Recomendación musical: Never there — Sum41.
Capítulo 29: El cuento de la chica pelirroja II.
El salón de los Ryan desapareció y Van se encontró de pronto bajo un sol abrasador en una calle atestada de gente y rodeada de edificios altos e imponentes. April estaba frente a él, consultando alternativamente un plano que había colgado en un tablón informativo y el fajo de papeles que llevaba en la mano.
— Pareces perdida— susurró con voz grave y potente un chico negro increíblemente alto que sonreía con los ojos ocultos tras unas gafas de sol.
April sonrió con timidez al recién llegado.
— Eso es porque lo estoy— respondió intentando sonar casual y despreocupada, a pesar de las circunstancias—. Primer día en Stanford, ya sabes.
El chico asintió comprensivamente, como si pudiera entender a la perfección el aprieto en el que se encontraba April.
— Tal vez podría ayudarte a orientarte un poco— ofreció el joven con amabilidad. Con demasiada amabilidad a juicio de Van.
— A menos que sepas cómo llegar hasta la facultad de informática, lo dudo mucho— respondió April mientras sus ojos vagaban de nuevo por el fajo de papeles que sostenía.
— Pues resulta que yo también estudio allí, así que podría enseñarte el camino.
April dirigió su verde mirada hacia el desconocido, como si estuviera evaluándolo detenidamente.
— No tienes la típica pinta de quien se pasa horas delante de un ordenador— respondió April, al fin, en tono mordaz. No parecía que tuviera demasiada paciencia en ese momento para hacer nuevos amigos.
— Las apariencias engañan, ¿lo sabías? — contestó resuelto el joven a su vez, quitándose las gafas de sol y dejando al descubierto sus ojos oscuros que brillaban amablemente a la luz del sol.
— Eso he oído— dijo April, dirigiendo una mirada evaluativa al recién llegado. Parecía que la necesidad de encontrar sus clases le ganaba la partida a la desconfianza que pudiera despertarle aquel muchacho. Al fin, con un suspiro exasperado, April se rindió—: De acuerdo, guíame.
Van supo, sólo con contemplar el rostro femenino, que a April aquella alternativa no la tentaba lo más mínimo, pero, ¿qué otra opción le quedaba? No sabía dónde estaba ni cómo llegar a sus clases, tal vez aquel chico pudiera ayudarla. Con una sonrisa sincera, el joven echó a andar por la transitada calle y April tuvo que apresurarse para no quedarse atrás.
— Por cierto, no me he presentado— soltó el chico al cabo de unos largos segundos de silencio—. Soy James Miller, pero todo el mundo me llama Jim.
— April Ryan.
La suave sonrisa de April fue lo último que Van pudo ver antes de que la escena volviera a deshacerse ante sus ojos. Cuando el escenario se rearmó de nuevo, el ryujin estaba de pie en mitad de lo que parecía ser una inmensa aula. Había cientos de alumnos sentados en filas ordenadas que se orientaban hacia el foso, desde donde Van supuso que el profesor impartiría su lección.
April estaba parada en el umbral de la puerta y su rostro reflejaba las dudas que debían estar pasando por su mente en aquel momento. La vacilación se reflejaba en su mirada mientras vagaba entre las caras del resto de alumnos intentando encontrar un lugar en el que sentarse.
Justo cuando April se encaminó hacia un solitario asiento de la última fila, Jim se levantó del lugar que ocupaba en el centro de la primera fila y agitó los brazos para llamar su atención. April le saludó en la distancia y entonces notó que Jim estaba señalando el asiento vacío que quedaba a su izquierda.
Visiblemente más contenta, April se encaminó hacia Jim sin dejar de sonreír.
— Buenos días, Jim— saludó April en cuanto llegó hasta él.
— Buenos días, pelirroja— contestó Jim, volviendo a ocupar su asiento—. Hoy he madrugado para coger un buen sitio y he pensado que tal vez no te importaría compartir las clases conmigo, aunque no tenga pinta de informático.
April se echó a reír como respuesta y se acomodó en su asiento.
— Puede que incluso llegues a caerme bien— bromeó la pelirroja mientras sacaba sus útiles de la mochila negra que siempre cargaba con ella—. Eso dependerá de lo bien que te portes.
Jim sonrió, pero no pudo continuar la conversación porque, en ese instante, el profesor hizo su entrada en el aula y no hubo tiempo para más charlas.
A partir de ese instante, los días de April en Stanford se deslizaron ante los ojos de Van a toda velocidad, en una sucesión de clases, duros exámenes, interminables horas de biblioteca y jornadas maratonianas delante de un sinfín de aparatos electrónicos.
Pero algo había cambiado. Hay algunas cosas que no se pueden compartir sin acabar unidos, y conseguir terminar sus estudios en Stanford es una de esas cosas. Desde aquel primer día de clase, Jim Miller se convirtió en un amigo inseparable de April. Siempre se sentaban juntos en clase y trabajaban codo con codo en cada proyecto que les encargaban en la facultad. Se hacían compañía mientras estudiaban para los exámenes e, incluso, en las pocas ocasiones en las que Jim conseguía despegar a April de la pantalla de su ordenador, también salían juntos a despejarse de las intensas sesiones de estudio.
Jim cuidaba de ella como si de un hermano mayor se tratara…
La escena volvió a disolverse entre la bruma, y antes de que Van se diera cuenta, se rehízo nuevamente. Ahora se encontraba en mitad de una amplia estancia atestada de sillas tapizadas en la que tenía lugar alguna especie de ceremonia. Todos los compañeros de estudios de April estaban allí presentes, portando solemnes togas de un profundo color carmesí mientras lanzaban un raro tipo de sombrero al aire entre vítores de alegría y aplausos.
Los ojos del rey de Fanelia recorrieron con dificultad la estancia, sobre las familias alegres que se abrazaban, hasta encontrar a April atrapada en el estrangulador abrazo de su amigo Jim. Parecían estar sumergidos en aquel extraño ambiente festivo. Van se acercó más para poder escuchar.
— Ay, Ryan— canturreaba Jim por encima del súbito estruendo de todas las conversaciones—. No puedo creer que se haya acabado. ¡Me parece increíble que nos hayamos graduado al fin!
— Jim, si sigues estrangulándome así tendrás que arreglártelas para pagar el alquiler de nuestro nuevo piso tú solo.
— Lo siento, es la emoción del momento— se excusó Jim al tiempo que la soltaba con rapidez y le lanzaba una mirada evaluadora. Y es que, a pesar de las circunstancias, April parecía triste—. Pero, ¿por qué no estás contenta? Después de tanto esfuerzo nos hemos graduado y, lo que es aún mejor, vamos a trabajar en la mejor empresa de tecnología del país y viviremos juntos en un apartamento increíble en pleno corazón de Manhattan. Yo estoy tan feliz que podría ponerme a cantar.
— No lo hagas— se apresuró a rogarle April con una débil sonrisa bailando en su rostro—. Recuerdo demasiado bien cómo cantas. La última vez que fuimos a ese Karaoke del centro el dueño pensó que estábamos torturando a alguien.
