Salaisuuksia

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3

Isaak

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"Healing the lost

so delusional hollow and vague" - Paradise Lost.

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Isaak tenía un papel y bolígrafo sobre la mesa en la cafetería donde estaba sentado pensando que comer. Le escribía a su madre en donde le informaba que volvería a casa, que era momento de retomar el camino donde lo dejo y nada más. Aún no quería entrar en detalles.

—Bueno… ya no tengo otra cosa que hacer —se lamentó aunque no lo quisiera—, supongo que en casa podré pensar mejor las cosas y decidir qué haré en el futuro —el porvenir le pintaba poco prometedor e intentaba no deprimirse.

La cafetería tenía vista a la bahía y desde ahí se podían apreciar las enormes residencias ubicadas al otro lado donde se veía la zona más costosa de la ciudad. Seguramente una de esas enormes casas era la de Julián Solo; el malogrado Poseidón traído por Dragon Marino que fracasó terriblemente contra los caballeros de bronce y la diosa Atena.

La realidad era que, pese a que habían jurado fidelidad, varios marinos no estaban del todo convencidos con las capacidades del dios. Marinos como Bian o Leumnades tenían conocimientos sobre caza y batallas así que los planes del Poseidón no les eran convincentes y menos con Dragon Marino al frente, sin embargo el jefe de los marinos los minimizaba indicándoles que solo se apegaran a la estrategia: defender los pilares.

—El dios en persona se encargara de Atena —decía este— y nosotros defenderemos los pilares así como el templo. Voy a ser honesto, no me interesan sus opiniones tan solo hagan lo que se indica y es todo.

Todos lo miraron en silencio asintiendo, no había otra cosa que hacer más que apegarse al plan y esforzarse por la victoria. Isaak no objeto ni asintió pese a que aquel plan era demasiado básico y predecible, la victoria sería del dios y nada más. Derrotar a los caballeros de bronce no supondría mayor reto y eso era todo.

Salió molesto del salón seguido de Sorrento.

—No te ves conforme con los planes de Dragon Marino —susurró tratando de no ser escuchado por nadie alrededor—, ¿no confías en él?

—Por supuesto que no —respondió tajante— y creo que no soy el único, ¿no viste la expresión de Bian o de Leumnades? Es obvio que el plan es una tontería, defender los pilares, matar a los santos de bronce ¿y qué más?

Ambos llegaron al pilar del atlántico sur y Sorrento le indico que fueran adentro, a la habitación privada, para charlar sin ser oídos por nadie.

—Creo que esperabas que el plan de Dragon Marino fuese diferente ¿es así?

—Es correcto, lo que propone si bien es viable es poco. ¡Yo quiero más acción y no solo ocuparme de un simple pilar!

—Creo que estás subestimando la operación. Pese a como sea él, creo que sabe lo que hace y por eso no acepta opiniones de los demás marinos. He oido que ellos tampoco confían.

—No me digas que confías en él —Isaak lo miro con detenimiento—. Ese hombre está viendo por sus propios intereses y a leguas se nota que no le importa el Emperador o nadie más; solo desea hacer esta guerra Santa para su beneficio.

—No confío en él Isaak pero me parece que sabe bien hacia dónde debe ir la batalla y cómo obtendremos la victoria; pienso que no es mal estratega después de todo —respondió Sorrento con algo de vergüenza— aunque todos sabemos que tiene un alma podrida y no hace las cosas por el beneficio del Dios Poseidon.

—Es lo mismo que opina Bian que, pese a todo, sabe lo que hace —confirmo con pesar—¿Cuáles serán sus verdaderas intenciones, quién es él realmente?

Ambos se miraron por un momento dejando el tema de Dragón Marino de lado y Sorrento se acercó a él despacio analizando las facciones de su rostro haciendo que el marino de Kraken no supiera que hacer o cómo reaccionar ya que no se esperaba esos avances por parte de su colega.

—No mires mi ojo —le dijo con suavidad—, no me gusta esa cicatriz.

