¡Feliz viernes!
Estoy feliz de verlos por aquí :D
Lamento la tardanza, pero me tomé mi tiempo en escribir, hasta que estuve más o menos conforme con el resultado. Espero que les guste.
Un anuncio sumamente especial: ¡ESTOY ORGANIZANDO UN GIVEAWAY DE LOS CHICOS DEL AYER! Así es, como celebración que el fic cumplió su segundo año, una amiga me ha ayudado para hacerlo especial. Como premio, pueden recibir stickers de los S.C.A.R.E.C.R.O.W. Tendou y Ushijima. Todos pueden participar, lo he anunciado en Facebook; lo único que tienen que hacer es contestar tres preguntas y ¡están adentro!
El giveaway se cierra el martes 13 y el ganador será anunciado el 14.
Pueden buscarme en Facebook, estoy como Nolee Vel.
El título del fic de hoy es una canción que le pertenece a Muse, ¡es mi obsesión por el momento! Escúchenla, es perfecta.
Gracias a mi beta Ren, por siempre ayudarme a corregir el capítulo.
¡Espero que les guste!
»Nombres de killjoys:
Ceniza Radiante: Koushi Sugawara.
Histeria: Keiji Akaashi.
Ala Revólver: KoutarouBokuto.
Sol Inferno: Shouyou Hinata.
Pantera Anfetamina: Tetsurou Kuroo.
Sombra Brillante: Kenma Kozume.
Chispa Neón: Yuu Nishinoya.
Terror Ruidoso: Ryuunosuke Tanaka.
Silencio Infeccioso: Ennoshita Chikara.
Ácido Lunar: Kei Tsukishima.
Amanecer Tóxico: Asahi Azumane
Dulce Voraz: Shimizu Kyoko.
Cianuro Carmesí: Morisuke Yaku.
Volumen Vibrante: Saeko Tanaka.
Sonido Detonador: Hisashi Kinoshita.
Tommy Chow Mein: Yasufumi Nekomata.
Choque Binario: Tobio Kageyama.
Fauces de Hierro: Kenji Futakuchi.
Rugido Helado: Lev Haiba. «
Dig Down
Koutarou ya se había movilizado más adentro de la ciudad, el híbrido de lunares en su frente les daba poco espacio para descansar y era peor cuando hacía un ciclón de espinas. Aone golpeó sus puños como desafío frente al S.C.A.R.E.C.R.O.W. antes de volverlo a atacar, encendiendo la energía dirigida. Los guantes parecían contener una pequeña lumbrera, un candil lleno de poder cegador.
—¡Revólver! —llamó Asahi antes que él pudiera unirse al de chico sin cejas—. ¡Mira eso!
Bokuto dirigió sus ojos hacia donde el mecánico le había señalado y notó una silueta comenzar a caer desde una ventana de los pisos más altos, provenientes de uno de los edificios a punto de colapsar. No importaba si se tratara de un ciudadano de Ciudad Batería, o un androide; él era un killjoy y no dejaría morir a nadie.
Ala Revólver se apresuró, acercándose al cuerpo en caída libre y se impulsó con todas sus mejoradas fuerzas. Saltó varios metros en el aire, calculando el momento en que la persona caería en sus brazos; con facilidad Koutarou lo logró atrapar, rescatando al ciudadano.
Para su sorpresa no se trataba de uno.
—¡¿Lev?! —exclamó, teniendo al excéntrico chico con cabello plomizo en sus brazos.
—¡Me salvaste! —gritó, Koutarou notó la palidez de su piel, como si hubiera visto a la mismísima muerte cara a cara, y a juzgar de su caída desde tantos pisos, probablemente lo había hecho.
Llegaron al suelo y depositó al chico alto y ruso sobre sus pies.
—¿Cómo llegaste a…?
El S.C.A.R.E.C.R.O.W. con piernas de bestia cayó encima de él, aplastando su cabeza con su pierna metálica, enterrando su rostro en el pavimento. El killjoy mitad híbrido sintió la grava roer su pómulo, pero no se rompió nada; al menos ahora era un cabeza dura. Akaashi siempre se lo había dicho, pero ahora lo era en el sentido más literal. Sus huesos eran más resistentes, sus músculos más fuertes, eso lo colocaba al mismo nivel que todos sus «hermanos» ciborg.
Escuchó un crujido amortiguado que captó la atención del ciborg encima de él; cuando Koutarou miró hacia arriba vio al delgaducho chico, con cabello como ceniza, con una tabla rota en sus manos. Había intentado golpear al S.C.A.R.E.C.R.O.W. con el pedazo de escombro.
No había tenido éxito, pero al menos el ciborg había bajado su guardia por el inesperado, y francamente patético, golpe. Bokuto apuntó con su metralleta y descargó la furiosa lluvia de balas desde el suelo; el híbrido chilló, un extraño y metálico sonido, como interferencia en ondas de radio y saltó hacia atrás. Para entonces Aone cargó hacia él y hundió sus dos puños revestidos con los guantes de hierro; produjo un golpe sordo, seguido por un haz de luz que propulsó al enemigo varios metros lejos.
Eso le permitió a Koutarou tener unos segundos de paz y reorganizar sus pensamientos –aunque seguía atento a cualquier ruido del otro S.C.A.R.E.C.R.O.W. con brazos desmedidos–.
—¡Hombre, no tienes idea lo que acaba de pasarme! —exaltó Lev—. ¡Oikawa, hombre! ¡Oikawa! Yo estaba ahí, en los pisos subterráneos del edificio cuando…
—Hermano, quiero escucharte, en serio que quiero —interrumpió Bokuto, mirando a todos lados; un draculoide llegó a su lado y él golpeó su rostro quebrando su nariz—. Pero necesito que vayas al edificio llamado «El Tubo».
—Oh —Lev lucía herido, la historia que acababa de vivir debía ser genial, pero Revólver solo podía pensar en una cosa en ese momento—. Sí, ¡sabes! Tienes razón, estamos en medio de una guerra.
—Ve al edificio y ayuda a Akaashi; confío que él es mortífero, pero nunca está de más contar con dos manos extras. ¿Puedes hacer eso? Yo iría, pero…
Recibió un golpe directo al pecho, la fuerza fue tanta que lo terminó por arrojar una pared de concreto; muy tarde notó que el S.C.A.R.E.C.R.O.W. de tez morena se había colado sin alertarlo. Escuchó el disparo de una escopeta, el proyectil impactó en la pierna del híbrido; Koutarou notó que Asahi lo había ayudado.
Lev estaba muy fuera de lugar.
—Chico, todos tenemos papeles qué jugar en esta guerra —le urgió a la joven abeja.
—¡Sí! ¡Claro! ¡Edificio de ajustes de pensamiento! ¡El Tubo! —se decidió—. ¡Ayudar a Histeria! ¡Entiendo!
Lev emprendió trote hacia el lugar; Bokuto solo esperaba que Akaashi estuviera bien.
—¡Cuidado! —gritó Asahi.
Sin pensar en otra cosa, Bokuto pegó su espalda detrás de un edificio al momento que escuchó miles de espinas agujerear la pared. Ellos tres habían encontrado un ritmo para no morir ahí; Koutarou tomó más balas y cargó su metralleta, listo para una nueva ronda.
Escuchó un zumbido eléctrico a su derecha, algo se acercaba a su rostro con velocidad.
Justo a tiempo se movió del impacto; una hoja metálica compuesta por electricidad se hundió dentro del concreto. Como un cuchillo cortando margarina se deslizó derritiendo todo lo que tocaba. Con sus instintos alertas, Bokuto dio un salto hacia atrás para ver al nuevo contrincante.
Tenía cabello cobrizo y una mirada serena, desatascó su guadaña de la pared con demasiada facilidad. Koutarou notó que la hoja era electricidad pura recorriendo la punta del arma, podía derretir y cortar todo a su paso.
—Tú eres el S.C.A.R.E.C.R.O.W. revoltoso que se niega a obedecer —comprendió; Bokuto se tensó—. Mi nombre es Taichi Kawanishi —se presentó con tranquilidad, detrás de ello explotó una bomba; pero el contrincante frente a él no se perturbó en lo absoluto.
