Recomendación musical: Digital Daggers — Back To The Start.


Capítulo 26: Redención.

El oscuro manto de la noche cubría casi por completo la ahora mojada ciudad de Tokio, después de intensos días de frío glacial y fuertes lluvias, mientras el gélido y despiadado viento de diciembre acuchillaba la piel expuesta de los pocos viandantes que se atrevían a salir a la calle y que se apresuraban a llegar a sus destinos para guarecerse del feroz temporal lo antes posible.

Hitomi Kanzaki suspiró al abrir la puerta de su dúplex en el céntrico barrio de Minato. Dejó el montón de cartas que llevaba en la mano sobre la elegante cómoda que decoraba el vestíbulo y cerró rápidamente la puerta a sus espaldas para huir del frío.

Las llaves y su maletín fueron a parar al lado de la correspondencia.

Exhausta, se deshizo en dos rápidos movimientos de la bufanda y el abrigo, que había usado para protegerse de las bajas temperaturas, y los colgó en el perchero que decoraba el rincón del recibidor. Pronto, los zapatos siguieron el mismo camino.

Sólo entonces Hitomi se adentró en casa, encendiendo a su paso todas las luces. Y, mientras caminaba por el suelo encerado del vestíbulo, el silencio le golpeó los oídos y se le formó un nudo en la garganta. Todas las noches la misma rutina insípida: entrar a un hogar vacío, clasificar el correo, tomar una cena ligera, comprobar el contestador e irse a la cama.

Ni siquiera era capaz de recordar la última vez que había alterado lo más mínimo aquel tedioso hábito. A los cuarenta y ocho años, su vida era un aburrido tratado sobre la monotonía.

Con pesadumbre, Hitomi subió lentamente cada uno de los peldaños de la escalera que llevaba al primer piso. Estaba tan cansada que hasta caminar le suponía un esfuerzo y es que aquel había sido uno de los días más largos, difíciles y extenuantes que recordaba desde que había comenzado a trabajar como doctora en el hospital infantil de Edogawa. La ola de frío que asolaba Japón había provocado un gran brote de gripe que se había cebado especialmente con los niños, por lo que las urgencias hospitalarias estaban atestadas de pequeños pacientes que necesitaban atención lo antes posible.

Hitomi se había visto obligada a doblar sus turnos hasta que la epidemia remitiera.

Pero no podía quejarse, pensó mientras caminaba por el pasillo que llevaba a su dormitorio. El trabajo era todo su mundo y a ella le encantaba imaginar que cada uno de los niños a los que atendía era su propia hija. Así, cuando cuidaba de alguno de ellos, sentía que estaba cuidando de su pequeña April. Y ese pensamiento era lo único que la ayudaba a levantarse cada mañana.

Cuando llegó a su dormitorio, Hitomi se apresuró en cambiar su formal conjunto de trabajo por un cómodo y calentito chándal y recogió su melena, que ahora le llegaba por los hombros, en una coleta apretada. Luego, bajó de nuevo las escaleras y recorrió el corto pasillo que llevaba a la parte trasera de la casa, hasta llegar a la cocina.

Una vez allí, abrió el frigorífico y contempló el interior fijamente, evaluando las distintas posibilidades que le ofrecían los atestados estantes con una mueca apreciativa. Pero lo cierto era que no le apetecía cocinar. Estaba demasiado cansada en aquel momento para hacerlo. En lugar de eso, su mirada vagó hasta toparse con el envase de plástico de color blanco que contenía el pollo que había sobrado la noche anterior. También había algo de pasta para acompañar la carne. Sonriendo por primera vez en todo el día, Hitomi comenzó a reunir los ingredientes necesarios en el frigorífico para prepararse una cena decente.

Primero sacó el pollo, después sirvió un poco de pasta en un cuenco y, por último, lo metió todo en el microondas. Rápidamente, cerró la puertezuela, ajustó el tiempo y lo puso en marcha. Éste empezó a girar, inundando la cocina de un exquisito olor a especias. Mientras el cuenco daba vueltas dentro del microondas, Hitomi se entretuvo en comprobar los mensajes del contestador, tamborileando impaciente con los dedos sobre la encimera de mármol oscuro mientras escuchaba atentamente la melodía del servicio de contestador. Y cuando hubo terminado, se dedicó a separar las facturas del correo publicitario, arrojando este último al cubo de la basura, directamente y sin escalas.

Estaba empezando a examinar concienzudamente las facturas cuando el timbre del microondas reverberó en la silenciosa cocina, alertándola de que su cena estaba lista. Hitomi dejó las cartas sobre la encimera, se acercó hasta el microondas y apretó el resorte que abría la puerta. Con cuidado de no quemarse, sacó el humeante cuenco y lo colocó sobre una elegante bandeja, junto con un tenedor plateado, un cuchillo, una servilleta de papel y una copa de vino.

El cálido aroma de la comida se le subió a la cabeza e hizo que su estómago gimiera de necesidad. No había probado bocado desde el almuerzo y apenas había tenido un momento de respiro en todo el día. Necesitaba desconectar urgentemente, por eso se encaminó hacia la sala y se sentó en el sofá. Depositando la bandeja que portaba sobre la mesita del café situada frente a ella, Hitomi se estiró perezosamente sobre los suaves cojines del sofá antes de encender el televisor y comenzar a cambiar los canales con el mando a distancia de forma mecánica, hasta que se topó con una divertida comedia de situación que le llamó la atención. Satisfecha, cogió una pequeña porción de comida y saboreó la deliciosa salsa de los tallarines sin perder detalle de la pantalla.

Durante varios minutos Hitomi continuó comiendo en un confortable silencio, interrumpido solamente por las voces de los actores que salían del televisor. Hasta que terminó de dar cuenta del último bocado de su cena. Entonces, se incorporó de forma perezosa entre los cojines, apiló cuidadosamente los platos en la bandeja y se levantó del sofá para dirigirse hacia la cocina.

Pero algo llamó su atención desde la esquina de la sala.

Dejando de nuevo la bandeja sobre la mesita del café, se encaminó hacia allí a paso lento. Como cada noche, Hitomi se detuvo ante el aparador que decoraba el rincón bajo la ventana y un suspiro apesadumbrado se escapó de entre sus labios. Encima del pequeño hogar del cuarto de estar había una hilera de fotografías perfectamente ordenadas, testigos mudos del tiempo que había transcurrido desde aquel día en el que retomó su vida en el punto exacto donde la había dejado antes de verse transportada a Gaia; había fotos de sus padres, de su hermano pequeño y de sus abuelos, de Yukari y ella en la facultad, de Yukari y Amano el día de su boda, de su propia boda y, por último, una larga sucesión de instantáneas de su hija April. Las fotos mostraban a una pequeña niña pelirroja de grandes ojos verdes aprendiendo a caminar, montando su primera bicicleta, jugando al beisbol con su padre, diseccionando su primer ordenador, graduándose en el instituto…

Con una sonrisa nostálgica, Hitomi contempló aquellas fotografías tal y como hacía cada noche antes de dormir. Ese hábito la ayudaba a superar el dolor de la pérdida y a sobrellevar la soledad de su existencia. Aunque en días como aquel, con la lluvia cayendo incansable en el exterior y el frío colándose entre las grietas de su alma cansada, le resultaba difícil recordar las razones por las que debía mantenerse alejada de su propia hija.

Y es que la echaba tanto de menos.

"Algún día…", se prometió a sí misma por millonésima vez para armarse de valor. Algún día aquella horrible separación terminaría y podría abrazar de nuevo a su pequeña. Y ese día no estaba muy lejos, podía sentirlo.

Mucho más animada, apagó el televisor, recogió de nuevo la bandeja y llevó los platos sucios al fregadero de la cocina. Hitomi lavó rápidamente los platos en la pila y para que se secaran los puso bocabajo sobre un trapo, al tiempo que tatareaba entre dientes una de las viejas canciones que le había enseñado su abuela.

Cuando terminó, se entretuvo unos segundos contemplando la lentitud con la que se deslizaban las gotas de lluvia por el cristal de la ventana, dejando tras de sí la húmeda huella de su presencia. Sus verdes ojos vagaron entonces más allá del jardín y de las mojadas calles, perdiéndose en el mar grisáceo de la bahía de Tokio mientras su mente retrocedía en el tiempo recordando la enorme cantidad de maravillosos momentos que había vivido desde que April naciera. Ella, que jamás pensó en la posibilidad de tener hijos, había descubierto tiempo atrás que ser madre era el trabajo más satisfactorio del mundo.

