¡Y nos leemos nuevamente!
Es un placer encontrarlos por aquí, espero no haberles hecho tanta falta ;)
Antes que pasemos al capítulo debo hacer un anuncio, he recibido varios comentarios preguntándose si lo que se ve entre luces es Kurotsukki y Kuroken, y había pensado hasta un momento que lo había dejado más que claro! Jajajaja.
Pero para ya evitar más preguntas: No, no hay Kuroken en este fic, no va a haber kuroken en este fic, por favor si no les gusta la otra pareja y creen que esa es razón para cesar de leer la historia, está bien. Espero que les haya gustado hasta acá, pero si quieren seguir la fiesta aun así, LOS AMO!
Pero por favor solo les pido una cosa: No pierdan su tiempo comentando que no les gusta una u otra pareja, no va a cambiar nada en la historia. Es por cortesía: si no tienen nada bueno para decir, por favor, no lo digan.
No crean mal, todos aquí solo son amor para mí, y sé que es más de lo que merezco y por eso estoy MUY agradecida, por cada palabra hermosa que me dejan; solo sentía que me debía sacar eso del pecho.
*Fin del comunicado*
El nombre del capítulo de hoy pertenece a la banda IAMX el ritmo es inquietamente hermoso, denle una oportunidad.
Gracias a mi beta Ren por editar mis errores siempre y por darme tan buenos consejos!
Disfruten del capítulo, nos leemos abajo ;)
»Nombres de killjoys:
Ceniza Radiante: Koushi Sugawara.
Histeria: Keiji Akaashi.
Ala Revólver: KoutarouBokuto.
Sol Inferno: Shouyou Hinata.
Pantera Anfetamina: Tetsurou Kuroo.
Sombra Brillante: Kenma Kozume.
Chispa Neón: Yuu Nishinoya.
Terror Ruidoso: Ryuunosuke Tanaka.
Espina de Canela: Hitoka Yachi.
Silencio Infeccioso: Ennoshita Chikara.
Ácido Lunar: Kei Tsukishima.
Amanecer Tóxico: Asahi Azumane
Dulce Voraz: Shimizu Kyoko
Cianuro Carmesí: Yaku Morisuke
Volumen Vibrante: Saeko Tanaka
Sonido Detonador: Hisashi Kinoshita
Tommy Chow Mein: Yasufumi Nekomata
Doctor Desafiando a la Muerte: Keishin Ukai
Choque Binario: Tobio Kageyama
Fauces de Hierro: Kenji Futakuchi
Rugido Helado: Lev Haiba«
Insomnia
¿Sintieron ese tremor mis bebés de motores?
Sé que soy un viejo pasado de moda, pero espero, por los dioses, que no se trate de la Bruja Fénix haciendo destrozos como en el terremoto del '99. Si es nuestro tiempo, es nuestro tiempo, pero hasta que este se me acabe, yo seguiré siendo su negociante de las mejores rolas.
Así que háganme compañía y cuéntenle al Doctor qué los agobia, ¿una chica? ¿Un chico? ¿O quizá los draculoides mataron a su mascota?
Sea lo que sea, su confidente, y cardiólogo está en casa.
En otros temas, algunas ratas de las Zonas nos han traído noticias de un misterioso apagón en una metrópolis de la Zona 25; y por más que disfruto de una tarde aventurera donde no hagamos más que destruir propiedad de BL/ind, rumores dicen que han habido avistamientos de algunos jefes de exterminadores rodeando la zona.
Pero… ¡oh! Profesor, ¿Qué haces en mi cabina? Cuervos, parece que tenemos un invitado con nosotros, saluden al Profesor T.
Vaya, parece que tenemos una nota anónima de algún oyente y parece que es desde muy lejos. Veamos que nos dice nuestro hermano forastero:
«Esto es un mensaje para el tipo con cara de pocos amigos: Tuvimos éxito y encontramos lo que buscábamos.
No te preocupes, todos estamos bien; regresaremos de inmediato.
Por si no lo habías comprendido, este es un mensaje para que lo descifres.»
Fin.
Así que ya lo escucharon, y espero, «chico de pocos amigos», que hayas podido entender tu mensaje. Eso fue todo, mis ratas del desierto, recuerden cargar sus pistolas, y pulir sus máscaras, porque siempre estamos en la carrera.
Hasta la próxima edición, hermanos.
Kkkkkkkkkk…
El vacío, pero pulcro pasillo blanco reverberaba con el sonido de sus suelas golpeando el piso níveo. Detrás de él caminaban algunos de los ajustadores de pensamientos más talentosos de todo su imperio. Tenían mentes dotadas y torcidas, eran capaces de llevar los cerebros de personas normales a un extremo del que no había retorno. Vaciándolas y luego llenándolas con medicamentos que los saturaban de felicidad falsa.
Aun así, Oikawa no venía por ellos.
La mente que Tooru buscaba era una más retorcida, llena de una curiosidad cruda y sin reservas; con fijaciones abominables, carente de algún remordimiento o, incluso, un poco de ética. Un hombre de ciencia sin ninguna reserva, con una inteligencia extraordinaria para un humano, y una peculiaridad infantil.
Razón por la cual lo había convertido en su jefe ajustador de pensamientos.
Ninguno de sus acompañantes se atrevía a caminar a su lado o frente a él. Así que la única vista que tenía era de la espalda de Iwaizumi vestida con el blanco uniforme de los exterminadores. Su guardaespaldas siempre era quién le abría las puertas; Hajime caminaba erguido con orgullo, con la frente en alto, como su segundo al mando debía verse.
En su cadera, colgaba su enorme espada.
Pasó de largo por todas las habitaciones que contenían los ciudadanos a los que les realizaban el ajuste, y también a los sujetos con los que experimentaban para convertirlos en híbridos. Después de convertir el cerebro de los S.C.A.R.E.C.R.O.W. en materia maleable, y cortar los miembros que se le consideraban exceso, se les trasladaba al laboratorio de Shirabu, quién les confeccionaba las armas que tendrían instaladas. Iwaizumi le abrió la puerta de vidrio, y él entró al laboratorio de Daishou.
Las luces estaban apagadas y la única lumbrera venía del escritorio del ajustador de pensamientos.
—Pueden marcharse —ordenó a los que estaban detrás.
Los otros científicos obedecieron.
—Iwaizumi, tú también —agregó, reservaba el sobrenombre cariñoso solo cuando estaban solos.
Hajime se puso rígido con microscópicos movimientos de sus músculos artificiales que pasaban desapercibidos para todos los presentes pero no para sus ojos. Sin embargo, sus severas facciones lo miraron por un minuto, y obedeció.
Una vez lo dejaron solo, Daishou notó su presencia y se acercó a recibirlo, haciendo una reverencia y quitándose los anteojos con aumento que utilizaba como lupas.
—Ah, queridísimo líder, ¿qué te trae por aquí?
—Solicitaste una reunión conmigo, ¿no? —devolvió mirando un matraz con un líquido morado.
—Sí, pero no hacía falta que vinieras hasta aquí y hablaras con mis subordinados, ellos no merecen el placer de estar en tu presencia. Sólo estaba realizando unas últimas anotaciones de un estudio y estaba listo para marcharme a verte.
—Vaya, sin importar cuándo o dónde, tú siempre sabes qué decir, Suguru.
—Uno de mis incontables talentos, líder.
—Recibí tu mensaje diciendo que querías discutir algo acerca del S.C.A.R.E.C.R.O.W. Koutarou Bokuto, así que debía saber de qué se trataba. Sonabas muy preocupado, así que aquí estoy.
—Sí, claro, es sólo que esperaba hacerlo en un sitio más —Daishou miró a los lados, enfocándose en todos los recipientes de vidrios con muestras; también los contenedores enormes que mantenían algunos sujetos de estudio sedados—… abierto.
