Hola, feliz viernes!
MIL Y DOS GRACIAS POR LOS 100 FOLLOWS, los amo a cada uno de ustedes!
El capi viene temprano porque nolee es responsable cuando se lo propone xD y como había prometido, dos capitulos seguidos!
Mil gracias a la hermosa de Rossue por darme la idea para esa escena que ella sabe *wink wonk* y Gracias a la siempre bella Ren por ser la mejor beta de todo Haikyuu!
Advertencia por imágenes que podrían considerarse religiosas, personas sensibles, ya están advertidas.
Undisclosed Desires
Acto II: La Caída.
—¿Pero, cómo se supone que acabaremos con la corporación Shiratorizawa? —preguntó Matsukawa días después.
—¿No es evidente? —regresó Tooru—. Acabamos con sus armas y destruimos sus víveres.
—¿Y cómo se supone haremos eso?
—Ustedes solo síganme.
Iwaizumi sintió como si regresara a ser un niño, la idea era pésima, estúpida y no se quedó callado; pero Oikawa era tan cabeza dura como él. Tooru construyó su primer humanoide cegado de venganza; usaron la «piel» que Hanamaki había inventado para darle un aspecto normal.
Realmente parecía un humano.
—¡Estás mal de la cabeza si piensas que te dejaré seguir con esto! —lo detuvo Iwaizumi, empujándolo a la pared una tarde cuando los otros dos chicos se habían ido—. Te daré una paliza si es necesario.
—Hazlo entonces, Iwaizumi —escupió—. ¿Eh? ¡Vamos! ¿Qué te está deteniendo? ¡Dime, maldita sea! Haz lo que quieras, golpéame, rómpeme los brazos, pero al menos yo tengo el coraje de vengar a mi familia, no me escondo detrás de la falda de…
Fue interrumpido cuando Hajime le dio un puñetazo en la mejilla.
—¡Estás hablando de meter tus manos en una maldita guerra! ¿Eres idiota? ¡Lo único que buscarás es matarte!
Oikawa se lanzó sobre él, intentando derribarlo pero Iwaizumi lo arrojó al suelo otra vez; Tooru pateó su pierna, haciendo que él perdiera el equilibrio. Hajime cayó de bruces sobre su quijada, la ira recorrió su cuerpo y buscó represalia; le propinó otro puñetazo en el estómago al castaño, escuchó como sacaba todo el aire de sus pulmones, su mejor amigo lo golpeó con la cabeza y giró ambos cuerpos para que el más alto quedará encima.
Forcejearon un rato así; hasta que Iwaizumi los cambió de lugar y él terminó encajonando las extremidades de Oikawa. Ambos chicos respirando forzosamente; el pelinegro estaba furioso, él no era un idiota y sabía que ir y meterse con una corporación no era algo simple y ellos sólo eran cuatro.
Sin embargo veía rojo, no podía pensar.
—¿Quieres ir a matarte? Ve, no me importa, métete con la corporación de Shiratorizawa, no eres un bebé y yo no soy tu madre —ladró; en ese momento no le importaba qué le pasara a Oikawa.
Se puso de pie y comenzó a marcharse.
—Pero no me llames cuando te des cuenta que estás metido en algo demasiado profundo para ti, imbécil —fue lo último que dijo mientras salía por la puerta, limpiándose la nariz de sangre.
El castaño no le respondió.
—Oikawa eres un maldito idiota —comentó para sí mismo una semana después, caminaba por las calles de Tokio cuando se topó con una noticia en la primera plana del periódico.
Una bomba había explotado en uno de los edificios de la corporación de Shiratorizawa; llevándose a más de la mitad de la manzana.
Habían muerto personas.
Maldiciendo sobre su aliento, emprendió carrera al departamento que había alquilado con el chico.
Llegó lo más rápido que pudo y casi derriba la puerta por la urgencia de entrar. Metió las condenadas llaves como pudo, ni siquiera sabía porque temía tanto; pero una ola de enojo lo recorrió cuando miró a Oikawa, Matsukawa y Hanamaki reunidos con una maldita botella de champán.
—¿Qué mierdas crees que es esto? —preguntó furioso.
—Esto —respondió Tooru con su frescura de siempre, levantando una copa, haciendo un brindis—, es una pequeña victoria.
—¡Han muerto personas!
—Todos eran empleados de Shiratorizawa —descartó, como si fueran menos que bestias—; Makki y yo revisamos la lista antes de detonar la bomba, no somos idiotas, Iwa-chan.
—Ni siquiera puedo pensar en cómo pudieron meter esa bomba ahí.
—¡Oh! —Se exaltó Oikawa—. Esa es una anécdota muy graciosa; ¡Mattsun cuéntala!
Issei parecía un poco incómodo con la situación e Iwaizumi notó que su mejor amigo era el único que tenía champán en sus manos.
—Bueno… um… fue simple, solo vestimos al androide con ropa civil y con un poco de ayuda le hicimos documentación falsa; pan comido, lo detuvieron cuando iba por el vestíbulo y lo hicimos explotar.
—¡Cómo un kamikaze! —se rio Tooru con júbilo.
Iwaizumi le quería partir los dientes; ¿quién era este ser tan desalmado? Definitivamente no era el mismo chico que conoció; el niño que se aferraba de la falda de su madre mientras regresaban a su hogar.
—¡Oikawa! —gruñó, acercándolo a él, tomándolo de su camisa lo levantó del sillón.
Y en ese momento las luces se apagaron.
—¿Qué diabl…?
La puerta fue sacada de sus bisagras con un sordo golpe y en segundos entraron soldados vestidos de negro, con cascos y botas gruesas, cada uno lo estaba apuntando con una pistola. Iwaizumi apenas levantó sus manos cuando un golpe en su cabeza lo dejó inconsciente.
Despertó cuando unas gotas cayeron en su frente y mejilla.
Abrió los ojos y el líquido llenó su nariz, se sacudió y parpadeó unas cuantas veces; llevó sus puños y frotó sus cuencas, limpiándose; una gota cayó en sus labios y saboreó champán.
La botella que Oikawa y los chicos tenían en su mesa.
Su mirada finalmente se enfocó y vio a todas partes. Estaban dentro de un despacho oscuro, con sillones de terciopelo ocre; un enorme escritorio de cristal frente a ellos; suelos alfombrados y pinturas serenas y costosas adornaba la pared.
Hajime estaba por ponerse de pie cuando una pesada mano lo empujó de su hombro y volvió a caer sentado; Iwaizumi rechinó los dientes, dispuesto a dar pelea pero sintió el frío cañón de una escopeta en su sien. Se congeló en el lugar y miró que en otro sillón estaba Hanamaki.
Y al lado estaban Matsukawa y Oikawa, pero el castaño aun no había recuperado la conciencia
Issei y Takahiro ya estaban despiertos y lo miraban con miedo; pues cada uno tenía una pistola a su cabeza.
—¿Qué está pasando aquí? ¿Qué diablos quieren de nosotros? —ladró Hajime.
Dirigió sus ojos en la dirección de la copa de champán que había sido derramada en su rostro para ver al hombre de las fotografías de la corporación de Shiratorizawa; Tenji Washijo.
—Todo en su debido tiempo, joven —dijo solemnemente con su carrasposa voz.
Entonces el anciano se acercó a Tooru y derramó todo lo que quedaba de la botella sobre su rostro.
—¡Maldito! ¿Por qué no vienes aquí y me enfrentas, cobarde? —escupió, ¿quién se creía ese tipo?
Oikawa tosió y recobró la conciencia, mirando con miedo a todo su alrededor.
—¡Iwa-chan! ¡Mattsun! ¡Makki! ¿Están todos bien?
—«¿Están todos bien?»—imitó el viejo— «¿Están todos bien?» No lo sé mocoso, tú dímelo a mí —Tomó los cabellos de Tooru y haló su cabeza hacia atrás, doblando su cuello; su mejor amigo hizo una mueca—. ¡¿Por qué no me lo dices, niño?!
—¡Hijo de puta! —exclamó Iwaizumi.
El soldado a su lado cargó su escopeta; Hajime lo sintió vibrar en su cráneo.
—¡No! —gritó Oikawa—. Espere, espere, esto tiene que ser una especie de mal entendido; por favor, por favor no hemos hecho nada —su voz comenzó a tiritar.
Otro hombre se acercó a ellos con el periódico de ese día. Wahijo arrebató el pedazo de papel y lo restregó en la nariz de Oikawa; el castaño solo se hizo hacia atrás, su cabeza chocó contra el cañón del arma que lo amenazaba.
—¡¿Esto es nada?! ¡Dime! —rugió—. Sé que ustedes, niñatos, estuvieron detrás de esto, ¿crees que soy un puto idiota? Que cuatro mocosos pueden derrotar mi imperio de años. ¿Cómo crees que los encontré? —respiró profundo y se tomó de unos minutos para calmarse; luego habló con voz neutra—. Estamos en guerra, así que estoy preparado para una noticia así cualquier día, demonios, hasta lo espero; ¿crees que me importan los trabajadores que murieron? ¿Las familias que dejaron sin comer? —se rio—. Eso es responsabilidad tuya, chico. Un tiburón vela por su seguridad no por la de los millones de peces en el océano.
Arrojó la copa de vidrio a la pared, haciéndola añicos, los cuatro chicos se sobresaltaron.
