¡Feliz viernes!

Finalmente está acá, la cuarta y última parte de la historia del pasado! Con el doble de palabras que generalmente tienen todos los capítulos xD Aun así, preferí no cortarlo, porque no quiero que se extienda más este "flashback".

Advertencia por: Gore, tortura, malestar psicológico; pero bueno... como alguien me dijo en un comentario: Los Chicos del Ayer nunca fue un cuento de hadas.

¡Gracias a mi beta Ren por nunca desampararme!

Sé que siempre digo esto y a estas alturas ni siquiera sé si creerme ;-; pero intentaré tener el siguiente dentro de poco.

El título del capitulo pertenece a la canción de IAMX, es hermosa, espero que puedan escucharla.

Sin más, ¡a la lectura!


Kingdom of Welcome Addiction

Acto IV: Las Pérdidas

Te lo explicaré cuando lo destruya —dijo Oikawa por el intercomunicador antes de apagarlo.

Iwaizumi dejó salir algunas maldiciones con ira; ni siquiera podía ayudar con la evacuación de las personas. Notó a un par de exterminadores corriendo y los llamó, les gritó unas cuantas órdenes, hacia donde deberían llevar a los ciudadanos, no había manera de contener a Destroya, así que el único lugar que garantizaba seguridad era el subterráneo.

No tenía idea cómo diablos Oikawa podía traer al gigante de rodillas; no importaba lo fuerte que él era. Se acercó a las ventanas de un edificio, Destroya estaba a cuatro manzanas y desenfundó su espada. El lloriquear del metal siempre hacía que su adrenalina corriera, siempre servía como un cuerno de guerra antes de un enfrentamiento.

Dobló sus piernas para tomar el impulso necesario y luego saltó con todas sus fuerzas; el viento azotaba su rostro, pero logró llegar al piso número cinco. Cerró su puño, sujetándose de un pasamano de hierro de una de las terrazas de una habitación. Fue notado por una señora de mediana edad, mirándolo como si fuera una deidad que acababa de llegar a su presencia.

—¡Huye del edificio! ¡¿Acaso no escuchas las alarmas?! —le gritó, la mujer lo miró boquiabierto e Iwaizumi resopló con enojo.

Se impulsó hacia arriba nuevamente, con tanta fuerza como pudo; atravesando las corrientes de aire, sintiendo la extraña sensación de no pesar más de un gramo. Avanzó cinco pisos más, haciendo lo mismo; aferrándose con una mano y luego impulsándose hacia arriba. Lo hizo hasta llegar a la azotea del edificio; ahí arriba las ráfagas de vientos eran ruidosas y pesadas.

Notó a Destroya a lo lejos, y comenzó a saltar de rascacielos en rascacielos para acercársele.

Unos metros más cerca divisó una roca que había sido lanzada en su dirección, Destroya había movido su mano causando una corriente de aire violenta, obligando a Iwaizumi a sujetarse del borde de concreto de una azotea para evitar ser lanzado por los aires.

La roca, al acercarse un poco más, notó que era todo menos eso.

Era Oikawa.

Tooru fue estrellado contra la pared del edificio; con facilidad su cuerpo destruyó el concreto y fue lanzado adentro de las habitaciones. Iwaizumi blandió su espada y hundió la hoja dentro de la estructura, causando una brecha que luego terminó pateando para saltar abajo. El de rizos caoba había caído en los últimos pisos, así que logró llegar rápido.

Para cuando terminó de caer en el nivel correcto, lo supo inmediatamente al ver el desastre; el agujero en la pared del edificio, Oikawa había destruido el piso pero ya se encontraba poniéndose de pie nuevamente. Hajime notó boquiabierto, la piel de su rostro se había rasgado en su boca y su brazo estaba doblado en un ángulo anormal.

Tooru haló su brazo y corrigió el miembro, reproduciendo un chasquido metálico.

—Te está pateando el trasero —comentó áspero.

Lo miró con tanto enojo que por una fracción de segundo, Hajime pensó que Oikawa lo terminaría golpeando; pero solo se limitó a intentar domar su cabello despeinado y lleno de escombros.

—No… ahora… Iwaizumi —jadeó pausadamente, la ira recorriendo visiblemente cada milímetro de su cuerpo.

No dijo más y emprendió carrera, tomando impulso para saltar hacia el siguiente edificio y volver a darle pelea a Destroya. En cuestión de segundos lo perdió de vista; esa fue la señal de Iwaizumi para unirse a él. Hanamaki llevó la fuerza armada de la ciudad, con caballería de tanques, armas y lanzacohetes; sin embargo, Kageyama se había vuelto loco, destruía todo a su alrededor pero nadie sabía qué era lo que realmente le pasaba.

Lo descubrieron cuando estaba en la mira de todas las armas que tenían, incluso Iwaizumi estaba sobre un edificio, a punto de hundirle su espada en el yelmo dorado; Tooru estaba parado en la azotea de otro. Destroya estaba rodeado, y lo primero que hizo fue divisar a Tooru y golpear con sus garras el rascacielos, inclinando la estructura de treinta pisos.

Perdió de vista a Oikawa en la destrucción, maldijo y se lanzó al edificio a punto de colapsar.

Cayó de golpe, hundiendo el inestable piso con su peso; era virtualmente imposible ver algo ahí adentro, las espigas de hierro que servían como soporte se habían caído, los vidrios estaban rotos y el polvo oscurecía su vista. Avanzó, comenzando a buscar por él.

—Hanamaki, comienza el contraataque ahora —dijo en el intercomunicador, eso les daría un poco de tiempo.

Un montículo de escombros de bloques de cemento comenzó a moverse, al siguiente momento Iwaizumi ya estaba quitando las piedras para encontrar a Oikawa. El líder de la corporación terminó por lanzar los últimos escombros para librar su cuerpo. Su ropa se había roto y bajo la piel tenía algunos rasguños, dejando relucir el metal negro.

—Maldita sea —escupió Oikawa mirando detrás de Iwaizumi.

Cuando el moreno miró hacia atrás entendió la expresión de Tooru, porque hacia ellos se dirigían las garras de Destroya; no obstante no metió sus dedos para intentar tomar a Oikawa, no, en lugar de eso el maldito robot introdujo su puño dentro del edificio; las paredes comenzaron a inclinarse más, el androide quería hacerlo colapsar.

Realmente quería acabar con Tooru.

Pero Hajime jamás se lo permitiría.

Iwaizumi ya había tenido suficiente de burlarse de Oikawa, se movió del camino de Destroya y saltó sobre su antebrazo, comenzó a recorrerlo; manteniendo el equilibrio necesario mientras corría, saliendo del edificio y comenzando a escalar el monumental cuerpo del titán de hierro. Detrás de él, el rascacielos comenzaba a desmoronarse hasta reducirse a polvo.

Destroya lo miró cuando llegaba a su hombro, era un gigante y la gravedad no estaba de su lado; se movía con lentitud así que Iwaizumi lo tomó como ventaja. Saltó hasta su hombro y clavó su espada en el ojo del androide.

La creación perfecta de Tooru retrocedió; Hajime desatascaba su arma cuando el gigante lo atrapó en su mano. Antes que el caballero pudiera pensar en alguna manera de escapar, Kageyama lo estampó contra el edificio más próximo. Lo único que pudo hacer fue cerrar los ojos y sentir el concreto, hierro y vidrio ceder ante su forma; sintiendo cada fragmento hundirse en su piel, abriendo sus terminaciones nerviosas, prendiéndolas en fuego.

Ya sabía que la fuerza de Destroya era descomunal, pero sentirlo alrededor de todo su cuerpo, apisonándolo hasta que sentía que su mecanismo interno estaba por romperse; hasta sentir que su vida comenzaba a drenarse de su cuerpo, era completamente diferente.

Destroya terminó por soltarlo e Iwaizumi cayó de golpe decenas de metros hasta el pavimento. Su cuerpo creó un cráter sobre el asfalto; detrás de sus ojos se mostraban sus estadísticas, su defensa estaba solamente al treinta y siete por ciento, y el mayor daño lo habían sufrido sus brazos y piernas.

Se apoyó sobre su espada, irguiéndose para ponerse de pie otra vez; su armada seguía atacando con toda potencia al androide, causando pequeñas abolladuras en sus piernas, pero no era lo necesario para traerlo abajo. Al menos ahora había perdido la vista de un ojo; pero entonces Kageyama levantó su brazo, la tierra se sacudió al momento que una bola de energía cegadora y pura salía disparada.

Impactó sobre otro edificio, haciéndolo caer.

Kageyama estaba destruyendo la ciudad, matando a todas las personas que habían sido atrapadas desapercibidas. Esos edificios estaban llenos de ciudadanos que nunca tuvieron la culpa de pertenecer a su civilización, sin pensarlo, su puño se cerró. Las paredes de cristal estaban cerradas, selladas por completo, cada vida era una gota más de sangre en la suela de sus botas.

Pero las gotas seguían cayendo en una tormenta, hasta que las paredes de cristal lo encerraban en una caja y la sangre comenzaba a llegarle hasta sus talones y el acre hedor comenzaba a arrastrarse a su nariz.

Fue sacado de sus pensamientos cuando un cuerpo cayó rodando a cuatro metros de él; reconoció la levita rota de Oikawa y se apresuró a ayudarlo, pero para entonces la tierra se sacudió con las pisadas de Destroya, el gigante volvió a extender su palma y la mortal carga de energía le dio directo al cuerpo del líder de las industrias, incinerándolo.

Hajime cayó de rodillas, mirando impotente; sintiendo el hirviente vapor del estallido lamer su rostro.

Sin importar los cambios a los que se habían sometido, ellos seguían siendo esos frágiles humanos capturados por una corporación más grande que ellos. La explosión paró y el rugido que salió de sus pulmones se escuchó sordo en sus oídos; Oikawa había sido arrojado hasta otro rascacielos.

Iwaizumi, sin embargo, volvió a enfrentarse a Destroya. Las lágrimas no caían porque él ya no podía llorar; lo único que cruzaba su mente era el de reducir a Kageyama a añicos. Oikawa le había dado la vida, le había dado un propósito y ¿ahora intentaba matarlo?

—¡Iwaizumi! —le gritó Hanamaki, llegando a su lado con su alabarda.

Ambos asintieron y miraron a su oponente frente a ellos; si quería asesinar a Oikawa debía pasar primero por ellos dos.

Destroya intentó aplastarlos con su pie, pero Iwaizumi logró saltar de nuevo sobre él; Hanamaki hizo lo mismo. Su colosal oponente era constantemente bombardeado por los misiles de los tanques, pero su coraza, al menos en sus miembros, era impenetrable. Hajime lo dedujo, él podía ser el androide perfecto, pero seguía teniendo un núcleo, ése era el punto débil.

Takahiro había saltado hasta su rodilla, miró a Hajime y lo entendió; el caballero blanco se lanzó a él. Hanamaki lo atrapó, extendiendo su mano hacia él y lo lanzó hacia arriba; luego fue el turno de Iwaizumi, hundió sus dedos en el metal y esperó al otro para hacer lo mismo; llegando cada vez más cerca del tórax de Destroya.

