Recomendación musical: Lost Under Heaven — The Great Longing.
Capítulo 27: El cuento de la chica pelirroja I
Van permaneció estático, incapaz de moverse o de articular palabra, durante unos minutos que se le antojaron horas. Entumecido, el ryujin se acercó hasta la pareja que descansaba sentada sobre la arena y su mirada vagó por la figura de Hitomi como si su cerebro estuviera intentado cerciorarse de que, después de tantos años, era ella verdaderamente la mujer que estaba ante sus ojos.
Aunque fuera un mero recuerdo. El eco lejano de una vida pasada.
— ¿Hitomi?— preguntó, a sabiendas de que ella no podía oírle.
Hitomi Kanzaki, la tarotista de la Luna Fantasma cuyas visiones le habían ayudado a ganar una guerra, miraba jugar a lo lejos a su pequeña hija con un resplandor en el rostro que Van jamás había visto. Sin embargo, ya no era la chica que el rey de Fanelia había conocido. Hitomi había dejado que el pelo le creciera hasta tocar sus hombros, haber sido madre había ensanchado el cuerpo juvenil que Van recordaba y el tiempo había añadido algunas arrugas al rostro femenino. Pero sus ojos seguían siendo los mismos. Aquellos orbes verdes que April había heredado. Aunque, ahora que miraba más de cerca, Van podía apreciar pequeñas diferencias entre madre e hija. Los de April eran más grandes y oscuros. Brillaban reflejando siempre esa intensidad tan propia de ella y que Van tanto apreciaba contemplar.
O tal vez le gustaban más los de April sólo porque se había enamorado de ella. Su amor por April no era un amor joven y adolescente como el que una vez sintió por Hitomi. Inexperto, ingenuo e inocente. No. Lo que sentía por aquella mujer inteligente y testaruda era diferente.
Maduro, fuerte, desmedido. Intenso.
Van podía jurar que jamás en su vida había sentido por nadie lo que sentía por ella. April había llegado hasta él sin querer, como en su momento hiciera Hitomi. Sin embargo, ella era distinta. Le provocaba, le incitaba, le cuestionaba. Era fuerte y pasional. Ardiente como las llamas de una hoguera. Indomable como el viento que sopla en la cumbre de las montañas. Nunca se había sentido tan libre como cuando la besaba. Y no. No se había aferrado a ella porque acabara de perderlo todo o porque la muerte pendiera sobre su cabeza constantemente en mitad de aquel conflicto en el que se había visto envuelto siendo adolescente. No. No era un amor de tiempos de guerra, intimidado por la posibilidad de no vivir para ver otro amanecer. No. Era un amor de tiempos de paz.
April le había curado las heridas del pasado, había sanado su corazón muerto. Le había obligado a despertar del letargo en el que se había sumido voluntariamente y con la vitalidad y alegría que la caracterizaba se había encargado de poner patas arriba su mundo monótono y aburrido. April Ryan era la única persona que había sido capaz de acabar con años de sufrimiento y juntar todos los pedazos de la descompuesta existencia del rey de Fanelia.
Ella era todo lo que Van quería. Todo lo que no podía dejar escapar.
Fue entonces cuando el ryujin supo, más allá de toda duda, que la amaba. Amaba a esa mujer testaruda que parecía vivir para volverlo loco. No había nada más que añadir al respecto. No podía seguir negándolo.
Ese pensamiento le atravesó como una revelación mientras contemplaba a los padres de April que, abrazados sobre la arena, seguían atentamente los movimientos de su hija junto a la orilla. Hitomi, que vestía un ligero vestido y estaba descalza, apoyaba la espalda contra el pecho de su esposo y sonreía feliz y dichosa. El hombre de rostro amable que la abrazaba tierna y protectoramente era joven y alto. Tenía los ojos, increíblemente azules, fijos en la pequeña que jugueteaba con las olas a tan sólo unos metros de distancia y la brisa le alborotaba suavemente el pelo, tan rojo como el fuego, un fuego que April había heredado de él.
Y aquella escena, que antaño le habría causado un dolor indescriptible, provocó en el rey de Fanelia una extraña sensación de calma. Por fin, después de tantos años, había logrado reconciliarse con su pasado y alcanzar la paz consigo mismo. Y se lo debía a la niña traviesa que jugaba a esquivar las olas junto a la orilla.
Con una sonrisa plena en el rostro, Van desvió la mirada hacia la pequeña y se alejó de Hitomi y su esposo a paso lento mientras la luz del sol le acariciaba delicadamente el rostro y el aroma del mar le inundaba los pulmones. Cuando llegó hasta April pudo escucharla reír libremente, maravillado por el sonido de su risa y por los hoyuelos que se formaban en sus mejillas, sonrojadas ahora por el esfuerzo de esquivar los continuos envites de las olas. Parecía tan feliz, y eso le hizo sentir algo extraño hacia ella. Una rara sensación en el estómago. Tal vez se tratara de ternura. No estaba seguro.
Pero, de pronto, el rumor de las olas se apagó y Van miró a su alrededor. La escena se disolvía como si fuera humo, desvaneciéndose ante sus ojos; sólo podía ver su propio cuerpo: todo lo demás eran tinieblas envolventes e impenetrables que se cernían sobre él. Se precipitaba en la fría oscuridad, girando con furia sobre sí mismo y, entonces… antes de que Van fuera consciente, la escena se rehízo a su alrededor.