—Ahora, vi estas noticias ayer por la tarde; así que, naturalmente, yo y mi equipo de expertos ya estábamos preparando un plan de contraataque contra mis rivales —explicó, dándole la espalda—. Pero espera, sin aviso, uno de mis hombres me dice que no, la corporación Aoba Johsai no fue el responsable del ataque. Yo estaba sorprendido, ¿entonces quién pudo haber sido? Me pregunté. Así que ustedes cuatro imaginarán mi sorpresa y mi humor cuando supe que tres chicos universitarios y un ex soldado —señaló a Iwaizumi— fueron los responsables.
Oikawa no lo miraba; Hajime sentía las comisuras de sus labios encresparse con enojo.
—¿Cómo crees que me sentí? —le preguntó a Hanamaki.
El chico bajó el rostro.
—Oh, no —el viejo negó con la cabeza—. Oh, no, no jugaremos a esto, chico; en mi edificio, yo hago las reglas. Ahora ¡contéstame!
Takahiro no lo miraba a los ojos.
Washijo le hizo una señal a un hombre vestido de negro y le quebró el brazo a Hanamaki.
Su amigo gritó del dolor; Iwaizumi maldijo y Tooru le pidió que parara; pero el anciano los calló.
—Contéstame, ¿cómo crees que eso me hizo sentir?
—¡Maldición! ¡Enojado! —gritó; Hanamaki se mordía los labios intentando soportar el dolor.
—Exacto —Washijo sonrió—. Ahora, soy un hombre razonable, no lastimo a nadie si no hay necesidad de hacerlo.
—¿Qué hay de la destrucción del mundo? —exclamó Hajime—. ¡Nos estás mandando a la perdición, monstruo!
—¡Iwaizumi, no! —gritó Oikawa, temiendo qué podrían hacerle.
—No le explicaré mis razones a unos niños —dijo.
Hajime sintió el golpe de un soldado a su rostro, le dio con la culata de su pistola, reventando su labio con la fuerza.
Tooru ya estaba al borde de las lágrimas, lleno de desesperación.
—Pero me niego a creer que ustedes fueron en su totalidad, los responsables; no importa qué tan genios sus padres les mintieron que eran, o sus maestros. Así es, ya sé dónde tres de ustedes estudian y todo lo que hay que saber; pequeños anarquistas. Y uno de ustedes —miró a Hajime—, simplemente tiene la mala suerte de estar aquí.
Dejó salir una vetusta carcajada cansada.
—Ahora, ya no tienen salida, así que díganme: ¿quién los envió? ¿Fue Aoba Johsai? ¿Ese vejete de Irihata? ¿Mmm?
—¡No! ¡No! —negó Matsukawa—. Nadie nos envió, solo… de acuerdo lo sentimos, ¿sí? Nos metimos hasta la cabeza en cuestiones que no podíamos controlar, pero se lo juro, no trabajamos con otra corporación.
—¡Está diciendo la verdad! —urgió Oikawa—. Lo sentimos, ¿de acuerdo? ¡Por favor, jamás nos volverá a ver! Lo juro, solo déjenos ir y no lo seguiremos molestando. Usted mismo lo dijo, sólo somos niños, ¡por favor!
Iwaizumi se mordió los labios, Tooru estaba haciendo la misma mueca fea que cuando era un niño, llena de desesperación y arrepentimiento. Pero Hajime sabía mejor, sabía qué tipo de hombre era Washijo y sabía que no les creía ni una palabra de lo que decían.
—¿Así están las cosas? —Preguntó con cansancio, luego suspiró con pesar—. Tú —señaló a Matsukawa—, dime la verdad, ¿quién los envió?
—¡Lo estamos diciendo! ¡Na…!
Fue interrumpido cuando una bala atravesó su cráneo.
Washijo le había disparado.
La sangre llenó todo el rostro de Oikawa y fragmentos de su cerebro cayeron en su regazo. Tooru lanzó un gritó capaz de lacerar su garganta, desesperadamente se limpiaba el rostro de la sangre y respiraba agitadamente, murmuraba palabras inteligibles y sin sentido.
Iwaizumi dejó de pensar, lo único que quería era ver a Washijo muerto; se lanzó del sillón para golpear al anciano con el peso de su cuerpo y hundirle la cara; pero dos soldados se interpusieron, deteniéndolo. Él no podía detenerse, no hasta ver al viejo de cejas pobladas en el suelo, desangrado; lanzó una patada, golpeando al hombre con su pierna de metal, el tipo salió disparado a un lado.
Pero en seguida, otro peón ya lo tenía por los hombros; le propinó un golpe en la nariz, Hajime escuchó un preocupante crujido, seguido por una oleada incandescente de dolor. Aun así no retrocedió y lo golpeó con la cabeza, otro tipo le dio con la culata de su escopeta en su espalda; el impacto fue tan doloroso que sus músculos se entumecieron.
Sintió un puñetazo en sus costillas y un golpe en su mandíbula lo hizo ver luces.
Debían de haber cinco soldados golpeándolo; ni siquiera podía abrir los ojos, otro puño le dio directo al globo ocular.
Los gritos de Oikawa habían pasado a segundo plano.
—¡Por favor! ¡Deténganse! ¡Se lo ruego! —lloraba su mejor amigo; Hajime no podía prestarle atención.
Más golpes y una patada a su rostro.
—¡Lo están matando!
Otro golpe.
Y otro.
Hasta que escuchó unas palabras inteligibles y cesaron.
Todos los presentes miraban a Tooru.
Iwaizumi parpadeó unas veces más, aclarando su vista negra y limpiándose la sangre que bajaba de su labio roto y su nariz.
—¡Yo lo hice! —repitió el castaño—. Usted tiene razón, Aoba Johsai me contrató, todo el ataque fue mi idea; les diré lo que ustedes quieran —su rostro estaba húmedo con lágrimas amargas que bajaban por sus níveas mejillas.
Estaba mintiendo.
Iwaizumi lo sabía.
¿Lo hacía porque si no terminarían matándolo a golpes?
—¡No, Oi…! —comenzó, no permitiría que Tooru aceptara cargos que no eran ciertos.
—¡Ya, para! —Le gritó, sollozando más alto—. ¡Mattsun está muerto, ya es hora que diga la verdad!
¿Verdad? ¿Estaba demente?
—Eso era todo lo quería escuchar —explicó el anciano con inocencia—. ¿Era muy difícil?
Hajime escupió al suelo con enojo, manchando su alfombra costosa de sangre y saliva.
—¡Iwaizumi, basta! —Pidió su amigo—. Yo aceptaré mi castigo, así que guarda silencio.
—¿Castigo? Oh, no, no, no —Washijo negaba, moviendo su cabeza de lado a lado—. No quiero castigarte, no soy tu padre, mocoso —se echó a reír—; sólo soy un empresario, un empresario que ha hecho una inversión grande en el futuro del planeta. Sólo busco información.
El pelinegro retrocedió, de vez en cuando su mirada se deslizaba al cadáver de Matsukawa, la sangre había manchado a Oikawa desde su rostro a sus piernas.
—Quiero que me digas todo lo que sabes, chico…
—Oikawa —dijo su mejor amigo—, Tooru Oikawa.
—¡Tooru, de acuerdo! Dame toda la información que busco y te dejo libre.
«Mierda»
¿Cómo se suponía que Oikawa aceptaría cargos que no eran ciertos? Ellos nunca tuvieron algún contacto con Aoba Johsai.
—No seas tímido —Washijo volvió a hablar—, mi amigo aquí tiene maneras de hacer que los pajarillos canten —Los ojos de Oikawa se dispararon directo a un soldado que se acercaba a él—. Llévenselos.
Hajime no lo podía simplemente aceptar, pero lo inmovilizaron entre tres y solo pudo gritar cuando se llevaron a su mejor amigo arrastrado a otro cuarto; atándolo de manos. Tooru se veía derrotado, su bello rostro manchado por el rocío de sangre. Como una obra de arte retorcida.
Encerraron a Iwaizumi y Hanamaki en un cuarto con paredes de metal y un espejo que cubría tres cuartos de una de las paredes. Takahiro se había quedado sentado en una esquina, con ojos abiertos y muertos; sosteniendo su brazo roto. Como si su cerebro había sido pulverizado; Hajime cargaba contra el vidrio, pero era en vano.
Pasaron horas ahí adentro.
Hasta que escucharon el grito desgarrador y lleno de dolor de Oikawa; fue cortado limpiamente segundos después.
—¡Oikawa! —exclamó Hajime.
Las paredes eran de concreto, pero volvieron a escuchar nuevos alaridos, provenientes del chico que amaba. Iwaizumi se estaba volviendo loco ahí adentro, ¿qué clase de basura humana era si se quedaba ahí de brazos cruzados mientras algo muy horrible le estaba pasando a su Oikawa?
Silencio nuevamente.
Eso solo lo preocupaba más.
¿Qué había si lo habían matado?
Rechinó los dientes y gruñó de ira, comenzando a patear el vidrio reforzado.
Uno, dos, tres golpes e hizo una ralladura.
La puerta de hierro se abrió al siguiente segundo, aparentemente los habían estado observando; soldados se apresuraron a detenerlos. Iwaizumi le quebró la pierna al primero, pateando con su prótesis metálica; el hombre lloró de dolor, pero desesperado por la fuerza que él había demostrado, otro soldado le apuntó son su pistola y comenzó a disparar.
Hajime usó el cuerpo del soldado al que le había quebrado la pierna como escudo y consiguió quitarle la metralleta al cuerpo que había sido acribillado.
Ahora sí se sentía en su elemento.
Apuntó la M4A1 y disparó dejando al tipo como un acerillo humano.
Los dos cadáveres cayeron al piso y cuando el silencio reinó nuevamente, se volvieron a escuchar los gritos desesperanzadores de Oikawa.
