¡Feliz viernes! ¿O sábado? Espero que disfruten el capítulo de hoy.

¡Gracias Renzo S. Kuznetsov por editar mis errores!

El nombre del capítulo de hoy es una canción del artista Hozier, ¡es hermosa! Y me sirvió de inspiración para escribir, si tienen la oportunidad escúchenla.

»Nombres de killjoys:
Cuervo Nicotina: Daichi Sawamura.
Ceniza Radiante: Koushi Sugawara.
Histeria: Keiji Akaashi.
Sol Inferno: Shouyou Hinata.
Pantera Anfetamina: Tetsurou Kuroo.
Sombra Brillante: Kenma Kozume.
Chispa Neón: Yuu Nishinoya.
Terror Ruidoso: Ryuunosuke Tanaka.
Espina de Canela: Hitoka Yachi.
Silencio Infeccioso: Ennoshita Chikara.
Ácido Lunar: Kei Tsukishima.
Amanecer Tóxico: Asahi Azumane
Dulce Voraz: Shimizu Kyoko
Cianuro Carmesí: Morisuke Yaku
Volumen Vibrante: Saeko Tanaka
Eclipse Impuro: Akiteru Tsukishima
Visaje Marfil: Kazuhito Narita
Sonido Detonador: Hisashi Kinoshita
Fuego Radioactivo: Sou Inuoka
Tommy Chow Mein: Yasufumi Nekomata
Doctor Desafiando a la Muerte: Keishin Ukai «


Like real people do

Levántense y brillen mis cometas del desierto.

Aquí su sanador, su confidente, el médico que les receta las mejores melodías moribundas: Doctor Desafiando a la Muerte, acariciándolos con mi voz hasta donde alcanza llegar la estática.

Un grupo de veinte renegados del desierto fueron vaporizados por un séquito de draculoides en la Zona 6 a las 1300 horas de ayer. Puede que nuestros enemigos ya tengan el cerebro hecho puré, pero sus armas aun cargan balas de plomo, mis queridos oyentes.

Y las balas, mis cuervos, duelen como un demonio.

En otras noticias, los cigarrillos en la tienda de Tommy Chow Mein tienen el 20% de descuento, dulces rebeldes. Y si tienen la nicotina incrustada en sus huesos como yo, deben conseguirlos mientras pueden.

Hasta que nos veamos en la carretera o en la siguiente emisión.

Doctor D. fuera…

Kkkkkkk….

—Hombre, ¡¿me estás diciendo que tú golpeaste a Oikawa con un maldito camión de carga?! —gritó Terror con júbilo, seguido de un silbido y una risa contagiosa.

—¡Shouyou, eso es genial! —celebró Nishinoya, saltando del suelo— ¡Ni siquiera los miembros de la Vanguardia han podido hacer eso!

Hinata se rascó la cabeza sintiéndose ligero.

—¡Ey! —rezongó Tanaka, un orgulloso miembro de esa rama—. Danos un poco más de crédito, Chispa.

El experto en explosivos se rio.

—¿Qué hay de ti, Andro…? Eh… ¿Kageyama? —cuestionó Yuu parando la palabra antes que saliera.

Esto al pelinegro lo tomó desprevenido, los cuatro estaban cerca de la arena de entrenamiento; era el turno de Tanaka de vigilar al androide, pero luego Chispa Neón había llegado y se había convertido en una reunión entre amigos.

Hinata estaba agradecido por el par de rebeldes. Era apenas el segundo día desde que el androide había llegado al Nido, y como lo había esperado, los rebeldes no se lo habían puesto fácil. Trataban al pelirrojo con felicidad y cariño, pero era lo opuesto con Kageyama.

Solo pocos de los killjoys lo trataban como uno de ellos; entre esos, los dos Tanaka, quienes eran más abiertos de mente de lo que Shouyou había esperado. Nishinoya, aunque el rebelde parecía que jamás podría tratar mal a algo viviente; Yachi y Asahi también, por la misma razón.

Otros lo trataban con cautela, queriendo averiguar más con mirarlo al moverse, como Kuroo, Kenma, Daichi, Sugawara y Akiteru. Mientras que unos pocos simplemente parecían que todo el asunto les daba igual, como Tsukishima.

Y luego estaba Akaashi.

Desde que habían llegado, el pelinegro no se había separado de su lado; y Hinata sabía mejor que acercarse a Histeria mientras Kageyama estaba con él.

—Sí, al parecer fue la primera vez que alguien llegó a nuestro lí… —Tobio se congeló—… a Oikawa y actuó en su contra así.

Chispa y Terror compartieron miradas, conscientes de las palabras que casi se deslizaban del pelinegro; pero Tanaka fue el primero en reírse, dando palmadas en la espalda de Hinata, Noya comenzó a revolver sus hebras con cariño.

—¡Shouyou! ¡Shouyou! Lo hiciste, eres genial.

Que alguien tan genial como el creador de bombas le dijera eso; de verdad se sentía bien.

—Uh… —murmuró una suave voz detrás de ellos, Hinata se giró y se sorprendió al ver al rebelde.

—¡Akaashi! —exclamó.

Tobio se tensó a su lado, reconociendo al responsable de casi dispararle el día anterior.

—Tranquilo, robot —avisó, poniendo una palma extendida frente a él—, no vengo a hacerte daño.

Claramente tampoco a disculparse.

Noya y Tanaka se miraron, alistándose para cualquier movimiento repentino que pudiera venir de cualquiera de los presentes. Sin embargo, sabían cuando intervenir, pues se acercaron a Kageyama, Tanaka dejó caer su mano encima de su hombro, asustando al pelinegro.

—Kageyama, ¿qué te parece si vamos a la cafetería? ¡Tal vez prepararon algo para el almuerzo! —sugirió Nishinoya.

—… claro —aceptó el droide, aunque claramente no le habían dado opción y él ni siquiera comía.

Hinata vio a los tres alejarse, sintiéndose algo extraño, pues era de las pocas veces que se alejaban desde el momento que Tobio lo había encontrado. No había reparado en todo el tiempo que había pasado a su lado, así que concluyó que al robot le haría bien poder conocer a todos los rebeldes por su propia cuenta.

Estaría bien.

—Hinata… —comenzó Histeria, pero el pelirrojo lo cortó con un fuerte abrazo.

Tomó al pelinegro desprevenido pero en segundos le correspondió.

—Lo siento, nunca… nunca fui bueno para estas cosas —explicó, tomando asiento en una silla al lado de él—. Debí haberme acercado al primer momento que te vi, pero… lo lamento, fui débil y…

—Está bien, Akaashi —aceptó con una sonrisa, luego se rascó su mentón, sintiéndose culpable también—, yo también lo lamento. No te saludé cuando debí, es sólo que —miró hacia abajo—… siento que también es mi culpa, lo que le pasó a Bokuto y… fui yo quien trajo a Kageyama al Nido y…

Dos dedos se colocaron en su mentón suavemente y levantaron su rostro para hacerlo ver al frente; Akaashi tenía la misma mirada que antes, llena de bondad. A veces regresaban atisbos de ella, pero solo durante algunos días, unos pocos minutos.

