Recomendación musical: Taylor Swift — This love.
Capítulo 23: La decisión que desequilibra la balanza.
El sol estaba alto y brillaba en todo su cenit sobre el cielo azul y despejado cuando April divisó por primera vez Fuerte Castello. El puesto fronterizo, antaño comandado por el caballero Caeli Allen Schezar y sus hombres, había tenido que ser reconstruido casi en su totalidad después de la guerra contra Zaibach. Pero con el paso de los años su privilegiada posición, en la frontera natural entre Fanelia y Asturia que formaban las Montañas Floresta, le había permitido recuperar rápidamente el esplendor del pasado e incluso sobrepasarlo.
Hacía tiempo que Fuerte Castello había dejado de ser sólo un pequeño puesto defensivo protegido por unos cuantos soldados asturianos, pues ahora contaba incluso con un gran destacamento de tropas fanelianas. Las buenas relaciones entre Fanelia y Asturia lo habían convertido en una inmensa fortaleza que permitía controlar el tráfico de personas y mercancías por las montañas, proteger los caminos y velar por la seguridad de la frontera.
Desde la nave faneliana, April contempló los bosques que se extendían hasta donde alcanzaba la vista y el profundo valle en el que se alzaba imponente Fuerte Castello. Siguiendo la cuenca natural del valle con la mirada, April vio las Montañas Floresta: las elevaciones más cercanas eran de un color castaño y sombrío; detrás se alzaban formas grises y más altas y luego unos picos elevados y blancos que centelleaban entre las nubes como la plata bajo el sol.
Emplazado sobre el terreno más elevado del valle, Fuerte Castello dominaba desde su altura toda la garganta y las colinas cercanas, elevándose cientos de metros sobre el suelo, gracias a su distribución en varios niveles. Los muros exteriores habían sido construidos en sólida roca, protegidos por cercas de madera robusta extraída directamente de las montañas. El perímetro de la fortaleza estaba circundado por un foso ancho y profundo para detener o dificultar la acometida de fuerzas a caballo, bordeado, a su vez, por una fuerte empalizada también de madera. El acceso a la fortaleza sólo podía realizarse a través de las pasarelas que atravesaban el foso en distintos puntos.
Y allí, elevándose en el centro como reducto que dominaba el conjunto, se alzaba la torre de la guardia donde residían los soldados que protegían Fuerte Castello.
El sol era cálido y el viento soplaba del sur cuando la nave que transportaba a la delegación de Fanelia aterrizó, no sin dificultades, junto a la torre de la guardia. El aire tibio y el aroma de las montañas acariciaron el rostro de April, dándole la bienvenida, en el instante en que puso un pie fuera de los pasillos metálicos de la nave. Después de tantos días bajo la sofocante humedad y el calor de las selvas de Freid, April inhaló la esencia que transportaba la brisa casi con placer. Sus ojos verdes se encontraron de pronto con la mirada divertida de Van y ella supo, inmediatamente, que ambos estaban pensando lo mismo.
El ryujin esperó, rezagado junto a April, hasta que los demás miembros de su séquito se alejaron lo suficiente como para que nadie pudiera escuchar las palabras que le dedicó a la mujer que permanecía a su lado.
— Si quieres, puedo llevarte a conocer los bosques en cuanto empiecen a reparar la nave— le dijo, intentando por todos los medios parecer casual y desinteresado. Sin embargo, la incertidumbre provocó que el corazón comenzara a latirle desbocado bajo las costillas. No sabía a ciencia cierta por qué le había sugerido aquella salida. Tan sólo quería pasar tiempo con ella, juntos, y tener la oportunidad de compensarla por lo mal que la había tratado.
— ¿No te parece que hemos hecho suficientes excursiones por el bosque en los últimos días?— preguntó April, elevando una ceja como muestra de incredulidad.
El alivio que Van sintió en ese momento fue tan exquisito que se echó a reír ante su comentario, sin poder evitarlo. Ella no había rechazo de entrada su propuesta y el rey de Fanelia se aferró a la posibilidad de que April disfrutara de su compañía tanto como él. Aunque era una posibilidad absurda. Y remota.
— Estaremos de vuelta antes de que se ponga el sol y no iremos muy lejos.
April le lanzó una mirada inquisitiva, con sus ojos verdes brillando bajo la luz de aquel sol de primavera, y él tuvo que emplear todo su autocontrol para no abalanzarse sobre ella y reclamar otra vez el dominio sobre sus labios.
— Sólo si me prometes que no comeremos nada que hayas cazado tú— comentó ella, sonriéndole divertida.
El rey de Fanelia se limitó a asentir pero su sonrisa se hizo más pronunciada. Aquello seguía sin ser un no.
— En ese caso…— April fingió meditar su respuesta durante unos segundos que al ryujin le parecieron eternos—… creo que tenemos un paseo pendiente.
¿Aquello era un sí? ¿Ella le había dicho que sí? Los pensamientos de Van giraban como un torbellino mientras intentaba averiguar el significado de las palabras de April. Pero sus reflexiones se vieron interrumpidas de pronto cuando los soldados de Fanelia que servían en Fuerte Castello, vestidos de rojo y negro, y los soldados de Asturia, de azul y dorado, presentaron sus respetos a la delegación faneliana. El ryujin se vio obligado a separarse de April y colocarse al frente de su séquito.
— Os esperan en la torre de la guardia, majestad— anunció el soldado que parecía comandar a los demás, ofreciéndole al rey de Fanelia una educada y formal reverencia.
Van asintió secamente, y con él a la cabeza, la delegación de Fanelia atravesó el patio interior y accedió a la torre de la guardia, guiados por los soldados que custodiaban Fuerte Castello.
…
Van precedía la comitiva faneliana, con April y Merle a su lado, cuando se internaron en la estancia principal de Fuerte Castello, presidida por la bandera de Asturia que pendía orgullosa de la pared central. Sobre el suelo de piedra labrada, cubierto de grandes y azuladas alfombras, se alineaban en paralelo, soldados de Fanelia y Asturia y, al fondo de la sala, esperaban tres familiares figuras.
Fue entonces cuando Van descubrió que no estaban solos.
Millerna, Dryden y Allen esperaban ansiosos su llegada, mirándoles con preocupación.