Debía encontrarlo.
Se apresuró y tomó las armas del otro cuerpo; ayudó a Takahiro a ponerse de pie. Ambos salieron; Hajime sabía que era muy peligroso para Hanamaki quedarse ahí, así que le urgió que se marchara; luego se volverían a reunir.
—No puedo —dijo—, debo rescatar a Oikawa también, no es solo tu amigo, Iwaizumi. Además… mataron a Matsukawa…
Hajime solo chasqueó la lengua y dirigió al chico a una habitación sin guardias, rasgó la tela de su camisa para hacer un yeso improvisado e inmovilizarle el brazo a Hanamaki; debían tener un noventa por ciento de probabilidades para morir y solamente diez por ciento para salir vivos.
—Se pondrá peligroso ahí adelante —advirtió—, debemos ser muy silenciosos…
Fue interrumpido por otro grito de su mejor amigo. Iwaizumi respiró profundo e intentó calmarse.
—No tenemos idea de qué podamos encontrar ahí, debes ser fuerte.
Hanamaki asintió rápidamente, asegurándole que él estaría listo para todo.
Se movieron rápida y silenciosamente, porque si los descubrían estaban muertos. Siguieron los sollozos rotos de su mejor amigo hasta que llegaron a una entrada compuesta de dos largas y negras puertas. Hajime tocó la lisa y metálica superficie helada. Apretó sus dientes y la empujó; sus dedos temblaban ligeramente.
Cables y artefactos extraños se interponían entre su mirada y toda la expansión de la pieza. Pero al siguiente segundo escuchó un zumbido reanudarse y con él luces cegadoras, seguido por los gritos de Tooru.
Esto era un maldito sótano de torturas.
Le urgió a Hanamaki que se movieran, todos los soldados de Washijo operaban una máquina y el anciano estaba viendo en la dirección que venían los rayos de luz; perfilando una sonrisa en sus arrugados labios.
Las luces pararon, al igual que el zumbido y los gritos de Oikawa.
—¿Qué más sabe Irihata? —preguntó el anciano.
—Dije… dije… to-todo lo que sé, por favor… —respondió Tooru, su voz nunca se había escuchado más asustada y pequeña; Iwaizumi se enfureció más.
Washijo le indicó una señal a otro hombre que haló una palanca.
Nuevas luces brillaron.
Y más cansados gritos de su amigo.
Hajime se movió con cautela en el lugar, siempre manteniendo a Hanamaki detrás de él, quería dispararle al viejo decrépito desde donde se encontraba, pero entonces los descubrirían a ambos y terminarían muertos; dejando a Oikawa sin posibilidad de salvación.
Llegó a un nuevo ángulo, escondiéndose detrás de restos de metal, parecía que ahí abajo también diseñaban armas para la guerra.
Y entonces lo vio.
Vio el estado de Oikawa.
Se cubrió la boca para no gritar; su sangre era lava caliente recorriendo su cuerpo, apretó los dientes hasta que los músculos de su mandíbula dolieron. La imagen era perturbadora y grotesca. Ahí se prometió que le daría una muerte lenta a Tenji Washijo.
Oikawa estaba tendido sobre una superficie de madera; donde dos pilares de madera, grandes y pesados estaban clavados entre sí, formando una…cruz. La estructura debía estar a unos cuarenta y cinco grados; Oikawa estaba sobre ella. Su pecho se movía cuando respiraba con dificultad.
Hajime se acercó un poco más y notó que las manos y pies de Tooru estaban extendidos sobre las espigas, un brazo a cada lado del patibulum y ambos pies en el stipes. Sin embargo, no veía sogas que estaban deteniendo su cuerpo en la madera, pero ahí estaba sostenido.
Dio unos pasos y se dio cuenta que eran clavos.
Sus manos y piernas estaban clavadas, la sangre goteaba en el piso.
La blasfema imagen lo dejó congelado, sus rodillas se negaban a moverse. Oikawa no lo había visto, solo estaba llorando. Pero eso no era todo, en los clavos metálicos estaban conectados unos cables y estos a su vez daban con un generador de energía.
—¿Qué paso, Tooru? —se acercó Washijo a la gran cruz de madera—. ¿Ya te cansaste de hablar? ¡¿Dónde está el niño que quería salvar al mundo?! —le gritó. Luego miró al hombre al lado del generador y movió la palanca—. Si tanto quieres ser un salvador, ¿Por qué no torturarte como uno?
El cuerpo de Oikawa comenzó a convulsionar cuando la descarga eléctrica lo recorrió; los clavos metálicos se encargaban de conducir los choques eléctricos sin menguar. Su mejor amigo ponía los ojos en blanco; un hilo de saliva en forma de espuma bajaba por un lado de su mentón, sus gritos ahora eran más callados, parecía que se estaba muriendo.
Iwaizumi estaba por entrar a la escena pero Hanamaki lo detuvo.
—Espera, debemos hacer un plan, rápido —le susurró.
—¿Qué paso con el gran salvador del planeta, Tooru? —preguntó Washijo, Oikawa no se movía—. Éste es el nuevo mundo ahora, en donde los más fuertes gobiernan. Salúdalo —sonrió el anciano—. Y yo soy el nuevo amo y señor.
Su mejor amigo no se movía y el viejo indicó nuevamente la señal, para activar el amperaje electrocutando al castaño.
—Y tú —resumió cuando pararon de electrocutarlo—, tú no eres más que un don nadie.
Un disparo resonó y el hombre que manejaba el generador cayó al suelo.
Hanamaki había puesto el plan en acción; así que era el turno de Iwaizumi. Les disparó a otros dos guardias, los soldados se tomaron unos segundos confundidos de la dirección de los disparos, y ellos aprovecharon. Otro disparo, ésta vez de otro lugar, Hanamaki se había movido, pero Hajime se debía mover rápido porque su amigo estaba herido.
Hajime apunto a la cabeza de Washijo y haló el gatillo.
El viejo se movió a último segundo e Iwaizumi maldijo. El jefe de las corporaciones de Shiratorizawa comenzó a moverse y gritar órdenes para sus soldados, apresurándolos para matarlos. Dejó el centro de la habitación y a Oikawa solo; así que el ex soldado se apresuró para sacarlo de ahí.
Oikawa se había desmayado, Iwaizumi golpeó unas cuantas veces su mejilla, para hacerlo recobrar la conciencia. Su amigo instintivamente se alejó de él; el pelinegro vio en su ojo una sombra violácea y también en sus brazos, parecía que antes de electrocutarlo lo habían golpeado también. El odio en Hajime solo crecía.
—Oikawa despierta, soy yo, Iwaizumi. Debemos darnos prisa.
—Iwa… Iwa-chan, por favor… —rogó—… por favor sácame de aquí… —comenzaba a sollozar.
—Lo sé, lo sé; lo haré, lo prometo, pero ayúdame, despierta para que nos vayamos.
Se alejó de él y se acercó a su mano, sintiendo nausea al ver que los dedos habían perdido casi toda su movilidad, dos clavos metálicos habían atravesado todos los tendones y nervios. Hajime lo intentó sacar con su mano, pero la tachuela no se movía.
—¡Maldita sea! —gritó.
Hanamaki llegó por fin a su lado, sosteniendo la pistola con una mano.
—Iwaizumi, deprisa, vámonos o terminaremos muertos.
—¡Lo sé! ¡Eso intento, demonios!
—¡Iwa-chan… por favor, sácame de aquí, por favor… por favor! —repetía con lágrimas en sus ojos.
El pelinegro rechinaba sus dientes mientras intentaba sacar las tachuelas, pero sus dedos se deslizaban por la sangre que emanaba de sus dedos.
—¡No puedo! ¡No puedo! —gritó, ya habían nuevos soldados comenzando a dispararles; debían salir de ahí, pero no se iría sin Oikawa.
—¡Solo hazlo! —gritó Tooru— ¡Hazlo, hazlo no me importa, Iwaizumi!
Hajime obedeció y haló la mano de Oikawa con todas sus fuerzas, sintiendo como los clavos se hundían en sus músculos, atravesándolo por completo; el castaño gritó y lloró de dolor, pero el brazo quedó libre.
Ahora seguía la otra.
Se apresuró e hizo lo mismo, mordiendo sus labios y usando su fuerza para sacar el cuerpo de Tooru de la cruz de madera, Oikawa maldijo cuando también su otro brazo quedó inservible; con dos agujeros que atravesaban limpiamente su palma. El pelinegro hizo lo mismo con las dos piernas, cada miembro lo habían clavado con dos tachuelas.
Bajo los gritos dolorosos de Tooru, Iwaizumi se repetía que lo hacía para que su mejor amigo viviera. Sus brazos quedaron llenos de las sangre de Oikawa cuando terminó. El castaño se intentó poner de pie, pero se tropezó en su sangre, no tenía la fuerza para sostener su peso. Hajime se lo lanzó al hombro y corrieron hacia la puerta.
Hajime solo escuchaba su respiración y los golpes de sus piernas en el suelo; abrían todas las puertas de golpe, pero no tenían idea donde estaba la entrada. Hasta que una puerta fue abierta de una explosión.
Y más hombres entraron a la instalación, vestidos de negro, con cascos y escudos antimotines.
¿Esto nunca se acababa?
Los interceptaron y capturaron a los tres; Iwaizumi comenzó a luchar cuando le arrebataron a Oikawa, su mejor amigo ni siquiera se movía y otros hombres lo detuvieron a él. Sacaron al trío de las instalaciones, Hajime solo tuvo un atisbo de la luz del sol cuando al siguiente segundo fue arrojado dentro de un automóvil. Era una camioneta corporativa de color negro.
