Recomendación musical: James Blunt The only one.


Capítulo 21: La magia de dejar huella.

Cuando la figura de Van se perdió entre los árboles, April sintió el absurdo deseo de seguirle y pedirle explicaciones por su comportamiento. Primero la besaba como si su vida dependiera de ello y luego la alejaba de forma fría y cortante, como si se arrepintiera de lo que había sucedido y quisiera distanciarse de ella lo máximo posible.

Y todo ello después de regalarle el mejor beso que April había recibido en toda su existencia. Había oído hablar muchas veces de ese tipo de besos que hacían temblar las rodillas, pero ésta era la primera vez que le sucedía a ella. ¡Y tenía que ser precisamente con el hombre más inaccesible del universo conocido!

— Soy una imbécil— masculló enfadada consigo misma cuando la embargó un dolor tan intenso que la dejó al borde de las lágrimas, el dolor de sentirse rechazada por un hombre que la intrigaba y la cautivaba cada vez que estaban juntos. ¿Cuándo iba a aprender la lección? ¿Cuántas decepciones más tenía intenciones de soportar sólo porque era lo bastante estúpida para creer que un hombre podía interesarse en ella?

Por primera vez en mucho tiempo April se había dejado llevar por las cosas que Van le hacía sentir, silenciando la voz de la razón que le advertía que aquello era muy mala idea. Como una estúpida, había bajado la guardia ante él durante unos minutos, permitiéndole penetrar sus defensas y dándole acceso a una parte de sí misma que había desterrado tiempo atrás. Ella decidió apagar su analítico cerebro, permitiéndole explorarla sin oponer ningún tipo de resistencia, olvidando por un instante quién era él y quién era ella. Pero no había podido resistirse. ¿Cómo podía un simple beso alterarla de eso modo y hacerla experimentar deseo, anhelo y desesperación al mismo tiempo? Había sentido tantas cosas mientras él la tocaba que todavía le resultaba difícil de creer y aún más de explicar. Sin embargo, el sentimiento más sorprendente que había experimentado entre los brazos del rey de Fanelia era la quietud. Se sentía como si, de repente, hubiera recuperado la paz que había perdido hacía mucho tiempo, como si se hubiera pasado la vida intentando sobrevivir en un mundo hostil sin ser consciente de que existía alguien que era capaz de exorcizar todos sus demonios con un simple beso.

El momento había resultado tan perfecto que parecía irreal, una fantasía que acabaría en cuanto se atreviera a abrir los ojos. Pero tan rápido como había comenzado, todo terminó. Van la había apartado con la mirada dura y la voz gélida, destrozando la conexión que se había creado entre ambos, para luego huir como si ella tuviera la peste. Y April se había quedado allí, sola en mitad de la laguna, sintiéndose miserable y dejando que la conciencia se riera de ella con ganas por ser una estúpida integral.

Cuando el ryujin se marchó, April se sintió vacía casi inmediatamente, como si la hubieran despertado de golpe de un sueño maravilloso para darse de bruces con la dura realidad. Una realidad contra la que no podía competir, por mucho que lo deseara, pues Van se había pasado ocho años esperando el regreso de Hitomi y April se parecía lo suficiente a su madre como para despertar en él sentimientos del pasado, como para lograr confundirle hasta el punto de hacerle creer que la mujer que estaba frente a él era Hitomi. Tal vez el rey de Fanelia sólo la toleraba por el parecido que guardaban madre e hija.

Las dudas y los miedos la asaltaron de pronto. Cuándo Van la miraba a quién vería, ¿a ella o a su madre? ¿La habría besado si no se pareciera tanto a Hitomi? ¿Habría pensado en su gran amor del pasado mientras la tocaba a ella con desesperación? ¿Habría huido al ser consciente de que estaba besando a la chica equivocada?

Una lágrima se deslizó por su pálida mejilla hasta perderse en la comisura de sus labios, ahora rojos e hinchados por los besos que Van le había robado. April se deshizo de ella de un manotazo. No iba a llorar por eso. Pero de todas formas lastimaba, de todas formas dolía. ¿Cómo había podido ser tan ingenua? ¿Cómo podía él usarla de esa manera?

"No puedes culpar a Van de lo que ha pasado", le dijo la voz de la razón. Y April supo que era cierto. La única culpable era ella, que había atesorado la estúpida esperanza de que él sintiera lo mismo. Por un segundo, un único y magnífico segundo, April había llegado a creer que Van estaba interesado en ella. ¿Tan desesperada estaba por obtener un poco de cariño que estaba dispuesta a mentirse a sí misma de ese modo?

Hacía mucho tiempo que dejó atrás esa etapa de su vida en la que, por unas migajas de atención y cariño, había renunciado a sus sueños, perdiendo su identidad en el proceso, convirtiéndose en otra persona por complacer a un hombre. No volvería a engañarse de esa forma nunca más. Durante toda su vida se había esforzado por ser ella misma. Sus padres la habían aceptado pero todos los chicos con los que había salido habían intentado que cambiara. Quería una relación de igual a igual con un hombre. Alguien que pudiera aceptar sus necesidades y decisiones. Alguien que pudiera apreciarla en la misma medida que ella lo haría, incluyendo los defectos. Y ese tipo de relación parecía ser imposible de encontrar.

Así que se había resignado, había aprendido la lección. Ella estaba hecha para estar sola, no necesitaba a nadie. Le gustaba cómo era. Le gustaba su vida. Pero todos los argumentos del mundo no aliviaban el amargo dolor que notaba en su interior. ¿Por qué se sentía tan mal sólo porque Van la hubiera rechazado?

Antes de ser consciente de ello, un sollozo se escapó de las profundidades de su garganta sin permiso. Enfadada consigo misma, April apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula y se mantuvo firme. No iba a llorar por eso. Lo había prometido. Se quedaría allí, sola, hasta que consiguiera volver a controlar sus emociones, hasta que su cerebro tomara de nuevo el control de sí misma. Y, cuando lo consiguiera, iba a enfrentarse a la verdad con entereza, sin lamentaciones ni quejas ni lágrimas, como la mujer fuerte que se suponía que era.

April Ryan nunca tendría un lugar en la vida del rey de Fanelia. Van Fanel jamás la vería como mujer, para él siempre sería la hija de Hitomi. Y cuando antes aceptara aquella apestosa realidad, menos sufriría y más rápido se curaría la herida que le había producido su rechazo.

Así era como debían ser las cosas entre los dos. Sin importar lo mucho que April deseara que la realidad fuera diferente. Él nunca la miraría de otro modo y ella había jurado tiempo atrás que no volvería a permitir que nadie se acercara a su corazón, que no volvería a concederle a nadie esa clase de poder sobre sí misma. Jamás.