—Niño, no te disculpes por eso. No tuviste la culpa que las cosas salieran como salieron. Es más, debes perdonarme por perderte de vista, fue nuestra culpa que tu salieras por los aires y te dejáramos ahí —Se mordió el labio—. Kyoko, Koutarou, Kuroo y yo éramos los veteranos de la Vanguardia, no te debimos perder de vista ni un segundo.

Era extraño, Hinata no podía culparlos y no lo haría; ya había decidido que solamente fue él estando en el lugar equivocado en el momento correcto. Porque si no hubiera pasado, jamás habría conocido a Kageyama y el androide seguiría siendo un malvado exterminador toda su vida.

—La culpa ha sido pesada desde que regresamos, perdimos dos personas importantes en esa misión —explicó cerrando sus ojos con empatía—; pero te tenemos de regreso y eso es suficiente para levantarla. Eso es suficiente para mí.

Hinata sabía que no lo era, pero no dijo nada.

En lugar de eso, Inferno se recostó sobre el brazo de Histeria; casi instantáneamente sintió al pelinegro relajarse. Cuando Akaashi volvió a hablar, el pelirrojo podía sentir las vibraciones en la barítona y sosegada voz de él.

—Tengo una idea —dijo, aunque sonaba más como algo que ya había planeado desde el momento que se decidió en llegar—, ¿qué te parece si salimos arriba un rato? ¿Continuar tus prácticas de tiro?

—¡Sí! —exaltó, no había manera que rechazara esa oferta.

Ambos podían fingir que toda la misión a Ciudad Batería jamás había pasado y regresar a tiempos más fáciles. Hinata no mencionó al androide, sabía que cuando estuviera con Akaashi mencionar a Kageyama sería como caminar sobre fino hielo.

—Me alegro —comentó—, te diré qué: iré a hablar con Kenma para que abra la compuerta, prepararé un automóvil y te veo en el taller en diez minutos, ¿qué te parece?

Sabía que le estaba dando tiempo para avisarle a Kageyama, tampoco podía abandonar al androide sin decirle nada; aunque no dijera las palabras, la sola acción era suficiente para gritar que Akaashi estaba tratando, y eso significaba mucho.

—¡De acuerdo!


—¡Roboyama! —escuchó a Hinata gritar desde la puerta.

Sintió una extraña mezcla de enojo y vergüenza al escuchar las risillas de los dos rebeldes que lo acompañaban. La necesidad de darle un golpe al pelirrojo se arrastró hasta él; pero sopesó que, violentar contra uno de ellos —aun hacia uno acostumbrado a ese trato como Hinata— sólo tendría un efecto negativo ya que sería una malísima impresión.

Todavía caminaba sobre un campo minado.

En su núcleo lo supo desde el momento que su intercomunicador se apagó, sabía que Hinata haría hasta lo imposible por volver a su Nido; el rebelde no se quedaría de alas cruzadas mientras el mundo se pudriese más. A Kageyama todavía le faltaba decidir si él querría hacer algo.

Según su experiencia previa, no estaba emocionado en volver a enfrentarse a Oikawa en una batalla. Cuando acordó, Shouyou estaba frente a él.

—Roboyama —llamó otra vez—, saldré un rato con Akaashi —miró de reojo a los dos rebeldes que lo acompañaban y se mordió el labio. Tobio supuso que Hinata preferiría estar a solas, pero eso ya estaba fuera de las posibilidades. Kageyama podía deducir qué era lo que quería decir.

«¿Estarás bien hasta que venga?»

—De acuerdo —aceptó Kageyama, asintiendo y contestando su pregunta.

Sabía que Nishinoya y Tanaka —recordaba que esos eran sus nombres, pero eran demasiados todavía— eran salvajes y se veían peligrosos, a diferencia de esos rufianes que se encontraron en el desierto, pero no parecían querer hacerle daño a pesar de sus orígenes.

—De acuerdo —regresó Hinata con su enorme sonrisa, la que pintaba sus mejillas de carmín y Kageyama tenía problemas para dejar de mirarla.

Shouyou no dijo más y salió de la cafetería con la misma velocidad que había entrado, escuchó atrás de él las risillas de Tanaka, seguido por un susurro de Nishinoya; «Hombre, dales un respiro a los tórtolos».

—¿Qué? —Tobio giró su rostro, desconcertado por sus palabras.

—Nada, nada —aseguró el de menor tamaño—. Entonces —comenzó, como si nada la conversación de antes—, todos ahí adentro viven como reyes, ¿no? ¿Toman champaña en finas copas? ¿Con su meñique tan estirado como su actitud?

Kageyama se rio entre dientes, ¿así que de esa manera los veía la resistencia? Bueno, era mejor comparado a cómo BL/ind miraba a los rebeldes.

—No —respondió—, todo el alcohol está prohibido. También toda sustancia soporífica o estupefaciente; los únicos fármacos legales son los entregados por las industrias Better Living.

—Diablos —comentó el experto en explosivos—… eso se escucha horrible.

—¿Qué hay de los robots? —Preguntó el rebelde rapado— ¿Hay más robots que los exterminadores?

Según tenía entendido, Tanaka había ido en la misión en la que dejaron a Hinata y el otro killjoy atrás; pero seguramente los infiltrados tuvieron muy poco tiempo en aprender más de ellos, debido a la persecución que se armó después.

—La población de droides crece cada vez más —explicó Kageyama—, cada día se fabrican más modelos, mientras que los humanos —hizo una pausa, sabía que debía hablar con cuidado, después de todo hablaba de su raza—… es difícil que sean aceptados bajo la tutela de la ciudad.

—¿Todos los androides se fabrican para ser exterminadores? —vino una voz detrás de ellos.

Kageyama se volvió para mirar al dueño de la voz, se encontró con un rebelde, alto y rubio, se veía más viejo. Lo había notado entre algunos grupos pero era la primera vez que lo veía. Podía deducir que tenía cerca de treinta años y a juzgar por los callos de sus manos, era bastante bueno con alguna arma blanca; su piel tenía algunas manchas por los rayos solares así que debía de haber pasado bastante tiempo arriba.

Y al juzgar por sus facciones, debía estar relacionado con ese killjoy de anteojos y pésima personalidad.

—Akiteru Tsukishima —se presentó.

«Tsukishima», debía ser su hermano.

—Tobio Kageyama.

—Lo siento, estaba escuchando y la curiosidad se ganó lo mejor de mí —sonrió.

—No hay problema —aseguró—, pero no. Los androides tienen diferentes funciones, desde una tan simple como ser niñero de algún bebé; hasta algo tan oscuro como la prostitución, como los pornodroides. Aunque el deseo sexual ha sido abolido, Oikawa siempre prefería dejar algunos de los droides sexuales para calmar los impulsos primitivos, evitar que esos instintos se acumularan para luego explotar de una manera violenta.

Lo pensó un poco mejor, desde que había salido de la ciudad comenzó a analizar cuestiones que tenían un trasfondo; medios para controlar.

—Ya que sólo Better Living tiene la libertad de usar la violencia. Mientras, el sexo llegó a considerarse como algo sucio, que sólo se reserva para la reproducción; Oikawa dejaba los pornodroides libres porque sabía que en la naturaleza humana, hay impulsos que no se pueden callar. Sin embargo, los reservaba como bestiales y bajos, que siempre se terminaban castigando y considerando ilegales.