Ahora estaba en una especie de habitación infantil. La habitación de April. La pequeña niña pelirroja dormía pacíficamente en la cama, con las sábanas enredadas entorno a su menudo cuerpo. La tibia luz del sol se colaba tímidamente por las suaves cortinas que flaqueaban la ventana, iluminando delicadamente la estancia, y, a juzgar por la pálida tonalidad de sus rayos, aún debía ser temprano. El suelo era de madera oscura y las paredes estaban pintadas de azul claro. Sobre el escritorio, situado bajo la ventana, se amontonaban libros y extraños aparatos electrónicos que Van fue incapaz de reconocer. Las puertas del armario y la pared junto a la que se hallaba el mueble estaban decoradas con decenas de dibujos que, vistos desde la distancia, parecían formar un extraño mural de colores. El ryujin se acercó para contemplarlos detenidamente y se sorprendió al descubrirse a sí mismo en alguno de aquellos dibujos: montando a Escaflowne, esgrimiendo la espada de su familia o desplegando sus blancas alas frente a una puesta de sol.
Durante unos segundos que parecieron eternos, Van rastreó su cerebro en busca del nombre correcto para el torrente de emociones que le embargaba, pero no conocía palabras lo suficientemente potentes que pudieran describir cómo se sentía. Tampoco importó demasiado pues en ese preciso momento una melodía, que parecía proceder del piso inferior de la vivienda, inundó la habitación.
Como si aquella fuera la señal que April hubiera estado esperando, la pequeña despertó de su sueño con un ligero sobresalto. Los acordes de la canción reverberaban en la habitación bañada por el sol, mientras ella se incorporaba lentamente. Al observar la sonrisa sincera que adornó el rostro infantil, Van creyó que la melodía debía ser conocida para la pequeña. Efectivamente así era. April pateó con impaciencia las sábanas que la envolvían y saltó de la cama para echar a correr cruzando la habitación, sin preocuparse por calzarse primero. A continuación, abrió la puerta de un tirón y salió al rellano con Van siguiendo curioso sus pasos.
Una vez en el pasillo, la pequeña giró a la derecha y continuó su carrera por el largo pasillo de suelos de madera y paredes pintadas de color claro hasta detenerse en lo más alto de la escalera que descendía al piso inferior. La música sonaba cada vez con más intensidad. Con sumo cuidado, April se agarró al oscuro pasamanos y bajó los peldaños lo más rápido que le fue posible. Al llegar al piso inferior volvió a girar a la derecha y se detuvo ante la primera puerta de un pequeño corredor cuyas ventanas daban al jardín.
Riendo divertida, April se puso de puntillas, giró el pomo y abrió la puerta con decisión. Van vislumbró entonces una luminosa habitación de techos altos cuyas paredes estaban forradas de estanterías llenas de libros. La música procedía de un extraño aparato colocado sobre un enorme escritorio atestado de papeles.
El padre de April esperaba a la pequeña con un libro entre las manos, sentado tranquilamente junto a la ventana.
— Buenos días, tesoro— la saludó cariñosamente, despegando la vista de su lectura—. ¿Te apetece empezar el domingo con un poco de Sinatra o ya estás cansada de tu padre y sus viejas costumbres?
April rió y echó a correr hacia su padre como respuesta. Tan pronto como la niña cruzó el umbral, el hombre dejó de lado su libro, se puso en pie y la recibió con los brazos abiertos cuando ella atravesó rápidamente la distancia que los separaba y se arrojó con una carcajada sobre él. Sujetando a April en un abrazo apretado, su padre comenzó a moverse por la habitación como si estuviera bailando, cantando entre dientes la letra de aquella canción. April reía desde los brazos de su padre y se agarraba a los pliegues de su chaqueta de tweed, intentando seguir la melodía a duras penas.
Van sonrió ante la estampa que ofrecían padre e hija y les contempló en silencio, mientras la música seguía sonando, como si no quisiera interrumpirles a pesar de que sólo era un recuerdo. Pronto se dio cuenta de que no era el único que quería mantenerse en un discreto segundo plano. Hitomi permanecía inmóvil bajo el dintel de la puerta con una sonrisa en el rostro y los ojos verdes brillantes de alegría. El ryujin nunca la había visto tan feliz y, por primera vez, se alegró sinceramente de que la tarotista que tanto le había ayudado en su adolescencia hubiera regresado a su hogar para formar su propia y perfecta familia…
Entonces la escena volvió a deshacerse y, antes de que Van se diera cuenta, se rehízo a su alrededor. Volvía a estar en la habitación de April pero esta vez, la niña no estaba dormida ni sola. April, que no debía tener más de cinco o seis años, estaba tumbada en la cama de su pequeña habitación infantil, rodeada de peluches y tapada hasta la barbilla. Era de noche y parecía hacer mucho frío. Hitomi se sentaba a los pies de la cama y le contaba a April historias de un mundo lejano y fantástico: Gaia.
Con esa voz suya tranquila y calmada, Hitomi le hablaba a su hija de Fanelia y de la tribu de Hispano, de Escaflowne y del legendario pacto de sangre que los reyes de su patria llevaban a cabo para proteger a sus gentes en tiempos de guerra. Van fue, en ese instante, testigo mudo de cómo Hitomi narraba sus aventuras con una sonrisa en el rostro y de cómo, finalmente, terminaba dibujando el Guymelef más famoso de toda Gaia sobre una hoja de papel para que su pequeña hija lo colocara delicadamente bajo la almohada, esperando, tal vez, que la mítica armadura de Hispano pudiera protegerla de todo mal.
Ninguno de los presentes sabía que April terminaría estampando aquel dibujo sobre su piel años más tarde.
El ryujin no pudo evitar sonreír al notar la fascinación con la que la niña había contemplado a Escaflowne y, de pronto, se le ocurrió que si lograba traer a April de vuelta, podría ser buena idea enseñarle el legendario Guymelef a la chica de la Luna Fantasma.