El androide volvió a disparar su haz de energía dirigida sin reparar en la dirección; Destroya se apuntó con su palma y disparó, llevándose parte de su hombro por intentar darles a ellos. Su defensa estaba tan débil que si terminaba por darle a él, seguramente moriría; pero Oikawa estaba fuera de vista y no podían confiar en que llegaría a ayudarlos después de recibir esa descarga.

Finalmente Iwaizumi vislumbró a Kageyama en su núcleo, saltó hasta él y capturó su hombro, el robot con apariencia de humano movió sus refulgentes ojos blancos hacia él; su piel brillaba con cientos de venas recorriendo su rostro y cuerpo.

—La hora de jugar se terminó —gruñó, tomando con fuerza al androide, desconectándolo de su cuerpo con fuerza bruta.

Sus piernas y brazos estaban adheridos a su enorme armazón, tomó de todas sus fuerzas para arrancar el torso de Kageyama, cortando sus miembros; los cables quedaron colgando de sus muñones produciendo cortocircuitos. Escuchó a Tobio gritar de dolor, pero hacerle daño tenía sin cuidado a Hajime, no después de los hechos atroces de los que el otro era responsable.

Y como había reducido a Ciudad Batería a ruinas.

Tobio gritaba y Destroya se seguía moviendo, intentando recuperar su núcleo otra vez.

—¡Iwaizumi! —escuchó el grito de Oikawa tan fuerte que lo paralizó en el lugar.

Hajime giró para ver de dónde había venido su voz; Tooru había saltado hacia ellos, tenía una espiga de metal, era un fragmento de las estructuras bases de los edificios; pero terminaba en punta. Así que él lanzó el cuerpo de Kageyama en su dirección, ahí en medio del aire Oikawa atravesó su núcleo por completo y ambos cayeron más de cien metros hacia el suelo.

Ni siquiera pudo terminar de resoplar, tranquilo que todo había terminado, porque el cuerpo titánico de Destroya comenzó a caer, sin vida, clamando más destrucción y muertes.

Iwaizumi ya estaba en el suelo, mirando lo que quedaba de la ciudad; todo… todo su esfuerzo se había reducido a cenizas, el avance de su utopía había desaparecido. Caminó por unos metros, entre fragmentos de cemento y rocas; notó, con tristeza y frustración como un brazo de una víctima caía fuera de los escombros de un edificio.

Se obligó a seguir, hasta que notó la única silueta de pie en medio del desolador panorama. Oikawa seguía sosteniendo la espiga de metal, hundiéndola en un cuerpo mutilado que no se movía; al acercarse más se dio cuenta que los brazos y las piernas de Tooru temblaban, como si utilizara toda su fuerza para seguir de pie.

—Oi…

Las palabras murieron en su boca al ver que al menos el ochenta por ciento de su piel había sido corroída, revelaba todo su esqueleto negro y de su rostro, la mitad derecha había perdido un ojo. Una porción de su costado había desaparecido, tan enorme que Iwaizumi sabía que si el núcleo de él no se escondiera debajo de la ciudad habría tenido grandes consecuencias.

—Oikawa.

Él levantó su rostro roído y cabello despeinado.

—I-Iwa-chan…

Con chasquidos ruidosos, sus dedos se desenrollaron del arma que había acabado con Kageyama; dio dos pasos inseguros en su dirección y cayó.

Iwaizumi lo atrapó antes que golpeara el pavimento, sus dedos no paraban de temblar cuando los llevó a su rostro, para acariciar su mejilla. Gritó y gritó, hasta que Hanamaki –quien había terminado perdiendo un brazo– y otros exterminadores, lo rodearon.

Los mejores ingenieros robóticos –después de Oikawa– fueron los que cargaron con la responsabilidad de reparar a su líder.

Él estaba convencido que sus reparos podían esperar un poco más, intentaba mantenerse ocupado, reparando lo que quedaba de la ciudad, de esa manera no pensaba en lo cerca que había estado de perder a Tooru otra vez. No repararon a Kageyama, su núcleo seguía funcionando débilmente, pero Iwaizumi ni siquiera podía verlo sin sentir ira comenzar a quemar sus sentidos.

Pero al final de todo, la autoridad de Oikawa permanecía y él debía ser el encargado de destruir su creación perfecta.

O eso creía.

—Dime que solo estás jugando conmigo —gruñó, enrollando su puño; el enojo comenzaba a hervir en todo su cuerpo.

—Es mi decisión, Iwaizumi —respondió Oikawa.

—¡¿Tú cerebro se averió con la golpiza que te dieron?! —gritó, dando un puñetazo a la pared de concreto y causando un agujero que atravesaba la pared.

—Mi respuesta es: no. No lo quiero destruir.

—¡Destruyó la mitad de la ciudad, casi te mata! ¡Mató a más de treinta y tres mil personas! ¡¿Y no quieres desconectarlo?!

—Así es.

—¿No te importan tus ciudadanos?

—Ese no es el punto.

—Lo es, te importa más esa mascota tuya que las personas que están bajo tu cuidado.

—Son sólo humanos —hizo una mueca, poniéndose de pie de la cama de hospital, se veía como nuevo, ni un cabello fuera de lugar—, y Tobio no es mi mascota.

—De acuerdo, entonces ilumíname, ¿qué diablos haremos con él? ¿Lo encarcelaremos?

—No, primero, lo estudiaré; necesito saber qué fue lo que salió mal; luego, sólo resetearemos su sistema y memorias.

Sonaba suficientemente simple, pero nada nunca lo era.

—¿Y qué pasará si esto vuelve a pasar? ¿Si sus memorias se vuelven defectuosas otra vez y Destroya destruye la ciudad? ¿Qué pasará si tú, Hanamaki y yo no tenemos tanta suerte y nos logra matar?

—No, no —corrigió él—, no has entendido, Iwa-chan; Tobio se quedará, Destroya no.

—¿Qué quieres decir?

—Cuando le clavé la barra de hierro al núcleo de Tobio… hizo una grieta, eso me dio una idea: Su núcleo es perfecto, es eterno y poderoso; por eso lo partiré en dos. Tobio se quedará dentro de Ciudad Batería, bajo nuestro cuidado.

—¿Y Destroya?

—Lo haremos pedazos.

Lo siguiente que Oikawa hizo fue partir el núcleo de Kageyama en dos, perdería la mitad de su energía y potencia; el gran Destroya, el ser perfecto no sería más fuerte que un Exterminador. Cuando el androide volvió a ser accionado fue en medio de una habitación en el edificio de ajustes de pensamientos.

Tooru se quedó fuera esa vez, no quería provocar otro episodio así que dejó que el ajustador ahondara más. Tobio estaba atado aunque aún no tenía sus miembros; Oikawa miraba detrás de un vidrio polarizado y escuchaba a través de un intercomunicador.

Así que, Tobio —llamó el ajustador de pensamientos—, ¿me puedes decir lo que piensas de nuestro salvador Tooru?

Es un monstruo.

¿Qué te hace pensar eso?

Nos ha mentido… Me ha mentido.

¿Puedes elaborar un poco más? ¿Cuál era tu plan con todo esto?

Matarlo.

¿Por qué? ¿No es él tu creador?

Sí, pero está equivocado. Yo estoy en lo correcto, yo soy el ser perfecto, yo soy el indicado para gobernar y derrocarlo.

¿No crees en la santa doctrina de las industrias Better Living?

Yo puedo corregirlas.

—Pequeño pedazo de mierda —gruñó Iwaizumi, mirando la sesión de Kageyama.

—Te apoyo —murmuró Oikawa, aunque una sonrisa juguetona terminaba por enrollarse en sus comisuras.

—¿Qué es tan gracioso?

—Con esa manera de hablar, verdaderamente parece mi hijo —se rio y al siguiente segundo su expresión cambió completamente, activó el pequeño botón del comunicador—. Borren sus memorias, todas.

Los ingenieros robóticos entraron a la habitación e introdujeron una varilla fina y metálica en la nuca de Kageyama, el androide perdió el conocimiento.

Afuera en la ciudad, días después, bombardearon el cuerpo de Destroya; reduciéndolo a tornillos y fragmentos de metales quemados. Oikawa estuvo ahí para activar los explosivos; Iwaizumi alcanzó a ver la mitad que quedaba del núcleo, perder su luz, parpadeando hasta lentamente extinguirse.

No obstante, Iwaizumi quedó dándole vueltas a la idea; ¿Tobio había conocido a Ushijima nuevamente? ¿Le había vuelto a envenenar su mente? No quería discutirlo aun con Oikawa, porque primero necesitaba respuestas.

Llegó hasta los pisos más bajos del edificio, en donde mantenían la temperatura cerca de cero y las luces eran menguantes. Ahí mantenían los modelos de I.A. prototipos y los sujetos de investigación.

Wakatoshi estaba encerrado; una jaula con tres paredes de acero y una de cristal. Habían pasado tres años desde que lo habían capturado, pero a Hajime lo traía sin cuidado cualquier experimento retorcido del que él era parte. Cuando Ushijima lo divisó se puso de pie, comenzando a caminar por toda la estancia mientras tenía sus ojos clavados en él.

Le recordó al caballero a un león cautivo.

—Iwaizumi —reconoció.

—Quiero saber qué fue lo que le dijiste a Kageyama —se cruzó de brazos.

—Escuché la revolución que comenzó allá afuera.

—Deja las bromas, no te quedan.

—No es una broma; los días de Oikawa están contados —declaró—. Tarde o temprano su imperio caerá y tú lo harás con él.

—Tienes demasiada bravuconería para alguien detrás de esta pared, también para ser conejillo de indias; ya noté tus brazos.

Instintivamente Ushijima llevó una mano a su brazo, sintiendo las pequeñas marcas de jeringas por toda su piel.

—Puede que mi jaula sea tangible, pero no estoy seguro que sea el único encerrado.

Iwaizumi bufó, negando con su cabeza; tragando ese extraño sentimiento por su garganta. No había manera, Ushijima no podía tener idea de lo que él estaba pensando, o de lo que sentía. Esa lluvia eterna de sangre, y como día con día iba subiendo cada vez más, de sus talones a sus rodillas.

—Sólo porque contaminaste al bebé de Oikawa no significa que yo seré igual de sencillo.

—No, no, es demasiado tarde para ti; estás tan engullido por la oscuridad, jamás podrás ver la verdad.

—Cuidado con lo siguiente que digas, rebelde, una palabra más y terminarás con esta espada atravesando tu corazón.

—Tú lo amas, ¿no es así? —comprendió, contorsionando su rostro en algo que parecía lastima.

Iwaizumi comenzó a desenfundar su espada, se estaba comenzando a cansar de sus habladurías.

—Una oportunidad más, humano —terminó la última palabra en un siseo.

—Escucha, Iwaizumi; Oikawa es como una supernova, una explosión de luces y energía que mueve mundos. Que luego decrece, transformándose en un agujero negro y devora a todas las personas, mundos y universos que sus manos tocan. Lo sé, porque mi abuelo era igual. Porque él, en su manera es un dios; y sólo es cuestión de tiempo para que tú y tu otro amigo terminen como satélites, flotando en su órbita, cuando Oikawa termine por devorar este mundo.

—Los tiempos cambian, Ushijima —regresó Iwaizumi, volviendo a guardar su espada; no había esperado mucho al llegar ahí—. Y si sigues recitando esas palabras… muy pronto ya no tendrás una mente qué utilizar.