—Interesante —comentó Akiteru—, verdaderamente interesante.

—Eso es oscuro, hombre —opinó Tanaka.

—Lo es, lo es —dijo Nishinoya.

—Cuéntame más acerca de los medios que las industrias BL utiliza para controlar —pidió el rubio y luego vio a los dos rebeldes—. Oh, lo olvidé, vengo a revocarte, Tanaka; eres libre. Es mi turno de hacer guardia a Kageyama.

—Aw, diablos —se arrepintió—, quería seguir escuchando más, pero Ennoshita dijo que quería ver como seguía mi pierna después de la fractura —se quejó—. De acuerdo, iré a mi consulta y luego regreso —decidió—. Kageyama, eres genial, debo aceptarlo; nos vemos, cuervos.

El chico salió y Tobio sintió un tic en las comisuras de sus labios, lo habían llamado «cuervo». No tenía idea porqué eso significaba tanto, pero lo hacía; y se sentía bien pertenecer, otra vez. Sabía que estaba lejos de ser completamente aceptado, y Hinata ya le había comentado como Chispa y Terror eran de los chicos más amigables de todos, así que aún había rebeldes más difíciles; pero podía sentirse bien con su pequeña victoria.

—De acuerdo —aceptó, todavía estaba un poco confundido al ver la diferencia entre esos rebeldes, quienes mostraban un hambre al conocer más de sus enemigos y… Hinata quién rara vez le preguntaba acerca de la estructura armada e informática de la ciudad.

Aparentemente sí había capturado al cuervo equivocado.

Pensó las palabras pero no parecían lógicas, Kageyama jamás habría querido que todo el episodio hubiera tenido otro desenlace; en lo profundo de él sabía que si se hubiera tratado de otro rebelde, esto… lo que fuera que cada día crecía más en su núcleo, ¿la fijación? ¿Intriga? ¿Atracción? Que sentía, no habría ocurrido con otro.

—Además de controlar los impulsos sexuales, están las drogas de la felicidad, la eterna campaña de la santidad de Oikawa. Y cómo él siempre puede verte, no existe tal cosa como la privacidad y los secretos son el postre del demonio. No puedes amar a tu familia, eso es inútil, no puedes amar a nadie más que al líder; no debe haber espacio para otro.

—Demonios —comentó Nishinoya, parecía que todos los colores se habían drenado de su rostro—, no sabía que los lavados de cerebro los hiciera pensar así…

—Es perturbador —opinó Akiteru—, pero por esa razón nos debemos esforzar más, para rescatar a esas pobres personas.

Kageyama frunció los labios, ahora que las palabras salían de sus labios podía identificar lo errónea que esa doctrina era; pero hace unos meses él pensaba que esa verdad era absoluta. Sabía que ahora estaba en el lado correcto, pero ¿qué había de sus ex camaradas? ¿Los demás androides? Habían sido programados para pensar así, pero él había cambiado; era posible cambiar de bando.

Tuvo miedo que los demás cuervos no pensaran lo mismo.

Su mente era un caos.

—¿Cómo es el proceso de «lavado de cerebro»? —preguntó el Tsukishima más viejo.

—Ellos lo llaman «Ajuste de pensamiento» —explicó—; primero se transfieren los pacientes al Tubo; ese —dudó por un segundo, pero quería empezar con el pie derecho, sin secretos—… ese era mi trabajo. Luego, cuando llegan ahí comienzan su tratamiento; debo admitir que, mientras que no sé exactamente cómo es el tratamiento, tengo una idea —Se encogió de hombros—. El ajuste es realizado por médicos especializados.

—Uh, guau, eso es tétrico —comentó el más bajo y luego, en un cambio de ciento ochenta grados, sonrió hasta sus orejas, comenzando a agitar su mano para saludar a alguien atrás—. ¡Oh! ¡Asahi, hola!

—Hola, Nishinoya —saludó de regreso, y luego a todos los demás—. Kageyama, te estaba buscando desde hace rato.

—Oh, ¿Daichi me está buscando?

—No exactamente —sonrió el gentil mecánico—, tenía una propuesta para ti. Tengo muchos trozos de metal en mi taller, algunos son resistentes a la corrosión y otros son aleaciones muy especiales, directas de Ciudad Batería —arqueó una ceja mientras sonreía, miraba en otra dirección con timidez—. Los tengo desde hace años, pero nunca se me ocurrió algo especial en qué usarlos y luego pensé: ¿No te gustaría usarlos para hacerte una pierna?

Kageyama miró el pedazo de chatarra que tenía remendado.

—¡Si tú quieres! —Urgió con preocupación—. No es que piense mal de tu pierna, pero creo que sería una actividad entretenida; además quería ayudarte y tal vez me enseñes algo de robótica.

—Bueno…

—¡Pero como dije, si tú quieres!

—Sí —aceptó, antes que el humano cambiara de opinión, parecía que había luchado mucho contra su timidez.

Además, un proyecto así podría mantener su atención concentrada en un sólo lugar y… el óxido en la pierna le causaba comezón.

Probablemente jamás se igualaría a la original, dudaba que en el Nido existiera el tipo de tecnología para recrear una piel sintética del mismo tono que todo su cuerpo; pero no había lugar más que arriba, pensó.

—Bueno, los veo después, chicos —se despidió Nishinoya—. ¡Amanecer! No creas que me he olvidado que irás conmigo a probar la nueva bomba de choque en la que trabajo, ¡lo prometiste!

Asahi se tensó y un chillido salió de su boca, el chico parecía que se asustaba por cualquier cosa. Tobio tenía la curiosidad si sería así cuando estuviera frente a un enemigo.

—Lo sé, lo sé, Noya —aceptó su destino, derrotado.

Siguió al mecánico a su taller y comenzó a inspeccionar los pedazos de metal con los que podía trabajar. Se sorprendió al ver que, era mejor de lo que esperaba, debía admitirlo. No se comparaba a la chatarrería que habían visto en la Zona 2; como se esperaría de los killjoys, el Nido tenía que ser el lugar, después de la Ciudad Batería, con la tecnología más avanzada en todo el mundo.

Asahi le señaló algunos trozos y le dijo en qué tipo de aleación consistía cada una; tenía conocimientos de robótica, aunque nada tan impresionante como Kenjirou Shirabu, pero podía defenderse. También, para su sorpresa, Azumane sabía más de lo que se daba crédito; no le tomaba de más de algunos minutos para explicar algo complejo.

Akiteru estaba sentado en el taller con ellos, actuando como su guardián/vigilante en todo momento. Había descubierto, sin embargo, que los rebeldes no eran controlados por sus impulsos. Por lo menos no los violentos, recibía miradas sospechosas pero nadie había atentado contra él, como el primer día.

Estaba comenzando a entender por qué Hinata se tomó tantos problemas para volver a casa.


Llenó sus pulmones hasta el límite, hasta sentir su cabeza ligera y luego dejó salir el aire por sus labios; jaló el gatillo por tercera vez. En menos de un milisegundo la lata salió volando por los aires.

—Eso es —celebró, Akaashi con su apacible voz—, bien hecho, chico.

Shouyou saltó del suelo a más de dos metros y vitoreó por su propio logro; había conseguido dar en el blanco tres veces seguidas. Su tiempo de disparo disminuyó considerablemente y la distancia a la que había apuntado había aumentado.

