Recomendación musical: Ed Sheeran — Photograph.
Capítulo 25: El baile de la rosa.
— ¡No pienso ponerme ese vestido, Millerna!— exclamó April, cruzando tercamente los brazos sobre el satén plateado de la elegante bata que la cubría.
— Pero si es precioso y resaltará el color de tus ojos— la contradijo Millerna.
April la miró durante unos segundos, sopesando las posibilidades de que la princesa de Asturia se hubiera vuelto loca.
— Y seguramente pareceré un pastel con él puesto— protestó finalmente, señalando las decenas de capas del vestido para demostrar su argumento—. Definitivamente no.
Millerna asintió, mientras se apresuraba a escoger otro vestido rápidamente. Aquello provocó que April suspirara frustrada por enésima vez en los últimos minutos. Desde que les había contado a sus amigas que Van la había invitado a acompañarle al baile de primavera llevaba horas encerrada entre las cuatro paredes de su habitación, probándose un vestido tras otro de la enorme colección de Millerna, y ya no podía más. Todos los vestidos que se había probado eran pesados, ostentosos y recargados. Le resultaba complicado andar con ellos y no hablemos ya de sentarse. Se sentía sumamente incómoda, insignificante y ridícula debajo de tanta ostentación.
A pesar de ello, lo había intentado con todas sus fuerzas. Aunque no tenía ni idea de lo que estaban buscando había seguido los consejos de Millerna ciegamente, convencida de que la princesa de Asturia tendría más experiencia que ella en aquel asunto. Pero no había funcionado. Los vestidos ya probados, que descansaban sobre un largo y dorado perchero, aumentaban por momentos, pero nada de aquello parecía desanimar a Millerna pues cuantos más vestidos sacaban las doncellas, más contenta parecía estar ella.
— No te preocupes April, encontraremos el vestido perfecto para ti antes o después— repetía sin cesar tras cada descarte.
Sin embargo, April empezaba a pensar que era imposible. Derrotada, se sentó sobre la cama y Merle se acurrucó junto a ella rápidamente para consolarla. La medio hermana del rey de Fanelia casi no podía creerse que Van por fin hubiera dejado de huir de sus sentimientos. Por eso, aunque odiaba esa clase de celebraciones, había decidido quedarse con April para asegurarse de que todo salía perfecto. Pero, después de estar encerradas en aquella habitación desde primera hora de la mañana, había comenzado a pensar que, tal vez, su hermano debería haber elegido como primera cita algo menos complicado que un baile de la alta aristocracia de Asturia. Merle compadecía a April con toda su alma, pues ¿quién en su sano juicio querría ponerse uno de esos recargados vestidos?
Ajena a los pensamientos de su amiga gatuna, April hundió los dedos en el suave pelaje de Merle intentando serenarse y, mientras lo hacía, se sintió estúpida por haber creído que aquello era buena idea. La petición de Van la había pillado tan desprevenida que no había pensado en los inconvenientes de su decisión. Ella no había nacido para llevar lujosos vestidos y codearse con la alta sociedad. Aunque, por un milagro, consiguieran encontrar un vestido que pudiera ponerse sin sentirse estúpida, ¿cómo demonios iba a lograr sobrevivir a toda una noche siendo la acompañante del mismísimo rey de Fanelia?
No sólo iba a protagonizar el ridículo más grande de toda su vida sino que también dejaría en mal lugar a Fanelia si metía la pata. Y estaba segura de que eso era exactamente lo que ocurriría. Lo mejor que podía hacer era detener toda esa locura antes de que fuera demasiado tarde. Por eso, cuando Millerna seleccionó un nuevo vestido para ella, April la detuvo con un ademán de la mano.
— Déjalo Millerna, esto es una pérdida de tiempo— murmuró mortificada ante la mirada confusa de aquellos ojos violetas—. No conseguiremos encontrar un vestido con el que pueda caminar sin tropezar con mis propios pies. Y aunque lo consiguiéramos, ¿qué demonios sé yo sobre protocolo? No tengo ni idea de cómo se supone que debo comportarme delante de tantas personas ilustres— Millerna y Merle intercambiaron una mirada de incredulidad pero no hicieron nada para interrumpirla—. No estoy preparada para esto. Debería ir a buscar a Van y decirle que no puedo acompañarle…
— Eso ni lo sueñes— la interrumpió Millerna ferozmente—. ¿Sabes a cuántas mujeres ha tenido Van como acompañantes en los últimos ocho años?
La princesa de Asturia hizo una dramática pausa de efecto mientras le lanzaba a April una dura mirada cargada de intenciones, pidiéndole silenciosamente que contestara la pregunta.
— ¿Cómo voy a saberlo?— repuso April, encogiéndose de hombros. De repente, no le apetecía continuar con aquella conversación pues imaginar a Van en compañía de otras mujeres, que seguramente serían preciosas y perfectas, le provocó un profundo aguijonazo de dolor—. Sólo llevo aquí unos meses.
Su actitud derrotista provocó que Millerna y Merle intercambiaran una nueva y significativa mirada a través de la habitación. Ambas parecían imaginar los pensamientos que rondaban por la cabeza de la joven pelirroja en ese instante. Por eso, se apresuraron a sacarla de su error.
— Ninguna April— aclaró Merle con una sonrisilla de suficiencia, al tiempo que palmeaba suavemente la mano de su amiga pelirroja—. Su majestad nunca le había pedido a ninguna mujer que fuera su acompañante.
Paralizada ante aquella relevación, April enmudeció, incapaz de encontrar las palabras adecuadas para expresar su sorpresa.
— Exacto. Tú eres la primera— apostilló Millerna triunfante ante el mutismo de April mientras se sentaba al otro lado de la joven de la Luna Fantasma—. Lo que Van acaba de hacer es un auténtico milagro y realmente desearía que pudieras apreciar lo importante que es. Siempre ha acudido a este tipo de celebraciones solo y, de repente, apareces tú y él está dispuesto a exhibirte delante de toda la corte como su acompañante.
April se sintió entonces embargada por un profundo sentimiento que jamás había experimentado. Tenía miedo de tantas cosas que no sabía que temor era más preocupante (no encontrar un vestido adecuado, olvidar el orden en el que debía usar la cubertería o tropezar con sus propios pies durante la recepción ocupaban las posiciones más altas del ranking) pero, a pesar de ello, las palabras de Millerna consiguieron atravesar su piel y colarse hasta el último rincón de su alma. Porque, en aquel momento, comprendió lo que significaba realmente la invitación de Van.
Mientras observaba a través de los cristales de la habitación como el sol de la tarde resplandecía sobre la bahía de Palas, April supo que, para alguien que se había pasado la mayor parte de su vida encerrado en una coraza que le mantenía aislado del mundo, aquella petición era todo un hito. Después de haber escuchado durante toda su infancia historias acerca del piloto de Escaflowne, April estaba al tanto de lo mucho que Van había sufrido. Y había cargado con el peso de su pasado y con la responsabilidad de gobernar y reconstruir Fanelia durante años. Solo. Siempre solo. Sin nada que aliviara su dolor ni su desdicha.
Y aunque fuese una estupidez de proporciones gigantescas, April deseaba consolarlo. Quería aliviar el tormento que habitaba en su corazón. Desvanecer el dolor de su pasado.
Quería darle esperanza.
Pero estaba asustada. Tenía miedo de no ser lo suficientemente buena para alguien como Van. Tenía miedo de decepcionarle. Y, sobre todo, tenía miedo de que el rey de Fanelia estuviera interesado en ella únicamente por el recuerdo perpetuo que atesoraba de Hitomi.
— Te he enseñado todo lo que necesitas saber, lo harás perfectamente— la tranquilizó Millerna—. Tú sólo relájate y deja que yo me encargue. Te prometo que jamás olvidarás esta noche.
April sonrió tímidamente a la mujer de ojos violetas, hasta que recordó que no todos los problemas estaban resueltos.
— Pero aún queda el asunto del vestido— le recordó a Millerna mientras señalaba el largo perchero atestado de prendas descartadas.
— No te preocupes por eso— repuso la princesa de Asturia con serenidad—. Tengo un vestido en mente que…
Pero April no llegó a saber qué tenía de maravilloso el vestido en el que pensaba Millerna. En aquel preciso instante unos firmes golpes en la puerta resonaron en el dormitorio. Las tres mujeres guardaron silencio durante unos instantes.
