Feliz viernes, espero que la estén pasando bien.
Un gran abrazo, y muchos besos a todas esas INCREÍBLES personas que se toman el tiempo de dibujar algo para esta historia; me dejan con la boca abierta cada vez y ustedes nos ayudan a todos a poder ilustrarnos más todas estas imágenes muchísimas gracias! Nunca me cansaré de decirlo.
Más besos a esas hermosas personas que comentan y dejan sus reviews, favorites y followers. Significa mucho para mí que disfruten de mis letras como yo disfruto escribirlas.
Un recordatorio, todos los bellos fanarts los pueden encontrar en mi tumblr, cada uno con su respectivo link y artista acá: nolee375. (t) umblr. (c) (o) ( m ) / tagged / fanarts
Y un aviso: hace poco comencé un álbum en mi Facebook (pueden encontrarme, tengo el mismo nombre de autor) de muchas fotografías para que puedan ambientarse en la estética de este universo. Espero que puedan chequearlo
Renzo S. Kuznetsov muchas gracias por siempre ayudarme a editar la historia.
Y sin más: ¡Al capítulo de hoy!
»Nombres de killjoys:
Cuervo Nicotina: Daichi Sawamura
Ceniza Radiante: Koushi Sugawara
Histeria: Keiji Akaashi
Sol Inferno: Shouyou Hinata
Pantera Anfetamina: Tetsurou Kuroo
Sombra Brillante: Kenma Kozume
Chispa Neón: Yuu Nishinoya
Terror Ruidoso: Ryuunosuke Tanaka
Espina de Canela: Hitoka Yachi
Silencio Infeccioso: Ennoshita Chikara
Ácido Lunar: Kei Tsukishima
Amanecer Tóxico: Asahi Azumane
Dulce Voraz: Shimizu Kyoko
Cianuro Carmesí: Morisuke Yaku
Volumen Vibrante: Saeko Tanaka
Eclipse Impuro: Akiteru Tsukishima
Visaje Marfil: Kazuhito Narita
Sonido Detonador: Hisashi Kinoshita.«
Party Poison
Un día aparece y esa bomba radioactiva aun no acaba con nosotros.
Así es, bebés de los motores, me refiero a nuestro querido pero despiadado sol.
Este es el día de la nostalgia, mis reinas de choques, y en la programación solo dice «Melodías de los 50's». Así que no sean tímidos, solo llamen a la cabina y pidan esa canción que los pone a llorar en segundos, o aquella que los obliga a ponerse de pie y bailar el boogie hasta el amanecer.
La noche es larga y aburrida, perfecta para visitar viejos amigos y recordar algunos amantes prohibidos.
Aquí el Doctor desafiando a la Muerte, en la WKL, las únicas ondas de radio que no intentan controlarlos.
Kkkkkkkk…
Condujeron por días.
Hasta que la batería de la motocicleta eléctrica murió.
Luego caminaron hasta encontrar una parada en el subterráneo.
Hinata ayudó a Kageyama a moverse, pasando las abandonadas, oscuras y polvosas vitrinas en donde, en sus días, sirvió como colectivo para movilizarse entre grandes distancias. No era que extrañara el cálido sol en Ciudad Batería, o la abrasadora estrella del desierto, pero al estar en completa oscuridad, todo su cuerpo se congelaba.
Salieron del subterráneo y como broma de su existencia, el desierto estaba en penumbras. El cielo se extendía como un negro e intranquilo océano que escondía criaturas enfermizas y mortíferas. El clima allá afuera era peor, sus dedos se comenzaron a poner helados y sus mejillas también. Envidió un poco al androide al que llevaba cojeando; él no podía sentir el frío.
—Hinata, aquí, debemos… debemos ocuparnos algo.
Eso no había sonado sospechoso para nada.
—¿Ocuparnos?
—Solo siéntate en el suelo, te lo explicaré después.
Confiaba en Kageyama, ahora el pobre robot se había revelado contra toda la civilización que lo defendía, lo había creado y se preocupaba por su bienestar. ¿Revelarse contra su propia especie? El solo escuchar eso, ponía a Hinata al borde; no podía ni siquiera comenzar a imaginar por lo que el otro estaba pasando.
Obedeció al pelinegro y los depositó a los dos en la fría y estéril arena.
—Debemos deshacernos de mi rastreador —explicó—, de otra manera, Oikawa nos encontrará.
—De ser así, creo que ya lo hubiera hecho —debatió el cuervo.
Kageyama movió su cabeza de lado a lado.
—Oikawa no puede arriesgarse a dejar la ciudad sin defensa por el momento, después de… la noticia de Hanamaki, tiene que estar perdiendo los estribos buscando a alguien más que vaya en contra de las reglas de su dominio.
Kageyama sonaba bastante seguro de eso, aunque luego el androide pelinegro miró al suelo, sus cejas se fruncían con visible preocupación. Hinata podía imaginar lo que podía estar pensando. Hanamaki nunca tuvo la intención de ir detrás de ellos; era evidente que se había sacrificado para sacarlos de ahí.
Jamás hubiera pensado que una de las personas más importantes y allegadas a Oikawa fuera capaz de abandonarlo todo por un androide más. Desde que conoció al otro había aprendido que nada era lo que parecía y si pensaba más de dos segundos todo se volvía confuso.
—De acuerdo, ¿cómo te desharás de tu rastreador?
—Yo no puedo hacerlo, fuimos diseñados especialmente para no hacerlo, tendrás que deshacerte de él tú, Hinata.
El cuervo de cabello naranja, inseguro mordió con preocupación su labio, pero asintió, aceptando la responsabilidad. Sin embargo, al ver que el de ojos azules marino comenzó a quitarse la chaqueta blanca y luego su camisa, sus ojos se abrieron como platos y sus cejas llegaron a la línea de su cabello.
—¿¡Roboyama, que diablos haces!?
Tobio se terminó de desvestir, pero se quedó con el pedazo de tela sobre su regazo. Su piel estaba intacta, sin moretes, sin heridas. Como si la golpiza que le propinó el líder de BL/ind nunca había pasado; era evidente que su "piel" era mucho más fuerte que la de un humano. Después de todo, era sintética.
Sin embargo, no había diferencia entre la de un androide y un humano, la piel parecía tener poros y uno que otro fino vello.
—El rastreador está cerca de mi núcleo, debajo de mi piel. Debes buscarlo, tiene la forma de un pequeño disco del tamaño de mi dedo índice. Lo debes halar con fuerza, ¿de acuerdo?
—¡¿Qué pasará si desconecto otra cosa por error?! —Todo eso sonaba como una locura; Shouyou sabía que él no era el chico con la mejor capacidad motriz de todos…
—No lo harás, Hinata idiota —aseguraba Kageyama, el cuervo no tenía idea cómo podía confiar tanto en él; pero luego agregó—, solo ten cuidado.
Kageyama cerró los ojos con fuerza y milisegundos después Hinata retrocedió al ver la piel del pelinegro abrirse, separándose en dos segmentos. No parecía una herida, pues la división era demasiado perfecta; la piel se separó y dejó ver una brillante luz blanca neón. Hinata parpadeó unas cuantas veces para acostumbrarse.
