¡Hola! Debo hacer un hincapié en todos los favourites y followers que me han dado! ¡Además de los maravillosos reviews que me dejan, me encanta leerlos! La verdad cuando publiqué el primer capítulo, jamás pensé que a tantas personas les llamara tanto la atención :') He visto crecer a esta historia y estoy segura que no sería lo mismo sin todos ustedes.
Pero ya basta de lágrimas de mi parte ^^.
Mil y un gracias a la linda de Mariel, por hacer un hermoso fanart, lo pueden encontrar en mi página de facebook, Scheidl fue tan encantadora e hizo otra portada, en algunos días la subiré en mi perfil! Así que mantenganse al tanto. Intentaré hacer una página con todos los tags para que puedan disfrutar los fanarts dedicados al fic, ff por alguna razón ya no permite links de otros lugares que no sean de facebook... ¿o soy solo yo?
Bueno, siempre mis agradecimientos profundos para Renzo S. Kuznetsov por betear mi historia, aun si te esta tomando un peaje mentalmente xD ¡Gracias, linda!
»Nombres de killjoys:
Cuervo Nicotina: Daichi Sawamura.
Ceniza Radiante: Koushi Sugawara.
Histeria: Keiji Akaashi.
Sol Inferno: Shouyou Hinata.
Pantera Anfetamina: Tetsurou Kuroo.
Sombra Brillante: Kenma Kozume.
Chispa Neón: Yuu Nishinoya.
Terror Ruidoso: Ryuunosuke Tanaka.
Espina de Canela: Hitoka Yachi.
Silencio Infeccioso: Ennoshita Chikara.
Ácido Lunar: Kei Tsukishima.
Amanecer Tóxico: Asahi Azumane.
Dulce Voraz: Shimizu Kyoko.
Cianuro Carmesí: Morisuke Yaku.
Volumen Vibrante: Saeko Tanaka.
Eclipse Impuro: Akiteru Tsukishima. «
Zero Percent
Levantemos nuestras armas y voces en un grito silente en venganza de unos de nuestros cuervos más valerosos que he conocido. Ahora nos están viendo desde el más allá, bajo el seno de nuestra Bruja Fénix.
Guardemos un ruidoso minuto por Gota Fantasma.
Y recuerda esto, Tooru Oikawa, la venganza es un plato más delicioso servido frío.
Kkkkkk…
Hinata estaba sentado en el sofá del pelinegro, se había vuelto su cama desde que había llegado; y eso consistía en más días de los que planeaba contar. Pasaron tantos que él y Kageyama habían formado una especie de retorcida de cotidianidad, que consistía en Shouyou explorando la habitación, todos los cajones y grietas que podía encontrar.
Pero no era como si el aburrido pelinegro tuviera algo interesante esperando a ser descubierto, así que ahora pasaba una gran parte del tiempo solo caminando alrededor del apartamento. La jaula no había desaparecido, solamente se había hecho más grande; pero Kageyama —quién alegaba que él ya no era un prisionero— se rehusaba a dejarlo salir.
Admitía a regañadientes que podía tener razón.
El pelinegro le había explicado que la única razón por la que él había llegado al apartamento era debido al apagón de toda la red, ahora, era físicamente imposible salir de ahí sin ser capturado por las cámaras del pasillo; ni siquiera habría llegado al primer piso cuando la mitad de la policía de Better Living estaría esperándolo con todas las armas que podían traer.
Aunque, según Kageyama, Oikawa había estado de muy buen humor esos últimos días.
No le tomó de mucho saber por qué.
Había una imagen que había dado vueltas en toda Ciudad Batería, era tanto horrible como grotesca. Una figura desparramada en el suelo cubierto con sangre, luego el nombre del cuerpo: Tadashi Yamaguchi.
Todo estaba saliendo mal, y él estaba atrapado sin la oportunidad de hacer nada, Kageyama supo en el instante que se trataba de un killjoy asesinado y desde entonces intentaba monitorear lo que Hinata veía en la televisión, y cuando la imagen amenazaba con salir siempre trataba de capturar la atención de Shouyou o cambiaba de canal para ahorrarle el sufrimiento.
Era estúpido, él ya había visto suficientes veces la macabra imagen y cada vez sentía su odio hacia el dictador crecer más; aun así dejaba que Kageyama lo «cuidara», si eso hacía sentir mejor al exterminador, allá él. Para ese momento él había deducido que Tobio no era un enemigo, por alguna razón, algún malfuncionamiento en sus circuitos, no creía completamente en la doctrina de Better Living.
Tampoco pensaba como la resistencia, Hinata lo encontraba como alguien neutral, hasta probar lo contrario. Pensaba que, tal vez, si seguía hablando con él lo convertiría de su parte; y tal vez ya había comenzado, la noche anterior mencionó algo acerca de intentar establecer un puerto de comunicación con alguna cabina de radio. De esa manera podría avisarles a todos los rebeldes su posición.
Shouyou se maravilló ante la proposición, Kageyama había estado más amable hacía algunos días. Si era más exacto… ¿desde que había sabido la noticia de Yamaguchi?
¿El androide lo estaba mimando?
Hinata pasaba gran parte de su día mirando hacia la ventana, perdido en sus propios pensamientos, no notó cuando Kageyama había empezado a ser más atento con él. Era extraño y lo incomodaba un poco, pero diablos, quería que ese puerto de comunicación se hiciera realidad.
Escuchó la puerta descomprimir el aire y abrirse, deslizándose hacia un lado, Kageyama siempre salía de trabajar a la misma hora; el pelinegro luego le preparaba su cena, Hinata nunca aprendió a cocinar, así que él se tomaba la molestia de hacer dos porciones, aun cuando Tobio comía para aparentar. El exterminador por alguna razón siempre lo acompañaba a comer, cuando el androide no necesitaba de alimentos para sobrevivir.
Dejó de comer en un plato descartable y en el suelo; ahora los dos se sentaban a la misma hora cada día. Las primeras veces Kageyama lo miraba fijamente, queriendo descubrir cómo se comía, se ganó muchas quejas y gritos de su parte, el de cabello como fuego siempre se ponía ansioso cuando lo miraba como si fuera su sujeto de investigación.
Él estaba acostado en el sillón mirando la extraña televisión, la pantalla estaba apagada, su mente era la que viajaba a mil por hora. Odiaba ver los programas que transmitían, nadie tenía nada bueno que decir y todo se veía sobre ensayado. Recitaban el guion como si estuvieran leyendo un libro, con ojos muertos y voz vacía; además que los programas carecían de sentido y la enseñanza de cada vez era: «Obedece a nuestro dictador y dios».
Cada hebra de su cuerpo se paraba en punta cada vez que veía televisión, él había tenido la oportunidad de ver películas normales de la era antigua. Eran divertidas y ocupaban la mente por algunas horas, aun cuando la mayoría de personas que salían en ellas estaban muertas. Si omitía esa parte, era realmente gracioso verlas.
Escuchó a Kageyama haciendo traqueteo mientras entraba al apartamento, se quitaba sus botas negras y las dejaba cerca de la puerta, de la manera más recta y pulcra posible. El pelinegro tenía sus manías, debatía Hinata. Pero en lugar de escucharlo dirigirse a la cocina, los pasos sordos en la alfombra se dirigieron hacia él.
Se aclaró la garganta, torpemente.
Hinata levantó sus ojos para verlo. Tobio no lo miraba, prefería posar su vista en la pared atrás de él, tenía sus dos manos detrás de su espalda y parecía que se mordía el labio inferior.
Si Shouyou no lo conociera mejor, y no lo hacía, diría que actuaba nervioso.
Una pequeña voz decía detrás de su cerebro que por fin lo mataría, pero otra más grande se había aprendido a sentir… a salvo con el androide. Quizás había caído profundamente en su extraña rutina, pero lentamente había comenzado a extrañar a Kageyama cuando éste se iba a trabajar.
Seguramente porque no tenía nadie más con quién hablar, y su mente no era un buen lugar para permanecer mucho tiempo.
—Hi… Hinata —comenzó, seguía sin poder verlo a los ojos, tal vez lo circuitos en su cabeza habían explotado espontáneamente.
El rebelde se irguió, sentándose en el sofá y estirando sus piernas.
