Salaisuuksia
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Sorrento
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Villinhaka, Finlandia
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Pasaba del mediodía cuando llego a la casa de una sola planta ubicada al final de la silenciosa calle, la gente lo veía pasar y murmuraba a sus espaldas, él oía a lo lejos las voces de los vecinos que aún lo reconocían, sin embargo Isaak ignoraba todos los comentarios incluso los amables saludos de buenos días que llegaban a su izquierda y derecha. No deseaba hablar con nadie esa mañana así que pasó de largo hasta llegar a la puerta.
La construcción alargada de una sola planta, paredes claras y techo a dos aguas se veía silenciosa tan solo iluminada por el sol del verano sobre si. El joven toco la puerta esperando recibir una respuesta, sin embargo pasados algunos momentos nadie abrió, tras un par de segundos más volvio a llamar.
—Nadie vive en esa casa joven —le informó un vecino desde la casa contigua—. Lleva deshabitada varios años.
—¿Sabe dónde está la Señora Toiviainen? —pregunto Isaak algo confundido por la ausencia de la habitante de la casa—. Le avisé por carta que vendría.
El vecino muy amablemente se acercó a Isaak dejando lo que hacía, ahí observó la extraña forma de vestir del joven delante de él; un chico más o menos alto de cabellos verdes que había perdido un ojo, el izquierdo y cuya cicatriz lo hacía ver amenazante y poco confiable. El vecino lo miro por un momento antes de darle más información como queriendo buscar algo familiar en aquel chico.
—Por supuesto… tu eres su hijo Isaak. No te reconocí, ¡cómo has crecido! —respondió aun más amable y calmado—. Tu madre falleció hará unos dos años, lo siento mucho. No hubo forma de localizarte y la velamos entre los vecinos de la calle, desde entonces nadie ha visitado su casa.
—Entiendo... gracias por esa atención.
Isaak miró por debajo del tapete de la puerta, bien recordaba que su madre tenía la mala costumbre de dejar una copia de la llave ahí, y ahí estaba. La pequeña e imperceptible llave sucia por el paso de los años estaba bajo el tapete.
—Si gustas puedes venir a tomar café, te ves cansado —dijo el hombre señalando su casa a pocos metros de ahí.
—Le agradezco, pasaré mañana si gusta. La verdad, hoy quisiera descansar un poco puesto que he viajado por dos días sin descanso hasta acá.
—Te esperamos entonces, feliz tarde —el vecino se retiró de ahi dejando a Isaak con sus pensamientos.
El joven entro en la casa y estaba todo tal cual lo vio la última vez que estuvo por ahi. La cocina hacia la izquierda, el comedor, la pequeña sala y las habitaciones a la derecha todo a su alrededor se veía oscuro por las cortinas que no se habían descorrido desde hacia tanto tiempo dando un ambiente aun más desolado. Claro que todo estaba descuidado y polvoriento pero ahi estaba en su casa luego de cinco largos años de ausencia entrenando en Siberia.
Cerro la puerta tras de sí y fue directo al sofá, necesitaba sentarse por un momento ya que estaba realmente cansado pues hacia no mucho se encontraba peleando contra Hyoga en el templo de Atlantis y ahora estaba en casa deseoso por un poco de paz tras su amarga derrota. Miro el techo por un momento viéndose así mismo agonizante en los brazos del santo del cisne quien lo remató con su mejor técnica a él, a él. Se llevo la mano a la frente, seguía sin poderlo creer.
Sin embargo lo que más lo desconcertaba fue que él se creyó muerto. Creyó morir al pie del pilar del Ártico y todo se volvió oscuridad sin embargo, poco después, despertó en una playa soleada en alguna parte de Grecia viendo el sol brillante sobre su cabeza. ¿Qué había pasado entonces? Su mente viajó tres semanas atrás a aquel extraño suceso de "resurrección" que él y los otros marinos vivieron.
—Es la gracia del Dios Poseídon —decía Sorrento con un tono que claramente iba más allá de la gratitud—. Sabe lo leales que le hemos sido y no nos dejo a la deriva.
—¿Realmente piensas eso? —Isaak le respondió seco y con un tono que denotaba su desacuerdo con esa idea.
—¿No piensas igual? El no duda de nuestra lealtad.
