Lo sé, lo sé, me volví a tardar, pero espero que esté capítulo valga la pena, pues ha sido el más largo hasta el momento.

Y para evitar confusiones desde el principio, el capi es un especial del pasado: La historia de cómo Ala Revólver e Histeria se conocieron.

¡Espero que les guste y les cause muchas sonrisas! A mí me encantó escribirlo. El título del capítulo pertenece a la canción de Muse; es preciosa y creo que les queda a estos dos búhos como un guante.

Muchas gracias a mi grandiosa beta Ren!

Así que… ¡Disfruten!


Resistance

¡Saluden al sol, mis desterrados compatriotas!

Doctor Desafiando a la Muerte, haciendo ruido en sus bocinas para levantar la piel de gallina y encender el fuego en sus corazones. Hirviendo la sangre de sus arterias para explotar sus cerebros, con las mejores melodías del desierto.

Saquen sus billeteras y no teman gastar de más, Tommy Chow Mein tiene nuevas ofertas que les podrán interesar. Comenzamos con…

Akaashi le bajó todo el volumen a la radio, se ganó una mala mirada de su compañero, Nozomi. Pero a Keiji no podía importarle más, ese «Doctor Desafiando a la Muerte», solo era un charlatán y sus noticias solo giraban en torno a ese grupo de rebeldes llamados «killjoys».

No era que él no confiara en ese grupo «de vengadores, héroes sin capa, rebeldes sin causa…» Akaashi ni siquiera estaba seguro que existían. Lo había pensado y la idea de encontrarlos y unirse a ellos era atractiva, debía admitirlo. Pero mientras más lo pensaba, todo cobraba menos sentido.

Según las emisiones de radio, su base se encontraba cerca de las Zonas 3 y 4; pero nadie sabía dónde exactamente. ¿Cómo era posible mantener una base con todos los rebeldes bajo las narices de las industrias Better Living?

Keiji y su grupo apenas alcanzaban a encontrar algunas migas de alimentos para comer. ¿Cómo diablos se las arreglaban para alimentar a una «resistencia» completa? ¿Cómo se habían conseguido organizar de tal manera, consiguiendo armas, comida y ropa para poder probar un reto para BL/ind?

El odio que las industrias BL le tenían a esos killjoys era conocido por todos en el desierto. Algo que probaba toda la veracidad de la organización…aun así…

Mientras más pensaba en ello, Akaashi terminaba con más preguntas y teorías, así que prefería no hacerlo.

Aki lo sacó de sus pensamientos, y le entregó unas cuantas latas de comida mientras él tomaba otras. Habían ahorrado suficientes carbonos por unos meses para poder reabastecer su alacena por algunas semanas. El viaje hacia la Zona 3 no era corto, menos para ellos que venían desde la Zona 7.

Pero Tommy Chow Mein era el único lugar seguro del cual podían conseguir alimentos. Solo eran ellos tres, Aki, Nozomi y Akaashi; trabajaban y vivían de lo que podían. Aki se podía defender con su ballesta, Nozomi manejaba muy bien la escopeta y Akaashi prefería tener una glock.

—¡Tommy! —Se escuchó a alguien exclamar—. ¡Amigo, tus precios son carísimos! Dale una mano a un amigo, ¡soy tu cliente frecuente!

Keiji tomó los víveres y se dirigió a la caja registradora para pagar, la tienda estaba bastante sola y los únicos clientes además de ellos tres; eran un grupo de matones que estaban frente a él, pagando. Akaashi miró a otro lado, ese grupo se veía como si fueran problemas, el pelinegro prefería no meterse con ellos.

No era prudente hacer enemigos en el desierto.

Y si bien, era evidente que el otro grupo contaba con más fuerza bruta, Akaashi estaba seguro que él podía ocuparse de todos. Una bala hacia la cabeza para acabar con ellos de un tiro.

El viejo vendedor dejó salir una carrasposa risa, Keiji estaba teniendo unos minutos difíciles en imaginar que ese ruidoso tipo realmente conocía al vendedor más famoso en todo el maldito desierto.

—Tú y todos los chicos en el desierto —se reía el anciano—. Ni hablar, Revólver, paga o no hay caramelos para ti.

—¡Pantera! —chilló el llamado «Revólver»—. Préstame algunos carbonos, hermano, prometo devolvértelos.

—Ni lo sueñes —respondió un tipo alto con cabello enmarañado—. No es mi culpa que tengas un diente dulce, además ya me debes los carbonos de la soda pop que compré hace una semana.

—¡Te lo devolveré, hombre! —replicaba el extraño sujeto con cabellos negros y blancos, se miraba como todo un personaje; Akaashi sentía su cabeza comenzar a doler por esos ruidosos tipos. Solo quería salir de ahí—. ¡Lo haré, solo dame un poco más de cambio!

—Ni lo sueñes, Revólver, consíguete otra adicción más barata.

Keiji puso los ojos en blanco, los tipos como esos no eran de su agrado. Demasiado ruidosos y estúpidos como para saber qué les rodeaba. Akaashi estaba seguro que ellos podían respaldar la confianza que tenían. Altos y casi tenían el doble de masa muscular que Nozomi, los dos chicos ruidosos eran peligrosos.

El del cabello bicolor se cruzó de brazos y Keiji pudo vislumbrar un bate lleno de clavos en la cabeza sujeto a su costado. Usaba botas negras y de cuero hasta sus rodillas y pantalones de mezclilla gastados; al igual que una chaqueta de la misma tela enrollada hasta sus codos.

—Demonios, no quería hacer esto, pero no me dejan opción —gruñó «Revólver».

Akaashi se tensó y movió una mano para ponerla encima de su pistola, si había problemas dentro de la tienda, él se encargaría que su grupo saliera con vida.

El sujeto más ancho de los dos metió su mano a la bolsa de su ajustado pantalón y golpeó la mesa de la caja registradora con puño cerrado. Keiji tomó su glock pero no la sacó de su pantalón. El de cabello blanco y negro se cruzó de brazos, se veía molesto.

—Me hiciste gastar de mis fondos de emergencia, demonios, Pantera —maldijo, pero el otro solo dejó salir risillas malintencionadas.

El viejo Chow Mein le dio sus productos y se despidió del peculiar par.

Keiji no era de enfrentamientos y si podía evitar a toda costa cualquier interacción innecesaria con personas fuera de su círculo, lo hacía. Ya había aprendido en todos sus años de vida en el desierto que no era prudente hablar con nadie más.

Así que Akaashi mantuvo su mirada al frente, ignorando a los dos chicos.

Pero sintió unos ojos en él.

Pertenecía al del chico con cabello blanco y negro, lo sabía, Keiji se tensó pero no hizo más que hablar con Aki, para que le alcanzara unos cuantos carbonos. Seguía sintiendo esos ojos cavarle agujeros, pero hizo caso omiso, se preguntó si él le recordaba a alguien o algo; puesto que el otro no parecía buscar pelea, solo… mirarlo.

El chico de cabello como púas grises paró de verlo y siguió caminando.

Akaashi se relajó hasta que escuchó la campanilla de la entrada sonar y sus pasos salir de la tienda.

Lo mejor era no relacionarse con personas de ese tipo, pues lo único que traían era problemas.

Nozomi pagó por los víveres y los tres chicos salieron de la tienda; Akaashi, mientras, maniobraba con las bolsas de plástico para poder sacar las llaves de su bolsa. Así que no notó cuando Aki paró en seco, Keiji se estrelló la nariz con su espalda.

—¿Aki, que diablos…?

Pero paró en seco al ver que esos dos pendencieros estaban esperando por ellos.

Cada uno tenía una motocicleta, el de cabello negro y enmarañado estaba sobre la suya mientras que el otro solo se recostaba en la de él. Keiji los miró, buscando por armas, pero ninguno tenía una a la mano; aun así, Akaashi no bajaba la guardia.

—No queremos problemas —estableció Keiji, buscando su glock.

El de cabello como peine se comenzó a carcajear, era molesto. Luego sacó un cigarrillo y lo colocó en sus labios.

—Nosotros tampoco, chico —dijo con el tabaco en su boca, sacó un encendedor y lo prendió—; así que guarda esa pistola.

—Ey, ey, ey —exclamó el de cabello bicolor—; lamento si te asustamos, es la cara de pocos amigos que tiene Pantera.

—Jódete —comentó el pelinegro.

—Solo quería hacerte una pregunta, es todo —el chico sonrió.

—¿Cuál? —apresuró Keiji, solo quería acabar con esa situación de inmediato.

El chico tenía unos enormes ojos dorados, como si fueran oro fundido; guardó silencio por unos segundos, como si estuviera inseguro de seguir hablando y luego le dijo:

—¿Me puedes decir tu nombre?

Eso lo hizo retroceder.

¿ Para qué diablos necesitaba saberlo? ¿Por qué él? ¿Quién se creía? ¿Quién era él? Miles y miles de preguntas se formaron en su mente, la situación era insólita y sin embargo, una sola pregunta se formó en sus labios.

—¿Puedes decirme tú el tuyo?

El chico abrió la boca pero fue interrumpido por el otro de cabello como peine.

—¡Revólver! —reprendió.

—Ah —cayó en cuenta—, sí… lo siento…no puedo, pero puedes llamarme Ala Revólver. Así me conocen todos —sonrió como si el sol se ocultara en sus blancos dientes.

—Ala Revólver —repitió, el nombre se le hacía familiar.

—Sabes, tienes razón, no es justo —comenzó, aunque Keiji no había dicho nada al respecto—. No puedes decirme tu nombre porque yo no puedo hacerlo. ¡No es justo, definitivamente! Así que te llamaré a ti también por un alias.

—¿De qué hablas? —cuestionó Keiji, no podía seguirle el sentido a la conversación, si es que tenía…

Conejito —decidió Revólver, acompañado de una sonrisa—, te llamaré Conejito, porque eres realmente lindo.

Keiji frunció el ceño y retrocedió extrañado. Aki y Nozomi ni siquiera parecía que respiraban, ¿tenían miedo?