Sonriendo de nuevo, le dio la espalda al ventanal y se encaminó hacia la alacena, donde guardaba la cristalería, para sacar un vaso que llenó hasta el borde de agua fresca. Luego, extenuada hasta el extremo y llevando el vaso consigo, salió de la cocina apagando todas las luces a su paso. Hitomi echó a andar por el pasillo que llevaba hasta el recibidor en completo silencio mientras las artificiales luces del exterior recortaban su silueta contra las paredes. Penosamente, la doctora Kanzaki subió las escaleras sintiendo que el cansancio le pesaba en las piernas como una enorme losa que retrasaba su avance.

Había subido la mitad de la escalera cuando el reloj que colgaba de la pared del recibidor dio las once. Sin previo aviso, fue inundada por una repentina y aterradora sensación de dolor que le atravesó con ferocidad el pecho y la detuvo allí mismo, en plena escalera. El mundo pareció quedar suspendido a su alrededor durante un instante y su cerebro, sumido en el horror y la agonía, fue incapaz de continuar gobernando su cuerpo. Así, el vaso que sostenía se destrozó contra el mármol de la escalera en diez mil fragmentos. Los trozos saltaron, dispersándose en todas direcciones con un tintineo desagradable, y el horrible sonido se propagó en el silencio de la noche, reverberando contra las paredes como una onda expansiva.

Aquel estrépito consiguió que Hitomi despertara al fin de su parálisis. Escuchó su propio jadeo, roto y ahogado, mientras su corazón sufría un dolor tan profundo que no estaba segura de cómo conseguía mantener la postura. Pero le pareció que aquel sonido llegaba hasta ella desde un punto muy lejano, incapaz de atravesar la neblina de dolor que la envolvía con firmeza y le impedía respirar.

Reuniendo cada ápice de fuerza que fue capaz de encontrar en sí misma, Hitomi luchó para recuperar el control de su cuerpo. Su mente, insoportablemente lúcida, aguzada por aquel fiero dolor, comprendió el significado de la terrible agonía que sufría y aquella horrible certeza disparó en ella una visión. La primera que había tenido en años. Era sólo el recuerdo distante de un sueño, el fantasma de una pesadilla casi olvidada, pero fue suficiente para confirmar sus peores temores.

Fuego, sangre, muerte.

— Mi hija no, por favor— murmuró horrorizada y su voz sonó como el hielo al astillarse.

Con el corazón latiendo violentamente, Hitomi echó a correr escaleras abajo, aplastando cristales rotos bajo sus pies, en dirección a la sala de estar mientras repetía sin cesar para sí misma que aquello no podía estar sucediendo. Tenía que estar equivocada.

¡Tenía que estarlo!

Para cuando alcanzó la puerta de la sala, temblaba tanto que apenas podía caminar. Una y otra vez, veía imágenes de su hija April en su mente. Bromeando amablemente con su padre mientras crecía. Esperando una nueva historia antes de ir a dormir. El orgullo en su rostro cuando supo que la habían admitido en Stanford.

Hitomi luchó contra las lágrimas que se acumularon en sus ojos mientras se movía lentamente hacia el aparador en el que conservaba las fotografías de toda una vida. La luz de las farolas, que se colaba por la ventana, alumbraba la estancia despojándola de color y otorgándole un halo fantasmagórico y tétrico. Una vez ante el mueble, Hitomi extendió la mano y sacó de su lugar en la hilera una de las instantáneas más hermosas que guardaba; era una imagen de sus primeras navidades juntos. En ella aparecía un enorme abeto, que su marido había insistido en comprar durante días, preciosamente engalanado con numerosas guirnaldas y otros adornos navideños. A los pies del árbol había decenas de cajas de regalos envueltas con papeles de vivos colores y, justo delante de ellas, estaba sentada su pequeña familia. April, en el centro de la fotografía, sonreía a la cámara desde los brazos de Hitomi vestida con un diminuto traje de elfo. Su marido, sentado junto a ellas, pasaba cariñosamente el brazo izquierdo sobre los hombros de su esposa y también sonreía como si aquel fuera uno de los días más maravillosos de su vida.

Y lo había sido.

Hitomi apretó los dedos contra el frío cristal que protegía la imagen, sintiendo como el dolor y la desesperación se anidaban en lo más profundo de su corazón. Las lágrimas rebasaron el dique que formaban sus ojos y se deslizaron sin control por sus mejillas.

— Dijiste que estaría a salvo si la alejaba de mí… lo prometiste— le reprochó, abatida y desconsolada, al hombre que sonreía despreocupadamente desde la fotografía—. No dejes que muera, te lo suplico Adrian… no permitas que nuestra hija muera.

El silencio atronador fue la única respuesta a sus desesperadas súplicas. Un lamento lleno de agonía se escapó de sus labios y, antes de ser consciente de ello, Hitomi cayó de rodillas sobre el duro suelo de la sala. Hundida bajo el peso del dolor y la pena, Hitomi aferró la fotografía, acunándola contra su pecho mientras los sollozos hacían estremecer su cuerpo.

Y sobre la ciudad de Tokio, la lluvia continuó cayendo sin mostrar piedad.

April deambulaba a través de una espesa y sofocante niebla oscura que se extendía en torno a ella como un muro impenetrable, un muro que la asfixiaba con su peso y le impedía respirar. Un frío intenso, que parecía surgir de la misma niebla, la rodeaba como si estuviera sumergida en una piscina de agua congelada. El frío penetró más allá de su piel, desgarrándole el pecho y acuchillándole el corazón. Le castañeaban los dientes y la oscuridad parecía ir en aumento, trayendo con ella una nueva ola de frío glacial. Queriendo conservar el calor corporal todo lo posible, April envolvió los brazos en torno a su cuerpo pero, mientras caminaba con dificultad a través de aquella lúgubre niebla que parecía atravesar su cuerpo como miles de cuchillos helados, pensó que se congelaba por dentro.

Perdida y desorientada, sentía que se ahogaba de frío.

¿Dónde demonios estaba?

Lo último que recordaba era a Van. Ver la mirada de horror y temor en su rostro, mientras el pecho le palpitaba de dolor en una agonía indescriptible. Sin embargo, ahora no había dolor. No había nada. Ni luz. Ni sonido. Ni olor. Sólo frío.

La privación sensorial era aterradora.

¿Estaría muerta? ¿Acaso era aquello el infierno?

Era la única explicación racional que se le ocurría. ¿Qué más podría ser tan horrible?

— Sí, estás muerta.

April giró bruscamente hacia la distorsionada voz que venía de su espalda pero no había nadie más allí. Estaba sola, absolutamente sola.

— ¿Quién ha dicho eso?— gritó, tratando de ver más allá de la opresiva oscuridad— ¿Van, eres tú?

Pero nadie respondió. Nadie. A su alrededor sólo había frío y silencio. La soledad más absoluta.

— ¿Van? —llamó de nuevo, intentando que su voz atravesara las insondables tinieblas que la envolvían.

— El rey de Fanelia no puede ayudarte ahora, querida.

Sobresaltada, April se volvió ante la suave voz que escuchó tras ella para encontrar a Fortuna de pie en la oscuridad. La diosa atlante extendía los brazos ampliamente hacia ella como si le diera la bienvenida pero su rostro lo distorsionaba una pena que iba más allá de las palabras. April quiso llorar cuando identificó el largo cabello pelirrojo y aquellos misteriosos ojos que refulgían como la plata fundida bajo la luz del sol.

— ¿Qué estás haciendo aquí?— preguntó atónita y, al mismo tiempo, agradecida de encontrar una cara conocida en aquel espantoso lugar.

Pero Fortuna no contestó, se limitó a acercarse hasta April a inhumana velocidad, tendiéndole la mano como única respuesta. April parpadeó confusa durante unos segundos, al cabo de los cuales se encogió de hombros y, pensando que no tenía nada que perder, estrechó firme y segura la suave mano de la diosa. Por un segundo, el calor de la piel de Fortuna la golpeó con una fuerza tan brutal que la dejó confusa. Después de pensar que moriría congelada en mitad de aquella gélida niebla, el calor que emanaba de la diosa era irresistible y lo bastante potente como para parecerse a un toque físico contra la helada piel de April. Llegaba hasta ella en oleadas que se alzaron y barrieron su cuerpo, extendiéndose hasta los entumecidos dedos de las manos y de los pies.

Fue entonces cuando la niebla se retiró de pronto, sin previo aviso.

