Y por fin! El fatídico día llegó

Feliz viernes!

Y un enooooooorme FELIZ CUMPLEAÑOS PARA EL AKAASHI DE MI BOKUTO! LA QUE ME DA PALABRAS DE ALIENTO CUANDO SIENTO QUE NO SIRVO PARA NADA LA INIGUALABLE: ANNLU NAMIKAZE! Esto va para ti, babe. Sitienenoportunidadvayanachequearsusfanficsescribebellísimo

La actu viene un poco tarde porque este día ha sido de locos, y después de mucho problemas por fin llegué a casa! Pero me dije: Ah, no, Nolee levántate! no seas floja! ¡vagabunda! que hoy has prometido actu xD

Y bien, aqui me tienen!

El principio puede parecerles raro, pero sigan leyendo y lo comprenderán

Gracias a la bella Ren por betear el fic.

Espero que lo disfruten.


United States of Eurasia.

Acto I: El Ascenso

Uno de los primeros recuerdos que Hajime Iwaizumi tenía de su niñez, era el de conocer a Oikawa.

El número de años había dejado de tener sentido; lo único que recordaba era que las tensiones entre los países potencia eran altas. Las plantas nucleares se habían hecho populares y aparentemente Alemania y Rusia estaban abusando de la cantidad de helio y los exportadores se negaban a enviarlo a esos países; si lo pensaba, nada se ponía claro. Pero lo que sí podía acordarse perfectamente, era que él, y Oikawa eran vecinos; ambos tenían seis o cinco años. Hajime acompañaba a su madre a hacer unas compras y Tooru caminaba al lado de la suya de regreso a su hogar.

Ellas dos se saludaron con cordialidad y Hajime quedó embelesado con Tooru.

Era la primera vez que veía un chico así, con ojos enormes como un ciervo, mejillas rosáceas y nariz de botón.

Lo primero que Iwaizumi hizo fue halar su cabello, solo porque quería llamar su atención.

Pero Oikawa en lugar de llorar, hizo lo mismo y desde ése momento conectaron; perdiendo unos minutos en ese inocente juego. Las madres de ambos pensaron que sería buena idea que ellos tuvieran una cita de juegos; y cuando lo hicieron, no necesitaron de nada más para saber que ya eran mejores amigos.

Para cuando asistieron ambos a la misma primaria, Hajime supo que Oikawa podía ser fresco y quisquilloso; él debía admitir que la mayoría del tiempo lo sacaba de sus casillas; porque su amigo comprendía el físico que tenía, Tooru sabía lo que podía lograr con una sonrisa, un aleteo de sus largas pestañas y un ondeo de sus rizos.

Las chicas caían por él, los chicos hacían lo que dijera.

Y luego estaba Iwaizumi, que solo se sentía más irritado; porque sabía que ese no era el verdadero Oikawa. Hajime conocía al verdadero más que nadie, lo vislumbraba cuando ambos hacían pijamadas y se quedaban despiertos en la noche viendo las estrellas; su mejor amigo podía nombrar todas las constelaciones que no necesitaban un telescopio.

Pudo vislumbrarlo también cuando se encontraban en la sala de estar de su casa, su madre estaba viendo las noticias sentada en el sofá y ellos dos estaban sentados en el suelo, discutiendo sobre la tarea de ese día.

Una de las noticias más remarcadas era la invención de una… máquina metálica dorada con rostro humanoide. «Elektro»le habían llamado y era capaz de fumar, hablar y seguir órdenes simples; era un poco enervante escucharlo hablar en la pantalla, en gran manera porque su rostro se asemejaba a un humano.

Pero Oikawa.

Oikawa estaba prendado de la televisión, Iwaizumi solo miraba como sus ojos se abrían con suma atención al extraño robot con cuerpo bulboso y amorfo. Sus labios se encrespaban en una sonrisa de genuina y cruda curiosidad. Esa misma noche, antes que se durmieran, su mejor amigo no se podía callar del robot. Al grado que Iwaizumi debió amenazarlo con golpearlo para que finalmente se durmiera.

—Quiero construir uno, Iwa-chan —fue lo último que dijo antes de dormirse.

Semanas después su mejor amigo ya tenía una nueva obsesión: «La ingeniería robótica»; Tooru lo invitaba y pasaban todo el día en la biblioteca local; el lugar era bastante pequeño y viejo, porque el pueblo donde ambos vivían era recóndito y su alcalde o lo que fuera, no se tomaba la molestia de modernizar la información que tuvieran a la mano.

Los libros tenían fechas viejas y Hajime estaba seguro que la tecnología ahora debía ser más avanzada que en lo que los libros decía. Pero al castaño no le importaba y se las arreglaba con la información que tenía.

Oikawa no era un genio, pero su cerebro trabajaba de una manera maravillosa.

Cuando llegaron a secundaria, Tooru tenía listo un plano; invitó a Hajime a ayudarle e intentar construir su robot, e Iwaizumi no podía negarse.

Se tardaron una vacación completa de dos meses en construirlo; y por todo ese tiempo ambos chicos hacían la misma rutina. Iwaizumi se despertaba, desayunaba en su hogar y se despedía de su madre; se apresuraba a llegar al cuarto de Oikawa para descubrirlo despierto y construyendo su creación. Hajime siempre notaba que él se había quedado despierto toda la noche y se tomaba de unos diez a quince minutos para regañar a su irresponsable amigo.

—Debes cuidarte más —le decía un Iwaizumi de diecisiete años—; ¿qué pasaría si yo no estoy aquí para cuidarte? Tendrás suerte si llegas a los treinta años.

—Iwa-chan, eres más latoso que mi madre —comentaba con su frescura de siempre, con una sonrisa apuesta y soñadora.

Luego Hajime comenzaba a perseguirlo por la pieza para darle una lección, Tooru corría y se reía; hasta que Iwaizumi se lanzaba encima de él y halaba el brazo de su amigo por la espalda haciendo que le doliera. Oikawa lloriqueaba y se rendía, prometiendo que sería la última vez que se desvelaría de esa forma, y que comenzaría a cuidarse más desde ese momento.

Iwaizumi no le creía, pero lo dejaba ir.

Reanudaban siempre en su labor de confeccionar esa máquina que Tooru había ideado de la nada. A veces el castaño de ojos como chocolate mencionaba términos tecnológicos que Iwaizumi no entendía, y el otro debía simplificarlo más.

Oikawa no era un genio, pero cuando algo robaba su atención, se la dedicaba completamente.

Quizás debió verlo ahí.

Quizás debió detenerlo cuando solamente era una semilla que empezaba a germinar.