— ¿Quién será a estas horas?— preguntó Merle, incorporándose de un modo muy gatuno sobre la cama. April se encogió de hombros como respuesta y miró a Millerna, que le devolvió la mirada confundida, antes de apresurarse a abrir la puerta de la habitación.
— Buenas tardes, mis señoras—dijo una voz amable al otro lado del umbral.
April se sorprendió al descubrir a Harold ante la puerta de su dormitorio, llevando orgullosamente la larga capa roja que lo distinguía como miembro del Consejo de Fanelia sobre la sencilla túnica negra, mientras sujetaba precariamente una pila de paquetes de diversos tamaños bajo el brazo derecho.
— ¿Puedo pasar, mi señora?— preguntó el consejero casi sin aliento, haciendo verdaderos esfuerzos para sostener aquellos extraños paquetes con ambas manos. Las palabras de Harold consiguieron sacar a April de su estado de estupor, pues se había quedado inmóvil de asombro en el umbral, obstaculizando la entrada al dormitorio.
— Por supuesto— balbuceó ella, haciéndose a un lado para permitirle el paso.
Tambaleándose un poco bajo el peso de su carga, Harold logró abrirse camino por la atestada habitación hasta alcanzar la enorme cama adoselada en la que April dormía. Con cierto esfuerzo, depositó el montón de paquetes sobre las suaves e inmaculadas sábanas y suspiró de alivio, al saberse libre por fin.
— Siento mucho la interrupción, mis señoras— se disculpó el consejero, acompañando sus palabras con una afable sonrisa—. Pero traigo un pedido urgente para la señorita April que no puede esperar.
— Pero yo no he pedido nada— repuso ella, cada vez más confusa.
Sin dejar de sonreír, como si aquella situación le hiciera inmensamente feliz, Harold se inclinó sobre la pila de paquetes que había esparcido poco antes encima de la cama y seleccionó el más grande y pesado de todos. Luego, lo colocó a los pies de la cama e instó a April a abrirlo con un ademán de la mano.
— Creo que esto responderá todas vuestras dudas.
April intercambió una mirada de total desconcierto con Millerna y Merle. Sin embargo, la curiosidad ganó la batalla y, con cierta inquietud, April se aproximó hasta la cama para abrir el paquete que descansaba sobre las sábanas. Sus amigas siguieron sus pasos, interesadas también en averiguar el contenido de aquel paquete. En cuanto April se deshizo del envoltorio, de un color marrón desvaído, lanzándolo descuidadamente sobre el mármol del suelo, descubrió una enorme caja cuadrada de color blanco. Incapaz de contenerse, se inclinó para soltar la cinta que cerraba la caja y levantó la tapa de un tirón.
Entonces, sintió que su corazón dejaba de latir momentáneamente. Aunque escuchó claramente el sonoro jadeo de Millerna a su espalda, April no pudo concentrarse en otra cosa que no fuera el vestido que descansaba sobre el blanco fondo de la caja. Sus manos temblaron mientras sacaba la prenda, conteniendo la respiración y sosteniéndola en alto para apreciarla en su totalidad.
En cuanto abandonó la caja, el vestido se extendió como una caricia hasta tocar el frío mármol de la estancia. Millerna volvió a jadear de gozo, pero nadie pudo culparla pues era tan hermoso que todos los presentes se quedaron, por un momento, sin palabras.
El vestido, que iba cerrado a la espalda por una preciosa línea de botones de perlas y se ajustaba bajo el pecho con un delicado cinturón bordado con aplicaciones de plata y pedrería, parecía haber sido confeccionado con dos telas totalmente diferentes. La inferior, que sobresalía en el escote y aparecía de nuevo en la bajo falda, era de un satén plateado y brillante. La superior, de un azul oscuro y profundo, cubría completamente el torso, los hombros, los brazos y la espalda, cayendo en suaves pliegues hasta el suelo. Sobre cada una de las mangas, que llegaban hasta las muñecas, habían añadido una pieza de gasa del mismo tono azulado, que nacía de los hombros como si formara una segunda manga y fluía abierta sobre los brazos, deslizándose hasta el suelo con la sedosidad característica de la gasa.
Además, el vestido había sido cortado con habilidad creando una abertura en la parte frontal de la falda, allí la tela azulada se abría magistralmente dejando al descubierto la tela inferior plateada.
Era impresionante. Imponente. Maravilloso.
Ignorando a los presentes, April recorrió, casi a la carrera, la distancia que la separaba del enorme espejo de pie que Millerna había instalado en el centro de la habitación a primera hora de la mañana. Acomodando el vestido sobre su cuerpo, se detuvo para contemplar su reflejo y notó como la admiración teñía sus facciones. Por primera vez en todo el día, April Ryan sonrió ante la imagen que le devolvía el espejo.
Podía imaginarse a sí misma acompañando a Van llevando puesto aquel vestido. Era magnífico. Aunque no estaba segura de que ella, con su sencilla figura, pudiera hacerle justicia. Sonriendo a pesar de sus tribulaciones, April giró para encarar a los presentes.
Entonces descubrió que todos la miraban expectantes.
— ¿Qué os parece?— inquirió finalmente, con voz nerviosa e insegura.
— Creo que todos estamos de acuerdo en que no hay necesidad de seguir buscando— anunció Millerna con los ojos brillantes y una sonrisa adornando su bello rostro mientras se acercaba hasta April para admirar la magnífica prenda más de cerca—. No hay duda de que es el vestido perfecto para ti.
Harold y Merle asintieron con fervor, como si quisieran corroborar las palabras de la princesa de Asturia. April les sonrió agradecida antes de volver a contemplar su reflejo en el espejo.
— ¿Dónde lo habéis conseguido, Harold? Debe haberos costado una fortuna— observó April algo incómoda. Un nuevo y tortuoso pensamiento atravesó su cerebro haciéndole sentir que el globo de felicidad que había experimentado en los últimos minutos acababa de pincharse: ella no tenía forma de pagar aquel magnífico vestido.
— No os angustiéis por eso, mi señora— dijo Harold en tono tranquilizador—. Este vestido es una reliquia familiar de los Fanel que perteneció a la difunta reina Varie y que nadie ha usado desde hace años. Lo único que debe preocuparos es que esté pasado de moda.
Una nube de desencanto nubló el rostro de April, que giró rápidamente para mirar al consejero con los ojos muy abiertos.
— ¡No puedo usar un vestido de la madre de Van!— replicó April en un tono de voz compungido y estrangulado. Horrorizada, depositó suavemente el vestido sobre el lecho como si temiera que alguien pudiera verla sosteniéndolo—. Debéis devolverlo inmediatamente al lugar que le corresponde. No quiero ni pensar en lo que dirá Van si descubre…
— Mi señora, no debéis inquietaros por nada— la interrumpió Harold, acercándose hasta ella y sosteniéndola delicadamente por las muñecas para obligarla a mirarlo a los ojos—. Yo sería incapaz de actuar sin el consentimiento de su majestad. Estoy aquí siguiendo sus órdenes.
Se hizo un silencio absoluto en la habitación. Hasta Merle se había quedado muda. Pero especialmente April, que sintió como si cada terminación nerviosa de su cuerpo se hubiese paralizado ante aquellas palabras.
— El propio rey ha elegido personalmente este vestido para vos, mi señora— explicó Harold, al cabo de unos cuantos minutos de asfixiante mutismo. Sin embargo, al comprobar que April continuaba sin poder pronunciar palabra, añadió—: Si no me creéis, aquí tengo una prueba.
Del bolsillo frontal de su túnica, Harold extrajo un grueso sobre de color marfil que le tendió amablemente a la joven que permanecía de pie frente a él.
— Hay una nota dentro, dirigida a vos.
Con manos temblorosas April recibió el sobre de manos del consejero y notó que estaba hecho de un papel grueso y que había sido lacrado con un sello de cera carmesí que portaba orgulloso el emblema de Fanelia. Bajo la atenta mirada de Merle y Millerna, April inspiró con fuerza y rasgó el lacrado de un tirón.
El sonido que produjo el papel pareció reverberar en la habitación.