Pudo notar el flaqueo en su voz, Suguru tenía miedo; Oikawa solo podía asumir que se trataba de malas noticias. Todos sabían que el temperamento del dictador era tan volátil como él. Tooru ignoró su lenguaje corporal y se sentó frente al ajustador de pensamientos, Daishou se encogió levemente de hombros y en una fracción de segundo regresó su máscara de siempre.
—Dime —ordenó.
—Es sólo una suposición, pero es necesaria para tomar una decisión para acciones futuras. Solo debo aclarar antes, que cuando se preguntó mi opinión profesional, yo aconsejé que no debía forzarse el ajuste de pensamiento de una manera así de veloz; sin embargo, se llegó a la conclusión de proseguir sin escuchar las consecuencias. Razón por la cual tenemos el problema actual.
Tooru cerró sus ojos y suspiró; de verdad esperaba que Daishou fuera más inteligente que eso.
—Ve al punto, Suguru —siseó—, no te mataré, eres mi mejor ajustador de pensamientos, así que dime para qué he venido hasta aquí.
—No es definitivo, pero hay altas probabilidades que el ajuste de pensamiento realizado en Koutarou Bokuto pueda ser revertido y recobre sus memorias. Queridísimo líder, tú necesitabas tener al killjoy convertido en S.C.A.R.E.C.R.O.W. lo más pronto posible, y yo como tu humilde servidor, sólo quería hacer tu deseo una realidad; así que creamos un nuevo protocolo para realizar el ajuste de pensamientos. Se administraron mayores dosis de las medicinas y se torturó de una manera más extrema y consciente para poder inducir un estado de catatonia y moldearlo; pero nada nos asegura que sea permanente, y peor aún si no tenemos manera de monitorear sus cambios.
Oikawa vio de reojo como una figura yacía acostada atrás de ellos en la oscuridad, la cama debía estar inclinada a unos cuarenta y cinco grados. Era el nuevo sujeto de estudio del ajustador.
—Entonces —comenzó Tooru—, ¿lo que me estás diciendo es que hay una enorme probabilidad que Bokuto regrese a su estado de antes?
—Sí, líder —informó, apretando sus dientes.
—No importa.
—¿No? —preguntó Suguru, esperando que el dictador explotara de la ira.
—Ya obtuvimos lo que queríamos de su cerebro y junto con tus magníficos S.C.A.R.E.C.R.O.W., le dimos un golpe tan fuerte a esos rebeldes del que no podrán recuperarse; y si el killjoy recobra su individualidad e intenta algo por él solo, ahora tenemos juguetes más nuevos y mejorados.
—Ya… lo veo.
—Tranquilízate, Suguru y prepárate; siento en mis huesos que una tormenta se avecina en el horizonte y traerá con ella gotas de plomo y sangre.
Al escuchar eso, Daishou no pudo evitar sonreír de oreja a oreja, perfilando sus largos colmillos y lamiendo la comisura de sus labios. La profecía de Oikawa prometía diversión.
Los caóticos pensamientos que pudieran estar anidándose en su cerebro fueron cortados por un fuerte siseo proveniente de un ala contigua de la habitación, seguido por un sonido como si algo se deslizara sobre el piso; era imposible ver a través de la oscuridad, pero Oikawa no veía la razón para perder el tiempo ajustando su visión.
—Recuérdame otra vez porqué dejé que te quedaras con esa abominación —comentó seco.
Sabía que Daishou tenía una fijación por las modificaciones corporales, pero esa «mascota» era demasiado hasta para él.
—Porque —comenzó—, salvador, tu compasión es tan grande como la de un dios y me permitiste conservar a mi amada Mika. Mi alma gemela que enfermó y gracias a ti, Oikawa, pude seguir mis experimentos para intentar salvarla y ahora se convirtió en mi creación favorita.
El siseo vino otra vez, más furioso.
—Vaya temperamento el que tiene ella.
—Te aseguro que es muy cariñosa —insistió.
Tooru solo sonrió y asintió, sin prestarle más atención. Suguru era una pieza valiosa para todo su imperio, lo que hacía fuera de su trabajo lo traía sin cuidado. Un humano no era diferente a un ratón, o a un perro o a un chimpancé; si servían para aumentar el conocimiento y la ciencia, entonces cumplía su propósito. Eso era lo que pensaba su ajustador de pensamientos; al grado de experimentar con la mujer que amaba hasta convertirla en una creatura inhumana.
Así que Bokuto volvería a recobrar su individualidad, sopesó Oikawa, una parte de él quería que el killjoy regresara para intentar «vengarse», él lo atraparía nuevamente, y, esta vez, terminaría el trabajo que había comenzado.
En el cerebro de Kageyama sobresalían solamente dos hechos: Uno era el fuerte olor a cloro y desinfectante, tan concentrado que abrumaba su sentido del olfato; una fuerte cortina que intentaba cubrir el hedor a sangre que provenía de Iwaizumi; pero era como intentar tapar el sol con un dedo, además su uniforme estaba sucio. Tobio pudo notar unas pequeñas manchas en sus botas negras, mientras él hablaba con Oikawa.
El segundo hecho, era la relajante canción que se escuchaba en todo los altavoces del edificio, Kageyama podía reconocerlo, era una sonata que iba con el nombre de «Claro de Luna» a su creador siempre le habían gustado las melodías sin lírica; pero, seguramente, esa vez la música servía para cubrir todas las explosiones y gritos de la guerra.
Su creador le había dicho que él no sería necesitado para lo que vendría en la guerra. Kageyama aun recordaba cómo se había sentido poder destruir todo lo que Oikawa señalara. Lo recompensó luego con un nombre: Tobio Kageyama. No existía nadie más llamado así.
Oikawa se despidió de Iwaizumi, quién estaba encargado de todo el ejército del creador y con pasos pausados se acercó a Kageyama. Sostenía en sus manos una pequeña caja blanca con agujeros y se la obsequió.
Adentro estaba un pequeño ratón blanco.
—Es tuyo ahora —dijo su creador—, puedes ponerle nombre, puedes alimentarlo, incluso puedes matarlo. Su vida depende de ti, también su bienestar y felicidad; ¿puedes con eso?
—Sí puedo —contestó Kageyama mientras veía estrellas. Él imitaría a Oikawa, jugaría su papel, el de ser el creador y dios de todos. Ser una potestad al menos a los ojos de algunos, como, en su caso, de ese pequeño ratón blanco.
Tobio le puso un nombre también, porque era lo que los dioses hacían.
Lo nombró Nieve por su pelaje.
Kageyama lo observaba todos los días, cautivado por la manera que actuaba, tan ajeno al mundo, su realidad no iba más allá de su pequeña jaula; solo a veces, cuando Tobio lo sacaba a pasear en su cuarto. El pelinegro se encontró hablando con el pequeño roedor, sabía que jamás recibiría una respuesta pero había algo relajante en hablar sabiendo que nunca sería contestado.
Fue inocente y fue tonto, pero Tobio comenzó a sentir cariño hacia Nieve, como el de un dueño con su mascota.
Catorce días después de habérselo entregado, Oikawa regresó a su habitación, que se trataba de cuatro paredes construidas de cristal y se encontraba adentro del taller de su creador. En donde no existía tal cosa como privacidad, pero Kageyama nunca la necesitó.
Oikawa entró con unos apuntes y comenzó a cuestionar toda su experiencia: ¿Qué había sentido? ¿Había cuidado del ratón? ¿Qué tren de pensamiento pasaba por su mente cuando veía al roedor corriendo en su pequeña rueda? Kageyama sabía que estaba siendo estudiado, razón por la cual nunca se le ocurrió mentir. Notó que Tooru se sorprendió al saber que Tobio había nombrado al animal, y quiso saber su razonamiento detrás de esa acción.
Kageyama le dijo que quería diferenciarlo de todos los otros ratones existentes con el nombre.
Oikawa se rio a carcajadas y le preguntó: «¿Por qué?»