«Pero no había manera de saberlo», se justificaría Iwaizumi en el futuro.

El proyecto se alargó durante todos sus años en la secundaria; a veces Hajime obligaba al chico a tomarse días enteros sin tocar la estructura a medias, porque Oikawa necesitaba un cambio de aires de vez en cuando.

Pero, en la parte más trasera de su cráneo, esa que rara vez se permitía visitar en su cerebro, Iwaizumi no podía negárselo; le gustaba pasar todo ese tiempo con su mejor amigo, le gustaba demasiado. Estar tan cerca de Oikawa, mirarlo sonreír, darle algunos suaves golpes merecidos.

No eran pensamientos que un «mejor amigo» debiera tener.

Así que, mientras atornillaba una vara de metal al robot de Oikawa, decidió no prestarle atención a eso.

Un día después de graduarse, él y Tooru lo terminaron.

Parecía más un pequeño escarabajo, no tenía extremidades y andaba sobre ruedas. Oikawa no lo había diseñado como un humano en su mente, el metal parecía más una jaula y dentro de esta un puñado de cables de diferentes colores que Iwazumi no tenía idea dónde se insertaban. También tenía una especie de garra en el chasis.

—¿Terminamos? —preguntó Hajime, aun no podía creerlo, después de tanto tiempo.

—Aún no —respondió el castaño—, debemos probarlo.

—¡Cariño! —llegó la madre de Tooru con una bandeja de plástico, les traía vasos con refresco y algunas galletas para merendar, como siempre lo hacía—. Pensé que tendrían hambre, han estado encerrados aquí por horas.

Ambos chicos le agradecieron y ella nuevamente los dejó a solas en el cuarto de Oikawa.

—¡Perfecto! —exaltó el de rizos, saltando en un segundo a sus pies— ¡Justo a tiempo!

Tomó un paquete de galletas de la bandeja de su madre y de tres largos saltos llegó a su pequeña y burda creación.

—Mira esto —dijo, antes de ponerse en cuclillas, apretar un botón en la superficie del robot. La garra metálica se abrió y Oikawa la cerró alrededor de la galleta.

Cuando presionó nuevamente el botón, la garra se cerró de golpe, reduciendo la galleta a migajas dentro del empaque.

Iwaizumi no pudo evitar bufar a eso, Oikawa lo miró con un puchero y dijo:

—Necesita algunos ajustes.

Luego, el castaño encendió al robot, moviendo un interruptor y se movió a través de la pieza.

—Ahora, no hagas ni un ruido —pidió en susurros.

Luego aplaudió con fuerza.

El pedazo de chatarra se movió, girando sobre sí mismo y encarando a Oikawa; él sonreía de oreja a oreja, perfilando una blanca fila de dientes hasta sus colmillos. Aplaudió nuevamente y el robot comenzó a avanzar hasta él. Iwaizumi estaba boquiabierto, ¡Tooru había creado un robot funcional!

La máquina se detuvo a los pies de su amigo y él se acuclilló nuevamente para quitarle la galleta hecha trizas.

—¡Nada mal, ¿verd…?!

No pudo terminar porque Iwaizumi había corrido hacia su amigo y lo había levantado del piso sosteniéndolo de sus costados. Hajime se reía a carcajadas y Oikawa lo siguió. Todo el tiempo que habían gastado encorvados y halándose los pelos por fin había dado frutos. El de cabello negro dio unas cuántas vueltas mareando al otro.

Tooru se reía sin malicia, y sus mejillas se habían llenado de un leve rosa, lleno de felicidad. Iwaizumi lo bajó y ambos comenzaron a celebrar.

—¡Lo lograste! —gritó Hajime.

—¿De qué hablas? —regresó, tomando su rostro entre sus manos— ¡Lo logramos!

Oikawa lo acercó hasta que sus labios chocaron; Iwaizumi abrió sus ojos como platos; pero no se atrevió a alejarse. Sus palmas se pusieron húmedas y su cabeza dio vueltas, era su primer beso, después de todo; y, seguramente, era el primero de Tooru también, pues se rio en sus labios con nerviosismo, se movió y terminó besando su comisura.

Escuchó un suave choque, seguido de los quejidos de Oikawa en sus labios.

Su mejor amigo se separó y con urgencia miró al piso, en donde su robot seguía chocando con su pierna. El chico maldijo y apagó su creación, con vergüenza miró a Iwaizumi, y se rio nerviosamente.

—Necesita muchos ajustes, ¿de acuerdo? —se corrigió.

Hajime se rio de su amigo, porque los momentos en los que algo le salía mal a Oikawa eran escasos, y él debía aprovecharlos. Todavía sentía un ligero cosquilleo en sus labios y en sus mejillas en dónde el otro lo había sostenido en sus manos.

—¡Iwa-chan, malvado! —Acusó en un lloriqueo—. Debo corregir a qué estímulos responde, por el momento solo se mueve a las vibraciones de los ruidos.

Eso era astuto.

Muy astuto.

Fue ahí que supo que a Oikawa le deparaban grandes cosas en su futuro.

Y su pecho se constriñó con orgullo.

Una vez su amigo corrigió algunos errores, lo llevó a dar una prueba al parque. El robot seguía respondiendo al sonido, así que debía tener cuidado del lugar que lo probaba.

—Iwa-chan —le llamó—, tú ve y sitúate allá —señaló—, yo sostendré a «aplaudobot» y tú lo llamarás con aplausos, ¿sí?

Iwaizumi bufó.

—¿Aplaudobot? —preguntó entre risas—. ¿En serio?

—¡Todo bebé necesita un nombre, ¿de acuerdo?! —chilló con indignación—. Ahora, deja de ser un ogro y sitúate allá.

Llamaron la atención de los niños que jugaban y ellos llamaron a sus madres, y estas a su vez a amigos. En cuestión de un día, la noticia del robot de Oikawa llegó a los medios de comunicación nacionales; todos querían saber cómo un chico recién salido de secundaria había podido crear algo tan moderno.

Después de las noticias, él fue llamado para una entrevista de un artículo en el periódico. Iwaizumi no podía estar más feliz por su mejor amigo, el nombre de Tooru Oikawa pronto fue conocido en toda su ciudad. Y él, él tenía una habilidad nata a la hora de estar frente a las cámaras.

Como si hubiera nacido para ser enfocado por las luces y los lentes de las cámaras. Mientras tanto, Hajime no tenía idea qué era lo que haría ahora que se había graduado.