Durante un instante, lo único que April pudo comprender fue la ausencia de frío. Tras ese primer segundo de completa parálisis, su mente comenzó a reaccionar con inusitada lentitud. Soltó la mano de Fortuna sintiendo su cuerpo torpe y aletargado, como si le hubieran metido en el cerebro toda la neblina helada que acababa de esfumarse. Casi en el momento en el que llegó a esa conclusión, April tomó consciencia de que estaba desnuda. Preocupada por el estado en el que habría quedado su cuerpo tras el ataque, examinó concienzudamente cada centímetro de su piel pero su cuerpo parecía indemne. Se tocó la cara para cerciorarse y comprobó aliviada que no había nada fuera de lugar. Luego, bajó la vista hasta sus manos y las dirigió hacia su pecho.

Ya no había herida, ni sangre, ni tampoco la agonía del dolor que había sentido mientras el acero de la daga le desgarraba la carne.

Mucho más calmada, April se concentró entonces en examinar los alrededores detenidamente, intentando que sus ojos se adaptaran a la repentina claridad. Entorno a ellas, un mundo oscuro y siniestro parecía inventarse a sí mismo bajo su atenta mirada. Y no sólo eso, April constató que a su alrededor todo era negro: la tierra arrasada que se extendía hasta donde alcanzaba la vista e, incluso, las nubes de tormenta que surcaban el cielo.

¿Qué era aquel lugar? Y aún más importante, ¿qué demonios estaba haciendo allí?

— ¿Dónde estamos?— preguntó April finalmente, con una mueca de confusión deformando la expresión de su rostro.

— Debí impresionarte muy poco en nuestro último encuentro si necesitas hacer esa pregunta— murmuró Fortuna con voz contrariada. De pronto, desvió la mirada hacia los alrededores y preguntó a su vez—. ¿Dónde dirías tú que estamos?

Hasta que Fortuna lo preguntó, April no lo había sabido. Ahora, sin embargo, descubrió sorprendida que conocía la respuesta. Y es que ya había estado antes en aquel lugar.

— Parece— dijo lentamente—, el limbo. Excepto porque es imposible que haya llegado hasta aquí por mí misma sin ser consciente de ello, ¿verdad?

La diosa atlante sonrió lentamente pero aquella era la sonrisa más triste que April había visto en la vida y, por supuesto, la alegría de los labios no alcanzó sus plateados ojos.

— Eres demasiado perspicaz para ser humana, incluso después de muerta.

April necesitó todo un largo minuto para comprender el significado de aquella afirmación. Y cuando al fin lo consiguió, sintió que algo dentro de ella se marchitaba lentamente. Los últimos instantes de su vida anegaron entonces su mente y la realidad la golpeó con crueldad, provocándole un acceso de náuseas. Contemplar su propia muerte y ver a Van sollozando de un modo que resultaba desgarrador, abrazado a su cuerpo inerte, le destrozó el corazón.

— Es cierto. Todo ha terminado… estoy muerta— no era una pregunta, sino una afirmación. Porque April podía ver la verdad en los plateados ojos de Fortuna.

Aquel era el final de su vida. Todo había acabado. Nunca más volvería a reír con Merle ni a compartir una cena con sus amigos sentados sobre la alfombra del salón. Ya no podría pasear junto a Millerna por las calles de Palas ni escuchar las increíbles historias de Dryden ni contemplar la elegancia de Allen durante los entrenamientos de la guardia. Jamás tendría la oportunidad de abrazar a su madre y pedirle perdón por los años perdidos. Pero, por encima de todo, le atormentaban las últimas palabras del rey de Fanelia, pues April estaba segura que la perseguirían durante toda la eternidad.

"Te amo, April", había confesado Van mientras la acunaba tiernamente entre sus brazos y ella nunca podría hacerle saber que también le amaba. El dolor creció en su interior y se quedó atascado en su garganta en forma de un grito que jamás podría liberar.

Entonces sintió una mano gentil apretando su hombro. Alzó la mirada y se encontró con los plateados ojos de Fortuna. El hermoso rostro de la diosa observaba las cambiantes expresiones de April con alarma.

— Aún no es demasiado tarde para ti— susurró Fortuna, sujetando con firmeza los hombros de April para obligarla a sostenerle la mirada—. Por eso estás aquí.

— No lo entiendo— reconoció April con la voz teñida de confusión y perplejidad.

La diosa afianzó su agarre de forma inconsciente sobre el cuerpo de April.

— Robé tu alma en el momento en que moriste y te traje al limbo— confesó atropelladamente—. Pero no puedo retenerla por mucho tiempo, ya sabes que las almas no pueden sobrevivir alejadas de su contenedor físico y el tuyo acaba de morir. Por eso tenías tanto frío hace un momento, porque tu cuerpo ha sucumbido en el plano humano.

— Pero entonces…

Las preguntas estallaban en la cabeza de April como fuegos artificiales pero su cerebro parecía estar adormecido y las ideas se le quedaban enganchadas en la neblina que le embotaba la mente. A pesar de ello, se esforzó para colocar sus dudas en una frase coherente.

— Pero si ese cerdo me clavó una daga en el corazón— empezó April otra vez, recordando el dolor que la herida le había producido en el pecho—, y mi cuerpo ha muerto… ¿cómo es posible que no sea demasiado tarde?

— Porque yo no te he permitido continuar— soltó Fortuna de golpe, aunque pareció que pronunciar aquellas palabras le producía una agonía indescriptible—. Las almas son demasiado preciosas para despilfarrarlas y la tuya en particular tiene un gran valor para mí.

April se deshizo del agarre de la diosa de un solo movimiento, alejándose de ella. Supo inmediatamente que Fortuna le había permitido soltarse sin oponer resistencia porque no había forma humana de resistir la fuerza de hierro de sus manos. Se sentó sobre la tierra devastada que formaba el suelo, sin importarle demasiado su desnudez, y, colocando la cabeza entre las piernas desnudas, respiró hondo intentando encontrar el valor para asumir la situación en la que se hallaba.

Fortuna permaneció inmóvil, a unos metros de ella, esperando una respuesta.

— Necesito un minuto— musitó April y su voz sonó débil y agonizante.

La diosa tomó asiento junto a ella y dirigió la mano hacia el rostro de April, obligándola a levantar la vista de modo que pudiera tocar su mejilla mientras la miraba. Sus ojos, y el dolor que había en ellos, quemaron profundamente el alma de April.

— Lamento mucho todo esto. Sé que es mejor no interferir en el orden natural pero no podía dejarte morir. No después de todo lo que he hecho para mantenerte a salvo— la angustia de su tono era palpable y atravesó a April como una descarga—. Tú no tenías que morir esta noche, este no es el destino que durante siglos he preparado para ti.

— ¿No… no tenía que morir?— consiguió articular a duras penas.

— No, no debías morir esta noche— le aseguró Fortuna con firmeza—. Y no lo harás si las dos podemos evitarlo.

— ¿Cómo?

Una mueca de incomodidad atravesó el bello rostro de la diosa.

—Puedo enviar tu alma de regreso al cuerpo durante un instante. Una vez lo haga, sólo hay una forma de que sigas con vida… te entregaré cada ápice de poder que queda en mí para curar las graves heridas que has sufrido antes de que el alma abandone otra vez tu cuerpo.

April tuvo un difícil momento para creerlo.

— ¿Qué?

Fortuna dejó de acariciarla para palmearle la mano con afecto. La débil luz del limbo reflejaba las lágrimas de cristal que pendían de aquellos ojos plateados de remolinos cálidamente brillantes.

— Soy la diosa del destino, April. Prometí que te mantendría a salvo y no puedo romper mi promesa— susurró Fortuna y sus palabras agitaron el aire entre ambas—. Una vez mi esencia esté dentro de ti tendrás la habilidad para curarte y volver a la vida.

Sonaba demasiado bueno para ser verdad. Podría volver con Van y podría ver de nuevo a su familia y a sus amigos… Seguramente no era tan simple. Nada podía ser tan sencillo.

— ¿Cuál es el truco?— preguntó, temiendo la respuesta. La duda que se reflejó en los ojos de Fortuna era la única prueba que necesitaba para saber que no iba a gustarle lo que la diosa tenía que decirle.

April se encogió interiormente a la espera.

— No hay ningún truco pero, tal vez, todo esto no sirva de nada— April le lanzó una mirada confusa, instándola a continuar y Fortuna lo hizo con voz acongojada—. Has de entender que el cuerpo de los humanos no está hecho para soportar el poder de los dioses. Es posible que mi esencia consiga sanar tus heridas y, sin embargo, te mate en el proceso.