—¡Lo hice! —gritó, feliz por su mejoría desde la última vez que habían practicado.

Una fuerte resonancia se escuchó provenir del enfermo cielo.

Parecía que llovería en cualquier momento.

—De acuerdo una práctica más y luego debemos buscar refugio —señaló una barraca desmantelada a unos metros. No llegarían a tiempo al automóvil y no podían arriesgarse a recibir las gotas en su piel.

—¡Sí! —celebró.

El sol parecía haberse cansado por el día, escondiéndose entre nubes tóxicas y grises.

Colocó cinco latas en un muro del tamaño de un metro.

—Dispararás cinco balas seguidas y quiero que en las cinco des en el blanco; te tardarás menos de un segundo por blanco, ¿comprendes?

—¡Sí! —repitió.

Akaashi se alejó lo suficiente para observarlo; mientras Hinata tomó posición y respiró profundo.

Disparó una, dos veces.

Luego sintió como si alguien había apagado un cigarrillo en su brazo.

—¡Ah, mierda! —exclamó para ver un círculo rojo en su piel.

Había comenzado a llover.

—Clase terminada —anunció Akaashi comenzando a correr hacia el refugio—, Inferno ven acá.

Las gotas de lluvia ácida eran enormes.

—¡Histeria, casi lo logro! —exclamó y apuntó nuevamente, ignorando el chisporroteo de las gotas en la arena.

Disparó a las latas restantes y… ¡lo hizo! Dio en el blanco las tres veces; giró para ver a Akaashi quién había visto lo último. Pero sintió algo quemar su mejilla y se dio cuenta que la lluvia ácida comenzó a tomar fuerza. Unas pocas gotas atravesaron su ropa antes de poder llegar al refugio.

—¡Lo viste! ¡Lo viste! —exaltó con emoción.

—Sí, lo vi, fue sorprendente —sonrió el pelinegro.

Shouyou estiró las comisuras de sus labios hasta que dolieron, satisfecho con su progreso; adentro de la barraca se acercó a una ventana, las gotas de ácido se enterraban en la arena y no podía ver nada en el horizonte que no fuera el agua contaminada. La pequeña ventana se encontraba bastante arriba así que Hinata subió a una pila de madera para poder ver mejor.

El techo de aluminio sería suficiente para protegerlos.

—Aw, diablos, la tormenta vino de la nada —se quejó—, Doctor D. no dijo nada acerca de lluvias ácidas.

—Parece que estaremos aquí un rato —comentó Akaashi sentándose en la pila de madera a su lado.

—Sí.

Las largas placas de aluminio crujían con el golpeteo de gotas, al principio sonaba ensordecedor, pero después de unos cuantos minutos se tornó más calmante. Miraba de soslayo al pelinegro quién podía pasar quién sabe cuántas horas al día en completo silencio, pero Shouyou no tenía esa capacidad.

Su mente comenzó a divagar sobre un pelinegro que se le estaba haciendo demasiado familiar. En esos últimos días era difícil enfocarse en otra cosa, y también era molesto que su cerebro siempre terminara en él.

Ahora cada vez que lo tenía en frente sólo podía pensar en cómo se sentiría su cabello azabache entre sus dedos; o qué tan suaves eran sus labios, pensaba en lo mucho que quería regresar a la misma posición de Kageyama rodeándolo con sus brazos; tal vez acercándose a su oído y susurrando su nombre. Sentir sus largos dedos subiendo por su espalda hasta acariciar su cuello, enrollarlos sobre su nuca y acercar su rostro para probar sus labios.

Comenzó a sudar frío, eso era lo más… lejos que había llegado en sus extraños pensamientos. Lo había aceptado, sus sentimientos iban más lejos que una simple amistad; era una locura, como si estuviera adentro de un automóvil que bajaba una pendiente a más de trescientos kilómetros por hora, sin frenos.

Eso no terminaría bonito.

Miró al pelinegro a su lado, no había nadie más capacitado —o en quién confiara más— que Akaashi y antes que se pudiera detener las palabras salieron.

—Histeria —comenzó, la curiosidad se ganó lo mejor de él. Esa curiosidad de saber qué exactamente estaba sintiendo—, ¿qué fue lo que te hizo enamorarte de Bokuto?

No pensó en las consecuencias que su pregunta podía tener.

Akaashi no irrumpió en llantos, no lo calló, no lo insultó; solo miró al techo y sonrió.

—Me hacía sentir como si no había nada que temer.

Hinata esperó a que continuara.

—Él… tenía el don de poder estar muerto de miedo, pero sonreír con valor; llorar y al siguiente instante hacer reír a todos los que lo rodeaban. No importaba lo que pasara, él siempre veía un futuro brillante para todos —llevó una mano y apretó su pecho—. Aun me confunde cómo un chico así de perfecto pudo enamorarse de mí.

—¿Cómo supiste que lo amabas?

El de ojos como avellanas se rio entre dientes, de un chiste privado.

—Bokuto nunca se quedó callado cuando se trataban de sentimientos, yo prefería no pensar en ello, pues no veía una finalidad lógica; así que solía hacerme el desentendido. Sin embargo, todo el mundo podía ver que, claramente, había una… atracción entre nosotros, aunque yo hacía lo mejor para ignorarla —Akaashi sonreía con nostalgia—. De todas formas, estábamos en esta misión, acabando con una patrulla de draculoides en la Zona 1; en medio de una acalorada batalla Bokuto perdió la concentración. A plena pelea Koutarou ignoró al draculoide y se puso de cuclillas.

Hinata abrió los ojos de par en par.

—El maldito drac casi le vuela la cabeza pero yo le di primero, una bala directo a su cráneo. Estaba furioso por su irresponsabilidad, me acerqué a él para hacerle saber lo que pensaba y ahí estaba con una hermosa flor roja en su mano, la trataba con tanta delicadeza que me quedé hipnotizado. La había encontrado sobre un cactus con flores y me la entregó. Jamás olvidaré lo que dijo: «La tenía que cortar para ti, se parecen ¿sabes Histeria? Eres la prueba que algo hermoso puede salir del el árido desierto.»

Akaashi se mordió el labio y se rio.

—Bokuto se ganaba un premio en la cursilería; pero en ese momento me decidí, no me importaría que mi corazón se quebrara por este sujeto.

—Guaa… —se asombró el pelirrojo.

—Sí, no se necesitó de mucho para poder conquistarme; pero creo que Koutarou siempre fue mi debilidad.

Inferno movía sus piernas colgantes a un ritmo inexistente, mientras se mordía la lengua y se debatía si preguntar lo que estaba en su mente. Abrió la boca y supuso que ya no había vuelta atrás:

—¿Alguna vez te arrepientes de haberlo amado?

Histeria pareció sopesarlo por unos largos minutos, la tormenta había menguado y el golpeteo había ralentizado.

—Nunca me sentí tan vivo como cuando Koutarou me sostenía entre sus brazos. Me arrepiento de dejarlo caer, no pasa un día que no piense, en qué hubiera pasado si me hubiera unido a él. Me arrepiento de no haberte cuidado, si hubieras regresado con el convoy, jamás habrías conocido al androide. Mi lista de arrepentimientos es larga, pero amar a Koutarou no está ahí.