—Revólver, estoy recibiendo una llamada de Eclipse —interrumpió el otro, antes que Akaashi pudiera darle su opinión del apodo—; será mejor que nos demos prisa.

—Ah, de acuerdo… —Revólver se miraba decepcionado—… nos vemos.

Akaashi dudaba que se volverían a encontrar, el desierto era grande y las Zonas interminables. Las probabilidades que ellos dos se encontraran nuevamente eran nulas. Pero Keiji no lo hubiera querido de otro modo, ese tipo se veía molesto y busca-problemas.

.

Y el pelinegro tuvo razón.

Por lo menos por unos meses.

La impresión creada por ese singular par pasó hasta el fondo de su cerebro. Los dos parecían jóvenes, tenían que ser al menos uno o dos años mayores que Akaashi; tenían demasiada confianza para tener solamente diecinueve años.

Meses después Keiji supo que los killjoys eran reales.

Cuando su héroe murió.

Éste «ángel de anarquía» como le llamaba el Doctor Desafiando a la Muerte, apodado por los demás como «Pequeño Gigante»; era el chico más habilidoso de toda la resistencia. Según las transmisiones de radio, él podía derrotar draculoides sin problemas y aparentemente BL/ind sabía de su existencia.

Akaashi se preguntaba ¿cómo alguien podía ser tan importante para que hasta el dictador de la Ciudad Batería supiera su nombre?

Tan importante como para que organizaran su asesinato de esa manera.

Habia sido una emboscada, informó el Doctor D., ocho draculouides y tres exterminadores lo rodearon luego de alejarlo del convoy y fue once contra uno.

Luego de eso los killjoys ganaron más popularidad, si bien no eran muchos los que querían pertenecer a la resistencia, todos ayudaban con lo que podían. Armas y comida.

Así que solo fue cuestión de tiempo para que Nozomi viniera a él con… noticias.

—¡Akaashi, Akaashi! —Su amigo lo interrumpió mientras él analizaba el mapa de las Zonas con la intención de expandir los lugares para explorar y encontrar comida—. Escucha esto, debes escucharme.

—Sí, sí, aquí estoy —recibió.

—¿Recuerdas hace algunos meses, cuando fuimos a la tienda de Chow Mein y nos encontramos a ese par de chicos?

Por un momento Keiji no supo de qué estaba hablando.

—¿El tipo que te llamó «Conejito»?

Mierda, ahora los recordaba.

—¿Puedes llegar al punto, Nozomi?

—Sí, de acuerdo, su nombre… bueno su alias, «Ala Revólver» me pareció muy interesante y extraño, ¿por qué no podía decirnos su nombre? ¡Hasta que ahora lo descubrí!

Keiji aún no encontraba por qué debería importarle a él, pero Nozomi de verdad se miraba emocionado con su descubrimiento; así que lo dejó continuar.

—¡Lo escuché en la radio! ¡Justo ahora, el Doctor D. hablaba de algunos nuevos killjoys que demuestran mucha promesa! ¡Ala Revólver es un killjoy! ¡Conocimos a un killjoy, Akaashi! ¿No te emociona?

¿Entonces así era como lucían los killjoys?

Ahora tenía más sentido, era evidente que… una persona normal se daría la vuelta para mirarlos por segunda vez. Eran llamativos, pero intimidantes.

—Debiste escucharlo —seguía Nozomi—, según el Doctor D., ese tipo tiene suficiente fuerza como para derribar a un exterminador de un solo batazo. ¡Es la siguiente estrella que reemplazará al Pequeño Gigante! —Hizo un movimiento de golpe, como si fuera un jugador de beisbol—. ¡Extraordinario! Quisiera encontrarlo y pedirle su autógrafo.

—Es un humano más, Nozomi —escupió, no era que disfrutara cortarle las alas a su amigo, pero debía parar eso de poner a un tipo cualquiera en un pedestal.

Un tipo cualquiera que le decía «Conejito» al primero que se le pasara en frente.

El chico miró hacia abajo, claramente decepcionado y lo dejó, tal vez Akaashi había sido muy duro con él.

La delincuencia en el desierto, luego de la tragedia del Pequeño Gigante aumentó más. El número de patrullas de draculoides se duplicó y las personas se encerraban en sus chozas de láminas de aluminio a pleno día. Akaashi y su grupo tenían un «hogar» en una estructura de cuatro paredes con dos pisos.

A la redonda de su apartamento, había otras viviendas destartaladas y oxidadas; eran parte de una comunidad de un tamaño bastante moderado. Debía de haber al menos treinta casas albergando al menos cincuenta diferentes grupos como el de ellos tres. Tal vez no sentía un apego familiar con sus vecinos, pero al menos los saludaba cuando los veía, nadie molestaba a nadie.

Hasta esa noche.

Keiji estaba dormido sobre su delgado colchón cuando escuchó un enervante pitido intermitente en medio de la noche. Se irguió de su cama y los pitidos se hacían más seguidos, aspiró para avisarles a sus otros amigos pero fue demasiado tarde.

Una bomba estalló en su comunidad.

El mundo se puso de cabeza y él salió volando por la ventana. Fue un enorme cambio entre el estallido caliente de la bomba y el gélido aire del desierto. Sus oídos se entumecieron y lo único que escuchaba era el timbrar sordo que desgarraba sus tímpanos.

Veía escombros caer al desierto y zonas donde la arena ardía en llamas, no podía pensar, no podía hablar, tampoco moverse. Un cuerpo había caído a su lado, reconoció a Aki, tenía una mejilla quemada y su ropa estaba rota; Akaashi no sabía qué aspecto debía de tener.

Escuchaba el llanto de un bebé a la lejanía.

Y gritos, muchos gritos; hasta que sus oídos se volvieron sordos, y cerró los ojos, perdiendo el conocimiento.

.

—Hola, ¿estás despierto, amigo? Puedes tomarte tu tiempo, después de lo que pasó, necesitas todo el descanso que puedas conseguir.

Era la voz de un hombre y por unos segundos se preguntó si la voz de la Bruja Fénix sonaría tan barítona. Lo segundo que sintió fue el terrible dolor de su cuerpo, su piel ardía como si llamas vivas lo lamieran por completo, así que abrió los ojos y se encontró sobre una cama de hospital.

Parecía un ala de hospital, su cama estaba al lado de otra y esta de otra, eran separados por una sábana y decenas de personas caminaban como si fueran hormigas, cada una se preocupada de sus problemas, al lado de su cama estaba alguien... un hombre de cabello castaño claro y cejas negras. Akaashi, alarmado y confundido posó su mano en su cuello, tenía un vendaje rodeando su nuca; y luego notó otro enredado en su brazo.

Abrió la boca, pero su garganta estaba seca y lo único que salió fue un lastimoso gemido.

—Tranquilízate un poco —aconsejó su acompañante—, sufriste daño cuando esa bomba explotó. Me llamo Yusukuke Takinoue, y soy el doctor que se encargó de curarte.

Keiji se aclaró la garganta.

—¿Aki? —Su voz se escuchaba carrasposa, la perturbadora imagen de su amigo sobre el suelo y quemado relampagueaba en su mente—. ¿Nozomi?

—¿Son tus amigos? —Preguntó, el pelinegro solo pudo asentir— Déjame averiguar sus estados, ha pasado un día desde que explotó esa bomba, pero muchos rumores dicen que ha sido obra de unos exterminadores —el médico negó con decepción—. Desde la muerte del Pequeño Gigante el desierto ha caído en un estado de caos, BL/ind piensa que ya ganaron la guerra y hacen destrozos como estos… ¡Ah, ahí estás! —Llamó sin aviso a un chico joven que iba pasando, tenía cabello negro y su piel era bastante clara—. Chikara, ven.

El aludido llegó corriendo, tenía una tabla en sus manos con hojas de papel.

—¿Pasa algo, maestro?

—No, no, no es nada, ¿puedes hacerme un favor y buscar a estos dos chicos? —Escribió los nombres en un retazo de papel y Chikara se marchó.

—¿Puedes…? —Intentó, su garganta se sentía tan caliente como la arena a mediodía—. ¿Puedes informarme cuánto antes, por… por favor?

—Claro, pero primero hablemos de ti, tú también tuviste algunos traumas y quemaduras, ¿cómo te llamas?

—Keiji Akaashi.

—De acuerdo, Keiji, sé que debes estar muy asustado, pero te diré que cuando llegaste aquí estabas en mal estado, tenías quemaduras en tu torso y pierna derecha…

El médico siguió enlistando pero Akaashi no podía ponerle atención, poco le importaba el estado de su cuerpo o sus lesiones; tenía que saber qué le había pasado a sus dos compañeros. La imagen de Aki tendido en el suelo inconsciente…

No podía soportarlo, no podía soportar el pensamiento de perder a alguien tan cercano a él.

Keiji nunca conoció a sus padres, y no sabía si tenía una familia, su primer recuerdo de la infancia fue de él en un orfanato; con huérfanos de la guerra. Pequeños que habían perdido a sus dos padres en las guerras análogas, algunas buenas almas evitaban que los niños deambularan por el largo desierto por si solos así que los reunían y cuidaban de ellos hasta que llegaran a los quince años.

Después de eso, ellos no eran problema de nadie.

Así que Akaashi conoció ahí a los dos chicos que ahora eran su familia, Nozomi y Aki; el trío tenía dieciocho años pero tenían un sistema para desenvolverse.

Keiji, desde que era un niño descubrió una… habilidad, tenía buena puntería. Cuando los tres solían jugar a arrojar rocas a un cactus, él siempre daba en el blanco; años después quiso intentar poner sus habilidades a un mejor uso, después de incontable práctica, finalmente dominó cómo usar una pistola de mano. Se le dificultó un poco manejar el violento empuje que recibía el cañón cada vez que apretaba el gatillo, pero lo logró al final.