La imagen era desconcertante; y por unos segundos Shouyou se encontró perdido de qué hacer. Había… había una estructura metálica debajo, con la escalofriante forma de un tórax humano; no había sangre, eso era una buena señal. Los rayos neones salían en los resquicios de cada costilla, había otras luces parpadeantes por otras partes, pero ninguna tan brillante como esa.
Ese debía ser su núcleo.
—Debes introducir tu mano, el rastreador está al lado de mi núcleo… que es esa luz cegadora que estás mirando.
—¿Intro…? ¡¿Estás loco?! —No podía creer lo que escuchaba, no había manera— ¡No voy a meter mi mano ahí!
—Debes hacerlo, Hinata. Si pasa más tiempo, los draculoides vendrán por nosotros, o peor, Oikawa puede venir en cualquier momento.
Hinata miró frenéticamente los ojos de Kageyama y luego su pecho metálico, no parecía humano, imaginó que así se debería ver una nebulosa atrapada en una jaula metálica; era enervante y a la vez hipnotizador. Un extraño espejismo como sangre coagulada y jalea de fresas, o las secuelas de una bomba confundidas con estrellas.
No lo siguió pensando e introdujo su mano, justo en la caja torácica y adentro de las costillas.
Adentro de Kageyama era… cálido.
Cerró sus ojos con fuerza para concentrarse, no era viscoso como se esperaría fuera el interior de una persona. No, solo era cálido y había demasiados cables, tenía miedo de hacer hasta el más leve movimiento de sus dedos. Sus yemas tocaron la extraña luz neón, era caliente y vibraba levemente, como un ronroneo.
Sentía un enorme contraste entre el gélido desierto y el calor del cuerpo del pelinegro. Levemente y lleno de curiosidad, tocó la extraña cúpula hecha de cristal que despedía más calor, vibraba sobre su piel y vio como afuera de la cavidad torácica, sus dedos cubrían el haz de luz neón.
Tenía su mano sobre el frágil núcleo de Kageyama y los dos se miraron a los ojos.
La situación era extraña, enervante, le ponía la piel de gallina y sin embargo… era íntima. Lo supo por la manera que ambos intercambiaron miradas, interminables orbes azul marino, tan profundos como el océano con los suyos de color avellana. Kageyama confiaba plenamente en él, al grado de poner el resumen de existencia literalmente en sus manos.
Siguió moviendo su mano con lentitud hasta que sintió un pequeño disco al lado de la cúpula.
—Es ése… —comentó Tobio, parecía que le faltaba el aire en sus mecánicos pulmones.
Hinata esperaba no equivocarse, tomó el disco y lo arrancó; al momento que Kageyama pegó una bocanada de aire. Shouyou retiró su mano de las artificiales entrañas del androide para ver el dispositivo en la palma. Un CD no más grande que su palma, de color dorado.
—¿Qué hago ahora?
—Destrúyelo —ordenó el pelinegro.
Hinata lo vio de soslayo y arrojó el disco a la tierra para luego triturarlo con su pantufla de hospital. Lo que lo hizo notar todo la ropa que vestía, desde que había llegado al departamento de Kageyama era una holgada ropa blanca, complementaria del hospital. Jamás quiso probarse la ropa del androide, iba a ser muy grande para su silueta y quería ahorrarse toda la vergüenza que podía.
Soltó un alarido sin pensarlo al recordar que ahora su fotografía en la base de datos de Better Living era de él vistiendo esa patética ropa. Kageyama lo veía como si estuviera tratando con un demente al mismo tiempo que la abertura en su caja torácica se cerraba con lentitud. Decidió que lo principal que debían hacer a primera hora de mañana era comprar algo de ropa para él.
Además, movilizarse en Ciudad Batería con Oikawa detrás de ellos usando solo pantuflas había sido complicado. ¿Pero quién era él para quejarse?
Miró la pierna de Kageyama, que ahora solo eran fragmentos de metal doblado y arrancado con fuerza bruta.
También debían encontrar un taller… o un mecánico.
—¿Qué fue eso? —preguntó el pelinegro refiriéndose al estallido de ira de hace algunos segundos.
—Nada —respondió con simpleza, fue suficiente para el otro—. Más importante, ¿cómo pasaremos la noche?
—Puedo divisar un cobertizo a setecientos metros de aquí; podemos descansar por hoy y… conseguir algunos alimentos y necesidades mañana.
—Suena como un buen plan —concordó.
Los dos chicos se volvieron a poner de pie y comenzaron a caminar de la misma manera que antes. Kageyama apoyándose en él, cojeando con una sola pierna. Rotos y desterrados, llegaron a su destino en media hora, su paso era lento debido al peso del androide en sus hombros; pero Hinata jamás pensó en rendirse.
El brillo de la luna se podía ver a través de la espesa nube que metano que cubría los cielos. El cobertizo estaba construido por láminas de aluminio oxidadas, apiladas una al lado de la otra; el techo también era del metal roído. Hinata notó las palabras pintadas de blanco en una de las paredes, dibujadas seguramente con una brocha vieja y despeinada:
«No hay salvación.»
Pedazos de tablas de madera podrida se desperdigaban por toda la zona, y el piso estaba lleno de escombros; pero parecía abandonado. Eso bastaría para la noche. Así que Shouyou los llevó a ambos dentro del cobertizo; hacía frío ahí también, las paredes de láminas no hacían nada para calentar el lugar.
Cayeron sobre el suelo de golpe; Hinata sentía sus ojos pesados comenzar a cerrarse. Habían pasado demasiadas cosas y no tuvo ni un momento para descansar.
—Kageyama… —comenzó pero fue interrumpido por un bostezo que irrumpió en su garganta sin aviso—… ¿cómo está tu batería? Pasaste algunos días sin dormir en la cápsula.
Había dejado de conectarse a la cápsula desde que comenzaron con la extraña costumbre de dormir ambos en la misma cama, pero ninguno hizo un comentario al respecto.
Los ojos de Kageyama brillaban levemente en la noche, la luz moribunda de la luna no llegaba dentro del cobertizo; pero los orbes azules marino del androide eran claros de seguir.
—Tengo un poco de carga en la reserva, pero muy pronto necesitaré una dosis de plus.
—Podemos visitar la tienda de Tommy Chow Mein, él siempre consigue de todo. ¡Aunque es condenadamente costoso! —terminó gritando.
Kageyama se rió entre dientes y Hinata se acostó sobre el suelo, el sueño comenzaba a sentirse pesado en todo su cuerpo; si intentaba con fuerza, podía ignorar el frío. La fina ropa de hospital no hacía nada para que pudiera desafiar la baja temperatura.
Pero podía ignorarlo.
Podía ignorarlo.
Podía ignorarlo.
Podía…
El frío desapareció, y al siguiente segundo entendió; Kageyama se había acostado detrás de él y lo cubría con su cuerpo. La temperatura del androide era como la de un pequeño horno, nunca le había parecido que la temperatura corporal de Tobio se sintiera así de alta, ¿podía modificarla?
—Te veías un poco patético, enrollado sobre tu propio cuerpo como un gato bebé y tiritando de frío.
Hinata le propinó un codazo con fuerza, Kageyama apenas retrocedió.
