verdes, incitando a que Van se decidiera a continuar.

— Entonces ven y demuéstramelo— su voz sonó ronca y grave por el deseo y la necesidad. Ya no podía detenerse.

"Esta noche vas a ser consciente de todo lo que provocas en mí", pensó el ryujin en su fuero interno.

April parecía enfadada cuando comenzó a quitarse las botas a tirones. Van sonrió aún más, satisfecho, cuando comprendió que iba a tenerla justo donde deseaba. En el agua, sola, con él. Pero la sonrisa se le congelo en el rostro en el instante en el que ella, decidida, se desabrochó el botón de los pantalones y bajo la cremallera. La abertura de los vaqueros se abrió y le permitió atisbar el principio de su ropa interior. De encaje. Negro. Tuvo que contener el gemido que pugnaba por escapar de su garganta.

Pero April no iba a quedarse allí. Había visto el modo en el que Van la miraba, como si fuera un depredador a punto de abalanzarse sobre su presa y, aunque temblaba internamente al pensar en lo que vendría a continuación, no se detuvo. Nunca le había gustado su cuerpo y le incomodaba exponerlo ante los demás. Tenía miedo de decepcionar a Van cuando la viera sólo cubierta por la ropa interior. Pero se tragó sus miedos y decidió que a ese juego podían jugar los dos.

Van perdió la capacidad de respirar cuando ella tiró, con una lentitud desquiciante, de los vaqueros hacia abajo, dejando al descubierto unas piernas largas y torneadas. Por los dioses, y él que se creía capaz de resistir cualquier tormento.

April arrojó la prenda lejos de sí y luego levantó la mirada para clavar sus ojos verdes en los oscuros de él. Le gustó el deseo que percibió en el poderoso hombre que tenía delante.

"Puedes hacerlo", se dijo ella para infundirse valor, "esto es como nadar en bikini".

Intentando no pensar en nada, April levantó las manos para acercarlas a los botones que cerraban su camisa y los fue soltando uno a uno, bajo la atenta mirada del rey de Fanelia que luchaba por no perderse un solo detalle. Cuando la camisa cayó a sus pies, Van sintió que su necesidad de tocarla se hacía tan feroz que le resultó doloroso resistirse. La deseaba con una desesperación que rallaba en la locura y aquello lo estaba matando.

Van jamás podría olvidar la imagen que tenía ante sus ojos. El cuerpo de April cubierto únicamente por dos minúsculas prendas negras que protegían los rincones más recónditos de su feminidad. Extasiado, contempló la manera en que la luz de la luna jugaba con los mechones de su cabello rojo como el fuego y se reflejaba en la inmensidad de sus ojos verdes. Su ropa interior hacía resaltar sus curvas a la perfección y el borde de encaje de aquella extraña prenda le recordaba lo fácil que debería ser deslizar su mano dentro y tomar uno de sus pechos con cuidado en la palma de su mano.

La conciencia eligió ese momento para recordarle que el rey de Fanelia no debería de estar desnudo en compañía de una mujer, que no debería desearla como lo hacía… pero nada le importaba. Esa noche sólo era un hombre. Un hombre que estaba rompiendo todas las reglas y que jamás se había sentido mejor en la vida. Y cuando ella le sonrió, el corazón se le aceleró descontroladamente. ¿Qué tenía esa mujer que despertaba algo en él que jamás había sentido? Pero en el fondo lo sabía. Era la primera mujer que lo veía. No a su apariencia física, ni a sus proezas de guerrero. Ella lo veía a él, al hombre que vivía bajo la armadura de Escaflowne y la corona de Fanelia.

Jamás pensó que podía existir una persona así.

En ese momento, April entró en la laguna, sosteniéndole la mirada. El agua abrazó su cuerpo, refrescando su piel ardiente. Antes de lo que esperaba llegó hasta él y se detuvo a su lado.

Estaban tan cerca el uno del otro que Van pudo percibir el olor de su piel. El aroma de April lo hizo endurecerse y excitarse. Apretó con fuerza los dientes. Fue todo lo que pudo hacer para no hundir la cabeza en su hombro e inhalar su olor hasta que estuviera borracho de él. Van concentró su mirada en la piel desnuda y pálida de su cuello. Y descendió hasta el valle que se extendía entre sus pechos. Se pasó la lengua por los labios mientras se imaginaba como sabría ella. Como se sentirían sus lujuriosas curvas presionadas contra él. Es más, podía sentir el deseo de April y aquello volvía su apetito aún peor. Cada parte de él ardía a fuego lento por ella. Contuvo su aliento bruscamente mientras el intenso placer lo consumía.