April apartó la mirada mientras consideraba las implicaciones de lo que Fortuna acababa de confesar.

— Así que, ¿cuáles son mis alternativas?— inquirió finalmente, evaluando sus posibilidades—. ¿No hacer nada o volver y, con toda seguridad, acabar de nuevo aquí?

De mala gana, Fortuna asintió.

— No quisiera parecer desagradecida pero… menuda birria de alternativas.

— Es mejor que no tener ninguna— contestó Fortuna, un poco a la defensiva.

April se echó a reír a carcajada limpia y su risa descolocó tanto a la diosa que fue incapaz de reaccionar cuando la humana junto a ella se levantó sin previo aviso del suelo. Pero lo más desconcertante para Fortuna fue ver a April sonreír. Una sonrisa sincera y plena que sólo pudo contemplar fascinada.

— En eso tienes razón— reconoció April, cuando se hubo puesto en pie.

Esas palabras consiguieron sacar a Fortuna de su estupor. Aún pasmada, miró a April desde el suelo con ojos desorbitados. La felicidad parecía irradiar de aquella humana como una luz, como un fuego que calentaba todo a su paso. Sin ser consciente de ello, Fortuna se encontró a sí misma sonriendo en respuesta como no lo había hecho desde los tiempos en los que disfrutaba de la paz junto a su esposo.

A inhumana velocidad, la diosa se levantó del suelo y contempló a April en silencio durante unos minutos que parecieron eternos. April intentó sostener la mirada de aquellos turbulentos ojos plateados pero le resultaba más difícil a cada minuto. Así que recurrió, como casi siempre que se encontraba en una situación complicada, al sarcasmo como vía de escape.

— ¿Piensas quedarte ahí mirándome durante toda la eternidad?— le preguntó con sorna a Fortuna—. Creía que operábamos con un horario apretado.

La diosa atlante parpadeó un par de veces con una expresión tan confundida que resultaba cómica.

— Entonces, ¿esa es tu elección final?— cuestionó con la incredulidad tiñéndole la voz.

La sonrisa de April se congeló para ser sustituida por una feroz determinación.

— Si hay una posibilidad, por ínfima que sea, de que esto salga bien no me quedaré aquí de brazos cruzados.

Fortuna sonrió y lágrimas de cristal se derramaron desde sus plateados ojos, surcando sus mejillas como el agua de un río. Y mientras lloraba, emocionada, la diosa cubrió las manos de April con las suyas y las mantuvo apretadas.

— Estaré contigo, dentro de ti, eternamente— prometió con solemnidad y hasta el aire pareció detenerse mientras la diosa del destino pronunciaba su juramento—. Y me aseguraré de que ningún otro enemigo sea capaz de lastimarte otra vez.

Las dificultades a las que Fortuna se entregaría por ella conmovieron a April en lo más profundo y le recordaron a su propia madre… una madre que extrañaba cada día de su vida.

— ¿Pero qué hay de ti? ¿Eso no te debilitara?

— Lo hará, pero no me importa— la sinceridad de aquellas palabras rasgó a April como un latigazo y Fortuna se apresuró a tranquilizarla al sentir su inquietud—. A lo largo de los siglos he perdido demasiadas cosas y no pude hacer nada por evitarlo entonces. Ahora todo es diferente— la diosa volvió a acariciarle el rostro con delicadeza—. Tú eres mi última esperanza y tienes una misión que cumplir, April Ryan. Sé que triunfarás donde nosotros fracasamos.

April afianzó el apretón en la mano de la diosa, esperando que supiera cuan sincera estaba siendo.

— Te prometo que lo conseguiré. Sobreviviré por las dos. No sé cómo… pero lo haré.

Fortuna sonrió y en sus mejillas relampaguearon los hoyuelos. Sin pronunciar palabra alguna, se sacó el colgante que llevaba al cuello y lo guardó en la palma de April.

—Cuando estés lista para volver, presiona esto contra tu corazón.

April sostuvo el colgante entre las manos y estudio la extraña niebla roja que parecía arremolinarse en el interior de la translucida piedra. Agradecida por el regalo, abrazó a Fortuna de improviso. La más grande de la tríada de Atlantis se quedó atónita por el abrazo. Nadie la había tocado con tanto afecto desde hacía siglos. Cerrando los ojos, sostuvo cerca a la joven humana que se había convertido en el centro de su universo desde aquella fría noche de invierno en la que vino al mundo.

De pronto, la tierra tembló a sus pies y una niebla negra comenzó a arremolinarse a su alrededor, levantándose desde la tierra, espesa y pesada al enrollarse en torno a ellas.

— Tienes que irte ahora, ya no queda tiempo— dijo Fortuna apresuradamente. Antes de apartarse de April le besó la mejilla dulcemente—. Además, creo que hay alguien que te está esperando.

April jadeó al recordar repentinamente sus otras prioridades.

— Van…

— Ve a él. Te necesita.

Asintiendo, April dio un paso atrás y presionó la piedra que Fortuna le había entregado contra el corazón. En el momento en que lo hizo, un agudo dolor la atravesó con saña.

— ¡No me has dicho que dolería!— le reprochó a Fortuna casi sin aliento.

La diosa se encogió de hombros.

—Nacer siempre es doloroso y no lo es menos renacer.

No estaba bromeando, desde luego. April sintió que algo se hacía trizas en el interior de su cuerpo. Con náuseas y mareada, parpadeo ante la oscuridad que se volvió tan opresiva como para cegarla por completo. Un fuego se desató en su sangre y la sensación de quemazón sobrepasó a cualquier dolor que hubiera sentido en toda su vida.

En mitad de aquel terrible sufrimiento, la voz de Fortuna llegó hasta ella atravesando las tinieblas.

— Haz honor al legado que llevas en la sangre, April Ryan.

Confundida por el misterio que encerraban aquellas palabras, April quiso preguntarle de qué legado le hablaba. Pero no pudo hacerlo. En ese instante sintió el pulso latir detrás del fuego que arreciaba ahora en su pecho y comprendió, horrorizada, que había encontrado su corazón de nuevo, justo cuando hubiera preferido no hacerlo. Por un momento, deseó alzar los brazos y desgarrarse el pecho para poder arrancarse el corazón, cualquier cosa con tal de desprenderse de la tortura que sufría.

Y, cuando creía que no podría soportarlo más, el dolor desapareció y la oscuridad la engulló.

Van se sentía perdido, frío, atormentado. Su corazón había sido despojado de cualquier cosa excepto de doloroso sufrimiento. Pero, a pesar de la agonía, no intentó luchar contra ello. Por primera vez en su vida se rindió, permitiendo que el dolor lo inundara, y no se defendió. Dejó que lo embargara hasta que no sintió nada. Nada más que una desolación atroz y absoluta.

Sin embargo, no le importó. Ya no le importaba nada.

Lo había perdido todo y no le quedaba una sola razón para seguir luchando. April se había ido, dejándole solo. Y, en ese instante, realmente podía sentir sobre sus hombros el peso de la soledad de toda una vida. El violento dolor le desgarraba el pecho y le obligaba a luchar por seguir respirando.

Aunque ya no estaba seguro de si el esfuerzo merecía la pena.

Muy dentro de sí mismo residía la certeza de que en algún momento tendría que separarse de ella. Pero esperaba que fuera dentro de muchos, muchos años. Incluso, quería intentar convencerla de que se quedara para siempre en Fanelia, a su lado, y para ello le habría ofrecido cualquier cosa que ella hubiera pedido.

Pero no podía soportar perderla así, no esta manera, no ahora.

— Majestad, permitid que se la lleven.

La voz del Erik, el capitán de su guardia, llego hasta el rey de Fanelia amortiguada por el dolor. Van necesitó unos segundos para procesar las palabras del mejor de sus soldados, porque en aquel instante era incapaz de entender que Erik le estaba pidiendo que se apartara para que pudieran trasladar el cuerpo y prepararlo para darle sepultura. Sin embargo, Van decidió ignorarle pues nadie iba a separarla de él mientras le quedaran fuerzas. April estaba muerta y no quería dejarla ir, no quería apartarse de ella porque aquello significaba aceptar que la había perdido para siempre.

Y no podía lidiar con su ausencia.

¿Qué iba a hacer sin ella? Sin su risa y su calor. ¿Cómo iba a sobrevivir sabiendo que sus misteriosos ojos verdes no volvían a sostenerle la mirada? ¿Cómo podría seguir adelante sin volver a tocarla, sin sentir sus caricias sobre la piel?