Con la calidez que lo envolvía, no necesitó más de un par de segundos para terminar quedándose dormido.
.
Despertó con arena en todo su rostro y sudor dentro de su ropa; con pereza se sentó sobre el suelo y descubrió que Kageyama no estaba a su lado, tenía sentido, el androide ni siquiera necesitaba dormir para comenzar. Sacudió su ropa y se puso de pie, se acercó a la única ventana del cobertizo oxidado y vio la cegadora luz de la estrella radioactiva. Con los primeros rayos ultravioleta de la mañana aún era posible salir, la estática parecía estar en niveles bajos, pero a lo largo del día solo empeorarían y serían capaces de matarlos.
Kageyama estaba sentado sobre una enorme caja de madera cerca de la puerta, mirando la salida. Había desierto rodeándolos por cientos de metros, Hinata dudaba que algo o alguien podría llegar a atacarlos, pero Tobio no sería Tobio si se dejara de preocupar por aunque fueran unos segundos.
Aun se quedaba corto al pensar que en tan poco tiempo, Kageyama se había convertido en alguien en quién podía confiar plenamente. Debía pensar más en los sentimientos que afloraban en su pecho, pues era difícil ponerles nombre. El androide de cabello negro sobresalía entre el paisaje desértico, no había manchas en su piel provocadas por el sol que hiciera que se viera algo menos que perfecta, su ropa, su cabello; todo en él gritaba que no pertenecía ahí, y por eso le era difícil desviar la mirada.
La postura del androide era tan recta que parecía incómoda, pero a él se le veía natural, su nariz era respingada y sus labios eran delgados; su mandíbula cuadrada hacía juego con los pómulos que protruían debajo de sus ojos.
Ahí, fuera de las luces neones y cegadoras de Ciudad Batería, Hinata notó que Kageyama realmente era apuesto.
Y en milisegundos sus mejillas se sintieron calientes de la vergüenza.
—Hinata idiota, por fin despiertas —saludó.
—Buenos días para ti también, Roboyama —se burló sacando su lengua para ocultar los fuertes latidos de su corazón, podía culpar el color de sus mejillas a las altas temperaturas del desierto.
—¿Sabes qué podemos hacer ahora? —preguntó el androide.
—Eso depende, ¿en qué Zona nos encontramos?
Kageyama se cruzó de brazos, ceño fruncido y comisuras enrolladas hacia abajo. Hinata podía conocer el desierto pero no el laberinto de pasadizos que se encontraba bajo tierra.
—Según el tiempo que hemos recorrido, debemos estar al límite de la Zona 1, si no, a principios de la Zona 2.
—Si seguimos adelante, la tienda de Chow Mein se encuentra en la Zona 3. Generalmente la radiación cerca de la Zona 0 es peor y las comunidades son menos. ¡Podemos encontrar un taller para reparar tu pierna! —Se llevó una mano a su barbilla, sopesando sus opciones—. Aunque dudo que los lugareños sepan qué hacer con… con… ¡un robot!
—Inteligencia artificial —corrigió.
—¡Lo que sea!
—No hay problema, puedo hacerlo por mí mismo, solo necesito las herramientas necesarias.
—Está decidido, partiremos hacia la primera comunidad qué encontremos —estableció el pequeño cuervo.
Tuvieron que parar en una gasolinera abandonada, la radioactividad de los rayos ultravioleta comenzaron herir su piel. Definitivamente la ropa no ayudaba, sus brazos estaban expuestos y la abrasadora arena como carbón encendido se metía en sus pantuflas.
Entraron derribando la puerta de vidrio esmerilado y ambos cayeron de golpe al piso; Hinata porque no podía seguir de pie, sentía que estaba parado en fuego, y Kageyama porque no pudo mantener el equilibrio sin una pierna.
Este iba ser un largo trecho.
Afortunadamente encontraron dos pares de lata de Soda Pop, eso tenía que ser suficiente para refrescarlo y alimentarlo. Se sentía débil, hace un par de días que no había comido, pero la cafeína en las bebidas carbonatadas bastó para reavivar sus energías. Kageyama, por el contrario, el androide no comía pero el pelirrojo notó que en las últimas horas sus movimientos eran más lentos que antes.
Su batería se acababa, dijera lo que dijera, Kageyama necesitaba plus y lo necesitaba urgentemente.
Todavía cargaban la mochila que el pelinegro tomó en su apartamento, repleta de armas; así que podían defenderse si se encontraban a una banda de draculoides o a unos trúhanes rebeldes que robaban lo que podían y mataban a cualquiera.
Salieron cuando el sol comenzó a descender por el horizonte, todavía tenían luz para guiarse pero la temperatura había bajado. Por fin llegaron a una comunidad de mala muerte, solo eran un puñado de chozas destartaladas juntas entre sí; rodeada de cactus y arbustos vetustos que parecían moribundos.
La pequeña congregación tenía un hedor a desechos humanos y comida echada a perder. Hinata pensó en lo útil que sería el pañuelo que solía usar alrededor de su cuello antes. Las calles estaban relativamente solas, a excepción de uno que otro «cabeza de onda» tirado en la calle; sin embargo Shouyou podía sentir que era observado, de adentro de las ruinosas casas, de los techos.
Debían estar en guardia.
Encontraron un taller, más bien una chatarrería, en las afueras de la comunidad. Era solamente un cementerio de carrocerías y automóviles oxidados apilados uno sobre otro; los recibió un hombre de dedos como salchichas y cara grasienta. Los vio de reojo y decidió que traerían problemas; Kageyama aun usaba su uniforme de exterminador, pero estaba tan roto y sucio que había dejado de verse como un empleado de Better Living.
Tuvieron que pagarle cincuenta carbonos para que los dejara usar su chatarrería. Hinata estaba a punto de exclamarle el robo que eso significaba con unas cuantas palabras coloridas, pero fue interrumpido por Kageyama que simplemente asintió con su cabeza y aceptó pagar la enorme cantidad.
Fue lo suficiente para el hombre de aspecto como cerdo y los dejó solos.
—¿Cómo pudiste dejar que nos estafaran así? —preguntó Hinata, un poco alterado una vez que se aseguró que se encontraban solos.
—No importa, tengo un poco de cambio en mi billetera —respondió, Shouyou se debatió en callarlo, decir ese tipo de cosas al aire libre… solo terminaría atrayendo buitres buenos para nada—. Ahora, ayúdame, Hinata idiota, trae esa llave inglesa que está al lado de tu pie.
—Ya voy, ya voy —Hizo un puchero pero terminó alcanzándolo.
Kageyama logró remendar la pierna, se veía más como un prototipo bruto que un producto terminado. No tenía articulación, y estaba hecha de una aleación corroída que parecía que en cualquier momento se podría fracturar; sin embargo Tobio podía caminar con ella y eso, por el momento, era suficiente.
Terminaron quedándose en un viejo motel de tamaño reducido, la costrosa mujer que les vendió la habitación por la noche se les quedó viendo con morbosa curiosidad; la —prostética— pierna de Kageyama no se veía nada humana, sin embargo el androide no le prestó atención. El pelinegro parecía cautivado con todo lo que miraba, era su primera vez en el desierto y seguramente la abismal diferencia entre la artificial ciudad y el apocalíptico desierto era desconcertante.