"Y yo siempre cumplo mis promesas", se recordó mientras salía lentamente de la laguna. Envolvió su corazón en la coraza de hielo que siempre llevaba consigo y se vistió en silencio, sintiendo como su interior se entumecía lentamente, desvaneciendo de un plumazo el recuerdo del calor que había experimentado en los brazos del rey de Fanelia.

Un calor que nunca había sentido y que jamás se permitiría volver a sentir.

Perdido en medio de la bruma que anestesiaba su cuerpo, Van había conseguido llegar hasta el claro que había elegido horas atrás para que ambos pasaran la noche y encendido el fuego al primer intento. Luego, tratando por todos los medios de mantener las manos ocupadas y la mente alejada de recuerdos peligrosos, concentró hasta la última neurona de su cerebro en preparar una cena decente para los dos.

Sin embargo, la tarea no duró tanto como él esperaba. A pesar de haberse tomado su tiempo, pronto no tuvo nada que hacer, nada con lo que distraerse para evitar caer en la tentación de recordar el modo en que el cuerpo de April encajaba con el suyo propio, como si ambos hubieran sido creados especialmente para amoldarse a la perfección.

Sentado junto al fuego, Van se removió sumamente incómodo, deseando que sus pantalones fueran un par de tallas más grandes; el tejido negro estaba empezando a causarle bastantes molestias debido a la perenne erección que cargaba desde que se había atrevido a tocar a aquella mujer pelirroja que lo estaba volviendo loco.

Gruñó al sentir la agonía que el deseo insatisfecho provocaba en su carne.

Joder, había olvidado el dolor, tanto literal como alegórico, que sufría su cuerpo cuando estaba cerca de ella de ese modo. Y aquella noche, había roto todos los registros. La había besado con desesperación, reclamando la posesión de sus labios como si quisiera marcarla para que nadie se atreviera jamás a desearla del mismo modo en que él lo hacía. Incluso se había atrevido a explorar aquel maravilloso cuerpo femenino, olvidándose del mundo entero por un instante y sucumbiendo a la exigente necesidad que palpitaba en su interior.

Y la experiencia había sido mucho mejor de lo que nunca se atrevió a soñar. Durante días se había estado torturando a sí mismo, preguntándose cómo sabría ella, como se sentirían sus lujuriosas curvas presionadas contra él. Pero todas sus especulaciones, todas sus falsas ilusiones no le hacían justicia a la sensación que había experimentado al tenerla entre sus brazos. La piel de April parecía porcelana, tan suave y tan cálida que acariciarla le había parecido el mejor modo de honrarla. Y su sabor… ¡por todos los dioses de Gaia!, era aún mejor que el sugerente aroma que ella desprendía.

Sin embargo, la peor tentación para su autocontrol no había sido su cuerpo, sino su respuesta. Aquello había empezado como un experimento, una forma de comprobar si April se sentía tan atraída por él como él por ella. Para Van, alterarla y ponerla nerviosa con su mera cercanía había sido divertido, excitante. Pero en cuanto April le había respondido… en el mismo instante en el que el poderoso rey de Fanelia percibió que ella se rendía, entregándose a él, una sensación de triunfo se extendió sin gobierno por todo su cuerpo.

Nunca antes había experimentado ese sentimiento.

Acariciarla había sido como llegar al paraíso. Si el paraíso pudiera estar al alcance de una criatura como él.

A Van le habría encantado sumergirse en aquel cuerpo tibio hasta descubrir todos sus secretos, pero no podía hacerlo. Porque, como hombre, no merecía el honor de tomarla. Porque no tenía nada valioso que ofrecerle y, sobre todo, porque no podía permitirse atesorar esa clase de recuerdos de ella, que le atormentarían el resto de su vida cuando April le abandonara.

El ryujin se tragó el nudo que le obstruía la garganta, dolorido aún por el deseo insatisfecho, y en ese mismo instante supo que tenía que alejarla de sus pensamientos.

Jamás podría ser suya. El destino de April era regresar a la Luna Fantasma junto a una familia y unos amigos que la amaban y encontrar un hombre con el que pudiera…

No pudo finalizar ese pensamiento. Era demasiado doloroso imaginarlo siquiera.

De repente, un ruido de pisadas le devolvió súbitamente al presente. La mujer que ocupaba cada uno de sus pensamientos apareció entre los árboles unos segundos después, internándose en el claro con el pelo húmedo cayendo por su espalda, sin dignarse a mirarle siquiera. Van agradeció internamente que se hubiera vestido pues creía que si la contemplaba de nuevo, ataviada únicamente con su minúscula ropa interior, sería incapaz de controlarse. Reconocería ante ella que se había comportado como un imbécil y le suplicaría perdón hasta que le permitiera volver a tocarla.

Ajena a los indecentes deseos que despertaba en el rey de Fanelia, April se sentó junto a la hoguera en el más absoluto silencio. Luego colocó a su lado su inseparable mochila, ahuecándola para estar más cómoda, y se tumbó sobre un costado. Utilizó su chaqueta de cuero para arroparse y le dio la espalda, ignorándole completamente a él y a la cena que Van había estado preparando para los dos. No pronunció una sola palabra ni tampoco intentó iniciar una conversación. No le pidió explicaciones por lo que había sucedido poco antes en la laguna ni le reprochó su voluble comportamiento.

En realidad, April no hizo absolutamente nada de lo que Van había imaginado que haría. Casi había esperado que ella le gritara hasta quedarse sin voz, que se enfadara o tal vez, que le abofeteara por haberla tocado para después rechazarla. Pero se había equivocado. April se limitó a tumbarse junto al fuego, en silencio. Y para él, aquel silencio abrumador fue el peor castigo que ella podría haber elegido.

Aunque, pensándolo bien, no debería sorprenderse tanto. ¿Desde cuándo reaccionaba ella como el resto del mundo? A pesar de lo mucho que lo intentaba, Van siempre adivinaba erróneamente sus reacciones. Pero es que April era tan diferente que nunca sabía a qué atenerse. Ella, incluso, lo hacía sentir aun cuando él no quería sentir nada, aun cuando estaba luchando duramente contra ello.

Suspiró frustrado. Tenía que dejar de anhelar cosas que jamás podría poseer. Cosas que sólo acrecentarían su sufrimiento. ¿Por qué se empeñaba el destino en mortificarle tanto? ¿Es que no había sufrido lo suficiente para toda una vida? ¿No se había ganado ni un minuto de felicidad después de tantos años de dolor y esfuerzo?