Iwaizumi aun recordaba cuando vio la noticia de Oikawa en la televisión, justo después de los titulares en los cuales anunciaban que Alemania y Rusia estaban oficialmente en una guerra. Fue pasajero y Hajime no tomó en cuenta que ese era el inicio de todo.

Al siguiente mes, su mejor amigo aplicó a una universidad en Tokio, ellos vivían en la prefectura de Miyagi. Era más que evidente que Oikawa estudiaría la carrera de ingeniería robótica; Iwaizumi planeaba estudiar algo con deportes; él tenía buena condición física, y siempre le había gustado jugar voleibol.

Hasta que la guerra se comenzó a propagar y llegó a infectar a Japón.

Otro de los recuerdos que quedaron grabados en su mente, fue el de llegar a su casa luego de pasar todo el día en el hogar de Oikawa escuchando los sueños de su amigo para comenzar a construir un nuevo robot. Abrió la puerta y lo primero que vio fue a su madre y a su padre llorando en la sala de estar con una carta en sus manos.

Hajime se acercó para descubrir de qué se trataba, su madre le dijo que era una carta de reclutamiento.

Él ya había cumplido la mayoría de edad y ya que su padre padecía de una enfermedad crónica de sus pulmones; Iwaizumi debía cumplir con el rol del hombre de la familia.

Iría a la guerra.

Con lágrimas en sus ojos corrió fuera de su casa al único lugar donde se le ocurría ir. Oikawa le abrió la puerta con una sonrisa que se desvaneció al instante que vio el estado en el que el otro se encontraba. Su mejor amigo lo abrazó y cuando Hajime le contó lo que había pasado, Tooru sollozó con fuerza; porque creía que lo perdería.

—Quiero ir contigo —lloriqueó en su hombro—, no me importa ir a la guerra si iré contigo.

Pero Iwaizumi notó una carta en el estante de su cuarto, con un nombre y palabras en inglés. Aparentemente él no había sido el único en recibir una, pero a diferencia de la suya, la de Oikawa era una beca. Una Universidad en América, habían escuchado de su «Aplaudobot» y querían que puliera sus conocimientos, pues creían que él tenía un don.

—No… no me importa, iré contigo —repetía, haciendo una mueca al llorar.

Iwaizumi no se lo podía permitir.

—Tienes que ir —le decía, intentando sonreír tras sus mejillas mojadas por sus lágrimas, Oikawa seguía llorando; así que Hajime limpiaba sus pómulos con sus pulgares—; no permitiré que vayas conmigo.

Tenía miedo.

No se sentía como un hombre todavía, ¿qué diablos le esperaba en el campo de batalla? En medio de balas, y bombas, y personas que querían matarlo sin haberlo conocido; pero al menos Oikawa estaría lejos de ahí, la guerra aún no había tocado el continente americano.

El chico de pestañas largas se limpió su nariz con la manga de su camisa pero estalló en sollozos nuevamente. Iwaizumi le debió decir que se veía fatal cuando lloraba, y que si alguna chica lo mirara, ya no querría nada con él. Eso le sacó una risa mocosa; el pelinegro se acercó a su frente y le dio un beso debajo de la línea de su cabello.

¿Eso había sido todo?

¿Se separarían para siempre y no volverían a saber del otro jamás?

Iwaizumi le temía más a eso que marchar a la guerra.

Así que tomó a su amigo por el mentón y estampó sus labios con los de Tooru, ninguno había hecho nada desde ese extraño momento cuando terminaron la creación de Oikawa y ninguno de los dos sabía qué hacer. Hajime estaba seguro que ahora tampoco sabían, pero estaban dispuestos a averiguarlo juntos.

Aunque fuera solo esa noche.

Hundió sus dedos en suave cabello del otro y lo acercó más, abriendo sus labios para entrelazarlos con los de Oikawa. Su mejor amigo sabía dulce, mucho más que cualquier otro confite; mejor que cualquier bombón azucarado.

Sabía dulce, y a la vez amargo, porque todo eso duraría solo por una noche; y luego tendrían que partir.

Tooru sollozó en el beso, pero abrió su boca para dejar la lengua de Hajime entrar y explorar. Él, por su parte, sintió unas lágrimas caer de sus ojos, pero no quería que terminara; necesitaba sentir a Oikawa, porque lo que ellos tenían sobrepasaba lo amistoso o lo físico.

El de rizos como chocolate se comenzó a quitar la camisa y Hajime besó su clavícula y luego su hombro; acariciando unos cuantos lunares que se desperdigaban por su cremosa piel. Oikawa hacía los sonidos más llamativos que él había escuchado, y su cuerpo respondía con cada estímulo; con cada sonido, con cada olor y sabor.

Los hipos y sollozos tomaron forma como gemidos cuando sus cuerpos entraron en sintonía y se enfocaron solamente en la respiración y el alma del otro. No dejó la mano de Oikawa cuando estaba dentro de su cuerpo, y besó las lágrimas producidas por el dolor físico y el de su pecho.

Después de alcanzar su éxtasis y los estremecimientos de sus réplicas, los cuerpos de ambos adolescentes cayeron en la cama, lado a lado. Iwaizumi se preguntaba si Oikawa no se sentía incómodo después de haberlo sentido adentro, su mejor amigo solo le respondió que le había gustado tenerlo así de cerca.

Hajime se mordió los labios cuando sintió su garganta cerrarse; quería volver a repetirlo, no por cómo se había sentido, sino porque había sido Oikawa. Siempre había sido él, la única persona con la que quería compartir ese vínculo; la única persona a la que quería ver haciendo esas delicadas y hermosas expresiones.

—Te amo, Iwa-chan —confesó—, más que como un amigo.

Iwaizumi lo sentía también, pero la ira y la tristeza se enrollaban en su corazón hasta asfixiarlo.

¿Por qué tuvo que haberlo dicho?

¿Por qué ahora que él se marchaba a su muerte y Oikawa a su nueva vida?

Hajime no pudo responderle.

Y sin embargo Tooru lo acompañó junto a sus padres al muelle, en donde tomaría un barco y llegaría a Rusia. Hajime dejó de tener miedo, porque podía pensar que Oikawa estaría en un continente diferente y él no conocería nunca el caos, la maldad y la muerte.

Antes que se marchara, su mejor amigo tomó su rostro en sus manos y besó con delicadeza sus labios. Con tanta sutileza que Iwaizumi no lo creía capaz, aunque él no pudo responder sus sentimientos, sabía que en el fondo, Oikawa lo conocía lo suficiente para darse cuenta; que no había lugar en su corazón para alguien más que no fuera ese chico de ojos enormes como los de un ciervo, mejillas rojas y nariz de botón.