Entonces, mientras descendía hacia el sur del cuerpo femenino, lo vio. Y se sintió como si le hubieran golpeado en el estómago. April tenía tatuado un dragón en la cadera derecha. Un dragón que se parecía sospechosamente a un Guymelef que él conocía a la perfección.

— ¿Es Escaflowne?

Ella asintió y la ira invadió a Van por un segundo. Rebajar a Escaflowne, al dios alado de Fanelia, a un tatuaje era una degradación a sus ojos.

— Mi madre me hizo un dibujo de Escaflowne cuando era pequeña y lo conservé durante toda mi infancia— explicó April, sintiendo la furia del ryujin en sus carnes—. Decidí tatuármelo el día que mi padre murió. Es muy especial— le dijo mientras acariciaba los contornos del tatuaje—. Me recuerda a mi niñez.

Cuando Van notó como acariciaba al Guymelef que descansaba sobre su piel, la ira se desvaneció sustituida por una nueva oleada de deseo. Experimentó un sentimiento de posesión hacia ella que nunca antes había sentido. Aquel tatuaje era como una señal de que lo que estaban haciendo era totalmente correcto, una marca que mostraba al mundo que April Ryan era suya. Cualquier hombre de Gaia que posara los ojos en él sabría que ella tenía dueño. Él. Y aquello le encantaba.

April, ajena a los pensamiento de Van, se entretuvo deslizando la mirada, de forma inconsciente, por la delgada línea de vello de color oscuro que comenzaba bajo su ombligo y descendía hasta desaparecer bajo el agua. Se mordió los labios cuando el deseo le atravesó como una daga que incendió su vientre. Aquellos ojos oscuros la observaban fijamente con un calor que la hizo temblar y arder. Ningún hombre jamás le había brindado una mirada tan hambrienta, tan necesitada. Y estaba paralizada por eso. Se sentía tan deseable cerca de él. Tan... femenina. Ningún hombre jamás la había hecho sentir de la manera en que él lo hacía.

— ¿Te parece este un buen momento para repetirme tu pregunta?— la voz del ryujin rompió el silencio, ronca y desesperada, devolviéndola a la realidad de golpe.

— ¿Qué pregunta?— inquirió April a su vez, aunque sabía perfectamente a que pregunta se refería.

— No finjas que no sabes de qué te estoy hablando. Repite tu pregunta, April.

El tono autoritario de su voz no la molestó, como cabría esperar. A pesar de que odiaba que le dieran órdenes, no pudo resistirse a obedecer en esa ocasión. Temblando de miedo, permitió que sus labios formularan la pregunta que Van estaba esperando.

— ¿Si me hubieras conocido antes, te habrías fijado en mí?

La respuesta de él pareció una confesión por la intensidad con la que dijo:

— Me habría fijado en ti, no importa cuando nos hubiéramos conocido.

Ella sintió que una ardiente descarga eléctrica recorría su espalda y, antes de que pudiera moverse, él la arrastró hacia sus brazos y le dio un tórrido beso que le desgarró el alma. April gimió cuando su lengua tocó la de ella. Nunca en su vida un hombre la había besado así, como si estuviera respirándola. Poseyéndola. Su beso era caliente y exigente mientras le acunaba la cara entre las manos. Estática, cerró los ojos de forma instintiva y saboreó la calidez de su boca y de su aliento; la sensación de sus brazos rodeándola con fuerza contra su pecho, duro como una roca.

Durante semanas, Van había intentado resistirse a ella, pero no podía más. Estaba harto de luchar contra lo que April le hacía sentir. Esa noche la quería a ella y no le importaba el precio que tuviera que pagar. En ese instante, estaba en llamas por su sabor, por la sensación de su lengua contra la de él. Incapaz de resistirlo, paso una mano hacia abajo por su espalda desnuda y alrededor de sus caderas para acercarla más a él. Todo su cuerpo ardía por ella. Inflamado de necesidad y deseo. Profundizó el beso, explorando su boca con la lengua mientras la estrechaba entre sus brazos.