—No me parece fea, es una herida hermosa.

El flautista tomo el rostro de Isaak y lo contemplo por un momento deslizando sus dedos lentamente, de verdad pareciera que quería memorizar cada línea, cada facción así toco con dulzura la cicatriz de su ojo haciendo que el corazón de Isaak latiera con fuerza.

—Tu rostro es hermoso… no había podido decírtelo —susurró Sorrento—, no importa que no te guste la música clásica o que seas tan desconfiado. Me gustas así como eres.

—Pero Sorrento… yo.

Sin embargo, Isaak no lo dudó y tomo el rostro de su colega con ambas manos dejando un beso casto en sus labios que fue correspondido, los dos se quedaron así largo rato olvidándose de lo demás.

El joven se tocaba los labios mientras su mente lo traía de regreso al instante en que estaba sentado delante de una mesa rememorando esos momentos mientras sujetaba la pluma intentando escribir una carta a su madre. Esa no fue la única vez que tuvo encuentros de ese tipo con Sorrento y, aunque no lo quisiera reconocer, su colega no solo le gustaba sino que lo había ayudado a mejorar incluso como guerrero, ese amor inocente que ambos se profesaban era suficiente para soportar cualquier guerra.

En esos momentos Isaak no necesitaba nada más.

—Disculpa —una voz lo sacó de sus pensamientos devolviéndolo a la realidad donde estaba en la mesa de un cafe escribiendo una carta.

La voz era del hombre quien fuera amante de Camus y lo miraba con gravedad. El mismo sujeto del cementerio estaba delante de él.

—¿Qué necesitas? —preguntó con brusquedad— Te dije que no tengo un cosmos o armadura para pelear contigo —dobló la carta que escribía a fin de que el recién llegado no la mirara.

—No vine a enfrentrentarme a ti. Hay algo que me gustaría discutir contigo, es referente a Camus.

Isaak no vio venir aquello siendo honestos. Ahora estaba tratando de entender como habian cambiado las cosas desde ese momento en que el amante de su difunto maestro lo interceptara en la cafetería para hablar de Camus hasta que regresara a su casa en Finlandia; la mente del joven se fue a las dos veces en las que ese hombre viajó hasta Siberia para reclamarle respecto a la relación entre ambos y como su maestro lo había corrido de ahí a gritos.

En ese momento, de manera bizarra, Isaak asoció la relación entre su maestro y aquel hombre llamado Milo con la suya y la de Sorrento.

Luego de haberse besado en la habitación privada del Pilar del Atlántico del Sur las cosas no cambiaron mucho entre ellos siendo honestos, solo la cercanía fue en aumento pese a las veces en las que Sorrento era requerido delante del Emperador para deleitarlo con su música o las veces en las que Dragon Marino iba a su pilar a reprenderlo por dedicar tiempo a ensayar en vez de entrenar o algo que demostrará el por qué estaba ahí.

—Entretener al dios con el ruido que haces con ese horrible tubo de metal es algo que cualquiera puede hacer —le decía con desprecio— ¡Quiero que tengas más dedicación en la guerra que está por desatarse!

El joven no decía nada y solo asentía pero la furia era evidente en sus ojos.

—¿Cómo es que llegaste al tempo del mar? —Isaak hizo esta pregunta alguna vez durante esos días y Sorrento solo sonreía.

—Bueno a mi no me encontró ningún ser mitológico. Sucedió una tarde cuando salía de mi clase en el Conservatorio. He de confesar que me he preparado todas las tardes para presentar el exámen de admision a la Universidad de Musica y Artes Interpretativas que tendrá lugar en unos cuantos meses y me dedico al estudio todos los días como te habrás dado cuenta. Necesito asegurar mi lugar sabes porque desde que entré al bachillerato ese ha sido mi sueño.