Estando allí sentado, la soledad de su existencia le pesaba como una losa.

Pero debía empezar a concentrarse en temas más prácticos. Como por ejemplo alimentarse y descansar para un nuevo y duro día de caminata bajo la humedad y el calor que le esperaba nada más amanecer. Aunque comer era lo que menos le apetecía en ese momento, se obligó a sí mismo a ingerir la cena que había preparado. Comió despacio, masticando cada bocado con lentitud, de forma casi mecánica. Su estómago se cerró, asqueado por el sabor de la comida. Pero Van no podía culparle. Después de haber probado la ambrosía directamente de los labios de April, cualquier otro sabor le resultaba mundano y desagradable.

A pesar de ello, continuó comiendo hasta que estuvo lleno. Cuando terminó, descubrió que seguía teniendo hambre, aunque no precisamente de comida. Lo que de verdad necesitaba para saciarse no estaba incluido en el menú de esa noche.

Y con toda seguridad, jamás lo estaría.

Sabiendo que le resultaría completamente imposible dormir en ese momento, se concentró en contemplar el rítmico vaivén de las llamas. Pero sus ojos se desviaban inconscientemente hacia April como si hubiera algo en ella que le estuviera llamando aun en la distancia.

Sin poder evitarlo, observó cómo su sedoso cabello se extendía sobre la improvisada almohada, mientras se acurrucaba para dormir. Durante un buen rato, se dedicó a mirarla mientras la luz procedente de la hoguera parpadeaba sobre los relajados ángulos de su rostro.

"¿Por qué me está pasando esto?", se preguntó de nuevo. ¿Por qué se sentía ferozmente atraído hacia ella más que por ninguna otra mujer en su vida? Los minutos se escurrieron lentamente sin que Van consiguiera reunir el valor suficiente para dejar de contemplarla en silencio. Atento a cada movimiento de April, supo el momento exacto en el que se durmió por la uniformidad de su respiración. Sólo entonces se atrevió a acercarse a ella para tocarla. Se sentó a su lado y, mortificado por la culpa, trazó con los dedos la suave curva de su pómulo.

Su cuerpo reaccionó con tal violencia que tuvo que morderse el labio para no soltar una maldición. El fuego se había extendido de nuevo sin control por su sangre. El dolor del deseo insatisfecho era tan grande que tuvo que concentrarse en seguir respirando para no doblarse en dos.

Había conocido numerosos dolores durante toda su vida: primero el dolor de haber perdido, uno a uno, a todos los miembros de su familia; después la sed de amor y respeto que le había impulsado al campo de batalla para convertirse en el mejor guerrero de su patria; y por último, el dolor lacerante de las heridas que había recibido en sus numerosos combates. Pero jamás, jamás, había experimentado algo semejante a lo que sentía ahora. Era un hambre tan voraz, una sensación tan potente, que amenazaba hasta su cordura.

Se alejó de ella a una distancia prudente, desde donde no pudiese oler su suave aroma femenino, ni sentir el calor de su cuerpo.

¡Maldito fuera el destino por torturarle de ese modo, por jugar con él de esa forma tan cruel! La necesidad era una puta traicionera. Tragó saliva y se obligó a dejar la mente en blanco. La plácida brisa que traía consigo la noche consiguió relajarle y ayudarle a dejar de pensar. Se tumbó sobre la hierba con los brazos bajo la cabeza, a modo de almohada, y concentró la mirada en el cielo infinito. La Luna Fantasma brillaba eclipsando con su resplandor todas las estrellas del firmamento y el ryujin no pudo evitar preguntarse cómo habría sido su vida de haber nacido en aquel planeta lejano y extraño.

¿Habría tenido entonces la oportunidad de conocer a April? ¿Habría podido disfrutar de una vida junto a ella lejos de la guerra y de las responsabilidades de la corona de Fanelia?

Torturado por el rumbo de sus pensamientos, Van cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás y se permitió soñar por primera vez desde hacía años. Soñó que era sólo un hombre, sin obligaciones ni responsabilidades que sostener sobre sus hombros. Soñó con pasar noches enteras junto a April. Soñó que llegaba el día en que podía amarla como se merecía. Un día en que él sería libre para seguirla allá donde ella fuera.

Van aún estaba soñando cuando la escuchó gemir de dolor. Asustado, se incorporó como un resorte, clavando sus oscuros ojos en la figura femenina. Ella parecía dormida pero su voz había sonado tan clara que no podía estar seguro. En mitad del silencio, el ryujin la escuchó jadear con fuerza y luego, contempló como se movía suavemente hacia un lado aún con los ojos cerrados.

Efectivamente estaba dormida. Dormida y tal vez ¿soñando?

Mientras la miraba fijamente, April se agitó con tal violencia que la chaqueta con la que se cubría cayó a sus pies con un ruido sordo. Preguntándose qué pesadilla la estaría atormentando, Van se levantó del lugar en el que había permanecido las últimas horas y se acercó hasta ella con cautela. Se sentó de nuevo junto a April casi sin hacer ruido, temeroso de despertarla, y le apartó con delicadeza los mechones de pelo que cubrían su rostro para observarla con detenimiento.

Su sueño no parecía pacífico. Tenía un pequeño surco entre las cejas y una mueca de terror grabada en el rostro. Entonces, ella tembló y todo su cuerpo se estremeció a pesar de estar tumbada a escasa distancia de la hoguera. Van recogió su chaqueta del suelo y volvió a colocársela encima, para que entrara en calor.

Pero todas sus precauciones no consiguieron alejar los malos sueños.

De pronto, April se despertó gritando y con la respiración entrecortada, tan asustada que era incapaz de recordar dónde estaba. Agitada, se incorporó súbitamente hasta quedar sentada sobre la hierba. Temía seguir soñando y el miedo la hacía temblar de forma incontrolada.

— Estoy aquí, April.

Ella escuchó la voz de Van a su lado (cerca, demasiado cerca) y se calmó casi instantáneamente. Parpadeando, con la intención de orientarse, clavó sus ojos verdes en la figura del rey de Fanelia. El fulgor de las llamas arrancaba destellos rojizos a su despeinado cabello oscuro y ensombrecía ligeramente sus facciones. Pero no había duda de que era él. Tenerle tan cerca le detuvo el corazón en mitad de un latido. Siempre había tenido que enfrentarse sola al miedo que sus sueños dejaban tras de sí. Sin embargo esa noche, al descubrir que Van estaba a su lado, April sintió un alivio tan intenso que su garganta dejó escapar involuntariamente un sollozo estrangulado.