—He notado que últimamente tus niveles de serotonina están alarmantemente bajos, comes proporcionalmente menos y gritas menos también.
—¡¿Eh?! —gritó, comenzando a irritarse.
—Es por tu amigo… —cortó—… por… lo que le pasó… —volvió a tropezarse con sus palabras y su mirada seguía sin encontrar sus ojos, Hinata se preguntó si él realmente este ser era una inteligencia más avanzada—. Lo siento… ¿eso es lo que se debe decir en estas situaciones?
—Es un buen inicio… supongo…
Kageyama sacó sus brazos de su espalda y reveló el pequeño y rectangular paquete que sostenía en sus manos. Estaba cubierto por papel aluminio, que distorsionaba las imágenes que se reflejaban en él. Se lo ofreció a Hinata, estirando sus brazos.
—Un regalo —avisó el pelinegro—. Tiene un alto contenido en triptófano y cafeína, promueven la liberación de la serotonina.
—Ya te dije que no quiero ninguna de esas extrañas drogas —se exaltó, alejándose del otro—. ¿Pensé que estabas de acuerdo con hablar con una persona que no tuviera lavado el cerebro, Roboyama?
—¡No me llames así! —explotó en segundos, luego recobró la misma seriedad de antes, solo que un poco más molesto—. Pero no es eso, esto es… natural, sin químicos o drogas; fue muy famoso en el mundo antiguo y ahora está a punto de desaparecer. Leí una vez, en un libro prohibido que ayuda a los humanos a sentirse mejor.
Hinata por fin aceptó el paquete y lo abrió, era una extraña tablilla oscura, probó su dureza y cedió en sus dedos; las yemas se mancharon con el mismo color, lo probó frotando dos falanges, se sentía como grasa. Se preguntó si era venenoso…
—No es venenoso —informó Kageyama.
—¡No estaba pensando eso! —mintió.
—Se llama chocolate, puedes probarlo. Era bastante popular antes de las guerras.
Shouyou mordió la tablilla, un sabor dulzón atacó sus papilas gustativas, era diferente a todo lo que había probado antes. Su paladar y lengua quedaban cubiertos por la sustancia espesa y pegajosa, todos sus sentidos se alertaron, dio otro mordisco y otro.
—¡Kageyama, esto es delicioso!
—Debería serlo —concordó—, después de lo mucho que se me dificultó conseguirlo.
Sentía que cada mordida era más exquisita que la anterior, la rica textura se deslizaba hasta el fondo de su garganta; algunos trozos se quedaban en sus labios así que pasaba su lengua para saborearlos codiciosamente. No notó cuando había cerrado sus ojos para experimentar la sensación en su máxima expresión.
Tragó y abrió sus ojos para descubrir al pelinegro mirándolo fijamente.
—¿Kageyama? —Preguntó, un poco inseguro, la atención rotunda le hizo sentir sus mejillas más cálidas— ¿Tengo algo en mi rostro? —No tenía idea qué más podía decir.
—Sí, comes como un animal —regañó Tobio. Ahora fue el turno de Shouyou en irritarse, el pelinegro tenía el tacto de un chimpancé.
Se acercó a Hinata y lamió la yema de su pulgar, luego lo frotó en su mejilla derecha. El rebelde se congeló, completamente perdido de qué hacer, el toque había sido tan íntimo y delicado, le recordó a hace algunas noches, cuando él casi caía desde las alturas del edificio.
Esta vez fue él quien no lo pudo ver a los ojos.
—Gracias —murmuró, sentía calor en todo su rostro y algunas extrañas cosquillas en su estómago—, por el chocolate.
—Debe estar haciendo efecto —informó el androide—, tu presión sanguínea ha subido repentinamente y tu pulso ha aumentado. Incluso tus mejillas están rosáceas y tus pupilas…
—¡Diablos, Roboyama! ¡Cállate!
Mandó al demonio al pelinegro y al fuerte latido de su corazón ignorándolos completamente e hincando el diente en el suave confite. Aunque eso era nuevo, notó; ya estaba acostumbrado al poco conocimiento que Kageyama tenía del «espacio personal», pero últimamente estaba siendo tan atento y amable que Hinata se encontró mirándolo fijamente cuando el chico se dirigía hacia el trabajo, o cuando cortaba algunos vegetales frescos demasiado rápido y Shouyou terminaba temiendo por sus dedos.
Nunca se había acostumbrado a la cercanía de otra persona en específico, en el Nido, los killjoys se movían como unidad. Rara vez tenía un tiempo a solas con nadie, a menos que ellos lo quisieran así, como lo habían hecho una vez Bokuto y Akaashi. Entonces, pasar tanto tiempo solo con una persona… era extraño, por decir lo menos.
Extraño pero no molesto.
Terminó la tablilla de chocolate y comenzó a lamer de sus dedos el remanente. Debía pedirle más a Kageyama, había estado demasiado delicioso como para no repetirlo, y algo bueno debía salir de estar aprisionado en esa monótona ciudad. Pero Tobio ya se había movido a preparar la cena, podía escuchar el cuchillo golpeando la tabla de madera para cortar; la comida siempre era deliciosa, debía admitirlo. Había una enorme diferencia cuando los ingredientes eran naturales y frescos.
Las horas pasaron, quizás, demasiado rápidas, y en momentos ambos se preparaban para dormir. Pero algo no sentaba bien con Hinata, un temor que no parecía tener nombre en el fondo de su estómago; quizás apreciaba demasiado la compañía de Kageyama, odiaba regresar a la soledad de su sillón, no importaba lo cómodo que éste era. Cada vez que cerraba los ojos las explosiones en Ciudad Batería se repetían hasta el cansancio, el miedo en sus huesos, las detonaciones en sus oídos; el imborrable e inquietante olor a pólvora, sangre y muerte…
Movió con rapidez su cabeza.
—Ey —llamó el pelinegro—, Hinata idiota. ¿Te pasa algo?
—Planeo escaparme ahora —escupió las palabras sin pensar.
Kageyama retrocedió de la sorpresa, sus facciones se encresparon en una mueca de confusión alarmante.
—¡¿Eh?! ¿De qué hablas? ¿Qué intentarás ahora, idiota?
—No tengo planeado decírtelo —Shouyou, el killjoy maduro, sacó su lengua en burla.
—¡Pensé que habíamos quedado en claro que si sales te atraparán las cámaras de seguridad y Tooru mandará a todos sus exterminadores por ti!
Hinata se encogió de hombros.
—No hay nadie que me vigile, puedo hacer lo que quiera.
Kageyama gruñó del enojo, y murmuró para él mismo.
—Pedazo de idiota, ¿quieres perder tu privacidad? Puedo encargarme de eso, entonces. Ven.
El rebelde no podía creer que de verdad había funcionado su acto, ahora tenía que lograr mantener a Tobio despierto toda la noche, ¿quién necesitaba dormir?
Entró por primera vez a la habitación del pelinegro, aunque Kageyama no parecía darle importancia. Miró la cápsula de recuperación, era una extraña sección separada por cuatro paredes de cristal, se podía apreciar diferentes cánulas metálicas, cables y circuitos; era iluminado por una luz neón azul, como si fuera ultravioleta. Complejo e intimidante.
Pero al lado, o mejor dicho, en medio de la pieza había una cama relativamente grande, lo suficiente para dos personas.
—¿No duermes en la cápsula? —preguntó Hinata— ¿Para qué es la cama?
—Venía con el apartamento, como todo aquí. Nunca se me cruzó por la mente cambiar algo, no vi la necesidad.
—¿Tú lo compraste? —cuestionó y luego explicó mejor—. El apartamento…
—No —respondió—. Me lo otorgaron hace…
Su silencio se alargó por varios segundos, esto desconcertó al cuervo de cabello rojizo.
—… hace algún tiempo —terminó, pero su mirada se notaba preocupada.
Shouyou había notado esa expresión en algunas ocasiones, cuando el pelinegro no entendía lo que pasaba a su alrededor o se encontraba inseguro de algo en especial.
El killjoy quiso remediarlo y arrojó una almohada en el rostro de Kageyama.
—¡Hinata idiota! —se enfureció el más alto tomando el proyectil y lanzándolo en dirección del rebelde.