Sorrento le narró que aquella tarde al salir de la escuela de pronto la calle estaba sola, la institución estaba ubicada en medio de una ruidosa avenida y en un dos por tres la gente, los autos y todo a su alrededor había desaparecido. Fue en ese momento en que un fuerte destello se dejo ver delante de él. En ese destello alcanzó a distinguir la figura del Dios, de Poseidon, quien le decía que lo necesitaba en su bando, que cosas horribles pasarían dentro de no mucho tiempo y él era uno de los elegidos para formar parte de su ejército.

—Es necesario que te traslades al reino de Asgard, al norte de Noruega, ahí está la entrada a mi templo.

—Pero… ¡¿cómo sabre cual es la entrada o en qué parte está exactamente?!

La voz no dijo más dejando al joven Sorrento sin más información para iniciar aquella aventura ya que una vez que el resplandor paso las cosas a su alrededor volvieron a la normalidad. Solo sabía que aquella persona que le había hablado lo necesitaba para un propósito superior.

—Mas padres casi me matan cuando les dije que tomaría un tiempo sabático para atender un asunto personal —le confesó a Isaak—. No lo entendían pero era algo que yo debía hacer, debía venir aquí y luchar al lado de Poseidón y créeme no me arrepiento de mi decisión. Interpretar música para el dios y formar parte de su ejército ha superado mis expectativas, espero que ganemos esta batalla —cerró los ojos como solía hacer dejándose llevar por sus ensoñaciones.

Isaak no estaba del todo seguro de los sentimientos de Sorrento hacia él pero sí que lo estaba de la devoción de este hacia Poseidon y, en ese momento, le recordó la devoción que Hyoga tenía por Camus a pesar de lo estricto y rudo que este solía ser con él. Devoción que cayó en fanatismo.

—Ojala pudiera ejecutar todas las técnicas que nos enseña nuestro maestro con la misma perfección que él —decía Hyoga con mucha frecuencia luego de los entrenamientos del día.

—Yo creo que lo haces muy bien Hyoga, Camus no te ha corregido últimamente.

—Pero ¿has visto como lo hace él? Es exacto en cada movimiento y cada indicación.

—Claro… —pensaba Isaak sin decir más.

Así fue como empezó no mucho después de que este se incorporara a la instruccion de Camus en Siberia. Isaak admiraba mucho a su maestro y en como ejecutaba sus técnicas así como en su manejo del cosmos era cierto pero, cada vez que este practicaba algo mostrado por Camus, trataba de imprimirle su sello personal. Era igual con los maestros del colegio, ellos dan la instrucción pero cada alumno busca su propia voz sin embargo Hyoga no lo hacia asi, estaba empeñado en hacerlo igual que Camus en imitar hasta el más mínimo gesto de este cuando usaba el cosmos.

No fue una vez ni dos en las que Isaak detectó lo realmente estricto que era Camus con Hyoga, lo veía casi a diario mientras este lo corregía cuando ejecutaba mal alguna instrucción. Parecía que entre más rudo era más impresionado quedaba Hyoga.

—¡Vamos Hyoga deja de pensar en tu madre y enfócate!

Aunque no lo demostrara siempre Camus exigía que sus alumnos le prestaran atención cada segundo del día, el joven tenia poca paciencia y en ese momento Isaak comenzó a cuestionarse que problemas tendría su maestro con el tema de los sentimientos y la atención, ¿por qué esa aversión a ellos y por qué esa exigencia de atención?

—Discúlpeme Maestro —decía con timidez—. No volveré a distraerme.

—Te lo repito Hyoga —le dijo poniendo una mano en su cabeza—. Ese sentimentalismo tuyo te traerá problemas en el futuro y te necesito con la cabeza en el entrenamiento cada minuto del día.

—Lo sé Maestro.

—Repite todo el ejercicio desde el inicio.

Con Isaak no tenía ese problema ya que Camus sabía que este era muy centrado en los ejercicios que le asignaba, que cumplía al pie de la letra las indicaciones y no se distraía con sentimentalismos y fue que así poco a poco Camus comenzó a enfocar su atención en Hyoga y solo en él. El joven finlandés notaba como día a día se volvía parte del ambiente siendo desplazado del mundo que tenían maestro y su discípulo consentido y problemático.