Sentaron a los tres y personas de ropa blanca comenzaron a examinar a Oikawa y otras a Hanamaki.
—¡Déjenos salir de aquí! —vociferó.
—Este chico necesita ayuda médica de inmediato —anunció uno de los médicos que estaba con Tooru.
—Él también —avisó el otro que estaba con Hanamaki.
—No se preocupen, tenemos toda la ayuda necesaria para ellos en el edificio —aseguró un tercer hombre que estaba en el asiento del pasajero, con cabello rubio y corto—. Hola, tú debes ser Hajime Iwaizumi.
—¿Quién diablos son ustedes? —escupió el pelinegro.
—Lo siento por el trato áspero que mis hombres les han dado, pero necesitábamos movernos rápido antes que Washijo recobrara las fuerzas de su corporación. Mi nombre es Sadayuki Mizoguchi, el vicepresidente de la corporación Aoba Johsai. Sé que esto es inesperado, pero mi jefe quiere tener una charla con ustedes.
Fueron llevados a la corporación Aoba Johsai, directo al ala médica en dónde sus lesiones fueron atendidas. A Iwaizumi no le importaba, él tenía solo rasguños, así que se deshizo de los médicos que lo atendían, llegando con urgencia al lado de Oikawa. Sus manos y pies habían sido vendados; estaba recostado sobre una camilla y tenía un atril a su lado, donde le estaban proporcionando suero por vía intravenosa.
Estaba despierto y solo miraba el techo.
Algo se rompió en Oikawa ese día, y sus ojos se ensombrecieron un poco más.
Por haber sido demostrado que él era tan débil como un pequeño ratón, y en un mundo gobernado por tiburones, no duraría más de un minuto enfrentándose a ellos.
Ni él, ni su familia.
—Se quedaron con el cuerpo de Mattsun —dijo después de horas.
—Lo sé.
—Ah, Iwa-chan, estás ahí —saludó—, no noté cuando llegaste —su voz estaba ronca, se la había lastimado después de gritar todas esas veces.
—¿Cómo te sientes?
—Como si acabo de visitar el infierno.
—Lo… lo siento tanto… Oikawa… —se mordió el labio, no quería desmoronarse cuando el otro necesitaba de él.
—¿Por qué?
La respuesta de Tooru lo confundió.
—Por todo lo que pasó —respondió—, por lo que te hicieron, por lo que te hice.
—Buenas tarde caballeros —los interrumpió un hombre de mediana edad y cabello negro, usaba un traje color turquesa y una corbata blanca—, estoy seguro que ya les dijeron que tengo una propuesta para ustedes, me llamo Nobuteru Irihata.
El líder de Aoba Johsai tenía una petición de trabajo; había quedado maravillado con el desempeño de los chicos construyendo el androide y los quería trabajando para él en el área de tecnología.
—Todo el laboratorio estará a disposición suya —aseguró el hombre—; si necesitan cualquier material, solo pídanlo y lo conseguiremos, el dinero es lo de menos. Tendrán a todo mi equipo trabajando para ustedes, nuevos apartamentos y guardaespaldas las veinticuatro horas. Y para ti, Iwaizumi, me gustaría que fueras el jefe de mis soldados, fuiste capaz de escabullirte de todos los guardias de Washijo, tu habilidad para analizar las situaciones en los momentos más insólitos y tu fuerza para tomar decisiones es realmente sorprendente.
Irihata resopló.
—Shiratorizawa está envenenando al planeta, nosotros sólo queremos acabar con ellos. Sabemos que el helio ya está más que acabado, pero aún podemos salvar las pocas zonas verdes que nos quedan; con su ayuda podemos parar a Washijou.
¿Un trabajo?
Acababan de asesinar a Mattsun.
O quizás era por eso exactamente que debían aceptarlo, porque Hajime necesitaba asfixiar al viejo de Washijo con sus propias manos. Porque ningún ser humano que le había hecho eso a Oikawa merecía respirar.
Debían haber dicho que no, dejar la venganza y mudarse a otro país, pero ninguno de los dos pudo.
—De acuerdo —aceptó el par inmediatamente.
Tooru no volvió a mencionar los eventos que habían pasado ese día en Shiratorizawa, el trío hablaba de Mattsun y de lo que le había sucedido, pero Oikawa nunca repetía cómo los pequeños pedazos de cráneo y cerebro combinado habían manchado su rostro, cómo lo habían electrocutado o crucificado de pies y manos.
La siguiente vez, cuando sus heridas habían sanado y el brazo de Hanamaki se había compuesto, y ambos científicos comenzaron a trabajar; la mano de Oikawa había desarrollado un leve temblor. No podía cerrarla correctamente y se fatigaba rápido. Lo que le dificultaba su trabajo.
Una noche, cuando Iwaizumi había terminado sus labores por el día, visitó a Oikawa en su laboratorio, el castaño siempre había tenido la mala costumbre de esforzarse demasiado, dejando de prestar atención a su propio bienestar.
—¡No funciona! —vociferó arrojando un lápiz a la pared, había estado haciendo planes para un núcleo de energía.
—No hagas tanto ruido —reprendió Hajime, estaba acostado en un sofá viéndolo trabajar.
Oikawa lo miró con enojo.
—¡Es inservible! ¡Mis manos son inservibles! ¿Cómo se supone que planearé y construiré si mis manos se niegan a obedecerme? Esto no va a mejorar —se miró ambas palmas.
Iwaizumi se acercó a él y besó cada mano, en las cicatrices circulares que habían quedado de los clavos.
—Te pondrás mejor —ofreció—, con el tiempo, con fisioterapia.
—Al diablo la fisioterapia, quién sabe cuántos años se tardará eso; necesito acabar a Washijo y toda Shiratorizawa ahora.
—¿Idiota, entonces qué planeas hacer?
Oikawa abrió los ojos y miró su pierna.
—Voy a reemplazarlas.
¿Qué?
¿Se cortaría sus dos funcionales brazos?
Era un imbécil, un idiota, debía estar demente.
¿Quién haría eso?
Pero la venganza lo había cegado y lo hizo.
Sin parar ahí, obligó a Hanamaki a cambiarle sus piernas también.
Hajime se sentía impotente.
Cada vez que le removían algo a Oikawa, se perdía un poco de su humanidad también. Iwaizumi a veces bajaba a su laboratorio y encontraba a Tooru con la mirada perdida, moviendo sin prestar atención su mano artificial. Había sido cubierta con la misma piel que había ideado Hanamaki, así que nadie podía saber que había algo extraño en él.
Irihata no dijo nada, él solo necesitaba saber que su dinero estaba siendo usado para su compañía.
—Iwaizumi — llamó una vez seis meses después, halándolo de su brazo para llevarlo a rastras a su laboratorio—. Debo mostrarte algo.
Y cuando llegaron, Hajime pasó saludando a Hanamaki quien estaba trabajando en otra sección.
—Conoce a K-078662 —le presentó a un modelo de inteligencia artificial.
Se veía como de unos veinte años, quitaba el aliento lo similar a un humano que era; y lo joven que se veía. Tenía ojos azules y penetrantes, piel levemente bronceada y cabello corto y negro que llegaba hasta el fino puente de su nariz.
—Hola, mucho gusto —saludó el androide; hasta su voz era diferente a todas las que Hajime había escuchado.
—Uh… hola… mi nombre es Hajime Iwaizumi.
—Lo sé, Oikawa me ha hablado mucho de ti —contestó.
—Eh… genial…—murmuró, todavía sorprendido.
—No seas tímido, habla con él —le urgió su mejor amigo.
Iwaizumi le preguntó algunas cosas, como ¿Si sabía quién lo había creado? «Tooru Oikawa me creó» contestó. ¿Qué le gustaba hacer? «Realizar rompecabezas es muy divertido». ¿Cómo se sentía estar vivo? «Me alegra tener la oportunidad de poder pensar» ¿Se sabía alguna broma? «Tooru me ha dicho que mi rostro da un poco de miedo, eso lo hizo reír».
—¿Cómo te hizo sentir eso? —preguntó Oikawa.
«Un poco triste».
Parecía un verdadero humano.
Debía admitir que era sorprendente.
Esa noche, en su cuarto, Oikawa no se callaba del androide.
—¿No te parece genial? —preguntó.
—¿Irihata sabe lo que haces con todo su dinero?
—Claro que sí, no soy un idiota, trabajo para él, es nuestro jefe. Y tengo planeado grandes cosas para este androide.
—¿Por qué lo dices?
—Su núcleo es invencible, nunca se agotará porque funciona con energía nuclear, además los códigos con lo que lo programe son tan intrínsecos como la mente humana misma; su cuerpo está construido con una aleación inoxidable pero a la vez tan fuerte que puede quebrar concreto, vidrio reforzado, metal y no se quiebra. Ya lo viste, yo no estaba introduciendo más códigos a su tarjeta madre, y sin embargo tiene recuerdos, tiene sentimientos.
Parecía que el Oikawa del pasado había regresado.
—Es… perfecto.
—¿Has creado un humano, entonces?
—«¿Humano?» —resopló con burla—. Los humanos son todo menos perfectos, envejecen, actúan estúpidamente; algo tan simple como una bala al cráneo y dejan de funcionar.
Iwaizumi hizo una mueca, no debía hablar así de Matsukawa.
—No digas esas tonterías o verás, idiota —lo amenazó.