Preocupado, el ryujin se acercó aún más a ella y, sin tocarla en ningún momento, intentó tranquilizarla.

— Todo va bien, sólo es una pesadilla.

April sollozó con más fuerza mientras las lágrimas se escurrían por sus mejillas. Pero en ese momento ya no sabía si lloraba sólo por el sueño o por todas las cosas por las que no había llorado en su debido momento. Lo único que sabía era que necesitaba consuelo, quería sentirse protegida porque estaba cansada de ser fuerte. Y, por raro que pareciera, estando con Van siempre experimentaba esa extraña sensación de seguridad.

Pero, después de su rechazo, April no quería pedirle que exorcizara sus demonios, no quería necesitarle, no quería tocarle. Sin embargo, Van parecía haber leído sus pensamientos y tenía otros planes. Sin previo aviso, la rodeó con sus fuertes brazos, queriendo reconfortarla. En contra de su buen juicio, ella permitió que él la abrazara y la apoyara dulcemente contra su pecho al notar que su fuerza de voluntad se evaporaba en el mismo instante en que sintió la placentera y familiar electricidad que circulaba entre ellos cada vez que sus pieles se encontraban.

Y es que para April, a veces, resultaba tan sencillo creer que a él le importaba de verdad. Por sí misma y no por quién era. Aquel pensamiento la hizo llorar con más fuerza.

— Tranquila— susurró Van, mientras hacía verdaderos esfuerzos por consolarla, acariciándole la espalda, sosteniéndola con firmeza—. Sólo ha sido un mal sueño.

El rey de Fanelia apoyó la mejilla contra el cabello femenino, estrechándola aún más contra él, inhalando su aroma. ¿Alguna vez dejaría de sorprenderle lo bien que se sentía cuando la tenía entre sus brazos?

Ninguno de los dos fue consciente del tiempo que permanecieron en la misma posición. Pero, al final, incluso las lágrimas y los sollozos de April se detuvieron. Cuando los primeros rayos del sol se asomaron entre las nubes que se alzaban en el este, ella se separó de Van. Y mientras utilizaba los dedos para borrar las sendas que las lágrimas habían trazado al recorrer sus mejillas, April alzó el rostro, sonriéndole tímidamente en agradecimiento por soportar sin una queja aquel ataque emocional.

El ryujin le sostuvo la mirada, fascinado por el modo en el que la luz del amanecer hacía resplandecer sus ojos verdes en la penumbra que aún reinaba entorno a ellos. A pesar de que no debía siquiera pensarlo, se estaba muriendo por besarla de nuevo y no sabía cuánto tiempo podría resistirse a la llamada de aquel cuerpo tibio presionado contra el suyo.

Y cuando Van creía que no podría soportar aquella tortura por más tiempo, de repente, un estridente sonido rasgó el silencio que reinaba en el ambiente, sobresaltándoles a los dos.

— ¿Qué es ese ruido?— preguntó el rey de Fanelia, confundido, mientras rastreaba los alrededores en busca de la fuente del sonido.

April se separó de él, agradecida por la interrupción pues estaba segura de que si Van continuaba mirándola de ese modo no podría controlarse y acabaría suplicándole que la besara de nuevo. Van la observó fijamente mientras ella recogía su mochila negra del suelo y la abría con manos temblorosas. Del bolsillo frontal sacó un extraño aparato que no dejaba de sonar y emitía una luz brillante y blanquecina.

— ¿Qué es esa cosa?— quiso saber él, asombrado por sus extraños aparatos electrónicos.

— Es mi teléfono móvil— respondió April tan perpleja que fue incapaz de contestar la llamada. Al no obtener respuesta, la pantalla se apagó y el aparato dejó de sonar al cabo de unos segundos. Con toda seguridad, había saltado el contestador.

April miró el objeto con suspicacia y desconcierto. Decir que estaba sorprendida era quedarse corto. No había sacado el móvil de la mochila desde que llegó a Gaia pues era completamente inútil sin una red móvil a la que conectarse. Pero entonces, ¿por qué demonios había sonado?

La lucecita azul que le avisaba de las llamadas perdidas comenzó a parpadear en la esquina superior izquierda del teléfono. April deslizó el dedo por la superficie para desbloquear la pantalla y se entretuvo unos segundos rastreando las pantallas del menú hasta encontrar el icono que estaba buscando.

La mecánica y femenina voz del contestador automático reverberó en el silencio.

"Tiene un mensaje nuevo"

April avanzó por la pantalla hasta detenerse sobre el último mensaje y pulsó encima para reproducirlo. La voz grave de un hombre salió con potencia del altavoz. April reconoció al instante a la persona que había dejado el mensaje en su contestador. Su mejor amigo y pseudo compañero de piso, Jim Miller.

Ryan, ¿dónde demonios te has metido? No te hemos visto en todo el fin de semana y ni siquiera has pasado por tu apartamento— de repente, se escuchó un quejido de Jim, seguido de un golpe y una voz femenina sustituyó a la de su mejor amigo.

April Ryan— la voz de Emma Davis, su alocada mejor amiga, resonó en el teléfono—. Seguro que te has ido por ahí de sexcapada con algún tío bueno y nos has dejado aquí tirados, ¿verdad? Bien hecho cariño pero, ¿cómo te atreves a irte sin mí? Mala amiga…— le reprochó Emma fingiendo estar enfadada. De nuevo, la voz de su amiga se perdió, amortiguada por ruidos de golpes y las peticiones de Jim para que le devolviera el móvil. April se echó a reír sin poder evitarlo, podía imaginarse a sus amigos peleando por el control del teléfono.

¡Aléjate de mí lunática que la llamada la pago yo!— amenazó Jim, jadeando cuando por fin pudo recuperar su móvil—. Ahora en serio Ryan, ¿recuerdas que habíamos quedado en ir al Olimpia el sábado por la noche? Pues no has aparecido y espero por tu bien que no te hayas pasado el fin de semana trabajando o juro que voy a matarte. Es domingo, así que saca tu trasero del laboratorio por un minuto y dígnate a llamar a tus amigos. Te esperamos para cenar. ¡Vamos a pedir comida india!

El mensaje terminó con un ligero pitido, justo después de que sus amigos hubieran empezado a tirarle besos a través del teléfono.