Hinata le quería decir que estaba bien, nada de lo que pasó en la misión fue su culpa; pero sabía que Akaashi no había terminado.

—Amarlo —ponderó—, es una experiencia que jamás cambiaría. Él me hizo la persona más feliz, mucho más que cualquier pastilla o droga de la felicidad; ¿y qué si todos estamos destinados a sufrir, a llorar y a morir? ¿No valen la pena algunos momentos de genuina felicidad?

Inferno se encontró perdido de qué decir, algo en la atmósfera le decía que quizás esta era la primera vez que Akaashi decía eso en voz alta.

—No te niegues eso —miró al frente—; porque no hay otro sonido más dulce que las palabras «Te amo» provenientes de esa persona que significa el mundo para ti.

—¿Cómo sabes que has encontrado a esa persona? —preguntó el pelirrojo.

—Cuando sientas que tu corazón se escapa de tu pecho; cuando en tus manos sientas un cosquilleo, lleno de la necesidad de tocarlos, en su cabello, en sus mejillas. Cuando lo miras a sus ojos y todas las demás personas desaparecen y en el mundo solo quedan ustedes dos. Ahí decidirás que no importa, que venga cualquier castigo, cualquier martirio, porque ese momento precioso es lo mejor que puedes tener en toda tu vida.

Se escuchaba como un sueño, ser feliz de esa manera, pero todo sueño debía tener un fin.

—¿Qué pasa cuando lo pierdes? —su voz era queda, más suave que un susurro del viento; la única razón por la que Akaashi lo escuchó fue porque la lluvia había terminado.

—¿Cuándo lo pierdes? —repitió; Hinata asintió—. No te mentiré, va a doler, mucho; peor que cualquier tortura existente. Pero cuando veas atrás y el pasado brille más con cada día que pasa, sabrás que no lo quisieras de otro modo.

Shouyou no sabía qué hacer con esa respuesta.

—Ven, Inferno —llamó el de ojos en forma de avellana, saltando de la pila de tablas—. La lluvia ha terminado, es hora de regresar al Nido.

—Sí, claro.

Mientras salían de la casi destruida barraca, y el acre olor a ácido penetraba en su nariz; Hinata se encontraba en una encrucijada. No estaba decidido si valía la pena dejarse controlar tanto por otra persona, no importaba qué tan especial fuera.

Regresaron al automóvil, no había daño en la carrocería pero si lo miraba de cerca, la pintura parecía más débil que antes. Aunque no importaba, los rebeldes siempre le daban una nueva capa de pintura de colores vivaces cada vez.

El retorno pasó sin acontecimientos importantes, ambos hundidos en sus pensamientos. Aun no sabía si las palabras de Akaashi le habían ayudado o lo confundieron más. Si lo tranquilizaron o despertaron más temores.

Supuso que de eso se trataba amar.

Se comunicaron con Tsukishima por el intercomunicador y el cuatrojos abrió la compuerta para ellos. Miró el sol ocultándose en el horizonte, debilitado y enfermo; pintaba los cactus y los árboles secos de rosa y el cielo de violeta, el día terminaba y la estática bajaba.

Salió del automóvil, pensando en dónde podría estar Kageyama; estaba seguro que después de la orden de Daichi nadie le haría daño al androide. Además, eran los killjoys, solo luchaban cuando tenían que hacerlo; aun no conocía a ninguno que se guiara por violencia o sangre.

—¡Asahi! —saludó pasando por el taller.

El mecánico lucía como siempre lo hacía, un aspecto salvaje y brazos llenos de grasa.

—Hinata, bienvenido —devolvió.

—¿Sabes dónde está Kageyama? —preguntó.

—Bueno, ya es hora que me retire —comentó Histeria escueto.

Oh, diablos.

—Espera, Akaashi —llamó, pero fue demasiado tarde, el pelinegro ya había comenzado a caminar.

—No te preocupes, nos vemos después, Hinata —se despidió, agitando su mano.

—¡Gracias por lo de hoy! —exaltó, sintiéndose un poco idiota, no quería echar a perder su relación con Akaashi; pero las palabras habían salido por costumbre.

Tenía que tener mucho cuidado al hablar de Kageyama con él.

Asahi, un poco incómodo por toda la escena comenzó a hablar cuando Histeria salió de la habitación.

—Estuvo un rato aquí en el taller —informó con emoción, parecía que verdaderamente disfrutaba de la compañía del androide—, comenzamos un nuevo proyecto, mira.

Lo guío a una estructura cubierta por una sábana y la removió; debajo se encontraba un primitivo pedazo de metal, estaba recubierto por cables de diferentes colores y tornillos. Era evidente que era una pierna con articulación en el talón; seguramente ambos repararían el miembro del androide, construirían uno que valiera la pena.

—¡Genial! —exclamó, Asahi sonrió con orgullo.

—Vamos comenzando apenas, pero sé que quedará muy bien. —Luego recordó su tren de pensamiento anterior—. Oh, después de eso Akiteru dijo que le mostraría la biblioteca.

Se despidió del mecánico y pasó de la armería, un poco decepcionado, él quería ser quién le mostrara la enorme biblioteca al androide. Quería ver su rostro cuando se sorprendiera y sus ojos, profundos como el cielo, brillaran con más alegría de la que él se daba crédito.

Llegó a la aislada biblioteca, el umbral era pequeño y cuando entró, inmediatamente fue asaltado por el cargado aroma de libros viejos. Estornudó un par de veces por el polvo adherido a los viejos y rechinantes estantes de madera. Todos los anaqueles estaban colmados de libros pero había demasiados y algunos estaban sobre el piso apilados uno sobre otro, llegaban hasta sus piernas.

¿Cómo diablos alguien podía encontrar algo en todo ese caos?

—¿Hinata? —escuchó la indudable voz de Kageyama.

—A-aquí —tartamudeó, sintiendo su corazón comenzar a correr y sus mejillas entrar en calor; estaba nervioso y se sentía culpable. Como si el androide había tenido alguna manera de descubrir lo que él había platicado con Akaashi, todas esas cosas acerca del amor y enamoramientos.

—Estoy después del estante cuatro —avisó el androide.

Shouyou debatió si era mejor huir, sabía que si encaraba el —apuesto— rostro de Kageyama solo empeoraría las cosas; pero si salía corriendo Tobio lo encontraría para preguntarle qué diablos le pasaba ahora y él no podría mentirle, no cuando sentía su temperatura corporal subir más que los cuarenta grados cuando estaba cerca del otro.

—¿Qué haces? —El pelirrojo por fin lo alcanzó.

El pelinegro estaba sentado en el suelo, un enorme libro abierto sobre sus piernas; a su alrededor habían libros desperdigados por todo el piso, unos abiertos y otros con una página marcada, debían haber más de veinte, calculó Hinata.

—Esto… no puedo creerlo… el mundo… —sus ojos seguían pegados en las páginas—. ¿Puedes creer que antes había lagos? ¿Océanos? ¡Agua, Hinata! Cuerpos de agua sobre la tierra, ¡que no se secaban! Aquí lo dice —Tobio se levantó, poniéndose de rodillas y comenzó a moverse, tropezando con unos libros, hasta llegar donde el humano—. Mira.

Había un viejo mapa del mundo, lucía verde y azul. En lugar de naranja y gris.