Él le contestó: «Porque para él, yo soy su Dios»
Su creador quedó fascinado con su respuesta, asintió y anotó algunas cosas. Luego le preguntó si podía sostener a su mascota; Kageyama aceptó y le entregó el roedor, todo mientras seguía compartiendo algunas cosas curiosas que había aprendido de Nieve. Oikawa escuchó atentamente a todas, con una sonrisa en su rostro incluso se terminó riendo en algunas partes.
Cuando terminó fue el turno de Tooru de hablar.
—Veo que te has divertido con tu regalo, ¿no? —A eso, Tobio asintió, luego dejó a Oikawa continuar—. Ahora debo enseñarte algo, ¿sabes cuál es la diferencia entre tu perspectiva de lo que es un Dios, y la mía?
—¿Cuál?
—A un dios no le importa que le pasa a su creación.
Sucedió en menos de un segundo, pero el sonido fue ensordecedor en sus oídos, el chasquido del cuello de la creatura; el pulgar y el índice de Oikawa moviéndose demasiado rápido, quebrando el cuello de Nieve.
—… porque las creaciones son efímeras —continuó—, en un momento existen… y al siguiente no. Son reemplazables, Tobio; mientras que tú y yo, viviremos para siempre.
—¿Qué…? —Kageyama seguía boquiabierto.
Oikawa ni si quiera se molestaba en ocultar su sonrisa; el pelinegro solo podía ver impotente el inmóvil Nieve.
¿Por qué? ¿Por qué había hecho eso? Nieve estaba bien, no tenía enfermedades, era apto para sobrevivir, era suyo.
—¿Qué sientes, pequeño androide? —preguntó Oikawa con renovada curiosidad, levantando su cuaderno de apuntes—. Te preocupabas por el roedor, ¿no? Te encariñaste con él, descríbeme tus sentimientos.
—Ah…
Tobio ni siquiera podía hablar, la sorpresa había sido demasiada, la realización que en un segundo Nieve había estado vivo y ahora… no.
Aprendió dos cosas ese día: Una era cómo se sentía la «pérdida.»
La otra era lo cruel que era Oikawa.
Y después de todos esos años, Kageyama volvió a sentir la misma presión sofocante en su pecho, el mareo en su cabeza, y el absoluto y ensordecedor sentimiento de profunda desolación.
—Deberíamos… deberíamos terminarlo todo entre nosotros.
Las palabras de Hinata lo habían hecho sentirse igual.
—¿Eh?
El recuerdo lo había golpeado sin aviso, ¿era porque ahora se había reunido con Destroya? ¿Había vuelto a ser el mismo de antes, y todos esos recuerdos que Oikawa había querido borrar, habían regresado? No, eso no importaba, porque Hinata no había terminado de hablar.
—¿Terminar? —preguntó Kageyama.
—No creo… no creo que nos estemos haciendo bien el uno al otro…
—¿Qué significa eso?
—Significa que tú estás caminando en un trecho en el que creo yo no tengo cabida —comentó—. Kageyama, ¡yo le quité el intercomunicador a Lev cuando estábamos en la Zona 15 en lugar de informar cómo iba nuestra misión! Lo hice por ti, tú estabas inconsciente y porque… tenía miedo que Tsukishima nos obligara regresar porque tú no respondías. ¡La sola idea de no tenerte me aterra y eso hace que no me importe la resistencia! No me importó no encontrar a Destroya si eso significaba perderte, y eso no es lo que un killjoy debe hacer; y tú, y todo esto me da miedo porque te amo más que a mi vida, pero a ti no te importa la tuya.
—Hinata eso no… —intentó detener.
Sin embargo Hinata siguió, con manos hechas puño y ojos cerrados con fuerza, como si cada palabra que estuviera diciendo le doliera; Kageyama estaba seguro que no, Shouyou no podía estar sintiendo ni la mitad del dolor que él.
—… y no puedo evitar sentir que te pareces más a Oikawa y tengo miedo de perderte porque te amo demasiado, y quiero dejar de sentir eso porque entre nosotros dos, a mí es a quien hace más débil.
¿Débil? Hinata le había parecido muchas cosas desde que lo encontró en ése callejón: despistado, descuidado, valiente y gracioso, pero débil jamás se cruzó por su mente.
Sin embargo, Kageyama no tenía ni idea qué debía hacer, ¿debía decir que no? Era Hinata quién había tomado la decisión y aunque dijo que lo amaba quería terminar todo con él; y él… no había sido tan feliz en su vida como lo fue desde que lo rescató de caer a su muerte en su apartamento. Lo único que podía pensar era en el peso que amenazaba con aplastarlo, ese sentimiento, que según Oikawa, se llamaba: «pérdida».
Desde que tenía memoria en Ciudad Batería todos los días habían sido iguales, patrullar las calles, realizar papeleo de leyes, mandar al Tubo a algunos ciudadanos, e inclusive matar a los que se oponían.
Todos sus años pasaron de manera borrosa hasta que dejó de contar los días.
Pero con Hinata…
Desde que lo había conocido cada día aprendía algo más, no sólo de los humanos, o del pasado, o inclusive de la resistencia. Cada día aprendía a sentir algo nuevo, a experimentar en carne propia lo que se sentía la genuina felicidad, preocupación, amor y ahora tristeza. Hinata le había enseñado el valor de cada humano, y de él mismo, que había algo más en su vida que no fuera servirle a su creador y acatar órdenes. Que, aunque él no fuera real y aunque toda su existencia fuera artificial, él también podía vivir.
—¿Quieres dejar de sentirlo?
Shouyou asintió aunque se mordía su labio inferior y cerraba sus ojos con fuerzas, Tobio no sabía si era por el resplandor del sol.
—Pero aún me amas —estableció como hecho—, ¿entonces… por qué?
—Ese… no es el punto; los humanos pueden separarse aunque se amen.
—¿No eres feliz conmigo?
—¡Claro que lo soy!
—¿Entonces por qué…Por qué buscarías activamente ir en contra de tu felicidad?
—Porque… porque ¡no lo sé! ¿De acuerdo? Los humanos somos extraños, y tontos, y no pensamos fríamente como tú.
Y entonces se le ocurrió la razón.
—Tú crees… Tú crees que tú das más en esta relación que yo —acusó.
—¡No lo sé! —repitió—. Quizás, ¿de acuerdo? Tal vez parece que yo siento más, y eso no es justo, porque solo te importa seguir con esto hasta el final.
—¿Cómo debo demostrarte que cada fracción de lo que tú sientes por mí, yo lo siento el doble?
Hinata abrió la boca pero antes que pudiera contestar; Lev se había aparecido a su lado.
—Chicos —comenzó, Kageyama puso sus ojos en blanco—… lamento interrumpir sus «cosas de pareja», pero… tenemos compañía… mucha compañía.
Fue entonces que finalmente se percató del zumbido que había comenzado a escuchar. Tobio había estado demasiado atrapado en su discusión con Hinata que no había prestado atención a sus alrededores y era demasiado tarde; un séquito de cuatro camionetas con el logo sonriente de Bl/ind se dirigía hacia ellos.
¿Qué era eso?
¿Oikawa sabía que habían encontrado a Destroya?
—Mierda… —susurró bajó su aliento mientras corría al automóvil.
—¡Kageyama! —gritó Lev—. Es inútil, el auto dejó de funcionar, no podemos huir.
Para entonces Kenma ya estaba a su lado y sacaba su par de dagas, sus facciones felinas estaban apacibles con concentración; pero Tobio los detuvo y a Shouyou también, ellos no tenían por qué pelear. Él ya había recuperado sus fuerzas y podía acabar con todos.
Los neumáticos gastados de sus camionetas chillaron al momento que se detuvieron y levantaron una gruesa capa de arena.
—Kageyama —dijo Hinata mirándolo—, ten cuidado.
El androide asintió y se concentró para cargar toda su energía.