April sintió una repentina oleada de afecto por aquellos dos desequilibrados a los que consideraba su única familia en el mundo. Ella era hija única, su padre había muerto cinco años antes y no tenía relación con su madre después de aquella última y fatídica noche en la que se habían distanciado definitivamente. Jim y Emma se habían autoproclamado sus hermanos mayores y durante años la habían cuidado. Sin ellos jamás podría haber recuperado las ganas de vivir que la muerte de su padre se había llevado consigo. De hecho, la mayoría de las noches se iría a la cama sin cenar si no fuera porque Jim siempre estaba pendiente de que el frigorífico estuviera lleno y el apartamento impecable. El talento de April en las tareas domésticas era sumamente deficiente y si no pudiera contar con que Jim estaría allí para poner un poco de orden, su hogar sucumbiría al más absoluto caos.

En ese instante, ella pudo imaginárselos sobre la alfombra que decoraba el salón de su apartamento, atiborrándose de comida india mientras Jim caminaba de un lado a otro con el ceño fruncido recogiendo los embalajes de comida que seguramente Emma habría dispersado por toda la sala, y se sintió inmensamente culpable de no haberles dedicado un solo pensamiento desde que se vio transportada a Gaia. No sabía cuánto tiempo había transcurrido en Manhattan pero era evidente que sus amigos empezaban a preocuparse.

Ojalá existiera un modo de poder comunicarse con ellos y decirles al menos que estaba bien para que no se angustiaran innecesariamente. Pero el móvil había vuelto a quedarse sin señal ni línea y no había forma de ponerse en contacto de nuevo.

Suspiró, concentrando su mirada en el teléfono por unos segundos que parecieron eternos, mientras Van la observaba atentamente. El rey de Fanelia había escuchado las voces que salían del extraño aparato aunque no había podido entender una sola palabra de lo que decían. Supuso que hablaban en un idioma de la Luna Fantasma, incomprensible para él. Pero sí que había oído a April reír, había visto cómo la felicidad transformaba los rasgos femeninos y se imaginaba que aquellas personas que hablaban serían importantes para ella.

— ¿Quiénes eran?— le preguntó, odiándose por no poder resistir más la curiosidad.

April sonrió tristemente, guardando de nuevo el teléfono en la mochila con aire decaído.

— Mis mejores amigos; Jim y Emma. Están preocupados porque llevan varios días sin tener noticias mías.

Van sintió que algo se retorcía dolorosamente en su interior. Debería haberlo imaginado. April había pasado varios meses en Fanelia sin tener contacto alguno con sus seres queridos y, aunque el tiempo transcurría de forma diferente en la Luna Fantasma, era lógico que sus familiares y amigos empezaran a preocuparse por su ausencia.

Y para el ryujin esa era precisamente la razón de que no pudiera dejarse llevar por sus sentimientos, de que no pudiera permitir que April se colara bajo sus defensas. Ella tenía una vida en la Luna Fantasma a la que tarde o temprano debía regresar, un trabajo que la apasionaba y multitud de sueños por cumplir.

Van no podía albergar la absurda esperanza de que, cuando llegara el momento de elegir, ella decidiría quedarse en Fanelia. Y tampoco podía pedirle que renunciara a regresar a su mundo para quedarse junto a él. Eso sería cruel y egoísta. Y Van, después de haber perdido todo lo que una vez amó en la vida, después de haber visto sus propios sueños destrozados de un modo brutal y despiadado, se negaba a que ella pasara por lo mismo.

April merecía tener una vida larga, dichosa y plena. Una vida junto a las personas que la amaban y se preocupaban por ella. Y él iba a ayudarla. Lo había prometido.

Cuando consiguieran regresar a Fanelia utilizaría el energist de Escaflowne, que descansaba en las profundidades de la cámara real de palacio, para devolverla a su hogar. Van creía que, tal vez, el método que había empleado diez años atrás con Hitomi podría funcionar de nuevo.

Estaba decidido, la dejaría marchar. Ese era su deber, protegerla hasta que pudiera regresar a casa. Y por mucho que lo deseara, no podía retrasar más el momento. Porque April ya se estaba colando en su interior. Van podía sentir cómo ella iba derribando poco a poco, pedazo a pedazo, cada una de las barreras que había construido a lo largo de los años, haciendo que desapareciera el letargo en el que se había sumido voluntariamente. Y es que había conseguido mantenerse alejado de sus propios sentimientos durante tanto tiempo que si no aprendía a mantener las distancias, a sacarla de su sistema como fuera, a no pensar en ella y a ignorar las cosas que sentía a su lado, April dejaría en él una huella tan profunda que nada ni nadie, ni siquiera la distancia o el tiempo, podría borrar.

"Asume de una maldita vez que ella se irá y deja de comportarte como un auténtico gilipollas", le dijo la voz de la razón. Y Van reconoció para sí que debía empezar a hacerle caso al sentido común para variar.

En ese instante volvió a refugiarse tras la fría máscara del deber y dejó de ser Van para convertirse de nuevo en el imperturbable rey de Fanelia. Aparcar el corazón y los sentimientos le supuso un esfuerzo sobrehumano y, cuando al fin lo consiguió, pudo notar como el peso la responsabilidad y de las obligaciones que siempre llevaba consigo crecía hasta resultarle insostenible. Pero no conseguía entender por qué. Y es que, aunque estaba acostumbrado a lidiar con esa carga, nunca antes le había resultado tan pesada.

"Eres el rey de Fanelia. Y como rey jamás podrás ser libre".

Van se encogió interiormente al recordar la advertencia que un día le hiciera Vargas, su mentor. Ninguno de los dos sabía en aquel momento lo ciertas que acabarían siendo esas palabras. Pero Vargas siempre había estado en lo cierto. Era el rey de Fanelia y tenía un deber con su pueblo y con su patria. Debía centrarse en eso.

Aunque jamás en toda su vida le había resultado tan difícil ser quien era. Se puso en pie lentamente, instando a April a hacer lo mismo.

— Deberíamos ponernos en marcha antes de que el calor empiece a ser insoportable— le dijo y su voz sonó tan fría como la escarcha.

Ella le dedicó una mirada furiosa pues parecía que otra vez tenía que lidiar con el hombre de hielo. Apretó los dientes y los puños con frustración, deseando estrangularlo. ¿Por qué tenía que comportarse siempre como un maniático bipolar? ¿Cómo podía ser tan cálido y amable y al instante volverse insoportablemente insufrible?

Pero esa mañana April no tenía fuerzas para discutir. Ya estaba cansada del errático y cambiante comportamiento del rey de Fanelia. Si Van prefería fingir que no había pasado nada, si deseaba mantener las distancias con ella, no pensaba rogarle para que cambiara de opinión.

Respetaría su decisión y se mantendría al margen. Punto.

Y así, guardando su chaqueta y colgándose la mochila al hombro, April echó a andar para salir del claro y perderse una vez más en la sofocante espesura.