—Dice que el mundo estaba cubierto por dos tercios de agua —con una sonrisa miró al humano, sus ojos refulgían—. ¡Dos tercios! ¿No te parece lo más demente que hayas escuchado?

La realidad era que jamás lo había escuchado, pero a él le interesaba más la sonrisa que estiraba las comisuras de Kageyama. Lucía tan feliz como un niño.

—Y espera a que veas las fotografías —regresó a su hueco en medio de los libros—. Animales que jamás había visto, especies de plantas que murieron hace años.

Hinata se arrodilló y comenzó a gatear hasta el nido qué Tobio había hecho.

—Se ve interesante —sonrió, prefiriendo ver el rostro del pelinegro.

—Hinata idiota, ni siquiera estás viendo —regañó el pelinegro, inconsciente de lo que el pelirrojo pensaba—. Mira —sostuvo el libro cerca de su rostro.

—Kageyama, mira encontré estos libros más, creo que te pueden llamar la atención y ¡oh! —Se sorprendió Canela con un pesado escrito en sus manos—. Hinata, no tenía idea que habías regresado de las prácticas de tiro.

—¡Hola, Yachi! ¿Tú eres la guía de Kageyama para enseñarle todo del viejo mundo?

La pequeña chica rubia se rio, sus mejillas se tintaban de rosa.

—No sé si podría aprender todo del viejo mundo, y —se rascó una mejilla—… debo admitir que no sé cuál es el orden que debería seguir para proveerle la información, solo traigo algunos libros que creo que puedan interesarle.

—La cantidad de información es ridícula —Kageyama estaba emocionado, movía sus manos en todas las direcciones y subía el tono de su voz—. ¿Cómo pudo ser posible que Oikawa ocultara todo esto?

—Es posible porque puede controlar los recuerdos y el cerebro de las personas —vino la voz de Akiteru quién, Hinata deducía, seguía haciendo guardia, vigilando al androide—. Él puede construir el futuro que le dé la gana, moldeando y doblando los hechos como le parezca mejor. Oh, hola, Hinata.

El pelirrojo sonrió y dejó que Kageyama lo llenara más de datos interesantes del mundo.

Se cansó cuando pasaron tres horas.

—Año 1800, Alessandro Volta inventó la pila, qué es una celda electroquímica que funciona…

—¡Roboyama! —Se quejó, alargando la última «A»— ¡Suficiente, suficiente! Si escucho otro año más… ¡mi cerebro va a explotar!

La situación era tan aburrida que Yachi se había largado y Akiteru se había quedado hablando con Saeko en la puerta de la biblioteca. Eclipse parecía más interesado en proteger al androide, que proteger al Nido de él.

Kageyama puso mala cara, herido.

—Pensé que te interesaría —hizo un puchero.

Hinata gruñó y se rascó el cuero cabelludo, sintiendo su pecho constreñirse, dejando las mariposas libres. Malditos sentimientos.

—Bueno, no —se encogió de brazos.

—¡Eres un completo idiota! —exclamó— ¿Cómo no puede interesarte saber cómo era el mundo y cuando se fue todo a la basura?

Hinata puso los ojos en blanco y frunció sus labios.

—No es como si ninguno de estos libros diga qué fue lo que salió mal; Oikawa se aseguró de quemar todos esos.

—Sí, pero podemos especular —Kageyama volvía a verse como un niño en navidad, levantó un libro con muchas letras y lo puso en la cara de Shouyou—, como por ejemplo mira: En el año 2000 las investigaciones más patrocinadas eran las de energía nuclear, por eso se comenzaron a construir miles y miles de reactores nucleares. Creían que ahí estaba el dinero, crearon armas, satélites, materiales fisionables; no había fin. Los residuos contaminantes acabaron con la «capa de ozono» y... ¿Sabías que la capa de ozono era una zona en la estratosfera que solía existir y absorbía el 99% de los rayos ultravioletas?

—Oh, eso es interesante —aceptó.

—Lo sé, fue descubierta en el año…

Comenzó a divagar otra vez, perdido en sus datos interesantes, Hinata lo puso en mute, prefiriendo ver al androide. Fue entonces que se le ocurrió una idea, tal vez se había perdido la oportunidad de enseñarle la biblioteca a Kageyama, pero podía enseñarle otras cosas…

—¡Roboyama, tengo una idea!

Lo tomó de sorpresa, interrumpiéndolo en su larga perorata.

—¿Uh? ¿Qué?

—Ven conmigo.

Agarró su muñeca y lo forzó a ponerse de pie, con el mismo impulso lo comenzó a halar, obligándolo a moverse. Tobio no parecía que el trato le molestara, dejándose guiar por el de menor tamaño como siempre. Pasaron al lado de Eclipse, quien estaba sobre una silla en la entrada con la rubia; Hinata gritó un fuerte «¡Akiteru estaremos al lado!».

Escucharon un confundido: «¿Quién…?» venir del cuervo cuando ellos habían entrado en la habitación contigua. Una minúscula televisión de pantalla bulbosa estaba sobre una mesa de madera con patas cortas. La pieza no tenía una luz moribunda en el techo, apenas se podía distinguir una pared con un anaquel, tenía muchas cajas alineadas.

—Las películas en Ciudad Batería son horribles, así que deberías mirar las verdaderas películas geniales del mundo.

—No creo que sean más interesantes que los libros.

—¡No puedes saberlo si no lo compruebas, tonto robot! —hizo un puchero.

—Pequeño… —gruñó en amenaza y comenzó a cargar contra Hinata.

El pelirrojo se rio y lo intentó esquivar, huyendo de él; pasando debajo de sus largos brazos algunas veces. Su ventaja era su tamaño; Tobio maldecía bajo su aliento y por fin lo atrapó, un brazo a cada lado de su cuerpo. El anaquel lleno de películas atrás de él.

En la oscuridad, los ojos de Kageyama brillaban.

Shouyou miró sus labios.

«Territorio peligroso», gritó su cerebro. Agarró rápidamente un vídeo y lo sostuvo frente a su rostro, empujando un poco al androide, esperaba que fuera lo suficiente para distraer al otro. No lo haría, no dejaría que otra persona, o sus sentimientos por ella, fuera capaz de controlarlo.

—¿Qué te parece esta? —opinó, mirando el suelo debajo de la caja.

El androide la tomó en sus manos para ojearla mejor, suspiró Hinata de alivio; ni siquiera supo qué película fue la que le entregó al chico. Se rio entre dientes cuando notó que se trataba de «Ataque de las hormigas gigantes V»

¿Quién diablos había conseguido esa película?

—¿Hormigas gigantes? —se preguntó el pelinegro, sus cejas se fruncían en confusión.

—¡O puedes escoger otra, si no quieres una de terror! —probó, él tampoco estaba de humor para ver insectos gigantes.

Afortunadamente el pelinegro devolvió la extraña película y comenzó a buscar otra. El estante llegaba hasta el techo, estaba repleto de videos de largometrajes de toda índole. La mayoría eran viejas, de los años noventa hacia atrás.

Cuando se dio cuenta el androide tenía las manos llenas. Para ser honestos, Shouyou no esperaba que Kageyama estuviera tan emocionado, pero no le molestaba ver unas cuantas películas por el día. Aún tenían un poco de tiempo antes que fuera la hora de la cena.