La fuerza del androide era más grande así que Shouyou fue lanzado al suelo, sacando todo el aire de sus pulmones.
Luego escuchó un extraño sonido por primera vez: ligero, agudo y musical.
Kageyama se estaba riendo.
Shouyou no dijo nada y ladeó su cabeza, el pelinegro tomó eso como un gesto negativo y se cubrió la boca con el dorso de su mano. Hinata no fue capaz de notar el momento en que comenzó a sonreír.
—¡¿Los robots ríen?! —Preguntó, divertido— ¡No lo sabía!
—Ni yo tampoco… —aceptó Tobio—… es la primera vez que lo hago.
Su sonrisa se amplió hasta las esquinas de sus ojos, no sabía por qué, pero era más divertido al ver el rostro confundido de Kageyama. Aunque eso le ganó otro almohadazo a la cara, haciendo que cayera de lleno al suelo; Hinata se irguió y descubrió a Tobio sonriendo con complicidad. Por segunda vez sintió el extraño vuelco en su estómago y el rápido latir de su corazón.
Siguieron de esa manera por algunos minutos más, comenzando a utilizar las paredes como barreras de defensa o el costado de la cama como refugio. Aunque los golpes de Kageyama eran más fuertes, a él no le molestaba, perdidos en su privado mundo de risas y juegos, el cuervo no se dio cuenta hasta que comenzó a jadear de cansancio, que había pasado un largo rato.
Estaba acostado en la cama, su tórax subía y bajaba con rapidez, se llevó la mano a su frente y limpió unas cuantas gotas de sudor que comenzaban a nacer. Kageyama no se veía cansado, pero se sentó a su lado, mirándolo con curiosidad.
La última vez que se había divertido tanto fue cuando jugaba con Natsu en su hogar.
—¿No debes dormir ya? —inquirió el de cabello como llamas, mirándolo a los ojos. Mañana el androide debía regresar a su trabajo.
—A diferencia de los humanos no necesito «descansar» para recobrar energías.
—¿Entonces para qué sirve tu cápsula?
—Es una manera más completa de subir los niveles de energía, el plus fácilmente puede sustituirlo, pero es más una sobrecarga; además su sobredosis puede dañar el núcleo de un androide.
—Ah —Hinata regresó su mirada al techo—. Nosotros dormimos en literas en el Nido, más de dieciséis killjoys por cuarto.
—¿El Nido?
—Sí, así se llama…
Se mordió la lengua al pensar en sus palabras, tal vez no debería darle tanta información a Kageyama. Aunque el pelinegro nunca le había negado una respuesta a cualquier pregunta que él hiciera. Se decidió por decirle el cincuenta por ciento de la verdad…
—… nuestra comunidad.
—¿No es un poco incómodo? —preguntó el pelinegro, Hinata agradeció que no presionara más por detalles de su ubicación.
—Te acostumbras —fue su respuesta—, es más… llegas a añorarlo.
—¿Es por eso que tienes pesadillas?
Hinata se irguió de su postura, apoyándose en sus codos para ver mejor a Kageyama.
—¿Pesadillas?
El pelinegro solo asintió.
—Te mueves mucho, pateas y murmuras nombres —Llevó una mano y la posó sobre su mentón—. Nunca creí necesario despertarte.
—¡Roboyama! —gritó— ¡Debiste hacerlo! ¿Sabes lo horribles que son las pesadillas?
—No, nunca las he tenido —explicó—, tampoco sueños. Y no me llames así.
Shouyou se sorprendió un poco, olvidando su repentina explosión. No encontró qué más decir, así que se volvió a acostar en la cama, dejándose caer en la suave superficie; no tenía comparación al sucio colchón de su litera, las sábanas olían a limpio y quería enterrar su rostro en la almohada para jamás volver a salir.
—¿Entonces tener otro cuerpo cerca del tuyo evita las pesadillas? —quiso saber, sin ningún motivo oculto.
Por alguna razón las palabras lo pusieron nervioso y se atoró con su propia saliva al fondo de su garganta.
—N-no necesariamente… digo… ¡eso definitivamente no era lo que quería decir!
—¿No lo sabes? —preguntó, ladeando su cabeza, sin ningún atisbo de broma.
—¡N-no!
—Entonces deberías ponerlo a prueba —ofreció, totalmente serio—, considéralo como un pequeño experimento de investigación.
Arqueó una ceja, ¿cómo diablos habían llegado a eso? Hinata se comenzaba a arrepentir, se hubiera quedado en su frío y duro sillón, así se ahorraría toda esta vergüenza. Aunque Kageyama parecía no saber el significado de esa palabra, pues comenzaba a ordenar la cama, recogiendo almohadas y estirando las sábanas.
—¡Espera! —Tal vez Hinata podía detener toda esta locura antes que continuara— ¿No debes dormir en tu cápsula?
—Puedo utilizar plus, ya te lo dije.
Ah, diablos.
No se le ocurrieron más excusas y aceptó su destino. Se acostó mirando hacia el centro de la cama, vigilando como Kageyama tomaba su lugar, sus mejillas comenzaron a ponerse cálidas e intentó ignorar, que, seguramente Tobio podía ver claramente sus signos vitales alterarse. Sentía su corazón en su garganta cuando Kageyama estuvo frente a él; mirándolo de la misma manera de siempre. Sería imposible dormir ahora, así que intentó cambiar el tema.
—Sabes… —comenzó.
—¿Si?
—En el Nido, se encuentra —Un bostezo lo interrumpió, de acuerdo, definitivamente sería fácil dormir en la comodidad de esa cama—… se encuentra esta enorme biblioteca. Ha recopilado muchos libros perdidos a lo largo de los años, algunos son las últimas copias que no fueron quemadas por Better Living. Apuesto que a ti te gustaría. A mí nunca me llamó la atención, letras… ¡que aburrido! —se rió.
—¡Hinata idiota! —Repitió, el cuervo comenzaba a pensar que el pelinegro había tomado el insulto como sobrenombre—. ¿Sabes la oportunidad que tuviste? ¿Y la dejaste pasar? —le dio un suave golpe en su cabeza.
—Tú deberías ir —decidió, todavía sonriendo al ver lo fácil que era el otro de provocar—. Apuesto que podrías acabar con todos los libros en dos días.
Estaba exagerando, la biblioteca quedaba ubicada siguiendo el largo pasillo después de la habitación de Inteligencia, estantes y estantes llenos de libros viejos y roídos, apilados uno encima del otro. Hinata todavía se preguntaba cómo alguien podía encontrar un libro específico entre tanto caos. Yachi era la encargada de «ordenar» los libros, aunque la pobre ya tenía sus manos llenas con la manufacturación de venenos.
No reparó en que estaba invitando a Kageyama al Nido.
Tobio lo hizo pues se miraba más que sorprendido, era una buena expresión para el pelinegro, en lugar de la amargada que siempre usaba. Hinata borró el pensamiento, enfocándose en la ventana en la cual se reflejaban los otros rascacielos.
—No creo que pueda —murmuró, frunciendo el ceño y mirando sus manos—. Nosotros los androides… no podemos salir de Ciudad Batería.
Shouyou lo miró otra vez.
—Afuera en el desierto no existe el campo electromagnético que hace funcionar nuestras baterías, todo androide que salga de la ciudad se apagará y su núcleo no podrá ser restaurado.
—Lo… lo siento.
—Así que creo que los dos estamos en la misma posición.
Hinata estiró una comisura de sus labios en una sonrisa amarga, se acomodó en el cobertor y se dejó tomar por el sueño, no sin antes ver los ojos azul marino del otro y la manera de como brillaban con una luz tenue a la luz de la luna artificial.
—Heh… creo que sí.
Tsukishima subió sus lentes de montura gruesa y frotó un ojo con su puño, disfrutando el bizarro placer después de la numerosa cantidad de horas frente a la luminosa pantalla. No sabía ni las contaba, además ¿de qué servía? ¿Noche? ¿Día? Todo el tiempo era lo mismo en esa irritante caverna polvorienta.