Van y April llevaban horas caminando sin descanso cuando el sol comenzó a ocultarse en el horizonte, tiñendo el cielo con una profunda tonalidad carmesí. Desde el amanecer habían continuado recorriendo el inexpugnable e interminable laberinto verde que eran las selvas de Freid y en aquel momento, mientras la tarde moría y las luces del crepúsculo se extinguían poco a poco, April se sentía consumida y sobrepasada por el cansancio que le pesaba en las piernas como una losa.

Su agotamiento era tan grande que empezaba a tener verdaderos problemas para esquivar los obstáculos del camino. Avanzó casi arrastrándose pues a cada minuto le resultaba más difícil mantener el ritmo que Van imponía. De buena gana la habría pedido que se detuvieran a descansar pero no lo hizo.

Durante todo el día el ryujin no le había dirigido la palabra. Ni siquiera se había dignado a mirarla. Tanto era así, que el insoportable silencio que reinaba entre ellos se había convertido de repente en una presión atronadora sobre los oídos femeninos, únicamente interrumpido por el zumbido de los enjambres de insectos que revoloteaban sobre sus cabezas.

Y ella, que se sentía incapaz de afrontar sus desplantes, prefirió concentrarse en caminar a través de la maleza para evitar pensar en nada. Pero las selvas de Freid no la ayudaron en su propósito de mantener la mente despejada, pues el bosque parecía el mismo sin importar cuán lejos fueran y April había empezado a albergar el temor de que estuvieran andando en círculos. Los árboles, el asfixiante calor, la opresiva humedad, el verdor del entorno… todo le resultaba vagamente familiar. Aunque Van la precedía sin dudar en ningún momento acerca de qué dirección tomar y ella terminó por resignarse. Se limitó a caminar, unos metros por detrás de él, luchando duramente contra el cansancio. Pero no era la única que parecía sufrir aquel día bajo las altas temperaturas. Desde el amanecer, April había tenido que soportar multitud de horas soporíferas sin otra distracción que observar a Van. Y al hacerlo fue consciente de que el rey de Fanelia parecía más agobiado que nunca, como si llevase un gran peso sobre los hombros.

En aquel instante, April estaba dándole vueltas a esa cuestión cuando tropezó con algo, aunque no pudo identificar con qué. Cayó pesadamente sobre el lecho de hojarasca que cubría el suelo del bosque y se quedó tendida sobre la húmeda maleza, incapaz de dar un paso más. Sabía que tenía que levantarse y continuar andando porque Van no detenía nunca la marcha antes del anochecer. Pero no podía moverse.

Empleó las pocas fuerzas que le quedaban en desprenderse de la mochila y girar sobre sí misma hasta quedar bocarriba, jadeando para recuperar el aliento que la caída y el agotamiento le habían robado. Se sentía cansada, exhausta, y tan sólo esperaba que Van se diera cuenta de que se había quedado atrás antes de perderse entre los árboles, dejándola atrás. O tal vez lo mejor para los dos sería que él continuara sin ella. Ya no lo sabía.

El rey de Fanelia iba sumido en sus pensamientos cuando un ruido sordo a su espalda rompió el soporífero silencio que reinaba en el ambiente, sobresaltándole. Fue consciente en este momento de que April no le seguía y se sintió sumamente culpable por no haberle prestado atención por estar enfrascado en sus miserias. Sumamente preocupado porque estuviera en peligro, giró sobre sus talones a vertiginosa velocidad y entonces la vio. Tumbada sobre el suelo, incapaz de dar un paso más.

Era evidente que April no podría llegar más lejos ese día. La culpabilidad le desgarró el corazón. Esa mujer era su responsabilidad y tenía que cuidar de ella, no agotarla hasta la extenuación. Debió haber imagino que después de tantos días bajo un calor y una humedad implacables y casi sin sustento (porque April no había cenado nada la noche anterior, ni desayunado nada esa mañana y apenas había probado bocado durante la comida) se derrumbaría de cansancio en algún momento.

— Nos detendremos aquí a pasar la noche— le dijo, apiadándose de ella.

April no contestó, se limitó a hacerse un ovillo sobre la hojarasca y cerró los ojos, agradecida de no tener que caminar más. De buena gana, Van se habría tumbado junto a ella para dormir sin interrupciones hasta el amanecer. Pero no podía hacerlo. Tenía otras tareas que atender primero.

Más cansado que ningún otro día de su vida, cazó para los dos, encendió el fuego y preparó la cena mientras la noche extendía su suave manto sobre las selvas de Freid. Cuando terminó, se derrumbó junto a April y descubrió que se había quedado completamente dormida. Sabía que tenía que despertarla para que ella pudiera comer algo que la ayudara a reponerse, pero antes de hacerlo se concedió unos minutos para contemplarla a placer.

Con su pelo rojo como las llamas que danzaban en la hoguera y su piel pálida, era la mujer más hermosa que Van había visto en su vida. Durante aquel intervalo de tiempo, sus ojos oscuros recorrieron el rostro femenino guardando en la memoria cada pequeño detalle de ella. Las diminutas pecas que adornaban su nariz y sus sonrosadas mejillas, la suavidad de su piel, sus labios carnosos, la curva de su cuello… Quería contemplarla. Absorberla. Porque atesoraría esos recuerdos durante toda la eternidad.

De repente, April se movió. Parecía tener frío y se había apegado contra él, inconscientemente, en busca del calor que podía percibir junto a ella. El cuerpo del rey de Fanelia reaccionó con violencia, estremeciéndose con aquel contacto tibio y delicioso.

Van nunca había podido imaginarse que una mujer dormida pudiera causar en un hombre semejantes estragos. Carraspeando para concentrarse en otra cosa que no fuera ella, decidió no correr más riesgos y la despertó, sacudiendo sus hombros con suavidad. April estaba tan cansada que Van se vio forzado a ayudarla a incorporarse. Y después, casi tuvo que obligarla a comerse la cena que había preparado para los dos.

El ryujin sintió que la ternura le invadía al verla. Parecía tan indefensa, tan pequeña.

Nada más terminar el último bocado, April volvió a tumbarse sobre el lecho de hojas, cerró los ojos y cayó de nuevo en el más profundo de los sueños. A Van le habría gustado imitarla pero sus parpados se negaban a cerrarse, así que apoyó la espalda en el tronco de un árbol cercano, a una distancia prudente de ella, y se dedicó a contemplar el bosque que se extendía a su alrededor, rebosante de vida. Cada movimiento, cada ruido, sonaba amplificado en la inmensidad de la espesura.

