DISCLAIMER
•Los personajes no me pertenecen. Créditos a Danny Antonucci. Fanfic sin fines comerciales.
ADVERTENCIAS
•Slash, BL.
•M (16)
•(Intento de) Comedia, Romance.
(...)
Capítulo 1. Los efectos adversos del alcohol.
Edd despierta por un olor peculiar en el aire.
Su ceño se frunce en cuanto descubre que el olor no es para nada agradable y que, posiblemente, vomitará si lo sigue olfateando. Aunque realmente le es muy familiar y su nariz le dice que ya debía de estar acostumbrado al hedor... Pero su estómago de pronto le dice otra cosa.
Abre los ojos abruptamente. El olor queda, aunque no mucho, en segundo plano cuando se percata que el cuarto en el que está no es el de siempre: las paredes son de un azul claro y hay varias fotos de personas colgadas en las paredes; debe ser la habitación de algún adulto. Entonces los recuerdos comienzan a atacarlo junto al espantoso dolor de cabeza: desde la mañana anterior en que despertó con intenciones de tener un buen día, hasta la tarde cuando Eddy lo obligó a ir a una fiesta que desde lejos veía venir que nada bueno le ofrecería. Sin embargo, en el lapso después de que empezó a tomar alcohol, en ese estúpido juego donde tipos idiotas les gritan a pobres chicos que se dejan envolver en cosas de neandertales, con un tubo de plástico y un barril de cerveza como materiales, sus recuerdos se vuelven polvo. No debió de ocurrir mucho después: su actitud aún estando ebrio es la mejor, a comparación de muchas personas que conoce, incluyendo las cercanas y descartando a Jimmy.
Un ronquido al lado derecho de la cama lo saca del pequeño trance en el que se encontraba. Se cubre rápidamente con la manta más cercana su nula desnudez y toma lo primero que su mano logra agarrar del mueble a su izquierda para defender su espacio personal: un lápiz.
Repara en que es Ed quien duerme plácidamente, cubierto únicamente con una sábana a forma de toga. ¡Cielos! No debe recibir sustos tan horribles como aquel a tan temprana hora del día. Eso explica el olor algo nauseabundo que le llegó al despertar. Al sentirse a salvo se quita la sábana y deja el lápiz dónde lo encontró. Siempre ordenado.
Mira a Ed y la simpática e increíble forma en que está acostado. Su pierna derecha y brazo izquierdo quedaban en la cama mientras que todo lo demás parece querer caerse al suelo a la primera oportunidad.
–Ed…– susurra, atrayendo ligeramente el cuerpo pesado hacía él para que no cayera al suelo.
–Está dormido, cabeza de calcetín... Y yo también lo estaba.
Le es inevitable pegar un grito y moverse lo más cerca de Ed, haciendo que caiga y se dé un golpe seco. Ignora el hecho de que aún con eso, no logró que despertara. Lo que llamó su atención, y de nuevo, lo asustó fue la voz que salió de abajo de la cama, muy parecida a la de Eddy solo que opacada por el colchón. Nunca podía tener un día normal, siempre comenzando con amargos sabores.
–Soy yo. Eddy.– continúa la voz como adivinando sus pensamientos. Suelta un suspiro de alivio.
¿Qué hace Eddy ahí? Decide no preguntar. Nadie le aseguraba, de todos modos, que su amigo le dijera la verdad. Se coloca en una posición en la que puede agacharse y ver al pequeño muchacho acurrucarse en una manta y usar un oso de peluche como almohada. Es extraño, pero ya lo ha visto hasta en sus peores días.
Así es como se percata de que también tiene dibujos en la cara, muchos de ellos tan obscenos como para mirarlos detenidamente. Se muerde ligeramente el labio para aguantar la risa.
Parece que Eddy se da cuenta porque entonces lo mira desconcertado y se tapa la cara.
–¿Qué tanto miras, cerebrito?
La sangre le llega de golpe a su cabeza. Con una muñeca de dolor se incorpora y masajea su sien. Y creía absurdamente que la resaca era un invento de los jóvenes rebeldes para no ir a clases o como excusa de no haber hecho los deberes. Si se cuestionaba todo, entonces volverá a cuestionar lo que cree conocer. Es de sabios volver al inicio e interrogar desde cero, supone.