Aún estaba sopesando esa posibilidad cuando el escenario volvió a deshacerse y a rearmarse rápidamente ante sus ojos. El ryujin miró a su alrededor, se encontraba frente a la fachada de un imponente y lujoso edificio que parecía ser una especie de colegio a juzgar por la multitud de niños y niñas de diferentes edades que caminaban hacia la entrada del complejo, vistiendo un elegante uniforme gris y rojo y cargando mochilas de diversos tamaños. Van buscó a April entre la multitud de estudiantes. Aquel era un recuerdo suyo y, por tanto, ella debía de estar cerca. Efectivamente, al cabo de unos segundos localizó su característica melena pelirroja al pie de la gran escalera de piedra por la que ascendían presurosos los alumnos.
Nada más verla, el ryujin supo que había transcurrido algún tiempo desde la escena anterior. April, que debía tener nueve o diez años en aquel momento, llevaba puesto el mismo uniforme que lucían sus compañeros y cargaba una mochila negra. Pero, a diferencia de todos los demás, contemplaba la silueta del edifico con una expresión de miedo en el rostro. Parecía luchar consigo misma, dividida entre la necesidad de salir corriendo y la obligación de seguir al resto de estudiantes escaleras arriba. Tras unos minutos de tensa espera, en los que Van se limitó a contemplarla silenciosamente, April suspiró con fuerza como si quisiera armarse de valor, se ajustó las correas de la mochila y echó a andar con decisión mientras susurraba para sí misma:
— Es mi primer día— murmuró sin mucha convicción—. Puedo hacerlo, no tiene por qué ser tan malo.
Pero lo fue. Realmente horrible. Mucho más para Van que tenía que limitarse a contemplar el recuerdo sin poder intervenir. Siguió a April durante todo aquel largo día, observando como los otros alumnos la contemplaban con recelo al caminar por los atestados pasillos del colegio. Ninguno de ellos le dirigió la palabra a April ni la ayudó a orientarse para encontrar sus clases dentro de aquel laberinto interminable de corredores y aulas.
A medida que avanzaban las horas, April parecía más y más triste. En cada una de las clases a las que asistió, sus profesores la obligaron a presentarse delante de sus compañeros de aula que cuchicheaban y se reían quedamente mientras ella repetía una y otra vez la misma información. Luego, le asignaban un pupitre y April se sentaba en silencio, completamente sola, con la vista al frente para ignorar los cuchicheos de los otros alumnos. Cuchicheos que se multiplicaban cuando el profesor daba por finalizada la lección y los estudiantes salían a tropel para dirigirse a su siguiente clase.
— Dicen que para admitirla han tenido que concederle una beca.
— ¡Cuándo se entere mi padre! Se supone que este es un colegio distinguido en el que no puede entrar cualquiera.
— Sus padres ni siquiera son gente importante, ¿cómo lo habrá conseguido?
— Eso qué importa, ¿habéis visto su pelo?
— ¿Os habéis fijado en sus zapatos?
Los murmullos siguieron a April durante todo el día. Ni siquiera tuvo descanso a la hora del almuerzo. La niña entró en el comedor del colegio casi con miedo, mirando al suelo y manteniendo la cara escondida entre los largos mechones de su pelo, como si quisiera llamar la atención lo menos posible. Los demás estudiantes abarrotaban las mesas y charlaban alegremente mientras unos pocos hacían cola para comprar la comida en una esquina del comedor. April se encaminó hacia allí lentamente y, cuando ya sostenía la bandeja con su almuerzo, alzó la mirada para buscar un lugar donde sentarse. No encontró ninguno, pues todas las mesas estaban ocupadas, y nadie pareció querer apiadarse de ella. Así que April, rodeada de un coro de susurros, abandonó el comedor silenciosamente y acabó dando cuenta de su almuerzo sentada en un escondido rincón del patio de la escuela.
Si April tenía la esperanza de que las cosas mejoraran cuando sus compañeros se acostumbraran a su presencia estaba equivocada, pues los siguientes días fueron tan horribles como el primero. Una sucesión de cuchicheos y murmullos, cada vez más audibles, se extendían en cuanto ella aparecía con su mochila al hombro. Por lo que Van pudo averiguar aquellos estudiantes, que parecían proceder de ilustres e importantes familias, consideraban una ofensa que alguien como April pudiera estudiar junto a ellos. Y no se molestaban en ocultar sus pensamientos.
April no podía ir a ninguna parte sin que se rieran de ella de forma cruel. Algunos días, sus libros y pertenencias personales desaparecían misteriosamente de su mochila. Otros, descubría que habían atascado su taquilla y tenía que llamar al conserje para poder abrirla. Cuando se quitaba el uniforme escolar para hacer ejercicio con los demás alumnos, al volver, su ropa o sus zapatos normalmente no estaban. Nadie parecía querer sentarse con ella en clase o durante el almuerzo y April se pasaba sola todo el día. Con el tiempo, acabó adquiriendo la costumbre de pasar todas las horas libres e, incluso la hora del almuerzo, en una apartada mesa de la biblioteca para huir de sus compañeros y sus maliciosos comentarios todo lo posible.
Y, a pesar del modo en que la trataban en el colegio, April nunca le contó su situación a nadie. Cuando llegaba a casa y sus padres le preguntaban por el colegio, ella sonreía tímidamente y les mentía, diciéndoles que todo iba bien. Pero al caer la noche, en la soledad de su habitación, April lloraba silenciosamente consciente de lo que le aguardaba al día siguiente.
Van hervía de ira e indignación. Cuando April le contó en los bosques de Freid que en el colegio nadie se acercaba a ella a menos que quisieran burlarse no había podido creerlo, pero lo que estaba contemplando le partía el corazón. Nadie merecía ser tratado de ese modo.