La oscuridad de la noche se acentuó con el paso de las horas hasta que resultó totalmente impenetrable. Ni siquiera la rítmica danza de las llamas podía traspasarla.

Y mientras el rey de Fanelia lidiaba, como cada noche, contra sus demonios, ocurrió.

Justo delante de él, una brillante luz plateada se movía perezosa entre los árboles. Incapaz de averiguar su procedencia, Van se levantó ágilmente del suelo. Con la experiencia de miles de combates a sus espaldas rastreó los alrededores, concentrado en encontrar algún sonido en la noche que no debiera estar ahí. Pero no había nada. Fuera cual fuera el origen de aquella luz, se estaba movimiento en el más absoluto de los silencios.

A pesar de todo, el rey de Fanelia no estaba asustado. Había algo tranquilizador en aquella luz plateada que le hacía sentir una extraña sensación de familiaridad. De pronto, Van sintió el súbito impulso de despertar a April para que ella también pudiera contemplar aquella luz. En cuanto esa idea cruzó por su mente, una extraña voz femenina estalló en su cabeza.

"No lo hagas, rey de Fanelia, no la despiertes. Pues lo que he venido a decir sólo tú debes escucharlo".

Entonces, la luz salió de detrás de un gran árbol y Van perdió la capacidad de hablar. Allí, en mitad de ninguna parte, había una mujer. De largo cabello pelirrojo. Su piel refulgía como el agua bajo la luz del sol y sus ojos parecían hechos de plata líquida. Llevaba puesta una toga blanca, caminaba descalza sobre la hojarasca sin dejar huella ni hacer el más mínimo ruido y sus contornos se veían borrosos como si Van la estuviera contemplando desde la distancia.

Perdido en sus pensamientos, Van oyó que la cautela le susurraba al oído que aquello podía ser una trampa. Sin embargo, el instinto le decía lo contrario.

— ¿Quién eres?— preguntó él cuando fue capaz de reunir la entereza suficiente para que su voz sonara firme y segura.

Aquella extraña mujer sonrió y extendió los brazos hacia él como si le diera la bienvenida.

— Soy tu destino, rey de Fanelia— respondió ella, clavando sus singulares ojos en él—. Siempre has temido al destino. Pero ha llegado la hora de afrontar quién eres.

Van parpadeó confuso. ¿De qué demonios le estaba hablando? ¿Se habría quedado dormido y aquello sería un sueño ridículo producto de su agotada mente? Decidido a averiguar la verdad, contempló de nuevo a la mujer frente a él, y descubrió que la brisa de la noche parecía bailar a su alrededor y que, incluso las llamas de la hoguera, se inclinaban hacia ella como si anhelaran tocarla.

Era como contemplar la imagen de algo sagrado. ¿Era aquella mujer una visión o una enviada de los dioses?

— Sé perfectamente quién soy, ¿qué has venido a hacer aquí?— quiso saber el ryujin, sin dejar de mirarla fijamente.

Pero la mujer no contestó. En lugar de eso, caminó lentamente hacia April, extendiendo la mano hacia ella como si deseara acariciarle el rostro. Aunque Van no tenía intenciones de permitir tal cosa. No sabía si aquello podía ser peligroso para April. Con el corazón martilleando dolorosamente sus costillas, Van le ordenó:

— ¡Aléjate de ella!

La mujer se quedó inmóvil durante unos segundos antes de alejarse de April y dirigirle al ryujin una mirada cargada de desdén.

— La he estado cuidando desde mucho antes de que tú la conocieras. Créeme cuando digo que jamás le haría daño— expuso enfadada, como si el hecho de que Van la considerara un peligro para April la ofendiera gravemente. De pronto, las facciones de la mujer se dulcificaron al mirarle—. Pero ahora puedo ver con claridad lo mucho que ella te importa, ¿no es cierto?

Van guardó silencio, inseguro acerca de cuál era el mejor modo de responder a esa pregunta.

— Yo sólo la protejo hasta que pueda volver a su hogar— dijo al fin. La verdad a medias le pareció la mejor alternativa.

— Mientes, rey de Fanelia. Y de nuevo intentas luchar contra el destino sin saber que es inútil— se burlaba de él y Van lo sabía, como también sabía que era cierto—. Los encuentros más importantes ya han sido planeados por las almas antes incluso de que los cuerpos se hayan visto. Y vuestro encuentro estaba escrito en las estrellas antes de que ninguno de los dos naciera— la extraña mujer se rio al contemplar el rostro asombrado del ryujin y decidió añadir unas palabras que lograron confundir aún más al rey de Fanelia—. Tú estabas destinado a conocerla, ella estaba destinada a conocerte. Tu destino y el suyo están tan entrelazados que es imposible cortar uno sin dañar el otro.

Él guardó silencio y sus ojos se desviaron hacia April, que dormía a sólo unos pasos de distancia. ¿De verdad estaban destinados a conocerse? ¿Realmente estaban unidos sus destinos? El curso de los pensamientos masculinos se vio interrumpido por la voz de la extraña mujer, que volvió a elevarse fuerte y clara en el silencio.

— Y a pesar de todo lo que te importa vas a permitir que se vaya— le reprochó ella mientras sus ojos plateados parecían lanzar llamaradas.

— ¿Cómo sabes eso?— inquirió Van estupefacto.

— Puedo ver como tu corazón sufre por ella, rey de Fanelia. Pero dime, hijo de Atlantis, ¿dejarás que ella vuelva a casa sabiendo la sentencia de muerte que pende sobre su cabeza?

Van la miró incrédulo mientras el miedo oscurecía los rasgos de su rostro. Aquello era imposible. April no podía morir. Ella merecía una vida larga y plena. Él había prometido asegurarse de eso.

— ¿Acaso no lo has visto tú mismo? Los hombres a los que detuviste la quieren a ella a cualquier precio— las palabras femeninas se colaron en el cerebro del ryujin, infectándolo de escenarios que no quería contemplar—. Eres un hombre inteligente, seguro que puedes imaginarte que no cesarán de perseguirla. ¿Podrías dejarla marchar sabiendo que probablemente morirá si lo haces?

"JAMÁS", gritó su corazón. Y en ese instante, Van supo que tenía su respuesta. Aunque ignoraba si alguna vez había tenido elección. Empezaba a creer que había estado perdido desde aquella noche de tormenta en que la encontró cubierta de barro en los bosques de Fanelia.

— Pero ¿por qué la persiguen?

— Porque todos estáis en peligro. Cada hombre, mujer y niño de Gaia y de la Luna Fantasma está en peligro. Vivís plácidamente sin saber que vuestra frágil existencia depende de alguien que tiene el poder de destruirnos a todos.