Isaak miraba y miraba a su colega tratando de encontrar esa fidelidad que este profesaba y que, siendo honestos, empezaba a resultar enfermiza. ¿Cómo serle fiel a un dios que solo apareció para mandar y, al final, perdió la batalla vergonzosamente? Él y los demás marinos aparecieron en Atlantis de la nada y ya tenían una batalla en puerta. Isaak no era fiel a Poseidón exactamente, él era fiel al Kraken y nada más.
—Sorrento, el dios ni siquiera iba a reencarnar ¿no recuerdas? Fue dragon marino el que organizó todo y nos llevo a una guerra innecesaria.
—Eso mismo Isaak —volvió a repetir—, él supo al final que la batalla no era planeada por los dioses e intercedio por nuestras vidas en el Olimpo. Por eso volvimos, Poseidon es nuestro auténtico dios y le debemos nuestra vida.
No quiso seguir discutiendo con él, no llegaría a nada en ese momento ni en cien años. Camino más de prisa deseando que su molesto colega tomara su camino y lo dejara en paz.
—¿Te marchas tan rápido?, ¿no irás a ver al dios a su residencia? —preguntó Sorrento extrañado.
—Es correcto. Nada tengo que hacer ahí importunando a un joven que, seguramente, tiene otras actividades que hacer. Ya nos veremos luego.
—¿A dónde irás? —insistió.
—A ver a donde… —respondió cortante.
—Isaak...
Sin decir más se retiro de ahí y ya no supo ni de Sorrento ni de algún otro marino en los siguientes días sin embargo esto no le afligía ya que no deseaba la compañía de ellos, en especial, la del hombre que se hizo pasar por Dragon Marino; él que lo había arruinado todo. El momento de gloria que pudieron haber tenido se fue al traste por la ambición personal de aquel sujeto.
—Maldito seas Dragon Marino —masculló entre dientes caminando despacio por la habitación—. Espero, al menos, haya recibido su merecido por jugar así con mis ideales de justicia. Por mancillar el nombre del dios y el nuestro.
Conoció a Kanon, Dragon del Mar, en Atlantis. Este llego en compañía de Sorrento a la Sala donde en pocos días se presentaría el dios Poseidón. Dragon Marino se había encargado de reunirlos en el templo del mar gracias a su cosmos que los mando llamar, les mostro el camino al templo y sus futuras escamas. Isaak sabía reconocer las malas intensiones y aquel hombre las tenia a flor de piel, aunque dejo de lado su intuición, por dentro sabía que algo podrido habitaba en el alma de Kanon sin embargo no podía deducir qué exactamente.
—El Marino del Ártico —le dijo autoritario—, tu deber será la defensa del pilar. Dentro de no mucho se desatará la gran guerra contra el Santuario. Necesitaremos la fuerza de todos para defender el templo y al dios Poseidón. Él es nuestro único dios y le debemos fidelidad.
—Entiendo, daré lo mejor de mi.
—¿Tu nombre y tu escama?
—Isaak de Kraken.
—Excelente —sin decir más se retiro de la sala dejándolos solos—. Mi nombre es Dragon Marino y estoy al frente de esta operación. Apenas lleguen los demás marinos nos reuniremos para revisar y planear la futura guerra Santa.
Ambos lo miraron sin decir más ni poner objeciones ni nada ya que aún no tenían todo el panorama de lo que enfrentarían. Isaak miro a su nuevo colega quien permaneció en la sala mirando el trono del Emperador. Aquel magnífico mueble que, dentro de poco, ocuparía el dios del mar y se alzaba imponente al final del salón del trono.
Este marino en especial tenia un porte y actitudes diferentes a los demás marinos, a simple vista, demasiado ingenuo para el puesto que ocupaba y el que portara una flauta como arma de defensa era de lo más extraño y poco práctico.
—Parece que formaremos parte del mismo ejercito —dijo cortes—. Soy Sorrento.
—Eso parece, Marino. Mi nombre es Isaak —respondió con poco interés.
—Un gusto en conocerte, nos veremos más tarde.
—Claro.
Lo vio salir del Salón del Trono sin decir nada más, a partir de ese momento no sería la ultima vez que cruzaran palabra.
Isaak fue directo a la que fuera su habitación y abrió la ventana para dejar entrar el aire fresco. Era extraño pero la ausencia de su madre pesaba aunque no la hubiera visto en todo ese tiempo, aun la recordaba claramente luego de tantos años: una mujer ya mayor que apenas logro tener un hijo luego de mucho esfuerzo. Ella lo trataba excepcionalmente, lo quería mucho y él a ella. Su padre murió poco después de nacer él así que no pudo conocerlo pero llevaba su nombre en su honor.