Una vez abierto, April se detuvo unos segundos al comprobar que en el interior había un trozo de papel doblado en dos, efectivamente dirigido a ella. Su nombre refulgía bajo el sol de aquella tarde gracias a la tinta negra con la que estaba escrito. La letra era de trazo elegante y resuelto. Con el corazón en la garganta, April desdobló el papel y leyó:
El azul ha sido el color de la casa Fanel desde hace generaciones… ¿me honrarías llevando los colores de mi familia esta noche?
V.
Incapaz de hacer frente a la marea de sensaciones que la asolaba, April alzó la vista y clavó su verde mirada en el vestido que descansaba sobre la cama. Muy lentamente, se acercó hasta él y paseó los dedos por la suave tela de la falda. Van se había tomado la molestia de elegir aquel vestido especialmente para ella. Un vestido que antaño perteneció a su propia madre. Y le estaba pidiendo a ella que lo llevara. April no podía sentirse más honrada.
Pero aún había cientos de cosas que temer, cientos de cosas que podían salir mal.
Tal vez aquella noche fuera la mejor de su vida. O tal vez acabara siendo un desastre.
Ella no lo sabría a no ser que se arriesgara.
Y April Ryan jamás había sido una mujer cobarde. De vez en cuando había cometido unas cuantas estupideces, pero nunca había permitido que sus temores gobernaran sus decisiones. Ella se enfrentaba la vida y ella no iba a tener miedo con Van
Respirando profundamente para armarse de valor, April tomó el vestido y se encaminó hacia el baño, seguida de Millerna que se apresuró a entrar tras ella con una sonrisa satisfecha en los labios y el resto de paquetes de Harold debajo del brazo, y cerró los ojos permitiendo que las doncellas de Millerna hicieran su trabajo. Éstas invirtieron unas dos horas completas en dejar perfecto cada centímetro cuadrado de su cuerpo. Y justo cuando el sol se ponía sobre la bahía de Palas, April se deslizó a través de la puerta del cuarto de baño con el vestido danzando a su alrededor como una cascada azulada.
— ¡Oh, April!— gritó Merle efusivamente, nada más verla—. ¡Estás perfecta!
April le devolvió una sonrisa nerviosa de agradecimiento como respuesta y, en ese instante, notó que Harold ya no estaba en la habitación.
— ¿Dónde se ha metido Harold?
— Ha tenido que marcharse hace unos minutos— respondió Millerna, que se había colocado ya un hermoso vestido tan violeta como sus ojos sobre su esbelto cuerpo y una tiara de diamantes sobre sus dorados cabellos—. Y nosotras también deberíamos irnos, el baile está a punto de empezar— ante aquellas palabras April sintió que comenzaba a hiperventilar.
"Contrólate", se ordenó a sí misma. No había estado tan nerviosa en años. Pero por otra parte, no había estado tan intrigada por un hombre… nunca.
Sólo la idea de que Van la estaba esperando abajo pudo darle a April la entereza suficiente para conseguir que su cuerpo se pusiera en movimiento, permitiendo que Merle y Millerna la sacaran de la habitación.
…
— ¿Has podido hacer lo que te pedí?— preguntó Van a su consejero en cuanto Harold hizo entrada en los aposentos del rey de Fanelia.
— Por supuesto, majestad.
Van asintió sonriente y luego guardó silencio mientras se abotonaba los botones de la lujosa camisa que había escogido para lucir esa noche. Ataviado con un pantalón negro y unas botas altas marrones, había elegido aquella camisa porque sabía que combinaría armoniosamente con el vestido que April llevaría, ya que estaba hecha de delicada seda azul y tenía los puños y el cuello bordados con hilos de exquisita plata.
Aquel había sido su plan desde el principio. Aunque invitar a April al baile antes de que alguien más se le adelantara sólo había sido el primer paso. Sin embargo, y para su sorpresa, la primera fase de la operación resultó más sencilla de lo había supuesto. Ella aceptó su propuesta rápidamente, despejando el camino para poner en marcha el resto del plan.
Pero, a pesar de tan buen inicio, Van no podía confiarse porque la segunda fase era tan crucial como la primera. Él sabía lo mucho que a la pelirroja le desagradaban ese tipo de celebraciones y si permitía que Millerna vistiera a April con las ropas típicas de Asturia, sería imposible que ella dejara de sentirse como una invitada extranjera rodeada de nobles y cortesanas. Entregándole la vestimenta de su propia familia, el ryujin buscaba que April pudiera identificarse a sí misma como una faneliana más y, así tal vez, llegara a considerar Fanelia como su propio hogar. Además, había otra motivación detrás de sus acciones y es que, aunque sólo fuera por una vez, Van no quería ser el único que portara los colores de la casa Fanel.
Afortunadamente para él, su plan parecía estar funcionando. Y ello pese a todos los riesgos a los que se enfrentaba si todo salía bien, pues Van era consciente de que, cuando la corte de Asturia le viera en compañía de April, los rumores sobre su relación no tardarían en llegar a Fanelia.
Pero nada de aquello le importaba.
Toda su vida se había sentido atado a un destino del que no quería ser parte. Atrapado entre el campo de batalla y sus obligaciones como monarca, entre la armadura de Escaflowne y la corona de Fanelia. Lo que de verdad deseaba era una sola noche de libertad para ser un hombre normal que pudiera tomar decisiones que sólo afectaran a su propia vida.
Y aquella podía ser esa noche. Van estaba decidido a que lo fuera.
Cuando hubo terminado de abrocharse la camisa, el ryujin se acercó lentamente hasta la cama en la que reposaba la capa azul y plata que complementaba su indumentaria.
— Permitidme, majestad— pidió Harold cuando Van estaba a punto de colocársela él mismo. El ryujin asintió lentamente y, con agilidad y maestría, el anciano consejero hizo ondear la prenda sobre los hombros del rey, acomodándola correctamente. La capa cubría completamente el hombro izquierdo y dejaba el derecho parcialmente descubierto, donde Harold la sujetó firmemente con un broche plateado que tenía grabado el emblema de Fanelia.
— Aún no sé por qué no solicitáis la presencia de algún mozo de cámara para que os ayude a preparaos— comentó el consejero, mientras alisaba las pequeñas arrugas que habían quedado en los pliegues de la capa.
— Prefiero hacerlo solo— respondió Van con sinceridad mientras se contemplaba a sí mismo en el enorme espejo que descansaba en el rincón de la estancia.
— En ese caso, ya estáis casi listo. Sólo falta un pequeño detalle…
Harold se acercó hasta el tocador del dormitorio para abrir la gran caja de terciopelo negro que reposaba sobre la madera. La tapa cedió con un pequeño crujido ante el empuje de sus dedos, dejando al descubierto la corona de Fanelia, que brillaba a la tenue luz de la habitación rodeada de raso negro. La imagen de un dragón alado, magníficamente tallada en pura plata, ocupaba la parte central de la pieza, mientras la banda, delicada y estrecha, tejía una frágil red de resplandecientes diamantes a su alrededor.
Con un gesto reverencial, Harold sacó la corona de la caja y la depositó con cuidado sobre los oscuros cabellos del ryujin.
— Vuestro padre estaría tan orgulloso de vos…— murmuró el consejero, palmeando con devoción los hombros de Van. Luego, visiblemente emocionado, añadió—: Larga vida al rey.
Van sonrió agradecido ante las palabras de Harold hasta que unos golpes en la puerta anunciaron que, por fin, había llegado el momento que tanto había planeado.
April le estaba esperando y él no pensaba llegar tarde.
…
— Van, ¿te importaría dejar de moverte? Me estás mareando— recriminó Dryden cuando el ryujin comenzó a pasear de nuevo por el blanco e imponente vestíbulo del palacio real de la familia Aston—. Millerna y April bajarán de un momento a otro, ¡tranquilízate, viejo amigo!
El príncipe de Asturia y el rey de Fanelia esperaban a sus acompañantes cerca de la escalinata de mármol que decoraba la planta baja del castillo desde hacía unos minutos. Y Van parecía incapaz de mantener sus nervios bajo control por más tiempo.
— Pero, ¿por qué tardan tanto?— masculló, inquieto, sin perder de vista la parte más alta de la escalera.
Dryden se encogió de hombros y murmuró entre dientes un elocuente: "cosas de mujeres". Pero el rey de Fanelia ya no le escuchaba. Millerna y April acababan de aparecer y para Van, en ese instante, se hizo el silencio mientras contemplaba cada ínfimo detalle de la mujer que no podía sacarse de la cabeza.