Lo dejó atrás y cerró la compuerta sin regresar su vista; sabía que debía haberlo matado, al atreverse a comparar a Oikawa con Washijo, pero de lo que estaba seguro, era que peores cosas le esperaban a Wakatoshi ahí adentro.

Volvieron a activar a Tobio una vez la ciudad estuvo en mejores condiciones.

—Tú eres el androide K-078662, tú nombre es Tobio Kageyama y eres un androide de tipo Exterminador —le dijo Oikawa, mintiéndole acerca de su origen—. Tu sola misión es patrullar las calles, aprehender ciudadanos que no estén bajo los medicamentos y multar a los androides mendigos.

—Sí, Gran Líder —el androide se inclinó con nerviosismo, completamente diferente al de antes—, es un honor servir en sus filas.

Había dejado de ser la creación perfecta, su bebé, su Destroya. Ahora sólo era un androide más.

Pero era mejor así.

Si Kageyama nunca volvía a saber de su pasado, si la mitad de su núcleo yacía muerto a cientos de cientos de kilómetros –Iwaizumi había ordenado que se deshicieran de él fuera de la ciudad, el algún punto de todo el vertedero que era el planeta Tierra, no había manera que el mismo incidente volviera a pasar.

En cuanto a la catástrofe, se aseguró de borrarlo de todas las memorias; las personas que habían muerto fueron olvidadas.

Y así siguieron, por veinte años más.

A veces Iwaizumi no tenía problemas en ver al androide y no prestarle atención, al igual que Oikawa: fingir que Tobio no era más que un androide más de un lote sin importancia; que había sido fabricado en masa y existían miles más como él. Pero a veces, Hajime solo quería tomar su cráneo y aplastarlo tan fuerte hasta destruir su tarjeta madre, hasta que no hubiera manera de repararlo.

Podía intentar fingir que no tenía problemas en seguir matando a los que se oponían a su régimen en el desierto; podía ignorar que las gotas que caían, gruesas y rojas dentro de su mundo de cuatro paredes de cristal; hasta llegar a sus costados.

La última oposición de las guerras de Helio estaba por acabarse; se trataba más de solo un lastimero grupo de veteranos; viejos que creían que aún había algo porqué luchar. El nombre más conocido que sus soldados parecían mencionar era el de un tal Ikkei Ukai; pero cuando Iwaizumi acordó, con facilidad terminó por acabar su pelotón.

Le dio a su nieto, una bala directo a su espalda.

Él ya no le daría más problemas.

Era tan fácil, tan fácil… y sin embargo, él no era nada en comparación a Destroya y a Oikawa.

Tal vez había vivido más de lo que podía soportar, tal vez su corazón palpitante se había congelado, tal vez finalmente nada le importaba o tal vez todo volvía a importarle demasiado. Tal vez nunca había perdido su humanidad, o tal vez la había perdido desde que entraron al edificio de Shiratorizawa.

Años pasaron y Hajime tuvo una nueva visita; se sorprendió al ver a Kageyama alcanzándolo.

—Iwaizumi —llamaba para que él se detuviera, sin embargo, el caballero blanco solo esperó a que lo alcanzara.

—¿Qué quieres, Kageyama?

—Debo preguntarte algo.

—Hazlo.

—Preferiría que fuera en privado.

—Tengo muchas cosas qué hacer, te recomiendo que aproveches los dos minutos que tardamos en llegar a la oficina del ajustador de pensamientos.

—Creo que Oikawa se equivoca.

Hajime se detuvo en seco y miró inquisitivo al androide de cabello negro.

—¿A qué te refieres? —preguntó con cuidado.

—Creo que su doctrina está matando al planeta y que oculta más cosas de las que deja saber.

Iwaizumi cerró los ojos, lentamente moviendo su cabeza de lado a lado, deseando que Kageyama no le hubiera dicho esas palabras.

Con toda la velocidad que pudo, golpeó a Tobio en la cabeza con la empuñadura de su espada, tan fuerte que hizo un cráter en la pared. El androide perdió el conocimiento y el caballero blanco se dispuso a llevarlo con Oikawa para que lo volviera a reiniciar. El nuevo Kageyama claramente no era superior en fuerza, resistencia o velocidad, no bastó de mucho para tomarlo desprevenido.

Entró al despacho de Tooru, el de cabello castaño leía con intriga una serie de hojas en su escritorio, parecía el reporte de alguna misión; lucía ensimismado en su lectura. Hajime terminó por aclarar su garganta, llevando a Tobio sobre sus hombros.

—Iwa-chan —llamó Oikawa sin mirarlo, reconociendo sus pisadas o su olor inmediatamente al entrar—, ¿has escuchado sobre los «Killjoys»?


Un par de brazos, un beso en sus labios y las palabras: «No te separes, unidos somos más fuertes».

Un par de brazos, un beso en sus labios y las palabras «No te separes, unidos somos más fuertes».

Un par de brazos, un beso en sus labios y las palabras «No te separes, unidos somos más fuertes».

Imagen tras imagen brillaban tras sus ojos mientras se quedaba sentado, metido en la parte trasera de una camioneta metálica, fría y vacía. Su espalda descansaba en la pared, sus largas y huesudas rodillas llegaban a tocar su frente y sus brazos enrollaban su cabeza, callando los neumáticos sobre el asfalto de la ciudad.

Su rostro se movía, chocando suavemente contra su antebrazo, él contaba sobre su aliento, la cabina del auto era cerrada, no tenía idea si se trataba del día o de la noche, cuantos días habían pasado desde que lo habían metido ahí. Así que contaba, hasta que lo único que centelleaba en su cerebro eran los números.

Diez mil setecientos nueve.

Diez mil setecientos diez.

Un par de brazos.

La última vez que se había despertado en su cama, fue con un par de brazos rodeándolo y el familiar aroma de roídos edredón; que, francamente, no hacía nada por calentarlo pero, demonios, de esa manera podía convencer a Eita de dormir entre unas enredaderas de brazos y piernas.

El desierto era frío en las noches, pero ardiente en el día.

Salieron a cazar lo que encontraran, liebres, zorros, coyotes; lo que aún no estuviera extinto.

—¡Semisemi! —gritó con todas sus fuerzas, se habían separado al llegar a un pequeño cañón que se había secado—. ¡Mira lo que el chico maravilla Satori ha encontrado!

—No hagas tanto ruido —regañó el chico lindo de cabello como la ceniza después de haber ardido toda la noche—. Es peligroso aquí afuera en el desierto.

Tendou amplió su sonrisa, no era su culpa sentir un aleteo en su pecho cada vez que hacía a Eita rabiar. Pero, de todas formas siempre había sido un chico extraño, así que nunca se preguntó porque disfrutaba sacarlo de sus casillas.

—¡Mira! —volvió a gritar, lo que le ganó una mirada envenenada de Semi y luego él susurró con la misma efervescencia—… mira.

Era una mariposa del tamaño de sus dos manos, era grande, peluda y graciosa; la llevó cerca del otro chico y la puso a centímetros de su rostro. Ver al lindo de Eita exaltarse y caer sobre su espalda fue lo necesario para arrancarle carcajadas de su pecho.

El chico era tan crédulo que debía ser imposible.

—¡Maldito seas, Satori! —gritó desde el suelo, Tendou se acercó para darle una mano y levantarlo del piso—. Maldito sea el día que te encontré.

—¿Maldito el día que logré seducirte? —probó el de cabello como llamas, tenía más fuerza que Eita, así que lo levantó de la arena en un segundo y lo haló hasta su cuerpo, dejando que Semi golpeara su torso.

—Sí —gruñó dándose por vencido.

Aun así, sacado de sus casillas y con la estrella sobre ellos quemándolos a más de cincuenta grados de temperatura, Eita se acercó hasta sentir su aliento chocando contra su nariz.

Dándole un beso en sus labios.

Diez mil setecientos once.

Diez mil setecientos doce.

Seguía contando mientras escuchaba voces fuera de la camioneta de Better Living, eran demasiados como para poder contar. Así que su cerebro se volvió a deslizar a sus recuerdos, la última vez que lo vio.

—Ni siquiera es una broma, me quedaré con esto, Semisemi —admitió sosteniendo el cadáver de la mariposa mutante.

—¿Qué harás con esa cosa?

—Hay rumores de un viejo japonés que tiene un local, compra y vende bienes, ¡es millonario! —rebatía mientras ambos comenzaban a salir del cañón, escalando a la superficie otra vez.

—Uno, no hay ningún millonario aquí afuera; dos, no acerques esa cosa a mi otra vez o te moleré a palos.

—¡Semisemi, cruel! —lloriqueó, casi estaban por llegar a su automóvil.

Vivían en una comunidad pobre a ciento cinco kilómetros de ahí, en la Zona 2123. Eita y él tenían diez años cuando los echaron a ambos del orfanato; sus padres, les habían dicho, habían luchado en las guerras de Helio y no vivieron para regresar; ellos quedaron completamente solos cuando apenas cumplían meses de edad. No obstante la comida, agua y ropa eran demasiado escasas ahí en el desierto, razón por la cual los pobres niños huérfanos solo podían ser cuidados más allá de los once.

En ese momento, ambos tenían quince años.

No había sido fácil sobrevivir, pero se las habían arreglado.

Eita tenía una habilidad nata de agilidad, podía escalar casi cualquier superficie vertical que se le pusiera en frente; caminaba entre techos y sogas como si fuera pavimento bajo sus pies.

Y Tendou… él sabía sobrevivir.

—¡Mierda! —se sobresaltó Eita, su rostro palideció de un momento a otro; Tendou sabía que algo no estaba bien—. ¡Regresa, regresa! —le urgió, dándose la vuelta, comenzando a apresurarse de nuevo dentro del cañón.

Satori le escuchó y comenzó a correr, hasta que llegaron a una de las paredes más altas del cañón, tan alta que podía ocultarlos a ambos.

—Son draculoides de BL/ind —informó Eita—, muchos, no tengo idea qué hacen aquí.

Él miró atrás, los tenían completamente rodeados. Eita lo miró con temor, ambos sabían muy bien que no había otra salida del cañón, eran solamente ellos dos contra la caballería de más de diez draculoides y soldados.

Ellos dos no podían salir.

Pero sí uno

Tendou dio un paso pero Semi sujetó su codo antes que se alejara más, miró al chico de ojos suaves y dulces como chocolates. Su mirada era severa, pero Satori pudo escuchar el pequeño quiebre en su voz, porque lo conocía mejor que nadie, lo conocía como la palma de su mano.

—No te separes, Satori —rogó—, unidos somos más fuertes.

—Encuéntrame —se despidió, tomó a Eita de sus hombros y estampó sus labios agrietados contra los suaves suyos; arrojó al chico al lado contrario, con tanta fuerza que cayó sentado.

Ganando suficiente tiempo como para que no lograra alcanzarlo; Tendou comenzó a correr en la dirección contraria, asegurándose de tomar de frente a todos los soldados de Better Living.

Fue la última vez que vio al chico.

Satori apenas logró pasarlos de largo hasta llegar a la entrada del cañón, cuando escuchó los gritos de los soldados corriendo detrás de él, disparando balas como advertencias de rendición.

—¡Ahí está! —escuchó a uno de los hombres gritar.

—¡Atrápenlo!