Sin embargo, al cabo de unas semanas, sus compañeros decidieron que con esas humillaciones no tenían suficiente y fueron más allá.
Aquel día, como todos desde el primero, April había tenido que soportar las burlas de los demás estudiantes. Por eso, cuando la última clase de la jornada terminó, ella recogió todas sus cosas con rapidez y salió del aula, deseando poder irse a casa cuanto antes. Al menos allí encontraría durante unas horas tranquilidad y descanso. Con ese pensamiento apremiándola, April se encaminó velozmente hacia su taquilla. Cuando llegó frente al pequeño armario, abrió la portezuela de metal, intercambió sus libros, se echó a la mochila al hombro y cerró la taquilla tan deprisa como si quisiera huir de un incendio. Pero no fue lo bastante rápida.
Le arrancaron la mochila de un tirón antes de que fuera siquiera consciente de que no estaba sola y la rodearon tal y como lo harían una jauría de fieras hambrientas. Con un coro de risas como telón de fondo, el más alto de aquellos alumnos abrió con desdén la mochila de April, desparramando su contenido sobre las frías baldosas del suelo. La insultaron y se rieron de ella mientras April, acorralada contra la fila de taquillas, luchaba por contener las lágrimas. Y entonces, cuando Van ya creía que aquella situación no podía empeorar, una de las chicas que rodeaba a April rompió el círculo para acercarse hasta ella. Mirándola como si fuera insignificante, la empujó tan fuerte que April no pudo evitar acabar en el suelo entre las carcajadas de sus compañeros.
— ¡YA BASTA!— gritó en el pasillo una voz de acento curioso cuando la chica que había empujado a April se abalanzaba de nuevo sobre ella con una sonrisa maliciosa bailando en sus labios.
Todos los presentes, incluido Van, dirigieron la mirada hacia la recién llegada que caminaba hacia ellos, como si el mundo le perteneciera, aparentemente muy enfadada. Debía tener la edad de April aunque era más alta y llevaba el pelo negro y brillante cortado hábilmente por encima de los hombros. Su piel, de un tono oliváceo, refulgía bajo la iluminación del corredor y sus ojos marrones lanzaban chispas cuando miró a los estudiantes que estaban humillando a April con manifiesta antipatía.
— ¡Dejadla en paz!— dijo con frialdad y ante su furia, que parecía llenar todo el pasillo, los alumnos que molestaban a April se removieron incómodos.
— No estábamos haciendo nada malo, Helena— murmuró socarronamente uno de aquellos detestables estudiantes. Van deseó con todas sus fuerzas poder borrarle la sonrisa de la cara de un puñetazo.
— Tal vez yo debería hacerte lo mismo a ti a ver si lo disfrutas— repuso Helena, lanzándole una mirada llena de desprecio al chico que tenía frente a ella—. Largaos de aquí ahora mismo o llamaré al director.
Ante la amenaza de Helena, los alumnos se dispersaron por el corredor en un abrir y cerrar de ojos. Van estaba seguro que, de no tratarse de un recuerdo, habría aplaudido hasta la saciedad la intervención de la chica.
— ¿Estás bien?— le preguntó Helena a April que continuaba en el suelo. La pelirroja se limitó a asentir leventemente mientras se incorporaba, encogiéndose sobre sí misma como si deseara fundirse contra la fila de taquillas y desaparecer.
Helena suspiró, mirándola tristemente, y sin pronunciar palabra comenzó a recoger todos los útiles escolares de April que estaban esparcidos por todas partes. Cuando hubo terminado, los metió con cuidado en la mochila y se los devolvió a su dueña con una sonrisa.
— Aquí tienes— dijo Helena con una sonrisa y, ante el persistente mutismo de April, añadió—: Por cierto, soy Helena. Helena Kana.
April la miró como si quisiera evaluar las posibilidades que había de que Helena comenzara también a reírse de ella. Cuando pasaron unos minutos, pareció evidente que Helena no pensaba hacer tal cosa por lo que April, algo insegura, se levantó del suelo, se colgó al hombro la mochila que Helena le ofrecía y murmuró quedamente:
— Muchas gracias, Helena.
La sonrisa resplandeciente de Helena fue lo último que Van vio antes de que la oscuridad volviera a tragarse la escena como un torbellino. Cuando la niebla se retiró, el ryujin descubrió que estaba en el jardín del colegio de April. Helena y la pelirroja estaban tendidas sobre el verde césped en lo que parecía ser una cálida mañana primaveral y charlaban animadamente.
— ¿Entonces tu familia es griega?— estaba preguntando April en ese instante.
— Sí, mi padre es el embajador de Grecia en Japón desde hace unos años. Al ser mi padre un político importante me admitieron rápidamente en este colegio— respondió Helena mientras pasaba distraídamente las páginas de un libro que tenía apoyado en las rodillas—. ¿Y tú? Tampoco tienes pinta de japonesa.
Van comprendió que las chicas estaban hablando de sus respectivas ascendencias, aunque no tenía ni idea de lo que eran Grecia y Japón supuso que serían países de la Luna Fantasma.
— Mi madre es japonesa pero mi padre es estadounidense— contestó April mientras subrayaba una línea de su libro con aire pensativo—. Aunque he vivido aquí toda mi vida. Mi padre es catedrático de arqueología en la universidad de Tokio y mi madre es pediatra en el hospital de Edogawa.
— ¿Y cómo es que has acabado en este sitio?— quiso saber Helena, que se detuvo a contemplar a un par de alumnos de más edad que acababan de pasar junto a ellas.
April suspiró como si la idea de hablar del tema le causara náuseas.
— Me concedieron una beca completa para estudiar aquí porque jaqueé el servidor de mi antiguo colegio.