— ¡JA, JA! Muy graciosa, Ryan— respondió Jim sarcásticamente—. En lugar de reírte a mi costa deberías darme las gracias. Si no fuera por tu buen amigo Jim te habrías pasado los últimos cuatro años encerrada en la biblioteca y no habrías vivido ni una sola experiencia universitaria como Dios manda.
April se echó a reír, ignorando el tono dolido del joven.
— Me recuerdas a mi amiga Helena— comentó la pelirroja mientras se recolocaba la toga, ahora revuelta—. Ella siempre está pidiéndome que haga más cosas típicas de la gente de mi edad para no perderme ninguna experiencia vital.
— Eso es precisamente el problema, Ryan— apuntó Jim, señalándola con una mirada acusadora—. Que te comportas como si tuvieras doscientos años en lugar de veintidós. Las locuras que cometemos hoy serán los recuerdos del mañana.
April soltó una carcajada, parecía que no era la primera vez que escuchaba aquellas palabras, y se encaminó hacia la salida del local con Jim siguiéndola de cerca y Van tras los pasos de ambos.
— Volviendo al tema de tu amiga Helena— continuó Jim como si nada hubiera interrumpido su monólogo—. No he sabido gran cosa de ella desde que vino a visitarte la pasada navidad, ¿al final no ha podido venir?
April se detuvo ante las puertas de cristal del edificio y suspiró, antes de girarse para contestar a su amigo.
— No, al parecer hay un temporal sobre el archipiélago de Japón y no ha conseguido encontrar un vuelo— murmuró apesadumbrada—. Ha tenido que quedarse en casa.
— Es una lástima. Me cae bien y es muy guapa— contestó Jim, sonriendo con una pizca de malicia asomándose a sus ojos oscuros—. Y esa tradición que tiene de regalarte cosas picantes… me encanta.
La pelirroja se estremeció visiblemente y golpeó con la mano el brazo del joven.
— ¡Alto ahí, casanova! Helena está con Kenji desde hace años— le advirtió enfadada—. No permitiré que perviertas a mi amiga.
— Relájate Ryan… Que tú seas alérgica al sexo no significa que a los demás nos pase lo mismo— intentó tranquilizarla Jim en vano, ya que no dejaba de reírse a carcajadas como si la situación le hiciera mucha gracia—. Desde que te conozco sólo has tenido un par de citas que no llegaron a nada.
April enrojeció hasta la raíz del pelo en respuesta a las palabras de Jim, mientras a su lado Van sintió como, de pronto, el aire se le escapaba abruptamente de los pulmones.
¡April en una cita con otro hombre!
Nunca se había detenido a pensar en ella de ese modo, y no quería comenzar a hacerlo en ese preciso momento. Debía concentrarse en ayudarla a escapar de la cárcel de su mente. Era su misión. Su deber. Y no le convenía nada distraerse con aquel tipo de pensamientos inapropiados sobre ella.
— Pero dejando de lado nuestros respectivos gustos sexuales— prosiguió Jim, sin dar muestra alguna de incomodidad por la conversación que estaban manteniendo—, te habría gustado que Helena estuviera aquí, ¿verdad?, ¿es por eso que estás tan triste?
La pelirroja compuso una mueca de profunda tristeza.
— En parte sí, aunque…
Aunque lo intentó, April parecía incapaz de terminar aquella oración. El ryujin dirigió su mirada hacia ella deseando estar al tanto del problema que la atormentaba. Sus ojos se habían vuelto tristes y apagados y el ryujin no pudo evitar echar de menos el brillo divertido que siempre apreciaba en ellos.
Sin embargo, Jim sí que parecía conocer el motivo de su sufrimiento.
— ¿Le mandaste la invitación? — preguntó el joven, al cabo de unos segundos de prolongado e incómodo silencio.
— Lo hice.
Jim se acercó lentamente a la pelirroja y la abrazó cariñosamente, como si quisiera aplacar el dolor que aquellas simples dos palabras transmitían. Hasta Van podía sentir el desconsuelo que escondían los gestos de April.
— Entonces has hecho todo lo que estaba en tu mano— expuso sabiamente Jim, tratando de consolarla ante la confusa mirada del ryujin—. Sé que es tu madre y que te gustaría que estuviera hoy contigo, pero si ella ha desperdiciado la oportunidad de acompañarte en uno de los días más felices de tu vida no merece la pena que no lo disfrutes por su culpa.
Van abrió los ojos desmesuradamente, sorprendido por aquella revelación. ¿Hitomi no había querido estar presente el día de la graduación de su propia hija? Aquel no parecía un comportamiento propio de ella. En el pasado, la tarotista siempre había estado a su lado en los momentos difíciles. Apoyándole y consolándole. ¿Por qué habría de negarse a hacerlo con su propia hija?
La voz de Jim sacó al ryujin de golpe de sus cavilaciones.
— Fíjate en mí— continuó el joven, abandonando su habitual sonrisa despreocupada por una vez—. Mi padre dejó de hablarme el día que acepté mi plaza en Stanford para estudiar informática en lugar de quedarme en San Diego y continuar con el negocio familiar. Cree que estoy loco por dejarle tirado con el hotel y venir a estudiar aquí— April le lanzó una mirada comprensiva a su amigo, ofreciéndole un apretón cariñoso como muestra de solidaridad y consuelo—. No me ha ayudado ni una sola vez en todo este tiempo, he tenido que costearme mis estudios trabajando y ni siquiera se ha presentado a mi graduación. Además, estoy seguro de que tampoco ha dejado venir ni mi madre ni a ninguna de mis tres hermanas— soltó Jim a bocajarro, de repente afligido, mientras la ira deformaba sus facciones—. Ya no estoy tan unido a ellas como antes, tengo que conformarme con una triste llamada cada pocos días Pero ésta es la vida que he elegido, Ryan. No me importa si nadie lo entiende, no me importa lo que tenga que sacrificar. Éste ha sido siempre mi sueño y lucharé para conseguirlo.
April sonrió en respuesta a las palabras de su amigo que, según parecía, habían conseguido animarla un poco.
— Así me gusta, señorita primera de su promoción en Stanford— la felicitó Jim por su repentino cambio de actitud—. No dejemos que nadie nos amargue la fiesta… somos graduados… ¡Salgamos a celebrarlo!
De pronto, la escena comenzó a disolverse ante los ojos de Van que sólo pudo escuchar la cálida risa de April mientras todo desaparecía a su alrededor. Cuando la bruma se disipó de nuevo, el ryujin se encontraba en lo que parecía ser el salón de un pequeño pero luminoso apartamento. Una gran alfombra blanca ocupaba el centro de la habitación y había cómodos sillones repartidos por toda la estancia.
El escrutinio de Van de aquel nuevo escenario se vio interrumpido por el sonido de una puerta al abrirse. Jim traspasó entonces el umbral, cargado de bolsas, seguido de April y de otra mujer que Van no había visto anteriormente. Era una exótica morena, de pelo largo, piel clara y ojos miel, que nada más poner un pie en la estancia se dejó caer de cualquier modo en uno de los inmaculados sillones.