April, por su parte, notó como su corazón empezaba a latir de forma audible contra sus costillas en cuanto el amplio vestíbulo de palacio se abrió ante ella. De repente, un profundo estremecimiento la recorrió y supo con total seguridad que Van había clavado sus ojos en ella. Sin embargo, April hizo lo posible por rehuir la mirada del rey de Fanelia pues tenía ante sí un largo tramo de escalones con el que lidiar y no quería distracciones.
Pero, tan pronto como sus pies dejaron atrás las traicioneras escaleras, April le buscó con una mirada ansiosa. Durante unos segundos, la distrajo la primaveral decoración del vestíbulo y el desfile incesante de invitados, ataviados con prendas de infinidad de colores. Sin embargo, todo aquello dejó de importar en cuanto le localizó, de pie junto a Dryden, y sus miradas se encontraron.
Vestido con un uniforme azulado, que combinaba a la perfección con su propio vestido, Van portaba una corona cuyo resplandor plateado acentuaba realmente el negro de sus ojos.
Ella podía jurar que nunca en su vida había visto a un hombre más atractivo que él.
A duras penas, April le sostuvo la mirada mientras ella y Millerna se acercaban hasta ellos con paso firme.
Van, que había clavado la vista en April en cuanto la vio aparecer, sonrió encantado cuando las mujeres los alcanzaron. Tal y como exigía el protocolo, saludó a Millerna en primer lugar pero lo hizo lo más rápido que pudo, sin llegar a ser descortés. Y, aunque la princesa de Asturia estaba impresionante con su vestido violeta y su tiara de diamantes, Van ni siquiera le dedicó una mirada.
Sólo tenía ojos para April. El cabello tan rojo como el fuego caía, enmarcando su rostro, en suaves ondas que estaban recogidas elegantemente hacia un lado por un juego de peinetas plateadas. El ligero vestido azul que usaba hacía que sus ojos brillaran radiantes y la tela parecía mecerse a su alrededor como acariciada por un viento invisible.
Definitivamente, era la mujer más hermosa que había visto en la vida.
Muy cerca de Van y April, los príncipes de Asturia contemplaban atentamente la escena. Al cabo de unos momentos, intercambiaron una rápida mirada de comprensión y, excusándose muy sutilmente, se alejaron de ellos para concederles un poco de intimidad.
Cuando se quedaron solos, el ryujin acabó con la distancia que los separaba.
— Hermoso— murmuró él con voz ronca, sólo que no estaba mirando el vestido. Tenía la mirada clavada en ella, en su rostro. Sin previo aviso, Van tomó la mano de April con delicadeza, se la llevo a la mejilla y cerró los ojos como si tocarla fuera el placer más grande que pudiera imaginar.
Durante unos segundos maravillosos, el mundo entero desapareció para él. Y cuando regresó a la realidad, ella le recibió con una sonrisa cálida y encantadora. Estaba tan hermosa con sus grandes ojos verdes resplandeciendo en su pálido rostro de diosa. Van quería decirle muchas cosas pero, de momento, debía esperar pues las enormes puertas doradas que daban acceso a los salones del palacio se abrieron con un estruendoso crujido.
— Es nuestro turno— dijo Van con una sonrisa torcida. Galantemente, le tendió el brazo a April, que se ruborizó graciosamente antes de asentir como respuesta y tomar el brazo que él le ofrecía.
El baile de primavera de Palas acababa de comenzar.
…
La servidumbre hizo pasar a los invitados, poco a poco, hasta el comedor principal de palacio en una lenta y organizada comitiva. En el interior, miles de flores y guirnaldas de suaves colores recubrían los muros y cruzaban el techo sobre el centenar de mesas redondas, alumbradas con velas, que habían diseminado a lo largo de la estancia, cada una con capacidad para unas doce personas.
Van guio a April hasta una mesa situada en el centro del comedor y, caballerosamente, retiró la silla para que ella se sentara. Pero April, poco acostumbrada a ese tipo de trato, acabó sentándose en la silla adyacente que estaba libre. No fue hasta que levantó la vista y se encontró con la mirada sorprendida de Van que se dio cuenta de las intenciones del ryujin.
— ¡Oh, perdón!— se disculpó atropelladamente, sintiéndose estúpida—. No imaginaba que tú…
Pero Van, lejos de parecer molesto, tomó asiento junto a ella, haciendo verdaderos esfuerzos por sofocar la risa.
— Tendré que ser más rápido la próxima vez— comentó, fingiendo lamentarse por la oportunidad perdida.
Cuando todos los invitados se hubieron acomodado, el paje real anunció la entrada de la familia real de Asturia. A la cabeza de la comitiva caminaba el anciano rey Grava, tras él su hija Millerna (acompañada de Dryden, que había sustituido su habitual traje de aire bohemio por el uniforme oficial de la casa Aston) y, por último, la princesa Eries, vestida de verde. Todos los presentes aplaudieron mientras cruzaban la entrada y se dirigían a una amplia mesa principal situada en un extremo del salón.
En cuanto los anfitriones tomaron asiento, un pequeño ejército de sirvientes comenzó a servir la cena a los cientos de invitados. April, que se había pasado el día temiendo ese momento, respiró profundamente y miró la lujosa cubertería que descansaba sobre el mantel intentando recordar el orden en el que debía utilizarla.
— Nadie se dará cuenta si utilizas el cuchillo de la carne para cortar el pescado— la tranquilizó Van, apretándole cariñosamente una mano bajo la mesa—. Pero intenta no hacerlo al revés, cortar carne con el cuchillo del pescado es algo complicado.
Ambos se echaron a reír y tuvieron que contener la risa cuando uno de sus compañeros de mesa les lanzó una mirada de desaprobación.
— Si piensan que te estás divirtiendo no me dejarán acompañarte nunca más. Así que será mejor que parezca que estás sufriendo— comentó April en un susurro, para que nadie más pudiera escucharles, ganándose otra sonrisa de parte del ryujin.
La cena trascurrió, para satisfacción de April, sin ningún tipo de incidente. Fue capaz de recordar el orden de los cubiertos e, incluso, entabló una frívola conversación con la duquesa asturiana que ocupaba el asiento contiguo al suyo propio y que parecía muy interesada en conocer cada detalle del look de April. Pero, para ella, lo más sorprendente fue poder contemplar en primera persona las habilidades de Van en el terreno político. Ya sabía, por las historias de su madre, que el rey de Fanelia era un líder nato y un guerrero implacable en el campo de batalla pero nunca pudo imaginarse que también fuera un hábil diplomático, culto e inteligente.
Pero, tras observarle interactuar con otros invitados durante un minutos, April pensó que debería haberlo imaginado. Después de todo, Van se había pasado la mayor parte de su vida preparándose para ser rey y, era evidente, que nadie lo hacía mejor que él.
Cuando el banquete terminó, los comensales fueron conducidos a una hermosa antesala de suelos de mármol y altos techos plagados de vidrieras, engalanada con una larga alfombra carmesí por la que desfilaron todos los invitados. Uno a uno, los pajes reales anunciaron el nombre y el título de los distintos nobles, damas, caballeros, reyes y reinas que fueron atravesando ordenadamente las acristaladas puertas que daban acceso al salón de baile.
April, colgada de nuevo del brazo de Van, miraba con tanto interés las hermosas vidrieras que no advertía lo que se le venía encima.
— ¡Vamos!— le susurró el ryujin, sacándola de su ensimismamiento—, ¡es nuestro turno!
Van tiró de ella con suavidad y April se dejó arrastrar sobre la mullida alfombra carmesí, concentrándose en no tropezar e intentando controlar sus nervios. Aunque las miradas envidiosas que le dedicaron varias mujeres al pasar no se lo pusieron nada fácil. Sonrojada y evitando cuidadosamente mirar a nadie, caminó junto a Van hasta el final del recorrido. Entonces, las enormes puertas de cristal se abrieron ante ellos silenciosamente y el paje real anunció su entrada con toda la solemnidad y la ceremonia que exigía el protocolo:
— Su majestad, el rey Van Fanel de Fanelia.