Ante la respuesta de la pelirroja, Helena la miró como si, de repente, le hubiera brotado una segunda cabeza.
— ¿Qué hiciste qué?— preguntó abriendo sus ojos marrones por la sorpresa.
— Mi profesor de cálculo me suspendió porque no creyó que a mi edad pudiera calcular diferenciales. Decía que era completamente imposible que pudiera haberlo hecho sin ayuda, así que me acusó de hacer trampas y me suspendió. A mí me pareció completamente injusto que me suspendiera por eso y me colé en el servidor del colegio para cambiar mi nota antes de que la vieran mis padres. — explicó April, frunciendo el ceño. De repente parecía enfadada—. Pero me pillaron y me enviaron al despacho del director. Creí que me expulsarían pero no lo hicieron— por la expresión de su rostro era fácil adivinar que April habría preferido mil veces la expulsión—. El director llamó a mis padres y les dijo que un talento como el mío no podía desaprovecharse y les habló de este sitio— continuó iracunda, sin levantar la vista de su libro—. Les sugirió a mis padres que solicitaran plaza aquí, que él tenía contactos y que podría ayudarme a entrar. Y aquí me tienes.
April subrayó el libro con tanta fuerza que la punta del lápiz atravesó el papel. Por su parte, Helena parecía estar asimilando lo que acababa de escuchar. Cuando pareció reponerse, murmuró estupefacta:
— ¿Sabes resolver diferenciales?
April asintió sin darle importancia al asunto.
— ¿Y puedes saltarte la seguridad de un colegio entero?— preguntó Helena con un hilo de voz.
April se limitó a asentir nuevamente.
— Vaya, es increíble— dijo Helena con sincera admiración—. Quiero ser como tú.
La pelirroja levantó la vista del libro y miró a su compañera como si no pudiera creer que alguien como Helena pudiera considerarla interesante.
— No te burles de mí— le recriminó, frunciendo el ceño.
— No me burlo de ti— repuso Helena con una sonrisa adornando su rostro. Durante unos segundos se dedicó a contemplar a April en silencio, como si estuviera evaluándola—. Creo que tú y yo vamos a ser grandes amigas— murmuró finalmente y April sonrió.
La escena se disolvió de nuevo a toda velocidad.
Ahora April y Helena caminaban por el patio de la escuela, cargando con sus mochilas. Van se apresuró a alcanzarlas para escuchar lo que decían y cuando lo hizo se dio cuenta de cuánto habían crecido. Parecía que habían pasado varios años desde el día en que ambas se conocieron.
—… a mí me han admitido en la universidad de Tokio. Mis padres querían que volviese a Grecia a terminar mis estudios pero a Kenji también le han admitido en Tokio, así que voy a quedarme en Japón. No creo que pudiéramos mantener una relación a distancia— decía Helena—. Y tú, ¿sabes ya a qué universidad irás el año próximo?
— Pues me han admitido en el Instituto Tecnológico de California pero realmente me gustaría estudiar en Stanford— respondió April—. Tienen el mejor programa de ciencias informáticas que existe actualmente. Aunque aún no me han contestado.
— ¿Sigues empeñada en abandonarme para ir a estudiar a Estados Unidos?— preguntó Helena, fingiendo sentirse dolida pero sin dejar de sonreír.
April puso los ojos en blanco, mitad divertida, mitad exasperada.
— Ya hemos hablado de esto miles de veces. No voy a abandonarte— contestó mientras dejaban atrás el patio y se internaban en los pasillos del colegio—. Volveré en vacaciones y podrás venir a visitarme siempre que quieras. Además, tenemos que seguir manteniendo nuestra tradición de intercambiar regalos en navidad.
— ¡De eso puedes estar segura!— exclamó la morena, alzando la voz y llamando la atención de un pequeño grupo de alumnos menores que cruzaba el pasillo en ese momento—. Ya es una tradición que tú me regales cosas cultas e instructivas y yo te regale algo picante para ver si de una vez te decides a utilizar mis regalos con algún chico.
April se sonrojó hasta la raíz del pelo.
— Baja la voz, por lo que más quieras— suplicó en un susurro mortificado mientras inspeccionaba el pasillo nerviosa.
— No seas tan mojigata, April— dijo Helena, chasqueando la lengua como si el nuevo tema de conversación le resultara irritante—. Te he dicho cientos de veces que estudiar y sacar buenas notas es importante pero no creo que para ser la mejor de la promoción tengas que olvidarte de tus otras necesidades físicas básicas.
— ¿Necesidades físicas básicas?— preguntó la pelirroja, acompañando sus palabras con una expresión de absoluta incredulidad.
— Los chicos son una necesidad física básica— contestó Helena encogiéndose de hombros, como si la respuesta fuera evidente.
April resopló y echó a andar por el pasillo dispuesta a ignorar a su amiga.
— No te enfades, sabes que tengo razón— le dijo Helena mientras la seguía de cerca. Como April no respondía, ella añadió—: A ver, por ejemplo, ¿con quién vas a ir al baile de graduación este sábado?
— No pienso ir al baile de graduación— repuso April en tono cortante.
— Es una experiencia única que no puedes perderte— contradijo Helena, ignorando la mueca de enfado de su amiga.
— Para ti es muy fácil decir eso, todos los chicos de esta escuela se mueren por ir contigo. Además, ¿es que no he vivido bastantes experiencias traumáticas con los bailes?— refunfuñó April cansinamente—. Te recuerdo que el año pasado estuve dos horas esperando a que mi cita apareciera. El muy imbécil había encontrado a otra acompañante mejor y no se molestó en avisarme. Y el anterior, Jason me tiró encima la bebida porque estaba demasiado ocupado intentando meter las manos debajo de mi falda. Creo que ya he tenido suficiente, gracias.