— ¡Eh, Emma! Si vas a tumbarte en mí sofá al menos quítate los zapatos— le regañó Jim como si se tratara de un niño al que hubiera sorprendido en plena travesura.
La desconocida se limitó a sacarse los zapatos a tirones, dejándolos caer de cualquier modo, antes de volver a tenderse en el sofá mientras le sacaba graciosamente la lengua al joven, que en ese momento esparcía las bolsas que cargaba encima de la nívea alfombra del salón.
— No te quejes tanto, Jim— repuso la joven despreocupadamente con su voz suave y tranquila—. Compartir apartamento contigo, que estás obsesionado con la limpieza, y con April, que está obsesionada con el trabajo, ya es bastante duro sin tus lamentaciones.
Jim y April se rieron burlonamente en respuesta a sus palabras.
— La que no debería quejarse eres tú. ¿Qué habría sido de ti si Jim y yo no hubiéramos ido el año pasado a aquella exposición de tus cuadros en la galería? Seguro que aún estarías viviendo en ese mugriento antro del que te rescatamos— argumentó April mientras se acomodaba sobre la alfombra y ayudaba a Jim a sacar pequeños paquetes de algo que parecía ser comida de las bolsas que éste había depositado—. Tienes que reconocer que tu sueño de convertirte en una famosa pintora de renombre se está fundiendo tus ahorros, chica de Queens.
— Este mes he conseguido vender tres cuadros de mi última exposición en la galería y, además, ¡mira quién fue a hablar! — contestó Emma furibunda mientras se reacomodaba entre los mullidos cojines del sofá—. Si no fuera por nosotros dos no saldrías nunca de ese maravilloso laboratorio que el FBI te ha montado en Lafayette.
— En eso tengo que darle la razón a Emma. Sé que, al cambiar el sector privado por un puesto en el gobierno tienes muchas más responsabilidades, pero nosotros somos los únicos que se preocupan de que no trabajes todo el maldito día y de que te comportes de vez en cuando como la mujer joven que se supone que eres— coincidió Jim divertido. Antes de continuar, se detuvo unos segundos para lanzarle a sus amigas una larga mirada llena de reproche—: Además, si alguien tiene motivos para quejarse soy yo ¿Quién es el único de esta casa que se ocupa de que la nevera esté siempre llena y de pagar las facturas? Ambas deberíais darme las gracias, estarías perdidas sin mí.
April miró a ambos con cara de pocos amigos, al tiempo que sacaba tres juegos de cubiertos de plástico de uno de los paquetes y los repartía entre sus amigos.
— Conozco al dedillo ese discurso vuestro sobre las oportunidades que he desperdiciado de conseguir citas y cometer locuras— replicó April con aire distraído mientras empuñaba sus cubiertos, abría un pequeño paquete de lo que parecía ser arroz y daba cuenta de él—. Ya sé que mi incapacidad para mantener una relación normal que me lleve a la pérdida automática de mi virginidad es una piedra en el zapato constante para vosotros, sobre todo para Emma.
La joven morena se incorporó abruptamente en el sofá y con una expresión ligeramente irritada, preguntó:
— ¿Sabes cuál es tu problema, April?
La pelirroja puso los ojos en blanco y alzó los brazos como si estuviera rogando a cualquier dios que quisiera escucharla para que su amiga se detuviera.
— ¿Que no lanzo mi culo pecoso sobre el primer hombre que conozco?
Emma le regaló a su amiga una mirada encolerizada antes de contestar:
— Que no eres consciente de lo maravillosa que eres en realidad.
April se quedó sin habla, muda de asombro, ante aquel comentario que, al parecer, no esperaba. Van, por su parte, aunque no era más que un mero espectador, no podía estar más de acuerdo con Emma. Aquella mujer de ojos verdes era incapaz de darse cuenta de lo atrayente y estimulante que podía llegar a ser sin siquiera proponérselo. April sólo había necesitado unos meses para cambiar la vida del imperturbable rey de Fanelia.
Para siempre.
— Sabes que no me importaría quedar con un hombre que se mereciera que me depilara las piernas— respondió April a la defensiva, cuando hubo recuperado la capacidad de hablar—. Pero la mayoría resulta ser una absoluta pérdida de tiempo.
Mientras los amigos de April suspiraban hastiados, Van notó cómo, de pronto, la tensión emanaba en oleadas de cada uno de sus músculos. Descubrió, de la peor forma posible, que le enfermaba la idea de April con otros hombres. Aunque, siendo honesto consigo mismo, debía reconocer que no quería perderse ni una sola palabra de aquella conversación.
Necesita saber más. Saberlo todo. O tal vez no.
— ¿Qué tenía de malo Andrew? — quiso saber Jim mientras daba cuenta del paquete de comida que sostenía entre sus manos, consiguiendo devolver a Van de nuevo al presente.
April compuso una graciosa mueca de disgusto antes de contestar.
— Ni una sola vez en toda la cena me preguntó por mí, estaba demasiado ocupado contándome los mayores logros de Andrew Gibbings en la bolsa de Nueva York.
— ¿Y Robert? — preguntó Emma a su vez desde el sofá.
April le lanzó una mirada tan dura y enfadada a su amiga que la joven morena alzó las manos en señal de rendición antes de intentar defender su postura:
— Vale, vale. Tal vez estaba un poco obsesionado con su cuerpo y el gimnasio, pero a decir verdad todos necesitamos un hobbie.
La pelirroja la miró furiosa.
— ¿Un poco obsesionado? ¡Me soltó un sermón en plena cita por haber pedido carbohidratos durante la cena! — apostilló April mientras clavaba el tenedor en su comida con una fuerza innecesaria—. Además, no entiendo cuál es vuestro punto. ¿Por qué os interesa tanto mi vida sexual? Mejor dicho, mi falta de ella.
El corazón de Van se saltó un latido al oír aquellas palabras. El calor se extendió sin gobierno por su cuerpo mientras sentía que se ruborizaba como un adolescente. Los recuerdos del sueño que había tenido con April hacía tantos días en Palas acudieron a su mente sin ser invitados, avivando horriblemente los rescoldos del deseo que sentía por ella.
Ya no estaba seguro de si era mejor saber más de aquel tema o permanecer para siempre en una feliz ignorancia.
— Somos tus amigos y nos preocupamos por ti— apuntó Jim estirándose perezosamente sobre la alfombra, distrayendo con sus palabras a Van del inapropiado curso de sus pensamientos—. Tengo la esperanza de que si somos lo bastante insistentes dejes de comportarte como la reencarnación de la Virgen María.
Emma se derrumbó sobre los cojines del sofá mientras reía estrepitosamente, ganándose una mirada irritada por parte de April, que bufó molesta en respuesta.
El rey de Fanelia, por su parte, se congeló interiormente.
¿April nunca había estado con un hombre?
— Ah, ¿sí? Pues si tanto os interesa, tengo una cita este jueves por la noche— anunció April con una sonrisilla de suficiencia—. No quería contaros nada porque siempre le dais demasiada importancia, pero me rindo porque necesito que paréis de darme la lata con el tema y me dejéis cenar en paz.