Un pesado cuerpo cayó encima de él y su cabeza terminó golpeando el piso rocoso, inmediatamente lo colocaron de rodillas, con sus manos entrelazadas detrás de su nuca.

—Di tu nombre, cucaracha —dijo uno de los soldados monocromáticos frente a él.

—Invítame a un zorro del desierto si quieres conocerme primero, bebé —se burló, solo para recibir una patada en su cuero cabelludo.

Satori tuvo que parpadear para lograr de nuevo el enfoque de sus ojos.

—No te preguntaré otra vez —amenazó.

De todas formas él debía mantener toda la atención del convoy de Better Living.

—Satori Tendou.

—Satori Tendou —comenzó—, estás bajo arresto por haber sido encontrado culpable de ser miembro del grupo de criminales autodenomidados como killjoys y…

¿Qué diablos?

—¡¿Killjoys?! ¿De qué rayos estás hablando? ¡No soy parte de ellos, no soy nadie!

—Has sido encontrado culpable bajo los cargos de anarquía, robo, asesinato y activamente organizarte para cometer perjurio contra Ciudad Batería, las industrias Better Living y nuestro salvador Tooru Oikawa.

—¡No tienen pruebas! —vociferó, pero ya tenía las esposas atando sus manos, levantaron su silueta flacucha y lo lanzaron en la parte trasera de una camioneta blanca.

Cayó sin cuidado, golpeando su rodilla derecha; ahí dentro del automóvil las esposas se desactivaron y sus manos pudieron separarse.

—¡Tengo derechos! —intentó gritar.

—No tienes nada, pedazo de basura —regresó uno de los soldados antes de cerrar la compuerta.

Las compuertas sellaron cualquier poro que pudieran dejar entrar luz solar. Ahí comenzó el camino, no sabía los segundos, minutos, horas o días que pasaban. Lo único que su mente podía hacer era contar.

Diez mil setecientos trece.

Diez mil setecientos catorce.

Diez mil setecientos quince.

Un par de brazos.

Un beso en sus labios.

Y las palabras «No te separes, unidos somos más fuertes».

No se arrepentía de haberse sacrificado por Eita; lo único que podía agradecer era que los idiotas de Better Living solo estaban realizando una cacería de brujas con cualquier pobre diablo que encontraban en el camino. Si ya tenían a Satori, no pasarían más tiempo buscando por alguien más.

Ahora solo debía esperar que Semi lo encontrara.

Pero Tendou era un caballero, así que, como todo un romántico encontraría a Eita a medio camino. Solo debía escapar de esa camioneta, y tenía un plan a prueba de tontos: tarde o temprano se les debía acabar la gasolina en su tanque y él ya había notado que la de reserva estaba ahí adentro.

Él solo debía estar listo para atacar.

Su altura estaba de su parte; aun con solo quince años, le era muy fácil traer al suelo a virtualmente cualquier oponente, policía o draculoide.

Cuando la camioneta se detuvo, se preparó mentalmente para acabar con el séquito y correr hacia el desierto, hasta que sus zapatos se gastaran y sus pies sangraran; hasta que encontrara a Semi otra vez.

Se lanzó al mismo segundo que notó una astilla de luz, con solo una palabra en su mente: Matar. Si quería vivir en ese nuevo mundo, era necesario aprender a acabar con la vida de los que querían hacerle daño. Tendou cayó sobre uno de los hombres y hundió sus dedos en las cuencas del oficial, hasta que sintió los globos oculares explotar como bayas viejas. Para ese entonces otro de los policías le había apuntado con su arma, Satori se cubrió con el hombre sin ojos, sus gritos fueron apagados cuando el otro disparó sin reservas, agujereando su escudo humano.

Las balas se terminaron y Tendou lanzó el cadáver al hombre a su izquierda y rompió el cuello del policía que le había disparado, intentó desenganchar la otra pistola a su costado pero sintió un golpe en su mejilla; luego otro en su ojo. Tres hombres se lanzaron encima, hasta que lo trajeron de rodillas y volvieron a colocar sus muñecas detrás de su cabeza. Alguien pateó su estómago, la fuerza fue demasiada, no podía pertenecerle a un humano.

—¡Deténganse! —ordenó un hombre.

Y entonces lo vio.

No estaba en medio del desierto; su sangre corrió como hielo al ver los edificios acechando a su alrededor. Estaba en medio de una metrópolis, rodeado por más de diez policías y ahí adentro exterminadores androides también. Ni siquiera tenía idea en qué Zona se encontraba.

—¿Qué está pasando aquí? ¿A qué se debe este alboroto? —cuestionó el mismo tipo, a juzgar por su uniforme, debía tratarse del individuo con mayor rango del lugar.

Eso quería decir que no era humano.

—Un killjoy, jefe exterminador —explicó otro—. Parece que todavía tiene energías para pelear. Estábamos por llevar al bueno para nada a purificarlo.

El llamado jefe exterminador lo miró, sus artificiales ojos dorados escaneando cada centímetro de su cuerpo.

—Pues parece que este «bueno para nada» pudo matar a dos de ustedes sin ningún tipo de arma, eso no me parece algo que un «bueno para nada» haría, ¿ustedes sí?

El androide que había pateado su estómago solo rechinó sus dientes.

—Te hice una pregunta, exterminador.

—No, Señor.

—No me parece correcto dejar que este buen espécimen de humano se convierta en desperdicio al ser purificado. ¿No lo crees tú, rebelde?

—Lo que sea que no amerite ser quemado vivo, hombre —comentó Satori sin una pizca de mentira.

El androide se acercó a su líder, un poco inseguro de toda la situación.

—¿A qué se refiere, Señor?

—Han llegado noticias desde Ciudad Batería, el salvador Tooru está recogiendo especímenes de Homo Sapiens con excepcionales instintos de supervivencia y habilidades. Para un nuevo proyecto que está desarrollando.

—¿Estás diciendo que…? —se preguntó Satori en voz alta, solo para que el jefe exterminador contestara su mayor temor.

—Lo enviaremos a la Zona 0 de inmediato.

¿Qué?

—Viaje directo a Ciudad Batería desde la Zona 2090 a las puertas del salvador.

—¡¿Qué?! —gritó Satori.

Antes que pudiera murmurar algo más le colocaron un bozal metálico en su boca y amarraron sus piernas y manos. Lo callaron y encadenaron, arrojándolo a la parte trasera de un camión de carga como si fuera un animal o algún paquete sobrevalorado con una etiqueta de «Sin devolución al remitente».

Esa fue la última vez que recordaba haber visto la luz del sol.

Frecuentemente recordaba a Semi, maldiciendo en su mente cada kilómetro que lo alejara más de él. No habría manera de hacerle saber dónde se encontraba, nadie había visto como BL/ind lo había raptado y nadie más lo vio en esa metrópolis de la Zona 2090. La desesperanza roía sus huesos, y su piel se arrastraba cada vez que intentaban pincharlo con agujas para alimentarlo. Debían mantenerlo vivo, pero siempre manteniendo su boca cerrada.

Se sentía como una bestia.

Para cuando llegaron a la Zona 0 lo introdujeron en un edificio; supo que era Ciudad Batería porque notó a sus captores hablar con Hajime Iwaizumi, el segundo al mando de las industrias; discutía si él valía la pena todo el trayecto hasta ahí. Si por esos miles de miles de kilómetros ellos buscaban algo más que el rotundo agradecimiento de Tooru.

Pero inmediatamente lo llevaron hasta los sótanos de un edificio.

Era la primera vez que veía algo diferente a lo burdo y primitivo del desierto; algunas paredes eran hechas completamente de vidrio, las habitaciones eran tenuemente iluminadas y las máquinas eran grandes y silenciosas. Ahí no había diferencias entre androides y humanos.

Tenía, lo que parecía ser meses, de no pronunciar una palabra; pero ni siquiera le dieron tiempo de abrir la boca. Lo sentaron sobre una camilla de examinación, le forzaron a abrir y registraron todo en su cavidad oral, dientes, lengua, paladar y úvula. Rompieron su ropa y lo vistieron con una bata de hospital; notaron y pincharon cada milímetro de su cuerpo, sacando un poco de sangre y saliva; radiografías y escaneos.

No era un humano, no para ellos.

Pero no podía perder tiempo sintiendo miedo, de estar tan lejos de casa y de estar solo.

No… si pensara eso se derrumbaría de inmediato.

Después de hacerle más pruebas de las que él pudo recordar, lo arrojaron en una habitación; Satori terminó mirando a sus alrededores para comprender que era una jaula. La pared y la puerta frente a él, estaban hechas completamente de vidrio, tenía pequeñas aberturas circulares a más de dos metros y medio del suelo, más pequeños que sus puños, seguramente para evitar que se ahogara ahí adentro.

A su izquierda, la estructura era compuesta de barras metálicas, asemejando más una prisión; parecía que compartía su celda con otro individuo más. Si él estaba encerrado, significaba que era enemigo de Better Living; y si era enemigo de Better Living, por consiguiente, debía ser su amigo.

Satori se acercó a las barras de hierro.

Musitó unos cuantos murmullos, pero su garganta se sentía tan pesada, que tuvo que aclararla por largo rato.

—Oye… —intentó con voz ronca y agrietada; tan suave que su compañero no la escuchó.

El otro pareció no escucharlo; estaba cruzado de piernas mientras tenía sus ojos cerrados y encaraba a la pared de vidrio, como si meditara. Así que Tendou optó por aclarar nuevamente su garganta y gritar.

—¡Oye!

El individuo giró su rostro a su derecha, Satori notó sus cejas gruesas, expresión severa y cabello corto y café.

—¿Estás hablando conmigo? —preguntó con una voz más barítona que notas profundas en un saxofón.

Por un momento, Tendou había pensado que él lo terminaría ignorando, pero al menos su compañero de celda tenía buenos modales.

—¡Sí! Hola, extraño —saludó, acercándose más a los barrotes, recobrando su voz poco a poco—, soy Satori Tendou, ¿y tú?

—Wakatoshi… Ushijima.

—¡El extraño me contesta! —se admiró—. Waka, gusto en conocerte.

Ushijima se mantenía silencio.

—Mmm, no hablas mucho, ¿verdad? —señaló lo evidente—. ¿Sabes en dónde estamos?

—En alguno de los niveles subterráneos del edificio de Oikawa.

—¿Su edificio? —preguntó Tendou—. ¿En el sentido que…?

—Es su morada.

—¿Me jodes?

—¿Eh? —Wakatoshi lucía genuinamente sorprendido por su lenguaje, mientras que Satoria disfrutaba poder hablar después de meses con un bozal en su boca.

—¡No soy especial como para estar encerrado en el pent-house del maldito dictador!

—¿Especial?

—Uh, quiero decir… ¿Tú que hiciste para estar aquí?

—Casi asesino a Iwaizumi y logré aclarecer la mente de su querido «bebé».

—¡A eso me refiero! —exaltó—. Tu rostro parece el de alguien muy peligroso, ¡como un psicópata!

—¿Psicópata…? —murmuró Wakatoshi, sin embargo, Satori continuó.

—¡Un enemigo digno del dictador! —celebró, luego llevó su mano a su pecho—. Por el contrario, yo solo soy una rata del desierto, huérfana, de quince años.

—Eres muy joven.

—¿Y tú, Waka? Luces de veintisiete.