En el instante en el que atravesaron las puertas, se encontraron en la parte alta de una imponente escalinata de mármol, cuyo pasamanos dorado estaba cuajado de flores, y que desembocaba en la estancia más majestuosa que April había visto en su vida. Los suelos de mármol brillaban a la luz de las cientos de velas que pendían de los inmensos candelabros dorados del techo. Por su parte, el muro exterior que daba al jardín, había sido totalmente reemplazado por una descomunal vidriera y ofrecía unas impresionantes vistas de la bahía de Palas.
A la izquierda de la entrada, sobre un altillo del suelo, tocaba un grupo de músicos uniformados. La melodía sonaba muy fuerte y subía flotando por las escaleras junto con la fragancia de un millón de rosas mientras decenas de mozos se apresuraban a atender a los invitados.
— Se supone que tenemos que bajar— advirtió el ryujin, que no perdía detalle de las reacciones de April.
— Vale. Pero no dejes que me caiga— rogó ella en un susurro al tiempo que sujetaba con la mano libre la falda de su vestido. Como respuesta, Van sujetó con más firmeza la mano femenina que descansaba sobre su brazo mientras descendían lentamente los escalones.
Cuando llegaron abajo, Van y April se entretuvieron unos minutos deambulando entre los invitados, tomados del brazo. El ryujin, que parecía conocer a todo el mundo, se encargaba de explicarle a April quién era quién en aquella multitud, aunque a ella le resultaba difícil recordar todos los nombres y sus correspondientes títulos.
— ¡Cuánto tiempo, majestad!— exclamó un hombre alto de ojos azules y pelo castaño mientras se acercaba a ellos—. Me estaba preguntando si lograríais venir.
— Es un placer que nos volvamos a ver, Guilad— le saludó Van con afecto. Luego, volviéndose hacia April con una sonrisa orgullosa, añadió—: Permitidme que os presente a April Ryan, ella es mi acompañante esta noche. April, éste es Guilad. Un gran amigo de Fanelia y uno de los senadores más jóvenes y prometedores de Basram.
— No le escuchéis, mi señora. Me estima mucho más de lo que merezco— comentó el senador mientras dirigía toda su atención hacia April—. Pero me alegra comprobar que hoy habéis traído compañía, para variar. Y una compañía tremendamente hermosa, debo añadir.
April se sonrojó, dividida entre el halago y la vergüenza.
— Para mí también es un placer conoceos, mi señor— saludó finalmente, inclinándose de forma respetuosa, tal y como Millerna le había enseñado, bajo la atenta mirada de Van.
— Puedo aseguraos que el placer el mío y sería un honor para mí entregaos esto…— Guilad le tendió a April una hermosa rosa de pétalos carmesí, clavando en ella una mirada llena de interés—… si a su majestad no le importa, claro está.
— Deberíais preguntárselo a ella, Guilad— sugirió Van con voz repentinamente monocorde—. Es su opinión la única que cuenta.
— ¡Por supuesto, qué descortesía por mi parte!— exclamó Guilad y, dirigiéndose directamente a April, continuó—: Mi señora, ¿aceptaríais este pequeño obsequio de parte de un humilde senador?
April alzó la mirada para mirar a Van, insegura. Él se limitó a asentir para infundirle ánimo y ella, que no encontró un motivo válido para negarse, terminó extendiendo la mano libre para recoger la rosa mientras agradecía el regalo, algo incómoda.
— Ni lo mencionéis… si todas las fanelianas son tan hermosas como vos deberé empezar a considerar un cambio de residencia.
Aquellas palabras lograron arrancarle a April un nuevo sonrojo. Por eso, no pudo evitar alegrarse cuando Guilad, finalmente, se despidió de ellos y volvieron a quedarse solos.
— ¿A qué ha venido todo esto? ¿Por qué se ha tomado tantas molestias para regalarme una simple rosa?— inquirió April al cabo de unos minutos de absoluto silencio.
Van guardó silencio unos instantes, sopesando su respuesta y tratando de reprimir la ira que le había dejado comprobar el interés que April despertaba en Guilad.
— El baile de primavera de Asturia se conoce también como el "baile de la rosa" porque todos los hombres que hayan sido invitados regalan rosas a las damas con las que desean bailar. Y, cuando la familia real abre el baile, las damas eligen, de entre todos sus pretendientes, aquel con el que desean compartir la primera pieza— explicó el ryujin, contemplando la cara horrorizada de April—. Creía que Millerna te lo había explicado.
— Olvidó mencionar ese detalle— respondió ella con voz débil—. ¿Y si no quiero bailar con nadie? ¿Y si me marcho sin que me vean antes de que tenga que elegir a alguien?
— Me temo que no puedes hacerlo sin parecer descortés, pues todos los hombres que te hayan entregado una rosa estarán pendientes de tu elección— objetó Van, repentinamente divertido por la expresión torturada de April—. Y créeme, dudo mucho que Guilad vaya a ser el único interesado en bailar contigo esta noche.
Y, para consternación de April, Van estaba en lo cierto. A lo largo de los siguientes cuarenta y cinco minutos, recibió seis rosas más con su correspondiente dosis de sonrojo y vergüenza.
— ¿Tienes ya algún candidato en mente?— le preguntó Van con sorna cuando el último pretendiente se hubo marchado, tras entregarle una nueva rosa.
April le lanzó una mirada enfurecida.
— Me alegra que estés disfrutando tanto de mi sufrimiento.
Van se echó a reír disimuladamente mientras caminaban tomados del brazo cerca de las puertas de cristal que daban al jardín.
— No disfruto de tu sufrimiento— la contradijo él, soltándola para quedar frente a frente—. Tan sólo quiero que estés preparada. La familia real estará aquí de un momento a otro, deberías decidir ya.
Van tenía razón, por supuesto, el momento se acercaba y April era incapaz de elegir. En realidad, sólo había una persona con la que le apetecía bailar pero no parecía que Van estuviera dispuesto a regalarle una rosa. Así que, ¿qué opciones le quedaban?
— No me presiones— susurró ella, mortificada, en el preciso instante en que las acristaladas puertas que daban acceso al salón volvían a abrirse y los pajes anunciaban a la concurrencia la llegada de los anfitriones.
April nunca se había alegrado menos de ver a Millerna.
Mientras la familia real descendía en comitiva la escalinata de mármol, las mujeres presentes en el salón comenzaron a recorrer la sala, entre murmullos de entusiasmo y nerviosismo, para regalar sus rosas a aquellos hombres con los que deseaban compartir el primer baile.
Sin embargo, April era incapaz de moverse.
Sus ojos verdes vagaron por la estancia, buscando una salida que no implicara tener que bailar con un completo desconocido. Entonces, se volvió hacia Van para pedirle consejo y, cuando lo hizo, descubrió que el rey de Fanelia sostenía una rosa carmesí en la mano derecha.
— Por si quieres considerar otro candidato.
Sus ojos eran de una intensidad deliciosa cuando pronunció con voz seductora aquellas palabras y extendió la rosa hacia ella. Por un momento, April sintió que el aliento se le quedaba atascado en la garganta. Sus manos temblaron, delatándola, cuando recogió la flor de manos de Van.
— Esperaré fuera hasta que hayas terminado— masculló él, apartando con rapidez la mirada al sentir que se ruborizaba. ¡Joder! No se había sonrojado desde que era un adolescente.
Entonces, Van se alejó velozmente de April. Pero ella no le detuvo y aquello contribuyó a aumentar las ganas que tenía el ryujin de marcharse cuanto antes. Atravesó la estancia, esquivando invitados que ya se preparaban para comenzar a bailar y salió al jardín por la puerta acristalada que estaba abierta. Una vez lejos del salón de baile, el ryujin se encontró rodeado de arbustos, caminos serpenteantes y grandes estatuas de piedra. Se oía el rumor del agua, probablemente de una fuente mientras el centelleo de las luces de colores que había repartidas por la rosaleda iluminaba la senda que cruzaba el jardín.
El rey de Fanelia se sentó en uno de los bancos labrados que decoraban aquel oasis del palacio de los Aston y contempló como el mar bañaba la ciudad de Palas reflejando las estrellas.
En ese instante supo que se estaba comportando como un imbécil. Debería haber esperado a que April eligiera una pareja de baile antes de marcharse pero no había querido que ella se sintiera obligada a elegirle a él sólo porque la había invitado, porque era su acompañante esa noche. April tenía derecho a escoger al hombre que quisiera de entre los que atestaban el salón. Hombres que estarían encantados de compartir con ella aunque sólo fueran unos minutos. Hombres que no habían tenido que luchar contra sí mismos toda la noche para atreverse a entregarle una simple rosa. Hombres de posición envidiable pero que no cargaban con un pasado o unas responsabilidades como las suyas.