La mañana se hizo tarde, y él contaba los minutos hasta que recibió noticias de sus dos amigos. El que llegó fue el chico que parecía tener la misma edad que él; de cabello negro y partido en la mitad. ¿Chikara?

—Umm… —murmuró—… lamento la tardanza, es sólo que todas las habitaciones están muy llenas… y tenemos mucho pacientes en estado crítico y otros que no lo lograron.

Akaashi se congeló.

—¿Y qué hay de mis personas?

—Oh, sí —Chikara se mordió el labio con preocupación, intranquilizando a Keiji en segundos—… lo lamento, Aki fue encontrado en el conteo de las víctimas junto con otras… Lo siento mucho…

—¿Qué hay de Nozomi? —Sus oídos comenzaban a ensordecerse.

—Él está bien —informó—, tiene unas cuantas heridas y quemaduras, pero lo logrará. Solo necesita reposar.

Akaashi exhaló.

—¿Quisieras que te moviéramos de cuarto, para… ya sabes… estar con él? Sé que… ambos perdieron a su amigo así que… tal vez te gustaría… —murmuró.

—Ah… claro, claro —aceptó, sintiéndose un poco ausente.

—Me llamo Chikara Ennoshita y soy un aprendiz, pero puedes llamarme si necesitas algo —sonrió con timidez.

Akaashi no le contestó.

.

Al siguiente día en el hospital, recibió una visita inesperada… no era una visita en sí, solo un rostro familiar.

Sus heridas no eran graves, en comparación con otros heridos que no parecía que lo lograrían. Nozomi no había despertado aun, pero sus signos eran estables. Akaashi se sentía intranquilo al estar todo el día acostado en esa ominosa cama, pero aún no podía irse del hospital, Takinoue quería mantenerlo en observación por unos días más; además, él no quería abandonar a Nozomi.

Así que, caminando por los pasillos cálidos del hospital se encontró nuevamente con esos ojos como si fueran oro derretido.

El chico con cabello bicolor se encontró frente a él y pareció sorprendido de volverlo a ver.

—¿Ala Revólver? —preguntó con incredulidad.

—¡Conejito!

—¿Qué haces aquí?

—¡Podría preguntarte lo mismo! —respondió mientras cerraba la distancia entre ellos—. Dioses, ¿fuiste víctima del bombardeo?

Akaashi asintió, por alguna razón no pudo formular algún comentario abrasivo y lleno de sarcasmo; porque evidentemente él tenía que ser una víctima del bombardeo por el número de vendajes que rodeaban desde su cuello hasta sus piernas y estaba en el maldito hospital. Quizás ya no tenía energías o tal vez aún estaba en shock por encontrarse con el killjoy nuevamente.

—¿Estás bien? —sus masculinas facciones se llenaron de preocupación.

—Aún no lo sé —aceptó, porque era verdad, le habían dicho el día anterior que uno de sus más cercanos amigos había muerto, mientras que el otro no despertaba y él no había derramado ninguna lágrima.

—No respondiste mi pregunta —recordó, no quería hablar más de él mismo.

—Oh, sí, ¿no escuchaste la transmisión del Doctor D.?

Akaashi arqueó su ceja, intentando evocar la mejor expresión de «¿Qué parte de: "Estuve envuelto en una explosión y he estado todo el tiempo metido en el hospital así que no, no he tenido contacto con algún medio de comunicación", no entendiste?»

—Claro —Ala Revólver se rio nerviosamente—, claro, tú has tenido tus propios problemas…

—¿Qué dijo el Doctor en la transmisión?

—Oh, sí, los killjoys serán parte de la restauración de la comunidad, la presencia de los draculoides se ha hecho más prominente por estas Zonas; así que les ayudaremos a defender hasta que las cosas se hayan calmado.

—Ah, —entonces era cierto—, ¿eres un killjoy?

Ala Revólver sonrío con picardía, como si fuera algo de lo que debía estar orgulloso.

—Es por eso que no me puedes decir tu nombre —concluyó, no era como si le importara saberlo.

—Exacto, eres listo, Conejito.

—No tienes que decirme así, yo no soy un killjoy, mi nombre es Keiji Akaashi —corrigió; si él era franco, el sobrenombre era un poco vergonzoso.

—Akaashi —murmuró, como si saboreara el nombre— ¡Akaashi! —exclamó, lo decía con tanta felicidad que dejaba al pelinegro confundido— ¡Qué lindo nombre!

Eso lo tomó por sorpresa, la franqueza con la que hablaba… ¿quién hacía eso? ¿Y por qué? Akaashi rara vez hablaba con alguien fuera de sus dos amigos y ahí estaba ese tipo, diciendo cosas embarazosas cuando solamente era la segunda vez que se encontraban y la primera no fue más larga que cinco minutos.

Pero Keiji no tuvo tiempo de responder, pues un tipo rubio, vestido de la misma manera que Ala Revólver lo llamó.

—Nos vamos, Revólver —dijo.

La vida de un killjoy nunca se detenía, ¿eh?

Revólver comenzó a alejarse de él, pero no sin antes girarse para despedirse.

—¿Estarás aquí mañana, Akaashi? —caminaba hacia atrás, a Keiji no le sorprendería que el muy idiota se tropezara y cayera; afortunadamente no lo hizo—. Porque vendré a visitarte otra vez, ¡no lo olvides!

Keiji solo podía enarcar una ceja, no se molestó en contestarle, porque no le veía el sentido de hacerlo; tampoco el de hacer más amigos, dejar a una persona entrar… todo se veía como una pérdida de tiempo. Tarde o temprano todos tendrían el mismo final que Aki.

Todos podrían morir en cualquier momento.

¿Y entonces de qué servía intentarlo?

Regresó a su cama de hospital, pasando por alas con enfermos, quejidos y lloriqueos de dolor y de pérdida se mezclaban entre sí; uniéndose en clamores para la Bruja Fénix, que Akaashi dudaba que ella escuchara o que al menos le importara. Con los días, el número de cuerpos aumentaba y días después nadie se acordaba de ellos, él no dudaba que dentro de unos años, días o inclusive minutos, formaría parte de esa cifra; y nadie más se acordaría de él.

Se acostó sobre las sábanas amarillentas y viejas, en la cama de al lado seguía Nozomi, durmiendo.

.

Fue al siguiente día que su amigo despertó, Akaashi sintió su pecho constreñirse al ver la frágil figura de Nozomi removiéndose entre las sábanas; el chico abrió los ojos y los cerró unas cuantas veces.

—¿Nozomi? —preguntó—. Soy Akaashi, todo está bien ahora, no te preocupes.

—Akaa…

—Sí, sí, aquí estoy.

Después de unos momentos, Nozomi comenzó a hacer preguntas, Keiji no tuvo más opción que decirle lo de Aki, y cómo no lo había logrado. A diferencia de él, su amigo sí lloró. El pelinegro se sintió un poco culpable por eso, pero lo enmascaró pensando en que él debía ser el fuerte por los dos y cómo siempre, Nozomi era el más suave de los tres… de los dos.

El pelinegro quiso cambiar de tema para mejorar el humor de su amigo, así que le contó sobre su encuentro con el singular killjoy. Nozomi no tuvo la respuesta que él esperaba, no rio, ni siquiera sonrió; cómo si ni siquiera supiera acerca de los killjoys o simplemente no le importara. No se limpiaba las lágrimas de sus mejillas y lentamente se secaban en su piel.

Akaashi no siguió intentando; se sentía impotente cada vez que hablaba con él.

El médico Takinoue le dio de alta ese día, y aunque su amigo debía pasar allí unos días más; Akaashi debía irse. No había camas de sobra y todos los días se presentaban heridos por los ataques de los draculoides. Así que Keiji se despidió de su amigo con mirada ausente y salió de la habitación.

En el camino se encontró con el killjoy Ala Revólver.

—¡Cone…! ¡Akaashi! —se corrigió, Keiji arqueó una ceja.

Al lado de él caminaban otras personas, chicos y chicas de mayor edad; todas usaban pantalones ajustados y botas negras con camisas de colores eléctricos. Era imposible no voltearse para verlos; se veían seguros de sí mismos, con orgullo y dignidad caminaban con armas en sus pistoleras y máscaras a sus costados. No podía ser más evidente quienes formaban parte de la resistencia.

Esos eran los killjoys.

—Hola, Ala Revólver —devolvió el saludo.

—¡Aquí estás! Te busqué por todas partes… Espera, ¿ya te marchas?

—El doctor dijo que podía marcharme hoy, solo necesito cambiarme las vendas y mantener las quemaduras limpias; puedo hacer eso por mí mismo.

—Oh, eso es bueno —dijo y sin embargo sus hombros cayeron.

—¿Qué hay de ustedes? He notado más killjoys ahora.

—Estamos patrullando la Zona, acabando con la fuerza de draculoides cerca; debemos mantener nuestro territorio limpio, o los cerdos de BL/ind creen que les pertenece.

—¿Y aquí en el hospital?

—Ah, el líder quiere saber más acerca del mecanismo de la bomba, ya sabes… —dicho esto se tensó y abrió sus enormes ojos color trigo— ¡Y no debería contarte más, esto es confidencial!

Akaashi ladeó su cabeza y luchó por no poner sus ojos en blanco.

¿Ese tipo realmente era parte de la resistencia?

—¡Ya recuerdo! Te traía un pequeño presente de «Espero que te mejores» porque… ¡espero que te mejores, Akaashi!

De una bolsa de lana sacó una lata con una etiqueta desteñida.

—¿Qué es…?

—Son duraznos —explicó, dándole la lata.

—¿Por qué?

—Porque me das la impresión que tienes una debilidad por los dulces.

¿Akaashi era tan fácil de leer? No, no lo era, tal vez el tipo solo había tenido suerte.

—No, no me refiero a eso, ¿por qué haces esto? Apenas y nos conocemos.

—Esta es la tercera vez que nos vemos, ¿no es lo suficiente para considerarte mi amigo?

—No, y mucho menos en estos días. Necesitas pasar más tiempo con una persona antes de serlo.