Jim reaccionó a aquella inesperada confesión con un grito de júbilo mientras Emma saltaba del sofá como un resorte. Por otro lado, decir que Van estaba disgustado era quedarse corto.
— ¿De verdad? — preguntó la joven morena y sus ojos adquirieron un matiz curioso.
— Sí— dijo April cortando a sus amigos que ya parecían dispuestos a interrogarla sobre su cita misteriosa—. Y antes de que me lo preguntéis, le he conocido en el trabajo.
— ¿En el trabajo? — inquirió Sim asombrado, sin poder contenerse—. Si siempre dices que no hay que mezclar los negocios con el placer.
April rió divertida. El ryujin por su parte no encontraba el asunto tan gracioso. ¿Iba a tener que presenciar una cita de April con otro hombre? Aquello era demasiado para él, no creía poder soportarlo.
— Y lo sigo manteniendo— concedió al fin la pelirroja, evasivamente—. Pero Matt no es uno de mis compañeros de trabajo. Es un periodista que vino a hacer un reportaje a mi laboratorio la semana pasada.
— ¿No será el tío bueno que presenta los reportajes de investigación del Canal 5? — quiso saber Emma, abriendo desmesuradamente los ojos a causa de la sorpresa.
— Ese mismo— reconoció April a su pesar, un poco avergonzada—. Y si me disculpáis, me voy a cama, mañana tengo que madrugar.
April se levantó perezosamente de la alfombra, recogió las sobras de su cena y se apresuró a abandonar el comedor entre las risas y los comentarios jocosos de sus amigos. El ryujin intentó seguir sus pasos, pero no pudo hacerlo pues la escena comenzó a deshacerse rápidamente a su alrededor y, cuando se solidificó de nuevo, el rey de Fanelia descubrió con horror que estaba en el peor de los infiernos.
El nacimiento de la relación de April con aquel estúpido habitante de la Luna Fantasma al que Van tanto detestaba.
Contra todo pronóstico, Matt había superado la primera cita y el ryujin tuvo que soportar interminables paseos por el parque, numerosas cenas a la luz de las velas y demasiados besos y caricias que sólo contribuían a hacer pedazos la paciencia y la cordura del invencible rey de Fanelia. Cada vez que Van presenciaba como aquel imbécil entrelazaba sus dedos con los de April o la besaba antes de dejarla en su apartamento, sentía que su alma estaba siendo perforada por miles de dagas afiladas que se le clavaban con saña en lo más recóndito de su ser.
La tortura más desgarradora a la que el famoso piloto de Escaflowne jamás había tenido que enfrentarse. La Tribu de Hispano reparando su Guymelef mientras él seguía conectado a la máquina. Aquello no había sido nada en comparación. Van lo habría preferido cientos de veces. Y habría estado agradecido por ello.
Hubiera preferido padecer cualquier otro tormento antes de continuar con aquella pesadilla.
Sin embargo, no podía rendirse tan fácilmente. April le necesitaba ahora más que nunca. Necesitaba que él fuera capaz de aparcar sus celos y se concentrara en llegar hasta ella y traerla de vuelta. Tenía una misión vital que cumplir y no podía permitirse estropearlo todo sólo porque April hubiera amado a alguien antes de conocerle.
Siento totalmente honesto, él también tenía un pasado. Él también tenía su propia dosis de cosas que lamentar en la vida.
Debía ser fuerte por April. Debía recuperarla sin importar el precio que tuviera que pagar a cambio.
Porque no podía vivir sin ella. La amaba. De una forma desmedida e inexplicable.
Nada más importaba. Sólo April. Todo lo demás era superfluo.
Esa era la única verdad que latía con fuerza en el corazón del rey de Fanelia.
Aquella revelación le dio fuerzas para soportar la agonía que era para él ver a April en brazos de otro hombre.
Y lo que era aún peor. El hombre era realmente horrible. Muy dentro de sí mismo, Van debía reconocer que habría odiado al tal Matt, aunque hubiera sido la persona más noble que viviera en ambos mundos. Jamás habría podido ser imparcial con ese estúpido cretino. Pero, lo cierto es que era un hombre detestable. Y no sólo a ojos del rey de Fanelia. Los amigos de April pronto se dieron cuenta de que Matt no estaba interesado en April por lo que ella era sino por lo que podía hacer de ella.
Aquel imbécil embaucó a April poco a poco, con dulces promesas y palabras de amor. Le aseguraba todos los días que la cuidaría, que nadie más que él podría quererla, que nunca la abandonaría, que sólo él podría sustituir a la familia que ella había perdido…
Y, para desgracia de Van, April le creyó.
Confió en él por completo.
Y aquella concesión le dio alas a Matt para cambiarla a su antojo. Su peinado, su forma de vestir… incluso la había obligado a asistir a varias clases de ejercicio a la semana. Era doloroso incluso tener que presenciarlo. No importaba lo estúpidas y ridículas que fueran sus exigencias, April nunca le negaba nada. Se desvivía por complacerle y hacerle feliz.
Jim y Emma intentaban advertirle constantemente a la joven pelirroja que Matt no estaba hecho para ella, que no debía cambiar su aspecto ni su forma de ser para salir con nadie. Pero April no les escuchaba. Estaba total y absolutamente fascinada por aquel hombre y no había nada que sus amigos pudieran hacer o decir para convencerla.
Con el paso de las semanas, Van fue consciente de lo mucho que April había cambiado y no sólo físicamente. Nunca cenaba con sus amigos sobre la nívea alfombra de su apartamento porque siempre había una una gala a la que debía asistir con Matt, apenas tenía tiempo para ellos. Ya casi no sonreía y cuando lo hacía parecía un gesto tan forzado y triste que a veces era mejor que no lo hiciera. Siempre parecía que estaba a punto de echarse a llorar y sus ojos habían perdido el brillo que los caracterizaba.
Cada segundo, de cada día que se vio obligado a presenciar fue para Van la mayor de las torturas. Anhelaba alejarse de aquellos recuerdos para nunca más tener que contemplar a April arrastrándose de un lado a otro como un alma en pena. Ansiaba, con toda la fuerza de su corazón, demostrarle a aquella mujer maravillosa lo mucho que él amaba todas y cada una de las cosas que Matt detestaba. Deseaba poder decirle que era perfecta tal y como era y que él había sido jodidamente afortunado de que ella estuviera en su vida.
Pero no podía hacerlo.
April se encontraba en esos momentos muy lejos de él. Atrapada en la prisión de su propia mente. Y Van debía hacer todo lo posible por llegar hasta ella.
Costara lo que costara.
Así trascurrieron penosamente los días, las semanas e, incluso, los meses. Hasta que una noche de tormenta, en mitad de una cena en el apartamento de Matt, April ya no pudo aguantar más.
La velada transcurría con la misma parsimonia que caracterizaba a todas las citas que Van se había visto obligado a contemplar. Matt había pedido comida a un caro restaurante, había servido el vino en delicadas copas de cristal y, en ese instante, ambos disfrutaban de la cena en completo silencio.
Hasta que aquel estúpido imbécil se levantó de su asiento y se acercó hasta April.