Había sido estúpido imaginar que era siquiera posible que April le eligiera. Y él no podía permitirse sentir celos de aquel al que ella escogiera.
Por eso había preferido esperar fuera a que todo terminara.
La música comenzó a sonar en la lejanía, procedente de la banda de músicos que tocaban en el salón, cortando el hilo de sus pensamientos. Van se acomodó sobre la dura piedra del banco, dándole la espalda al jardín, mirando el mar en completo silencio e imaginando que April le había escogido a él y que bailaba con ella en medio de la pista, contemplando su sonrisa.
Y así lo encontró April, tan absorto en sus pensamientos que ni siquiera escuchó los pasos que le habrían alertado de que ya no estaba solo. Ella se detuvo a unos metros de él, contemplando como la luz de las dos lunas recortaba su figura casi como si le estuviera acariciando.
Intentando hacer el menor ruido posible, April se acercó lentamente hasta situarse detrás de él. Entonces, dejó caer con suavidad sobre la piedra del banco la rosa que Van le había entregado minutos atrás.
— Me debes un baile— le dijo, sonriendo tímidamente.
El ryujin se sobresaltó al escuchar su voz y ver la rosa caer a su lado. Confundido, clavó su oscura mirada primero en la flor y luego en ella, intentando averiguar el significado de las palabras de April.
— ¿Qué estás haciendo aquí?— quiso saber, incorporándose con cautela.
— Ya te lo he dicho… me debes un baile— repitió April, lanzándole una mirada inquisitiva.
Van la miró con una expresión tan perpleja que era casi cómica.
— ¿Aquí?, ¿ahora?— preguntó vacilante, señalando el jardín que los rodeaba con una mano.
April puso los ojos en blanco como si aquellas preguntas la exasperaran.
— Sí, aquí y ahora.
— Pero el baile se celebra dentro— insistió Van, incapaz de comprenderla.
Ella frunció el ceño. Era una expresión delicada que él encontró dulce.
— ¿Y eso qué importa? Tú y yo estamos aquí y no necesitamos a nadie más.
Van sopesó las palabras femeninas durante un segundo y se dio cuenta de que eran completamente ciertas. Ninguno de los invitados a ese baile significaba para él tanto como la mujer que estaba a su lado. Lo único que él ansiaba era que April recordara aquella noche durante el resto de su vida y eso era exactamente lo que ella le estaba ofreciendo.
Con una perversa sonrisa burlona adornando sus labios, el rey de Fanelia se levantó rápidamente del banco en el que había permanecido los últimos minutos. Al verle tomar la iniciativa, April sonrió en respuesta y le invitó a acercarse. Van lo hizo velozmente, como si no deseara perder más tiempo, acabando con la distancia que los separaba en cuestión de segundos. Cuando estuvo junto a ella, sus ojos oscuros pidieron silenciosamente permiso para ir más allá, para tocarla como ansiaba desde hacía horas. April se limitó a enroscar los brazos en torno al cuello del rey, que interpretó aquel gesto como una autorización para tomar con delicadeza las caderas femeninas, acercándola aún más a sí mismo
— Te advierto que no soy muy buen bailarín— reconoció antes de inclinarse levemente para atraerla hacia su pecho, estrechándola firmemente contra él. Cada curva del cuerpo femenino quedó encajada con su propio cuerpo y Van sintió que el fuego se desataba en su interior sin control, haciéndole estremecer.
— No te preocupes— le dijo ella con una sonrisa tranquilizadora—. Podemos aprender juntos.
Él se echó a reír por su comentario antes de comenzar a moverse suavemente, al compás de la música que llegaba hasta ellos desde el salón, con April entre sus brazos, la más hermosa compañía que hubiera soñado jamás. Y allí, lejos de todo y de todos, con el mar de fondo y las estrellas como únicos testigos, bailaron olvidándose del mundo que les rodeaba. Durante ese pequeño lapso de tiempo todo desapareció para ellos. Ya no eran Van Fanel y April Ryan, el rey de Fanelia y la chica de la Luna Fantasma.
Sólo eran él y ella. Todo lo demás no importaba.
Cuando April se apoyó contra su pecho, Van cerró los ojos de forma inconsciente mientras la abrazaba. Podía sentirla tan firmemente pegada a él que su cercanía resultaba intoxicante. Sin poder contenerse, enterró la cara contra su pelo e inhaló profundamente la fragancia que ella desprendía. Era como estar en casa, en Fanelia, cuando los árboles volvían a la vida tras el largo y duro invierno. Y, en ese momento, se dio cuenta de algo que lo aterrorizaba más que cualquier otra cosa.
Estaba enamorándose de April y no había marcha atrás.
Con el corazón en la garganta, se separó de ella y la miró a los ojos.
— Tenías razón— murmuró, perdido en el mar verde que eran sus ojos. April le miró confusa, sin saber muy bien a qué se refería. Por eso Van decidió añadir—: Yo sólo te necesito a ti.
El tiempo se detuvo entonces y aquellas palabras parecieron quedar suspendidas en el aire, entre ellos. April le sostuvo la mirada mientras el calor de sus ojos oscuros la quemaba. Sin previo aviso, Van se inclinó sobre ella hasta que sus labios se cernieron peligrosamente cerca de los suyos, como si pidiera permiso para continuar.
Sin aliento, April cerró la distancia que los separaba. Y, cuando sus labios por fin se encontraron, él gimió profundamente antes de que su beso se volviera hambriento, apasionado, demandante. Ella estaba emocionada y asombrada por su reacción. Ningún hombre, alguna vez, había parecido disfrutar besándola tanto como Van lo hacía.
Él hundió la mano en su pelo mientras la besaba, tomando posesión de su boca de forma devastadora como si tuviera sed de ella y sólo de ella. April correspondió el beso con la misma intensidad, entregándose al rey de Fanelia por entero como había deseado hacer desde la primera vez que él la besó en aquella laguna de Freid. Se separaron, obligados por la falta de aire. Y, cuando lo hicieron, Van la estrechó firmemente contra él, como si tuviese miedo de perderla y le acarició la mejilla con el dorso de la mano.
Las palabras se le atascaron en la garganta mientras reunía el valor para sincerarse. Quería decirle lo que sentía y ya no podía esperar más.
— April yo…
Van no sabía por dónde empezar, pero no importó. En ese momento, el sonido de una explosión rompió la quietud de la noche, obligándolos a separarse.
— ¿Qué ha sido eso?— preguntó April, repentinamente asustada.
Como respuesta, una nueva explosión, más potente que la anterior, hizo temblar hasta los cimientos del palacio de los Aston. Sin pronunciar palabra, Van tiró de ella para contemplar Palas desde una de las amplias terrazas voladizas que decoraban el hermoso jardín del castillo.
En cuanto la ciudad apareció ante sus ojos, April jadeó horrorizada.
A lo lejos, las llamas ardían a gran altura, lamiendo el cielo oscuro como serpientes enroscándose sobre el negro manto de la noche. El humo flotaba en el aire a través de la oscuridad brumosa, mientras las campanas comenzaban a repicar furiosamente y la gente corría y gritaba en las calles, presa del pánico.
— Nos están atacando— dijo Van. Las llamas se reflejaban en sus ojos, haciéndolos parecer rubíes ardientes.
— ¿Quiénes?— quiso saber April. Pero el ryujin no respondió, se limitó a tirar de ella, echando a correr para volver lo más rápido posible al salón de baile—. Espera un segundo, Van. ¿Dónde me llevas?, ¿qué está pasando?— insistió ella mientras recogía la falda de su vestido para correr con más libertad.
— Debo llevarte a un lugar seguro antes de poder convocar a mi guardia para averiguar qué está ocurriendo.
Una nueva explosión resonó a sus espaldas y los gritos inundaron el aire. Van ni siquiera volvió la vista atrás, pero asió la mano de April con más determinación, decidido a ponerla a salvo a ella en primer lugar.
Atravesaron los jardines a toda velocidad y, cuando cruzaron las puertas acristaladas que daban acceso al salón, pudieron comprobar lo rápido que había cundido el pánico entre los invitados. Hombres y mujeres se abalanzaban hacia las salidas en completo desorden mientras en el exterior se sucedían sin cesar las explosiones.