—Algo tan simple como clavos en sus manos pueden hacer que pierda la óptima función en sus miembros —escupió, ignorando a Hajime—. En un mundo donde un androide así puede existir, los humanos quedan obsoletos.
Iwaizumi entrecerró sus ojos. ¿No era el idiota de Oikawa un humano también? Hablaba solo tonterías.
Al día siguiente, Irihata lo mandó al otro lado de Japón por una misión, debía hacer algunos planes de asalto y necesitaban sus estrategias. Hajime lo hizo, y la misión fue un éxito; fue demasiado sencillo y él quedó preguntándose si realmente Irihata había necesitado enviarlo tan lejos.
Sin embargo cuando regresó, tres meses después, nada fue lo mismo.
Oikawa ya no trabajaba en el edificio; su taller ahora se encontraba en un cobertizo gigante que contaba con una muralla alrededor.
Estaba construyendo algo grande.
Algo muy grande.
Pero cuando llegó, Tooru no estaba.
Preguntó a todo el mundo, pero nadie sabía nada, hasta que encontró a un trabajador.
—¿Has visto a Oikawa?
—Ah, sí —respondió—, está en el hospital de la corporación, iré a visitarlo después; quiero saber cómo resultó el procedimiento.
—¡¿Procedimiento?! —su sangre se volvió helada.
—Sí, pensé que te lo había dicho, Irihata le dio luz verde y todo.
Corrió al área del hospital para encontrar a Hanamaki saliendo de la sala de operaciones.
—Ah, hola Iwaizumi.
—¡Déjate de idioteces! —gritó, sujetándolo de la bata— ¿Qué diablos está pasando?
—¿No lo sabes? —Hanamaki preguntó confundido—. Qué extraño. No creo que haya hecho esa decisión sin consultarte, después de todo, la cirugía tenía muchos riesgos.
—¡¿Qué diablos está pasando?!
—Oikawa —comenzó, ya no era el mismo chico que había conocido en la universidad de América—, él ideó esta… «Prótesis» y quería probar si funcionaba, pero era imposible que le dieran luz verde para practicar en humanos y se negaba en hacer algo en ti, así que en sus palabras «Se sacrificó por la ciencia».
—¿Qué demonios hizo?
—Cambió su tórax completo por uno metálico, con pulmones artificiales y un corazón también.
Su garganta se secó como un desierto.
—¿Eso…? No, no puede ser cierto… ¿Es eso posible?
—Irihata consiguió a todos los mejores médicos del mundo.
—¿Irihata sabe de todo esto?
Esto no estaba pasando, ¿cómo podía estar sucediendo? No tenía nada de sentido que su mejor amigo le ocultara esa clase de cosas importantes.
—Sí, él y Oikawa se tomaron tiempo haciendo las preparaciones.
—¿Desde hace cuánto tiempo?
—Tuvieron la primera reunión justo antes que te fueras.
Y todas las piezas cayeron en su lugar.
Esa había sido la razón por la que lo habían enviado lejos; porque Iwaizumi le hubiera dicho un rotundo «No» a ese procedimiento. Porque Iwaizumi no permitiría que Oikawa se siguiera convirtiendo más en esta… criatura; que no era humana. ¿Qué demonios estaba pasando por su mente? ¿Qué planeaba?
—La cirugía fue un éxito —avisó Hanamaki.
Iwaizumi se marchó antes que terminara golpeándolo.
—Debería arrancarte tus brazos y piernas por la monumental mierda que acabas de cagar —escupió cuando Oikawa despertó en la camilla hospitalaria.
—Es mi cuerpo, Iwaizumi, puedo hacer con él lo que me dé la gana.
—¿«Es mi cuerpo»? —repitió, su sangre hervía en sus venas—. Esa es la maldita excusa que das cuando vas y te haces un tatuaje, no cuando te quitas tus pulmones y corazón. ¿Sabes lo peligroso que fue eso?
—Sí, lo sabía —regresó—. Sé todos los riesgos que corrí, y fueron mínimos.
—¿Cómo pudiste hacer esto sin consultarme?
En el fondo, debajo de todas esas toneladas de enojo que sentía en su pecho, se sentía triste y herido.
—Porque sabía que te interpondrías.
—¡Y por una buena razón! —rugió.
—No era mentira lo que te dije antes, los humanos se están dirigiendo a su propio exterminio —dijo, con una voz fría; ese tipo no era su Oikawa—; y cuando los humanos se extingan, ¿Quiénes crees que quedarán? ¿Quiénes crees que dominarán el mundo?
—No me importa el mundo —Iwaizumi se sentó en la silla al lado de la cama, parecía que ambos pasaban mucho de esa manera; Oikawa en una camilla hospitalaria y él preocupado por su amigo hasta la muerte—; me importas tú.
—Lo sé, y por eso te amo.
Hajime resopló y miró a otro lado; Tooru se estaba convirtiendo en algo más, y en ese momento no tenía idea qué era.
—¿Me amas tú, Iwa-chan?
Su estómago se torció al escuchar el sobrenombre de cariño. Hundió los talones de sus manos en las cuencas de sus ojos, asegurándose de aceptar a Oikawa por la «criatura» que era ahora.
—Sí, sí te amo.
Los lunares de sus hombros desaparecieron, las cicatrices también. La piel era tersa, suave, sin manchas, era perfecta; pero no era real.
Pasados unas semanas Oikawa le urgió que lo visitara en su «taller». Es decir el cobertizo enorme; similar a esos edificios industriales llenos de bodegas; excepto que en lugar de tener cientos de compartimentos pequeños solo era una enorme pieza de cuatro paredes.
Iwaizumi entró y estuvo seguro que su mentón iba a chocar contra el suelo al abrir su boca de ese modo.
Era un robot.
Era un enorme robot.
O… partes de uno.
Oikawa tenía, lo que tenía que ser, una mano que medía más de diez metros, lejos de ahí, estaba un rostro con facciones humanas que debía medir más de quince metros. Con apariencia de centinela; los dedos tenían formas de garras doradas y parecía que usaba un enorme yelmo dorado.
¿Qué diablos estaba creando?
Esta criatura podría destruir ciudades en minutos.
—¿Te gusta? —preguntó con una sonrisa inocente—. Es mi nuevo androide y el soldado que ganará las Guerras de Helio. ¿Te sorprende? Debería, este es mi bebé, mi Mona Lisa, mi Venus de Milo. Mi creación perfecta que durará siglos.
—Es —Hajime miró el tamaño de su articulación y pudo visualizar como sería ese monstruo mecánico; una fría ola de miedo recorrió sus huesos, no quería imaginarlo de pie—… aterrador.
—Recuerdas, todo bebé necesita un nombre —hizo memoria Oikawa—. El suyo es Destroya y el mundo será de él.
—¿Esa cosa estará viva?
—¿Recuerdas al androide K-078662? Su núcleo siempre perteneció a Destroya; el cuerpo del pequeño androide solo fue un recipiente para contenerlo, pero cuando lo traslade a su verdadero cuerpo, me obedecerá a mí. Y mi voluntad gobernará sobre todo.
—¿No querrás decir: «la voluntad de Irihata»?
—Claro, claro, la voluntad de nuestro jefe. Pero recuerda mis palabras Iwa-chan.
«Los humanos serán obsoletos».
Volvió a ausentarse por unas semanas más, la guerra no estaba por terminar y solo eran pocos los países que quedaban intactos con toda la fauna, flora y con la mayoría de su población viva. Dejó de nevar en Rusia y los polos se derretían con velocidad; pero a diferencia de la teoría del efecto de invernadero, los océanos se evaporaban sin dejar rastro.
La capa de ozono se desvaneció en todo el mundo y el metano se sentía pesado en la atmósfera.
Pero aun así la guerra no se detenía.
Esa noche soñó con Matsukawa, y recordó porqué hacían lo que hacían.
Pero se preguntaba por qué lo hacía Oikawa; pues dudaba que Issei aun fuera la razón de todo. Las adicciones matan a las personas; pero Iwaizumi no veía lo malo en tomarse cinco tragos de whisky seco antes de llegar a su cama al lado de Tooru. Así como el castaño de ojos grandes no veía lo malo de cambiar sus órganos por una versión eterna y artificial cada «vacación» que recibía de su trabajo.
Una noche, en medio de su estupor alcoholizado; cuando regresó al lado de Tooru, sintió una caricia sobre su pecho, unos dedos traviesos que viajaban hasta su ingle. Iwaizumi tomó a Oikawa de su cabello y lo estrelló con sus labios; besándolo con fuerza, dolor y amargura. Sus labios se sentían suaves y tersos. No estaban agrietados o secos como se esperaría de un chico; y perdido en su niebla de lujuria los mordió.
Los labios no se rompieron ni sangre salió.
—Ansiosos, ¿no?
—¿Qué mierdas le pasó a tu boca?
—Es perfecta ahora, unos cuantos arreglos y estuvo lista.
Hajime se sentía ebrio, caliente e impaciente así que lo volvió a besar y tocar.
—¿Qué acabas de decir? —preguntó a la mañana siguiente con una resaca que amenazaba con aplastar su cráneo.
Oikawa le estaba preparando el desayuno, con un delantal que decía: «¡Ama de casa y orgullosa!» Le dio unos golpecitos a un huevo y lo dejó caer sobre el sartén, friéndolo; al lado, tenía otro con tocino chisporroteando. Tooru ni siquiera se giró, pero estiró su brazo para alcanzar un poco de sal, su extremidad se alargó como un cable negro y grueso unos metros, alcanzando el recipiente al otro lado de la cocina.