A veces se sentía alienado cuando veía entrenar a Hyoga y como Camus lo corregía sin tomarlo en cuenta, como si de pronto dejara de existir.

—¡Isaak, no empieces tú también a estar distraído!

—No Maestro…

Isaak observó a Milo por un momento mientras este tomaba asiento en la misma mesa que él y se preguntó si este sentiría por Camus esa fascinación enfermiza que tenía Hyoga hacia su difunto Maestro; si el caballero dorado lo idolatraba también de esa forma absorbente.

—¿Qué necesitas que hablemos de Camus?

—Creo que recodarás que fui a visitarlo a Siberia unas dos o tres veces —fue directo al grano sin rodeos.

—Es correcto, te recuerdo de aquellas veces —la mesera dejo una taza con café negro delante de Isaak mientras este esperaba a que Milo continuará.

—Camus volvió de Siberia aún más insensible y cerrado que antes, ¿me gustaría saber qué paso con él allá?

—En realidad allá no le paso nada extraordinario —respondió sin más—, el tiempo lo uso únicamente en entrenarnos y era tan estricto con los horarios que no quedaban minutos del día para nada más —decía mientras bebía un poco de café.

—Ya veo… —respondio algo decepcionado.

—La verdad, lo que a Hyoga y a mi nos dejo cuestionándonos es saber qué le ocurrió aquí. El que te gritara que te fueras de Siberia es indicio de que algo malo le pasó en Grecia ¿no crees?

Isaak observó a Milo quien bajo la mirada y no dijo nada más. Camus era frecuentado por un empleado de la tienda de comestibles del pueblo quien, a veces, solía quedarse un poco más a charlar con él y, por momentos, el caballero Acuario parecía disfrutar de esa compañía; de alguien ajeno a su mundo conocido que le hacia pensar en otras cosas. Por un momento Isaak se vio reflejado en Milo: obsesionados con las razones y motivaciones de sus amantes.

El noto un cambio similar en Sorrento quien un día prefirió pasar más tiempo en el templo con el dios que con él, el joven flautista poco a poco comenzó a cambiar su compañía, interpretar música para el dios era mucho mas importante y había dias en los que no lo sabía de él.

—Lo siento —le decía—, me entretuve con el Emperador. ¡Le fascina mi música sabes!

—A mi también me gusta tu música —Isaak le dio la espalda yendo hacia las escaleras del pilar.

—¿No estarás celoso del Emperador, cierto?

—No Sorrento. Debo entrenar un poco, ya te veré luego —en realidad sí lo estaba. Celoso del Emperador y no le gustaba ese sentimiento.

En momentos como ese entendía por qué Camus actuaba como actuaba, quizás sentía celos de algo o alguien y no deseaba externarlo. O bien, se sentía asfixiado por Milo y prefería la distancia segura de estar a miles de kilómetros de este.

Milo se reacomodó en su silla aclarándose la garganta mientras Isaak lo observaba como si estuviera escudriñando en el interior de aquel joven. Lo cierto para él era que Camus había pasado por algo en Grecia que lo habia obligado a marcharse tan lejos y a correr a su antiguo amante de su casa. ¿Milo habría tenido algo que ver?

—No quisiera meterme en lo que no me importa —comenzó a decir—, pero creo que tu sabes qué le paso a Camus. Yo no puedo responder esa pregunta porque, como te digo, en Siberia no aconteció nada extraordinario así que pienso que la respuesta a la pregunta la tienes tú.

Al no recibir ninguna respuesta por parte de Milo supo que tenía razón, que lo que fuera que el caballero dorado quisiera saber ya lo sabía.

—Con tu silencio es suficiente —retomó el marino—, creo que eres responsable de los fantasmas que atormentaban a mi maestro todas las noches y lo hacían levantarse de la cama de mal humor.