—Ala Revólver —devolvió, no estaba tan demente como para decirle su verdadero nombre, además no importaba. Todos en BL/ind sabían quién era él, sus sueños, sus pensamientos, sus miedos y los terrores que lo mantenían despierto en las noches.
—Gusto en conocerte —dijo el enemigo, haciendo una pequeña reverencia de cortesía.
La extraña actitud del chico lo dejó un poco confundido, era cortés y frío; pero eso solo volvía más peligroso, ¿no?
Kawanishi giró la guadaña en sus dedos y lo volvió a atacar; apenas logró esquivar el filo recubierto por fuertes cargas de electricidad. ¿Los enemigos nunca pararían de venir?
Escuchó un disparo y en el mismo segundo Kawanishi esquivó el proyectil dirigido hacia él. Koutarou miró de dónde había provenido la bala y se encontró con el refuerzo que necesitaban: Semi estaba colgado de una cuerda en un edificio, tenía sus gafas de protección y la gruesa capucha caía sobre su cabeza; apuntaba hacia Taichi con una escopeta.
Kawanishi chasqueó su lengua con molestia y silbó.
Casi de inmediato el S.C.A.R.E.C.R.O.W. de tez morena y cabello rapado golpeó los cimientos del rascacielos donde Eita estaba sujeto. Semi se lanzó al aire y, rodando una vez, cayó al suelo. Bokuto escuchó el crepitar de electricidad de la guadaña de Kawanishi y se movió a un lado, esquivando la certera lesión por un segundo.
Eita escaló otro edificio, saltando y aferrándose a los resquicios entre los ladrillos y cemento apilados; como si hubiera nacido para eso, como si fuera una maldita araña.
Bokuto levantó su mirada porque un extraño chasquido retumbó en sus oídos, gutural y barítono, una bestia durmiente que alguien había despertado. Lo que sus ojos notaron lo dejaron petrificado, aun así, se obligó a gritar.
—¡El edificio está colapsando!
Ya que, el rascacielos torcido del cual Lev había caído estaba comenzando a caer sin reservas y sin aviso. Justo encima de ellos. Tanto killjoys, como abejas y el peligroso Taichi, siguieron sus palabras y se movieron antes que fueran soterrados por toneladas de escombros.
Revólver se alejó lo más que pudo del epicentro del desastre, sin embargo, el peso del edificio era tanto que terminó por hundir una buena parte de la calle asfaltada. La tierra se sacudió, el sonido fue más ensordecedor que cualquier cañón disparando, que cualquier bomba nuclear explotando.
Ahí, en el campo de batalla no tendría ni un segundo para recuperar el aliento, el S.C.A.R.E.C.R.O.W. con los lunares en su frente lo atrapó contra la pared; hundió sus aberrantes piernas en el muro del edificio, inmovilizándolo en el lugar. Detrás de él, le pareció reconocer a Kageyama, sus ojos intercambiaron miradas, un segundo después fue lanzado lejos cuando Oikawa pateó con una fuerza inmensurable su cabeza.
No quería ser Choque Binario en ese momento.
Dirigió su atención al híbrido y pensó en reformular su tren de pensamientos.
Los ojos dispares se enfocaron en él, su mano metálica estaba atrapada debajo de las garras del híbrido; Bokuto sintió una de sus espinas perforarlo. No era dolor, solo un sentimiento de entumecimiento, como cuando intentaba deshacerse de ese hormigueo después de mantener una pierna en una posición extraña por tanto tiempo. El híbrido se acercó más, pero Revólver sacó un cuchillo de su cinturón; lo clavó en su cuello antes de otro latido.
No pensó en más y golpeó con su cabeza la frente del S.C.A.R.E.C.R.O.W. Ambos estaban hechos del mismo material, su oponente chilló y disparó espinas. Revólver se cubrió con su mano metálica, sin embargo, cayó al suelo cuando sintió que una había rozado su hombro.
Cargó su arma otra vez y disparó.
Akaashi ralentizaba su respiración, el oxígeno entraba por su nariz y salía por su boca, no más fuerte que un murmullo. Debía mantenerse en silencio, desde hacía tres bloques había notado a alguien siguiéndolo así que se había escabullido hasta esconderse. En un callejón, detrás de un basurero industrial oxidado.
Mantuvo su mirada a la calle principal y apuntó con su glock, esperaba que su acechador caminara para dispararle sin hacer mucho alboroto.
Comenzó a ver la silueta acercarse por la calle, tambaleándose de lado a otro, seguramente buscándolo. Miró su pie y acarició el gatillo del arma con la yema de su dedo.
Cuando notó el cabello como ceniza, retiró su falange.
—¿Lev? —preguntó, confundido.
—¡Akaashi, ahí estás! ¡Pensé que te había perdido!
—No puedes hacer eso, ¿sabes? Caminar como si sigues en la Colmena —dejó fuera el hecho que Histeria casi lo terminaba asesinando.
—¡He venido a ayudarte! Debemos darnos prisa y llegar al Tubo.
Akaashi apretó sus labios en una fina y recta línea mientras mordía su carrillo internamente. Frunciendo sus cejas por cansancio, porque, demonios, la única razón por la que estaban ahí parados perdiendo el tiempo era por la culpa de Rugido Helado.
—De acuerdo, vamos —dijo en su lugar.
El Tubo, seguía intacto y ellos entraron con armas ardiendo, no había muchos policías ahí adentro; parecía que habían sido enviados a enfrentarse a los killjoys en las calles principales… o… lo que fuera se encontraba ahí adentro no necesitaba policías ni androides para defenderse.
Akaashi por su lado, aunque quería ser el único responsable de acabar con el ajustador de pensamientos, aceptaba la ayuda de Haiba.
En cuanto habían puesto un pie dentro de la estancia, había notado la temperatura; ahí adentro subía muchos grados. Similar a la superficie del desierto justo al medio día, pero a diferencia del árido páramo, el calor de ahí adentro era húmedo. Hacía que Keiji se le dificultara respirar; Lev y él no habían alcanzado el primer piso y su frente ya se perlaba de imperdonables gotas de sudor.
—Siento que me derrito —comentó el peculiar gigante.
Akaashi levantó un dedo y lo llevó a sus labios, indicándole que guardara silencio; Lev lo comprendió inmediatamente y cerró la boca.
Entraron a lo que parecía una mezcla entre un ala médica y una cárcel de máxima seguridad. Las paredes eran blancas y estériles, pero eran interrumpidas por una serie de puertas metálicas a ambos lados del pasillo, todas tenían una ventanilla de vidrio esmerilado y una compuerta; seguramente donde les alcanzaban sus míseros alimentos.
Iban caminando lado a lado, Keiji miraba de reojo cada ventanilla; por si en alguno se encontraba algún enemigo, sin embargo, solo eran personas vestidas con una bata de hospital; algunos estaban atados a la cama; otros golpeaban la puerta al escuchar los estallidos de la guerra afuera, y otros, simplemente estaban acurrucados en una esquina, lo más lejos que podían de la puerta, temblando como hojas marchitas en el viento.
Intentó no pensarlo, por la Bruja que lo intentó; pero el hecho era que no hace tanto tiempo Bokuto estuvo ahí adentro. Las lágrimas se habían acabado y en su corazón, la inmensa y oscura tristeza había sido reemplazada por una ardiente ira, carmín como la sangre. Que solo aumentaba al imaginar los gritos de su amado, llorando y clamando su nombre sin posibilidad de ser rescatado.
—Este sitio me pone la piel de gallina —comentó Lev, parecía que era alérgico al silencio.
Sin embargo, no estaba en Akaashi ser malo con él.
—Apuesto que no eres el único aquí que lo cree —dijo, mirando dentro de otra habitación, una pequeña niña lloraba.
Debía sacar a todas esas personas de ahí, pero primero estaba el infame ajustador de pensamientos.