—No lo sé, he pasado tanto tiempo encerrado aquí abajo que una década pudo haberme pasado en un segundo; o un minuto en tres años. ¿Hace cuánto tiempo que Oikawa irguió Ciudad Batería?

—Las voces de los viejos dicen que cerca de setenta y cinco años.

—Entonces tengo ochenta y tres.

—¡Estás jugando conmigo!

—¿Por qué jugaría?

—¡No lo sé! Pero esto me aterra cada minuto más. Tú eres como este enemigo genial y fuerte, yo apenas soy un huérfano de la guerra. No tengo eterna juventud, no sé como llegue a parar aquí.

—Quizás sólo estabas en el lugar equivocado, en el tiempo incorrecto.


Y así empezó la cacería de brujas de esos «killjoys».

Tooru los detestaba.

—Son solo ratas del desierto, Oikawa. Fuera de nuestras paredes.

—Se atreven a desafiarme, Iwaizumi, su sola existencia es una burla a mis palabras y creencia.

—No son nada.

—Tienen ideas —escupió— y libre albedrío. Son exactamente lo que quisimos erradicar desde un comienzo; la historia está amenazando con volver a repetirse y tú dices que ellos son nada.

—De acuerdo —calmó Hajime, sabía que si Oikawa se irritaba sería molesto—; pero la nueva ley ha entrado en vigencia, es un crimen contra el gobierno y la ciudad ser un killjoy. Quien sea encontrado culpable será castigado con la muerte.

—No es suficiente.

—Atrapamos a cualquier chico que los draculoides encuentran en el desierto, la mitad de ellos son calcinados vivos y la otra mitad son convertidos en draculoides. Ten un poco de paciencia, para cuando terminemos con la mayoría de ratas ahí afuera, los killjoys se terminaran orinando en sus pantalones y enterrando sus máscaras.

—Ah, Iwa-chan —Oikawa enrolló sus brazos alrededor del cuello de Hajime, depositando todo su peso en él; Iwaizumi no lo apartó—, yo sé cómo podemos aplastar sus alas antes que esas aves de rapiña vuelen —terminó susurrando en su oído.

—¿Sabes algo que yo no? —preguntó, acercándose a él hasta que sus narices se tocaron.

Escuchó el crujido de la ropa, Oikawa hurgaba en los bolsillos de su levita y sostuvo una fotografía frente el rostro de Hajime. Él la tomó para examinarla mejor, notó que estaba en blanco y negro, la resolución era pobre, como si hubiera sido tomada de un satélite. En medio de la toma, estaba una figura de lo que parecía ser un humano con cabello negro, rizado y corto.

—Él es el verdadero problema, el maldito signo de libertad para esos anarquistas. No hay información de él en la ciudad, seguramente fue un huérfano de la guerra; lo conocen como el «Pequeño Gigante» —hizo una mueca de asco—. Lo veneran como un ángel de anarquía o algo así de estúpido. Es el killjoy más famoso de todos.

Hajime tomó el pedazo de papel para inspeccionarlo más de cerca, parecía que el killjoy usaba un artefacto negro en su rostro para cubrirlo; su máscara evitaba que se mostraran sus ojos por completo. El «Pequeño Gigante» estaba rodeado de draculoides, sin embargo no parecía temer por su vida.

—Suena como una molestia.

—Todos los convoyes que hemos enviado son un juego para él; draculoides, policías, incluso exterminadores humanos. Los derrota a todos y luego se escabulle a las metrópolis para «predicar» la creencia de los anarquistas.

Iwaizumi calló ese caudaloso lloriqueo de la tormenta de gotas de sangre en su jaula de cristal. Él era la mano derecha de Oikawa.

—¿Qué necesitas que haga?

—No, no, tú no. No les daré la satisfacción a esos rebeldes de hacerles creer que su ángel de anarquía fue lo suficientemente fuerte para que , mi mano derecha, tuvieras que manchar tus botas con su sangre inmunda. Ve a la Zona 150, dos soldados muy especiales aguardan ahí.

Oikawa estaba profundamente atado a Ciudad Batería, no podía poner un pie fuera, porque su núcleo siempre se encontraría fijo para darle energía a toda su nación. Pero a diferencia de él, Hajime sí podía salir como le placiera. Por lo que la inteligencia había recabado del Pequeño Gigante, generalmente se desplazaba desde la Zona 1 hasta la 6; ahí debía estar su base. Así que él se encaminó a encontrar a esos seres «especiales» de los que Tooru hablaba.

Se trataba de dos sujetos de experimentos; cuyos ADN habían sido modificados. Tenían sentidos superiores a los de los humanos, su vista sobrepasaba a las águilas, su rapidez era inigualable por sus iguales. Eran los soldados Tsutomu Goshiki y Taichi Kawanishi. Sus órdenes habían sido claras, ocuparse del problemático killjoy sin hacer un espectáculo de ello.

Acabar con el héroe de todos los rebeldes sin convertirlo en un mártir era complicado, pero lo único que debía hacer era quitarle toda la gloria y el sacrificio que la muerte conllevaba.

Lo primero era, hacerle creer a todos que el killjoy no era un ángel, ni una deidad. Nadie sabría que criaturas sobrehumanas se encargarían de él. Cuando conoció al disparejo par, les indicó que nadie sabría lo que ellos lograrían; les ordenó cambiar sus uniformes, por los genéricos atuendos de exterminadores.

Y para todos los demás, sería cualquier exterminador quien lo habría asesinado.

No estuvo ahí para ver a los sicarios genéticamente modificados terminar con el Pequeño Gigante, solamente recibió esa llamada a su intercomunicador.

Está hecho —fue lo único que informó Taichi cuando asesinó al «héroe» imparable de la resistencia.

Hajime, por su parte, no lo consideró una victoria. Better Living… Killjoys… nada en su vida le importaba lo suficiente para hacer algo.

Eso no era cierto, Oikawa le importaba.

Le importaba demasiado.

El tiempo se le había acabado y la lluvia de sangre había subido hasta su coronilla, entraba en su nariz y se colaba en sus pulmones. No había donde escapar, Iwaizumi se estaba ahogando, la luz se había apagado; el líquido viscoso llenaba sus bronquios hasta que Hajime terminaba sintiéndose sin salida, como si explotaría si siguiera así.

Amaba a Oikawa, pero Oikawa había dejado de amarlo a él.

Se negaba a pensar más; de pocas cosas Hajime se encontraba seguro. Más en ese futuro, en donde los robots podían sentir felicidad y los humanos no sentían nada. De lo que siempre estuvo seguro, es que, en algún tiempo de su vida como humano, Tooru sí lo llegó a amar.

La verdadera verdad del universo era que todos eran lo que amaban.

¿Y si él amara a un monstruo?

Eso lo convertía en uno también.

No era que a Hajime no le importara la raza humana; sino que en el fondo, en lo más profundo de sus pensamientos, esos pasadizos demasiado oscuros para visitar, sabía que no había manera de salvarla. No mientras criaturas como Kageyama existieran.

La noche era oscura, la luna artificial se miraba más hermosa que de costumbre; Hajime estaba sentado al tope del edificio de Información –donde décadas más tarde estaría colgado el cadáver de Hanamaki para oxidarse–, mientras, por primera vez en muchas décadas se atrevía a visitar esos pasadizos, dándole voz a las ideas que, quizás siempre estuvieron ahí.

Tal vez… nadie debería tener ese poder, el de reducir naciones enteras a escombros en cuestión de horas; nadie deberían ser capaz de poder asesinar a alguien en menor tiempo de lo que toma un parpadeo o un latido.

Nadie debería ser Dios.

La lluvia de gotas de sangre comenzó a asfixiarlo, llenando su caja hasta el techo, Iwaizumi comenzó a ahogarse.

Oikawa había sido seleccionado desde su nacimiento para ser maldito.

Pero Hajime tenía maldiciones propias.

Su primera maldición fue enamorarse de Oikawa.

Así que era destino parar a su mismo Dios, solo de esa manera la lluvia de sangre cesaría, la tierra dejaría de llorar. Alguien debía pagar por sus pecados, Iwaizumi podía hacerlo. Él era el indicado para recibir la ira de Oikawa.

Su hermosa ira.

No lo haría por Ushijima, tampoco por Kageyama, tampoco por los killjoys.

Lo haría porque esa era la razón de su existencia, por eso no murió ese día en Shiratorizawa. Por eso tenía ese cuerpo y esa invencibilidad. Oikawa había salvado al mundo, pero si seguía al tope de este, solo lo terminaría por matar. Su alma y la de Oikawa estaban demasiado perdidas para ser salvas, pero tal vez, podía hacer que su nociva existencia sirviera para algo al final.

No notó cuando sus dedos se habían enterrado en el cemento; sintiendo esa fría ola que hacía demasiado tiempo no sacudía su esqueleto hasta su palpitante corazón: Miedo.

Hajime no pudo evitar sonreír.

Pero no podía hacerlo solo, él conocía muy bien su fuerza y sus limitantes; Oikawa estaba en un nivel superior; pero Iwaizumi podía tener al segundo mejor. Podía terminar el trabajo que Ushijima había comenzado con Tobio.

Nada serio, solo dejando pistas, pequeños fragmentos, migajas que dirigieran todo su camino de regreso a la mitad de su núcleo.

¿Qué estaba pensando?

Debería decirle a Oikawa esos pensamientos, dejar a su criterio si Iwaizumi merecía ser reiniciado o calcinado vivo. Debería arrancar el corazón de su pecho y dejarse morir ahí mismo.

Pero no.

Alguien debía hacer el mayor sacrificio; Tooru ya no podía amar, la máquina finalmente había vencido al humano, a ese chico de ojos enormes como los de un ciervo, mejillas rojas y nariz de botón. Iwaizumi no lloró, porque no podía hacerlo, sin embargo, guardó luto. Su corazón seguía latiendo, pero hacía años se había congelado.

Él y Oikawa se seguían acostando, besando, tomándose de las manos, pero no eran acciones derivadas de amor.

Consiguió un intercomunicador inrastreable; construido por los androides del edificio de Información. Nadie intentaba preguntarle sobre el uso que le daría, porque él seguía siendo Hajime Iwaizumi, el caballero blanco y guardaespaldas personal de Oikawa. Nadie sospechaba que era un traidor.

«Si quieres saber sobre tu verdadero origen, dirígete al edificio de Información.

-IEN.»

Fue el primer mensaje que le envió a Kageyama.

Era peligroso y si lo descubrían estaba muerto.

Afortunadamente, Oikawa había encontrado un nuevo pasatiempo, se trataba de un nuevo proyecto; todo gracias al nuevo y joven miembro de su equipo de ingenieros robóticos. Un genio con menos compasión que Tooru. Kenjirou Shirabu, era un pionero de la robótica; sus ideales eran similares a los del líder y propuso un nuevo proyecto.

Que más tarde llevaría el nombre de la «Unidad S.C.A.R.E.C.R.O.W.».


Satori no se encontraba bien.

Sus sueños eran intermitentes, iban desde pesadillas, catástrofes, demonios; a veces sus dientes se caían uno después de otro. A veces vomitaba todo dentro de él, estómago, intestinos y hasta su columna vertebral. Por esas razones prefería no dormir, pero habían tan pocas cosas en que enfocar sus pensamientos en esa minúscula celda.