Abrieron la apolillada puerta de su cuarto, la habitación era pequeña; solo tenía una cama para una persona al fondo, una mesa y una silla en la pared contraria y papel tapiz que había perdido el diseño por los años que estaba despegando.
Tobio recorrió las cuatro paredes con su intensa mirada.
Hinata caminó hasta dejarse caer en la cama, el colchón era demasiado delgado y la cobija estaba polvorienta; pero sabía que no tendría problemas para dormir. Antes de acomodarse en la ciudad y antes de llegar al nido, pasó gran parte de su vida en moteles como esos o peores; además, había recorrido grandes distancias por el día y el cansancio en su cuerpo era mayor que el gruñir de su estómago.
El cuervo cubrió su boca cuando bostezó de golpe, sus ojos se humedecieron.
—¿En qué piensas, Roboyama?
—Es… solo que… Este lugar, todo el desierto, es prácticamente inhabitable, las temperaturas son altas, no hay agua, vegetación… nada. Las noticias en Ciudad Batería jamás dicen nada acerca de los cientos y cientos de personas que viven en las afueras del desierto. Las condiciones no son óptimas y la estática, cuando es demasiada, es capaz de matar.
—Bueno sí, pero no podemos simplemente caer muertos —razonó, arqueando una ceja.
—No, no es eso —el pelinegro movió su rostro de lado a lado—. Es… es sorprendente lo adaptables que son los humanos. Debo admitir que les tengo un poco de envidia.
Shouyou sonrió y se puso de pie para alcanzar a Tobio, lo tomó de su mano y comenzó a halarlo hacia la habitación; Kageyama no ofreció resistencia y se dejó guiar por el pequeño cuervo hasta la minúscula cama.
—¡Piensas tanto que me duele la cabeza de solo verte!
—Eso pasa porque tú jamás piensas en nada —razonó.
—¡Amargo robot! —exaltó— ¡Cuando dices esas cosas no eres nada lindo!
—Si nos guiamos por esa lógica, ¿estableces que cuando no lo hago si lo soy?
Sintió sus mejillas entrar en calor.
—¡A nadie le gusta un robot fresco! —decidió.
Kageyama se atrevía a ladear su cabeza.
—Entonces, si no lo fuera, ¿te gustaría?
Hinata se atragantó con su saliva, esto no estaba pasando, esto definitivamente no estaba pasando. Un sonido como si lo estuvieran estrangulando salió de su garganta y se enterró en la cama, ocultando su rostro en el colchón. Tal vez si se quedaba de esa manera, Kageyama se convencería que él se había quedado dormido.
—Es una broma —agregó el androide después de unos minutos—, ¿ves? Yo también puedo «bromear» —no necesitó despegar su rostro de la cama para visualizar las comillas que Kageyama había hecho.
—Eres pésimo para eso, Roboyama —comentó con voz apagada por el colchón, su corazón hacía todo tipo de volteretas en su pecho.
Imaginó el puchero de Tobio cuando sintió un soportable golpe en su cabeza y escuchó las palabras: «Hinata idiota» antes que el cansancio mezclado con sueño lo dejaran inconsciente.
.
Despertó más descansado y tranquilo que la noche anterior en el cobertizo abandonado; Kageyama, como siempre, se había marchado de su lado. Shouyou llegó a preguntarse si el androide se quedó a su lado para comenzar.
Se irguió en la cama y restregó sus ojos para aclarar su mente; podía escuchar voces opacas fuera de la habitación y ver la cegadora luz del sol radioactivo de la mañana entre los resquicios de la carcomida puerta. Sin embargo, Tobio no se encontraba por ninguna parte; Hinata se puso de pie y estiró todo su cuerpo, preparándose para el día.
Alcanzó la minúscula porción de agua que tenían en el baño —complementario de la habitación, que les había costado noventa carbonos extras—; se deshizo de su ropa y comenzó a asearse. El agua se sentía celestial en su caliente piel.
Escuchó la puerta abrirse.
Cuando salió del baño, tomó la tiesa toalla —complementaria de la habitación—, la enrolló sobre su cadera y entró al cuarto contiguo. Kageyama se encontraba de pie con bolsas plásticas negras en sus manos, el androide las dejó caer sobre la cama y lo llamó para que se acercara.
Hinata comenzó a hurgar con curiosidad y se sorprendió al ver unas cuantas latas de comida, de inmediato su estómago hizo ruidos; quejumbroso de no haber recibido comida por algunos días.
Su estómago y corazón parecían trapecistas haciendo piruetas en su cuerpo.
—Duermes demasiado, así que aproveché el tiempo para investigar un poco más en los alrededores. Encontré a algunos vendedores ambulantes que llevaban un poco de comida. Ah, y también —abrió otra de las bolsas negras—, conseguí una muda de ropa para ambos.
Sacó una camisa y la extendió en sus manos, era roja y de mangas cortas; adentro también había chamarras negras, pantalones y otras camisas; botas y pañuelos.
—Le pedí al vendedor las más pequeñas que tenían, aunque fuesen de niño; algo debe quedarte —comentó seco.
—Tan frío como siempre, Roboyama —se burló, inflando las mejillas.
—Solo vístete, ¿de acuerdo?
Dicho esto, el androide se comenzó a quitar la camisa; Hinata demasiado tarde se dio cuenta que se había quedado viendo. Aunque debía admitir, con mejillas color rosas, que era atrapante ver cómo el pecho de Kageyama parecía como el de un humano, sin rastro de la división que él podía crear para ver sus adentros.
Se comenzó a quitar la camisa y Kageyama se giró, comenzando a quitarse las botas que usaba; Hinata pudo ver de reojo la espalda del androide. Una expansión limpia y tersa de piel, sin marcas, ni lunares, ni pecas. Era tan perfecto que no podía ser humano. Sin embargo, cuando se movía, los músculos se marcaban perfectamente, tenía largas piernas por su estatura; lo único que rompía la ilusión era la pierna metálica y burda que tenía remendada.
Dejó de quedarse mirando como un pervertido y se continuó vistiendo. Decidió que la mejor manera de evitar pensamientos extraños era no pisar ese terreno. Debía admitirlo, sí, le gustaba mucho la compañía del androide, quizás era la más entretenida, calmante, amena, adictiva que había encontrado. Pero eran amigos nada más.
Jamás consideró la palabra «amor» en su vocabulario. Una parte de él admiraba la valentía de las personas que lo sentían en esos días. Akaashi y Bokuto saltaron a su mente de inmediato, las caricias que se daban cuando creían que nadie los veía, o las miradas que intercambiaban, esas que solo ellos sabían el significado que cargaban.
Pero luego recordó cómo terminó eso.
Se ajustó el pantalón de mezclilla negro y amarró los cordones de las botas y el pañuelo rojo en su cuello; le quedaban como un guante.
Kageyama terminó de cambiarse, intercambiando el roto uniforme blanco por una camiseta negra —demasiado ajustada si le preguntaban a Hinata— y su chaqueta del uniforme blanco abierta encima, pantalones de mezclilla azules y las mismas botas negras que antes.