—¿Qué mierdas fue eso? —Iwaizumi no sabía si era su cerebro jugándole bromas o si Tooru había perdido toda su sanidad.
—Unos cuantos arreglos —se rio su mejor amigo—, es muy útil para el trabajo. ¡Iwa-chan, eres un ogro, nunca me pones atención! Te dije que cuando estabas fuera hice algunos arreglos en mis globos oculares y la piel de mi rostro.
Hajime estrelló el plato de cerámica al suelo; pero Tooru no se sobresaltó y siguió preparando el platillo.
—Oikawa, tenemos que hablar de esto.
—No hay nada de qué hablar —sonrió, sus palabras no coincidían con su rostro—. Ah, Iwa-chan —se lamentó—, no le hagas eso a la vajilla.
Estiró su otro brazo de la misma manera, Iwaizumi quería vomitar. Tooru lo había logrado, había dejado de ser humano.
—Destroya estará listo en dos semanas —avisó, sirviéndole su comida—. Irihata lo sabe, le haremos una visita a nuestro amigo Washijou —Esto lo hizo prestarle atención—, y será la última batalla de la guerra. Pero antes debo hacer unas preparaciones más —Iwaizumi sabía lo que eso significaba, todas las acciones que Oikawa tomaba giraban en torno a su venganza; cada respiro, cada parpadeo, cada palabra lo acercaba más al momento de tener a Washijo debajo de sus manos, para exprimir cada gota de vida del anciano—. Hanamaki también.
Mierda.
Oikawa le había lavado el cerebro también.
Esta vez arrojó su vaso de vidrio a la pared, haciéndolo añicos; pero Oikawa tampoco se inmutó.
—Es un nuevo mundo, Iwa-chan —explicó acercándose a él con un nuevo plato y su comida servida—, no te puedo obligar a que te unas; pero si tienes la opción de vivir para siempre en una bandeja de plata, ¿Por qué preferirías morir?
Las dos semanas pasaron.
Nadie en toda la corporación de Aoba Johsai, además de ellos tres e Irihata, sabían del ataque de Destroya; no tenían tiempo de probarlo o hacer un simulacro, así que apostaron todo lo que tenían a la fecha límite. Recurrieron a una expansión desértica tres días antes, en donde tenían más de diez kilómetros sin ningún árbol a la redonda (ese tipo de paisaje se hacía más y más común con el pasar de los meses); llevaron cada pesado miembro del gigantesco robot para que Oikawa pudiera terminar de armarlo ahí.
Iwaizumi fue para supervisar los últimos toques y se sorprendió al ver al nuevo Tooru: saltaba más de diez metros en el aire, tan alto que parecía que volaba; no necesitaba anteojos o lupas para aumentar su visión; fácilmente tenía todo a su alcance, solo estiraba su brazo sin moverse. Pero lo que más le quitó el aliento era su fuerza. Podía levantar más de trescientos kilos como si pesaran menos que una pluma, de ese modo podía mover fragmentos de metal de un lado a otro.
A eso se refería cuando Oikawa decía que él pertenecía a una nueva y mejorada raza.
Ellos eran el futuro.
Como último ajuste llevaron al androide que portaba el núcleo de Destroya; el chico de ojos azul marino y cabello negro.
—Tú serás el motor de esa maravilla —explicó Tooru, el androide K-078662 tenía derecho a saber qué era lo que estaba por pasarle; mejor dicho lo exigió.
—¿Conservaré todos mis recuerdos? —preguntó, un poco tímido y temeroso.
—Lo harás —respondió Tooru solemne— piénsalo así: eres una crisálida y estás por terminar tu metamorfosis.
—Comprendo.
El muchacho de facciones jóvenes aún tenía la mente de un niño, tenía hambre por saber; sus expresiones eran inocentes, Hajime pensó si realmente el androide sería capaz de llevar a cabo la misión.
—Tooru —llamó antes de subir hacia dónde el núcleo debía estar, justo en su pecho.
—Dime —Oikawa se acercó.
—Tengo miedo.
Tooru esbozó una sonrisa que Hajime no había visto en mucho tiempo, llena de cariño y sinceridad.
—Mi pequeño androide —llamó con afecto—, no sentirás nada.
Oikawa se acercó a su pecho y con un toque de un dedo, un compartimento se abrió con rapidez, revelando un orbe de energía cegadora; el castaño la rodeó con su palma y, con sumo cuidado, sacó el estable núcleo.
El cuerpo del androide cayó al suelo, sin vida.
Iwaizumi se iba a apresurar a levantarlo del suelo, pero Tooru le indicó que no era necesario.
—No te preocupes, no ha muerto, todos sus recuerdos y pensamientos están englobados en esta maravilla que tengo en mis manos. ¡La culminación de toda la robótica y yo la creé!
Su mejor amigo saltó hasta el enorme pecho de Destroya y colocó la luminosa esfera. En segundos regresó a su lado y le sonrió; Iwaizumi miró expectante y se sorprendió cuando sintió la mano de Oikawa sobre la suya, aferrándose con cariño. Tooru lo desconcertaba, había días que parecía una máquina y otros que regresaba a ser el chico de ojos grandes que vivía en la casa contigua a la suya.
Así que Hajime apretó de regreso.
Un zumbido se escuchó, tan fuerte como para hacer vibrar el suelo; y al siguiente segundo, los ojos del centinela bajo su yelmo brillaron con una luz neón, tan refulgente como su núcleo.
Pero Oikawa mintió.
El androide K-078662 no estaba consciente estando dentro de Destroya, el titán de acero era controlado por Tooru en todo momento. El castaño articulaba las órdenes y el robot obedecía. Se encontraban en medio de una ciudad, los rascacielos caían como dominós, cada segundo se acercaban más al territorio de Shiratorizawa; donde todas las construcciones pertenecían a Washijo.
Con cada paso imponente de Destroya, el suelo temblaba y el golpe resonaba por metros. Iwaizumi iba con toda la caballería detrás del androide, en el convoy de automóviles reforzados; Oikawa iba con él, con una pierna doblada y recostado sobre el asiento, con esa sonrisa llena de sorna que sacaba a Hajime de sus casillas. Sobre sus cabezas, volaban los aviones de caza; sobre la cabeza del enorme robot.
—Llegando al blanco —anunció el conductor—, inicia fase de ataque; fase Destroya.
Oikawa perfiló sus blancas líneas de dientes y sus ojos brillaron con malicia; llenos de deseos de destrucción. Abrió la compuerta del techo y se rio como un niño; sus rizos revoloteaban aunque él intentaba contenerlos, pasándolos detrás de su oreja.
—¡Destroya! —gritó; y la monumental criatura paró para verlo— ¡Ataca!
Hajime pudo escuchar cada latido en su cerebro y en su pecho; el colosal androide de ciento sesenta y dos metros señaló con su brazo y sus dedos se enrollaron hacia atrás, abriendo un cañón en su palma.
La explosión lo dejó sordo y sintió como sus huesos reverberaron.
El edificio se derrumbó, levantando una cortina espesa de polvo y escombros.
Quién sabe cuántas personas habían muerto instantáneamente.
Pero los refuerzos no tardaron en venir, y en minutos ya tenían sobrevolando aviones de combate con el logo de Shiratorizawa; comenzaron a bombardearlos. El enfrentamiento ya había comenzado, la batalla que decidiría las Guerras de Helio.
—Iwa-chan —llamó Oikawa, encima del caos—, voy por Washijo.
—¡Espera, idio…!
Pero fue demasiado tarde y Tooru ya había estirado los largos brazos como cables; Destroya acercó su mano y su amigo subió encima de la gigantesca máquina.
La batalla fue pan comido con Destroya a su lado, Washijo tenía una armada grande, pero todo palidecía al lado del androide. Aun así, un sentimiento de inquietud se removía en su pecho; él odiaba al anciano dueño de Shiratorizawa, pero no quería que Tooru cumpliera su venganza. Sabía que el castaño que amaba ya tenía un pie en la oscuridad.
Tal vez si Iwaizumi asesinaba al viejo, Oikawa podría redimirse.
Tooru nunca había matado a nadie de esa manera, frente a él y a sangre fría; Hajime sí.
Así que tomó la primera motocicleta que vio y aceleró para adentrarse al campamento de Shiratorizawa. Aceleró y pasó cerca de los pies de Destroya; el androide podía distinguir muy bien quién era amigo o enemigo. Sí, era la creación perfecta, pues no cometía ningún error.
Llegó a otro pequeño edificio de cinco pisos en donde se debía encontrar; la mitad de la estructura estaba destruida, pero Iwaizumi alcanzó la entrada y vislumbró soldados en el suelo. Corrió hacia los cuerpos y sintió su pulso y se tranquilizó, Oikawa no los había matado.
Entró y miró a todos lados, las ventanas estaban quebradas, seguramente por la resonancia de las explosiones; había agujeros en el techo y en el cielo. Hajime no sabía cuánto tiempo más podría el edificio seguir en pie; aun así, subió por las escaleras hasta el último piso, porque Washijo era ese tipo de hombre.
Pasó por un cuarto y escuchó el llanto de un niño; Hajime siguió el sonido y descubrió dos cuerpos muertos cerca de un armario. El rascacielos se movió sin aviso y unas pequeñas rocas cayeron, un ventanal se salió de sus cimientos y se hizo trizas en el suelo. El pelinegro se acercó a la puerta y abrió.
Un niño estaba llorando y temblando, escondido. Iwaizumi tragó el nudo de su garganta y se acercó al infante; debía tener como dos años al menos.