Pasó un minuto y nada cambió.
Los draculoides salían de la camioneta eran nueve draculoides y cuatro exterminadores. La diferencia entre ambos era que los draculoides no eran más que pobres almas que habían sido atrapadas por BL/ind, que fueron considerados incapaces de formar parte de la sociedad en las ciudades; terminaban por ponerles máscaras blancas y negras para mantenerlos entumecidos y controlados mediante drogas. No pensaban, y solamente obedecían.
Mientras que los exterminadores, al menos afuera en el desierto, eran humanos entrenados en combate y armas para ordenar a los draculoides. En la ciudad, la mayoría de exterminadores eran androides, como él, Kindaichi y Kunimi. Luego estaban los líderes de exterminadores, como lo había sido Hanamaki y Watari; pero en fuerza bruta, les ganaban por mucho los S.C.A.R.E.C.R.O.W. más arriba en la jerarquía de poder, se encontraba Iwaizumi, y por último, Oikawa.
—¿Kageyama? —llamó Lev lleno de preocupación al ver cómo el peligroso séquito de soldados se acercaba a ellos.
—Espera, espera, intento concentrarme.
No sabía qué era lo que pasaba, nunca había tenido problemas en usar su energía desbordante cuando Destroya estaba cerca y ahí lo estaba.
Cerró sus ojos y lo intentó otra vez, ensordeciendo el mundo a su alrededor, concentrándose solamente en la energía que venía de su cuerpo anterior y la mitad de su núcleo. Sentía la radiación, sentía la energía en toda la Zona 43, Destroya no había dejado de funcionar, estaba vivo y estaba ahí.
—Uh… Kageyama —repitió Lev—, vienen muy cerca.
Sin embargo no podía hacerlo.
Destroya no lo obedecía, no tenía control sobre su propio cuerpo.
—¡Kageyama! —gritó Rugido.
—¡Olvídalo! —escuchó el grito de Hinata.
Tobio abrió sus ojos para ver a Sol Inferno recibiendo al primer draculoide de frente y lanzándose hacia él. Hinata saltó directo a su rostro con agilidad y sacó una glock de su bolsillo, apuntándola en su cuello y halando el gatillo.
Al ver a Inferno entrar en acción, fue lo suficiente para hacerle entender a Kenma que el plan «Dejárselo a Destroya» no estaba funcionando, y ellos debían encargarse del asunto. Así que Sombra se lanzó, al igual que Hinata, sobre uno hundiéndole sus dagas en su cuello, pero un exterminador terminó por apuntarle con una escopeta; Kozume se escabulló de su contrincante usando el cuerpo de otro draculoide como escudo humano.
Lev, por su lado, no estaba acostumbrado a tales enfrentamientos así que estaba teniendo algunos problemas sacando su pistola del estuche. Kageyama pudo notar a un exterminador acercándose al genio torpe, ahí abandonó cualquier intentó de tomar energía de Destroya y se apresuró a sacar una escopeta y ayudarle a Haiba; un disparo y el enemigo cayó al suelo.
Los exterminadores desplegados en las pequeñas metrópolis estaban entrenados en combate y pelea, pero no eran nada al lado de un exterminador androide que había servido en Ciudad Batería directamente debajo de Oikawa.
Cuando se giró miró a Lev apuntándole y antes que pudiera decir algo, Rugido haló el gatillo. Un cuerpo detrás de él cayó inerte, sus oídos timbraban por el ensordecedor sonido de la bala; Kageyama apenas y se dio cuenta que se había tratado del último draculoide.
—¡Ah! ¡Le di! —celebró Haiba—. ¡Es la primera vez que lo hago!
—Pudiste dispararme —señaló Kageyama sin cuidado, no lo mataría, pero demonios si le iba a doler.
—¡Pero no lo hice! —exclamó, como si también era sorpresa para él.
—¿No habías matado draculoides antes, Lev? —preguntó Hinata.
—No, siempre que salía de La Colmena era con muchos musculosos que se encargaban de la defensa; como este tipo sin cejas, ¿lo han visto? ¡Es enorme y parece que no tiene alma!
Shouyou se rio y automáticamente sus ojos buscaron a Kageyama, pero en cuestión de milisegundos recordó la situación que habían estado y apartó sus irises avellanas.
—¿Y qué fue eso, Kageyama? —preguntó Haiba—. ¿Por qué no entraste en tu modo wooosh de Destroya? Tus ojos no brillaron ni tu piel, además no te volviste loco. ¿Por qué?
—Yo… no pude. No lo sé, Destroya no parece… no parece escucharme.
—¿Escucharte? Así como…
—Creo que no me obedece más.
—¡¿Eh?!
La oscuridad había espantado el sol de regreso a las profundidades del cosmos, y, con ella, los millones de luces de la ciudad comenzaban a resplandecer. Ya era hora que la luna comenzara a salir, estaba programada para hacerlo a una hora indicada, porque el cielo que descansaba sobre Ciudad Batería no era más que una proyección en la cual se bosquejaba la luna y estrellas.
Oikawa quería que fuera tan fidedigna como la verdadera; así que las constelaciones eran las mismas que decían los libros, las mismas que él veía cuando era niño. Cada noche, las proyecciones de la luna eran diferentes, seguían su ciclo normal; o al menos el que seguiría debajo de todas esas nubes de metano que ahora cubrían los cielos de la tierra.
Odiaba eso, el mundo que él retomó ya estaba roto; había sido su responsabilidad reparar los sectores que aún quedaban. Eran pocos los oasis que podían dar frutos, en los que se podía cultivar y escarbar para encontrar agua. Así que él los tomó para hacer ciudades, ninguna era tan grande como su Ciudad Batería, pero estaban bajo su dominio, y sus ciudadanos obedecían sus mismas reglas.
Cuando la guerra explotó, lo hizo en Japón, matando el suelo y volviéndolo estéril; y cuando Oikawa derrotó a las dos grandes corporaciones, Seijoh y Shiratorizawa, los otros países comenzaron a intervenir; ahí descubrió que la guerra no solo estaba lejos de terminar, sino que solamente comenzaba.
Regresó al país donde había obtenido su beca y, para su sorpresa América había podido permanecer a salvo, aun con el enjambre de bombas que se arrojaban los países potencia todos los días. Oikawa decidió que era el perfecto lugar para erguir su ciudad; fundó su imperio ahí.
Lo había cuidado desde ese momento, la tierra era maleable ahí, se podía cosechar lo que fuera; el agua estaba limpia y creó una barrera que no permitía el paso completo de los rayos del sol; también tenía un modificador de clima, que proporcionaba vientos y llovizna. Tooru era un líder misericordioso, quería que todos sus ciudadanos tuvieran la oportunidad de vivir en una ciudad normal y autosuficiente; lo único que debían hacer era acoplarse a las reglas del mundo ideal, obedecer sin preguntar ,y sobretodo, saber quién estaba al mando.
Iwaizumi estaba apoyado sobre el marco de una pared de vidrio, veía las enormes letras neones de algún producto de belleza; al lado, una pantalla cambiaba con avisos, incluyendo un mensaje con su blanca sonrisa; seguido por un anuncio de las cualidades de las pastillas de felicidad.
—Entonces, ¿no te preocupa? —preguntó Iwaizumi.
—Me preocupan muchas cosas, Iwa-chan —respondió con una sonrisa—; pensar en qué ropa debo usar mañana, qué quieres de regalo por tu cumpleaños. Debes ser un poco más específico que eso.
—¿Cumpleaños? —preguntó con incredulidad—. ¿Seguimos celebrando eso?
—No, están prohibidos —recordó Oikawa—; pero podría sorprenderte.
—Ni siquiera recuerdo la fecha.
—Lo podríamos inventar.
—No, está bien así —aseguró.
—¿Así que? —cuestionó Oikawa—. ¿Puedes ser un poco más específico? ¿Acerca de lo que me debería preocupar?