Van estaba preparado mentalmente para afrontar su rechazo, el instante en que ella fuera consciente de lo que estaba ocurriendo y se apartara de él de un empujón, exigiéndole que la soltara o abofeteándole por haberse atrevido a llegar tan lejos. Aquella sería una consecuencia lógica pues él no tenía derecho a tocarla, a mancillarla de ese modo. Pero para lo que no estaba preparado era para su respuesta.

April le echó los brazos al cuello, acariciándole la nuca y enredando los dedos entre los mechones oscuros de su pelo mojado. Apretándose contra él.

El rey de Fanelia interpretó aquello como una rendición, como un permiso para explorarla a placer. Y eso fue lo que hizo. Todos los deseos que había estado reprimiendo, fluían ahora, libres y salvajes. Mordisqueó el interior del labio inferior de April, llevándola a la difusa frontera entre el placer y el dolor durante unos segundos, hasta que ella gimió en mitad del beso. Después hundió la lengua en su boca, deslizándola violentamente por el interior de sus labios, rozando su paladar, incitando su lengua adormecida.

Necesitaba más de ella. Pero no sabía muy bien qué era lo que quería. Así que se limitó a dejarse llevar por sus instintos. Utilizó una mano para sujetarla por la cadera, hundiendo los dedos en la tierna piel de su cintura, y paseó la otra por su abdomen, dejando un rastro de fuego a su paso. Incapaz de contenerse, deslizó la mano trazando una senda tortuosa y descendente por una de sus piernas y, cuando terminó, la obligó a enredar la pierna entorno a su cadera para reducir aún más el espacio entre sus cuerpos. El calor que desprendía la intimidad de ella llegó hasta él, enloqueciéndole.

¡Por todos los dioses!, él jamás había estado de ese modo con nadie. Nunca había llegado a ese punto con ninguna mujer. April era la primera mujer a la que besaba, el primer cuerpo femenino que se permitía explorar. Se sentía vivo y capaz de enfrentarse a cualquier cosa si ella seguía besándole de esa forma.

Cuando April sintió los músculos del abdomen masculino sobre el vientre y su poderosa erección presionando peligrosamente contra su feminidad, el deseo creció hasta convertirse en una lengua de fuego que se propagó sin control por su cuerpo. Era incapaz de pensar. Sentía un calor desconocido y líquido en el bajo vientre, su piel hipersensible y ardiente, su corazón latiendo a toda velocidad. Se moría de placer al sentir las manos de él explorando y tomando su cuerpo, su lengua desbastando su boca, su calor anegándola.

"Detente", le gritó de pronto a Van la voz conciencia, en medio de la neblina del deseo que le rodeaba, devolviéndole a la realidad de golpe.

En ese instante, Van fue consciente de lo fácil que sería olvidarse de todo y enamorarse de ella. April era una mujer maravillosa, diferente a todo lo que había conocido en la vida. Ella no le exigía nada pero le daba cosas que ni siquiera él sabía que necesitaba. Compañía, atención, calor, interés, energía, afecto… estar con April era tan natural como respirar. Qué sencillo resultaría amarla.

Pero no podía. Porque si se atreviese a hacerlo, si apartara todo lo demás y la dejara entrar en su vida… volvería a involucrarse en una historia que no tendría final feliz, al menos no para él. April pertenecía a otro mundo y, tarde o temprano, se marcharía a un lugar al que él no podría seguirla. Y cuando ella regresara a la Luna Fantasma, cuando le abandonara, volvería a quedarse solo. Y eso le destruiría. Sería lo más doloroso a lo que jamás se hubiera enfrentado.

¡Demonios!, hasta él tenía un punto débil. Ahora conocía el rostro y el nombre de la persona que podría postrarle de rodillas.

April.

Tenía que apartarse de ella antes de que fuera demasiado tarde, antes de que ella se apoderara de lo poco que le quedaba de corazón y ya no pudiera sacársela del alma. Y Van había descubierto hacía mucho tiempo que las heridas físicas sanaban con muchísima más facilidad que las heridas del corazón.

Todo su ser se reveló contra la decisión que acababa de tomar y, mientras dejaba de besarla y alejaba aquel cuerpo tibio del suyo propio, se sintió vacío y perdido. Ella le miró confusa, preguntándole silenciosamente qué iba mal. Van quiso decirle la verdad, pero en lugar de eso, de su boca sólo salió una burda excusa.