Ambos se distribuyeron algunas armas, colocándolas en pistoleras a nivel de sus costados o en su cinturón. Hinata le avisó al pelinegro que estaba listo con un pulgar hacia arriba; Tobio asintió y salieron de su habitación.
—¿Sabes dónde ir ahora? —preguntó el androide.
—No sé las coordenadas exactas del Nido, pero sé que está entre la Zona 4 y 3. —Se cruzó de brazos—. Si deambulamos por el área, podríamos encontrarnos con algún miembro de la Vanguardia que patrulla las Zonas o con un miembro de los Exploradores en alguna misión de reconocimiento.
—¿Deambular? —Kageyama sonaba escéptico—. Eso suena a que dejas demasiado al azar; ¿no puedes estar seguro de nada más?
—¡Roboyama! —se quejó el pelirrojo alargando la última «A» por capricho— ¡Si se te ocurre algo mejor eres bienvenido a opinar!
—¡Tú eres el idiota que ya ha estado ahí adentro, idiota!
—¡Hago lo mejor que puedo con lo que tengo! Qué es algo más de lo que tú haces —sacó su lengua para enojarlo, porque no sabía que más hacer.
Escucharon a alguien aclararse la garganta y su discusión se terminó de golpe. Ambos se quedaron congelados y miraron a su alrededor; estaban tan perdidos en su pequeña disputa que no notaron cuando fueron rodeados por una banda de rufianes del desierto.
Eran siete y cada uno tenía varas de hierro o tablas de madera como arma, los miraban con recelo y sonrisas torcidas. Veían con avidez la mochila que contenían las armas y los carbonos que les quedaban; habían formado un circulo completo a su alrededor, no tenían salida y seguramente no los dejarían correr.
—Ey, niñatos —llamó el que tenía apariencia de ser el líder, tenía cabello negro peinado hacia atrás y se veía más viejo de lo que debía ser—, nosotros no queremos lastimarlos y ustedes no quieren que los lastimemos; así que ahorrémonos toda esa riña y me entregan esa mochila que llevan ahí.
Kageyama y Hinata se vieron de soslayo, el androide arqueó una delgada ceja. El chico de menor tamaño hizo un recuento de todas las «armas» que tenían. El líder de la pandilla de rufianes se rió entre dientes.
—Ya veo, deben ser nuevos por esta Zona. Mi nombre es Yoshiki Towada, y yo mando las Zonas —extendió su puño al par de chicos y levantó sus larguiruchos dedos con cada palabra— 1, 2 y 3. Todos me temen y los draculoides no se me acercan, ni a mí ni a mi grupo, Los Ougiminami.
Esta vez fue el turno de Shouyou de arquear una ceja, era evidente que no había mencionado la Zona 4 porque ahí se encontraban los Killjoys. Ese payaso no tenía idea de lo que había más allá de sus narices.
—Entonces —amenazó Yoshiki—, no lo repetiré otra vez, niñatos, entréguenme esa mochila, ahora.
Sabía que la mano del pelinegro ya estaba sobre su pistolera, pero Hinata debía detenerlo.
—Kageyama —llamó, sintió los ojos azul marino sobre él—, sin matarlos, ¿de acuerdo?
El androide chasqueó la lengua, se tendría que esforzar más para eso.
—De acuerdo.
Esto hizo estallar a Yoshiki.
—¡¿Eh?! ¡¿Pero por qué clase de broma nos toman?! ¡¿Ah?! —gritó, subiendo su voz unas cuantas octavas y corrió hacia ellos.
Hinata comenzó a correr en su dirección también, zafó el pañuelo de su cuello y sujetó cada extremo de la tela en cada mano. Los movimientos de Yoshiki eran mecánicos y simples de adivinar; había luchado con cosas peores en su tiempo, atrapó la vara de hierro oxidado entre su pañuelo y dio una vuelta de ciento ochenta grados, empujando con todo su peso para arrojar el cuerpo de Yoshiki a la arena.
Escuchó los ruidosos pasos de otro miembro del grupo que se iba a abalanzar sobre él, se inclinó hacia atrás y eludió el golpe. Arrojó su puño con fuerza e impactó en el rostro del tipo, era como diez centímetros más alto que él pero lo logró derribar. El líder de la manada se comenzaba a poner de pie nuevamente, pero Hinata fue más rápido y golpeó su quijada con la vara de metal; Yoshiki cayó de nuevo al piso y no pareció querer volverse a levantar.
Otro tipo lo aprisionó contra su pecho, éste era más bajo; así que Shouyou tomó la oportunidad y lo golpeó con su cabeza. Todos tenían muchas aberturas en su defensa, peleaban como aficionados; ni siquiera se podían comparar con los draculoides, mucho menos con los killjoys o lo que decían de los S.C.A.R.E.C.R.O.W.
Supuso que Kageyama, quién había sufrido la ira cruda de Oikawa, estaba pensando lo mismo; pues al momento que Hinata terminó con los tres rufianes, Tobio pateaba el pecho de su cuarto.
Los demás estaban en el piso, torciéndose del dolor.
El androide se sacudía su ropa de la suciedad que la pelea improvisada le había causado y Hinata estiraba su hombro, ondeando su brazo en círculos concéntricos. Yoshiki se arrastraba lejos del dúo, murmurando cosas acerca de cómo dejaría que ellos se escaparan por ahora.
Kageyama miró a Hinata con ojos entornados y arqueó una ceja.
—¿Pensaste en otro plan más factible para llegar al Nido o tu mente es tan pequeña que no sabes ni como atar los cordones de tus zapatos? —continuó la pelea como si nada había pasado.
—¡Demonios, Roboyama, ayudaría también si tu mecánico trasero aportara algo a la mesa!
—¿Cómo esperas que sepa? ¡Ni siquiera llevo más de setenta y dos horas en el desierto!
—¿No te enseñaron a guiarte, En las clases de «Cómo ser un robot para dummies»?
—No entiendo esa referencia —gruñó, haciendo una mueca de enojo— ¡Pero si no lo recuerdas, Hinata idiota, mi intercomunicador se apagó al salir del campo electromagnético de la ciudad!
—¡Bien! Entonces solo debemos comprar un mapa de las Zonas y luego…
Fue interrumpido cuando Kageyama cayó al piso sobre una rodilla, dejó caer la mochila a un lado. Hinata la recogió de inmediato y ayudó al androide a ponerse de pie.
—¿Kageyama —preguntó—, pasa algo?
—… no es nada —aseguró, sin embargo sus facciones se contorsionaban de dolor—; solo un decaimiento. Estoy bien.
—Es tu batería, ¿no es así? Se te está acabando la energía —llegó a la alarmante conclusión.
—Estoy bien, todavía puedo durar unos días más.
—No te creo, debemos llegar a la tienda de Chow Mein y conseguirte un poco de plus. Ven, ya estamos cerca de la Zona 3.
Se le ocurrió una traviesa idea al ver algunas motocicletas que le pertenecían a los vencidos «Ougiminami» o lo que fuera. Registró al líder y gritó Bingo cuando encontró las llaves. Corrió hacia Kageyama y lo tiró de la muñeca, llevándolo a la moto; ésta, a diferencia de las motocicletas eléctricas de BL/ind, funcionaba con gasolina.