— April…— susurró su nombre como una plegaria mientras deslizaba los dedos contra la suave piel de su mejilla—. No me dejes, te lo ruego.

Era tan hermosa. La amaba tanto. Y la había perdido.

Se lo habían quitado todo. Otra vez.

Erik y sus hombres insistieron de nuevo. Le suplicaron encarecidamente que permitiera que los sanitarios se llevaran el cuerpo sin vida de April. Van les ordenó a gritos que se marcharan, que le dejaran solo en compañía de la mujer que amaba. Paralizados, los soldados de Fanelia intercambiaron miradas de incredulidad sin saber muy bien qué hacer. Su rey, destrozado y abatido, lloraba amargamente sobre el cuerpo de la joven de la Luna Fantasma y no les concedía permiso para acercarse.

¿Qué se suponía que debían hacer?

Erik contemplaba a su rey con el corazón encogido por el desgarrador modo en el que sufría el hombre al que había jurado lealtad. Al experimentado soldado le atormentaba terriblemente la culpa. Si él hubiera estado ahí para proteger a su rey, la mujer que yacía entre los brazos del ryujin no habría tenido que entregar la vida para salvarle. Sin embargo, el trabajo para el que Erik se había consagrado lo había terminado haciendo una civil sin experiencia. La mujer más audaz que había conocido en toda la vida había muerto demostrando su increíble valor hasta el final. Y a Erik le habría gustado poder honrarla como era debido. Pero sabía que su rey no se lo permitiría. Al menos no por el momento. Hacía semanas que se había dado cuenta de que Van amaba a aquella joven extraña e intrépida y, después de tantos años viviendo en la más absoluta de las soledades con ese permanente aura de desesperanza altededor, Erik no podía hacer otra cosa que alegrarse porque su majestad hubiera encontrado, al fin, la mujer idónea para él. Una mujer que le amara como hombre y no como rey.

Por eso, Erik sabía lo duro que resultaría para el ryujin dejarla marchar.

Van no podía abandonarla ahora y ellos no podían abandonarle a él.

Como si formaran parte de una conciencia colectiva que hubiera decidido por ellos, como si todos hubieran alcanzado al unísono la misma conclusión, los soldados de la guardia real de Fanelia se congregaron en completo silencio alrededor de su rey, velando su dolor, sintiéndolo como propio.

Y, mientras custodiaban su duelo, Van lloraba su pena.

Consumido por un dolor inimaginable, el ryujin se aferró con más fuerza al cuerpo inerte de April y apoyó la cabeza sobre su pecho, junto a la daga, deseando poder darle su propia vida para que ella volviera a sonreírle como solía hacer. Aunque sólo fuera una vez, una última vez. Como había hecho cada día desde que la encontró cubierta de barro en los bosques de Fanelia.

Sin embargo, en ese instante, se quedó helado al escuchar algo.

Un sonido muy débil que le hizo flotar. Acababa de escuchar los latidos del corazón de April.

Pero aquello era completamente imposible. Él había notado cómo se detenía su corazón, había sentido la vida abandonando el cuerpo que tanto amaba. No había dudas de que ella estaba muerta. April se había ido. ¿Cómo podía entonces escuchar ese sonido otra vez? Porque era indudable que los oía. Lentos y, sin embargo, perceptibles. Un leve murmullo, un eco lejano.

Pero ahí estaban. Inconfundibles. Insistentes. Testarudos.

Como su dueña. Como si negaran a rendirse.

El corazón de Van comenzó a latir más despacio, vaciló y luego reanudó su ritmo a toda velocidad, impulsado por la renovada esperanza de que no todo estuviera perdido. De que, tal vez, April hubiera encontrado un modo de regresar junto a él.

— Traed a un médico, rápido.

Su orden resonó en el silencio, sobresaltando a sus hombres que raudos se apresuraron a obedecer a su rey. En cuanto se marcharon, Van volvió a centrarse en la mujer que yacía entre sus brazos. La estrechó contra sí con firmeza y le acarició el rostro con la yema de los dedos.

— Aguanta un poco más, April… sigue luchando por mí.

Le suplicó, deseando que ella pudiera escuchar sus palabras y la ayudaran a aferrarse a la vida.

April había perdido la cuenta del tiempo transcurrido desde que había dejado de sentir su cuerpo. En realidad no sentía nada, absolutamente nada. Sólo dolor.

La oscuridad se había adueñado de sus sentidos y no podía recordar dónde estaba.

Unos minutos atrás creyó escuchar algunas voces distantes. Alguien que la llamaba, pronunciando su nombre de forma agónica, presa de sollozos desgarradores. Las palabras rasgaron a April cuando reconoció al dueño de aquella voz. Van estaba a su lado, sufriendo por ella y el dolor que se percibía en su tono le retorció con saña el corazón.

April quiso responderle, decirle que continuaba luchando, que no iba a rendirse. Pero era incapaz de encontrar sus labios. La debilidad la envolvió mientras las voces continuaban, sin embargo, llegaban hasta ella cada vez más lejanas, como un eco a través del agua, y no era capaz de identificar ninguna.

Las tinieblas se alzaron de nuevo sobre ella y perdió la noción del tiempo por completo.

¿Cuántos segundos, minutos, horas… habían pasado? No podía estar segura. En mitad de aquella negrura, nada tenía significado para ella.

Más oscuridad. Densa. Profunda. Sin final.

"Estoy dentro de ti y jamás te abandonaré".

La voz de Fortuna invadió su mente y con ella regresaron, de pronto, la agonía y el suplicio. Cada latido del corazón desgarraba su pecho en un martirio interminable. Sin embargo, no todo era dolor. Había alguien más a su lado que le susurraba palabras de aliento y que la aferraba, presionándola con su delicioso calor.

"Aguanta un poco más, April… sigue luchando por mí".

Ella ni siquiera necesitó verle para saber de quién se trataba. Aquella era la única voz que podría reconocer hasta en el mismísimo infierno. Van… Van aún estaba allí. No se había marchado. Y era su calor el que la rodeaba. El rey de Fanelia le suplicaba que no se rindiera. Aunque ella no pensaba hacerlo, había muchas personas a las que quería ver de nuevo. Había tantas cosas que necesitaba hacer.

Pero, por encima de todo, debía luchar para tener la oportunidad de decirle a Van que le amaba.

Sobreviviría por todos y cada uno de ellos. Tenía que ser fuerte. ¡Tenía que hacerlo!

Pero, de pronto, el calor y la ligera presión desaparecieron y sintió que elevaban su cuerpo del suelo y la ponían en una camilla. La oscuridad volvió, más fuerte que antes, aplastándola bajo su peso. April no podía abrir los párpados. Los notaba excesivamente pesados, al igual que sus brazos y sus manos, que yacían inertes a ambos lados de su cuerpo, pero tampoco podía moverlos y se preguntaba si algún día volvería a hacerlo.

Cada bocanada de aire le provocaba un agudo dolor en el pecho, convirtiendo respirar en un suplicio terrible.

Se sentía como una extraña dentro de su propio ser. ¡Qué extraño era ese sentimiento! Ella estaba allí, tumbada, pensando y luchando por seguir respirando; pero no podía moverse, ni hablar, ni abrir los ojos. Su cuerpo ya no respondía. Su capacidad motora había cedido. Tal vez para siempre.

"No te rindas ahora, April", escuchó una vez más dentro de su cabeza la voz de Fortuna.

Entonces, algo cambió de forma perceptible. Podía sentir que estaba en una camilla metálica, ya que notaba el frío del metal bajo su cuerpo. A su alrededor, decenas de voces gritaban y hasta ella llegó un fuerte olor a desinfectante. En aquellos momentos se encontraba desnuda, pero no tuvo tiempo de sentir vergüenza por exponer su cuerpo. En ese instante los médicos, imagino ella, comenzaron a introducirle inyecciones y un montón de cables que atravesaron su maltrecho cuerpo.

April siseó de dolor, casi sin fuerzas.

"Ha perdido demasiada sangre", oyó que una profunda voz masculina gritaba a su lado. Y, mientras los doctores se afanaban para salvarle la vida, escuchó decenas de órdenes sin sentido que no pudo procesar.

¿Quién iba ganando la batalla? ¿Las heridas de su cuerpo o su tozudo corazón?

Ella no lo sabía con certeza. Lo único que podía hacer era seguir luchando para que la nada oscura que presagiaba la muerte no la tragara sin piedad. Y en ese instante, cuando peleaba contra las tinieblas para mantenerlas a raya, el dolor se redobló, incrementándose de forma terrible, aunque parecía imposible.