Sin embargo, una noche en medio del cruel invierno ella no pudo hacer mucho por un enfermo Isaak cuya fiebre la sobrepasaba, hizo lo mejor que pudo llamando al médico local quien la orientó para bajarle la fiebre y con eso el chico estuvo bien. Aunque no fue nada realmente grave ella había quedado muy afectada por esa experiencia.
—Soy una mujer vieja Isaak, imagina si hubieras muerto por la fiebre. No sabría que hacer.
—Estoy bien mamá, no te preocupes —luego de abrazarlo le narró alguna de las peripecias de su padre a fin de aminorar su propia tension.
Papá fue marinero mucho tiempo y, durante sus años de trabajo, visitó muchos lugares también conoció a muchas personas así como leyendas de varios sitios. Fue su madre quien le habló del Kraken por primera vez, de la gran bestia mitológica escandinava mostrándole algunas láminas en los libros que tenía en casa. El joven tenía muy grabado uno en particular dibujado por Pierre Denys de Montfort y hecho en 1801, era una de las láminas que más quería y atesoraba pidiendo a su madre una copia enmarcada en su habitación para ponerla junto a la repisa que tenia la coleccion de textos mitológicos sobre la criatura que logro juntar en esos años de infancia.
Así fue que lleno su cabeza de ideas apenas aprendió a leer.
La lamina enmarcada aun colgaba de la pared sobre su cama, el joven se acercó a ella mirándola con nostalgia y algo de pena, aquel ser representaba todo lo que ansiaba volverse de adulto: justo y despiadado. Un ser marino que no se tocaba el corazón ante nada, pensó que sería igual que él al crecer pero la ultima batalla le habia demostrado cuán lejos estaba de su ideal.
Isaak el humano poco tenía que ver con el Kraken mitológico.
En ese momento una melodia que conocía muy bien se metía por la ventana interrumpiendo sus pensamientos, Isaak se quedo inmovil por un momento; era la música de una flauta. Su corazón dio un respingo asomándose rápidamente por la ventana descorriendo la cortina con rapidez, sin embargo la música venía de una casa cercana. Desde la ventana pudo ver a la mujer mayor que que vivía en la casa de atrás y que buscaba otro vinilo en lo que parecía ser su colección colocada en alguna parte de su sala.
—Ahí está —se dijo el joven con molestia—. Esa maldita melodía de Bach que él tan bien interpretaba.
Isaak escuchó a Sorrento interpretar la misma canción en uno de sus interminables ensayos musicales frente a su pilar. Una y otra vez repasaba las mismas tonadas sin cansarse, este se acercó mientras tocaba escuchando por un momento aquellos sonidos sin poderlos apreciar realmente puesto que no tenía educación musical más que lo básico que logró aprender en el colegio mientras pudo asistir.
—¿Te puedo ayudar en algo? —pregunto el flautista cortésmente deteniendo su práctica.
—En realidad no, solo vine a quejarme porque tu ruido se oye hasta mi pilar —respondió lo más descortés que pudo.
—Vaya, eres el primero que llama ruido a una pieza de Bach. Solo por ese comentario tan ofensivo la tocaré el resto de la tarde así aprenderas a apreciarla —respondió mordaz y con un tono que denotaba su enfado
—¿Disculpa?
—La música clásica no es ruido sabes, solo los oídos privilegiados son capaces de entenderla —afirmo sin siquiera mirarlo.
Sorrento no dijo más y, de ahí en adelante, a diario interpretaría por horas un Minuet y Badinere de Bach hasta que Isaak, literalmente, se aprendiera cada nota. El joven marino de Kraken llego a acostumbrarse a Bach entre otros con el paso de los días, aunque no lo reconociera abiertamente, Sorrento era realmente bueno con ese instrumento dejando ver que no se trataba de un chico normal sino un joven virtuoso que constantemente era invitado a la sala del Emperador Poseidon para deleitarlo con su música.
—Es increíble como pierde el tiempo con esa cosa, me desespera —decia dragon marino con desprecio—. En lugar de que entrene como debe solo toca música infernal una y otra vez.
—Pues parece que esa música que llamas infernal es su arma de defensa, ¿no crees? Quizás encontró como usarla a su favor —replico Isaak ya molesto con la actitud de su colega.