—Ey, campeón —dijo suavemente; el niño lo miró con ojos rojos y mejillas húmedas, tenía cabello café oscuro partido a la mitad—, ¿Por qué no nos vamos de aquí? ¿Sí? Salgamos de esta pesadilla.
Notó una fotografía en el suelo con el marco roto, estaba Washijo, una mujer más joven, un hombre y el niño. No importaba si era nieto del anciano que mató a su amigo, el pequeño no debía cargar con la culpa de sus antepasados. Lo subió a sus brazos y corrió hacia la salida, le daría el chico a algún soldado; Oikawa debía esperar, Iwaizumi lo odiaba pero debía hacer eso primero.
El niño se pegó a su pecho y comenzó a llorar mientras salían del rascacielos en ruinas.
—Vamos, vamos —intentaba calmar—, pequeño, un poco más y llegamos. Me llamo Hajime, ¿y tú?
—Waka…toshi —respondió con suavidad.
—De acuerdo, pequeño Waka, muy pronto nos iremos de aquí.
Llevó al niño a un lugar a salvo, después debía ir con Irihata para ver cuál sería el destino del niño; su «jefe» ni siquiera se había molestado en salir de oficina para el ataque. Le había dicho a Oikawa que confiaba plenamente en él y que lo veía como un hijo; Iwaizumi puso sus ojos en blanco, no se tragaba esa excusa. Los dejaba hacer el trabajo sucio para luego convertirse en la única potencia después de la guerra.
Escuchó un grito cuando subía los pisos y apresuró sus pasos. Llegó hasta el despacho de Washijo y tomó aire, llenando sus pulmones hasta reventar. Las puertas de caoba se veían ominosas, como si podían profetizar que al abrirlas, nada volvería a ser como antes.
Hajime las abrió.
Oikawa…
—¿Qué opinas ahora que todo tu imperio está en ruinas? —su mejor amigo le preguntó a una figura que estaba tendida sobre dos escombros de madera, semejando también una cruz; sólo que estaba invertida.
—Por favor… —rogaba el anciano moribundo.
—¡Míralo! —Tooru golpeó su rostro y tomó sus mejillas en su mano, forzándolo a ver cómo sus edificios y soldados eran destruidos— ¿Qué se siente no tener esperanza? ¿Ver a tu hija asesinada frente a ti?
Entonces, ¿él había sido?
Iwaizumi notó que las manos de Washijo habían sido atravesadas por estacas gruesas de madera; también tenía otras en sus brazos y en sus rótulas.
—Cuando te mande al infierno, sólo recuerda que fue Tooru Oikawa el responsable de traerte de rodillas. No un tiburón, no, oh no, yo soy más que eso —el castaño había perdido la cordura—. Soy la criatura perfecta. Abre tus ojos y regocíjate en el futuro —señaló la ventana, donde Destroya acababa con todo a su paso—; y mi creación: Si Destroya es el mesías; entonces yo, su padre, soy el Dios de todo el universo.
—Oikawa —llamó Iwaizumi.
El rostro de Matsukawa vino a él y los recuerdos de Tooru clavado en esa cruz de madera. Su sangre comenzó a hervir, Oikawa había cambiado desde ese momento, ya nunca volvería a ser el mismo. Washijo le arrebató a su mejor amigo y amante; torciendo su sanidad. Él fue responsable de todo el dolor que Oikawa y ellos habían sufrido, Hajime quería que muriera, quería hacerlo sufrir.
Así que dejó que su corazón fuera engullido por la oscura venganza.
No había sido Tooru el responsable de Destroya, sino Washijo quién depositó la idea de «dominar al mundo». Oikawa lo había logrado, era un nuevo mundo, y él estaría a cargo; con Iwaizumi a su lado, nada sería imposible para ambos. Hajime le sonrió al chico que amaba y él le sonrió de regreso. Ambos ignoraron otro tremor que sacudió el edificio.
Lentamente las piezas cayeron como en un rompecabezas, si querían un cambio, ellos debían hacerlo. Oikawa había entendido, ¿Por qué él se había tardado tanto? Y pausadamente comprendió; sonriendo al ver lo hermoso que era, su preocupación se reemplazaba por el orgullo.
El castaño se acercó a él dejando a Washijo de cabeza y moribundo.
—Te estaba esperando —susurró su Tooru, con ese mismo brillo que tuvo cuando ambos eran chicos y pasaban noches enteras construyendo a «aplaudobot»—. Quería hacer esto contigo.
Lo besó en sus labios, su cerebro pudo saborear la sangre y muerte.
Un mundo donde la guerra se terminaría y ellos podían salvar lo que quedaba de vida; donde podrían revertir los efectos de las bombas nucleares. Donde las personas serían iguales y no habrían más «grandes corporaciones» con deseos de apoderarse del planeta. Dónde solo existiera una voluntad.
—Te dejaré hacer los honores —susurró Tooru en su oído.
Él también lo hizo, en ese entonces, la línea de lo correcto era tan delgada que Iwaizumi dejó de discernirla.
Sacó su pistola y le disparó al viejo crucificado; directo a su cabeza.
Washijo se dejó de mover.
Pero antes de decidir cómo se sentía, un hombre entró por la puerta, pateándola tan fuerte como para partirla en dos. El sonido llamó la atención de ambos y antes que pudieran saber qué pasaba; Iwaizumi reconoció al hombre de la fotografía: era el padre del pequeño Wakatoshi.
Tenía una metralleta en sus manos, eso fue todo lo que pudo pensar; su cuerpo se movió guiado meramente por su instinto y se colocó en frente de Oikawa. El hombre cargó, apretó el gatillo y disparó.
Hajime sintió como si fueran decenas de picaduras de abejas: en su pecho, atravesando sus costillas.
Otras en su estómago y abdomen.
Y directo a sus piernas.
La cabeza de su atacante voló hacia a un lado al siguiente segundo, Oikawa lo había decapitado con sus garras. Unas cálidas manos lo sostuvieron e Iwaizumi supo que Tooru lo había atrapado antes que cayera al suelo. Su cuerpo dolía y sus manos se llenaron de su sangre, escupió y el líquido viscoso y carmesí también se deslizó por sus labios.
Estaba muriendo.
Y se sentía en paz.
Oikawa había comenzado a llorar y acariciaba su mejilla.
—Iwa-chan, Iwa-chan, no… por favor... —sollozaba—… no puede estar pasando esto, no sé qué haré si tú no estás; ¿cómo se supone que seguiré?
Hajime se rio; cálida sangre salió de su esófago hasta su boca.
—Siempre… tan narcisista…
—Te amo, no puedes hacerme esto —rogó—, puedo salvarte… déjame salvarte Hajime; por favor…
Su mano tiritaba y comenzaba a sentir frío y sueño, tomó la mano de Oikawa y la besó, manchando de un enfermo rubí sus bonitos dedos.
¿Cómo podría perderse el despertar del nuevo mundo?
¿Qué sería de Oikawa sin él?
—Haz… hazlo… —decidió; sabía que perdería su humanidad, sería igual que Oikawa. Con partes artificiales y eternas.
Sería su igual.
—Lo haré, cariño, lo haré, te voy a arreglar —escuchó entre murmullos y su cuerpo comenzó a ser movilizado; estaba perdiendo la conciencia y su vista se tornó negra.
—Espera —dijo con las últimas fuerzas que le quedaban—, quiero conservarlo… mi corazón… quiero conservarlo…
Y todo se oscureció.
Despertó en una cama de hospital, pero no tenía ningún vendaje.
Tampoco sentía dolor; solo un poco de cansancio. Trajo su mano para inspeccionarla, todo estaba normal, parecía que nada le había pasado; pero llevó su mano a su abdomen, en su costado de lado derecho, tenía una cicatriz de una bala que le había pasado rozando la piel; en sus años de guerra.
Ya no estaba, la expansión de piel era lisa y tersa.
Sí había pasado, entonces.
Sus brazos ya no eran suyos, sus piernas tampoco.
Había dejado de ser él y, sin embargo, no sentía nada diferente.
—¿Qué tal te sientes, Iwa-chan? —vino la voz de Oikawa.
—… igual.
—Me alegro —El castaño se sentó a los pies de su cama.
Una pregunta terrorífica se formó en su mente.
—¿Cuánto cambiaste?
Pero le daba más miedo la respuesta.
—Todo —Tooru ladeó su cabeza y se acercó más a él, tocó su pecho desnudo debajo de la sábana de hospital—, excepto lo único que me pediste que dejara.
—Gracias…
—¿Puedo preguntar «por qué»?
—No lo sé, puedes llamarme estúpido si quieres; pero quería conservar algo natural, algo que me hiciera recordar mi humanidad y los sentimientos que albergan. Como el amor. Para recordar que tú siempre tienes cabida en él.
Tooru se abalanzó sobre él, abrazándolo; luego su mano se unió a la de Oikawa y tocó su piel, aún tenía latido. Su amigo tomó su mano entre sus dedos y las llevó a su torso. Iwaizumi no sentía nada en la piel de Tooru; solo un leve vibrar de su núcleo.
Se había removido su corazón.
—Era más fácil de esta manera —explicó—. Sólo conservo lo más importante.
—¿Qué?
—Mi encéfalo, pero no te preocupes por mí, Iwa-chan; está muy bien protegido por mis huesos y cráneo metálicos.
—Bueno, siempre fuiste un cabeza dura —intentó bromear.
—¡Tú también! —lloriqueó quejumbroso—. ¡Siempre tan cruel!
—Entonces… ¿qué pasa ahora? —Cuestionó, después de unos minutos—. ¿Qué pasó luego que me dispararan?