—Destroya —dejó caer—, hace dos meses te mostré ese video, cuando desplegamos nuestro ejército a la localización de la base de los rebeldes. Kageyama fue capaz de despertar a Destroya, ¿no te preocupa que lo encuentre y lo haga funcionar?
—No realmente —respondió—. ¿Quieres saber por qué?
—No realmente —imitó para irritarlo—, pero de todas formas me lo dirás.
—Ah, Iwa-chan, esa no es la manera de actuar de un caballero —reprochó aunque su voz no reflejaba enojo, ni alegría; Iwaizumi seguía mirando fuera de la ventana. Después de unos momentos siguió explicando—. Destroya sólo me obedece a mí, así que espero que Tobio encuentre su mitad, y espero que venga marchando orgulloso de regreso a Ciudad Batería, creyendo que ahora podrá detenerme; entonces cuando me vea, Destroya se dejará de mover y me volverá a obedecer. Entonces tendré a mi creación perfecta de regreso y nadie podrá pararme.
—¿Cómo estás tan seguro de eso? Kageyama se volvió rebelde y se marchó, ¿qué te hace pensar que te obedecerá?
—Porque Destroya lo hará. No importa lo que Tobio sienta, yo soy su creador —Y luego agregó—. Además, si es necesario enfrentarme otra vez a él, que así sea, lo volveré a derrotar.
—Te dejó en un estado bastante malo —recordó—. Ni siquiera te recuperaste completamente.
—Puedo encargarme de un crío malcriado.
Él, en su afán de construir, no solo el arma perfecta, sino que también la creación perfecta; la forma de vida que sobrepasara al humano, la creación imperfecta de los dioses. Oikawa sería el dios perfecto que conseguiría hacerlo. Así fue que creó al androide K-078662 un ente, no solo capaz de pensar y decidir como todos los androides sino que también de evolucionar.
Su algoritmo era el más extenso jamás creado, era capaz de ponerse al lado del cerebro humano, capaz de competir con las creaciones de los dioses. Su trabajo de toda una vida, un cerebro perfecto cubierto por un cráneo de acero reforzado; impenetrable. Un núcleo con energía eterna e interminable, capaz de sostener una ciudad completa; la peor arma mortífera jamás creada.
Su creación perfecta.
Y solo él, podía controlarlo.
Cuando creó el sistema de Kageyama se aseguró que solo pudiera obedecer a una persona; porque podía ser perfecto, pero alguien siempre debía controlar sus riendas. Era inconsciente, pero Destroya sólo podría darle el control a una persona, y ese era Oikawa.
Era su creador, después de todo.
—¡¿Destroya no te obedece?! —gritó Lev—. Pero… ¿pero… cómo? ¿No es tu cuerpo? ¿A quién le obedece entonces?
Kageyama se había arrojado al suelo, sentándose.
—Lev —dijo con cansancio—, si yo lo supiera te lo diría, créeme.
—¿Qué tal si tiene un reconocimiento de voz? Qué sólo alguien pudiera desactivarlo, ¡así como si fuera un panel con huellas digitales!
—En ése caso sería la voz del dictador, ¿no? —ofreció Hinata—. ¿No es lo que tendría más sentido? Si yo creara algo y no quisiera que nadie más lo usara lo activaría con mi voz.
Kageyama bufó con cruel burla.
—¿Tú? ¿Crear algo? —Ladró con ira—. Lo único que puedes hacer es estropearlo todo.
—Guau, ¿sabes qué, Kageyama? Vete al diablo —escupió Hinata—. Solo intento ayudar, que es más de lo que tú estás haciendo, enterrando tú metálico trasero en la arena como si ya nos hubieran derrotado.
—¿No lo entiendes? Ya nos derrotaron —el androide señaló la gigante cabeza de Destroya a su lado—. ¡Si no hacemos que eso funcione, es como si hubieran acabado con nosotros!
—Esperen, esperen —se intentó meter Lev—. Aun no nos podemos rendir, qué tal si no es esencialmente con la voz del dictador, pero con una serie de palabras especiales, como «¡ábrete sésamo!» —terminó gritándole a la cabeza del robot.
No hubo respuesta.
—Estamos perdiendo el tiempo —escupió Kageyama quebrando una pequeña rama seca que había encontrado.
—De acuerdo y si, según tú, «ya acabaron con nosotros» —Hinata mofó la voz de Kageyama—, ¿qué planeas que hagamos? ¿Quedarnos sentados y sentir lástima por nosotros por el resto de nuestra vida?
—Sí, eso es exactamente lo que quiero hacer —regresó con inmadurez.
—Qué maduro, Roboyama —comentó seco, luego pateó un montículo de arena justo en el rostro de Kageyama.
El androide se enfureció y Hinata no pudo evitar entrar en pánico al ver como Kageyama se ponía de pie y se dirigía hacia él lleno de ira. Lev, afortunadamente se interpuso entre ambos y les urgió que se calmaran.
—…o si no Kenma los golpeará —terminó, temiéndole él más que nadie al pequeño Sombra—. Vamos, no todo está perdido, aun podemos intentar con otras frases, Kageyama, ¿no recuerdas alguna frase que Oikawa repetía frecuentemente?
—No.
—¡Soy Oikawa, obedéceme! —gritó Lev.
No obtuvo respuesta.
—Sigo pensando que tal vez se activa con su voz —comentó Hinata con molestia.
—Kenma, ayúdanos —llamó Lev para no seguir en medio de la incómoda situación de ellos—. ¡Grita algo!
Sombra lo miró con el cansancio acumulado de semanas y solamente levantó su dedo medio en su dirección.
—¡Ah! —recordó Lev—. ¡Lo lamento! —lloriqueó.
—Esto es estúpido —ladró Kageyama—, ¡toda esta misión es estúpida!
—¿Qué tal si debes decir su nombre antes de la orden? —ofreció Hinata ignorando a Kageyama—. Así como: «Oye, Destroya…»
El chirrido seco de metales volviendo a la vida les robó su atención de inmediato al segundo que los ojos de Destroya se iluminaban; del bolsillo del pantalón de Lev comenzó a silbar como si se acabara el mundo. Lev sacó un aparato y gritó que la estática había regresado.
—¡Eso es! ¡Hinata lo descubriste! Solo debemos decir su nombre antes —concluyó y luego se dirigió al gigante rostro—. ¡Destroya, levántate!
Sin embargo no pasó nada.
—¿Qué? —preguntó Kageyama, acercándose al trio de chicos—. Inténtalo otra vez, Lev.
Haiba, confiado como siempre lo repitió, esta vez más fuerte.
—¡Destroya! ¡Levántate!
El robot no se movía.
—Podría ser —murmuró Rugido—… Kageyama, inténtalo tú.
—Destroya… levántate.
Nada.
—¿Pero, cómo…? ¡Diablos estamos perdiendo la estática! ¿Hinata, hiciste algo?
—¡No, lo juro! —aseguró—. Solo dije su nombre.
—Di algo más —pidió Kageyama.
—¿Pero, qué debería…?
—¡Di lo que sea! —urgió el androide.
—Bien, bien… uh… —Esto sólo era incómodo—. Destroya —murmuró—, únete.
Tobio fue el afectado, sus ojos se pusieron blancos de la misma manera que antes; las venas refulgían y se movían en toda su piel; perdiendo el conocimiento de todo su alrededor, refugiándose en un lugar en el que Hinata no podía seguirlo. Volvía a unirse con Destroya, los metales desperdigados comenzaban a tiritar, sacudiéndose como si un gigante imán los llamara.
Sentía sus rodillas temblar también.
Y así, de fragmento y fragmento los tornillos comenzaron a juntarse entre sí, uniendo un rompecabezas de hace décadas de memoria; como si el tiempo no importara, y sus partes siempre hubieran estado unidas. Guiados por magnetismo, los pedazos comenzaron a crecer; era increíble de ver, y por un momento, Hinata tuvo que pellizcarse.