Sintió, a continuación, una nueva cuchillada espeluznante sobre el corazón que la hizo jadear.

"Yo curaré tus heridas, April. El resto depende de ti"

La voz de Fortuna resonó en su interior y le hizo saber que la diosa se estaba encargando de sacar adelante su cuerpo maltrecho. Pero eso significaba que se avecinaba algo mucho peor que todo lo anterior.

Efectivamente, así era.

April sintió un dolor punzante en la cabeza y, de pronto, su cuerpo se escindió.

Desgarrándola. Quebrándola. Destruyéndola. Despedazándola.

Las oleadas de tormento la aplastaron con su fuerza mientras, sobre la camilla, su cuerpo se retorcía sin control preso de la agonía, enloquecido y sobrepasado por el dolor. Varios pares de manos la sujetaron contra el frío metal pero ella se debatió ferozmente contra las personas que intentaban calmarla.

April gritó hasta que sintió la garganta en carne viva. Y cuando ya no pudo emitir ningún sonido se derrumbó sobre la camilla al tiempo que su mente, aún intacta y lúcida, comprendía el origen de su tormento.

El poder de los dioses.

Parecía que habían transcurrido miles de años desde aquella noche en Godashim cuando presenció en sueños la muerte de Van. Pero, al igual que entonces, el dolor irrumpía a través de la oscuridad para llegar hasta ella. Sin embargo, en esta ocasión, el dolor era peor. Mucho peor. Porque no estaba viviendo un sueño, sino la agónica y cruel realidad. Porque no eran los rescoldos del poder de Fortuna, a través de una simple visión, lo que estaba experimentando, sino que la esencia de la propia diosa se extendía por su sistema como una droga y su cuerpo no estaba hecho para soportar semejante empuje.

El dolor empeoró hasta hacerse insoportable.

De haber podido hablar, April habría suplicado que le llegara la muerte. Que alguien se apiadara de ella, la matara y acabara con aquel sufrimiento que parecía no terminar nunca. Porque nadie en el mundo merecía padecer aquello.

El tiempo se hizo infinito convertido en un suplicio interminable y virulento.

Agonía. Dolor. Una tortura sin fin. Era lo único que April podía sentir.

Luego, todo se apagó.

Y April supo que, esta vez, había perdido la batalla.

Los pasillos del hospital de Palas estaban atestados de los heridos que había dejado tras de sí el ataque sobre la ciudad. La atmósfera, cargada de gemidos de dolor, apestaba a sufrimiento y muerte.

En la segunda planta del edificio, Millerna deambulaba de un lado a otro en una de las salas de espera privadas. Se trataba de una estancia amplia y fuertemente iluminada por las decenas de candelabros que colgaban de las paredes y el techo como enormes telas de araña. Las paredes habían sido recubiertas con paneles de madera y brillaban bajo el fulgor de las velas. Pero ni siquiera aquella luminosidad radiante combinada con la luz de la Luna Fantasma, que se colaba por las grandes ventanas, podía hacer frente al sombrío ambiente que reinaba en la sala.

Las caras de todos los presentes reflejaban la angustia y la incertidumbre que les castigaban sin compasión desde hacía horas.

Porque la princesa de Asturia no era la única que sufría para mantener el miedo a raya. Apoyado contra la pared con los brazos cruzados fuertemente sobre el torso y mortalmente serio, Erik, el único que permanecía de pie junto con Millerna, miraba fijamente la fila de sillas de madera que decoraba la pared occidental. Allí aguardaban sentados Allen, Dryden, Harold, Merle y, al final de la hilera, Van completamente solo, separado de los demás por unas cuantas sillas de distancia. El rey de Fanelia apenas se había movido un milímetro de su posición en las últimas horas. Apoyado sobre sus rodillas y con las manos en el rostro contemplaba la nada con la mirada perdida. Millerna no podía saber si rezaba o simplemente era incapaz de asumir lo que estaba sucediendo.

Porque a unos metros de allí, April se debatía entre la vida y la muerte.

Desde que habían llegado al hospital, avisados de que la hija de Hitomi estaba siendo tratada allí, los médicos les habían pedido que se acomodaran en aquella estancia a la espera de noticias. Y esa espera estaba acabando con la entereza de los presentes. Allen y Erik permanecían, uno sentado y el otro de pie, asombrosamente tensos. Merle no dejaba de llorar de forma silenciosa sobre su asiento y el sendero que las lágrimas habían trazado al descender era visible en sus mejillas. Van ni siquiera parecía consciente de que los demás estaban allí, Harold no había pronunciado una sola palabra en las últimas horas y la princesa de Asturia, incapaz de permanecer sentada, había intentado calmar la ansiedad que sentía concentrándose en recorrer una y otra vez aquella habitación.

Pero nada parecía paliar la quemazón del miedo que laceraba cruelmente sus entrañas.

La única interrupción en todas esas horas de agónica angustia la había protagonizado un médico que se había precipitado dentro de la sala poco después de que ellos llegaran. El sanitario les había informado de que April acababa de entrar en el quirófano y que su estado era muy grave. El equipo médico luchaba por detener la hemorragia que la herida había provocado pero, mientras lo hacían, tenían una preocupación aún más acuciante. La daga hacía seccionado parte de la aorta a la altura del corazón y la dramática pérdida de sangre había dejado a April al borde de la muerte. Necesita urgentemente una transfusión sanguínea pero, debido al ataque, las reservas de sangre del hospital no estaban disponibles. El sanitario había ido hasta la sala para solicitarles a ellos, las personas más cercanas al paciente, que donaran sangre para salvarla.

— Cualquiera de nosotros se ofrecerá voluntario para sangrar por ella— había dicho Van y, casi inmediatamente, todos manifestaron al unísono su conformidad con las palabras del rey de Fanelia.

Cada uno de los presentes había tenido que realizar una pequeña prueba para averiguar quiénes eran compatibles con April. Resultó que sólo Van lo era. El ryujin ni siquiera pestañeó cuando un pequeño grupo de sanitarios se acercó rápidamente hasta él para comenzar el proceso de extracción. Se detuvieron, unos minutos después, cuando alcanzaron el umbral recomendable pero Millerna estaba segura de que Van habría sangrado hasta perder la conciencia si se lo hubieran permitido.

Los médicos habían vuelto a marcharse apresuradamente. Y desde entonces nada. Sólo una espera que parecía no tener fin.

Intentando encontrar algún tipo de consuelo, Millerna se sentó junto a su esposo y dejó que éste la acariciara dulcemente.

— Todo es culpa mía— murmuró mortificada, clavando su violeta mirada en la figura del ryujin—. Nos encargaste que la protegiéramos y te he fallado. Debí detenerla cuando salió de palacio pero no pude hacerlo. Lo siento tanto…

Van ni siquiera la miró para responder.

— No te castigues por eso, Millerna— el rey de Fanelia se sintió culpable por la dureza que hasta él percibía en su voz pero no tenía energía en ese momento para consolar a nadie—. April saldrá de esta. Sé que lo hará.

Las palabras de Van sacudieron a los demás que ansiaban creer en ellas con todas sus fuerzas. Merle, cuyo corazón sufría una agonía indescriptible por el peligro que corría su amiga, se levantó lentamente y tomó asiento junto al ryujin para abrazarle con cariño.

— April es fuerte, si alguien puede sobrevivir a esto es ella.

El toque de Merle era gentil pero no era el que Van anhelaba sentir. Aun así, se forzó a sí mismo a corresponder el abrazo de su medio hermana, consolándose mutuamente tal y como habían hecho desde que eran niños.

Nadie pronunció una sola palabra después de aquello y las horas se escurrieron con una lentitud dolorosa. Millerna era incapaz de recordar ninguna otra noche que se le hubiera hecho tan larga como aquella.

Todos se quedaron allí, sentados en silencio y esperando noticias. De vez en cuando, alguno de ellos se levantaba, sustituyendo a Millerna en sus paseos erráticos por la habitación. Sólo hablaban para controlar la hora, para preguntarse en voz alta qué estaría pasando o para tranquilizarse unos a otros diciéndose que si había malas noticias lo sabrían enseguida.

Ningún médico o enfermero volvió a acercarse hasta la sala para comunicarles novedades sobre el estado de April y ellos permanecieron allí, esperando. Simplemente esperando…

Justo antes del amanecer, las puertas dobles que daban acceso a la estancia se abrieron de golpe, sobresaltándolos a todos, y por ellas entró una mujer alta, rubia y de ojos increíblemente azules. Vestía una formal indumentaria de médico y parecía cansada.