Afortunadamente para ellos, tenía el tanque lleno.
Hinata tomó el manubrio y Tobio se sentó atrás de él, de la misma manera que lo había hecho cuando salieron de la Ciudad Batería. No quería saber qué pasaría si la batería de Kageyama se quedaba sin energías, pero sabía que no podía ser algo agradable.
Después de ver cómo el androide le conseguía algo de comer sin pensar en su propio bienestar… Shouyou aumentó la velocidad de la motocicleta, se mordió el labio con fuerza, intentando tranquilizar el fuerte latido de su corazón y el zumbido que las abejas hacían en su estómago.
Kageyama se sostenía de su cuerpo, poniendo una mano a cada lado de sus costados; Hinata tenía demasiado presente el pequeño toque, por alguna razón no podía pensar en otra cosa que no fuera la calidez de su mano en su cuerpo. ¿Cómo pudo haber un cambio si hace menos de tres días habían estado en la misma posición? Rechinó los dientes con enojo.
Esto iba a ser molesto.
Gruñó con enojo y limpió sus anteojos con la tela vieja de su camisa de rayas rojas, sus lentes se llenaban de sudor y era molesto; limpió su rostro también. Aunque debía admitir que el cambio de rutina era fresco y diferente; ahora cada vez que su turno en el cuarto de Inteligencia terminaba se iba directo a la arena de entrenamiento para practicar con la espada.
Había pasado algunas semanas y su desempeño había mejorado. Podía defenderse y desarmar a sus oponentes; Akiteru le había regalado una katana —él tenía tres, así que Kei no se preocupó por afectar el desempeño de su hermano—, pero no le permitía usarla dentro de Nido.
Al lado contrario Tanaka, quién por fin se había librado del yeso, estrenaba su pierna sana golpeando y practicando con otro maniquí. Estaba, claramente desobedeciendo las órdenes de Ennoshita, quién le había dicho que se tomara con calma las primeras semanas.
El otro Tsukishima pensaba que debía practicar sus movimientos primero y luego preocuparse por el peso y la sensación del hierro. Akiteru era el experto, ¿no? Así que decidió escucharlo, las prácticas consistían en Kei golpeando y repitiendo pasos de defensa con una larga vara de madera y un maniquí hecho de un saco con arena; sobre una tabla de madera.
En los días que había pasado, se comenzó a sentir más liviano que antes, acostumbrándose a la sensación de la vara en sus manos. El problema era que… su entrenador no se encontraba en el lugar.
Akiteru había salido a una misión hacía un par de días y ahora otro se había ocupado de su entrenamiento.
—¡Pon un poco más de hombros, Inuoka! —gritaba Kuroo a un chico de gran estatura y cabello parado.
Pantera Anfetamina, uno de los más habilidosos miembros de la Vanguardia a la hora de luchar con armas blancas, se encargaba de entrenar a los chicos más jóvenes e inexpertos. Claro que, él luchaba con un hacha, Akiteru se especializaba con las katanas así que su hermano era quién se encargaba de entrenar a Kei.
—Tsukki, no he dicho «descanso», ¿o sí? —regañó.
Kei rechinó sus dientes y continuó, atacando y defendiéndose del maniquí; Tetsurou podía ser un idiota en las misiones o… en cualquier situación en general; pero cuando se trataba de enseñar, daba un cambio de ciento ochenta grados. Inouka parecía al borde de un colapso, respiraba dando grandes bocanadas de aire y se había arrojado al suelo a descansar.
—Inuoka, eso va para ti también —reprendió—. De pie, ahora.
—Hemos estado haciendo esto desde hace horas —se quejó Tsukishima. Estaría bien si solo tenía cinco minutos de descanso; aunque se arrepintió del tono que usó, no quería sonar tan abrasivo.
—Cuando estén allá arriba por largas misiones, los chicos malos no dejarán que se tomen algunos minutos de descanso —Kuroo se cruzó de brazos.
—Estoy seguro que el señor maniquí me estará esperando cuando regrese.
Tetsurou se rió a carcajadas.
—Sí, estoy contigo, esos maniquíes apestan —su sonrisa torcida estiraba las comisuras de su boca.
Tsukishima arqueó una ceja.
—¿Eso significa que podemos…?
—Pero no puedes aprender a luchar sin antes practicar —interrumpió, perfilando sus largos colmillos—. Ahora, sigan.
Y con eso, Pantera se dio la vuelta, terminando la conversación.
—Ah, diablos —murmuró.
Él estaba por encima de un entrenamiento tan básico.
—A menos qué… —escuchó la voz de Kuroo, dándose la vuelta y mirándolo— ¿quieres un entrenamiento más difícil?
Tetsurou no era tan idiota como aparentaba.
—¿Y esto? ¿Y esto? —preguntó divertido— Eso es lo que quieres, Tsukki. De acuerdo, se me hace difícil decirte que no —Y sin embargo sus labios se enrollaban en una sonrisa maliciosa, era difícil creer que Pantera era de los buenos—. Yo seré tu oponente —avisó—, intenta golpearme una vez.
—Me ganarás de inmediato —estableció sin expresión en su rostro.
—¿Pensé que querías un entrenamiento más adecuado para ti?
—No soy tan demente como para creer que estoy cerca de tu nivel.
—Te diré qué, no necesitas ganarme, solo golpéame una vez; además si lo pensamos un poco, tienes una «katana» —señaló la vara—. Con un solo ataque, puedes matarme.
Tsukishima vio hacia un lado.
—Bien, no usaré armas —hizo saber—, y si me ganas; te dejaré descansar por el día. Eso va para ti también, Inuoka, si Tsukki me golpea eres libre de irte.
—¡Vamos, Tsukishima! —apoyó sin pensar el otro killjoy.
Qué molesto.
Separó las piernas y sostuvo la vara de madera entre sus dos manos.
—De acuerdo. —Acomodó sus lentes con el dedo índice.
El enfrentamiento comenzó, primero apuntó hacia el costado de Tetsurou; se defendió limpiamente. Luego fue por su cabeza, Pantera se agachó y se hizo a un lado. Regresaba cada vez a su posición, dos puños frente a él, saltaba de un lado a otro, sin embargo no atacaba.
Siguieron así por otros minutos, Tsukishima ni siquiera se acercaba a golpearlo, pero eso no lo desmotivaba. Rechinó sus dientes del enfado, esto se había vuelto personal. Tetsurou sonreía con socarronería, el rubio quería golpearlo en medio de los ojos.
Paró sus ataques después de varios minutos, respiraba por su boca, dando grandes bocanadas de aire.
¿Este tipo era real?
—¿Te rindes?
—N… no.
—Eso es, chico —felicitó.
Tsukishima reanudó sus fallidos intentos en golpearlo; tal vez no podía igualar la velocidad de Pantera, pero podía cansarlo hasta ralentizar su paso. Entonces aprovecharía para darle un buen golpe en la cabeza. Podía escuchar los vitoreos del despreocupado Inuoka apoyándolo a él.
Y luego se agregaron los gritos alentadores de Akiteru.