Van creyó que iba a besarla de nuevo y bufó molesto en señal de protesta.
Pero Matt no la besó. En lugar de ello, tomó a April del brazo sin ningún tipo de sutileza y, sin mediar palabra, la obligó a levantarse de la butaca sobre la que se sentaba para guiarla hacia el enorme sofá color caoba que presidía la estancia. Una vez allí, Matt la instó a tumbarse sobre el sofá para luego dejarse caer de cualquier modo junto a ella. Entonces la sujetó por el mentón y la besó apasionadamente mientras intentaba desabrochar los delicados botones que cerraban la camisa de April con la mano libre.
El ryujin creyó que algo dentro de él moría cuando fue consciente de las intenciones de aquel hombre. El dolor le atravesó con la potencia de un latigazo y resonó en su corazón como un grito desesperado. Su mente, abotargada y herida, se negaba a creerlo. No podía soportar ser testigo de ese momento tan íntimo de la vida de April porque era perfectamente consciente de que la imagen le torturaría el resto de su vida.
Rogó a cualquier dios que quisiera escucharle que se detuvieran para no tener que presenciar aquello.
Entonces, April pareció apiadarse de él. La pelirroja se removió sobre el sofá, sumamente incómoda e intentó apartar a su acompañante, pero Matt no se lo permitió. Con un gruñido de contrariedad, el hombre se resistió a detenerse y continuó con su forcejeo, como si la opinión de April no contara, como si no necesitara la aprobación femenina para continuar con su acometida.
Si aquello no hubiera sido un recuerdo, Van estaba totalmente seguro de que le habría matado. Si algún día pudiera tener la oportunidad de ponerle las manos encima, el ryujin no pensaba dejarle ni un solo hueso intacto en el cuerpo.
¿Cómo se atrevía aquel despojo a tocarla cuando era más que evidente que ella no lo deseaba?
— ¡Para! — exclamó April, de pronto, levantándose del sofá y recolocándose la ropa a duras penas—. Ya te he dicho que no estoy preparada para dar ese paso.
Matt le dirigió una mirada colérica.
— ¿Y cuánto tiempo más voy a tener que esperar? —exigió saber indignado, mientras golpeaba con violencia uno de los cojines—. Llevamos meses juntos y tú siempre te niegas a hacerlo.
— Lo haremos cuando llegue el momento— se excusó ella algo temerosa, cruzando los brazos sobre su cuerpo como si intentara protegerse.
— Pues yo creo que el momento ya ha llegado.
Tras aquella declaración de intenciones, Matt acabó con la distancia que le separaba de April de una sola zancada, la sujetó firmemente por los hombros, para que no pudiera alejarse, y entonces la besó con furia ante la horrorizada mirada de Van. Ella protestó por la fuerza de su agarre, pero él no se detuvo.
Cuánto más le empujaba ella, más vigor ejercía él para acercarla a su cuerpo.
April resistió valientemente aquel implacable asalto durante unos minutos que se antojaron interminables para el ryujin. Sin embargo, ella terminó por rendirse con un suspiro derrotado que salió de sus labios como una muda súplica. Matt, sabiéndose victorioso, se apresuró entonces a retomar la olvidada tarea de desabrochar los botones de la camisa femenina mientras sus ojos brillaban intensamente a la luz de las velas con un matiz eufórico que a Van consiguió revolverle el estómago.
Al fin, iba a ver cumplido su deseo. Como siempre, April no iba a negarse a complacerle.
Cuando Van contempló como aquel hombre, horrible y despreciable, posaba sus manos sobre el cuerpo de April y la arrastraba violentamente para depositarla, sin ningún tipo de delicadeza, sobre la mesa, sintió como su corazón se marchitaba y moría.
Incapaz de soportarlo más, cerró los ojos y les dio la espalda. No obstante, siguió escuchándolos. Escuchó cómo las ropas de ambos caían al suelo. Escuchó cómo tintineaban los platos y vasos que permanecían sobre la mesa. Escuchó a aquella escoria gemir de placer.
Muerto de ira, dolor y celos, Van dejó que la sonrisa dulce y perfecta de April inundara su mente mientras repetía una y otra vez para sí mismo, como si de un mantra se tratara, que aquello no significaba nada en absoluto. La escena que estaba presenciando no podía cambiar todo lo que ella le hacía sentir.
Aunque realmente hubiera deseado ser el primero en la vida de April. Aunque le hubiera gustado que, si llegaban a ese momento, ella fuera tan inexperta como lo era él. Lo cierto era que nada de aquello importaba.
Porque él quería ser el último hombre de su vida. Quería ser el hombre al que April escogiera para compartir cada día del resto de su vida. Ese pensamiento era el único que debía importarle.
"Yo la amo", se repitió a sí mismo con firmeza, en un vano intento por aislarse de la escena que tenía lugar a su espalda.
De pronto, un ruido sordo interrumpió el curso de los mortificados pensamientos del rey de Fanelia.
Van, en contra de lo que se había propuesto, dirigió su mirada hacia la fuente de aquel extraño sonido. Y lo que vió, le hizo querer echarse a reír.
La mesa, elegida por Matt como escenario para continuar su violento asalto, había cedido, tal vez por el peso combinado de dos personas, partiéndose por la mitad. Y los platos, los vasos y la botella de vino se habían destrozado contra el suelo de madera que decoraba la estancia, manchándolo todo. Para satisfacción del ryujin, Matt acababa de aterrizar sobre un montón de cristales rotos y su mano izquierda sangraba profusamente. April por su parte, que parecía ilesa y que gracias a los dioses aún conservaba su ropa interior, intentaba por todos los medios recuperar su ropa de entre los restos de aquel estropicio, mientras escuchaba a Matt maldecir su suerte.
El rey de Fanelia no pudo evitar reírse con sorna y crueldad ante la imagen que tenía ante sí.
April, cuyo rostro aún mostraba la conmoción del momento, terminó de vestirse con rapidez y se acercó al amasijo de cristal, porcelana y vino que ahora cubría una amplia sección del suelo, tal vez con la intención de limpiar el desastre, pero no pudo hacerlo. Con la mano sana Matt la sujetó fuertemente por la muñeca, obligándola a permanecer junto a él.
— ¿Adónde crees que vas? — gruñó salvajemente a April, fuera de sí—. Aún no hemos terminado.
— Por supuesto que hemos terminado— contradijo ella con firmeza, que tras el accidente doméstico parecía haberse calmado y recuperado el control de sus emociones—. La herida de tu mano necesita que la vea un médico y yo tengo que recoger todo esto.
— De eso nada— protestó Matt con furia mientras apretaba la muñeca femenina con más fuerza.
Por primera vez, April le miró como si no pudiera creer el modo en que su acompañante la estaba tratando.
— ¡Suéltame, Matt! Me estás haciendo daño— exclamó la pelirroja llena de ira, zafándose de su agarre de un único y brusco tirón.
Van suspiró aliviado, más aliviado de lo que podría llegar a expresar con palabras. Parecía que el momento se había roto y que April no estaba dispuesta a retomar las cosas donde las habían dejado.
Sin embargo, Matt parecía estar a punto de estallar.