No entendía cómo Ushijima no caía presa de lo que fuera que les administraban en sus venas.

Tal vez ambos eran sujetos de investigaciones diferentes; por lo que había sabido de Wakatoshi; era que jugaban con su código de ADN, lo mantenían igual, años pasaban y no cambiaba ni un centímetro.

Tendou, por su parte, sentía que estaba perdiendo poco a poco la cabeza.

Los últimos días las «sesiones» se habían tornado más largas; dichas sesiones consistían en encerrarlo en una pequeña habitación con paredes blancas. Frente a él colocaban una grabación, metían enormes pinzas en sus ojos para forzarlos a mantenerlos abiertos.

A veces las grabaciones eran mensajes grabados del dictador, a veces hablaban de las oportunidades en Ciudad Batería y a veces mostraban los cadáveres frescos de rebeldes o criminales que se oponían a su régimen. Introducían más agujas de las que podía contar. No sabía cómo, pero cada vez que salía de esa habitación, un pequeño fragmento de su alma nunca regresaba con él.

—¿Escuchas eso? —le preguntó a su compañero de celdas; Wakatoshi había probado ser una buena persona, al menos en lo que a él le respectaba.

—No —respondió mientras mantenía su posición usual, sentado en medio de la habitación, piernas cruzadas mientras meditaba.

Pero Satori no podía pensar en su respuesta, un zumbido incesante había comenzado a arrastrarse en su oído; era tan alto que pensó que un insecto había logrado introducirse en su canal auditivo. Terminó introduciendo un dedo, como si de esa manera pudiera callar el sonido que comenzaba a calar hasta sus huesos.

—Joder… —musitó, pero no podía ni siquiera escuchar sus pensamientos.

Comenzó a desesperarse, el zumbido ahora estaba presente en ambas orejas; sus manos, instintivamente comenzaron a rascar su cabeza, hundiendo sus uñas en su cuero cabelludo hasta sentir pequeñas gotas de sangre comenzar a manchar las puntas de sus dedos.

Debía callarlo.

Necesitaba silencio.

Silencio.

Silencio.

Silencio.

Silencio.

Silen…

—Tendou —lo llamaron.

Satori abrió sus ojos como platos, sin parpadear, hasta que sus ojos comenzaron a picar y dirigió su mirada a dónde provenía la barítona voz. Wakatoshi se había acercado hasta los barrotes de hierro y extendía una mano en su dirección.

Terminó por alcanzar la mano ofrecida, Ushijima tomó con fuerza su antebrazo, el apretón lo devolvió a la realidad, callando el zumbido inmediatamente. Satori aumentó la fuerza de su agarre, como si necesitara convencer a su propio cerebro que ese sonido horroroso no era real.

—Estás aquí —le aseguró Wakatoshi.

—Estoy aquí —respondió.

Los episodios comenzaron a empeorar desde ahí.

Algunas noches no soportaba sentir sus piernas; picaban y hormigueaban y picaban tanto, como insectos que habían roído cada poro de su piel, entrando en cada folículo de hebras. Satori quería arrancarlas, quería quemarse, quería hacerlas sangrar. Terminaba gastando sus uñas, dejando caminos furiosos y rojos a lo largo de sus muslos.

No tenía idea qué le estaban haciendo.

—¿Cómo tú actúas tan normal?

—¿Mmm? —musitó Ushijima, como si la palabra lo confundiera—. ¿Normal?

—No escuchas ruidos donde no hay, tampoco sientes insectos arrastrándose por todo tu cuerpo.

—Es probable que seamos sujetos para diferentes experimentos.

—Y yo me pregunto porque no pueden jugar con mi ADN.

—No lo quieres.

—Tú tampoco quieres que jueguen con tu cabeza —comentó, acomodándose en la colchoneta con patas metálicas en la esquina.

Ushijima era bueno para mantenerlo conectado a la tierra; era la única voz que existía y era tangible. A veces se preguntaba hace cuanto se hubiera terminado perdiendo si no fuera por el meditabundo con cuerpo de mastodonte a su lado.

Luego terminó escuchando:

—¿Qué tal tus vacaciones en la glamorosa Ciudad Batería?

Tendou se levantó de la incómoda camilla para ver a Semi, mirándolo de regreso con su expresión desaprobadora.

—Esperaba quedarme en un hotel de cinco estrellas, pero está sobrevendido para el ego del gran dictador.

Semisemi arqueó una perfecta ceja y resopló ante su respuesta, sin embargo Satori alcanzó a ver ese microscópico estirón de su comisura derecha. Eita podía decir lo que fuera, pero siempre fue débil ante su sentido del humor.

—¿Puedo saber cuál es tu agenda apretada y la razón por la que me abandonaste?

—Bebé, extraño ver tu rostro más que la luz del sol —intentó hacerlo mejor, sabía que Eita era un preocupón y odiaba estar solo—. Pero si tanto quieres saber, el día comienza con un festín para el desayuno: Tres pastillas amarillas y dos rosas, y de postre la mitad de un vaso de agua —Satori se levantó de su cama y comenzó a caminar, rodeando a Semi—. Aunque… creo que es el desayuno, ¿lo es? —se terminó preguntando, era difícil mantener la noción del tiempo ahí.

—¿Qué haces luego? —quiso saber Semisemi.

—¡La actividad de media mañana! —Continuó como si fuera una descripción de un punto de veraneo—. Ver el rostro de Oikawa por cinco horas seguidas, y oírlo hablar, hablar, hablar, hablar, hablar, hablar, hablar, hablar…

—Satori —interrumpió el chico con cabello plomizo—, te desvías.

—¡Lo siento! —se disculpó—. Yo siempre termino desconectándome para entonces; tengo almacenadas exactamente ciento treinta y siete voces diferentes para reproducir en lugar de la de Oikawa, ¡llega a ser aburrido! ¡Pero estoy divagando! Luego… el almuerzo, ¡ah! Pero nadie necesita almuerzo, así que nos lo pasamos.

Eita se sentó en su cama, pasando un mechón de su cabello detrás de su oreja.

—Regreso a mi habitación de cuatro punto setenta y tres estrellas y para ese entonces, Wakatoshi ha sido llevado a alguna actividad cortesía de BL/ind. Luego es mi turno y me llevan a mi sesión de choques.

—¿Actividad relajadora?

—¡Descargas insoportables conectadas a mis brazos y piernas! Hasta que pierdo la conciencia y la recobro otra vez.

Semi se comenzó a reír.

—Como en un verdadero resort.

—Después… ¡acupuntura relajante! Muchas, muchas agujas con líquidos neones, directo a mis venas. Siguiendo a eso, soy devuelto otra vez a mi habitación para el festín de la cena, cinco pastillas cafés… ¿o es al revés? ¡Wakatoshi!

—¿Uh?

—Las tres pastillas amarillas y dos rosas, ¿eso es para el desayuno?

—Creía que era a media tarde —opinó el grandote.

—¡Ahí lo tienes!

—Suena delicioso —opinó Semi.

—¡Lo es! ¡Definitivamente! —celebró, arrojando dos puños al cielo.

—¿Y él? —Eita señaló a la celda de al lado.

—¡¿Dónde están mis modales?! —Tendou haló sus cabellos y arrancó unas cuantas hebras—. Debo presentarte a mi compañero de habitación, ¡Wakatoshi!

—¿Dime?

—Conoce a mi lindo Semisemi. ¡Semisemi, Wakatoshi, mi compañero de habitación!

—Tendou —llamó Ushijima.

—¿Sí, Wakatoshi?

—No hay nadie ahí.

Satori levantó su rostro a la vacía celda e incómoda cama, tan estéril como siempre; aunque por unos segundos, él creyó haber incluso olido a Eita ahí. Agradeció haber sido devuelto, se acercó al lado de Ushijima y le ofreció su brazo con gratitud, Wakatoshi se terminó acercando y apretó, devolviendo el gesto.

—Gracias, Wakatoshi.

Podía seguir soportando.

Pero no sabía qué tanto.

Era difícil saber qué era real y qué no. Cómo diferenciar cuando fue despertado de una siesta a medio día cuando sintió el abrasador y cargado aire de la habitación; Satori se despertó con alarma al ver que la celda se había comenzado a incendiar. Las violentas llamas comenzaron a extenderse, los científicos corrían, alejándose del fuego; dejándolo a él, un simple conejillo de indias, a su suerte. La puerta estaba cerrada y no había manera de escapar, su piel ardía y el nauseabundo olor a carne humana siendo quemada viva atacaba todos sus sentidos.

Descubrió a Ushijima llamando su nombre y la ilusión se esfumó; lo único remanente era su respiración violenta y su cuerpo empapado de sudor.

O cuando de un segundo a otro cortaron el oxígeno dentro de su celda sin aviso; Tendou comenzó a boquear con violencia. Los científicos querían saciar su retorcida curiosidad de las maneras más sanguinarias. Los agujeros de las paredes de vidrio se habían cerrado con pequeñas compuertas de metal, miró a la celda contigua para descubrir a Ushijima en su misma situación.

Comenzó a arrastrarse hasta la puerta de vidrio, tocando patéticamente el cristal reforzado con su puño, en su último intento para no morir. Sentía su cabeza no pesar más que un alfiler, que sus ojos estaban por salirse de sus cuencas; Tendou se estaba muriendo.

Luego, cuando estaban por perder el conocimiento, con un simple movimiento de su muñeca el oxígeno comenzó a filtrarse nuevamente. Dejándolos confundidos, tosiendo hasta que sentían que sus pulmones fueran a explotar. Satori terminó por preguntarle a Wakatoshi; para su fortunio… o falta de él, había sido real.

Y ambos eran solo hormigas, en presencia de niños crueles con el mismo poder de un dios.

A veces escuchaba más de lo que necesitaba, aunque las paredes fueran de acero; podía escuchar el golpeteo de un lápiz al ser golpeado contra una libreta de notas proveniente de un científico indeciso. O el latido de los corazones de las personas encerradas con él mientras lo torturaban. A veces escuchaba conversaciones de habitaciones completamente diferentes.

—Es imposible, no hay manera de lograr que esos gemelos se olviden del otro. Su conexión está demasiado enterrada en su subconsciente. Ya probamos toda clase de tortura.

—Corta algún miembro de manera consciente.

Satori se estremeció.

—Lo hice, pero no importó, ambos gritaron el nombre de su hermano hasta que perdieron el conocimiento.

—Tal vez… si les quitamos su manera de conectarse, ellos se separen lo suficiente para perderse —guardó silencio por unos segundos—. Quítales su vista.

Regresó a su realidad al escuchar los sujetadores de cuero siendo amarrados en sus brazos y piernas; inspiró hasta llenar sus pulmones, preparándose lo más que podía para cualquier tortura que los científicos habían preparado para él ese día.

Pero no importaba cuanto tiempo había pasado, las pruebas a los que él era sometido jamás se volvían más fáciles. El siguiente episodio fue cuando volvió a escuchar un violento sonido provenir de su cráneo; como si miles de abejas hubieran sido atrapadas dentro de su cerebro y luchaban por salir. Satori se levantó de golpe de su cama y buscó frenéticamente por Ushijima.

Sin embargo, su compañero de celdas había sido llevado por los científicos.