— ¿Qué estáis haciendo aquí?— preguntó Van, perplejo, mientras la comitiva faneliana se detenía frente a los tres asturianos—. Pensaba que a estas alturas estaríais en Palas.
— Íbamos de camino cuando hemos recibido una comunicación desde Fuerte Castello avisándonos de vuestra situación— explicó Dryden con voz tranquila y serena, pero había clavado sus perspicaces ojos en la figura de April y se pasaba la mano por el mentón en actitud pensativa.
— Estábamos preocupados y hemos decidido regresar para saber qué ha sucedido— completó Millerna. Acto seguido, se acercó hasta April y, abrazándola con fuerza, le susurró al oído—. ¡Cuánto me alegro de que estés bien!
April sonrió y, con cierta dificultad, correspondió el abrazo.
— ¿Por qué no te llevas a April a conocer Fuerte Castello mientras Van nos pone al día, querida? Y seguro que Merle también estará encantada de acompañaros— sugirió Dryden, sin perder de vista a su esposa que en aquel momento continuaba regalándole a la hija de Hitomi uno de sus abrazos estranguladores.
— Será un placer— comentó Millerna, sonriente. Liberó a April de la cárcel de sus brazos y, cogiéndola de la mano, la guio velozmente hacia la salida. Antes de abandonar el salón, April intercambió una mirada confundida con el ryujin. Éste se limitó a sonreír para tranquilizarla, pero April no pudo evitar pensar que aquello era una estratagema para que ella no estuviera presente mientras los tres hombres hablaban. Tenía la sensación de que le estaban ocultando algo y no le gustaba nada. Pero no quería debatir esa cuestión delante de Millerna. Así que se dejó arrastrar hacia el exterior, donde la brisa primaveral que flotaba en el aire le acarició el rostro y la ayudó a dejar de pensar.
En cuanto las mujeres se marcharon, Dryden pidió a todos los presentes que abandonaran el salón para poder conversar en la más absoluta intimidad.
— Y ahora…— dijo el perspicaz comerciante, cuando el salón quedó completamente vació, a excepción de ellos tres— ¿serías tan amable de contarnos cómo es que habéis acabado tan lejos de la capital de Fanelia y con la nave en un estado tan lamentable?
Van exhaló un suspiro y se apresuró a contarles todo lo sucedido en los últimos días. Aunque omitió algunas partes, como por ejemplo, la locura que casi había cometido en la laguna, sin ningún tipo de remordimiento. Sus amigos no tenían por qué estar al tanto de determinados detalles.
—… y por eso hemos tenido que hacer escala en Fuerte Castello. Era imposible que consiguiéramos regresar a la capital sin reparar los daños más graves de la nave.
— Esto es muy extraño— murmuró Dryden, caminando de un lado a otro con aire pensativo—. En Godashim nos contaste que esos desconocidos atacaron a April en Fanelia, luego intentaron hacerle daño en Freid a pesar de que en ese momento se celebraban los festejos por la coronación del Duque Chid y las calles estaban llenas de guardias. Y ahora, os ataca una nave desconocida en pleno vuelo y sin ningún tipo de aviso. ¡Y a una delegación diplomática nada menos!— se detuvo para mirar a los ojos al ryujin— Mi instinto me dice que estos ataques están relacionados.
— Yo también lo creo— corroboró Van.
— Y es evidente que el objetivo de todos estos ataques es April— continuó el esposo de Millerna con serenidad—. Pero la cuestión es, ¿por qué ella?
Los tres hombres guardaron silencio, inmersos en la inquietud que inundaba sus pensamientos.
— Tal vez haya heredado los dones de su madre— aventuró de pronto Allen, algo inseguro—. Las habilidades de Hitomi despertaron el interés de Zaibach en su día, es lógico pensar que ocurra lo mismo con su hija.
— Pero, que sepamos, April no ha manifestado ninguna habilidad de ese tipo— contradijo Dryden, sabiamente—. Y aunque así fuera… Zaibach quería los poderes de Hitomi para activar la máquina atlante del destino. Y esa máquina ya no existe, ¿para qué más podrían necesitar unos dones como esos?
El silencio volvió a caer sobre la estancia, pesado y denso. Van sintió que la preocupación le pesaba como una losa sobre los hombros, deseaba terminar aquella conversación e ir en busca de April pues, ni siquiera sabiendo que estaban rodeados de soldados, podía estar tranquilo.
— Parece que lo único que podemos hacer por el momento es asegurarnos de que no vuelvan a tener la oportunidad de acercarse a ella— dijo Dryden, finalmente—. No debemos perderla de vista en ningún momento.
Sin embargo, el ryujin no necesitaba que se lo pidieran dos veces. Pensaba proteger a April aunque fuera lo último que hiciera en la vida. En ese momento, uno de los sirvientes que atendía la torre de la guardia se adentró en el salón para anunciar que la comida estaba servida y que Millerna, April y Merle ya les estaban esperando.
— ¡Vamos!— apremió Allen, cabeceando para señalar la salida y dando por finalizada la charla—. Reunámonos con ellas antes de que empiecen a sospechar.
Van siguió a sus amigos en silencio. Dryden y Allen le condujeron hasta el comedor principal de la torre de la guardia que sólo se utilizaba cuando Fuerte Castello recibía ilustres visitantes.
Cuando minutos después las pesadas puertas del comedor se abrieron ante ellos, descubrieron que las tres mujeres ya estaban sentadas en la larga mesa de madera. Millerna, que ocupaba una de las dos altas sillas de la cabecera, esperaba a que su marido se sentara a su derecha. Dryden lo hizo con una sonrisa, no sin antes besar delicadamente la mejilla de su esposa. Merle y April, por su parte, habían ocupado los asientos del lado derecho de la mesa, dejando libres para Van y Allen los del lado izquierdo, que ocuparon a la vez y en completo silencio. Casi inmediatamente, los sirvientes tendieron la mesa. Los suculentas carnes, las deliciosas verduras, el aroma del pan recién hecho y de las especias inundaron el comedor en cuestión de segundos, abriendo el apetito de los invitados.
April dirigió una mirada a su plato vacío, del más refinado metal. Acaba de darse cuenta de lo mal que había comido en los últimos días y su estómago gimió, deseoso de que le prestara algo de atención. Imitando a los demás y queriendo complacer a su pobre y torturado estómago, April se sirvió un poco de todo y comenzó a comer.