Se dio la vuelta y comenzó a caminar sin mirar atrás; porque sabía que si se despedía una última vez, estallaría en lágrimas y ese no era el momento para quebrarse.

Su estado físico le fue de mucha ayuda en el campo de batalla, aprendió a manejar una escopeta, pistolas, metralletas, y hasta tanques. La primera vez que mató a una persona, vomitó después; le disparó a un soldado enemigo que corría hacia él. La sangre roció su rostro y sintió la calidez y el hediondo olor del nauseabundo líquido carmesí.

—No pienses mucho en eso —le dijo el líder del pelotón; Iwaizumi había olvidado su rostro.

Pero lo escuchó y la siguiente vez que acabó con la vida de otra persona, se convenció que estaba luchando por la supervivencia; no por la suya, sino por la de su familia, por la de Oikawa. Pasaron tres años y él contaba todos los días que podía y cuando olvidaba la cuenta, volvía a empezar.

A veces recibía cartas de ellos, sus padres siempre le urgían que comiera y que mirara dos veces a todo su alrededor; como si se trataba de una carretera. Tooru era un poco más narcisista y casi siempre solo hablaba de él, a Iwaizumi no le molestaba, no era como si a le hubiera gustado decirle a alguien más las horribles experiencias que tenía. Como cuando asesinaron a un compañero a su lado y él tuvo que ver cómo sus intestinos salían de su cuerpo; o como cuando otro chico sostuvo una granada en sus manos y le explotó, destrozándole el cráneo.

No, Iwaizumi no respondía las cartas; en lugar de eso prefería leer las anécdotas de Oikawa en el campus en su universidad. Sorprendentemente su mejor amigo había conocido a dos japoneses que también estaban en el programa; uno iba por el nombre de Hanamaki, y el otro era Matsukawa. Él no tenía idea cómo lucían, pero por lo que su mejor amigo relataba, eran buenas personas.

Guardó la última carta de Oikawa, y se concentró en el baldío en el que estaban y se aferró a las tres capas de ropa que tenía; un grueso abrigo, el uniforme militar y una fina camisa blanca sin mangas debajo de eso. Rusia era condenadamente fría, apenas y sentía sus dedos adentro de sus botas; sus dientes castañeaban sin parar.

Al siguiente paso, escuchó un click.

Se detuvo y miró al suelo; su sangre se tornó más fría al notar la mina que había pisado. No había más que hacer así que respiró profundamente y levantó su pie.

Cuando volvió a recuperar la conciencia estaba en el ala de heridos y había perdido una pierna.

Si Hajime intentaba recordarlo, todo se tornaba borroso y los recuerdos comenzaban a juntarse unos entre otros. Fue dado de alta y enviado a casa, porque los discapacitados no tenían lugar en la guerra.

Lo podía ver claramente hasta el día actual, él bajando del helicóptero con las muletas, un joven recluta lo intentó ayudar, pero Iwaizumi no se lo permitía; era un cabeza dura para esas cuestiones. Recibir ayuda o palabras de aliento era señal de debilidad, pero solo aplicaba para él.

Y cuando estuvo en la pista de aterrizaje y era arrojado hacia un lado por su país, porque ya no servía para más; vio nuevamente esos enormes ojos, mejillas rosas y nariz de botón.

Oikawa hizo la misma mueca fea de siempre cada vez que lloraba y, ésta vez Iwaizumi sonrió, y abrió sus brazos para recibirlo. El cuerpo de Tooru chocó contra el suyo pero sus brazos se ataron fuertemente a sus costados, exprimiéndole la vida completa a Hajime. El pelinegro hundió su nariz en los rizos suaves de su mejor amigo y aspiró; olía exquisito, olía a casa.

—Iwa-chan —lloró, gimiendo en su hombro, él podía sentir las lágrimas cayendo en su camisa—, estaba tan preocupado por ti. Tuve que volar directo a Japón cuando escuché que venías.

—¿Por qué hiciste eso, idiota? —preguntó, acariciando su cuero cabelludo; cerró los ojos y sonrió, lo había extrañado demasiado—. Estás manchando mi camisa con tus mocos.

Oikawa irrumpió sus llantos con una carcajada quebrada y lo abrazó con más fuerzas.

—Te he extrañado con toda mi alma.

—Ven a América conmigo —pidió Oikawa después de una semana que él había regresado a Japón; su amigo se negaba a irse y continuar su beca hasta estar completamente seguro que Hajime estaba bien.

Él debía admitir que había sido duro, desde que perdió su pierna no paraba de sentirse como una carga, un estorbo para el que le rodeara. Podía movilizarse con la prótesis que le habían confeccionado, pero no podía regresar a correr, levantar cosas pesadas; cada mañana recordaba que no estaba completo, y que ahora dependía de alguien más. Se negaba a quedarse en casa de sus padres, se estaba alojando en un hotel que pagaba con el dinero de las pensiones de soldado; Tooru se quedaba con él.

Tooru le repetía que a él no le molestaba cuidar de él.

—¿Estás bromeando? —regresó Hajime mientras pasaba los canales del televisor, las noticias repetían que la guerra se iba expandiendo con el paso de los días. Los países se urgían en tomar lados.

Le estaban llamando la «Guerra de Helio».

—América no es tan mala —intentó disuadir Oikawa acercándose a él—, la comida es promedio, puedes broncearte y usar poca ropa sin que nadie pestañee —llegó detrás del sofá y rodeó su cuello desde su espalda; Iwaizumi seguía pasando los canales. Solo gruñó como respuesta.

—Claro que… —Oikawa siguió—… cuando yo uso poca ropa, las personas suelen pestañear mucho para verme —se rio.

Hajime solo puso los ojos en blanco; Oikawa se subió a su regazo, pasando una pierna por los lados de su costado. Subiéndose a horcajadas, su cuerpo respondía ante la cercanía del otro y en segundos la televisión pasó a segundo plano.

—Ven conmigo, Iwaizumi—pidió, dejando el descaro atrás—; olvida la guerra y ven conmigo —rodeó su cuello con sus brazos nuevamente, Hajime solo lo miraba a los ojos—. Desde que regresaste tus ojos se ven tristes y derrotados, sé que lo que te pasó ha sido una tragedia, pero yo puedo ser tu nueva pierna y llevarte a lugares nuevos para que olvides lo que pasó. Quiero que seas mi Iwa-chan cascarrabias otra vez.

Sintió los cálidos dedos de Tooru subiendo por su cuello para inclinar su rostro hacia arriba y darle un beso en los labios.