—Entonces, ¿por qué no lo somos?

—¿Qué?

—Déjame invitarte a una cena, podemos conocernos más, y ¡considerarnos amigos!

Akaashi no tenía otro lugar en donde estar, tampoco se le ocurría alguna excusa que decir.

—De acuerdo…

—¡Genial! —celebró el killjoy, como si no esperaba que Akaashi iba a acceder—. Debes elegir el lugar, después de todo, soy nuevo por estos lados.

—Bien —aceptó—, sígueme.

Dejó que Ala Revólver condujera en su propia motocicleta; Keiji no tenía la confianza suficiente para cambiar eso. Así que el pelinegro los dirigió a un comedor a tres millas de ahí. La comida era insípida, pero por lo menos podrían comer sopa de tomates y jamón enlatado. Era media tarde, la radiación y fuerza de los rayos solares estaba menguando a esa hora, así que eran libres de caminar al aire libre.

Entraron a la cafetería, el suelo tenía un patrón a cuadros descoloridos, los ventiladores adheridos al techo tenían largas hélices y temblaban con cada giro que daban. Al fondo de la entrada había una barra con unos taburetes en donde unos comensales charlaban. Akaashi prefirió tomar una butaca al lado de una ventana, el sol moribundo brillaba con rayos rojizos y otoñales.

Revólver lo siguió.

Después que ambos se acomodaran, uno frente al otro; una señora avanzada en años, con un labial demasiado rojo y una sombra más azul que el océano, llegó para pedir su orden. Akaashi pidió solo una sopa de tomate, Revólver lo mismo y además un plato de carne de zorro, hamburguesa de coyote y un refresco de soda pop.

La mesera se retiró, dejándolos solos.

Ala Revólver se acomodó en el asiento rasgado, Akaashi mantuvo ambos pies en el suelo. El estridente sonido del ventilador interrumpía el silencio. Keiji sentía la mirada del killjoy en él, como si fuera un ave de rapiña esperando que dejara de respirar para devorarlo; por decir lo menos.

—Disculpa, pero aún sigo sin comprenderlo.

Las gruesas cejas blancas se fruncieron con confusión, sorprendido por las palabras del pelinegro.

—¿Qué? —preguntó.

—Aún sigo sin entender qué haces aquí con un tipo con una vida tan aburrida como la mía. ¿Por qué? ¿Por qué estás aquí? ¿Por qué quieres ser mi amigo y perder el tiempo así? La vida de un killjoy debe ser bastante emocionante.

—Lo es —respondió—, digo, me uní hace un par de años, pero es genial. Tienes la oportunidad de ir a un sinfín de Zonas. ¡Conocer personas realmente impresionantes, defender a otras! —explicaba moviendo sus manos, luego miró a Keiji y agregó—. Pero estoy seguro que un tipo como tú ha tenido una vida genial para contar.

—¿Lo dices porque estuve en el incidente de la bomba? —preguntó brusco.

En lugar de mirarse insultado, Revólver se echó a reír una barítona risa sin preocupaciones.

—No lo sé —admitió—, pareces una persona interesante, es todo.

Akaashi no sabía si eso era un halago, o un insulto.

—De acuerdo, aquí va mí «interesante» —recalcó la palabra haciendo comillas con sus dedos— historia: Soy un huérfano de la guerra, nunca conocí a mis padres, viví gran parte de mi vida en un orfanato y ahí conocí a mis dos mejores amigos. Me echaron de ahí cuando tenía quince años, y hasta ahora a mis dieciocho he vivido con Aki y Nozomi. Crecí en la Zona 7 y no he viajado más allá de la Zona 3, para visitar la tienda de Tommy Chow Mein. No puedo decir que he luchado contra draculoides, es más, he huido de ellos.

No era como si el killjoy pareciera tener malas intenciones y dudaba que pudiera afectarle saber las cosas más triviales de su vida.

—Oh, puedo enseñarte a disparar si tú quieres —ofreció.

—No es necesario, puedo hacerlo, pero no soy fanático de buscar enfrentamientos y mucho menos quitar una vida.

Keiji resistió la urgencia de preguntar si él alguna vez lo había hecho.

Revólver no hizo ningún comentario respecto a eso, así que el pelinegro solo podía llenar los vacíos del silencio.

En eso, la camarera llevó sus platos humeantes; el killjoy comenzó a comer sin esperar a que se enfriara; Akaashi prefirió esperar un poco. Si era honesto con él mismo, quería saber más acerca de la vida de los killjoys; porque hace algunos días, ni siquiera estaba convencido que existían.

—Entonces, ¿por qué terminaste siendo killjoy? —preguntó.

Ala Revólver dejó de comer.

—¿Por qué no debería serlo? —Regresó con seriedad—. Quiero decir, si tienes la oportunidad de rescatar al mundo, ¿por qué elegirías no hacerlo?

«Rescatar al mundo» —repitió, incrédulo—, estoy casi seguro que eso es imposible, Revólver.

—Podemos intentar, una guerra es una guerra porque los dos bandos contrincantes no se rinden y, Akaashi, estamos en medio de una guerra todavía. Ellos no han ganado.

Keiji pensaba que sí; por todo lo que había visto.

—¿Realmente crees que hay alguna manera que puedan ganarle al imperio de Better Living?

—No lo sabremos si no lo intentamos.

—Eso no basta para mí.

—¿Así que serás capaz de quedarte ahí de brazos cruzados mientras las industrias BL creen que pueden explotarnos hasta matarnos uno por uno? Akaashi, ¿sabes que no se detendrán, verdad?

Su último recuerdo de esa noche: Aki tendido en el piso, muerto.

—Lo sé.

—Si ya todos estamos destinados a morir, ¿no es mejor hacer que nuestra muerte valga la pena?

Keiji se sintió perdido de qué contestar, así que agarró la cuchara y probó su sopa de tomates enlatados. Revólver habló otra vez:

—Eso es lo que yo creo.

—¿No le tienes miedo a la muerte? —preguntó el pelinegro; él aún no lo decidía.

—No, hombre —respondió con una sonrisa, dándole otro mordisco a su carne.

—Supongo que es conveniente en tu línea de trabajo —comentó.

Ala Revólver se rio entre dientes.

La conversación siguió pero esta vez fue más ligera. Ala Revólver le hacía preguntas triviales y Akaashi descubrió que la comida favorita del killjoy era el yakiniku; pero era sumamente difícil de conseguirla y cocinarla.

También se sorprendió cuando supo que si había algo que el chico de cabello blanco y negro quisiera conocer más del mundo antiguo eran los búhos cornudos, solo porque se veían geniales y peligrosos. Akaashi necesitaría ver alguna fotografía para acordarse del animal.

Akaashi le compartió que él tenía una puntería modesta, había intentado probarla con todo. Flechas, dardos, balas, se le facilitaba en gran manera poder ver un blanco, y darle; era por eso que sus dos amigos jamás querían jugar a los dardos con él. Keiji también le confesó que él tenía una pésima suerte con las cartas, Revólver se carcajeó.

El pelinegro miró a través de la ventana, no había prestado atención al tiempo, pero el sol estaba cerca de ocultarse. Los colores azafranados del desierto se habían diluido hasta tomar un tono lila; el cielo tenía matices de los remanentes del día y el principio de la noche.

Ala Revólver lo descubrió mirando y dijo.

—¿Ya es hora que te vayas?

—Sí —avisó, debía llegar al motel en el que se estaba quedando temporalmente.

—De acuerdo.

No tenía idea dónde se quedaba el killjoy o si iría a encontrarse con sus otros compañeros en la noche; Revólver no le dijo nada de nadie más. Llegaron a sus respectivos transportes y a Keiji se le ocurrió un pensamiento.

—Revólver —llamó, los enormes ojos dorados se posaron en él—, podrías mañana… —no tenía idea cómo debía ponerlo—. Tengo un amigo en el hospital, no se ve nada bien y… él siempre admiró a los killjoys… ¿Podrías…? ¿Podrías solo llegar a visitarlo? Apuesto que él lo apreciaría mucho y aprovechando que están en el vecindario.

Se sintió como un tonto cuando terminó la pregunta, Ala Revólver era de la maldita resistencia, no un tipo que hacía caridad. Akaashi abrió su boca para decir que lo olvidara pero fue interrumpido.

—¡Claro! Definitivamente estaré allí —aceptó.

—Bien, perfecto —concordó también.

Ambos salieron del comedor y fueron recibidos por la brisa que anunciaba la noche. Debía admitir que no recordaba la última conversación placentera que había tenido fuera del par de chicos que vivían con él; y Ala Revólver era tan… despreocupado y alegre, Keiji había olvidado completamente que su mejor amigo había muerto y el otro todavía estaba en estado de shock.

—Así que —comenzó el killjoy—, ¿te veo mañana?

Keiji solo asintió y subió a su automóvil.

—Nos vemos, Ala Revólver.

.

—Nozomi, no has comido nada desde que despertaste —señaló Akaashi—, debes alimentarte si quieres recobrar tus fuerzas.

—Ya comí —respondió seco.

El pelinegro miró el plato de comida con un engrudo blanco a medio comer, su amigo debió de haber dado máximo dos o tres sorbos. Nozomi palidecía con los días y sus brazos ahora lucían más delgados que antes. Keiji tenía una pregunta dando vueltas en su mente desde la tarde anterior; él no se consideraba un inepto para poder defenderse, era bastante bueno disparando y podía arreglárselas en los combates cuerpo a cuerpo.

Y sin embargo él no había puesto ninguna clase de obstáculo cuando BL/ind quiso acabar con ellos.

Quería ser capaz de defenderse; abrir sus fauces y morder la mano que amenazaba con asesinarlos.

¿Ala Revólver tenía razón? ¿Lo más sensato era unirse a la resistencia?

—Sabes —Keiji llamó la atención de su amigo—, ayer me topé con un chico que tal vez te gustaría conocer.

—¿En serio?