A su lado, Merle daba cuenta de un filete que era más grande que su propio plato mientras, en la otra punta de la mesa, Van y Dryden estaban enfrascados en una conversación sobre planes de comercio y otros asuntos de Estado, a la que acababa de unirse Allen. Pero April no tenía ojos para nadie más que para el rey de Fanelia. Aún distraído por la animada charla que mantenía, comía impecablemente. Fascinada por la armonía de sus movimientos, April observó disimuladamente cómo la mandíbula del rey de Fanelia se tensaba al masticar.
Una mujer jamás podría cansarse de mirarlo.
Y ella no era una excepción pues, cuando él estaba cerca, April no podía evitar sentir que su cuerpo ya no le pertenecía.
— ¿Has pensando qué vais a hacer hasta que podáis regresar a Fanelia, Van?— preguntó Millerna con suavidad, observando a los hombres que aparcaron su conversación para mirar a la mujer de ojos violetas.
— Lo cierto es que tendremos que permanecer en Fuerte Castello hasta que terminen las reparaciones de la nave.
La mirada del rey de Fanelia se posó en April que, contenta de tener una excusa válida para contemplarle a placer sin remordimientos, le sostuvo la mirada a través de la mesa. April sintió que la calidez que desprendían aquellos ojos oscuros atravesaba su piel y le llegaba hasta el alma. Unos sentimientos extraños e intensos comenzaron a extenderse en su interior sin gobierno, dejándola insegura y sin aliento. Jamás le había ocurrido algo así. Ella siempre se había enorgullecido de tener el control de cada aspecto de su vida pero había algo en aquel hombre, que se comportaba como un enigma indescifrable, que la intrigaba y la cautivaba cada día un poco más. Ese hombre, que era mucho más que un hombre, la atraía y la seducía.
Ajeno a los pensamientos femeninos, Van sonrió abiertamente, perdiéndose en aquellos ojos verdes que tanto le gustaban. April no tenía ni idea de lo que provocaba en él con una simple sonrisa. El deseo laceraba su interior y la necesidad de tocarla se hacía insoportable cada vez que sus miradas se encontraban. Había algo en ella que le hacía anhelar cosas que no debería desear.
Pero no se atrevía a tener esperanzas.
April no estaba a su alcance. Su corazón se lo decía, y su alma también. Ni todo el anhelo del mundo podría cambiar un hecho esencial: ella no pertenecía a su mundo.
— Pero Van, podrían pasar días hasta que consigáis reparar vuestra nave y un puesto fronterizo no es lugar para una dama— la voz de Millerna resonó en el salón, trayéndolos a ambos de vuelta a la realidad. Una realidad en la que no estaban solos.
Los ojos del ryujin se clavaron, confusos, en la princesa de Asturia. Van era incapaz de adivinar a dónde quería llegar Millerna con aquellos argumentos.
— Es cierto que un puesto fronterizo no es el lugar ideal para April y Merle— dijo finalmente—. Pero no puedo enviarlas a la capital a través de las montañas. Es un viaje extremadamente largo y la delegación de Fanelia viaja con muy pocos hombres que no son suficientes para realizar ese viaje con seguridad. No puedo arriesgarme de ese modo.
Hubo una pausa en la que Van sonrió satisfecho mientras los demás permanecían callados, pues parecía que ninguno de los presentes encontraba una sola brecha en su sólido razonamiento. Pero, en ese instante, Dryden habló y todas sus ilusiones se hicieron añicos.
— Entonces, ¿por qué no permites que April venga con nosotros a Palas?
Millerna aplaudió encantada la idea de su esposo con una sonrisa espléndida en su bello rostro.
— Dryden tiene razón. Puedes reparar tranquilamente tu nave en Fuerte Castello y luego regresar a Fanelia para poner en orden todas esas obligaciones que tienes pendientes— argumentó la mujer de ojos violetas, feliz de poder contar un poco de tiempo para disfrutar de la compañía de la hija de Hitomi—. Cuando hayas terminado te estaremos esperando en Palas para asistir al baile de primavera.
"¡NO!", quiso gritar Van pero se contuvo a duras penas. No había una sola razón por la que April no pudiera viajar a Palas con Millerna y él lo sabía. El ryujin se aferró a los reposabrazos de su asiento con la intención de evitar la tentación de echarse a April sobre el hombro y regresar con ella a Fanelia, donde podría asegurarse de que nadie intentara apartarla de su lado. Pero no podía hacer eso. La elección le correspondía solamente April. Aunque Van la conocía lo suficiente como para saber que ella no disgustaría a la princesa de Asturia de ese modo.
— Es una idea estupenda— continuó Millerna radiante, completamente ajena al cataclismo que significaban sus palabras para el rey de Fanelia—. Por supuesto, Merle también puede acompañarnos si lo desea— añadió rápidamente para evitar que la chica gato se sintiera desplazada del nuevo plan—. Os quedaréis con nosotros en Palas hasta que Van termine de atender sus asuntos, ¿qué os parece?
Merle dirigió sus ojos azules hacia Van y todos los años que habían estado juntos le permitieron, con un solo vistazo, adivinar lo poco que la idea de Millerna le gustaba a su medio hermano.
— Creo que debe ser April quien decida. Pero si ella quiere visitar Palas, estaré encantada de acompañarla.
Millerna sonrió aún más. Sabía que contar con el apoyo de Merle era un punto muy importante a favor de su plan.
— En ese caso, ¿qué opinas tú, April?— preguntó Dryden, antes de que su esposa tuviera tiempo de hacerlo.
April, que había permanecido callada durante los últimos minutos, alzó la mirada y clavó sus ojos verdes en Van, buscando una excusa, cualquier pretexto que le permitiera quedarse en Fuerte Castello sin parecer descortés. Apenas dos meses antes, habría dado cualquier cosa por contemplar con sus propios ojos los canales de la capital de Asturia. Sin embargo, ahora deseaba quedarse en aquel puesto fronterizo y regresar a Fanelia.
Y conocía perfectamente al responsable de aquel cambio. Van Slanzar de Fanel. No quería ir a Palas sin él pero tampoco había una razón de peso que le permitiera quedarse.