Una ventana emergente hizo un pequeño «ping» y llamó su atención, Kei rápidamente tecleó el código necesario y en segundos había obtenido una señal hasta la Zona 83, para establecer un puerto de comunicación y que el mensaje del Dr. Muerte llegara allá. Sentía sus dedos entumecidos y cada vez que movía sus muñecas el hueso crujía y sus músculos dolían.
Pero no podía parar, aun había mucho trabajo por hacer.
Había despedido a Kenma por el día, Sombra no lo pensó dos veces y en menos de un segundo ya iba por la puerta sosteniendo la consola portátil que Kuroo le había traído de Ciudad Batería.
Los huesos en su espalda hicieron un sonido como chasquido cuando estiró su cuerpo y pudo sentir cómo cada vértebra regresaba a su lugar fisiológico. Pasó una mano por su cuello y apretó los músculos de ahí, relajándose al sentir su propio toque.
Tal vez debería tomar un descanso.
¿Pero dónde iría?
¿A la cafetería?
¿A tomar una siesta?
Sus dedos regresaron al teclado, presionando letras mientras su mente se encontraba en otra parte y debatía sus opciones. Si salía corría el riesgo de encontrarse con su hermano o con cualquier otro idiota que quisiera entablar una conversación con él. Tenía que chequear su calendario, para recordar el día que Yamaguchi regresaría...
Paró en seco, sus yemas haciendo sombra sobre las teclas.
Yamaguchi…
Sin aviso su garganta se cerró y las paredes comenzaron encogerse a su alrededor. Sus pulmones no cooperaban y su cabeza se sentía pesada, ¡se estaba ahogando! Se estaba ahogando y no había nadie que lo ayudara…
Eso era.
No había nadie más.
Porque al final todos tenían el mismo destino, de una manera u otra Better Living los aplastaría.
Cada ventaja que ellos obtenían, cada ayuda que podían conseguir, Tooru «Hijo de Puta» Oikawa siempre iba un paso más adelante y no dudaba en hacerlos trizas. Sin pensarlo, golpeó con su puño cerrado el viejo teclado, apretando los ojos con todas sus fuerzas.
Se concentró en respirar, cerrando sus ojos, su pecho ardía.
Pero Kei podía arreglárselas solo, debía hacerlo, no necesitaba la mano de nadie más alrededor de la suya.
Su ataque de pánico amainó y sus dedos comenzaron a saltar sobre las teclas. Habían comenzado desde que vio la fotografía que había puesto a todo el mundo de cabeza, la primera vez quedó un poco confundido, lo único que vio fue la extraña posición de un pedazo de carne y sangre por todos lados.
No fue hasta que escuchó la voz de su hermano gritando su nombre y corrió hacia él, que Kei leyó el nombre que se reproducía en la parte inferior de la pantalla que supo que se trataba de la carnicera muerte de Tadashi.
Kei se sintió enfermo y corrió hasta que sus rodillas no pudieron más y cayó en el piso, cortándose la piel por el suelo irregular. Vomitó lo que había desayunado y cenado y luego más. Akiteru se acercó a él con lágrimas en sus ojos y lo abrazó.
Podía recordar el asqueroso y acre olor a vómito y lágrimas.
Tsukishima dejó de creer en el propósito de la resistencia ese día.
Sin embargo ahí seguía, introduciendo códigos a la red y a la base de datos porque necesitaba mantener su mente ocupada o se volvería loco.
—Oye, Kenma —apareció Tetsurou Kuroo—. Oh, Gafas —saludó—, pensé que Kenma estaba aquí.
—No, lo despaché hace un par de horas, puedo ocuparme de todo yo mismo.
—Estoy seguro que está metido en una grieta aquí en el Nido jugando ese videojuego. Desde que se lo di no para de ver esa pantalla —hizo un puchero—, ahora conversamos todavía menos.
Tsukishima ni siquiera intentó sentir lástima por él.
—Estoy seguro que lo encontrarás —se despidió, reanudando el incesante tecleo de sus falanges.
—Sí —siguió conversando Kuroo muy a su pesar—, lo buscaba para llevarlo a una misión hoy. Nos han llegado reportes desde el Jardín de Electricidad, se ha cortado la conexión de energía y ahora solo nos queda la de reserva en la batería. Llevaremos a Kenma para que vuelva a conectar los puertos.
—Suena interesante —comentó sarcásticamente mientras se arreglaba sus anteojos.
—Aunque lo más probable es que sea debido a algunos dracs causando problemas, así que, algunos chicos de la Vanguardia iremos, por si acaso las cosas se tornan difíciles.
—Buena suerte —dijo monótonamente.
—Gracias —sonrió Kuroo aun así—. ¿Quieres venir? Puede ser divertido, y podrás salir a la superficie. ¿Desde hace cuánto no sales? —El pelinegro silbó con sorpresa fingida—. Con la falta de color que tienes en los brazos, creo que es desde hace mucho.
—No —contestó sin expresión, escribiendo libremente en el computador—, pero si cambio de opinión serás el primero en saberlo.
Pantera no contestó a eso, probablemente leyendo la atmósfera y el pésimo estado de ánimo del rubio. Tsukishima no le dio importancia, no necesitaba la lástima de nadie. Cuando giró su rostro, Kuroo se había ido; bien, dijo en sus pensamientos.
Volvió a subir sus anteojos en su cabello, apelmazando los pequeños mechones rubios con la montura. Frotó sus ojos con fuerza, intentando disipar su cansancio con el dorso de su mano. Asumió que todavía era tarde, así que había mucho más por hacer.
Su garganta comenzó a arder debido a las palabras que había compartido con el otro rebelde y fue hasta entonces que notó que no había bebido nada desde que había sido noche. Su esófago ardía y sentía que estaba cubierta de polvo; así que se puso de pie y se encaminó a la cafetería para conseguir un poco de agua, aunque se conformaría hasta con el sabor azucarado y sintético de la soda pop.
Quedó ciego por unos instantes, sus pupilas se habían acostumbrado al resplandor de las pantallas, y ahora veía sombras de colores detrás de sus párpados.
Él rechinó sus dientes cuando empujó la puerta que daba a la enorme cafetería y se encontró con lo que más quería evitar.
Ahí, sentados en una vieja mesa estaban: su hermano, Saeko, Akaashi, Kenma y Kuroo.
Se giró rápidamente y regresó a la puerta.
—¡Kei! —gritó su hermano y el de anteojos se tensó de hombros.
'Mierda'
—Hola, Akiteru…
—¡Justo al cuervo que quería encontrar! —Exclamó su hermano con la misma sonrisa de siempre, Kei no podía recordar un momento en que el otro Tsukishima no tuviera su sonrisa— ¡Ven, estábamos hablando acerca de la misión de hoy!
—Ya le dije a Kuroo que no quiero ir.
—¡Apuesto que será divertido! —Exaltó Saeko—. Patear algunos traseros siempre me devuelve mi juventud.
—¿Eso piensas? —Cuestionó Kuroo con su sonrisa torcida de siempre— ¡Porque yo siento lo mismo!
Ambos ruidosos chocaron los puños y se rieron, Kenma dejó salir una leve sonrisa, divertido por los killjoys revoltosos. Kei hizo una mueca, el grupo de chicos sentados se veían tan felices, tan luminosos, tan vivos…
Tsukishima prefería su oscuridad.
—Creo que paso —decidió.
—¡Kei! —Su hermano llegó hasta a él y le pasó una mano en su espalda— ¡Vamos! ¡Será espectacular! ¿Los dos Tsukishimas lado a lado, combatiendo contra los malos? ¡Deberíamos vender entradas para el show que daremos!
—Estoy bien aquí, Akiteru, tal vez la próxima.
—Te divertirás —aseguró, trayéndolo hacia la mesa donde los demás miembros de la Vanguardia y Kenma los esperaban—, te daré una de mis katanas.
—No.
—Recuerdo que te enseñé lo básico para empuñarla antes de marcharme.
—No, Akiteru, no quiero.
—¡Debes practicar, Kei! Nunca estarás completamente seguro ahí afuera en el desierto.
—¡No! ¡Demonios, Akiteru, no me interesa! ¡¿De qué me servirá esto?! ¡¿Ah?! ¡Seguramente la próxima vez tú o yo seremos los siguientes en morir!