Iwaizumi terminó aceptando; convencido que no le vendría en mal un cambio de paisaje.

Quizás si se hubiera quedado, las cosas serían diferentes.

Pero no lo hizo y acompañó a Oikawa al otro continente. Conoció a los dos chicos de los que Tooru le había hablado tanto.

—Así que por fin conocemos al chico que vuelve loco a Oikawa, ¿eh? —preguntó sin descaro Issei Matsuakawa; otro estudiante en la rama de ingeniería robótica.

—Tooru nos ha hablado hasta el cansancio de ti —saludó Takahiro Hanamaki.

—¡¿No se supone que ustedes son mis amigos?! —chilló Oikawa coloreándose de rojo hasta el cuello; iba de la mano con Iwaizumi, a su mismo ritmo. Hajime se movía con un bastón.

—Gusto en conocerlos —se comenzó a presentar—, mi nombre es…

—Hajime —contestó Hanamaki.

—Iwaizumi —completó Matsukawa.

Oikawa gimió con desesperación y vergüenza.

—Lamentamos lo de tu pierna —comentó el castaño claro—; pero es un gran honor conocer a alguien que luchó en la guerra por nuestro país.

—Fueron solo unos pocos años.

—Aun así —sonrió Issei—, es impresionante.

Iwaizumi visitó el edificio en donde Oikawa y los otros chicos recibían sus clases. Tooru era el encargado de su grupo, aparentemente había sido ascendido por los jefes de toda la corporación.

Hajime quedó anonadado, no era nada comparado con el «Aplaudobot» que habían creado antes. La tecnología estaba a la vanguardia, había robots de verdad, muy parecidos al que habían visto en la televisión cuando eran niños; más articulados y con otras funciones.

—¿Tú has creado esto? —le preguntó Hajime con la boca abierta.

—He colaborado con algunos —respondió con una sonrisa—, mira, este lo creamos Mattsun, Makki y yo.

Un esqueleto de metal humanoide llegó con pasos cortos y lentos; los movimientos eran entrecortados y toscos, pero era maravilloso. Su rostro era el de un humano, pero era metálico; de color blanco y reluciente.

Hola, mi nombre es K-07858, y me gustaría ser su amigo, ¿Cómo se llama?

—¡Habla! —exclamó—. ¡Oikawa, este robot habla! ¡Lo hiciste hablar!

Las mejillas de su mejor amigo se colorearon de rosa y no perfiló su sonrisa arrogante.

—¿Crees… crees que es genial, Iwa-chan?

—Demonios, ¡sí!

Oikawa se mordió los labios y una sonrisa tímida haló las comisuras de sus labios como pétalos de rosas.

—Gracias… —murmuró.

—¿Cuál es su nombre?

—Yo… —Oikawa parecía tomado por sorpresa—… no le he puesto ninguno todavía, solo lo llamamos K-07…

—¿Pensé que habías dicho que todo bebé merecía un nombre?

—Aww… ¿Oikawa dijo eso? —llegó Matsukawa revolviendo el cabello de Tooru con una sonrisa perezosa—. En el fondo eres tan suave como un oso de felpa.

Tooru sacó su lengua y se colgó del brazo de Hajime.

—¡Iwa-chan, no le digas a todo el mundo mi secreto! —se quejó—. Quiero que crean que soy un dictador sin corazón.

Hajime se rio y tomó su mano, eso estaba bien si Tooru fuera el mismo chico quejumbroso y llorón con él.

—Estamos trabajando en los nuevos modelos y tratamos de implementar la inteligencia artificial, es un terreno innovador, pero no hay nada más impresionante que crear un ser desde cero; con la habilidad de resolver problemas y aprender como lo haría un humano, ¿lo puedes imaginar? —Tooru divagó.

Y Hajime lo volvió a ver, ese brillo en sus ojos, el que prometía que Oikawa haría grandes cosas.

—Eso suena fantástico.

—Aunque tenemos muchos conflictos con eso —intervino Hanamaki—, los movimientos religiosos están en contra que ahondemos ese departamento; están seguros que jugaremos a ser dioses. Yo solo creo que son perezosos y no quieren reexaminar los cambios que harían en el «código moral» que ellos han creado por si lo logramos.

—Pues yo pienso que son unos idiotas —rebatió Oikawa—. Y no digas «sí, lo logramos» —hizo comillas con sus dedos—, Maki. Que no te quede duda, lo haremos.

—De todas formas —se metió Matsukawa, cambiando el delicado tema—, también estamos trabajando en otros proyectos, aparte de la Inteligencia Artificial. Mira esto.

Dejó caer su brazo sobre los hombros de Iwaizumi y lo acompañó a otra ala de la espaciosa habitación. Tenía paredes hechas de vidrio deslizante. El piso y los marcos de las puertas eran de color blanco, Oikawa y los otros chicos usaban batas largas; si era sincero consigo mismo, sentía que su aspecto estaba fuera de lugar.

—¿Qué estás haciendo, Mattsun? —preguntó Oikawa, manteniendo su voz neutra; muy diferente al tono juguetón que usaba.

—Le muestro a Iwaizumi algo que podría llamar su atención —respondió y luego se dirigió a él—. Ven, es por aquí.

Hajime giró su rostro para ver a Oikawa, su mejor amigo mantenía una cara de póker; el pelinegro estaba teniendo dificultades para leerlo por primera vez. Tal vez él y Tooru si habían pasado demasiado tiempo lejos. Pero siguió a Matsukawa sin oponerse.

—Esto es en lo que trabajábamos justo antes que Oikawa se marchara a Japón para verte.

Abrió una vitrina, escuchó el aire descomprimirse e Iwaizumi retrocedió.

Era una pierna metálica.

—Es una prótesis —explicó de inmediato Matsukawa—, pero mucho más avanzada. Olvida esa pierna de madera que tienes; este bebé puede ser conectado a todas las terminaciones nerviosas de una persona; con esto podrás saltar, correr, sentir como si fuera una pierna normal. Este es el futuro, Iwaizumi, no podrá zafarse porque será adherida; por medio de una cirugía en la cual removeremos la piel del muñón y conectaremos los músculos.

—Eso es… guau…

—La aleación es robusta pero flexible, tiene una articulación capaz de reproducir todos los movimientos normales de un humano; no se oxida, no se gasta y según nuestros cálculos, no puede tener ningún efecto secundario. Ya está completa, solo necesitamos la última prueba en huma…

—Matsukawa, basta —paró Tooru, haciendo sonar su voz barítona, Iwaizumi sintió el comienzo de un escalofrío—. Dije que no harías esto, lo hablamos, Hajime no vino aquí para esto.