— Me parece una idea estupenda, Millerna— susurró finalmente, intentando disimular la decepción que sentía.
Aquellas palabras provocaron varias reacciones al mismo tiempo. Merle suspiró apesadumbrada, mirando a su medio hermano. Dryden, Millerna y Allen sonrieron satisfechos. Y Van se limitó a cerrar los ojos, dejándose caer derrotado sobre el respaldo de su asiento. April iba a marcharse y él no podía hacer nada para evitarlo.
— En ese caso, deberíamos ir a preparar vuestro equipaje para poder partir cuanto antes— dijo la mujer de ojos violetas, sin dejar de sonreír, ajena a los sentimientos de Van y April.
April y Merle se levantaron al unísono de sus asientos y se encaminaron hacia la salida acompañadas por Millerna. Antes de que la puerta se cerrara a sus espaldas, los verdes ojos de April se clavaron en la figura del rey de Fanelia que, como si hubiera podido sentir la intensa mirada femenina sobre él, abrió los ojos y la contempló a través de la distancia que los separaba. Deseaba tanto poder pedirle que se quedara junto a él… Sin embargo, empleó todo su autocontrol en continuar callado, por lo que April terminó marchándose poco después. Sólo los hombres permanecieron en el salón y el silencio cayó sobre ellos como una nube de tormenta.
Dryden, que no había querido perderse detalle de las reacciones del rey de Fanelia, sonrió tristemente. Aquello había comenzado como una oferta para que April y Merle no se vieran obligadas a permanecer durante días en Fuerte Castello rodeadas de soldados. Jamás pudo imaginar que la idea de separarse de April resultaría tan dura para su amigo. Aunque no sabía si la actitud del ryujin estaba provocada sólo porque se sentía responsable de la seguridad de April o por algo mucho más profundo.
Pero estaba decidido a averiguarlo.
— Tienes mi palabra de que la mantendremos a salvo— le prometió con vehemencia al rey de Fanelia. Si aquello era lo único que le preocupaba, Van podía estar tranquilo.
Sin embargo, la respuesta del ryujin le cogió por sorpresa.
— Lo sé, confió en vosotros— afirmó Van, intentando en vano sonreír—. No es su seguridad lo único que me preocupa.
A pesar de la mirada interrogante que le lanzó Dryden, el nudo que le obstruía la garganta impidió a Van decir nada más.
— Si me disculpáis, necesito tomar el aire.
El ryujin se levantó de su asiento haciendo gala de una tranquilidad que no sentía y abandonó el comedor sin volver la vista atrás, bajo las miradas atentas y preocupadas de Allen y Dryden.
…
"¿Cómo han podido torcerse tanto las cosas en tan poco tiempo?"
Apoyado en la barandilla de piedra de uno de los balcones de la torre de la guardia, Van no podía dejar de repetirse aquella pregunta mientras contemplaba como el sol se hundía a lo lejos, en el horizonte. La tenue luz del atardecer proyectaba largas sombras sobre los muros de Fuerte Castello, incrementando la sensación de desesperación que le apretaba la garganta.
Que iluso había sido sintiéndose el hombre más afortunado de toda Gaia tan sólo unas horas antes. Por alguna extraña razón, April había decidido perdonarle por lo mal que se había comportado con ella en los últimos días y él, impulsado por esas ganas infinitas que tenía de tocarla, se había atrevido a besarla de nuevo… y ella le había respondido con la misma intensidad que la primera vez. Y aunque la llegada a Fuerte Castello les había obligado a separarse, Van sólo podía pensar en terminar lo más rápido posible sus obligaciones y pedirle a April que le acompañara a algún lugar donde nadie pudiera encontrarles en un futuro inmediato. Ni molestarles. O interrumpirles.
Pero todos sus planes se habían ido al traste en cuanto puso un pie en el luminoso e imponente salón principal de la torre de la guardia. El ryujin suspiró con pensar, contemplando el ocaso y recordando de nuevo el momento en el que sus propósitos habían hecho añicos.
Ahora, April iba a marcharse a Palas y él debía permanecer en Fuerte Castello. Solo. Dentro de pocos minutos, la nave de los príncipes de Asturia alejaría de su lado a la mujer que ocupaba cada uno de sus pensamientos y pasarían días hasta que pudiera verla de nuevo. No sólo tendría que esperar a que repararan la nave sino que, después, debería regresar a Fanelia donde le esperaría un escritorio atascado de papeles y miles de tareas que resolver.
Pero las cientos de millas que se interpondrían entre ellos durante los próximos días no era lo único que le inquietaba. También le preocupaba la posibilidad de que aquellos hombres rubios de ojos negros volvieran a por ella. Aunque, como le había dicho a Dryden poco antes, sabía que sus amigos podrían proteger a April tan bien como él.
En realidad, no había ningún motivo por el que debiera preocuparse. Y, sin embargo, no podía evitarlo. Porque, siendo totalmente honesto consigo mismo, el verdadero problema es que no estaba listo para separarse de April, así de sencillo. Sabía que tendría que despedirse de ella tarde o temprano. Pero no así, no ahora. Cuando lo único que deseaba era pasar a su lado el mayor tiempo posible antes de que ella tuviera que marcharse para siempre.
Unos pasos a su espalda quebraron el silencio que reinaba en el ambiente. Van ni siquiera necesitó darse la vuelta para saber de quién se trataba. Estaba completamente seguro de que la persona que permanecía detrás de él era April. Había llegado a un punto en el que no necesitaba verla para reconocerla, pues todo su cuerpo era capaz de percibir su presencia. Todos sus sentidos parecían conscientes de la proximidad de aquella mujer.
— ¿No deberías estar haciendo la maleta?— le preguntó sin volverse aún, prefirió continuar contemplando el atardecer mientras ella caminaba hasta colocarse a su lado, apoyando las manos sobre la barandilla de piedra.
— Acabamos de terminar— contestó April, observando la bella puesta de sol que se extendía ante ellos. Ambos permanecieron en silencio unos instantes, mientras el sol se hundía en el horizonte—. Hemos tardado un poco más porque mi ropa casi le ha provocado un infarto a Millerna. Dice que en cuanto lleguemos a Palas me arrastrará a renovar mi vestuario— April compuso una graciosa mueca de irritación—. Nada de turismo por los canales ni de conocer la ciudad hasta que tenga algo de ropa decente.