La sonrisa de todos se desvaneció, Kei miró a todos a su alrededor, entrando en pánico. No debió haber dicho eso, aunque era la realidad, todos en la base eran demasiado optimistas para verlo. Se comenzó a arrepentir de haber abierto la boca; se confundió cuando sus lentes comenzaron a empañarse, se los quitó para descubrir que eran sus ojos llenos de lágrimas.
Llevó dos dedos a su rostro y los llenó de las cálidas gotas, eso solo desencadenó las siguientes. Todos se le quedaron mirando y su garganta se comenzó a cerrar, obstaculizando el oxígeno a sus pulmones. Tal vez podía remediarlo, se limpió sus ojos con las mangas largas de su chaqueta, pero rápidamente eran reemplazadas por nuevas. Cerró sus ojos y los cubrió con su mano, qué patético se debía de mirar, sus hombros comenzaron a dar pequeños espasmos. Pequeños hipidos cayeron de sus cuerdas bucales.
Sintió brazos envolverlo en un gesto diferente a los que antes había sentido, por alguna razón no era lástima, sino comprensión. Abrió sus ojos para ver a Akaashi a su alrededor. Histeria tenía los ojos cerrados, apretó más el agarre de sus brazos. Kei le respondió.
—Te haría bien despabilarte, cambiar un poco tus alrededores por unas horas —murmuró el de ojos rasgados después de separarse de él—. Lo hará para mí.
—De acuerdo —dijo, respirando con dificultad por su nariz, secando su rostro con las mangas de su ropa.
Sintió otro par de brazos rodearlo, esta vez fue Akiteru; acarició su cabello lentamente y Kei no hizo nada para alejarlo, hundió sus dedos en la camisa de su hermano. Jamás lo admitiría pero los abrazos de él siempre lo hacían sentirse como un niño, en las mejores maneras.
Se separó de él y le secó las lágrimas.
—Espera, ¿entonces irás? —el otro rubio cuestionó.
—Si.
—¿Eh? ¡¿Cómo es que le haces más caso a Histeria que a tu propio hermano?! —retrocedió y posó una mano en su pecho, fingiendo el quebrar de su corazón; Kei puso sus ojos en blanco, pero en el fondo estaba feliz que Akiteru seguía siendo el mismo de siempre.
—Creo que tiene que ver con que el lastimero «viudo» le esté pidiendo un favor —intervino Akaashi, sin pelos en la lengua como siempre—. Si él se rehúsa corre el riesgo de parecer un verdadero idiota.
El ambiente se quedó mudo otra vez, esas conversaciones eran tabú y nadie quería ser parte de ellas. Akiteru miró a Kei, buscando una especie de explicación.
—Sí, esa es prácticamente la razón —concordó el de anteojos, encogiéndose de hombros.
Viajaron los cientos de kilómetros al Jardín de Electricidad, esta vez usaron dos automóviles, el Nova de Kuroo y el Corolla de Akiteru; cada cuervo iba de conductor. Tsukishima iba al lado de su hermano, en el asiento del copiloto, no podía deshacerse de la horrible sensación en la boca del estómago; recordando desde la tormenta de arena hasta la persecución de todos los policías de Better Living y la pesada compuerta enterrándose en la arena.
Respiró con aburrimiento y pesar y se apoyó en la ventana, el cristal se sentía abrasador en su mejilla; se negaba a bajar el vidrio, la neblina de polvo subía del suelo con la fricción de los neumáticos y Kei se sentía suficientemente bien sin viajar mientras respiraba polvo. Giró su cabeza para ver en el asiento trasero que Saeko recibía con bienvenida la ráfaga de viento, su cabello rubio decolorado se movía en ondas, ella se apartaba unos cuantos mechones de su rostro y los ponía atrás de su oreja. Jugaba con una piruleta entre sus dedos, Volumen era adicta a esos dulces rojos y sintéticamente azucarados.
Atrapó a Tsukishima mirándolo y le sonrió; Kei le devolvió el gesto con timidez y regresó a su asiento, un poco avergonzado de haber sido pillado. Siempre se sentía como un adolescente cuando estaba al lado de esos dos killjoys.
Llegaron al lugar, una pequeña choza con techo de aluminio oxidado, se miraba como si fueran solamente escombros, pero atrás, el suelo se hacía irregular y una colina bajaba unos cuantos metros, luego el desierto se erguía uniforme como siempre; y ahí se encontraba el jardín del Nido.
Cientos de molinos de viento estaban plantados como si fueran árboles, formando filas en dirección recta, uno detrás del otro. Las hélices se movían con el viento, generando energía de reserva para la base subterránea.
Apagaron los motores lejos del Jardín y corrieron hacia la casucha, por medio del intercomunicador alcanzaron a Kazuhito Narita o Visaje Marfil, miembro de la Vanguardia, quién junto a Hisashi Kinoshita cuyo alias era Sonido Detonador, miembro de Inteligencia, eran los encargados del campo de molinos de viento.
Les abrieron las puertas y los dejaron entrar.
—¡Les traemos refuerzos! —saludó Kuroo con una pose militar.
—Sentimos mucho meterlos, pero una banda de draculoides vino de la nada, eran demasiados y nos quedamos cerca del generador para evitar que cayera en sus manos —reportó Narita—; hemos acabado con algunos, pero hemos contado cerca de veinte más estropeando los molinos.
—No digan más —estableció Saeko, llevando la piruleta a su boca, sonriendo, perfilando todos sus dientes y levantando su enorme y pesada arma de metal—, nosotros nos encargamos de esto.
Pantera, Volumen y Eclipse salieron corriendo como dementes, Kenma le instruyó a Kinoshita que lo llevara al generador; y luego sintió una mano en su espalda comenzar a empujarlo.
—Tú vienes también —sentenció Akaashi, arrastrándolo con todos.
—Espera, soy de Inteligencia, ¿cómo es que Kenma no tiene que ir?
—Kenma no necesita distraerse, ven.
Al salir de la pequeña sombra que la casucha les brindaba, Kei tuvo que cubrir sus ojos del cegador resplandor, ni siquiera veía donde corría; Histeria lo guiaba sosteniéndolo de la muñeca. No tenía ni dos minutos afuera y su frente se comenzaba a perlar de sudor, se sentía como un infierno dentro de su chaqueta, pero si se la quitaba sus brazos se quemarían por los imperdonables rayos ultravioletas. Su mirada por fin se adaptó al brillo del sol y pudo ver frente a él.
Al mismo tiempo, Saeko sacaba la roja piruleta y lamía sus labios con su lengua pigmentada de carmesí; se carcajeaba como demente y apuntaba con su enorme metralleta. Kei instintivamente se encogió de hombros cuando escuchó el atronar de todas las balas disparadas en milisegundos; apenas y podía escuchar las estridentes risas de la chica con el parche encima de los rugidos de la ametralladora.
Los draculoides con sus máscaras blancas caían al suelo como títeres a los que le habían cortado las cuerdas.
Su hermano, siendo el total opuesto a la ruidosa chica, luchaba con un silencio sepulcral, rebanando los cuerpos de los dracs con sus dos espadas. Cortaba cabezas cerrando ambas katanas como si fueran mortíferas tijeras, los esquivaba dando giros hacia un lado y atacando en su punto ciego. Unió las dos hojas verticalmente, una arriba de la otra y sujetó con sus dos manos al mismo nivel los mangos; creando una lanza, pivoteó con fuerza sin darle la opción a los enemigos de acercarse o alejarse.
Luego se movió al próximo grupo de draculoides, atravesó la mandíbula de uno y al que estaba a sus espaldas lo degolló. Verlo era realmente increíble, ¿desde cuándo Akiteru era tan genial? Acababa con los enemigos como si fueran insectos y ninguno parecía mostrar alguna amenaza hacia él.
Tal vez debería repensar eso de las clases con Katanas…
Akaashi no atacaba con sus características glocks, por alguna razón había preferido ir por dos dagas. Kuroo siempre prefería su hacha, tenía práctica blandiéndola y sabía dónde atacar para traer a un enemigo a sus pies. Torpemente sacó la pequeña pistola que Pantera le había dado antes, apuntó a un draculoide y disparó, la bala cayó sepultada en la arena a su lado.
Lo intentó otra vez pero en vano.