—A él ya lo atormentaban varios fantasmas aún antes de conocerme —respondió—, no soy totalmente responsable de las cosas que haya vivido en Grecia o antes de venir a vivir aquí.

Isaak lo observó con severidad sin responder nada. Milo era parcialmente responsable de la infelicidad de Camus pero responsable a fin de cuentas. Sin embargo, Camus también tenía cierta culpa al no dejar ir esos vínculos o malos recuerdos que lo persiguieron hasta el fin de sus días y él mismo se cuestionó si no era mejor dejar ir la memoria de Sorrento ya que caería en el error de parecerse tanto a su maestro como a Hyoga y al hombre que tenía enfrente.

Quizás el que perdiera la batalla contra el cisne no había sido solo casualidad.

La última vez que ese hombre había pisado Siberia hizo que Camus, al día siguiente, se viera con el empleado de la tienda local y no volviera hasta muy entrada la noche; solo esa vez descuidó la parte final del entrenamiento de sus dos discípulos. ¿Camus se habría vengado acaso, habría querido reescribir alguna memoria? No lo sabía pero algo le decía que así era. El que fuese tan negado al sentimentalismo era consecuencia de sus malas vivencias tanto en Grecia como en algún otro sitio, en su lugar de origen quizás.

Ahora lo sabía.

—Así que mis visitas tuvieron un efecto negativo —reconocio con pesar—. Pensé que Camus… pensé que tendrían un efecto diferente en él.

Nuevamente observó a ese hombre sin decir nada mirándolo con dureza y en ese momento entendió por qué Camus lo corrió dos veces, él mismo ya estaba deseando que se fuera. Era demasiada necedad el querer que las cosas fueran lo que no son ni podrían haber sido. Entonces optó por no revelarle la historia de Camus y el empleado de la tienda o no podría quitárselo de encima.

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Después de esa charla breve e incómoda con Milo pasaron un par de días antes de su partida a Finlandia, no tenía por qué quedarse más tiempo en Grecia pero estaba ahí por la posibilidad mínima de poderse arreglar con Sorrento, de no dejar las cosas mal con él ya que aún le quería pese a que él era fiel totalmente al dios Poseidón y a nadie más, pese a que no lo querría como al dios y jamás sería suyo.

Sin embargo le daba miedo parecerse a Milo y que Sorrento fuera a correrlo a patadas de la casa de Julián Solo. No obstante, decidió ir para sacarse de dudas y lo que vio no lo se lo esperaba, tan solo llego a unos cuantos pasos de la puerta y se topo con que Sorrento estaba subiendo a un taxi del Aeropuerto.

-¡Hola Isaak! -lo saludó alegremente apenas lo vio acercarse.

Ya no había marcha atrás así que también se acercó a la puerta de la residencia la cual ya estaba cerrada y el taxi esperaba a Sorrento.

—Pense que te quedarías al lado del dios —le dijo cortésmente.

—Yo también lo pensé pero… él me ha pedido que vuelva a casa, que retome mi camino y cuando sea un gran flautista irá a buscarme —respondio entusiasmado como siempre—. Eso será dentro de algunos años por supuesto.

—Ya veo.

—Si, ojala un día puedas visitarme en Viena, me dará mucho gusto verte. Debo irme porque el taxi me espera. Cuídate mucho Isaak, me dio gusto conocerte y pelear a tu lado.

Esas palabras desanimaron a Isaak quien lo observó con tristeza entrar al taxi y penso que, seguramente, esas mismas palabras se las dijo Camus a su amante antes de partir rumbo a Siberia solo que él no tomaría el camino de Milo en ir a reclamar y reclamar lo que no pudo ser. En ese punto él ya sabía que las cosas con Sorrento jamás podrían ser ni llegarían a ser jamás.

El tendría la dignidad de volver a su casa y replantear su camino hacia otro rumbo así como hacía Sorrento y como debió hacer el caballero dorado en su momento. Al día siguiente él emprendió el camino hacia su casa en tren ya que no tenía el cosmos para viajar ni dinero para un billete de avión.

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Continuará