— Esta noche hemos tenido mucho trabajo, he venido en cuanto me he enterado— murmuró como disculpa mientras se acercaba hacia Allen. El caballero Caeli se levantó presuroso de su asiento para estrechar firmemente a la recién llegada entre sus brazos—. ¿Cómo está ella?

Ninguno de los presentes sabía muy bien qué decir o por dónde empezar.

— Aún no hay noticias, Serena— contestó Dryden finalmente, al cabo de unos minutos, con la voz extenuada por las horas de espera—. Lo único que nos han dicho es que sigue en el quirófano.

Serena Schezar clavó su mirada en el preocupado rostro de su hermano y le dio un apretón cariñoso en el brazo. Aunque ella no había tenido oportunidad de tratar mucho con April, debido a la cantidad de horas al día que pasaba en el hospital, sabía lo importante que la joven de la Luna Fantasma era para los presentes y lo importante que seguía siendo Hitomi para todos ellos. Ninguno podría soportar la idea de que algo le sucediera a la única hija de la vidente que los había salvado a todos.

— No puede quedar mucho entonces, los quirófanos se han quedado libres hace un momento— informó Serena para intentar infundir algo de ánimo en el espíritu maltrecho de sus amigos.

Sin embargo, nadie respondió a sus palabras. Y el miembro más joven de la familia Schezar acabó sentándose junto a su hermano para unirse a la muda vigilia. El silencio volvió a adueñarse de la estancia pero, por fortuna para todos los presentes, en esta ocasión no duró mucho.

Las puertas dobles volvieron a abrirse cuando la aurora comenzaba a despuntar a lo lejos, en el este. A través de ellas, un médico accedió a la estancia y se acercó hasta ellos con rapidez. Todos se levantaron atropelladamente de sus asientos para rodear al sanitario como una jauría hambrienta de noticias.

Van quería preguntar por el estado de April pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta, impidiéndole pronunciar un solo sonido. Fue Millerna quien acabó hablando por el resto.

— ¿Cómo está April, doctor?

El médico se inclinó respetuosamente ante la presencia de los príncipes de Asturia y del rey de Fanelia antes de contestar:

— Me temo que la situación de la paciente es sumamente delicada— anunció extenuado y con la voz hueca, deseando traer consigo mejores noticias—. La herida punzante que presentaba en el pecho era grave y profunda y, desgraciadamente, tengo que comunicarles que ha afectado parcialmente el pulmón izquierdo y el ventrículo izquierdo del corazón.

Los presentes intercambiaron miradas de horror. El miedo y el pesar se reflejaban en sus rostros angustiados. Sólo Millerna, gracias a sus conocimientos médicos, fue capaz de comprender el alcance de aquel diagnóstico y tembló por dentro al asimilar su significado.

— Como consecuencia de tan graves lesiones— continuó el sanitario, masajeándose de forma mecánica el puente de la nariz—, el corazón de la paciente se ha detenido sobre la mesa de operaciones y nos hemos visto obligados a realizarle una maniobra de reanimación para estabilizarla— los amigos de April parecieron contener la respiración al mismo tiempo ante tremenda revelación y el cansado médico tuvo que apresurarse a tranquilizarlos—. Afortunadamente, lo hemos conseguido pero durante la parada cardíaca la señorita Ryan ha sufrido una insuficiencia respiratoria severa.

Todos los presentes, a excepción de la princesa de Asturia, se miraron unos a otros con la confusión pintada en el semblante.

— ¿Qué significa eso exactamente, doctor?— inquirió Dryden, exponiendo las dudas en nombre de los demás.

— Significa que su cerebro ha pasado varios minutos sin recibir oxígeno lo que, con toda probabilidad, habrá producido graves daños en sus funciones cerebrales elementales— el médico se detuvo, como si lamentara profundamente el dolor que sus palabras traían consigo—. Puede que pierda la capacidad de hablar, la vista o que no vuelva a caminar… todo depende de las áreas de su cerebro que se hayan visto afectadas por la privación de oxígeno. Desgraciadamente no podremos conocer con exactitud el alcance de los daños hasta que la paciente despierte.

— Y, ¿cuándo despertará?— consiguió articular Harold, que había permanecido en silencio hasta el momento.

— No puedo responder a esa pregunta. En estos momentos la paciente se encuentra en estado de coma y no sabemos cuándo recuperará la conciencia. Puede que lo haga en horas, días, semanas… o, en el peor de los casos, puede que nunca despierte— el médico lanzó una mirada de pesar a los presentes que se sumieron en la desesperación más absoluta—. Hemos hecho todo lo posible pero, lamentablemente, ahora sólo nos queda esperar.

Van sintió que el alma se le escapaba del cuerpo al escuchar aquellas palabras. Se derrumbó pesadamente sobre la silla en la que había permanecido las últimas horas, incapaz de asumir lo que acababa de oír. Quiso llorar de rabia ante la injusticia de la situación pero no pudo. El miedo a perder a April era tan grande que le tenía paralizado.

— ¿Podemos verla? —pregunto Millerna de pronto, el ryujin sólo escuchaba a medias.

— Por supuesto, alteza. La acabamos de trasladar a una habitación privada donde estará mucho más cómoda— corroboró el médico—. Pero una sola persona por vez, no es recomendable que la paciente reciba demasiadas visitas en este momento.

— En ese caso… Van debería ir primero— dijo Millerna—. Nosotros esperaremos aquí hasta que llegue nuestro turno.

El rey de Fanelia alzó el rostro y miró confuso a sus amigos. Abrió la boca para expresar su disconformidad con la decisión de Millerna pues todos los presentes tenían el mismo derecho que él a estar junto a April en ese momento, pero la princesa de Asturia no se lo permitió.

— Vas a entrar en esa habitación ahora mismo y no quiero oír una sola palabra más.

Erik cabeceó en señal de aprobación y se quedó apoyado en la pared de la sala de espera. Los demás le imitaron, tomando asiento de nuevo.

El ryujin sonrió agradecido a la mujer que ojos violetas que le palmeó el brazo para infundirle ánimo y le dejó marchar tras los pasos del médico. Éste condujo a Van a través de las puertas dobles por el amplio y largo corredor que había a continuación, tenuemente iluminado por candelabros dorados que colgaban de las paredes. Por las puertas que dejaban atrás entraban y salían constantemente médicos que se apresuraban a atender a otros pacientes. Sin detenerse siquiera, Van y el doctor subieron unas espaciosas escaleras hechas íntegramente de madera labrada y llegaron a un pasillo que se abría a un vasto recibidor de mármol blanco. El médico cruzó el recibidor a paso firme y abrió la segunda puerta a la izquierda, haciéndose a un lado para permitirle el paso al rey de Fanelia y cerrando la puerta en cuanto Van entró.

A primera vista, la sala era pequeña pero confortable. La luz procedía de una única lámpara que pendía elegantemente del techo y, como había prometido el médico, no había ningún otro paciente. April ocupaba la única cama de la estancia, situada al fondo, junto a la ventana, vistiendo una sencilla bata de hospital. Yacía recostada sobre suaves almohadones y su pelo rojo como el fuego serpenteaba como una enredadera sobre la nívea tela. Las primeras luces del alba recortaban su figura como una caricia etérea mientras el aliento escapaba lentamente entre sus labios carnosos, esos que Van había poseído tan sólo unas horas antes.

Algo se rompió dentro del poderoso rey de Fanelia cuando la vio allí, inmóvil sobre las sábanas. Reuniendo todo el valor que pudo encontrar en sí mismo, Van se acercó hasta ella lentamente. Estaba conectada a un sinfín de monitores y medicaciones intravenosas. Pero lo que más aterrorizó al ryujin fue la extrema palidez de su rostro que la hacía parecer vulnerable, como si un simple golpe de viento pudiera romperla.

Además, era tan extraño no verla sonreír.

Apartándole el cabello del rostro para contemplarla mejor, Van sonrió ante su belleza. Había algo en ella que relucía incluso mientras estaba inconsciente. La sencilla bata de hospital que vestía no le hacía justicia en absoluto. April era tan hermosa, la mujer más hermosa que había visto en la vida. Los labios del rey buscaron su frente y, cuando sus pieles se tocaron, Van volvió a sentir que esa familiar corriente eléctrica le recorría de pies a cabeza. Inspirando profundamente, aspiró el aroma femenino con deleite.