El draculoide lo vio y se comenzó a acercar a él, Tsukishima empezó a entrar en pánico y disparó con temor, una bala le impactó en su brazo pero siguió caminando hacia él. Retrocedió, paralizándose en el lugar, ésta había sido una mala idea, una muy mala idea.
El enemigo dejó de moverse y su cadáver cayó hacia adelante, un hacha estaba clavada en su cráneo. Kuroo se acercó a él, detrás venía Akiteru corriendo.
—¡Kei! ¿Estás bien?
—¿Tsukki? —preguntó Kuroo.
Todavía respiraba con dificultad, su sangre se sentía helada por todas sus venas.
—S-sí, lo estoy.
Regresaron al pequeño cobertizo después de acabar con todos los draculoides. Kenma estaba mirando el teclado de control de los generadores, solicitó la ayuda de Kuroo quién arregló la sincronización de los molinos de viento con la batería de reserva.
Caminó hasta donde estaba su hermano, quién charlaba con jovialidad con su compañera killjoy; Saeko se detenía sobre su enorme metralleta que estaba enterrada en el desierto. Akaashi se mantenía de brazos cruzados en la pared, Kei se acercó a su lado.
—Gracias por traerme —murmuró, no había necesidad que todos los killjoys lo escucharan—. Fue… me abrió los ojos.
—De nada, entonces —respondió el pelinegro estoico—, me alegra haber cambiado tu percepción.
Los dos cayeron en silencio y miraron cómo Kenma hacía magia con el viejo generador, digitando unos códigos. Kei siempre disfrutaba la compañía de Akaashi, era de esa clase de personas con las que no necesitaba seguir teniendo una conversación para llenar la incomodidad; los dos apreciaban la tranquilidad las raras veces que se presentaba. Sin embargo el rubio volvió a hablar:
—¿Y qué hay de ti?
—¿Qué hay de mí?
—¿Cómo la llevas?
Le sorprendió cuando Keiji suspiró con pesar y se frotó los ojos con los talones de sus manos, como si estuviera cansado que le hicieran esa pregunta. Kei notó que Histeria inconscientemente se llevó la mano a la cicatriz de la bala que le dio en su clavícula; Tsukishima se arrepintió de haber preguntado. Él sabía lo odiosas que eran esas preguntas, en especial cuando, últimamente lo habían plagado a él también:
«¿Cómo te sientes?»
«¿Quieres compañía? Podría quedarme un rato contigo.»
«Estamos orgullosos de él.»
«Fue el cuervo más valeroso de todos.»
«¿Estás bien?»
Tsukishima hizo una mueca de disgusto.
—¿Cómo la llevo? —repitió Akaashi y se hundió en sus pensamientos—. Cómo lo llevaría cualquier persona normal en mi posición; pero mil veces peor. Debo recorrer todos los días los pasillos con los que pasé a su lado por años, dormir en la misma cama que compartimos, y ver a las mismas personas que ambos llamamos amigos. Sin ofender —Tsukishima solo negó con la cabeza—, desde que despierto hasta que me vuelvo a hundir en la misma miseria que llamo sueño, porque ahora si pierdo el conocimiento por lo menos media hora puedo decir que ha sido una noche de pleno sueño.
El rubio se podía identificar con lo que decía.
—Y lo peor, es que no puedo irme, no si aún creo en la causa por la que peleamos.
—¿Y si no lo hicieras?
—Probablemente me iría a trabajar en alguna comunidad de mala muerte como sicario, hacerme un nombre, qué sé yo, intentar infiltrarme a Ciudad Batería y vengarme personalmente del dictador.
—¿Crees que serías capaz? —Kei se cortó—. Quiero decir, hábilmente hablando, aún no sabemos qué clase de trucos tiene bajo su manga.
—Eso lo decidiría cuando estuviera frente a él.
Mordió sus labios, eso era… valiente. Lo único que Tsukishima había pensado era en simplemente darse por vencido.
Estaba seguro que Tadashi pensaría igual que Keiji.
—¿Puedo compartir un secreto contigo? —preguntó Histeria de repente; Tsukishima estaba un poco sorprendido que quisiera seguir la conversación.
—Adelante.
—A veces me parece surreal —comenzó, tensando más sus brazos cruzados—, como si no me despedí, no pude hacerlo; y sé que es tonto y a la larga solo me dolerá más, pero a veces… a veces siento que no ha muerto. Y eso me preocupa más.
Kei casi se dejó creer ese vieja leyenda que las almas gemelas habían sido creadas como un solo ser, con cuatro brazos, cuatro piernas y una sola cabeza con dos rostros; y los dioses, al estar cegados por la envidia debido a lo fuertes y vigorosos que eran, terminaron separándolos en dos. La naturaleza de estos seres se vio dividida, cada parte echando de menos y sintiendo lo mismo que la otra.
Era un romántico y terrorífico sentimiento.
¿Pero qué pasaba si una de las dos partes moría?
Regresaron al Nido al anochecer, quizás su cuerpo se había cansado del viaje, o el sol drenó su energía; pero por alguna razón Tsukishima se encontraba exhausto. Lo primero que hizo al llegar, cuando los demás killjoys se dirigieron a la cafetería para tomar las sobras de la cena comunal, fue alejarse de todos y llegar a su habitación. Quería estar solo y dormir, sin pensar en el mañana.
Había algunas personas en las literas, rebeldes que no seguían el mismo horario y tenían guardias a media noche. Tsukishima se acostó en su cama, que era la de abajo, se quitó los lentes y sus zapatos, preparándose para olvidar todo lo que había pasado en el día.
Hasta que sintió a alguien detrás de él.
Como si no supiera de quién se trataba.
—Akiteru… —llamó en voz baja, no quería ser una molestia para los rebeldes que dormían.
—Hermanito —respondió, la sonrisa era evidente hasta en sus palabras—. ¿Te divertiste hoy?
—No creo que eso cuente como diversión —objetó.
Ambos guardaron silencio, lo único que se entonaba eran los ronquidos rítmicos de unos cuantos cuervos durmientes. Después de unos minutos, pensó que su hermano se había marchado sin hacer ruido, hasta que escuchó la voz del otro de nuevo.
—¿Cómo te sientes?
Esa fue la gota que derramó el vaso.
—¡Demonios, no tienes idea cuánto odio esa maldita pregunta! —exclamó, pero cuando llegó a la última palabra su voz se había quebrado, el molesto nudo en su garganta le dificultaba hablar y el ambiente en el cerrado cuarto lo hacía sentirse claustrofóbico, se tapó la boca cuando un sollozo salió—. Diablos, mira lo que has hecho —se rió amargamente.
Los brazos de su hermano se apretaron más alrededor de sus costados, el toque solo lo hizo estallar en llantos. Esto no estaba bien, la situación no estaba bien, ellos perderían y todos terminarían muertos. Sólo Akiteru podía derribar las paredes que él había erguido para mantener a las personas lejos.
Su hermano seguía sin decir nada, solo lo abrazaba con fuerza.
Los ronquidos de los demás seguían sin interrupciones.
—¿Por qué tuvo que ser él? —se quejó—. Yamaguchi era el bueno de los dos… y sin embargo… —no pudo seguir, no había justicia en el mundo si la Bruja Fénix o cualquier dios que se encontraba arriba permitieran que un alma tan pura como la de Tadashi se perdiera.
—Duele, Kei, lo sé —murmuraba su hermano—. Yo también sé lo que es perder a una persona especial para ti.
Tsukishima se limpiaba los ojos y la nariz con incomodidad.
—¿Hablas de…?
—Sí.
La muerte del Pequeño Gigante fue un gran golpe para Akiteru, fueron amigos desde la infancia y habían crecido juntos. El de anteojos tenía dieciséis años cuando convirtieron al héroe de los killjoys en fantasma, pero recordaba claramente cómo comenzó a actuar su hermano; se enfurecía con lo más mínimo, salía en misiones suicidas y cada vez Kei pensaba que no regresaría.
Fue un tiempo oscuro para él también, Akiteru era distante y fue la primera vez que se marchó por un buen tiempo. El cambio de ciento ochenta grados que su hermano tuvo se sintió como un si le hubiera caído un balde de agua fría, le hizo entender que no había tal cosa como un mundo perfecto, y todos, sin importar quién, tenían su propio lado oscuro.