Siguiendo la cadena de puertas en el pasillo que parecía interminable llegaron hasta el fondo, en donde estaba una puerta blindada; a su lado, un bloc de números indicaba que necesitarían de cualquier código para pasar. En el dintel de la entrada se leía: Lealtad, Pureza y Pulcritud.
—¿Hemos llegado a un callejón sin salida? —pensó Akaashi en voz alta.
—¡Ah, no necesariamente! —Haiba se enderezó mientras sonreía—. Kenma ya debe haber entrado a la red de Better Living —diciendo las palabras, se acercó a la puerta y conectó un pequeño canal a un puerto en el bloc.
Keiji todavía lo miraba con una mezcla diversión y curiosidad; mientras el chico medio ruso hacía volar sus dedos con velocidad en un teclado, escribiendo códigos y comandos de los que él no tenía idea qué podrían significar. La luz roja del bloc parpadeó, convirtiéndose de color verde y escucharon un agudo timbrar, indicando que el seguro se había levantado.
—Después de ti, Histeria —dijo Lev con diplomacia.
—Nunca te tomé por un caballero —regresó Akaashi.
—Sí… eso… soy un caballero —comenzó inseguro—, no tiene nada que ver que tenga miedo qué lo que esté detrás de la puerta pueda atacarme y morir primero —aseguró.
El pelinegro suspiró, al menos Rugido tenía un mayor instinto de supervivencia que Revólver. Abrió la compuerta de hierro con lentitud y se dispuso a entrar.
—No te separes mucho de mí, chico —advirtió al más joven.
Adentro del laboratorio, parecía un horno.
El calor era más insoportable que antes y más húmedo también; pero no tenía sentido, Akaashi recopiló toda la información que pudo del Tubo y del ajustador de pensamientos antes de ir y enfrentarlo. Bokuto jamás habló de la candente temperatura, todo lo contrario, Koutarou siempre hablaba de lo frío que sentían sus huesos, lo glacial que sentía su alma.
Tenía solo una glock en su mano, lo que hacía cuando no estaba en medio de un enfrentamiento, pero de inmediato sacó la otra. Miró para atrás y le hizo algunas señales al chico de La Colmena, que no se atrasara demasiado y que no hiciera movimientos repentinos. Era un poco difícil ver ahí adentro, las luces estaban apagadas y solo podía discernir siluetas grandes y estáticas.
—Keiji Akaashi —escucharon una voz provenir de las paredes—, conocido por los rebeldes como «Histeria».
Como señal las luces se encendieron, fluorescentes y cegadoras, una gigante lámpara quirúrgica estaba adherida al techo, en medio de la instancia, y otras más pequeñas, pero igual de potentes distribuidas a su lado. No hacían nada por menguar la ardiente temperatura, Akaashi sintió de inmediato como desde toda su piel comenzaban a bajar pequeños riachuelos de sudor. Una camilla blanca yacía en medio de la habitación.
Él siempre se imaginó el lugar como una burda cámara de torturas, con suelo de tierra, paredes de ladrillos desgastados, lazos, cuchillos y látigos colgados en la pared; suelo lleno de sangre, órganos y suciedad. En lugar de eso, era solo un quirófano, limpio y esterilizado. Con cuidado Keiji comenzó a caminar; notó en una mesa, varios instrumentos: bisturíes, agujas, espinas metálicas y sierras. Su sangre comenzó a hervir. Debajo de la camilla, estaba lo que parecía una pequeña rejilla metálica, la entrada de una cloaca.
La pieza se erguía hacia arriba, creando diferentes niveles para acomodar butacas; como si fuera un teatro y la camilla de hospital, era la exhibición principal. Histeria tragó la bilis que se había formado del asco que sentía.
—Por un momento pensé que Koutarou mostraría su rostro aquí, para tomar una especie de venganza melodramática —la voz dijo nuevamente.
—Créeme, él está demasiado ocupado destruyendo tus S.C.A.R.E.C.R.O.W. allá afuera —regresó, siseando con ira—, ahora hazme un favor y muestra tu rostro, ¿o le tienes demasiado miedo a una cucaracha del desierto?
Histeria movía sus ojos por toda la instancia, pero no parecía tener otra compañía aparte del gigante de ojos esmeraldas. Limpió el sudor de su frente con la manga de su camisa, antes que las saladas gotas llegaran a sus ojos; si el bufón no planeaba en salir, entonces Akaashi quemaría todo el edificio con él adentro.
—Mmm, Keiji —lo llamó, la voz siniestra sólo le causó escalofríos—, siempre he encontrado la belleza en los lugares más recónditos, en las proezas más retorcidas de la humanidad.
Histeria se giró para explorar el terreno detrás de él, sin embargo, arriba del quirófano lo único que se encontraba eran las butacas vacías. Lev miraba al otro lado, guardando su espalda por cualquier movimiento o aparición del enfermizo hombre.
—Suguru Daishou, he venido hasta aquí, pero puedes tomar esta oportunidad, no tienes porqué salir lastimado; entrégate y encara los castigos de los crímenes que has hecho. Tendrás un juicio justo —recitó Akaashi, las palabras que Tsukishima le había pedido decir.
—La verdadera belleza no está a primera vista —continuó por el altavoz, ignorándolo—. En las antiguas escrituras prohibidas contaban grandes y temibles historias de «Medusa» una criatura telúrica, mitad serpiente, mitad doncella. Tan vil que transformaría a cualquier hombre que la mirara al rostro en estatuas de piedra.
Akaashi se estaba cansando del episodio, pero no dijo nada; su atención seguía en sus alrededores. Lev, por el otro lado, miraba al techo, donde provenía la voz, engullido por el relato. Keiji suponía que era una desventaja de tener un cerebro tan hambriento por saber más, apostaba que Rugido jamás había escuchado del relato.
—Yo estoy completamente en desacuerdo —siguió Suguru—, ¿fea? Las representaciones en escudos y vasijas antiguas siempre me parecieron hermosas. Siempre la encontré exquisita.
Cuando terminó de pronunciar la última silaba, fue seguido de un siseo, tan ruidoso que parecía provenir desde el interior de sus oídos. Keiji intentó mantenerse inamovible, escaneando las butacas, el quirófano, la pequeña cloaca; después de unos segundos escuchó el furioso resonar de un cascabel.
—Mierda, mierda, mierda, mierda, mierda… —comenzó a rezar Lev a su lado, lleno de temor, sus ojos verdes y salvajes veían un punto arriba en las sillas—, mierda, mierda, mierda…
Tragó grueso cuando notó el gigante cuerpo de una serpiente, deslizándose hacia abajo, haciéndose camino sin parar; de las bocinas, escucharon la risa del ajustador de pensamientos.
Akaashi disparó primero, sin aviso, sin esperar que la bestia avanzara más. La gigante boa seguía deslizándose, acercándose cada vez más; volvió a disparar y entonces la serpiente se enfureció.
La criatura sacó su cabeza, irguiéndose para sisear con ira, cansada de recibir los disparos; Keiji y Lev finalmente vieron toda su parte superior y se paralizaron. Su… rostro, era el de un humano… una mujer; tenía escamas que llegaban hasta su frente, pómulos y cuello, de un verde como grama mezclado con detalles amarillos; formaba una especia de rombo amarillo en su vientre.
Las escamas llegaban hasta la porción exterior de sus pechos; tenía brazos, pero no piernas. Sus ojos estaban a la lejanía, pero claramente no eran humanos, tan afilados como dagas, su pupila era como la de un réptil, pero a diferencia de la comparación que Daishou había hecho su cabello era el de un humano; castaño y hacia atrás, llegaba hasta sus hombros.
El monstruo volvió a sisear, estirando la comisura de sus labios para perfilar dos caninos a cada lado, largos y puntiagudos; conservaba ambas manos, estaban llenas de escamas del mismo color y en la punta de sus falanges se extendían garras tan largas como un balín de una magnum .300.
—¡Mierda, mierda, mierda! —Gritó Lev—. ¡Solo la hemos hecho enojar!