— ¡YA ESTOY HARTO DE ESTO! — gritó con ira mientras golpeaba, completamente fuera de sí, los restos de la mesa—. ¡Estoy harto de aguantarte!, ¡estoy harto de que no me sirvas para nada!, ¡estoy harto de tener que fingir!
La violencia que Matt estaba exhibiendo pareció atemorizar a April, que se encogió bajo la dura mirada masculina. A pesar de ello, la pelirroja consiguió sobreponerse para plantarle cara, al fin. Por vez primera.
— ¿Que tú estás harto? Yo sí que estoy harta de que nada que provenga de mí te guste… Ni mis amigos, ni mi trabajo, ni mi pelo, ni siquiera mi forma de ser. No entiendo cómo puedes estar conmigo si tanto me aborreces— le espetó con el asco y el enfado crispando los rasgos de su rostro—. Estoy harta de tus exigencias, de tus dietas y de tus programas de ejercicio. Estoy harta de ti y de tus aburridas cenas de gala, de tus quejas y de tus constantes intentos por convertirme en otra persona.
Matt se echó a reír cruelmente mientras la señalaba de arriba abajo con un gesto despectivo.
— Pero, ¿tú te has visto? Antes de conocerme vestías como un vagabundo andrajoso que acaba de salir de debajo de un contenedor de basura. No tenías clase ni estilo ni modales… ¡Si hasta cenabas cada noche sobre una maldita alfombra, por el amor de Dios! — argumentó Matt, su voz petulante destilaba repugnancia—. ¡NO SERÍAS NADA SIN MI!, más que una vulgar estúpida que a la que nadie miraría dos veces, una friki de la informática que se ha casado con su trabajo… no hay nada en ti que pudiera interesar a un hombre de verdad— el hombre continuó destilando bilis, inmisericorde al sufrimiento que infringían sus palabras—. Pero siempre te niegas a colaborar y ya me he cansado de intentar llevarte por el buen camino. Yo necesito a mi lado a una mujer más acorde con mi imagen y mi reputación, la clase de mujer que me ayude, no que me entorpezca— Matt se detuvo mientras cavilaba con perversidad unos segundos —. Una mujer como mi compañera en los informativos… ella sí que sabe cómo complacerme.
April se encogió como si Matt la hubiera golpeado físicamente y sus verdes ojos se llenaron repentinamente de dolor y pena. Una pena que iba más allá de las palabras y que a Van se le clavó con saña en el corazón.
¡Aquel imbécil acababa de confesar que la engañaba con otra mujer como si nada!
Haciendo gala de esa fortaleza que la caracterizaba y que Van tanto había extrañado, April respiró hondo un par de veces, como si quisiera calmarse y al mismo tiempo estuviera luchando duramente por no derramar las lágrimas que invadían ya su mirada, y, de improviso, su rostro se endureció hasta convertirse en piedra y la ira deformó los delicados ángulos de su cara. Pareció que, por fin, tomaba conciencia de todos los defectos de Matt que había estado pasando por alto hasta el momento.
— Muchas gracias por mostrarme realmente quién eres— dijo April con voz segura y fría, tras un prolongado silencio que llenó la estancia y pareció querer extenderse por siempre—. Me has salvado de cometer el mayor error de mi vida.
Al fin, April Ryan parecía haber tenido suficiente.
Dedicándole a su acompañante una mirada de profundo desprecio, la pelirroja giró sobre sus talones con decisión. Y sin dedicarle ni una sola mirada más a aquel despojo humano, cogió su bolso del perchero y se dirigió decidida hacia la puerta, abriéndola de un tirón. Con paso firme y sin volver la vista atrás, traspasó el umbral y cerró de un portazo que reverberó en las tinieblas que ya comenzaban a alzarse de nuevo alrededor de la escena.
Cuando la bruma se disipó, Van descubrió lo mucho que le había costado aquella relación y su repentino final a la chica pelirroja de la Luna Fantasma.
Aunque sus amigos, Jim y Emma, perdonaron rápidamente su terrible comportamiento y la recibieron con los brazos abiertos, sin poder ocultar su satisfacción porque la pelirroja hubiera puesto fin a lo suyo con Matt, parecía que April había tomado una decisión inapelable. Irrevocable.
No necesitaba a nadie para sentirse completa.
Todo lo que había tenido que sufrir desde la repentina muerte de su padre había terminado por hacer mella en su carácter. April se volvió fuerte, eficiente, precisa.
Una luchadora implacable.
Refugiándose en su laboratorio, enterró sus sentimientos bajo toneladas de trabajo y proyectos y regresó de golpe su anterior rutina como si nada hubiera pasado.
Como si no acabaran de partirle el corazón.
Pues jamás dejó entrever a nadie el sufrimiento que había padecido. Que, probablemente, aún padecía.
Desde aquella fatídica noche, April no volvió a mencionar a Matt. Ni siquiera a sus amigos les contó lo ocurrido y no se permitió un solo día para derrumbarse y llorar su pena. Sólo su férrea voluntad y su determinación la ayudaron a superar la crueldad de Matt, a volver a sonreír, a encontrarse de nuevo consigo misma.
Poco a poco regresaron sus vaqueros desgastados, su pelo largo, sus cálidas sonrisas y las cenas con sus amigos sobre la blanca alfombra de su apartamento.
April volvió a la vida. Resurgiendo de sus cenizas con más ímpetu si cabe.
No obstante, tal y como le confesó a Merle tiempo atrás, invertía todas sus energías en trabajar, comer y dormir, generalmente en ese orden, y no había espacio en su vida para nada más.
Para nadie más.
El trabajo era todo su mundo. En su laboratorio perdía la noción del tiempo y hasta su jefe le aconsejaba a menudo que se marchara a casa a una hora prudente. Pero April se limitaba a sonreír sin escuchar.
Vivía para trabajar, para ser la mejor y superar a los demás.
Y, tan sólo muy de cuando en cuando, permitía que Jim y Emma la distrajeran de sus obligaciones, dejando que la arrastraran a algún lugar donde no hubiera aparatos electrónicos y pudiera divertirse. Pero rechazaba categóricamente todo intento de acercamiento de cualquier miembro del sexo opuesto.
Parecía empeñada en querer demostrarle al mundo, y también a sí misma, que podía sobrevivir a cualquier cosa. Que era fuerte. Que era capaz de enmendar sus errores y salir victoriosa.
Así se escurrió rápidamente la primavera y tras ella el abrasador verano.
Y entonces, llegó el otoño.
Aquel día había estado nevando de forma intermitente desde primera hora de la mañana, pero April ni siquiera se dio cuenta de ello, concentraba como estaba en atender los extraños aparatos que poblaban su laboratorio. Sin embargo, en ese preciso momento la nieve caía copiosamente desde el compacto manto de nubes grises que cubría la ciudad de imponentes y altísimos edificios en la que la pelirroja vivía. La noche había caído horas atrás y hacía frío, mucho frío, cuando April enfiló la calle de su apartamento.