Tendou necesitaba sentirse sobre la tierra otra vez, pero el incesante ruido roía su hueso frontal y sentía que bajaba por sus globos oculares. Cubrió sus oídos con la palma de sus manos, pero no hizo nada por detener el zumbido, estaba dentro de él. Satori necesitaba callarlo, aún si eso significara escarbar su cráneo hasta llegar a su cerebro.

No podía escuchar sus pensamientos.

Necesitaba a Wakatoshi, necesitaba a Semi, necesitaba silencio.

Su cuerpo temblaba con desesperación, así que no pensó en nada cuando corrió hasta la pared de vidrio, con toda la velocidad que era capaz de alcanzar en el reducido espacio. Golpeó el cristal con su cabeza, no causó ningún rayón; pero escuchó un timbrar dentro de su cerebro, finalmente callando el enjambre de abejas. Tendou lo volvió a hacer, azotó su cabeza contra ese mismo punto en la pared.

Golpeó y golpeó, cada vez más fuerte que la anterior.

Perdió la cuenta, pero no era como si las hubiera comenzado a enumerar en primer lugar, Satori se rio cuando su frente dejó una huella de sangre en el cristal; su fuerza había comenzado a menguar y sus ojos se enrollaban hasta ver negro, aun así, siguió golpeándose.

Otro golpe más, estaba por desmayarse, no sabía si era su imaginación, o el hecho de haberse roto la cabeza, pero vislumbró una pequeña grieta en el vidrio reforzado; pero para ese entonces la puerta se abrió y entraron algunos soldados para detenerlo. No obstante, antes que llegaran a él, corrió de nuevo al vidrio, golpeando su cabeza por última vez.

Luego cayó de lleno al suelo, perdiendo el conocimiento.

Despertó sin saber cuánto tiempo había pasado; su frente dolía y ahora los momentos de lucidez se hacían más escasos.

Semi estaba sentado al borde de su cama.

—¿Duro fin de semana, Satori?

—Dura vida sin ti, bebé —devolvió, levantándose para descubrir que la grieta en el vidrio había desaparecido. Aun así, él estaba seguro de lo que había visto, logró dañar el vidrio irrompible, su fuerza había aumentado exponencialmente.

¿Seguro de lo que había visto? Con diversión miró a Semi, pensando en lo jodido que su cerebro estaba.

Miró su reflejo casi transparente en el vidrio, enfocándose en el –o mejor dicho falta de– vendaje en su frente. Tocó la zona en que había golpeado repetidas veces, completamente seguro de haber roto la piel, sin embargo sus yemas solo se encontraron con piel sana. No podía haber estado inconsciente tanto tiempo, como para darle oportunidad a su cuerpo de sanar por completo.

—Wakatoshi —llamó a su única ancla a la realidad, Semi era hermoso, pero no podía responder con veracidad.

Eita miró a su compañero de celdas con diversión.

—Dime.

—¿Hace cuánto que perdí el conocimiento?

—Regresé hace algunas horas, para ese entonces tú ya estabas en la cama.

—¿Bromeas?

—No.

En eso tenía razón, Wakatoshi nunca hacía bromas; pero no era como si a Satori le molestaría escuchar algunas. Aun así… se preocupó al no ver la herida en su frente, o el accidente jamás había sucedido y todo fue parte de su imaginación, como era de costumbre.

Después de un rato de enfocarse en su reflejo, cayó en cuenta de su cuerpo y con premura se acercó para verse de cerca. Sabía que había pasado algunos meses, pero no estaba consciente que se había tratado de años. Miró el reflejo de Eita, su querido e ingenuo Semisemi seguía de quince años, con las mismas ropas que Tendou le vio por última vez y él… parecía su hermano mayor.

Los científicos siempre se ocupaban de su higiene, cortaban su cabello y rasuraban su vello facial; aun así, no podían ocultar el estirón que había dado, ¿cuánto debía medir ahora? ¿Cuánto debía pesar?

Oh, no.

—¿Se te ha ocurrido una idea, Satori? —preguntó Eita.

—Es descabellada y estúpida.

—Si no lo fuera, entonces no sería tuya —probó el lindo chico.

—Oh, mierda, no sabes cuánto me amo —sonrió.

—Lo sé, muy bien —Semi terminó por poner sus ojos en blanco.

Si eso había sido lo que había tomado para que los científicos abrieran la puerta entonces no había más que hacer. Satori se alejó lo más que pudo de la pared de vidrio y estiró su cuello a los lados, relajando los músculos de su espalda, luego los de sus brazos y por últimos sus piernas. Si él era así de importante para los empleados de BL/ind, si querían jugar con su mente enferma, entonces Tendou podía esperarlos, enarbolando su capa roja para enfurecer al toro.

Si ya había probado sus cuernos, él ya no tenía más qué temer.

Ushijima ya había detectado su comportamiento extraño, se acercó hacia los barrotes de hierro para detener lo que fuera que se encontraba en la mente de Satori.

—Tendou —dijo, pero entonces Satori comenzó a correr—. ¡Tendou!

Primer golpe, su mirada se hizo borrosa, pero sonrió con satisfacción al escuchar el traqueteo de la pared de vidrio ante el impacto. Retrocedió, esta vez guardando solo la mitad de la distancia, apresurándose nuevamente para volver a chocar contra el cristal. Ushijima seguía llamando su nombre para detenerlo y Semi solo lo miraba con preocupación, incapaz de hacer algo.

Abrió su frente otra vez, manchando el prístino vidrio con su sangre. Satori solo se rio y continuó haciéndolo.

—… lo… siento… Semi —se disculpó, al final no podría encontrarlo a medio camino.

Los científicos se alarmaron al ver su comportamiento, y se apresuraron a detenerlo, pero para entonces su vista ya se había ennegrecido solo lo suficiente. Cayó al suelo sin más resistencia, golpeando su cabeza en el piso frío. Escuchó la puerta descomprimirse de aire y abrirse, los hombres sádicos que habían jugado con cada fragmento de su cuerpo y mente se hincaron a su lado para inspeccionar sus signos vitales, abrieron su ojo, cegándolo con una pequeña linterna.

Pero para entonces él ya estaba listo, más rápido que un parpadeo, su mano ya había tomado la garganta del hombre con larga bata blanca. Cerró su puño y fácilmente escuchó el chasquido de su tráquea quebrándose. El hombre a su lado se sobresaltó ante lo sucedido, pero Satori podía ver con facilidad el lento cambio de facciones, de curiosidad a crudo terror. Escuchaba el latir de su corazón y cómo este apresuraba su paso ante la repentina sorpresa.

Satori, aun acostado en el piso, metió su mano dentro de la boca del científico y haló hacia abajo, con facilidad arrancando su mandíbula. La sangre de su cuerpo cayó encima de él, empapando su rostro.

No se molestó en limpiar sus ojos o boca, solamente necesitaba salir de ese lugar cuanto antes, un guardia de uniforme blanco ya estaba cerrando la puerta de vidrio pero Satori se lanzó hacia él antes que lo lograra. Tomó su cabeza entre sus dos manos y quebró su cuello tan fácil como quebrar una rama seca en dos. Más adelante el último científico que quedaba activó la alarma; Satori haló un puñado de sus cabellos y lo estrelló contra el tablero de control, hundiendo su cráneo en su cerebro.

Las luces del laboratorio se habían atenuado y ahora solamente quedaba la luz roja de la alarma; produciendo un ruido ensordecedor. Era su primera probada de dulce libertad y Satori se sentía alegre como un chiquillo. Buscó en la mesa de mandos el interruptor para abrir la celda contigua, peor no tuvo suerte; sin embargo, había un bloc de números, pero él no tenía idea cuál era la contraseña.

Podía escuchar los pasos de los soldados corriendo en dirección al laboratorio; Satori divisó otro bloc fuera de la celda de Wakatoshi, no tenía números, solamente un detector de huellas digitales. Él sonrió y sin ejercer más fuerza arrancó el pulgar del cadáver perteneciente al subjefe de los científicos –el líder que encabezaba los experimentos de ambos no estaba ahí–. Llevó el dígito y la puerta se abrió con un timbrar y descompresión de aire.

Ushijima salió de su celda de inmediato, abriendo sus ojos como platos; el gran chico le ofreció su brazo, pero Tendou siempre había sido de los que abrazaban. Se decidió que ya era hora de salir de ahí, miró por última vez a Semi, que aún se mantenía dentro de la celda, había sido buena compañía, pero ahora necesitaba al verdadero de carne y hueso.

Usó el mismo dedo para abrir la puerta hacia afuera del laboratorio; como era de esperarse, se encontraron con una barricada de androides y policías. Era la primera vez que Satori veía a Ushijima pelear; se movía como si no pesara más que una pluma, pero tenía tanta fuerza que podía levantar a un androide con una sola mano, para luego apisonarlo contra la pared.

—¡Chico maravilla Wakatoshi! —exclamó sin pensarlo.

—¿Eh? —comentó, Satori sólo estaba sorprendido porque se tomó el tiempo de escucharlo en medio del alboroto.

En lugar de responderle, se lanzó a un androide y arrancó su cabeza de sus hombros; se maravilló ante las chispas que saltaron del cuerpo. Sin perder tiempo, se movió hasta un policía humano, hizo lo mismo que con el científico, arrancando su mandíbula de su cabeza; al siguiente segundo fue bañado en sangre.

Había algo apaciguador en sentir esos riachuelos de cálida sangre bajar por su cuerpo y mancharlo hasta que su piel no se notara debajo. Aunque no sabía si eso era producto de lo frita que estaba su mente. Lo único que Satori sabía, era que debía salir de ahí y entre más alto fuera el número de vidas de BL/ind que él se llevara… mejor.

A diferencia de él, Ushijima seguía limpio; Satori solo se maravilló al contraste entre ambos y cómo el carmesí se perdía en el color de su cabello. Ahí afuera, era fácil comprobar la diferencia entre su fuerza, velocidad e instintos en comparación con los demás humanos. Tenerlo como conejillo de indias finalmente había terminado por morder a BL/ind en el trasero.

Llegaron hasta las escaleras y las subieron de tres en tres; hasta que llegaron al vestíbulo del edificio. Tendou solamente podía pensar en la primera comida verdadera que se pondría en su boca; ¿sería zorro del desierto? ¿O tal vez una sopa instantánea? ¿Duraznos confitados?

Antes que pudiera imaginar más opciones, Wakatoshi terminó por detenerse, estiró su brazo deteniendo a Satori en sus pistas.

Levantó su mirada y se encontró con el último obstáculo entre su libertad y él.

Sólo se podía apreciar su silueta, debido al contraste de la brillante luz del sol y de la oscuridad del vestíbulo; no obstante, podía saber de quién se trataba al ver el cabello y los rizos que se formaban por sus orejas; y la larga levita que llegaba hasta sus rodillas.

El dictador.

—Wakatoshi —llamó Tendou.

—Dime.

—Tu compañía siempre fue bienvenida en esta pocilga del infierno… hizo mi vida un poco más soportable.

—La tuya también.

Le miró por última vez y le sonrió; Ushijima lo veía con su rostro impasible de siempre, pero Satori se convenció que había divisado una pequeña sonrisa en sus severas facciones.