—Mi amada Mika se encargará de ustedes, ella es toda una dama; pero se emociona de vez en cuando, verán… su bocadillo favorito son cuervos del desierto.
«Mika» rodó sus ojos hacia atrás y abrió las fauces; ambos killjoys escucharon el enfermizo chasquido que hizo su mandíbula cuando se luxó voluntariamente de sus cavidades, abrió sus fauces y la piel de sus mejillas comenzó a romperse, dejando ver otro tipo de epitelio más elástico y fino; su boca comenzó a abrirse el doble, luego el triple. Su lengua cayó colgando, y con ella gruesas y largas gotas de saliva, el apéndice rosa terminaba bifurcado.
—Lev, huye.
Akaashi le volvió a disparar; la aberración reflectó el proyectil con el cascabel al final de su cola; siseó, preparándose para atacar.
—¿Eh? —preguntó el de cabello plomizo sin despegar sus ojos de la creación de Daishou.
—¡Huye! —gritó Akaashi, emprendiendo carrera.
Tomó la muñeca de Lev y la sujetó con todas sus fuerzas, arrastrando su titánico cuerpo con él; obligándolo a correr. Akaashi salió por la puerta que habían abierto hacía algunos minutos, le tomó de toda su fuerza de voluntad para no mirar atrás cuando escuchó y sintió la leve vibración; el inmensurable cuerpo de la serpiente mitad humana cayó hasta el quirófano y comenzó a arrastrarse detrás de ellos.
Lev seguía rezando, suplicando, palabras sin sentidos a su lado; pudo entender un: «Esto no está pasando, Esto no está pasando. Nunca debí comenzar a hacer armas. Alisa perdóname. Esto no hubiera pasado si me quedaba viviendo en paz en La Colmena. Bruja Fénix, sálvame.» Rugido chilló cuando se escuchó el sonoro estruendo de metal haciéndose añicos cuando Mika destruyó la puerta con facilidad. Keiji giró su rostro hacia atrás por un segundo y vio como el cuerpo de la serpiente se seguía deslizando hacia ellos.
Era su primera vez siendo testigo de un maldito monstruo sacado de leyendas griegas, pero a diferencia de la joven abeja, él sabía cómo reagruparse de inmediato… o al menos aparentarlo. El húmedo e intolerable calor solo cargaba más el pasillo; Akaashi y Lev doblaron una esquina, Histeria miró sobre su hombro para hablar con el excéntrico genio.
—Lev, estoy a punto de soltar tu mano, ¿estarás bien?
—¡Vi a esos S.C.A.R.E…. C.R.O.W.! ¡Vi… a Oikawa a unos centímetros! ¡Pero nada… ha sido tan horrible… como ese monstruo!
Como señal, la serpiente gigante volvió a sisear, Lev chilló.
—Ahora sé… por qué los killjoys… mueren jóvenes —jadeó Rugido Helado—. He vivido tantas emociones hoy… no me extrañaría que mi corazón parara en cualquier momento…
Akaashi no sabía si reírse, bufar u ofenderse por la facilidad que hablaba de las muertes de tantos hermanos; sin embargo, le pareció ridículo molestarse por nimiedades como esa cuando estaban huyendo de lo que tenía que ser una quimera de proporciones apocalípticas.
—Rugido, necesito que sigas corriendo cuando suelte tu mano —urgió—. ¿Puedes hacerlo?
—Vamos a morir, vamos a morir, vamos a morir…
—¡¿Puedes hacerlo?! —gritó Histeria.
—S-sí… ¡Sí!
Keiji desenrolló sus dedos de la huesuda muñeca de Haiba; afortunadamente Rugido siguió su paso sin vacilar; pero no durarían por mucho, el pasillo terminaba en algunos metros más de distancia; Akaashi notó en menos de un segundo una puerta de las celdas abiertas y entraron sin pensarlo.
Escucharon el golpe sordo del cuerpo de la serpiente golpear contra la pared, se acercaba como si fuera un tren sin frenos.
—¡¿Por qué nos metimos aquí?! —lloró Lev—. ¡Estamos atrapados!
—Shh —calló Akaashi, abriendo el cargador de su glock, sacó rápidamente el cartucho de balas y la cambió por uno nuevo.
Con precisión volvió a cerrar el cargador y de inmediato sintió el vibrar del nuevo cartucho, la pistola brilló por los resquicios que tenía a los lados y encima; como si también contara con un núcleo. Escucharon otro siseo y Keiji haló la corredera, él se imaginó el proyectil siendo cargado a la recámara.
—¿Cuentas con armas? —le preguntó al chico alto.
Lev lo miró todavía con la boca abierta y muerto del miedo.
—Sí, pero a la velocidad a la que la serpiente viene… a juzgar las paredes, son demasiado gruesas para que una bala la atraviese y a juzgar por el tamaño de ese… monstruo, tomará de más de una bala para que muera. Lo que significa que entrará por esa puerta, se abalanzará sobre nosotros y seguramente moriremos —dijo Lev con demasiada rapidez.
Keiji chasqueó la lengua.
—No me gustan esas probabilidades —informó.
—Es el final que tendremos, amigo —dijo muerto de miedo.
Histeria entonces disparó hacia el suelo; el piso hizo un estruendo y rápidamente comenzó a desintegrarse, corroyéndose hasta las esquinas. Creó un agujero de un metro redondo que conectaba con el piso de abajo. El pelinegro miró al chico alto y ruso, y le sonrió con perspicacia.
—Entonces solo debemos poner distancia entre nosotros.
Con la esquina vieron la parte superior y humana de Mika deslizarse y entrar en la minúscula celda. Sus fauces seguían perturbadoramente abiertas, dispuesta a devorarlos en una pieza.
Keiji se lanzó al agujero, esperando que el otro chico lo siguiera. Al caer al piso inferior, se sostuvo de una viga del techo y como él empezaba a saber quién era Lev, estiró su brazo para atraparlo antes que cayera. La serpiente se lanzó a la planta inferior y cayó con un estruendo.
Lev se sujetó a otra viga quebrada rápidamente, no parecía que pudiera sostener su peso, pero tendría que bastar. Akaashi le instruyó que hacer a continuación.
Mika estaba furiosa y lanzaba mordidas intentando alcanzarlos; era cuestión de tiempo para que llegara a ellos. Lev siguió las instrucciones de Keiji y comenzó a mover su cuerpo; siguiendo un vaivén, arrojando sus piernas hacia adelante, ignorando el crujido de la viga a punto de ceder.
Lev logró llegar al piso de arriba y le extendió su mano a Histeria.
Akaashi comenzó a hacer lo mismo, arrojando su cuerpo en un leve vaivén para acercarse al otro; sin embargo, sus pensamientos se congelaron cuando escuchó el crujido de la viga. Fue sordo y absoluto.
El metal debilitado se terminó fracturando; dejando a Keiji caer libremente directo al piso de abajo, directo a las fauces de la monstruo mitad humano, mitad serpiente.
Shouyo había logrado arrojarse hacia un lado al momento que el extraño sicario había hecho su última amenaza; el látigo metálico chocó con el pavimento y tronó. Inferno se metió al primer edificio que vio, pensó que tal vez podría perder al otro, él tenía un lugar en el que estar y no podía gastar su tiempo ahí.
Las personas caminaban fuera del establecimiento; Hinata se sentía como un pez nadando en contra de un torrente de agua. Todo el mundo escuchaba las explosiones y los estallidos sordos de edificios, estatuas y estructuras cayendo inertes.
Chocaba con hombres y mujeres, era más difícil porque formaban líneas indias que seguían, pero no dejaban ningún espacio abierto; forzaban al pequeño killjoy a hacerse camino entre el océano sin mente. Pero así sería más fácil perder a Goshiki.
O eso pensaba.
Inferno miró hacia atrás, asegurándose de la distancia que había dejado entre el chico de cabello negro y él. Se sorprendió, no obstante, cuando todas las personas se separaban de inmediato, dejando la vía libre para el sicario modificado. Hinata miró a todas partes, pensando en su siguiente movida; hasta que vino a su mente.