— Palas es una ciudad fascinante. Estoy seguro de que te van a encantar sus playas— murmuró Van, intentando parecer despreocupado. No quería ponerle las cosas más difíciles a April, ella tenía todo el derecho del mundo a disfrutar su primera visita a Asturia y él no deseaba estropearle la experiencia. Ella no tenía por qué saber lo mucho que iba a costarle dejarla marchar.
Pero April nunca reaccionaba como él esperaba. Y aquella ocasión no iba a ser diferente.
— Siempre he pensado que la playa está sobrevalorada— le contradijo ella con una sonrisa adornando sus labios—. La verdad es que prefiero la montaña.
Van la miró sorprendido, tratando de darle sentido a aquellas palabras. ¿April acababa de decir que preferiría estar en un lugar montañoso? Y lo que era más importante, ¿en qué lugar estaría pensando?
— Yo también— reconoció él finalmente, sin dejar de mirarla.
El silencio cayó de nuevo sobre ambos. Pero no era algo incómodo, entre ellos el silencio jamás lo era. Entonces, Van decidió romper la quietud para expresar con palabras algo que le había estado torturando toda la tarde.
— Estoy seguro de que Dryden, Millerna y Allen son capaces de mantenerte a salvo durante unos días— le dijo, mortalmente serio por un segundo—. Pero me quedaré más tranquilo si me prometes que no saldrás de palacio sin escolta y que no te quedarás sola en ningún momento. Intenta no cometer imprudencias mientras yo no estoy delante.
April sonrió divertida ante su petición.
— Te lo prometo.
Él también sonrió, aliviado por su respuesta. En ese instante, Van se apoyó de nuevo sobre la barandilla de piedra y su mano derecha tropezó con la izquierda de April. Pero ella no rechazó el contacto, sino que aprovechó la oportunidad que se le presentaba para volver a entrelazar sus dedos con los de él. El calor de aquel toque fue maravilloso y Van se descubrió cerrando los ojos y dejando que April le tocara con total libertad.
¡Por todos los dioses de Gaia!, iba a echarla tanto de menos. ¿Cómo demonios podría estar lejos de ella sin volverse loco en el proceso?
— ¿Qué vas a hacer cuando regreses a Fanelia?— preguntó ella, curiosa, sin intenciones de soltarle.
— Poner en orden todos los asuntos pendientes y controlar al Consejo— respondió Van, abriendo los ojos de nuevo y sonriendo burlón.
— Sí… imagino que eso te tendrá ocupado durante bastante tiempo.
Van la miró fijamente. April había dejado de sonreír y, de repente, parecía triste. El ryujin ansiaba creer, con cada célula de su alma, que la futura separación la hería tanto como a él.
— Sólo serán unos días— repuso él, aunque no sabía si se lo decía a April o a sí mismo.
— Lo sé.
"Pero voy a echarte de menos", pensó April. Deseando ser lo suficientemente valiente como para decirlo en voz alta. Sin embargo, en ese instante Van, incapaz de contenerse más, tiró de ella y la abrazó con fuerza, como si le aterrara el hecho de estar separados y a April se le olvidó lo que quería decir. El ryujin la apretó estrechamente contra su pecho, hundió el rostro en su cabello rojo como el fuego e inspiró profundamente el aroma que April desprendía. Y cuando ella le echó los brazos al cuello, correspondiendo su abrazo, el corazón del rey de Fanelia comenzó a latir a un ritmo frenético y salvaje.
Su sentido común le pedía que se alejara de ella. Pero no podía dejarla, no sabía cómo hacerlo.
No quería hacerlo.
Un sonido de pasos en el corredor les interrumpió, obligándoles a separarse.
— ¡Por fin te encuentro!— gritó Merle cuando llegó hasta ellos—. Millerna te está buscando, es hora de irnos.
Con un suspiro apesadumbrado, April se separó de Van y echó a andar para ir al encuentro de la princesa de Asturia.
…
Unos minutos después, todos se encontraban en el patio interior de Fuerte Castello, a los pies de la nave de Asturia que los llevaría hasta Palas.
— Me alegro mucho de que nos acompañes, April— dijo Allen mientras se acercaba a ella lentamente y le colaba un mechón de pelo rebelde detrás de la oreja—. Después de conocer Palas no querrás estar en ningún otro lugar.
La agonía y la furia de los celos arrasaron el cuerpo del rey de Fanelia, que luchó duramente contra sí mismo para permanecer impasible. La inseguridad le quemó al pensar que aquel viaje le ofrecía al seductor Caballero Caeli la posibilidad de cortejar a April a su antojo durante días.
Merle, consciente del modo en que el ryujin miraba a Allen, se separó de los demás para regalarle a su medio hermano un abrazo estrangulador.
— Ten mucho cuidado— le pidió la chica gato con una mirada triste de sus ojos azules.
— Y tú cuida de April por mí— le ordenó Van, apretando los puños para contener el repentino deseo que sentía de separar a Allen de ella todo lo posible—. No la dejes sola en ningún momento, por favor. Confío en ti.
Merle entendió el mensaje oculto que escondían las palabras del ryujin y sonrió en respuesta.
— No tienes de qué preocuparte— bajó la voz hasta convertirla en un susurro que sólo Van pudo escuchar—. A April no le gustan ese tipo de atenciones.
Y parecía tener razón, porque April se retiró disimuladamente un par de pasos de la figura de Allen cuando él terminó de colocarle el cabello tras la oreja. Demasiado satisfecha de sí misma, Merle se alejó de Van guiñándole un ojo de forma burlona, consiguiendo arrancarle al rey de Fanelia una carcajada. April, que había seguido atentamente la escena, se disculpó con Allen para dirigirse hasta el ryujin y tener la oportunidad de despedirse de él.
— ¿Qué os traéis entre manos vosotros dos?— preguntó April, mirándoles con desconfianza.
— No es nada— repuso Van, todavía sonriendo—. Sólo una pequeña broma de Merle, ya sabes que, a veces, no puede contenerse.
April sonrió tanto que hasta sus ojos brillaron bajo la luz del crepúsculo.
— Me alegro de que, al menos ella, me acompañe.
Los dos se miraron a los ojos de una forma tan intensa que hasta el aire que los rodeaba pareció condensarse en torno a ellos.