Helena se echó a reír ante el tono atormentado que se percibía en la voz de April y, mientras la abrazaba cariñosamente, comentó:
— Algún día encontrarás a alguien por el que merecerá la pena ponerte un vestido y asistir a un baile.
Y, sin pronunciar una sola palabra más, Helena echó a andar y dejó a una pensativa April en mitad del pasillo.
Entonces la escena volvió a disolverse… y Van se encontró de pronto en la cocina de la casa de los Ryan. El padre de April estaba sentado a la mesa, degustando su desayuno escondido detrás de un periódico mientras Hitomi atendía una sartén puesta al fuego y su hija removía con aire distraído su cuenco de cereales, sin dejar de lanzar nerviosas miradas al libro que reposaba abierto sobre la mesa, apoyado contra el salero.
— April, por favor, es la última vez que te lo pido. Cierra ese libro y termina de desayunar de una buena vez— reprendió Hitomi a su hija mientras repartía el contenido de la sartén entre los miembros de su pequeña familia.
— Pero mamá, física avanzada es mi último examen— repuso su hija, como si no pudiera creerse que su madre fuera incapaz de comprender la importancia de aquella prueba—. Si suspendo jamás podré entrar en Stanford.
— Haz caso a tu madre, April— intervino su padre, doblando el periódico con cuidado y dejándolo junto a la encimera para atacar su plato—. Has estudiado mucho para tus exámenes finales, no creo que hagas ningún avance esta mañana aunque te saltes el desayuno.
Resignada, April cerró el libro y lo guardó en la mochila sin dejar de refunfuñar. Después de aquello, la familia continuó desayunando animadamente en la cocina ante la silenciosa presencia de Van. Cuando todos hubieron vaciado sus platos, Hitomi se levantó para retirar la mesa y su hija se apresuró a ayudarla.
— Cuando termines el instituto, cariño, ¿podrías venir directamente a casa?— dijo Hitomi de pronto, mientras apilaban los platos en el fregadero—. Tu padre y yo hemos pensando en salir a cenar para celebrar que has terminado tus exámenes, ¿qué te parece?
April asintió, evidentemente distraída por la inminente cercanía de su último examen. La pelirroja se apresuró a terminar de ayudar a su madre y luego, casi corrió para colgarse la mochila al hombro, besó a sus padres de forma ausente y salió de casa como una exhalación.
— ¡Buena suerte, cariño!— le desearon sus padres mientras se cerraba la puerta.
Y la escena volvió a cambiar… April estaba de pie frente al espejo de cuerpo entero que adornaba una esquina de su dormitorio. El escritorio seguía atestado de libros y aparatos electrónicos y la pared del armario forrada de dibujos, pero la habitación había sufrido cambios evidentes en la decoración como consecuencia de lo mucho que había crecido su dueña.
April intentaba subir la cremallera del sencillo vestido negro que llevaba puesto, aunque sin mucho éxito. Unos golpes secos en la puerta la distrajeron. La pelirroja desvió la mirada hacia allí mientras la puerta se abría y su madre aparecía bajo el dintel.
— ¿Todavía no estás lista? Tu padre estará aquí de un momento a otro— se quejó Hitomi desde el umbral. Ella ya llevaba puesto un vestido de noche corto de color salmón.
— Casi estoy… pero no puedo subir la estúpida cremallera— refunfuñó April, mirando el vestido como si la hubiera ofendido gravemente—. No sé por qué tengo que llevar esta cosa para ir a cenar.
— Porque es una ocasión especial— le recordó su madre—. Anda, déjame a mí.
Con una rapidez asombrosa, Hitomi cruzó la habitación y subió la cremallera del vestido de su hija en un fluido movimiento.
— Ya está— dijo finalmente con una sonrisilla—. Por cierto, ha llegado correo para ti.
Hitomi dejó caer sobre la cama un sobre grande que su hija recogió con manos temblorosas.
— ¿Stanford?— preguntó April sin aliento, al leer el remitente.
— Eso parece— comentó Hitomi como quien habla del tiempo. Luego, guardó silencio ante la repentina inmovilidad de su hija para preguntar al cabo de unos segundos—: ¿No vas a abrirlo, cariño?
April suspiró, armándose de valor, rasgó el sobre y leyó en silencio bajo la atenta mirada de su madre y de Van.
— ¿Cariño?— inquirió Hitomi cautelosamente, pues su hija no había pronunciado una sola palabra—. ¿Qué es lo que dice?
— Yo… me han… me han aceptado— respondió April en voz muy baja.
Hitomi gritó de alegría y atrapó a su hija en un abrazo estrangulador.
— ¡No puedo creerlo! ¡No puedo creerlo! ¡Oh, April, qué maravilla!— dijo extasiada—. ¡Ya verás cuando lo sepa tu padre! ¡April, estoy tan orgullosa de ti, qué noticia tan fabulosa! Sabía que te aceptarían, estarían locos si no lo hubieran hecho.
— Mamá…, no… Mamá, contrólate…— balbuceó April intentando apartarla.
Hitomi detuvo finalmente sus muestras de efusivo afecto y se dirigió hacia la puerta caminando como si flotara.
— No tardes mucho en bajar, cariño— dijo mientras se marchaba—. Tu padre tiene que estar a punto de llegar pero voy a llamarle para contárselo cuanto antes. ¡Qué contento se va a poner!
Sacudiendo la cabeza ante el comportamiento de su madre, April dejó el sobre de Stanford encima del escritorio y se apresuró a terminar de arreglarse.