Dentro del edificio, sobre la cabeza del sicario colgaba una gigante lámpara, con dos bombillas largas y halógenas. Hinata le disparó dos veces, al par de cables que le sostenía; el aparato cayó haciendo un estruendo, aunque Inferno se giró antes de verlo quebrarse contra el piso; solo de esa manera perdería al peligroso pelinegro.
Entró a una amplia habitación; la luz era cegadora ahí también y los vidrios eran tan oscuros que no se diferenciaba si estaba en el primer piso o en el número veinte. Se extendían cuatro larguísimas filas uniformes de escritorios negros, ordenados perfectamente. Todos eran similares, con portátiles del mismo color, teléfonos y papeles.
Hinata recorrió la gigante oficina; guardó silencio y ocultó sus pisadas. Debía concentrarse si quería escuchar algo además del clamor y la guerra afuera en la ciudad. Antes que escuchara los pasos de Goshiki, que sabía que vendrían, comenzó a dispararle a los haces de luz que iluminaban la pieza. Un disparo para cada una, con una extraña, y quizás infantil, calidez en su pecho, pensó en Akaashi y en lo buen maestro de tiro que había sido.
Las lámparas explotaron con cada detonación y chispas saltaron al momento que la oscuridad comenzaba a reinar. Hinata aun veía luces detrás de sus parpados cuando le dio a la última y rápidamente se escondió detrás de un escritorio, sus dedos tiritaban cambiando el cartucho de proyectiles de su pistola cuando escuchó la voz del pelinegro resonar.
—Sal… sal cuervo revoltoso —podía imaginar la sonrisa socarrona del sicario—, o soplaré y soplaré… ¡y tu escondite derribaré!
La última frase sonó cuando un escritorio fue arrojado al fondo de la gigante instancia, hundiendo el ladrillo de la pared. Volvió a escuchar lo mismo, Goshiki, revisaría debajo de todos para descubrirlo, Hinata tragó y haló la corredera:
—Estoy aquí —respondió poniéndose de pie, apuntándole y de inmediato tiró del gatillo.
Antes que terminara de hacerlo, no obstante, algo golpeó su muñeca con fuerza; Hinata se encogió y notó el látigo apretando su brazo. Pensó un breve pero veloz: «Mierda» antes que sus pies se elevaran y perdiera su equilibrio; fue lanzado hacia arriba y adelante. El sicario rápidamente se acercaba a él, pero en lugar de dar con su cuerpo, Shouyou golpeó la pared y cayó sin aire al piso.
Subió una mano a su cabeza para inspeccionar que todo estuviera en una pieza; y al parecer lo estaba, pero también notó que había perdido la pistola con energía dirigida.
—Jo… ¡der! —gritó la última sílaba cuando fue halado de su pierna.
Empujó un par de escritorios cuando fue arrojado a ellos; su cabeza dolía el doble y por tres segundos no pudo respirar.
—Pensé que los cuervos volaban —se preguntó Goshiki en voz alta—, ¿por qué más les llamarían las aves de rapiña del desierto? ¿No se llaman cuervos porque aun en el desierto, nada los mata?
Hinata solo murmuró quejidos; sin embargo, las palabras de sicario eran más claras que el cielo después que el sol se levantara.
—Porque eso no le sirvió de nada al Pequeño Gigante.
Su pecho dio un extraño brinco y olvidó el dolor de su cuerpo por un instante.
—¿Qué… dijiste? —murmuró enrollando sus dedos sobre el fino piso de porcelanato, que reflejaba inmaculadamente el techo y todo sobre él.
—Las historias que contaban de ese rebelde; de cómo él era un ángel —La voz de Goshiki no se revestía con malicia—. Pensé que elevaría vuelo en algún momento… —se encogió de hombros—… al final no tenía nada especial.
Hinata apretó su puño hasta que las uñas marcaron su palma, una llama furiosa comenzó a encenderse en su pecho; ¿era cierto lo que es sicario decía? ¿Fue él quien le tendió una trampa al Pequeño Gigante? Las historias decían que se había tratado de un convoy de dracs y exterminadores; pero tenía sentido que Oikawa quisiera que todos pensaran eso, cuando el perpetrador se había tratado de un sicario modificado.
Goshiki siguió hablando.
—… y luego nos encontramos con el gran personaje del desierto, a ese que llaman «Doctor Desafiando a la Muerte».
Ahora su sangre comenzó a hervir.
—El gran locutor, tan escurridizo que siguió escupiendo sus mentiras por décadas; haciendo a Oikawa enojar. Sobrevivió las guerras de helio y pudo mantener una radiodifusora sin ser atrapado —Goshiki ladeaba su cabeza, cómo si realmente no entendiera los hechos; mirando a Hinata hacia abajo—, hasta que Taichi y yo nos topamos con él. Y luego… —pausó por un momento, dejando su guardia baja—… luego ni siquiera pudo seguirnos el paso, ni ese hombre que viajaba con él; de anteojos… ni siquiera vio la bala que le dio en su cabeza.
—¡Eres un bastardo! —vociferó Hinata, enrollando su mano en el látigo de Goshiki y tiró con todas sus fuerzas.
El sicario fue tomado desprevenido y se deslizó encima de la porcelana; esto le dio una idea, pero antes de ponerla en marcha Goshiki lo haló sin misericordia, mandándolo a volar directo al pelinegro. Fue recibido con una patada en su estómago, tan repentina que sacó todo el oxígeno de sus pulmones.
—Sólo estoy hablando la verdad —rebatió el pelinegro—, los que son más fuertes siempre estarán por encima de todos.
Esa era la mentalidad de las industrias Better Living, Hinata estaba acostumbrado a ella; estaba integrada en los cerebros y circuitos de toda la población. Se quedó inmóvil en el suelo mientras esperaba hacer su movida, Goshiki estaba jugando con él, no le dispararía, tampoco lo mataría de inmediato; eso le daba tiempo a Hinata. Aunque ésa era la mentalidad de BL/ind, la sola existencia de los killjoys y las abejas los probaba equivocados.
El Pequeño Gigante lo había demostrado, por eso Oikawa los odiaba tanto.
Y ahora era su turno de hacerlo.
Finalmente, el sicario tronó de nuevo su látigo; Hinata se contrajo de dolor cuando se enredó alrededor de su muñeca izquierda. El dolor de ser tirado fue tanto que lo dejó preguntándose si se había luxado la articulación; sin embargo, no lo pensó más de un segundo porque de ese mismo tamaño era su ventana.
Logró detenerse apoyando sus piernas en un escritorio y tomó el látigo de su muñeca con ambas manos. Se sostenía de la escribanía de madera con la punta de sus dedos y haló con todas sus fuerzas, depositando todo su peso en sus brazos. El sicario probó un poco de su medicina y fue su turno de volar hacia Hinata; Sol por su parte solo pensaba en lo afortunado que era que Goshiki pesaba como un humano normal, y no como un S.C.A.R.E.C.R.O.W.
Sacó la daga y se lanzó al siguiente segundo, encontrando al pelinegro en el camino y blandiendo su cuchilla afilada. Aunque los instintos de Goshiki eran mucho más rápidos que los suyos y lo recibió en el aire con un puñetazo en su mandíbula. Ambos salieron arrojados al suelo, Hinata veía estrellas y su boca se llenó del metálico sabor a sangre; pero en menos de un segundo se volvió a colocar de pie.
Goshiki se sostenía la mitad de su rostro con la mano, entre sus dedos se deslizaban gruesas gotas de sangre; el sicario retrocedió, parando sus ataques por completo. Hinata se mantenía tenso, listo ante cualquier movimiento.
El sicario, no obstante, no hacía ningún movimiento indicando que estaba por atacarlo. Sus piernas temblaban mientras la sangre comenzaba a manchar a lo largo su antebrazo hasta llegar como rubíes a su codo y luego caer al suelo de porcelanato. Sus ojos caoba comenzaron desde la brillante laguna enfermiza del pulcro piso hasta las rodillas de Goshiki y luego arriba.