–Eddy ¿te puedo hacer una pregunta?– lo único que le importa más que lo que pasó. No le contesta pero eso lo hace querer indagar de una vez– Dime que mi actitud fue la mejor en la fiesta.
Vuelve el silencio. Cree escuchar risas, no está tan seguro hasta que se intensifican y terminan en estruendosa carcajadas que le hacen arrepentirse de su curiosidad.
–Oye, espera– dice entre risas– ¿de verdad lo crees, no?
No entiende la pregunta pero le ofende.
¿Si de verdad cree él, Eddward Marion, que tendría una moral absoluta incluso con niveles de alcohol extremos? ¡Por supuesto que sí!. Sería tonto pensar lo contrario. Con diecisiete años siendo eficiente y casi perfecto en todo lo que hace, no contando lo social, su firmeza para creer en eso es sólida como una gran roca.
Pero la duda se queda en el aire.
Siendo sincero y si lo conoce bien, Eddy jamás le hubiera dicho eso en forma de burla. Tal vez sí, quizás para reírse de su extremo cuidado de su comportamiento, para divertirse un rato con su cara al terminar la broma o lo que sea. Sin embargo, el mensaje que recibió le dijo otra cosa, sin duda fue una sutil alusión a una actitud indevida o una misiva directa para informarle que, de hecho, su moral se rompió en cuanto el alcohol hizo su efecto. Y así como se quiebran las grandes piedras con las pequeñas gotas de agua que le hacen erosión, así se quiebra su gran seguridad sobre sí mismo con cada pequeño pensamiento y…
Oh, al carajo de tantas vueltas. Que no se iba a quedar con la duda.
–Habla, Eddy.– dice, su semblante se torna serio. Mira otra vez abajo de la cama y aquella sonrisa burlona hace que quiera vomitarle encima para borrarla. Ya ni siquiera los dibujos de miembros masculinos le hacen gracia.
–¿Quieres que te diga que cosas no hiciste, Doble D?– habla lento, como si quisiera ahorcarlo con cada palabra que dice; Ed ya se siente de esa forma, enfermo, contrariado. Decepcionado– Empecemos con el lavabo del baño de abajo.
Y es ahí cuando no aguanta más. Cómo puede se levanta con una acrobacia y corre al baño de la alcoba una vez que las náuseas se le hacen insoportables. Toda su vida, toda, parece que se fue a la basura en cuanto escuchó lo primero. Siente un sabor agrio en su paladar, dejando de lado que está vomitando en un sanitario que no es es suyo y que posiblemente no lo habrán lavado bien.
Aunque lo demás no es ni cercano a lo mejor.
Sus dedos descalzos se mueven lentos sobre la fría madera de la habitación.
Los minutos se fueron volando cuando salió del baño y fue atacado por todas las fechorías que había hecho la noche anterior. Había encontrado a Eddy arriba de la cama, juntó a un muy mal acomodado Ed. Aunque se había relajado, Doble D prefirió sentarse a un lado de la cama para seguirse hiriendo con lo que sea que Eddy le quería recriminar, para oírlo hasta la última letra.
No puede mentir: la esperanza de que solo sean tontos cuentos que le dió por contarle para hacerle sentir mal no se ha ido. Por más detalles que le diera, Edd sabe que para mentiras: estafadores, y para estafadores: Eddy, es ley natural del barrio desde que tiene consciencia y nunca está de más dudar de mucho de lo que dijera. Aunque su actitud fuera cambiando un poco después de la tremenda escena que tuvo con su hermano, eso no le quitó mucho de lo que ya era. Claro que con menos repudio de los demás.
–Oh, y en la mesa. Diste un gran espectáculo que, no lo niego, fue muy bueno. Creo que ya has de tener muchos admiradores, tanto hombres como mujeres.– termina Eddy, sin dejar la sonrisa desde que empezó su relato.