Lanzando una mirada al cielo plomizo, ella se apresuró, con Van siguiendo sus pasos muy de cerca, aparentemente con la intención de refugiarse cuanto antes de aquella tormenta en cierres.
Sin embargo, aquella noche la vida de April estaba a punto de dar un giro trascendental.
Uno que acabaría llevándola inexorablemente hasta Fanelia. Hasta su impasible rey.
Cuando tres hombres rubios de ojos negros surgieron de entre las sombras que los monumentales edificios proyectaban sobre la acera, Van tomó verdadera conciencia de que el momento de su encuentro con aquella mujer pelirroja estaba próximo.
Muy próximo.
Sabía perfectamente lo que iba a ocurrir. April se lo había contado en Vaedran. En una noche fría y nevada muy parecida a la que ahora presenciaba.
La impaciencia quemó la garganta del ryujin mientras contemplaba como aquellos hombres se aproximaban a ella en el más absoluto de los silencios y la cercaban, tal y como haría una manada de bestias salvajes.
- Puedes gritar todo lo que quieras – dijo uno de aquellos individuos cuya voz era áspera y cortante. Tan fría como el hielo que cubría la acera–. Nadie puede oírte ahora.
Como si fueran cazadores cercando a un animalillo asustado, los tres continuaron acercándose a April muy despacio hasta acorralarla contra la sólida pared de uno de los edificios que ocupaban la calle.
En aquel instante, Van temió por ella. Aunque sabía que aquel ataque era el catalizador que la llevaría hasta los bosques de Fanelia, sintió el terror apoderarse de cada fibra de su cuerpo cuando la posibilidad de que alguno de ellos pudiera llegar a hacerle daño se abrió paso en su atribulada mente.
Pero, sin importar las circunstancias, April siempre conseguía sorprender al famoso piloto de Escaflowne.
Haciendo gala de su típico valor, inconsciente y temerario, ella intentó defenderse para evitar que uno de aquellos hombres la agarrara por el brazo. No obstante, a pesar de que acertó el primer golpe, logrando que el tipo siseara de dolor, era más que evidente que no podría protegerse de ellos eternamente.
La superaban en número y no parecían dispuestos a rendirse.
Entonces, cuando todo parecía perdido, sucedió.
Un portal se abrió sin previo aviso, cegando a todos los presentes con su fulgurante luz. Una luz brillante y tan potente que hasta Van, que era tan sólo un mero espectador, se vio obligado a cubrirse el rostro para protegerse. En mitad de aquel cegador destello, el ryujin se vio impelido por una fuerza irresistible que le arrastró consigo. Conducido por aquella fuerza desconocida, se desplazó ingrávido mientras su cuerpo giraba dentro de aquel torbellino.
Y, tan súbitamente como había aparecido, la luz titiló hasta apagarse.
Cuando los oscuros ojos del rey de Fanelia se acostumbraron de nuevo a la penumbra fue consciente de que estaba en casa.
En Fanelia.
April había llegado hasta él. Al fin.
Van giró sobre sí mismo, sus ojos rastreando nerviosos la zona, buscando con avidez a aquella mujer pelirroja. Tras unos agónicos segundos, la encontró a unos metros de su posición, tumbada sobre el barrizal en que la lluvia había convertido el suelo del bosque. Y mientras ella se levantaba, asustada y confundida, ocurrió lo que el ryujin había estado esperando desde que aquella mujer de turbulentos ojos plateados irrumpió en su habitación del palacio real de Fanelia.
Tras ser testigo del pasado de April por entero, ella ya no tenía nada más que mostrarle.
El suelo tembló violentamente, como sacudido por un repentino terremoto. Y, entonces, todo se esfumó.
Fanelia, el bosque, la lluvia.
Engullidos por la más impenetrable oscuridad. Un abismo insondable y sombrío que parecía no terminar nunca y en el que Van no veía nada. No oía nada. No sentía nada. Sólo su conciencia.
¿Dónde demonios había ido a parar?
¿Van?
Aquel susurro llegó hasta Van a través de la espesa y densa niebla que le rodeaba.
El único sonido que el ryujin sería capaz de distinguir hasta en el más profundo de los infiernos.
—¿April? — le gritó desesperado a la nada que le envolvía.
Fue como si la bruma hubiera estado esperando ansiosa a que Van pronunciara aquel nombre, porque entonces comenzó a disiparse como las nubes de tormenta arrastradas por la ferocidad de un viento implacable.
Y al otro lado… estaba ella. April.
Ataviada con un sencillo vestido blanco que dejaba entrever su figura. Lucía cansada y pálida, pero ilesa.
Van echó a correr hacia ella, con el corazón martilleándole dolorosamente las costillas, intentando alcanzarla antes de perderla de nuevo.
—¡April! —la llamó, su voz haciendo eco en la oscuridad.
Las lágrimas surcaron las mejillas femeninas cuando sus ojos verdes, acostumbrados a las tinieblas de aquel horrible lugar que se había convertido en su prisión, se posaron sobre la figura del rey de Fanelia.
— ¡VAN! — gritó incrédula, mientras la felicidad la embargaba por primera vez en mucho tiempo.
El rey de Fanelia estaba allí, descalzo y vestido únicamente con unos sencillos pantalones. Su perpetuo salvador venía a sacarla de aquel purgatorio.
El ryujin acabó con la distancia que los separaba en menos de lo que dura un latido del corazón y entonces la abrazó con fuerza al tiempo que todo su cuerpo se estremecía por la cercanía de aquella mujer. Había olvidado la suavidad de la piel de April o el olor que desprendía su pelo.
Los recuerdos que había atesorado de ella no podían hacerle justicia.
Mientras la envolvía entre sus brazos, Van la acercó más a sí mismo, estrechándola con fuerza, admirado por la tibieza de su cuerpo, agradecido, más allá de las palabras, al constatar que estaba con él y no muerta.
Sintiendo que el alivio le ahogaba y le cerraba la garganta, hundió las manos en el cabello femenino, enterrando con desesperación el rostro en su cuello como si April fuera el único asidero que le quedaba para aferrarse a la vida.
¡Cómo la había echado de menos!
April suspiró entre los brazos del rey de Fanelia y un quejido atormentado se escapó de entre sus labios secos. Se aferró con toda la fuerza de sus dedos al cuerpo que podía sentir junto a ella. Le necesitaba desesperadamente. Y es que nadie nunca la había sostenido con tal ternura. Nadie nunca la había tocado de ese modo.
Qué bien se sentía y cuánto había deseado estar con él de nuevo.
— ¿De verdad eres tú? — inquirió ella, atormentada por la duda de no saber si aquello era un nuevo truco de su prisión mental ideado para torturarla.
Reticente, Van se separó de ella y clavó la mirada en sus ojos. Esos ojos verdes cuya luz tanto había extrañado. Él tomó su mano y la sostuvo contra su pecho desnudo, justo sobre el corazón. La calidez de la piel masculina le provocó a April un estremecimiento.
—Soy yo. Lo juro.
La duda la llenó.
—¿Cómo sé que eres tú?
Van respondió su pregunta con un apasionado beso, uno que la dejó sin aliento. Necesitada. Temblorosa como una hoja movida por el viento.