—Vamos, Oikawa, es demasiado perfecto. Estamos tan cerca, ¡esto de aquí es el futuro!

—Pruébalo con alguien más, no me importa. Hajime no es nuestro conejillo de indias para que tú juegues con él.

Issei no se veía convencido, pero no dijo más.

—¡Vamos, Iwa-chan! —Oikawa dio un cambio de ciento ochenta grados, colgándose de su brazo; su juguetona voz había regresado—. Te dejaré que me invites a un helado.

—Espera, Oikawa. ¿No me has preguntado a si noquiero ser parte de tu investigación?

—Iwa-chan, no… —Tooru se veía lastimado, como si Iwaizumi lo había traicionado.

Pero la idea de recuperar su pierna sonaba tan llamativa; no podía darle la espalda.

Y, sin embargo, eso fue lo que encendió la llama.

Después de algunos días, Matsukawa le realizó algunas pruebas físicas y de laboratorio, tipo de sangre, capacidad vital, su índice de masa; y otros que Hajime no tenía idea para qué eran. Oikawa seguía molesto con él, pero siempre llegaba a supervisar lo que Issei estaba haciendo con él. Iwaizumi no tenía idea porqué su mejor amigo actuaba de esa manera.

¿No era él quién creía fielmente en la ingeniería robótica? ¿No le dedicaría toda su vida a eso? Iwaizumi no tenía ningún problema con proveer su cuerpo, podía confiarle a Oikawa lo que él pidiera.

Físico y espiritual.

—¿Por qué estás en contra de hacer esto? —lo acorraló un día cuando se habían despedido del otro par de chicos; estaban en la planta baja del edificio e Iwaizumi había atrapado a Tooru, un brazo a cada lado de su cabeza.

—Iwa-chan, no importa, ¿de qué sirve mi opinión? No es como si cambiará algo de lo que estás haciendo —escupió con enojo.

Hajime tomó su rostro y lo besó repentinamente; sintió a Oikawa derretirse en sus labios ante el contacto. Las manos del castaño se enrollaron en su espalda baja y lo juntaron más a él.

—Estoy cansado de depender de alguien más —explicó, cerrando sus ojos y juntando sus frentes—; quiero que dependas de ; quiero ser el muro a tu espalda del que puedas apoyarte; quiero protegerte, quiero ser esa persona que necesitas para sentirte completo. Quiero volver a ser el más fuerte, ya ni siquiera siento que sea yo mismo. ¿Pero cómo puedo serlo si estoy incompleto?

Tooru fruncía sus cejas, sus labios temblaban y sus ojos se humedecían mientras miraba el suelo, era claro que estaba luchando contra sus lágrimas; pero Hajime ya no lo quería ver llorar.

—Te amo, Oikawa, antes no pude decírtelo; pero necesito que entiendas que realmente quiero hacer esto.

—Yo… también te amo, Iwa-chan —regresó con voz casi quebrándose.

—Sueno egoísta, lo sé, pero no haré esto hasta que tú estés completamente a mi lado. Confío en ti con mi vida completa.

Debía admitir que se sentía más confiado ahora que Oikawa estaba a bordo con el experimento. Para cuando los preparativos estuvieron listos, él había firmado el consentimiento y tenían luz verde con el experimento; Hanamaki entró con una cámara de video grande y tosca.

—¿Para qué es eso? —preguntó Hajime.

—Ah, no te preocupes, debemos documentar cada paso de la investigación, ya sabes. Hasta el momento hemos escrito todas las pruebas en papel, pero hemos dejado tu nombre afuera. Y para el vídeo, te cubriremos el rostro.

—Espera, ¿entonces cómo me llaman en el informe?

—«IEN»—respondió con simpleza—, significa «uno» en frisón. Es porque eres el primer sujeto de experimento humano.

—Ah.

Luego llegó una enfermera a tomarle una vena; sentía su cuerpo entumecido en la sala de operaciones, el quirófano estaba frío y sus dientes empezaban a tiritar, en parte por la baja temperatura, en otra parte porque por fin caía en cuenta en qué se había metido.

—Yo instalaré la pierna, ¿de acuerdo? —Aseguró Oikawa—. Pero los chicos estarán aquí también, el cirujano cortará un poco de tu pierna para darnos oportunidad de instalar la nueva. —Lo tomó de la mano—. Estás en buenas manos, Iwa-chan.

Luego todo se volvió negro.

Despertó en un blanco cuarto de hospital después de, no tenía idea cuantas horas; se sentía aturdido y su estómago no dejaba de dar vueltas. El televisor de la pared daba unas cuantas noticias de la Guerra de Helio, aparentemente, Rusia había comenzado a lanzar bombas nucleares a Alemania; borrando cerca de la mitad del país.

Y con ello, a sus habitantes.

Por unos cuantos minutos más Iwaizumi pensaba que seguía soñando. No podía ser cierto, la guerra estaba lejos todavía, no podían haber sacado las armas más pesadas ahora.

—¿Oi… Oikawa? —llamó; pero no fue su amigo quien vino sino una enfermera.

—Oh, estás despierto —saludó con una sonrisa—. ¿Cómo te sientes?

Y antes que pudiera responderle a la chica, ella se acercó y comenzó a tocarlo con sus dedos, sintiendo su pulso; le metió un termómetro en la boca sin aviso y escuchó su corazón con su estetoscopio. Pareció satisfecha porque dejó de invadirlo y se marchó, quizás, para llamar a alguien más.

Sintió un piquete en su pierna, seguido por un caliente oleaje de dolor; Hajime se estremeció, sentía que algo se estaba comiendo su rodilla y mordisqueaba su rótula. Quitó la sábana pero se encontró con un vendaje, comenzaba a mancharse de rosa por la herida debajo. El pelinegro sintió su garganta secarse al ver que debajo de su muñón, ahora había una… estructura metálica en forma de su pie.

—¡Iwaizumi! —gritó Oikawa entrando de golpe al cuarto.

—¡Shh! —reprendió su enfermera—. Está prohibido gritar dentro del hospital.

—Lo siento —dijo con su soñadora sonrisa, pero con rapidez se acercó al lado de su mejor amigo, tomando su mano—. Iwa-chan, ¿cómo te sientes? ¿Hace cuánto despertaste? ¿Qué es lo que sientes? ¿Te duele algo? —con preocupación tocó su frente con el dorso de su mano.

Hajime la quitó.

—Mira ahora, ¿quién es más latoso que una madre? —bromeó con pesadez y sin embargo Oikawa lo abrazó.