Sus ojos se cierran de poco en poco, no creyendo y dudando de lo que cree creer. Muchos lo habrían ignorado, la vida seguiría para otros tantos y afortunadamente la de sí mismo lo hará dentro de unos años, pero ahora el presente no le trae nada bueno a Edd. Tan solo pensar en lo que dirán sus compañeros cuando se enteren, su familia, ¡sus padres! Su vida se rebajará a nada. Quiere patear algo, para descargar sus sentimientos encontrados y sentirse medianamente mejor.
Tiene que buscar una solución para el problema, sin embargo; la furia debe ser controlada y su cerebro debe mantenerse aún andando para estructurar un plan. Necesitará toda la ayuda posible.
–No le dirás a nadie.– dice, más como una orden que como la pregunta que debió ser.
No se retrae ni corrige su tono, porque por una vez en su vida, quiere que lo que diga, se haga.
–Por supuesto que no, cabeza de calcetín– su voz infantil, como si le hablara a un niño, hace dudar a Edd de si fue buena opción elegirlo en primer lugar como amigo–. Eso si no se entera nadie antes, aunque lo dudo.– se acurruca entre las mantas y cierra los ojos.
(Ed sigue dormido. Si no lo estuviera, Doble D creería que todos esos disparates son sacados de la peor película de ficción que pudo ver ese tonto y que, sin explicaciones, Eddy se la estuviera contando porque querría desquiciarlo.)
–¿Quién demonios lo contaría?– pregunta de pronto curioso. Además de todas las personas chismosas y Marie, quién se interesaría
–Ya sabes, los de la fiesta. Ahí estaban Rolf, Nazz, Kevin, y... Oh, no.– Eddy detiene su canturreo.
Edd se gira curioso para verle mejor y, desde luego, temeroso por lo que eso signifique.
–¿Qué? ¿Qué tienes?– busca su mirada ahora perdida entre las imágenes de recuerdos que Edd no puede ver ni imaginar.
Espera que no sea nada malo o se encontrará…
–Estaba ahí Sarah, y ella nos odia lo suficiente como para arruinar tu poca reputación buena.
Completamente jodido.
Ahora sí tiene ganas de llorar de frustración. Le importaba lo que dijesen los demás, ¿a quién iba a engañar?: la presión social desde niño fue la suficiente para hacerlo sufrir tanto, y la compañía de seguridad de Eddy y la indiferencia (o desconocimiento) total de Ed no lo salvaron de las críticas; lo único que lo mantenía en el mismo barco que todos era su relativa tranquilidad y pasividad. Tiene menos que nada.
Le importa la estúpida disciplina y no duda en hacerle saber a los demás sobre qué es lo incorrecto en su comportamiento, ¿cómo decírselo a sí mismo si lo hecho, hecho está? Cielo santo.
Tira de su gorro hasta taparse la cara. No quiere que nadie lo mire morir de vergüenza y que se burlen de él como seguramente lo hicieron el día anterior, aunque esa habitación no haya nadie más que Eddy, Ed, sí mismo y las aterradoras imágenes de personas que no conocía pero parecen juzgarlo todos al mismo tiempo.
Había cosas más importantes que debió hacer, leer o escribir: tareas, libros, sus memorias, lo que sea. Todo había sido culpa del idiota que habló sobre la fiesta y que, para mala suerte de Edd, hizo que Eddy escuchara...
Su corazón se detiene por un momento. La dicha de hallar al culpable lo hace vibrar de pies a cabeza.
–¿Doble D? Por todos los cielos, no seas tan dramático. Lo arreglaremos en cuanto mis ganas de dormir desaparezcan.– le promete, pero Edd no lo escucha. Se prepara para la mayor reprimenda que jamás le haya dado a alguien en su vida.
Se pone de pie, atrayendo la confusa mirada de Eddy a su persona. Oh, lo va a disfrutar.
–Tú me trajiste aquí ¿cierto?– trata de explicar, lentamente. Aún en su confusión, Eddy le asiente. El fantasma de una sonrisa se deja ver en su rostro por primera vez en esa mañana– Tú tuviste la idea de "salir" – hace un ademán con sus manos puntualizando. Se para frente a la piecera de la cama y camina de un lado a otro–; tuviste la idea de venir a esta endemoniada fiesta de la que salí demasiado afectado; me convenciste y yo tan… crédulo ¡caí en tu trampa, Eddy! ¡Entonces tú tuviste la culpa!– suelta como una bomba. Señala a Eddy, su mirada furiosa y penetrante se clava en los ojos ajenos.