Sin embargo, cuando bajó al comedor unos minutos más tarde, la alegría de su madre parecía haberse evaporado.
— Tú padre no contesta el teléfono y su secretaria dice que se marchó de la universidad hace más de una hora— murmuró Hitomi en cuanto vio a su hija descendiendo las escaleras.
— No te preocupes, seguro que está conduciendo y por eso no contesta— intentó tranquilizarla su hija—. Habrá pillado un atasco.
Pero aunque Van no tenía ni idea de lo que era un atasco, pronto pareció evidente que el retraso del padre de April no podía deberse a un asunto tan trivial como aquel. El sol se hundió en el horizonte, al otro lado de la bahía, y la noche cayó, trayendo consigo nuevas dosis de preocupación y angustia a madre e hija que permanecían sentadas en silencio alrededor de la mesa del comedor. Las horas se escurrieron lenta y cruelmente y, justo cuando el reloj que colgaba de la pared del recibidor anunció la medianoche, llamaron a la puerta.
— Debe ser tu padre— afirmó Hitomi con una débil voz que denotaba cansancio—. Seguro que ha vuelto a olvidarse las llaves en el trabajo.
April miró a su madre y corrió hacia la puerta sin pronunciar palabra pero, por la expresión de su rostro, Van supo que la pelirroja estaba completamente segura de que la persona que había llamado no era su padre. Efectivamente, no era el señor Ryan quien esperaba al otro lado de la puerta sino un hombre moreno ataviado con un extraño uniforme.
— ¿Es esta la casa de la familia Ryan?— preguntó aquel hombre en tono sombrío.
La joven pelirroja se limitó a asentir como si le faltaran fuerzas para formular palabras. Van la miró y sintió una terrible punzada de miedo que le provocó un nudo en el estómago. Él sabía lo que iba a suceder a continuación y temblaba interiormente por el sufrimiento que iba a suponer para April.
— Lamento mucho tener que informarle de que…
Van no alcanzó a escuchar el resto de la frase antes de que la niebla se levantara de nuevo. Pero era consciente de que aquella noche, April había perdido a su padre.
La escena se rehízo en medio de un confuso remolino de colores para dar forma a una vasta pradera de verde hierba que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, salpicada de grandes árboles y tumbas blancas colocadas en pulcras hileras. Van se dio cuenta de que aquello era una especie de cementerio.
A pesar de que llovía a cántaros, April permanecía de pie ante una de las inmaculadas tumbas. Al ryujin no le costó imaginar que se trataba de la tumba de su padre. Estaba empapada y tiritaba de frío pero no parecía importarle en absoluto porque su rostro, surcado por las lágrimas y la lluvia, translucía una pena inconmensurable y devastadora.
Habiendo perdido a toda su familia, Van entendía la sensación que April debía estar experimentando. Deseó con todas sus fuerzas que aquello no fuera un recuerdo para ofrecerle consuelo pero no podía hacerlo. Se limitó a acercarse a ella, anhelando tocarla con cada fibra de su ser y lloró con ella mientras April se derrumbaba sobre la hierba…
La escena cambió de nuevo. Van había regresado a la casa de los Ryan. Madre e hija estaban en la cocina, era de noche y parecían estar cenando, aunque los platos permanecían intactos frente a ellas. Ninguna de las dos hablaba y el silencio se extendió sobre la estancia como un veneno. El ryujin aprovechó la ocasión para observarlas pues, aparentemente, había pasado un tiempo desde la muerte del señor Ryan; Hitomi estaba mucho más delgada y las ojeras se marcaban bajo sus ojos como testigos mudos de su sufrimiento, April, por su parte, ya no lloraba pero parecía que no podría volver a sonreír nunca más. La joven lanzaba largas miradas a su madre a cada tanto como si estuviera intentando entablar una conversación pero no se atreviera. Al fin, pareció reunir el coraje suficiente y su voz reverberó en la silenciosa cocina.
— Mamá— la llamó tentativamente, como si tuviera miedo de que Hitomi se derrumbara de un momento a otro—. He estado pensándolo mucho y verás… dentro de dos semanas tendría que comenzar a estudiar en Stanford pero creo que no es buen momento para que me marche tan lejos de casa— April se detuvo, dubitativa y suspiró antes de proseguir—. No sé… tal vez podría aparcar mis estudios durante un año o estudiar aquí, en la Universidad de Tokio, creo que aunque sea un poco tarde me dejarían entrar sin problemas.
April guardó silencio. Su madre no parecía escucharla.
— ¿Qué opinas tú, mamá?— insistió.
Esta vez, Hitomi levantó la mirada, clavándola en su hija. Lucía confusa y desorientada.
— ¡Qué contento se va a poner tu padre cuando sepa que te han admitido en Stanford!— exclamó de pronto y su hija la miró con una mezcla de tristeza y dolor—. Es una pena que haya tenido que marcharse a una de sus excavaciones precisamente ahora pero cuando regrese se volverá loco de felicidad. Seguro que insiste en que vayamos a visitar colegios mayores.
April se mordió los labios como si tratara de contener las lágrimas.
— Por favor, mamá— empezó la pelirroja con un hilo de voz—. Ya hemos hablado de esto… papá no va a volver. Se ha ido a un lugar al que ninguna de nosotras puede seguirle.
— ¿De qué estás hablando?— inquirió Hitomi molesta—. Sé que no podemos acompañarle en esta ocasión pero tu padre volverá y entonces…
— Papá no volverá— la cortó April, repentinamente tensa.
— ¿Cómo puedes decir eso? Tu padre jamás nos abandonaría. No te consiento que lo insinúes siquiera— Hitomi, que se había puesto de pie, escupió aquellas palabras con ira.