— ¡No podemos quedarnos aquí!— gritó Van para hacerse oír por encima de los gritos asustados del gentío—. Debemos encontrar a Millerna.
Van y April se internaron en la multitud que corría despavorida en todas direcciones, sujetándose con fuerza de la mano para evitar que los separaran. Se cruzaron con algún que otro soldado que trataba de imponer orden en medio de aquel caos, pero era una tarea imposible. De pronto, mientras se abrían paso a empujones entre los invitados hasta el otro lado de la pista de baile, se abrió un resquicio en el gentío que los rodeaba y la figura de Dryden apareció ante ellos. A su lado permanecía la asustada familia Aston, fuertemente custodiada por la guardia real. Van cambió rápidamente de dirección para llegar hasta ellos, deteniéndose junto a Dryden tan bruscamente que April estuvo a punto de chocar contra su espalda.
— Cuánto me alegro de saber que estáis a salvo, ¡estábamos tan preocupados!— musitó Millerna, realmente afligida. En cuanto los vio aparecer, la princesa de Asturia se acercó hasta April para abrazarla con fuerza y cierta dificultad, porque Van aún no había soltado su férreo agarre entorno a ella.
— ¿Qué está sucediendo?— preguntó el ryujin, mirando fijamente a los miembros de la familia real.
— Todo parece indicar que se trata de un ataque pero no sabemos nada más— respondió Dryden, preocupado—. Allen ha dejado a la guardia real a cargo de nuestra protección y se ha marchado para reunirse con sus hombres.
— Entonces yo debería convocar a mis hombres para ayudarle lo antes posible— dijo Van, mortalmente serio por un momento. Luego, como si pronunciar aquellas palabras le supusiera un gran esfuerzo, añadió—: Pero necesito que cuidéis de April por mí.
Dryden y Millerna se miraron y prometieron al unísono:
— La protegeremos con nuestra propia vida.
Van les sonrió, agradecido, antes de tirar de April para acercarla a su cuerpo. Luego, tomó el rostro femenino entre sus manos con suma delicadeza. En aquella posición podía verse reflejado en los ojos femeninos, que le miraban con una mezcla de temor y angustia.
— Ten cuidado, te lo suplico— rogó ella en un susurro, con la voz teñida de preocupación.
Van le acarició la mejilla, sin importarle realmente quién pudiera estar mirando.
— Lo tendré, pero tú debes prometerme que no te separarás de Dryden y Millerna en ningún momento— pidió el ryujin, lleno de ansiedad—. Yo iré a buscarte cuanto pueda.
April asintió y él, incapaz de contenerse, besó la frente femenina y la estrechó contra él durante unos segundos eternos
— Volveré pronto— aseguró antes de soltarla para internarse de nuevo entre el gentío.
Ella permaneció inmóvil, observando a Van partir, sintiendo como el miedo burbujeaba en su interior. Muy profundo, en la boca del estómago, se le instaló una fuerte sensación de presentimiento. Era sombría y cruel. Terrorífica y fría.
Pero no tuvo tiempo de pararse a analizar sus temores. En menos de lo que dura un latido, Millerna la agarró del brazo para instarla a moverse. La familia real de Asturia y April, rodeados por la guardia real, cruzaron en línea recta el salón de baile y se internaron en un corredor lateral, abriéndose paso entre la multitud.
Un pasillo tras otro, la comitiva continuó atravesando el corazón del palacio. Sin embargo, April apenas fue consciente del camino que recorrían. Su mente parecía estar sumida en el caos y la horrible sensación que le cerraba la garganta no desaparecía.
Y, justo cuando se adentraron en el inmenso vestíbulo que ocupaba la planta baja del castillo de los Aston, la asaltó una visión, un breve atisbo del futuro: Van en una enorme plaza de piedra, rodeado de humo y llamas, tan concentrado en la batalla que no veía venir el peligro.
La muerte de Van se desarrolló en su mente como si de una película se tratara. Al mismo tiempo, la voz de la diosa Fortuna resonó con fuerza en su cabeza, eclipsando cualquier otro pensamiento.
"Salva al dragón pues si el dragón cae, toda Gaia caerá con él".
Con un jadeo, April se soltó del agarre de Millerna y se alejó de ella, temblando de miedo.
La princesa de Asturia la miró con preocupación.
— ¿Qué te ocurre, April?
Consumida por el pánico, April trató de luchar contra el ataque de ansiedad que la consumía con todas sus fuerzas, pero el dolor le resultaba insoportable.
Sin embargo, en medio de aquel torrente de espanto y horror que la atravesaba sólo había una cosa que April tenía clara. No podía dejar morir a Van. Así no. Tenía que salvarlo, ella era la única persona que sabía lo que iba a suceder. Y se le estaba acabando el tiempo. Si los dioses le habían entregado la posibilidad de evitar la muerte de Van, ella no iba a desperdiciarla.
Decidida, echó a correr en dirección a las enormes puertas de entrada al palacio, ignorando los gritos de sus amigos que le suplicaban que regresara.
Pero April les ignoró, pues nada le importaba salvo él.
No podría soportar perderle. Debía salvarlo a cualquier precio.
…
Era noche cerrada y April recorría a la carrera una calle abarrotada de gente que, asustada, huía en dirección contraria a la suya. La muchedumbre la empujaba por todas partes y la arrastraba en sentido opuesto mientras ella se debatía intentando encontrar un hueco, un camino entre los cuerpos fuertemente apretujados del gentío.
El viento que soplaba con fuerza traía consigo el eco de miles de voces que gritaban aterradas en la oscuridad de la noche.
La ciudad ardía en llamas hasta donde alcanzaba la vista y el humo se elevaba por encima de los tejados de las casas, formando una inmensa nube negra que podía verse a kilómetros de distancia. Los ojos de April contemplaron con horror el infierno que se había desatado a su alrededor.
Pero no podía detenerse, no tenía tiempo para dejarse dominar por el miedo. Debía seguir adelante.
Utilizó los codos para abrirse paso entre la gente sin dejar de correr. Una calle tras otra. Sin descansar siquiera para recuperar el aliento.
Varias casas se habían derrumbado, el polvo flotaba por todas partes y el fragor de una batalla se oía delante de ella, cada vez más cerca. Había decenas de cuerpos en el suelo. April no sabía si de amigos o de enemigos, tampoco sabía si estaban vivos o muertos. Pero no tenía tiempo de comprobarlo. Con el estómago revuelto a causa del hedor a muerte que impregnaba el aire, siguió corriendo, intentando no tropezar en las irregulares piedras del suelo.
El callejón que recorría desembocaba en una gran plaza de piedra. April patinó hasta detenerse en la oscura entrada del callejón.
Había demasiada gente, demasiados soldados, demasiados Guymelefs.
¿Cómo demonios iba a encontrar a Van en mitad de aquel caos de fuego y destrucción?
Un ruido a su derecha cortó el curso de sus pensamientos. El corazón de April dejó de latir porque, al fin, podía dejar de buscar. Le había encontrado.
Van estaba allí. Enfrascado en el combate, como había hecho cientos de veces antes. Intentando enfrentarse al caos, intentando proteger a los demás aunque eso significara exponerse al peligro. April no se sorprendió de encontrarle en mitad de la batalla, era de esperar siendo quién era, el rey de Fanelia, el piloto del legendario Escaflowne.
Las llamas los rodeaban, tiñendo la oscuridad de la noche de un rojo escarlata. Pero a él no parecía importarle. A pesar del horror que se desataba a su alrededor, April no pudo dejar de mirarle y de admirar su capacidad para seguir luchando, aun cuando todo estaba perdido.
Siempre era tan fuerte. Tan valiente.
De repente, una sombra salida del mismo corazón de las llamas se cernió sobre el rey de Fanelia.
April supo lo que iba a suceder antes de que ocurriera. Había vivido esa escena antes, en sueños, y sabía exactamente qué debía hacer. Se internó en la plaza y echó a correr hacia él lo más rápido que le permitieron las piernas, esquivando combatientes con los ojos fijos en la figura del ryujin.
La sombra esgrimió una daga tras la espalda de Van y April temió no llegar a tiempo.
Pero tenía que intentarlo.