Todo su cuerpo se estremecía entre pausados espasmos; pero no era de temor, Shouyou lo sabía, era por rabia.
Pura e incontenida rabia.
El sicario quitó la mano de su rostro y dejó ver una rajadura profunda en lo ancho de su órbita; su pupila e iris eran separados horizontalmente por la mitad por una carnicera herida que llegaba hasta su sien.
—¡Pedazo de mierda! —vociferó el sicario tan furioso que dejó escapar un pequeño quiebre en su voz—. ¡Todos ustedes morirán! ¡Yo me encargaré de matarte a ti y a todos tus hermanos! ¡A todas las personas que amas!
Goshiki se lanzó hacia él; dejando atrás todas sus vistosas armas y ataques, perdiendo su cabeza por el arrebato de su ira. Porque no era posible que un mísero cuervo, una repugnante cucaracha del desierto hubiera sido capaz de robarle la vista de un ojo.
Hinata supo que estaba en problemas cuando Goshiki lo sujetó de su camisa con fuerza sobrehumana; Inferno tuvo frente a él una de las paredes de vidrio del edificio y cerró los ojos. El inminente golpe era imposible de esquivar, fue lo último que pensó antes de recibir el golpe en su rostro, brazos, piernas, estómago y sentir el vidrio fraccionarse. Miles y miles de minúsculas agujas se ensartaron en su piel y él cayó sobre más fragmentos de cristal roto cuando golpeó el asfalto de la calle principal, boca abajo.
Se obligó a girar y quedar sobre su espalda, aun si terminó sintiendo más cristales introduciéndose en su piel; se apoyó en sus codos entre quejidos, sus brazos estaban recorridos por largos y sinuosos caminos manchados por su sangre, sabía que su rostro estaba igual; sus mejillas estaban manchadas de carmesí.
Frente a él, Goshiki lo miraba con odio y enojo, ya no se cubría la profunda hendidura de su ojo. El contraste extraño de su rostro, en donde de una de sus órbitas fluían las gotas de sangre, mientras que de la otra fluían lágrimas luminosas, solo aumentaba el temor en el joven cuervo.
La esquina de su ojo se posó sobre el enfrentamiento que pasaba en medio de la calle principal de la ciudad y la respuesta se fijó frente a él.
Si no podía ganar en fuerza, entonces ganaría de otra manera.
De un salto se volvió a poner de pie y de inmediato sus músculos tomaron su lugar, tomando una pose de defensa. Arrojó su puño hacia el rostro herido del sicario y como era de esperarse Goshiki lo esquivó, arrojó el otro a su estómago, el pelinegro lo volvió a evadir; dejó su flanco izquierdo abierto y su oponente no dudó en golpear sus costillas.
Hinata retrocedió, pero volvió a atacar, sus puños siempre fallaban y recibía un golpe con el doble de fuerza, sin embargo, solo debía mantenerse así. Pudo divisar detrás de sus párpados entrecerrados la mueca del pelinegro mientras lo seguía atacando sin misericordia.
Y entonces lo escuchó.
—¡Cuidado! —gritó Asahi.
Fue su señal para dejarse caer al suelo detrás de un automóvil, y al siguiente momento el crujir de espinas ensartándose en el pavimento, concreto, metal y piel.
Hinata solo alcanzó a ver los pies de Goshiki trastabillar en su paso; subió su mirada a la carnicera imagen del joven sicario atravesado en toda la porción derecha de su cuerpo por las espinas metálicas del S.C.A.R.E.C.R.O.W. El pelinegro lucía paralizado en el lugar, tomado por sorpresa con su propia muerte, abrió sus labios y fluyó una cascada de rojo profundo, manchando su mentón de sangre; las espinas habían atravesado su cuello.
Los ojos del sicario se enfocaron en la nada y cayó sin vida al suelo.
Hinata respiró hondo cinco veces, lo necesario para componerse otra vez; con su manga limpió lo más que pudo la sangre de las pequeñas cortadas de vidrio en su rostro y se puso de pie. Le dio una última mirada a uno de los responsables del asesinato del Pequeño Gigante y siguió su camino.
Ahora debía encontrar a Kageyama.
—I… Iwa-ch… —Oikawa murmuraba tan bajo que la única razón por la que Kageyama podía escucharlo, era porque estaba debajo de su cuerpo, atrapado—… Iwaizumi…
Su segundo al mando mantenía el mismo paso seguro, sin vacilar ni sobre pensar las cosas. Sacó un pequeño cilindro de metal de su cinturón y lo giró unas cuantas veces en su mano, pasándolo entre los dedos, hasta formar una larga lanza.
Tobio sintió el peso de Oikawa desaparecer de su pecho al momento que el dictador se ponía de pie, ignorando que estuvo a punto de matarlo hacía algunos segundos, estaba seguro de que Tooru se había olvidado de todo el asunto de inmediato. Aun así, Kageyama no lo atacó; el toro había caído en una especie de hechizo entre neblinas y si él lo tocaba, volvería a atacar.
—¿Qué estás…? ¿Qué haces aquí?
—Vengo a detenerte, Oikawa.
Kageyama se puso de pie, sin embargo, no podía alcanzar a ver la expresión del dictador. Hajime por su parte, mantenía sus ojos sosegados. Tobio no quería pensar en ponerse en sus zapatos.
—¿Detenerme? —preguntó Tooru con voz divertida.
—Yo convencí a Hanamaki de traicionarte, yo guie a Kageyama a descubrir su pasado, yo oculté a su cuervo en Ciudad Batería —Hajime enlistaba todos sus crímenes frente a Oikawa, aunque Tobio no sabía si lo hacía porque necesitaba confesar sus pecados o sólo quería que Tooru perdiera los estribos finalmente—. Yo estoy aquí para derrotarte.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó, Tobio podía escuchar la sonrisa en sus labios.
—Tu tiempo y el mío se han acabado en esta tierra.
—No, no, no, esto… esto no puede estar pasando; hay un funcionamiento defectuoso en tu programación —parecía que no hablaba con Iwaizumi; Kageyama no podía moverse sin temer por algún arrebato de Tooru.
—No soy un robot, códigos y sensores no dictaminan mi forma de pensar. Hicimos atrocidades y es hora de que paguemos por ellas.
Oikawa comenzó a caminar, sin ver a Iwaizumi, sin ver a Kageyama; su mirada encarando el suelo.
—T… t-todo… —tartamudeó el dictador, era la primera vez que Tobio lo escuchaba inseguro, con un tiritar en su voz y eso le atemorizaba como nunca nada lo había hecho antes—. Hana… Makki-chan…
No obstante, Iwaizumi siguió.
—Olvidaste a Matsukawa y olvidaste a Hanamaki —su voz se quebró—, solo es cuestión de tiempo que te olvides de mí —volvió a levantar sus paredes y sus ojos volvieron a relucir con el fuego y el empuje que había llevado a Kageyama a unirse a él—. Estoy cansado Oikawa, cansado de fingir que puedo pisar civilizaciones diferentes a la nuestra y pretender no arrepentirme de mis acciones. Estoy cansado de fingir que tú me sigues amando, de pretender que puedo seguir sintiendo alegría.
Oikawa se había alejado algunos metros, parecía que seguía susurrando palabras bajo su aliento. Iwaizumi había cerrado sus ojos, no parecía querer atacar a Tooru.
Él y Hajime tenían una misión y aunque Iwaizumi pareciera estar comprando tiempo; Tobio sabía que todos estaban arriesgando su vida en ese momento –incluyendo a Hinata– era su deber como killjoy no esperar ni un segundo más y ver como sus hermanos en armas morían.
Se arrepentiría de no utilizar ese momento, cuando Tooru tenía su guardia baja, para atacarlo. Kageyama volvió a sentir la energía recorrer su cuerpo, como magma en sus venas, sus ojos brillaron y saltó hasta desatascar la espada de Iwaizumi; en el mismo segundo, atacó al dictador, mientras le seguía dando la espalda.