—La misión fue un éxito rotundo, Destroya arrasó con todo a su paso, Washijo murió y con su familia, todo Shiratorizawa; y ahora, tenemos una reunión urgente con Irihata.
—Espera —pausó—… había un niño…en Shiratorizawa, recuerdo que lo dejé a salvo con unos soldados, ¿qué pasó con él?
—Nuestro jefe nos quiere dar las gracias por haber salvado al mundo y quizás miles de millones de dólares ¿y tú preguntas por un mocoso?
—Se llamaba Wakatoshi.
—¡Iwa-chan! —Se quejó— ¡Ven conmigo y luego te acompañaré para encontrar a este «niño perdido»!
Iwaizumi puso los ojos en blanco pero lo obedeció, Oikawa le ofreció una mano para bajar de su cama, pero Hajime quería hacer esto por él mismo. Se arrojó del colchón y se tropezó un poco; se acostumbraba lentamente a sus rodillas, pero lo podía aprender a dominar. Tooru lo miró expectante.
—Después de ti —ofreció el pelinegro.
Caminaron desde el ala médica hasta el último piso; al igual que lo hicieron con Washijo, esos magnates tenían el ego tan inflado que les gustaba sentirse como si tocaban el cielo. Hanamaki los estaba esperando fuera del despacho de Irihata.
—¿Listos? —preguntó su amigo.
Tooru abrió las puertas de par en par, aventándolas con fuerza. El sonido retumbó por la lujosa instancia; Oikawa amaba hacer entradas, pero Irihata solo lo recibió con aplausos y una sonrisa como gato perezoso.
—Y aquí vienen, ¡el trío maravilloso! —exclamó con júbilo; Hajime notó la presencia de más hombres con saco, sostenían vinos ancestrales en copas carísimas; seguramente los otros miembros de la corporación. Todos les dedicaron un aplauso—. ¡Jamás dudé de ustedes tres! Oikawa tu cerebro vale millones, Hanamaki tus invenciones sobrepasan mis expectativas, e Iwaizumi como sus músculos —aplaudió con emoción—… ¡perfectos!
Tooru sonreía, aceptando los cumplidos.
—Agradezco tus palabras, pero debo recordarte que esto de aquí —señaló su cabeza—, no está en venta.
Irihata se rio.
—Claro, claro, ustedes los científicos locos… —dejó en el aire—. Sólo estoy feliz que se hayan deshecho de Shiratorizawa. El planeta se los agradece.
—De nada —contestó Oikawa quitándose una pelusa de su bata de laboratorio—. ¿Y cuál es el plan ahora?
El hombre de edad media lo pensó un poco.
—Bueno, es nuestra oportunidad de aprovechar las pocas fuentes de helio que nos quedan —explicó como una cuestión de hecho—. Haremos a Aoba Johsai el distribuidor principal de energía, maldita sea ¡podemos fabricar más de esos robots! ¿Se imaginan? —preguntó al grupo de ricachones reunidos—. ¡Criaturas cuyo sólo propósito sea trabajar! Sin necesidad de paga, sin necesidad de alimento. Si hacemos a los androides sostener la economía del planeta, ¡todo el mundo querrá conseguir uno!
Tooru parecía aburrido.
—Retrocede un poco, Irihata: Aoba Johsai será el principal distribuidor de energía, ¿y qué más?
—¿Qué más?
Su amigo puso los ojos en blanco; comenzando a cansarse.
—Sí. ¿Qué harás cuando otra corporación se te ponga en frente otra vez? ¿Y si ésta tiene el doble de poder que Shiratorizawa?
—Siempre tendremos a Destro…
—¿Eso es todo? ¿Tu respuesta para todo es confiar en mi robot para destruir la mitad de la ciudad? ¿Cada vez? —Atacó escéptico—. Eso es tan retrógrada.
—Ey, muchacho —intervino uno de los líderes de la corporación— ten cuidad… —pero Irihata levantó su mano para callarlo.
—¿Qué propones tú, Oikawa?
—El planeta está muerto —declaró—. Pueden elegir no creerlo, pero si se bajan de sus pomposos traseros en sus camas de un millón de dólares y sábanas egipcias y por un momento dejan de embriagarse con su agua de alcantarilla a la que le llaman «vino» y miran a su alrededor, verán que el suelo está estéril. Nada se puede cosechar en el ochenta por ciento del mundo, ¿aún no lo entienden? —escupió las palabras con enojo.
Iwaizumi y Hanamaki miraban a su amigo de brazos cruzados, concordando con él.
—Ya no se trata sobre «qué corporación va a reinar ahora», o de «dejar que los robots hagan el trabajo por nosotros» —mofó—. Se trata de encontrar una manera de hacer que las personas sobrevivan —Oikawa dejó de verlos y se comenzó a reír—. Lo sabía, ustedes no son diferentes a Shiratorizawa… El mundo no mejorará así.
—De acuerdo, chico —dijo otro—, ¿qué planeas hacer tú?
—Los humanos son estúpidos —regresó antes que terminara la pregunta—, ellos no necesitan «androides que hagan el trabajo pesado o que no quieren hacer». Eso sólo los volverá perezosos. Lo que en verdad necesitan es ser gobernados.
—Esa es nuestra meta final —ofreció Irihata con una mano en su mentón, sopesando las palabras de su amigo—; Aoba Johsai tomando el control, ir subiendo cada escalón hasta llegar a la cima.
—¿Para qué? ¿Para cobrar de más por la energía? ¿Para vender los androides más costosos? ¿Para acumular dinero en sus gordas y mugrientas manos?
—Oikawa —llamó Irihata con todo amenazante—; tranquilízate, todos llegaremos a un acuerdo. Puedo entender lo que me estás intentando decir.
—No, no lo entiendes —regresó Oikawa y estiró su brazo para quebrar el cuello de Sadayuki, el segundo al mando.
Un guardaespaldas en la puerta sacó su glock y disparó sin advertencia; Iwaizumi se movió sin pensarlo, más rápido que el proyectil. Pudo ver claramente la bala de plomo y como si fuera un insecto, lo tomó con su mano; no atravesó su palma ni sangro, abrió los dedos para dejarla caer en el suelo. Tooru le sonrió con cariño y luego regresó sus fríos ojos a Irihata.
—No lo entiendes —repitió, todos los hombres ya se habían puesto de pie, alarmados cuando miraron a su colega ser asesinado; los otros guardaespaldas solo los apuntaban pero no les disparaban, tenían demasiado miedo—. Los humanos son incapaces de gobernarse entre ellos, no pasarán más de cincuenta años para que caigan en-los-mismos-pasos cada vez; hasta que nadie los pueda salvar y se enfrenten a su extinción.
Hanamaki se movió en milisegundos al otro lado del cuarto, tomando la cabeza de otro líder y estrellándola contra su rodilla. El cráneo cedió contra su rótula y su ropa se llenó de sangre, huesos y cerebro.
—Lo que necesitan es ser liderados por alguien capaz, por alguien superior a ustedes; así como los perros y los gatos son cuidados por sus dueños —sonrió—. Lo que necesitan es a alguien mejor.
—¿Estás comparando a toda la raza humana con animales? —preguntó Irihata furioso y con temor.
—Provienen de ellos, es sólo justo hacerlo.
—¡Eres un demente! —gritó otro.
Pero Iwaizumi ya estaba frente él torciendo su cuello como si fuera una varilla de madera.
—Lo que este mundo necesita, es a mí. Sin segundas oportunidades, sin disculpas. Mis órdenes serán absolutas, para un mejor futuro.
Tooru tomó a dos más del cuello y los estrelló contra la pared de vidrio, soltándolos desde setenta y seis plantas.
—Y en ese mejor futuro —Tooru se acercó a Irihata—… no hay lugar para tiburones.
Iwaizumi tomó el mensaje y arrojó a todos los que quedaban en el despacho afuera del rascacielos; dejándolos caer a sus muertes. Tooru pasó sus garras por el cuello de Irihata, cortando sus vasos sanguíneos; la sangre salió disparada y Oikawa terminó llenándose. Como le había sucedido con Matsukawa, pero no hizo mueca de disgusto, ni asco; solo pasó un mechón de cabello detrás de su oreja.
Ignorando los cadáveres a su alrededor, Iwaizumi se dirigió hacia él y tomó su mano llena de sangre; tenía su forma humana. El pelinegro la besó, probando el sabor metálico; Oikawa acarició su mejilla con cariño.
—Sería un honor servirte como guardaespaldas en tu nuevo mundo.
Porque estaba seguro que Oikawa lo lograría, porque todo en cada cosa que Tooru ponía su atención, la conseguía. Solo era cuestión de tiempo para que todo el mundo le perteneciera; Hajime podía estar ahí para cuidar de él, ser su escudo y su espada.
—Nuestro nuevo mundo, Iwaizumi.
Siempre me ha gustado la frase de «Un héroe es solo tan bueno como su villano» y lo creo firmemente así que por eso necesitaba sacar estos capítulos, y dejaré que ustedes hagan su opinión de Oikawa en la historia ;)
Sé que hay preguntas que no se respondieron en este flashback así que habrá una tercera parte; pero será publicada casi llegando al final del fic. La canción del nombre del capítulo pertenece a la banda de Muse, si tienen oportunidad escúchenla, me sirvió para inspirarme en el capi y en la relación IwaOi que plasmo.
Leo cada comentario que me dejan con una sonrisa, doy mil gracias por cada palabra que ustedes me dicen :)
Nos leemos luego~