— ¡Van!— gritó. Y, a pesar de que apenas le quedaba aliento, a pesar del rugido de la batalla, él escuchó su voz y se giró hacia ella.
Sus ojos oscuros se abrieron sorprendidos cuando la reconocieron, como si no pudiera creer que ella estuviera allí. La contempló en silencio mientras April corría hacia en su dirección. Tan absorto estaba por su presencia que no pudo ver como aquel monstruo hacía descender la daga sobre él con un movimiento brusco, rasgando el aire.
Todo pareció detenerse alrededor de April en ese instante.
Pero ella no perdió la esperanza. Estaba muy cerca. Sabía que podía hacerlo.
Sin dejar de correr, April alcanzó a Van y se abalanzó sobre él, chocando contra el duro cuerpo masculino con todo el ímpetu de su carrera. El golpe le arrancó al ryujin un quejido y a ella la dejó dolorida y sin aliento. Sin embargo luchó para ignorar el dolor y, reuniendo toda la fuerza que pudo encontrar en sí misma, le empujó para hacerle retroceder.
Van tropezó ante el empuje de April y cayó de espaldas, golpeándose bruscamente contra las piedras del suelo. Puede que no fuera el mejor método para ponerle a cubierto pero el rey estaba a salvo. Estaba vivo.
April lo había conseguido.
El tiempo, que parecía haber estado suspendido durante aquellos interminables y agónicos segundos, pareció ponerse en marcha de nuevo. Y, cuando creía que el peligro había pasado, April notó que algo afilado se hundía en su carne, a la altura del corazón. Una fracción de segundo después, sintió que un dolor insoportable la atravesaba por dentro. Incapaz de comprender qué había sucedido, April dirigió la mirada hacia su propio cuerpo buscando el origen de aquel horrible dolor. Fue entonces cuando vio la daga, hundida hasta la empuñadura en el centro de su pecho.
En ese instante comprendió lo que había sucedido. Estaba tan preocupada por apartar a Van de la trayectoria de la daga que se había olvidado de sí misma. ¡Qué estúpida había sido! Parpadeó confusa y sus ojos verdes se alzaron para contemplar el rostro de la persona que sostenía la daga. Reconoció al hombre rubio de ojos oscuros casi al instante, pues aquel rostro malvado y monstruoso había poblado sus pesadillas cada noche desde la primera vez que intentó atacarla frente a su apartamento en el Upper West Side. El corte que ella le había hecho en la mejilla durante su último encuentro en Godashim todavía era visible en su rostro.
Sin embargo, el hombre la miraba con los ojos desorbitados y parecía contrariarle lo ocurrido, como si matarla no entrara en sus planes, como si fuera un daño colateral que no había previsto. Un segundo después, su expresión se volvió dura y fría como el hielo antes de que murmura con voz áspera y cortante:
— Me van a joder bien por esto.
Sin previo aviso, extrajo la daga del cuerpo femenino en un sólo movimiento y compuso una mueca de profundo desprecio cuando escuchó a April gritar de dolor. Se alejó de ella mientras sus ojos negros destilaban maldad, antes de ordenar a sus hombres que se retiraran de la batalla.
Los combates cesaron de repente y los atacantes se perdieron entre el caos y las llamas, sin dejar rastro.
Asolada por un dolor inimaginable, April se agarró el pecho con la mano derecha y la sangre manchó inmediatamente sus dedos. La herida era mortal y ella lo sabía. Como también sabía que no había nada que pudiera hacer. Moriría desangrada en cuestión de minutos. Herida de muerte, se tambaleó incapaz de sostener su propio peso. Por un momento, pensó que caería contra las duras piedras del suelo, pero unos brazos gentiles y cálidos la rodearon de forma protectora antes de que cayera. Ella reconoció al dueño de aquellos brazos antes de verle y, a pesar del dolor, luchó con todas sus fuerzas por seguir respirando.
Van la depositó con suavidad sobre el suelo, sosteniéndola entre sus brazos e intentando detener el torrente de sangre que manaba a borbotones de la herida. Pronto se dio cuenta de que era imposible.
April se estaba muriendo y él no podía hacer nada por evitarlo.
Las lágrimas comenzaron a caer desde sus ojos oscuros cuando asimiló aquel hecho.
— Aguanta un poco, April. Quédate conmigo— murmuró mientras la sentía temblar entre sus brazos. El dolor amenazaba con ahogarle por dentro y él se sentía incapaz de pensar—. No me dejes solo, te lo suplico.
La necesitaba demasiado como para perderla así.
— Tengo mucho frío— murmuró ella a duras penas y su voz sonó rota por la agonía que sufría su cuerpo.
Van la acunó contra su pecho para infundirle algo de calor. La sangre de April manchaba su uniforme pero a él no le importaba. Todo en lo que podía pensar era en mantenerla a su lado, haciéndola sentir bien. Era consciente de que debía que ser fuerte por ella. April le necesitaba ahora más que nunca.
El rey de Fanelia acarició el rostro femenino con ternura y ella sonrió, casi sin fuerzas, mientras trazaba el contorno de los labios del ryujin con una mano fría. Jadeó mientras su corazón se esforzaba por seguir latiendo. Pensó entonces en todas esas que le habría gustado decirle a Van… tantas cosas que deseaba haberle dicho cuando todavía había tiempo… pero ella se sentía incapaz de volver a hablar. Así, se limitó a colocar la mano junto a la mejilla del rey, apartando las lágrimas con los dedos.
Él cerró los ojos ante sus caricias mientras el dolor lo consumía. Sollozando, la abrazó con fuerza y la besó en los labios. En ese momento, April sintió la proximidad de la muerte, la negrura que se cernía sobre ella y mientras moría, escuchó el suave murmullo de Van:
— Te amo, April.
Y en ese instante, todo se desvaneció para ella.
Antes de que Van pudiera decir nada más, lo sintió. La última exhalación de su cuerpo antes de que April se aflojara en sus brazos. Enfurecido y desconsolado, gritó mientras el dolor lo desgarraba por dentro.
Un grito agónico que resonó en la negra noche.
Hola Escafans!
En primer lugar, me gustaría pedir perdón a todos los lectores por el final de este capítulo. Honestamente, es el más difícil de que he escrito nunca y no podía parar de llorar cuando escribía la escena del final. Sé que muchos se estarán preguntando por qué he hecho esto. Sólo puedo decir que la vida es así, dura y horrible, no siempre es color de rosa. A veces nos toca perder, a veces salimos derrotados y nos toca recuperarnos y salir adelante porque la vida sigue. Y yo quería que esta historia fuera tan real como es la vida. Perdonadme, os prometo que, al final, merecerá la pena.
En segundo lugar, me gustaría contestar los reviews anónimos que recibió el capítulo anterior.
7: gracias por los ánimos cariño, me han venido muy bien para mis exámenes. En cuanto al capítulo, estoy de acuerdo en que Van tiene problemas para expresar sus sentimientos pero es muy bonito ver cómo intenta superar sus miedos para conquistarla. Te pido perdón de antemano por este capítulo... ya sé qué vas a sufrir mucho pero en la vida real, las historias de amor no siempre salen como uno espera. Gracias por tu comentario y por estar siempre ahí. Mil besos.
Rose Torales: Hola guapa y bienvenida a esta locura que a mí me gusta llamar fic. No sabes cómo me alegra escuchar que mi historia te transporta a Gaia cuando la lees, esa era mi intención desde el principio y soy feliz de poder conseguirlo. He estado un poco liada últimamente y me ha sido más difícil actualizar a menudo, pero ahora estoy de vacaciones y prometo no dejar la historia a medias. Mil gracias por tu comentario y por tu apoyo, para mí es muy importante. Mil besos.
Alice Cullen: no te preocupes guapa, yo e agradezco que estando ocupada saques tiempo para leer y dejar comentario. Eres the best! Me alegra comprobar que te ha gustado el capítulo, aunque como bien dices era bastante plano en cuanto a la acción. Espero que éste no defraude y te pido perdón igualmente por hacerte sufrir. Pero ya sabes, la vida real no es justa. Mil gracias por estar siempre ahí. Besos.
Eso es todo lo que quería decir.
Para comentarios, sugerencias, besos, abrazos, tartazos, etc... ya sabéis qué hacer. Os estaré esperando deseosa de conocer vuestra opinión.
Nos vemos en el siguiente.
Love, Ela.