Como si estuvieran conectados por sus pensamientos, ambos emprendieron carrera contra Oikawa al mismo tiempo. El dictador se movió más rápido que sus ojos, y Satori solo sintió el hueso de su antebrazo romperse ante la fuerza de su oponente; sin embargo, no gritó. Al mismo tiempo pudo observar como tomaba a Wakatoshi de su cuello y lo arrojaba hasta el techo del edificio, su cuerpo atravesó el piso de arriba.

Arrojó a Tendou hacia a un lado; directo al escritorio de metal del vestíbulo. Cayó sobre su espalda y sintió cómo el aire fue expulsado de sus pulmones, pero antes que pudiera respirar otra vez, Oikawa ya estaba frente a él, mirándolo hacia abajo.

Al final, ellos jamás tuvieron oportunidad contra él y Satori jamás tuvo oportunidad de volver a ver a Semi.

Era desastroso.

Era inútil.

Era gracioso.

Así que Tendou se comenzó a reír.

El dictador se miraba irritado ante eso, atrapó su brazo quebrado entre su mano y lo giró, torciendo el hueso roto hasta reducirlo a añicos. Satori, sin embargo, solo podía reírse ante la ridícula esperanza que había tenido de alguna vez escapar de ese infierno. El hueso salió de su piel y su sangre comenzó a mezclarse con las manchas que antes tenía.

Terminó por perder el conocimiento, quizás por el dolor o por el pobre estado de su cerebro.

Recobró la consciencia, pero se sentía drogado, sus ojos no se enfocaban en un punto en concreto. Estaba acostado y su alrededor… parecía un quirófano; reconoció a Ushijima acostado en una camilla de hospital, tenía algunos dispositivos adheridos en su rostro, que medían los pulsos eléctricos del cerebro. Cuando él se movió, notó que también tenía en su cabeza.

—Es la última vez que ellos dos me causan problemas —de inmediato reconoció la voz de Oikawa. El dictador estaba cerca de la puerta del quirófano, sin embargo no estaba vestido como los demás cirujanos. Su voz se escuchaba como si estuviera entre algodones.

—¿Cambiamos el proceso de conversión de los prototipos de S.C.A.R.E.C.R.O.W.? —preguntó uno de los científicos.

—Sí. Es mejor que no mantengan pensamientos —condenó con palabras de hielo el dictador.

Cada segundo Tendou sentía recobrar más sus fuerzas, intentó mover su brazo y para su sorpresa no estaba roto; había pasado lo mismo con la herida de su frente. Intentó moverse un poco más, pero… algo en su cuerpo no estaba bien…

Movió su otro brazo… pero… no podía.

Con lentitud movió su rostro para inspeccionar su cuerpo y la realización lo dejó congelado: Su otro brazo había sido cortado hasta su codo.

Empezó a temblar, todo su cuerpo comenzó a moverse en espasmos cortados, como si convulsionara. Su brazo… ¡Su brazo! ¡Le habían cortado su brazo! Un resoplido salió de su boca y entonces comenzó a reírse a carcajadas.

—Frían sus cerebros —ordenó Oikawa—, con electricidad y con fármacos.

—¡Wakatoshi! —gritó Satori entre risas, antes que los científicos comenzaran a aplicarle un extraño brebaje a su vía intravenosa. Ushijima no contestó, pero Tendou sabía que estaba escuchando—. ¡Chico maravilla Wakatoshi!

Se sorprendió al ver a Semi detrás de los científicos, mirándolo con la misma mezcla de desaprobación y cariño. Satori solo quería halar sus orejas para ganarse un regaño del chico lindo. El quirófano desapareció en un instante, al mismo momento que escuchó el zumbido en sus oídos.

—¡Puedo verlo, Wakatoshi! —gritó, sin estar seguro de que Ushijima lo escuchaba—. ¡Puedo ver el futuro! —comenzó a carcajearse—. ¡Soy libre! —se rio— ¡Soy libre!

A su lado Ushijima había comenzado a convulsionar.

—¡Semi! —llamó, Eita le sonrió de regreso—. ¡Semi, finalmente estamos reunidos!

Se siguió riendo hasta que perdió los últimos fragmentos de sanidad que le quedaban.


Iwaizumi no tardó mucho en ser tirado de su brazo, pero antes de que su espalda azotara la pared, sus instintos intervinieron y sujetó la muñeca de quién lo había sorprendido. Hajime golpeó el cuerpo contra la pared y se sorprendió al notar que se trataba de Hanamaki.

Soltó a su amigo y lo miró inquisitivo.

—Tú, yo, en el techo del edificio ahora —Takahiro siseó las palabras y se marchó.

Guardaron un intervalo de algunos minutos para asegurarse de no levantar sospechas, pero Iwaizumi podía hacerse una idea de lo que quería hablar Hanamaki. Sujetó su espada en su costado y se decidió a encontrarlo.

—Sé lo que estás planeando —aseguró Takahiro, dándole la espalda mientras miraba el panorama de los altos edificios plomizos.

—No sé de lo que estás hablando —negó, sin embargo empuñó el pomo de su espada; ahí arriba no habían cámaras e Iwaizumi siempre había sido más rápido que Hanamaki.

Si estaba dispuesto a acabar con Oikawa, hacerlo con Takahiro estaba dado por hecho.

—Quiero participar —admitió Hanamaki, parando a Iwaizumi antes que desenfundara su espada—. No puedes hacer esto solo.

—¿Por qué debería confiar en ti?

—El sólo hecho que me hagas esa pregunta demuestra lo mal que nos encontramos —señaló, sonriendo con amargura—. Iwaizumi… ya hemos cumplido con nuestro tiempo en la tierra.

Tenía razón y Hajime lo sabía. Hanamaki siempre fue el más humano de los tres, quizás porque una parte de su corazón murió el mismo día que Matsukawa.

—No puedes hacer esto solo —continuó Takahiro—. Oikawa… Las guerras de Helio… Better Living… todo esto es nuestra responsabilidad. De nadie más.

—No lo planeaba hacer solo, Destroya será mi refuerzo.

Hanamaki hizo una mueca que Iwaizumi no comprendió.

—Nosotros tres creamos esto, y nosotros tres debemos acabarlo. Kageyama… fue solo una consecuencia.

—No hay otra opción, si queremos acabar con esto —estableció el caballero blanco.

—Aun así… no podemos involucrar a ese pequeño androide a una guerra que no le corresponde.

—Ya viste lo que es capaz de hacer, es el único que puede hacerle frente a Oikawa y sólo con su ayuda podremos ganar.

—No me parece correcto.

—Las baterías no sangran y los robots no lloran, Hanamaki —le recordó, eran algunas de las palabras en las que basaban su ideología; servía como recordatorio de la línea que no debían cruzar—. Los androides no sienten nada.

—¿Eso piensas?

—Sí.

—Entonces tal vez tú y Oikawa se merecen al otro.

El imperio de Better Living, no obstante, estaba diseñado a la perfección y cada vez que ellos hacían progreso con Kageyama; Tooru terminaba por descubrirlo y lo reiniciaba.

Para ese entonces, la unidad S.C.A.R.E.C.R.O.W. había comenzado a ponerse en pie. Perfeccionaron los miembros artificiales adheridos a sus cuerpos y lograron obtener el control total de sus cerebros. El prototipo cero uno estaría listo en los siguientes días; el sujeto era Wakatoshi Ushijima; Pero también contaban con Satori Tendou, Osamu Miya, Atsumu Miya y Reon Ohira.

Pero luego, sucedió algo, algo que nunca estuvo dentro de los planes de Oikawa; algo sin precedente alguno; algo que Iwaizumi jamás consideró la salida pero que lo fue al final.

Los killjoys se infiltraron a la ciudad.

Y aunque sus intentos fueron aplastados por el nuevo híbrido S.C.A.R.E.C.R.O.W., una semilla fue sepultada dentro de la Ciudad Batería, que luego germinaría para cambiar la programación de Kageyama.

El cuervo Shouyou Hinata se encontró a él.

Iwaizumi borró la grabación que evidenciaba el momento que Tobio se quedó con el killjoy.

Todo se puso en marcha cuando Oikawa captó el extraño comportamiento de su querido androide; indagó más y terminó por descubrir el problemático invitado de Tobio, solo era cuestión de segundos antes que diera inicio a la caza del humano. Iwaizumi alcanzó a advertirle al pequeño androide de la tormenta que se avecinaba; también debía encontrarse con Hanamaki.

Porque sabía que ese día y ese momento, marcarían una enorme diferencia para el futuro.

—Cuando Oikawa se dé cuenta de lo que estamos haciendo, nos matará. Lo sabes, ¿verdad? —dijo Takahiro la última vez que se habían reunido.

—Sí.

—No tendrá ninguna misericordia con nosotros.

—Lo sé.

No planeaba tenerla, no después de las atrocidades de las que era responsable y de los pecados que había cometido.

—Yo guiaré a Kageyama fuera de la ciudad —decidió Hanamaki dándole la espalda, luego giró su rostro para verlo—. Así que estarás solo desde aquí —guardó silencio—. Espero que nosotros cuatro nos volvamos a encontrar, quizás en diferentes circunstancias, tal vez en otra vida —se rio.

—Buena suerte, Hanamaki —se despidió.

—No creo que eso importe mucho.

Tal como lo había dicho, Hanamaki guio a Tobio y al killjoy fuera de la ciudad; detuvo a los androides solo lo suficiente para dejarlos escapar; pero para entonces Oikawa lo descubrió. Una parte de Iwaizumi, quería encargarse de los últimos momentos de Takahiro, darle una muerte rápida y digna.

Tooru, traicionado por su amigo de hacía años, tenía otros planes para él.

Hajime sólo pudo cerrar sus ojos al ver al par de S.C.A.R.E.C.R.O.W. despedazar a Hanamaki, pieza por pieza.

Oikawa besó a su nueva creación de ese momento, el híbrido ex killjoy Koutarou Bokuto y le ordenó colgar el fresco cadáver de Hanamaki al tope del edificio de Información.

Iwaizumi, vacío y gélido hasta su corazón, no podía dejar de amarlo.

Y ahora… dispuesto a incendiar a toda la ciudad para acabar con él; Hajime había alcanzado a Oikawa al momento que estaba por vencer a Tobio, lanzó su espada, y cortó su mano; tomándolo desprevenido. La guerra rugía en toda la ciudad, rebeldes corrían en sus calles, los edificios caían por la hora y, ahora… solo existía el blanco y el negro.

Tooru, levantó sus ojos, encontrándose con su mirada; la que hacía muchas décadas había estado llena de devoción y afecto; ahora sólo demostraba desafío. Hajime había escogido su lado y ahora ambos sólo serían un par de amantes atados a su destino.

Nunca hubo otra manera de terminar las cosas, él nunca tuvo otra opción.

—Oikawa —llamó—, yo seré tu oponente.

'Vamos, cariño' pensó, acercándose cada vez más a su amigo de la infancia, al dueño de su corazón palpitante.

'Muéstrame tú hermosa ira'.


Espero que les haya gustado, debo decir que disfruté muchísimo escribiendo el POV de Tendou, espero que hayan disfrutado la pequeña sorpresa. Pero de esa manera, pueden ver o imaginar la situación diferente de cómo cada S.C.A.R.E.C.R.O.W. llegó a ser.

¡Ahora sí, el siguiente capítulo reanudará donde quedó la guerra entre BL/ind y los Killjoys en el presente!

Nos leemos luego~