No le gustan los juegos de la culpa, pero que más puede hacer si está bastante desesperado. No le importa además. Debe ser la resaca.
–Oye… Oye, un segundo– Eddy se sienta, cejas enarcadas en molestia–. Yo no te obligué a qué bebieras con esos chicos, ni siquiera para venir conmigo y con Ed aquí.
Tiene un punto. Aunque eso no quita el hecho de que, prácticamente, sí fue obligado.
–Ajá, sí. ¿Y entonces quien le ordenó a Ed a traerme cargando?
Un "¿Qué?… pan tostado" sale de la boca llena de saliva de Ed, quien sigue dormido ajeno a la discusión.
–¿Y ahora me vas a decir que a esos idiotas les di la orden para que te dieran cerveza hasta volverte loco? Porque eso eres ahora ¡Un maldito loco!
–¡Sabes que la presión social para mí es demasiado fuerte! No puedo con la gente si todos van en contra de mí.– los polvosos vestigios de su ayer regresan a su mente. Las veces en que cedió a los demás para hacer lo que ellos quisieran.
–Oh, claro. Siempre haciéndote la víctima, Doble D.– Eddy se cruza de brazos.
Los recuerdos de cuántas veces ha hecho eso Eddy, cuando trata de lavarse las manos y hacer como si nada hubiera ocurrido, lo golpean. No debe de estar tan sorprendido como lo está, pero luego de aquella vez en el parque de diversiones, con su hermano y los del Cul-De-Sac apoyándole, parecía que ya había cambiado. Sin embargo, sigue actuando como si a nadie le dolieran sus palabras.
Quiere volver a replicar, pero la puerta se abre y un chico de cabello que se pelea entre el color azul y el verde lo interrumpe; sus ojos cerrados y una mano masajeando el puente de su nariz. Voltea sorprendido hacia el intruso al igual que Eddy. Se quedan un momento en silencio.
–Por favor, podrían hacer menos ruido. Oh...– abre los ojos, percatándose de la situación.
Edd y Eddy intercambian miradas. Edd vuelve a mirar al extraño.
–No-nosotros, em...– comienza, aunque no sabe muy bien qué decir, su mente se queda en blanco.
–Ah, no te preocupes. Comprendo– le dice el desconocido, con sonrisa y mirada de pronto relajadas. Pasa su vista de Edd hacia Eddy, su frente frunciéndose– Tú, no te vuelvas a meter con mi amigo.
Eddy mira a sus costados y se señala. Edd cae en la cuenta de que no fue el único que hizo cosas la anterior noche que deben ser resueltas. Rueda los ojos. Seguramente Ed igual está involucrado.
–Discúlpalo-...– es interrumpido por el extraño.
–No, no hay qué disculparse. Nos vemos luego, mejillas dulces.– su voz de pronto risueña hacia él y la manera sugerente como lo miró, hacen que a Edd le arda la cara de vergüenza. La puerta es cerrada y el silencio inunda la habitación.
Carcajadas es lo que se suelta Eddy después. Doble D voltea molesto, culpándolo con la mirada por el coqueteo de ese muchacho hacia su persona.
–Oh, vamos, mejillas dulces. No te enojes.– la burla es captada rápidamente. Para desgracia de Edd, está lo suficientemente confundido como para reprocharle algo más.
Se da cuenta entonces que será peor de lo que pensaba en un inicio, como siempre. Suelta aire, tratando de sacar lo que lo conmociona.
–¡CIELOS!– grita de pronto Ed, asustándolo y asustando a Eddy. Ambos gritan.
–NO VUELVAS A HACER ESO, TONTORRÓN.– le reprende Eddy. Ed ríe y pregunta algo que Doble D no escucha.
Al menos eso lo despeja por un momento. Al siguiente, la culpa llega a mortificarlo una vez más.
Esto lo publico aquí al igual que en Wattpad.
Es mi primera historia aquí y no sé, estoy nervioso. No es que no haya hecho historias antes, NO, más bien solo... ay, no sé.
Quien lea, gracias See ya next, dawg!