El de anteojos miró atrás con rapidez para ver que su hermano había regresado de la misión y ahora estaba apoyando en la repentina pelea. Regresó su atención al gato negro que tenía en frente e intentó recordar las instrucciones de Akiteru; los pasos livianos que debía dar para moverse con rapidez.
Pero la teoría y la práctica eran dos cosas completamente diferentes: Un paso atrás, dos pasos adelante, ataca y defensa.
Un paso atrás, dos pasos adelante, ataca y defensa.
Kuroo no se quedaba quieto y no estaba cerca de alcanzarlo.
Uno, dos, tres, defensa.
Un paso atrás, dos pasos adelante, ataca y defensa.
Uno, dos, tres, defensa.
Uno, dos, tres, defensa.
Maldita sea, maldito Tetsurou Kuroo.
A sus espaldas, los vitoreos habían crecido y Tsukishima escuchó la voz de Tanaka también —los dos hermanos—, Sugawara, Nishinoya. El ruido lo desconcentraba y Pantera no se quedaba quieto.
Uno, dos, tres, defensa.
Uno, dos, tres, defensa.
Esto no estaba llevándolo a ninguna parte.
—¡Kei —exclamaba su hermano—, recuerda los pasos!
Demonios, sí los recordaba. ¿Qué creía que había estado intentando hacer todo el tiempo?
—Ya sé —decía, apretando los dientes.
Uno, dos, tres, defensa.
Sugawara gritaba alentándolo, Nishinoya solo hacía ruido.
Kuroo bailaba de un lugar a otro, parecía como si la vara lo atravesaba.
—Uno, dos, tres, defensa —recordaba su hermano—. Uno, dos, tres, defensa.
—¡Lo sé, Akiteru! —se giró para ver al otro rubio, fue un segundo; bajó su guardia un segundo.
En ese segundo fue barrido de sus pies, cayó de espaldas al piso, golpeando su cuerpo. La vara estaba sobre su regazo, se sentó con velocidad y miró a Kuroo frente a él, tenía una pierna estirada —responsable de haberlo arrojado al piso— y estaba de cuclillas.
La multitud de atrás hizo un ruido de decepción, parecía que lo habían estado apoyando a él.
Pantera se puso de pie.
—Regla número uno —informó, acercándose a él, le ofreció una mano para que se pusiera en pie—, nunca le des la espalda al enemigo. Ni siquiera por un segundo.
Tsukishima resopló por la nariz, aceptó su mano y se levantó.
De acuerdo, debía aceptarlo, aún tenía mucho más que aprender.
El agarre de Kageyama había disminuido su fuerza cuando llegaron a la Zona 3.
Hinata intentaba provocarlo para sacarle rabietas pero era más difícil ahora, el androide no parecía prestar atención. Todavía había luz solar cuando llegaron a la tienda de Tommy Chow Mein, un supermercado con ventanas rotas y puerta de vidrio. Paró la motocicleta y ayudó a Kageyama a bajarse, sus movimientos parecían soñolientos.
Se encargó de llevar todo el peso del androide adentro de la tienda; parecía que desde que habían salido de la ciudad, la responsabilidad de protegerlo había caído en Shouyou. Al pelirrojo no le molestaba. Empujó la puerta de vidrio roto en dónde estaban pegados diferentes anuncios viejos de drogas para la felicidad y personas perdidas.
Se asemejaba a un supermercado, estantes que le llegaban a su barbilla llenos de productos dividían la pieza en pasillos. Había de todo, latas de comida, bolsas con frituras, cigarrillos, tintes para el cabello, algunos dulces. Era difícil de creer que estaban en el apocalipsis ahí adentro.
Al fondo estaba el vendedor, detrás de la caja registradora.
Era un viejo con ojos rasgados y una sonrisa que parecía permanente; cabello blanco como nubes y una chaqueta roja deportiva. A Hinata siempre le había parecido igual a un viejo gato.
Llevó casi a rastras a Kageyama.
—¡Necesitamos plus!—urgió!
El viejo, abrió sus cansados ojos con sorpresa y miró al pelinegro de pies a cabeza.
—¿Es… eso un androide?
—¡Por favor! ¡Es urgente!
Chow Mein sacudió su cabeza y murmuró las palabras «Claro, claro»; antes de desaparecer en la parte trasera de la tienda.
—En… mi espalda —murmuró Kageyama débilmente—, debes ponerlo en mi espalda.
Hinata miró alrededor de la tienda, con el vendedor fuera de vista, un rebelde bribón tomó unas cuantas latas y las escondió en su chaqueta. El chico que no debía tener más de veinte años se dispuso a correr hacia la salida cuando el ruidoso sonido de una escopeta rugió en las cuatro paredes.
La bala había impactado en el piso cerca de su pie.
Chow Mein había regresado y tenía el arma en su mano; el chico parecía que se iba a orinar ahí mismo. Las arrugadas facciones del japonés se fruncían en su cejo.
—Fuera de mi tienda —carraspeó.
El pobre chico obedeció, su cuerpo temblaba del miedo y las latas cayeron al suelo produciendo un fuerte sonido metálico. La pequeña campanilla sonó cuando la puerta se abrió. Hinata devolvió la mirada y el hombre de cabello como nube tenía un pequeño cuadrado en su mano, el artefacto blanco tenía el logo sonriente de Better Living. Shouyou lo tomó con cuidado y se dirigió al androide.
No tenía idea de cómo funcionaba, pero las instrucciones de Kageyama no habían sido complicadas. Subió su camisa y colocó el plus en su espalda; inmediatamente se adhirió a su piel y desapareció, venas negras se formaron en su piel a medida que se distribuía la energía.
Tobio gruñó y enrolló sus dedos en un puño; luego dejó salir una bocanada de aire y abrió sus ojos. Hinata notó que los orbes azul marino se habían tornado blancos por un momento, iluminando una parte de la tienda, pero a medida que Kageyama parpadeaba se tornaban del mismo color que antes.
—¿Te encuentras bien? —preguntó el cuervo con preocupación.
Fue interrumpido cuando el vendedor, qué se había colocado a su lado ahora, tomó la mandíbula de Kageyama y levantó su rostro para inspeccionarlo. Ladeó su cabeza a un lado, mirando cada detalle, luego hacia el otro, hacia arriba y abajo. El androide, quién todavía se miraba mareado, se dejó manipular.
—Extraordinario —exaltó—; en todos mis años, jamás había visto un androide desde tan cerca —Obligó al pelinegro a abrir la boca, inspeccionándolo como si fuera un animal—. Verdaderamente espléndido.
—¿Es la primera vez que ve uno? —preguntó el pelirrojo con curiosidad.
Kageyama se apartó del toque del viejo vendedor, un poco avergonzado por la atención y se ocultó atrás de Hinata.
—Después de las guerras de helio, sí —aclaró el hombre con ojos felinos y cabello blanco—. Pero dime, ¿qué hace un robot activo y fuera de Ciudad Batería?
—Yo… —Kageyama parecía perdido—… no tengo idea…
Recibió una palmada alentadora en su espalda, el sonido fue tan ruidoso que llenó toda la tienda de conveniencia. Tobio fue arrojado hacia el frente.