— Me encantaría ir con vosotras— reconoció, mostrándose algo tímido por primera vez desde que era un adolescente—. Aunque sé que me comporto como un viejo amargado la mayor parte del tiempo.
Ella se echó a reír ante su comentario y una chispa de diversión hizo resplandecer, aún más, sus ojos verdes.
— Eso es cierto. Pero, aun así, voy a echarte de menos.
Van creyó notar como su corazón se detenía al oír aquellas palabras. Deseó abrazarla y besarla hasta dejarla sin aliento, deseó reclamarla ante todos como suya para que nadie se atreviera siquiera a volver a mirarla, deseó quedarse con ella… pero no podía hacer nada de eso delante de su concurrida audiencia. Se limitó a aferrar las manos de April entre las suyas, de nuevo, estrechándolas suavemente tal y como quería estrecharla a ella.
Reunir el valor suficiente para atreverse a expresar en voz alta los pensamientos que cruzaban su mente requirió de Van un tipo distinto de coraje que nunca antes había usado.
— Espérame en Palas, iré a buscarte y entonces daremos ese paseo por el bosque que me debes.
Con esas palabras, April sintió que algo se derretía en su interior. Tal vez fuese la soledad que se filtraba en su voz o la resignación que mostraban sus ojos. No podía decirlo con certeza, pero sabía que sería incapaz de regresar a su antigua vida y olvidar a ese hombre.
Había sido testigo de su bondad. De su dolor. Y que Dios la ayudara; cuanto más sabía de él, más lo deseaba. Lo deseaba de un modo que iba más allá de todo razonamiento. Observó los atormentados ojos oscuros que la miraban con pasión y anhelo y quiso cancelar aquel viaje para quedarse junto a él.
Como si Van pudiera saber lo que ella estaba pensando en aquel instante, el ryujin apretó cariñosamente sus manos y la soltó finalmente.
Todos los presentes miraban la escena con morbosa curiosidad y Van supo que había llegado la hora de dejarla marchar.
— Ve con ellos, te están esperando.
La expresión resignada y atormentada de aquellos ojos oscuros se quedaría grabada para siempre en la memoria de April.
Con el corazón pesado, el imperturbable rey de Fanelia contempló como April seguía a Dryden y Millerna hasta el interior de la nave, con Allen y Merle a pocos pasos de ella. No la perdió de vista hasta que las puertas de metal se cerraron a sus espaldas.
…
Fanelia.
7 días después.
Aro golpeó con furia la mesa de madera que presidía el despacho del rey de Fanelia.
— ¡Ya basta, majestad! Por todos los dioses, no podéis seguir así.
La voz del anciano consejero resonó en la estancia como el trueno que presagia una tormenta. Van levantó la vista de la inmensa montaña de papeles que adornaba su escritorio y le lanzó una mirada confundida a su fiel consejero.
Jamás lo había visto tan alterado.
— No entiendo qué quieres decir, Aro— murmuró Van, sentado tras la mesa de su despacho.
— ¿Creéis que no sé lo que os ocurre?— el rosto del consejero se crispó al clavar la mirada en su rey—. Desde que la señorita April no está, os arrastráis como un alma en pena por todo el castillo. Casi no coméis y apenas os tomáis un respiro desde hace días. Os limitáis a trabajar hasta la extenuación, desde el alba a la medianoche. Si fuera por vos, ¡ni siquiera saldríais de este despacho!
Van se removió incómodo en su asiento ante las palabras de Aro, porque no podían ser más ciertas. Habían pasado siete largos días desde que se despidió de April en Fuerte Castello y cuatro desde que regresó a Fanelia, pero la situación no había hecho más que empeorar para él con el paso del tiempo.
Lo había intentado con todas sus fuerzas pero era incapaz de hacer absolutamente nada sin pensar en ella. Nunca antes le había costado tanto cumplir con sus tareas como rey. Debía recordarse unas cien veces al día que había asuntos urgentes que requerían su atención en Fanelia para contener el impulso que sentía de ir hasta Palas a buscarla.
Por eso se había sumergido en el trabajo. Quería evitar pensar en April, quería evitar recordar lo mucho que la extrañaba. Pero nada había funcionado. Simplemente contemplar la larga mesa del comedor de palacio completamente desierta bastaba para revolverle el estómago. El comedor le parecía tan grande y vacío sin el cálido sonido de las risas y las conversaciones de Merle y April que, la mayoría de las veces, pedía que le sirvieran la comida en su despacho para evitar tener que comer a solas en la basta estancia.
Pero el peor momento del día era, sin duda, la noche. Las noches eran la pesadilla de su existencia. Nunca había suficiente trabajo para mantenerle ocupado y, por mucho que intentara aplazarlo, no podía refugiarse eternamente en su despacho. Al final, bien entrada la noche, aparecían Aro, Erik o alguno de los sirvientes de palacio para pedirle que se retirara a sus aposentos. Y él terminaba cediendo.
Sin embargo, cuando se derrumbaba exhausto sobre las sábanas de su cama sólo podía pensar en April. En sus ojos verdes, en el olor de su pelo y en la suavidad de su piel, en el sonido de su risa…
Cómo la echaba de menos.
Cómo deseaba poder estar junto a ella en esos momentos.
— Sed razonable, majestad, os lo ruego. Que enferméis de agotamiento no va a solucionar nada — la voz de Aro, le trajo de nuevo al presente—. Sé cómo os sentís pero este no es el camino.
Van cortó el alegato de su consejero con una mirada furibunda.
— ¿Qué podrías saber tú de mis sentimientos?
— He estado con vos desde que no erais más que un niño, os he visto crecer y he contemplado orgulloso como os convertíais en un gran rey para Fanelia. Creo que estoy en disposición de afirmar que os conozco como si fuerais mi propio hijo— repuso Aro cruzando los brazos por delante del pecho mientras lo estudiaba con una mirada astuta que le puso al ryujin los pelos de punta—. Pero lo que jamás puede llegar a imaginar es que fuerais un cobarde, majestad.
Van sintió que la rabia le asaltaba al escuchar aquel insulto.
— Yo no soy ningún cobarde.