El miedo a perderla ardió dentro de él como las llamas de un poderoso incendio, quemándole como el peor de los venenos. April tenía que sobrevivir, no importaba cómo, porque no podía vivir sin ella. No quería vivir sin ella, no soportaba la idea de perderla.

La amaba. La necesitaba.

— Vuelve conmigo, te lo ruego.

Con sumo cuidado, Van entrelazó sus dedos con los de ella y la aferró con fuerza. Antes de poderlo pensar mejor, sostuvo la mano femenina contra su mejilla y saboreo la suave sensación de aquella suave piel.

Fue entonces cuando comenzó a llorar.

No se dio cuenta de ello hasta que sintió las lágrimas descendiendo lentamente por sus mejillas hasta perderse en su mentón, cayendo sobre las blancas sábanas de la cama como la lluvia sobre la tierra… pero no le importó. Tampoco intentó apartarlas. Las dejó salir sin control mientras su alma sufría por la mujer que había arriesgado la vida por él.

Van Slanzar de Fanel cayó de rodillas, sobre el frío mármol del suelo, junto a la cama en la que yacía la mujer que amaba. Un sollozo estrangulado se escapó de su garganta y, por una vez, se alegró de estar solo. Atormentado por la desesperación, la culpa y el temor, se aferró con más fuerza a la mano de April, el único asidero que podía salvarle de aquella tormenta de dolor y angustia.

Y lloró. Como no lo había hecho desde la muerte de su hermano tantos años atrás.


Hola Escafans!

Aquí estoy otra vez y os pido mil disculpas por el retraso pero he estado disfrutando de unas largas vacaciones y no he vuelto a casa hasta ahora. Y, para que veáis cuánto os quiero, lo primero que he hecho ha sido subir el nuevo capítulo porque os lo debía desde hace un tiempo. El capítulo es laaaargo, así que espero que eso pueda compensar la espera. Así como también espero que nadie quiera acabar con mi vida después de este capítulo, sé que os hago sufrir pero deseo que este capítulo compense un poco el sufrimiento.

También quería dar las gracias por la acogida del capítulo anterior. No me esperaba tantísimas visitas , DM y comentarios. Gracias, gracias, gracias y mil veces gracias. Todo esto no tiene sentido sin vosotros y me hacéis muy feliz. Os quiero a todos.

Me gustaría, como siempre, contestar los RR anónimos del capítulo anterior:

Laura: yo también lloré escribiendo el capítulo anterior y escribiendo este más de lo mismo. Siento hacerte sufrir así, de verdad que sí pero es necesario. TODO tiene un por qué en este fic, hasta los detalles más insignificantes. Por ahora, tu deseo se ha cumplido. Veremos si April es capaz de resistir, ahora todo depende de ella. Muchas gracias por el review y por el apoyo, significa mucho para mí. Miles de besos.

Cindy: lo sé, lo sé... soy la reina de la maldad pero te prometo que TODO tiene una explicación y tu sufrimiento no será en vano. Y no te preocupes que no es mi último capítulo, me queda mucha tela que cortar en este fic y muchas preguntas por contestar así que todavía tienes Ela para rato XD No sabes cuánto valoro tus palabras, eres genial. Muchas gracias por el apoyo, así se me hace muy fácil escribir cada capítulo. Espero que te guste el nuevo capítulo. Miles de gracias por estar ahí y por el apoyo. Muakas :)

7: lo siento, lo siento... sé que soy mala malísima y que me merezco terribles sufrimientos por como terminé el último capítulo pero es necesario. TODO tiene un por qué en este fic y te juro que no os voy a dejar así de mal. Me alegra oír que April te ha conquistado completamente, a mí también la verdad. Muchas gracias por llevar conmigo tantos capítulos y por no irte de mi lado. Tu apoyo es muy importante. Miles de gracias y de abrazos virtuales.

Araceli: madre mía, ¿el fic completo en un sólo día? Eso merece un aplauso o desbloquear un logro o algo... (¿Dónde estará el emoticono del aplauso cuando lo necesito?) Me alegra tanto leer que te ha gustado esta historia, me hace tan feliz leer tu comentario... es increíble. Gracias, gracias y mil gracias. Es todo lo que puedo decir. Y sí, soy una mente maquiavélica que tiene muchas cosas dando vueltas en el cerebro para todos vosotros. Espero que te gusten tanto como lo que ya has leído. Gracias por estar ahí y miles de besos.

Pablo: Hola Pablo :D tú si que eres grande por dejarme semejante comentario. Qué manera de levantarme la moral, así escribe una doscientos fic si hace falta. Me emocioné mucho cuando lo leí porque saber que he conseguido que pases de un sentimiento a otro sólo con lo que escribo, que he conseguido que te enamores de un personaje salido de mi loca cabeza... es brutal, genial, fantástico. NO TENGO PALABRAS. DE VERDAD... MILES DE GRACIAS. Ya tienes aquí el siguiente, a ver qué te parece. Mil besos.

Alice Cullen: tu comentario me ha emocionado, de verdad. Sufrí mucho para escribir el capítulo anterior y descargué muchas cosas en él. Leer que te ha gustado, que lo has vivido y que he conseguido hacerte sentir cosas con la lectura es el mayor cumplido que puedo recibir. Y lo que yo hago no tiene mucho mérito: sólo es cuestión de tener un buen diccionario, imaginación y un poco de tiempo libre. Tú también puedes hacerlo si te lo propones y estaré encantada de leer o ayudarte a escribir lo que desees. Ya sabes, aquí estoy para el que lo necesite. Muchas gracias por estar ahí siempre, apoyándome de esta manera. GRACIAS, GRACIAS GRACIAS. Mil besos.

Loise Vallire: HOLAAAAA y bienvenida a esta locura que a mí me gusta llamar fic. Te entiendo bien, es duro leer una historia en la que falta alguno de los personajes principales pero yo quería escribir algo diferente y me alegra muchísisisisimo leer que he conseguido engancharte a ti y a tu hermana. Soy realmente feliz leyendo estas cosas en un comentario. Es maravilloso y me ayuda a seguir escribiendo cuando me quedo bloqueada o me saturo. Así que MIL GRACIAS por esto. Vuestro apoyo es muy importante para mí aunque no lo parezca porque si escribo para vosotros me encanta saber vuestra opinión. El final de esta historia está en mi cabeza desde la primera vez que me senté delante del PC a escribir. Lo tengo clarísimo en mi loca cabeza y espero que esté a la altura. Mil gracias por estar ahí y os mando cientos de besos a ti y a tu hermana.

Nadia: peeeerdóname, no quise hacerte sufrir. Te juro que es necesario, TODO tiene un por qué. Me alegra saber que mis descripciones del baile te han gustado, me esforcé mucho para que fuera real. Y no te preocupes que no voy a dejar el fic así. El sufrimiento es necesario en la vida y el fic no ha acabado aquí. Te prometo que merecerá la pena o eso espero :) MIL MILLONES DE GRACIAS por estar ahí conmigo y te mando cientos de abrazos virtuales de parte de Van (que lo tengo aquí al lado y dice que le da pena que hayas sufrido por él)

Dianeli: MI DIANELI COMO TE HE ECHADO DE MENOS, que alegría tenerte otra vez aquí. Yo también he estado muy ocupada con los finales y saturada de trabajo pero me alegra saber que ya estás más tranquila :) No sabes lo feliz que me hizo abrir FF y ver tu review. Me alegra que te hayan gustado los últimos capítulos y que hayas disfrutado del último. A ver qué te parece éste. Te mando miles de besos y abrazos y MIL MILLONES DE GRACIAS por seguir aquí conmigo.

Adeline: si tu review empieza con "tu fic es uno de los mejores que he leído" me emociono, lloro (de alegría y de emoción) y ya me has convertido en una escritora llorosa. Qué magnífico ha sido tu comentario. Aunque parezca que no todo el esfuerzo se compensa cuando leo vuestras opiniones y veo que os ha gustado. Me emociono mucho y esas palabras me ayudan a seguir escribiendo cuando me bloqueo, me saturo o mis musas deciden irse a la playa de vacaciones :) así que MIL MILLONES de gracias por el apoyo y por leerme. Espero que el siguiente capítulo te guste tanto como el anterior. Mil besos de chocolate.

Eso es todo lo que quería decir. Para comentarios, observaciones, tartazos, consejos, peticiones, sugerencias, ayudas... ya sabéis que hacer. Basta con darle al botón y en menos de lo que tardas en decir Quidditch os responderé :)

Sin más que añadir, me despido.

Nos vemos en el siguiente.

Love, Ela.