Oikawa logró verlo antes que llegara, dejando su desconcierto atrás de inmediato; Kageyama se arrepintió al siguiente segundo. El dictador saltó encestándole una patada en su rostro, lanzando a Tobio a la tierra.
—¡NO! —gritó Oikawa, tan sonoro que se escuchó en todo el bloque—. Iwaizumi… estás equivocado. Estás… tienes un malfuncionamiento en tu raciocinio es todo, podemos… podemos arreglarlo. Con un ajuste de pensamientos, o reiniciándote… deshacernos de la maleza antes que contamine el jardín.
—¿Jardín? —preguntó Hajime mirando a Kageyama, urgiéndole que no intentara atacar a Oikawa, se encontraba demasiado inestable—. No me hables como a tus ovejas, algo tan simple como un «ajuste de cerebro» no borrará todas las atrocidades innombrables que hemos cometido… las naciones que hemos destruido.
—¡No estás siendo razonable! —Oikawa gritaba sin mirar a nadie, caminando y caminando, sacando matemáticas en su cerebro—. Yo puedo repararlo, yo puedo repararte…. —comenzó a murmurar—… para un mejor futuro.
—Basta —dijo Iwaizumi, en lo que le respectaba a Kageyama, demasiado tranquilo para la situación en la que se encontraba.
—No, no, Iwa-chan, tú y yo somos para siempre… sólo debo mejorarte—decidió Oikawa ignorando a Hajime—, te haré mejor.
—¿Mejorarme? ¡No puedes fabricar a la persona que amas! —vociferó.
—Lo haré mejor… te haré mejor.
—Lo sabía… —murmuró el caballero blanco con tristeza—… no entrarás en razón.
—Todo será mejor —continuó Tooru hablando para sí mismo, encerrado en su universo—, te repararé y todo será mejor… —continuó mirando el pasto y los agujeros de tierra que se habían formado en su pelea, hasta que sus ojos como chocolate fundido llegaron hasta los pies de Kageyama.
El cuerpo entero del dictador se tensó y sus ojos se oscurecieron; Tobio instintivamente retrocedió.
—¡Todo… es… tu… culpa! —Vociferó, haciendo el suelo vibrar—, Tobio, Tobio… Tobio —susurraba, acercándose más a él, ladeando su cabeza mirándolo fijamente—. Todo comienza y termina gracias… a ti.
Oikawa desapareció desde donde estaba parado sin ruido alguno, más veloz que el viento; no obstante, la mirada de Kageyama lo igualaba. Cubrió su rostro cruzando sus brazos en forma de «X» frente a él, Tooru pateó con tanta fuerza que lo hizo retroceder; arrastró sus piernas, creando dos surcos de tierra.
Tobio fue tomado por su cuello y Tooru lo levantó del piso.
—¡Todo es tu culpa! —gritó, levantó el brazo que había perdido su mano; cables se movían desde adentro del antebrazo y se unieron entre ellos, creando una palma y falanges de contingencia.
Antes que el dictador llegara a golpear su brazo Iwaizumi se interpuso entre ambos y Oikawa se detuvo.
—Iwaizumi —reverberó, su enojo visiblemente burbujeaba debajo de su piel—, muévete.
—Ya te lo dije —Iwaizumi sonrió con amargura—, yo seré tu oponente.
La comisura derecha de Tooru se pulsaba con leves tics, estirándose, pero sin claramente mostrar si lo que quería era sonreír o perfilar sus dientes en un gruñido gutural.
Su oponente vestido de blanco alcanzó a Hajime, la piel de su brazo se replegó como escamas dentro de sus poros, exponiendo el metal negro. Se alargó hasta alcanzar a Iwaizumi; levantó al traidor de BL/ind y lo lanzó.
Kageyama esperaba escuchar el golpe del cuerpo impactar con un árbol, edificio o algún poste de concreto; no obstante, Iwaizumi no fue golpeado por nada, era como si Oikawa solamente quisiera apartarlo del camino. Una vez la vía estuvo libre Tooru golpeó su rostro con su puño remendado; Tobio bloqueó con su antebrazo, sus arterias brillantes como carreteras nocturnas rugían debajo de su dermis artificial.
El golpe lo sintió Tooru, el metal de Tobio, revestido con su energía dirigida funcionaba como un arma también. Lo notó al ver la expresión de su atacante, contraerse de dolor; aunque era claro que el dictador estaba lejos de rendirse. Kageyama arrojó su puño, pero antes de golpear su cara, el castaño lanzó su rostro hacia atrás, arqueando su espalda; formando un ángulo sumamente reducido, imposible para un humano.
Antes que él mirara hacia abajo sintió la rodilla de Oikawa hundirse en su estómago; como si se hubiera tratado de una bola de acero. El dolor era lo suficiente potente para hacerle vomitar sus entrañas; su cuerpo fue lanzado con impulso hacia los aires, como si se tratara de un muñeco de trapo.
Con un esqueleto completamente de metal.
Ni siquiera notó sus alrededores hasta que golpeó contra una ventana que abarcaba la pared. El vidrio se convirtió en añicos y el quedó tendido de cabeza, incrustado en una estructura interna del edificio, enteramente de concreto. Movió su pierna primero, desatascándola, luego la otra; ambas cayeron libres cerca de su cabeza, encorvando su cuerpo como una «C», divisó un punto negro fuera de la ventana, acercándose hacia él con demasiada rapidez.
Oikawa entró por el mismo agujero que él había creado con su cuerpo no más de tres minutos antes dio uno, dos pasos y lanzó una asta de acero directo hacia él; como un rayo blanco, negro y gris, un cuerpo se paró frente a él y blandió una espada, en cero punto tres segundos discernió las botas negras de Iwaizumi; había logrado cortar el acero con su mortífera hoja.
—Iwaizumi, repararé tu cerebro después —advirtió otra vez.
La respuesta de Hajime fue la de levantar un trozo de vidrio roto, arrojándolo hacia arriba con la punta de su pie; el cristal voló directo a su mano y lo atrapó con dos dedos. De inmediato lo lanzó en dirección de Oikawa, directo a su cara; el dictador se movió un par de centímetros antes de ser cortado.
Tooru mantenía su cabeza ladeada cuando una sonrisa se desenvolvió en sus labios, torcida y maligna como su mente; tomando a Kageyama desprevenido, el dictador comenzó a reírse.
—Esto… esto no está pasando —como si el hecho de tener a Hajime como enemigo finalmente cayera en su mente; su piel, los miles de millones de poros que cambiaban como escamas negras se levantaban, ondeando en todo su cuerpo. Comenzando a desestabilizarse—, Iwa-chan… tú no…
—Nunca te mentí —dijo Iwaizumi—, te amo más que a nada en el mundo. Eres lo único que mi corazón puede amar; pero tú… no lo haces.
—Borraré tus pensamientos sin dolor —informó, a Kageyama le pareció escuchar un casi imperceptible quiebre en su voz—, una vez… una vez todos los killjoys sean asesinados y Tobio destruido… tú volverás a ser mi Iwa-chan.
El primer oficial de las industrias negó con su cabeza; por una parte, Tobio podía comprenderlo, Oikawa jamás entendería el porqué de sus acciones. Demonios, el androide dudaba que alguien, además del mismo Iwaizumi, lo hacía.
Como en la tragedia griega que Kageyama pudo leer en el Nido, sobre el titán Prometeo; la sola existencia del amargo caballero blanco consistía en nada más que desconsuelo y castigo perpetuo. Cada respiración y cada latido de su corazón solo le traían más pesar, causado por su propio Dios.
El castaño juntó ambas manos, la piel inestable se aplacó, sus dedos remendados y los de la otra palma se entrelazaron y cada dígito comenzó a alargarse; rodeando las manos una y otra vez, haciendo crecerlo, transformándolo en una bola de metal más grande que una bala de cañón. El dictador giró la porción superior de su torso, tomando impulso en trescientos sesenta grados hasta que con un impacto sordo golpeó su nueva arma contra el piso. La fuerza inmensurable hizo volar pequeños fragmentos de hierro, vidrio, tierra.