— El hombre que yo conozco no se refugiaría detrás de una montaña de papeles para huir de sus propios sentimientos— repuso Aro sabiamente—. Podéis esconderos en este despacho cuanto deseéis pero eso no cambiará lo que está pasando en vuestro interior.
El ryujin no contestó. Estaba demasiado ocupado debatiéndose entre la necesidad y la razón, entre el anhelo y la cordura.
— Si fuera deseo lo único que la señorita April despierta en vos os aconsejaría que la metierais en vuestra cama y la mantuvierais ahí hasta que ninguno de los dos pueda caminar. De ese modo, la sacaríais de vuestro sistema y eso sería todo— Aro continuó implacable con su argumentación ante el mutismo del rey, ajeno a los pensamientos de Van—. Pero yo sé lo que se siente al estar dividido entre el deber y un amor tan puro que duele profundamente en un lugar donde no sabías que alguien pudiera tocarte.
Van guardó silencio durante un instante. Nunca se le había dado bien expresar sus sentimientos y, mucho menos, hablar de ello con otra persona.
— Es demasiado complicado, tú nunca lo entenderías.
— Qué sencilla sería la vida si tuviéramos todas las respuesta, ¿no creéis?— Aro tomó asiento frente al escritorio del rey, de repente parecía triste y cansado—. Sé lo que pensáis, majestad. ¿Podrá April interesarse en vos? ¿Os amará algún día? ¿Se quedará en Fanelia o se marchará de vuelta a un lugar al que no podréis seguirla?
Sus palabras dejaron a Van de piedra.
— ¿Cómo sabes eso?
Pero Aro no contestó la pregunta.
— A lo largo de mi vida he aprendido que las mujeres tienen una increíble capacidad de amar. No deberíais subestimarla, ni tampoco deberíais subestimaros vos mismo sólo porque os asuste lo que pueda pasar.
Qué fácil era decirlo para él. Aro no cargaba sobre los hombros con una responsabilidad o un pasado como el suyo.
— ¿Qué sabrás tú sobre el miedo?— su palabras sonaron a reproche, pero Van no pudo evitarlo.
— Lo bastante como para dar un clase que durara toda la eternidad— contestó Aro, mortalmente serio—. La guerra me arrebató el amor hace muchos años y he tenido que vivir cada día de mi vida con el remordimiento de no haberme atrevido a luchar por ella. No quisiera que a vos os ocurriera lo mismo, no quisiera que un día os despertarais y fuera demasiado tarde para actuar.
Los minutos se escurrieron mientras el silencio se adueñaba de la estancia. Las palabras de Aro reverberaban en la mente del ryujin, haciéndole dudar.
— Pero, ¿cómo podría estar seguro de que quedarse junto a mí es lo mejor para April?, ¿o sería ella más feliz sin mí?— preguntó Van de pronto, aunque no estaba muy seguro del porqué de su preguntas.
Su fiel consejero se encogió de hombros.
— Tal vez sí, tal vez no. La vida es una caja de sorpresas. Dura y dolorosa la mayor parte del tiempo, y no está hecha para los cobardes. El vencedor se lo lleva todo y aquel que no se atreve a pisar el campo de batalla jamás consigue nada— Aro suspiró profundamente—. ¿Sería la vida de April mejor sin vos? ¿Quién sabe? Tal vez haya algún hombre en la Luna Fantasma que llegue a apreciarla— aventuró Aro, clavando sus astutos ojos en la figura del rey—. Pero la pregunta es, ¿la apreciaría la mitad de lo que vos lo hacéis?
No. Van lo sabía sin lugar a dudas. Para él, las tiernas caricias de April eran inestimables.
— ¿Qué pasa si no soy capaz de protegerla? ¿Y si muere por mi culpa? ¿Qué tal si decide quedarse conmigo y no soy capaz de hacerla feliz? ¿Y si elige esta vida y al cabo de unos años se da cuenta de que no es lo que quiere y me odia por ello?— las dudas y los miedos que había estado almacenando durante los últimos meses salieron a la superficie y, para su sorpresa, Van se sintió mejor después de haber dejado salir aquel veneno que le estaba matando.
— La muerte es inevitable. La señorita April morirá algún día, pero la verdadera pregunta es si vivirá de verdad— Aro hizo una pausa antes de añadir—. Deberíais dejar de intentar predecir los sentimientos de los demás, la decisión final sólo le corresponde a ella y vos deberéis respetarla, sea cual sea.
Van se quedó allí, en silencio, mientras su alma rumiaba las palabras de su consejero.
— En fin, siempre cabe la posibilidad de que la señorita April no sienta nada por vos— dijo Aro sagazmente, mientras se levantaba del asiento que había ocupado—. Dadle la oportunidad de que conozca al hombre que vive bajo la corona de Fanelia y que sea ella quién decida después.
— ¿Y si me rechaza?— objetó Van con un nudo en la garganta y la voz rota—. No podría soportarlo.
— ¿Eso es lo que más os preocupa?
El ryujin apartó la mirada. La dichosa astucia de Aro era intimidante. No, lo que más temía era que April lo aceptase, enamorarse perdidamente de aquella mujer indomable y que, cuando todo acabara, él no fuera lo suficientemente bueno para que ella eligiera permanecer a su lado.
— Lo único que podéis hacer es dejaros la piel en el intento y confiar en que todo salga bien.
Aro le palmeó el brazo con cariño para infundirle valor y, a continuación, se aproximó hacia la puerta con la intención de abandonar la habitación.
— ¿De verdad confías en el destino?— inquirió Van, antes de que Aro se marchara.
La respuesta del consejero logró sorprender al rey de Fanelia.
— En absoluto. Pero en algo hay que creer— con la mano ya en el tirador de la puerta, Aro añadió—. Así que… ¿qué vais a elegir, majestad?
Van continuó dándole vueltas a esa pregunta durante todo el día. No sabía que camino escoger y la verdad era que Aro tampoco lo había ayudado mucho. Las horas transcurrieron lentamente entre interminables reuniones, largos memorándums y un sinfín de papeleo, sin que lograra decidirse. Cuando, después del ocaso, el ryujin se dejó caer pesadamente sobre las sábanas de su cama, aún no tenía claro cuál era el camino correcto y su mente insistía en seguir dándole vueltas a sus tribulaciones.