Jamás pensó que él sería de los que vería lo imposible volverse posible, la escena era tan surreal, que por un segundo pensó:
'Definitivamente.'
'Definitivamente ganaremos la guerra.'
No tuvo idea de cuánto tiempo se quedó allí parado, con la boca abierta y mirando tan arriba que los músculos en su cuello comenzaban a tensarse de la incomodidad. Apenas y podía distinguir la cabeza del gigante autómata; Hinata siempre fue de baja altura, pero jamás se había sentido así de minúsculo.
Como si no valía nada, como si su sola existencia podía cesar en un segundo.
Kageyama comenzó a moverse, pero no era Roboyama, el androide con ojos refulgentes se acercó a un fragmento que aún estaba sobre la tierra; brillaba como las venas en su piel, lo sostuvo en sus manos como si se tratara de una piedra preciosa y luego miró a Hinata. Sol Inferno se encogió en el lugar, porque fuera lo que fuera que le pasaba al pelinegro, él no estaba consciente de sus actos, y eso lo hacía peligroso.
Tobio se acercó a él, aun sosteniendo el fragmento radiante; Hinata apenas y podía verlo sin quedar ciego, pero parecía que el androide se lo estaba ofreciendo. Recordó todas las veces que había visto el núcleo del pelinegro, era el núcleo de Destroya; Shouyou acercó su mano para sostenerlo, pero Kageyama se movió antes; la cavidad en su torso separó la piel y se abrió, revelando su núcleo.
Kageyama unió los dos fragmentos como siempre debió haber sido, y, finalmente el androide tenía su núcleo completo; Tobio, y Destroya habían regresado a ser uno.
Cuando el último pedazo de metal encontró su lugar, delante de ellos tuvieron al monstruo mecánico del que todos habían hablado; finalmente revelándose y entrando a la escena.
—Uh… uh… —se acercó Lev a su lado, levantando su rostro hasta el cielo, mirando lo alto que era Destroya—… ¿uh… Hinata?
—Dime, Lev.
—Es una idea… pero creo que tú controlas a Destroya.
Inferno aun no terminaba de procesar sus palabras y lo imposible que todo sonaba cuando Kageyama cayó sentado en el suelo; ojos volviendo al hermoso color azul naval. Regresando a la normalidad, el androide comenzó a correr hacia ellos.
—¡¿Qué paso?! —exclamó.
—¿No estuviste consciente todo este tiempo? —preguntó Lev.
—Sí, lo hice; por eso mi pregunta. ¿Hinata, qué hiciste?
—Espera —dijo Lev—, es sólo una suposición, pero ¿y si Hinata es la persona a la que Destroya obedece? ¿Qué tal si no es por comando de voz, ni por alguna contraseña secreta, sino que porque él es Hinata?
—Estás diciendo…
—Que tú le das todo el control porque Destroya eres tú, y porque Hinata es Hinata.
Shouyou Hinata cayó de rodillas en la caliente arena, su corazón ardía, su cabeza daba vueltas y su garganta parecía su propio desierto. Al saber que él había estado equivocado, Kageyama le cedía el completo control de sí mismo y ni siquiera tenía idea de haberlo hecho.
Lo que tenían, lo que fuera que tenían; Hinata se había equivocado, no era él quien se volvía más débil entre los dos.
Sino Kageyama.
Kageyama le había entregado su núcleo en ese momento.
—¿Es verdad eso? —quiso saber Inferno—. ¿Kageyama?
Él lucía sorprendido y aterrorizado ante la realización que ya no le pertenecía a Oikawa. Hinata era la llave, era el salvador que debía llevarlos a la guerra, con un guardaespaldas de ciento sesenta y dos metros de altura; así que Tobio asintió.
Shouyou se lanzó hacia él, sin reparar en su peso o en la fuerza o en lo ardiente que la arena estaba cuando Kageyama cayó de espaldas porque no estaba listo para recibirlo. Lo rodeó con sus brazos aunque estos temblaran, al igual que su corazón, al igual que sus labios.
—Lo siento, lo siento, lo siento —repetía; por haberlo creído mal, por haber dudado de los sentimientos de Kageyama y de su fuerza para defenderse.
Ahora lo sabía, y si Destroya estaría ahí para cuidar de todos los killjoys…
Entonces Hinata estaría ahí para cuidarlo a él.
Akaashi estaba convencido que Bokuto estaría mejor si él no estaba presente cuando le instalaran nuevamente sus miembros; sabía lo culpable que él se sentía, después de los horrores que había hecho; Koutarou siempre le decía que no podría recibir perdón, pero al menos podría intentar reivindicarse lo que restaba de su vida. Solo malos recuerdos venían a su mente cuando pensaba en Revólver siendo nuevamente ensamblado; pero Keiji podía soportarlo, si eso significaba volverse un ejército más fuerte.
Sin embargo, tampoco era como si pudiera dejarlo solo, así que ahí estaba vigilándolo desde el marco de la puerta como un glorificado acosador. Bokuto estaba con Asahi y Kuroo, el mecánico volvía a atornillar sus miembros y Pantera, era necesario para darle aliento. Apenas podía escucharlos, aunque la conversación era todo menos interesante, se resumía a Kou y a Tetsurou importunando a Azumane para que les contara noticias de su vida amorosa.
—No estás siendo para nada raro —vino una voz que lo sobresaltó.
—Rayos, Tsukishima —regañó—, no haces ruido mientras caminas —elogió—. Pero avísame de tu presencia la próxima vez, la Bruja sabe que mis nervios no son lo que eran antes. Me diste un susto.
—Entonces estamos a mano, ¿no crees, Akaashi?
'Touché'.
—Lo siento.
Ya habían tenido esta conversación; Akaashi se había disculpado hasta el cansancio; todo el episodio había sido el resultado de semanas tras semanas de estrés, desesperación y corazones rotos apilados uno sobre otro. Sabía que él no merecía el perdón y tal vez no merecía regresar a la resistencia, después de todo. A su manera, había traicionado a su familia, incluyendo a Hinata que se encontraba a miles de kilómetros, seguramente luchando con su vida por el bien de los killjoys.
La resistencia no tenía cabida para débiles y cobardes.
Y, sin embargo, Tsukishima no les dijo nada; no dudó en volver a aceptarlos y no los maldijo ni los acusó de traidores. Al menos Kuroo había actuado enfadado, el primer día que habían regresado; en cambio, Kei no los cuestionó, ni siquiera se molestó porque Akaashi lo había engañado simplemente dijo:
«Me alegro que regresaran.»
—¿Cómo está Bokuto? —preguntó.
Akaashi los miró de reojo, la maraña de cabellos blancos y negros se movía enérgicamente mientras se reía a carcajadas; sentía pena por el mecánico, al ser la víctima de las descerebradas bromas de Kuroo y Bokuto. Sin embargo, Amanecer era profesional y se concentraba más en instalar el brazo.
—Listo, uh… eso debería ser todo —aseguró Asahi—. Puedes, puedes probarlas.
—Espera, hermano, solo necesito recordar cómo caminar —escuchó murmurar a Bokuto.
Un chirrido ahogado venía de los miembros y pequeñas luces se encendían en sus nudillos al momento que las partes metálicas de su cuerpo volvían a ser usadas después de tanto tiempo. Koutarou comenzó primero moviendo sus dedos, estirándolos y enrollándolos.
—Le quité todos los proyectiles de la metralleta —informó el killjoy de cabello largo, un poco tímido, parecía arrepentido; como si lo había ofendido por no confiar en él—; por… por la seguridad de todos.
—Sí, no te preocupes, hombre, yo lo entiendo. Ni siquiera yo estaría seguro si esta cosa estuviera cargada.
Estiró su pierna y dobló su rodilla; hizo lo mismo con su brazo y codo.