— Si queremos cenar antes de medianoche, será mejor que me ocupe de ese fuego.

Su voz volvía a ser gélida. April supuso que el rey de Fanelia la alejaba porque se arrepentía de lo que acababa de pasar. Captando la indirecta, asintió y se apartó de él con un nudo en la garganta. Por un segundo, Van contempló como sus ojos verdes resplandecían dolidos ante su repentino rechazo. Le había hecho daño. Lo sabía y se odiaba a sí mismo por ello.

— ¿Quién es el cobarde ahora?— el murmullo de April fue tan bajo que Van estuvo seguro de que aquella pregunta estaba dirigida a sí misma y no a él.

Sin embargo, esa mujer testaruda tenía razón. Era un cobarde y lo sabía. Pero estaba cansando de sufrir. ¿Cómo decirle que temía enamorarse de ella y que volviera a abandonarle?, ¿cómo explicarle que el recuerdo de ese beso, su primer beso, le perseguiría mientras viviera?

Regresó a la orilla sin dirigirle la palabra de nuevo y se vistió tan rápido como le fue posible. April no le siguió y él tampoco volvió a mirarla, pues si lo hacía estaba seguro de que su voluntad se evaporaría como la bruma. Volvería a besarla y esta vez no tendría fuerzas para apartarse. Echó a andar sintiendo que cada paso que lo alejaba de ella resonaba en sus oídos y le pesaba en el corazón.

"Esto es lo mejor para los dos", se dijo, "jamás podrá haber nada entre nosotros".

Y aquella noche, esa verdad le resultó más dolorosa que cualquier herida que hubiera recibido en el campo de batalla.


Hola de nuevo!

Al fin ha llegado el momento que muchos me habéis estado pidiendo. Lo he hecho y ya no hay vuelta atrás. Espero, de corazón, que al leerlo os sintáis igual que yo al escribirlo. Este capítulo ha sido mágico para mí y no puedo decir nada más.

Millones de gracias a esas personitas que gastan su tiempo en dejarme un review, sabéis que todos son bien recibidos pues me ayudan a crecer y a escribir mejor. Especialmente: MacrossLive, Annima90, Alice Cullen, Nani, 7 y Dianeli. Vuestro apoyo es muy importante para mí. Muchas gracias.

También quiero mandar un saludo a todos aquellos que leen este fic y que están en las sombras. También os doy las gracias aunque no os dejéis ver.

Me gustaría contestar, como siempre, los rr anónimos del capítulo anterior:

Alice Cullen: gracias por tus palabras, que bien te portas siempre conmigo. Te prometo que vendrán más capítulos como este, llenos de acción y espero que te gusten tanto como éste. Gracias por estar ahí siempre. Besos virtuales.

Nani: hola Nani. Gracias por tu review. Siento mucho si mi historia te ha decepcionado pero en el prólogo dejé MUY CLARO que este fic está fuera del cannon para que nadie comenzara a leer y se sintiera decepcionado. Las personas que leen este fic lo hacen porque le han dado una oportunidad a una pareja distinta para Van y mientras exista una sola persona que quiera saber cómo termina esta historia yo voy a seguir escribiendo. Puede que no tenga tantos rr o seguidores como otras historias apegadas al cannon pero como yo no escribo por eso, me da exactamente igual. Besos y gracias de nuevo.

7: yo creo que todas en algún momento de nuestra vida nos hemos sentido como April. Yo me siento así desde el instituto, de hecho jajajaj. Quién de nosotras no tiene poco pecho, o estrías, o unos kilitos de más, o es demasiado bajita y le gustaría ser más alta o viceversa? Pues la pobre April también es un poco como nosotras y nunca ha encontrado a nadie que la ame por lo que es. A ver si puede ser que ahora cambie su suerte jajaja. Miles de gracias por apoyarme siempre. Besos virtuales.

Dianeli: querida Dianeli de mi corazón, dijiste que te quedabas y has cumplido tu promesa! No sabes cuanto me alegro. Y todavía me alegro más cuando me dices que te está encantando esta historia. Gracias por quedarte conmigo. Espero que este capítulo te guste, es mi regalo jajaja Muchísimas gracias de nuevo y miles de besos.