—Sí, iba a ser una sorpresa; pero, ¿recuerdas al par de killjoys que nos encontramos en la tienda de Tommy Chow Mein?

—Ah, sí —respondió.

—Bueno, un grupo de killjoys está en la Zona alejando a los dracs y exterminadores que merodean; y se irán dentro de poco, pero Ala Revólver dijo que podría venir por unos minutos.

—Guau, Akaashi —sonrió el chico, Keiji se alegró de ver a su amigo animarse—, ¿cómo lograste eso?

—Tengo mis maneras.

Nozomi se rio.

Después de un par de minutos, Keiji se decidió a preguntar.

—¿Oye, nunca pensaste que tal vez nuestras vidas pueden servir para algo más que solamente pasar escondiéndonos y esperar que BL/ind no nos seleccione como las siguientes víctimas?

—¿Akaashi… por qué me preguntas eso? ¿De dónde viene esto?

—He pensado, ¿no es mejor tomar al toro por los cuernos en lugar de solo dejar que nos atraviese? ¿No te gustaría dedicar lo que nos queda de vida para investigar si podemos ganar esta guerra?

—¿Guerra? ¿Cuál guerra? Los que quedamos sólo somos sobrevivientes que lograron quedar de las guerras de helio; la batalla acabó, Akaashi, y nosotros perdimos.

Keiji se mordió el labio, Nozomi no pensaba eso antes; su amigo se caracterizaba por tener sueños de grandeza, perdía el tiempo escuchando las transmisiones del Doctor, se había aprendido los nombres de algunos killjoys y se decepcionó cuando el Pequeño Gigante murió. El pelinegro se excusó del cuarto y salió en busca del otro chico, tal vez cuando hablara con Ala Revólver volvería al pensamiento de antes.

Para su sorpresa, encontró al killjoy con cabello bicolor sentado en las gradas que estaban en la entrada; eran pocas y estaban construidas de concreto. El hospital solo tenía dos pisos y era pequeño, Keiji lo consideraba más una clínica, algunos vidrios estaban rotos y la pintura estaba descolorida por los rayos del sol.

—Pensé que estarías adentro —comentó Keiji como saludo.

—No, hombre, no sabía qué número era tu habitación —aceptó con vergüenza—. Además, dudo mucho que me dejen entrar, de todas formas, ya no tengo nada que hacer por la Zona.

—¿Terminaron su misión?

—Sí, nos regresamos mañana antes que salga el sol.

—¿Entonces, por qué viniste?

—Te dije que vendría, ¿no? Una promesa es una promesa —explicó—; además debía venir a despedirme, dudo mucho que regrese a esta Zona en mucho tiempo.

Akaashi se sintió extraño, casi decepcionado.

—Eso es lamentable —comentó.

Revólver se rio entre dientes y pasó su mano por sus enmarañados y locos cabellos, rascando su cuero cabelludo.

—Entonces, ¿pasamos a conocer a tu amigo?

—Ah, sí. Ven, es por aquí —lo invitó—. Aunque debemos apresurarnos, las horas de visita están por acabarse.

—Yo te sigo a donde me guíes, Akaashi.

El pelinegro sonrió.

Cuando el killjoy entró a la habitación, los ojos de Nozomi se iluminaron y Akaashi se relajó instantáneamente. Al principio, su mejor amigo actuaba tímido, pero Revólver era genuinamente agradable; parecía que el chico de la resistencia era experto en hacer amigos, y Keiji no había sido la excepción.

Nozomi le preguntó muchas cosas, y el de cabello blanco y negro las respondió sin dudar; claro, sin revelar algunos secretos más evidentes de la resistencia.

Keiji caminó hasta la esquina del cuarto y se recostó sobre la pared; pensando en sus propias decisiones. De cierta manera, él envidiaba al killjoy, ser así de decidido sobre su manera de vivir; ser capaz de mirar al miedo directo al rostro y no retroceder. Creer realmente que el podrido mundo tenía salvación y que los dioses no los habían abandonado y solo quedaba la Bruja Fénix para recoger sus cadáveres hasta que no quedara ninguno.

El médico Takinoue llegó para avisarle que el tiempo de visitas se había acabado y ellos dos debían irse. No sin antes mencionar que el siguiente día Nozomi sería dado de alta, aunque aún debía regresar dentro de una semana para un chequeo general.

El killjoy se despidió de ambos y fue el primero en salir, dejando a Keiji y Nozomi solos. Akaashi se decidió en decirle a su único mejor amigo lo que había contemplado; pero él fue más rápido que el pelinegro.

—Akaashi —comenzó—, no puedo creer que antes pensara que ser un killjoy valiera la pena.

—¿Qué? —retrocedió.

—¿No está claro? Todos aquí afuera no tenemos oportunidad contra BL; ellos son, simplemente, demasiado fuertes. Somos como hormigas queriéndose rebelar contra el niño que sostiene una lupa y nos quema.

—Si tienes ese tren de pensamiento, entonces terminarás muerto —comentó.

—¿Y? Los killjoys lo harán antes, mira al Pequeño Gigante. Solo es cuestión de tiempo para que Ala Revólver termine igual.

Akaashi no quería pensar en eso, el killjoy de los ojos dorados era una buena persona.

—¿Entonces qué? —Rebatió Keiji— ¿Pasarás toda tu vida escondido en un agujero en la tierra rezándole a la Bruja que tú no seas el siguiente?

—¡No lo sé! —gritó su amigo, sobresaltándolo— ¡No quiero tener el mismo final que Aki! —Nozomi irrumpió en llantos.

Akaashi rechinó sus dientes y sus ojos comenzaron a arder, pero miró a otro lado y se obligó a controlarse. Si Nozomi se quebraba, él debía estar ahí para ser su roca.

—Lo sé, lo sé —calmó el pelinegro; pasando un brazo por su espalda.

El doctor Takinoue llegó nuevamente para recordarles que debían separarse; así que lo hicieron. Akaashi salió al pasillo y hasta las gradas del hospital. Se sorprendió al ver la cabeza de cabellos enmarañados blancos y negros.

—¿Qué haces todavía aquí?

Ala Revólver giró su cabeza, sorprendido por la voz de Keiji, aunque se recuperó en segundos y su sonrisa contagiosa se esparció en sus labios, revelando una línea recta de perlas blancas.

—¿No podía esperarte?

—No digo que no pudieras, pero me pregunto por qué lo hiciste.

—Las noches en el desierto son peligrosas, necesitas un killjoy que te defienda —alardeó, inflando su pecho.

—No es necesario —rechazó—, yo puedo cuidarme solo.

Akaashi, sin embargo, se sentó a su lado; no tenía prisa por regresar a su polvoriento motel. El sol estaba por ocultarse a su izquierda y alargaba sus sombras como unas siluetas larguiruchas y negras. El horizonte se pintaba con colores oxidados.

—Lo sé —aceptó el killjoy—, apuesto mí brazo a que puedes cuidarte, es por eso que no entiendo que haces aquí todavía.

—¿Uh?

—Dices que eres muy bueno disparando, y no te ves como una persona que mientes, así que ¿por qué no te unes a los killjoys?

—¿De qué hablas? ¿Cómo…?

—Siempre buscamos nuevas personas que crean en nuestra causa y estén dispuestos a dedicar su vida a la resistencia.

—¿Cómo puedes estar tan seguro que creo en la causa de la resistencia?

—Por la conversación de ayer —respondió, sonriendo de oreja a oreja, seguro de sí mismo—; creo que mis palabras llegaron muy dentro de ti —Revólver se veía orgulloso.

Keiji resopló y se rio, el killjoy creía demasiado en él.

—Así que —volvió a hablar Revólver, Akaashi notó que el chico sacó un cigarrillo de su bolsa y lo colocó en sus labios. Lo encendió y le dio una bocanada—… ¿qué dices? Tienes lo que se necesita para ser uno de nosotros.

—¿Tú líder no tendrá algo que decir al respecto?

—¡Oye! —exclamó—. ¿Qué te hace pensar que yo no soy el líder?

Akaashi bufó a eso y se rio más fuerte de lo que planeaba; la idea se le hacía absurda. Ala Revólver podía ser carismático y se veía peligroso, pero el intelecto detrás de toda la resistencia que permanecía escondida a plena vista de los habitantes del desierto y también de todo BL/ind… Simplemente no encajaba.

—¡Ey! —lloriqueó Bokuto.

—Necesito un poco de tiempo para pensarlo.

—Tienes razón, tienes toda la razón —concordó, dándole otra calada al cigarrillo y exhalando el humo blanco—. ¿Cuánto tiempo?

Keiji hizo una cara, una decisión de esa magnitud no podía ser tomada de la noche a la mañana.

—¿A qué te refieres? Tengo que hablarlo con mi amigo; si yo me uno, él también lo hará. No pueden admitirme solo a mí.

—Claro, claro —se rio el ruidoso killjoy—; pero tiene que ser dentro de dos días.

—¿Dos días?

¡¿Dos días?! ¡Eso era absurdo!

—Sí, lo siento, Akaashi; pero dentro de dos días todos los killjoys regresaremos a la base y entonces será demasiado difícil que tú y yo podamos vernos otra vez. Es por eso, ven conmigo, Keiji.

—Hablas como si perderé mi oportunidad para siempre.

—Lo harás —aseguró, en el poco tiempo desde que se habían conocido, Akaashi nunca lo escuchó con un tono tan serio—, créeme, no es fácil encontrar la base. A menos que quieras vagar sin rumbo en medio del desierto y esperes encontrarnos de casualidad.

—Eso suena como algo que tú harías —pensó.

—¡Akaashi! —Se quejó, subiendo su tono y alargando las «A» en su nombre—. ¡No te tomé como alguien tan cruel!

—No me conoces, Revólver —molestó.

El pelinegro le quitó el cigarrillo de los dedos y le dio una bocanada, llenó sus pulmones y sintió ese delicioso ardor en el pecho del humo caliente; exhaló su aliento, Keiji no pudo evitar bufar ante la mirada anonadada del killjoy. Después de todo, él no había tomado al otro chico como impresionable.