Se pasó las manos por la cara con la intención de espantar sus miedos pero no sirvió de nada. Se sentía como si su mente y su corazón estuvieran librando una cruenta batalla por el control. Sin embargo, en mitad de aquella terrible confusión, sólo había una cosa de la que Van estaba completamente seguro: nunca había sentido por nadie lo que sentía por April.
¡Por todos los dioses de Gaia! Estaba tan cansado de estar solo… tan cansado de despertar cada mañana en una cama desierta de sábanas frías. Y April era un bálsamo para la soledad, un corazón puro en un mundo plagado de egoísmo. Jamás había creído posible encontrar a alguien como ella.
Como hombre, quería tener derecho a reclamarla. La deseaba. En cuerpo y alma.
Y quería su amor.
La idea lo asustó, pero era cierto. Y Van Slanzar de Fanel nunca se había dejado dominar por el miedo.
Tal vez Aro tuviera razón. Ambos se merecían que le diera a April la oportunidad de elegir. Se había pasado la vida entera luchando. ¿Por qué no luchar por ella?
Tal vez April fuera su futuro.
Tal vez debiera intentarlo.
Pero, ¿y si ella le abandonaba? Era mucho más de lo que su maltrecho corazón podría soportar. No, esa no era una opción. La conquistaría y le daría un motivo para elegirle, un motivo para quedarse en Fanelia.
Pero, ¿cómo?
¿Qué hacían los hombres de la Luna Fantasma para cortejar a las mujeres? ¿Cuál sería el modo adecuado de conquistar a April? En Gaia y también en Fanelia, los cortejos entre hombres y mujeres se regían por ciertas reglas. Y Van no estaba muy seguro de si esas mismas reglas se aplicarían en la Luna Fantasma.
Intentó rememorar sus conversaciones con April para saber si ella había mencionado algo al respecto pero no podía recordar nada. Joder, debería haber estado más atento… Nunca se había sentido tan inseguro en toda su vida. No sabía que tenía que hacer para gustarle a April.
Van, súbitamente, se incorporó sobre las sábanas hasta quedar sentado.
Acababa de ocurrírsele un plan brillante y el alivio que sintió fue tan intenso que se echó a reír en la soledad de su habitación. La mejor oportunidad para comenzar a conquistar a April se la había brindado Millerna días atrás y él había estado tan sumergido en sus miserias que ni siquiera había considerado esa posibilidad.
Satisfecho consigo mismo, se levantó de la cama de un salto.
Aquella noche, Van fue incapaz de dormir. Hasta que el amanecer despuntó sobre las montañas del este estuvo dándole vueltas a su plan, una y otra vez. Y cuando consideró que la mañana había avanzado lo suficiente como para sacar de la cama a su mejor consejero sin parecer descortés, mandó llamar a Aro.
Éste se presentó en los aposentos reales veinte minutos después, colocándose aún la capa que le designaba como miembro del Consejo de Fanelia sobre la túnica.
— Necesito que hagas algo por mí, Aro— soltó Van a bocajarro en cuanto su consejero traspasó el umbral de la estancia y cerró la puerta a sus espaldas.
Aro parpadeó confundido durante unos segundos hasta que el significado de las palabras del ryujin penetró en su cerebro.
— Veo que ya os habéis decidido, majestad— comentó, con una sonrisa radiante.
Van asintió con fervor. Se había pasado la vida lidiando con circunstancias y acontecimientos que escapaban a su control. Había perdido a sus padres y a su hermano, se había visto obligado a madurar antes de tiempo para convertirse en rey de Fanelia, había tenido que superar todos sus miedos para pilotar a Escaflowne y liberar Gaia del yugo de Zaibach y, por último, había tenido que reconstruir un país arrasado por la guerra. Siempre había hecho lo que se esperaba de él pero jamás había tenido poder de decisión en aquellas situaciones que habían marcado su vida. Sus deseos y necesidades siempre habían estado al final de la lista de prioridades.
Hasta ahora.
— He estado pensándolo y ya sé lo que quiero— dijo Van, finalmente. Y sus ojos parecieron brillar como dos rubís bajo la luz escarlata de la aurora—. La quiero a ella.
Hola a todos!
Perdón por mi descomunal retraso con este capítulo pero faltan dos semanas para mis exámenes finales y me paso cada minuto que estoy despierta entre libros y apuntes. No me queda mucho tiempo para escribir, la verdad. Espero que el capítulo merezca todos los días de espera.
Como siempre, me gustaría dar las gracias por cada PM, cada lectura, cada visita, cada FAV, cada Follow y cada review que me dejáis y que me hace inmensamente feliz. Especialmente a: Annima90, MacrossLive, Luin Fanel, 7, Alice Cullen y Mara. Agradezco que os toméis el tiempo de dejar un comentario en esta historia porque me ayudan a seguir escribiendo en los días en los que es más difícil concentrarse o que mi musa se va de paseo. Miles de besos virtuales.
Por último, me gustaría responder los RR anónimos del pasado capítulo:
7: Gracias por tus buenos deseos, cariño. Ya estoy completamente recuperada, aunque sumergida en apuntes. Voy de Guatemala a Guatepeor. Me alegro mucho de que te gustara el capítulo. A ver qué opinas de éste. Miles de gracias y te mando cientos de besitos virtuales.
Alice Cullen: Mis disculpas por tardar tanto en subir el capítulo siguiente pero como digo, he estado muy ocupada =( agradezco tus buenas vibraciones. Estoy segura de que lo que viene ahora te va a gustar a ti que eres tan romántica. Disfruta del capítulo y te mando miles de besos y abrazos.
Mara: Siento haberte dejado picada tantos días, pero ya prometí que no dejaría este fic a medias. Sufro retrasos por cuestiones que se escapan a mi control pero hago lo posible por no demorarme mucho. Bueno... si soy sincera, cuando comencé a escribir esta historia sabía cómo quería que terminara pero no tenía claro como llegar a ese punto final. Así que para mí, sentarme a escribir era inventar sobre la marcha la historia. Ahora ya tengo un guión definido de lo que va a pasar y espero que te guste tanto como lo anterior. Gracias por estar ahí. Miles de besos.
En fin, eso es todo lo que quería decir.
Para consejos, tartazos, peticiones y amenas charlas... ya sabéis qué hacer. Os estoy esperando.
Love, Ela.