—Recuerdo cuando los de tu clase fueron programados para asesinar en las guerras —comentó, mirándolo con recelo—, perdí muchos camaradas a manos de tus metálicos compañeros.
—Lo… lo lamento.
—Espere —interrumpió el cuervo—, esa no es culpa de Kageyama. ¡Eso sucedió hace décadas! Apuesto que Kageyama ni siquiera recuerda eso, o quizás no había sido fabricado, ¿pensó en eso?
El androide solo abría los ojos como platos, tomado por sorpresa, debido a la acción de Hinata por defenderlo. Shouyou ni siquiera había planeado hacerlo, las palabras habían salido solas.
—Veo que este chico realmente ha quedado prendado contigo, ¿eh?
Un chillido agudo salió de su garganta, sin embargo Kageyama veía al viejo y mantenía su distancia.
—¿Pre-pre-prendado? —Hinata se rió forzosamente.
—Debo admitir, ustedes dos han llamado mi curiosidad, no es de todos los días ver que un chico irrumpe mi tienda con tanta urgencia para salvar la vida de un droide. Sí ustedes comparten un poco de su historia conmigo, haré lo mismo por ustedes.
El par solo se miró de reojo.
—De acuerdo, yo comenzaré —volvió a hablar Chow Mein—. Mi verdadero nombre es Yasufumi Nekomata y luché por muchos años en las guerras de helio. Al lado de Ikkei Ukai.
—¿¡Conociste al fundador de la resistencia!? —gritó el pelirrojo.
Nekomata se rió al ver su impaciencia.
—No solo eso, fuimos viejos amigos desde la infancia.
Hinata estaba seguro que su boca llegaba al suelo; luego se sacudió, había olvidado presentarse.
—Soy Shouyou Hinata, mi alias es Sol Inferno.
—¿Sol Inferno? —preguntó el viejo de ojos rasgados—. Tu nombre se me hace familiar, me parece haber escuchado… ¿No fuiste tú el que murió? —señaló, quizás demasiado sosegado.
—¿Creyeron que morí? —se exaltó, pero si lo pensaba por más segundos tenía sentido. El androide lo había atrapado y seguramente el convoy dedujo que las probabilidades de sobrevivir en la ciudad eran cerca del cero por cierto—. Estuve cerca de morir, pero Kageyama me logró rescatar.
Esto pareció llamarle la atención, Nekomata miró al androide.
—Tobio Kageyama —se presentó—, fui exterminador antes de lograr huir de Ciudad Batería.
El viejo Chow Mein se rió entre dientes, divertido del asunto.
—Son bienvenidos a quedarse por esta noche, tengo algunos cuartos libres atrás de la tienda; un viejo amigo vendrá está noche y estoy seguro que querrá escuchar toda su aventura.
Los dos chicos se miraron; Shouyou sonrió, ¿comida y lugar para pasar la noche gratis? No se atrevería a decir que no.
—Ah, y el plus va por cuenta de la casa —agregó Nekomata.
—¡De acuerdo! —aceptó Kageyama.
.
Cuando llegó la noche conocieron a Manabu Naoi, un ayudante de Nekomata era más alto y más joven que él. Les dio la bienvenida con una sonrisa y se dispuso a preparar la cena, mientras el viejo vendedor los entretenía con historias de las guerras.
—¡Lamentamos llegar tarde! —escucharon el grito proveniente de la entrada.
Ese debía ser el «viejo amigo» de Nekomata.
—Quise convencerlo de partir más temprano de la Zona 5, pero cinco minutos se transformaron en 3 horas —entró un hombre con anteojos y cabello negro y corto.
—Necesitaba terminar la emisión de la tarde —vino una voz de la puerta—, los chicos necesitan escuchar una voz que los guíe y mantenga informado acerca de lo que está pasando.
Esa voz…
—¡¿El Doctor Desafiando a la Muerte?! —gritó el pelirrojo.
La voz se rió entre dientes y llegó por el pasillo un hombre de cabello decolorado peinado hacia atrás, empujado por una banda elástica que los mantenía en su lugar; tenía perforaciones en las orejas y cejas gruesas y negras. En sus dedos, sostenía un cigarrillo encendido.
Se movilizaba en una silla de ruedas.
—¿Oh? ¿Tendremos a un bebé de los motores de compañía esta vez, Chow Mein? —Saludó al verlo.
—¡Doctor D.! ¡Es un honor conocerlo; siempre lo consideré como un modelo a seguir!
—Vamos, no lo consideraría gran cosa; solo soy un tipo que dice lo que cree es correcto y conecta unas melodías dulces.
—¡Soy Shouyou Hinata! —luego agregó— ¡Sol Inferno!
El Doctor D. abrió la boca del asombro, el cigarrillo que sostenía se cayó al piso; movió con sus manos la silla de rueda hasta llegar a él. Quizás necesitaba comprobar que no se trataba de una aparición.
—¿Sol… Sol Inferno? ¿El pequeño Sol Inferno? Estás vivo… ¡Es un milagro, chico!
—No, no —corrigió el viejo Nekomata—. No un milagro, sino un droide.
—¿Un droide? ¿Aquí en el desierto?
El hombre de cabello como nube señaló en dirección de Kageyama, el Doctor Muerte lo vio y en una fracción de segundo sacó un arma; apuntó al pelinegro. Kageyama se tensó.
—¡No! ¡Espera! —exclamó el pelirrojo.
—No me importa saber cómo es posible que un androide pueda funcionar aquí afuera, he sido intentado asesinar por suficientes robots como para saber que no son buenas noticias.
—Pues este androide es el responsable de haber salvado a Shouyou Hinata —explicó Nekomata, su voz sosegada como siempre.
El locutor de la radio seguía apuntándole.
—Y, escuchando la narración de Shouyou —siguió agregando tranquilamente—, parece que el droide se rebeló contra Tooru Oikawa.
—Tú… ¿qué?
—Vamos Keishin —aconsejó Nekomata con desaprobación—, siéntate y comamos por la noche. Compartamos historias con nuestros amigos, mañana será un nuevo día.
Reacio, el Doctor D. bajó su arma y alcanzó la cajetilla de cigarrillos en la bolsa de su chaleco y lo encendió, colocándolo en sus labios nuevamente.
—Me llamo Keishin Ukai —se presentó, solamente viendo a Hinata—, el nieto de Ikkei Ukai.
El pelirrojo vio estrellas de la felicidad, era increíble poder conocer a todas estas personas. Miró de reojo a Kageyama, parecía sentirse fuera de lugar.
—¡Guau!
—Así es, fue idea de mi abuelo organizar la resistencia contra Better Living —le dio una larga calada a su cigarrillo—, que la Bruja Fénix se ocupe de su alma en el más allá.
—Seguramente está orgulloso de ti —carraspeó el vendedor.
—Fue una pena, siempre quise ser un killjoy —miró sus muslos—, pero las guerras de helio se robaron mis piernas —liberó una nube de humo blanco de su boca—. De acuerdo, Shouyou Hinata, llamaste mi atención, cuéntame un poco más de ti y del androide que te acompaña.
Con sus palabras me sacan sonrisas :), son más que bienvenidas(os) a dejar un pequeño comentario.
Nos leemos luego~