Mientras pronunciaba tales palabras, extendió el brazo para señalar a April y Van estuvo a punto de echarse a reír.

— April sería incapaz de hacerle daño a nadie. Si de verdad la conocieras lo sabrías.

El cuerpo de aquella mujer tembló y una mueca de dolor se reflejó en su rostro. Pero se recompuso a marchas forzadas para poder continuar.

— No me queda mucho tiempo— informó en un susurro estrangulado para después añadir—. April Ryan puede ser la luz y la vida o la oscuridad y la muerte. Sólo ella puede decidir qué es lo que quiere ser y el camino que elija marcará el principio o el final de todos nosotros— Él la miró asombrado. Aquello no podía ser real. April no podía cargar sobre sus hombros una responsabilidad como esa—. Pero no temas, rey de Fanelia, pues sólo se necesita una chispa para prender una hoguera. Si estoy aquí esta noche es porque tú puedes marcar la diferencia. Tú que te has enfrentado a la guerra y al caos para salvar a otros, tú que has sacrificado tanto por la paz, enséñale por qué la humanidad merece ser salvada. Sólo tú puedes darle un motivo para luchar por todos nosotros.

Van negó interiormente aquella afirmación. ¿Cómo iba a proteger a April si el mayor peligro para ella era él mismo? ¿No se daba cuenta esa mujer que alejarse de ella era lo único que podía hacer para salir indemne? Sin embargo, parecía que a aquella extraña mujer se le había acabado el tiempo. Tras aquel último esfuerzo, la luz plateada que la envolvía se volvió cegadora durante unos instantes y Van se vio obligado a cerrar los ojos. Cuando volvió a abrirlos, la mujer comenzaba a desvanecerse en el aire como si formara parte de la brisa que traía consigo la noche.

— ¡Espera!, no te vayas— el ryujin intentó detenerla, pero fue inútil—. No lo entiendes, no puedo hacerlo.

"Si ella se queda conmigo estoy perdido", quiso decirle. Pero la mujer se había desvanecido y la oscuridad, opresiva y densa, volvió a adueñarse del ambiente.

De repente, el viento arreció y se coló entre los árboles hasta llegar a él como una caricia. Y aquella brisa con voz de mujer trajo consigo un último susurro.

Enséñaselo, Van Fanel.


Hola a todos y a todas de nuevo!

Lamento muchísimo haber tardado tanto en actualizar. Me siento culpable pero en mi defensa diré que he estado muy mal de salud. Un resfriado que derivó en neumonía y me ha obligado a ingresar en el hospital. He estado en cama, en reposo absoluto por orden del médico durante días y me ha sido imposible encontrar la fuerza para sentarme a escribir. Así que espero que el capítulo de esta semana compense la larga espera.

Quiero agradecer enormemente cada visita, cada lectura y cada minuto que me dedicáis. Especialmente a esas personitas maravillosas que gastan su tiempo en dejarme review para hacerme feliz: Annima90, MacrossLive, 7, Alice Cullen, Arovi, Luin Fanel, Dianeli, Louis y Saito. En verdad puedo decir que vuestras palabras han sido las únicas que me han ayudado a sacar fuerzas de flaqueza para poder escribir porque todavía cargo el respirador y estos días han sido muy duros para mí. Gracias infinitas a todos, de verdad.

7: Me alegro mucho de que el capítulo anterior te haya gustado. Me gustó mucho escribirlo (disfruté un montón para que nos vamos a engañar jajjaja) pero ya llevaba tiempo planeando ese capítulo y quería que el primer beso fuera espectacularmente increíble. Si lo he conseguido me doy por satisfecha. Gracias por todo el apoyo.

Alice Cullen: En el nuevo capítulo espero haber incluido bastantes dosis de castigo físico y psicológico para que te hayas quedado conforme por como Van terminó el último capítulo. Me alegra mucho que te haya gustado y mil gracias por haber tenido 21 capítulos de paciencia para leer este momento. Miles de besos virtuales y gracias por estar ahí siempre.

Dianeli: Gracias a ti cariño mio por leerme siempre y dejarme tu opinión. Tus palabras me levantan siempre el ánimo. Me alegro mucho de que te haya gustado el capítulo anterior, me gustó mucho escribirlo pero no sabía si a vosotros os gustaría como a mi. Me alegra comprobar que sí. Espero que este te guste también. Mil besos y gracias por el apoyo y por estar conmigo cada capítulo.

Louis: Hola Louis! Te has leído toooodos los capítulos en una noche? Madre mía, eso merece un elogio porque cada capítulo es más largo que el anterior (no sé como lo hago en verdad jajaja) Gracias por tus palabras, son bien recibidas y más en estos días tan duros para mí. Sé que esta historia se sale del cannon VanxHitomi pero intento por todos los medios mantener la esencia del anime original en cuanto a los personajes principales y la acción de cada capítulo. Espero estar consiguiendo mi propósito. Gracias de nuevo por tomarte el tiempo de dejarme un review y espero que nos sigamos leyendo más tiempo. Besos virtuales.

Saito: Hola Saito! Ohh es increíble que alguien me recomiende! Cuando leí tu review no podía creerlo, me sentí tan bien. Te doy mi palabra de honor que no tengo intenciones de dejar la historia a medias. De hecho, odio cuando otros autores lo hacen porque es super duro leer un fic y que de repente dejen de actualizar y ya nunca más sepas que pasó con esa historia. Yo no lo haré. Tengo la historia muy avanzada y actualizo seguido, a menos que, como ahora, tenga problemas graves de salud. Estoy totalmente de acuerdo contigo en los apuntes que has hecho, pero Van aún no está enamorado de April sólo siente que ella le gusta mucho, lo atrae y lo tienta, ella empieza a colarse en su corazón y él está tratando de alejarla precisamente porque no quiere enamorarse de ella. Tal vez cuando en verdad se enamore cambie de actitud y luche por mantenerla a su lado en lugar de alejarla. Y en cuanto a April, no quería escribir sobre una barbie que de esas ya hay muchas. Quería escribir sobre mí, sobre las mujeres que conozco, sobre las que he leído. Mujeres normales que tienen sus cosas buenas y sus cosas malas. Gracias por tus palabras tan hermosas y espero que nos sigamos leyendo. Miles de besos virtuales.

En fin, eso es todo lo que este saco de virus con patas deseaba decir.

Para besos, abrazos, tomatazos, medicinas, consejos y sugerencias ya sabéis que hacer.

Si los virus no acaban conmigo antes, nos vemos en el siguiente.

Love, Ela.