—Lo siento —dijo, las lágrimas habían cesado, pero sus ojos se sentían pesados.
—Te levantarás, Kei; no dudo de eso.
Había algo que había paseado por su mente desde que vio a su hermano luchar de esa manera.
—Akiteru, la salida de hoy me hizo pensar.
—¿En qué?
—Quiero que me ayudes… necesito… necesito saber defenderme. Tadashi siempre se esforzaba por hacerse más fuerte… más útil; mientras que yo lo único que hago es encerrarme en Inteligencia y no hacer nada.
—Haces mucho desde ahí, Kei —razonó, como el hermano mayor que era.
—No lo suficiente, cuando fui a Ciudad Batería fui un peso más, no serví para nada y mis códigos terminaron fallando. Además, quiero… necesito no sentirme como un peso para los demás.
El otro rubio suspiró.
—No quiero ni siquiera pensar que te encontrarás en una situación así de peligrosa, pero de acuerdo. Mañana comenzaremos con tu entrenamiento con katanas.
—De acuerdo —aceptó el rubio—, y… gracias… por siempre soportarme.
—Es mi placer, hermanito —se rió.
Kageyama sacaba su intercomunicador del bolsillo y veía la hora, aún faltaban un par de horas para ser relevado y él se encontraba patrullando las calles pobres, por cualquier actividad ilegal que pudiera reportar. Después de algunas semanas las noticias del cuervo en la ciudad habían bajado, Tooru alegaba que tarde o temprano tenía que aparecer; un cuervo solitario no podía durar mucho en la ciudad.
Delante de él los exterminadores Kunimi y Hanamaki estaban charlando, eran androides como Tobio y por ese día estaban compartiendo guardia. Aunque Takahiro Hanamaki tenía un puesto mayor y los acompañaba como el jefe de la unidad por el día. Kageyama no era muy apegado a ellos, es más, no era apegado a nadie, porque eso levantaría sospechas de un comportamiento extraño.
Aunque, ¿qué era más extraño que arriesgarse a ser descubierto realizando contrabando ilegal solo para llevarle chocolates a su invitado, que era un criminal buscado en toda la ciudad?
Pero aun así, al haber visto el rostro iluminado del otro comiendo el confite decidió que valió la pena. Hinata era tan expresivo con cada cosa que hacía, cuando contaba una anécdota, la narraba con todo su cuerpo, sus expresiones siempre eran las más extrañas y curiosas, su boca se fruncía y al siguiente instante se estiraba; así sus ojos, así cada parte de él.
—Simplemente digo que no me molestaría dar mi opinión en lo que respectan las decisiones de la ciudad —escuchó la voz de Kunimi.
—Guarda silencio, no deberías decir eso con tanta facilidad y menos aquí afuera —aconsejó Hanamaki.
Esto le hizo prestar atención.
—Eso no me importa, ¿y qué si soy el único que piensa así? —Paró y se giró para ver a Kageyama— ¿Qué opinas tú? ¿Eh, Kageyama?
—Pienso que tal vez, conforme una civilización avanza, su coeficiente también y puede ser comprensible porqué las opiniones pueden comenzar a variar.
—Eso es a lo que me refiero —aceptó Kunimi—. Deberíamos no solo de purificar el desierto si no la ciudad también.
—¿No es eso lo que hacemos? —preguntó Tobio, ladeando la cabeza.
—Claro, pero esperamos a que ellos hagan algo para purificarlos. Tooru confía en ellos demasiado, es misericordioso. Pero nos han demostrado que todos son iguales, con esa rata que hacía contrabandos… —hizo una mueca de asco—… creo que deberíamos acabar con todos los humanos del planeta. Nosotros somos la inteligencia más avanzada y al final solo los evolucionados siguen con vida.
—¿Tú opinas esto también? —preguntó Kageyama a Hanamaki.
—No realmente, no opino que los humanos sean un estorbo de espacio, son inteligentes y adaptables. Más que nada, fueron como los padres fundadores del mundo.
—¡Sí! —Kunimi rechinó los dientes— Pero lo único que hicieron fue arruinarlo.
—¿Dónde estaría tu «inteligencia superior» sin ellos? —Regresó Hanamaki, decía cada palabra con frío cálculo, llamando la atención de Kageyama—. Y quién sabe, tal vez algunos humanos no son tan malos como los medios de comunicación los describen.
Miró a Tobio fijamente y luego siguió con su camino.
Sus pensamientos migraron con rapidez a Hinata, lo que Hanamaki había dicho tenía sentido. Nunca lo consideró de esa forma, demasiado absorto en su mente, no notó cuando los otros androides siguieron su camino dejándolo atrás.
Comenzó a acelerar el paso para alcanzarlos cuando sintió el vibrar en su bolsillo. Sacó el aparato nerviosamente, tenía una idea de quién era, es más, estaba completamente seguro que se trataba del mensajero desconocido de unos cuantos días atrás. Sintió su tórax constreñirse al ver el número donde se leía el «Desconocido» y leyó la pantalla.
"Ve al edificio de Información.
En el último piso, en la base de datos, escribe el nombre de: Suguru Daishou.
Digita la contraseña: AWNVGH13.
Selecciona la carpeta: «Sujeto número K-078662» y míralo por ti mismo.
Asegúrate que nadie te siga.
IEN.»
Tragó con nerviosismo, sus palmas se sentían heladas con anticipación, ése era su número de serie. El pavor lo sacudió por completo, temblorosamente movió sus piernas para comenzar a caminar nuevamente, pensó que se caería un par de veces, pero escuchó la voz de Hanamaki llamarlo y se puso a correr.
Su guardia por fin terminó, pero debía regresar al cuartel de exterminadores para comenzar el turno de la tarde. Tenía un par de horas libres así que las aprovechó para obedecer el críptico mensaje del extraño «IEN» que recibió.
Llegó al edificio de Información en su motocicleta, el rascacielos todavía estaba bajo construcción debido al altercado con los rebeldes. La explosión había destruido una buena parte de los servidores, pero desde el día cero los constructores e informáticos se habían puesto manos a la obra. Ahora casi volvía a la normalidad. Tobio mostró su pase y lo dejaron entrar.
Alcanzó el piso indicado y tomó el servidor que se encontraba en medio. Todos los niveles en el edificio eran similares entre ellos, las habitaciones gélidas y en completa oscuridad exceptuado por las pequeñas lucecillas de las máquinas que contenían los datos.
Ya en la red, digitó el nombre del ajustador de pensamientos; como era de esperarse, solicitaban una contraseña. Kageyama introdujo la que IEN le había obsequiado; y la que seguramente pertenecía al científico. Golpeó la tecla intro.
Cientos de carpetas se desplegaron ante sus ojos, cada uno con un nombre diferente, entre ellos leyó a los dos S.C.A.R.E.C.R.O.W. Wakatoshi Ushijima y Satori Tendou. Pero eran demasiados, así que lo buscó por su código de serie, las yemas de sus dedos se helaban con ansiedad cada vez que presionaba una tecla diferente.
K-078662.
La carpeta tenía muchos informes en diferentes fechas.
¿De qué se trataba esto? Claro, él ya conocía quién era Suguru pero jamás había tratado realmente con él.
Presionó el primero.
El documento se abrió, constaba de varias páginas pero algunas habían sido censuradas, junto con otras palabras.
«Fecha: XX día del mes XX, año XX.
Nombre de sujeto de experimento: Tobio Kageyama.
Número de serie: K-078662.
Androide de tipo: Exterminador.
Sujeto ha mostrado comportamientos extraños junto a indicios de individualismo. Se ha proyectado una orden de captura inmediata; aprehenderlo es máxima prioridad… »
¿Qué? ¿Qué era todo esto? ¿Lo estaban buscando? Miró con premura la fecha, ¿habían emitido una orden para su captura?
Se congeló cuando la fecha que dictaba era hace más de tres años…
«Posterior a su captura se trasladó el sujeto al Tubo para comenzar con los experimentos…»
Abajo se encontraba un video; pánico comenzó a surgir de su cerebro, algo le decía que no había vuelta atrás una vez y lo empezara a reproducir.