—¿Puedo verla? —susurró en su oído.

—Sí.

La enfermera los dejó y Tooru se apresuró a descubrir su pierna; siempre teniendo cuidado con el vendaje.

—No hay infección y la inflamación es bastante normal —habló para el mismo, y por un momento dejó de ser su amigo y se convirtió en un científico frío; probó tocando su piel—. ¿Ya probaste moverla?

—No sé cómo —aceptó, había pasado tiempo desde que había tenido dedos.

—Mira tú pie, intenta concentrarte en tus músculos, cada contracción. Está bien si tienes dificultades por el momento, es normal.

Hajime odiaba rendirse así que miró furiosamente sus dedos y se concentró.

Pero nada.

Pasaron minutos, horas de esa manera. Dos pares de ojos mirando unos dedos metálicos que no se movían. Oikawa fue el primero en romper el silencio quien sabe después de qué tanto tiempo.

—Debo anotarlo, entre más tiempo ha pasado, es visible que pierdes la movilidad de las articulaciones —dichas las palabras sacó un cuaderno y comenzó a garabatear—. Los músculos se comienzan a atrofiar; pero cuando hicimos la cirugía, todos los nervios y cartílagos estaban en su lugar; solo es cuestión de fisioterapia.

Después de otras dos horas, Iwaizumi sentía que sus dedos del pie comenzaban a temblar.

—¡Dioses! ¿Viste eso? —preguntó con una sonrisa.

—¡De eso hablo! ¡Iwa-chan, eres el chico más fuerte del mundo! —se rio—. ¡Eres increíble!

Siguió intentando, pero sus dedos solo se estremecían; aun así, no se daría por vencido.

—Oikawa —preguntó después de un rato—, ¿de qué se trataba esa noticia que vi antes? ¿Es cierto? ¿Alemania ha perdido prácticamente la mitad de su territorio?

—Iwa-chan, eso no es importante ahora, debemos enfocarnos en tu recuperación primero.

—¿Me estas jodiendo? ¡El maldito mundo está en llamas y tú quieres enfocarte en otras cosas!

—Me quiero enfocar en ti, Iwa-chan; no me importa que el mundo esté en el infierno si tú estás mal.

—Eres un jodido idiota.

Oikawa sonrió mordiendo sus labios, «Pero soy tú idiota» decía su mirada. Iwaizumi lo llamó a sus brazos y el castaño se acostó en la cama con él. No obstante, algo no se quedaba quieto en su estómago; no parecía que el mundo se iba a poner mejor, tenía un presentimiento que nada iba a regresar a ser como antes.

Y tuvo razón.

Pero Tooru sabía distraerlo, todos los días lo veía en su fisioterapia en donde mejoraba cada vez más; volvía a aprender a mover los músculos de su pierna. Iwaizumi había quedado anonadado, esto no era una prótesis; el trozo de metal en sí, era parte de él.

Una noche, Tooru se dejó caer en la cama, su pecho se seguía moviendo erráticamente y su hermoso cuerpo era perlado de sudor, la fina capa que cubría su cuerpo brillaba con la luz de la luna y parecían constelaciones en su torso. Iwaizumi se acostó a su lado, saboreándolo todavía en sus labios; sintiendo sus músculos bajar de su clímax y volviéndose laxos.

Oikawa se acercó a él y pasó sus brazos por su pecho; enrolló sus piernas con las de él.

—Iwa-chan… —se quejó.

—¿Mmm?

—Tú pierna —lloriqueó—, está condenadamente fría.

¿Qué esperaba? Estaba hecha de metal.

—Lo superarás.

—Tú corazón es casi tan frío como tu pierna —terminó la frase con el patentado «puchero de Tooru»

—Muérdeme.

Se sobresaltó al sentir los dientes de Tooru encerrándose en su pezón; seguido por las risillas pícaras de él.

—Iwa-chan, ¿tienes energías para otra ronda?

—Estoy dispuesto a una tercera ronda —aceptó con una sonrisa socarrona que hizo retroceder al otro—, pero tú no. Mañana debes trabajar temprano, ahora duérmete.

Oikawa se irguió de la cama.

—¡Ah! Sí, eso me recuerda: Iwa-chan, tu pierna. Mañana ven conmigo a mi departamento de la universidad. Makki y yo estamos trabajando en algo que te interesará mucho.

El siguiente día descubrió de lo que Oikawa estaba hablando y no lo podía creer; era… era demasiado bueno para ser cierto.

—Es una textura orgánica especial —explicó Hanamaki—; considéralo como tu nueva piel.

—¡Lo que esperaría de Makki! ¡El experto en ingeniería biológica!

—Espera, ¿qué? —Iwaizumi estaba perdido— ¿«nueva piel»?

—Así es; será colocado en toda la extensión de tu pierna metálica, tendrá el mismo tono de melanina que el resto de tu cuerpo, así que será completamente invisible; proveerá el mismo cambio de temperatura; y, además de eso, creé este bebé con miles y miles de receptores sensoriales que conectaremos a tu sistema nervioso para que seas capaz de sentir.

—Estás bromeando, ¿no? ¿Es eso posible?

—Es un nuevo mundo, Iwa-chan —Tooru se acercó y sostuvo su rostro entre sus manos, apretando sus mejillas; atrás de ellos Hanamaki hizo un sonido de asco fingido—. Estamos haciendo milagros dentro de estas cuatro paredes y túserás el afortunado de recibirlos.

¿Milagros?

¿Qué había pasado con el Oikawa que no quería que él fuera un conejillo de indias?

Se reservó las palabras, esa «piel» sonaba atractiva y, si era honesto con él mismo, ese esqueleto mecánico no era del todo cómodo.

Así que aceptó.

Si Tooru estaba a bordo con todo eso, él era el experto; ¿quién era Iwaizumi para decir lo contrario?

—Sujeto IEN; Cirugía número dos; instalación del colgajo de piel sintética —anunció Matsukawa.

Le colocaron una máscara en su nariz y boca, y perdió el conocimiento.

Cuando despertó, Iwaizumi estaba completo otra vez; no había desarmonía entre su piel y la de su nuevo miembro. Parecía como si nunca había pisado esa mina; pasó las yemas de sus dedos por la lisa piel, podía sentir su toque, con la misma intensidad que su otra pierna.

—Bastante genial, ¿no? —Matsukawa lo sorprendió; el chico estaba recostado en el marco de la puerta—. Digo, la única desventaja es que tus uñas no crecerán y la piel no se hará tan frágil como la de un anciano.

—No tenía idea que esto fuera posible.