—Hablando la realidad, hermano —intervino Kuroo con seriedad—, ¡esos miembros metálicos son la onda! ¡Te ves genial! —se rio—. Siempre lo pensé, hombre, desde que te vi, pero no podía decirlo porque ya sabes; nos querías matar, y eso.
Tsukishima se golpeó el rostro con su mano, Akaashi lo hizo al mismo tiempo también.
—¡Me estás halando las pelotas! —se carcajeó Bokuto.
—No, hombre, ¡estoy hablando en serio, se ve genial! ¡Cómo si nadie quisiera meterse contigo!
—Bokuto —murmuró Akaashi, mirándolos—; Bokuto estará bien.
—Me alegra —admitió Ácido notando toda la escena con Kuroo—. Akaashi, quería mostrarte esto:
Kei le mostró un pedazo de papel que decía ser un mensaje codificado; pero parecía más un alboroto de palabras.
—¿«Chico con cara de pocos amigos»? —se preguntó en voz alta.
—Es un mensaje de Lev —aclaró, Akaashi lo miró como si se había vuelto loco—. Ése es un estúpido sobrenombre que me llamó cuando nos conocimos, pero eso no importa —señaló el pedazo de papel—. Esto lo escuché hoy durante una transmisión del Doctor Desafiando a la Muerte, ¿puedes creerlo? Seguramente le pagaron a algún mensajero para hacer llegar la nota hasta la Zona 6.
—Guau.
—¿Ves lo que significa? Lo lograron, ese cuarteto dispar lo pudo lograr.
—Lo encontraron —se maravilló Akaashi—, por la bruja, lo lograron.
Tsukishima asintió con esa misma emoción infantil que rara vez mostraba; esa que le restaba años de vida y lo devolvían a la niñez que nunca tuvo; la que borraba todos los corazones rotos y remendados.
—Lo hicieron —sonrió.
—Es increíble —celebró Akaashi; pero en el fondo de su mente aún existía esa espina de culpabilidad, lo odiaba pero sentía la necesidad de disculparse—. Pero Tsukishima, aún quiero hablar contigo.
—¿Acerca de?
—Lo que pasó.
No era justo que después de eso no recibieran castigo.
—Olvídalo, Akaashi, estamos bien.
—No, espera, sé que actué con egoísmo y como un niño malcriado; no me detuve a pensar en toda la resistencia y en el trabajo de todos los killjoys que han muerto. Lo tomé a la ligera y hui. No debería pasar por alto, tal vez Bokuto pueda excusarse, pero yo no.
—Akaashi, hablo en serio, está bien. La sola ideología de los killjoys es la libertad, y si ni siquiera podemos movernos con libertad, ¿qué hacemos aquí todavía? —explicó—. Solo me alegra que decidieran volver; no ganaríamos esta guerra sin ustedes dos. Además, Bokuto ha mejorado mucho desde entonces, todo salió bien.
Las palabras de Ácido eran calculadas pero amables, Keiji pensó en ellas por un momento, y aunque no borraban la culpabilidad que sentía; se sentían como un bálsamo en heridas abiertas.
—Gracias, Tsukishima —murmuró—. Guau…
—¿Qué?
—Es solo que… eso se escuchó como algo que diría Daichi.
Kei abrió los ojos como platos, el pobre chico estaba tan preocupado con la idea de llenar los zapatos del antiguo líder, que ni siquiera pensaba en otra cosa. No se había dado cuenta que se había convertido en un líder muy bueno.
—Yo —pausó inseguro—… gracias.
—Akiteru se sentiría orgullos…
—Alto —lo interrumpió—, no sigas, Akaashi. No me digas eso hasta que derrotemos a Oikawa; hasta que estemos sobre la vencida Ciudad Batería y BL/ind haya cesado de existir.
Akaashi podía cumplir esa promesa.
Cuando regresó su atención a la pieza en donde Bokuto, Kuroo y Asahi se encontraban; para su sorpresa y decepción, se habían marchado. Quizás habían sacado a Koutarou a caminar por la otra puerta, para que pudiera practicar mover sus piernas. Eso estaba bien, Akaashi los encontraría después.
Sugawara aún no regresaba de la Zona 6 así que Akaashi acompañó al killjoy a una reunión con la abeja reina; se trataba solamente de formalidades y mantener al día acerca de las actividades que ellos realizaban. Cosas como salir y explorar, y conseguir comida; y también como ayudar con la cocina.
Cuando salieron, Akaashi no pudo evitar hacer la pregunta.
—¿Todo está bien entre tú y Kuroo?
Tsukishima paró en seco y Keiji estuvo a punto de reírse por la manera en que Kei intentaba disimular el sonrojo que rápidamente se irradiaba en sus mejillas; pero ni siquiera él era así de cruel.
—¿Por qué preguntas eso?
—Usualmente es él quién te acompaña cuando no está Suga, ¿no es así?
—Bueno… sí… —murmuró—. Es solo que… las cosas han estado un poco tensas desde que le dije la verdad acerca de la misión de los chicos.
—¿Se lo dijiste?
—Sí. Verás, estoy intentando esta nueva moda aquí en La Colmena.
—¿Cuál es esa?
—Es «No ocultarle nada a los killjoys». ¿Qué te parece? ¿Crees que se haga tendencia?
Akaashi se rio.
—Eres ocurrente, Tsukishima.
—Mejor dicho: sarcástico —ofreció monótonamente.
—¿Supongo que no se lo tomó bien?
—Oh, no, se lo tomó mucho mejor de lo que me esperaba.
—¿En serio?
—Sí, por ejemplo: Uno, no me golpeó; Dos, no dañó propiedad de La Colmena y; tres, no me golpeó. Así que lo considero un éxito.
—¿Pero?
—Las cosas han estado tensas entre nosotros, es todo. Estoy seguro que se le pasará.
—Estoy seguro también —ofreció—. Pantera nunca ha sido bueno para resentirse; además, por lo que Lev dice: la misión fue más que un éxito.
—Sí, se lo haré saber cuándo no huya cada vez que entro a una habitación.
—Suena como un buen plan.
—Lo es.
Ambos entraron a la cafetería, ya era hora de la cena y rápidamente el lugar se comenzaba a llenar y el zumbido de voces se unía en una sinfonía relajante. Komi y Konoha pasaron a su lado y Akaashi inclinó su cabeza para saludarlos.
Disculparse con ellos fue lo primero que hizo cuando regresó nuevamente a La Colmena, ambos lo entendieron y Keiji estuvo feliz que no tuvieran lesiones, además del golpe que les había dado con su pistola. Los dos eran chicos buenos y aunque aún actuaban con recelo, Akaashi estaba preparado para hacer lo necesario para ganarse su perdón.
—Veo que Yaku ya está saliendo de su habitación —comentó Keiji al ver a Cianuro sentado en una banca a unos metros de ellos; a su lado permanecía Fukunaga.
—Oh, sí, Ennoshita está feliz de ver su progreso.
Se hundieron en una plática trivial, mientras los dos hincaban el diente en su comida; parecía una sabrosa pasta de maíz dulce enlatado. Hacía meses que Akaashi no había sentido esa cotidianidad, ni siquiera había notado cuanto la añoraba hasta sentir que la tenía de regreso; parecía que Kei sentía lo mismo, el de anteojos hablaba con libertad y hacía comentarios sin sorna alguna.
Había extrañado eso.
Y no quería que terminara.
Las horas se comenzaron a sentir cortas cuando la cafetería se comenzó a vaciar y las abejas buscaban su cuarto para pasar la noche. Akaashi se había hundido tanto en la situación que por un momento había olvidado que Bokuto no estaba por ningún lado, pero sabía que estaría bien, estaba con Kuroo, después de todo.
Tsukishima estaba narrándole acerca de un chico que era el ingeniero robótico de La Colmena; parecía todo un personaje, pues sacaba hasta a Hinata de quicio; Akaashi no tenía idea que Inferno tuviera un límite.