Lo hizo.
En el video, la cámara estaba situada sobre una mesa, alguien parecía estar trasteando con ella y luego, cuando la imagen ya estaba lista se alejó. Suguru Daishou se posicionó frente a Kageyama. El exterminador estaba sobre una camilla reclinada, de modo que su rostro podía ser enfocado por el lente de la cámara. La grabación se veía llena de estática y pobre.
—Dime, Tobio —preguntaba el siniestro Daishou—. ¿Qué piensas de nuestro salvador Tooru?
—Es un charlatán —respondió con enojo, Kageyama sintió su sangre convertirse en hielo, se cubrió la boca, ¿ése realmente era él?—. Está en lo equivocado y su doctrina carece de sentido.
—¿Seguro que no quieres unirte a sus líneas?
—No. Creo que él debe morir.
—Todos aquí amamos a nuestro salvador. Deberías darle las gracias tú también, más que todos.
El Kageyama de la filmación escupió al piso.
No, no, no, no, ése definitivamente no era él.
—Desármenlo —ordenó el ajustador de pensamientos.
A la señal un grupo de hombres vestidos de blanco llegaron hacia él con prisa. Escuchó sus gritos de agonizante dolor y los sonidos de una sierra siendo activada. La cámara se comenzó a mover y el video se cortó.
Al siguiente segundo se reanudó otra vez, mostrando la misma habitación de antes, pero esta vez él no era más que un torso y cabeza, la tapa de su cráneo faltaba y unas extrañas pinzas jugaban con su cerebro, cables enredados que producían leves choques.
—¿Qué opinas ahora, Tobio? ¿Qué piensas de Tooru?
Sus ojos estaban muertos, no se movían del piso.
—Es nuestro salvador y dios, rescató el mundo cuando iba a la perdición. Ha existido desde el principio del tiempo y existirá para siempre.
—Me alegra escuchar que pienses eso Tobio, ¿nuestro líder tiene tu absoluta devoción?
Su boca se quedaba abierta cuando hablaba, como si le faltara la mitad de su cerebro.
—Sí —murmuraba sin vida—, larga vida a Tooru, larga vida a Tooru, larga vida a Tooru, larga vida a…
Quitó el video antes que siguiera.
Se sentía entumecido, sus rodillas temblaban y no se confiaba para poder hablar. Eso había sido, horripilante, tenía miedo; jamás lo había sentido hasta ese momento. ¿Lo habían reiniciado antes? ¿Él se había rebelado antes?
Kageyama se comenzó a sentir consciente de sí mismo, demasiado expuesto, no podía confiar en nadie. Todo este tiempo Hinata había tenido la razón, los rebeldes estaban en lo correcto… La doctrina de Better Living quitaba la capacidad de decisión, no admitía opiniones más que las de Tooru.
Todos los demás, androides y humanos eran desechables…
El sólo pensamiento antes tenía sentido pero ¿ahora?
No, no lo eran.
Los humanos no eran desechables, Hinata no era desechable, él tampoco lo era. Ellos existían y tenían importancia, como todos los humanos que él había «purificado»… como ese rebelde al que habían asesinado.
Tooru Oikawa estaba equivocado y debía ser derrotado.
Se acercó a la pantalla otra vez, había algo más en el informe que había obviado:
«Líder supremo ordenó no desconectar al androide, se optó por medidas radicales.
Día XX del mes XX, año XX.
Se comenzó desarmando al modelo K-078662 por completo, se estudiaron los circuitos y conexiones de su tarjeta madre; se llegó a las siguientes conclusiones:»
Abajo se mostraban algunas horripilantes fotos de su forma, su rostro sin piel expuesto como un esqueleto mecánico con ojos oculares. Habían hecho experimentos con el núcleo de su caja torácica, en diferentes fotografías se apreciaban partes de sus miembros, brazos, piernas…
Ellos habían experimentado con él pieza por pieza, hasta que no quedara nada, lo habían hecho pensar como ellos pensaban, decir lo que ellos querían. Toda su identidad había sido reiniciada, controlada y medida.
Siguió bajando en las «conclusiones», la mayoría estaba cruzadas con negro, pero si seguía bajando….
—¡Tobio!
Kageyama se giró para ver a Tooru caminando hasta él.
Su boca se secó de inmediato, el líder supremo se acercaba; si era descubierto investigando estas cosas, era imposible que no lo volvieran a reiniciar. Luchó con el cursor en la pantalla para quitar las carpetas y los informes, atrás de él escuchaba los pasos seguros de Oikawa.
Estaba a su espalda, podía sentirlo.
—Tooru —saludó, sin ver la pantalla, esperaba haber quitado todo.
—¿Qué haces por aquí? —preguntó el líder.
—Y-yo —tartamudeaba, el otro tenía una presencia intimidante, lo miraba hacia abajo todo el tiempo—… repasaba so… solamente el informe de cuando los rebeldes entraron a la ciudad. Para ver si encontraba más discrepancias.
Los ojos caoba lo miraban entornados, Kageyama los sintió encima de él por largos segundos, el androide solo miraba hacia abajo; no se atrevía a regresarle la mirada a Tooru, no después de todo lo que había visto era capaz de hacerle.
—¡Ése es mi exterminador favorito! —exclamó de la nada, una sonrisa falsa estiraba sus comisuras—. Eres el más trabajador de todos, Tobio —pasó una mano en sus cabellos y los revolvió.
Kageyama sintió como si el hielo recorriera sus venas con temor, esa mano que se enterraba en sus hebras podía ser capaz de asesinarlo en un segundo si se le antojaba, destruir su cráneo sin reparación, como lo había hecho con Watari. Estaba a la merced del otro, Tooru era simplemente demasiado poderoso y el pelinegro llegó a la conclusión de toda su vida en ese momento…
No le tenía amor a Oikawa, ni respeto… solo miedo.
Pudo respirar cuando la caricia terminó y su mano se alejó de él.
—Regresaré a mis labores, líder —avisó, se inclinó en un saludo de respeto y lo pasó de largo.
Tooru no se movió del lugar, pero Kageyama sentía que sus ojos le hacían un agujero a su espalda. Caminaba con piernas y brazos entumecidos, obligando cada músculo a moverse, debía salir de ahí cuanto antes.
—¡Tobio! —llamó su líder y dictador.
Kageyama lo miró, intentando no mostrar sus emociones.
—«Las baterías no sangran, mi pequeño exterminador, y los robots no lloran» —la falsa alegría desapareció de su voz, siendo reemplazado por un tono barítono amenazante; las palabras eran frías y mecánicas—. Ten un mejor día.
El pelinegro volvió a inclinar su cabeza y comenzó a caminar, más rápido que antes; Oikawa se quedó estático en el lugar, Kageyama sintió su mirada hasta salir de la enorme pieza. Pasó los pasillos sin ver a su alrededor, cuando lo hizo, cuando levantó su cabeza, comenzó a ver varios policías caminando por el piso. Muchos más que antes, no buscaban nada en particular, pero lo veían con recelo.
No, no, era su imaginación, estaba viendo cosas. Solo era el miedo apoderándose de él.
Alcanzó el elevador, adentro estaban dos exterminadores más, parados atrás de él. Nadie habló mientras bajaban de nivel, Kageyama hacía lo más que podía para no demostrar nada, pero sentía sus cabellos ponerse de puntas, escalofríos subían por su espalda.
Se escuchó un pequeño: «Ding» y el elevador se abrió.
Pasó por el vestíbulo, la recepcionista lo seguía con su mirada carente de emociones. Kageyama se repetía que todo estaba en su mente.
Salió del edificio y sintió su intercomunicador vibrar. Se le dificultó poder sacarlo, su mano temblaba descontroladamente, presionó unos cuantos botones en la pantalla, se estremeció al ver el «Desconocido» en el remitente.
«Oikawa ha emitido la orden de tu captura.
Sabe lo de tu cuervo y mandó un séquito para capturarte.
Comienza a correr.
IEN.»
Solo pensó en un nombre cuando terminó de leerlo, al mismo tiempo que sus piernas comenzaron a acelerar el paso.
«Hinata.»
Sus palabras en un review siempre son más que bienvenidas!
Aunque sean para saludarme!
Nos leemos luego~