— Mamá… han pasado más de tres meses. Para mí también está resultando muy duro pero no puedes seguir fingiendo que papá se ha ido de vacaciones. Que vivas atascada en el pasado no le traerá de vuelta— murmuró April con cautela—. He esperado, pensando que mejorarías con el tiempo pero creo que las dos sabemos que esto no está yendo a mejor. No puedes encerrarte en ti misma, mamá, te necesito más que nunca. He perdido a papá, no puedo perderte a ti también… Creo que... que quizás necesites algún tipo de ayuda.
Sin embargo, aquellas palabras fueron demasiado para Hitomi.
— ¡BASTA! ¡Ya es suficiente!— bramó, golpeando la mesa con la mano, lo que provocó que los platos comenzaran a tintinear—. No quiero oír nada más sobre este tema, hablaremos cuando tu padre haya vuelto.
— PAPÁ ESTÁ MUERTO. ¡ESTÁ MUERTO Y NO VOLVERÁ!— gritó April poniéndose también en pie para encarar a su madre.
Van contempló a ambas mujeres, enfrentadas y separadas por la mesa de la cocina, con la pena desbordándole el corazón. Sufría en silencio por la situación que ellas estaban viviendo.
— ¡CÁLLATE!— rugió Hitomi al tiempo que se acercaba hasta su hija, la sujetaba por los hombros y la sacudía con fuerza, como si deseara hacerla entrar en razón—. ¡No se te ocurra volver a hablar de tu padre de ese modo!
— ¿Y qué vas a hacer si lo hago?— la retó April desafiante y, evidentemente, dolida—. ¿Te encerrarás en el despacho de papá, rodeada de todas sus cosas, como has hecho los últimos tres meses? ¿Seguirás fingiendo que papá está en el extranjero trabajando en una excavación nueva? ¿Cuánto tiempo crees que podrás seguir engañándote a ti misma, mamá?— April tomó una gran bocanada de aire mientras fulminaba a su madre con la mirada—. Papá está muerto y tienes que aceptarlo.
Hitomi levantó la mano y la descargó con todas sus fuerzas sobre la mejilla de su hija. Impelida por la fuerza del golpe, April se precipitó contra la mesa y la cortina ardiente que era su pelo cubrió su rostro. Sin embargo, cuando alzó la mirada, tocándose la mejilla para mitigar el dolor, sus ojos se habían endurecido…
Y la escena se deshizo nuevamente. Cuando la niebla se disipó, Van notó que seguía en casa de los Ryan pero esta vez en el salón. Había varias maletas de colores apiladas junto a la entrada y April estaba de pie frente a su madre que permanecía sentada en una butaca, mirando por la ventana y dándole la espalda a su hija. La tensión en el ambiente no pasó desapercibida para el ryujin que supo, casi inmediatamente, que las cosas entre ambas no se habían solucionado desde la escena de la cocina.
— Mi avión sale en un par de horas— decía April, aunque Hitomi no parecía escucharla o prestarle atención—. ¿Ni siquiera vas a despedirte de mí?
Hitomi no respondió. Y, al cabo de unos tensos minutos de silencio, April recogió sus maletas y se marchó sin hacer ruido, cerrando la puerta tras de sí.
Ninguna de las dos sabía, que aquella sería la última vez que se verían.
Hola Escafans!
En primer lugar, me gustaría pedirles perdón por todo el tiempo que el fic estuvo en silencio. Prometí que acabaría esta historia y que no la dejaría a medias y lo haré. Pero he estado muy enferma durante todo este tiempo. Realmente enferma. Me diagnosticaron un tipo de glaucoma muy agresivo que presionaba el nervio óptico de mi ojo derecho y ha vivido una de las experiencias más horribles de mi vida. Por mucho que lo intente no podría describir todo lo que he tenido que pasar hasta el día de hoy y lo duro que ha sido pasar casi un año más tiempo en el hospital que en mi propia casa.
Sin embargo, estoy aquí para decirles que el día 16 de abril me dieron la noticia de que estoy libre de la enfermedad y que he vuelto más fuerte que nunca. Siento de corazón haberles dejado solos tanto tiempo pero he estado peleando muy duro.
Este capítulo lleva meses guardado en mi ordenador, sin embargo no podía subirlo desde el hospital pues no me permitían tener aparatos electrónicos dentro. Pero me he puesto a trabajar en ello en cuanto he regresado a casa y ya lo tengo listo para vosotros.
Espero que el capítulo os guste. Como veis, sólo es la primera parte de la historia de April. Quiero que la conozcáis a ella y sus circunstancias un poco más. Originalmente iba a mostrar el pasado de April en un único capítulo pero me parecía excesivamente largo hacerlo de ese modo y he decidido partirlo en dos. La segunda parte estará disponible lo más pronto posible. Os pido un poco de paciencia porque el médico aún me tiene prohibido permanecer delante de una pantalla durante mucho tiempo así que tengo que escribir en sesiones breves.
Si después de tantos meses, aún me queda algún lector, estaré encantada de que lleguemos hasta el final juntos.
Antes de despedirme quería pedirte un favor a ti que estás al otro lado de la pantalla. Vive. Puede que creas que tienes toda una vida por delante para hacer aquellas cosas que tienes pendientes pero puede que eso no sea cierto. Nunca sabes cuando será el último día, el último abrazo, el último beso. Así que no malgastes ni un sólo minuto y haz que cada día sea especial.
En fin, eso es todo lo que quería decir.
Para sugerencias, consejos, opiniones, charlas amenas, ayudas, peticiones o tartazos (si pueden ser de chocolate mejor)... ya sabéis qué botón tenéis que apretar :)
Sin más que añadir, me despido.
Nos vemos en el siguiente.
Love, love, love... Ela.