—Sé que es tonto —decía Tsukishima—, y que él es una abeja, pero creo que deberíamos convertir a este chico en un killjoy. Él tiene lo que se necesita, lo sé.
—Estoy de acuerdo contigo, solo lo secuestraremos y nos largamos de La Colmena, apuesto que Michimiya no notará a una abeja faltante —concordó.
Kei se rio entre dientes.
—Ah, diablos, mira la hora —señaló el de anteojos a un reloj de pared—, no tenía idea que había pasado tanto tiempo.
Los únicos que habían quedado eran los encargados de la guardia de la noche.
—Está bien —aceptó Akaashi—, vamos, te acompañaré a tu cuarto.
El rubio guio el camino y salieron de la cafetería. Los pasillos de la colmena eran curvos y la falta de los cuerpos en la base hacía que la temperatura bajara.
—Uh… es extraño, no he visto a Bokuto ni a Kuroo en toda la noche —comentó Tsukishima.
—Está bien —aseguró—, seguramente encontraron algunas cervezas para robar y están teniendo una «charla de hombres» en este momento. Eso o finalmente escaparon ambos para estar juntos —opinó, riéndose cuando escuchó a Tsukishima caer en risillas.
—¿En serio?
—Sí, como amantes prohibidos, Kuroo y él son así.
—Suena como una pesadilla —ofreció Kei.
—Y una receta para el desastre —complementó Akaashi.
—Ésta es mi parada —avisó frente a su cuarto, lo compartía con otras abejas y cuervos; no tenían espacio ni derecho para privacidad, pero eso era lo que pasaba cuando eran invitados—. Ve a descansar, Akaashi, te lo mereces.
—Lo haré —aseguró—. Tú también, Tsukishima y no te preocupes; estás haciendo un excelente trabajo.
Akaashi dejó al chico y se encaminó a su cuarto, sabía mejor que ir a buscar a Bokuto; bromas aparte él sabía que necesitaba su espacio; al igual que Keiji lo había hecho el día de hoy. Por todo lo que él sabía Koutarou no iría a regresar en la noche, y así poco a poco, volvían a caer en su rutina de siempre. La misma que tenían en el Nido.
O al menos eso pensaba cuando dobló una esquina y sintió unos fríos dedos enrollarse en su muñeca. Bokuto lo haló con rapidez hacia él y Akaashi terminó chocando contra su duro torso, tan fuerte que el aire fue sacado de sus pulmones.
—¿Bokuto? —preguntó sin aliento.
—Akaashi —respondió arqueando una ceja.
—Estás de pie…
Finalmente notó a Koutarou parado frente a él, con una pierna de carne y otra de metal; la mano que se encontraba enrollada en su muñeca era de metal también.
—¡Sí! —exaltó—. ¿No te parece genial? Aun es un poco difícil moverme con esta pierna y me he caído cuatro veces en todo el día, pero ¡es como andar en bicicleta! Jamás se olvida como moverte con una pierna de metal.
—Dudo que ese dicho vaya de esa manera… y me estás lastimando.
—¡Ah! —chilló, soltando la piel de Keiji como si lo había electrocutado—. ¡Lo siento, Akaashi, es difícil controlar mi nueva fuerza!
—Está bien, ¿pero dónde te has metido en todo el día?
Los colores se drenaron de su rostro y entró en pánico en segundos. Bokuto jamás fue bueno para esconder sus sentimientos, pero de nuevo, eso había sido una de las miles de cosas que lo habían hecho enamorarse.
—¡Es un secreto! —estalló.
—Espera, tú estás aquí de pie y… ¿solo?
—Oh, no, Kuroo me ha estado vigilando todo el día, ya lo sé, ¡no pueden confiar en el ciborg de un día para otro! Mira él está ahí doblando la esquina —señaló.
Akaashi notó y se rio a carcajadas mientras notaba el cabello de Kuroo que sobresalía en la pared. Definitivamente el par de idiotas había regresado.
—De acuerdo, de acuerdo, entonces, ¿de qué trata el secreto?
—¡Akaashi, un secreto es un secreto porque no se puede decir!
—Lo acepto; pero vaya, alguien está terriblemente feliz.
—Confundes mi felicidad con miedo; mucho, mucho, miedo.
—¿Miedo? —Se preocupó Keiji—. ¿Por qué tienes miedo?
—Por esto.
Y al siguiente segundo Koutarou Bokuto se hincó con su pierna metálica y hurgó con urgencia en el bolsillo de su pantalón. El cerebro de Keiji se tardó en discernir qué era lo que la escena indicaba, pero las piezas cayeron en su lugar y todo dejó de tener sentido cuando el chico frente a él sacó un pequeño aro metálico y lo sostuvo en sus dos manos como si fuera lo más preciado del mundo.
Para Keiji lo sería.
Era un anillo.
Y esto definitivamente no estaba pasando.
No estaba pasando porque esto debía ser la escena de películas y libros románticos donde un chico y una chica proclaman su amor como lo más importante del universo. Eso le pasaba a las parejas que no estaban dañadas, a parejas que jamás conocerían la verdadera crueldad de la humanidad, a parejas que tenían un futuro brillante.
Y sin embargo le estaba pasando a él.
Al demasiado-serio-para-su-bien Keiji Akaashi, al viudo que perdió a su amante, y que perdió a sus amigos.
¿Personas como él aún tenían oportunidad de un final feliz?
Bokuto, porque era Bokuto, se aclaró la garganta.
—Keiji Akaashi —comenzó.
Fue lo necesario para hacerlo sentirse como un adolescente virgen otra vez, se cubrió el rostro porque sabía que sus mejillas estaban tan rojas como una manzana y porque la sonrisa tonta se extendía a cada lado de sus orejas y se debía ver tan bobo. Koutarou era tan cursi, debió haberlo visto venir, para preparar su corazón; pero ya era demasiado tarde y solo podía hacer eso, reír como un idiota y cubrir su rostro.
—Desde que te conocí, en la tienda de Chow Mein, me enamoré de tus ojos y ya te lo había dicho antes, pero es la verdad. Eras el chico más lindo que jamás había visto y me dije; Koutarou, si dejas a ese chico escapar, entonces serás el más grande idiota en el desierto. Así que te seguí.
—Dios, Kou, no tienes que decirlo —intentó parar, solo que no realmente,
—¡La bruja me escuchó! —gritó—. Llegaste al Nido y te convertiste en un killjoy y con cada día que pasaba, me comenzaba a enamorar de tu rostro, de tus manos, de tus largas y sensuales piernas…
—¡Kou!
—Bien, bien, no entraré en detalles. Pero me enamoraste por completo, Keiji. Sabía que lo único que necesitaba para ser feliz era ver tu rostro todos los días y lo logré. Luego, no sé qué te pasó a ti, si te golpeaste la cabeza o la Bruja te lanzó un hechizo o demonios, simplemente perdiste la razón y te terminaste enamorando de mí; y me hiciste el hombre más feliz de toda la tierra cuando comenzamos a salir.
Akaashi maldijo las lágrimas de felicidad que se formaban en la esquinas de sus ojos, pero sonrió cuando las notó en Bokuto también.
—Keiji —lo miró—… conejito, quería hacer esto cuando ganáramos la guerra; pero tú sabes que soy demasiado impaciente —sostuvo el anillo entre sus dedos—. Sé que no estoy completo, pero prometo amarte el doble con las partes que tengo y prometo darte calor con el metal en mi cuerpo así que…
Y luego dijo esas tres palabras que jamás esperó escuchar.
—¿Te casarías conmigo?
El amor está en el aire, ¿pueden sentirlo?
Espero que les haya gustado u3u
Me harían más que feliz con un pequeño review, pues aceleran mi frágil corazón y me inspiran mucho para escribir.
Nos leemos luego~