Hinata comenzó a ojear los temas que el androide había escogido.

Esto…

—No te creí la clase de persona a la que le gustaran las películas románticas… —aceptó.

El pelinegro se encogió de hombros.

—Quisiera saber más acerca del comportamiento humano, del… verdadero comportamiento humano.

—De acuerdo.

Tomó la pila de videos y se acercó a la pantalla conectada a un VHS, miró entre todos para elegir alguna. Miró y miró pero eran las mismas películas románticas… Si lo pensaba un poco, tenía sentido, supuso que Kageyama ya tenía demasiadas peleas, disparos y explosiones en su vida; ¿por qué quisiera malgastar su vida mirando películas de acción?

Se preguntó si en esos días, serían las películas románticas consideradas «ficción»; pues eran irreales.

Apretó el botón de play y llamó al androide para que se sentara a su lado, la potente luz de la televisión ponía en ridículo la del techo. Aunque las imágenes del vídeo se veían difusas y temblorosas, Hinata disfrutaba lo diferente que se miraba el mundo en la imagen; pensando si tal vez así era la realidad antes, o era una fantasía más.

Su brazo chocaba con el de Kageyama y sus piernas también; el pelirrojo estaba muy consciente de su calor, mientras que el pelinegro miraba la pantalla hundido en concentración.

La trama de la película no era compleja y el final fue predecible. La heroína de la película, triunfa en sus metas y el héroe acepta sus predecibles sentimientos por ella. Última escena, los protagonistas se dan un profundo beso, la imagen se desvanece hasta ser engullida por el negro y los créditos comienzan a subir.

Entretenida, aceptó el cuervo.

No pasaron dos minutos cuando Kageyama se levantó a introducir la siguiente película.

—¡Espera, realmente quieres ver todas esas películas! —exclamó.

El pelinegro lo miró como si fuera lo más obvio de todo el mundo.

Sí, sería una larga noche.

Se acomodó nuevamente cuando los nombres de los actores comenzaban a aparecer y sonaba una música bastante vivaz; esta parecía un poco más vieja, lo deducía por la estática que arruinaba un poco la imagen. Kageyama no dijo nada.

Hinata a veces imitaba la voz de la heroína, cuando decía las frases más clichés que encontraba; el pelinegro se reía entre dientes. El androide, comentaba acerca de la época que se encontraban, y decía algunos datos interesantes de descubrimientos. Shouyou siempre terminaba parándolo, era cierto que no le interesaba la película, pero menos esos pequeños «datos» que él diría.

Se ganaba un golpe en la cabeza y continuaban viendo el largometraje.

Terminó similar a la anterior, protagonistas se dan cuenta que se aman, un beso y la pantalla negra.

Cuando subieron los créditos finales, Hinata se encontró bostezando. Kageyama ya estaba frente al VHS poniendo la siguiente. Shouyou no tenía idea cuantos «te amos» podía seguir soportando.

Al robot realmente le gustaban las películas románticas, ¿uh?

—¿Otra, Roboyama? ¿En serio? —preguntó, incrédulo.

—Puedes irte si quieres —comentó escueto, sin embargo regresó a su mismo lugar, pegando su brazo con el de Hinata. El pelirrojo bostezó otra vez.

—Nah, está bien.

Pero el pelinegro debía sufrir también, aunque fuesen unas leves molestias; Shouyou se acostó encima de sus piernas mientras sentía un nuevo bostezo haciendo erupción en su garganta. Kageyama no hizo movimientos para alejarlo, tampoco se quejó verbalmente, así que él se quedó en el lugar.

Lentamente sus ojos comenzaban a cerrarse.

No era que la película fuera mala, pero los argumentos eran repetitivos: Chico conoce chica, chico se enamora, chica y chico no pueden estar juntos, pero al final descubren que el amor sobrepasa las barreras. Chico conoce chica, chico se enamora de dicha chica, chico y chica tienen un malentendido y se separan, chico y chica aclaran el malentendido y profesan su amor. Chico conoce chica, chico es destructivo pero descubre que chica es su cura y se enamoran.

Siguió enumerando más hasta que se quedó dormido.


Tsukishima se recostó sobre la silla cruzándose de brazos, viendo toda su obra, el tablero brillaba en la oscuridad, unas pequeñas luces rojas avisaban que todos los puertos estaban permeables. Si entrecerraba los ojos, podía imaginar que era un sitio de aterrizaje de un aeropuerto, proveniente de una fotografía que vio hace años.

Suspiró y se relajó, cerrando sus ojos completamente; podía dormirse ahí, escuchando el zumbido de las computadoras. Comenzó a cabecear del sueño, desde que había comenzado a entrenar sus horas de sueño se habían acortado, así que el cansancio halaba sus músculos al suelo.

No notó que se quedó dormido hasta que escuchó venir de la puerta un…

—¡Kenma!

Movió sus ojos para encontrarse con la despeinada cabellera de Kuroo.

—No está aquí —explicó, separando cada palabra con una pausa.

Se esperaría que alguien tan cercano a Sombra recordaría las horas en las que trabajaba…

—Oh, ya veo —sonaba decepcionado.

Tsukishima estiró sus muñecas y se acercó para digitar algunos códigos cuando escuchó la voz de Pantera.

—¿Y qué haces?

El rubio resopló, pero dejó al pelinegro tomar la silla a su lado, la que usaba Kenma.

—¿Ves eso? —señaló el rubio en el tablero una luz roja como rubí que parpadeaba perezosamente—. Esa pequeña luz me indica que el generador F2 del Jardín de Electricidad está lleno, así que lo que debería hacer ahora es conectarlo al generador K16 para almacenarlo ahí.

—Oh, genial, déjame hacerlo —ofreció, sus grandes colmillos brillaron al igual que sus ojos felinos.

—¿Qué? No, lo arruinarás —sentenció.

—Vamos, Tsukki —se rio—, tienes una oportunidad de oro aquí. ¿No estás cansado de mi como tu entrenador en la arena de combate? ¿Obligándote a ir de un lado a otro? ¿Gritando cuando estás en el suelo para que te pongas de pie?

—Sí, la verdad sí —aceptó, comenzando a molestarse—. ¿Qué tiene que ver con esto?

—¡Es tu oportunidad de ser el enojón profesor! —lo explicó moviendo sus dos palmas abiertas—. Vamos, véngate y enséñame mientras eres libre de poder tratarme como un bebé que no sabe lo que está haciendo.

Eso sí capturó su atención y mismo tiempo lo irritó más, desde hace mucho que quería decirle unas cuantas palabras al idiota de sonrisa ladina.

—Bien.

—Genial —se acercó al teclado y apoyó sus codos sobre el tablero—. ¿Qué debo hacer?

—Uh… —ahora se sentía incómodo—, presiona ese botón —señaló uno.

Tetsurou se acercó, pero iba hacia uno equivocado.

—No —corrigió—, el de al lado.

—¿«¿No, el de al lado» qué? —preguntó, con una sonrisa maliciosa.

—¿Inservible cuervo, mi madre lo haría mejor que tú?

Kuroo nunca lo había llamado así, pero Tsukishima pensaba que podía «personalizarlo» un poco. Fue recibido por la estridente carcajada de Pantera, tan ruidosa que Kei se rio entre dientes también.