Oh, sí… era Van. No había duda. Nadie más besaba como él lo hacía. Y nadie más tenía su esencia.
El ryujin abandonó lentamente los labios femeninos, sus ojos atormentados.
— He venido para sacarte de aquí antes de sea demasiado tarde— confesó apasionadamente, como una plegaria al viento.
April se asustó ante el terrible significado de aquellas palabras. Y se sintió inmensamente culpable por el dolor que su ausencia le había provocado al rey de Fanelia y por no haber sido capaz de encontrar un modo de escapar de su prisión.
— Lo he intentado todo, Van— reconoció derrotada—. No importa lo que haga, no puedo salir de aquí.
Él tomó delicadamente el rostro femenino entre sus manos.
— Escúchame April. Es tu propia mente la que te mantiene prisionera y te impide despertar. Tu cuerpo está intacto sobre una cama del hospital de Palas — razonó Van, intentado convencerla desesperado—. Nada de todo esto es real. No es más que una invención de tu mente para intentar protegerse a sí misma.
April se entristeció de nuevo.
— No sé cómo hacerlo.
Van se inclinó sobre ella para susurrarle al oído, con aquella voz profunda y seductora.
—Si no regresas, desaparecerás para siempre y tu cuerpo se consumirá sin remedio sobre una cama— dijo el ryujin, su corazón mortificado se negaba a aceptar esa posibilidad—. No puedo perderte, April… no puedo vivir sin ti.
Aquella confesión pareció suspender hasta el tiempo entre ellos. Las lágrimas abrieron nuevas sendas por las mejillas femeninas y Van las apartó con delicadeza.
— Vuelve conmigo, por favor— suplicó él, como no recordaba haber suplicado nada en toda su vida.
Por toda respuesta, April le echó los brazos al cuello y le regaló un beso ardiente que Van respondió gustoso, estrechándola contra sí mismo, deseando fundirse con ella.
Ella ansiaba por encima de todo regresar a su lado. Él anhelaba que lo hiciera.
Y mientras sus almas se besaban, la neblina comenzó a enrocarse alrededor de sus cuerpos y un nuevo temblor, mucho más fuerte, sacudió el suelo obligándolos a separarse.
— Es la hora, April— le recordó Van, comenzando a sentir como una fuerza desconocida tiraba de él. Una fuerza irresistible que le arrastraba inexorablemente lejos de ella, apremiándole para que despertara.
Ella le tomó de la mano y sonrió mientras sentía aquella misma fuerza abatiéndose sobre la parte más recóndita de su mente.
La asfixiante oscuridad se alzó de nuevo desde el suelo. Impasible y densa.
Ninguno de ellos podía ya ver nada, pero aún podían sentir al otro.
— Van… — llamó April desde el abismo que se levantaba a su alrededor y él giró su rostro hacia el sonido de su voz—. Te amo.
El ryujin despertó abruptamente en la soledad de su dormitorio del palacio real de Fanelia con el eco de aquellas palabras repitiéndose sin cesar en su mente y en su corazón.
Aquella extraña mujer parecía haberse marchado y todo estaba en silencio. No podía escucharse ni un susurro. Tan sólo el desbocado latido de su corazón que reverberaba en sus oídos rompía la quietud del momento.
Los primeros rayos de sol de aquella mañana se colaban por la ventana, entibiando la estancia, pero Van no fue capaz de apreciar la belleza del paisaje.
Lo que acababa de vivir había sido más que un sueño. Mucho más. Estaba seguro.
Lo sentía en cada célula de su cuerpo.
Y necesitaba desesperadamente saber si había funcionado. Si todo el esfuerzo había dado sus frutos. Si había conseguido traer a April de vuelta.
Pateando con premura las sábanas de la cama, se cambió de ropa y salió del dormitorio como alma que lleva el diablo. En cuanto puso un pie en el corredor del ala este la impaciencia le hizo echar a correr sin mirar atrás.
Tenía demasiada prisa.
…
Hospital de Palas, Asturia.
5:51 a.m.
A miles de millas de la capital de Fanelia, los rayos del sol de aquella mañana se derramaban perezosamente sobre los canales de Palas, dando paso a un nuevo día en la capital de Asturia. Y en una de las habitaciones del imponente hospital, recostada sobre una cama de níveas sábanas y suaves almohadones, April descansaba aún.
La misma luz tibia y débil que bañaba el palacio real de Fanelia recortaba su femenina figura como una caricia sutil y etérea.
Su acompasada respiración era el único sonido que rompía el silencio que imperaba en la estancia. Su apariencia era serena. Tranquila. Parecía estar dormida.
Pero en su interior, April empezaba a sentir que caía en un vacío insondable y el miedo burbujeó con vehemencia en su mente y en estómago.
"Vuelve conmigo… te necesito" gritó en su cabeza una voz masculina que se le antojó conocida. Pero era incapaz de identificar con seguridad a quién pertenecía. Aunque estaba totalmente convencida de que pertenecía a alguien muy importante para ella... ¿no?
¡Qué extraño! Era como si de repente hubiera olvidado algo vital que debía hacer.
Intentó en vano recordar, pero no pudo. Sentía la mente cansada, aletargada, como si trabajara a cámara lenta. Como si hilar dos pensamientos requiriera de su parte una cantidad inusitada de tiempo y energía.
Muy dentro de sí misma, continuó cayendo en el vacío más absoluto. Sin nada que frenara su inexorable caída. Anhelaba con todo su ser encontrar algo a lo que aferrarse, algo que pudiera detener su frenético descenso al abismo, pero se sentía tan perdida dentro de su propio cuerpo...
Le dolían los brazos, las piernas, las manos. Los párpados le pesaban. Lo único que le apetecía era dejarse caer. Dormir... tal vez para siempre.
"Despierta o muere", gritó en su cerebro otra voz enfadada, aún más fuerte que la anterior.
Y, sin saber muy bien por qué, April obedeció la airada orden de aquella voz primitiva que parecía emerger desde la parte más recóndita de su propia mente.
Con un esfuerzo mayúsculo, obligó a sus párpados a elevarse lentamente para presenciar la luz de un nuevo día.
Tras tantos días en la oscuridad, incluso aquellos débiles rayos de sol la cegaron momentáneamente, obligándola a parpadear con fuerza para orientarse.
Y cuando lo logró, su interior bulló impelido por la euforia que la embargaba.
Porque April sabía que, contra todo pronóstico, lo había conseguido.
¡Hola a todos de nuevo!
Después de mucho tiempo estoy aquí de nuevo. Lo he intentado pero no he podido hacerlo antes. Después de mi enfermedad tenía mucha vida que recuperar, muchas asignaturas que había perdido, mis prácticas a medio terminar... ahora mi vida ha vuelto a ser lo que era. Terminé la universidad y me estoy preparando para ser juez. Pero siempre he tenido la espina clavada de mi historia. Siempre dije que la terminaría y eso voy a hacer.
Aunque ya no quede nadie para leerla. Una promesa es una promesa.
Así que aquí está el capítulo. Espero que, si hay alguien al otro lado, le guste.
Un beso enorme.
ELA.