—¿Qué? —preguntó al sentir la mirada penetrante de Revólver en él.

—Nada —se rio el chico, sacando otro cigarrillo.

—¿Dos días, entonces? —cuestionó con el taco de nicotina en sus labios,

—Dos días.

.

El doctor Takinoue finalmente le dio de alta a Nozomi y ambos empacaron sus cosas para marcharse. Mientras iban en el automóvil, Akaashi conducía por la Ruta Guano, buscando refugio, su amigo iba en silencio; algo no muy común en él.

Keiji sentía que algo había cambiado entre ellos el día que Aki murió.

Por su lado, él no veía el sentido a continuar su vida de la misma manera, quizás la Bruja Fénix había permitido la catástrofe porque Akaashi necesitaba una alarma que lo sacudiera hasta su núcleo para despertarlo.

Necesitaba hacer algo más que solo seguir huyendo y escondiéndose del ojo vigilante de BL.

Las horas pasaban y la fecha tope que le había dado Ala Revólver se acercaba.

—¿Hacia dónde vamos ahora? —preguntó a su amigo, quién iba en el asiento del pasajero.

—No lo sé —la voz de Nozomi era suave y pequeña—, pensé que tú podrías tener la respuesta.

Akaashi la tenía, pero sabía que al otro no le gustaría nada. Era como si cada día la pared que se había forjado entre ellos aumentaba de grosor, hasta que un día ya no podrían escucharse.

Se odió a sí mismo, pero debía hacerlo.

Giró el timón y se encaminó al lugar donde habían acordado reunirse. Lo único que Nozomi necesitaba era un empujón, y Akaashi dejaría de ser un amigo si no fuera él quién se lo diera.

Después de algunos minutos, llegaron.

Una caravana de vehículos se enfilaban ahí, todos tenían grafitis por todas partes y figuras de calaveras o arañas. Un grupo de chicos estaban recostados sobre ellos, Akaashi divisó entre ellos al chico de cabello como peine, Pantera.

—Akaashi, ¿qué está pasando? —le preguntó Nozomi.

—Creo que acabo de decidir qué quiero hacer con mi vida… —le respondió.

—Querrás decir con tu muerte, ¿de qué se trata esto? —el otro sonaba alarmado.

—Nozomi —Keiji le urgió—, por favor… por favor haz esto conmigo. Sé que dirás que no he superado la muerte de Aki y tal vez tengas razón, pero, nunca he estado más seguro de algo como de esto. Soy un killjoy, lo sé, lo siento. Ahora, mírame a los ojos y dime que tú no sientes lo mismo —retó.

—¡¿Cómo te atreves?! —exclamó su amigo con lágrimas en los ojos— ¿Cómo te atreves a mencionar su nombre mientras haces algo tan… ¡descuidado!? ¡¿Uh?!

—Nozomi…

—¡Lo lograron! —saludó Ala Revólver acercándose hacia la ventana del vehículo—. Akaashi, pensé que no vendrías.

—¿Akaashi hay algo que no me estás diciendo? —su amigo se veía herido.

Keiji rechinó los dientes, necesitaba algo de espacio.

—Revólver, lo lamento, ¿pero podrías darnos unos momentos antes de partir?

Finalmente el killjoy leyó el tenso ambiente y, formando una «O» con sus labios se alejó del automóvil para alcanzar a sus demás compañeros.

—Me uniré a los killjoys —dejó caer la bomba.

El silencio reinó por unos minutos.

—Aki se acaba de morir, ¿por qué tienes tanta urgencia en ser el siguiente?

—Nozomi, no planeo morir en un futuro cercano, créeme.

—Eso no lo puedes saber, serás tú contra BL.

—No, no lo seré —miró por la ventana—. Ganaré hermanos.

—Pues ahora considera que perdiste al que te quedaba —cortó.

Akaashi lo vio con ojos suplicantes, él ya había hecho su decisión y no podía retroceder; no con eso.

—Por favor —rogó por última vez; él quería que su mejor amigo se uniera a él—, acompáñame en esto.

—Um… —fueron interrumpidos por Ala Revólver otra vez— lamento interrumpirlos, pero… los chicos y yo nos tenemos que marchar.

—Sí, tienes razón, lo sentimos —Keiji hizo una pequeña reverencia.

El pelinegro se bajó del automóvil y le pidió a Nozomi que hiciera lo mismo; su mejor amigo lo hizo. Ambos caminaron hacia donde estaban los killjoys, todos los miraban expectantes.

—¿Así que…? —dejó en el aire Ala Revólver.

Keiji miró a su amigo; Nozomi solo miraba al suelo.

—Yo me uniré a ustedes —afirmó Akaashi.

—¿Tú? —el killjoy dirigió su atención al otro chico.

—Lo siento… —murmuró Nozomi y Keiji sintió su corazón hundirse, porque sabía que eso significaba que no lo volvería a ver—… no puedo —respondió y luego lo miró—. No puedo, Akaashi.

—¿Adónde irás? —preguntó el pelinegro.

—Yo… no lo sé…

—Si buscas refugio —ofreció Ala Revólver—, hay una comunidad grande y segura cerca de la Zona 9, siguiendo la dirección en donde sale el sol.

—Gracias… —El viaje sería largo y Nozomi iría solo.

—¿Esto es un adiós? —preguntó Keiji.

—Lo es.

Aki los había mantenido unidos por mucho tiempo y el agujero que dejó cuando murió los alejó tanto que terminó separándolos; pero Akaashi debía seguir los deseos de su corazón y no se perdonaría a sí mismo si no lo hiciera. Era amargo y dolía, porque esos dos chicos llegaron a convertirse en personas importantes para él. Nozomi se abalanzó hacia él y lo abrazó; Akaashi no tuvo más remedio que responder el gesto.

Él escuchó a su amigo sollozar y enterró su rostro en su cuello, dejando salir las lágrimas. Akaashi sabía que Nozomi se estaba quebrando por Aki también, dejaba salir los lamentos que Keiji no podía.

El sol se comenzaba a esconder y no podían perder más tiempo. Su amigo despegó su rostro de su hombro y se limpió sus ojos húmedos y rojos.

—Solo… no mueras, ¿de acuerdo?

—No lo haré —contestó el pelinegro; luego hurgó en su bolsa y sacó las llaves del automóvil—. Ten, tú las necesitarás ahora.

Era lo único que les quedaba, pero sabía que el viaje de Nozomi sería largo.

Con una última palmada en su espalda, Akaashi se despidió del chico, sabía que no lo volvería a ver otra vez.

Y así fue.

Keiji fue guiado por Revólver a uno de los automóviles de la caravana de los killjoys. Él se metió primero, en medio del asiento trasero, Revólver fue detrás de él situándose al lado de la ventana. El conductor arrancó el automóvil, Akaashi reconoció al killjoy de sonrisa torcida y cabello negro y enmarañado que iba en el asiento del pasajero.

Nadie de los que iban en el automóvil abría la boca; el motor hacía la conversación por ellos. Quizás lo hacían por respeto a la situación, o tal vez porque Akaashi todavía era un desconocido; pero no se extrañó cuando Bokuto irrumpió el silencio, tan escandaloso como su personalidad.

—Así que… ¿ése chico era tu novio?

Keiji lo miró con incredulidad y arqueó una ceja. Delante de él, el chico con cabeza de peine se carcajeó estrepitosamente, a él se unieron los demás pasajeros. El pelinegro solo se preguntó si, después de todo, esto había sido una buena idea.

El viaje pasó sin otros acontecimientos notables hasta que estaban cerca de llegar a su destino. El killjoy de su izquierda le colocó un saco en la cabeza.

—No lo tomes a mal —advirtió; Akaashi lo escuchaba difuso—, es solo protocolo.

Akaashi ignoró el sonido de alarma en la parte trasera de su cerebro cuando llegó a su destino. Ahí descubrió que la base de la resistencia se encontraba bajo tierra; era tan ingenioso como lógico. «El Nido» le llamaban y era la fortaleza de todos los killjoys; enorme e impenetrable.

Keiji no podía evitar sentirse seguro ahí adentro.

Fue llevado inmediatamente al despacho del líder de la resistencia. El pelinegro tenía la idea que se encontraría a un hombre de mediana edad comandando a los rebeldes, en las transmisiones del Doctor Desafiando a la Muerte mencionaban a un «Cuervo Nicotina» y Akaashi siempre se lo intentaba imaginar; así que se llevó una gran sorpresa cuando conoció que se trataba de un chico, menos de cinco años mayor que él, llamado Daichi Sawamura.

Supo después que Nicotina llevaba solamente un par de meses como líder, y aún se estaba aclimatando a todo.

Le asignaron una camilla, los cuartos eran compuestos por ocho literas, cuatro a cada lado; es decir dieciséis killjoys por habitación. Keiji solo dio gracias porque se le fue designado el colchón inferior. Conoció a su compañero de arriba un chico con ojos entornados y cabello rubio.

—Ey, ¿qué hay, chico nuevo? —saludó con una sonrisa amistosa—. Mi nombre es Akinori Konoha, y parece que seremos compañeros de literas.

—Keiji Akaashi, gusto en conocerte.

Cuando llegó la hora de la cena se encontró nuevamente con Ala Revólver.

—¡Akaashi! —lo recibió, con el mismo tono de siempre— ¡Es tan extraño, pero genial, verte en la base!

—Revólver —saludó.

Era la primera vez que se veían a solas desde que él había llegado, sintió su pecho apretarse con la familiaridad de la situación. Ala Revólver se había convertido en su amigo y ni siquiera tenía idea cómo; el chico simplemente era agradable.

—Te aconsejo que te apartes de los garbanzos de Yaku —susurró mientras la fila hacia la comida se acortaba—; el tipo es pequeño, pero sus papilas gustativas han perdido la habilidad para saber qué es picante.

Keiji bufó.

—Oye, Ala Revólver —llamó recordando—, ahora que también soy un killjoy, me debes tu nombre.