—Puedes agradecérselo a Oikawa; él es el visionario del grupo. Debo decir, tiene ideas… bastante valientes. Todos los chicos del edificio creen que toma decisiones dementes, yo sólo creo que él se atreve a hacer lo que la mayoría teme siquiera de pensar.

—¿Y tú y Hanamaki?

—Somos bastante parecidos a él.

Parece que no solo Iwaizumi había cambiado debido a la guerra; pensaba que Oikawa también había tenido su propia metamorfosis, o que ésta solo comenzaba aún.

—¿De qué parte de Japón eres? —preguntó Iwaizumi.

Matsukawa le dijo que era de Tokio y que había recibido una beca de la misma Universidad. Él se especializaba en compuestos químicos y farmacológicos, su última creación había sido una pastilla capaz de levantar el ánimo de las personas deprimidas pero sin los efectos adversos de las medicinas que ya se encontraban en el mercado; aunque sólo en teoría, pues nunca lo había probado en humanos.

Le informó también que él, Hanamaki y Oikawa habían sido los únicos seleccionados de Japón; quizás porque los tres sentían ese apego de venir del mismo lugar terminaron siendo muy buenos amigos. Hajime por su parte, le contó algunas historias de cuando estaba en Rusia; cómo Oikawa le escribía y siempre mencionaba a los otros dos chicos.

No supo cuánto tiempo pasó, pero un extraño sentimiento no se acomodaba en su estómago; se sentía inseguro, ¿por qué Oikawa no había asomado su bonita cara de tonto desde que él despertó?

Hasta que.

Comenzó a escuchar pasos apresurados desde el pasillo en la silenciosa ala hospitalaria; cada pisada resonaba en las limpias y blancas paredes; vibraban en la pulcra cerámica y sólo sonaban enervantes en el aire estéril que se mezclaba con un limpia pisos potente.

Cada golpe igualaba a un latido de su corazón.

Algo malo había pasado.

Solo lo sabía.

—¡Hajime! —gritó Oikawa alcanzando el marco de la puerta.

Su cabello estaba despeinado y sus ojos estaban rojos; Iwaizumi se irguió en la cama alertándose.

—¿Oi…?

—Es Miyagi —comenzó—; ¡la prefectura ha sido bombardeada por armas nucleares! ¡Hajime, nuestro hogar!

—¿Hablas en serio? —preguntó Matsukawa alarmado.

—¡Sí! —exclamó, acercándose a la cama en donde ambos estaban—. ¡Mientras… mientras estamos aquí están acabando con todo Japón!

Hajime sintió su corazón detenerse en ese instante, entumecido de pies a cabeza; pensó que se podría desmayar en cualquier momento, que podría vomitar todos sus intestino al suelo. Toda su familia saltó a sus ojos, su madre, su padre… todas las personas que conocía…

¿Cómo debía reaccionar una persona que perdía todo lo que conocía en segundos?

¿Todos habían muerto?

Eso había dejado de ser una guerra, se había salido de control… ahora era un exterminio completo. No se quedaría así… no… hasta que alguien acabara con los cabecillas.

—Iwa… —murmuró Oikawa—…no sé… no sé qué debo hacer…

Hajime lo trajo a su pecho, pero Tooru no lloró.

Días después se daría cuenta que algo había cambiado en su mejor amigo; sus ojos se habían oscurecido un poco. Su cordura había perdido una fracción que nunca recuperaría y ahí había comenzado a conocer qué era tener sed de sangre.

Pero Iwaizumi también quería vengarse.

Así que no detuvo a su amigo cuando él pidió ir a Japón otra vez, junto a los otros chicos. Debían regresar a su tierra y ayudar en lo que podían. Cuando llegaron, Hajime cayó en cuenta que nada volvería a regresar a la normalidad… lo que sea que le estaba pasando al mundo, solo empeoraría con los años.

Una parte del país se había quedado en la completa sequía, el mismo patrón que había ocurrido en Alemania; la tierra se había vuelto estéril y los reactores nucleares en los países habían explotado, llevándose con ellos un enorme fragmento de la capa de ozono.

Estaban matando al planeta, los humanos sólo eran daño colateral.

—Debemos parar esto —sentenció Oikawa sin aviso.

Habían pasado dos semanas desde el bombardeo; Tooru y él habían acudido a un funeral representativo de todas las víctimas de Miyagi. El recuento pasaba, por mucho, de los dos millones; ahora toda su familia sólo eran cifras, los medios ni siquiera se tomaban la molestia de decir sus nombres.

Los cuatro se estaban hospedando en un hotel en Tokio.

—Creo que sé cómo hacerlo —comentó Hanamaki; estaba escribiendo algunos datos en su computador.

—Explica —pidió Matsukawa.

—Miren esto. —giró su portátil—. Tengo algunos contactos en América y unos chicos me debían un favor. Según esto, hay dos corporaciones que son el cerebro detrás de la guerra. Ambos lados pelean por apoderarse de las únicas fuentes de helio que quedan; pero ésta es la que se está encargando de lanzar las bombas nucleares.

Una foto de un hombre anciano, con cejas pobladas y negras. Hajime se acercó para leer en voz alta el nombre del magnate líder de la corporación:

—Tanji Washijo, de la corporación Shiratorizawa.

—Si lo detenemos a él, detenemos el cerebro de la corporación —ofreció Issei.

—Caballeros —Oikawa se puso de pie—, es hora de salvar el mundo.

Si tan sólo hubiera sido tan fácil.

Para sorpresa de todos, la famosa corporación de Shiratorizawa y el mísmisimo Washijo eran de origen japonés; eso solo avivó más la llama en su corazón, llenándose de coraje, ¿cómo era posible que un japonés fuera capaz de destruir su propia tierra? ¿A sus propios hermanos?

Ese hombre debía ser un monstruo.

Pero aun así quisieron enfrentarlo.

Aun se arrepentía, ¿cómo no hacerlo?

Oh, Oikawa, su amado Oikawa.

Era dicho que los ángeles más dulces hacen los demonios más crueles; y el chico de pestañas largas, mejillas rosas y nariz de botón era tan amable y hermoso; antes que fuera arrastrado al infierno.

Iwaizumi lo comprendería en el futuro.

Su caída no fue un accidente, él había sido escogido desde su nacimiento para ser maldito.


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No se asusten que no muerdo :)

Y pueden disfrutar de un pequeño album de fotografías ambientadas en la Ciudad Batería y el Desierto, también de fanarts que las talentosísimas artistas le han hecho a la historia.

Así como diferentes anuncios del fic