—No digas tonterías, los puños son las armas no un tubo que emite ruidos horrendos. ¿Sabes que hará cuando tenga que combatir? ¡Golpeará al enemigo con la flauta hasta dejarlo aturdido!
Se retiro de ahi a los pocos segundos de emitir tan cruel juicio haciendo que Isaak realmente sintiera incomodidad al estar en presencia de este, de verdad que no le gustaba Kanon por su alma retorcida y su personalidad tóxica, un ser como Kraken se lo habría comido enseguida pero el marino era la mano derecha del dios y todo el tiempo estaba cerca de él. Pareciera que el dios gustaba de este o bien no lo conocía del todo.
—¿En qué piensas? —Sorrento lo vio preocupado sentado al pie del pilar del Artico una tarde luego de uno de sus tantos ensayos.
—¿Qué opinión tienes de Dragon Marino? —fue directo al grano sin rodeos, necesitaba un juicio honesto e imparcial.
Isaak siempre habia confiado en su instinto, sabía que este no lo traicionaba pero quizás estaba siendo demasiado duro con su colega ¿no confiaba el Emperador lo suficiente en él como para haberlo hecho jefe de todos ellos? El alto mando al frente de los seis marinos y la sirena que estaban presentes en el templo.
—Bueno pues —respondió el flautista titubeante—, no lo conozco lo suficiente para emitir un juicio pero, por lo que veo, no es de tu agrado ni confianza.
—Es correcto —Isaak estaba por decir todo lo que pensaba sin embargo algo lo hizo detenerse, de pronto, tampoco estaba seguro de que tan confiable era Sorrento.
Dragon Marino siempre estaba cerca de este corrigiéndolo aqui y allá aunque Sorrento no lo expresaba en voz alta se notaba a leguas que también lo incomodaba. Se notaba que el flautista solo deseaba estar a solas y tocar la flauta el día entero pero, al mismo tiempo, lo obedecía sin titubear.
—¿Dónde aprendiste a tocar así la flauta? —le pregunto directamente tratando de aminorar la tensión entre ambos—. No conozco la música que tocas pero, finalmente, uno termina acostumbrandose a ella —confesó con calma.
—Pues… —el joven pensó un poco antes de hablar—. Tome lecciones por su puesto, todos los días luego del colegio tomaba largas lecciones de música; supongo que eso pasa cuando tus padres son músicos de profesión.
—Asi que aun viven tus padres.
—Si, les dije que tenía que atender algo antes de continuar con mi carrera musical. Jamás hubiera imaginado ser seleccionado para servir a un dios, si acaso solo soñaba con interpretar para un emperador que viviera en un palacio tan hermoso.
Sorrento le narro que tiempo atrás hubo un recital escolar llevado a cabo en la sala más hermosa del Palacio del Hofburg.
—Es el Castillo más importante ubicado en el centro de Viena —decía con gran entusiasmo—, jamás había estado en él, solo lo había visto por fuera. Claro que en mi país, Austria, hay castillos hermosos pero ese tiene algo que lo hace diferente y el tener la oportunidad de tocar en un recital así fue algo más que un sueño.
—Imagino que tocar para el dios Poseidón se le compara, ¿no?
—Si, el dios tiene una majestuosidad y porte salidos de una antigua corte imperial. Solo faltan las mujeres con amplios y largos vestidos de fiesta, los cortesanos con pelucas blancas y los grandes maestros como Mozart y Bach interpretando musica hermosa— cerro los ojos por un momento e Isaak podría jurar que se imaginaba sus propias palabras.
De verdad pareciera que Sorrento había escapado de un cuento de hadas o algo similar, Isaak no lograba entenderlo pero comenzaba a tenerle aprecio al joven; era alguien diferente y fresco que, en muchas formas, transmitía una sensación de paz única y diferente invitándolo a olvidarse de lo demás. En ese momento interpretó otra melodía para flauta.
—Serás el primero en escuchar esta composición —levantó la flauta con cierto orgullo llevándosela a los labios—, antes de venir al templo del mar pase una buena cantidad de horas en casa practicandola, es el Solo de la flauta parte del concierto para flauta y arpa compuesto por Mozart.
El marino quedo impresionado por la melodía tan bella. Igual de bella que su colega.