El androide perfecto vio como vapor salía del metal de Oikawa, Tooru giró más rápido que una bala, el ardiente viento impulsó los miles de proyectiles de escombros como tormenta hacia ellos dos. Iwaizumi giró su espada, con tanta rapidez que creó una barrera; deteniendo los pequeños pero mortales proyectiles.
En medio de la tormenta, Kageyama alcanzó a prepararse cuando en medio de todo el alboroto divisó el puño metálico de Oikawa. El pelinegro se movió y, tomando el impulso del dictador para lanzarlo hacia la pared, adentrándolo al edificio. Para su sorpresa, Tooru se libró y pateó su estómago, empujando a Tobio diez pisos hacia abajo.
Gruñía al sentir cada metro de concreto ceder bajo su espalda.
El dictador seguía parado sobre él, hundiéndolo más y más, sobre lo que sentía era arena movediza.
Finalmente, Kageyama logró aferrarse del suelo y de inmediato golpeó la mejilla de Tooru; lo suficientemente fuerte para quebrar su cuello. Aunque, ni un segundo después, el dictador chasqueó su columna y devolvió su cabeza a su lugar.
Sin gastar una respiración más, Oikawa retrocedió de un salto; sus pies aún no habían tocado el suelo cuando Iwaizumi ocupó el lugar donde él había estado, ensartando su espada directo al cemento. Tooru lo había visto venir.
En esa ocasión tuvo una nueva oportunidad para cargar contra Iwaizumi, el caballero blanco estaba ahí, pero Oikawa no lo atacaba a matar. En cambio, el otro sí lo hacía; antes de recibir otro ataque combinado de los dos, el castaño, saltó hacia los pisos superiores del edificio. Kageyama y él solo se vieron de soslayo y lo siguieron.
No fue antes de llegar hasta el techo del edificio que un cuerpo azotó contra él; con la fuerza necesaria para llevarlo de un rascacielos a otros. Por unos segundos notó el plomizo cielo y un par de gotas cayeron en el puente de su nariz, antes de atravesar otra pared de cemento; Tobio miró los suaves rizos de chocolate del dictador y escuchó el resonar del golpe de su espalda contra el ladrillo.
Iwaizumi llegó atrás de Tooru, lanzando su pesada bota para apisonarlo contra el concreto; pero Oikawa se movió una milésima de segundo antes y el impacto dio contra Kageyama. Su cuerpo volvió a perforar la pared y cayó desde los últimos pisos del edificio hasta el suelo.
Escuchaba el clamor de los killjoys en segundo plano, su mente repasaba las probabilidades de donde se encontraban Oikawa e Iwaizumi, sólo debía tener menos de cinco segundos antes que el dictador lo volviera a encontrar.
Tobio se puso de pie y sacudió los escombros de su cabello, su ropa y piel; aun no tenía heridas realmente grandes y sus sistemas seguían en las mediciones aceptables. Escaneó los cielos grises, el edificio roto del que había caído, de las calles llenas de S.C.A.R.E.C.R.O.W. y cuervos.
—¡Roboyama! —escuchó esa voz llamarlo, todos sus sentidos se dirigieron al mismo lugar, desde donde se había escuchado.
—Hinata —regresó, girándose para verlo.
Sintió algo en su pecho hundirse cuando notó el rostro de su Sol lleno de pequeñas manchas de sangre; su ropa se encontraba rota en algunas partes y huellas violáceas comenzaban a aparecer en su rostro. Kageyama sintió el tirón de llegar hasta él, abrazarlo y traerlo a su pecho y poder escuchar su palpitante corazón.
Sin embargo, lo cubrió una sombra, tan fría como el granizo cuando recordó las palabras de Oikawa; y cómo el dictador estaba buscando al chico con cabello como fuego.
Ahí tomó su decisión.
Hinata seguía acercándose más a él, extendiendo su mano para tomar la suya.
Kageyama lo miró a los ojos y saltó al lado contrario, alejándose lo más que pudo del cuervo naranja; pero Tobio sabía que Shouyou entendería, todo siempre era para el bien mayor, para su seguridad.
Nishinoya corría sin ralentizar el paso, sus zapatos estaban empapados; él y Tanaka acababan de salir de las alcantarillas de Ciudad Batería. Encontraron un cuarto de suministros que conducía a otra salida hasta el subterráneo, en donde solían traficar bienes desde la ciudad al desierto.
Aun debían repetir ese patrón, correr entre alcantarillas y túneles, siempre siguiendo el plano que se les había dado; hasta llegar a un círculo en rojo, marcado con las palabras: «núcleo».
—¿Estamos cerca, Ryu? —preguntó entre jadeos, era su turno de llevar la pesada carga sobre sus hombros.
Chispa intentaba no pensar que la especial «carga» no se trataba de, seguramente, la bomba más enorme que él o toda su familia habían fabricado. La abeja reina tuvo que proveer más nitroglicerina de la que había en existencia del La Colmena; y él había tardado cinco meses en terminarla.
Era capaz de romper el pavimento y rascacielos y todo lo que estuviera sobre ellos y reducirlo a cenizas. Ninguno sabía de qué estaba hecho el metal de Oikawa, ni siquiera Iwaizumi, así que Yuu había cubierto todo el espacio a dudas. La bomba era aniquiladora.
Y él la llevaba sobre sus hombros.
—Nos faltan algunos kilómetros, Chispa —devolvió Ryuunosuke—. Guardemos unos segundos, es mi turno de cargarla.
—No te preocupes, Ryuu —devolvió jadeando y resoplando—, aun puedo con esto.
No había necesidad de decirlo, Terror sabía tan bien como él que, si el explosivo se activara ahí mismo, no habría manera de salvarse.
Nishinoya tragó el nerviosismo sintiendo el frío y quieto aire del abandonado subterráneo calando sus huesos. Sus pies se congelaban, sus zapatos y calcetines seguían húmedos y solo se secarían si él seguía corriendo.
Ahí abajo, le dio la impresión de que se trataba de una dimensión diferente, las explosiones se escuchaban solo de vez en cuando, la tierra se sacudía por unos segundos y caían piedrecillas del techo. Estaba oscuro y ellos contaban con linternas para vislumbrar unos cuantos metros delante de sus pies.
Mantenían el intercomunicador encendido, para poder visualizar a grandes rasgos lo que pasaba arriba. La estática sumada con los pasos en la grava y sus respiraciones forzosas llenaba el aire glacial.
—Necesito refuerzos en la calle principal —llamaba Bokuto.
—Francotirador descubierto, al sureste del edificio A, tengan cuidado —dijo alguien más.
Las actualizaciones de estados llegaban cada segundo, y ellos dos no tenían tiempo de escucharlas, debido a que era poco lo que podían hacer.
—Chispa y yo nos acercamos más al blanco —informó Ryuunosuke.
—Ayuda… —dijo una voz después de él, débil y entre murmullos—… necesito ayuda médica urgente… —la voz tosió—… soy Ácido Lunar, repito, necesito ayuda médica urgente…
La transmisión se cortó y fue llenada por estática. Tanaka y él pararon en sus pistas al escuchar a Tsukishima; debían recordar que ellos no podían hacer nada más que llevar a cabo la importante misión que les fue dada.
Ryuu asintió, asegurándole sin palabras que Ennoshita estaba en modo de espera ante cualquier accidente. Él iría de inmediato a asistir a Ácido Lunar.
Solo fue entonces, cuando ambos pararon y la radio estaba llena de estática sorda; el sonido de sus pisadas había cesado. Junto a sus respiraciones forzosas, ellos escucharon:
Pasos.
No, no eran pasos...
Saltos pausados.
Y un murmullo que parecía una canción de cuna enfermiza.
Esa misma cancioncilla que Noya recordaba muy bien, con la que aún tenía pesadillas.
Sueños de terrores que siempre tenían al mismo monstruo de ojos demoníacos, cuchillas en lugar de extremidades y una boca sonriente suturada.
Debían correr.
Sus comentarios son apreciados y me inspiran a seguir escribiendo :3
Nos leemos luego