—¡Tienes razón! —gritó, llamando la atención de algunos cuervos en la cafetería, Akaashi sintió un poco de vergüenza—. ¿Cómo lo pude olvidar? Mi nombre es Koutarou Bokuto.

—Bokuto —dijo, le quedaba bien ese nombre —; un placer en conocerte Koutarou Bokuto, mi nombre es Keiji Akaashi —le ofreció su mano.

—Créeme, el placer es mío —sonrió hasta las orejas.

.

Conoció luego al mejor amigo de Bokuto; el chico con cabellos negros y sonrisa torcida, Pantera Anfetamina o Tetsurou Kuroo. La combinación de ambos era explosiva, peligrosa y sobre todo muy… muy… estúpida.

—¡Guau, Akaashi! —celebró Koutarou después que él le disparara a un blanco en la arena de entrenamiento; rara vez fallaba—. ¡Eres increíble!

—¿Sabes cómo serías más genial e increíble? —Canturreó Kuroo, el rey de la provocación—. Sí pudieras disparar con tu mano izquierda también.

—¡Oh! —se exaltó Revólver.

—¿Por qué lo haría? —cuestionó Akaashi, él siempre se había considerado bueno en disparar—. ¿De qué serviría volver al nivel cero si fácilmente puedo acabar con cualquier blanco ahora?

—De esa manera, si te cortan una mano, aun te quedará la otra —comentó, Pantera con tono de socarronería.

Keiji sentía una vena en su párpado comenzar a pulsar.

—Oh, oh, ya sé, ¡ya sé! ¿Por qué no intentas disparar con las dos manos al mismo tiempo?

—Eso sólo suena contraproducente —rebatió Keiji comenzando a molestarse.

—Podrías intentarlo —brilló Koutarou.

A diferencia de Kuroo, Bokuto no hacía comentarios con malas intenciones, solo era infantil.

Pero la idea de disparar con dos pistolas era estúpida y peligrosa.

—No deberías estancarte con lo que ya sabes, es lo que quiero decir —explicó Pantera, y sin embargo sus palabras y la expresión de su rostro no coincidían.

Los comentarios del par de idiotas quedaron grabados en su mente. Para cuando la cena llegó Keiji se sentó en la mesa con otros chicos, él apenas y sabía sus nombres; pero reconocía al par de hermanos rubios, los Tsukishima. Akiteru, apodado Eclipse Impuro y su pequeño pero alto hermano de apenas quince años Kei, cuyo alias era Ácido Lunar.

Le habían dicho que Akiteru fue uno de los killjoys originales, junto al fallecido Pequeño Gigante. Habían pasado algunos meses desde su muerte, pero Eclipse parecía atormentado todavía, quizás habían sido muy unidos.

—Ah, Akaashi, ahí estás —escuchó una voz.

Keiji levantó su mirada del soso plato de comida para encontrarse con el líder, Daichi Sawamura. Perdido sobre qué hacer, él quería demostrar buenos modales, así que se puso de pie y le hizo una leve reverencia asintiendo.

—Cuervo Nicotina —saludó.

—No, no, aquí adentro puedes llamarme Daichi —sonrió, sentándose frente a él.

—De acuerdo, Daichi.

—¿Has escogido ya un alias por el que te podamos llamar allá arriba?

—No —admitió—, no lo sé. No tengo algo que me identifique.

—Puedes elegir algo que te recuerde a un buen momento, a una persona especial en tu vida, o algo que te ayude a seguir—intentó ayudar.

Keiji lo pensó por un momento, hasta que las piezas del rompecabezas comenzaron a caer en su lugar.

—Histeria —dijo, porque era a lo que le temía, a caer en un espiral de emociones descontroladas. Ser llevado por el miedo y volverse emocionalmente comprometido, como lo había hecho Nozomi.

Él no sería así, no dejaría que sus emociones lo dominaran; este era un nuevo comienzo y él evitaría a toda costa ser controlado por alguien más.

Nadie valía la pena.

—De acuerdo —Daichi recibió—, Histeria, bienvenido a nuestras filas, hermano killjoy.

.

Pasadas las horas de la noche, volvió a su litera para dormir, sentía sus huesos cansados; solo quería cerrar los ojos y olvidar el mundo por unas horas. Se acostó en su camilla; con sus dos manos atrás de su cabeza para amortiguarla, miró la parte trasera de la cama arriba de él.

—¿Qué tal tu día, Konoha? —le preguntó a su compañero, el chico rubio de ojos rasgados era una buena persona con quién hablar.

—¡Muy bien! —exclamó y al siguiente segundo una cabeza llena de cabellos rebeldes blancos y negros se asomó de cabeza a un lado de la cama; Akaashi se sobresaltó del susto—. ¡Pero no soy Konoha!

—¿Bokuto? ¿Qué rayos pasó con Konoha? —preguntó, todavía un poco alarmado. Ala Revólver nunca dejaba de sorprenderlo.

—Cambió su litera con la mía, ¿no te parece genial?

—¿Lo hizo? —preguntó, un poco desconcertado—. ¿En serio?

—Si.

—¿Fui un mal compañero de literas? —No podía evitar sentirse un poco herido; aunque fuera por algo tan tonto, pero él quería realmente causar una buena impresión en la resistencia, en especial si se trataba de sus mayores.

—¿Qué? ¡No! —Negó un Ala Revólver de cabeza, sus ojos parecían brillar en la oscura habitación.

Bokuto se dejó caer al suelo de espaldas y cayó parado.

—¡Todo lo contrario! —urgió—. ¡Fuiste un excelente compañero de literas! Fue por eso que se me dificultó mucho convencerlo.

¿«Convencerlo»? —preguntó Akaashi—. ¿Fue tú idea cambiar de literas?

—Sí —respondió como si fuera obvio.

—¿Por qué?

—Quería ser el compañero de literas de Akaashi —admitió.

Histeria sintió como si alguien había cerrado su mano en su garganta y se le dificultaba tragar. Aun no podía comprender cómo y porqué alguien podía decir esa clase de cosas tan fácilmente. No se decidía si Bokuto era uno de los chicos más fuertes, o más idiotas que había conocido.

Al siguiente día, Keiji intentó poner en práctica lo que Kuroo le había dicho y comenzó a disparar con su mano izquierda. El impulso del disparo desestabilizaba su postura, pero su puntería era similar a la que tenía con su derecha.

Había pasado solamente una hora después del desayuno y él ya estaba en la arena de entrenamiento; y… por alguna razón… el par de idiotas, mejor conocido como «Ala Revólver y Pantera Anfetamina» —O como Kuroo los llamaba «Pantera Revólver»— estaban ahí, mirándolo y fastidiándolo.

—Sabes que estoy herido aún, Revólver —informó el de cabellos negros y enmarañados, mientras Keiji cargaba su glock.

—Kuroo —comenzó Bokuto—… Sabes que te quiero, pero debía hacerlo.

—¡Eras mi compañero de literas y me abandonaste! No es genial, hermano, nada genial. ¿En la cama de quién me escabulliré ahora?

Histeria puso en blanco sus ojos y disparó, esta vez esperaba la fuerza del empuje y no perdió el balance. Se preguntó si alguna vez esos killjoys se tomarían las cosas seriamente.

¿O tal vez eso era exactamente lo que evitaban?

Tal vez era su manera de sobrellevar la situación de mierda a la que todos ellos consideraban «vida». Y tal vez Akaashi no tenía ningún derecho a opinar qué era lo que a ellos les servía para poder sobrevivir la noche.

—Hermano, tú sabes que yo siempre estoy dispuesto a unos buenos arrumacos completamente y cien por ciento platónicos, pero ¡Akaashi necesitaba un rostro familiar ahí cerca! ¿No, Akaashi?

—No realmente —respondió, antes de disparar nuevamente.

—¡Akaashi! —lloriqueó—. ¡Apóyame por una vez!

Histeria resopló, riéndose entre dientes.

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—Sabes que le gustas, ¿no? —preguntó Kuroo un día después de unos pares de meses.

Pantera estaba recostado perezosamente sobre un banco largo, con ambas manos sosteniendo su cabeza mientras cerraba los ojos, como si fuera un gato viejo; él y Kenma terminaban de comer su almuerzo. Bokuto y otro grupo de cuervos habían salido del Nido.

La pregunta lo tomó por sorpresa, pero no lo extrañó; él también lo había notado; además, Koutarou no había hecho nada para tratar de ocultarlo. Keiji simplemente no lo reconocía porque no sabía qué hacer con ése conocimiento.

Después, Akaashi se sorprendió a si mismo mirando a Bokuto. Lo hacía siempre que Revólver estaba ocupado con algo más y no había ninguna forma que lo sorprendiera viéndolo. Histeria se decidió que Koutarou era, verdaderamente apuesto.

Con facciones delineadas pero masculinas, gruesos brazos y ancha espalda. Había algo en su físico que siempre llamaba la atención de Keiji. Pero era eso nada más, una fijación. Cada noche, asomaba su rostro sobre su litera como un búho de cabeza para decirle «buenas noches»; a veces, cuando sus horarios coincidían se sentaban lado a lado para comer. Ala Revólver se convirtió en un muy buen amigo, el más cercano en toda la base.

Pasó la mitad de un año y Akaashi quedó desconcertado cuando llegó a la cafetería y todas las sillas y mesas habían sido apiladas a un lado, dejando toda la enorme pieza vacía. Al fondo de la cafetería habían colocado una especie de tarima pequeña. Encontró a Nishinoya, el experto en bombas jugando con unos extraños brebajes de colores neones y a Kuroo con una guitarra atada por una correa en su torso.

—¿Qué está pasando?

—Ah, daré un concierto hoy —respondió con naturalidad.

¿Estaba hablando seriamente?

No tenía idea qué expresión hacía pero Pantera se echó a carcajear.

—Oh, vamos no es tan malo, «señor Cinismo» —rio Kuroo—, nunca le ha hecho mal a nadie pasar un buen rato de vez en cuando.