¿Lo había hecho a propósito?

No tenía idea si Kuroo era un idiota o un completo genio.

—Eso es, chico —dijo entre risotadas.

Cuando Ácido cayó en cuenta, él también se reía un poco, sintiendo una pequeña calidez irradiar su pecho.


Lo despertó un molesto e incesante fastidio que movía su brazo, se revolvió sobre su almohada para ver que todavía seguía en las piernas de Kageyama.

—Hinata —llamaba en un susurro—, Hinata idiota, despierta.

—¿Eh…? —Murmuró restregándose un ojo, sentía su mente llena de algodón— ¿Qué hora es?

—Tarde —respondió el androide—, muy tarde.

Se levantó un poco mareado de sus piernas y notó que afuera de la habitación la mayoría de luces estaban apagadas. En la puerta, el killjoy Nishinoya dormía sonoramente, seguramente Akiteru había sido relevado. Miró la televisión, nuevos créditos rodaban hacia arriba.

—¿Cuántas películas hemos visto? —su mente todavía se negaba a funcionar.

—Tú te dormiste a la tercera, vi dos más —informó.

Hinata se dejó caer en su «almohada».

—Diablos, me perdí la cena —se quejó, cubriendo su rostro con los brazos.

—Lo siento, te debí despertar.

No podía culpar al androide, no cuando había estado tan emocionado en saber más de todo lo que se había perdido.

—Eh, no importa, seguramente fueron asquerosos garbanzos —hizo un sonido gutural de disgusto.

Miró las videocasetes que ahora estaban fuera de sus respectivas cajas.

—Así que, ¿te gustaron las películas? —preguntó, esperaba que el androide hubiera pasado un buen rato, no importando si Hinata estuvo consciente o no.

—Debo preguntarte algo.

—Ah, claro, Robo…

—¿Puedo besarte?

Shouyou se tensó, su cuerpo rígido como una roca; apenas había digerido las palabras de Kageyama. Los cinco litros de sangre viajando ferozmente a su rostro, sabía que el androide tenía una vista nocturna así que seguramente tenía una clara imagen de Hinata contorsionando su rostro en sorpresa mezclada con vergüenza.

Sin embargo, el rostro de Tobio estaba tan solemne, que no parecía que realmente había hecho la pregunta. El pelirrojo comenzó a levantarse pero el androide puso su mano encima de su pecho, ni siquiera ejerció fuerza, pero Hinata se congeló al toque.

—¿P-por qué? —ni siquiera estuvo seguro de haber hecho la pregunta, sus pulmones se sentían sin aliento.

—Una costumbre así de humana es bastante natural, mostrar tu afecto de esa manera, es conocido universalmente. ¿Por qué? Quiero saber lo que se siente y los efectos que puede tener en la mente y cuerpo.

«¡Malditas películas románticas!», gritó Hinata en su mente. Habían puesto ideas extrañas en la mente del robot; mal momento para estar solos, la pieza estaba en un sepulcral silencio, solo podía escucharse la suave canción de los créditos y la rítmica respiración de un dormido Chispa.

Su garganta se sintió seca como un desierto, de repente. Dos lados contrarios de su cerebro discutían cómo eso era una mala idea, una muy mala idea; todo a su alrededor, exclamaba: ¡No! ¡No lo hagas! ¡No te atrevas!

Luego sus impertinentes ojos se clavaron en los labios del androide, cepillados por la luz de la pantalla, dándoles un color de tonos azulados; de la misma manera que los anuncios neones de Ciudad Batería.

—¿Puedo? —pidió.

Hinata pudo escuchar su autocontrol quebrarse.

—De acuerdo.

Kageyama se agachó, encorvándose sobre sus piernas, Hinata lo encontró en el camino. Cerró sus ojos por instinto al sentir los suaves labios sobre los suyos, su mente comenzó a dar vueltas y sintió como si no pesara ni un gramo. Respiró por su nariz y se estremeció, dejando salir por su boca un pequeño gemido.

Dedos se enredaron en sus hebras y le tomó de unos segundos darse cuenta que era la mano de Kageyama; la posición de ambos era extraña, pero él temía que si se movía, arruinaría el hechizo. En lugar de eso, subió sus propias manos a tomar el rostro del androide, una mano sobre cada mejilla.

Instintivamente llevó una mano al pecho del pelinegro y agarró un puñado de su camisa, acercándolo más a él. El rostro de Kageyama se movió, pero sus labios no buscaron separarse, era dulce, exquisito y adictivo. Con curiosidad, abrió un ojo para ver si el androide lo estaba mirando, y suspiró un poco al ver sus ojos cerrados.

Escuchaba el latido de su corazón sobre sus oídos y su respiración también, sus mejillas se sentían más cálidas todavía.

Sentía que estaba subiendo, más y más por el cielo; hasta que al final solo eran él y Kageyama en el universo.

Su mano subió hasta el cuello del androide y lo haló más sobre él, un gemido más necesitado salió de sus labios, quería más. El androide se dejó manejar y con su mano sobre sus rojos cabellos profundizó el beso, sentía la respiración de Kageyama sobre su rostro.

Hinata se estaba perdiendo, necesitaba más, corrientes de electricidad hacían cosquillas donde tocaba al otro chico; el pelinegro no se quedó atrás y llevó su mano al torso del otro, acariciando con una delicadeza que jamás se hubiera imaginado de él hasta su estómago.

Un sollozo bastante fuerte salió de sus labios.

Y cayó en la realidad.

De golpe se separó de Kageyama, poniéndose en pie en una fracción de segundo, respiraba forzosamente y su cabeza giraba. Tenía los ojos abiertos como platos, ¿qué demonios había hecho? El pelinegro lo miraba sorprendido, pero Hinata no tenía idea si esa respuesta era por lo que acaban de hacer o por la velocidad a la que él se separó.

Sentía un hormigueo en las yemas de sus dedos, en los labios y en todos los lugares que Tobio había tocado.

Miró con urgencia a la salida, Nishinoya seguía dormido.

—Hina…

—¡Pensándolo bien, estoy famélico! —Interrumpió, muerto de miedo—. ¡Iré a ver si queda algo de cena! —anunció su salida y comenzó a trotar hacia la salida.

—¿Uh? ¿Qué? —Se despertó Nishinoya—. ¿La película terminó?

—Sí —anunció Hinata, seguido de una carcajada bastante fingida.

No miró la expresión de Kageyama, no tenía idea si era de decepción o enojo o una mezcla de ambos, pues Hinata no había seguido con su «prueba de investigación». Su maldito corazón parecía haberse transformado en un pájaro que luchaba por salirse de su jaula; sentía que en cualquier momento saldría volando abriendo sus costillas.

Washio pasó a su lado, saludándolo, él solamente pudo asentir sin poner atención.

Demasiado ocupado sintiendo pequeñas réplicas de corrientes eléctricas recorrerlo hasta lo más profundo de su ser.

Mientras entraba la enorme pieza de la cafetería y murmuraba palabras de saludos para algunos rebeldes que jamás dormían; cayó en cuenta de las palabras de Histeria.

Comprendiendo y decidiendo que no le importaría si su corazón se quebrara por Kageyama.


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Nos leemos luego~