La mente de Isaak regresó al presente tras sacudir un poco la cabeza y cerrando la ventana de golpe, habia tenido suficiente de Bach y la música en general porque aquella música le traia malos recuerdos y Sorrento estaba en ellos. No podia negar que la paz que le transmitía el joven músico era indescriptible, una paz que incluso alguien como él podía apreciar y añorar. Ahora que estaba en la soledad de su casa le hacia falta un poco de paz mental.
Observó la lamina del Kraken sobre su cama, la miro buscando en ella la motivación para recuperar sus ideales de justicia, aquellos ideales que concluyo tenía el Kraken al momento de atacar algun barco pirata en la antigüedad; mismos ideales que le había tratado de infundir su maestro quien yacía muerto.
—Maestro Camus —pensó con enojo.
No quería pensar en la batalla perdida en el pilar del Artico pero ahi estaba, esa era su gran derrota que le hacia cuestionarse si el entrenamiento había valido la pena, si el dejar su casa había valido la pena. El joven golpeo violentamente el escritorio de la habitación.
—¡Para que tanto maldito esfuerzo, eh! —gritó frustrado— ¡De nada sirvio! El discípulo favorito me derroto, al final el resultó ser mejor que yo. El gran Hyoga al que salvé y termino siendo digno de la armadura de Cygnus ¡mientras yo me pudría dentro del mar helado en la maldita Siberia! —se dejo llevar por la ira, una ira que le venía desde lo más profundo de su persona y que no había podido salir en todos esos días.
En ese momento sintio como un cosmos le llamaba, alguien quería comunicarse con él, Isaak sabía de quien se trataba y no tenía deseos de hablar con esa persona. Alguien non grato que esperaba se cansara de llamarlo y desistiera.
—Vamos Isaak, responde —la voz de Hyoga era clara a través de su cosmos.
El joven no respondió, despreciaba a su colega. Sus ideales, su fe a la diosa Atena, su amor incondicional por sus muertos; su persona en general le parecían de lo más chocante.
—Me dijeron que fuiste a Grecia a visitar a nuestro maestro. Yo estaba en el Santuario en esos momentos y me hubiera gustado verte. Me gustaría contactarte, me alegra saber que estás vivo.
Aquellas palabras le taladraban el cerebro y maldijo el haber visitado aquel desolado cementerio a las afueras del Santuario hacia apenas dos semanas. Mientras pensaba en qué hacer recordó lo dicho por boca de Hyoga. Que Camus había muerto y sus restos descansaban en el Santuario, en el cementerio para los guerreros de élite.
Isaak llego sin problemas al sitio no encontrando a nadie en los alrededores, penso que quizás alguno de los guardianes del Santuario saldría de la nada para impedirle el paso pero no, nadie apareció en su camino. El joven no tardo mucho en encontrar el mausoleo especial incluso este tenía la puerta abierta, dentro de este silencioso lugar estaban doce criptas y solo algunas con un símbolo del zodiaco, claramente en honor a los caídos. En la pared de la derecha, ubicada en la esquina inferior izquierda estaba la cripta de Camus.
El joven no supo qué decir, no quería pronunciar a los cuatro vientos lo decepcionado que estaba de su maestro, del hombre cuyas exigencias lo sobrepasaban y que, al final, cayó en manos de su discípulo más problemático.
—Quién lo diría… —pensó con desprecio—, Usted fue víctima del sentimental Hyoga, del que tanto se quejaba porque vivía para la memoria de su madre difunta, de ese al que reprendía a diario por lo mismo y del que aparentemente no le tenía fé para completar el entrenamiento. Pensé que Usted, Maestro, sería diferente. Siempre tan frio y calculador en apariencia, pero… creo que me equivoqué —concluyo molesto—. Esos caballeros han matado sin piedad, todo por preservar la paz mundial según ellos.
—¿Quién eres y qué haces aquí Caballero?
Isaak giró sobre si encontrándose con otro caballero a la entrada del mausoleo, se trataba de un joven muy alto de cabello azul y mirada molesta. Se miraron por un momento intercambiando miradas de desprecio, por un momento, Isaak no supo quien era el recién llegado aunque tenía algo que le era vagamente familiar.
—¿Tu eres el amigo del Maestro Camus? —preguntó en voz baja tras unos segundos de reflexión.
Milo lo observó con desconcierto, solo tenía la leve impresión de haber visto a aquel joven en algún otro lado pero no estaba del todo seguro en dónde.
-¿Y tú eres…?
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Continuará…
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