—Y, exactamente, ¿en qué consisten tus «conciertos»? —preguntó usando sus dedos como comillas.

—Primero, ouch, eso dolió; eres jodidamente cruel, Akaashi. Segundo, se trata solo de pasar un buen rato; ya sabes, celebrar la música, la comida y la compañía.

—¿Celebrar? —Akaashi estaba confundido.

¿Celebrar qué? BL/ind seguía en pie, Oikawa seguía vivo y ellos aún eran criminales perseguidos. No habían logrado sus metas, no tenían razón de celebrar.

Pero Keiji no quería ser maleducado, así que solo concordó con Kuroo y se alejó del lugar. Optó ir por su comida, Yaku y Sugawara la estaban repartiendo; situados tras unas mesas mientras servían a los que llegaban en fila india.

Histeria notó a su lado un rostro que no había visto antes, había un adolescente con piel oliva y pecas; ¿el chico era nuevo?

—¿Te conozco? —preguntó Keiji—. Lo siento, no te había visto antes.

—¡Oh! —exclamó Sugawara detrás de las mesas de comida—. Akaashi, él es Tadashi Yamaguchi, nuestro nuevo hermanito cuervo. Un chico muy valiente, ¿sabías que viene directo de Ciudad Batería?

El pelinegro lo miró a los ojos y Yamaguchi miró al suelo con timidez.

—Gusto en conocerte, mi nombre es Keiji Akaashi —hizo una reverencia; no hacía falta preguntar para saber que todos habían vivido cosas horribles antes de llegar al Nido.

—El… el placer es mío, Akaashi —tartamudeó el chico con pecas en las mejillas.

Después de tomar su plato se sentó en una de las mesas que habían dejado en las esquinas; Keiji podía pasar todo su día solo observando a los demás y hundido en sus pensamientos. Admiraba a todos de una manera propia, cada killjoy hablaba diferente, pensaba diferente, eran las diferencias lo que los hacían humanos; y era esa su primera razón para querer acabar con las industrias Better Living.

Sintió un pesado cuerpo sentarse a su lado. El aroma familiar del chico llegó a su nariz y en segundos se relajó.

—Discúlpame si esto te ofende, pero no encuentro ninguna clase de sentido a esta… «Fiesta» que planean llevar acabo aquí.

—Eso no me ofende —respondió Bokuto; Akaashi lo miró, su ceño se fruncía con preocupación, como siempre lo hacía cuando pensaba mucho en algo—. Pero nunca está demás celebrar —razonó, ladeando su cabeza como una lechuza.

—¿Celebrar qué?

—Qué estamos vivos —respondió con intensidad, los enormes ojos amarillos le hacían agujeros a Keiji—; y este momento: tú sentado ahí, yo aquí, juntos en este lugar, tal vez no se volverá a repetir.

—Eso… tiene sentido —aceptó.

—Además, debes aprovechar todos esos momentos, porque si no… puede ser muy tarde; no sabes cuándo puedes… —dejó la frase en el aire.

—¿Morir?

—¿Qué? No, quería decir comer algo malo, terminar en el baño ¡y perderte la fiesta más loca de tu vida!

La tonta respuesta fue demasiado para él y Akaashi terminó dejando salir una carcajada.

—Bokuto, Akaashi —saludó Konoha sentándose en la misma mesa, en la banca frente a ellos—. ¿Qué hay, chicos?

—¡Konoha! —se exaltó Bokuto, mirando la bandeja metálica del rubio; en la esquina tenía un pequeño vaso con frutas en almíbar—. ¡¿Dónde conseguiste eso, hombre?!

—Ah, Suga los acaba de preparar —explicó.

—¡Demonios, tengo que conseguir uno!

El killjoy se levantó de la mesa y salió corriendo con urgencia. Akaashi solo podía ver como se alejaba con velocidad, preguntándose si algún día Koutarou dejaría de sorprenderlo.

—Ese tipo es un idiota —Keiji le comentó a Konoha.

—No, hombre —se rio Konoha—. Él solo ve el mundo de una manera diferente; al final del día, creo que es un genio.

—¿Bromeas verdad?

—Te convenció a ti que te unieras a la resistencia, ¿no?

Akaashi no podía refutar eso.

Horas después, cuando todos los cuervos habían comido, Kuroo se colocó en la tarima y comenzó a tocar su guitarra. La mayoría de chicos se acercó y lo rodeó para disfrutar de la música; tenía una voz melodiosa, a su lado se unió Yaku como segunda voz.

Varios de los rebeldes comenzaron a ponerse de pie y bailaban entre ellos; esperó que Bokuto estuviera en medio de todos, como el alma de la celebración; pero en lugar de eso se había quedado a su lado, sentado lejos de la multitud, solo escuchando la música.

—Sabes, Akaashi —Revólver comenzó, las melodías se escuchaban bajo—, he estado pensando en nuestra conversación que tuvimos en aquel comedor de la Zona 7.

Keiji apenas la recordaba.

—Tú me preguntaste si le temía a la muerte.

—Oh, sí —recordó—, tú me dijiste que no.

—Exacto. No lo sé, para mí, la muerte es definitiva; digo, no te sorprende nada porque nunca cambia. Ya sabes qué esperar.

—Esa es una manera de verlo.

—Pero he estado pensando en que sí hay algo a lo que le tengo miedo.

—¿Sí?

Bokuto asintió.

—En la última misión a la que salimos, nos encontramos con un grupo de draculoides, que derrotamos fácilmente —narró—; pero, cuando todos estaban en el suelo muertos… uno de ellos perdió su máscara y…y…

Koutarou veía el suelo, pero parecía que sus ojos estaban en otro lado; otra vez en ese lugar, reviviendo los recuerdos. Su mano se movió por sí sola y terminó enrollándose en la de Bokuto, intentando apoyarlo de esa manera.

Fue la primera vez que se tomaron de las manos, su corazón dio un vuelco al sentir la diferencia entre los tamaños y la textura dura de sus falanges. Akaashi pasó la yema de sus dedos por los nudillos de Koutarou. Revólver por su lado, no pareció anonadado por el gesto pero apretó de regreso, el pelinegro sintió que su corazón se saltó un latido.

—Y debajo ahí estaba… un humano más… fácilmente pudo haber pertenecido a la resistencia… —explicó—. A lo que le tengo pavor son a esos lavados de cerebros; quiero decir, estar a la completa disposición de esos científicos… dejarlos experimentar con tu cuerpo como se les dé la gana —Koutarou se mordió los labios—… me pone la piel de gallina.

Eso realmente se escuchaba aterrador.

—Vamos —intentó calmar—, eres Ala Revólver; no hay manera que te puedan poner sus garras encima. Nadie puede pararte.

Koutarou sonrió levemente y su corazón volvió a constreñirse.

—Si crees eso, entonces tiene que ser cierto, Akaashi.

Keiji chocó sus hombros y se mantuvo así, pegado a él.

Mientras, su mente era un caos, Bokuto estaba despertando sentimientos que creía no existían y eso lo preocupaba; porque lo único que quería era hacer al otro feliz y su compañía se había vuelto tan habitual que Akaashi no quería volver a experimentar cómo se sentía sin él.

No era amor.

No todavía, por lo menos.

Si lo pensaba más, Akaashi terminaría confundido; así que solo lo dejaría ahí, por el momento. Enredó su brazo en el de Koutarou y tomó su mano otra vez, el otro solamente apoyó más su peso en él y apretó sus dedos; se comenzó a balancear al ritmo de la suave música que llenaba la cafetería del Nido.

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Siete años después Keiji Akaashi se encontraba en la parte trasera de una van; escondía su rostro en sus rodillas, pero mantenía una mano enrollada en la de Bokuto. Lo que le quedaba al chico que amaba con toda su alma. A veces Histeria miraba de reojo a Koutarou solo para sentirse más perdido, y derrotado.

Ni siquiera podía ver el rostro completo del chico por la máscara de gas. Acarició suavemente la parte de su cráneo donde le habían rapado el cabello para darle espacio a los tubos que salían. Todo su brazo había sido amputado, al igual que su pierna hasta la rodilla.

Si pensaba en que su adorado killjoy había caído en un laberinto sin salida, preso de sus más profundos miedos, Akaashi sentía que se volvería loco. Los científicos habían experimentado con él hasta convertirlo en un S.C.A.R.E.C.R.O.W.

El automóvil se llenaba de los sollozos desesperados de Nishinoya y Yachi; lamentándose por la desgarradora pérdida de su hogar, y de su líder.

Daichi yacía al lado de Bokuto, su pecho se había dejado de mover.

Recostado sobre una de las esquinas de la van, Tsukishima miraba a la nada; no sollozaba, las lágrimas solo se deslizaban por sus mejillas hasta caer en su camisa y en sus manos que sostenían las katanas de su hermano.

No sabía con qué se encontraría una vez Koutarou se despertara, ni siquiera estaba completamente seguro si él terminaría disparándole en la cabeza una vez que supieran que el cerebro de Bokuto estaba demasiado lavado para ser recuperado; no sabía tampoco que sería de los killjoys ahora.

Pero si había algo que él le había enseñado desde el principio, era que siempre habría algo porqué luchar y que, si todos iban a morir, por lo menos debía hacer que su muerte valiera la pena.


Espero que les haya gustado y sus ojos se hayan abierto un poco más a la relación de estos hermosos búhos en este AU. En serio, cuando ustedes me dicen que gracias a este fic les ha encantado más Bokuaka, yo veo estrellas! O también a los que me dicen que ahora aprecian mucho más a Akaashi.

Amo a este par de personajes y la relación que tienen, así que que me digan eso! Es un gran honor.

Sus comentarios son apreciados con toda mi alma, y siempre intento responderlos todos! Me hacen la semana completa con sus palabras y me inspiran a seguir.

Y como pueden ver, en el próximo capitulo volvemos al presente.

¿Cómo les irá a nuestros cuervos? Lo veremos pronto!

Nos leemos luego~